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Una visita inesperada [Priv.]

Evans Mitchell el Mar Ago 01, 2017 12:24 am

La noche había llegado, la calle estaba vacía. La manzana estaba sitiada por un silencio sepulcral, tan sólo interrumpido por el aliento herido de un moribundo que se arrastraba por los rincones más oscuros, allí donde la tenue luz anaranjada de los faroles no podía siquiera iluminar aquel rostro, atacado por el pánico, frágil y sudoroso. El hombre se apuraba, y a pesar de que sus cicatrices abiertas sangraban abundantemente, sabía que no podía parar, si no quería ser atrapado, si es que había una sola oportunidad de que le abrieran una puerta. Esa carrera era a vida o muerte.

A esas horas, había un acuerdo tácito de no acercarse a las ventanas. Lo que sucedía en las calles, moría en las calles. Eso era lo que el nuevo régimen había decretado para sus obedientes ciudadanos documentados. Porque todavía había traidores a la sangre, y tenían que ser erradicados. Porque el miedo era una tenaza demasiado poderosa para aquellos que ya no luchaban. Mejor resguardarse en el calor del hogar, mejor hacer oídos sordos, mejor no decir nada.

En algún lugar próximo al cementerio, no muy atrás de su presa, dos magos se aparecieron, como un vértigo repentino. Los dos, iban de negro. Uno de ellos se agachó y tocó, con su mano enguantada, la mancha de sangre en el suelo, deshaciéndola luego en un gesto, entre sus dedos. Su nombre era Evans Mitchell, y pensó que aquello era como ir de caza al bosque.

—Lo heriste. No debe estar muy lejos. Pero se ha metido en una trampa para lobos. Incluso aunque pudiera aparecerse, la alarma… ¿crees que haya otro punto ciego cerca de aquí, con un traslador o…?


—Te diré lo que creo. Apuesto a que piensa a que tiene un amigo. Aquí es lo más lejos que pudo llegar, pero no irá mucho más.

—Entiendo, ¿por dónde?

—Al final de la calle. No seas blando con los McIntosh.

***

Ah, muy bonito. Toc-toc. Hola, a mí y a mi amigo se nos ha perdido un sentenciado a muerte, ¿sería tan amable de…? Sí, claro. Seguro que hasta le servían un té en el salón mientras esperaba. Evans no tenía ni idea de quiénes eran los McIntosh, para empezar.

Y se impacientaba. La tranquilidad de la calle le estaba rastrillando los nervios. ¿Puede ser que hubieran perdido a un moribundo en las postrimerías de su muerte…? ¡Maldición! ¿De en serio que iban a ir preguntándole a los vecinos…? ¿qué había pasado con la magia de rastreo? El infeliz era bueno cubriendo sus huellas, incluso muriéndose. Por lo menos, ¡si se cayera muerto en la calle!

Lo siguiente, fue golpear a la puerta a lo ¡PUM! ¡PUM! Evans no podía creer que el mortífago que venía con él se tomara todo tan tranquilamente y se estaba empezando a enfadar. “Tarde o temprano, aparecerá”, decía el otro, “no irá más lejos”. ¡Y un cuerno! Seguramente que el otro ya estaría en alguna playa, bebiendo algún cóctel a precio de turista. Sin embargo, puede que la razón de esa profunda serenidad de ánimo en su compañero de esa noche, fuera porque parecía conocer a la gente que vivía allí, y debía darle cierto placer volver. Sí, Evans lo notaba en sus ojos. A ese mortífago no le gustaba mover el culo, pero cuando se trataba de torturar a una familia… Bueno, él ya había visto lo que sucedía. Mierda, había caído en su trampa. El prófugo no le importaba en lo más mínimo. Sólo bastaba con verle la sonrisa de porquería en la cara. Lo único que ése quería, era provocar terror psicológico, inspirar el miedo. ¡Maldición!, ¡qué manera de hacerle perder el tiempo!

—¡Abre de un puta vez!—
gritó Evans, especialmente sensible esa noche. Y apuntó con su varita a la puerta, a punto de lanzar un bombarda o algo peor.
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Evans MitchellUniversitarios

Invitado el Mar Ago 01, 2017 8:53 am

El frío helaba la sangre. Un viento gélido que soplaba las calles del valle de Godric, anunciando con su ulular espectral el acontecimiento que estaba a punto de ocurrir en la última casa a la derecha. Livia, que nunca había sido especialmente sensible a las temperaturas glaciales, caminaba por su casa con una taza de té caliente en la mano. Era tarde. Demasiado tarde. Pero hacía años que Livia que no podía concebir el sueño como era debido. Su hijo siempre la despertaba. El recuerdo enmarañado de una noche larga, larguísima, en San Mungo. La palidez de la piel de Argus se le había clavado en el pecho. Y luego, el horror de tener que enterrar a su propio hijo. ¿Cómo podría, entonces, volver a dormir en paz?

