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Priv. || ¡Nada era casualidad en una pizzería!

Ryan Goldstein el Sáb Sep 23, 2017 12:13 pm

‘El Archivo’ era una biblioteca, una de las grandes; era una sede de almacenaje de la cultura, no para que se estancara y muriera allí, sino para que perdurara; era, justo como su nombre lo indicaba, un archivo histórico de la literatura universal, que recolectaba libros de las comunidades mágicas de todo el mundo, todos los tiempos. Y puede, que fuera algo más en el fondo. En algún punto, empezarías a sospecharlo.

Era la parada favorita de historiadores, filósofos, estudiantes y curiosos, y demás gentuza. Tenían hasta una cafetería con mesitas y una tienda de regalos instalados en el primer y segundo piso, y mucho más. Pero eso era algo que había que ver. Tenías que visitarla. Porque era extraordinaria, lo era. Bueno, excepto que fueras fugitivo, porque técnicamente, nadie quiere tu culo en ningún lado.

Sin embargo, la política de la biblioteca podía ser bastante permisiva en cuanto a sus afiliados. Y no tenían las mismas restricciones que en el Londres oscuro y peligroso, controlado por los mortífagos, por Voldemort. No, eso era América, a free country. Muy, muy lejos de la frontera.

De allí, era que caía Ryan Goldstein. Un simple bibliotecario. De esos que había que pellizcarles la carne para ver si eran reales. Porque, en primer lugar, ¿qué clase de bibliotecario era ése que se perdía por los estantes de una librería? Y si le preguntabas por una recomendación, muérete en el intento. Porque el tipo no tenía idea. Bueno, eso no era ser justos. Tenía un título y bagaje cultural, y sabía cosas, pero el hombre tenía la cabeza en otra parte, eso era seguro. No en un libro. Nunca en un libro.

Pero si le preguntabas sobre una película de Julia Roberts, te apuesto a que tenía una recomendación para ti. Porque no le era completamente desconocido el mundo muggle. Muy al contrario, se había visto en la necesidad de aprender de él con el tiempo, y con la curiosidad por delante. Después de todo, si estabas en contra de la causa mortífaga y querías defender a los muggles, como mínimo, tenías que saber quién era esta gente.

Y, ¿qué es lo que te dicen cuando quieres conocer algo? Mézclate, socializa, hazte amigo. Tenías que comer su comida, probar su ropa, llorar con sus películas, soñar con un final feliz a lo Julia Roberts en Pretty Woman. Bueno, así es como Ryan lo hacía. Lo de conocer. Y puede que fuera un poco demasiado, pero lo importante, era que se comprometía.

Por eso lo veías allí, paseando por el centro comercial, para ir a parar, finalmente, a una pizzería, sólo porque pasaban una peli de Julia en el televisor que colgaba de la pared. Entró al local de comida rápida por pura casualidad, dirías. Claro que, si eres recepcionista y tienes a un tipo (tremendo rubio, por cierto) parado frente al mostrador, perdido en su propio mundo —con la de la ‘sonrisa de Mona Lisa’ de la mano— (¿iba a hacer su pedido o qué?), lo primero que haces es cortarle el rollo (que la tele por cable no era gratis, vamos), ¡porque nada era casualidad en una pizzería! Tú entrabas para hacer un pedido, evidentemente.

—¿Para servir o para llevar?


—¿Qué?

—¿Quiere comer aquí o que le llevemos el pedido a su casa? Aquí tiene nuestro teléfono, mire. Tenemos imanes para la heladera también.

—¡Oh, claro! Como un búho express, sé de eso.

—¿Qué?

—El pedido. Dices que me lo traerás a casa con ‘el teléfono’—Claro, claro, todo tenía sentido. Especialmente lo del ‘búho’. Ryan miró entonces a la jovencita, deteniéndose en ella, como si la descubriera por primera vez, y le obsequió con una entrañable sonrisa, antes añadir—: Por cierto, eres muy bonita.

Si algo le sonó extrañó a la muchacha, ésta lo olvidó enseguida.


***

Tocas a la puerta, una, tres veces. Es de noche, tú sólo quieres que atiendan de una vez. Pero cuando te abren la puerta, lo que ves, es, bueno, no tan extraño como parece. Es sólo un rubio, con un cocodrilo en brazos. Sí, es un croco. Y lo lleva como a una tierna criatura, un nuevo retoño acunado contra su pecho. ¿Es eso siquiera legal? No, primero lo primero: ¿por qué esa dentadura de réptil no le quita el brazo de un mordisco?


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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Steven D. Bennington el Sáb Sep 23, 2017 6:58 pm

Si no se había quedado profundamente dormido en aquel momento era porque su jefe no le quitaba ojo de encima. El castaño no tenía nada que hacer. Nada en absoluto salvo esperar en la silla del almacén a que le avisasen de algún pedido para subirse en la motocicleta y recorrer las calles de Londres en busca de la residencia en cuestión. Pero aquel día, no había muchos clientes dispuestos a pedir una pizza a domicilio. Los que se atrevían a visitar el local de comida rápida lo hacían utilizando los descuentos que garantizaban tener una pizza a mitad de precio si acudías al local a buscarla. ¡Eso era dejar sin empleo a los pobres repartidores! Steven, en una de sus venas de dramatismo, se estaba viendo a sí mismo  obligado a disfrazarse de pedazo de pizza gigante para llamar la atención de los clientes con un enorme cartel con el nombre del local y las últimas ofertas.

Por suerte, el teléfono sonó. Steven agudizó el oído tal como fue posible.

- No señor, no tenemos pizzas con calamares. – Insistía la mujer que siempre cogía el teléfono. – No señor, tampoco servimos calamares con pizza. No tenemos calamares. – Dijo a la desesperada ante la insistencia del cliente al otro lado del teléfono. – No lo sé señor, nunca nos han preguntado por… - Al parecer, al otro lado del teléfono, la voz interrumpió a la mujer. – Pero señor nosotros… - Otra vez, la respuesta quedó en el aire. – Sí, lo tendremos en cuenta. Gracias.

Suspiró aliviada cuando la  voz al otro lado del teléfono dejó de sonar. Dejó el teléfono a un lado y resopló, apoyando la cabeza en el mostrador y mirando a Steven.

- ¿Quién diantres pregunta si la pizza cuatro quesos le sentará bien a una vaca? – Preguntó cansada la mujer. No era raro recibir llamadas que no buscaban conseguir una pizza, sino cansar a la persona al otro lado del teléfono. No le resultaba raro que la gente se divirtiese de aquella manera tan infantil. Lo que le resultaba raro era que, precisamente, preguntasen sobre una vaca. No pudo evitar sonreír, negando con la cabeza, estaba seguro que se trataba de uno de los fugitivos del refugio.

-A lo mejor pensaba invitar a cenar a una vaca.

- ¿Y quién invita a una vaca a cenar?

Steven se encogió de hombros con aquella imborrable sonrisa. Aquellos pequeños momentos le hacían sentirse en paz con un mundo que parecía haberla tomado con él y con quien, como él mismo, no tenían sangre mágica que supuestamente corriese por sus venas. Ladrones de magia, afirmaban y recriminaban con odio e incluso asco en muchas ocasiones.

Pasaron veinticinco minutos hasta que el teléfono sonó de nuevo. Esta vez la mujer tomó nota sobre un papel y, al colgar, se lo entregó a Steven con la dirección y nombre del cliente que acababa de llamar.

- En diez veinte estará listo el pedido. Recuerda, si el pedido tarda más de una hora… - Empezó a recitar la mujer.

