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Coraline I. Murphy el Lun Sep 11, 2017 11:39 am

En tiempos mejores — Biblioteca — Media mañana

Beep, beeep. Beep Beep.

El despertador de Coraline comenzó a sonar a las siete y media de la mañana, dándole así el aviso de que debía levantarse y comenzar con su mas que aburrida, pero normal, rutina diaria. Todos los días se levantaba por inercia y actuaba casi como un robot, de forma automática se metía en la ducha, se vestía, se arreglaba y se paraba durante unos minutos para desayunar y coger fuerzas para la jornada laboral. En el momento del desayuno era cuando comenzaba a espabilar y su mente terminaba de despertar del todo ante el primer sorbo que daba a su café; el robot se apagaba y Cora volvía a la vida. Después de desayunar, lo dejaba todo recogido y salía de casa no sin antes echar un vistazo en general como si tuviese que despedirse de alguien pese a vivir sola. Manías tontas que tenía la morena, que le vamos a hacer. A partir de ese momento se iniciaba su camino hacia la biblioteca,  un largo paseo que daba andando básicamente por que no disponía de ningún vehículo ni quería tenerlo, estaba bastante harta de los atascos que se formaban en la ciudad. Como de costumbre, antes de entrar en la biblioteca, paró antes por le quiosco situado en la calle frontal a esta y compró el periódico diario en busca de tener algún pasatiempo que rellenar en las horas muertas. Divertido ¿Verdad?

Sobre las ocho y media, como de costumbre, ya se encontraba en su puesto de trabajo, soltando todos los trastos que llevaba con ella y poniéndose al día con las listas de reservas de libros y de entrada de nuevo material, un trabajo que suponía muchísimo papeleo que no le gustaba demasiado. Se sentó en el mostrador principal frente a su ordenador de sobremesa y comenzó a hacer confirmaciones de reservas de los usuarios de la biblioteca. Entre tanto, sintió su teléfono vibrar en el bolsillo de su pantalón y lo sacó con curiosidad, no solía recibir demasiados mensajes.

"¿Si te doy un regalo me perdonarás?"
— Connor "El imbécil". —

"¿Si te pido que te vayas a la mierda, lo haras?"
— Cora M. —

El hermano de Cora solía enviarle mensajes cada x meses en busca de su perdón, pero no conseguía mas que atosigarla y producir aún mas rechazo en ella. Estaba cómoda con su propia vida, alejada de  todo lo que tuviese que ver con la palabra empezada con "M" y aún guardaba mucho rencor hacia el. En definitiva, por el momento no estaba demasiado dispuesta a volver a aceptar a su hermano en su vida.  Guardó el teléfono y siguió tecleando en el ordenador de forma automática hasta que no quedó ninguna reserva pendiente de chequear.

Tras un breve pero necesario almuerzo, Coraline se dispuso a recoger los libros que los visitantes tomaban prestados para la lectura en sala y depositaba en los carritos de metal que servían precisamente para eso. Era mucho mejor que los dejaran allí a que ellos mismos los devolvieran a las estanterías y fastidiaran el orden establecido. Tomó uno de los carros y caminó apoyada en el, con cierta vagancia, hacia la sección de novelas de misterio y terror, ya que daba la casualidad de que en el carro se encontraban varios títulos de dicho género. Empezó a colocarlos uno a uno, con la concentración enfocada a seguir el orden alfabético por el que estaban ordenados hasta que en sus manos cayó uno que resultó ser una selección de relatos de Edgar Allan Poe con su rostro en plena portada.

Que mal fario daba este hombre, mira que era feo. — Susurró para si misma, curioseando la contraportada.
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I. Ezra Sullivan el Lun Sep 11, 2017 3:40 pm

A menudo, era interrumpido en mitad de la calle por alguien que, sonriente, se colocaba a pocos centímetros de donde se encontraba – atacando así a su tan preciado espacio vital – y después decía, con aires juveniles y con esa sonrisa enfermiza en el rostro que a Ezra sólo le provocaba ganas de partirle todos los dientes: “Sabe, yo siempre he querido ser fotógrafo”.

Antes, trataba de ser amable. Por extraño que pudiese parecer, lo intentaba. Bajaba su cámara y dejaba de apuntar para, con una sonrisa forzada, contestar a sus palabras de la manera más amable posible. Nunca había sido un hombre de mucha palabra. Tampoco un hombre dado a mantener la compostura cuando alguien le interrumpía en mitad de su trabajo (o en mitad de un trago de cerveza, una calada de tabaco o una simple respiración).

De eso habían pasado ya más de veinticinco años. En aquel momento contestaba con un marcado sarcasmo que algunos aún no eran capaces de distinguir.

- Sabe, yo siempre he querido ser ingeniero de cohetes.

Las personas miraban con perplejidad. No le importaba lo más mínimo. Últimamente circulaba por el mundo demasiada gente perpleja.

Si quieres hacer fotografías, las haces. Sólo haciéndolas se aprende. Algo que no resulta ser un buen sistema si quieres ser ingeniero de cohetes.

Al menos, las personas pasaban de largo. Afirmaban con la cabeza antes de murmurar un par de palabras apenas audibles para el propio cuello de su camisa y, con un poco de suerte, también para los botones superiores. Luego se iban, permitiéndole enfocar de nuevo en algo que, en el peor de los casos, podría haber movido sus escurridizas patas hasta la parte superior de un árbol desapareciendo de su campo de visión y de una fotografía que no llegaría a producirse.

