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[FB] I wanna meet ya [Priv. Evans Mitchell]

Sebastian E. Winterburn el Dom Sep 10, 2017 6:33 am

Lo había leído en una revista hecha por especialistas y aficionados, un encuentro que daría lugar a una conferencia sobre diferentes materias enfocadas a las runas y además un debate donde se tratarían diversos temas. Él participaba activamente en la revista, usando el seudónimo de Eugene Smoldercold. Pocas personas en el mundo sabían su segundo nombre, y eso aunado al cambio de apellido le sacaba un poco del foco de las miradas. Smoldercold se traducía literalmente en “Arder en frío”, como la “Quemadura de invierno” de su apellido, demasiado rebuscado como para que nadie hiciese conjeturas y los relacionase. Su tema favorito era la unión de las varitas y las runas; en un futuro quería especializarse en ello.

Tenía intenciones de sólo ir como Sebastian, pero la idea de meterse en el debate era demasiado intensa que no pudo negarse al final del todo. La conferencia se daba en el auditorio de la universidad mágica, a puertas abiertas para que expertos y estudiantes de grados menores pudiesen asistir puesto que aún no empezaban las clases en los colegios de hechicería. Eran ya los últimos días de agosto, las clases en la universidad también comenzarían muy pronto, por lo que no había más remedio. Había llegado temprano, estaba entusiasmado, y había conseguido el itinerario del evento.

Había, también, la posibilidad de que se encontrase por casualidad con un par de personas con las que llevaba un tiempo escribiéndose. No sabía si pudiese presentarse a ellos, no le nacía ser reconocido, pero sería interesante saber con qué tipo de gente hablaba. El que más curiosidad le daba, el autor de un reciente ensayo sobre las runas de encantamiento, no le había confirmado su asistencia, pero tenía la esperanza de verle. Se habían escrito desde ya un tiempo atrás, mantenían conversaciones por correspondencia sobre la materia, nunca preguntas demasiado personales, por lo que no tenía ni la más pálida idea de cómo lucía, ni siquiera sabía si era hombre o mujer.

Sin embargo, había conectado tan bien en cartas con Lavish Clement que tenía la sensación de que podría reconocerle con sólo mirarle. Estaba profundamente equivocado, pero no se daba cuenta de ello. En fin. Había tres ponentes principales, uno de ellos hablaría sobre “Cómo las runas guían las decisiones”, el segundo versaría sobre “Las runas y la magia”, y finalmente el tercero giraría en torno a “Combinar correctamente las runas”. El segundo era el que más le interesaba, y al final se haría una mesa redonda donde los tres invitados especiales y alguna selecta gama de participantes en las que él había conseguido un puesto.

Dependiendo del rendimiento que tuviese en el debate, podría ser invitado para exponer sus teorías en un futuro evento sobre la varitología y la runología, según le había dicho la encargada del evento, una profesora con la que particularmente congeniaba bien. Lo que era raro, porque pocos profesores le tenían en estima, normalmente preferían evadirlo por su excéntrica forma de ser tan borde y soez. Pocas personas al final conseguían descubrir que debajo de esa capa de hostilidad había un sujeto apasionado que adoraba con cada poro de su piel la materia.

Las conferencias darían jugar en una amplia sala donde el orador podría exponer y explayarse tanto como le hiciese falta sobre su materia, respondiendo las preguntas del público donde Eugene no perdía segundo en pedir la palabra si podía refutar algo y necesitaba que se lo aclarasen. Probablemente lo único que se le daba fatal en las runas era su historia, de resto estaba bien informado sobre el tema en general. Una vez que acabaran las tres conferencias, con intervalos de quince minutos entre cada una de ellas, los ponentes y los participantes del debate serían requeridos en una habitación aparte donde podrían sentarse como iguales a compartir y exponer sus puntos de vista.

La parte de la mesa redonda era lo que más inquieto tenía a Sebastian, quien en el descanso entre el segundo y el tercer ponente ya estaba nervioso. No era muy bueno hablando en público sabiendo que la atención pasaría a pertenecerle, a diferencia de la conferencia donde sólo hablaba y todos lo ignoraban para escuchar la respuesta. Había aprovechado el tiempo para ir a comprar un juego a una tienda cercana, calculando cada minuto para llegar con unos minutos de anticipación al comienzo de la última conferencia.
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Evans Mitchell el Lun Sep 11, 2017 3:12 pm


Cheri, cheri lady~

Je, ¡por supuesto que él no iba a ir a esa conferencia! En eso pensaba, mientras se contemplaba en el espejo del baño de la solitaria casa de los Mitchell. Primero un lado de la cara, después el otro. Se cacheteó una mejilla, la otra, así, asá, ajá. ¡Ah!, ¡sí que se sentía bien ese día! Bien, ¡hora de tomarse esa poción! Evans desenroscó la tapa del frasco, dejó caer (con cuidado, con cuidado) una mata de pelos que mezcló con el contenido, ¡y adentro! ¡Puaj, con esa porquería! Nunca era una buena idea tomar una poción multijugos, cuando probabas ese sabor. ¡Puaj, puaj, puaj!

