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[Priv.] ¡Atrapado contigo!

Evans Mitchell el Dom Ago 06, 2017 2:42 pm

Recuerdo del primer mensaje :

"Porque esa, definitivamente, sí que era una sorpresa. Bastó una mirada para que el torrente violento de los recuerdos hiciera hervir su sangre, haciéndola estallar en sensaciones que pertenecían al pasado, pero que regresaban a él, como si nunca hubiera transcurrido el tiempo: fricción, pulso, temperatura. Ah, pero si hasta podía olerlo. Y si cerraba el puño, incluso juraría que podía sentir esa cabellera enredada entre sus dedos. Sí, por el intervalo de un latido, pudo revivir el escarnio, la burla, la humillación, de esa situación en la que se habían metido. Ah, pero no había sido él el que hincó la rodilla. Por eso, el recuerdo era tan estimulante"—Cita de ‘Let’s play dirty’, una de esas tantas lecturas casuales de Evans, cuando está aburrido. Él es un ávido lector, por cierto.
                                                       
Valle Godric era uno de esos lugares tan estancados en el tiempo, que hasta el polvo se le antojaba a Evans de otra época. Ah, que sitio más deprimente. ¿Por qué tenía que gastar él uno de sus días de verano en aquella villa anticuada? Era como darse un paseo por el jardín de un asilo, porque para colmo de males, había tenido que presenciar el desfile de una comitiva de viejos seniles a los que justo ese día se les había dado por hacer un tour —fíjate, ¡un tour!, ¡si no había nada para ver! Cuanto mucho, las lápidas del cementerio y una Iglesia sin restaurar. Ah, pero ellos hasta habían llevado consigo sus cámaras de fotos, ¡y las usaban todo el tiempo!—, guiados por un idiota que reía a cada rato, soltando los chistes más sosos y aburridos. Menos mal que los habían perdido al entrar a ese bar familiar. Ah, habían, porque no estaba solo. ¡Ahora lo recordaba! —aunque pareciera olvidarlo por momentos—, su cita estaba con él. Si no fuera porque Vane le había pagado para sacar a esa prima extranjera suya de paseo —una cotorra parlanchina con acento francés, que en ese mismo instante estaba allí, delante, con él en la mesa, arremetiendo salvajemente en un exhaustivo monólogo sobre vaya a saber qué nadería—, (para estirar las patas, conocer el lugar, hacer turismo) podría estar en cualquier otro lugar —pero desaparecería a la menor oportunidad, ya lo estaba pensando—.

—Este lugar es pgecioso, ¿no lo crees tú?

De tanto en tanto, Evans hacía colar un comentario o un guiño, o también, comía mucho, concentrándose en su hamburguesa con papas por sobre todo lo demás; pero, la que tenía el entusiasmo, la lengua imparable, la insistente coquetería, era ella, que iba a mil por segundo. Y era difícil saber por qué. A no ser que tuviera un severo problema con eso de ‘leer al ambiente’. ¿La realidad? Se había tomado una poción para los nervios, con fecha de vencimiento de hacía semanas. ¿El resultado? Estaba híper acelerada, imprudente, tenía los nervios alterados, no pensaba con claridad, era un auténtico balín en fuga. Claro que de esto, Evans no sabía nada. Tampoco es que se molestara en fingir la más mínima curiosidad. Otra cosa que no se entendía, porque la señorita frente a él tenía un chic elegante, encantador, coqueto. Era el sueño de un pintor romántico.

Y sin embargo, Evans Mitchell no podía lucir menos interesado, así echado en el sillón, despatarrado, con la mirada perdida a través de la ventana. En lo que a él concernía, la chica era una pesada, no la soportaba, se fugaría cuando tuviera la oportunidad (no sin antes terminar su hamburguesa, que eso era comida gratis. O lo sería, cuando Evans le dijera a su cita que 'misteriosamente' olvidó su billetera, con su mejor cara de vergüenza —la que no tenía—), que Vane se la tragara doblada. Lo de hacer de niñera no parecía tan lucrativo de repente. Evans tenía en su cabeza otros asuntos.

Y justo en ese momento, sonaron las campanillas colgadas de la puerta de entrada.

¡No, no! ¡Eran los viejos! ¡Toda esa comitiva de ancianos bobos y alegres ingresaba al lugar para tener su almuerzo! Y claro, no podían dejarse al guía afuera, al guía y… ¿cómo es que no lo había visto antes?

—¡Oh, un chiste muy divegtido, el de ese señog!—cotilleó la francesa, prestando un oído a lo que comentaban los recién llegados mientras buscaban mesa, sin percatarse de la intensa, flameante, evidente, expresión de súbito interés que ‘había ido a estrellarse contra’ el rostro de Evans. Una pena, porque le hubiera gustado sentir que toda esa atención era para ella, o pensar que podía despertar esa vibrante, excitante, pupila en su mirada, luego de haber estado intentando cautivarlo por horas.  

Pero Sebastian Winterburn no era una chica francesa, no tenía la silueta sugerente, generosa, de curvas de éxtasis y sexo, no tenía los senos, los labios o la fragilidad delicada de la piel, no te hacía perderte en la suavidad de sus piernas o su graciosa coquetería. No, no. Él era tosco, amargado y malhumorado. Y más importante: una alegría para los ojos maliciosos, pícaros, osados, de Evans Mitchell. Ah, ¡y con qué alegría pensaba en ponerse al día con ese pillo malnacido! ¡Porque él odiaba al tipo! ¡Lo odiaba! Bueno, ¡pero se alegraba tanto de verlo! Quién hubiera dicho que el Valle Godric estaba lleno de sorpresas.
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Evans MitchellGryffindor

Sebastian E. Winterburn el Sáb Ago 12, 2017 10:10 pm

Luego de conseguir su cámara de vuelta, la suerte le dio la espalda y acabó comiéndose de lleno un árbol con una dolorosa caída de espaldas de la que no acabó consciente. Al menos su cámara estaba a salvo, no se había roto con el impacto ni se había dañado, así que la única baja era la de aquel rubio que ya no tuvo ni la más mínima idea de cómo se resolvió aquella cruzada, todo pareció pasar a un segundo plano cuando llegó al mundo de lo irreal, mundo en donde las cosas más retorcidas y extrañas podían suceder sin que nadie pensase que a uno le faltaba un tornillo ni cosas por el estilo.

Inusualmente para Winterburn, se descubrió en un mundo estable y calmo, él nunca tenía sueños estables ni calmos. Ese mundo estaba teñido del dolor de los años pasados y era normal para él tener pesadillas, así que podría decirse que mientras vagaba por su mente en ese lugar tan aparentemente normal, sentía la espina de que algo saldría mal. Porque estaba en casa; no en su departamento de la universidad, sino realmente en su casa con sus padres. Su madre estaba ahí, siempre cálida con él a pesar de lo extraño que era, ¿su padre? Quejándose con un tono divertido allá, al fondo del salón, sobre el disgusto por la música de Eugene.