Así se pasaban sus mañanas. Hacía un par de fotografías que no llegaban a buen puerto. Y otras tantas para una revistucha de segunda categoría – si es que acaso no estaba al final de una hipotética lista de revistas de mala muerte – y las entregaba antes del medio día para ganarse un par de libras que gastar en cigarrillos de la marca más barata que hubiese en el mercado, comida para gato que por su precio debía saber mejor que la que él mismo tomaba y, si sobraba algo, para mantenerse a flote durante la semana.

Iba sin rumbo. De no ser por el pequeño apartamento que su hermana le había prestado no tendría donde caerse muerto. No sería mucho más que cualquier indigente que durmiese en uno de los bancos del parque entre cartones. O bajo un puente para así librarse de las tormentas que podían sorprender a cualquier inglés que se precie.

Subió las escalinatas que conducían a la biblioteca que en más de una ocasión había visitado y recibió la mirada de desconfianza de la mujer de recepción. Mantuvo la mirada, desafiante. Ni una sonrisa. Ni una palabra alguna. Tenía tanto derecho como cualquier otro a estar ahí. Tanto como los estudiantes que estudiaban para sus exámenes como para los que pintorrejeaban los libros en señal de una rebeldía transitoria que se pasaría cuando se diesen cuenta que tener pelos en los huevos no te convierte en un hombre. Tanto como los que entraban ahí para refugiarse del mal tiempo o las parejas que, a falta de un lugar mejor, se metían mano en la sección de repostería para así poder estar en un lugar dulce.

- ¿Bromeas? La gente con gatos no tiene nada de malo.

Sin pedir permiso cogió el libro de las manos de la mujer y se dejó caer sobre uno de los asientos cercanos, estirando las piernas y mirando la cubierta del libro antes de abrirlo.

- Decían que era un hombre atractivo. – Bajó la voz, hasta su falta de modales le permitía saber cómo comportarse en una biblioteca. – Y que esta imagen es de su peor época pero… ¿Le recuerdas con una cara mejor? ¿Otra pose? ¿Otro bigote mejor recortado? – Por su parte, la imagen de Allan Poe que recordaba era exactamente la misma que ahora tenía entre sus manos. - ¿Es bueno? – Preguntó mirando entre las páginas de un libro que aún no había caído en sus manos hasta que había decidido arrebatárselo a una mujer que, con el paso del tiempo, se había convertido en una acompañante improvisada día tras día.
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Coraline I. Murphy el Lun Sep 11, 2017 8:19 pm

El libro en si tenía un diseño precioso y atractivo a ojos de cualquiera, decorado con letras en relieve, con una tipografía que imitaba a la escritura en pluma y pintadas de color dorado, parecía una obra de arte. Y es que para Cora la escritura era otra forma de arte, al igual que la encuadernación y la ilustración para novelas. Adoraba las colecciones especiales de tapa dura hechas especialmente para decorar y ser cuidadas del paso del tiempo. Aquel libro era uno de esos libros de colección que debía ser tratado con respeto y cariño, por muy fea que le pareciera la cara de Poe a la morena. Volvió a mirar el rostro del susodicho, quien parecía estar vivo y leyendo su mente con esos ojos oscuros y penetrantes,  cuando una voz familiar la sobresaltó y le quitó el libro de las manos sin que le diera tiempo a oponer resistencia. Se giró para mirarle y allí se encontró con Ezra curioseando el libro como si nada. — Pero serás... ¡Por poco no me matas de un infarto! — Exclamó levantando la voz levemente y llevándose varias miradas de enfado por parte del resto de los allí presentes.

Suspiró y dejó pasar el susto momentáneo, no tenía porque discutir ni enfadarse con el, ya que tampoco pensaba que lo hubiese hecho a propósito. Además era una de las pocas personas con las que hablaba y se llevaba bien y quería que siguiese de esa forma. — Quizás fuese atractivo por dentro, no te voy a negar que ese aura de misterio que le rodeaba me resulta atractiva, pero... — Asintió a sus palabras, haciendo memoria de las fotografías que había visto del famoso autor en las que le recordaba siempre con la misma pose y la misma expresión facial. — Tienes razón, capaz fue de nacer con esa cara. — Terminó por añadir en cierto tono bromista.

Tenía que hacer como que seguía trabajando, así que con lentitud volvió a buscar los lugares que debían ocupar los libros del carrito metálico en el estante, haciendo tiempo para poder hablar con el un rato mas.  El siguiente que fue a parar a sus manos era una biblia negra o biblia satánica, como quiera que las llamen, y la examinó con curiosidad, esos temas siempre habían llamado su atención. Aun así se preguntaba porque estaba en esa sección si era un libro religioso y no un relato de terror; alguien había estado ordenando de forma poco objetiva.  — Probablemente lo sea, pertenece a una colección de los mejores relatos de terror de diferentes autores ¿Te lo vas a llevar? —Se giró levemente para mirarle ojear el libro, parecía estar bastante interesado en el y eso le sacó una sonrisa.

Dejó la biblia en el estante recordándose a si misma tener una charla con sus compañeros sobre el tema de cambiar las cosas de sitio. A continuación terminó de poner en su lugar el resto de libros de aquella sección y decidió descansar un rato aprovechando que no tenía a ningún superior poniéndole el ojo encima. Dejó el carro a un lado, el cual aún tenía libros pertenecientes a la sección de novela negra, y se sentó en un sillón situado frente a Ezra. — Y tienes razón con lo de los gatos, por eso a ti te tolero. — Añadió a modo de broma mientras tomaba asiento. — ¿De que humor estas hoy? Para saber si me toca hacer de psicóloga a mi o puedo molestarte yo a ti con mis historias.  — En realidad Cora siempre estaba dispuesta a escuchar, era una simple forma de preguntarle si estaba bien.
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I. Ezra Sullivan el Lun Sep 11, 2017 11:49 pm

Las bibliotecas eran lugares silenciosos. El perfecto lugar para perderte entre tus pensamientos o en las páginas de una novela. Un lugar donde hasta una tos o un resoplido lograban hacer que todas las miradas de los lectores molestos por la ruptura del silencio se volteasen en tu búsqueda. Te miraban amenazantes, juzgando algo que tú ni siquiera tenías la oportunidad de controlar. Con aquellos ojos poco amables que volvían rápidamente a perderse entre la palabra escrita.