- El pedido corre a cargo de mi sueldo. – Terminó Steven, quien ya conocía aquella norma. Desde que se colgaba el teléfono, el local contaba con una hora para aparecer en casa del cliente con su pedido aún caliente.

No tardó ni  diez minutos en llegar hasta el edificio en cuestión. Subió las escaleras y llamó a la puerta esperando con la pizza en una de sus manos y el casco de la motocicleta en la otra. Miró el papelito sujeto a la caja de la pizza  con el precio del pedido, la dirección y datos del hombre y esperó a que la puerta se abriese.

- ¿Ryan Goldstein? –Preguntó antes de elevar la vista. Hubiese continuado tendiéndole el pedido, diciéndole el precio y agradeciéndole su paciencia. Pero no lo hizo. En su lugar, dio un paso hacia atrás sin dejar de mirar los brazos de aquel hombre. - ¿Eres un cazador furtivo y piensas hacerte unos zapatos con eso? – Preguntó alzando una ceja. - ¿Es de verdad? – Se atrevió a preguntar sin acercarse demasiado a la puerta. Era un maldito cocodrilo y tenía demasiado aprecio a los miembros de su cuerpo para perder uno de un bocado. Y más cuando tenía una pizza cuyo olor no dejaba mucho a la imaginación en una de sus manos.
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Ryan Goldstein el Miér Sep 27, 2017 10:29 am

Mindy estaba resfriada, ¡resfriada! Ryan la había llevado al veterinario más cercano, por supuesto, y aunque surgieron ciertos inconvenientes (el veterinario casi se le escapa, vamos. Por dentro, el rubiales simplemente pensó que se debía a que era una persona algo particular, tanto que hasta se apenó un poco por el pobre hombre, e intentó ser lo más comprensivo posible con su visible ataque de nervios mientras cargaba en brazos con la mandíbula de 66 a 68 dientes afilados), al final, consiguió una receta para los resfríos de temporada. A lo sumo, habría sido el vientecillo de otoño. De ahora en más tendría que procurarle un chalequito cuando la paseara por el patio. Era por eso mismo que le había conseguido uno, rosado y con la inscripción "I LOVE NEW YORK". Y por supuesto, no se separaba de ella.

Justo estaban mirando una película, cuando llaman a la puerta. Tenía que ser en la parte más emociónate, cuando ese galán abraza a su chica, y bueno, ¡las lágrimas!, ¡caían solas! No es que él estuviera quebrado por la presión de las emociones, pero los ojos se le habían enrojecido y la humedad en ellos hacía pensar que, quizá, él también habría cazado un resfriado. Se enjugó las lágrimas, sin embargo, antes de abrir la puerta, ¡con la mayor naturalidad!

—¡Sí, me salvas! Estaba muerto de hambre—Y había que decirlo: Ryan Goldstein dependía de los locales de comida rápida. Porque no había día en su vida que no quemara hasta el más simple huevo frito. Si hubiera una maldición en la familia, sería la de estropear la comida. Y era complicado hacerse un tiempito para meterse en algún cursillo. Una vez lo intentó, pero lo echaron del lugar, alegando que él era en realidad un pirómano que inició intencionalmente fuego en las cocinas, ¡nada más lejos de la verdad! Aunque le dolió un poco que lo pensaran así.

La reacción del repartidor le sorprendió un poco y lo miró preocupado.

>>¿Está todo bien?—Vaya, ¿sería algo de los muggles de Inglaterra?, ¿como un saludo o algo así? Estaba muy seguro de no haberse informado en ninguna parte sobre algo parecido. La mención de Mindy lo hizo sonreír, con sentida gracia—¡Oh, lo siento! No muerde, lo prometo. ¡Claro que es de verdad! Pero no lo dirías, ¿verdad? Se está tan quieta que a veces la confundo con un cuadro—Claro, porque un carnívoro con hambre en tu salita es una obra de arte—. Suelo bromear con que le gusta estar siempre lista para una foto, como una modelo. Puedes tocarla si quieres. Sí, sí, tócala. ¡O te irás con la impresión equivocada! Y no quiero darle la razón a la buena de mi vecina—Ryan se asomó por la puerta, mirando hacia un costado, como si esperara que algo o alguien apareciera de repente, cotilleando la conversación. Bajó la voz, antes de agregar—: Sé que la señora Ruthy ha querido poner al edificio en mi contra. ¡Quiere quitarme a Joe y Mindy!—exclamó, como si le causaran ternura sus intenciones. Y un poco apenado, sin embargo, ¿por lo incomprensivas y cerradas que pueden ser las personas, a veces? ¡Mundo cruel!—No es que sea una mala mujer, pero la he visto husmear mi puerta con una escoba y… ¡Espera!, ¿por qué no entras? Si nos ve aquí, puede que la buena mujer se altere un poco. El otro día asustó al niño de los Finnigan con un sacacorchos—comentó, casual. Y esa, era una forma muy caballerosa de decir que, de verlos, los atacaría en mitad de pasillo con lo primero que tuviera a mano, desde el periódico del día a un cuchillo de cocina. Fíjate que en ese edificio, ¡podías encontrarte con toda clase de personas! Ryan, dejó la puerta abierta, volviéndose hacia el interior, soltando sin darse cuenta—: ¡Además, me pregunto dónde habré dejado el dinero muggle!—¿Qué?—¡Tendré que revolver un poco!—Vaya que tendría que hacerlo, ¡su casa estaba inundada de libros! ¿Qué era eso?, ¿la última Babel?, ¿o sería que tenía aquel trastorno de acaparador compulsivo? Ryan fue hasta el sofá, donde colocó delicadamente a Mindy (para que no se estresara, la pobrecita, con lo frágil que estaba), pero entonces se detuvo frente a la pantalla con una expresión de novela, llevándose la mano a la boca, ¡atacado por la tragedia!— ¡No!, ¿por qué ella ha hecho eso? ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Puedes creértelo?—exclamó, lanzándole una mirada rápida al repartidor, de asombro e incredulidad, pidiéndole explicaciones sobre algo que difícilmente entendería. Y añadió, ahora sí, explicando—: ¡Está muriendo! ¡Me ha hecho esto tantas veces!, ¡nunca sé cuándo es verdad! Primero, fue envenenada por su madrastra, luego fue arrojada a la calle y la atropelló un caballo, ¡luego quisieron lincharla con antorchas!, y también surgió esa escena en que se atraganta en una fiesta de salón, y todo esto sólo a los quince minutos de película, que es cuando aparece Sebastian. Míralo, es ese guapo de ahí, ¡él es el galán, por supuesto! ¡La ha salvado tantas veces, pero ella no sabe que está enamorado de ella! ¡Y están tan hechos el uno para el otro! Quisiera que terminaran juntos, pero está el malvado, Vincent, y bueno, es una película de cuatro horas… ¡Pero no puedo seguirla si cuando volteo la mirada la protagonista ya se está muriendo otra vez! Bueno, te atrapa, lo admito. Lo siento, ¿estaría bien si tomo una rebanada de pizza mientras tanto? ¡Tengo tanta hambre! ¡Oh, no Sebastian!, ¡haz algo!
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Steven D. Bennington el Dom Oct 01, 2017 7:34 pm

Cuando había aceptado el trabajo como repartidor de pizzas no lo había hecho precisamente por el sueldo y proyección de futuro. Sino porque era un trabajo que le garantizaba facilidad para moverse por la ciudad y le daba la oportunidad de salir del refugio sin necesidad de buscar ninguna excusa. De permanecer durante mucho más tiempo encerrado entre aquellas paredes estaba seguro que acabaría por perder la cabeza. Algo que podría suceder de forma literal si se metían donde no le llamaban, algo que estaba haciendo por el mero hecho de poner un pie en la calle. Otra de las razones por las cuales había aceptado aquel trabajo era porque carecía de peligro alguno. Lo máximo que podía pasarle era darse un buen golpe con la motocicleta si se saltaba un semáforo o algún borracho decidía que era buen momento de intentar atropellar a todo aquel que se cruzase en su camino. Por lo demás, el mayor peligro que podía encontrar sería quemándose con la caja de le pizza si esta estaba demasiado caliente o siendo agredido por un cliente al que no le gustaba su pedido. Como una de esas personas que tanto odiaban la pizza con piña. Sí, esas personas tendían a ir odiando al mundo y, de oler la piña cerca de su pizza, podrían golpear a Steven con el felpudo de la entrada sin que este pudiese hacer nada al respecto. ¡Menuda bienvenida!

