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Dirty little secret // Adae West [Priv./+16]

Circe A. Masbecth el Lun Sep 11, 2017 12:55 pm

Recuerdo del primer mensaje :


- Hombre, 182 centímetros,  93 kilos, 45 años.

Circe no tomaba nota, sino que miraba el cuaderno de anotaciones como si estuviese perdida en sus propios pensamientos.

- ¿Estás apuntándolo?

- Hombre, 182 centímetros,  93 kilos, 45 años.

- Apúntalo. – Inquirió de manera poco amable el hombre, haciendo que la rubia rodase los ojos y surcase el papel con la pluma. – Bien. – Añadió tras comprobar que la chica estaba siguiendo sus instrucciones. – Presenta lesiones en ambos miembros inferiores. Amputación del miembro superior derecho postmortem. Hundimiento de la caja torácica, posiblemente causado por un traumatismo. – Movió la cabeza del cadáver hacia el lado derecho. – Incisión en el inicio de la columna vertebral.

La varita del hombre se elevó haciendo que el cadáver girase sobre sí mismo hasta quedar tumbado boca abajo.

- Incisión en el final de la columna vertebral.

Circe fue tomando nota de todo lo que el hombre iba diciendo hasta que llegaron a la parte donde debían anotar la causa de la muerte.

- Muerte por causas naturales. Archiva el informe para enviar a los familiares una vez se incinere el cuerpo. La fecha prevista para la recogida de las cenizas y enseres personales será el 21 de noviembre.

Todo el mundo sabía lo que sucedía en el Área M pero aún así los cadáveres de aquellos que morían durante los tratamientos de los extirpadores eran incinerados para que no quedase rastro alguno de las vejaciones que el cuerpo humano era obligado a soportar. Todo familiar que recibía un informe sabía que la causa de la muerte sería natural según el encargado de realizar la autopsia pero que, sin duda, aquella persona no habría muerto precisamente de un infarto o una caída al resbalarse en las duchas comunes.

Nadie podía opinar. Nadie podía quejarse. Y aquello era lo que les brindaba a los extirpadores la libertad de hacer lo que quisiesen con aquellas personas que habían sido apartadas de la sociedad a golpe de varita y cuya posibilidad de volver a ella se había perdido junto con su dignidad al entrar ahí y ser despojados de toda humanidad.

- Querías hablar con Adae West, ¿Me equivoco? – El hombre se quitó los guantes con sumo cuidado y elevó la varita nuevamente para que el cadáver volviese a voltearse, quedando así con los ojos abiertos mirando a la nada.

- Fui quién dio con él en su casa. Yo…

- Tú no tienes ninguna autoridad en este lugar, Masbecth. Has venido como alumna de la Universidad a ver el procedimiento que seguimos para tratar los cuerpos en este lugar. Pero conozco a tu familia. Sé quiénes sois. – El cuerpo del hombre se elevó hasta entrar en una pequeña caja metálica que se cerró y desapareció en cuanto hizo contacto con la fría piel del cadáver. – Los visitantes no pueden ver a los presos. Pero quizá elija a Adae West esta madrugada para uno de mis estudios y tú casualmente aún sigas aquí. ¿Comprendido? Pero no será porque esté planificado, todo es una simple casualidad que…

- Ha  quedado claro. – Fría y rotunda.

* * *

Pasaron más de 5 horas hasta que la puerta del laboratorio se abrió de nuevo. A rastras, un pequeño con el pelo enmarañado fue casi lanzado contra el suelo por dos hombres con trajes idénticos. Sus placas rezaban sus nombres, pero a Circe no le interesaba saber el nombre de los celadores.

Se cruzó de piernas en su asiento mientras observaba lo que sucedía ante sus ojos. El extirpador de turno le colocó una correa en cada mano como si de un animal se tratase, haciendo que el niño quedase anclado a la pared.

- Bien.

Sacó su varita y de una floritura cerró la puerta ante los ojos de los celadores que no habían podido hacer nada para ayudar al hombre que se valía por si solo para controlar al niño.

- ¿Dónde lo dejamos la última vez? – Cogió su blog de notas y comenzó a ojear. – Menudo desastre, este no es mi cuaderno. Tendré que salir a buscarlo. – Aquella era una de las peores excusas que podía haber dejado salir de entre sus labios pero para Circe era más que suficiente para quedarse a solas con Adae.

La rubia avanzó hacia el niño y se sentó como si de un indio se tratase frente a él, quedando a cierta distancia que no permitía que el niño llegase a donde ella se encontraba a causa de las cadenas que lo amarraban.

- ¿Te ha mandado alguna carta mamá? – Ladeó la cabeza de manera infantil. - ¿Ninguna de ellas? ¿Y tu hermana? – Preguntó manteniendo el aire infantil en sus palabras y movimientos. Parecía que sus palabras salían de su boca como si de una canción se tratase, con cierta musicalidad que hacía de la situación algo incluso más irónico de lo que ya lo era.


Última edición por Circe A. Masbecth el Vie Nov 03, 2017 9:49 am, editado 1 vez
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Adae West el Vie Oct 06, 2017 5:12 pm

Con la primera descarga eléctrica, el cuerpo de Adae había retrocedido hasta pegar su espalda contra la pared en un intento de huir de ella. Ahora mismo, su posición era la de un ser indefenso, intentando camuflarse en la poca cobertura que le da una simple pared, con la cabeza cabizbaja. Se había sobrepasado y lo sabía, pero lo peor de todo es que no se arrepentía. Escuchó sus amenazas en silencio, casi abrazado a sí mismo, hasta que finalmente le volvió a dar otra descarga, esta vez mucho más duradera, que hizo que prácticamente se quedase unos segundos tirado en el suelo medio temblando. Había sufrido la maldición cruciatus en sus carnes y cada vez que le pasaba algo así lo comparaba, pero por su mente solo pasaba un vacío; como si ya no recordase lo que había sido aquello y todo ahora fuese comparable en dolor.

—Ha quedado claro... —respondió solo por miedo a que le diera otra descarga para exigir una respuesta. Los extirpadores siempre exigían una respuesta a todas sus preguntas, por lo que estaba bien enseñado.

