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[FB] Un poco más que sólo casualidad [Priv.]

Evans Mitchell el Miér Ago 09, 2017 1:25 pm

¿Quiddicht? Apestaba. ¿Deporte, decían? No eran más que maniobras en el aire, malas todas. Ese entretenimiento no tenía verdadera adrenalina. Pero bueno, al menos, Evans podía hacerse un negocio con las apuestas. Y sin embargo, ese día en que todos estaban sobreexcitados en las gradas del estadio, Evans se escabulló temprano de su taimada labor para realizar un ‘trabajito’ que no necesitaba de metiches o miradas indiscretas, que tenía que ser llevado a cabo como un operativo encubierto. No porque fuera algo ‘malo’, por supuesto. Pero puede que al objeto de su jugarreta no le resultara algo ‘bueno’ tampoco. Claro que ese pequeño detalle no le quitaría el sueño.

Por empezar, había tenido que infiltrarse en la Sala Común de Ravenclaw y hallar el dormitorio que andaba buscando. No es que se lo fuera a confesar a nadie, pero esa era la segunda vez que lo intentaba. A la primera, no hubo manera de saber cuál era la respuesta a la adivinanza que te permitía el acceso a la Sala Común. Vaya estúpida forma de trabar una puerta. Esa tarde, sin embargo, Evans había acertado a la primera oportunidad. ¿Y se decían ‘los más inteligente’? Vamos, él sabía de ravenclaws que no habían podido entrar por días.

Ya en el dormitorio, casi le da un patatús de la sorpresa. ¿Qué demo…? Eso estaba realmente ordenado, ¡y limpio! ¡Que anómalo! Era como una foto de revista, Evans se sentía tan incómodo en ese ambiente. Nada que ver con el dormitorio que él compartía con los gryffindor. Allí todo estaba en el suelo, todo el mundo se olvidaba su mierda allí (las noviecitas de Vane eran un problema de gérmenes cada vez más alarmante), era un completo caos. Un verdadero cuarto de chicos. O puede que simplemente fuera demasiado desastroso. ¡Pero qué cojones! Él había ido por algo, mejor que se pusiera a ello. Después de todo, no había moros en la costa. Era el momento perfecto para pasar desapercibido.

Así que, ¿cuál sería la cama de Joshua Eckhart? Ah, allí. Se sentía con todo el tiempo del mundo, para hurgar entre sus objetos personales (el lema dice: “Conoce bien a tus enemigos, y te conocerás a ti mismo”). Hasta había traído consigo unos curiosos productos de Zonko, ¿porque cómo irse sin dejar ‘polvo de troll’ en la almohada?, ¿o un ‘chuche de terror’ entre las sábanas? No, que Evans no tenía nada personal con esta persona a la que, claramente, quería molestar. Era sólo que pensaba que el otro era un aburrido y necesitaba algo con qué entretenerse, algo que lo hiciera sentirse vivo. Amanecer con la cara verde y maloliente, o meterse en la cama en la que te espera una serpiente (de juguete, de juguete) para enredarse entre tus piernas y no soltarte, era una sana y segura forma de hacer bombear la sangre, seguro. Y nada personal. Además, era el amiguito de su hermano, ¿cómo sería él capaz de hacerle algo malo? No mientras lo estuvieran mirando, por supuesto.

—¡Maldición!, ¡estúpida rata!—Evans soltó una manotazo, pero no fue más rápido que el hurón (¿qué carajo hacía un bicho tan feo como ese por ahí?, ¿eso estaba catalogado como mascota?, ¿le habrían chequeado si tenía rabia?) que lo había mordido (seguramente porque sabía que ese extraño no debía estar ahí, hurgando entre cosas que no le pertenecían) y se había ido a esconder con escurridiza facilidad—Sí, corre. ¡Pobre de ti si nos encontramos de nuevo!
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Evans MitchellGryffindor

Mael Ryan el Miér Ago 09, 2017 11:48 pm

“Traer a la memoria propia algo percibido, aprendido o conocido, o retener algo en la mente” esa definición pertenece al verbo recordar, de ahí el nombre otorgado a la recordadora, porque ayuda a recordar, o esa se supone que es su función porque la mía lo único que hace es avisarme cuando a ella le sale del humo mágico y por ello no me había llevado los prismáticos al partido y verdaderamente, a alguien al que le falta la visión de un ojo y es miope del otro, no le favorece olvidarse de una herramienta tan útil. En fin, y allí estaba yo, esperando a que las escaleras se recolocasen para poder seguir hacia lo alto del castillo, allí a la torre donde se encontraban las pertenencias de los Ravenclaw.

Entre mis dedos rodaba la, mencionada antes, recordadora. Una reliquia que había pasado ya por cuatro generaciones y dejado de funcionar antes de haberla comprado, o eso calculaba. Era una desgastada bola de cristal con una banda plateada que la partía por la mitad y que resaltaba cuando el humo azulado decía de inundar su interior como lo estaba haciendo ahora.

Mi ceja izquierda ascendió y mi labio fue atrapado por mis dientes en un intento de no lanzar aquella esfera al vacío de una vez por todas.

- ¿Me explicas que se me ha olvidado ahora? – Le pregunté cabreado por estar perdiéndome un partido de quidditch por no haber cumplido con su función. – Sirves menos que un gryffindor… - Le insulté antes de meterla en mi bolsillo y seguir escaleras arriba.

Mis pasos eran firmes, la túnica bailaba por la inercia y mi mirada se hallaba perdida en el infinito del camino a la torre mientras pensaba en la última jugada de nuestro equipo contra el de slytherin. Había sido bastante buen pase si no fuese porque las serpientes jugaban siempre sucio.

Llegué a la puerta de la sala común y contesté la adivinanza apenas sin prestarle atención, mis pensamientos estaban aún en los jinetes que cabalgaban el aire sobre el verde césped que decoraba los suelos del campo de quidditch de la escuela, aquel suelo en el que tantas veces me había colado para leer o simplemente evadirme de la gente que solían tocarme las narices. Todo pensamiento cesó al ver como el gato de una de mis compañeras salía disparado, se chocaba con mi pierna y después seguía su rumbo hacia el final de las escaleras. Lo observé extrañado y con los labios ligeramente torcidos ante la confusión del momento. ¿Por qué tenía tanta prisa aquella bola de pelo? Cerré los ojos un segundo y negué con la cabeza mientras retomaba el rumbo a los dormitorios. Habrían pasado ya 10 minutos desde que comenzó mi viaje hacia el interior de Hogwarts y si no me daba prisa, al final acabaría viendo solamente como recogían las escobas y se volvían a descansar a sus casas.

La tosca puerta de madera, que separaba la sala de estar del lugar donde se encontraban las camas, cedió sin dificultad y yo accedí al cuarto. Sin embargo, no conseguí dar más de dos pasos antes de que mi cuerpo se petrificara durante un instante antes de lanzar mi mano hacia la varita.