Ezra abrió los ojos de manera exagerada mirando a Cora, como si fuese precisamente él uno de esos lectores que había sido interrumpido en tan ardua tarea por la voz de la bibliotecaria. El atisbo de una sonrisa impregnó sus labios antes de volver la vista al libro al tiempo que el resto de lectores parecían haber olvidado que habían perdido el hilo de su lectura pocos segundos antes. Y es que la gente tenía esa habilidad única para juzgar a los demás y buscar incomodarlos para, segundos después, hacer como si nada hubiese sucedido. Porque realmente no había sucedido nada en absoluto, tan sólo la necesidad humana de, llanamente, tocar las pelotas al resto del mundo.

- Creo que después de hacerle la autopsia seguiría teniendo esa cara de estar oliendo mierda. Y no creo que sus vísceras fuesen agradables a la vista. – Cerró el libro y lo dejó sobre la mesa, como si aquello fuese algún tipo de bar donde pudiese sentarse de cualquier manera  o incluso el comedor de su  propia casa.

Cogió un par de libros de los estantes cercanos y los depositó sobre la mesa, ojeando las páginas como si realmente le interesaba lo más mínimo lo que pusiese en ellas. Alzó la vista buscando la silueta de Coraline para saber qué rumbo tomaban sus pasos y volvió la mirada a las páginas del libro de aquel autor.

- Deme veinte. – Contestó con sarcasmo y es que Ezra sólo acudía a pasar el tiempo en aquella biblioteca. Ni siquiera contaba con un carnet para poder sacar nada de allí, por lo que se limitaba a empezar un libro y rogar para que al día siguiente siguiese allí. De alguna forma, estar en aquella biblioteca le aportaba la necesaria cantidad de socializar en su día a día. No necesitaba siquiera cruzar palabra con los otros lectores. Tampoco con la mujer de la entrada y su cara de pocos amigos. Incluso si Coraline no estaba aquel día, a Ezra le bastaba. Y es que el ser humano necesita de otras personas. Quizá para alimentar su ego o simplemente para no acabar por volverse loco. Y con ver que otras personas eran capaces de existir sin acabar con la existencia ajena, Ezra se daba por satisfecho.

Ni siquiera estaba leyendo el contenido de aquel libro, se limitaba a pasar las páginas con fingida curiosidad para que la mujer de la recepción no se acercase hasta donde se encontraba  (como si por algún casual tuviese  la capacidad de verle donde se encontraba) para pedirle, de manera poco amable, que se marchase de allí si no estaba haciendo.

- Pensaba que era porque soy un encanto. – Su rostro no varió ni lo más mínimo, ni siquiera levantó los ojos de la lectura. – Gris. Tirando a blanco, puedes abrir la boca y aburrirme con tus gilipolleces. – Añadió a la espera de escuchar qué pasaba por la mente de la bibliotecaria.

Ezra no tenía el don de la elocuencia cuando abría la boca. Por su mente podrían pasar cientos de respuestas acertadas e incluso originales. Pero no salían de su boca. Las guardaba como si de tesoros se tratase. O más bien, porque sentía que todo lo que dijese no tenía importancia alguna salvo para él mismo. Entonces, ¿Para qué malgastar saliva? Pero sí era un hombre dado a la escucha. De esos que no sólo asienten a lo que se les cuenta, sino que realmente lo interiorizan. Lo analizan. Lo abren como si del cadáver en una autopsia se tratase. Y eso hacía en ese preciso instante, esperar para hacerle una autopsia a las historias de su acompañante.
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Coraline I. Murphy el Mar Sep 12, 2017 12:43 pm

La bibliotecaria cerró los ojos durante un momento y se hizo una imagen mental de la autopsia de Poe gracias a las palabras de su amigo. Imaginar una escena tan poco atractiva y asquerosa hizo que se le dibujara una mueca de asco en el rostro y tuviese que aclararse la garganta.  — Muchas gracias por ser tan explícito, la imagen mental que acabo de tener ha sido preciosa. — Respondió con cierto sarcasmo tras abrir los ojos para volver a la realidad, a veces Cora podía llegar a tener demasiada imaginación y empatía. Cuando hablaba con alguien sobre cualquier tema solía montarse películas en su cabeza, siendo estas bastante gráficas la mayor parte del tiempo. Eso le ayudaba a situarse y comprender mejor a la persona con la que estaba interactuando. — Supongo que eres un encanto a tu manera. — Se encogió de hombros. — Por cierto, no me vendría mal un esquema con los colores y tus estados de ánimo, para saber cuando no debo tocarte las narices. — Añadió, mas en broma que en serio, aunque era verdad que a veces no sabía de que forma hablarle; igual que Poe, Ezra a veces era todo un misterio para Coraline.