Sus ojos volvieron a seguirla por todo el lugar, hasta que cogió un bol. Cada vez que cogía algo, Adae temía casi más que cuando hacía algo de su propia varita. Los extirpadores estaban tan perturbados de la cabeza e inventaban tantas locuras que de verdad que le atemorizaba el hecho de que esa estúpida estuviese jugando con cosas que desconocía. Se plantó delante de él y... sin previo aviso, le tiró eso en el pecho. Se movió con histeria, sobre todo al sentir como aquel líquido impactaba contra su piel y le provocaba un dolor atroz, no obstante, fue casi peor mirarse el pecho y ver como la piel en vez de quemarse como lo haría normalmente, parecía estar derritiendo. Adae pegó varios gritos, por el susto, por el dolor y por el miedo, haciendo que eso desembocase, nuevamente, en lágrimas.

—¡No! No, no... —consiguió decir, asumiendo que no le volvería a tocar los cojones.

Volvió a terminar tirado en el suelo de rodillas, temblando y apoyado a la pared para intentar alejarse lo máximo posible de ella. Escuchó la respuesta a su pregunta sin ser capaz de decir nada al respecto, por miedo de que cualquier cosa que ahora dijera, fuese motivo de que le hiciera algo cada vez más doloroso. Se sentía vulnerable hasta un nivel inhumano, ya no sólo no podía evitar que lo maltratasen físicamente, sino que encima tenía que aceptar de buen grado el hecho de que le borrasen lo que ahora era una parte esencial de su historia. Le entró temor por un detalle, ¿ella sería capaz de borrar recuerdos o de modificarlos también? Temía que por conveniencia hiciese a Adae recordar un rostro diferente y él comenzase a odiar a una persona sin motivo, o incluso hasta el punto de que si en algún momento se da el caso que ha propuesto, lo pueda meter en la mierda con su declaración.

Al final no estaba tan alejado de la realidad, aunque no había acertado del todo. Tragó un bolo de saliva, el cual se había quedado pegado en la garganta como incomodidad ante el dolor y la llorera. Necesitaba tranquilizarse o le iba a entrar un maldito ataque y ahora mismo no estaba el extirpador para darle una pócima contra su maldito asma.

—Puedo preguntarte más cosas... ¿pero para qué si luego no lo voy a recordar? —dijo finalmente, cargado de tristeza, más impotencia y dolor. Aún estaba abrazándose a sí mismo, en una posición casi fetal pegado a la pared. ¿Circe también le borraría todo lo ocurrido este día o podría recordar la conversación y ser consciente de que el asesino de sus padres le borró la memoria? Eso sólo le generaría todavía más impotencia. Tener un odio terrible por una persona que no sabes quién es.

Después de eso, volvió a levantarse, aunque se dirigió a un armario en donde sacó un gran cofre envuelto en cadenas. Adae sabía perfectamente lo que era eso, por lo que abrió los ojos rápidamente cuando empezó a acercárselo.

—¿Qué haces? No cojas eso... no... No, por favor, no lo abras. ¡No lo abras! ¡N... —Y cuando lo abrió, Adae cerró los ojos fuertemente, llevándose las manos a las orejas para no escuchar nada y encerrándose todavía más en sí mismo, en una bola que no le permitiese interactuar con ese boggart. Comenzó a moverse hacia adelante y hacia atrás, haciendo ruidos con la boca de tal manera que casi parecía autista. No quería verlo.


***
Flashback

Hace dos semanas el extirpador encargado de Adae había comenzado un nuevo estudio basado en el miedo. No el miedo que sientes al ver una película, ni el que sientes cuando vas a morir, tampoco aquel que recibes momentáneamente por un susto. No. Él quería estudiar la reacción de sus sujetos cuando el miedo era aquello que más calaba en el alma de una persona; cuando el miedo te consume y te convierte en otra persona. Adae era uno de sus sujetos de experimentación y si bien en clase había tratado con un boggart inofensivo en dónde se veía algo que fácilmente podía vencerse con un Riddikulus, ahora su boggart había cambiado.

Uno de los mayores miedos de Adae siempre fue perder a su familia, por lo que si a eso le añadimos el hecho de que se siente culpable de cada una de las muertes de sus familiares y el hecho de que ha vivido auténticas masacres, es fácil asumir que el niño está traumatizado.

Fue por eso que cuando el extirpador le abrió por primera vez el cofre, faltaron segundos para que Adae no se volviera loco de verdad y perdiese la poca cordura que podría quedarle. El boggart era él mismo. Él mismo empapado en sangre que caía por su cara, por sus brazos y por sus dedos... mientras a sus pies se levantaba una pila de cadáveres de todos sus seres queridos, tanto ya fallecidos como los que aún se suponen que están vivos. Él era el verdugo de todos, directa o indirectamente. Él los había matado. Por su culpa estaban todos muertos. Su mayor miedo era convertirse en la razón de que todos estuviesen muerto, de aceptar de alguna manera de que de verdad él era el problema. Él los había asesinado y los asesinaría a todos.

Su reacción al ver aquello fue de pura histeria. La fase la negación apenas duró dos segundos, para entonces entrar en un estado de pánico en dónde la única solución era hacerse daño a sí mismo: tirarse de los pelos, rasgar su piel con sus propias uñas, morderse a sí mismo. No quería aceptar la realidad ni mucho menos enfrentarse a su mayor miedo, un miedo que él se empeñaba en negar; una realidad al fin y al cabo que se había convertido en su peor pesadilla. El extirpador consiguió parar 'a la bestia' de que se hiciese más daño de lo que él acostumbraba a hacerle, haciéndole entrar en un estado de ansiedad que se convirtió en un horrible y potente ataque de asma que terminó con Adae casi sin consciencia.

