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Evento || ¡Gato por liebre!

Evans Mitchell el Mar Ago 22, 2017 12:26 am

Londres, no es ese Londres que los muggles recorren con sus zapatos o capturan en fotografías, porque sus calles están tan llenas de secretos, ¡y que están tan por debajo de sus narices!, que ni se darían cuenta cuando se tropiezan con algo de magia.

—Disculpe, señ…—empezó a decir, un turista perdido, dirigiéndose a un jovenzuelo con una cara que te espantas, de lo ensimismado que estaba en seguir camino.

—¡Aparta!—exclamó Evans, empujándolo con el hombro al pasar.

El turista, indignado, lo persiguió con aire quejoso, más que ofrecido a enseñarle buenos modales a los jóvenes de hoy día. Pero el otro no se detuvo, ni se volteó hacia atrás una sola vez, sino que desapareció frente a sus ojos, ¡tan de repente! Espera, ¿qué hacía él allí?, ¿cómo había llegado allí?, ¿qué era esa confusión en su cabeza? Encogiéndose de hombres, el buen turista se fue por donde vino, sin echarle siquiera una mirada a la escalerilla que descendía ¿hacia algún antro disimulado? hacia algún lugar, entre una chocolatería y un local de suvenires (¿y a quién se le ocurriría poner una tétrica escalera ahí?), sin que ninguno de los ajetreados transeúntes le dedicara siquiera un segundo de su tiempo, yendo de aquí para allá con bolsas de compras, helados y cámaras de fotos. Para ser justos con el pobre turista, diremos que no se suponía que pudiera encontrar ese lugar, un lugar que tampoco era un sitio para magos de todas las categorías, especialmente aquellos que no quisieran meterse en tratos clandestinos. Allí, justo entre las vidrieras de ‘Chocoamigos’ y ‘Recuerdos Felices’.

***

El timbre de la puerta graznó como un cuervo al ataque, y Evans entró al local. Vaya con ese llamador de la puerta, ¿no podía ser algo menos desagradable?, ¿como ángeles? ¡Al demonio! No es como si fuera la primera vez que entraba a ese cuchitril invadido por el aroma de hierbas y mierda de pájaro, con estantes y cajones por todas partes, y esa ave fantasma enfocándolo con sus ojos saltones desde el el fondo de aquel antro. Lo que diferenciaba a ese día del resto, ¡es que se iba a tragar vivo al jodido cara pálida detrás del mostrador!

—¡Tú!—soltó, brusco, apuntando al blanco de su ira con el dedo. Y avanzó, casi tropezando con una caja en el piso, haciendo que un ratoncito huyera rápidamente a esconderse en otro lugar—¡Joder, que tienes pelotas para jugármela A MÍ! ¡Te he vendido casi la mitad de tu mierda! ¡Y ahora me estafas!—La ráfaga que era su persona, se plantó frente a frente a los ojos profundamente indiferentes e inconmovibles del vendedor y de un golpe contra la mesa depositó bajo sus narices unas ¿mudas de serpiente?— ¡Puedes dejar lo que estés haciendo! Atiende a esto: me estás dando lo que pedí, o me devuelves mi dinero, ¡porque esto es fraude! ¡Tú entrega me llegó demorada, y encima, oliendo a robo!

Timothy, que así se llamaba, parpadeó. Una sola vez.

—Vaya. No eres el primero. Sí, puede que hayamos tenido problemas con el proveedor esta vez. Son tiempos difíciles.  

—¡Me has vendido gato por liebre!

—Bueno, como decía antes. No puedo hacerme responsable. Una vez que te llevas el producto, pienso que lo has manipulado…

—¡Ya venía manipulado! ¡POR TI!

—Y tenemos una fuerte política de no garantías en este negocio. Tú lo sabes. Hemos hecho negocios. ¿Cómo te está yendo con el tráfico estos días? Si tienes una oferta, estaría muy interesado de escucharte. Pero sobre esto, insisto, en lo que a mí concierne, mis productos son de perfecta calidad. Lo siento.

—¡Oh!, ¡tú lo sientes! Está bien, te entiendo. Me dejé llevar. Volveré otro día—escupió, sarcástico, haciendo un ademán de irse, ¡pero no!—¡Y una mierda, jodido usurero!—Dicho lo cual, ¡le arrojó un puño en desquite!, ¡pero mala idea! Fue empujado hacia atrás, por un curioso mecanismo de defensa, que rechazó su furioso arroje. Evidentemente, no era la primera vez, que Timothy, quien ahora se sonreía, se cruzaba con clientes problemáticos.  


Última edición por Evans Mitchell el Vie Ago 25, 2017 9:50 pm, editado 1 vez
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Evans MitchellUniversitarios

Sam J. Lehmann el Vie Ago 25, 2017 2:42 pm

Las personas como ella en este momento o vivían encerradas en un lugar insólito en el que nadie pudiese encontrarles o buscaban la manera de salir sin que nadie pudiesen reconocerlos. Después de tanto tiempo escondiéndose, Sam había desarrollado hasta cierta habilidad en el arte del disfraz aprovechándose de la sencillez de su rostro sin demasiados gestos especiales. Eso sí, cuando tu intención era dirigirte a personas que saben muy bien cómo eres, un simple disfraz no es suficiente: tienes que cambiar por completo y ser justamente lo contrario a lo que esperan de ti.

Teniendo en cuenta que estaba en el punto de mira de muchas personas, no solo por su condición de sangre sucia y los galeones que daban por su cabeza, sino también por su condición de legeremante y lo mucho que sabía de muchas personas, hacía tiempo que Sam había dejado a un lado el sumiso gesto de huir y esconderse. Ahora, sin unirse a ninguna causa pero apostando por su supervivencia, necesitaba ir a por aquellos que cada vez estaban más cerca de dar con ella. Ellos podrían considerarse un paso por delante, pero Sam no tiene más nada que hacer en su vida que ir por delante de los pasos de ellos.

Sin embargo, para la persona que tenía en el punto de mira ahora mismo necesitaba una poción que le acreditase que podía acercarse lo suficientemente a él, en la intimidad, como para poder acceder a sus recuerdos y memorias, algo primordial para Sam. Ella no era una buena duelista; si ella quería ganar debía de atacar con su auténtica arma: la mente. Además, no era su intención matarlo. Sam jamás había matado a nadie y no se creía capaz de hacerlo. Lo que quería hacer era mucho más complicado que eso.

Y por eso mismo había terminado en aquella pocilga que se creía tienda... en un intento de buscar los ingredientes necesarios para poder hacer una poción multijugos. No se había atrevido a ir con su verdadero aspecto porque la carroña despreciable que vende esas cosas es igual o peor que aquellos que gobiernan. Ella no se fiaba de nadie y por eso no sólo se había tomado una poción para alargar el tamaño de su pelo, se había cambiado el color a moreno, los ojos a color marrón y se había puesto unas gafas de pasta cuadradas bastante horribles que le daban un aspecto que difería bastante de su aspecto habitual de pelo corto rubio, ojos azules y una cara totalmente circular que no disimulaban unas gafas.

El vendedor de aquella tienda le timó y le vendió ingredientes en mal estado que destrozaron por completo la poción que Sam llevaba haciendo ya bastante tiempo. No solo destrozando el resto de ingredientes que necesitaba, sino todos sus planes para los que necesitaba la poción multijugos, los cuales tendría que posponer hasta saber cuándo. Sam podría ser una fugitiva que valía veinticinco mil galeones, pero seguía teniendo orgullo y no dejaba que nadie la tratase así, mucho menos que la estafasen cuando ella tenía tan poco. Así que se volvió a presentar en aquel lugar con aquel inusual aspecto, escuchando nada más entrar la conversación entre un adolescente y el vendedor de aquella tienda. No le hizo falta estar desde el principio para darse cuenta de lo que estaban hablando. Lo que no se esperó es que aquel chico intentase pegar a Timothy y saliese disparado hacia atrás por un mecanismo de defensa. Retrocedió de tal manera en la que prácticamente cayó delante de Sam. Ésta le ayudó a levantarse, pero no se dirigió a él en ningún momento. —¿Así que no soy la única a la que has estafado esta semana, Timothy? —le preguntó directamente, obviando el estado del chico, ya que suponía que estaría bien. —Con tus malditos ingredientes en mal estado has destrozado la poción que estaba haciendo, así que ya me estás devolviendo todo lo que me has hecho perder. Y no me vengas con tus políticas de mierda y empieza a asumir tus errores. Si vas a ser un vendedor de pacotilla que vende mierda, al menos intenta que esa mierda con la que te ganas la vida no estafe a tus únicos clientes —le dijo, acercándose al mostrador con gesto amenazante pero sin intención de atacar, ya que había visto lo que le había pasado al chico. —Tienes un trabajo de dudosa reputación y tanto nosotros como tú nos podemos meter en la mierda por estar aquí en un negocio ilícito, no creo que te convenga estafar a los clientes que te llenan los bolsillos por tus ilegalidades —le medio amenazó, dejando sobre la mesa una bolsa con el resto de ingredientes en malísimo estado que no había llegado a utilizar y que ÉL le había vendido por un precio nada justo.

¿Qué está pasando aquí? —dijo repentinamente un señor musculado, alto y francamente aterrador. Tenía las venas marcadas por todos sus brazos, así como la marca tenebrosa tatuada en el antebrazo derecho (pues ahora la gente la enseñaba con orgullo), además de una cicatriz que le cruzaba de arriba abajo el ojo derecho. A aquel señor no le hacía falta sacar la varita para demostrar su presencia y peligrosidad, eso estaba claro. —¿Buscáis problemas?pues escuchad nuestro lemapreguntó, colocándose al lado de Timothy con los brazos cruzados.

Timothy pintó una sonrisa orgullosa y segura en su rostro, como si aquella roca fuese su seguro de vida. ¿Tan difícil era en este mundo cumplir con ciertos códigos de honor? Si quieres ser un vendedor, al menos asegúrate de que vendes bien. Sam decidió no amedrentarse o si no se saldrían con la suya y nada serviría; harían lo mismo una y otra vez.

Buscamos aquello por lo que hemos pagado, ¿es mucho pedir? —preguntó, mirando con cierto desafío a La Roca. No sabía cómo se llamaba, pero sin duda era su mejor apodo hasta averiguar su nombre. —He pagado una fortuna por unos ingredientes y lo único que he conseguido es perder el doble por vuestra incompetencia en los negocios. He venido a que me den lo que he pagado. Y, por lo que se ve, hay más pruebas de que no estáis en vuestro momento más lúcido con los negocios... —aludió al hecho de que había otra persona allí en la tienda quejándose por prácticamente lo mismo, aunque ella desconociera los detalles de su estafa.
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Evans Mitchell el Dom Ago 27, 2017 12:43 am

 —¿¡Y tú qué…!?—Evans saltó en el lugar con el culo a un palmo de caer al suelo, en un frustrado intento de mantener la compostura, o la dignidad, venidos al caso. Se apartó, reacio, a la amabilidad en el gesto de esa nueva clienta (¡que a sus ojos se le estaba colando!), de lo testarudo que era. Y la contempló, casi escandalizado cuando fue hasta el mostrador como si tal cosa, hasta que cayó en la cuenta de los asuntos que la traían a ese lugar, en ese momento—¡Algunos estamos desde antes por este mismo embuste!—exclamó, rearmándose con esa actitud belicosa con la que había entrado. Se adelantó, golpeando la mesa del mostrador con manos y atacando a Timothy con todo su ímpetu (porque ya se había puesto en ridículo intentándolo a puño limpio), no sin lanzarle a la mujer una mirada de reojo, molesto—¡Lo que ella! ¡No vine aquí a que me estafes, escoria!

Ah, pero entonces llegó el mortífago, y Evans se lo pensó mejor. Alzó las manos en un gesto y retrocedió (vamos, que él no buscaba problemas, no, para nada), dándole rienda libre a la mujer para que se quejara todo lo que quisiera, a pesar de haberse mostrado ofendido con que se le colara en un principio. Ella, sin embargo, no cedió. Tenía los nervios bien puestos. Evans se cruzó de brazos, asintiendo con gravedad a cuanto decía, pero de lejos, cosa de tener la puerta de salida como una opción viable, mientras que la mujer le hacía de parate humano si era necesario. Cuánta razón, cuánta razón, todo lo que decía. Vaya, no la callaba nadie. Pensó que debía ser de esas tipas mandadas que podían darte dolor de cabeza sólo porque se habían topado con un mosquito en el café. ¡Había gente tan conflictiva en la vida! Era curioso que no se le ocurriera pensar que esa ‘tipa’ tenía más coraje que él, y que hasta le resultaba cómodo que hablara por sus asuntos pendientes con el vendedor.  

—Sí, lo mismo que ella—confirmó Evans, como tres pasos más atrás. Miró al grandote con cara de hombre razonable, asintiendo con la cabeza (que la tenía como un resorte)—Era una poción quitamanchas que pensaba lanzar ‘al mercado’, y resulta que los que compraron el producto para probarlo se quejan porque dicen que ahora no pueden entrar a sus casas por el moho (¡que se les sale por las ventanas!). La mezcla de la poción es perfecta, lo que está mal es que lo me vendiste, Tim.

Sospechoso, pero creíble. Normalmente, en esos casos, Evans hubiera vendido todo el lote antes de que cualquier quejica pudiera soltar un solo ‘pío’, y se hubiera lavado las manos. ¡Pero minucias aparte!, ¡a él lo habían estafado, no lo engañaban! Y si tenía una oportunidad de sacar algo de todo aquello, ¡bienvenido sea!

—Me inclino a pensar que la muñequita tiene motivos para ir de pinchuda—dijo el grandote, meciéndose la barbilla en una expresión pensativa (muy forzada). Le guiñó un ojo a su muñequita, de guaso muy coqueto. A Evans le provocó una mueca de asco, ¿¡es que la iban a resarcir a ella y a él no!? ¡Momentito!—Para ti, seguro que podemos arreglar…

—No podemos—Lo atajó Timothy, disgustado con su gamberro, y espantó a sus dos clientes insatisfechos con un gesto brusco de las manos—¡Fuera, fuera!

—¡No, espera! ¿¡Qué quieres arreglar!? ¿¡Yo estoy dentro del trato también!?—
soltó Evans, capaz de cualquier cosa por unas monedas—¡Tú no puedes echarnos, Tim! ¿¡Quién volverá a comprarte una mierda si abrimos mucho la boca, eh!? He oído que abrieron otro antro en la Quinta Avenida, sí, lo he oído. ¿Se te están llevando a todos tus clientes, Tim?, ¿y así nos tratas? Díselo, pinchuda, vas a hablarles a todos tus conocidos de esto, ¿verdad? De hecho, ¿sabes qué? Por qué no nos vamos a la Quinta Avenida. He oído que hasta te hacen descuento si cantas en voz alta que este lugar es una mierda.

Timothy arrugó la nariz. ¡Odiaba la competencia!

—No voy a devolverles su dinero. Te lo he dicho, he tenido problemas con el proveedor. Me está reteniendo la mercancía. La buena. He tenido que vender esas porquerías, porque me he quedado sin nada. Pero, podríamos hacer un arreglo. Si los dos están de acuerdo. Tráiganme mi mercancía, y les apartaré un porcentaje. Enviaría a este gamberro, pero—Lo miró, y el mortífago retrocedió, avergonzado—…, pero le tiene fobia a los vampiros. Sí, mi proveedor es la sociedad ‘Vlad e Hijos’, ese nido de vampiros. ¿Qué dicen?

chocolates:

Jajaja ¡Hola, hermosa! YA SÉ. La estoy FLIPANDO bastante últimamente. Yo simplemente tiré la onda de hacer una locura, pero desde ya, ni a Evans le gustaría eso de meterse en tremendo lío (a menos que le paguen bien). Te invito a que pase de todo, cualquier cosa.
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Sam J. Lehmann el Vie Sep 01, 2017 3:05 pm

Aquel chico tenía la boca demasiado grande y una impulsividad que no le llevaría a ningún lado. Sam probablemente era todo lo contrario, pero después de varios meses teniendo que tratar con personas como esas para poder sobrevivir ahí fuera... había conseguido cierta habilidad con personas tan carroñeras y sucias como lo eran, en este caso, Timothy y compañía. —Eh, tío... —Susurró eso hacia el tipo, haciéndole una señal de que se calmase. ¿No era consciente de que aquellos tipos eran mucho más que simple escoria ilegal? Eran mucho más que eso. Eran personas a las que posiblemente no les molestaría matar a una persona con tal de que ésta no les de problema.

Al aparecer el mortífago el chico empezó a relajarse, echándose hacia atrás y dejando a Sam en una posición mucho más adelantada, encarando en cierta manera al problema que ahora mismo compartían. Comenzó a decir qué era lo que le había fallado, dejando bien claro lo que pensaba hacer con lo que fuese que le hubiera vendido Tim. La legeremante no dijo nada al respecto, sino que se mantuvo callada hasta que La Roca volvió a hablar, refiriéndose a ella con ese gesto tan... desagradable. Estuvo a punto de soltar algo, pero entonces Tim insistió en que nos fuésemos, justo a la vez que el chico soltaba algo útil. Lo que necesitaban este par de aprovechados era una dosis de realidad: como tratasen mal a sus clientes, su negocio iría a pique hasta tocar fondo. —Suena bien lo de la Quinta Avenida... —respondió al adolescente, apoyando su argumento e ignorando el hecho de que volvió a llamarle "pinchuda". No le gustaba ese mote. ¿Su cara de mala hostia cada vez que se lo decían no era suficiente?

Pero Tim, por mucho que hablase, no quería salir derrotado ante la competencia. Cuando ofreció un arreglo, prestó atención con curiosidad, pero sus alarmas saltaron cuando de repente les propuso aquella locura. ¿Vampiros? Debía de estar de coña. —Estás de coña, ¿no? —preguntó Sam, vislumbrando ante ella dos rostros de pura seriedad, la de Tim al contarlo y a la de La Roca admitiendo que les temía a los vampiros. Algo lógico. Sólo un necio no les temería. —Lo peor de todo es que no estás de coña... —No le hacía falta entrar a la mente de Tim como para tener bien claro que lo que decía lo decía con toda la seriedad y convencimiento del mundo. De verdad les estaba pidiendo eso.

Desde siempre... Samantha le había tenido un gran respecto y miedo a ese tipo de criaturas. Tanto los vampiros, como los hombres lobos, avivaban en ella un sentimiento muy malo. Jamás se había encontrado con ninguna de las dos especies —o eso quería creer— y el simple hecho de sopesar acercarse a una manada de ellas hacía que se le congelase la piel. Echó una mirada al chico para luego mirar de nuevo a Tim. —Sabes que es una completa locura y además es tu problema, no el nuestro. Eres tú quién tiene que arreglar sus propios problemas. ¿Qué haces que no has ido ya hablar con ellos? —preguntó, intentando sonar autoritaria. —¿Tienes problemas con los malditos vampiros y mandas a tus clientes a solventarlos después de haberlos estafados? Tienes unos cojones enormes, ¿no, Tim? —Negó con la cabeza, suspirando. Lo peor de todo es la situación en donde se quedaban Samantha y el otro chico. ¿Y ahora qué narices hacían?, ¿perder una considerable cantidad de dinero, irse y conformarse?

Tengo ciertos... asuntos pendientes con ellos, pero son inofensivos. Pero ya sabes cómo son los vampiros... se sienten muy superiores y se creen capaces de hacer todo con tal de demostrar lo que son y en la posición en la que están. ¡Aún no se han enterado que en nuestro mundo están muy por debajo! —Chasqueó la lengua, molesto por la situación.

Pues deberías ser tú quién fuese allí a dejarles claro su supuesta posición y no dejar que te mangoneen la mercancía. Que pareces un niño pequeño, Tim, pidiendo ayuda a la gente a la que has jodido. Arregla tu mierda antes de pasársela a los demás —añadió, dándose la vuelta.

Allí ya no podían hacer nada. Sam se prometió no meterse en líos, no hacer estupideces... ¿y si los vampiros la reconocían y eran ellos la que conseguían cazarla? Pero si se ponía a pensar fríamente... ahora había perdido no solo dinero e ingredientes, sino incluso semanas de trabajo que tendría que no podría recuperar. ¿Qué posibilidades había de que ir con los vampiros fuese una buena idea? Si los vampiros tenían problemas con Tim y su negocio... quizás podríamos llegar a un común acuerdo por alguna especie de trato. Ahora mismo Tim no podía hacer nada por saciar su estúpida negligencia, pero ahora ellos sabían quiénes tenían un harto arsenal de mercancía que probablemente no utilizarían.

Salió de la tienda sin decir más nada y esperó afuera de ella a que saliese el adolescente que estaba con ella ahí dentro. Tenía una locura de proposición que ofrecerle. De hecho, deseaba con toda su alma que el chico le dijese a la cara la locura que era hacer lo que tenía pensado para que así saciase su impulsiva solución y pensase en frío con más lógica.

Al verlo salir, lo miró con detenimiento, acercándose a él. —Tú, hablemos un momento —le pidió con voz suave, alejándose de la puerta de aquel lugar. —No sé cuánto habrás perdido tú con Tim y su estúpido negocio, pero yo he perdido mucho. La sociedad de "Vlad e Hijos" siempre ha sido famosa por ser benevolentes y si tiene problemas con Tim... quizás podamos llegar a un acuerdo por la mercancía que le debe. —Sonaba un poco nazi todo eso, ciertamente. Ahora mismo Sam estaba en una posición delicada y no le importaba vender a alguien que no le aporta nada y que le ha hecho mal con tal de conseguir lo que se supone que es suyo. —¿Es una mala idea? —En el fondo Sam solo era una mujer perdida en un mundo en el que no quieren que encaje. No sabía quién era aquel niño, pero de hecho lo estaba usando como mente cuerda a la que debes preguntar para cerciorarte de que no estaba loca, ya que no estaba muy segura de que su propia mente, ya imbuida en tanta locura, sea totalmente objetiva. Aunque lo mismo confiar en un desconocido adolescente no era la mejor idea, pero en aquel momento, la pérdida de su dinero, de su tiempo y de sus ingredientes habían hecho que hasta sopesase aquella idea como algo bueno.
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Evans Mitchell el Lun Sep 04, 2017 12:21 am

Salió como una brusca ventisca y la puerta cerró de un golpe tras de sí. Cuando emergió otra vez al mundo de las conversaciones animadas y el trajín, el llamado de la pinchuda hizo que arrugara la nariz. Se acercó a ella en silencio, con una expresión de los mil demonios —todavía pensaba para sus adentros en que había sido estafado, era evidente. Eso le repateaba el alma de truhan—, y seguidamente cruzó los brazos, dispuesto a escucharla después de todo, con un aire analítico. Y naturalmente, desconfiado. ¿Que si era una mala idea, decía? ¡Je!

—Y me estás contando todo esto, para que sepa que todo estará bien y que me darás la parte que me corresponde (como honrado cliente que soy de este antro de mierda), luego de que tú te resuelvas solita una vendetta entre Tim y los vampiros. Gracias, eso sí que es tener un gesto de generosidad—Estaba tan tranquilo, que no dirías que eso era sarcasmo. Claro, como si ese discursito no lo contuviera en dosis exageradas. ¿Gesto de generosidad?, ¿con él?—. No se ve tanto estos días. ¿Y tú eres, pinchuda…? No acostumbro a recibir favores de extraños. Ok, ok, lo sé. Quieres que meta las manos en esa torta que te has hecho—expresó, ‘bailándole’ con la cara de un lado al otro en un rápido gesto que era casi un tic. ¿Es que acaso esa cobra intentaba tomarle el pelo? No. No parecía muy sorprendido por la idea tampoco. Más bien, pensativo. De repente, salido de su ensimismamiento, le tendió una mano a la mujer. Sus apretones de mano desbordaban de confianza, y te sacudían todo el brazo. Era un perfecto apretón de manos para los negocios. De esos que seguramente daría el abogado del Diablo—Soy Evans, puedes llamarme Evs—añadió, guiñándole un ojo con falsa jovialidad—Y sí, es una pésima idea, ¿has pensado que los ‘benevolentes’ no nos compensarán gratuitamente por los malos negocios que hayamos hecho con el buen desgraciado de Tim? Y que si aceptan negociar con nosotros, tendremos que tomar algo de ese canalla. Son partes en pleito hace años, ¿sabías? Me contaron que como nuestro querido Tim siempre fue un pillo de aquellos, tuvo más de un asunto con la matriarca de esa sociedad de chupasangres. Pero, ¿benevolentes? Bueno, no te conozco bien, y no sé qué piensas de que te apuñalen por la espalda, pero ese machote de hace un rato hacía bien en echarse para atrás al oír la palabra ‘vampiro’. Aunque te lo reconozco, tú sí que te ves más como una macarra.

Mira que caballeroso, ese chico tiene encantos que conquistan. Entonces, algo en el aire pareció golpearlo de repente, desde el escaparate de la tienda de ‘ChocoAmigos’, como si tironeara de él, como si lo atrajera con una idea, una que lo hizo sonreír (¡por un segundo, tan fugaz!). Ah, pero cuando volvió en fijarse en la mujer, hizo una mueca, de esas que le haces a un perro con la cara de un culo de vieja cuando te dan pena, de lo feos. Y animado, con esa energía espontánea que manaba de él, natural y desvergonzada, le hizo señas (‘ven, ven’) para que lo siguiera al escaparate, mientras se inclinaba a mirar, con una seriedad de crítico, sobándose la barbilla, ¿quizá pensando: ‘De tin marín, de do pingüé’? La vidriera exponía unas deliciosas cajas de bombones, de una variedad que te haría morder la dulzura del chocolate, sin siquiera probarla en tu boca, sólo tocándote con la idea de un choco delicioso. A Evans, sin embargo, no parecía tentarlo esta visión del paraíso, más bien se lo veía frunciendo las cejas con una ignorancia tan marcada sobre la felicidad, que hasta diríase que le costaba tragar esa porción tan empalagosa de cielo. ¿Iba a elegir o qué?

—Te diré qué: no puedes presentarte en ese bar nocturno que usan como almacén y mediar pacíficamente. Tienes que tener algo que ellos quieran. Tim quería su mercancía de vuelta. ¿Ellos? Posiblemente quieran su cuello. Pero tú y yo no somos esa clase de tipos malos, ¿verdad?—Le lanzó una rápida mirada de reojo, intrigado. Y agregó, encogiéndose de hombros—: Lástima. Hubiera sido más fácil—Nunca sabías, siempre cabía la posibilidad de que esa mujer fuera una asesina a sueldo o algo. Valió la pena el intento. Él, por su parte, era un hombre pacífico. Que la guerra la hicieran otros—. Pero no, por suerte, hay algo que sí podríamos usar. Pero antes: si estás realmente interesada en la mercancía, ¿te das cuenta de que habrá que robarla?—Y luego, distraído, preguntó, cambiando abruptamente de tema—: Oye, si te gustara el chocolate, ¿cuál de estos elegirías?

Oportunidades, eso es lo que Evans Mitchell veía cuando tú puedes estar preguntándote por qué las cosas están marchando tan bien con un extraño. Oportunidades de rentabilidad. Tim le había hablado de una mercancía que no hacía más que esperar a que fuera tomada en el almacén de un nido de vampiros, y que él tenía a un tipo ahí dentro que le debía ‘un favor’. Si a esta facilidad de poder entrar por la ‘puerta de atrás’ le sumabas a una macarra, la ecuación no podía ser tan mala, ¿verdad? Es decir, Evans se imaginaba el tamaño de la mercancía, y no podía ni terminar de calcular sus ganancias. Porque claro, n oes como si tuviera pensado compartir porcentaje de beneficios con Tim, con nadie dado el caso. A lo sumo, la mujer se llevaría una tajada de poca importancia. O eso quería creer. No podía ser tan avariciosa, y si lo fuera, sería cuestión de usarla y luego irse con la mercancía. Todo parecía tan sencillo en su mente de tunante.





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Sam J. Lehmann el Mar Sep 12, 2017 11:06 pm

¡Claro que era una mala idea, Sam! ¡Era una idea asquerosa! ¡El hedor de tu idea era comparable con la peste de aquella cloaca que tenía Tim como tienda! Es que era una idea horrible. ¿Acercarse a Vlad e Hijos? Es que ahora su mente procesaba lo que acababa de decir y hasta le parecía la idea más estúpida que jamás se le había ocurrido. Y eso que estuvo la estúpida idea ya hace años de aceptar un Juramento Inquebrantable con señor de ideales purista, ¿vale? Así que Sam, por muy Ravenclaw que fuera, era sin duda una señorita capaz de hacer cosas MUY ESTÚPIDAS. Pero oye, así es el ser humano. Resopló con suavidad al escuchar al chico, sintiendo cómo éste se pensaba que estaba jugando con él o algo por el estilo. La verdad es que para ser sinceros, parecía de puta guasa la idea de Sam. —Yo me llamo Jóhanna. —Utilizó su HORRENDO segundo nombre para presentarse a Evans. Por suerte en los carteles de se busca se habían limitado a poner "Samantha Lehmann" y su segundo nombre seguía siendo un secreto para la humanidad. —Tanto Tim como compañía solo son dos cobardes que después de tanto tiempo teniendo negocios con los vampiros, ahora mismo no tienen ni la cara para enfrentarse a ellos porque saben que la han cagado bien cagada, ¿y acaso tenemos algo que perder? Tim es un sucio carroñero que va implorando por una paga inhumana por una mercancía de mierda. Hay más gente como él por ahí ayudando desde las sombras en el mercado negro. No necesitamos a Tim. Lo que necesitamos es recuperar lo que hemos perdido, ¿qué más da lo que le pase a ese tipo? No es nadie y vive de estafar a otros. —Pero Sam, hija mía, ¿qué haces defendiendo tu plan de mierda? Algo le decía que era lo correcto, aunque por otra parte eso de vender a una persona para recuperar lo que era suyo le parecía un acto de lo más horrible. De hecho, le parecía tan horrible que estaba prácticamente segura de que sería incapaz de ejecutar un plan así. A veces desearía poseer esa mente perversa que tienen algunas personas. —¿Cómo que tengo pinta de macarra? —Entre pinchuda y ahora macarra, ¿qué sería lo siguiente?

Persiguió a Evans hasta el escaparate de una tienda de comida, ignorando qué tipo de comida había ahí hasta que vio al chico admirando el interior con tanto interés. ¿Chocolate?, ¿cómo podía pensar en chocolate en un momento como este? Sam se ponía demasiado nerviosa en estas situaciones.

Escuchó sus palabras, mirándolo con detenimiento. ¿De verdad tenía un plan que no implicase que ellos terminasen como escoria humana vendiendo a otra persona a su enemigo? Porque entonces aquel chico había adquirido un valor mucho más interesante que hace un rato. Robar parecía mucho más humano que joder la vida de una persona, de eso no cabe duda. ¿Lo peor? Parecía mil veces más complicado y todavía no le había entrado en la cabeza cómo se suponía que iban a robar a un grupo de vampiros. —Pero... —No continuó, ya que de repente Evans le atosigó con una pregunta que se salía totalmente de contexto. En vez de quejarse, ya que no iban a llegar a ninguna parte si ahora se ponía a quejarse por su poca seriedad, miró al interior del escaparate y observó los distintos tipos de chocolate que había. —De hecho me gusta el chocolate y yo me haría con el paquete en donde viene chocolate con leche y chocolate blanco con trozos de galleta. Lo mejor después de el chocolate solo, es chocolate con galleta —dijo como si fuese algún tipo de verdad universal. —Ese de ahí —le señaló con el dedo, pegándolo al espejo.

Entonces se puso erguida, apoyándose en la vidriera con un hombro mientras miraba al chico. —¿Me vas a decir que tienes en mente para entrar a un almacén y robarle la mercancía a unos vampiros? —preguntó con falsa tranquilidad. —Porque aunque no lo parezca, se te ve bastante seguro con ese intento de plan, ¿has tenido trato alguna vez con Vlad e Hijos? —añadió, mirándolo directamente a los ojos.

No sabía elegir qué era más de necio: si confiar en un adolescente tan altanero como parecía Evans o sopesar la opción de robar mercancía a un grupo de vampiros. Lo que si estaba claro es que Sam estaba perdiendo un poco la poca cordura que le quedaba. Lo peor de todo era, ¿y si aquel chico en algún momento la relacionaba con los carteles de Se Busca? La cara de Sam llevaba pululando por ahí meses y seguro que la había visto. De hecho, temía que de repente una brisa traicionera trajese algún tipo de cartel perdido de la mano de Dios y le recordase a aquel chico que había gente 'mala' por ahí fuera. Sin embargo, ahora mismo lo que más le acontecía a Sam era entender el plan de ladrones que al parecer había maquinado este tipo en tan poco tiempo.
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Evans Mitchell el Sáb Sep 23, 2017 6:57 am

Al mismo tiempo, fue apartarse de la vidriera al mismo tiempo, y contemplarla al rostro, atraído por lo requirente de la pregunta, sí, pero algo más. Estaba curioso. El reflejo de la mujer en el vidrio le había removido algo en la memoria. Así que, la investigó con la mirada mientras ella le hablaba —fíjate nomás que seria que se ponía—. Y se dio cuenta. De inmediato, como el encender de una lamparita. ¡Era una mujer!, ¿cómo no lo había visto antes?

—Digamos que sí estás loca con tu idea, pero también hay puntos que hay que considerar: primero, dudo mucho que pueda conseguir otra tanda como la que me estafaron por el momento. No me ha salido especialmente barata—Era un pillo, pero un comerciante al fin, haciendo un recuento de sus pérdidas. Era, justo como la macarra lo había dicho: ese sujeto que ‘vive de estafar a otros’. Y sí, le había tocado esa línea. Tanto como para sonreírse—Por otro lado, la mercancía está allí, esperando a que alguien la tome. Y seamos sinceros: si te mueves por estos antros, te darás cuenta que todos te estafarán en una ocasión o dos, siempre. Y no sé tú, pero no suelo tomármelo bien. E incluso en Vlad e Hijos, no son tan inocentes. Así que, sí, tengo algo en mente. Pero tanto como ‘estar seguro’, bueno, eso nunca.

Evans se había cruzado de brazos, y la evaluaba. Su lenguaje corporal era confiado, suspicaz, silenciosamente impertinente, y le dedicaba toda la intensa direccionalidad de sus ojos, ¿queriendo intimidarla? Porque era una forma de imponerse, en el terreno de las buenas formas, no porque tuviera coraje (si apareciera el gamberro de Tim, saldría corriendo), pero porque había una apuesta en juego. Fíjate que atrevidos los adolescentes de hoy día, cómo te desafiaban. No podía saber que todas sus mentiras serían debidamente perforadas, hechas pedazos, desarticuladas, si mentía (nada raro). No había forma de desenmascarar a un legeramente. Si eras un mentiroso, podías ocultarte en las sombras del engaño, ¿pero hasta cuándo? Aunque, ese día, Evans estaba siendo bastante franco. Con todo el caradurismo del mundo. No porque fuera arrogante, no exactamente. Si no, porque era un tozudo, que se molestaba, que se ensañaba con facilidad, cuando se metían con su bolsillo.

—Pero el ‘sucio carroñero’ me ha dado un plan cuando tú te fuiste. Tú sabes, antes de largarte por la puerta, tienes que escuchar lo que otros tienen para decirte—Ese era Evans, enseñando normas de buen comportamiento—. Puede que su plan también fuera una mierda, pero el hombre nos cede los instrumentos, nosotros podemos usarlos, exponer el pellejo, y ganar algo. Si termina bien. Mira: hay que colarse en el bar nocturno. Hay un tipo, al que le han pagado para llevar a ese macarras con fobia a los vampiros directo al almacén, para que moviera la mercancía. Él no irá. Nosotros iremos. Pero si él estaba tan desesperado como para proponérnoslo es porque tiene que ser esta noche. O mañana ya la habrían trasladado. Te propongo esto: yo sí quiero esa mercancía, así que ayúdame, y te llevarás tu parte. Lo haría solo, pero no soy tan estúpido como para ir por mi cuenta. ¿Qué haría yo en una almacén lleno de vampiros? Soy joven, soy un estudiante. ¿Me dejarías allí para morir? Pareces una mujer razonable, no dejarías que me atacaran por la espalda, ¿verdad? Y necesitaré ayuda para cargar con la mercancía.

Pero había algo más.

—Y está ese pequeño detalle, de que está la posibilidad de que me reconozcan. Y no les gusta mi cara. Me venden, pero no les gusto. Es una larga historia. Pero tú, bueno, tú. Mira, te lo diré, a lo simple—Suspiró, y su expresión se quebró en una mueca, ¿incómoda?—Tú eres una mujer—señaló, develando el misterio, descubriendo la verdad de Galileo. Era tan listillo, que asombraba—. Una macarra, pero una mujer—Sí, quedaba claro—Y respondiendo a tu pregunta, sí, resulta que he tenido un par de asuntillos con los vampiros. ¿Y sabes qué tienen de curioso en su organización? Que es un matriarcado. Dice ‘Vlad e Hijos’, pero en su mayoría, son todas perras. Y las vampiresas allí, ellas, bueno, odian a los hombres. Son unas feministas despechadas. De esa gente resentida con la vida, ¿sabes? Especialmente la matriarca. Me he sentido discriminado entre ellas, ¿ok? No es mi culpa haber nacido hombre, ¿ok? Pero contigo, seguro que harán buenas migas. Y si algo sucede, bueno, podrías mediar, con mejores resultados que los que tendría yo. Serías como una especie de garantía.  

Galletitas:
Lamento la demora. Lo lamento. Mirá, te dejo galletitas. No tardo para la próxima, eh. Mientras, mirá las galletitas, ¡que ricas! Si querés que te tire ideas para rol, avisame :3
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Sam J. Lehmann el Vie Sep 29, 2017 1:41 am

La lógica que aplicaba el chico, sin duda —¡y válgase la redundancia!— tenía mucha lógica. Sinceramente, lo único que quería Sam era recuperar todo lo que había perdido que, a decir verdad, era mucho. Eso sí, la chica de estrategias contra vampiros era más bien nula. De hecho eso de tratar con vampiros no le llamaba absolutamente NADA la atención, pues le daban miedo. Eran putos bichos que bebían sangre de humanos, ¿vale? ¡Y ella era una humana! ¡Y los mosquitos siempre le picaban! Así que si un insecto la picaba de normal, asumía que su sangre estaba como poco bien buena.

Él tenía iniciativa y hablaba con seguridad y, quizás —o al menos para el gusto de Sam— con exceso de confianza en todo lo que decía. No sabía hasta que punto tenía aquel adolescente experiencias con vampiros, pero para no tenerlas, estaba como muy seguro de que su plan saldría bien. Un plan que, por el momento, ella desconocía. —La verdad es que esos dos de ahí dentro poco tenían que ofrecerme más que un dolor de cabeza más grande —respondió la chica, cruzándose de brazos para escuchar lo que tenía que decir.

A decir verdad le daba la sensación de que estaba intentando manipularla, pero luego no entendía cómo, si es que todo estaba bien claro en el plan. No sabía por qué pero tenía la sensación de que esa manera de convencerla tenía un doble sentido oculto que no llegaba a comprender. Y sí, ella era legeremante, ¿pero hasta cuánto es moralmente correcto leerle los pensamientos a una persona que intenta ayudarte? Aunque por lo que podía percibir, parecía que estaba siendo bastante sincero. —Soy una mujer razonable, tanto que me parece hasta que tu idea es muy plausible y estoy dispuesta a cuidar tus espaldas. —Afirmó, para entonces continuar escuchándole. Aquel chico escondía más de lo que parecía en su momento, mucho más de lo que Sam esperaba encontrar en un simple adolescente enfadado en una tienda de pacotilla. —A ver, a ver, espera a que yo me ubique. ¿Vlad es una tía? —preguntó antes que nada, para luego proponerse a resumir. —Y quieres que vaya contigo porque tú ya has tenido movidas con esa organización y, en el caso de algo salga mal, crees que yo sería capaz de mediar una solución pacífica porque soy mujer y tú has tenido la mala suerte de nacer hombre y por eso te odian. —Dicho así sonaba un poco estúpido, ¿no?

Lo miró con los ojos un poco entonados. En realidad si aquel chico ya había tenido relación con aquella organización y había salido ileso... parecía que pudieran ser una organización un tanto comprensiva. Eso, aunque no lo pareciese, le daba cierta esperanza. Solo le quedaba decir sus términos. —Aunque seas un aprovechado, es un buen plan. Eso sí, la parte que me corresponde es la mitad de lo que consigamos porque somos un equipo y porque me estás usando de garantía. Y deja de llamarme macarra, que para algo te he dicho mi nombre. —Agregó a todo, para entonces soltar aire lentamente y meditar lo que iban a hacer. Debía de estar loca y muy desesperada para aceptar un plan así, pero seamos realistas, dada sus circunstancias, ¿podía terminar peor? La respuesta es que no, por lo que perder no tenía demasiado que perder, solo ganar. —¿Sabes en dónde está ese bar? Es la primera vez que trato con vampiros por lo que no estaría nada mal que me dieras algunos consejos dada tu experiencia, sólo por si algo sale mal y tengo que librarnos con mi labia.

Ella dejó que él marcase el ritmo, siguiéndole en la misma dirección. —¿Nos presentaremos allí con la simple garantía de que se crean que nos han enviado a nosotros? ¿Tú crees que colará? No sé cómo va el mercado negro ni mucho menos cómo actúan los vampiros, pero me da la sensación de que parece más fácil de lo que va a ser en realidad —opinó sin estar muy convencida.
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Evans Mitchell el Dom Oct 01, 2017 3:06 pm



Fácil como hundir el filo en mantequilla, decían.

Kraviz era un vampiro y un vampiro podía ser adolescente, charleta, cinéfilo y llevar una remera con la inscripción ‘I LOVE LONDON’ en el pecho. Escuchaba a Metallica y a Whitney Houston, y a toda una lista de cantantes que aparecían en los posters que colgaba en la pared de su cuarto. Quitándole lo impertinente y curioso, y dejando de lado lo quejoso, era bastante simpático. Ahora mismo, tenía los auriculares puestos y movía la cabeza al ritmo de la música, pero eso no le privaba de hacer preguntas, una tras otra, guiando a los ‘macarros de Tim’ por la gran bodega del almacén clandestino, algo que se tenían bien guardado en el bar nocturno de la Srta. Vlad.

¿Por qué los ayudaba?

Bueno, tal parece que Kraviz quería hacerse su propio negocio, hacer dinerillo, aparte de los negocios de la familia, con la que parecía estar en conflicto. Al parecer, llevaba más de sesenta años enfurruñado por algo. Y consideraba injusta la forma en la que lo discriminaban en el negocio, ‘por ser hombre’. Vaya, porque allí los favoritismos según tu sexo eran muy evidentes, decía. A él, sólo por estar ‘del otro lado de la vereda’, no lo consideraban fiable, le daban las peores tareas, y le escatimaban con la paga, y otro millar de cosas que hablaba de lo poco que lo valoraban como criatura de la noche, ¡fíjate nomás!

Por lo demás, las cosas iban a pedir de boca. Por suerte, habían entrado por la puerta de atrás sin que nadie los viera (aparentemente, estaba todos muy ocupados celebrando el cumpleaños de un matusaleno chupasangre), Evans se había mostrado generoso en ceder la mitad del botín, y hasta había arreglado cómo trasladar la mercancía: ‘el saco del ladrón’, un artículo muy interesante que servía para acumular grandes bultos con tan sólo pasar el saco por encima. Era la sensación entre ladrones y secuestradores. Literalmente, Evans se había convertido en el ‘hombre del saco’, fíjate tú. Había centinelas en el almacén, sí, pero bastaba camuflarse con un hechizo, y pegarse muy pegadito junto a un simpático Kraviz que saludaba al pasar y hasta metía conversación, hasta desaparecer al fondo de la galería. Fíjate tú, era sólo algo de ‘entrar y salir’ por la puerta de atrás, sin mucha dificultad.

Si todo era tan perfecto, dime tú, cómo llegaron a esto:

—¡Claro que leí que decía NO TOCAR!, ¿estás mensa? ¡No lo hice a posta, puedes apostar! ¡Si no fuera porque TÚ estabas en el medio, yo no hubiera…!—Sí, sí, invéntate una excusa, que es gratis. Échale la culpa a la buena mujer, que total. Pero, ¡por las barbas de Merlín!, ¿qué situación era esa en la que…?

—Unas plantas exóticas, venidas de otra tierra en una gran, gran caja que fue a parar a la bodega, capturan a Evans (que tiene la mercancía, la mercancía) con peligrosas intenciones (?). Son plantas mágicas sin catalogar. Si querés una idea: son flores de San Valentino, sólo dejan de estrangularte si les decís que las querés (?) O con algún encantamiento ofensivo, supongo.

—Evans tocó algo que no tenía que tocar, se soltó la alarma, y los centinelas los persiguen. (Podés hasta adelantarte a esta situación, y llevarlos directamente a negociar con la vampiresa, la Srta. Vlad. Y ahí se enteraría qué tratos tuvo Evans con los vampiros antesXD).

—Evans, otra vez, tocó algo que no tenía que tocar y simplemente ‘se atoró’. Ponele que quedó atrapado  Tu chica quizá pensó en ayudarlo, pero, ¡ups!, de pronto se dio cuenta que podía escapar con la mercancía y dejarlo allí (?). Pero, ey, antes de irte, Evans te suelta una amenaza: ‘No tengo más que decir la apalabra mágica, y vendrán por ti. SÉ QUIÉN ERES”. Porque imagino que debe haber un mecanismo como en Harry Potter, que decías ‘Voldemort’ y te caían los carroñeros encima. Digo yo (?)

—Acá tu idea :3


¿Por qué lo hice de esta manera y qué drogas consumo?:
Es que, cuando una idea me nace, me nace, y punto. No lo puedo controlar (!). La gente piensa que miento, pero no (?) Y creo que tenés un efecto en mí (!). Sí, me provocás gritar YOLO.

Mateína, eso es lo que me vuela la cabeza (!)

Lo siento XD Espero recuperar la cordura para la próxima.
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Sam J. Lehmann el Jue Oct 05, 2017 11:12 pm

Se sentía como el torbellino de Hogwarts, la gamberra más gamberra de todo el castillo. Todo lo que no hizo en su juventud, lo estaba haciendo ahora en aquel almacén con un adolescente de quince años. La adrenalina era real, muy real. Sonreía casi por obligación, ya que sus mejillas no le permitían hacer lo contrario y es que, para ser sinceros, meterse tanto en la boca del murciélago no era su especialidad. ¡Si es que estaba jugando con fuego! Todo parecía estar saliendo a pedir de boca e incluso Kraviz parecía un vampiro que no daba miedo. Después de conocer a ese tipo, no entendía como podía haber estado tanto tiempo teniéndoles miedo.

Sin embargo, las alarmas se dispararon repentinamente y, cuando Sam quiso visualizar a Evans, éste se encontraba tocando una caja que ponía en rojo: 'NO TOCAR'. Lo miró con un inicio de histeria, básicamente porque ahora mismo todo aquel almacén estaba siendo una puta sirena.

¡Y si lo leíste por qué lo has tocado! —De repente, todo lo que estaba saliendo bien, comenzó a salir mal de un segundo a otro. Parecía que alguien le había echado un mal de ojo y toda oscuridad se había cernido sobre ellos. Maldita Ley de Murphy. —¡Yo no estaba en medio! ¡Si estaba a un maldito metro de ti, idiota!

Pero entonces se dio cuenta. La caja, como mecanismo de defensa mágico, había absorbido la mano de Evans y ahora mismo no podía irse a ningún sitio sin arrastrar la caja que, por lo que parecía, pesaba un quintal. Obviamente quedarse allí era una absoluta gilipollez, básicamente porque con el ruido que había, no tardarían en llegar los 'refuerzos', además, Kraviz ya había desaparecido del panorama para lavarse las manos y solo quedaban ellos dos. Era lógico pensar en irse sin él con la mercancía y, de hecho, pasó por la mente de Sam fugazmente cuando observó todo lo que iban a llevarse. Teniendo en cuenta la cara que tenía Sam, ahora mismo era bastante lógico pensar que se iba a ir de allí sin él. No obstante, la amenaza del chico le llegó al corazón. ¡No se atrevería! —No te atreverías a hacer eso —dijo sorprendida, llevándose la mano al pecho como una señora muy, muy indignada. —¿Serías tan sucio? —Y ella pensando que era un despistado que no se había dado cuenta de quién era. Será bandido. Sam ya tenía demasiado ahora mismo sobre los hombros como para encima añadirse a la espalda un enemigo más por ser una egoísta, por lo que le apuntó con la varita. —Te odio. Habrá que amputar, así que cierra los ojos. —Y, sin darle tiempo para quejarse o decir algo al respecto, conjuró un Finite Incatatem. Obviamente no funcionó. Seguramente fuese uno de esos hechizos que se agotan con el tiempo. Así que se limitó a hacer que la caja no pesase y se volviese liviana, de esta manera podría moverse con ella de un lado para otro. —Vamos, anda. No toques nada. ¡Nada!

La alarma se había parado y ninguno de los allí presentes sabía por qué. Kraviz se había ido, por lo que ahora les tocaba a ellos seguir hacia adelante para salir de allí antes de que volviese a pasar algo. Sin embargo, nada más caminar unos pasos, una vampiresa, vestida de cuero, pelo negro azabache que le llegaba casi a mitad de espalda y una mirada cargada de perversidad, se plantó delante de ellos. Sam se quedó embelesada. ¿Desde cuándo los vampiros son dioses del Olimpo y no seres horripilantes?

¿Así que tenemos dos ratas ladronzuelas en nuestro almacén? —preguntó, mirando a Evans. —Oh, vaya. El pequeño Evans ha vuelto a casa, ¿no tuviste suficiente con la última vez? Vlad no va a estar contenta, lidiando otra vez con fantasmas del pasado. —Se cruzó de brazos.

Se supone que Sam debería de decir algo, ¿pero qué narices decía?

Nos ha mandado Tim. Nos dijo que aquí estaría la mercancía que le correspondía, pero hemos tenido un pequeño contratiempo... —Mintió, mirando a la mano-caja de Evans. —Le gusta tocar lo prohibido.

Lo sé. Es un gamberro. Y Tim un embustero. Vlad no va a estar contenta con esa noticia.

Sam miró a Evans. ¿Debían de atacar a esa persona y seguir de largo? Parecía la opción más viable, básicamente porque estaba sola y, de no hacerlo, posiblemente en un rato no estaría sola, sino que una gran inmensa mayoría de mujeres vampiresas estarían a su alrededor. Y Sam se ponía muy nerviosa hablando en grandes multitudes, más todavía si tenía que mentir para crear una coartada lógica. Así que con su mano derecha, sacó la varita lentamente de la parte trasera de su pantalón y con un movimiento rápido apuntó a aquella mujer, creando un sencillo Stontue y convirtiendo a aquella mujer en piedra. —Corre, corre, corre, corre... —Murmuró por lo bajo, sintiéndose terriblemente MAL. En realidad aquella mujer no le había hecho nada malo y, si nos ponemos quisquillosos, tampoco los había amenazado. ¡¿Pero tenía miedo, vale?! Se vio en la imperiosa necesidad de decírselo a Evans. —Entré en pánico, ¿ok? —dijo mientras corrían en busca de la salida.

OFF:
Por mí sigue así, que me estoy riendo muchísimo con Evans en estos post :3 ¡Tu sigue con tu locura, que yo te sigo!
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Evans Mitchell el Dom Oct 08, 2017 6:45 am

Cuando necesites alcanzar la varita en una situación de vida o muerte con tu única mano libre, la varita estará en el bolsillo opuesto, ¡por supuesto!, ¡Murphy lo aprobaría! ¿De qué te sirve ser ambidiestro si el universo se ha conjurado en tu contra?, ¿y cómo haces para salvar tu dignidad como mago, cuando lo único que puedes maldecir a voz en grito es una sarta de improperios? Evans tenía una y mil preguntas sin respuesta sobre una metafísica que intentara explicar tamaña metida de pata por su parte—porque mira que ir derechito hacia donde dice ‘NO TOCAR’, como hipnotizado por el botón rojo—, pero las circunstancias le exigían que abandonara toda reflexión —algo que no era lo suyo, de todos modos— y echara a correr como llevado por el Diablo.

Excepto que claro, si aquella era una carrerita la que se estaba dando, con esa caja de vaya a saber cuántos quilates reteniéndolo en el lugar, Evans Mitchell estaba protagonizando la maratón más triste de la historia, aunque con las mímicas más tragicómicas, muy parecidas a las de cualquier primate berreando por atención, ¿es que le habrían quitado su banana? ¡Ah, había que ver!, ¡él impedido y la macarra queriendo jugársela escapándose con SU mercancía!, fíjate lo traicionera que era la gente. Les dabas la mano y te tomaban el codo, así le pagaba, mira tú. Menos mal que tenía sus cartas bajo la manga, ¡porque ante tremenda ingratitud!

El peligro estaba a la vuelta de la esquina, la alarma había puesto sus nervios de caleta patas para arriba, los centinelas los alcanzarían en cualquier momento, y si lo atrapaban, buena festichola de sangre se iban a dar con él, vaya a saber, porque hablando de macarras, la Vlad era una que te hacía temer, ¡y Evans no quería averiguar cuánto! Ya había tenido bastante la última vez, cuándo había intentado salirse con la suya en un negocio que le había salido mal, y eso que se pensó que podría estafarla sin problemas. No contó con que fueran más astutas que él, porque claro, él nunca contaba con que alguien fuera más allá de sus propias habilidades de tunante.

Como fuera, no podía, de ninguna manera, ser el bocadillo de los chupasangres, ¡no podía quedarse atrás!

—¡Puedes apostar que sí lo haría!—soltó, en respuesta, luego de haberla amenazado con el corazón frío y la rabia en la boca. Al mismo tiempo, tironeaba de su brazo con un ahínco que hacía pensar que quizá el pobre pensara que era una caricatura que podría desdoblarse y seguir adelante, de tanto esfuerzo que le ponía. ¡Si hasta estaba despeinado de la ira y la frustración! Una gota de sudor le corría por la frente, y los ojos destellaban con vileza. ¡Un hombre en ese estado ya no razona bien! ¿Qué si era sucio? Él sería el más inmundo, grotesco, grasiento, amoral que ella hubiera conocido, el bicho que gruñe en tus cañerías si era necesario—¡No creas que te dejaré escapar mientras a mí me meten en un saco!, ¡si vienen a por mí, me aseguraré de que caigas conmigo!—Y ese era Evans Mitchell, revelándose en un ardido momento de honestidad como el sabandija vengativo que era—¿Ampu…?, ¿qué?—¡Ah!, ¡toda su facha de hombre en vena se desarmó por la de un hombre aterrado, visto a sí mismo en aprietos—¿¡Estás loca¡? ¡Nooo!—gritó, auténticamente desesperado. ¡Ah, pero mira qué bien! ¡Ahora podía mover la mano! No había que ser llorica, hombre. Sin embargo, difícilmente Evans perdonaría algo así, ¡mira que hacerlo cagarse hasta las patas!

La indignación que pudo haber sentido no le impidió correr, adelantándose si era necesario. Aunque claro, tenía que recordar que la mujer llevaba la mercancía, y hubiera querido forcejear por ella, cuando apareció, ¡oh, esa vampiresa no! Tragó duro, aguantó la respiración, intentó mantener los nervios tranquilos y cuando miró a la macarra… ¿¡pero qué!? No era su imaginación, ¿verdad?, ¿a qué venía esa cara de ángel iluminada?, ¿no se daba cuenta que aquella chupasangre de allí representaba problemas? Evans se desconcertó tanto, que casi se olvida de la situación. Lo peor fue cuando, a punto de soltar una sarta de palabras duras, de un hombrecito joven que a pesar de haber metido la mano en la jarra piensa que puede, sí que puede, mantener su dignidad, ¡salta la otra con algo que no venía cuento! Y dejándolo mal parado, para variar. Él, que quería demostrar lo mucho que podía estar a la altura de las circunstancias.

—¡Claro que no…!—¡Claro que no fue su culpa! Hubiera querido argumentar algo en defensa a la obvio alusión a su estupi…, a su papel en el asunto (algo sobre lo que él tenía una opinión completamente diferente), pero se atajó, quizá porque en el fondo sabía que no había palabra que valga. ¡Había que ver!

Sam lo miró y su cara en respuesta fue, antes que nada, de un pesado escepticismo. ¿En serio? , ¿en serio había tenido que mencionar Tim, encima? Pero intentó hacerle indicción con una ceja muy entrenada en la materia de transmitir mensajes no verbales (aunque, había que decirlo, no es que estuviera siendo muy disimulado. Quizá le preocupara que la otra, en su embelesamiento, no captara ni jota. Así que, más parecía que tuviera algo en el ojo que otra cosa al darle aviso de que: ‘Ey, tienes una varita, ¿te acuerdas?, ¿por qué no la usas? Sé buena y sácanos de aquí’).

—¡Ya era hora!—acusó Evans, más enfadado por haberlos retenido allí con su embelesamiento inicial que otra cosa—¿Te das cuenta de que esa mujer nos habría podido llevar hasta Vlad? Y no queremos eso, ¿ok? No lo queremos—repitió, por si las dudas. Debía creerse que la mujer no entendía el castellano.

¿La salida? Sí, estaba allí, al fondo, finalmente la habían alcanzado luego de doblar un recodo. Estaba allí, nada más sencillo que salir por la puerta y olvidar todas las pesadillas que las películas de terror habían sembrado en el imaginario colectivo sobre colmillos, ajo y cruces. Además, ¿quién sabe? Quizá aquellos vampiros fueran parientes de los Upir, que devoraban la carne de sus víctimas. Mejor no averiguarlo. Bastaba con lograr salir al exterior, ya que recién allí podrían desaparecerse —porque obviamente, ni los vampiros se privaban de defensas mágicas antirrobo—. Y por supuesto, fue Evans el que se abalanzó primero contra la puerta —opinaría que lo de ser caballero y ‘las damas primero’ estaría totalmente fuera de lugar en esos momentos—, y esa, ¡esa fue tan mala idea!
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Evans MitchellUniversitarios

Sam J. Lehmann el Mar Oct 10, 2017 3:07 am

Le supo a gloria ver como aquel chico se cagaba de miedo al creerse que realmente iba a amputar para salir de allí, ¿estamos locos? Pero se lo merecía. Le había amenazado con delatarla —lo cual quería decir que la reconocía y se lo había callado—, por lo que darle una dosis de realidad tampoco era tan malo. Ignoró sus quejas, sintiéndose victoriosa por dentro. En el fondo ambos eran conscientes de que ahora mismo el único apoyo que tenían era la otra persona que les acompañaba y por mucho que no cuajaran sus personalidades, ahora mismo era su único aliado.

A ver, ¡que ya lo he dicho! Sam en situaciones de estrés mental era de esas personas que se estresaban el doble, sudaban el triple y se convertían en un manojo de nervios incapaz de pensar una buena idea a la primera. Y esa así. Por eso se había puesto a hablar con aquella vampiresa nada más aparecer, ¿qué se suponía que iba a hacer? Su mente no procesó con suficiente rapidez que tenía una varita, ni mucho menos el hecho de no asumir que era una mala persona. ¡De toda la vida la solución más eficaz siempre había sido el diálogo! Aunque claro, entre humanos. Quizás tratar con vampiros era la excepción de esa regla.

Finalmente, cogió su varita y la utilizó para hacer lo que había que hacer: convertir a aquella pobre señora sanguinaria en una perfecta y bella escultura de piedra. Al momento volvieron a retomar el camino hasta la puerta y lo único que podía escuchar Sam, además del sonido de las bolsas y los frascos que llevaba cargando, era a Evans quejándose. —¡Claro que me doy cuenta, no soy idiota! —Que lo podía parecer por eso de ser rubia y tal, pero no lo era, ¿vale? Había sobrevivido mucho tiempo sola. Era un poco lenta, pero ella que quería considerarse precavida. —La solución mediática más pacífica siempre ha sido el diálogo. Obviamente sé que no iba a cooperar e intenté pillarla por sorpresa. ¡No me tienes que dar lecciones! —Se quejó.

Entonces, ya a punto de llegar a la puerta, fue Evans quién pareció encenderse una mecha en el culo, ya que salió disparado para ser el primero en atravesar la puerta. Y claro que fue una mala idea, ¿qué eseperaban? ¿Habían sonado las alarmas de un jodido almacén de vampiros y se creen que con enviar a uno se iban a quedar contentos? Claro que no. A saber qué clase de objetos mágicos, no mágicos, vampíricos y de la vida tenían dentro de aquel almacén tan jodidamente tétrico. Sabiendo que los vampiros solían vivir algo así como cientos de años, no era de extrañar que lo que guardasen allí dentro también tuviese tanta antigüedad o valor. Era de esperar que una organización de vampiros tan 'prestigiosa' como era Vlad e Hijos, cuidase aquello que es suyo.

Fue por eso que nada más salir por la puerta de salida, habían dos vampiresas. Una de ellas tenía cogido por la chaqueta a Evans, mientras que la otra miraba con curiosidad las bolsas que llevaba Sam. Tragó saliva y optó por acudir al movimiento estrella de la Paloma Tuerta Voladora. Era una técnica de distracción inventada por el Maestro Shaolin de un vídeo de Youtube de "cómo tomar iniciativa en una batalla épica." Era una técnica secreta, conocida por muy pocos. La maniobra tenía que ser precisa e instantánea o el movimiento no tendría eficacia. Es por eso que cogió aire durante un segundo y se propuso a ejecutarla.

De repente, miró al cielo, con una mirada horrorizada. Con su mano libre señaló hacia allí, como si algo terrible se acercase a ellos. —¡Cuidado! —gritó con fingido pánico. El Maestro Shaolin de Youtube estaría orgullosa de su aprendiz. Las vampiresas miraron hacia allí y Sam aprovechó para lanzar un Petrificus Totallus a la que tenía sujeto a Evans, para luego, al ver como la otra se le abalanzaba, lanzarle un Expulso nada más estuvo a su lado, haciendo que saliese volando en dirección contraria fuertemente.

La adrenalina era real.

Se acercó a Evans para cogerle la mano buena con un mano libre —en donde portaba la varita— y desaparecerse con él de allí. Sin embargo, nada más acercarse a él, la vampiresa que había hecho volar se acercó rápidamente hasta tocar el brazo de Sam, desapareciéndose con ellos a un callejón en medio de Londres en donde despertaron a un pobre indigente que descansaba sobre un par de cartones.
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Evans Mitchell el Vie Oct 13, 2017 11:53 pm

—¡Oh!, ¡tú querías pillarla por sorpresa! ¡Oh, LO SIENTO!—La ironía se contaba sola. Hubiera sido un golpe contra la autoestima de cualquier persona confiada, de no ser porque esa mano de robot (de robotito de cartón o de playmobil) se agitaba en el aire en un gesto casi cómico. A mitad de la corrida, Evans soltó un gemido irritado, masticando para adentro las cosas que tenía para decirle a esa mujer por mandarlo a callar la boca. Sí, sí, porque eso es lo que estaba haciendo, ¡a él!, ¡y fíjate con qué nivel de caradurismo! Tú quieres creer que la gente admitirá sus errores, pero no, no, y sino, mírala a la lady. Torció los labios en una abrupta media sonrisa—¿Cómo no lo habré visto venir? Pero la próxima, ¡IMPROVISA!, ¡con un poco menos de cháchara!

Fue ver la puerta y olvidarse de todo lo demás, ¡ah, pero seguro que aquello tampoco lo había visto venir! Jamás una mujer lo había necesitado tanto en su vida como para aferrarlo de esa manera (arrastrándolo hacia vaya saber qué calamidades azarosas), pero estaba muy seguro de que podría vivir muy tranquilo de la vida sin que ninguna mujer chupasangre le pusiera las manos encima. Había que ver a Evans, forcejeando en un momento de tensión, ¡porque estaba aterrado!, y que de tan alterado le encajara la mano-caja directo al ojo de una vampiresa, creyendo que abría la boca para ensartarle los colmillos. ¡Se estaba volviendo loco, loco! Y tal era su estado de nerviosismo, que al grito de ‘¡cuidado!’, se imaginó lo peor: al mismísimo Drácula descendiendo del cielo de pesadilla en forma de murciélago para acabar con todo ello, ¡con él!, de la manera más sanguinaria posible, pero ¿dónde, ¿DÓNDE?

Pero la pregunta más acertada hubiera sido, ¿dónde irían a parar?

—¡Por Elvis!—exclamó el pobre anciano indigente al que le fueron a revolver el sueño, venidos de vaya a saber dónde, y armando un barullo irrespetuoso, ¿¡es que no se daban cuenta de que él sólo quería dormir!?—¡Ustedes!, ¡este no es lugar para…¡AAAAH!, ¡su cara!—el hombre se había incorporado de un grito, tanteando en la penumbra abismal de su incomprensión frente a tamaña visión del espanto. Elevó un dedo, temblando, señalando a la vampiresa, que había sacado sus colmillos y siseaba, furibunda—¡Aquella mujer está más fea que el culo de una vieja!, ¿esto es por el whiskey?, ¿es por el whiskey, verdad?—Lo siguiente fue echar a correr con las manos en la cabeza en un gesto histérico— ¡Socorro!, ¡socorro!

Evans no lo contradijo, pero tampoco había reparado en él, porque apenas ‘tocaron piso’, él fue a parar a un contenedor de basura, y lo siguiente fue agitarse como un pez entre pañales y sobras de comida. Vaya asquito, ¡joder! Él había caído desde las alturas, de lo ‘movidito’ que estuvo el viaje; porque eso de tener un vampiro a bordo había resultado ser un asunto peliagudo. La peor aparición de la historia, palabra. El estómago le daba vueltas y tenía la chaqueta desgarrada, aunque de esto no se daría cuenta hasta más tarde. Primero lo primero. Era urgente que saliera de entre las bolsas de basura, hallara la mercancía, ¡y desapareciera! No había otro plan más sencillo y ruin y cobarde que ese, tenía que ser perfecto.

Y mira que bien, la fortuna le sonreía, porque allí nomás, cruzando el callejón, estaba la bolsa de la mercancía, a merced del primer aprovechado que se la topara. Lo único arriesgado era que había una vampiresa suelta, ¡pero ey!, ¡las cosas iban de viento en popa!, porque a ésa se la veía muy entretenida con la macarra. Entre mujeres se entienden, eso es lo que dicen, ¿no? Hubiera sido todo tan fácil si las cosas hubieran simplemente seguido su curso, sin inconvenientes. Pero tuvo que ocurrírsele mirar atrás, como si le interesaran los asuntos femeninos, ¡joder!

—¡Dem...!, ¡quítate!—Evans forcejeaba con esa mandíbula poderosa, con su mano-caja haciéndole de escudo, pero se empezaba a preocupar, porque esa bestia (¡que se le había lanzando encima, joder!), con los tremendos colmillos que tenía, la estaba haciendo astillas, ¿hasta llegarle al hueso? No, no, eso no—¡Petrificus totalus!—conjuró, y sorprendentemente funcionó. Era sorprendente, porque su varita había ido en realidad a parar dentro de la caja, ahora rota, sostenida por su mano impedida pero libre por fin. Al rato, añadió, muy tranquilo, tan cool, sacudiéndose de encima todo el cagaso de los últimos minutos, como sacudiéndose el frío—Así que lo hiciste. Seguiste mi recomendación—Claro porque, su inestimable aportación a los sucesos tenía que ser reconocido. Tú sabes, Shaolin era un poroto al lado suyo—No estuvo tan mal. Nada de esto, ¿verdad? De nada.
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Sam J. Lehmann el Jue Oct 19, 2017 11:31 pm

Aquella aparición fue totalmente un horror. De hecho, fue un absoluto milagro que ante la infiltración de la vampiresa en aquella desaparición, Sam hubiese mantenido la compostura para no desmembrar a nadie. Eso sí, la llegada a ese callejón fue catastrófica. No supo en donde cayó su acompañante ladrón, pero por desgracia ella se quedó en la primera línea de batalla frente a aquella vampiresa que se había recompuesto bastante bien. La legeremante, por su parte, se puso en pie lo más rápido que pudo sintiendo como se había dado un buen golpe en la cabeza en donde posiblemente saldrían un gran chichón.

Lo primero en ocurrir fue que el indigente saliese corriendo y le dio igual. Ahora que el gobierno era el que era, que no se preocupaba por los muggles, no había necesidad de preocuparse por lo que pudieran ver o dejasen de ver. Eso sí, había que seguir preocupándose por las vampiresas con mala hostia que te pillan robando en su propiedad.

Con la varita bien en alto y dispuesta a lanzar algo contra ella, la criatura mágica saltó a por Evans, que se encontraba por detrás de Sam haciéndose con la mercancía. Antes de que la chica pudiese hacer nada por ayudarle, ya el adolescente, de alguna misteriosa manera, había conseguido petrificarla. Repentinamente desaparecieron todos sus nervios y pudo respirar tranquilamente. ¡Más nunca iba a tratar con vampiros, qué mal rollo! Si bien al principio todo iba bien, desde que aparecieron el nerviosismo solo aumentaba y seguía aumentando. Ahora que todo estaba "solucionado", caminó hacia donde estaba Evans, alzando una ceja por sus palabras tan egocéntricas. El niño lo había hecho bien, así que no iba a discutir por ello, no ahora que al final habían conseguido la mercancía por la que se habían unido y todo había salido bien. —No está de más cambiar de vez en cuando de táctica y seguir un consejo amigo —le respondió, esbozando una sonrisa que esperaba que fuese conciliadora y dejase de lado esa actitud tan arrogante que ambos posiblemente habrían tenido durante todo ese tiempo. —¿De nada? Eso debería decirlo yo, ¿no? Te he sacado de las garras de una vampiresa gracias a mi espléndida representación artística —vaciló con la burla, obviamente en broma. —Ha sido un trabajo en equipo, deja de dártelas de chico duro, que conmigo eso no funciona —dijo, acercándose a él. —He de decir que esa amenaza en mitad de todo no ayudó a mis nervios, ¿vale? No te iba a dejar ahí... —A pesar de que lo sopesó, había que decir que Sam era demasiado buena persona como para en realidad haber ejecutado eso. —No soy tan perra. Tú no hagas caso a esos carteles que nos ponen a parir para generar el odio hacia nosotros, son todos mentiras. Además, teníamos un trato, ¿no? —Miró sugerentemente a la bolsa. —Vamos a repartirnos eso.

Era aparentemente una simple bolsa, ¡pero ojo! Estaba encantada con un encantamiento extensible, por lo que había en su interior muchas más cosas de lo que podría imaginarse a simple vista que contenía. Porque claro, Tim había sido un perro sucio y ellos lo habían sido más; obviamente no iban a robar solamente aquello que les había prometido a ellos dos, sino que se habían hecho con el botín entero que debió de haber parado en la tienda de mala muerte de su querido estafador. Estuvieron ahí un par de minutos distribuyéndose la mercancía equitativamente, aunque a decir verdad, Sam, que era la que menos tenía en esos tiempos, también era la menos exigente. Ella con tener lo que necesitaba en ese momento estaba contenta, aunque a decir verdad sí que había pillado un par de cosas que le vendrían bien a largo plazo en más de una ocasión.

En cierta ocasión, Sam cogió un botecito, aparentemente frágil y translúcido. Era pequeño, quizás un poco menos que el tamaño de un puño. —¿Qué es esto? —preguntó, para entonces leer en muy pequeñito, en un hilo de luz que entró de una farola —ya que era de noche y aquello estaba oscuro— que era Felix Felicis. —Wow, esto si que no me lo esperaba. —Sonrió divertido, enseñándoselo a su compañero para apartarlo momentáneamente. En realidad Sam no lo quería. Sabía que ni con eso las cosas podrían ir mejor y los adolescentes lo tenían en alta estima. —¿Si te lo dejo a ti me aseguro de que no digas nada sobre mí y que nos llevemos relativamente bien o después de esto volveré a ser una sucia fugitiva que merece estar en Azkaban? —preguntó con una ceja alzada.

Era un crío y al menos Sam desconocía sus aspiraciones, pero tal y como estaban las cosas no le sorprendería que fuese uno más siguiendo el ideal purista y, por tanto, Sam solo fuese una sangre sucia más que debe terminar en el Área-M. Sólo por eso, por esa pequeña posibilidad, todavía tenía la varita en la mano, ya que no se fiaba un pelo de nadie. No obstante, Sam era de esas que insistía en ver las cosas buenas de la gente y después de todo habían hecho un buen trabajo juntos.
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Evans Mitchell el Sáb Oct 21, 2017 3:28 pm

La escuchó, ladeando ligeramente el oído hacia ella, entre que se sacudía la ropa, impresentable. Tenía la mirada evasiva, desconfiada, del que aguarda la menor excusa para a salirte al encuentro, ir al conflicto. Je, ¿chico duro? Tenía gracia, incluso para Evans, quien se sonrió en una mueca ácida y fugaz. “No te iba a dejar ahí”, decía. Evans la tocó con la mirada, de tirria, de vértigo, quemante, entrecerrando los ojos. Pero fue sólo un segundo, antes de resoplar y desviar de ella su atención. Si peleaba con la pinchuda, sería reconocer que tenía razón, ¿no? No es que hubiera otra forma de contar la historia tampoco. ¡Ah!, ¡pero mira que incómodo! La gente no hacía nada de forma desinteresada, o si no, mira cómo se lo refregaba ésa en la cara, lo de ‘salvarlo’ de los chupasangres. No podía quedarse calladita, no.

—¿Mentiras?, ¿me tomas por idiota?—espetó, de pronto. Por la forma de reaccionar, dirías que estabas pisando terreno peligroso. Evans se colocó las manos en los bolsillos, y ladeó un poco la cabeza, inquisitivo, con aire beligerante. Aunque parecía natural en él, tensarse con toda esa carga agresiva. Y sin embargó, añadió, con mucho tacto, el tono dulce y calmo—Por supuesto que lo sé, simpática. Que si eres perra, eso debería estudiarlo con cuidado. Pero ni tú creerás que la gente que te delataría piensa que eres una persona terrible. Eso es lo último que les importa. Lo primero, es salvar el cuello. Porque, ¿quién querría acabar como tú?

Sí, seguro que era un hombre con mucho tacto.

—No es que me guste todo este asunto, tú sabes—agregó, yendo hacia la bolsa para revolver en su interior, muy tranquilamente. Ya que, nada que tuviera que ver con los ‘sangre sucia’ era su problema. Bueno, eso es lo que aparentaba, en la superficie—Pero es lo que hay. Lo siento mucho por ti, ¿sabes? Acabar sucia y en Azkaban, mala cosa—La miró, con una expresión de buen samaritano que te darían ganas de escupir, y le tendió la bolsa. Mira tú, que amable, si hasta era hombre de palabra—. ¿Qué le vamos a hacer?—comentó, por último, retórico, enfrascándose en lo suyo, como si nada. Más interesado en la mercancía que en todas esas vidas que Voldemort y su cuadrilla de malhechores se habían cobrado durante el Nuevo Régimen, o toda la situación general de infinita desgracia y profunda desesperanza. Dirías que no eran de los que se deprimían fácil.

Pero, por otro lado.

¡Por supuesto que habían un millar de cosas que se podían hacer al respecto!, ¡mira a los de la Orden del Fénix, por ejemplo! Pero con esa actitud, el muchachito dejaba muy en claro, que él no pensaba quemarse el culo por nadie. Y según su lógica, no había malo con ello. Eso del altruismo estaba muy sobreestimado, y lo que es más, ¡nadie lo practicaba realmente! Era un mito, como las tortugas ninja o la Madre Teresa.

—¿Qué es eso?—preguntó Evans, capturada su atención como captas la mirada de un niño curioso e impaciente por arrebatarte ese juguetito nuevo que te hace tan feliz, ¡de lo envidioso que era! Ya estaba a punto de soltarle un sermón muy maleducado al respecto de quién tenía el derecho de posesión sobre ese artículo, pero Sam se le adelantó. Evans se había colocado muy recto en el lugar, mirándola, traicionado por la impaciencia en sus ojos. Sonrió—Tú sabes, deberías trabajar en eso de ser una perra, especialmente si vas a vivir en las sombras, porque empiezo a pensar que irás a parar a Azkaban. Tú solita, sin ayuda, de cabeza—dijo, adelantándose y queriendo arrancarle el frasquito con un gesto de la mano—. Yo podría delatarte en cualquier momento. Y lo haré—aseveró— Si mi vida está en juego. No es que me interese si eres ‘sucia’ o ‘limpia’, no soy tan quisquilloso. Te lo pondré de esta manera, para que entiendas: no diré nada, porque no ganaría nada con ello, no ahora mismo.

Uno se preguntaría, ¿por qué tan honesto?, ¿puede que analizando las cosas de esa manera, tan fría, tan arrogante, tan egoísta, fuera sólo una forma de ‘limpiarse las manos’?, ¿sacudirse la culpa?, ¿o es que se podía ser tan caradura en la vida?
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