Evans se llevó la mano a la boca y se dobló en dos, con el estómago resentido y el incómodo, desagradable picor que le estremecía la piel, esa que ahora se deformaba, del mismo modo que burbujea la superficie de una pócima hirviendo en el caldero. En el proceso, tosió un poco, en una queja ronca, que poco a poco, fue oyéndose diferente. Todo en él, el hombre de la bata en la cintura, recién salido de la ducha, fue adquiriendo el aspecto de un Otro. ¡Ja! Por supuesto que él no iría a esa conferencia, ¿y revelarse accidentalmente como Lavish Clement? ¡No! Evans era muy, muy reservado cuando quería. Y había secretos que cuidaba con todas las precauciones, por muy exageradas que parecieran. Y su alter, era uno de esos secretos, que NADIE podía saber. Así que, no, Evans Mitchell no iría a la conferencia. ¡Pero Emmet Hubbert, el mago de le repostería de Callejón Diagón, lo haría!

En eso pensaba, cuando se volvió a mirar en el espejo, ¡triunfan…¿teee?!

—¿¡Qué carajo!?—Evans contempló su reflejo, con una mueca entre el asco, la sorpresa, descolocado ante esa imagen ¡femenina!, ¡femenina!, ¡femenina! se sí mismo. ¡Pero si era una jodida pelirroja! Ah, no, no cualquiera, era la chica que trabaja en la repostería. Siiiií, ahora la recordaba. Le había envuelto una torta de chocolate que él había comprado para Adrien.

Bueno, pasado el shock inicial, tenía que reconocerlo: se veía bastante bien. Y funcionaba como tapadera, de todos modos. ¡Mmm!, ¡sí que se sentía caliente! Así, manoseándose el cuerpo, tanteando, descubriendo, ¡demonios! Sí que la chica era linda. Desnuda, cualquier mujer podía seducirte con esa piel deliciosa, y las curvas. ¡Mmm, puede que llegara tarde a esa conferencia!

***

Había comenzado en sexto año, cuando sus intervenciones en esa nueva revista de runas a la que se había suscrito resultaron en un simpático amiguito por correspondencia, fíjate nomás. Evans tenía verdadera afición por Encantamientos y no era raro que se pusiera competitivo con sus compañeros de clases, o que alardeara de su pasión de duelista y lo bueno que era haciendo piruetas con la varita (con resultados que podían ser letales, por cierto).

Lo que para otros quizá sí fuera más difícil de imaginar era el hecho de que Evans pasaba horas y horas, analizando y estudiando la teoría, fascinándose con esta rama de la magia, hasta el punto de profundizar este estudio, aplicando la teoría a diversos campos: runología, por ejemplo. Y estaba tan metido en ello, que hasta había escrito artículos de aficionado al respecto, que fueron bien recibidos por la opinión general de los entendidos.

Y hasta se consiguió a este amiguito, Eugene, que tenía que decirlo, le había dicho cosas útiles, y lo que era curioso, es que sus cartas le hacían reírse, aunque no comentara ningún chiste. Era sólo…, no lo sabía. Pero era muy difícil que Evans mantuviera una relación por correspondencia por tanto tiempo, y Eugene mantenía vivo su interés. Lo que era conseguir demasiado. Cuando la gente era útil, había que aprovecharla, ¿verdad?

Y no sólo eso, sino que había conseguido convencerlo de asistir a esa conferencia. Evans no le dijo que iría, por supuesto. Pero le sembró la curiosidad.

***

Si te crees que los debates académicos son para la gente bien educada, de buenos modales y una pasión comedida, casi tímida, pues déjame decirte, tú has vivido todo este tiempo una de las más grandes mentiras de tu vida. Porque donde hay gente apasionado, tú siempre encontrarás una gran pasión. Y especialmente, cuando los conferenciantes tienen un gran, gran, EGO. Al menos, verás mucho de esto en el lugar (¡egos por doquier!), ¡un montón!

Fíjate por ejemplo en esa pelirroja, la de las muecas violentas, la voz macarra, la cara preciosa, ¡pero las posturas tan masculinas!, ¡los gestos tan intensos!, ¡y las palabras que salían de su boca que podían dejarte blanco!, ¡por Merlín! Era como una de esas mujeres que habían sido criadas en una cueva por una familia de hombres (o lobos, vaya a saber) y no tuviera idea de lo que era la femineidad (un concepto construido por una mentalidad machista, de todos modos). Los que se cruzaban en los debates con ella, la odiaban o la adoraban. Una de dos. Nunca por la mitad. Bueno, pero a más de uno los ojos se les quedaban a mitad de camino entre la indignación moral (¡porque fíjate cómo armaba polémica, armada hasta los dientes y todos esos improperios!) y la encantadora seducción que les provocaba esa coquetería implícita en sus labios, tan rojos, tan a punto de beso. Ay, sí que era bonita. O eso pensabas, hasta que…:

—¿¡Qué carajo estás mirando, tú idiota!?, ¿¡nunca has visto un par de tetas!?—espetó la enérgica pelirroja, irritada como un fosforito, ¡pero que hermosas pecas!—Te estoy avisando, no me tires esas sonrisitas de jodida nenaza, ¿ok? ¡No voy a rozarte con el pie por debajo de la mesa!—¡y se expresaba con todo su cuerpo! Su lenguaje corporal tenía manías muy propias: como mover las manos al hablar, la impudicia de sus expresiones, la agresividad—Tú, Jenkins. Sobre la sinergia y la versatilidad de los encantamientos, ¡tu opinión es un asco! Todos los pensamos. Ahora, cállate. Deja de apenarte a ti mismo. ¡Que hable Rufus! ¡Rufus, Rufus, Rufus!