- Pero ¿qué haces tu aquí? Procura buscar una excusa que no sea que estabas buscando el aseo porque vale que eres medio rubio y estas en la casa de los gatos retrasados, pero creo que a eso podéis llegar sin mucha dificultad. – Pregunté cruzándome de brazos y cerrando la puerta con la pierna. Era Evans, ¿o era Adri con otra túnica? No, aquello era imposible puesto que había visto a este en el camino de regreso a la solitaria escuela.

Mi expresión era seria, estaba fijamente mirándole y buscando sus ojos y buscaba ser lo más convincente posible, pero en mi interior algo me incitaba a reírme de él, de haberle atrapado y de poder vengarme de algunos asuntos pendientes que teníamos entre manos y que con el grupo de idiotas al que va a todos lados era imposible de aclarar. - ¿Y bien? – Pregunté enarcando de nuevo mi ceja izquierda.
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Mael RyanInactivo

Evans Mitchell el Jue Ago 10, 2017 3:59 pm

Si tú te hallas a alguien in fraganti, harás que a la otra persona le dé un escalofrío. A menos, claro, que se trate de un tremendo caradura. Y Evans Mitchell ya había tenido suficientes ataques por la espalda en su tierna vida de adolescente problemático como para saber manejar los nervios en esas circunstancias. Hasta le había adquirido el truquillo a esa táctica que usan los maleantes carismáticos cuando los pescan en medio de un asuntillo sospechoso: emplear la sonrisa más blanca, honesta, y contagiosa del mundo.

Así que, a penas captar esa voz a sus espaldas (cuando sus manos estaban, evidentemente, ocupadas en alguna triquiñuela), hizo una mueca de molestia, entre el enfado y el humor; pero se contuvo; y se volteó hacia el ravenclaw con toda la confianza, como quien está allí por casualidad, sin nada que ocultar, ¡ah!, y con un libro en la mano.

—¿Y qué haces tú aquí?—¿Eh? Evans lo miró con una extrañeza injustificada (diríase que el desubicado era el otro, por rondar dormitorios que no eran el suyo), arrugando la nariz. Y, agitando el libro en su mano, agregó—: He venido por esto. Lo tomo prestado. No seas tan latoso, ¿quieres?—Sonreía, no porque derrochara simpatía, eso no. De hecho, parecía fastidiado bajo su pésimo disfraz de buen cordero. La mirada impaciente, chispeante, resentida, siempre lo delataba. Avanzó hacia el ravenclaw, con un paso muy tranquilo, como si se hallara muy cómodo en un dormitorio que no era el suyo. ¿Que si pensaba irse por donde había venido? No, no. Ese inoportuno no le iba a arruinar el día. Era cuestión de saber encontrar el momento y atacar a traición—Hablas mucho. Me has llamado gato y retardado, ¿pero qué te he hecho yo? Mantente con los humos bajos—dijo, a modo de consejo ¿amistoso?, enfatizando su idea de que el otro debía ‘bajar sus decibeles’, casi como si hablara con un idiota. Ya estaba muy cerca de la puerta, lo que significaba que tenía que sortear al ravenclaw si quería salir—. He venido en son de paz. Somos amigos—Y en ese punto de la conversación se sonrió, burlón—Bueno, no de esa clase de amigos que tú tienes… Sí, Ed todavía insiste en meterse contigo. Honestamente, estos días no hace otra cosa que hablar de ti. Es insoportable. Pero, en el fondo, no te juzgo. Realmente. Justo le decía a Ed el otro día: si es feliz chupando pollas, déjalo ser. Asqueroso, pero, sobre gustos… No te lo tomes personal si te hago un poquito de esto o aquello por los pasillos, ¿quieres? Son los chicos, no soy yo. Tú y yo estamos bien—Le guiñó un ojo, encantador— Ya me voy, ¿está bien?

Un discurso muy convincente. Sí, para un idiota, probablemente. Pero no para un hurón. El animalito, sumamente atento a la teatralidad de ese intruso, y muy protector de su territorio, se percató enseguida de que ese extraño no era de fiar (y que ese libro, a él no lo engañaba, ¡estaba siendo tomado sin permiso!), y que se traía algo entre manos. Por ende, antes de que Evans pudiera usar su varita (porque lo estaba pensando), ¡el hurón atacó!, ¡valientemente corrió a treparse a las ropas del enemigo!, ¡directo al cuello! Evans parpadeó, dejó caer el libro, se llevó las manos al cuerpo, palpándose, claramente sin comprender, bastante incómodo, hasta que sintió un dolor afilado en el cuello, una herida que le sangraría después. ¡Arhg, ese bicho! ¡Se lo había advertido! Evans se lo quitó de encima, pero el hurón, más rápido, más listo, un ninja animal, cayó al suelo de pie y volvió a escaparse otra vez. Pero, había enfadado al león. Evans, rojo de puro calentón, sacó la varita y apuntó en la dirección por la que se había ido el bicho, al tiempo que gritaba:

—¡Incendio!

Vaya, sí que tenía una piel sensible.


psss:
Sentite libre de atacar a Evans como te venga en gana. Manejá la situación a tu gusto. Ah, y entre nosotros, el hurón es un 'súper hurón', y no hay nada de raro en eso (y please, al animalito no puede pasarle nada malo).
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Evans MitchellGryffindor

Mael Ryan el Jue Ago 10, 2017 11:22 pm

Mi rostro inexpresivo y mis brazos cruzados resaltaban que no me sorprendían sus palabras, ni me embaucaba con aquella lista de palabras y argumentos que no argumentaban nada más que su poca inteligencia.  

- Es mi habitación. – Contesté sin más. - ¿Prestado o robado? No pareces muy de devolver las cosas y mucho menos de saber leer. – respondí a su excusa barata sobre el préstamo. ¿Un libro? ¿Él? Por favor… eso no se lo creía ni una abuela con Alzheimer ni un duende desmemorizado.

Y allí estábamos, su cargante sonrisa se mostraba frente a mí, una sonrisa que quería batear y borrar de una vez por todas. Esa bonita curva de sus labios estaba tan relacionada con el maltrato que había sufrido por su parte durante años anteriores que solo de verla me daba repulsión y me obligaba a pasar a la defensiva. Me limité a devolverle la sonrisa desde la distancia. Le observé mientras se dedicaba a reducir a cenizas el espacio que había entre nosotros y algo en mi comenzó a agitarse.

Mis ojos lanzaron una mirada furtiva a donde debía de estar mi bate de beisbol a la vez que mi mano se preparaba para lanzarse a la varita. De nuevo, sus palabras que buscaban hacerle quedar como la víctima de un juego en el que no era más que el agresor. Lancé un bufido sonriente ante la sarcástica escena.