¿Cómo que no te gusta? Ni siquiera has intentado todos los instrumentos del mundo, ¡uno debe gustarte! —decía en son bufón, resignado a que su primogénito no tenía esa vena musical. A Eugene le gustaban las fotografías, desde su edad más corta había mostrado ser hábil y experto con las cámaras. Su madre sonrió, apresándolo entre sus brazos, y no tardaron en llegar sus hermanos menores, dos mellizos que siempre lo dejaban fuera de su mundo para dos, pero de todos modos su hermano los adoraba con el alma. Por un instante, todo parecía estar bien.

Claro que estaba por terminar. Fue lentamente recobrando la consciencia de su cuerpo, sin abrir los ojos se descubrió en una cama, una mullida cama de la que al moverse tan sólo un poco se dio cuenta de que las sábanas acariciaban suavemente su piel. ¿Pero qué coño…?, se preguntó mentalmente, moviéndose un poco más. ¿Habría llegado a su departamento como por arte de magia? ¿Se había desnudado en la cama? ¿Todo había sido un mal sueño? ¿Por qué le dolía tanto toda la espalda, el trasero incluido? Oyó una voz que le supo lejana llamándole con un tono meloso que le provocó abrir sus agotados ojos azules.

El corazón se le detuvo cuando vio a Evans acostado a su lado en una bata de baño, el color se le fue del rostro conforme llegaba el horror. No, no podía ser verdad, debían estarle tomando el pelo, Mitchell estaba mintiendo, no lo habían hecho, él no se había acostado con un hombre. Se incorporó en la cama tan rápidamente que por poco se cae de la misma, su cuerpo se tensó al sentir el dolor con más fuerza. El ingenuo muchacho no recordaba haber caído con tal violencia que había dejado esas secuelas, no un momento pasional con el chico que tanto odiaba.

Tienes que estar jodiéndome, Mitchell… —tartamudeó, buscando su varita, ¿dónde demonios estaba su ropa? — No… No pudiste haberme… —claro que podía aquel cerdo degenerado. — Maldición, Evans, voy a matarte, ¿dónde mierda está mi ropa? ¿Dónde dejaste mi varita? —poco a poco se iba alterando, amagó a levantarse de la cama pero el dolor de un importante moratón en su espalda baja producto de la caída se lo había impedido. Dio un rápido vistazo al lugar, ¿dónde estaban? No parecía un motel de mala muerte, ¿era también un sueño? Rogaba que sí, no podían haber abusado de él.

Haciendo un poco de memoria, aquello parecía una habitación de una compañía del dirigible que había chocado contra los maleantes que no era precisamente barata, ¿cómo mierda Evans se las había arreglado para meterlos ahí? ¿Por qué no podía recordar absolutamente nada? Oyó el ruido de su consola a un costado de la cama, del costado de Evans, ¿también se había robado su maldita consola para su entretenimiento? Las cosas iban de mal en peor. Parecía una maldita zorra envolviéndose entre las sábanas en la implacable búsqueda de su ropa. No porque estuviese de mal ver, que realmente no lo estaba, sino porque no quería darle el lujo a aquel cabrón de que lo mirase.
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Evans Mitchell el Dom Ago 13, 2017 1:02 am


Hubiera estallado en carcajadas de la risa que le daba esa escenita. ¿Pero puede que la aventurita le estuviera pasando factura? Evans esbozó una sonrisa suave, un poco de espectador ausente, como distraído en sus pensamientos. Hasta que se deshizo es una risa entre dientes, soltando una sonrisilla traviesa, antes de acomodarse panza arriba, con una serenidad y una complacencia muy gatunas. ¿Qué si lo estaba disfrutando? ¡Por supuesto que sí! No le quitaba el ojo de encima a esa rubia recatada que ha bebido unos tragos de más la noche anterior, para acabar despertando en la cama de un… Bueno, Evans no era un completo extraño para su rubia, ¿verdad?

—¡De nada!—expresó Evans, a modo de ligero reproche, mientras fingía que se miraba las uñas—Porque tienes motivos para agradecerme, ¿tú sabes? Déjame que te ponga al día: te salvé de ahogarte en el barro. Sí, el barro. Un peligroso charco de muerte y fango. Porque cuando te estrolaste contra aquel árbol, resulta que caíste. Y bueno, ¿quién crees que tuvo que sacar de allí tu culo cubierto de lodo? Y mis zapatos eran nuevos, ¿sabes?—comentó, lamentándose—. Y tu cara… Tuviste que haber visto tu cara. El médico del Pegasus tuvo que reacomodarte la nariz. Aunque, no lo sé—confesó, dubitativo. Lo miró, inclinando la cabeza de un lado al otro, como si estuviera buscando el ángulo indicado para contemplar y medir las imperfecciones en el rostro de Sebastian—, o sigues igual de feo o te veías mejor con el tabique dislocado. Es difícil decir.  

Evans entrelazó sus manos detrás de la cabeza, tan cómodo, tan campante, sin perder un solo detalle de ese alterado Sebastian.

—Déjame que termine. Es una interesante historia. Te has convertido en un héroe. Bueno, tú y yo, juntos. Rescatamos a una respetable ‘dama’ de las manos de los ‘Maleantes de la Careta’ (o eso es lo que el capitán y otros cretinos creen. Te has perdido a los reporteros. No te importará, ¿verdad?) Así que, nos han dado una recompensa. ¿Sabías que sus cabezas valían más que el sueldo de un mes?—increpó, ciertamente indignado, tomando la bolsa de galeones de la mesita y arrojándosela al rubio, haciendo que algunas monedas se perdieran en el camino— Pero eso no es todo. Le he agregado algo de dinero extra—Le guiñó un ojo, pero no explicó cómo—. Ahora, ¿te das cuenta de que tienes suerte de conocer a un tipo como yo? Tú sabes, en cierto modo, es bueno, esto que te ha pasado. Deberías pensar en cambiar esa cara de mierda cada vez que me ves. Está empezando a herir mis sentimientos. Y soy un tipo muy sensible. Ah, por todos los infiernos, sí que lo soy.

Sonrió.

—La champaña es cortesía del capitán, disfrútala—dijo, refiriéndose a una hielera sobre una mesa muy elegante, detrás del rubio— Toda esta suite es por ti, yo sólo estaba de paso (tomate un baño, es fenomenal, ya te lo digo... Y no te importará si pido servicio a la habitación, ¿verdad?). Y te traerán las ropas cuando estén jodidamente limpias (porque el barro… hombre, eso fue tan asqueroso) —Y agregó—: ¿Ya te dije que las enfermeras dijeron que te tomaras un reconstituyente si tenías dolores…? Ah, éste—Sacó un frasquito del bolsillo de su bata, habiendo recordado de repente que lo tenía. Pero no se lo alcanzó. Se lo mostró con la mano en alto, moviéndolo en el aire como una campanita—¿No lo quieres? Fue un duro golpe el que te diste, ¿sabes? No puedo evitar pensar que algo debe estar doliéndote ahora mismo. A mí me dolería. Me dolió cuando te vi darte de narices contra ese árbol. ¿Lo quieres?