¡Mmm, que buen, buen día! Cheri estaba teniendo diversión. Y aunque llevara la polémica allí donde fuera, lo cierto es que sí escuchaba otros puntos de vista, mientras fueran inteligentes, o los entendiera. Era atractivo ese gesto torcido en su naricita y su boquita, con la carita apoyada en su palma, cuando prestaba atención a lo que decías, sólo para darle la vuelta a ese entramado teórico y llegar a la conclusión. Si cautivabas su curiosidad, al menos, dejaba de llamarte ‘guarrón’. ¡Pero eso sí! Ella siempre tenía que tener una opinión sobre lo que fuera.

Fue entrando como un huracán en caliente que, cuando todos estaban a punto de empezar, ella entró, atropellada, y fue directo a su asiento (con las piernas bien, bien abiertas), pasando por delante de quien estuviera en el medio, ¡que vamos, que casi no llegaba! Había intentado mear, y vaya que enchastre. Si no podías mear parado. ¿Dónde estaba la libertad en eso?

ASJHDJASDHJAS:
jajajaja XD No mentí cuando dije que me gustan las pelirrojas. No mentí. Vamos a ver si es cierto eso que dicen de que 'lo que importa es lo de adentro' (?)

Y sí, compré la poción multijugos. No pude resistirme. La idea vino a mí. No pude resistirme. No pude (!).

ASASADSASAS


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Evans MitchellGryffindor

Sebastian E. Winterburn el Mar Sep 12, 2017 11:11 pm

La tercera conferencia no fue tan interesante como la segunda, en realidad, pero era el inevitable paso para llegar a la conferencia. Una vez en esta, le faltó más bien poco para notar a una pelirroja. Él en particular no se sentía atraído hacia las pelirrojas, en general solía fijarse más en chicas de cabello oscuro que en chicas de cabello claro, aunque tenía que admitir que tenía un rostro bastante lindo. Eso, cómo no, murió por completo nada más la escuchó hablar, ese arsenal de malas palabras y la forma tosca de ser. Sebastian, nacido en una casa conservadora, tenía una percepción de la mujer distinto; no superior, pero una mujer tan rústica no le generaba más que desagrado.

Y es que, vamos. Su madre, una mujer muy respetable y refinada, y su hermana era una pequeña señorita en proceso que, si bien traviesa, no dejaba aquella femineidad de lado. Si bien Sebastian no era el maestro de la caballerosidad, sí que sabía comportarse en determinados momentos, y veía innecesarios tantos improperios, sólo le quitaban credibilidad a la muchacha. Todavía no tenía ni una señal de Lavish, seguramente iba a terminar escribiéndole para hacerle saber cómo fue todo, asumiendo que tal vez no asistiría, no es que su amistad por correspondencia le hubiese confirmado que iría, por lo que era algo desalentador que aquella oportunidad de realmente poder debatir juntos no se diese.

No recordaba bien cómo había empezado a escribirse con Lavish, pero al cabo de un tiempo sus cartas se hicieron frecuentes. Casi siempre hablaban sobre runas, en ocasiones le contaba sus nuevas investigaciones, discutían teorías juntos, le resultaba agradable. A veces, el momento en que estaba tranquilo en casa y recibía la carta era el más agradable del día, no pensaba que pudiera haber una persona así de interesada en la materia a pesar de ser aficionado. Él debía comenzar a estudiar por su cuenta sobre varitología, aunque quería tomar una carrera luego, para poder combinar sus dos ramas de mayor interés en una sola donde pudiese sentirse realmente pleno. Era uno de los sueños que tenía intactos.

En fin, la discusión comenzó eventualmente. Iba en principio escuchando las ideas de los demás, tratando de imaginar algunas de esas cosas. Llevaba un cuaderno pequeño donde a veces hacía alguna nota, sólo tomaba las ideas más importantes sin interrumpir a nadie. La amalgama de ideas dispersas de los conocedores y aficionados a la materia a veces lo dejaba con alguna duda, pero estaba reservándose para el momento adecuado en que pudiese exponer alguna de sus teorías. Al menos hasta que alguien mencionó los canalizadores de magia, haciéndolo volver la mirada hacia la joven que lo mencionó, una muchacha de corto cabello negro que lo comentó como el punto culminante de su investigación.

De hecho —entonces fue su momento de tomar la palabra, — aunque utilizar runas talladas en canalizadores de magia, como las varitas el ejemplo por excelencia, es una técnica poco usada por lo difícil que resulta hacer una runa funcional y lo sencillo que es matar una varita con la práctica —empezó a hablar, viendo a todos sin mirarlos realmente, le incomodaba tener tantas miradas encima, las manos entrelazadas sobre la mesa le tiritaban ligeramente de la inquietud. — Además, no sólo basta el hecho de tallar una varita y que por casualidad sea funcional, la runa también tiene que ser compatible con la madera y el núcleo, hay runas que por sus propiedades mágicas son completamente incompatibles e incluso si se realizaran correctamente la varita moriría o se negaría a funcionar, que no hace mucha diferencia —mencionó, removiéndose inquieto en el asiento.

