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Priv. || Bosque de Epping || FB

Niara Soyinka el Jue Sep 21, 2017 3:17 am

No pudiste traicionar mi corazón. Al final. Tuviste que ser capturado, torturado, y ni siquiera quebrado pudiste. Pero ellos. Nos vencieron.


Niara Soyinka lo había dejado todo en África. Pero se había traído algo de su tierra con ella, algo que no hacía sentir su peso en las maletas, pero que viajaba con la recolectora de antigüedades, en espíritu. Era el amor de los suyos, su confianza, y el lejano pero siempre presente murmullo de la noche de la sabana, atravesada por el fuego, los gemidos y el ritmo. Nunca pensó que no le sería posible volver. Tú difícilmente adivinas cuándo empezará a acabar tu vida. ¿Dentro de cinco minutos, treinta años, antes de que caiga el sol?

En su caso, todo acabó con una carta que la llevaría a Londres. No. Más precisamente, fue cuando aceptó acudir al llamado de un amigo y colaborar en favor de su causa contra la fuerte represión que el Nuevo Orden imponía bajo el mandato de los seguidores de Voldemort. La persecución y la matanza de los opositores estaba en boga, no había sitios lo suficientemente seguros. Los que podían, huían o se escondían, y por supuesto, Malachi, se resistía. Se negaba a irse, pero ayudaba a los rezagados, los débiles, los que necesitaban de una mano en esos tiempos oscuros. Y Malachi confió a Niara uno de sus planes, haciéndola parte de la resistencia.

Pero, ¿quién era Niara Soyinka?, ¿o quién había sido antes de ir a morir a esa Inglaterra purista, invadida de horrores? Ella y Malachi eran muy diferentes, a decir verdad. Se habían conocido alrededor del mundo, en una aventura por ciertas catacumbas que pudo resultar en una insalvable tragedia. Desde entonces, habían pasado de ser dos desconocidos envueltos en una tirante relación de competencia, a desarrollar una confianza mutua entre ellos. Entonces, la africana lo hizo su amigo, y ya no hubo vuelta atrás.

Y Malachi sabía en quién había depositado su confianza: esa Soyinka no era como otros de mismo apellido que había conocido (arrogantes por excelencia, dentro del negocio de las antigüedades), sino que tenía inclinaciones de carácter sumamente diferentes, así como con otro montón de personas en el mundo a decir verdad. Era una testaruda. Pero tenía un buen corazón, uno amable, solidario. Aunque fuera una testaruda—otra vez—, de temer. Era la clase de persona que corría hacia otros, sin detenerse a preguntarle a nadie si hacía lo correcto. Bastaba con que lo supiera en su corazón. Por eso, no hubo duda de que ella acudiría sabiendo cuál era la situación, incluso si eso la ponía en peligro.

Y sin embargo, hay algo sobre ella que es justo aclarar. Porque la hace diferente de personas con fuerte ego (en este caso, algo negativo, pero no porque tenga que ser de esa manera), de cobardes y tacaños y ruines de corazón. Era el hecho de que Niara Soyinka nunca había sido miserable. Nunca. Desde temprana edad había sido criada en una familia que le dio todo, todo en este mundo, a cantidades incalculables. Le dio su amor, su apoyo, le dio la alegría de una infancia feliz, le dio todo a esa niñita mandona y juiciosa, que se batía con los mayores cuando no estaba de acuerdo con algo, que se hacía oír alto y claro, que se hinchaba con su pecho tibio y alborotado, ¡indignado y fiero!, cuando hacía frente una injusticia. Ese espíritu de lucha lo habría sacado de su madre, lo más seguro.

Ella peleaba. No porque fuera más robusta o más alta que los demás o siquiera porque tuviera tendencia a querer liderar a otros. Había quienes por la naturaleza de su carácter eran más apropiados para ser escuchados, para ser líderes, pero ella, era del tipo introvertido, y a veces ofendía sin quererlo, a veces le costaba tocar tu corazón con lo que para ella era una rabiosa convicción por una causa justa. Pero cuando las cosas se ponían difíciles, cuando a veces, quería llorar y gritar y patear el suelo, estaban las personas que amaba, y que la amaban de vuelta, para sostenerla, aconsejarla, y darle ese pequeño empujoncito que luego hacía la diferencia, para bien.

Muchos tropiezos había tenido Niara Soyinka, como sangre impura, como ‘la hija de la squib’, por tantos motivos sin verdadera importancia. Pero todos los muros que se pusieron en su camino, todos esos muros de ignorancia, crueldad, indiferencia, arrogancia, ¡ella los derribó! Porque nunca estuvo sola. Nunca sola. Hasta que fue a parar entre los muros de Azkaban. Allí, Niara Soyinka perdió su identidad. Allí, quedó sola. Allí, conoció la miseria. Pero de eso, nada sabría hasta cruzarse con sus captores. Y de entre ellos, ese vil hombre, que se cruzó entre ella y la libertad. Pero lo que le dolía todavía más: entre ella y Malachi.