Definitivamente, era otra persona cuando no estaba al pendiente de su dinero como un alma que lleva el diablo.
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Evans MitchellGryffindor

Sebastian E. Winterburn el Dom Ago 13, 2017 2:13 am

Evans no negó ni tampoco aceptó lo evidente, estaba asustado de la respuesta. Tenía a aquel idiota como un cerdo desgraciado capaz de hacer cualquier cosa, incluso aprovecharse de él y su inconsciencia. Sin saber qué hacer, lo escuchó reír mientras se envolvía en la sábana, le incomodaba cómo lo miraba, se había alejado tanto como había podido en la cama sin caerse. Hubiese preferido despertar en el barro completamente solo antes que en la misma cama con Mitchell, sin la menor idea de qué le había hecho aquel despreciable ser humano.

Lo miró no muy seguro de qué intentaba cuando empezó a explicarle lo que había ocurrido. La caída al barro, pero no podía imaginarse a Evans sacándolo de ahí sin otras intenciones, el Gryffindor no era así de altruista. — Muérete —le escupió cuando le dijo que seguía igual de feo cuando tenía rota la nariz. Ahora empezaba a entender poco a poco las cosas, el motivo por el que el rostro le dolía tanto, estaba rogando a todos los dioses que también a eso se debiera el dolor en su espalda y no a un trato rudo por parte de Mitchell. Estaba angustiado, ¿cómo su hermano se esmeraba en proteger las espaldas de ese perro inmundo?

Quiso interrumpirlo, pero el otro no lo dejó mientras le explicaba lo sucedido con los que tenían máscaras de animales, ¿así que había entregado a unos fugitivos sin siquiera estar consciente? Vaya, qué profesional era como cazarrecompensas. Lo que no esperó fue que Evans le tirase así el dinero como si no fuera otra cosa que una prostituta, derramando algunas monedas al hacerlo, pareció que el otro se dio cuenta de lo que sintió que el muy cabrón incluso se atrevió a decir que había metido dinero extra, tampoco sabía dónde estaba su bolso, sólo sabía que su consola estaba ahí con Evans, tenía que calmarse pero cada vez se alteraba más.

Y una mierda, esto no tiene nada de bueno, tú ni siquiera tienes sentimientos, mejor cierra la boca y dime dónde están mis cosas —sus movimientos eran pesados, le dolía mucho moverse, quería asesinar a ese abusador con sus propias manos y no podía apenas estar sentado correctamente. Todavía tenía la esperanza de que realmente no le hubiese hecho nada, que sólo estaba mintiendo y que no lo había violado. Evans era un hijo de puta mentiroso, así que esa pequeña esperanza prevalecería con el objetivo de no volverse loco. — No quiero puta champaña —principalmente porque no sabía beber ningún tipo de alcohol.

Se calmó un poco cuando le dijo que le darían su ropa cuando estuviese limpia, mordiéndose el labio inferior mientras buscaba el valor de levantarse para alejarse de aquel imbécil. Sentía que nada más intentarlo caería al suelo del dolor y eso sería todavía más humillante, ciñendo entre sus uñas la sábana. Un sonidillo de curiosidad salió de su boca cuando vio el frasco con el reconstituyente, pero Mitchell no parecía tener ganas de dárselo. Tenía la sensación de que aquel sujeto le diría algo completamente fuera de lugar cuando se lo pidiera, no podía fiarse de él de ninguna manera.

Dame eso, Evans —le pidió, o le ordenó, dependiendo de si se interpretaba correctamente o no su tono. Estaba molesto y muy tenso. No sabía si lo prefería como una bestia irreverente que deseaba su dinero con toda su alma pero que no le prestaba atención a él o como aquel estúpido que no lo dejaba en paz. — Déjate de tonterías y dámelo —en serio le serviría, si bien preferiría algún calmante más fuerte no podía quejarse. — Evans —llamó su atención. Necesitaba reducir un poco el dolor de su cuerpo para poder levantarse y salir de ahí.

También estaba consciente de que necesitaba un baño. Se sentía increíblemente sucio, todavía más al imaginar que Evans lo había hecho y desecho mientras no estaba consciente. El mareo del golpe en la cara y el dolor de cabeza no lo dejaban tener reacciones muy agresivas, motivo por el cual se sentía estúpido y vulnerable. Por lo menos podía sentirse tranquilo mientras Mitchell estuviese lejos de él, no le apetecía que intentase reducir distancias.
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Evans Mitchell el Dom Ago 13, 2017 3:23 am



Evans soltó una risa queda (¡parecía una novia severa!), y se incorporó en la cama, de muy buena gana, para alcanzarle, muy amablemente, el frasco de reconstituyente. ¿Qué no haría por él, después de todo? Le salvó la vida, ¿verdad? O algo así. Como fuera, podía concederle unos minutos de gracia a ese autodeclarado miembro de la realeza (¡porque vaya con los aires que se daba!).

—Asegúrate de tragarlo todo, ¿ok?—Le recomendó, comprometido con el bienestar de su prójimo, mientras el colchón se hundía bajo su peso. Momento, ¿había necesidad de acercarse tanto? Era inútil preguntárselo cuando Evans, avanzando con una calculada delicadeza, agregó—: Hasta el fondo, Basti— Antes, exactamente una milésima de segundo antes de echar la cabeza hacia atrás y mandarse el reconstituyente a la boca, pero sin tragarlo. Al instante siguiente, con esa cualidad vertiginosa que tienen los escalofríos, y con la suavidad con que planea un ave por su presa, proyectando su negra sombra antes de pellizcar un pescuezo con el pico, de esa manera, Evans se dejó caer sobre su bien pagada rubia, y estrelló sus labios contra de los de ella. Sus manos habían capturado el rostro de Sebastian como un tirón repentino, ¿pero lo engulliría todo?, ¿al reconstituyente y a Evans? En su defensa, él se había ofrecido a darle lo que pedía, pero no había dicho cómo.

***

—¿Pero y dónde están?—increpó una voz exigente y femenina, encubierta por un falso tono de dulzura.

Así eran todos los reporteros. Sólo les importaba conseguir su noticia. El capitán se mostró incómodo, como siempre que cualquiera de sus subalternos lo interrumpía. Estuvo a punto de gritarle a esa señora que era una insolente, por no dejarle terminar su brillante, bien pensando, y sobre todo, del todo tergiversado, discurso, pero se contuvo con absoluta entereza, recordando enseguida que, meterse indebidamente con un reportero, podía acabar en un resultado deplorable para la compañía MagicAir a nivel publicitario, o, lo que era todavía peor, fatal para su carrera. Así que, tomó aire, carraspeó un poco, y como es natural, insistió en continuar con su valiente, impecable, irreprochable relato sobre…

—Eso no podría interesarme menos. Nuestros lectores prefieren el relato de dos magos jóvenes, en lo mejor de sus años mozos, y no a…—Lo miró de arriba abajo, en un gesto que el capitán interpretó como, ¡execrable!, ¡indecoroso!, ¡sumamente humillante! Si él, a sus noventa años, se sentía en la plenitud de su vida, ¡qué mujer más horrible, por Merlín!—No se exalte conmigo. Es lo que hay. Voy a ir en busca de la carne fresca. Con su permiso. ¿Podría guiarme, azafata?