Estaba intentando hacer una recopilación de las posibles combinaciones de núcleos, maderas y runas, aunque claro que sólo era teórico. Había llegado a mencionárselo a Lavish, además, así que sentía que no iba tan mal encaminado. Cuando supiera suficiente de las dos materias podría comenzar a descartar sus hipótesis actuales y verificar a prueba y error el resto, lo que significaría, cómo no, un gasto bastante significativo en varitas. Por ello debería aprender a fabricarlas, de modo que su consumo fuese personal y no tuviese que ir con el vendedor de varitas a hacerse con un puñado de estas. Al menos así sonaba, actualmente, su plan. Todo podía pasar al paso de los años.

Es una materia en la que no muchos se animan a explorar porque, encima de todo lo anterior, también hay modos de debilitar una varita. Usando una runa inadecuada, si la varita sigue con vida y obediencia, el poder puede ser reducido significativamente, lo que representaría un margen de error mayor al hacer hechizos o una desventaja importante en los duelos. Sólo pocas runas podrían ser usadas, usando como bases las maderas y núcleos —no estaba aún por terminar, pero estaba llegando a donde quería. — He aquí la parte interesante: no basta con eso. Las runas, como nuestro presentador mencionó —hizo un gesto en dirección a aquel orador, — son guías, muestran cuáles decisiones son más acertadas para los magos… Si tallamos una runa incompatible, además, con el mago, es probable que exista más de un inconveniente —comentó, deteniéndose un segundo antes de concluir. — A lo que quiero llegar es que, aunque es una rama de la magia muy compleja e impredecible, las varitas que puede crear son realmente poderosas. Una vez que se tiene una runa correcta en la varita acertada con su madera y núcleo adecuados en las manos de un mago apropiado, es todo una serie de aciertos necesarios para hacer una varita poderosa y muy capaz.

Las cosas buenas todo el mundo las sabía, pero las malas eran lo que hacía a muchos magos renunciar a la práctica de tallar runas en cuanto se tropezaban una y otra vez. Por ello quería destacar todos esos puntos y saber la opinión de los demás, si ellos consideraban que era una rama tan importante como él la consideraba. Estaba casi seguro que no podrían quitarle su sueño de la cabeza, pero sí que podrían aportar, quizá, algún buen comentario a ello.
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Evans Mitchell el Dom Sep 17, 2017 5:25 am

bocadito (?):

Ay, ya sé, te me vas a dormir de una forma. Pero es que supongo que no pude evitarlo. ¿Una conferencia sin debate? Pfff. No te tires de los pelos, please. Yo te quiero (?). Es que no sé qué pasó (!) Me re fui, me re fui, navegando por los secretos del mundo mágico, me re fui, me van a matar, me van a matar, lalala~XD

Unas cuantas cosas sobre lo que dice Rufus:

-La ‘línea de Berger’ es un lineamiento teórico (?) que básicamente se opone a la mezcolanza de runas con varitas. Y se entiende que, la ‘línea Stravinsky’, sostendría lo contrario.
-Las runas no son un material de trabajo (Rufus las considera interiormente un rústico y muy antiguo modo canalizar la magia, como otros académicos. Su utilización ha caído en desuso, así como su entendimiento. Son algo así como ‘trastos en desuso’, para abreviar, que usaban ‘esos brutos cavernícolas del pasado’ (?)).
-Las runas quiebran el balance o ‘varitometraje’ ideal que ha de cumplir cualquier varita antes de salir al mercado (¿Cómo salen las varitas al mercado?, ¿cuándo un fabricante de varitas considera que su varita es apta para un mago? Cuando pasa la prueba de ‘varitometraje’ (?), o como quieras llamarlo. O mejor, cuando llegan el punto V, mmm (???)). Imaginate que una varita tiene que ser puesta en una balanza que determinará si es apropiada o no para ser usada. Las runas harían que esa balanza explotara (!). Puede haber varios modos de determinar esto, sólo comento.
-Son IMPOSIBLES de controlar o predecir. No tienen la ‘fidelidad’ o la ‘adaptabilidad’ de una varita, que es la razón por la cual estas son tan apreciadas por los magos.
-Su especialización (la de Rufus) es el estudio de la ‘Metamagia’. La verdad, esto se lo robé a Denzel (¡!), así, descaradamente, pero porque suena muy bien: ‘Metamagia’. Aunque quizá después le cambie el nombre. Entre nosotros, dejémoslo en que es una rama teórica del estudio de la magia, que se basa en la precisión y el cálculo para conseguir resultados. Los metamagos son como muy escrupulosos y quieren tenerlo todo bajo control. Esa es la idea (?)

Te quité a la morocha, te quité a la morocha~, delante de tus narices~, te quité a la morocha~ Bueno, ¿quién sabe? Jaja No, en realidad, a la de pelo negro sólo le cae mal.



Imposible una mirada más intensa, ¡y cuánto fuego!, anclada tan fijamente en el orador de turno, que la de esa pelirroja, acodada en la mesa, con el cuerpo echado hacia adelante y las manos entrelazadas a la altura de la boca, ¿tapada para no hablar?, ¿para no soltar la acumulación de bilis que se le subía a la cabeza, directa del hígado? Ah, porque mira que si había algo que le repateaba muy dentro de las entrañas, era que Sebastian Winterburn tuviera que tocar el único tema que le hacía ilusión. Pero no se iba salir con la suya, no. Por Eugene, que no.