Antes de seguir hablando, se giró para mirar a su alrededor y ver como estaba el panorama. Todo seguía en su sitio, el resto de personas leían o estudiaban en sus puestos individuales o mesas colectivas y su compañera de recepción seguía allí, mirando el ordenador con cara de concentración y demasiado pegada a la pantalla. Aquella mujer debía tener la edad de su padre, quizás menos, y tenía una mentalidad demasiado antigua pese a intentar hacerse a las nuevas tecnologías y modo de vida. También tenía un carácter bastante malo y no era muy agradable hacerla enfadar, por lo que Coraline iba con pies de plomo con ella. Quería asegurarse de que estuviera bien concentrada en sus asuntos y no en ella y Ezra, para así evitar que metiera las narices y acabara echando a los dos de allí. A veces era un auténtico coñazo ser una de las empleadas mas jóvenes de la biblioteca, estar rodeada de personas con esa mentalidad tan cerrada no hacía mas que envejecerla; no literalmente, claro está.

Sintió su móvil vibrar nuevamente en el bolsillo del pantalón y eso le hizo poner los ojos en blanco, debía ser otra vez "el imbécil". Le había puesto ese mote desde que descubrió un libro infantil llamado "Manolito Gafotas" en el que el protagonista llamaba "el imbécil" a su hermano pequeño y le pareció un mote de lo mas gracioso y adecuado para Connor.  — Lo que te voy a contar es una gilipollez de las buenas, capaz soy de hacerte reír y todo. — Sacó un momento el teléfono y lo puso en modo silencio para que aquel pesado no volviese a interrumpirla y durante unos instantes se quedó pensando en como empezar su historia. Lo que tenía claro era que no podía hablarle de magia o definitivamente la tomaría como una loca y no volvería a verle el pelo por la biblioteca, así que tenía que buscar otro modo de definir la condición de Connor de una forma lógica y coherente a ojos de cualquier persona normal.

Tu tienes mas hermanos y seguro que lo has debido pasar peor que yo, pero... — Bufó, solo con pensar en el le entraba un agobio que no era ni medio normal, además tener que contar todo aquello en voz baja era un tanto incómodo. — Mi hermano mayor es... Superdotado ¿Vale? Le enviaron a una escuela de élite a la que yo no pude asistir y desde entonces empezó a meterse conmigo y a hacerme sentir como si fuese inútil o no sirviera para nada. Con decirte que me puso de mote "la defectuosa" por no ser como el, llevar gafas, no saber nadar... — Se cruzó de brazos y dejó salir una bocanada de aire de su boca, ese tema le tocaba muchísimo la moral. — El caso es que llevo años sin hablar con el, no me interesa saber nada de su vida. El problema es que ahora le ha dado el venazo de arrepentirse y querer que le perdone y se pasa tooodo el santo día enviándome mensajitos y llamando a horas que no son normales ¿Tu que harías si estuvieras en mi lugar? — Algo le decía que la respuesta sería muy parecida a la de mandarle a la mierda, pero aun así quería saber que opinaba y cual era su punto de vista.
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I. Ezra Sullivan el Mar Sep 12, 2017 7:18 pm

Cualquier tema estaba dentro de los recursos de Ezra. No le importaba hablar de cualquier tema y mucho menos ser explícito en ellos. Podría haberle contado a Coraline con todo lujo de detalles cómo era el procedimiento que, actualmente, se seguía para realizar una autopsia y su consiguiente comparativa con los métodos utilizados en el Medievo. No porque resultase haber estudiado algo similar, sino porque había visto un par de documentales sobre el tema y en un intento de utilizarlos como somnífero a la hora de la siesta se había quedado pegado a la pantalla de la televisión como si fuese un maldito crío viendo Dora la Exploradora y a su mono con viruela de simio.

- Soy una puta escala de grises. – Se limitó a contestar con su carente amabilidad y respeto por la gente que le rodeaba. No se había criado en una casa donde las palabrotas volasen de un lado a otro, pero sí el entorno que había elegido para crecer había sido precisamente ese. Tras marcharse de su casa había optado por dejarse caer por un barrio de mala muerte donde suficiente hacía sobreviviendo sin llevarse un navajazo por meterse, sin darse cuenta, en una pelea entre bandas. – El negro significa que podría matarte. El blanco que soy todo oídos para lo que tengas que contarme. – Hizo una breve pausa. – Nunca será ese color. – Añadió dejando claro que, por muy bueno que fuese el día, él no era ese tipo de persona a la que podías invitar a un café con pastas mientras le contabas cómo había ido tu cita en la pedicura.

No estaba todavía cerca el día en el que Ezra decidiese tatuarse el nombre de Coraline en el brazo derecho junto con un corazón y las palabras “amigos para siempre”. No llegaría ese día ni aunque la morena salvase su vida cien veces. Pero en aquellos momentos, ni siquiera consideraba que Coraline fuese su amiga. Era un personaje más en la historia de su vida. Uno de esos secundarios que no aparecen demasiado pero que, de hacerlo, captan toda la atención del lector y su carácter singular les hace merecedores del cariño de todo aquel que los conoce. Por su parte, Ezra era en su vida el protagonista malhumorado que bien podía protagonizar la crónica de un solitario.

- Ilumíname. – Gracias a su hermana había aprendido que mirar a la gente sin decir palabra alguna no solía agradar. Esta le había explicado que, cuando una persona te habla, lo normal es decir algo y no mantenerte en completo silencio esperando a que acabe su historia. Era de buena educación, a juicio de la mujer (algo que, por supuesto, Ezra no compartía), hacer algún comentario en los silencios para asegurar a su acompañante que le estaba prestando atención. Y era precisamente por eso que Ezra rompía el silencio con Coraline para que no sintiese que estaba ignorando lo que le contaba.