Tres golpes. Fueron tres. No demasiado fuerte, pero lo suficiente para que Livia se hiciese eco de la llamada. Serpentó por las escaleras, con el batín puesto y la varita en alza. ¿La habían encontrado por fin?

El lastimero lamento, la ayuda suplicante. Livia abrió rápidamente las puertas de su casa. "La orden de dijo que aquí podría encontrar cobijo". Se trataba de un hombre moreno, de profundos ojos oscuros. Livia no lo conocía pero él sí la conocía a ella. Podría ser Cyrus. Podría ser cualquiera de nosotros. Cyrus, Cyrus... Tenía que sacarlo a él también del infierno en cuanto pudiera.

-¡Por Merlín! ¡Estás herido! -exclamó la escocesa al ver el costado del hombre. Con un leve movimiento de labios, la pelirroja murmuró un tergeo y la sangre seca de la herida se limpió-Necesitamos compresas.

La voz impertinente la hizo girarse sobre sus pies. Intercambió una mirada cargada de simbolismo con el hombre, del cual ni siquiera sabía su nombre, y el mago corrió todo lo que su herida le permitía a esconderse escaleras arriba. Livia, tratando de mantener la calma, acudió a abrir.

-¿Ocurre algo? -inquirió, con una falsa mirada somnolienta.
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Evans Mitchell el Dom Ago 06, 2017 3:06 pm

—¿Tú qué crees?—exclamó Evans, pero fue interrumpido. Tomó mucho aire, una honda calada de oxígeno, antes de girarse muy suavemente, muy tibiamente, hacia su acompañante, con una mirada asesina que fue totalmente ignorada.

—Sra. McIntosh, ¿me recuerda?—saludó el mortífago, de nombre Mortimer. Su voz sonaba a lúgubre amenaza, pero el tono era educado, muy educado. Después de todo, esos dos estaban ofreciéndole un servicio a la comunidad. Ellos cazaban, por el bien mayor, el bien de cada uno de los ciudadanos (registrados como magos de pura cepa) que vivían acatando las normas del nuevo régimen, para que pudieran dormir tranquilos en sus hogares. No había mal en lo que hacían. Ellos eran los buenos—Sentimos molestarla. Pero estamos haciendo una redada nocturna. Un traidor a la sangre se ha escapado. Los vecinos lo han visto rondando por la zona. No la despertaríamos de no ser necesario. Pero, estamos preocupados por usted. Tómelo como una mera formalidad, pero tenemos que registrar su casa. Será cosa de un momento. Es por su propia seguridad. Pero entre nosotros, ¿qué tal una tacita de té? ¡Oh! Y disculpe al muchacho, está un poco entusiasmado.

Evans quedó al margen, mascando la impaciencia y la rabia. Algo olía fatal en toda esa situación. No le gustaba nada. Bien, si quería jugar al poli bueno. ¿Pero los iba a tener allí toda la noche?, ¿de verdad?

El ladrido de un perro se oía a lo lejos, una luz se apagó en una de las casas vecinas (nadie vería nada, nadie oiría nada, así actuaba el terrorismo desde el Ministerio: dejaban a los ciudadanos indefensos frente a un sistema violento y corrupto, y ya nadie quería involucrarse en nada), y desde su escondite un reo se preguntaba si aquella sería su última noche.
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Invitado el Miér Ago 09, 2017 2:21 pm

La violencia que rezumaban aquellos dos hombres, en especial el más joven de ellos, contrajo el estómago de Livia. La heredera escocesa tenía el corazón en un puño, y la sangre le vibraba en las sienes como si estuviera a punto de lanzar un confringo y hacer explotar su cabeza.

No obstante, por fuera, la mujer se mostraba en calma. No podía dejar que nada de lo que estaba pasando en su interior fuese empleado en su contra por aquellos hombres. Trabajaban para el nuevo régimen, al igual que ella (mal le pesase), y a uno de ellos lo reconoció. La pelirroja tan sólo asintió ante el saludo del más amable de los dos. Pero hasta su tono cordial suponía una amenaza sibilina, la daga por la espalda. Con un movimiento de su varita, la McIntosh encendió las luces de la casa, pero no convidó a los hombres a sentarse.

-Mucho me temo que no les serviré de demasiado ayuda. No he escuchado nada proveniente de la calle. -replicó con suavidad. Echó un vistazo de reojo al otro muchacho, que calló ante la orden de su compañero. No obstante, el muchacho se notaba pendiente. Por alguna razón, Livia supo en ese momento que con quien debía tener más cuidado era con él y no con el mayor- ¿Les importa que suba a ponerme algo encima? Soy algo friolera. -sonrió y mintió por segunda vez- Pueden empezar por aquí abajo, si les parece.

