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Dirty little secret // Adae West [Priv./+16]

Circe A. Masbecth el Lun Sep 11, 2017 7:55 am


- Hombre, 182 centímetros,  93 kilos, 45 años.

Circe no tomaba nota, sino que miraba el cuaderno de anotaciones como si estuviese perdida en sus propios pensamientos.

- ¿Estás apuntándolo?

- Hombre, 182 centímetros,  93 kilos, 45 años.

- Apúntalo. – Inquirió de manera poco amable el hombre, haciendo que la rubia rodase los ojos y surcase el papel con la pluma. – Bien. – Añadió tras comprobar que la chica estaba siguiendo sus instrucciones. – Presenta lesiones en ambos miembros inferiores. Amputación del miembro superior derecho postmortem. Hundimiento de la caja torácica, posiblemente causado por un traumatismo. – Movió la cabeza del cadáver hacia el lado derecho. – Incisión en el inicio de la columna vertebral.

La varita del hombre se elevó haciendo que el cadáver girase sobre sí mismo hasta quedar tumbado boca abajo.

- Incisión en el final de la columna vertebral.

Circe fue tomando nota de todo lo que el hombre iba diciendo hasta que llegaron a la parte donde debían anotar la causa de la muerte.

- Muerte por causas naturales. Archiva el informe para enviar a los familiares una vez se incinere el cuerpo. La fecha prevista para la recogida de las cenizas y enseres personales será el 21 de noviembre.

Todo el mundo sabía lo que sucedía en el Área M pero aún así los cadáveres de aquellos que morían durante los tratamientos de los extirpadores eran incinerados para que no quedase rastro alguno de las vejaciones que el cuerpo humano era obligado a soportar. Todo familiar que recibía un informe sabía que la causa de la muerte sería natural según el encargado de realizar la autopsia pero que, sin duda, aquella persona no habría muerto precisamente de un infarto o una caída al resbalarse en las duchas comunes.

Nadie podía opinar. Nadie podía quejarse. Y aquello era lo que les brindaba a los extirpadores la libertad de hacer lo que quisiesen con aquellas personas que habían sido apartadas de la sociedad a golpe de varita y cuya posibilidad de volver a ella se había perdido junto con su dignidad al entrar ahí y ser despojados de toda humanidad.

- Querías hablar con Adae West, ¿Me equivoco? – El hombre se quitó los guantes con sumo cuidado y elevó la varita nuevamente para que el cadáver volviese a voltearse, quedando así con los ojos abiertos mirando a la nada.

- Fui quién dio con él en su casa. Yo…

- Tú no tienes ninguna autoridad en este lugar, Masbecth. Has venido como alumna de la Universidad a ver el procedimiento que seguimos para tratar los cuerpos en este lugar. Pero conozco a tu familia. Sé quiénes sois. – El cuerpo del hombre se elevó hasta entrar en una pequeña caja metálica que se cerró y desapareció en cuanto hizo contacto con la fría piel del cadáver. – Los visitantes no pueden ver a los presos. Pero quizá elija a Adae West esta madrugada para uno de mis estudios y tú casualmente aún sigas aquí. ¿Comprendido? Pero no será porque esté planificado, todo es una simple casualidad que…

- Ha  quedado claro. – Fría y rotunda.

* * *

Pasaron más de 5 horas hasta que la puerta del laboratorio se abrió de nuevo. A rastras, un pequeño con el pelo enmarañado fue casi lanzado contra el suelo por dos hombres con trajes idénticos. Sus placas rezaban sus nombres, pero a Circe no le interesaba saber el nombre de los celadores.

Se cruzó de piernas en su asiento mientras observaba lo que sucedía ante sus ojos. El extirpador de turno le colocó una correa en cada mano como si de un animal se tratase, haciendo que el niño quedase anclado a la pared.

- Bien.

Sacó su varita y de una floritura cerró la puerta ante los ojos de los celadores que no habían podido hacer nada para ayudar al hombre que se valía por si solo para controlar al niño.

- ¿Dónde lo dejamos la última vez? – Cogió su blog de notas y comenzó a ojear. – Menudo desastre, este no es mi cuaderno. Tendré que salir a buscarlo. – Aquella era una de las peores excusas que podía haber dejado salir de entre sus labios pero para Circe era más que suficiente para quedarse a solas con Adae.

La rubia avanzó hacia el niño y se sentó como si de un indio se tratase frente a él, quedando a cierta distancia que no permitía que el niño llegase a donde ella se encontraba a causa de las cadenas que lo amarraban.

- ¿Te ha mandado alguna carta mamá? – Ladeó la cabeza de manera infantil. - ¿Ninguna de ellas? ¿Y tu hermana? – Preguntó manteniendo el aire infantil en sus palabras y movimientos. Parecía que sus palabras salían de su boca como si de una canción se tratase, con cierta musicalidad que hacía de la situación algo incluso más irónico de lo que ya lo era.


Última edición por Circe A. Masbecth el Vie Nov 03, 2017 5:49 am, editado 1 vez
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Adae West el Jue Sep 14, 2017 8:14 pm

Acostumbrarse... esa no era la palabra. Nadie podría acostumbrarse nunca a un sitio como el Área-M, menos todavía cuando se entraba en aquel lugar en un horrible estado tanto físico como mental. El trauma te hacía ver tu desgracia como si toda emoción, hecho o acción estuviese multiplicada por mil. Ahora mismo Adae sentía que su vida no avanzaba y que se había estancado en un punto de inflexión que no encuentra la manera de resurgir y volver a coger el rumbo de una vida... medianamente normal.

Si encontrarse encerrado le proporcionaba angustia y desesperación, al menos también le daba seguridad. Cada vez que abrían la puerta de su habitación temía por su vida; por el dolor que le hacían sentir una y otra vez hasta quedar exhausto, sin siquiera saber quién es o dónde narices está. Nunca sabía por qué hacían lo que hacían con él, pero era bien consciente de cada una de las cosas que se esmeraban en hacerle una y otra vez, con la excusa de estar estudiando algo. Para él aquello sólo tenía un nombre y se llamaba tortura, daba igual con qué pretexto lo hiciera.

Había sido un iluso... pensar que después de todo lo que había perdido, ya nada podría hacerle más daño... que ya no podría perder más nada...

Un iluso.

Todavía podía perder muchas cosas y, de hecho, lo estaba haciendo a cada día que pasaba dentro de aquel horrible lugar en el que le había metido aquella asquerosa chica. Estaba perdiendo su inocencia. Estaba perdiendo su adolescencia. Estaba perdiendo la esperanza, la bondad e incluso la cordura, ¿quién en su sano juicio podía permanecer allí dentro, siendo partícipe de tales aberraciones, sin volverse loco? En cierto momento de su vida creyó que crecer y convertirse en un hombre iba a ser uno de los grandes cambios de su vida, ¿pero ahora? Ahora estaba creciendo y no se daba ni cuenta. Vivía cansado por lo que le hacían y ya no era capaz ni de verse a sí mismo.

Se encontraba en la cama tirado, en una posición fetal, pensando, como era costumbre, en todo lo que había dejado atrás por su inmadura decisión. Llevaba todo el tiempo que había pasado allí dentro culpándose, tanto a sí mismo como a aquella chica que le arruinó por completo su vida. No iba a negarlo, había deseado con todas sus fuerzas que aquella chica pagase por lo que había hecho y sufriese tanto como lo estaba haciendo él mismo. Y lo peor de todo es que se imaginaba a la chica sufriendo tanto como lo había hecho él y eso le producía alegría, ¿debía de empezar a preocuparse?

No fue hasta que se abrió la puerta que se dio la vuelta para mirar con ojos dormidos, ¿era la hora de comer? Pero no. El celador que le venía a buscar era el que siempre le llevaba a los laboratorios. Como de costumbre, Adae se resistió al principio, hasta que la fuerza del tipo superó con creces la de él. El color blanco de los pasillos ya hasta lo relacionaba con las barbaridades que le hacían dentro de aquellas habitaciones. Lo hicieron entrar a una habitación y lo empujaron, haciendo que cayese de rodillas al suelo. Ni se molestó en alzar la mirada: allí siempre estaba el mismo hombre esperando por él. Le amarró con unas correas las muñecas y se mantuvo allí quieto. No fue hasta que lo dejó solo y que escuchó la voz de aquella chica que elevó la mirada instantáneamente para verla. Se quedó en shock. Para ser sinceros, no esperaba ver aquel rostro nunca más en su vida a excepción de en sus pesadillas.

¿Qué hacía allí?, ¿acaso se le había olvidado algo que arrebatarle antes de dejarlo hundirse en su propia miseria? Una ira interior comenzó a quemar su pecho y se vio reflejada en su rostro justo cuando dio un tirón para ir a por ella. Se olvidó que estaba atado y no pudo llegar más de un metro de ella, dando un fuerte tirón. Dio un grito cargado de rabia, como si la hubiese estado reteniendo todo este tiempo.

—¡¿Qué haces aquí?! ¿No tenías suficiente con arrebatármelo todo que ahora tienes que venir a regocijarte en mi miserable vida? —De repente sentía como si todo lo que había tenido retenido explotase de su interior como una bomba nuclear. —¿Qué más quieres de mí? —dijo finalmente, con tristeza. —No tengo más nada. Me lo han arrebatado todo. Tú me arrebataste lo último que me quedaba, ¿por qué me odias tanto? Yo... ¿qué te he hecho? —preguntó de tal manera que parecía que estaba implorando por una respuesta que pudiera contestar las miles que tenía en la cabeza. —No lo entiendo... —Susurró eso último, soltando aire.

No entendía qué hacía allí más que recordarle con más claridad todo lo que había pasado. Era como el peor fantasma de su pasado que le perseguía para recordarle lo mal que lo había hecho.
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Circe A. Masbecth el Vie Sep 15, 2017 7:42 am

Se sentó en el suelo y colocó sus manos sobre su regazo. Elevó la vista y miró a Adae ladeando la cabeza, con un aire infantil en cada uno de sus movimientos y también en sus palabras. Irónicamente, ella era la más niña en aquella habitación. El sufrimiento por el que Adae se había visto obligado a pasar se había encargado de llevarse consigo su infancia y todo rastro de alegría en sus ojos. Adae ya no guardaba parecido alguno con el niño que Circe había visto corretear por los pasillos de Hogwarts. Tampoco compartía nada con aquel niño que, inútilmente, había intentando salvar la vida de las personas que tanto le querían.

En aquel momento, no era más que un cuerpo sin vida ante los ojos de Circe. Se movía y respiraba. Posiblemente también comiese algún tipo de bazofia de color grisáceo y olor nauseabundo pero eso no significaba estar vivo. Era un animal encerrado en una jaula de la que no podría salir nunca.

O sí podría hacerlo. Y eso era lo que le preocupaba a Circe. Adae sabía demasiado y ella no había tenido la oportunidad de cambiar eso. Hasta aquel momento. La oportunidad había llegado y es que, desgraciadamente, Circe no era de los que creían que el nuevo gobierno fuese a durar eternamente. La rueda giraba. Unos estaban arriba, otros iban abajo. Y la rueda volvería a girar y no quería estar enterrada hasta las rodillas en la mierda que ella había ido tirando cuando las cosas iban bien.

- Tienes algo que quiero, Adae. – Se limitó a contestar, pasando por alto el resto de las preguntas del niño. No tenía razones para darle ningún tipo de explicación y aquel no sería el día en el que Circe Masbecth empezaría a mirar por el bienestar del resto. – Pero antes de que me lo des, vamos a jugar un poco o esto será terriblemente aburrido. – Sacó un vaso de plástico y lo colocó sobre el suelo, en el espacio que les separaba a ambos. Introdujo dos dados en él y lo empujó ligeramente. – La tirada más alta comienza a preguntar. Te contestaré todo lo que tú quieras. Pero si gano yo, te haré daño. – Sonrió como si de una niña se tratase y es que a fin de cuentas para Circe todo aquello no era más que un juego. Un juego macabro donde poco importaba la vida de los demás. Poco importaba la diferencia entre vivir y morir. – Y si no quieres jugar, jugaré yo contigo.

El sonido de la daga metálica al golpear el suelo sirvió como alerta de que aquello no sería un juego de niños. Había cientos de cosas en aquel laboratorio que podía usar y aquello se alargaría todo el tiempo que Circe quisiese jugar.

- Es fácil. Sólo tienes que mover el vaso y tirar los dados. Mira, esta vez empezaré yo. – Movió los dados en el interior del vaso y miró el resultado. - ¿Ves? Ahora es tu turno.

Se echó ligeramente hacia atrás mientras miraba a Adae esperando a que decidiese si quería jugar o no. Elevó la varita y apuntó a la puerta, garantizando así que nadie pudiese interrumpirles mientras estaban jugando. No pensaba que el Extirpador fuese a tardar demasiado, pues consideraría que la conversación no precisaba mucho más de diez minutos. Sólo esperaba que al ver la puerta cerrada lo pensase dos veces antes de intentar abrirla, pues no saldría muy bien parado de aquella situación si se metía dónde no le llamaban.

- Te contaré un secreto antes de que lances. De regalo, para que veas que hablo en serio. – La varita terminó guardada nuevamente en el lateral de su pie izquierdo y fue la daga la que ocupó su lugar. Jugó con ella entre sus dedos como si de algún tipo de juguete se tratase, sin considerar que aquello era un arma peligrosa. – Me has preguntado qué hago aquí. Ha sido tu primera pregunta y te regalo mi primera respuesta. Estoy aquí porque tengo que quitarte algo que tienes. Algo que es mío y que no puedo dejar que tú tengas. Pase lo que pase, saldré de aquí con ello y tú no podrás hacer nada para evitarlo. Cuando te quite lo que tienes, tu vida se volverá un poco más miserable aquí dentro. Pero también te regalaré algo a cambio, te regalaré la oportunidad de eliminar el odio que sientes. No es que me importe que me odies, para nada, incluso me halagas. Pero voy a hacer eso por ti, odiar no es algo bueno, Adae. ¿O quieres convertirte en una mala persona?
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Maestro de Dados el Vie Sep 15, 2017 7:42 am

El miembro 'Circe A. Masbecth' ha efectuado la acción siguiente: Lanzada de dados


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Adae West el Lun Sep 18, 2017 10:50 pm

¡Tenía que ser una broma! La miró con cara de pocos amigos, ligeramente incrédulo por el estúpido juego que le había ofrecido en dónde ella podría mentir y él no lo sabría y en donde, sin lugar a dudas, él saldría perdiendo. ¿Hacerle daño? ¿Más? ¿Es que aquello no iba a terminar nunca? ¿Qué clase de obsesión insana tenían algunas persona con hacer daño a otras personas que ya estaban en el más profundo pozo de miseria? Adae solo llevaba dos meses allí dentro —si es que estaba contando bien— y estaba cansado del dolor. Era algo a lo que no te acostumbrabas, que siempre dolía por igual y que siempre afectaba de la misma manera.

Que remarcase al final que si se negaba iba a jugar ella sola fue un claro incentivo para que Adae se decidiese a lanzar los dados, con la vaga esperanza de siempre sacar mayor número que ella. ¿Lo gracioso? Que por mucho que tuviese muchas preguntas, sabía que todo lo que había hecho lo había hecho porque simplemente era una persona horrible. No cabía más en la ecuación de una persona como ella que viene al Área-M a jugar con un niño a hacerle más daño. ¡Cómo si en el Área-M no le hiciera ya suficiente!

—¿Me has visto? —preguntó con cierta retórica, con los ojos ligeramente caídos porque hacía mucho tiempo que no estaba del todo lúcido allí dentro entre las drogas y las palizas. —Le vas a hacer daño a un chico que ya está dañado, ¿eso también te gusta?, ¿romper lo que ya está roto? Te vas a aburrir, voy a durar muy poquito esta vez —añadió, para entonces dejarse caer, derrotado, de rodillas al suelo, justo en frente de ella.

Tenía los puños cerrados y, aunque pareciese tranquilo, no lo estaba. Se sentía cargado de impotencia, odio y tristeza. En ese momento si aquello fuera el mundo de Star Wars, estaría a punto de sucumbir al lado oscuro de poder elegir. Le daba mucha rabia que estuviera allí en un perfecto estado después de todo lo que ha hecho mientras él sufre más que nunca en su vida. Se sentía angustiado en su presencia, como si solo ella allí delante le inspirase el horrible sentimiento que sintió el día en el que básicamente su vida acabó.

Justicia, eso era lo que hacía falta en este mundo de mierda.

Debía de ser el bufón favorito de Circe Masbecth como para que se molestase en volver al tugurio en el que metió al niño. Adae observó la demostración para lanzar los dados y no dijo nada. Todavía guardaba cierto nivel de inteligencia en esa cabecita como para saber como se lanzaban unos malditos dados de mierda. Era Ravenclaw, ¿vale? No era muy listo eligiendo lo que hacer con su vida, pero al menos la mente seguía teniéndola.

—Sé como tirar unos dados —respondió mordaz. 'Aún no me han dejado retrasado después de tantos palos...' le faltó decir. No lo dijo porque podría interpretarse como una broma y no quería bromear delante de aquella mujer.

En un gesto que fingía ser bueno, se ofreció a contestar una pregunta antes de que Adae tirase los dados. Sus palabras, aunque Adae no la mirase, le hicieron pensar, ya que él no tenía nada que le perteneciera. A no ser, claro, que fuese tan prepotente de pensar que su vida ahora le pertenecía. Aunque claro, si le mataba no tenía sentido nada del resto de lo que había dicho. ¿Y qué gracia tenía que lo matase después de haberle metido allí dentro, asegurándole una muerte segura? Lo único que conseguiría matándole es cerrar el círculo vicioso de muertes de una familia, sin dejar ningún eslabón perdido. Suponía que eso para una señorita que aparenta ser una buena chica es importante. Pero seguía sin cuadrarle algo...

Va a conseguir que no la odie, la única manera de conseguir eso es que desaparezca de su vida y... la única manera de hacer eso era, literalmente, borrándola de la vida de Adae. Alzó la mirada cuando sus propias suposiciones le dieron miedo. ¿Le iba a hacer olvidar? ¿Todo? De repente le había entrado miedo, otra vez. Si no la recordaba a ella, ¿qué iba a recordar? ¿Quién le habría hecho todo esto? ¿Viviría en la incertidumbre, colocaría en la mano ejecutora a otra persona inocente, simplemente no recordaría nada? Vivir en vacío era casi peor. Al menos con culpabilidad y odio uno era capaz de seguir hacia adelante.

—Pero... —Consiguió decir, sin saber qué decir en realidad. —No... —respondió a la pregunta de la chica como si fuese lo único que pudiese articular.

Enmarañado y con miedo a seguir ese juego, tiró los dados solo para hacerle una pregunta. Eso sí, nunca lo hubiera dicho antes, pero deseaba con toda su alma que llegase el extirpador. No quería tener que enfrentarse otra vez a aquella chica y volver a perderlo todo. Ya no solo le había quitado todo lo que le rodeaba y que le quedaba, que ahora pretendía quitarle lo único que le quedaba y le hacía ser él: los recuerdos, su sufrimiento, el odio, el rencor... lo único que ahora mismo le hacían estar ahí.
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Circe A. Masbecth el Miér Sep 20, 2017 12:48 pm

A diferencia de los Extirpadores del Área – M, Circe no había acudido a aquel lugar con fines científicos o de investigación. No le interesaba descubrir ninguna fórmula secreta para acabar con la vida humana en cuestión de segundos ni saber cómo causar el mayor dolor a un ser vivo sin llegar a dejarlo inconsciente. Estaba ahí por ella misma. Porque tenía interés en vaciar la mente de Adae. Eliminar ese pequeño recuerdo que el niño albergaba para que nadie pudiese acceder a él en un futuro. Ya le había dado tiempo suficiente para deleitarse en su odio hacia ella y ahora le daría razones para volverse loco por no saber qué era lo que había sucedido. O, al menos, quién había sido el causante de todo aquello.

- Das bastante pena, ¿No tenéis peluqueros por aquí? Si quieres puedo coger unas tijeras y arreglarte esa cobaya muerta que tienes sobre la cabeza. – No sería por ser un alma caritativa, pero se atrevería a hacerlo. Circe era el tipo de persona más preocupada por el aspecto físico que por cualquier otro rasgo de una persona, por lo que aquello no le costaría ni el más mínimo esfuerzo. Además, le daría aspecto de estar mejor de lo que realmente estaba y eso animaría más a los trabajadores a usarlo como saco de golpes. – Eres un dramático para tener ocho años. ¿O cuántos años tienes? – Lo miró de arriba abajo. Con aquel aspecto no se podía distinguir siquiera los rasgos de su cara, al menos los que antes le habían definido. – Once, estabas en Hogwarts. Los niños sois cada día más enanos, ¿Te dan mal de comer por aquí? – Menuda sorpresa. Mala alimentación en una prisión que violaba los derechos humanos.

Explicó el juego como si verdaderamente fuese uno. Le explicó cómo mover los dados y lanzarlos como si fuese algún tipo de ironía e hizo lo propio. Adae, por su parte, tiró poco después para demostrar que hasta en aquellos momentos había tenido mala suerte.

- Lástima. – Frunció el ceño. Se levantó casi de un brinco sin dejar de lado sus movimientos infantiles y avanzó por la sala mirando lo que iba encontrando a su paso. - ¿Qué crees que hará esto? – Cogió un frasquito cuyo contenido, de color azul eléctrico, se movía en el interior como si se tratase de una llama imposible de extinguir. Lo acercó a su nariz para olerlo y lo apartó rápidamente. – Seguro que quema. ¿Lo has probado? – Lo movió de un lado a otro mirando en dirección a Adae.

Volvió a dejar el frasquito en su sitio para seguir andando. Se topó con varios objetos metálicos que parecían haber sido limpiados con detenimiento por alguno de los Extirpadores, posiblemente el que acababa de dejar atrás la habitación. Eligió un bisturí, algo sencillo de utilizar pero que daba buenos resultados. Cogió a su paso el frasco con el líquido de color azul y se sentó al lado de Adae una vez más.

Lo colocó todo a su lado, como si de una niña creando su casita de muñecas se tratase. A un lado el frasquito y a pocos centímetros el bisturí. Sacó su varita y la colocó paralela junto con un par de gasas que había cogido mientras paseaba por la habitación.

- Dame tu brazo. Estíralo y colócalo aquí. – Ladeó la cabeza antes de insistir, cogiendo su varita y apuntando directamente a Adae. – No tengo ganas de discutir. – Un imperio salió directo hasta el pecho del  niño, haciendo que se viese obligado a colocar su brazo donde Circe le había indicado.

La rubia tomó la muñeca de Adae en su mano libre y dejó la varita a un lado mientras movía el brazo, volteándolo ligeramente, sin dejar de mirarlo.

- Del 1 al 10, ¿Cuánto te duele?  - Preguntó sin hacer ni la más mínima presión. - ¿Y ahora? – Apretó ligeramente la muñeca del niño sin intentar causarle algún tipo de dolor.

Cogió el bisturí e hizo un corte limpio. La sangre brotó por la herida abierta, remarcando la línea dibujada con el bisturí sobre el brazo del niño. Apretó, haciendo que la sangre brotase de la herida en mayor cantidad.

- ¿Ahora? – Elevó la vista en busca de los ojos de Adae antes de echar, con cuidado, el líquido azul sobre la herida. Una pequeña nube de humo salió de la piel del niño acompañado de un sonido similar al de un filete al caer sobre la sartén caliente. Soltó la mano del niño de un manotazo y sonrió inocentemente antes de lanzar los dados.
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Maestro de Dados el Miér Sep 20, 2017 12:48 pm

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Adae West el Mar Sep 26, 2017 6:17 pm

¿No iba a dar pena? Desde que estaba en el Área-M su estilo de vida se había reducido a unas posibilidades escasas en cualquier ámbito de su vida. Y todo lo que hacía era, exclusivamente, porque le obligaban a ello. No daba pena, daba puta pena. El trato que recibía aparte de injusto era inhumano; creado sólo para mantener a los presos con vida para que pudiesen seguir trabajando y experimentando con ellos una y otra vez sin que éstos se muriesen en sus celdas podridas.

—Haz lo que te de la gana, cómo siempre haces —dijo con desdén. Llevaba tanto tiempo con el pelo así, que solo le recordaba al pasado, además de que tratar con ese pelo cargado, sucio y lleno de enredos era terrible. En realidad si se lo cortaba le hacía un favor. Para lo único para lo que le servía era para esconderse detrás de él, como siempre había hecho. —Tengo trece. —Sonó convincente, pero entonces se dio cuenta de que no sabía ni en qué día vivía. ¿Habría cumplido ya los catorce años? —Creo... ¿qué día es hoy? —preguntó, ignorando lo de que si le daban mal de comer, ¿acaso eso no era obvio? Era una maldita cárcel. En la cárcel nunca te dan bien de comer, solo sobras y productos de mala calidad.

Como Adae no ha tenido ya suficiente mala suerte en su vida —nótese la ironía—, para colmo le salió un número menor que el de Circe. Desde que vio el número, no le apartó el ojo de encima, ya que temía lo que pudiese coger de aquella habitación llena de cosas para hacer daño. Porque aquello no era un laboratorio, como se empeñaban en llamarlos aquellos que trabajaban allí, no. Era una maldita sala de tortura. Experimentos, estudios... mentira. Parecía que era sólo un lugar en el que se torturaban personas, maquillado de tal manera que pareciese estar justificado el sufrimiento de todos los presos.

—No toques eso, no sabes lo que hace —le advirtió, temeroso. —Podría matarme.

Seguro que no le importaba, pero como estaba tan segura de que 'no quería' matarlo, pues quizás eso la disuadía un poco de no utilizar ese frasco azul.

Finalmente, tras colocar frente a Adae todos los utensilios que pensaba utilizar, le ordenó que hiciera un movimiento que evidentemente no hizo. El niño no iba a ser obediente, no cuando lo único que le quedaba era precisamente eso: la resistencia. Sin embargo, una sencilla maldición imperdonable hizo que su voluntad se quebrase y tendiese la mano tal cual ella había dicho. Sus preguntas hicieron que no supiese que contestar, ¿qué pretendía con eso, si es que no estaba ejerciendo ningún tipo de fuerza?

—Uno... —respondió temeroso. No fue hasta  que le cortó la piel que miró su brazo con el ceño fruncido, dolorido. Eso sí que le había dolido. No le dio tiempo de decir cuánto le había dolido eso, sino que cuando vertió aquel producto sobre la herida, apretó fuertemente los dientes y cerró los ojos sintiendo como le quemaba la herida como si estuviese allí mismo la llama. Se acercó la mano a su vientre, sintiendo como de uno de sus ojos fuertemente cerrado salía una lagrimilla. Eso le había dolido mucho, aunque después del dolor que había sentido en el Área-M, aquello no era comparable.

Cuando escuchó los dados caer sobre el suelo consiguió abrir un ojo, sintiendo una terrible confianza al ver que había sacado un mísero dos. Segundos después, cuando aquello no le ardía tanto —pues tenía la sensación de que el quemazón le recorría toda la sangre—, cogió los dados con la mano y los tiró, haciendo que rodasen.

No sonrió al ver que había sacado más, sino que miró a Circe con una mirada cargada de dureza.

—¿Me vas a hacer olvidar? —
preguntó tembloroso.

Aún podía sentir como le ardía el brazo. No sabía qué narices le había echado pero aquello le había creado un ardor interior que parecía extenderse por todo su cuerpo y que cada vez le agobiaba más.
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Maestro de Dados el Mar Sep 26, 2017 6:17 pm

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Circe A. Masbecth el Dom Oct 01, 2017 2:31 pm

Sin pensarlo dos veces agarró un mechón del pelo del niño y, a golpe de varita, hizo que se separase del resto, cayendo sobre el hombro de Adae como si de una hoja en otoño se tratase. No le importó mucho lo mal que quedó ni cómo se despuntó el cabello cortado como si fuese un cuerno. Tampoco le importó cuando repitió el mismo proceso con otro de los mechones, más cercano a la frente e incluso más marcado.

- Veintiocho de agosto. ¿Cuándo es tu cumpleaños? – Preguntó con cierta curiosidad, aunque no precisamente porque fuese a hacerle una fiesta sorpresa junto con el resto de sus amigos sangre sucias y fugitivos, aunque quizá eso sería útil a la hora de darles caza. Tampoco iba a invitarle a su tarta favorita, llevarle a una habitación llena de globos y confeti de colores ni colocarle un sombrerito con forma de cono sobre la cabeza. Ni hablar de los regalos, aunque lo cierto era que si estaba en aquella habitación con Adae era precisamente para hacerle un regalo. Un regalo que tenía su parte buena pero, por supuesto, tenía su parte mala. ¿Qué se podía esperar de alguien como Circe Masbecth? - ¿Trece? – Miró de arriba abajo a aquel niño. – Eres jodidamente enano.

No le importaban las consecuencias de sus acciones. Y, aunque había prometido no matar a Adae en aquella ocasión en la que se le había dado un permiso especial para estar con él en la misma habitación, no era una promesa que le importase mucho incumplir. No era una mujer de palabra. Y, para ser sinceros, su lealtad siempre había estado consigo misma y no con un Extirpador al que había conocido aquella misma mañana en mitad de una autopsia poco agradable a la vista y al olfato.

- ¿Tú no eras un Ravenclaw? El curso está a punto de empezar, así que hoy te daré una clase gratuita para sangre sucias como tú que no pueden pisar Hogwarts. La clase es sobre cuál es el mejor método para aprender algo. – Cogió el frasquito y lo movió entre sus dedos. – Probando. Si no pruebas, no aprendes. Y aunque a veces te equivoques… Eso te permite no tropezar dos veces con la misma piedra. – Mentira, el ser humano era capaz de tropezar doscientas veces con la misma puñetera piedra. Así de inútiles son los seres humanos.

No sabía cuáles serían los efectos de aquel líquido de color azul ni tampoco le importaba mucho ponerse a comprobarlo con la piel de Adae. Si estaba en aquella habitación debía ser porque no podía causar la muerte, sino un profundo dolor en su víctima. O, quizá con un poco de mala suerte, se trataba de un producto que todavía no había sido testado. Lo más probables es que los nuevos productos creados en el Área M aparecerían con una pequeña advertencia en letra diminuta: testado con presos del Área M. Así sabrías que tu producto era de calidad y, si eras alguien preocupado por los derechos de los seres humanos, te lo pensarías dos veces a la hora de darle uso a dicho producto.

- ¿Duele? – Preguntó al ver la cara de sufrimiento de un Adae que no era siquiera capaz de  mantener los ojos abiertos. – Me lo tomaré como un sí. – Fingió que tomaba algún tipo de nota, como si le importase lo más mínimo cual fuese el efecto de aquel producto. De eso se encargaban los Extirpadores, ella estaba ahí por otras razones que poco tenían que ver con el avance de los magos.

Tras siguiente tirada de dados, fue Adae quien sacó el resultado más elevado. La rubia frunció el ceño, aunque realmente quería ver qué tipo de preguntas le hacía aquel niño. Una decepción fue la primera de estas.

- Por supuesto que no, ¿Por quién me tomas? No soy ningún alma caritativa a la que le importe que no pegues ojo recordando los cadáveres de cada uno de los miembros de tu familia. Me importa una mierda si tienes pesadillas con tu hermana muerta o con tus madres. Cualquiera de ellas. – Se encogió de hombros con indiferencia. – Hacerte olvidar sería algo demasiado benevolente. Además, tengo una pequeña parte de Ravenclaw y esa pequeña parte me impide borrarte la memoria sin razón alguna. Si no hubieses vivido todo aquello no habrías aprendido nada. ¿Y quieres que tus madres hayan muerto en vano? – Negó con la cabeza. – No, no, no. Las pobres… ¿Cómo se llamaban? Bueno, las dos bolleras. Su muerte ha servido para que tú hayas aprendido a ser menos egoísta. Aunque aquí… Dudo que te sirva mucho tu aprendizaje, no vas a salir con vida.

Cogió nuevamente los dados y los dejo caer frente a Adae sin siquiera mirar el resultado de sus propios dados.
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Maestro de Dados el Dom Oct 01, 2017 2:31 pm

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Adae West el Miér Oct 04, 2017 9:59 pm

Hacía veintidós días que había sido su cumpleaños y no se había siquiera enterado. Mira que llevaba tiempo queriendo tener un año más por eso de dar el estirón y esas cosas de adolescente, pero dadas las circunstancias ya dudaba mucho que la altura, la pelusilla que le saliese en la barba y el cambio de voz, ahora importasen para algo. De hecho, ahora temía crecer y que le considerasen adulto, ¿y si en el Área-M ser adulto era malo y te trataban peor? Normalmente los niños solían tener tratos más... considerados. Le daba miedo que algo cambiase sólo porque él alcanzase una edad superior en donde dejasen de tratarlo como un niño.  

—El seis de agosto —le respondió, para entonces soltar aire por los orificios de la nariz. —Así que tengo catorce. —No era la primera vez que le decían que era enano, pero además de ser el típico niño bajito, era de esos de desarrollo tardío, por lo que se limitó a encogerse de hombros. —Y tú eres jodidamente idiota —repitió prácticamente sus mismas palabras, con el ceño fruncido.

En la primera tirada perdió Adae, por lo que Circe se tomó la libertad de coger un frasco en cuyo interior había un líquido azul muy perturbador y que al niño no le inspiraba confianza. No era la primera vez que un frasco de ese estilo le hacía sufrir mucho de una manera o de otra. La verdad es que se pegó tanto tiempo preocupado por lo que pudiese ser ese líquido, que no se enteró demasiado de la metáfora/consejo que Circe le estaba dando para no tropezar dos veces con la misma piedra, ¿de qué estaba hablando? Estando en la posición en la que se encontraba, era imposible que estuviese en su mano tropezarse con cualquier piedra.

Lo vertió en la herida que le había hecho y él se limitó a intentar soportar el dolor en silencio. No era un dolor convencional; era un ardor que parecía fuego en su herida y que poco a poco parecía esparcirse por todo su brazo. Era algo que pocas veces antes había sentido y comenzó a agobiarle tanto calor dañino.

Sin embargo, le dio para preguntar aquello que le había estado perforando la mente desde que apareció con ese interés por él. La creyó ilusamente sin ningún tipo de duda cuando le negó con esa facilidad que le fuese a borrar la memoria. Él no quería perderla, quería ser consciente de todo lo que había pasado por mucho que todo le hiciese sentir terriblemente culpable; además, no quería tener que olvidarse a aquella chica. Circe. Por rancio y triste que pareciera, muchas veces lo que mejor le sentaba era simplemente imaginarse a aquella mujer sufriendo tanto o más que él, ¿se estaba volviendo loco? Lo peor es que luego se sentía terrible mal por tener esos pensamientos tan horribles. ¿De verdad quería ser así?

—¡Se llamaban Selina y Jane! ¡Y no fui egoísta! La única egoísta en esta historia fuiste tú y nadie más. No intentes hacer que yo lleve el peso que no me toca llevar. ¡Porque no fui yo!— Se quejó. Llevaba mucho tiempo allí convenciéndose de lo que verdaderamente había pasado en un intento de no volverse loco. —¡Tú viniste a por nosotros! ¡Tú nos arrebataste todo! ¡Tú las mataste! ¡Yo no!

La verdad es que ahora que tenía 'asegurado' que nadie le borraría la memoria, le había quitado un peso de encima y, ahora más que antes, tenía varias preguntas que hacerle. Sumó dos más cuatro en los dados de ella y rápidamente los cogió para volver a tirarlos.

Sacó un seis y un tres, por lo que le tocaba volver a preguntar. Quería hacerle un par de preguntas personales solo por satisfacción personal, pero primero quería saber qué era lo que verdaderamente le esperaba ese día. Circe no vendría al Área-M solo para tener una charla con él y seguir jodiéndole la vida.

—Dime a qué has venido al Área-M. ¿Qué quieres de mí? ¡Dime la verdad! No vienes a matarme. No vienes a hacerme olvidar. ¿A qué vienes? ¡No tengo más nada que darte! ¿Sólo quieres seguir viéndome sufrir? Hasta tú tienes que tener un límite de aburrimiento entre tanta crueldad.

Es que podía hacerle sufrir mucho, vale, pero si estaba allí era por algo mucho mayor y lo que realmente estaba ahora mismo preocupando a Adae era ESO. No le importaba que le hiciera daño, ni tampoco que le matase, mira tú... Hacerle daño después de todo lo que le han hecho... eso es su maldito pan de cada día. ¿Matarlo? Como bien ha dicho ella, le haría un favor. Eran dos cosas que... en fin, no le preocupaban porque era consciente de que una era inevitable y la otra imposible. Pero lo que le estaba rondando ahí la cabeza hasta tirarse de los pelos de haber tenido las manos libres era: ¿qué narices hacía Circe Masbetch otra vez delante de sus narices?


Última edición por Adae West el Miér Oct 04, 2017 10:00 pm, editado 1 vez
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Maestro de Dados el Miér Oct 04, 2017 9:59 pm

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Circe A. Masbecth el Jue Oct 05, 2017 3:32 pm

Si Adae pensaba que estaba en situación de dialogar animadamente, estaba equivocado. Y mucho menos de situarse a la altura de Circe a la hora de insultar. Adae no tenía ni voz ni voto en aquellos momentos. Es  más, si hablaba más de la cuenta como acababa de hacer podía que las tornas girasen y dejase de  ser tan amable para hacer lo mismo que estaba haciendo en aquellos momentos pero a base de fuerza.

Elevó la varita y un calambrazo impactó en el cuerpo de Adae, obligarle a pegarse más a la zona de la pared. Circe sonrió, irónica.

- Vuelve a creerte que estas en condiciones de insultarme y te sacaré un ojo. – No borró la sonrisa de sus labios. Hablaba completamente en serio. – No es una broma ni una estúpida metáfora. Te sacaré uno de tus bonitos ojos y te lo daré de comer, para que luego no te quejes que estás pasando hambre aquí encerrado. ¿Ha quedado claro? Y si me sigues tocando los cojones me encargaré personalmente de arrastrar a todos y cada uno de los amigos que te quedan con vida hasta esta prisión y les torturaré frente a ti para que aprendas, de una puta vez, que todas tus acciones egoístas  tienen un coste en la vida de los demás. ¿No aprendiste a comportarte cuando mataste a tu hermana? ¿Ni a tu madre? ¿Ni a tu otra madre? Eres realmente idiota, West. – La varita se alzó de nuevo y la corriente eléctrica volvió a recorrer el cuerpo del niño durante algo más de cinco segundos. - ¿Ha quedado ya claro o necesitas otra? – Preguntó aún con la sonrisa en los labios.

Aquel niño no aprendía.

Adae no tardó mucho en hacer su primera pregunta y, seguido de ella, un grito. Circe no dijo nada, tampoco actúo. Se limitó a levantarse en busca de algún otro objeto que llamase su atención mientras jugaba con su varita en su mano izquierda. No tardó mucho en encontrar lo que estaba buscando. Cogió un pedazo de papel y lo introdujo en aquel pequeño bol donde estaba el líquido transparente con burbujas y el papel no tardó en desaparecer devorado por aquello.

- Perfecto. – Se acercó hasta donde estaba Adae y se sentó, ignorando lo que estaba diciendo. Cogió el bol entre sus manos y, sin previo aviso, lo lanzó contra el pecho del niño. La ropa comenzó a desaparecer y la piel bajo la tela parecía estarse derritiendo ante sus ojos. - ¿Vas a volver a tocarme las pelotas? – Preguntó lanzando el bol vacío hacia otro lado, con cuidado de que las gotas no acabasen cayendo sobre ella. – Bien.  Lo siguiente será lo del ojo.

Ah, Circe no tenía límite de aburrimiento en aquellos casos. Adae se equivocaba con su segunda pregunta. Sonrió ante aquello, ¿Cómo podía pensar que alguien así tenía límite alguno en lo que se refería a hacer sufrir al prógimo?

- No tengo límite. Esta situación me divierte. – No era mentira. Circe siempre se había caracterizado por necesitar actuar para matar su aburrimiento y una de las mejores formas de hacerlo era, precisamente, torturando. Adae lo estaba probando en su propia piel, pues a Circe aquel juego le parecía la mar de divertido. - ¿Tú crees que estarás aquí para siempre? Voy a darte un poco de esperanza en tu miserable vida. Creo que algún día podrás salir de aquí. Que algún día este gobierno de miedo llegará a su fin y, ¿Sabes qué? No quiero perder mi vida porque un crío como tú decida contar la verdad sobre lo que le pasó a su familia. No vas a jurarme que no contarás el secreto y no tengo ni tiempo ni ganas para hacer un juramento inquebrantable con un niño de ocho años. – Sí, ocho. Ni se acordaba de la edad de Adae ya. – Además, eso sería demasiado fácil. Prefiero que no te acuerdes de mí. Así que he venido para borrar mi rostro de tu memoria y todo lo que me pueda relacionar contigo. Ya me he encargado que el Ministerio de Magia te pusieses como encontrado por ellos en tu preciosa casa y mi nombre está fuera de tu expediente. Ahora sólo queda que no me puedas reconocer tú. – Circe podía alegar en muchos casos que todo lo que había hecho había sido por obligación, por tener que servir al nuevo gobierno. Por eso mismo jamás mostraba su marca tenebrosa o su rostro. Pero en aquella ocasión, Adae sabía demasiado.

Había preguntado más que suficiente y Circe se había comenzado a cansar de que todas las preguntas fuesen por el mismo camino. No era para nada divertido.

- ¿Vas a preguntar algo más original? Me estás empezando a aburrir y… Eso nunca es bueno. – Ya se había vuelto a levantar, jugando con los objetos situados a su alcance. – Ah, esto me gusta. – Dijo con un tono infantil mientras inspeccionaba el cuaderno del Extirpador.

Se acercó a un armario y lo abrió. Cogió una caja cerrada con cadenas y la situó frente a Adae.

- Vamos a jugar a algo nuevo. Dime qué ves sin mearte en los pantalones. – De un golpe de varita las ataduras de la caja se rompieron dejando salir un bogar de su interior con la forma del mayor temor de Adae.
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