La historia comenzó y Ezra no pudo evitar sentirse en parte identificado. Él tenía hermanos, todos ellos habían ido a un colegio diferente por ser  diferentes. Él en cambio, había sido una mancha negra en la familia según su padre. Para su madre, un niño especial. Pero, al fin y al cabo, no era como el resto de su familia.

- Meterle una patada en las pelotas. – Respondió simple y llanamente. – Pero si fuese tú, no tomaría en serio lo que yo haría. – Agregó rápidamente.

Él no era un hombre con paciencia. Ni tampoco dado a las segundas oportunidades. Sus hermanos le habían tratado como saco de boxeo durante años y, de verles arrepentidos, bien podría mandarles a la mierda de la que habían salido.

- ¿Necesitas en tu vida a tu hermano? No has sabido nada de él durante años y sigues viva. ¿Por qué iba a cambiar la cosa ahora? Además, los hermanos están sobrevalorados. Te han tocado, no los has elegido y a veces son una panda de subnormales que más vale no tener cerca. – Aquello no era un consejo, sino más bien una realidad. Su opinión sobre el llamado amor fraternal.
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Coraline I. Murphy el Jue Sep 14, 2017 10:37 am

Coraline se llevó una mano a la boca para reír tranquila sin alzar la voz y captar de nuevo la atención de los lectores fantasma, llamados así porque realmente parecía que no estaban allí y eran simples sombras. Estaba demasiado inmersa en la conversación que tenía con Ezra como para hacer caso ya a lo que ocurría a su alrededor, algo que solía pasarle bastante cuando hablaba con alguien que consideraba interesante o tenía una buena charla. Mentiría si no dijera que a Cora le sorprendió bastante encontrar divertido uno de los comentarios de aquel hombre tan huraño y antipático ¿Quizás comenzaba a comprender el humor negro?  Quien sabe, no hay día en el que uno no aprenda cosas nuevas sobre uno mismo y las cosas que le rodean; "no te acostarás sin aprender algo bueno", solían decir.

Mi hermano es de acero, por mucho que quisiera desquitarme con el y darle todas... — Hizo una pequeña pausa para pensar si debía seguir adelante con lo que iba a decir, ya que a ojos de cualquiera habría sonado bastante vulgar. Luego recordó con quien estaba hablando, alguien que probablemente no la juzgaría por utilizar según que tipo de vocabulario. — ... las "hostias" que tengo pendientes de darle, acabaría perdiendo y con un brazo escayolado como mínimo. — Connor Murphy era un tipo alto y corpulento en el buen sentido de la palabra. Desde pequeño siempre había sido un chico activo y sobretodo atlético que se pasaba la mayor parte del tiempo cuidando su cuerpo, pocos eran los que tenían agallas suficientes como para intentar agredirle. El jamás pegaría a su hermana por mucho que esta perdiera los nervios con el, pero aún así  el solo hecho de darle un guantazo hacía que la mano se te pusiera roja a mas no poder y tuviese un tembleque que derivara en dolor.

Asintió con la cabeza mientras escuchaba las breves pero concisas palabras de Ezra, admitiendo que tenía toda la razón del mundo. Para ella era una grata sorpresa ver que había logrado entenderla, aunque como bien había dicho antes no era tan raro dado que el también tenía hermanos y, siendo mas, no quería ni imaginarse las posibles broncas que habría podido tener con ellos, menudo infierno. A Cora siempre le había costado convivir con un solo hermano y no quería imaginarse lo duro que era tener que vivir con mas, era horrible imaginarse cuatro o cinco hermanitos iguales que Connor.

No le necesito, siempre he estado sola y me ha ido bastante bien hasta ahora. El problema es que no puedo abandonarle si en algún momento necesitara mi ayuda, se que el puede ser un gilipollas de manual, pero si yo estoy en un apuro podría contar con el. — No estaba al cien por cien segura de eso, pero quería creer que era cierto, que podría contar con el si las cosas se ponían mal. Al fin y al cabo por muy buena que fuese Cora, no tenía demasiados amigos con los que contar. — Así que por un lado quiero que se vaya definitivamente, pero por otro me siento mala persona por querer eso. En fin, si tienes razón, para mi la verdadera familia es la que eliges y construyes tu mismo, no la que te toca tener.

Se giró nuevamente para mirar hacia recepción, recordando que aún estaba en el trabajo por mucho que se encontrara allí ganduleando y de cháchara. Esta vez se topó con la mirada de su compañera, la cual era fulminante. Le hizo un gesto a Cora, señalando su reloj de muñeca indicando que no era momento de perder el tiempo, a lo que la morena cogió uno de los libros situados sobre la mesa, lo abrió por una página aleatoria y se inclinó hacia delante para hacer comos si le hiciera alguna explicación a Ezra sobre el susodicho. La recepcionista chasqueó la lengua y negó con la cabeza, farfullando algo por lo bajinis sin estar muy convencida de lo que Cora hacía.

¿Has tenido alguna experiencia similar con tus hermanos? Parece que sabes bien de lo que hablo. — Preguntó cuando estuvo segura de que volvían a estar a "salvo" de la mirada de depredador de la vieja bibliotecaria.

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I. Ezra Sullivan el Jue Sep 14, 2017 11:15 pm

Si algo había aprendido con los años es que ningún hombre era, como decía Coraline, de acero. Todo ser humano (sin importar su género, raza o edad, sin importar siquiera su capacidad de herir al resto sin sentir remordimiento alguno) tenía una parte blanda en su revestimiento. Una parte en su coraza que era más fácil de atravesar que el resto. Quizá de una manera literal poniendo sobre la mesa los sentimientos y emociones hasta llegar a su corazón para ser capaz de aplacarlo. O de una manera más metafórica, agarrando el corazón en un puño para sacarlo por su pecho abierto cubierto por la sangre aún caliente. No importaba de quién se tratase ni cuán valiente fuese. Toda persona tenía un modo u otro de sufrir. Lo que significaba que había una manera, siempre la había, de herir.