Pero lo que sucedió aquella noche fue algo inesperado. Insólito. Inédito. Incoherente. Y muchas otras cosas que comenzaban por el prefijo “-in”. ¡Inexplicables! ¿Acaso un repartidor de pizza esperaría encontrarse con una cría de cocodrilo mientras terminaba su jornada laboral aquel día? Steven no, por supuesto. Por lo que su cara de sorpresa fue tal que se vio obligado a dar un paso hacia atrás por miedo a terminar siendo devorado por aquel animal que el cine le había enseñado que tenía predilección por las manos con relojes en la muñeca. Por Merlín, él no quería acabar con un garfio en una de sus manos.

- ¿Es legal tener uno de estos en casa? – Preguntó el fugitivo ilegal que estaba rompiendo la ley por el mero hecho de existir. Nunca había visto una cría de cocodrilo. Al menos, no en persona. Ni siquiera en un zoológico muggle aunque también era cierto que rara vez  pisaba lugares como aquel y la última vez que lo había hecho había sido en mitad de la noche rompiendo, una vez más, las leyes. – Me huelen las manos a pizza y la última que entregué era una doble de bacon… Creo que no es una buena idea que acerque las manos a tu… Cuadro. – Frunció el ceño, no muy seguro de usar aquella palabra. Pero el mismo Ryan la había utilizado segundos antes.

¿Joe y Mindy? Aquel cocodrilo debía ser Joe. O Mindy, no sabía muy bien si era un macho o una hembra. Ni siquiera sabía cómo se diferenciaba un macho de una hembra de cocodrilo. Lo que sí que sabía es que el tal Ryan tenía dos animales que su vecina quería quitarle a toda costa al tiempo que ponía en su contra a todos los vecinos. No se le ocurría cómo alguien podía intentar librarse de dos animales peligrosos. Nótese la ironía.

- ¿Un sacacorchos? - ¡Aquello podía sacar un ojo a cualquiera! Por lo que ese comentario basó para que Steven diese un paso hacia delante y siguiera a Ryan al interior de su vivienda, cerrando la puerta tras de sí y sin soltar el casco de la moto de su mano libre. No era la primera vez que terminaba en el interior de la casa de un cliente esperando a que este le diese el dinero pero tenía la sensación de que en aquella ocasión las cosas serían diferentes. ¡Tenía un maldito cocodrilo!

Todo cobró sentido ante sus ojos al escuchar aquella palabra. Dinero muggle. Muggle. Aquello demostraba que Ryan tenía un cocodrilo por una razón. Aquello demostraba que era un tipo extraño, como todos los magos resultaban serlo en el mundo muggle. Ryan era un maldito mago y él un fugitivo que podía ser entregado al Ministerio de Magia en cualquier momento. Comprobó que tenía la varita al alcance de su mano por si era necesario y esperó a que… ¡A nada! Ryan no podía ser un mortífago. Tampoco podía ser alguien que lo entregase el Ministerio cuando estaba pidiendo una pizza para ver una película frente al televisor de su casa. Una película que, según contaba, era una telenovela. De esas que Steven no había visto en su vida.

- ¿Cuatro horas de película? ¿Cuánto le queda? – No sabía qué decir al respecto. No había entendido nada en absoluto de la trama de la historia, por lo que poco podía decir sobre aquel tema. – Sí, claro pero será mejor que me pague y así puedo irme para que vea el resto de la película sin interrupciones. – Dijo de manera amable. Lo cierto era que su turno terminaba en pocos minutos pero se sentía extraño en aquella situación. Debía cobrar la pizza e irse de allí antes de que aquel mago descubriese que era un fugitivo y optase por darle caza para ahorrarse  el pagar pizzas de su propio bolsillo durante años.
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Ryan Goldstein el Miér Oct 04, 2017 9:29 am



Me sonreí, porque las personas, muggles o magos, tienen reacciones que me resultan curiosas. Acepto que a veces sí estoy distraído, y me evado con facilidad, hasta que alguien chilla o algo se rompe, de formas que bajo ninguna circunstancia yo hubiera podido predecir, pero cuando pongo mi atención en algo es extraordinario. Estoy seguro que nada puede escapárseme en lo que respecta a la cara de situación de este hombre, y sin embargo, ¿por qué tan asustado? No es que no respetara su cautela, pero en lo que a mí concierne, las personas son mucho más peligrosas incluso con un solo diente.

¿Cómo es que habían llegado a esa situación? Cualquier persona no-mágica estaría haciéndose esa misma pregunta, en un tono de alarma, desesperación, o sólo de curiosidad. Algo, definitivamente, no estaba bien de acuerdo a las leyes de la lógica si tú veías a un grupo de libros en el aire, ¿agitando sus tapas como si volaran?, de una encuadernación, como mínimo, curiosa —te hacía pensar en “El monstruoso libro de los monstruos’, ¿volumen II?, ¿quizá con algún capítulo dedicado a los monstruos aéreos?—.

Ryan, a quien ya no se le movía siquiera un pelo en situaciones de ese estilo, ¿por la costumbre?, ¿por la bondad indolente de su carácter?, ¿por algún que otro lavado de memoria que pudo haber afectado seriamente su cerebro, y especialmente, su sentido de la preocupación o el peligro? Por Merlín, ¿había una forma de explicar que ese rubio masticara tranquilamente su pizza mientras ESO ocurría por sobre su cabeza? Sí, y es que el rubiales no solía amargarse o excitarse demasiado cuando las cosas se salían de control. Tú sabes, hay que mantenerse estoico en esos casos, no perder la calma. Además, para él, era muy claro lo que estaba sucediendo. En algún punto de su consciencia Ryan ya había tomado la resolución a seguir: arreglárselas para no arruinar la antiquísima, invaluable, colección que rugía y se arrojaba sobre la pizza (fíjate, que tenían hambre) y así reacomodarla en su lugar en la biblioteca. Luego, borrado de memoria.

No es como si pudiera dejar escapar al muggle; por eso del estatuto del secreto, no porque fuera algo personal. Claro que nada de eso se hubiera desatado si Ryan mantuviera su casa como un lugar decente, ordenado, a prueba de fenómenos extraños. Se notaba que el convivir entre muggles no lo había concientizado mucho al respecto. Como todo mago, vivía en su propia burbuja. Y no había episodio que no arreglara con su varita, claro. Instrumento canalizador que, al fin y al cabo, era una extensión del mago en sí, del mismo modo que un brazo o una pierna, o tú sabes.