Fin del Flashback
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Circe A. Masbecth el Vie Oct 06, 2017 6:40 pm

Si Adae pensaba que podía abrir la boca para decir aquellas tonterías cuando le viniese en gana estaba muy confundido. Se había topado con alguien cuyo carácter era volátil y su paciencia prácticamente inexistente. Circe, además de todo aquello, tenía un gran ego que necesitaba ser alimentado y un orgullo de tal tamaño que difícilmente permitiría que alguien le hablase de tal manera. Y mucho menos un niño que no tenía ya  ni donde caerse muerto después de todas las penurias a las que había sido sometido a lo largo de su corta vida. Con tan solo catorce años aquel crío había perdido a toda su familia, o al menos eso era lo que pensaba. Y, en aquellos momentos, vivía en una prisión donde sufría vejaciones por parte de extirpadores y celadores e incluso con un poco de suerte por parte de otros presos que se divertían con el juguete nuevo a falta de otro entretenimiento. Siempre había quién necesitaba descargar su odio y frustración por lo que los extirpadores les hacían, y no podía esperar que Adae no acabase golpeado por ser un simple niño.

- Bien. – Contestó sin cambiar ni lo más mínimo su rostro. Tenía la sensación de que no era la última vez que tendría que amenazarle para que dejase de comportarse como un maldito niño. Pero, ¿Qué podía esperar de un niño?

No tenía ni la más remota idea de cuál era la utilidad de la mitad de los objetos que había en aquella habitación. Mucho menos cuál era la función del líquido que reposaba en los diferentes frascos repartidos por la mesa. Tampoco los objetos extraños que no había visto en su vida pero de los que se mantenía separada por si acababan por volverse en su contra.

¿Y cuál es la mejor manera de averiguar el uso de una poción? Usándola. Quizá las dos que había usado tenían mejor efecto si se bebían, pero ya se había encargado de comprobar que al contacto con la piel no eran precisamente agradables. Especialmente la segunda. De habérsela dado a beber lo más posible es que Adae estuviese a punto de morir tumbado en el suelo, retorciéndose del dolor y sujetando su cuello entre sendas manos como si aquello fuese a servir de algo contra una muerte agónica e imposible de frenar.

- Ni una más. Eres un maldito crío. – Era peor que los niños de cinco años a los que había que repetirles veinte veces que se sentasen bien en su silla. O que no metiesen los dedos en los enchufes porque de hacerlo saldrían gusanos de ellos. Como si eso no fuese una razón de peso para meter los dedos en los enchufes.

Le encantaba hablar, para qué negarlo. Si Adae le hacía cualquier pregunta, contestaría encantada pero el tipo de preguntas qué hacía eran demasiado aburridas. Estaba demasiado preocupado por lo que podría pasarle en aquella habitación o si recordaría algo de lo sucedido. Era un aburrimiento con patas.

- No sé, es mejor preguntar que llevarte un golpe, ¿No? Además, no creo que encuentres por aquí gente tan amable que te responda todas tus dudas como yo estoy haciendo. Esto se llama amabilidad, Adae, y no lo estás valorando nada en absoluto. Yo he venido aquí con la mejor de mis sonrisas dispuesta a hablar contigo un rato y contestarte las preguntas que tuvieses antes de… Bueno, ya sabes, es lo que toca. Eres tú el que ha decidido acabar con mi poca paciencia tocándome las pelotas. No creo que quieras más heridas, esa del pecho no tiene buena pinta y… Dudo que pueda hacer algo para ayudarte, pero si quieres podemos ver qué pasa si lo intento. – Tenía conocimientos de Medimagia, como era obvio, pero no los suficientes como para tratar una herida como aquella.

Cogió una de las cajas de la habitación como si no hubiese nada peligroso en su interior. Como si allí reposasen unos zapatos nuevos, los abrigos de la temporada pasada o los juguetes de su infancia. A fin de cuentas, no distaba tanto de la realidad, pues para la rubia era como un juguete que usaría para ver cómo Adae reaccionaba.

Incluso antes de que la caja se abriese, el niño se movía en el suelo tapándose las orejas y con los ojos bien cerrados.

- ¿Estás de coña? – Preguntó retóricamente la rubia a sabiendas que nadie la escucharía. El boggart, al ver la falta de atención por parte de Adae, se volteó en dirección a la rubia.

Rápidamente Adae desapareció. O más bien, la forma que había adoptado donde aquel mismo niño que gemía en el suelo estaba manchado por la sangre, mirando al vacío como si de un muerto se tratase. En su lugar, el boggart se elevó y dio un giro sobre sí mismo convirtiéndose en una masa de color negro hasta que se convirtió en un espejo de cristal de media altura. Circe ya sabía cómo era su boggart gracias a las clases de Hogwarts y no era algo que le diese pánico. Comprendía cual era su mayor temor, pero no era algo que asustase a la vista. Del mismo modo que un licántropo al ver la luna llena en forma de boggart no gritaba de pánico y se tiraba al suelo. Había diferentes tipo de miedo y el de Circe era psicológico.

Un espejo vacío. Nada en absoluto se reflejaba en él salvo todo lo que había situado tras Circe. Ella no estaba. Y es que el mayor miedo de Circe era desaparecer sin ser recordada, ser un cero a la izquierda, ser ignorada, estar sola. Irónico, teniendo en cuenta lo autodestructiva que podía llegar a ser la rubia el noventa por ciento de las veces.

- Riddikulus. – La varita se zarandeo y el boggart volvió a converirse en una masa negra que Circe obligó a entrar en la caja. La cual cerró nuevamente con cadenas. Se sentó sobre ella y miró a Adae. - ¿Por qué tienes miedo de ti mismo?
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Adae West el Vie Oct 20, 2017 2:26 am

Sí, le había quedado claro. Clarísimo. Había sobrepasado la línea, esa pequeña y estúpida línea que ella colocaba a su merced y que delimitaba todo lo que podía hacer o decir Adae. Después de lo que le hizo, se sintió cohibido en sí mismo, sin saber lo que podía o no podía hacer y, de hecho, sin ganas de hacer absolutamente nada por miedo a volver a sobrepasarse. ¿Qué esperaba, al fin y al cabo? Si pegas a una persona cada vez que habla, al final llegará un momento en el que no hablará por miedo a recibir. Y Circe ya le había hecho mucho daño como para siquiera arriesgarse.

—No me ayudes —le dijo tras su sarta de idioteces en donde se dejaba a ella como la buena samaritana que no era. Para Adae era imposible ver en ella nada bueno, por lo que todo aquello que decía y que se echaba flores no eran más que mentiras para él. Además, no sabía qué era Circe, pero teniendo en cuenta su amor por destruir y dañar, dudaba mucho que tuviera conocimientos para reconstruir y sanar. —Si me dieras la opción de preguntar sin recibir golpe, quizás te podría haber preguntado más cosas antes de que te aburrieses de apalizarme mientras estoy atado. Es normal que sea aburrido. —Su respuesta sonó bastante tajante, como si no tuviera mérito alguno hacer lo que hacía ni mucho menos 'vanagloriarse' por darle una oportunidad vacía.

Luego la chica cogió lo peor que podía coger de todas las cosas que habían allí dentro. Aquel cofre le daba muy malos recuerdos a Adae, unas malas vibraciones que no quería volver a experimentar bajo ningún concepto. Muchas personas podrían superar su miedo, enfrentarse a él o incluso vencerlo, ¿pero él? Era un miedo irracional creado a partir de su trauma. Negarse continuamente la realidad para luego ver aquello que mas aterra delante de él... era como si nada de lo que hiciese para sobrellevar su vida sirviese para nada.

Cerró los ojos y no quiso enfrentarse, otra vez, a aquello que no sabía cómo evitar. Había gente que podía estar en compañía de su miedo y no sentir temor, personas que habían superado ese pavor. No obstante, él no podía. No estaba de coña. Simplemente era algo superior a él.

Cuando se relajó y pudo escuchar a la chica conjurar el contrahechizo contra el boggart, abrió lentamente un ojo y miró, viendo que había desaparecido. Aún le dolía a horrores la herida del pecho y ahora que se había encogido había hecho que le doliese todavía más. Se la miró preocupado —la herida— mientras escuchaba a Circe, para finalmente volver a ponerse de rodillas con las manos por delante, ya mucho más tranquilo.

—No me temo a mí... Es complicado de explicar... yo... —No sabía como explicarlo, mucho menos a la persona con la que se había jurado una y otra vez no aceptar ser un asesino. —¿Sabes lo que peor me sienta de estar aquí dentro? Seguro que no. Y seguro que tampoco te importa... pero lo que más me hace querer de dejar de respirar es la culpa. Yo no asesiné a mi familia, pero fue mi culpa que eso pasara. —Ya ni podía mentirse a sí mismo. —Lo que más temo es convertirme en el motivo de la muerte de todos aquellos que me importan y aún están ahí fuera. Les hiciste un favor a todos metiéndome aquí dentro y alejándome de ellos... —dijo con tristeza. —Y... y verme ahí encima... con una pila de muertos a mi alrededor... —Perdió la mirada en un punto vacío en el suelo, con los ojos bien abiertos. —Los veo a todos muertos frente a mí, todos lo que se han arriesgado por mí, muertos por mi culpa. Ya lo hice con mi familia... al final no soy más que un preludio de que la muerte se acerca. Aquí al menos el único que puede morir soy yo.

Entonces se mantuvo callado. Era consciente de que no era capaz de transmitir ni el agobio, ni el temor ni nada mediante palabras, pero él por desgracia era muy consciente de todo lo que sentía y le daba igual lo que ya nadie tuviera que decir. Las palabras de Circe desde el primer día hicieron herida en él por mucho que Adae negase constantemente la realidad. Ya... le daba igual todo. Reírse de él por pensar esas cosas no le iba a influir, tampoco que le dijeran que es verdad, ni mucho menos que le intentasen ayudar en hacerle creer que no. Todo lo que le rodeaba le hacía ver que sí y su dueño no era más que otra prueba de en lo que se había convertido: una carga para todos.
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Circe A. Masbecth el Mar Oct 24, 2017 11:46 pm

personas fuese señal de bondad. Pero no en aquellos momentos. No para Adae West. Adae sólo había conocido la peor parte de Circe o la mejor según se mirase. Todo era subjetivo. La maldad y la bondad. El bien del mal. Lo que está bien y lo que está mal. Todo depende del ojo que lo mire. Y para el ojo de Adae, Circe era posiblemente la peor persona que hubiese conocido. Incluso peor que las que día tras día lo torturaba. Circe no sólo había acabado con su familia, sino que le había hecho ver su culpabilidad. Y aquello era lo peor que podía pasarle a alguien y lo que mejor se le daba a Circe. Ella adoraba sacar lo peor de las personas, adoraba regodearse en demostrar que tras sus sonrisas y buenas intenciones también había escondida maldad. Todo el mundo tiene partes oscuras que decide no sacar a relucir porque quiere potenciar sus mejores virtudes. Circe sólo se encargaba de sacar a la luz lo peor de cada uno. Y cómo lo disfrutaba.

- ¿Aún quieres preguntar algo? - Viendo las preguntas tan poco interesantes que había hecho a lo largo de la madrugada ya pensaba que Adae no tenía ningún tipo de curiosidad. - Estás aquí encerrado, tu familia ha muerto, estás siendo torturado diariamente y sólo eres capaz de preguntar qué hago aquí o qué voy a hacerte. Eres incluso más egoísta de lo que había pensado en un primer momento, Adae. - Sonrió, satisfecha con su descubrimiento. No es sólo que lo dijese por hacerle sentir mal sino que realmente lo pensaba. Era cierto que sólo se trataba de un niño y que era natural que sintiese esa curiosidad por lo qué le iba a suceder. Pero eso no importante. Lo divertido era sacar a relucir que sólo se preocupaba de sí mismo. - Hay gente buscándote, personas a las que les importa lo que te ha pasado, que te ayudaron a escapar de Hogwarts y tú se lo agradeces preocupándote sólo por ti mismo. - Negó con la cabeza. - No, no, no, no, Adae. No has aprendido que tienes que dejar de ser un maldito egoísta. Esa gente podría estar muerta pero a ti no te importa. ¿O es que acaso tienes miedo de preguntarlo? ¿Te da miedo la respuesta? Que no lo preguntes no significa que no haya pasado. Que tú no lo sepas no afecta en absoluto a su destino. - Circe no se había preocupado en saber quién ayudó a Adae a salir de Hogwarts. Aquello no era su maldito problema, para eso tenían legeremantes al servicio del Ministerio de Magia.

El mayor miedo de Adae cobró vida ante sus ojos pero, tan rápido como apareció, se hizo añicos ante sus ojos. El boggart cambió hasta mostrar el mayor miedo de Circe. Un miedo que no tenía dominado pero que al aparecer literalmente ante sus ojos mo causaba pavor. No era una criatura que podía acabar con su vida o un fantasma de su pasado. Simplemente era la nada. Nada en absoluto. Ella era la nada.

- Esa era la gracia de todo esto. Que te sintieras mal. - La sonrisa parecía ser imborrable en su rostro. Había conseguido lo que buscaba. Al menos, parte de lo que buscaba. - Si no quieres morirte aquí dentro busca el lado bueno de las cosas. - No era un consejo amigo, más bien un preliminar a lo que se le venía encima. - Todo tiene un lado bueno. La muerte de tu hermana te habría traído más regalos de Navidad y atención por ser hijo único. La de una de tus madres el cariño de alguien que lo ha perdido todo y haría lo que fuese por no perder lo que le queda. Quedarte huérfano te da independencia y ya no tendrás que hacer la cama porque tu madre te lo mande. Estar aquí encerrado te da la oportunidad de no matar a nadie más por acercarse a ti, haces un favor al progreso y, además, es como un todo incluido vacacional. Ah, y has aprendido la ley de acción y reacción. - Dijo conforme con todas y cada una de sus palabras. - Pero antes de darte tu último regalo tengo que enseñarte otra lección. No voy a mentirte Adae, es una lección que nunca se aprende de buenas maneras pero a la que todos tenemos que enfrentarnos. Es una de las bonitas consecuencias de la vida adulta.

La rubia abrió la puerta de aquel habitáculo y salió de allí durante algo más de media hora. Tardó más de lo necesario sólo para hacer que Adae sintiese más miedo de lo que podía suceder. Para que pensase en lasel cientos de posibilidades y, finalmente, se enfrentase a la realidad.

- Uno de los Extirpadores me dijo que habías conocido a alguien aquí abajo. Seguramente no sea el único que has conocido pero si servirá para que aprendas que las personas desaparecen se tu vida por tus acciones. Tú simplemente existes, y eso es suficiente causa para dar lugar al efecto de tu sufrimiento. La soledad es cosa fea, especialmente en un sitio como este. - Elevó la mano izquierda y dos celadores entraron al lugar llevando una celda metálica  alzada con ayuda de sus varitas. - Dejadlo ahí, frete al crío.- Los hombres asintieron y no tardaron en marcharse de ahí.

En la celda podía verse otro niño. Quizá algo mayor que Adae. Delgado, con los huesos marcados y los rasgos de su rostro aún más. Tenía grandes ojeras y moratones en los brazos.

- Mason era Gryffindor, no sé si lo sabías. Fue capturado en la batalla por intentar defender a los de su casa y... bueno, su familia resultó ser muggle y ya sabes lo que eso significa. - Aquello era suficiente información. Más que de sobra. - Ahora quiero que recuerdes algo, Adae. Si estás vivo, es porque yo dejo que lo estés. Si tu familia ha muerto, es porque has sido un maldito egoísta que sólo piensa en su maldito trasero. Y cada vez que hables con alguien aquí abajo estarás firmando su sentencia de muerte. Puede que no sea algo inmediato, pero todos los que hablen contigo serán puestos en una lista y, tarde o temprano, morirán. Y si mueren, es sólo porque tú decidiste que lo hicieran. -  Cogió un bisturí y lo acercó al cráneo de Mason, quien no podía moverse a causa de una poción. - Vas a hacerlo tú. Y lo bonito de todo esto es que le harás sufrir hasta que encuentres el punto exacto que causa la muerte. Es curioso como funciona el cuerpo humano, ¿Verdad? - Lanzó el bisturí al alcance de Adae y movió la jaula con ayuda de su varita, dejando al niño inmovilizado frente a Adae. - Sólo vale clavarlo en su cabeza. Si no lo haces lo haré yo. Y traeré a otro. - Hizo una breve pausa. - Y a otro. Y a otro. Y así hasta que seas capaz de hacerlo tú.
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Adae West el Vie Nov 03, 2017 1:04 am

Y otra vez, sembrando la maldita duda. Era fácil en realidad, Adae era un niño demasiado vulnerable, más ahora que no tenía nada y la única persona que era capaz de juzgarlo era siempre la misma que quería verlo hundido en la más  profunda miseria. Era ella quién cogía esa semilla, cargada de dudas, prejuicios y preguntas y la depositaba en Adae, regándola segundo tras segundo, minuto tras minuto, hasta que se convertía en culpa, remordimientos y la verdad que le consumía por dentro.

Tal y cómo lo había predicho la propia Masbecth, hizo que Adae sintiese egoísta. ¿Pero realmente lo era? ¿Realmente era un ser tan despreciable como para serlo en sus circunstancias, o era solo ella, jugando otra vez con sus emociones débiles y totalmente manipulables? Él ya no sabía ni qué sentir o qué hacer. Él, simplemente, cada vez se sentía peor, siendo un títere sin decisión en las manos de aquella mujer. ¿Acaso le quedaba algo en lo que apoyase para llegar desafiar lo que ella decía? Por desgracia no le quedaba nada. Sólo se tenía a él mismo y, gracias a aquella bruja, cada vez era lo que más odiaba.

De repente le vinieron a la cabeza miles de preguntas sobre sus seres queridos que aún seguían vivos. Todos sus amigos; todas las personas que le habían ayudado... Pero claro, ¡no podía preguntar por ellos! ¡No podía preguntar por nadie! Todos estaban escondidos, ¿ella que iba a saber? Solo delataría a aquellas personas que les prestaron su ayuda.

—No quiero saber si nadie está muerto —consiguió decir. ¿Era eso un pensamiento egoísta? Por un momento se le pasó por la cabeza la idea de que Stella pudiese estar muerta y se le heló la mirada y el corazón durante un segundo. Si eso había pasado, él no quería saberlo. Para una cosa buena que le quedaba ahí fuera... ¿de verdad quería correr el riesgo de saber si también lo había perdido? Quizás era egoísta, pero nada iba a cambiar saberlo o no. —De nada sirve lo que pueda saber de ellos... —Y como bien decía Circe, tenía miedo a preguntar y que la respuesta fuese afirmativa.

Se limitó a mirar a la chica mientras ella hablaba, altiva, como si todo lo que saliese por esa boca fuese alguna especie de verdad universal que todos debían compartir. Su ceño estaba fruncido y su mirada era plenamente rencorosa mientras la escuchaba hablar sobre 'las cosas buenas' de toda la pérdida que había tenido. No había nada bueno en todo lo que había vivido Adae. Lo único bueno y que no le afecta es que nadie de su familia iba a tener que sufrir viéndole morir a él ahí dentro. Todo lo que le decía le parecía estúpido, pero como no estaba en posición de juzgar nada de lo que decía, se decidió por mantenerse callado y sumiso.

Aunque la sumisión que profesaba no era de obediencia, sino más bien de temor. Cuando comenzó a contar lo de su próxima lección, supo que debía de comenzar a temer por lo que estaba a punto de salir por sus labios. Cualquier idea que viniera de Circe Masbecth ya Adae sabía que sería peligrosa, horrible y aberrante. En un principio no entendía lo que decía: ¿acaso ya no había recibido suficiente dolor en consecuencia de sus actos? ¿Por qué ahora estaba Mason frente a él en ese estado? Adae miró temeroso a Circe cuando comenzó a decir lo que hacer. Como si de un reflejo innato se tratase, comenzó a mover lentamente de un lado para otro, negando lo que decía. ¿Cómo podía siquiera pensar que Adae iba a poder hacer eso? ¿No había quedado claro ya que prefería morir a seguir haciendo daño a la gente? ¿Acaso no quedaba claro que había aprendido? ¡No estaba entendiendo el propósito de ese experimento horrible!

El sonido del bisturí arrastrándose contra el suelo hasta quedar frente a él fue lo que le hizo salir del trance. No lo cogió. Y si lo cogía más valía a Circe estar en una distancia en la que Adae no llegara porque si lo clavaba en algún lado, intentaría que fuera en ella.

—N-no pienso hacer eso —respondió bien seguro de lo que decía. No pensaba hacer daño a nadie conscientemente, ya bastante traumatizado se sentía habiéndolo hecho de manera inconsciente. —No te van a dejar que mates a todos los presos que quieras sólo porque quieres darme una lección que ya he aprendido. ¡Ya no tengo nada por lo que ser egoísta! ¡No voy a matar a nadie! —Cogió el bisturí y se lo tiró a Circe con rabia. Con tanta rabia que de verdad esperaba hacerle daño, aunque fuese una ilusión vaga e imposible. —¿Qué quieres que aprenda con todo esto? ¡Porque no lo entiendo! Vienes a hacerme olvidar, vienes a hacerme daño, vienes a hacer que mi vida sea todavía más miserable si es que eso es posible y... me dices que soy egoísta por pensar solo en mí. ¡No me queda nadie! ¡Nadie! ¡Me los han arrebatado a todos! —No gritaba, básicamente porque no tenía fuerzas para ello, pero sí que habla con intensidad, enfadado, confundido. —¿Quieres que deje de ser egoísta? ¿Es eso? Pues mátame. Así nadie morirá por mi culpa y no habrán más consecuencias mortales por todo lo que hago.
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Circe A. Masbecth el Vie Nov 03, 2017 3:41 pm

Todo niño era egoísta y Adae no estaba lejos de ser uno. Su egoísmo era diferente al del resto de niños de su edad por la simple razón que sus vivencias no habían sido, ni de lejos, las mismas. Adae ya no era un niño egoísta que se preocupaba de su propio trasero y cuya conversación giraba sobre sí mismo y lo que le importaba. Adae era un niño egoísta porque había decidido anteponer sus propias necesidades a las de su familia y eso les había costado la vida, por mucho que le pesasen las palabras. Adae era  un niño egoísta porque había decidido no querer saber qué había sucedido con sus seres queridos para que la culpabilidad no le golpease de lleno. Para no sentir el vacío de la muerte una vez más. Para no sentirse responsable de sus acciones porque cuando no sabes las consecuencias de tus acciones, a fin de cuentas, es cómo si no hubiesen sucedido.

- Si sirve. Al menos a mí me serviría si estuviese encerrada aquí abajo con la única compañía que la de mi soledad. Eso da para pensar, ¿Sabes? Para volverte loco pensando. Si sabes que tus amigos están vivos puedes encontrar una motivación para, algún día, lograr salir de aquí. – Sí, con los pies por delante y en una mesa de autopsias. Pero siempre cabía la posibilidad de poder salir de ahí. Circe, más que nadie en su bando, lo creía. No creía que los Mortífagos fuesen a controlar el Mundo Mágico en todo momento. No creía que aquel periodo de supuesta paz fuese a durar hasta el fin de los tiempos. Duraría lo que tuviese que durar y luego la rueda giraría, poniendo a los pro-muggles en la parte superior y dejando a los Mortífagos tragando el fango en la parte inferior. Así era la rueda, giraba y giraba. Uno arriba primero, luego el otro. – Pero si sabes que están muertos… Ah, si supieras que están muertos al cien por ciento la culpa te haría volverte loco, ¿No es verdad? Por eso no quieres saber qué ha sido de tus amigos. No quieres culparte de lo que ha pasado ni pensar que ya no te queda nada ahí fuera. – Y podría haberle solucionado aquella duda. Pero no pensaba hacerlo y más cuando lo que ella conocía era que nadie más había sido apresado a causa de Adae ni ningún muerto se había sumado al cementerio particular que aquel niño de… ¿Ocho años? Tenía.

Buscó algo con lo que divertirse a falta de un Adae colaborativo. A Circe le gustaba jugar, ella sí que era una verdadera niña en muchos aspectos. Pero era una niña curiosa. De esas que cogen los insectos y juegan a cortarles las patas para ver cómo avanzan a rastras en busca de un final mejor. De esos niños que se acercan a un hormiguero con una lupa y van quemando todas las hormigas que aquel pequeño cristal les permite. Así era Circe. Y era complicado que cambiase a esas alturas de su vida. Pero no imposible, por supuesto. Lo suyo era curiosidad, al fin y al cabo. El problema estaba en que no le importaba qué hacer o cómo para conseguir saciarla.

- ¿Me vas a obligar a que lo haga yo por ti? – Preguntó tras notar como el bisturí golpeaba una de sus piernas de canto y caía al suelo con su particular sonido metálico, moviéndose por el efecto antes de quedar quieto en el suelo. Se agachó para cogerlo y dio un par de pasos hacia delante. Mason ni siquiera se movió. – Eso lo dices tú. La vida de esta gente no le importa a nadie. Y sois miles, creo que estaría haciendo un favor a la sobrepoblación del Área – M. – Eso era cierto. Teniendo en cuenta que estaba llena de muggles que poca relación tenían con el mundo mágico, aquello estaba lleno.

Se acercó a Mason y acarició su cabeza con falso cariño. Sonrió mirando en dirección a Adae, ignorando el resto de su discurso mientras terminaba de darlo y, con fuerza, clavó el bisturí en un lateral del cráneo del chico, cerca de la zona del cuello y casi rozando una de sus orejas. Mason parpadeó dos veces. Un hilo de sangre comenzó a caer de la herida abierta cuando Circe sacó el bisturí.

- Esto no es mortal, bueno, lo será en unas horas cuando su cerebro haya perdido suficiente oxígeno y acabe en coma, en el mejor de los casos. – Repitió el proceso, en el lado opuesto. Esta vez Mason ni siquiera parpadeó. – Puedo seguir clavándoselo hasta que muera. El record está en doce cuchilladas, ¿Quieres ver si lo supero? – Preguntó con una leve sonrisa antes de lanzar, nuevamente, el bisturí por el suelo. Se echó hacia atrás para no quedar al alcance de Adae y le devolvió la mirada. – Hazlo o acabaré yo e iré a por otro. No hagas que sufra más, muestra benevolencia. Además, si fuiste capaz de apuñalar a tu madre, ¿Por qué no puedes con este niño? Apenas le conoces.
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Adae West el Jue Nov 09, 2017 10:30 pm

—A ti te serviría, a mí no. No somos para nada iguales —respondió a su insistencia. Él no iba a salir de ahí, teniendo en cuenta como iban las cosas, lo más probable es que terminase muerto algún día por el despiste de algún extirpador o porque Circe directamente se aburrió un día y fue a matarlo para terminar con el círculo vicioso que empezó en su momento.

Ella era una persona inteligente —por desgracia— y supo averiguar sin ningún tipo de problema el verdadero motivo por el que Adae no quería saber, bajo ningún concepto, qué pasaba ahí fuera. ¿Y si de repente le decía que Stella había muerto al intentar salvarle en su casa? ¿O si le decía que cualquiera de sus compañeros de Hogwarts había sido capturado también? ¡O cualquiera! ¡No quería saber de más muertes! Estaba harto de muertes, sólo podía pensar en ellas, una y otra vez. Eran las protagonistas de cada una de sus pesadillas.

¿Matar a una persona? ¡Aquella chica solo sabía hablar de muertes y matar! ¿Cómo era posible siquiera que pudiera tener una vida normal? Se negó de manera rotunda a hacer daño a aquel chico. No quería ser partícipes de más muertes y no quería creer sus palabras. Le hacía tener que aceptar la culpa sin tener nada que ver en la ejecución y no, se negaba a entrar en ese juego. Por un momento se creyó lo que decía de que podía matar y matar a todos los que quería, pero no podía, ¿verdad? Ella no pertenecía allí. Aquello era privado, no podía simplemente matar a todos los que les diera la gana... La miró, temeroso por lo que fuera capaz de hacer.

Cerró los ojos fuertemente, apartando la mirada al ver cómo, sin ningún pudo, clavó aquello en la cabeza del chico. No quería abrir los ojos y, si lo hacía, quería despertarse en un lugar diferente, en una compañía diferente... algo sencillamente imposible. El bisturí volvió a caer en campo de Adae, pero éste no lo cogió.

—Yo no apuñalé a mi madre porque quisiese. Tú me obligaste, en contra de mi voluntad. Yo JAMÁS hubiera apuñalado a nadie. ¡JAMÁS! —Y por mucho que dijesen que había gente capaz de librarse de un Imperio... Adae solo era un niño. Sí, había sido víctima de dos Imperios en su vida, ¿pero acaso eso le hacía más sabio? No, sólo más desafortunado. Era la mente de un niño, muy fácilmente manipulable bajo los efectos de una maldición imperdonable. —¡Y no pienso apuñalar a Mason! ¡Deja que se vaya! ¡No te ha hecho nada! Por favor, deja que se vaya. Haz lo que quieras conmigo, pero deja de matar a gente. Deja de matarlos a todos. Deja... que al menos tengan una oportunidad... ¿no has tenido suficiente conmigo? —Suspiró finalmente.

Miró el bisturí, pero ni se planteó cogerlo. No tenía fuerzas, ni mucho menos ganas, pero sobre todo fuerzas. De hecho estaba seguro de que en el supuesto caso de que él cogiera eso y decidiera clavárselo a Mason, no iba a tener ni fuerzas para conseguirlo, ¿sabéis lo duro que está el cráneo y lo débil que estaba él? Pero no iba a hacerlo. Se sentía culpable por tantas cosas y a la vez estaba intentando redimirse de ellas que... que simplemente no podía hacer aquello. Ahora mismo lo único que quería era que aquella chica desapareciese de delante de ella. Era, sin duda, la persona que más daño le hacía de todo tipo. Emocional, mental, físico... era... una pesadilla hecha realidad.

—No lo voy a hacer... —repitió cabizbajo, aún con la mirada en el bisturí. Eso sí, finalmente lo cogió, guardándoselo para él. En su ilusa mente se avivaba la idea de que si él tenía el bisturí, Circe no podría acuchillarle múltiples veces.
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Circe A. Masbecth el Dom Nov 12, 2017 7:59 pm

Todo aquello era un juego. Un juego macabro pero, a fin de cuentas, un simple juego. Circe tenía una extraña forma de divertirse pero, como cualquier otra persona, tenía esa necesidad de ocio. Por muy extraño que este fuese. Y es que desde que era niña le había apasionado la idea de causar dolor a otras personas. No físico, precisamente, sino de carácter emocional. Circe no era una persona fuerte físicamente ni de esas que necesitasen golpear a otra persona para sentir paz y tranquilidad. Le daba igual la tortura física, la sangre o la agonía en los ojos del contrario. Su dolor favorito desde bien niña había sido el dolor emocional. Aquel que se queda clavado en tu interior y te quita el sueño; el que recorre cada célula de tu cuerpo y hace que se te congele el aliento; el que te hace sentir como en una pesadilla de la que solo quieres escapar. Ese era el tipo de dolor que las personas como Circe adoraban ejercer.

- Te repites. – Dijo rodando los ojos. Ya sabía que Adae no había querido asesinar a su madre. Ya sabía que de no ser por su hechizo no habría hecho aquella acción tan horrible que posiblemente le quitaría el sueño cada noche o llenaría su mente de pesadillas cada vez que cerraba los ojos. Pero lo había hecho, a fin de cuentas, había sucedido.

Aún así, el niño se negaba a apuñalar al otro crio inútil. Circe estaba molesta por aquello. Simplemente quería que sucediese y ver cómo la culpabilidad volvía a corroer a Adae desde lo más profundo de su pecho. De haber podido, le habría puesto a aquel niño la cara de otro de los amigos de Adae, alguien mucho más cercano. De haber podido habría entrado en la mente de Adae dañando todos sus recuerdos hasta convertirlos en cenizas en su boca.

Y todavía estaba a tiempo de hacerlo.

- ¿No? – Fue hacia la mesa y cogió un objeto mucho más grande. Se trataba, literalmente, de una máquina para poner clavos. Algo así como una pistola pero en lugar de balas contaba con clavos que no salían disparados a la velocidad de una bala, sino que simplemente se clavaban. Los Extirpadores seguramente lo usarían para torturar y Circe haría exactamente lo mismo.

Miró a Adae, manteniendo contacto visual en todo momento y acercó la zona por la que salían los clavos a la cabeza de Adae. Sin previo aviso, apretó.

Un hilo de sangre comenzó a caer por la nariz del niño. Sus ojos estaban encharcados en lágrimas pero aún así el niño no emitía ningún tipo de sonido lo cual le quitaba bastante magia y dramatismo al asunto. Circe elevó la varita y golpeó el rostro del chico haciéndole plenamente consciente de todo lo que estaba ocurriendo. Ya podía sentir el dolor. Las lágrimas brotaron de sus ojos y un grito ahogado salió de su garganta.

- Y solo van dos. – No apartó la vista de Adae en ningún momento. Ni siquiera cuando apretó por tercera vez. – Tres. – El grito sonó aún más fuerte que antes.

- Por… Por favor. – Las palabras no salían de su boca. Como si le costase hablar. La sangre cubría el interior de su boca, manchando todo a su paso cuando la abría dejando escapar palabras apenas entendibles para las otras dos personas que había en la habitación.

- ¿Vas a ser tan cruel  como para dejar que sufra? – Preguntó Circe, repitiendo el proceso en la parte baja de la cabeza. El clavo atravesó esta vez un puto más importante que hizo que el grito se quedase ahogado en la garganta del niño y sus ojos dejasen de ver, mirando a la nada. – Creo que ha muerto. – Comprobó el pulso y sonrió alegremente. – Parece que no, aún sigue ahí dentro. ¿Crees que soportará otro? – Y no esperó la respuesta de Adae, sino que dio otro disparo haciendo que el cuello del chico se venciese hacia un lado.

Volvió a comprobar el pulso.

- Sí, ahora sí. No te muevas, voy a por otro. – Dijo con alegría infantil mientras correteaba en dirección a la puerta. Se apoyó en el marco y dio un par de indicaciones a los celadores del exterior.

Pocos minutos después, la rubia volvió donde se encontraba. Movió sin mucho cuidado la jaula donde aún se encontraba Mason y la colocó a un lado antes de que la puerta se abriese nuevamente y una segunda jaula entrase en escena.

- Esta es Gladis. Tiene ochenta y tres años y dos hijos en el Área M. Ella es muggle y sus hijos son sangre sucias. Me han dicho que ya os conocéis.

- No le hagas daño a Adae, por favor.

- No, no, tranquila. – Circe abrió la jaula de la mujer y le animó a sentarse en uno de los taburetes. Hizo que un par de cadenas aferrasen su cuerpo impidiendo que se moviese y cambió la silla de posición para que quedase al alcance de Adae. – El juego es fácil. Adae tiene un bisturí que debe clavarte en la cabeza. Si no lo hace, yo disparo. – Dijo enseñándole la pistola de clavos que tenía en la mano, moviéndola de un lado a otro de manera infantil, como si fuese un sonajero. – Si yo te mato, el siguiente en venir es uno de tus hijos. Si te mata Adae, yo le devuelvo a su celda y tus hijos estarán a salvo un día más. Fácil, ¿Verdad? Pues vamos a jugar.

Gladis dibujó una sonrisa que no evocaba alegría alguna en su rostro y miró a Adae.

- Hazlo cariño, te prometo que yo no me enfadaré contigo si lo haces. No dejes que les pase nada a mis hijos, por favor. – Su voz sonaba tranquila, calmada. Como si de verdad no le importase morir si a cambio salvaba otra vida.
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