¡Menudo bastardo! ¿Y cómo había acabado allí, de todos modos? No lo había visto en toda la tarde. Claro, porque era tan insignificante, que nadie reparaba en él. Pero mágicamente, ¡allí apareció! Ah, bueno. Eso no era completamente cierto. Sí que se lo había cruzado durante uno de los recesos, y por un momento pensó que sería divertido jugar a esa clásica escenita de la pobre, indefensa señorita que era atacada por un pervertido, pero la verdad era, que tenía mejores cosas que hacer que preocuparse por el infeliz (o podría dejarlo para más tarde, a la salida).

Sí. Se lo pensó y cambió de táctica: se contentó con cuchichearle a esa chica tan bonita de corto pelo negro un escandaloso rumor sobre ‘ese rubio de allá’, que involucraba alcohol, una noche loca y algún que otro escabroso detalle, de esos que saben dejar mal parado a cualquier hombre que se precie. Y vaya si Evans no se conocía unos cuantos ejemplos (y hasta había sido el protagonista de algunos, ¡fíjate lo resentidas que podían ser las mujeres!). La recatada morocha quedó tan desagradablemente impactada, que ello explicaba en gran parte las miradas que le lanzaba de reojo mientras el otro hablaba. Tan ensimismado se hallaba Evans en su miserable victoria del día, que reparó tarde en quién fue a intervenir antes que él en el debate. Ah, ese Rufus. Era un tipo interesante. Aunque algo demasiado ‘estirado’.

El punto principal de su ponencia era ‘la condensación de la magia’ y cómo manipularla con experticia (tenía una especialización en Metamagia, además, que no paraba de mencionar —tuviera algo que ver o no con el tema—), pero se desvió al final, para referirse, con un toque de socarronería, escándalo, y profunda sapiencia, sobre la varitología. Ya que era tan perfeccionista en hacer el seguimiento de un experimento, sin importar de qué se tratara. Le venía con el oficio, que era básicamente, trabajar a prueba y error. Era un escrupuloso con esmero, en otras palabras.

—… es impreciso, el supuesto procedimiento adecuado para vincular runas con varitas. Un mago puede canalizar su magia a través de cualquier instrumento, de acuerdo. Pero con distintos resultados, y algunos, mucho mejores que otros. El caso es que siempre ha existido una razón para no vincular las runas con un arte tan arcano como el de la fabricación de varitas (y es hasta incluso desaconsejable con cualquier otro instrumento). ¡Es la falta de precisión y la falta de calidad que tienen las runas como material! Tratar con una runa, sería como tratar… con una mujer de irritable temperamento—Esto último lo dijo dedicándole a cierta pelirroja una ‘halagadora’ mirada de galán empedernido. Como toda respuesta, Evans, que se había echado hacia atrás, despatarrándose cómodamente en el asiento con las piernas sobre la silla, le arrojó un beso coqueto y un ‘fuck you’ con ese precioso y delicado dedo del medio que provocó la repentina tos del viejo que moderaba el debate. A Rufus no pareció desagradarle, sin embargo, y sonrió antes de continuar—. Es impredecible, a eso voy (y con explosivas consecuencias). Pero, a lo que importa: No puedes ‘colocar’ una runa como haces con una pluma de fénix, por ejemplo. No es un material de trabajo fiable, no lo consideraría en absoluto, porque no es algo que puedas medir o calcular. Y si sabemos algo sobre varitas, es que es una ciencia que requiere de la más ajustada, meticulosa, precisión. De otra manera, podría matar a un mago (o maga) incluso con el encantamiento más sencillo que intentara realizar.

Evans jugaba con el elástico de una pulserita roja de la que tiraba una y otra vez, enrojeciéndose la muñeca. Se lo veía arrebujado en su asiento, con una carita de lo más adorable, pero con una mirada suspicaz. Rufus le tiraba miraditas de vez en cuando (y eso que, claramente, había una diferencia de edad importante), y era fácil decir que esos dos estaba en algo. Aunque las respuestas de le pelirroja solían ser muecas de burla o desprecio, o infinito desinterés. En una oportunidad, al sentirse observado quizá, le devolvió la mirada a la morocha y le guiñó un ojo, con todas las sugerencias de la picardía cuando es picante, haciendo que esta parpadeara, sorprendida. Enseguida, carraspeó, incómoda, y pasó de ella para volver a prestar atención al orador. Pero, al segundo, se sintió tironeada, atraída de nuevo, por esa jovencita (sin que ella hiciera nada, la verdad), ¿interés? Es que había algo tan intenso con ella, tan diferente.

>>Mi tátara tátara tátara tío era un fabricante de varitas, y créeme, el complicado proceso que involucra la creación de un artefacto tan preciso, no podría depender del ‘temperamento’ de una runa. Tú eres un chico, y lo entiendo. Inexperto, ilusionado, puede que pongas verdaderas esperanzas en tu teoría, queriendo probarla, pero a veces, esa pasión no es suficiente. La idea de ‘tallar una runa’ en un objeto es un extenuante proceso con su alquimia particular. No porque escribas un símbolo, este reaccionará. En mi consideración, tallar una runa en una varita es un despropósito. Desequilibraría cualquier idea esencial de balance (y sabemos muy bien que los fabricantes de varitas dedican su vida, ¡sus vidas!, a hallar el perfecto equilibrio, el calibre ideal, que hace del resultado final una obra única, auténtica, ¡completa!, capaz de articular con las fuerzas descontroladas de la energía que son la fuente de magia en una mago, o maga).