Y la azafata sí que podía, así que se pusieron rumbo a su destino. Se podía decir con sólo verla, que esa reportera era de las que derribaba puertas, con tan sólo tener el leve presentimiento de que sus noticias se hallaban ‘muy ocupadas’ de recibirla. Después de todo, un buen reportero es aquel que caza las noticias por sí mismo, ¡y en el mismo instante en que ocurren!


***

A una risilla de Evans le siguió el gesto de apartarse y secarse los labios con el reverso de la muñeca. Se había puesto colorado. Era muy emocional con sus reacciones, muy físico.

—¿Sabes? Ahora que lo pienso—jadeó—No era reconstituyente—confesó, medio riéndose—Era otra cosa, ¿pero qué?—fingió no recordar—Seguro que si dejo pasar el tiempo, volverá a mí. ¿Qué era?—repitió, mordiéndose ligeramente el labio—Lo que sí, olvidé completamente dónde habré puesto el reconstituyente. ¿Qué haremos ahora para hacerte sentir mejor?
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Sebastian E. Winterburn el Dom Ago 13, 2017 4:15 am

Sacó su blanco brazo a través de las mantas que lo protegían de aquel cerdo extendiéndose desnudo a través de la tela para tomar el frasco, como una persona completamente normal asumió que se lo daría para beberlo por su propia cuenta. Soltó un par de quejas con molestia, sintiendo la vergüenza, la ansiedad, subir a través de todo su cuerpo. Notó tarde que Evans se le había acercado demasiado, pues apenas estaba por alejarse el león lo atacó sujetando su rostro y besándolo, ¿qué mierda tenía todo el mundo con sus besos? Ya le habían robado dos, uno una zorra idiota y el otro un perro extraviado.

Forcejeó un poco con la debilidad del dolor en el cuerpo, un mal movimiento lo hizo gemir de dolor y por ello fue que sus labios se abrieron consiguiendo que el menor traspasase el líquido a través de sus labios. Sintió cómo el reconstituyente se resbalaba por su boca impregnado de la saliva ajena y en su desesperado intento por respirar lo tragó. Su respuesta fue dar tremendo puñetazo al rostro de aquel imbécil, directamente en su mejilla para liberarse. Jadeó, sintiendo la saliva y el líquido recorrerle las comisuras de los labios mientras intentaba respirar, con el rostro rojo de rabia y vergüenza, limpiándose el líquido con la manta que lo envolvía.

Eres despreciable, maldito enfermo —lo había golpeado tan fuerte que le habían dolido los nudillos. Al menos podría calmar el dolor, o eso es lo que pensaba, con lo que había conseguido beber, no estaba preparado psicológicamente para oír que le había dado otra cosa. — ¡Eres un desgraciado, te mato! —se le tiró encima entonces, con un segundo puñetazo ahora era el otro quien comenzó a sangrar por la nariz, la sábana se le había caído hasta el vientre y pronto la había vuelto a usar para cubrirse pasándola por sus hombros y envolviéndose con ella. — Ve a buscar tu propia habitación, estúpido —gruñó.

El movimiento repentino le pasó factura muy pronto, todo su cuerpo tensándose del dolor con un espasmo punzante. Buscó a su alrededor para encontrar el verdadero medicamento, ¿qué le habría dado de beber aquel bastardo? Se limpió el rostro con la tela hecha un nudo en su mano mientras buscaba con su mirada a su alrededor para encontrar algún frasco o algo parecido, también quería levantarse a tomar un baño pero lo haría cuando el otro ya no estuviese dentro de la suite. No sentía nada raro así que aquello no debía ser malo, confiaba en que Evans no se metería cualquier brebaje en la boca así que eso era una pequeña calma.

Evans, en serio, ¿dónde está el reconstituyente? Ya estoy harto de esta mierda, deja de tocarme los cojones —le preguntó al menor mientras lo miraba de reojo, ingenuamente pensando que podría entender cuando era suficiente. Estaba empezando a convencerse de que no le había hecho nada, o al menos eso lo pensaba con tantas ganas que quería creérselo. Iba a levantarse de la cama cuando oyó unos sonidos en el exterior de la habitación, mismos que lo hicieron quedarse congelado en su sitio, y la puerta se abrió ni corta ni perezosa.

¡Y aquí tenemos a nuestros dos héroes! —exclamó la mujer en cuanto entró, habiendo obligado a la azafata a abrir la puerta cerrada bajo llave con las llaves especiales. Quién sabe cómo la habría sobornado para violar la privacidad de sus huéspedes con tanta facilidad, pues ninguno de los dos muchachos parecía consciente de su llegada. Sebastian se quedó petrificado en su sitio, mirando con los ojos abiertos como platos a la reportera y su vuelapluma para escribir todo aquello que pronunciase.

Sebastian sintió cómo su corazón latía agitadamente, como si estuviese teniendo un ataque de pánico, pero no era un ataque de pánico. Era una opresión en su entrepierna dolorosa que comenzaba a subirle el calor por el cuerpo, agradeciendo al cielo y la tierra por haberse cubierto tan bien con la manta. — ¿Qué carajo estás haciendo aquí? Es una habitación privada, largo —replicó a la estúpida reportera que no tenía ni la menor idea de qué significaba privacidad, incómodo por la calidez inusual en su piel.
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Evans Mitchell el Dom Ago 13, 2017 5:57 pm

Tú sabes, más que un beso, aquello fue un ‘escúpeme despacito mientras todavía lo tienes tibio en tu boca’, un húmedo enredo del aliento, un enchastroso encuentro de las bocas, y para cuando Evans empujó la lengua, deshaciéndose en el deseo por la fricción, el contacto, por un poco más de esa histérica rubia, ¡PLAMP!, sintió cómo un peso duro chocaba contra su cara. Ah, no es como si no se lo esperara, ¡con lo reactiva que era! Evans se apartó, riendo, con una mano cubriéndose el rostro y dejándose caer en el mullido colchón, retorciéndose de un extraño placer: ¿el de la travesura realizada? Y fue entonces que, habiéndose confesado culpable, Sebastian saltó sobre él. ¿Es que tan rápido había surtido efecto…? ¡No! ¡Qué va!

—¡Auch! Au, au—Esta vez Evans echó la cabeza hacia atrás, ya un poco más preocupado de sus circunstancias, con la nariz sangrándole y una sensación punzante. Y pensar que por un segundo, había permanecido expectante, de cara a su pecho desnudo (¡¿por qué se cubría tanto!? ¡le hacía tanta gracia lo vergüencitas que era!)—¡Mira que te pones como una jodida veela!—Se quejó, con calor. Y seguidamente, se incorporó a medias, despacio, deteniendo la hemorragia con la manga de su albornoz, entre que le lanzaba una insistente mirada de reojo. ¿Por qué Evans sonreía tanto? No parecía que tuviera motivos. Y sin embargo, su buen humor prevalecía—¿Cómo voy a dejar solo a un inválido? No soy esa clase de tipo que tú crees.