- ¿Tiene las pelotas de acero? ¿O no tiene pelotas? – Podía tratarse de un eunuco que no sentía ningún tipo de dolor si se le golpeaba la entrepierna. Porque hasta donde él sabía, todo hombre sufría de recibir un buen  golpe en las pelotas. Aquel dolor no se pasaba en horas e incluso después tenían una sensación extraña en aquella parte, como si estuviese dormida después de una operación de próstata. – Lánzale un libro en la cabeza. ¿No eres bibliotecaria? – Cada uno podía usar sus armas. Y aunque Ezra en aquella ocasión no estaba hablando de manera literal, no era el tipo de persona que se sentiría cohibida de acabar por meter una paliza a un total desconocido. O a uno de sus hermanos.

Ezra juraría todas las veces que fuese necesario a que nunca ayudaría a sus hermanos si necesitaban su ayuda después de todo lo que había pasado. Podía jurar las veces que hiciese falta porque no le importaría que sus acciones – o más bien, su falta de acciones – diese lugar a la muerte de uno de estos. E incluso a la de su padre, la que quizá agradecería más. Su hermana y su madre eran las únicas que se salvaban de aquello, y es que por mucho que incluso dos de sus hermanos fueran personas coherentes, para él no lo eran por los sucesos acontecidos en su infancia.

- La gente suele aplicar el ensayo error. Si lo haces una vez y te sientes mal con ello, no vuelvas a hacerlo. Pero el ser humano dicen que es el único ser vivo que tropieza dos veces con la misma piedra, así que volverás a ayudarle aunque sea un gilipollas y luego tú te  sientas más gilipollas. - Aquello era hablar demasiado para alguien como él. Había unido más de tres palabras e incluso conversado como una persona medianamente civilizada.

Bajó la mirada nuevamente al libro, como si leyese las palabras plasmadas en el papel cuando ni siquiera estaba viendo lo que miraba. Miraba sin prestar atención alguna, sólo por no tener que mantener el contacto visual con otra persona. Las personas lo incomodaban y, desgraciadamente, Cora no se libraba de eso. Aunque le incomodaba ligeramente menos que el resto de ser humanos.

- Siempre fui el hermano raro. Y tenía tres hermanos insoportables que me lo recordaban cada día. Lo de menos eran los insultos, te lo aseguro. – Había sido el niño raro en casa. Había sido el niño raro en el colegio. Y, años después, era el adulto raro. – Puedes hacerte una idea. – O bien podía ir a esa estúpida escuela de magos donde habían acudido sus hermanos para que le enseñasen a leer mentes, porque Ezra no era dado a contar su vida, ni para mostrar empatía a los demás.

La anciana de la biblioteca no tardó en cansarse de los susurros y se acercó hasta donde estaban. Dejó caer un libro de manera violenta sobre le mesa, haciendo que toda la biblioteca se girase a mirar qué había sucedido.

- Una palabra más, y haré que te despidan, jovencita.– Apuntó con un dedo largo y huesudo que parecía ir directo a clavarse en el rostro de Coraline. – Y tú… - Se volteo para  mirar a Ezra con cara de pocos amigos, haciendo que sus arrugas se marcasen incluso más. - ¡Largo de aquí o llamaré a seguridad!
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Coraline I. Murphy el Sáb Oct 07, 2017 12:07 pm

La morena puso los ojos en blanco, si había algo que doliese a un bibliotecario, era dañar libros. Para ellos era un auténtico delito causar daño de cualquier tipo a una obra literaria, ya fuese pintar en sus páginas, subrayar con fosforito, romper sus hojas, tratarlos mal, lanzarlos... No, eso era inhumano, no podía concebirlo. — ¡Ezra, no! Los libros no se tiran ni se maltratan, eso es pecado y herejía. — Le regañó, como si de una madre se tratara. No era su intención tratarle como a un niño, pero sinceramente le salió del alma, no había mas explicaciones que dar. — No se como tiene las pelotas y no quiero saberlo, como comprenderás.  — Puso una mueca de asco. — Solo se que es un tío duro y le gusta demostrarlo, yo creo que se chuta esteroides mágicos o algo así. — Se calló inmediatamente al darse cuenta de que se le había escapado la dichosa palabra, rápidamente buscó algo con lo que excusarse. — Ya sabes, esos productos "milagro" que te llenan de hormonas y tal...

Las palabras de Ezra siempre eran duras y estaba segura de que no todo el mundo era capaz de aguantarle y comprenderle, sin embargo, normalmente siempre iban cargadas de razón. Se notaba que aquel hombre no hablaba por hablar y que sabía bien lo que se decía, que había algo mas tras el. En cierto modo parecía el típico maestro zen, bueno, en realidad no tan típico, huraño y antipático pero siempre con alguna lección que dar para aquel que quisiera escucharla. — Bueno, si vuelvo a caer en sus redes tendrás todo el derecho del mundo a restregármelo por la cara y decir eso de "Te lo dije"  — Decir aquella frase era una de las cosas mas satisfactorias del mundo, una demostración de que habías tenido razón y que debían haberte escuchado.