Subió las escaleras con la taza en la mano. Entró en la única habitación que había en el piso superior, que disponía únicamente de una sala de baño y un dormitorio, y dejó el té en la mesilla. Entonces susurró un suave soy yo, Livia. El mago, que se había sentado en la cama sujetando la herida del costado con la mano derecha, se volvió. No necesitaron más palabras para saber que ellos estaban allí. Por un momento, la McIntosh pensó en pedirle al hombre que apareciese en otro lugar durante los minutos que estuvieran aquellos mortífagos husmeando en su casa, pero estaba demasiado débil y sería extremadamente peligroso para su salud.

-No se preocupe. Sé que puedo hacer.-murmuró el hombre.

La sombra del hombre empezó entonces a cambiar al contraluz de la luz de luna que penetraba por la ventana. En ese momento, donde antes había estado el mago de piel oscura ahora se encontraba un búho negro cuyo plumaje disimulaba algo de la herida aún palpitante. Livia asintió con la cabeza, tomó un jerséy del armario y volvió a bajar al piso de abajo. Le debería haber costado horrores al mago tomar su forma animaga con aquella lesión lacerante en el costado.

-¿Y bien, señores? ¿Está todo bien? -preguntó de manera inocente, con el tono de voz de quien quería simplemente marcharse a seguir durmiendo. Algo le decía (y no era su don de videncia) que esa noche sólo acababa de empezar.
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Evans Mitchell el Lun Ago 14, 2017 9:35 pm

¿Un té?, ¿de verdad? Evans ingresó aprisa a la vivienda, no porque le urgiera entrar por algo en particular, si no, porque quería salir pitando de allí cuánto antes. Y a trabajo realizado, noche terminada. Sí, habían registrado otras casas esa noche, y no parecía que el reo la fuera a tener fácil: la red flu estaba controlada, herido no podía aparecerse o utilizar un trasladar a riesgo de sufrir una partición horrorosa, ¿así qué quedaba? ¡Un escondite! ¡El maldito se escondía! ¿¡Pero dónde!? Lo primero que hizo al pasar por al lado de la mujer, como una ráfaga de malos modales, fue inspeccionar los rincones con la varita en mano. Su acompañante, en cambio. Bueno, el otro, se fue a la sala e hizo aparecer una tetera —¿¡qué demonios con el té a horas de la madrugada, joder!?—, y se limitó a acomodarse bien arrellanado en uno de los sillones que había por allí, dejando que Evans se comportara como un perro sin correa, y uno peligroso, olisqueando y haciendo ruido por aquí y por allá, soltando encantamientos reveladores, y empecinado en su rabieta de villano impaciente. La verdad, es que al mayor le hacía un poco de gracia tanta energía, y tampoco era como si se hubiera detenido allí por el reo, si no, que pasaba a saludar.

—¿Pero por qué no se sienta?—invitó Mortimer, como si aquella fuera su casa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo—Otra vez, le pido que excuse lo enérgico que puede llegar a ser mi compañero—Mientras hablaba, se oían golpes de puertas, cajones que se abrían y cerraban, furiosas pisadas que se paseaban por dónde querían. Mortimer hizo una mueca de paciencia—, pero es nuevo en esto, y me gusta tenerlo alrededor, es un buen chico—Se oyó de fondo una imprecación arrojada al cielo. ¿El buen chico se habría chocado con algo?—, y me considero un buen guía en estos asuntos, que a veces, pueden ser de naturaleza muy delicada. ¿Verdad, querida? Como esconder a un prófugo de la ley mágica—La miró a los ojos, sosteniendo una taza de té en una mano. Se había cruzado de piernas en el sillón, y se lo veía muy tranquilo, muy oscuro—. ¡Lo comprendo! ¡De verdad que lo hago! A veces, estos prófugos mienten para ganarse el corazón de una buena persona, pero son mentirosos. Igual que su amigo. Lo recuerdo, ése era un cerdo especialmente astuto. Usted se habrá sentido devastada al saber que le había mentido todo este tiempo. Pero todas las ratas muestran sus caras al final, ¿no lo cree así? Siempre es así con los traidores a la sangre. Usted tiene un buen corazón, señora M, me apenaría terriblemente que un mugriento muggle le mintiera para que usted le abra su puerta. Pero de ser ese el caso, entendería que sus intenciones fueron buenas. De verdad, yo lo entendería. Mientras que no haya secretos entre nosotros. ¿Me guarda algún secreto, señora M?

Y en ese momento, se oyeron los pasos violentos de Evans subir las escaleras, todavía empecinado en registrar la casa como un toro en una misión.    
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