Fíjate que Eugene lo pensaba diferente. Si lo escuchara, seguramente tendría algo para decirle. La pelirroja se sonrió, por alguna secreta razón. Pero si en algo estaba de acuerdo: sí, Bas ni sabía de lo que hablaba. De seguro sólo eligió el tema de un catálogo de ‘temas interesantes para polémica’, no porque se le hubiera ocurrido a él. Para hacer su vida un poco más excitante o algo, probablemente. Vamos, si ni sabía dirigirse al público al hablar. No tenía ni de lejos la pasión de su Eugene en el tema. Esas cosas se notaban. Mira que había gente que no sabía ni qué inventarse para hacerle perder el tiempo a los demás.  

>>Coincido en que son una ‘guia’, por supuesto, pero las runas no se adaptan al mago, esa no es su naturaleza (su naturaleza es errada, temperamental, ambigua), y aunque tienen el potencial de hacer cierto tipo de magia dependiendo la runa que se utilice, la runa en sí misma nunca aprenderá a congeniar con su usuario, nunca se amoldará, nunca podrás hacerla ‘tuya’, no como sucede con una varita. Pero las estadísticas de intentos frustrados hablan por su cuenta, los resultados ‘siempre’ han sido catastróficos, no ‘algunas veces’. Y lo digo como profesional de la metamagia… Créeme, trabajo con magia pura, ¡todo el tiempo!, y es tan caótica y explosiva que… ¿Por qué te crees que muchos estudiantes de varitología se echan para atrás y se desvían por algo más fácil? Es realmente un trabajo de mucha precisión. Y en todos estos años, todas estas décadas, hemos perfeccionado el arte de las varitas, distanciándolas de otros canalizadores más rústicos como… Justamente, las runas. Te concedo que las runas son fascinantes, nunca te lo negaré, pero aplicarse a las runas en tal proyecto es como el viaje de un poeta extraviado, a través de una odisea imposible, llena de…

—¡Por favor, cállate! Ya tuve suficiente con la ‘línea de Berger’… ¿¡Qué!? Nadie lo calló a él cuando arrojó su frasecita sexista del día. ¿Qué le hicieron las mujeres al desgraciado?, ¿y qué es eso de ‘mujeres’, así, en general?, ¿un colectivo de duendes enfurecidos?, ¿el nombre de un equipo de Quidditch con el mismo lema? (Bueno, para eso, están ‘Las Arpías de Holyhead’) Vaya con todo ese resentimiento, Rufus. Yo me considero único. Y mi paciencia contigo no tiene parangón. Fíjate cómo no te he pegado una hostia en todo el rato.

—Está bien, está bien, estoy seguro de que mi amiga tiene algo para decir, y no me importaría cederle la palabra. Soy un entusiasta de sus intervenciones, me confieso. Esto de interrumpirnos mutuamente a lo largo del día ha resultado ser de lo más estimulante. Si fueras una de mis alumnas, ¡estaría complacido!—Esto a Evans le hizo soltar una risita. Sí, ‘complacido’, ‘ardido’. Lo diría en más de un sentido, por supuesto. El moderador estaba que no dejaba de toser, ¿se habría atragantado con algo?—Así que, imagino que si no te gusta leer a Berger, eres de las que leen a Stravinsky, ¿cuánta razón tengo?

—Ninguna—Evans se tomó su tiempo para arremangarse, de una manera muy particular—Tú nunca tienes ‘la razón’, sólo adivinas de pura casualidad. No nos engañemos. Y sí, he leído al tipo. Sólo escucha, grandote. Te has equivocado, y tú lo sabes. Primero, Morgana utilizaba runas en todo lo que ella creaba. Y tenía un báculo, que son los precursores (de hace mucho, mucho, mucho) de las varitas. ¿Y qué les daba poder? Runas. Pero quizá, porque era una ‘mujer temperamental’, no habrás querido ni ojear los registros. ¿Qué pasa, grandote?, ¿se han reído de ti en la pubertad?, ¿tanto te asustan las mujeres? Ey, pero no te apenes. Es algo bueno lo que te ha pasado, de verdad. Porque ahora, puedo refregarte en la cara lo que te has perdido mientras tú te lamentabas. Porque esa mujer, ¡esa!, sí que era una inventora. Y sólo se descubrieron sus aportes, ¡siglos más tarde que Merlín! Ese barbudo simpático, pero aburrido. Y algo curioso sobre él, es que no sabía manipular las runas, porque nunca habrá querido admitir la verdad: Morgana era una maestra en encantamientos. Y los aplicaba a sus runas, porque podía hacerlo. Y un amante suyo hizo los manuscritos de lo que sería la teoría de cómo funcionaba la mecánica de su magia aplicada, pero bueno, ella lo desnucó cuando lo descubrió. Típico. Lo importante, es que esos manuscritos sobrevivieron, y…  