—Por favor, cuida la pizza—Ryan rió ante la escena, que a un muggle le pararía los pelos de la cabeza. Libros furiosos formaban un torbellino a la altura del techo, resueltos a atacar. Él se había metido en el centro del desorden que era su sala: pilas de libros por todas partes, y otras cosas que mejor no adivinar. Pero, fíjate tú que rápido, porque enseguida sacó su varita a apuntó a la puerta, sellándola con magia. Míralo al rubiales, tan sonriente pero tan traicionero—No pasa nada, sólo no dejes que te agarren. Déjamelo a mí.

Que después se encargaría de ti, que te quedara claro, porque no te iba a dejar ir. Que mala costumbre esa de pensar que a los muggles se los podía reformatear, manejar a voluntad, como si fueran fichitas de un ajedrez. Ryan no tenía malas intenciones, pero estaba claro que no respetaba en nada la opinión que el pobre hombre de las pizzas tuviera al respecto de que lo encerraran con un loco con un palote, los libros agresivos que atacaban desde el aire, o cómo podría llegar a sentirse con la idea de que manipularan sus memorias. Lo peor es que ese dudoso ‘déjamelo a mí’ estaba resultando ser un fracaso, porque el rubio estuvo riéndose un buen rato antes de gritar: ‘Inmobilus’.

—Lo siento, lo siento de veras, ¿estás bien?—preguntó, acercándose, y por muy sorprendente que fuera, ¡genuinamente preocupado!

Quedaba claro que un solo cocodrilo era el menor de los problemas allí dentro.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Steven D. Bennington el Jue Oct 05, 2017 8:30 pm

Iba a morir. Ya lo había asumido. No pasaba nada. No era para tanto, al fin y al cabo. La muerte no estaba tan mal, ¿No? Al menos a él le duraría un segundo pero el sufrimiento sería para sus seres queridos. Él no notaría nada. Aunque morir devorado por un cocodrilo dudaba que durase un segundo. Quizá duraba horas. ¿Cuánto tardaba un animal como aquel en matar a un ser humano? No tenía tiempo para sacar su teléfono móvil y escribirlo en el buscador de Google. No tenía tiempo siquiera para coger una escoba e intentar defenderse de aquella bestia. ¡De aquellas bestias! Pues ante su sorpresa no había un solo cocodrilo, sino dos. Por suerte no eran muy grandes, quizá con suerte podría subirse a la encimera y no se capturado. O quizá incluso al sofá del salón cuando lograse tirar al que reposaba allí.

Pero entonces lo vio.

Cualquier persona lo hubiese visto antes, pero Steven no era cualquier persona. Él era el tipo de persona que se preocupaba de cosas sin importancia como bien podía ser acabar devorado por dos cocodrilos en miniatura. Él era el tipo de persona que no se fijaba en cómo los libros volaban de un extremo a otro de la casa como si fuesen malditos pájaros. Aunque aquellos no iban dejando un regalito según lo hacían como las palomas del parque situado cerca del trabajo de Steven. Aquellas ratas con alas que cagaban según volaban y a las que no les importaba que te encontrases en su trayectoria. Ellas ya habían desarrollado inmunidad e incapacidad de sentir cualquier tipo de temor y, simplemente, chocaban contra ti. Porque podían. Las palomas dominarían el mundo. Eran peor que los malditos Mortífagos.

Entre los libros voladores y el dinero muggle, saltó a la vista que Ryan no era ningún tipo de muggle con un problema a la hora de elegir que animales tener en su casa. La gente solía tener un par de peces, un gato, un perro e incluso una iguana en el peor de los casos. Los había quienes tenían un cerdito vietnamita pero… ¿Cocodrilos? Aquello sí que era extraño.

- Oí hace tiempo que hubo una moda en Estados Unidos por tener cocodrilos como mascotas. La gente se acababa cansando de ellos y los tiraba por el retrete así que las alcantarillas de la ciudad estaban llenas de cocodrilos. – Comentó como el que habla con el panadero a la hora de comprar el pan. Y es que cuando estaba nervioso (y también cuando no) tendía a hablar más de la cuenta. Pero, ¿Cómo no estar nervioso con dos cocodrilos?

La varita del hombre se elevó y los libros dejaron de moverse sobre las cabezas de ambos. Quedaron flotando como si de motas de polvo se tratase. Sin moverse en ninguna dirección, simplemente flotando. Existiendo en aquella atmósfera.

- ¿Cómo puedes tener libros por ahí volando cuando vives en un barrio no mágico? – Preguntó cogiendo uno de los libros para ojearlo con cierta curiosidad. Como todo Ravenclaw, los libros eran una debilidad a la que no podía, ni quería, resistirse. - ¿No sabes lo del Estatuto del Secreto? – Dijo acortando la mitad del nombre de aquel estatuto. – Ahora mismo… Bueno, quizá ahora mismo nadie te detendría si además esos libros atacan alguien, claro. – Ya no hacía falta ni preguntar si era un mago. Pero siempre cabía la posibilidad de que, además de ser un mago, fuese partidario del régimen. ¿Y cómo se pregunta eso indirectamente? - ¿Vas a entregarme? – Bueno, sí, las indirectas no estaban precisamente en el menú de Steven.
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Ryan Goldstein el Mar Oct 10, 2017 2:48 pm

—¿Cómo, tirarlos?—Ryan se distrajo por un segundo, dándole tiempo a la bandada de libros voladores de estrellarse y derribar macetas y muebles. Estaba sorprendido, por primera vez—¡Eso es desconsiderado!—opinó. Diríase que chequearía el alcantarillado de Londres, para rescatar a los pobrecitos. Seguro que lo estaba pensando. Podías decirlo por ese brillo de profunda empatía en su mirada. ¡Pero hombre, que te destruyen la casa!

Controlada la situación, Ryan ya tenía planeado actuar silenciosamente. Tú sabes, apuntas, sueltas el conjuro, y la magia tiene lugar. Pero entonces, algo sucedió. Se había acercado a este hombre, afín al parloteo, y a pesar de que estuvo a punto de lanzarle un hechizo desmemorizador, las palabras ‘barrio no mágico’ y lo que vino a continuación, activaron su sentido de la alerta. Alzó una ceja rubia, curioso. Seguidamente, guardó su varita en el bolsillo trasero. ¿No es acaso increíble cómo suceden las casualidades algunas veces?

—¿Entregarte?—Ryan, asumiendo la presencia de otro mago como si tal cosa (¿o quizá fuera un squib o un muggle que conocía la magia?), se hallaba tomando uno a uno los libros que flotaba en el aire, recolectándolos todos. Había perdido el interés en la conversación sólo de escuchar ‘Estatuto’, puesto que eso implicaría tener que rendir cuentas frente a un sistema normativo que no se ajustaba al desastre que él era. Así que, tú sabes, ignoras lo que no te interesa, como en su caso: ‘reglas’, ‘estatuto’, ‘detención’. Giró el cuello hacia el otro, inquisitivo—¿Por qué?—Rió, siguiendo con lo suyo—Que tipo raro que eres.

¡Lo decía el tipo de los cocodrilos!

—No he ‘entregado’ a nadie por traerme una pizza fría. Lo entiendo, no diré nada. Sólo la calentaré. Pero, dime—se dirigió a él con una pila de libros en los brazos. La expresión en su cara era la de la boca abierta y tonta de alguien que busca algo en su mente, y sus ojos, eran exquisitamente delicados y llenos de secretos que tú no imaginarías—, ¿cómo es que un mago trabaja en una pizzería muggle?, ¿puede que seas un squib?—Quiso saber, casual. Sí, no se imponía con el desprecio acostumbrado con que hoy día (y desde siempre, en realidad) trataban los magos de mente cerrada y un zapato roto donde debía haber un corazón a los que consideraban inferiores. No. Él sólo estaba intrigado. Era un hombre muy simple, te dirías.