***


En los bosques inmarcables de Londres, allí donde los muggles creen conocerlo todo cuando en realidad, tienen lo inexplicable delante de sus narices, sin darse cuenta de nada. Como sucede con el Bosque de Epping, mucho más profundo, mucho más tenebroso, de lo que ninguno de ellos podría imaginar. Era una parada histórica y arqueológica, cuyos secretos estaban reservados para los magos.

—Estarás bien, ya lo he hecho otras veces—Niara tranquilizó a la mujer del grupo, una nueva tanda de refugiados que serían sacados del país por medio de un barco con un encantamiento desilusionador encima (a gran escala) y varios otros para estar a recauda de miradas indiscretas, y especialmente, las amenazas. Era una embarazada, demasiado joven quizá, pero decidida a tener el niño. Y lo tendría, en ese bosque, porque el tiempo apremiaba. Su preocupación se debía a la inseguridad. El punto de encuentro, esta vez, quedaba metros hacia dentro del bosque, todavía más hacia adentro. Esto era así porque acamparían un tiempo, sólo hasta que la embarazara tuviera a su niño (días, quizá esa misma noche). Porque estaba muy débil para viajar o siquiera aparecerse (no recomendable en embarazadas)—Pero ustedes esperarán aquí. Aseguraré la zona.

Porque era costumbre que el guía lo hiciera. No imaginó que a pesar de sus precauciones iban todos directo a una emboscada.



Golosinas:
Jaja No sé cómo excusarme por lo flipante del starterXD Siempre tengo que acabar en bosques encantados o ruinas peligrosas. Ya sé. Si era un punto de encuentro, ¿por qué no un puerto?, ¿algo práctico? Incluso una heladería con un pasadizo subterráneo —mmm, buena idea— (!)Bueno, todo tiene sentido, no te preocupes. Es sólo cuestión de convencerse de ello. Y convencer a los demás con la cara más seria que tengas.

Ah, sorry lo de... Generalmente, cuando abro un tema, me gusta darle trasfondoXD ¿Se nota?XD


Última edición por Niara Soyinka el Lun Oct 23, 2017 7:47 am, editado 1 vez
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Niara SoyinkaFugitivos

Henry Kerr el Vie Oct 13, 2017 4:33 am

Era noche cerrada. Noche de Walpurgis y cuentos de brujas, pero una madrugada particular y especial, trasladada de la noche que transcurría del treinta de abril al uno de mayo, a la de esa fecha de conveniencia.

El olor del miedo se entremezclaba con la niebla que adornaba esa madrugada, con el frescor propio de la naturaleza. Una mezcla de sentidos y sentimientos que lo hacían sentir más vivo que nunca, pues sabía lo que la noche le deparaba. Tenía pleno conocimiento de lo que ocurriría más pronto que tarde, y la caza siempre era apasionante.

Por supuesto, el miedo que percibía no era suyo. No sentía miedo por sí mismo, ni por ninguno de los oscuros compañeros que los acompañaban. ¿Por estar seguro de la victoria de su grupo? No. Porque bien poco le importaban esos estúpidos que sólo tenían mente para el sadismo y la depravación.

Eran tan útiles para la causa como una daga. Podrían destruir y atravesar la carne como una. Hacer que sufrieran sus enemigos. Pero no dejaban de ser instrumentos que solo servían en manos de alguien con cerebro. Por si solos no valían para nada.

El miedo que percibía ni siquiera era de sus presas. Ellas aún no sabían lo que les esperaba. Pero ya llegaría el momento… Eso era lo que avanzaba por sus nervios tocando cada célula de su ser. Tocándolo de forma tan intensa, que podía notar cómo en lo más profundo de su ser quemaba de pura excitación.

La tensión se palpaba. Y el miedo llegaría cuando su grupo de mortífagos cayeron sobre los incautos desgraciados que irían hasta allí.

Podía sentir el miedo de sus presas antes de que sucediera, porque tenía la certeza más absoluta de que pasaría. Del mismo modo que el sol saldría por el horizonte con el futuro amanecer. Un amanecer que nunca volverían a ver esos desgraciados fugitivos.

Todo estaba listo y preparado. La zona del encuentro llena de hechizos para evitar las inoportunas desapariciones de sus víctimas. Todos con los conjuros pertinentes para mantener el silencio en el bosque.

Sólo el sonido de los animales nocturnos se escuchaba. En medio de una ligera niebla, no demasiado densa como para no ver a un palmo de distancia, pero suficiente para que no se pudiera ver muy a lo lejos. Una niebla perfecta, pues desde las copas de los altos árboles podían ver justo el suelo del encuentro. Casi se podría decir que los dioses estaban con ellos, si es que se creyera en alguno.

El crujido de unas ramas secas llamó su atención, y pronto pudo escuchar el tono de una mujer. Bajo por el tono usado y la distancia, pero suficiente para al menos identificar que se trataba de una fémina. No había podido escuchar que había dicho, pero que importaba. Una maliciosa sonrisa se dibujó en su rostro. Su premio ya estaba allí.

Una joven pasó por debajo de él, ignorante del peligro que acechaba oculto en el  follaje de los árboles.

Era fácil ver las copas de los árboles de la primera línea de bosque, cuando se estaba fuera de este. Pero una vez te internabas dentro del bosque, sobre todo en uno como ese, con los troncos tan largos, era más difícil hacerlo. Había que levantar el rostro de forma deliberada. Una acción que no era común, salvo que un sonido llamara tu atención, o quisieras contemplar la belleza de un mar verde de hojas. Nadie iba caminando mirando hacia arriba, en vez de hacia adelante.

Además, no es que se actuara de esa manera en noche cerrada. Poco paisaje se contemplaría. Mucho menos aún, cuando tu propósito era ir a una reunión secreta, no salir de paseo por el bosque.

La niebla algo ayudaba. Pero con franqueza, si él podía ver a la mujer que pasaba por debajo, ella también podría verle si alzaba la vista.

Henry aprovechó ese instante para hacer una señal de silencio con el dedo sobre los labios, no quería que esos estúpidos se impacientaran y cometieran un error. La mujer iba sola. Pero era una circunstancia que no tardaría en cambiar.

Si la había escuchado hablar, era por un dato tan simple, que hasta esos mentecatos podría imaginarlo.
No estaba sola. Se había adelantado, pero había alguien más con ella. Eso, o hablaba sola. Una idea absurda, que además no cambiaba los planes. Si en realidad conversaba consigo misma, por esperar un rato más no pasaría nada.

No tardó en contemplar una mujer llegando por la misma zona que la primera, y con ella algunas personas más. Por su actitud, notaba que esperaban a la otra chica. No avanzaban con decisión, por el contrario, lo hacían despacio. Y seguirían así hasta que la que se había adelantado regresara. Táctica sencilla de reconocimiento. ¿Por qué ir todos hacia el peligro, si se podía sacrificar a uno para comprobar si existía dicho peligro?

Qué asustados estaban. Qué sabroso se paladeaba el miedo que sentían, y que pronto sería mil veces mayor cuando sus camaradas cayeran sobre ellos. La espera había merecido la pena.

- Id a por ellos-, susurró en bajo a su compañero mortífago más cercano, el que espiaba desde su mismo árbol. - La otra chica es mía-, musitó mientras observaba el caminar de la mujer, marcando una sonrisa en el rostro.

Misma sonrisa con la que apareció delante de la joven en cuestión. Una hermosa y perfecta sonrisa, que se iba marcando con mayor claridad, igual que el resto de su cara y cuerpo, al mismo tiempo que las volutas de humo negro del hechizo Umbra Transporte se iban deshaciendo.

- Mmm, que apetitoso dulce acabo de encontrar-, dijo con sensualidad, nada más plantarse delante de la mujer. - Creo que será una noche más entretenida de lo que pensaba-, comentó, transformando su sonrisa en una media sonrisa de lo más pícara, y observando a la chica con una mirada penetrante.
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Henry KerrMagos y brujas

Niara Soyinka el Miér Oct 25, 2017 8:55 am

El Bosque de Epping era un misterioso lugar, uno de esos ‘bosques encantados’ que apasionaban al imaginario colectivo muggle, pero mucho más real de lo que pensaban. Si eres un cazador puedes sentirlo, el vértigo que te serpentea desde las puntas de los pies. El acecho de la amenaza, siempre presente.

—Creo que será una noche más entretenida de lo que pensaba.


No lo comprendió, no entonces.


Niara expresó sorpresa, abriendo los ojos, sintiendo la repentina quemazón de la adrenalina, que le abrasaba la cara, los brazos, las manos,  consumiéndola desde adentro al grito de alerta.

Si los habían estado esperando a mitad de camino, era porque alguien los habría delatado. Y a Niara sólo se le venía una persona a la mente. No podía ser, no. Su amigo, ¿estaría sufriendo en ese momento?, ¿le habrían hecho daño? Era la única explicación.

Puede que Niara Soyinka estuviera en ese momento más cerca de la horca de lo que nunca hubiera imaginado, o de hecho, estaqueada en el mismísimo patíbulo, de cara a la muerte; y sin embargo; su primer pensamiento se lo dedicó a Malachi, su amigo, presumiblemente cautivo.

O eso fue, hasta que oyó los gritos, el impacto fulminante de los maleficios silbando vertiginosamente en la noche, venida a instalarse entre la boscosa espesura como una pesadilla. El asalto de los mortífagos había dispersado a los fugitivos, y ahora se debatían por sus vidas en medio de una reyerta de varitas.

Jamás Niara había escuchado el alarido que emitían las penosas víctimas de un crucio, no hasta entonces. Esa fue su primera vez atestiguando en carne propia, en primera línea, el dolor que ocasionaba la tensión calcinante de los nervios quebrados, e incluso el indecible tormento de la desesperación cuando no tienes nada o nadie a quien aferrarte y te deshaces en pedazos de agonía.

Todo lo que recién estaba empezando a suceder, esa desgracia, tenía el rostro de aquella persona, situada frente a ella. Lo que vivía en ese momento, algo que no había experimentado antes, tenía conexión con aquel hombre a quien luego vería en sus pesadillas, como un negro recuerdo de lo que había sucedido, entre los escombros de las vidas que se perdieron aquella noche.

Lo único que Niara tuvo en claro en ese preciso instante, ajena a los planes del destino, fue que había proteger a toda esa gente que venía con ella, y que había una mujer embarazada en el grupo. Y que los mortífagos no tenían humanidad como para perdonar a las vidas inocentes. Por eso, eran bien conocidos.


¡Rápido!, ¡había que actuar!, ¡AHORA!


¡Relitate Fictium!


Echaron a correr, cada cual por su vida, mientras que los mortífagos caían sobre ellos como envueltos por un manto negro, salidos de entre la neblina. Pero el hechizo que habían preparado en caso de ataque —habían planeado llevarlo a cabo en conjunto si se daban tales circunstancias— cubrió sus huellas, dándoles un momento de ventaja, o eso es lo que les hubiera gustado creer.

Habían capturado a los mortífagos en una ‘burbuja’ que les mostraba una realidad alternativa, lo que de alguna forma fue como ponerlos a combatir contra los fantasmas de su imaginación, mientras que los fugitivos, los reales, se dispersaban, huían como podían.

Niara, quien además le había arrojado un devastier a su enemigo—porque no era cuestión de darle la espalda tan campante—, huyó de aquel mortífago, regresando sobre sus pasos, esta vez, corriendo, en busca de la mujer que daría a luz, entre el tumultuoso fragor del momento. Es que, sentía que era su responsabilidad velar por cada uno de esos fugitivos. Y sin embargo, ya había habido bajas. Y sin embargo…

El alarido le desgarró el alma, y lo que vio, la estremeció de dolor e indignación, con una súbita violencia. Porque ante sus ojos bien abiertos, un mortífago había lanzado un maleficio cortante a la mujer embarazado, rasgándole el abdomen, en el que llevaba un niño de nueve meses que dentro de nada perdería sus latidos.

Esa sería su primera y última probada de este mundo, la crueldad.

Niara perdió el juicio y atacó, queriendo perseguir a este hombre, pero entonces, con mucho atino descubrió que estaba siendo el blanco de alguien más, a tiempo para gritar:

—¡Protego!

A modo de desquite emocional, furiosa, profirió:

—¡Monstruos!, ¡son monstruos!, ¿así es como se entretienen?, ¿matando vidas inocentes?

Frutillas:
¿Estará bien así, dulce? Si querés remarcarme algo, sentite libre de hacerlo :3
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Niara SoyinkaFugitivos

Henry Kerr el Sáb Mar 24, 2018 4:25 am

La escena que se desarrollaba ante sus ojos, era todo un deleite para los sentidos. La agonía en sus alaridos. La desesperación en sus miradas. Pero sobre todo, el terror que los atenazaba y los hacía tan previsibles. Tan apetitosamente vulnerables.

Todo cazador lo sabía. Cualquiera que hubiera perseguido a una presa, conocía lo que se sentía cuando se acorralaba a una de ellas, o como en este caso, a un nutrido grupo de pobrecitas gacelas. Esa sensación de poder, de control, y ese miedo que emanaba de las piezas de caza, que las convertían en simples marionetas, bailando al son de los hilos del titiritero.

Oh,  sí, por supuesto. Verse acorralados, sacaba el valor del más inesperado de los seres. Saber que tocaba luchar o morir, les proporcionaban las alas de la valentía, una que muchos quizás nunca tuvieron, o no se esperara que tuvieran.

Más, por muy cierto que fuera el dicho que rezaba, que todos los animales acorraados eran  más peligrosos… tampoco era incierto, que si el cazador era inteligente y avezado, ya lo daba por hecho.

Esas gentes se volverían más peligrosas según sintieran como el fin se acercaba, pero no era algo que preocupara al travieso de Henry. No, claro que no. Era una cuestión que ya había supuesto, una circunstancia que además tenía bien aprendida y que sabía manejar. No en vano, era dragonolista, y había que ser muy cuidadoso y sensato en esta vida, por mago que fuera un hombre, si este no quería convertirse en la cena de uno de esos bellos reptiles alados. El castaño había viajado por medio mundo detrás de los preciados dragones, y seguía vivito y coleando. Así que por esta razón, el cuidado en la caza ya se podía considerar una virtud inherente a él.

Y lo era. No pecaba de soberbio al pensarlo. Tenía la prudencia bien armada en el corazón de su mente. Bien formada y alimentada. Tanto, que nunca se confiaría al punto de creérselo demasiado, y dejar de tener los pies sobre la tierra, cómo solía decirse.

Cuando ideaba un plan. Esa cautela siempre estaba presente, y con una pizca de inteligencia, aunque la presa sacara las garras en su momento de más necesidad, la situación estaría controlada. Serían los instantes más peligrosos, sin duda, pero de igual modo, no dejaba de ser una acción prevista en su mente.
Además, que sería de la vida, sin unas gotas de peligro…

Aventura, riesgo, emoción, ¿acaso no iban de la mano con el peligro? Acaso cuando un hombre sentía el calor de la adrenalina correr por sus venas, no era una factor más añadido del peligro. Por supuesto, no de una amenaza como la que él y su grupo conformaba, que provocaba pinchazos de dolor, hasta en el corazón de la persona más valiente que tuviera que enfrentarles; sino el riego de estar en el bando de los cazadores. Los hombres y mujeres oscuros, uno con la noche, que tenían la ventaja, y por tanto, todas las de ganar aquella partida de ajedrez.

Sí, aventura, riesgo, emoción, todo eso y mucho más sentía, al contemplar al ser que se atrevía a interceder en sus planes tan bien elaborados. Su plan, tan cuidadoso, intentando ser desbaratado.

Henry sonrió en ese punto, al saber que las presas estarían intentando huir en medio de la confusión creada por el hechizo ilusorio.

Muy previsible, pero no por ello igualmente halagador. A veces no había que complicarse siendo demasiado original, es más, muchas veces complicar las cosas te hacía perder. Ese hechizo tenía el toque de la simpleza en el momento adecuado, y eso, amigos míos, era tan hermoso como el más bello de los amaneceres.

Hasta ese aspecto era un deleite para él. Aunque fuera un intento de desbaratar sus planes, pues muy aburrida sería la victoria sin sufrimiento, o coste alguno. Hubiera sido… demasiado fácil.

Los peones estaban en juego sobre el tablero, y con ese hechizo tan adecuado, esa genialidad, seguro que alguna de esas presas conseguiría escapar. Incluso puede que algunas de las piezas negras cayeran antes de la derrota de las blancas. Y por qué no, la causa requería de sacrificio. Todo en la vida así lo requería, y si debían ser así para que su señor venciera, que así fuera.

- ¿Monstruos? - preguntó a la chica, preparado para defenderse si le respondía por medio de su varita, y no por medio de sus palabras. – Quién llamaría monstruo al cocodrilo que despezada a sus víctimas para poder sobrevivir un día más en este salvaje mundo. Quién llamaría monstruo a las pobres leonas, que matan a las gacelas para dar de comer a su joven camada-, sonrió a la joven. - Supongo que alguien que no entiende que los leones deben estar en esa posición en la jerarquía animal, en la cadena alimenticia, es incapaz de comprender cuál es su verdadero sitio en el mundo-, le respondió, tajante, borrando la sonrisa.

Aventura, riesgo, emoción, peligro, y hasta por qué no decirlo, pasión, sentía al contemplar, a la mujer que luchaba contra su terror mejor que cualquiera de los otros fugitivos.  Una diosa de ébano, creada con el mejor de los cinceles, y que seguro sabría tan fuerte y potente cómo el café más oscuro y negro, cuyo color impregnaba su piel.

De todos modos, pese al deleite de la lucha, y el placer de enfrentarse a una mujer capaz de soportarle la mirada, no pudo evitar una punzada de dolor al ver a la otra mujer tirada a su lado.

- Desgraciadamente, no todos los leones saben medir sus acciones-, dijo, al notar que la chica muerta debía de estar embarazada.

Su abdomen era abultado, demasiado, por lo que era razonable pensar que debía estar de muchos meses de embarazo. Donde debía estar bien protegido el nonato, por ese mismo lugar, el flujo vital se escapa, y con este, el del pobre niño que esperaba. Incluso si el pequeño aún no estaba muerto, pronto lo estaría, ya que su madre y portadora, había partido hacia otro plano existencial instantes antes.

- Para la mujer es tarde, pero quizás para el niño no. Ríndete. El tiempo es un bien preciado que no podemos perder en estos momentos-, le comentó esta vez. - No hay tiempo que perder, y sólo nosotros podemos deshacer el Terreo aparecium que tuvimos el tino de añadir a esta maravillosa trampa-, dijo, sin importarle mentarle el hechizo.

A fin de cuentas, ella sólo tenía que intentar aparecerse en otra parte para darse cuenta de que no podría hacerlo. No era una información muy importante. Y por supuesto, no se le escapaba que había otra forma de deshacerlo, matarlos a todos ellos, creadores de los hechizos anti aparición que cubrían una extensa zona del bosque. Sin embargo, era una empresa muy difícil de lograr, por no decir casi imposible. Los fugitivos estaban en minoría y bien emboscados. El Relitate les había dado un tiempo precioso, pero no era suficiente para vencer. Para que algunos escapasen, quizás, para presentar batalla, tal vez, pero para ganar… no, eso estaba fuera de las posibilidades de los sangre sucia.

Y esa mujer que tenía delante, lo sabía. Estaba seguro de que era lo suficientemente inteligente para saberlo.

- Se acabó. Luchar o intentar escapar sólo os condenará a vuestro irremediable final. Si os rendís, no tiene por qué morir nadie más-, le manifestó. - No nos vencerás, y mucho menos en el tiempo necesario para salvar al niño-, se atrevió a decir.

Ese tajo tenía mala pinta, lo más probable es que el niño hubiera muerto en el acto por la zona, pero… acaso podía estar seguro del todo. Cómo la respuesta era no, no dejaba de ser útil intentar minar la moral de la joven.

Cazar podía ser incluso más divertido con la mente, que con la varita. Ella decidiría como deseaba ser capturada.
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Henry KerrMagos y brujas

Niara Soyinka el Dom Abr 15, 2018 9:15 pm

Su madre, había sido enfermera. La había llevado, en ocasiones, a tiendas de campaña en donde se necesitaba ayuda, para ofrecer una mano amiga, y sobre todo, capacitada. Ni sanadora, ni enfermera, sólo asistente. En una oportunidad entraron a la tienda con machetes y hubo que sacar a esos cuerpos bravos, púgiles, que se metieron en una escaramuza con alguien a quien buscaban. Lo atacaron, pero se salvó al hombre. Niara había visto la violencia de la escena: sangre, a su madre inclinada sobre el cuerpo tajado, la tensión hecha de pulso, carne, gritos. Y había ido a asistir a su madre, la primera.

No le hacía asco a poner sus manos en el fondo caliente del vientre sangrante de la mujer embarazada, ahora moribunda, y tomar al niño, así como nunca le había hecho asco a los enfermos y heridos de las camillas entre los que su madre iba y venía, diligente, presta y gentil. No, ella no le hacía el asco a la gente, menos a quien lo necesitara. Ese bebé la necesitaba, pero. Estaba muerto, antes de nacer. Ella lo estrechó entre sus brazos, con una mano en su pechito, queriendo reanimarlo. Era su expresión, hecha de espera, diligencia, franca dureza. No desesperaba.

El llanto de la niña, porque era una niña, escapó de entre sus brazos, ante todo pronóstico.

***

¿Cuánto tiempo sobreviviría el bebé con su madre?, ¿qué harían con él?, eran preguntas para las que demandó una respuesta. Los mortífagos reían, asqueados de esa mujer que había puesto sus manos en lo más bajo de este mundo: una sangre sucia. A ella no le importaba su aspecto o su sensualidad en esos momentos, ella tenía un bramido en el pecho que ardía, y no perdonaba: a ninguno de esos rostros, animados por fuera y muertos hacia dentro, en el corazón. Ella no les temía a esos hombres y mujeres, pero le temía a lo que eran capaces, y lo que harían con cada uno de los fugitivos que se habían lanzado a la carrera, ¿quizá con más suerte que ella?

—Me ofreciste un trato—
Niara hablaba desde el suelo, el niño en brazos y la mirada. Esa mirada, impresa a fuego en las cuencas de sus ojos oscuros. Había una fiereza en ellos, que te transportaba a África, allí donde la tierra era salvaje y la naturaleza desnudaba tus instintos, y tu espíritu de lucha—Ofréceselo a esta niña.

Eso dijo, cuando un grito les sobrevino como el presagio de algo terrible. No había por qué inquietarse. Se trataba sólo de cervatillos siendo capturados, chillando más de la cuenta. O así debía ser. Porque quien había planeado esa emboscada, era metódico, eficiente, y estaba seguro de su plan, confiaba en lo que podía predecir, calcular. Lo que no hubiera esperado, dirías, es ver retroceder a sus propios mortífagos: ése que les advirtió con su grito, antes de que la verdadera masacre empezara, llegando hasta a ellos a las corridas y sin alcanzar a explicar qué lo perseguía. No hizo falta. El obscurus lo engulló, destrozándolo en el remolino de muerte que era su cuerpo de maligna criatura. Porque muchas eran las pesadillas que habitaban en el Bsoque de Epping, y muchos sus peligros.

Sin poder aparecer o desaparecerse, los magos se habían encarcelado en su propia trampa, encerrados con una criatura que no perdonaba, ni a fugitivos ni mortífagos, ni a puras sangre ni a sangres sucia, porque era una fuerza de la naturaleza, y no distinguía entre el bien y el mal, esa criatura era caos, devastación, tormenta, y estaba suelta.

***

—¡No te interpongas!—Niara apuntaba a su rival con la varita en alto, a punto de escaramuza. Había lanzado un maleficio, pero este no había provocado daño a su objetivo, sino que un árbol estalló injuriado por el impacto. Eso no la detenía—Tú y yo, hasta aquí llegamos.  

En la distancia, un fugitivo los observaba, habiendo recibido la tutela del bebé y confiando en poder huir de la masacre, a salvo. Niara había aprovechado la distracción, y sin pensárselo dos veces, echó a correr con el bebé en brazos. Sólo que ella no llegaría jamás a escapar. No una vez haberse cruzado de bruces con el destino, su captor.

Eso ella no podía saberlo, aunque en el momento en que tomó la decisión de permanecer y actuar como cebo, para demorar a sus perseguidores de forma que el otro fugitivo pudiera huir con la niña, supo que aquella era una decisión de la que no regresabas, no habría vuelta atrás.  

Sólo que ella no iría a ninguna parte sin luchar.

—¡Armorum Sonitum!, ¡Cadunt Praesidium!, ¡Expelliarmus!—
Blandía la varita a diestra y siniestra, decidida, desafiante, avanzando. Sólo que. Siempre había sido así: si estallaba, su magia se volvía descontrolada. Eso no siempre había sido bueno para ella, pero dependía de hacia dónde se inclinara la balanza de la suerte.
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Niara SoyinkaFugitivos

Henry Kerr el Sáb Sep 01, 2018 12:57 am

Dolor, muerte, destrucción… eran palabras que solían ir de la mano, y en esta ocasión no estaba siendo diferente.

El caos que reinaba entre la uniforme masa de fugitivos en desbandada era un deleite para sus sentidos. Una prueba fehaciente de que no estaban preparados para ser parte del mundo mágico al que tanto ansiaban pertenecer, y que insultaban por ese mismo intento de ser parte de ese mundo lleno de magia al que no pertenecían, y al que no se podían integrar porque su talento con la magia era del todo suficiente.

Y aún había magos de verdad que pensaban que estas personas podían ser como ellos. Sólo la simple idea al respecto le producía interna jocosidad. Traidores. Eran peor que los sangre sucia que no pertenecían a su mundo, al menos estos no habían elegido nacer así, solo se habían equivocado al pensar que debían estar en el mundo mágico, en vez de estar en el mundo en el que deberían estar. En cambio los traidores… No merecía la pena ni perder el tiempo en describirlos. El adjetivo ya lo hacía por sí solo.

- Lo siento, mi poder no llega tan lejos. Los tratos sólo sirven para los vivos-, dijo con toda la frialdad que poseía, clavando la mirada sobre los oscuros ojos de la mujer a la que le había propuesto el trato. - No importa lo dura o frías que suenen mis palabras. Sabes tan bien como yo que son ciertas. Por eso mismo deja a un lado los sentimientos que envenenan tu mente, es hora de rendirse. No lo pongas más difícil. No hagas que más vidas se pierdan en un intento vano de proteger una libertad que no podéis mantener.

Fue tajante, pese a la situación, o mejor dicho, precisamente por la situación que afrontaba.

¿No le importaba la muerte de la niña? O claro que le importaba. No era un monstruo, por mucho que esos fugitivos se empeñaran en llamarlos como tal. Simplemente estaban en dos bandos contrarios, en una guerra donde ellos, los puristas, tenían razón.

Eso no significaba que le agradara muchas de las cosas que tenía que hacer para garantizar la victoria en aquella guerra, más la guerra debía ganarse. Era una cuestión de principios. Era lo mejor para todos. Que los magos siguieran en el mundo de la magia, y los sangre sucia se quedaran con los muggles, pues no eran más que eso, muggles, por mucho que se empeñaran en practicar magia. Cada uno en su lugar. No podían dejar que siguieran robándoles la magia, y la posición dentro de su jerarquía social, por una cuestión de bondad mal entendida. Mucho menos dejar que los traidores les ayudaran a ello.

Por desgracia, la guerra tenía consecuencias. Daños colaterales llamaban a los casos así, pero era una bonita forma de mencionar la muerte innecesaria de personas. Una total fatalidad, más si había guerra era por una sola razón.

No te interpongas fue lo único que necesitó escuchar para mover su varita con la velocidad del rayo, y conjurar una protección. De todas formas el hechizo no impactó sobre él ni sobre su defensa, sino que lo hizo contra un árbol adyacente que explotó en miles de esquirlas de madera.

Sí, de eso se trataba. Era exactamente eso lo que provocaba el conflicto. La resistencia. La banal y pérfida resistencia.

El rubio pudo mantenerse a salvo al moverse con rapidez, al mismo tiempo que conjuraba sus defensas, siempre anteponiéndose a los ataques de la mujer que demostraba ser tan impetuosa con su magia como lo era con su lengua viperina.

- Ah, así que se trata de eso-, dijo al ver por el rabillo del ojo a un fugitivo correr con el bebé en brazos. - Un sacrificio-, comentó, dibujando una maliciosa sonrisa en sus labios. - Dijiste que estaba muerta. No me digas que te acabas de sacrificar por una persona que ya está muerta. No parece que hayas tomado la mejor decisión-, se mostró socarrón y seguro de sí mismo.

Cómo no estarlo. Esa mujer era más poderosa de lo que aparentaba inicialmente, más eso sólo provocaba que el desafío fuera más divertido y emocionante. Él estudiaba y alimentaba dragones, los humanos que se cruzaba en su vida debían provocarle emociones muy intensas para llegar a equipararse a ellos.

No obstante, antes de que pudiera hacer nada al respecto, los gritos de la muchedumbre cambiaron. O para ser concretos, aumentaron. No era raro que ello pasara, más parecía que algo no terminaba de ir bien, porque era evidente que aumentaban porque se le sumaban los gritos de los suyos.

Más el combate con la mujer era demasiado intenso como para permitirse el lujo de distraerse. Debía concentrarse en ella si quería vencer y demostrarle quien estaba en el bando ganador, y más aún, el bando que merecía vencer.

Henry inició un contraataque de varios hechizos para contrarrestar la iniciativa de la chica. Expelliarmus, Sectum y hasta un Religio salieron de su varita con infructuoso resultado.

- Te defiendes bien para ser un traidora-, la elogió.

Más sólo era una distracción, un intento de desconcentrarla, pues mientras la halagaba no dudó en conjurar un Inferno. Un conjuro que no sólo la atraparía, también le enseñaría a ser más dócil en el futuro. El dolor del fuego sería su profesor para tan necesaria enseñanza.

Sin embargo, antes de poder lanzar el hechizo salió volando por una fuerza poderosa. Una onda expansiva había lanzado por los aires todo lo que se encontraba cerca de él.

Por unos segundos tuvo miedo. El miedo de no saber qué había pasado. El miedo de enfrentarse a una bruja que era más poderosa a cualquier ser al que se hubiera enfrentado en el pasado.

Pero algo no cuadraba…

Nada más alzar la vista del verde que había copado su vista al caer, aún dolido por el golpe mágico que había tenido que soportar, pudo ver como la mujer de tez negra había sufrido las mismas consecuencias que él. Más en concreto, la onda había barrido toda la zona, llevándose por delante tanto al rubio, como a su tenaz adversario, incluso el cuerpo de la difunta embarazada había saltado por los aires violentamente y se había desplazado varios metros.

Un grito desgarró el aire, y un hombre de oscura vestimenta sobrevoló el cuerpo tendido del Kerr hasta encontrar su destino en el árbol más cercano al rubio. El grito se cortó en el acto al impactar contra el tronco del árbol, y el cuerpo sin vida cayó como un fardo sobre la hierba.

Allí, tan cerca de él, Henry pudo observar a la perfección los ojos acristalados y sin vida del difunto, así como comprobar que se trataba de uno de los suyos.

- Henry, ¡tenemos problemas! - comentó un mortífago nada más acercarse a él, haciendo ademán de intentar ayudarlo a levantarse.

Aunque mortífago era decir demasiado, sólo era un maldito carroñero.

- Ya lo veo. No soy ciego-, respondió con desdén, rechazando su ayuda e incorporándose por sus propios medios, pese a estar aún dolorido.

En ese momento, otra persona salió volando por la fuerza mágica que arrasaba el bosque y el lugar de la emboscada, pero esta vez no se trataba de unos de los suyos. Estaba  claro que esa vorágine de destrucción los afectaba a todos, y no tenía un enemigo concreto al que arrollar.

- ¡Ves! - gritó a la mujer con la que había luchado hasta ser interrumpidos. - ¡Ves por qué no podéis permanecer en el mundo mágico! ¡Sois incapaces de controlar bien la magia, ni tampoco sois capaces de identificar a un obscurial entre los vuestros! - terminó por reprocharle, recogiendo la varita, otra vez listo para el combate.

No sabía cómo reaccionaría la mujer, no podía confiarse.

- Aunque no me guste reconocerlo, eres poderosa.

No como los inútiles que me acompañan, podría haber dicho, pero decidió ahorrarse ese comentario.

¿Por compasión con los suyos? No, eran débiles. Simplemente era mejor no envalentonar a los fugitivos, sus enemigos, con la verdad de esas palabras. Era mejor guardárselo para sí mismo.

- Como puedes apreciar, el obscurus no está haciendo distinción alguna entre los tuyos y los míos. Está matando a todo el mundo por igual. Debemos pararlo. Supongo que debemos aliarnos temporalmente, por mucho que ello te desagrade-, le sugirió. No era momento para andarse con remilgos. La situación era seria, y muy peligrosa. - Pero tranquila, si te sirve de consuelo, esta alianza me repugna mucho más que a ti-, comentó, con una media sonrisa marcada en su ahora lobuno semblante.

Oh sí, la socarronería siempre era un buen método para borrar los nervios del cuerpo. Un método que siempre le había dado buenos resultados, y ahora necesitaba ser libre de la ansiedad y albergar toda la concentración posible.

Su primer encuentro con un obscurus. Sí, era una buena noche para no dejarse llevar por el desasosiego.
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