Técnicamente, hizo un recorrido histórico de ‘La Teoría Pérdida’, que había dado origen a una ilustradísima serie de teoremas sobre encantamientos aplicados a runas, y con ello sacó a colación el tema de su propia ponencia, sosteniendo, además la ‘línea de Stravinsky’ en varitología, concluyendo que la versatilidad y la elasticidad de los encantamientos postulados en las actuales teorías que le siguieron a 'la primera', sí podían intentar resolver los problemas de incompatibilidad. Y cuando concluyó, desenroscó la tapa de una petaca que llevaba consigo y se mandó el contenido a la garganta, ¡de un trago! En la mesa, quedaron en shock. Pensar que era tan joven, y ya con problemas de alcoholismo.
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Evans MitchellGryffindor

Sebastian E. Winterburn Ayer a las 12:39 am

Ese tal Rufus lo tenía hasta los cojones ya con esa pedantería, creyendo que lo sabía todo cuando no era así. ¿Qué clase de imbécil era, como para jurar que nadie se había atrevido antes a unificar varitas y runas? ¡Si ese imbécil supiera tan sólo un poco sobre el tema, sabría que grandes magos habían conseguido magistralmente dominar ese arte! ¡Y encima decirle que las runas no eran de calidad para trabajar! ¡Y a qué venía ese jodido machismo tan salido de tema! Si quería follarse a la pelirroja aquella, que se la llevase de la habitación y dejase a gente que realmente entendía del tema hablar. Eso era simplemente hablar por hablar.

Controlarse estaba siendo una completa odisea, ¿qué se pensaba, meter una puta runa en forma de roca en una varita? ¡Las cosas no eran así no por asomo! Y cada vez que intentaba hablar, aquel hijo de puta hablaba más fuerte cortándolo. Lo que más lo jodía de todo, es que ni siquiera le había escuchado y ya estaba hinchando el pecho y hablando cosas de las que no tenía ni una puta idea. Se había hecho daño en el intento de no sobrerreaccionar, de no explotar como tanto quería hacerlo, pues apretaba su zurda con la diestra. Creyó por un segundo que de apretar tan sólo un poco más, se rompería él mismo la mano. Por suerte no sucedió ya que, para su sorpresa, fue la pelirroja quien lo interrumpió.

Vaya, para ser tosca, soez y malhablada, la chica sabía de lo que hablaba. El ejemplo con el que pretendía atacar de regreso a Rufus acabó siendo tomado por ella, Morgana. Había discutido esa teoría con Lavish y por un segundo pensó que ella podría ser la persona que buscaba, pero pronto desechó la idea. Lavish siempre se mostraba cortés y hablaba con mucha corrección, era imposible que esa persona fuese Lavish. Sólo era otra chica muy bien informada al respecto, ¡que hablaba sabiendo, claro! Aunque colase tantos insultos gratuitos que le repateaba, tenía que admitir que sabía sobre el tema. La piel se le erizó conforme hablaba de Morgana y sus encantamientos que potenciaba magistralmente con runas, un verdadero ejemplo a seguir para él.

Los manuscritos pasaron a manos de Elminster, un mago muy poderoso hábil en muchas ramas de la magia como la legeremencia, la oclumancia, incluso se cree que podía volar sin el uso de una escoba. Al tener en sus manos los manuscritos de la magia de Morgana, éste se esmeró también en aplicar las runas a sus hechizos y encantamientos —la tentación le ganó de robarse la palabra tan pronto como pudo. Elminster no siempre era considerado como un mago de estudio, más bien perdido en los viejos documentos históricos, una completa estupidez en su opinión. — Si de verdad fueras un entendido en la metamagia, no habrías pasado desapercibido a Elminster, por supuesto, uno de los pioneros en ese tipo de magia mucho tiempo antes de su nacimiento como rama de estudios mágicos, ¿sabías acaso que Elminster era capaz de utilizar cualquier tipo de magia para absorberla, reflejarla y no sólo eso sino también anularla? Y usó sus conocimientos para poder llevar el poder de las runas al límite —otro de sus magos favoritos era aquel, todo un maestro en la magia, le daba hasta rabia lo poco conocido que era.

Recordaba haberle pasado algunos de los escritos que había encontrado sobre Elminster a Lavish, explicándole lo fascinantes que eran sus estudios por no haberse limitado a una sola rama de la magia. Elminster era para la magia lo que Aristóteles para los nomaj, un ser versado no en uno sino en todos los temas que pudo tocar. Y sí, sus estudios antiguos podrían ser más afinados en las épocas actuales con mayores capacidades, pero hizo maravillas con los recursos que tenía en la antigüedad. Era liberador poder exponer a un mago de tal calibre frente a aquellos magos, muchos desconociendo por completo su existencia, como ese bastardo de Rufus.

¿Dices que trabajar con magia pura es caótico y explosivo? Sí, es un trabajo de mucha precisión, ¿pero eso te da el derecho de creer que todo el mundo es así de conformista, que se limitan a quejarse por lo difícil que es trabajar con magia inestable en lugar de buscar recursos para trabajar con ella? Decir que las runas son “canalizadores rústicos” no podría ser más alejado de la realidad, primero, porque las runas no son “canalizadores”, son “potenciadores” cuya fuerza mágica puede ir en direcciones positivas y negativas (es decir, pueden aumentar o reducir según se dirija su magia). Decir que trabajar con magia inestable justifica no querer explotar las capacidades de los instrumentos mágicos sólo revela conformismo e ineptitud —los grandes magos nunca habían usado semejantes excusas baratas para impedir el crecimiento de sus estudios y enfocarse en otras cosas. Exitos como los de Morgana, Elminster y todos los que siguieron sus manuscritos y conocimientos lo revelaban. De ahí a que ineptos como Rufus no lo supieran no era asunto suyo.

Sí, quizá se lo había tomado un poquito personal, pero estaba seguro de lo que estaba diciendo. La metamagia no estaba peleada con la práctica, como Rufus lo pensaba, sino todo lo contrario. Se había sentido mucho más relajado en cuanto consiguió exponer y reafirmar su punto de vista por encima del de aquel cerdo, y sabía que no estaba tan equivocado cuando sus fundamentos estaban en la misma dirección que los de esa pelirroja, que los de Lavish incluso, no era el único que veía sentido a aquella forma de ver el mundo de la magia rúnica y varitológica.
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Evans Mitchell Hoy a las 10:43 am

"Eres fea como dama, eres delicado como hombre. Atraes los corazones femeninos y hasta haces enrojecer secretamente las mejillas varoniles. Tienes tantos atributos que provocan a mi sexo, pero también otros que tienes entre las piernas y están de más. ¡Sea! Si es tu destino complacer a las mujeres. Pero. Que sea mío tu corazón."—Poema del siglo pasado, fácil de encontrar en la biblioteca personal de Evans.


Vaya, míralos a esos dos. Perry, el viejito que tosía a cada interrupción indecorosa del debate, se fijó en que esos dos oradores se complementaban, de una forma en la que ni ellos se daban cuenta. Esa era la clase de entendimiento que había entre dos personas que habían leído a los mismos autores, los mismos libros, sí, pero algo más: que compartían ese ‘algo’ que une al todo: una sensibilidad afín por el mismo tema. Y ese encuentro de afinidades no sucedía ‘todos los días’, con todas las personas, por muchos títulos que te hubieras leído en común con alguien. Tendrían sus propios motivos, por supuesto, por mostrarse tan empecinados en exponer a Rufus, pero era evidente que el metamago, al hablar, había tocado una fibra sensible. El buen hombre se sonrió, encantado, y sorbió un poco de su taza de té. ¡Y puede que esos dos se pasaran toda una vida sin darse cuenta! Las cosas que te pierdes, por no mirar dentro de los ojos de la otra persona. Claro que, Perry no estaba pensando en ese momento, en esas cosas que no querrías encontrarte jamás, pero que descubres, a veces, demasiado tarde.

Rato después, terminado el debate. Habían servido una mesa con bocadillos y bebida, a modo de cierre y despedida. Claro que, en algunos casos, el debate continuaba, aunque sin formalismos. Esa pelirroja de las malas palabras se había apartado del grupito en el que estaba, sola en una esquinita, para ir a… Sí, definitivamente. Estaba metiendo los bocadillos en su cartera. Con todo el descaro del mundo, como si tal cosa. Debía ser de esas personas que se llevaban hasta el jabón de las piezas de hotel, y todo lo que hubiera para tomar. ¿Sería una manía? Manía de caradura.

Por su parte, la mujer de pelo negro que había sacado el tema de los canalizadores mágicos, se aproximó a Sebastian Winterburn, con una fina, delicada, coqueta sonrisa. Lo tenía muy arriba en su escala de preferencia, como se lo hacía notar con los ojos. Sí, especialmente desde que oyó ese secretito que la pelirroja había querido esparcir como un rumor escandaloso. Escandaloso. Ay, si supiera. La mujer, que tenía una expresión franca y confiada, se acomodó el pelo detrás de la oreja, en un gesto. Lo miró. Le sonreía, sólo a él. Ay, ¡qué mujer!

—Ha estado interesantísimo. Usted, ha estado interesantísimo. ¡Me apasioné con sólo oírlo refutar a ese Rufus! Hombre desagradable, ése. ¡Ay, lo siento! Mi nombre es Audrey, no sé si me recuerda. No es que me guste hablar mal de las personas. Pero me alivió que alguien le contestara de esa manera. Lo dejó blanco como el papel. ¡Y cuando lo escuché hablar de los manuscritos de Elminster!, ¿sabe lo difícil que es hallar algo de él? Algo académico. Tonta de mí, por supuesto que lo sabe. Yo soy muy empecinada cuando me propongo algo, así que, ¡lo mucho que tuve que rebuscar! Me da gracia que los dos anduviéramos en lo mismo. ¿Le importaría compartir lecturas? Si lo invito a un café, por ejemplo. Le confieso, que me gustaría que sea mi amigo. Me cae bien. Y yo puedo ser muy divertida, cuando se me pasan los nervios. Soy tímida, ¿no se nota? Le juro que sí. Pero hablo un montón cuando algo o alguien me gusta. Entonces, ¿qué le parece esa cafetería que hay fuera?, ¿la de las mesitas en el exterior?

Otra vez, ese gesto, el de colocarse el pelo detrás de la oreja.

Empanaditas:
Ese poema gracioso de arriba es casi un plagio. Pero no voy a decir de quién (!) Dejémoslo en que es una 'inspiración de'. Ay, la gracia que me dio leer ese poema y pensar automáticamente en Sebastian XD Posiblemente tenga que ver con la cafeína.
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