En eso, reparó en Joe, que salía del baño (imagínate, una lagarto de cierto tamaño saliendo del baño, ¿qué haría ahí en primer lugar? A diferencia de Mindy, que permanecía estática, éste se movía, ¡se movía!), y le llamó la atención; por su nombre, claro; porque no era ninguna bestia lo que se le acercaba. Aunque no es como si el cocodrilo tuviera los tiernos reflejos de un perro. Algo que al rubio no parecía importarle, por la ternura con que le hablaba. Tú sabes, esos momentos de amor entre los dueños y sus mascotas pueden ser ciertamente incómodos.

—¡Hora de comer!—recordó Ryan, de repente. Aunque, dependiendo de tu sentido de la supervivencia, podías tomarlo como una amenazo o no. Algo seguro era que ese rubio no llevaría a mucha gente a su casa. Rió—¿Te importaría? Tengo que ir a por sus peces de esta noche—Sí, ve, ve, tú tranquilo—Puedo dejarte que los alimentes. No son tan terribles, si les das una oportunidad. ¿No has tenido nunca una mascota?

Y desapareció hacia la cocina.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Steven D. Bennington el Mar Oct 10, 2017 8:03 pm

Era consciente del riesgo que conllevaba su trabajo. Era consciente del peligro que había saliendo cada día del refugio y más cuando viajaba por el Londres muggle, de una casa a otra, con intención de entregar una pizza. Habíalaboral. Pero otras muchas veces necesitaba descansar de una transformación que llegaba a durar tantísimo tiempo. Era agotador. Y en momentos como aquel, donde sólo debía entrenar una simple pizza y volver al trabajo,  días en los que bajo el casco de la motocicleta mantenía el rostro del trabajador que fingía ser durante su jornada pensó que podría ser buena idea recuperar su propio aspecto para descansar.

Pero creyó equivocarse. Porque estaba ante un mago. Y no uno cualquiera. Sino uno que se preocupaba bien poco de mantener a salvo el secreto que los magos habían establecido años atrás para ocultar la existencia de la magia y todo lo que aquello conllevaba de personas que no habían heredado el don mágico. Un mago que, además de todo aquello, convivía con dos cocodrilos que bien podría haber considerado sus hijos con lo poco que Steven había escuchado hablar de ellos. Pero, que al mismo tiempo, parecía sentir cierta fascinación hacia la cultura muggle. Tanto por la romántica película que aún se emitía en su televisor, como por el hecho de haber pedido comida a domicilio como por vivir en un lugar donde no tendría más remedio que cruzarse a un muggle que otro.

Ryan le recordaba vagamente al hombre que, a fin de cuentas, había salvado su vida. Odiseo Masbecth, un antiguo profesor de Hogwarts que parecía más preocupado de tener a buen recaudo su parcela particular de hierbas alucinógenas que por la seguridad del resto de los fugitivos, donde se encontraba él mismo. Ah, y además de todo aquello, tenía como mascota una vaca con la que iba a todas partes y trataba como un ser humano. No era muy diferente a Ryan.

- Por repartir pizza y quedarme en tu casa en lugar de volver al trabajo. – Improvisó. ¿Qué iba a decir? No, mire usted señor mago, es que soy un fugitivo al que la ley persigue y el Ministerio ha decidido que era una buena idea ponerle precio a mi cabeza porque aseguran que robé magia cuando era un crío de once años. Vale, podía ser directo como bien había demostrado escasos segundos atrás. Pero de directo a estúpido había un gran trecho.

Había quedado claro que Steven era un mago. Y también que Ryan lo era. O al menos… No, para Ryan no había quedado claro que Steven lo era. Contrariamente a lo que parecía a primera inteligente y optó por la opción de encontrase ante un squib. Una de esas personas que, a pesar de tener familiares mágicos, había perdido el don mágico en el camino. Vamos, lo que podía ser perfectamente lo opuesto a Steven, quien procedía de una familia de personas sin magia.

- Está caliente. – Matizó bajando algo más la voz, como si hablase para el cuello de su camisa. Jamás le podían echar en cara haber entregado una pizza fría, ni siquiera ese individuo y sus dos cocodrilos. - ¿Qué hay de malo en tener un empleo muggle? Tengo pizza gratis cuando quiera y conozco personas y cocodrilos. Todo son puntos positivos. – Contestó en un intento por tantear el terreno para ver si, realmente, estaba en lo cierto y Ryan no era una de esas personas que parecían sentir poco aprecio hacia los muggles.

Un infarto. Casi le dio un maldito infarto. Dio un pequeño brinco que intentó disimular sin dejar de mirar aquel lagarto enorme. Que, bueno, no era tan grande para ser un cocodrilo. No es que fuese un maldito caimán capaz de devorarle en un abrir y cerrar de ojos. Más bien perfecto para un solo zapato.

-  Más bien nunca he tenido una mascota que pudiese devorarme. Bueno, si tenemos en cuenta que dicen que si te mueres en tu propia casa y no encuentran tu cadáver creo que el gato que tenía de pequeño podría haberme llegado a devorar en caso de morir. Pero no se dio el caso nunca. Además, que un gato poco tiene que ver con cocodrilo. O con dos. ¿No crees que es peligroso? – Preguntó siguiendo al hombre a la cocina. En circunstancias normales se habría quedado esperando en el salón pero no cuando aquellas dos criaturas estaban ahí. Era más seguro estar en compañía del mago que podría entregarle a la justicia que al lado de los cocodrilos. - ¿Y a qué te dedicas? ¿Eres como un dragonolista pero versión cocodrilos? O… ¿Son mágicos?
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Ryan Goldstein el Lun Oct 16, 2017 6:30 pm

Ryan rió.

—He tenido empleos muggles también, sólo por tapadera—¿Tapadera?, ¿por qué?, ¿qué estabas haciendo? Él sólo comentaba, distraído—Pero nunca me imaginé viviendo de ello. ¿Eres un mago?—inquirió, esta vez, mucho más curioso, arrugando el entrecejo de una forma que hacía gracia. Te quería pillar, te quería pillar.

En la cocina, el rubiales abrió un frigorífico y empezó a recolectar peces en un balde, mientras le respondía. Ya le tenía toda la confianza del mundo, y era sólo un extraño. Será que no recibía muchas visitas, naturalmente. Le hacía gracia la espontaneidad con que el otro soltaba las palabras, elaborando discursos bastante curiosos.

No lo subestimes.

Era el loco de los cocodrilos, pero era observador. No quería que lo supieras, pero sí que prestaba atención a los detalles, en cualquier situación.

—Hay que ser cuidadoso—
admitió, dándole la espalda, enfrascado en su faena, hasta que llenó el balde, y lo miró, sonriente, con una peculiar, peculiar mirada. Se estuvo allí, de pie, pensativo—Pero que algo sea peligroso, no quiere decir que no valga la pena. No te rindas con él, eso es lo que pienso. Con un cocodrilo, o un dragón. No son muy distintos de las personas, si lo piensas—¡Por supuesto que no, Ryan! Unos escupían fuego, otros, sólo andaban en dos pies, yendo tranquilos por la vida. Hasta debía de parecerte aburrido—¡Dragonolista! Lo he pensado. De verdad que sí—comentó, casi más para sí mismo—Quizá lo haga.

Dicho lo cual, se apresuró a acercarse al cocodrilo que, de impaciente, los había perseguido hasta la puerta de la cocina.

—¿Ves?—dijo, agachado y soltando un pez a la vez, a merced de esa boca rápida y voraz, que de milagro que no le quitaba la mano. Entre que el croco despedazaba su pescadito, Ryan hablaba—Acércate y dales de comer. No seas tímido, vamos. Hasta mi niñita juega con ellos.  Y no sabría decirte sobre lo de ‘mágicos’, aunque los hay los que son un cruce. Los encontré en un pantano, recién nacidos. Los tengo desde entonces. Soy la primer ‘mama’ que ellos conocieron—Tremenda declaración venida del corazón, seguro que te provocaban lágrimas de cocodrilo. Hizo una pausa, y lo miró—Soy un bibliotecario.

Y de la nada, preguntó, reprochando primero a Joe que de comer más, tendría una indigestión:

—¿Y cuál es tu historia?, ¿por qué huyes del gobierno?


Así, casual, como suceden los infartos.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Steven D. Bennington el Mar Oct 24, 2017 10:33 pm

Steven no comprendía nada. Pero tampoco era raro viniendo de alguien como él. Sí, era cierto que el sombrero seleccionador lo había mandado directo a Ravenclaw, la casa del saber y del conocimiento, donde habitan las mentes hábiles que sean saber más. Y era cierto, el conocimiento era poder. Pero a Steven le costaba mucho comprender las cosas cuando iban directamente relacionadas con otras personas. El ser humano era su tarea pendiente. Eran complicados, más que los libros. Incluso él mismo era complicado cuando se sentía más simple que el mecanismo de un chupete.

- Puede. – Frunció el ceño. ¿No era ya evidente? Al parecer para su acompañante no lo era tanto. Aún se planteaba que se encontrase ante un muggle con altos conocimientos sobre el mundo mágico. – Si lo fuese, ¿Pensarías en matarme porque soy un ser inferior a ti? – Si hablaban de hipótesis, podía lanzar aquella si así conseguía saber qué intenciones tenía aquel tal Ryan y sus cocodrilos. Si es que acaso existían segundas intenciones y no únicamente necesitaba una porción de pizza tras otra para acompañar a su película de aquella noche.

Steven no tardó mucho en soltar su lengua. Era alguien afable, que fácilmente encontraba un tema de conversación hasta con un desconocido que tenía dos cocodrilos como mascota. Y, ¿Cómo no encontrar un tema de conversación cuando precisamente tenía dos cocodrilos con los que compartía vivienda? Aunque estaba casi al cien por cien seguro que aquellos dos reptiles no pagaban ni una libra del alquiler.

- ¿Y por qué un cocodrilo? No sé, no me planteo como meta en mi vida tener un cocodrilo en el salón. – Miró a los animales. – Bueno, dos. – Se corrigió, no fuese a ser que alguno de ellos se sintiese ofendido y decidiese cobrarse su ofenda arrancándole uno a uno los dedos de las manos. Que se conformase con los meñiques de los pies, que muchos aseguraban que no tenían utilidad alguna dentro del cuerpo humano. – La única diferencia es que lanzan fuego, en todo lo demás son prácticamente hermanos. –Y en eso de llegar a alcanzar el tamaño de un maldito edificio. Bueno, Steven exageraba en su cabeza y es que para él un dragón bien podía tener el tamaño de un autobús interurbano o el de el palacio de Buckingham.

Los peces que Ryan tenía en un cuenco rápidamente volaron al interior de la boca de uno de los animales. El animal no perdía detalle de las manos de Ryan hasta que estas soltaban un pez sobre su cabeza y podía devorarlo con facilidad.

- ¿Tienes una hija? – Fue una pregunta casi sin pensar.

Se acercó hasta donde estaba Ryan, no demasiado seguro de lo que iba a hacer. Cogió uno de los peces y pudo ver el hambre voraz reflejado en los ojos de aquel animal. En cuestión de segundos había soltado el pez, haciendo que el animal abriese sus fauces para devorar algo tan pequeño como aquel ser.

- ¿No existe algún tipo de ley de regulación para animales como estos? Son peligrosos. O exóticos, oí que para tener aves exóticas había que rellenar formularios y formularios por eso la gente las tenía de manera ilegal. Quizá con esto es parecido. – Cogió otro pez, con algo más de confianza, y lo soltó sobre la cabeza del animal. De un solo bocado terminó con el siguiente pez. Igual que con todos los anteriores.

El otro animal parecía mirarles desde la distancia. Ese que Ryan aseguraba que había estado enfermo. Miraba y miraba. Pero no movía ni un centímetro de su escamosa piel, como si de moverse pudiese romperse en mil y un pedazos.

Cogió otro pez y lo dejó caer. Escuchó como el animal lo desgarraba con sus dientes en cuestión de segundos.

- Sangre sucia. Lo normal hoy en día. ¿Te vas a comer toda la pizza? – No esperó invitación para tomar uno de los pedazos. Si el cocodrilo podía tomar peces, él podía tomar pizza mientras. – Dicen que robamos la magia. Como si eso fuese posible, ¿Sabes? No es que vaya por ahí con una caja y vaya atacando a los magos, guardándolos en ella y llevándomelos a mi garaje para desangrarles y luego inyectarme su sangre mágica.  - ¿Acaso algo así tenía sentido? – Aunque quizá no sea mala idea. Total, tú me has abierto la puerta e invitado a entrar sin saber quién era. – Elevó sendas cejas antes de morder la pizza, como si algo de lo que había dicho tuviese algún tipo de sentido. - ¿Bibliotecario muggle? – Preguntó volviendo a la vida de Ryan. Que no era lo mismo que La vida de Brian.
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Ryan Goldstein el Dom Oct 29, 2017 1:44 am

—¡Tengo más aprecio por la vida que eso!—había dicho, soltando las palabras con pronta suavidad, pero por primera vez, ligeramente molesto. No con su huésped, sino con la idea, como reveló en una mueca mientras hacía lo suyo, ensimismado. Enseguida sonrió, destensando los músculos de la cara. Era evidente que, ni siquiera en esa rara película que era La vida de Ryan, los negros pensamientos quedaban aparte. El mundo de afuera, el mundo real, todavía existía. Voldemort existía, haciendo desmadre.

La mención de su pequeñita de rizos dorados, hizo que le naciera una sonrisa distinta. Aunque, era un hombre bastante sereno, ¿verdad? En sus ojos, siempre había una calma, que te acercaba a la orilla de un mar tranquilo. Aunque si fuera tú, me cuidaría. No fuera a ser que salieran los cocodrilos de la nada, devorándolo todo.

—No lo tenía pensado, lo admito—confesó, con un leve, moderado, dejo de picardía. Le lanzó una mirada, elocuente. No parecía avergonzado en absoluto—. Pero estoy feliz de que haya pasado. No lo sé. Su madre está muy contenta con ella (la niña vive con ella). ¡Y mi hermana! La ama. De hecho, mi familia quiere denunciarme para adquirir los derechos de tenencia—agregó, como si tal cosa. Hasta enternecido con la idea. Uno se preguntaría, ¿por qué harían eso? Pero sólo hacía falta echar un vistazo alrededor de ese antro salvaje—. A mí y a su madre quieren acusarnos de ‘inadecuados’ para la paternidad. ¡Pero Meda es una excelente madre!, ¿y qué mejor para una niñita que recibir el amor de su mami? Vivió toda su vida en los bosques, pero no le veo el problema a una crianza en medio de la naturaleza. Oh, es porque. Meda es una veela salvaje; es parte de una manada que se ha negado a ‘civilizarse’; porque quieren respetar sus raíces y sus costumbres, lo cual, es perfectamente comprensible.

Joe debería estar de acuerdo, porque parecía que asentía con la larga, larga cabeza, o sólo sería porque masticaba a gusto. Así que, resumiendo, ahora mismo, una niñita se hallaba perdida en algún bosque, muy posiblemente de algún lugar lejano, muy lejano, entre criaturas y peligros mortales, ¿y se prepararía para entrar, por ejemplo a Hogwarts, en unos años?, ¿y cómo haría, exactamente, para adaptarse al cambio?, ¿o la educación sería ‘en casa? Es decir, entre los arbustos y las plantas carnívoras, bajo un cielo abierto. Oh, pero, no había de qué preocuparse, porque Joe lo avalaba, mientras saboreaba su pescado.

—Es encantadora, ¡deberías conocerla! Me vuelvo loco de ternura cuando viene de visita con su mami. La última vez, como Meda tenía que ir a algo como a un Aquelarre (era una festividad o algo), me la dejó por unos días ¡y la pasamos genial! Tiendo a querer jactarme de lo linda que es, pero si la vieras, no podrías culparme.

Sí, preséntale tu hija al primer desconocido que conozcas, y que además, está siendo perseguido por Voldemort y sus secuaces.

—Oh, ¿de verdad?—comentó sencillamente, al oír ‘ley’, ‘regulación’ y ‘formularios’ todo junto. No intentes interesarlo por temas de tan poca importancia. Ryan es un hombre ocupado, ¿sabes?—Creo que le gustas a Joe. Lo has hecho bien. Tú también podrías tener uno en tu casa. Las personas los miran con muchos prejuicios. Lo normal hoy día, ¿eh? ¡Por supuesto! Sólo sírvete.

Joe se retiró, ¿a tomar su siesta?, y Ryan se incorporó, ahora buscando las hierbas medicinales con que mantenía a Mindy a dieta, por su resfriado. Pero, se recargó de lado contra la pared y se cruzó de brazos, tendiéndole una mirada simpática, con el cuello levemente ladeado. Así era cuando pensaba en algo. ¿En qué pensaba?

—Eso suena espeluznante—sonrió. Y agregó—: No, no. Soy un bibliotecario de El Archivo.

Esa gran, gran biblioteca en Estados Unidos. Y si no la conoces, pero mira que mal, eres un chico poco culto.

—Y para ser honesto, me habían dicho que había un repartidor de pizzas que sabía del refugio. Ese tienes que ser tú. Tienes amigos que te describen a la perfección, ellos me recomendaron la pizzería. Tu nombre era, ¿Stevano?, ¿Benny?, ¿no? ¡Oh, ya sé!, ¿Stein?, ¿tampoco? De cualquier manera. Sólo. Me alegro haberte conocido al fin. ¿Sabes? Un buen amigo mío es matamorfomago. Y todavía, nadie, pero absolutamente NADIE en El Archivo puede saber qué edad tiene. Algunos apuestan que tiene como noventa, y aparenta sólo unos veinte. Otras veces, se metaforsea en una niñita y nos tironea de las orejas. ¡Nunca deja de sorprenderme!


Última edición por Ryan Goldstein el Dom Oct 29, 2017 4:10 pm, editado 1 vez
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Steven D. Bennington el Dom Oct 29, 2017 3:02 pm

Era un punto a su favor. No que aquel hombre pareciese sacado de una historieta de cómic, que también ayudaba a la tranquilidad de Steven. Sino que pensase que acabar con la vida de alguien nacido de muggles o de un muggle mismo era algo malo. ¡Claro que lo era! ¿Dónde estaba lo bueno en matar a cualquier ser humano? Ryan decía sentir aprecio por la vida y, aunque el hecho de tener cocodrilos como mascota no sirviese para dar validez a su argumento, había algo en su mirada que le hacía confiar en él más de lo que podría hacerlo de cualquier otro desconocido con cocodrilos.

Había quién pensaba que, una vez te conviertes en padre, te vuelves mejor persona. Como el que afirmaba que la gente que pintaba o adoraba los gatitos era mejor persona. Claro, porque todos olvidaban que Hitler era un excelente pintor y adoraba los gatos. Pero Ryan Goldstein poco tenía que ver con aquel austriaco con peculiar bigote y mal carácter.

- ¿Tú no vives con ellas? – Otro dato en común y es que al parecer además de ser dos almas libres que estaban en el mundo porque en este debía haber de todo, eran padres que no vivían con sus respectivas hijas. Y, al parecer, había que sumar también aquello de tener en alta estima a sus correspondientes ex mujeres. Aunque luego estaba ese pequeño detalle de las Veelas, que poco tenían que ver con la historia de Steven. – Vaya, una Veela. ¿Cómo es que acabaste teniendo una hija con una? Entiendo el proceso, me refiero. Y más siendo una Veela, dicen que es imposible resistirse a sus encantos. Pero… Ya sabes, no se las encuentra debajo de las piedras, no son tan comunes como… - Hizo una pausa para pensar. – Esos asquerosos sangre sucia. – Dijo a sabiendas de que ya había quedado claro que él pertenecía a ese peculiar grupo de personas que estaban siendo perseguidas por el gobierno mágico por su sangre. – Seguro que lo es. ¿Qué edad tiene? La mía tiene doce, recién inicia su segundo año en Hogwarts y… ¡Slytherin! Su madre me dijo que entró incluso al equipo de Quidditch de su casa. Tengo una hija en Slytherin y que es capaz de subirse a la escoba sin partirse la crisma. La evolución de los genes, mira que dicen que los hijos son mejores que los padres pero… Demasiado literal se lo ha tomado ella. Tiene la inteligencia de un Ravenclaw pero la astucia de las serpientes. Espero que ahora con toda esta situación los de su casa no se metan mucho con ella por… Ya sabes, un padre sangre sucia siendo Slytherin no puede ser muy bonito. – Esperaba que el carácter de Alex le garantizase mantenerse lejos de abusones pero los niños a aquellas edades podían llegar a ser realmente crueles.

¿Un cocodrilo? ¿Él? Pobre cocodrilo, mejería una vida mejor. Aunque había logrado apañárselas bien haciendo que un camaleón siguiese con vida y educando, a medias, a una niña pequeña. Tan malo no podría ser con un cocodrilo pero lo cierto es que prefería no comprobarlo y perder una mano en el intento.

- Creo que tengo suficiente con un camaleón como mascota. Dos reptiles en casa y creo que me echarían. – Y eso que vivía en un refugio donde bien podría meter un dragón (que podría ser considerado otro reptil pero que esta vez escupía fuego, por lo que quizá su sangre muy fría no era) y nadie le diría nada.

¡El refugio! ¿Por qué no había empezado por eso? Steven rara vez se planteaba la opción de estar frente a un mentiroso de campeonato. Él pensaba que la gente era buena por naturaleza y por mucho que se hubiesen torcido las cosas le costaba no confiar en los demás. Creía en Ryan y no lo veía como un espía de los Mortífagos o del nuevo gobierno que quisiese dar con el paradero de aquel lugar.

- Metamorfomago. Los matamorfomagos supongo que matan mientras se transforman, no lo sé muy bien. Quizá descubriste una nueva especie. – Rió. Estaba bien que supiera tanto de él pues al contrario él no sabía nada de Ryan. – Steven. Stein no es mal nombre  pero me suena a escritor de libros de terror. O a científico loco. – Se encogió de hombros. - ¿Cómo funciona exactamente eso de El Archivo? – Preguntó sin saber muy bien qué era eso de lo que hablaba Ryan.
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Ryan Goldstein el Jue Nov 23, 2017 4:58 pm

—Somos separados. Nunca casados—aclaró, con una radiante, radiante sonrisa de hombre soltero—. No es que lo hayamos intentado tampoco, o incluso planeado. Un día ella entró a mi vida con una panza de embarazada. Y para ese entonces ya había decidido que sería una madre y que yo ni cosía ni cantaba en esa decisión; bueno, pero como el ‘donante’ consideró que quizá querría estar enterado de que una pequeñita con mi nariz estaba en camino. No es como si me necesitara para nada, la verdad. Incluso le ofrecí me apellido, pero lo rechazó. Mi familia no se lo tomó tan bien, están desesperados por convertir a la niñita en una Golgomatch (Oh, no te lo dije. Mi apellido es Goldstein, lo tomé de mi madre. Pero mi familia por parte de padre se apellida ‘Golgomatch’). Meda, ella, sólo quiere criar a su niñita con todo lo que tiene para dar. Ella solita es una madre, un padre, todo el paquete al completo. Tiene un amor fiero, esa mujer.  Pero yo, no tengo ese compromiso, renuncié a mis derechos de paternidad. No es realmente lo mío. No me malinterpretes. No quisiera que nunca le falte nada y siempre le desearé una vida feliz, a las dos. Es sólo que nunca pensé en ser padre. Podría decir que es por mi trabajo, que me mantiene ocupado e inaccesible, pero no es de esa forma. Esas cosas no se te imponen. No en mi caso, al menos. Tú haces que ocurran. La paternidad, digo. ¿Dirías que eres padre sólo por una cuestión de genes o porque lo quieres?

Ryan Goldstein dando cátedra sobre la paternidad era una de esas cosas que tú probablemente no imaginarías en tu vida. Pero también, de esas cosas que podías ignorar perfectamente sin que supusiera una diferencia. Pero allí lo tenías, todo jovial, y tan franco. La broma de los sangre sucias lo hizo gemir con reprobación, y al instante se echó a reír. De vez en cuando podías restarle seriedad a la tragedia, ¿verdad? Sólo un poco.

—Por ese entonces, yo trabajaba en el Departamento de Misterios—empezó a contar, con ese tono que anuncia el preámbulo de una buena historia. ¿Con qué locuras saldría?—. Tú sabes, hay muchas cosas que las veo, borrosas—comentó, extrañado. Pero no parecía muy preocupado al respecto. No dejaba que el estrés lo afectara para nada, venido el caso—. Creo que me quitaron algunos de mis recuerdos, era algo que estaba en el contrato. Aparentemente. Pero a Meda, oh, sí que la recuerdo—Sonrió, pícaro. Había ternura en su sonrisa—No puedo hablar abiertamente del asunto. Por asuntos de confidencialidad y eso. Pero estábamos con un colega, buscando algo. Y para ello, teníamos que atravesar el Bosque de los Lamentos, allá, por las tierras inmarcables del sur de Australia. Es un paraje precioso, créeme. Es sólo el nombre lo que reduce el turismo. Y bueno, no se recomienda a los magos que entren en él, por el número de accidentes. Y los mosquitos. Los mosquitos eran terribles. En fin. En el camino, nos cruzamos con puras veelas en estado salvaje. Algo las inquietaba. Tenían un problema y pensamos que podíamos ayudar. Lo hicimos. Pero al principio fue difícil que confiaran en nosotros. Meda hizo de intermediaria. Y bueno, una cosa llevó a la otra. Nunca me habían entrenado como diplomático para tratar con criaturas. Pero, considerando el resultado, no creo que lo haya hecho tan mal.

Tú sabes, si todo terminó bien al final, podía decirse que estaba en lo cierto. Claro que sobre los gritos, la profecía del apocalipsis y las catacumbas, de eso, él no se acordaba. ¿Cuántos secretos le habrían borrado de la cabeza a ese hombre? Ahora era un bibliotecario, así que esos asuntos eran problema de otra persona.

—¡Ocho! Ocho añitos. Los cumple este año. Si vieras a mi hermana. La adora. Está decidida a hacerle el cumpleaños más grande de su vida. En la mansión familiar, claro. Pero Meda, bueno. Ella no está muy entusiasmada con la idea. Entre ellas dos, las relaciones son un poco tensas. Pero dentro de todo, lo superan. Por Brianna, ¿sabes? Ese es su nombre. Bueno, su segundo nombre. Pero así es como yo la llamo. En honor a mi madre. Meda fue buena conmigo en permitirme nombrarla así. Otro tema de discusión en mi familia. El nombre.

Ryan negó ligeramente con la cabeza, como si se refiriera a una pelea de niños.

—¡Conque tu niña es toda una escolar ahora! Debes estar orgulloso. Son malos tiempos, pero por lo que cuentas, parece que lo tiene superado. Pienso que no importa la casa. Mientras tenga a los que le importan de su lado, será siempre ella misma, donde sea—
Rió—. Quiddicht. Deporte de ingleses. Yo sigo prefiriendo el Quodpot, digan lo que digan. Y si está en el equipo, yo creo que tendrás que preocuparte porque no se vuelva demasiado popular.

Evidentemente, lo de que alguien no tuviera cocodrilos en su casa, lo extrañó. Mira tú. Con lo simpáticos que eran. Y lo hogareños. Especialmente esto último.

—Bueno, ahora que lo mencionas. Hay unas crías que tengo para dar en adopción… Oh, ya veo. Te echarían. Sí, entiendo lo de los vecinos ‘pesados’. No quisiera sonar malo. Pero algunos, pueden ser muy quisquillosos por aquí. Como la mujer del sacacorchos. Es una buena mujer, pero así y todo. Mira mal a mis cocodrilos. Y no le han hecho nada. Bueno, supongo que es comprensible. Los prejuicios son peligrosos en la mente de las personas.

Ryan rió con lo de ‘matamorfomago’. Con que había dicho eso, mira cómo se le traba la lengua, de lo mucho que hablaba.

—Espero que no. Esa nueva especie me provoca escalofríos. Oh, ¡Steven! Ya veo. Un placer, entonces. Steven.


Su desconocimiento del archivo lo asombró.

—¡Oh! Lo siento. Di por sentado que lo conocerías. Ahora que lo pienso. Suelo ir a todos lados diciendo que soy bibliotecario, y la gente a penas parece creerlo. Pero sobre ‘El Archivo’, es un reservorio de conocimiento. La biblioteca más grande que hallarás por los Estados Unidos. Dentro de la comunidad mágica, se entiende. Yo no soy realmente ‘un hombre de libros’, pero me mandan a patear mundo, rastreando libros. Y me gusta. Un montón. Conoces gente interesante. Y te mantienes sobre la carretera, ¡entiendes? Lo mío son los viajes, lo admito. Así que, el trabajo es perfecto. Hasta tengo un diario de viajes. Si te suscribes a la revista de ‘Magos Viajeros’, hallarías algunas de mis publicaciones. Al principio me invitaron por carta para que hiciera un pequeño artículo. Pero resulta que a los lectores les gustó y ahora publico de tanto en tanto. