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El frío abrazo de las Keres {Laith Gauthier}

Henry Kerr el Jue Sep 21, 2017 6:10 am

Año 2017
21 de septiembre
Noche cerrada, 2 AM

Cerca de San Mungo

________________________________


Su situación personal era cada día peor. Su mundo se había desmoronado, desde el momento en que dos hermosas mujeres entraran en su vida.

Curioso. La cantidad de hombres que habrían soltado una frase así a lo largo de la historia. Aunque lo cierto, es que en su caso no tenía nada que ver con amores, desamores, o algún triángulo amoroso. Nada que ver con ninguna femme fatale, que hubiera destrozado su voluntad y su vida en ese sentido.

Más bien al contrario. Las chicas que había conocido hacía poco tiempo, estaban del todo alejadas de un interés romántico sobre su persona. Y la verdad,  tampoco es que tuviera nada que perder en ese sentido, ya ni recordaba la última vez que había tenido una relación seria con una mujer, por lo que no había ninguna señora Kerr que le capara por andar tras las faldas de dama ajena.

Henry no pudo evitar reír al pensar en la ironía de esas palabras, provocando en su cuerpo una tos involuntaria, que colapsó su cuerpo, en una serie de espasmos que le arrebataron el aire de los pulmones golpe tras golpe

Joder. Estaba hecho mierda. Pero era imposible no reírse ante la ironía, aunque hacerlo no fuera la mejor de la ideas.

En los últimos tiempos, había descubierto que eso de recordar no se le daba tan bien como pensaba. Toda una vida de estudios académicos en la prestigiosa casa del águila, parecían augurar que tenía una mente sana, potente y en forma. Pero la realidad, es que era un mero espejismo. Un oasis de mentiras en mitad del desierto.

El dolor lacerante de su pecho era atroz. Un testigo desgarrador, de la paliza que había recibido por ser del bando equivocado, en el momento equivocado. ¿Cuántos trabajadores de Ministerio lo pensarían, el día que todo cambió? Pues con toda probabilidad, un gran mayoría.

Ahora, para aún más ironía de la que ya existían con sus nulos recuerdos, o mejor dicho, falsos recuerdos, le había tocado a él ser la víctima en un mundo en guerra. Y no el cazador, como siempre había sido desde que los suyos tomaran el poder.

Pero ni eso ni el dolor, era lo que atormentaba su mente desde hacía unos meses. Lo que lo atormentaba en ese mismo instante. Las figueras que no podía sacara de su cabeza eran aquellas mujeres antes mencionadas. No por ellas mismas. No por quienes eran en sí. Sino por lo que significaban para él.

Esas chicas eran sus amigas. Lo habían demostrado. Unas amistades que nunca había creído tener. Que no conocía. Lo que sólo podía significar que su vida era una maldita mentira. Una obra de teatro, en manos de un director dictatorial que se creía con más derecho a decidir en ella, que el protagonista de dicha obra. Su familia, había pasado por encima de él, para arrebatarle su derecho de libertad en su propia vida.

Era un puto chiste.

Hasta el punto, que ahora llevaba una marca que simbolizaba su pertenencia a un bando, al que tanto había “deseado” ingresar. Al que tanto había aspirado a entrar, después de su viaje personal tras los famosos dragones.

Tal como estaba su memoria. Ni siquiera podía estar seguro de que su viaje para conocer dragones, fuera realmente un deseo propio. O ni tan siquiera que fuera un suceso real. ¿Dónde comenzaba las mentiras? ¿Dónde había estado, hasta que su mente fue tergiversada? No podía responder ni a esas simples preguntas.

Era eso lo que tanta gracia irónica le provocaba. Lo que le había hecho reírse, cuando no debería haberlo hecho por su mal estado. Una gracia irónica, más fruto del dicho de reír por no llorar, que de unos verdaderos sentimientos de alegría.

Un grupo de fugitivos, que lo habían reconocido de una captura fallida, precisamente los del día que había conocido a aquella rubia en la fábrica de galletas abandonada. Ese día había empezado a cambiar todo para él, pero para los demás… todo seguía igual.

Él era un mortífago. Para qué negarlo. Y había ido a aquella fábrica a hacer su trabajo. Capturar a los fugitivos que allí se encontraban, o en su defecto, si no se resistían lo suficiente, matarlos.