Se calló un momento para escucharle y a medida que hablaba podía hacerse una idea de lo que le había pasado, o al menos ligeramente. Aquello de ser el hermano raro le llegó hasta el alma, por que básicamente así es como le habían hecho sentir así misma durante toda la vida. Sin embargo, su intuición le decía que había algo mas tras aquello y la naturaleza curiosa de Cora le pedía saber mas, a sabiendas de que si preguntaba demasiado la acabaría mandando a la mierda y no volvería a pisar la biblioteca. ¿Que debía hacer? No es que fuese la persona mas agradable del mundo, incluso a veces se ofendía con alguno de sus comentarios pese a no mostrarlo abiertamente, pero, joder, le caía bien y realmente quería atravesar su coraza y ser su amiga, o por lo menos alguien en quien pudiese confiar. —  Me siento mal quejándome de este modo probablemente lo hayas pasado peor que yo y estés pensando que esto son tonterías.

De nuevo, la morena se llevó un sobresalto con la aparición de la vieja Rottenmeier, que visto lo visto no podía ocuparse de sus propios asuntos. Apartó su grimoso dedo de su cara y se levantó de su asiento para ponerse a su altura, Cora era mas alta que ella, así que tenía que bajar la cabeza para mirarla y eso hacía que la vieja diese menos miedo. — ¿Despedirme? Lo siento señora, pero probablemente usted se jubile antes de que pase eso y, por cierto, ¿debo recordarle los fundamentos de la bilbioteca? Es un lugar de libre acceso para todo aquel ciudadano que quiera entrar, sin discriminación sobre su raza, sexo, edad, religión o etnia.  — Coraline aprovechó para utilizar un tono de voz digno de una sabelotodo, aumentando su ego a medida que hablaba. — Por lo tanto, yo también puedo quejarme del trato que le da a los usuarios de la biblioteca, porque el no es el único al que ha hablado de malas formas solo porque no le gusta su aspecto.

La mujer dio un paso hacia atrás para dejar de sentirse chiquitina y dejó ver como sus mejillas se encendían con un color rojizo. De haber sido un dibujo animado, probablemente le habría salido humo por las orejas, pues el enfado que tenía era descomunal. Se escuchó una risa de fondo, proveniente de uno de los usuarios de la biblioteca que se mantenía con el oído atento a lo que estaba ocurriendo y, mas de uno, tenía una sonrisa dibujada en el rostro. — Entonces dale sus malditos libros y que pueda leer en paz de una vez. Tienes trabajo por hacer y no puedes pasarte el día ganduleando. — Se dio la vuelta de forma casi dramática, claramente indignada por haber sido acallada por alguien mucho mas joven que ella.

Anda, ven, se que no tienes carnet pero puedo hacer un apaño para que te lleves algo y leas tranquilo en casa ¿Te apetece?  — Hizo un gesto con la cabeza señalando los pasillos llenos de libros.
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I. Ezra Sullivan el Dom Oct 08, 2017 4:44 pm

Gastar saliva no iba con él. No estaba hecho para las charlas, ni siquiera para aquellas donde tenía voz y voto. No le gustaba hablar ni con la gente con la que tenía más confianza. Era un hombre que se movía más por acciones que por palabras y suficiente esfuerzo hacía cuando contestaba algo más que un “sí” o un “no”. O cuando pasaba de afirmar con la cabeza como método de respuesta recurrente. No porque no tuviese nada que decir al respecto sino porque consideraba la conversación como una pérdida de tiempo en la mayor parte de los casos. No era el tipo de persona que podrías esperar que se abriese y te contase hasta el mayor de sus secretos, ni siquiera qué era lo que había desayunado aquella mañana. Su mente parecía trabajar a contra reloj pero su lengua se negaba a realizar ningún tipo de movimiento y sus cuerdas vocales a emitir sonido alguno. La conversación podía fluir con total tranquilidad en su cabeza y él lo daría por válido aun a sabiendas que para la otra persona no era más que un silencio incómodo.

- Lo haré. – Estaba seguro que acabaría diciéndolo. Cora no aparentaba ser el tipo de persona que no da una segunda oportunidad. Ni una tercera. Ni una cuarta. Posiblemente incluso se arriesgaría con una quinta oportunidad. Y es que las personas tenían esa necesidad de establecer vínculos cercanos con su familia como si fuesen algo que hubiesen elegido previamente. La familia era algo que, por suerte o por desgracia, no se elegía. Podías tener la mejor familia del mundo pero también algo similar a un vertedero de la cantidad de mierda que escondía. De uno u otro modo, eras tú quién realmente elegías cómo actuar frente a tu familia. Pero el ser humano sentía ese apego por la sangre que Ezra no comprendía. Su familia estaba formada por una banda de hijos de puta sin corazón alguno y, tras esto, su hermana y su madre. ¿Por qué iba a darles alguna oportunidad? Ya había tragado suficiente mierda como para pensarse siquiera hacerlo.

Ni mucho menos pensaba que los problemas ajenos fuesen tonterías. Era cierto que nunca podía compararse el padecer una enfermedad terminal con tener un dolor de cabeza. Pero todo dependía de la persona, la situación y cómo se tomase las cosas. Por su parte, Ezra no sentía nada en absoluto al hablar de su familia o pensar en ellos; eran cosas del pasado que no tenían más peso que el que él quisiese darles. Por otro lado, Cora, quién sí valoraba sus problemas y no por, aparentemente, ser de menor peso, tenían menos importancia.

- Yo no he dicho que lo haya pasado mal. – Lo que no quería decir que no lo hubiese hecho. – Tú tienes tus preocupaciones y hablas de ellas. ¿Dónde está el problema? – Quizá en que la gente hablaba demasiado. Pero en este caso no le importaba. Incluso la persona más huraña en el mundo necesitaba de interacción social para no acabar por volverse loco. Joder, el ser humano necesitaba a otros seres humanos aunque fuese para alimentar su maldito egocentrismo.

Mientras hablaban, una de las mujeres de la biblioteca se acercó para quejarse que estaban hablando demasiado alto. De manera inconsciente una sonrisa surgió en los labios de Ezra al escuchar las palabras de Coraline. Contrario a lo que habría hecho en otra situación, Ezra no hubiese contestado a la mujer y hubiese seguido su camino pero ya se había encargado la bibliotecaria de cambiar todo aquello.

- Tiene razón, los libros que ella descoloca porque no se sabe el abecedario no se van a ordenar solos. – Dijo cogiendo un par de libros y levantándose para colocarlos en sus estantes correspondientes, quitándole así a la chica parte del trabajo que debía hacer. – No te preocupes. - ¿Leer tranquilo en casa? Ojalá aquello fuese una posibilidad pero vivía en un vecindario donde ya podía dar gracias si la casa no salía en llamas cada noche o el techo no se caía por los gritos y peleas de los vecinos del piso de arriba. – Aunque pensándolo bien… ¿Cómo pensabas hacer tal ilegalidad? – Preguntó con cierta curiosidad mientras seguía a Coraline ayudándole a colocar los libros en su correspondiente estante. – Sería irónico que una bibliotecaria acabase despedida por robar libros. O regalárselos a cualquiera que se cuela sin carnet en una biblioteca. Aunque es difícil resistir a mi simpatía. – Recalcó aquello último con ironía. Por Dios, ¿Él simpático? Sí, y también pelirrojo.
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Coraline I. Murphy el Dom Oct 29, 2017 7:25 pm

La chica se sentía invadida por una sensación de superioridad y bienestar que no había sentido en mucho tiempo. Que bien sentaba eso de poner en su lugar a alguien después de tanto tiempo aguantando sus impertinencias, había sido como un soplo de aire fresco en un día denso y gris, un momento para el recuerdo. Coraline no era una chica conflictiva y tenía muchísima paciencia, pero como toda persona tenía un límite y cuando ese límite se sobrepasaba no había vuelta atrás y dejaba salir por esa boquita suya todo lo que se le pasaba por la cabeza, a veces sin pararse a pensar o medir las consecuencias de sus actos.  Y es que a veces Cora podía ser una mujer de extremos, una de las personas mas tranquilas y pacíficas del mundo o alguien capaz de hacerte el mayor daño solo con palabras. Ella misma no estaba demasiado satisfecha con esa forma de ser suya, pero sabía que ya era imposible cambiar, que no tenía remedio... Ni lo quería tener.

O no se lo sabe o ya ni si quiera es capaz de leer con esas gafas de culo de vaso que me lleva. —  Bufó, poniendo cierto tono infantil y burlón en sus palabras, como si de una niña pequeña se tratara. —  Si se las robo y me las pongo seguro que pierdo la vista y envejezco cincuenta años de repente, maldita bruja... —  Colocó uno de los libros en los estantes de mala gana, haciendo algo de ruido, la verdad es que ya le daba bastante igual llamar la atención o no, había conseguido desahogarse y eso era lo mas importante. Y no solo con su compañera, sino también con Ezra. La charla que había tenido con el también había sido liberadora, pese a que no había sido demasiado prolongada ni densa había logrado desahogarse con el porque sentía que era la única persona en la que tenía una confianza real como para hablar de ese tema pese a no conocerle tanto como quisiera.

La pregunta de Ezra le hizo pensar, no se había planteado como iba a conseguir dejarle sacar libros sin carnet, había hablado demasiado rápido y sin meditar. Se rascó la barbilla y le dio varias vueltas a la cabeza hasta que finalmente encontró la solución, como si una bombilla se encendiera en el interior de su cabeza. —  ¡Ya se! Los sacaré a mi nombre, que además tengo un plazo de préstamo mucho mas largo que el normal, y cuando termine la jornada te los doy ¿Vale? Con que me los devuelvas un día antes de que se acabe el plazo me basta. —  Le sonrió con complicidad, bastante contenta por poder hacerle aquel pequeño favor. —  Aprovecharé y te dejaré unos cuantos para que no tengas tiempo de aburrirte.

Se tuvo que reír al escuchar aquel comentario sobre su simpatía, en parte tenía razón, pues aquel tipo era simpático a su manera y dentro de ese aura de amargura y odio contra el mundo que emanaba constantemente. Cora sabía ver las cosas buenas que se hallaban en lo mas profundo de las personas extrañas o "raras" y estaba segura de que acabaría viendo muchas cosas en el, o al menos tenía ese propósito en mente. —  Si me despiden será culpa tuya por haber usado tu simpatía para manipularme y conseguir libros gratis. —  Le siguió la broma, mientras se concentraba en buscar libros que pudieran ser de su agrado.

Tras un rato buscando, por fin sacó varios libros que pensó que podrían gustarle, entre ellos: Drácula, Frankenstein, It, Rebeldes... Y la recopilación de historias de Poe que habían estado trasteando al principio de su encuentro. — Ya tengo tus libros, pero son una sorpresa, ya los verás cuando te los dé. Ahora vete antes de que la loca esta vuelva a molestar y ven a verme cuando cerremos para dártelos. —  Le dio un pequeño empujocinto. —  Ah y sería una buena idea que te hicieras el carnet de una vez, es gratis ¿Sabes?

Dicho esto, aprovechó la ocasión para desaparecer entre las estanterías y dejarle allí plantado con algo de descaro. Hizo los trámites necesarios para sacar los libros y los guardó en su taquilla para tenerlos a salvo hasta el  momento de entregárselos.
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