- Colarte en mi cuarto es ya suficiente como para tener los humos altos, sobre todo cuando se entere Dumbledore de tus infiltraciones para… A saber que. – Contesté cortante mientras cerraba la puerta con mi pie para que no pudiera salir de allí. Ahora estábamos encerrados y la tensión oprimía mi pecho. Estudiaba sus movimientos, su rostro, sus labios. Iba a volver a hablar, esta vez para atacarme tras un estúpido “somos amigos”. – No te vas a ir, ¿no has pensado que quizá yo no quiera que ahora te marches? Y parece que tampoco has pensado que, si Ed habla tanto de mí, quizá es que quiere ser de esa clase de amigos, al igual que dudaría lo mismo de ti, debes de ser muy infeliz para estar atribuyendo a otros que se comen pollas, lo mismo es que tienes envidia de ellos. – Comenté riendo antes de fruncir el ceño al ver como el hurón de mi compañero se decidía a atacar al intruso. – No, ¡estate quieto! – Grité sacando la varita e intentando petrificar al animal antes de que dañara al chico, no por él sino por lo que podría pasarle al pobre bichito si decidían imponerle un castigo por atacar a un alumno, aunque este se estuviese saltando normas y el hurón solo se defendiese.

La situación se había torcido, no sabía cómo actuar en aquel momento, quería tener unas palabras con Evans y si lo necesitaba llegar a los puños, ahora que estaba solo no tenía ninguna posibilidad contra mí, o eso esperaba, pero todo esto estaba llevándome a perder la ocasión que el destino me había brindado. El animal mordió, la sangre coloreó su, aparentemente, suave piel y su rostro se volvió tan rojo como los calcetines navideños que se colocaban por todo Hogwarts en diciembre. Iba a perder el control y en ese momento uno de los hechizos más temidos por mi acarició sus labios en el suspiro de sus palabras. Noté como mi corazón se paraba, el pánico se apoderó de mi mente actuó por si sola.

- ¡Aguamenti! – Grité con fuerza y un potente chorro de agua salió disparado de mi varita hacia Evans.
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Mael RyanInactivo

Evans Mitchell el Vie Ago 11, 2017 7:20 am



Cuando se entere Dumbledore, había dicho. A Evans no le causó más que una íntima gracia. Eso era lo único que los charlatanes intelectuales parecían capaces de hacer en cualquier situación: hablar, hablar, hablar. Y era difícil tomárselos en serio. Rómpeles una nariz, intimídalos un poco, y se deshacen enseguida. Y honestamente, en ese moentos, no le estaba cayendo bien ese aire pretencioso. ¿Querría que lo zarandeara un poco? Pero…

Que se le rieran en la cara era algo que le molestaba, y si ya de por sí tenía mal genio, lo que una risa burlona provocaba en él, era una reacción de desquite. Poco le importaba si era sobre pollas o el motivo que fuera, a él lo encendía la burla, del mismo modo que una chispa prende una mecha. Siempre guardaría una forma de cobrársela en sus pensamientos, cada vez que te recordara, por muy fresco, muy despreocupado, que quisiera aparentar ser en el momento. A punto estuvo de soltar un conjuro hacia el muy confiado ravenclaw, para cerrarle la boca. Pero se despistó terriblemente al verse abordado por el bicho. Resultó en una escena tragicómica, que acabó de la peor manera: con las cortinas de una cama adoselada consumiéndose en el fuego.

Evans, impulsado hacia atrás por un chorro potente de agua, fue a caer de culo y se dio la nuca contra el borde de una mesita de luz. Sintió un dolor horrible en el cuello, y tosió, escupiendo toda el agua que se había tragado. Y aún en esa circunstancia, rápido, sin perder tiempo, apuntó a su atacante con la varita y gritó, seguro de darle al blanco (y sintiendo esa descarga placentera que lo invadía cuando sabía que tenía a sus enemigos en la mira): “¡Impragortus!”. Sí, ése hubiera sido un magnífico golpe, de no ser porque estaba apuntando al ravenclaw con una barra de regaliz (delicioso caramelo), que en el calor del momento, confundió con el tacto de su propia varita. ¿¡Pero qué carajo…!?, ¿¡dónde había ido a parar su varita!?, ¿¡dónde!? ¡Eso no estaba pasando!, ¡no estaba pasando! ¡No a él!

¡Ah, maldición! Sabiendo que no podía quedarse quieto, a menos que quisiera ser un blanco fácil, Evans se arrojó con toda la agresión de la que era capaz hacia el jodidamente inoportuno metiche del día, determinado a forcejar con él, apalearlo, y rodar con sus cuerpos en el suelo si era necesario. Poco le importaba que hubiera una cortina ondeando entre las llamas. Por él, todo el dormitorio podía prenderse fuego. Porque con ese bicho dando vueltas por ahí, ¡seguro que era un sitio insalubre después de todo! ¿Pero sería lo suficientemente rápido?, ¿o se vería obligado a negociar con sus irresistibles encantos de tunante? (si no lo cazaba antes un embrujo que lo complicara tanto como para no poder desquitarse) Irresistibles para él, claro.
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Mael Ryan el Sáb Ago 12, 2017 12:53 am

Ridícula, esa palabra definía a la perfección aquella situación, aquella escena en la que me encontraba sumergido y en la que mi adversario intentaba atacarme con una barrita de caramelo, pero que en realidad era el menor de mis problemas. Mi mente, mis sentidos y todo mi ser estaba centrado en el replicar del fuego, los crujidos, el calor, el rojo de sus llamas y el contorsionante baile de estas. La realidad se mezcló con los recuerdos y entonces alguien grita, miro a mi alrededor y todo arde, el humo apenas me deja respirar y el agua llega a la puerta de mi habitación para dar paso a la que creo que es mi madre. Busco mi varita pero no esta en mi mano, no puedo hacer nada y entonces la explosión oculta la figura de aquella mujer.

- ¡Noooo! –
Grito acercándome al fuego pero la voz de mi madre me detiene, me dice que no avance, y entre el humo de nuevo su cuerpo. Huele horrible, apenas puedo respirar. Toso y me intento acercar a la mujer pero me detengo al ver su cuerpo. Su ropa arde, sus ojos brillan como el sol y su rostro se derrite, poco a poco. Sus dientes afilados me apuntan y la sangre ebulle. Se esta acercando y el horror se dibuja en mi rostro.

La arcada que sentí me hizo volver a la realidad, frente a la cortina ardiente y la situación absurda que estábamos viviendo. “Pasos” fue la palabra que llegó a mi mente antes de separar mis húmedos ojos del fuego y ver como Evans se acercaba a mi con la intención de embestirme. El miedo aún poseía el control de mi cuerpo y a lo máximo que alcancé fue a dejar caer la varita antes de preparar un derechazo que buscaba la mandíbula de mi compañero, pero estaba aturdido y simplemente le rodeó el cuello haciendo que le abrazara al caer de espaldas por su ataque que, como si de una vaca se tratase, consistió en aquel placaje desesperado por el que intenté que ambos cayésemos al suelo y así estar en iguales condiciones. A saber que podría intentar aquel loco estando en una posición superior.

- Evans… Para… - Intenté decir entre el forcejeo. – ¡Es peligroso por el fuego, descerebrado! – Grité mientras caía al frío suelo. El golpe dolió, pero por el calor del momento (y de la reciente hoguera) apenas lo sentí, solo quería quitármelo de encima y apagar el fuego, estar a salvo y entonces reventarle a batazos si era necesario. Pero una vez cuando no tuviésemos la posibilidad de morir calcinado ninguno de los dos. ¿Qué? No, no me estaba preocupando por el minino, pero los gatos quemados huelen bastante mal y a ver quién dormía ahí durante el resto del curso.
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Evans Mitchell el Sáb Ago 12, 2017 6:48 pm


—¿¡Por qué!?—jadeó, con una cara casi fanática, como si la fricción de una pelea fuera lo suyo, extasiado y molesto a un tiempo. Lo retenía contra el suelo, o al menos era lo que buscaba con su forcejeo: una rodilla entre sus piernas, el peso del cuerpo empujando, las manos luchando—¿Estás que te cagas, Mali?—Mael, pero ni que se acordara su nombre. Con su grupete no hacían otra cosa que llamarlo ‘maricón’. Relativamente cerca, el fuego consumía la madera, de a poco, pero era fuego mágico; no tendía a apagarse hasta haberlo consumido todo. El naranja de las llamas crecía, se expandía—¿Y qué pasó con esos aires de antes? ¿EH?—Más que hablar, bufaba. Evans le arrojó un puño directo al rostro, en el medio de ese tira y apriete. No parecía querer otra cosa que romperle la cara, así que había que frenarlo o devolvérsela—¿¡Fuego!? ¡Un poco de fuego y te pones como una gallina!—gritó, a medio reír, con una carcajada breve, vacía, agresiva. Y, ¡de súbito!, forzó un rodillazo que intentó clavar en la entrepierna.

Mientras tanto, en el pasillo, un gatito se había sentado delante de la puerta cerrada, moviendo las orejitas, con gatuna curiosidad. Maulló, una, tres veces, hasta que llamó la atención de su dueña, Gina, quien había subido las escaleras a los cuartos de los chicos luego de haber estado buscando a su gato por todos lados, y porque sabía que tenía preferencia por ese dormitorio, ya que, al parecer, se había hecho amigo del hurón (que en mi versión, es Blesk venido desde el futuro, y esta es una versión bastante creíble. ¿Por qué no tener un hurón desde primer año? Eso sí que no tiene sentido. Con lo adorables que son. Todavía odio a Josh por eso (?)). Así que, Gina, al ver a su gato, corrió a abrazarlo, pero una vez que tuvo al minino en brazos, se giró extrañada hacia la puerta. Acercó su oreja para escuchar mejor:  

¡No veo que te rías mucho ahora! ¿Dices que tengo ‘envidia’? ¿¡De qué, jodido maricón!?, ¿de cómo le abres tu boca a una ver¡ah!? ¡Dem…! ¡Puedo metértela cuando me venga en gana si tanto la quieres!, ¿es que la chupas tan bien como para que te crezcan los humos? Venga, haz algo ahora. ¡Algo que no sea pura mierda de… ¡Ah! ¡Joder!, ¡te voy a matar por eso… ¡Maldición!, ¡te voy ¡ah!...

Gina se apartó de la puerta, alarmada. ¡Tan raro!, ¡pero si pensó que esos chicos se llevaban bien! ¿Y qué era eso de abrir la boca para… y chuparle qué? No entendía nada. Mejor se iba pitando de allí. No fuera a hacer que la acusaran de entrometida. ¡Los asuntos de los demás no eran problema suyo! ¡Y más si eran cosas de chicos!

A Evans le sangraba la nariz, pero se sonreía con una extraña satisfacción, y cuando el derrame alcanzó sus labios, se relamió y le escupió al ravenclaw en la cara. Y seguidamente, en un arrebato, atacó el costado de su cuello de una mordida, hundiendo sus dientes con ira, presión, violencia. Eso dejaría una marca, se adivinaba. Y Evans no cedía con facilidad, como si no pensara desprenderse. Se había dejado caer sobre su cuello como un doloroso escalofrío, al tiempo que lo tironeaba de su cabellera hacia atrás, en un intento por domarlo, tenerlo sujeto, aferrándose a él como la asfixia.
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Mael Ryan el Dom Ago 13, 2017 4:58 pm

Nunca había estado en una situación como aquella, verdaderamente, me había peleado alguna que otra vez pero siempre había tenido yo las de ganar, sobre todo porque mis contrincantes no eran locos a los que les encantaban las peleas, pero aquel chico parecía ser distinto, su rostro de satisfacción era aún más tenebroso con las llamas de fondo, unas llamas que acaparaban todo mi temor, mi miedo y mi ansiedad. Ese tipo no iba a hacerme más daño que el físico, no podría pero las llamas estaban acabando con mi cordura momentánea. Estaba asustado, temeroso, indefenso. Notaba su pierna entre las mías y hacía fuerza con estas para que no fuese a romperme los huevos de un rodillazo, un acto reflejo de los seres vivos ante la posibilidad de quedarse sin descendencia.

- ¡Porque vamos a arder subnormal! – Le contesté furioso intentando quitármelo de encima antes de que se riese de mi fobia, ¿y quién coño era Mali?

El tono anaranjado, las sombras bailantes y el calor invadía cada rincón del cuarto donde nos debatíamos en aquella estúpida batalla de la que intenté salir pacífica por primera y última vez.

- Evans, por favor… No vamos a ganar nada si acabamos quemad… - El dolor de aquel puñetazo hizo que mis palabras se cortasen sin más. El rayo de aquella sensación recorrió mi mandíbula, mi mejilla y ascendió a mi ojo derecho a la vez que mi cabeza rebotaba contra el suelo y comenzaba a darme vueltas todo. Mi mente volvía a viajar, esta vez a la oscura noche en la que sentí un dolor semejante y entonces me di cuenta, ese chico se acababa de sentenciar.

Ignoré sus siguientes palabras, me limité a quedarme quieto, abrir los ojos y mirarle con prepotencia con una sonrisa sádica dibujada en mis labios. Observé su risa, su rostro, su olor ahora era más fuerte que el del fuego y algo hacía que pareciese atractivo, quizá el ser un idiota que no sabía lo que hacía era lo que me atraía de él en ese momento, o quizá el saber que estaba perdido. Noté el rodillazo en mi entrepierna, amortiguado por las mías pero el dolor allí estaba, me hizo curvarme ligeramente y después me dejé caer en el suelo, sin cambiar la expresión de mis ojos, ya no sonreía, le miraba seriamente y observaba el movimiento de sus labios mientras seguía con su monólogo.

Noté el calor de su sangre mezclada con saliva en mi mejilla, yo seguí observándolo, estudiándolo, notando su calor y su comportamiento y entonces llegó el momento. Mi puño apretó aprisionó el cuello de su camiseta mientras se lanzaba a mi cuello, el mordisco dolía pero era excitante, no podía decir que no, me sentía como un perro atrapado, un lobo que ya no tenía escapatoria porque su captor estaba sobre él. Reí al sentir el dolor y mi mano ascendió del cuello de su ropa a su garganta para apretarla con fuerza mientras me acercaba a su oído. Notaba sus dientes clavarse aún, pero yo sabía que había ganado, que era más que un indefenso perro callejero como él se pensaba.

- Estas deseando metérmela, pero te asusta que te vaya a gustar porque en realidad, eres un maricón de esos que tanto críticas. – Al finalizar aquellas palabras retiré mi cabeza para tomar impulso y golpeé la suya con un cabezazo a la vez que proporcionaba un puñetazo a sus costillas y le empujaba con la mano que le estaba asfixiando. Me deshice de él y me deslicé hacia mi varita mientras me ponía de pie. – Accio bate. – Y con el movimiento de la varita aquella arma llegó a mi mano. – ¿Estás seguro que no te has follado ya a tu amiguito Ed? O… Espera, ¿eres tú el muerde almohadas de él? – Pregunté entre jadeos y risas mientras me acercaba con fiereza para asestar a su rostro el batazo que se merecía, para devolveré lo que me había hecho. Y cuando lo viese tirado en el suelo, escupiría sobre él la sangre que se acumulaba en mi boca de probablemente alguna herida interna por el golpe.
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Mael RyanInactivo

Evans Mitchell el Lun Ago 14, 2017 1:33 am


Cuando ocurre, cuando sucede que la suave, violenta, presión corta el paso de su garganta, Evans se da cuenta de su propia indefensión, frente a esa persona, frente a esa única persona en la habitación. Puede que la cama adoselada estuviera incendiándose, que el escalofrío de la humedad persistiera en su piel fría, puede que el suelo fuera duro y que incluso se oyera la repentina ovación de una excitada tribuna desde los campos de quiddicht, pero de lo que Evans tenía plena consciencia era de ese chico con el que se debatía. No porque estuviera desesperado, presa del pánico. No lo estaba. Era algo físico, que sólo podías experimentar contra la piel de algún otro, que se frotara contra ti con la misma violencia, la misma necesidad. No recordaba su nombre, pero tenía su piel en la boca, su aroma presionándole en el pecho, y sus gemidos vibrando a través del torrente de su sangre. Y cada vez que se apretaba contra él, queriendo acabarlo, destrozarlo, en el entrechoque de las intenciones se daba un fogonazo que lo entusiasmaba a seguir, con renovado rencor, con ansia.  

—Estas deseando metérmela, pero te asusta que te vaya a gustar porque en realidad, eres un maricón de esos que tanto críticas.

¡Menudo cabrón! Evans lo sintió cosquillear contra su oído, ¡y vaya momento para sentirse cosquilloso! —que lo era—, cuando al mismo tiempo se había visto obligado a llevar ambas manos al cuello porque esa jodida tenaza lo molestaba de los cojones. Iba a escupirle que era un maldito imbécil (¿entre arcadas, quizá?), directo a la cara, o lo hubiera hecho, de no ser porque, ¡joder! Evans fue doblemente reducido, y hasta casi se alivió cuando el otro lo arrojó contra el suelo. Cayó de culo, y halló respaldo en, ¿esa era la puerta, la pared?, él no lo sabía, sólo tenía consciencia de que se sentía revuelto, que el dolor era desagradable, que tenía que abrazarse a sí mismo como si acaso pudiera reparar algo de esa manera, y que no podía mantener la espalda recta. Tosía, buscando cazar el oxígeno a bocanadas, porque de pronto, este le hacía falta, ¡porque ese loco… No era en serio, ¿verdad? Evans alzó la mirada y negó débilmente con la cabeza. No estaba realmente loco, ¿verdad? El chico estaba alzando un bate contra él. No, no.

—¿¡Qué estás hac…¡Mald..!

De haber terminado la frase, hubiera agregado un: ‘desquiciado bastardo’, luego de un ‘maldito hijo de puta’, y una larga sarta de cumplidos, que serían de todo, menos bonitos. ¡PAF! ¡ZAS! ¡CRACK! El impacto fue un golpe sordo, pero de esos que te dicen que algo se habrá roto, algo habrá dolido. Y sin embargo, Evans no gritó. Fue como ver caer la cabeza de una muñeca flexible, de un movimiento laxo, sin vida, y al instante siguiente, recordabas esa punzada de asco que te daba contemplar por mucho tiempo a Nick Casi Decapitado cuando su sonrisa le colgaba de un solo hilillo de piel. Pero a pesar de tratarse de un golpe contundente, esa cabeza —que debía ser dura—, luchó a orillas de la seminconsciencia, balanceándose lento, muy lento.

¿El dolor? Era atroz. Quería que acabase. Pero no veía cuándo sucedería. ¡Que acabara! ¡Maldición! Hubiera expresado su rabia, pero su estado era patético, lamentable. El otro desgraciado lo había derrumbado. ¿Cómo puede ser que Evans se sintiera traicionado por su propio cuerpo, siempre fiel a la cólera de sus latidos? Era como vivir un instante en el vacío, en la nada, viendo cómo todo a tu alrededor se aleja de ti, sin que puedas acelerar por ti mismo ese segundo de inmovilidad, mientras que la dilación se te hace insufrible, porque está invadida de incertidumbre, auténtico terror, porque tú no puedes hacer nada, cuando sabes, que ese es el momento en que más necesitas de tu tan asumida autonomía. Esa es una de esas cosas que no sabes que las tienes, hasta que te la quitan.

—Para, para—masculló, débilmente. ¿En qué momento había tocado el piso? Evans yacía de lado, arrastrándose en un vano intento de huida, como si muy adentro de sí mismo supiera que cualquier lugar era mejor que ese, pero no tenía posibilidad de avanzar hacia ninguna parte, o lo que era peor: no podía ponerse a salvo. Hasta se resbalaba con su propia sombra—Desgraciado—Evans se volteó, boca arriba, removiéndose en el lugar como un animal herido que se prepara para morir. Recién entonces reparó en que el otro le había escupido, que resulta que sí, estaba loco realmente. Todo le llegaba como en cámara lenta, y él era incapaz de hilvanar una oración entera. Y la visión. Veía borroso. Y los oídos. Zumbaban—Para. Te voy a matar.
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Evans MitchellGryffindor

Mael Ryan el Mar Ago 15, 2017 2:53 pm

Notaba los suaves toques del bate en mi hombro mientras miraba con orgullo aquella escena, mientras miraba a mi enemigo luchar por huir de allí mientras las fuerzas le habían abandonado, su cuerpo no había sido lo suficientemente resistente, su valentía parecía calcinada como las cenizas que el fuego dejaba a su paso y mis negras pupilas no se separaban de él, encargándose de que aquella imagen quedase en las memorias de mi presente.

- Me sorprende que aún tengas los huevos de amenazarme… - Comenté avanzando hacia él ante sus palabras. -  No eres más que un gato herido que solo bufa, un perro cobarde que solo ladra pero que no es nadie sin sus amiguitos. – Mis pisadas me llevaron a su lado, a la altura de su cadera y fue entonces cuando aquella voz interna azotó mi consciente: “¡Para joder! Deja de hacerle daño”, una pequeña mueca de ira se dibujó en mi rostro y mi pie se posó en su entrepierna ejerciendo presión controladamente para no dañarle demasiado. - ¿O es que quieres más? ¿Te va lo duro? – Le pregunté con la burlona curva de mis labios como protagonista. Posicioné el bate en su pecho y me apoyé en él con los dos brazos, no quería que se moviera de allí, no hasta que le diera a probar de lo que tanto deseaba. – Venga Evans… Alegra esa cara, ahora estamos solos en el cuarto ¿por qué no suplicas que te haga lo que tanto has deseado? No se lo diré a nadie, o si… Pero bueno tus amigos te apoyarían ¿verdad? Serías el primero de ellos en salir del closet. – Reí lanzando el bate a un lado del cuarto y arrodillándome sobre él. Cada pierna a uno de sus costados, apresándolo mientras mis brazos agarraban sus muñecas y las pegaban al suelo. – Deberías de ir un poquito a ejercitarte, con lo flaco que estas podría partirte si me llegas a excitar demasiado. – Aquellas palabras emanaron de entre mis labios mientras me acercaba lentamente a sus labios. Dejé caer mi peso sobre las caderas del chico, sentándome sobre su entrepierna y volviendo a viajar hacia su oído. – Vamos a jugar a un juego, los muggles le llaman el detector de mentiras, tú dices que no eres maricón, yo voy a ver si eso es verdad. – Mi aliento iba saliendo de mi interior de aquella forma suave, relajada, excitada y entonces la caricia se volvió física. Mis labios apresaron una pequeña parte de su oreja para después de un beso, comenzar a descender por la definida línea de su mandíbula, lenta y juguetonamente. Beso tras beso fui acercándome a sus labios y en ellos me detuve antes de finalizar el juego. Miré sus ojos y un cosquilleo extraño se originó en mi interior, algo que me hacía sentir remordimiento, placer, tranquilidad, miedo… ¿qué era aquello? A día de hoy aún no lo he entendido, no sabía interpretar aquel sentimiento ¿era emoción por la batalla? ¿era la emoción asociada a lo que vendría posteriormente? ¿o quizá fuese que había deseado aquel momento durante mucho tiempo? Pero exactamente ¿había deseado el vencerle o el besarle? ¿Por qué cojones me sentía tan confundido? ¿Por qué cojones me había dejado llevar por todo aquello? ¿Y cómo había perdido los papeles de aquella manera como para dañar a una persona? – Dime que no te gusto… - Le ordené un segundo antes de juntar mis labios con los suyos sin dejarle cumplir la orden encomendada. ¿Verdaderamente quería saber que no le gustaba?

Fue el contacto de nuestros labios lo que aclaró aquella última pregunta.
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Mael RyanInactivo

Evans Mitchell el Mar Ago 15, 2017 7:15 pm


En Zonko, los vendían por docena. Y Evans conocía a un chico que les hacía unas curiosas modificaciones a los resultados. Se llamaban ‘picadura de abeja’, y eran un mecanismo de defensa muy eficaz para cuando te obligaban a morder el polvo, cuando las circunstancias parecían ser las últimas de las últimas. Porque aquella no era la primera vez que Evans Mitchell se había visto entre la espada y la pared por culpa de algún resentido de la vida. Eran muchos enemigos los que iba acumulando a sus espaldas, y más todavía sus traicioneras estrategias de huida.

Así que, todavía mareado pero adivinando lo inconveniente de ese peso que lo tenía prisionero, Evans, se quitó disimuladamente el zapato izquierdo con un pie, y al bajar su media descubrió un envoltorio de colores. Bastaba presionarlo, o en su defecto, golpearlo con el talón lo bastante fuerte, a modo de interruptor, como para que la calcomanía de una abeja sonriente se inflara y ésta volara sobre su objetivo. Cierto que la ‘parálisis’ que provocaba sólo duraba unos segundos (no habían podido conseguir mejores resultados que esos), pero era lo suficiente como para salir pitando de una emboscada de ese calibre.

Lentamente, empezaba a despertar, un poco seducido por, ¿seducido? Ah, era molesto. Pero su piel estaba tan abierta a esa intrusión, esa cosquilleante, susurrante tibieza, ¿es que no se iba a callar, el maldito? Hablar, hablar, hablar. Tan molesto. Ah, pero sus sentidos seguían muy de cerca las huellas que la boca de ese charlatán imprimía en cada roce, sin pensar ni por un segundo que le desagradaba. Porque era muy al contrario. ¿Era el dolor lo que hacía que se sintiera entregado a la tierna fricción, esclavo del momento? Lo había odiado por ponerle un pie en la entrepierna, ¡puto maricón! Pero ese tacto no lo odiaba. Puede que se debatiera en su estado de trance, intentando emerger a la superficie, pero sabía bien, ya por experiencia, que esa necesidad que Mael despertaba en él no se debía a la confusión: lo que quería, era estrellarse contra esa boca, ahogarse en un beso. Porque esa intimidad era su debilidad. Porque su mirada, tan pícara a veces y tan asesina como podía llegar a ser, se volvía frágil y anhelante y quebrada. Una mirada que no dejaba al descubierto frente a los ojos de cualquiera.

—Dime que no te gusto…

Y lo besó. Evans reaccionó con sorpresa, pero se colgó a ese beso, con un impulso que tensionó todo su cuerpo, sintiéndose finalmente dueño de sí mismo. Pero al mismo tiempo, desprendido de cualquier otra emoción que no fueran sus ganas, su deliciosa ansia, casi como si se hubiera dado un fuerte golpe en la cabeza que no le dejara pensar con claridad —una cabeza que, por cierto, le dolía—. Y fue entonces cuando se oyó el leve zumbido de una abeja. Al instante siguiente, Evans, todavía prendido al momento, sintió cómo el cuerpo de Mael caía pesadamente sobre él, víctima de la parálisis. Pero el efecto de la ‘picadura de abeja’, sólo duraba unos segundos. Si quería escapar de esa humillación, tenía que irse, ¡rápido!, ¡rápido!  Y lo hubiera hecho, de no ser porque estaba realmente enfadado, realmente caliente. No sólo porque la cama siguiera incendiándose —motivo por el cual, un hurón histérico chillaba dando tumbos por el cuarto, como si quisiera advertirles a esos dos idiotas que le presentaran atención—.

Hizo a un lado al pesado que tenía encima, volteando la situación, y renovado, por la explosiva ira que le había vuelto con el efecto de un whisky de fuego. Evans se quitó la túnica mojada, le molestaba.

—¿Que si me gustas? No te hagas ideas—soltó, pícaro, enojado, extendiéndose como una sombra aterciopelada sobre él, apretándose, capturándolo entre sus piernas. Hacía calor allí. Evans se apegó al rostro de Mael, tanteándolo en la cercanía. Esa sonrisita, era descarada. Utilizando el puño, se lo clavó en el estómago, y luego, se restregó contra su mejilla, rozando en un incidental encuentro de las bocas y de una forma extremadamente delicada, el labio que se le ofrecía, involuntariamente—Como me toques un huevo…—amenazó por lo bajo, con el aliento en la voz. Y lo atacó, devorando su boca, como una sacudida repentina que cala profundo, propagándose con violencia por su cuello, y remontado otra vez hacia los labios. Pero, ¿qué haría cuando no pudiera someterlo? Por su parte, Evans no tenía pensado resistirse, no del todo. Porque estaba demasiado ocupado, enseñándose en ese forcejeo caprichoso del momento. Tremendamente insistente y sorpredentemente suave de a ratos.  
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Evans MitchellGryffindor

Mael Ryan el Miér Ago 16, 2017 11:36 pm

A día de hoy aún recuerdo esa caricia de mis labios a los suyos, de su calor, de su olor y de aquel momento en el que la noche y el día se juntaron. Evans siempre había despertado en mi algo que no lo había hecho aún nadie, un interés enfermizo, una atracción tonta que le había dado el poder de hacerme daño, de hacer que no me contuviese, de transformarme como si de la luna llena se tratase. ¿Cómo olvidar aquello qua pareció durar tan poco? No tuve tiempo de reacción cuando mis oídos captaron el zumbido de algo que me hizo fruncir el ceño un segundo antes de perder el control de mi cuerpo y caer sobre él. ¿Qué coño había sido eso? ¿Qué maldito ser me había picado estando en Hogwarts? ¿Le picaría a él también? ¿Estarían en peligro? Pronto entendí que el único que estaba en peligro era yo puesto que, fuese lo que fuese lo que me había dejado en aquel estado, había sido cómplice del Gryffindor. De nuevo la desesperación, una que solo sentía en las noches en el que la luna me embrujaba y los grilletes impedían a mi lado animal campar a sus anchas. No podía hacer nada y ahora me tocaba recibir por parte de mi adversario que probablemente no fuesen besos ni caricias.

Noté el frío del suelo en mis espaldas, mi cuerpo no reaccionaba por más que me obligase a moverlo, mis ojos estaban clavados en el techo y el calor comenzaba a hacerse asfixiante. Las gotas de sudor recorrían mi cuerpo causándome caricias picajosas que me hubiesen encantado rascar sino fuese porque estaba más tieso que la escayola que me pusieron a los 12, pero bueno, allí estaba yo con toda mi dignidad desparramada por el suelo como mi cuerpo lo estaba. Escuché ropa caer al suelo, lo que me llevó a querer mirar y fruncir el ceño, dos acciones que no sucedieron por aquel veneno que recorría mi sangre. Acto seguido, empezó su turno para mover pieza en aquella batalla de ajedrez que habíamos comenzado hacía ya rato.

Sus palabras llegaron a mí de igual forma que él, de aquella que temía que me hiciera sonrojar. Ahora estaba él encima mía, mi cuerpo atrapado por sus piernas y el resto en contacto. ¿Qué coño estaba haciendo? Su acercamiento me recordó al que yo había propiciado segundos antes, aquella sonrisa era perfecta pero probablemente tan traicionera como el puño que le prosiguió. Noté como las náuseas ascendían por mi garganta y mi cuerpo intentaba toser y curvarse, algo que solo resultó en un ligero bufido por el dolor que no tardé en olvidar cuando nuestros labios se volvieron a encontrar en una caricia sutil como los rayos del sol en pleno invierno. No alcancé comprender sus palabras, ¿tocarle un huevo? ¿por qué? ¿Acaso iba a…? Aquel beso me dejó sin aliento, no lo esperaba, pero allí estaba, impulsivo, apasionado y cargado de su fragancia. Cuando quise darme cuenta, mis ojos se hallaban cerrados y su boca devoraba mi cuello mientras yo intentaba reprimir los silenciosos gemidos para demostrar que me gustaba, porque si, me encantaba aquello y más que me lo hiciese él. Los escalofríos recorrían toda mi columna y me volvían a hacer que perdiera el control a la vez que volvía a recuperar el de mi cuerpo, poco a poco. Mi mano derecha agarró su cabello cuando volvimos a besarnos, esta vez respondí a su beso y mi mano izquierda buscaba colarse por debajo de sus ropajes para poder acariciar su torso, quería el control, pero me era inviable aún por lo que me limité a empujar su cabeza para poder besarle más intensamente antes de huir de sus labios y hacer que su cuello quedase a mi disposición manejándole a través de su cabellera.

- Pídeme lo que quieras… - Le supliqué con la respiración agitada mientras me debatía por acercarme a su oreja y así poder besarla antes de volver a sus labios y hacer que nuestras lenguas bailasen en aquel juego cuya música de fondo la ponían las llamas. Mi mano izquierda había comenzado a descender y ahora acariciaba su cadera, el contacto era mínimo, mis yemas rozaban ligeramente su piel para seguir por la parte trasera de su pantalón y acomodar mi mano en su trasero.
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Mael RyanInactivo

Evans Mitchell el Vie Ago 18, 2017 2:40 am

¡Esto tenía que parar! ¡Suficiente! ¿Otra vez en la puerta de los chicos? ¡Ufff con ese Bigotes! Gina, que sólo quería estudiar ese día —por eso no fue al campo de Quiddicht como los demás, ¡porque primero los estudios!—, sin preocuparse por perder a su gatito —era muy sobreprotectora con su mascota. No entendía que los gatos tenían soltero el corazón—, ¡otra vez se veía en la misión de ir en su búsqueda! Esta vez, Bigotes arañaba la puerta, ¿es que tanto prefería la compañía de ese sucio hurón a la suya? ¡Hay que ver! Lo tomó en sus brazos y lo retó, un poco infantilmente, por portarse tan mal con ella, pero éste saltó de su abrazo, volviendo a escaparse. Ay, ¿estarían todavía peleando allí dentro?, ¿otra vez gritando para ver quién chupaba la no-sabía-qué-cosa? No, no. No escuchaba nada. Pero, ¿y ese olor?, ¿a quemado...? Gina llamó a la puerta, alarmada, golpeando con insistencia. ¡Está bien!, ¡eso también tenía que terminar! Ella no se metía en los asuntos de los demás —mentira—, ¡pero suficiente era suficiente! ¡Ellos eran ravenclaws (¡gente civilizada!), no gryff…! La puerta se abrió de golpe y Gina se quedó con el gesto en el aire, mirando a Evans Mitchell con la boca abierta (¡esas pintas que traía! ¿Estaba mojado?), sin comprender qué estaba pasando. ¿Y lo de atrás…?, ¡era realmente fuego!

—Que vocecita más molesta que tienes, jodida mosquita. ¿Eso? Sí, a tu amigo no le gustaban las cortinas. ¿Crees que le gustarán ahora? ¡Aparta!

Y se fue, pateando al gato en el camino. Bueno, lo intentó. Y casi se cae, ¿del mareo? ¿Qué estaba mal con ese chico? ¿Se daba cuenta de que parecía al borde del desmayo? ¡Y estaba tan rojo! ¿Tendría fiebre? Como fuera, se largó como un balín en fuga. ¡Y un aire de los mil demonios! Atrás quedó Gina, gritando que se hiciera algo con ese fuego, ¡que barbaridad!

***

Una semana después, todos seguían hablando de ese estúpido partido. Evans, por su parte, ya se había olvidado de hasta quiénes jugaban. Tenía cosas más importantes que hacer por las tardes libres que discutir cosas de ‘chiflados de la quaffle’. Como por ejemplo, ensimismarse en sus pensamientos mientras le hablaban. Ed, a su lado, con ese hábito parlanchín que resultaba insoportable, decía esto y aquello sobre ‘estrategia’ y vaya a saber qué anécdotas ‘flipantes’, para un grupo de oídos que, honestamente, estaban también en otra cosa, pero que lo dejaban hablar, porque era fácil no escucharlo. El grupito se había congregado a sus anchas en el patio interior, disfrutando de lo agradable del día. Una de las chicas se había apoyado contra su hombro, pero él no reparaba mucho ni nada en su compañía. Algo lo tenía distraído.  

Evans había adquirido la manía de mirar en una sola dirección cada vez que Mael aparecía en su campo de visión, y eso que la mayoría del tiempo parecía olvidarse de los rostros (un ‘mal’ muy conveniente cuando te acusan de que les debes el dinero de una apuesta). Hasta del de Ed. Más de una vez se lo había confundido con aquella ‘chica peluda’ de Slytherin. Fijate que si los ponías uno al lado del otro, ni notabas la diferencia. Así es como intentaba excusarse, pero Ed no se dejaba convencer. ¡El muy negado!

Pero resulta que Mael no estaba solo. Iba acompañado, por un chico, ¿un amigo? Ahí es cuando se dio cuenta. Evans lo supo. Había esperado demasiado por el momento ideal para su venganza. Era tiempo de saldar cuentas. Justo en ese instante, en que aquellos dos parecían tan felices juntos. Sí, ni antes ni después, casualmente en ese instante.

Pídeme lo que quieras, había dicho. Evans volvió a sentir el estremecimiento en su nuca, el dolor y el placer. Entonces, esa mosquita había aporreado la puerta y Evans se había alarmado, como si algo dentro de él le advirtiera que no sería nada, nada bueno que los encontraran de esa manera. No porque Mael fuera un chico, sino por lo que otros pudieran decir. Y no era tan idiota como para dejarse atrapar.

—Sal de encima, ¿ok?—¿Se disculpó? Evans con la chica en su hombro antes de ir tras Mael, con su mejor sonrisa de ‘tunante encantador’, como siempre que quería hacer algún arreglo favorable sólo para él—¡Mael, eres el ravenclaw que estaba buscando!—exclamó, como si fueran amigos de toda la vida, capturándolo por los hombros, con ese ímpetu de las olas cuando te llevan prendido del movimiento. Al otro le lanzó una mirada rápida—Tú, piérdete—Y otra vez, hacia Mael, tan encantador, tan sospechosamente encantador, agregó—: Vamos, no me dirás que no quieres ayudarme, ¿verdad? Podemos hablar de tus beneficios—Le guiñó un ojo, en complicidad—. Te haré una oferta que no podrás rechazar.

¿Quería llevarlo a los alrededores del bosque prohibido?, ¿por qué?, ¿entre los arbustos?, ¿para hacer qué?, ¿para esconderse?, ¿para besarse?, ¿tanto le había gustado? Eso parecía. Pero como tenía la manía de callar todas las preguntas con su lengua en tu garganta, era difícil hablar. Algo era seguro: había elegido un sitio apartado, cerca de las orillas del lago negro, y… Bueno, por algo había elegido ese lugar entre los árboles.
psss:
Evans quiere vengarse por el batacazo. Sí, no es que se lo haya olvidado. Así que, tiene planeado meter a tu pj en una situación problemática allá en el bosque (si lo pedís, te doy detalles). Pero, LO PROMETO, hay recompensa. Así que, si te atrevés a seguirle la corriente... O ponésela difícil, como gustes. Si querés que edite, me decís :3  Aaaah, y el post es de 600 palabras. Ni más ni menos. LO JURO… Si te parece que no, volvé a contar (?) Son 600. Fin del asunto.
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Mael Ryan el Vie Ago 18, 2017 8:09 pm

Observé como Evans se marchaba, sentado en aquel frío suelo sin llegar a comprender nada de lo que acababa de suceder en ese maldito cuarto, quería correr y cogerle para que no se marchase, suplicarle que no se fuese y que se quedase conmigo y que ignorase a la palurda que nos había interrumpido. Quería volver a sentirle igual de cerca pero allí estaba, incrementando la distancia que nos separaba sin ningún reparo, sin dudar, sin mirar siquiera atrás y aun así solo pensé en protegerlo.

- Gina, él no ha estado aquí. – Le dije mientras me levantaba y buscaba mi varita para apagar el incendio antes de que llegasen los profesores. Mi compañera había puesto el grito en el aire y los cuadros no tardarían en avisar del incidente. La chica titubeo antes de que mis palabras se volviesen más toscas. – No Gina, he dicho que estaba solo cojones, si cuentas algo me tendré que poner serio… Y… - Callé al notar como la presencia de algo se acercaba. De la nada apareció aquella pareja de profesores que me hicieron empalidecer. Las náuseas emanaron sin aviso previo, como si el puñetazo en mi estómago se hubiese repetido de nuevo.

- ¿Qué ha pasado aquí? – Preguntó la voz femenina y mi mirada furtiva apuñaló a Gina para que no hablase. – Estaba probando a hacer un hechizo que había leído… Pero, algo falló. – Mentí mientras giraba sobre mí mismo y me encontraba de frente con aquellos dos adultos. – Ha sido un fallo garrafal, lo siento mucho, no volverá a ocurrir.

- El fallo es daros varitas a los perros sarnosos como vosotros. – Contestó el otro tipo y mi mirada se clavó en él, por algún extraño motivo mis instintos estaban intensificados y mis ganas de partirle el cráneo a batazos parecían irrefrenables.

- ¿Y quién más había aqu…? – Corté su pregunta avanzando hacia el segundo con el ceño fruncido y los puños tan apretados que las uñas comenzaban a clavarse en mi piel.

- Quizá a quien no deberían darle varita es a ti, cabrón de mierda… Ya tienes bastante con las que meneas a tus compañeros de trabajo, maricón… - Algo impactó en mi pecho y me hizo volar varios metros hasta que mi cuerpo impactó contra la pared de la fría roca.

Tras aquello empezó el castigo propio por la falta de respeto a un profesor con algún que otro agravante que pagué durante el próximo mes, cada uno de sus días por culpa del imbécil que no volvió a hablarme hasta aquel día en el que todo parecía volver a la normalidad, a la realidad. ¿Qué significaba aquello que había ocurrido en la habitación? – Además de quemarle las cortinas a Joshua y aguar sus chucherías-
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Evans Mitchell el Vie Ago 18, 2017 10:35 pm

I cannot let you burn me up, nor can I resist you. No mere human can stand in a fire and not be consumed."


Tema finalizado || Continúa: Favores entre secretos
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Edad del pj : 17
Ocupación : Estudiante 7º
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 3.950
Lealtad : Los suyos
Patronus : -
RP Adicional : +2F
Mensajes : 262
Puntos : 183
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Evans MitchellGryffindor

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