Eso lo sabían bien los magos que habían sobrevivido a aquella noche en el polígono abandonado. Así que ahora era lógico que después de un encuentro casual con él, se aseguraran de que no pudiera capturar ni matar a nadie, nunca más.

Y con sinceridad, le habían dado más duro de lo que jamás hubiera reconocido. A duras penas había podido escapar, y desaparecerse hasta un lugar claro en su mente, el primero que se le había ocurrido en la tensión y nervios del momento. Pero visto su estado, quizás lo mejor hubiera sido desplazarse hasta San Mungo.

No lo había pensado bien en el momento. No había imaginado que estuviera tan mal, que le costara hasta reírse. Por suerte, el hospital no estaba lejos. La calle en la que se había aparecido era en zona mágica y era justo al lado.

El problema es que estaba tan débil, que no sabría si sería capaz de dar los pasos pertinentes para llegar hasta el hospital. O de al menos conjurar una nueva aparición, para llegar al único lugar donde podría conseguir las atenciones necesarias para sobrevivir.

Que mala suerte. Ahora que iba comprendiendo cada vez más que era un pelele en manos de su familia. Que en realidad su verdadero ser, no pertenecía al bando al que representaba, y por tanto, en teoría, era un defensor del bando pro-muggle. Un grupo de estos le habían dado una paliza para ahorrar al mundo de un mortífago peligroso.

Maldita ironía. Una y otra vez ironía, que lo abrazaba todo a su alrededor, como la más pasional de las amantes.

En esos momentos, en los que cada vez entendía mejor cuál era su verdadero bando, unos chicos de dicha facción, lo había puesto a las puertas del infierno, si es que creyera en esas cosas religiosas.

En serio, era un maldito chiste. Por ello, cómo no reír, cuando las únicas fuerzas que le quedaban eran para desfallecer y morir ahí tirado. Al menos podría permitirse una última carcajada ante la vida.

Henry volvió a reír, y sintió su cuerpo pesado nada más hacerlo. Sintió nuevamente las convulsiones provocadas por la tos, y una debilidad tan acusada, que sus pasos perdieron el tino y perdió el equilibrio.

Se fue hacia un lado, y acabó impactando con el costado izquierdo de su cuerpo contra la fachada de una casa, al mismo tiempo que se agarraba el abdomen dolorido con la mano contraria.

Sólo los muertos podían reírse de la parca en su cara, y él ya no estaba lejos de ser uno de ellos.

Era el fin.
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Henry KerrMagos y brujas

Laith Gauthier el Mar Sep 26, 2017 5:29 am

Sus días en el trabajo a veces eran verdaderamente agotadores. Como ese, por ejemplo, que había trabajado durante todo el día con todas sus horas, no es que hubiese precisamente una escases de personal en San Mungo sino que siempre había cosas que hacer. Había estado, ya para la media noche, hablando con Lindsay a medias de sus vidas personales, a medias de los pacientes. Era normal para los sanadores compartir información y más si era gente que fuera probable atendiese los mismos pacientes que uno, así que era muy común comentar las alergias y reacciones a tal o cual poción o medicamento.

El workaholic médimago, quien a veces mentía para poder doblar turnos, finalmente se encontró en un límite pasada la una de la madrugada. Le costó más bien poco encontrar quien le cubriese y, casi contra su voluntad, se marchó del hospital para ir a parar a su departamento. Pensó pasar por una cafetería para comprar algo que lo mantuviera despierto, pero el reloj de su diestra le dijo que estaba lejos de ser una hora prudente para encontrar un local abierto, quizá si saliese al mundo nomaj sería más sencillo encontrar abierto algún local de veinticuatro horas.

En eso iba pensando, entre ocasionales bostezos, su maletín en una mano y un cigarrillo en la otra mano, metido en sus propios asuntos. Creyó oír algo en el viento que devolvió al presente a su mirada perdida, algo que pensó era una risa seguida de una tos, parecida a la que tiene un anciano. Regresó su mirada a sus espaldas, la última vez que había oído risas de la nada había sido una noche de lo más rara que aún ahora pensaba fue producto de las drogas en un viaje a África. No había nada, ni señales de que se fuese a repetir algo parecido. Con su cadera hizo presión en su brazo derecho, el del maletín, para asegurarse que su varita estuviese ahí, siempre al alcance de su zurda.

Lo que me faltaba, estoy delirando… —se sonrió a sí mismo, intentando ignorarlo. No parecía venir siguiéndolo nadie, tampoco, se habría percatado de ello, o eso quería creer. Desde que se enteró que existía alguien que le había estado siguiendo los pasos ya no estaba seguro de nada. Inhala despacio, exhala lentamente. Una mano invisible le aprieta el pecho, algo no anda bien pero no puede decir qué es. La paranoia se lo come como quien mira una película de fantasmas y demonios mientras está completamente solo en casa.

Ahí está de nuevo, una risa pesada, ahogada se atrevía a decir. Luego una tos que le genera carraspear su propia garganta. Decide sacarse de la mente acosadores y demonios y apresura el paso cuando un miedo más real, casi tangible, aparece como una opción tenebrosamente posible. Alguien enfermo o herido. San Mungo queda a apenas calles de donde está parado, es comprensible que haya alguien buscando refugio ahí, sólo espera que no sea un fugitivo. Normalmente no lo piensa mucho a la hora de curar a nadie, pero en zona mágica ayudar a un fugitivo es casi un suicidio, es decir que la vida importa un bledo y que pueden acusarle de traición.

Gira en una esquina por mera inercia y encuentra la fuente de la tos. Era un hombre que debía tener, calculaba él, unos treinta años, pocos menos, quizá. Lo cierto es que físicamente no estaba de mal ver, aunque sí que estaba severamente herido. San Mungo no queda lejos pero él no puede aparecerse ahí, no tan cansado cuando ya de por sí es malo con las apariciones. Tampoco puede llamar a Lindsay, no se atreve a sacar su teléfono móvil en frente de un mago cuyas ideologías le son desconocidas y, peor aún, peligrar a poner en riesgo a su amiga. No tiene muchas más opciones, más que las pocas que ha conseguido meditar ese par de segundos antes de actuar.

Todo estará bien, soy sanador —fue lo primero que atinó a decir, poner su trabajo en frente de cualquier otra cosa. El cigarrillo al que tan sólo le faltaban caladas para terminarse cayó al suelo al mismo tiempo que sujetaba a ese hombre hasta ayudarlo a colocarse en el suelo. — Necesito que te quedes conmigo, ¿puedes hacer eso? No te quedes dormido —le pide. No está seguro de la gravedad del asunto, a la luz de la farola es difícil de decir, pero de todos modos tiene que intentarlo. Casi se burla de sí mismo en ese fugitivo pensamiento que escapa para cruzarse en su preocupación, como un chiquillo canturreando lo idiota de su paranoia anterior.

La punta de su varita se ilumina dirigida a los ojos del sujeto, buscando la reacción de los mismos. Por su estado cree que ha sido atacado por más de uno, por lo que no hay apenas tiempo cuando ya está arrodillándose a su lado buscando alguna poción apoyado con la luz. Una poción vigorizante lo mantendrá consciente, así que es lo primero que saca. Porque, sí, pudiendo ir al hospital al médimago le gustaba atender gente en la calle, por muchos motivos. Primero: no sabía si ese hombre era o no un fugitivo. Segundo: no quería el riesgo de que ninguno sufriese una dispartición por su poca habilidad al aparecer. La licencia de aparición se la había sacado en una caja de cereal, estaba seguro.

Bebe esta poción, te dará energía para evitar caer inconsciente —le pidió, destapando el frasco. Mientras tanto, iba haciendo uso de su luz para poder ver si había algún corte severo, alguna apuñalada o algo parecido, lo primero que debería atenderse por la pérdida de sangre que podía significar. Debía tener una reabastecedora de sangre también, pero prefería no utilizarla por lo complicada que era su preparación. Las cosas de su maletín casi siempre las hacía él mismo, no era como si pudiese ponerse a robar cosas de San Mungo para su disfrute personal (más o menos).
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Henry Kerr el Jue Nov 16, 2017 2:10 am

Cómo no pensar que era el final del trayecto. La última parada de un tren llamado vida. Cuando el cuerpo a duras penas quería obedecerte. Cuando ya no cumplía los mandatos de tu cerebro, y la risa te costaba el mismo esfuerzo que andar varios kilómetros de distancia a través de un inclemente desierto.

Era evidente que era el fin. Que las decisiones que había tomado a largo de su vida lo habían llevado hasta un punto de no retorno. Una posición sin retorno que todos debíamos experimentar alguna vez en la vida. La última vez.

La condición de mortalidad va arraigada a todo ser vivo sobre la faz de la tierra. Ya seas humano o animal. Ya seas hombre, mujer, dragón, o cualquier otro ser. Sin importar si eras mágico o no. Siempre llegaba el día en el que veías por última vez los rayos de sol.

Era de las primeras cosas que se aprendía, por lo que no era extraño que todas las personas pensaran sobre ello alguna vez. Sin dejarse llevar por la dureza que significaba el fin, todos alguna vez nos preguntábamos como sería nuestro final.

Y no había que ir a Ravenclaw para saber que ese dichoso astro solar volvería a aparecer sobre el firmamento, pero para cuando lo hiciera, él ya sería una historia del pasado en bocas de otras personas. Seres queridos o detractores. Amigos o enemigos. Con toda probabilidad una pizca de todo, pues tanto el amor como el odio suele ser motivo suficiente para rememorar a alguien.

Difícil de saber. La verdad es que estaba demasiado jodido como para que ese dato le importara una mierda. Si te ibas a morir, ¿qué cojones importaba quien te recordara?

Tenía muchos defectos, sin duda, pero no era tan egocéntrico como para que el valor de su vida se midiera en el recuerdo que tuvieran de ti. Era un capullo con el autosuficiente ego para tener una dosis exagerada de chulería. Pero no tenía tanto como para considerarse el eje existencial del resto de los mortales que lo rodeaban.

Lo único que tenía claro en esos momentos es que ese día había visto el sol por última vez, y no llegaría a verlo de nuevo.

Qué mala fortuna la suya. No es que fuera un hombre pasional, con un especial afecto por momentos con una gran belleza como era un amanecer, pero cuando te acercabas a la barca de Caronte, todo pensamiento pasado acababa en segundo plano.

Daría casi cualquier cosa por volver a ver la luz de la mañana.

Ahí se encontraba. Tirado contra la pared de una fachada. Tan cerca de un hospital que hacía su muerte aún más jocosa en la perversidad del interior de su mente. Un ente perverso que se apoderaba de él poco a poco, según iba importando menos reírse por una situación tan dramática como la suya. Según se hacía más claro y patente que moriría.

Fue entonces cuando llegó hasta sus oídos la voz de un muchacho. Una voz que podría calificar como la de un hombre joven, pero que en esos instantes, sólo podría definirse como la más divina de las esperanzas.

- ¿Sanador? - preguntó incrédulo, pero sin perder el tinte cómico y burlesco en su voz. - Dios debe existir y estar de mi lado, ¿qué probabilidades había de que apareciera un sanador? - rió.

Durante unos cortos instantes, pues no tardó en sentir el dolor del pecho que convertía su risa en tos. Ese maldito dolor que le estaba arrebatando la vida.

El chico lo ayudó a echarse, y él no opuso resistencia. Por qué iba a hacerlo, después de todo, ese joven había decidido ayudarle, así que no tenía por qué desconfiar de él. Además, tampoco es que tuviera las fuerzas necesarias para resistirse.

- Estaba pensando en salir a correr una maratón. Pero te haré caso y me quedaré-, bufó con sorna, una vez lo dejó en el suelo y recostado contra la pared. - Lo intentaré-, contestó más serio. - Pero se me hace difícil. La sonata de la muerte suena demasiado dulce en mi cabeza. Creo que estoy más jodido de lo que pensaba, eso ha sonado demasiado poético para ser un hombre moribundo-, volvió a reír.

Por supuesto, la tos no tardó en hacer aparición para destruir la carcajada, y convertirla en los estertores propios de la muerte.

- Creo que tengo alguna costilla rota-, se atrevió a decir, aunque en realidad no tenía ni idea de medicina. Pero vamos, no creía que hiciera falta ser sanador para reconocerse un dolor tan fuerte en el pecho. - Eso o mi mujer me la está pegando con el panadero ante mis ojos y se me ha roto el corazón. Algo improbable, no tengo corazón-, bromeó, y sonrió a su particular salvador. - Entonces, si me tomo esta pócima recobraré las energías-, miró dubitativo la pócima.

Bien podría hacerle eso, ponerle la entrepierna como hormigón, o vete a saber que locuras de violador mágico en potencia. Ese chico se había parado para ayudarle, pero bien podría estar ahí sólo para quitarle los órganos y venderlos a los pirados del Área M. Aunque esa última opción seguramente no fuera realista. ¿Desde cuando esos magos locos dejaban la diversión de arrancar los órganos a otra persona?

En cualquier caso, ese hombre podría estar ahí para empeorar su situación, no para salvarle. El mundo era un lugar siniestro y tenebroso, lleno de maldad, y en los últimos tiempos no es que hubiera ido a mejor.

- Oye, ¿y por qué no me llevas al hospital? Eres joven, pero seguro que ya sabes aparecerte en otra parte-, comentó.

Ese detalle era sospechoso. Siendo sanador, no tendría problemas en hacer que llegaran en un momento a su lugar de trabajo.

En fin, no tenía muchas opciones. Técnicamente ya estaba muerto, así que debía confiar o morir.

- Me la tomaré-, se animó al fin, tomando el frasco entre sus manos. - Por cierto, ¿cómo te llamas? Me gustaría saber el nombre de mi salvador.

O de mi ladrón de órganos. Pero se ahorró bromear con ese detalle. No porque no quisiera, sino porque al poco de hablarle acabó desmayado.

El benjamín de los Kerr se quedó dormido contra la pared, y con la poción aferrada entre las manos posadas encima de su regazo.


Última edición por Henry Kerr el Sáb Dic 09, 2017 1:08 am, editado 1 vez
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Henry KerrMagos y brujas

Laith Gauthier el Miér Nov 22, 2017 8:38 am

Encontrar a aquel hombre moribundo había sido casi un golpe de suerte. No precisamente porque fuera raro que los sanadores pasasen por esas calles, debido a la cercanía que tenían con su lugar de trabajo, sino más bien porque debido al estado tan serio en el que estaba, no sabía si hubiese podido esperar a otro médico que cruzara por la zona. Cuando se introdujo, resultó que, malherido y todo, aquel hombre poseía todavía el sentido del humor intacto, demasiado drama en su voz que rozaba la burla. Las risas que intentaba soltar aquel hombre precedían ataques de tos, necesitaba actuar rápido.

Maratón no sé, pero una carrera podrías, una contra la muerte —comentó cuando se burló de aquello diciendo que quería ir a correr una maratón en lugar de quedarse ahí, aunque no lo había dicho con esa intención. — Lo siento, pero realmente no estoy seguro de que hoy sea el día de tu muerte poética, puedes ahorrarte los versos —le hizo saber, buscando cómo atender básicamente a aquel hombre, al menos lo suficiente como para poder llevarlo al hospital sin riesgo. Aunque era un traslado corto, moverlo de más podría significar dañarlo todavía peor de lo que ya se encontraba.

Una costilla rota, asintió apuntándoselo en la cabeza para cuando revisase aquello. Tenía que tener cuidado, y le molestaba un poco tener que trabajar en medio de la calle, pero era lo que tenía ser un nulo para las apariciones. Se preguntaba cómo aquel hombre tenía energías de bromear en su estado. Lo único que no iba a morir era su sentido del humor, al parecer. Le devolvió la sonrisa, más por educación que porque le diese verdadera gracia; quizá en otro momento y otra situación, pero era bastante profesional cuando correspondía serlo.

Jo, no te estoy ayudando para que te metas contigo, tío —se defendió cuando le preguntó por qué no se aparecía a otro lugar. Pero eso le daba un dato importante: no le importaba ir al hospital. Eso significaba, más o menos, que no tenía que temer, que no era un fugitivo. Y eso le hacía saber a él cómo responder a aquella situación, no quería acabar en Azkaban esa noche. Lo dejó tomar entonces la poción, empezando a pensar cómo trabajar con los escasos instrumentos que tenía. No alcanzó ni siquiera a darle su nombre cuando aquel caballero ya estaba dormido, tuvo que sujetar la poción para que no la derramase. — Menudo sujeto…

No pudo evitar quejarse por aquello. Tuvo que forzarle a tragar la poción, acariciándole la garganta para incentivarlo a beberla luego de poner poco a poco en su boca. Tardaría un poco en hacer efecto, y aquellos minutos los aprovechó bastante bien, consiguió apartarlo aunque fuese un poco del riesgo de la muerte inminente. No iba a estar totalmente recuperado, pero sí le dio tiempo para poder levantarlo en brazos y llevarlo al hospital. Cómo pesaba el condenado. De no haber sido por el tiempo que el sanador invertía en su físico, quizá le hubiese costado más levantarlo del suelo sin riesgo a caerse.

Necesitaré una sala de urgencias —le dijo a la recepcionista, sin pararse a hacer ni decir nada más. Ella se adelantó para abrirle una de las puertas de una sala vacía donde, sin hacer más que quitarse la chaqueta y enguantarse, con ropa de civil incluso continuó con las curaciones a medias. Ah, si fuera un poco menos profesional podría haber disfrutado más del hecho de tener que desnudar a aquel hombre para mirarle con su varita y un hechizo que transparentaba la piel por la fractura de su costilla. — Al final no era un corazón roto —susurró, sólo para sí mismo, mientras iba curándolo y atendiéndolo.

Tarareaba en voz baja una canción de Adam Lambert conforme la preocupación le iba bajando. No iba tan mal, algunas fracturas, otras heridas mayores que tras su tratamiento consiguió hacer menores. Con algo de cuidado, al final acabaría por no tener marcas. El sudor perlaba la frente del sanador quien llevaba, casi sin darse cuenta, mucho más del cuarto de hora que creía que había pasado, hasta que estuvo conforme con el resultado. La gran paliza que había recibido se reduciría a unos días en cama, pociones, tratamientos y de lo ocurrido sólo quedaría el recuerdo. Lo que no podía borrar, sin embargo, era el dolor fantasma que las curaciones mágicas dejaban. Dolía aunque la herida ya no estuviese ahí.
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Henry Kerr el Sáb Mar 24, 2018 4:15 am

Y así, sin gloria alguna, el benjamín de los Kerr se fue a danzar eternamente con las Keres.

O eso era lo que cualquiera hubiera pensado en aquellos momentos. Una idea nada extraña, después de todo, pues hasta él había sopesado ese desenlace. Esa misma idea le había rondado por la cabeza, antes de que ese misterioso salvador llegara de la nada. Un sanador, ni más ni menos. No podía tener más suerte, ni aunque fuera hijo de la diosa fortuna.

Toda la suerte que se podía tener en un día donde habías recibido una paliza casi mortal, claro estaba.

Más eso no era suficiente para cambiar la idea que se había forjado en el interior de su mente. Iba a morir. Aunque por fuera no lo pareciera tanto, por dentro estaba demasiado destrozado como para sobrevivir. Ese sanador había llegado demasiado tarde.

Pero una cosa si tenía claro. El inferno era un lugar mucho más terrible de lo que nunca hubiera imaginado.

Ese techo blanco como mármol, blanco a izquierda, a derecha, a todas partes donde mirase había blanco. Hasta la sábana que lo tapaba era de ese maldito color, y sentía que si no fuera de noche, el reflejo del sol quemaría sus retinas, ya que casi todo en aquella sala estaba pintado con ese pigmento.

Además, percibía un olor extraño, por decirlo de alguna manera. Era prácticamente inexistente, cómo si no existiera nada que diera olor en aquella sala. En definitiva, cómo si todo estuviera desinfectado. Pero no de un modo normal, como en una casa corriente, sino… cómo en un hospital.

Henry se incorporó súbitamente, como un resorte, y el movimiento tan acelerado acabó provocándole una mueca de dolor en el rostro.

Mala idea.

Dejó que el tiempo transcurriera durante unos segundos, sin moverse mientras se agarraba el pecho, dejando que el cuerpo y su mente asimilaran el dolor que le había provocado ese movimiento tan violento. Luego acomodó la almohada de su cama de forma que sirviera de respaldo contra el cabecero y la pared, y pudiera quedar sentado sobre el colchón. Finalmente, poco a poco, se fue moviendo hasta conseguir sentarse como quería.

Bueno, si se movía despacio no dolía tanto, y considerando que hacía… ¿cuántas horas? Imposible de saber el tiempo que había transcurrido, pero considerando que aún seguía vivo, pues no podía quejarse demasiado. Además, el dolor se notaba mucho más leve que cuando estaba a punto de fallecer en mitad de la calle. Eso era un alivio.

El rubio apoyó la cabeza contra la pared, y suspiró resignado. Bastante fastidiado por su situación actual.  No podía quedarse demasiado, no, y por supuesto, se alegraba de seguir vivo, pero un movimiento tan sencillo como colocarse una almohada de respaldo, le había supuesto un esfuerzo sobrehumano. Se sentía cansado, como si acabara de terminar una maratón.

Ese doloroso detalle quizás hubiera sido suficiente para considerar quedarse allí, descansando en aquella confortable cama. Al menos lo hubiera sido para cualquiera. Más la realidad es que no sólo estaba incómodo por sus dolores, sino también por el simple hecho de estar en un hospital.

No le tenía fobia a los hospitales, pero se le ocurrían miles de sitios en los que se encontraría más cómodo. Su casa, por ejemplo.

No. No. De ningún modo. No podía quedarse. Así que el pequeño de los Kerr hizo un esfuerzo para acercarse a uno de los lados de la cama, y apoyándose con uno de sus brazos sobre la mesa de noche que había junto a su cama, se impulsó para incorporarse.

Aunque debería decir, que see impulsó infructuosamente.

Nada más apoyar la mano sobre la mesita sintió algo metálico sobre ella, y esta se deslizó por la presión de su mano. Por supuesto, no sólo se deslizó la pieza de metal, sino también su mano, y por ende, todo su cuerpo hacia adelante.

Para cuando quiso darse cuenta, estaba de bruces en el suelo, acompañado por el sonido del metal y el cristal.

La bandeja había caído al mismo tiempo que se la pegaba contra el suelo, provocando un escándalo considerable.

- Bien, Henry, bien. El sigilo no es lo tuyo-, se dijo a si mismo, viendo el desastre que había provocado.

Maldita sea. Tenía que haberse fijado en esa bandeja, antes de apoyar su mano con la mesilla. Con dolor un hombre no pensaba con claridad, eso había quedado bastante claro.

De todos modos, no pudo recrearse demasiado tiempo en el desastre que había creado. Sus movimientos eran lentos, y por tanto, sólo había conseguido arrodillarse, para cuando una mujer entró en su cuarto.

- ¿Pero qué ha pasado aquí? - preguntó la muchacha, que tendría más o menos su edad, quizás unos años menos que él. La mirada y gesto de sorpresa que acompañaban sus palabras, eran de lo más evidente. - No debe moverse de la cama durante algunos días, debe guardar reposo-, comentó la mujer, una vez comprendida la situación.

Luego se acercó hasta él, y lo ayudó a incorporarse para que regresara a la cama.

- No, por favor. Esto ha sido un desafortunado accidente-,  respondió. Al principio había dejado que la chica lo ayudara a levantarse, pero al notar que el deseo de la mujer era que volviera a la cama, opuso resistencia para que no lo volviera a acomodar en ella. - Sí todo esto es innecesario. Les estoy muy agradecido por salvarme, pero ya me encuentro muy bien. Puedo volver a casa, me recetan unas pociones y ya verá que todo marcha como la seda-, se mostró elocuente, a ver si colaba.

Por supuesto no iba a colar. Eso ya lo sabía. No obstante, la mujer dejó de intentar meterlo en la cama, y cruzó los brazos delante de su pecho.

- ¿Acaso es usted sanador? - cuestionó la joven, enarcando una ceja. - Nosotros sabemos lo que hacemos. Debe reposar, y tomar esas pociones que quiere llevarse a casa. Pero aquí, en el hospital-, se mostró tajante. - Nosotros-, recalcó el nosotros. - Sabemos la dosis que se le debe suministrar. Ni una gota más, ni menos. Así que haga el favor de acostarse. Le cuidaremos bien-, terminó por decir, mostrando una sonrisa. - No me diga que tendré que comprarle una piruleta para que se quede con nosotros-, bromeó sonriente. - Vamos, tranquilo, le aseguro que aquí estará mejor que en casa.

Henry volvió a suspirar con resignación, del mismo modo que hiciera cuando se sintió agobiado por estar en un hospital.

- Seamos sinceros. No creo que aquí esté mejor que en casa-, respondió a la sanadora. - Pero nunca le puedo decir que no a la oferta de una piruleta-, le devolvió la broma infantil, y sonrió a la joven.

Era bastante amable, eso debía concedérselo. Otra en su lugar le hubiera partido la bandeja en la cabeza.

- Por cierto, donde está mi salvador. El chico que me encontró-, preguntó, mientras se sentaba al borde de la cama, pero aún reticente a acostarse.
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Henry KerrMagos y brujas

Laith Gauthier el Miér Mar 28, 2018 12:15 pm

Lo vio, ahí, en la camilla una vez que había sido trasladado a una habitación para su cuidado. Sonrió, ser sanador también era un arte, su obra eran las personas. Se cruzó de brazos y se dio cuenta de lo cansado que estaba, mirando pocos segundos luego el reloj en su muñeca. Torció la boca. Aún faltaban horas antes del amanecer. Caminó con dirección a ningún lugar, hasta llegar al pasillo de suministros, lugar en donde reposaban vendajes, charolas, equipo y las camillas sin uso. Se recostó en una de ellas boca abajo, haciendo con sus brazos una almohada, y se dejó abandonar al sueño. No tenía energía para llegar a su departamento.

Sintió una mano delicada y femenina acariciando su mejilla, haciendo que su rostro se torciera en un gesto perezoso, acurrucándose junto al cuerpo que se había acostado a su lado, negándose a abrir los ojos. — Buenos días, pajarillo —Lindsay le hablaba con ternura que no correspondía a la mujer severa y cruel que todo el mundo conocía. — ¿Te quedaste trabajando? Creí que hoy no te tocaba guardia —jugaba con los mechones morenos del hombre, quien era casi su hermano. — Es hora de despertar, tienes pacientes que atender.

¿Para qué? Diles que me morí —se quejó en un bufido, abriendo los ojos con dificultad, casi como si se hubieran pegado, la esclerótica enrojecida por el cansancio. — ¿Acabas de llegar? —le preguntó, finalmente decidiendo que era momento de levantarse. Se sentó, tallando su rostro, recibiendo en sus manos un vaso con café preparado de antemano por su mejor amiga. — Anoche me encontré con un hombre a medio morir en la calle, muy guapo por cierto, tuve que traerlo y atenderlo —le explicó, sonriendo travieso cuando mencionó que el tipo le parecía atractivo.

Lindsay bufó divertida, negando con la cabeza como si pensara que su amigo no tenía remedio, bajando de la camilla y dejando que Laith se levantara también. — Ya te dije que no puedes ligar en el hospital, te prohíbo intentar seducirlo —lo regañó, aunque en realidad estaba bromeando. Laith era mucho más responsable y profesional de lo que a veces parecía y sólo en casos de extrema urgencia se atrevería a intentar usar el hospital como un centro de convivencia social. — Ánimo —le hizo un cariño en el mentón y le dio un golpecito en el hombro.

Laith se estiró, bostezando. Las vértebras de su columna crujieron antes de que volviese a ver su reloj. Todavía era madrugada, había dormido una hora aproximadamente, minutos más, minutos menos. Sonrió, odiando un poquito su vida. Sólo un poquito. — ¡Laith! —oyó la voz de Karen, demasiado feliz para ser a esas horas. — Te está buscando el hombre que ayudaste antes —señaló con su pulgar el camino a sus espaldas por donde venía, haciendo que el muchacho sonriese con cansancio. — Aunque creo que preferirías pasar a lavarte la cara antes —apuntó divertida, — le diré que vas para allá.

Gracias Karen, iré en seguida —le sonrió, caminando hacia el baño para poder lavarse la cara y no parecer un zombie vagando por los pasillos del hospital. Estaba agotado, joder. Pero irse ya no tenía sentido, no cuando pronto empezaba su turno de nuevo. Apoyado con las palmas a los costados del lavabo se miró al espejo. — Eres un idiota, y te vas a joder la salud por curar la de otros —se riñó a sí mismo antes de sonreírse y empezar a caminar con dirección a la habitación donde dejó al hombre aquel. Se acariciaba el cuello, masajeando su hombro con cuidado. — Buenos días.

Su saludo iba acompañado de una brillante sonrisa. Ya no parecía que no había dormido en toda la noche, al menos Laith podía sobrevivir con poco sueño o de lo contrario ya habría muerto. Entró a la habitación, tomando la tablilla. La caligrafía de Karen decía el tratamiento que le había dictado antes y parecía que sus signos estaban estables. Lo revisaba automáticamente, como si su mente lo hiciera en un estado de reposo donde todo resultaba estar hecho por inercia, antes de volver a mirar a los ojos a aquel hombre. A aquel atractivo hombre. Sonrió sólo para sí mismo cuando recordó la regañina de Lindsay.

¿Cómo te sientes… eh… —miró la tablilla, — Henry? —Laith prefería usar los nombres de pila para hacer cercanía con sus pacientes. — ¿Te están tratando bien aquí? —preguntó honestamente interesado en su estado. Antes de entrar Karen lo había advertido de su caída. — ¿Te hiciste daño intentando escapar de nosotros? —sonrió travieso, acercándose para mirar sus heridas, esperando que no hubiese dañado su obra de arte que con tanto esmero había curado.
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