No, no. Él era la clase de granuja capaz de suministrar filtros equivocados para su propio divertimento personal. No se iba a ir de allí sin más, no sin testear cómo actuaba el nuevo producto de la sucursal EroMagic y su nueva línea de productos: ‘Coqueteando con la Banshee’. Y, en todo caso, comprobar sus efectos secundarios. ¿Y por qué razón? ¡Por trabajo, por supuesto! Puede que hubiera ganado un botín ese día, pero el mundo seguía girando, y sólo los ambiciosos mantenían su ganancia en constante crecimiento. Después de todo, te hacías una ganga interesante haciéndole probar a tus ‘amigos’ artículos que todavía no habían pasado por el control de calidad requerido por el Ministerio de Salud Mágica (y por eso tenía ¡un millar! de pruebas gratis).

Ah, ¡lo admitía! Era porque se trataba de Sebastian que no había podido resistirse. Entre ellos, su relación siempre había sido tensa, nerviosa, y tenía que decir que le gustaba (de verdad que sí), aunque fuera la misma cantinela irritada de siempre, ¿pero y si a esa tensión inflamada le agregabas unas bolas hinchadas? Ah, la sola idea no tenía precio. No podía evitarlo, no era su culpa. Era el rubio el que con esas caras de perra enfadada lo instaba a provocarle hemorroides. ¡Como si rogara a gritos que le hicieran una trastada!, que se metieran con él. Así había sido en el colegio. Y a veces, las cosas habían ido a mayores. Pero eso sólo sucedía porque cuando le agarrabas el gustillo a alguna cosa, siempre degeneraba en algo más. Y si Evans tuviera que decidirse entre amigo o enemigo, ¡ah!, ¡estaba tan claro! Basti era casi su amigo. Uno en verdad traicionero, y con el que no contarías nunca. Pero había intimidad, y eso tenía que valer algo. Para bien o para mal.

Evans rio. ¡Pero de qué buen humor que estaba! Y eso que estaba ensangrentado, y se sentía un poco, ¿caliente?, por la golpiza.

—¿De verdad lo quieres tanto? Si ese es el caso…

Hubiera soltado su vil propuesta, de no ser porque la reportera tuvo que hacer su aparición. ¿Todavía más reporteros?, pensó, cuando la mujer se presentó, hablando realmente rápido, soltando algo sobre una revista de paparazzi o algo por el estilo. Esa sí que tenía un aire impetuoso. Su intempestiva visita lo desorientó, pero no le quitó la tranquilidad. Lo que empezó a sentir, sin embargo, en su cuerpo, y en su… Evans se sonrió, pensando en el prospecto del filtro estimulante. Puede que hubiera hecho algo innecesario, como ‘besar’, a su rubia (en algún punto, sentía que valió la pena), pero no pensaba que haberse tragado un poco fuera a ser un problema, ¿verdad? Ah, pero no podía estar más equivocado. La arrogancia, y especialmente los pequeños placeres, pueden pagarse caro.

—¡Espere! No le haga caso, mi amigo es un poco tímido. ¿Por qué no se sienta? Le diré qué: le serviré una exquisita champaña. No me mires así, Bas. Tú no la querías, ¿verdad? ¡Que barbaridad desperdiciar algo tan caro, tan bueno! ¿No lo piensa así, señorita…?

—Honey. Llamanme Honey. ¡Pero no se crea, picarón, que dejaré que me emborrachen! Yo nunca bebo sola. ¡Nunca! Sírvete tres copas, dulzura. ¡Porque tenemos un montón de qué hablar!—dijo, dirigiéndose con mucho énfasis a Sebastian, al tiempo que capturaba su mentón en un gesto (¡que uñas de fantasía eran esas!), como a un niño pequeño, antes de pasarlo de largo (dejándole muy en claro que le daba igual si era recibida o no). Esa mujer llevaba encima una energía que era como una descarga eléctrica. Y como si nada, tomó la cartita de Vera, de la mesita de luz, mientras Evans hacía lo que había pedido, canturreando una cancioncilla (otro, sin escrúpulos o preocupaciones)—¡Pero qué es esto!—señaló, ávida de noticias. Y leyó la carta entre murmuraciones (no iba dirigida a ella, pero lo mismo le daba)— ¡Esto es increíble! ¡La respetadísima hija de una familia de sangres pura, involucrada en un amor pasional días antes de su compromiso oficial con… ¡Oh, esto es lo que quería!, ¡una apetitosa comidilla para mi público de cotillas! ¡Se chuparán los dedos durante días!... Ardientes palabras las de esta señorita: “…luego de besarte, me sentí tan ardida…”, “…haber ido en mi rescate en tan heroico gesto…”,”… este día he visto más de ti de lo que de ningún otro hombre por debajo de su cintura…”, “…he tomado fotos de todo…” Oh, ¿de verdad, cariño? Mmm, esta captura es, al menos, curiosa… Pensaba que los jóvenes magos de estos días usaban algo más apretado, pero… ¿Les pasa algo a los dos? ¡Se ven tan rojos!—Soltó una carcajada preciosa, de lo más agradable—¡No se preocupen queridos, será una entrevista de lo más sencilla! ¡No hay por qué estar nerviosos! ¡Lo harán muy bien! Ahora, alcánzame esa copa.
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Evans MitchellGryffindor

Sebastian E. Winterburn el Dom Ago 13, 2017 10:42 pm

Aquel cerdo degenerado había intentado meter su lengua por su boca y aquello fue más que intolerable para Sebastian, quien detuvo el contacto de labios con el ruido sordo de su puño contra la mejilla del bastardo. El ingenuo exSlytherin se dio cuenta tarde que absolutamente ninguna de las intenciones de Evans podía ser buena cuando le confesó que no le había dado lo que dijo que le daría, sino otra cosa de procedencia desconocida, y había caído directo a su trampa. La rabia del engaño y contra sí mismo por haber sido idiota al caer le provocó ir a darle un segundo puñetazo, era liberador golpear a aquel animal, ojalá se le hiciese costumbre.

¡¿Como una jodida veela?! ¡¿Quién es el puto maricón que no puede darme un condenado medicamento como persona normal?! —reparó, mirándolo detener la hemorragia mientras tomaba su consola portátil, al menos tenía una de sus pertenencias consigo, y la ocultó bajo las sábanas tras apagarlo. — Además, no se toca lo que no es nuestro, jodida rata —espetó, volviendo a sentir una nueva dosis de rabia al escuchar que lo veía como un maldito inválido. — Y una mierda inválido, vete al demonio —escupió, sabiendo que nada bueno se traía entre manos. Sólo quería que bajase un poco el dolor para poder moverse decentemente.

No estaba sintiendo nada raro en el cuerpo, pero esperaba que no le hubiese dado algo muy dañino. Tenía que ser algo que no le matase ni le envenenase, pero no tenía ni la menor idea de qué podría haberle dado a beber. De Evans todo podía esperarse, el colegio le había enseñado que no podía fiarse de ese pequeño demonio. Al menos tenía que agradecer que ese idiota entró cuando él ya estaba madurando, cambiando, el golpe hubiese sido peor para el Sebastian que era antaño. Lo único que sabía en ese momento era que le estaba crispando los nervios el hecho de que Mitchell estuviese tan feliz, tan alegre cuando acababa de golpearlo, necesitaba irse de ahí pronto, necesitaba el reconstituyente.

Seguramente iba a soltarle una estupidez en cuanto abrió la boca, pero algo más fuerte que él lo calló: la intromisión inesperada de una reportera. Evans parecía tener todas las ganas del mundo de recibirla así como estaba, en bata y ensangrentado. Cuando la otra maruja lo tocó, le apartó la mano al chocarla con el dorso de la suya, no quería que lo fastidiasen más de lo que ya estaba. Intentó levantarse, nuevamente de forma inútil, de la cama, ¿de qué altura se había caído? Una bastante considerable tomando en cuenta que iba volando en una escoba. Al menos el mareo estaba empezando a calmarse, tumbándose en la cama dispuesto a ignorar la charla de aquellos dos, acurrucado en su envuelto de mantas que lo protegían del cerdo y de la maruja.

Oyó la palabrería de la mujer sin escucharla realmente, sólo palabras sueltas para enterarse un poco. Cuando oyó lo de besarle, primero pensó que hablaba de Evans, estaba con él después de todo. Sólo la parte de la cintura se sobresaltó un poco, sentándose con un respingo en la cama cuando mencionó algo de una captura, ¿qué mierda? Esa mujer estaba verdaderamente loca si lo fotografió con los pantalones bajados por el hijo de puta de Evans. Maldición, todo le estaba saliendo mal y el calor de su cuerpo no lo dejaba pensar claramente ya, estaba resistiendo la tentación de atender la llamada del cuerpo por su propia mano entre las sábanas.

No se toca lo que no es nuestro, maldita sea —soltó, arrebatándole lo que llevaba entre las manos. — En serio, no es el momento ni el lugar, así que largo de aquí —renegó de nuevo, por mucho que Evans dijese que aquello estaba bien él no lo consideraba así. Envuelto en la cama, se recargó suavemente en una pared de almohadas contra la cabecera de la cama, intentando no jadear del calor. Quería quitarse todas las mantas para refrescarse un poco, pero no iba a estar desnudo frente a la maruja y mucho menos frente al estúpido de Evans, prefería morir de calor entre la creciente incomodidad en la entrepierna.

Lo peor de todo era la sed, la maldita sed. Buscó con su mirada alrededor y encontró una botella de agua en la mesita de noche. Se estiró para alcanzarla, sin contar que en una punzada de dolor tendría un espasmo que la empujaría fuera de su alcance, precisamente mandándola directo al suelo. Que alguien lo matase ya y acabase con su sufrimiento, volvió a recargarse en la cama, mirando al techo, ¿Dager estaría bien? Lo había dejado solo mucho tiempo, el cachorro no estaba acostumbrado a la soledad, debería comprarle un premio de regreso a casa. Se mordió el labio inferior para intentar ignorar el calor y los cambios en su cuerpo.
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Evans Mitchell el Lun Ago 14, 2017 3:58 am


Vaya forma de llevarse tan bien, que hasta se diría que eran familia. El cerdo y la maruja intercambiaron sonrisitas, impresiones, y sobre lo que fuera, coincidían prácticamente en todo. Evans hizo un despliegue al completo de todos sus buenos modales, de su encantador don de gentes, y en cambio… Ah, ¡si no fuera por él!, ¿es que acaso el otro creía que podía salir bien parado de una situación así con una cotilla de reportera si no jugaba bien sus cartas? Ese Basti era incorregible. Pero menos mal que lo tenía a él, porque Evans se encargó de excusarlo y relatar de primera mano todos los jugosos detalles de aquella relación prohibida que haría encender la pasión en los corazones de esos lectores ávidos de chismorreo. ¿Y qué si se enteraba la familia Goldstein de que Vera quería fugarse con su Blondie y vivir de plantar manzanos en alguna gruta perdida?, ¿y que todo lo tenía planeado para la fecha de su casamiento con ese prometido que aborrecía?, ¿y qué si todos los ‘jugosos detalles’ eran mentira?

Sí, era cierto que de enterarse, era muy probable, probabilísimo, más que seguro, que los Goldstein consideraran como un insulto el hecho de que alguien de la ascendencia de Winterburn se relacionara indebidamente con su heredera y decidieran tomar ese asunto a modo de vendetta personal y darle caza a ese supuesto pretendiente para eliminarlo del mapa, ¡pero y qué! Evans ya sabía que se trataba de una familia bien rarita en eso de los asuntos matrimoniales y las venganzas personales, ¡pero estaba todo bien! Mientras no supieran quién era, Bas estaba a salvo. Y la reportera utilizaría en su historia solamente el alias de ‘Blondie’, que era como a Vera se le había ocurrido nombrarlo en su cartita de amor, que de tan sentimental que te movía a las lágrimas —Evans no se explicaba ni la mitad de la carta, ¿es que acaso Vera había vivido todo eso con Sebastian, o se lo había imaginado?, ¿cuándo se habían besado ‘como si el tiempo se parase, con mi corazón desbocado’?, ¿es que esa chica estaría bien de la cabeza?, ¿era una delirante? —. En conclusión, todo estaba controlado. Nada podía salir mal. Y si, por casualidad, la información se filtraba, Bas sólo tendría que mudarse a otro continente en una odisea por su supervivencia, porque los Goldstein podían ser gente muy resentida. Pero eso ya sería asunto suyo, Evans no podía hacerlo todo por él. Bastante con estar quitándole un dinerillo interesante a la reportera por esa historia. Y vaya que Bas no parecía muy listo en temas de negocios.

Evans ojeaba de tanto en tanto al rubio, empecinado como estaba en su rabieta infantil entre las sábanas—que tenía dolores por culpa suya, pero él no se iba a hacer el enterado—, hasta que se despidió de la reportera —quien al final se había bebido ella solita toda la champaña—, acompañándola hasta a puerta mientras ella reía, hipando de contenta. ¿Y sobre el resultado de los negocios? Ah, ese día no podía ser mejor para su bolsillo, ¡vaya con la ironía!, ¡después del calvario que tuvo que vivir! Lo que a Evans le recompensaba especialmente era pensar que con todo ese extra que se había hecho entre el botín de los maleantes, el soborno al capitán y la historia vendida a la reportera, finalmente podría hacerle un regalo a su hermano que estuviera a la altura de lo que un niño rico querría. No es que Evans pensara en su hermano como esos nenes de papá que le hacían soltar muecas de burla algunas veces, pero todo lo que significaba una diferencia entre ellos hacía que le doliera el corazón. Lo material le importaba poco, en lo personal; pero cuando pensaba que su situación económica lo alejaba de su hermano, se molestaba y se estremecía a un tiempo, aunque no se tratara de un muro real que existiera entre ellos. Era muy seguro que Adrien nunca pensara en esas cosas. Pero él, Evans, era distinto. Sus miedos personales, sus inseguridades, adquirían distintas manifestaciones, y una de ellas, era justamente esa constante preocupación por aumentar su capital a cualquier costo.

Y porque claro, era una jodida serpiente con alma capitalista.

—¿Quieres que te dé del pico?—preguntó, pícaro, recogiendo la botella de agua del suelo. Y sin embargo, una sombra ¿de preocupación?, cruzó su mirada. Sonrió—Joder, Bas, luces que das asco—observó, extendiendo una mano para tocar su frente, sabiendo que podría recibir un sopapo a cambio—. Estás fatal. Si hasta te sale vapor de las orejas. Te diré qué: te llenaré la tina y te das un baño, ¿quieres? Esas burbujas están de muerte, lo juro. Enseguida te sentirás mejor. ¿Qué me dices, grandote?
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Evans MitchellGryffindor

Sebastian E. Winterburn el Lun Ago 14, 2017 4:47 am

Aquellos dos animales estaban hechos tal para cual, dos despreciables personas a las que no les interesaba nada más que su beneficio personal. Evans comenzó a contar su supuesta historia de amor con la zorra aquella, claro que Sebastian se había encargado de quitarle cada fotografía e hizo de todo por no darse por aludido, menuda loca se había topado que describía maravillas cuando su interacción fue un beso, una hostia y casi morir por culpa de que aquella estúpida lo había acusado de acosarla en el baño cuando no había hecho nada. Si todo era su culpa, como se la topase se la cargaba, el encuentro con Mitchell, el asunto de los delincuentes, la serpiente y que ahora no pudiera ni con su alma del dolor era mucho para decir.

Al menos ella se embriagó y se marchó de ahí, sin saber su nombre ni tener evidencia fotográfica, confiaba en que no fuera a asesinarlo el prometido, marido o lo que fuera. Estaba más ocupado pensando en su propio cuerpo, Evans debió darle algo para hacerlo sentir así de enfermo, como si tuviese fiebre, tan caliente. Se quedó en la cama todo aquel tiempo, sintiendo cómo el calor le quemaba la piel hasta hacerla arder, la hinchazón de su entrepierna, algo estaba verdaderamente mal ahí. Más temprano que tarde sintió una molestia en las orejas y al tocarlas sintió que salía vapor de ellas, ¿qué pociones de broma hacían aquello? Estaba harto.

Muérete —dijo por enésima ocasión aquel día, si las palabras matasen Evans ya estaría muerto de las veces que se lo había dicho. Reaccionó, como era de esperarse, golpeando la mano de Evans en cuanto éste lo tocó en la frente, no quería que lo tocase y menos cuando se sentía tan incómodo. — No finjas que te preocupas, ¿qué fue lo que me diste a tomar? Tú te quedas aquí mientras voy a asearme, bastardo —sí, eso era lo que necesitaba, un fresco y largo baño. Se sentó en el borde de la cama y buscó la botella de agua, bebiéndola con tanta ansiedad que dos hilos cristalinos surcaron su cara naciendo de sus comisuras y cayendo encima de aquella escasa parte descubierta de su cuerpo.

Porque, sí, Sebastian se levantó difícilmente con todo y sábana. Sentía las piernas un tanto débiles, la espalda le hacía difícil erguirse correctamente y la entrepierna le dolía en punzadas, pero incluso así tuvo el suficiente orgullo para empujar al león de su camino con el hombro y aproximarse al baño que cerró bajo llave, ¿dónde estarían sus cosas? ¿Su bolso, su varita? Evans debía saberlo pero no iba a decírselo. Bastardo. La sábana se deslizó a través de su piel para dejarlo en paz y desnudo, pero entonces miró la puerta. Lo que haría, cómo no, era arrastrar un mueble para interponerlo en la puerta y que no pudiese abrirla. Las intenciones de Evans nunca eran buenas.

Bien, tranquilo… Siempre puedes aparecerte, sólo que no tendrás tus cosas contigo… Mierda, ¿dónde dejó ese cabrón mis cosas? —habló consigo mismo en voz baja mientras abría el agua de la tina, sentándose al borde de la misma mientras jugaba con el agua que se encharcaba dentro, acariciando el agua con los dedos. Tenía que admitir que el sitio no estaba nada mal, espacioso, incluso el cuarto de baño era muy bueno. Le gustaría estar ahí con una chica bonita en lugar de estar con Evans Mitchell, de verdad que no sabía cómo se las arreglaba para arruinarle todo siempre.

En cierto momento se levantó para chequearse la espalda en el amplio espejo del baño, ahora estaba casi completamente seguro que todo lo que había ocurrido era que se había caído y Evans no le había hecho nada, ese chico era tan bestia que habría más marcas más allá de las raspaduras y el moratón del tamaño de un puño justo en el sitio de la colisión contra el suelo. El cabello lo tenía hecho un desastre, la piel de un suave tono rojizo y la respiración agitada, ¿qué estaba sucediendo con él? Por no mencionar el vapor de las orejas que no conseguía quitarse por más que las limpiara y la incomodidad creciente en la entrepierna.

Por lo pronto, se limitó a meterse al agua tibia esperando que pudiese calmarle un poco los nervios y el ardor de la piel. Había usado algunas sales y burbujas que empezaban a hacer efecto, confiando en el mueble de la puerta mientras se relajaba. Saldría de ahí como nuevo, encontraría sus cosas, le traerían su ropa y volvería a casa, ese era su pequeño mantra para mantenerse tranquilo, pero su cuerpo no parecía estar de acuerdo en mantenerse tranquilo.
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Evans Mitchell el Lun Ago 14, 2017 6:39 am

—¡Tienes una erección!, ¡claro que la tienes! ¿Y qué me dices de…—Evans ojeó de nuevo la planilla que tenía en una mano, mientras que con la otra jugaba con un lápiz. Había recargado el peso de su espalda contra la puerta del baño, y hablaba en voz alta y clara, repentinamente muy curioso por los síntomas del rubio en la tina—…ojeras violetas con manchas amarillas?, ¿no, todavía?

Trabajo, trabajo. Evans tenía que hacer un reporte sobre los efectos secundarios del ‘Filtro del Amor Caliente’, y para eso le habían facilitado desde el despacho de control de calidad del EroMagic —que no era más que una penosa oficina, con un único empleado, más interesado en una maceta que cualquier otra cosa en su vida—, un enlistado de las posibles consecuencias que podrían resultar del consumo del mentado producto. Lo único que tenía que hacer era enmarcar casilleros. Así que, en eso estaba, y había que decirlo, muy consumado en la tarea.

—Ayúdame, ¿quieres? Luego no me llores si tienes… —Volvió a echarle una mirada rápida a la planilla—… ‘un coma relámpago y presunta muerte, por priapismo inducido’—Soltó una risa queda, y continuando su lectura, agregó—: Bueno, aquí dice, que también puedes morirte de diarrea. O de una ‘eyaculación fortísima’. Oye, esto no suena tan mal. Piénsalo, es algo bueno, esto que te ha pasado. Dile adiós a tu frustrada vida sexual, y muere de un rato feliz. ¿Me estás escuchando? ¡Por supuesto que bromeo!—Evans se mordió el labio, circunstancial, y se deshizo en una risita sospechosa—Pero ey, no está de más prevenir, ¿verdad? Hago esto por ti, ¿no te alegra? ¡Con todo lo que ha pasado! ¿No te fías de mí ni un poquito? ¡Salvé tu vida del barro!, ¡y era un montón de barro!—Evans se miró los zapatos, como nuevos. Sí, por fin se había puesto sus ropas encima—¡Mis zapatos nunca serán los de antes! Me ha ofendido, hace un rato, ¿sabes? ¡Decir que no me preocupo!—Evans sonreía, pero hablaba con reproche—¿Cómo es que nos distanciamos tanto, tú y yo? Pensé que mi regalito de despedida por tu fin de ciclo nos iba a mantener por siempre juntos. ¿Cómo es que has olvidado tan rápido?—preguntó, fingidamente derrotado, mientras dibujaba un garabato al margen de la hoja, y de repente, pareció acordarse de algo—: ¿Te he hecho mirar el prospecto?—Por supuesto que no, ya que le había hecho tragar un producto presumiblemente defectuoso y que contenía riesgos potenciales a la salud y a la vida, sin preguntarle si estaba de acuerdo con ello— No quiero desanimarte, pero no creo que se te vaya con sólo… Tú sabes, lo que sea que estés haciendo ahí dentro (y de lo que yo no sé nada, no te preocupes). No creo que sea suficiente. Y al menos, aquí dice setenta y dos horas de… —Evans emitió un silbido por lo bajo—Hombre, eres una máquina. Aunque esto seguro que va a dolerte. ¿No quieres una prostita o algo? Yo estoy de tu parte, no te enfades conmigo. Sólo quiero ayudar. Así que, ¿y qué me dices…—Otra vez, ojeó la planilla—… de hipersensibilidad al tacto y fuertes comezones en el dedo gordo del pie?

Hizo una pausa, y con un tono más serio, agregó, acercando su cara a la puerta:

—¿Tú sabes? He encontrado el reconstituyente, si lo quieres, déjame pasar, ¿ok? Sólo tienes que dejarme…—Evans giró la cabeza hacia el ‘toc, toc’ de la puerta que daba al pasillo y fue a abrir. Había recibido una lechuza. Apresurando el paso, y con el rostro ensombrecido, volvió a por sus cosas, e iba a dar la vuelta para marcharse, irse sin más, pero entonces se paró en seco, suspiró con esa expresión contrariada del que se ha olvidado algo en el apuro, y se volteó a tomar la cámara de fotos sobre la mesita. Y se la guardó, así, si más, como si hubiera sido suya toda la vida. Ni se molestó en ubicar las pertenencias de Sebastian y ponérselas a la vista, ya se entretendría buscándolas por toda la suite. Y cerró la puerta al salir de la habitación.  


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Sebastian E. Winterburn el Lun Ago 14, 2017 7:17 am

El tiempo en la bañera lo había aprovechado ignorando a Evans desde el exterior, y es que estaba bastante ocupado intentando quitarse los efectos de aquella estúpida cosa que le había dado. No le prestó atención en ningún momento, no le dio respuesta alguna, ni siquiera le dio el beneficio de saber el odio con que miró la puerta cuando le recordó su “regalo” de despedida. Menudo cabrón. Al final había acabado sumamente agotado, horas más tarde, tanto que su piel se había arrugado en contacto constante con el agua, ambos brazos adormecidos. No podía ni siquiera respirar bien al final del todo, así que se quedó en la tina un largo rato más.

Se había dado cuenta que de un tiempo hacia acá ya ni siquiera oía la voz molesta de Evans, sólo había oído la puerta abrirse y cerrarse dos veces, ¿se habría marchado? Eso esperaba. Se alcanzó una toalla al final para levantarse de la tina y secarse, dejando el agua correr mientras se secaba. Tenía un mal presentimiento, algo le pesaba en el pecho. Con el final del efecto de la jodida poción, también se fueron un par de efectos secundarios, así que al menos aquello había quedado de ganancia. Apartó el mueble que lo protegió de aquel idiota y con la toalla atada en la cadera se descubrió solo en la habitación.

Gracias al cielo… —suspiró, aliviado llevándose una mano al pecho. Su ropa estaba perfectamente doblada sobre la cama, así que se vistió rápidamente para luego comenzar la búsqueda del tesoro de sus cosas que estaban regadas por toda la suite, pero al final había conseguido todo. O bueno, casi todo. — ¿Dónde pudo poner mi cámara…? Juraría que la vi por… No, él no… —al final empezó a balbucear una serie de cosas incomprensibles mientras su rostro perdía cada centímetro de enfado, de molestia, y se teñía de nada más y nada menos que dolor. Un dolor puro y duro que le arañaba el alma. — ¡Jodido bastardo!

No había otra forma de describir la forma en que empezó a buscar que no fuera desesperación, estaba profundamente desesperado de aquello. No podía quitarle su cámara, podía quitarle absolutamente todo menos su cámara, ¿era su estúpida venganza por no haberlo dejado hacerle lo que quisiera? Llamó a las asistentas, dieron la vuelta por completo a la habitación. Ni rastro de su cámara. El rubio no parecía asimilarlo, era parecido a perder a un ser muy querido. Porque lo estaba perdiendo, no un ser muy querido sino cuatro al mismo tiempo. Llegar a casa después de un golpe tan bajo y profundo fue una aventura desoladora y deprimente. Ni siquiera le quedaban ganas de quejarse cuando alguien lo chocó en las escaleras del complejo departamental.

Esa cámara era lo único que lo mantenía cerca de su familia, la que había tenido que abandonar para sobrevivir. La familia que amaba con fuerza porque a pesar de ser tan diferente a ellos, nunca le cerraron sus puertas, algo de un valor incalculable para alguien incapaz de mantener amistades, para alguien como él. Nada más cruzar el umbral de la puerta, Dager pareció presentir algo, mirando sentado al rubio que con la mirada perdida cerró la puerta y se recargó en ella, y tal cual se recargó, se deslizó al suelo mientras el crup entraba entre sus brazos y nada más sentir su pelaje, los ojos azules llovieron lágrimas sin permiso de su dueño.

Esto es increíble… Me gustaría estar en casa… —susurró, apretando a Dager entre sus brazos, el corazón le dolía como sólo una vez le dolió antes, precisamente el día que le dijo a sus padres su situación y que no podía volver a buscarlos. — Ellos… siempre estuvieron ahí… y he perdido lo único que… tengo que recuperarla… —no hilaba ideas conexas, sólo palabrerías sueltas. ¿Cómo hacer que aquel hijo de puta le regresase algo tan importante? De pronto un nombre se le vino a la mente, y con ello una pequeña incertidumbre con sensación a esperanza.
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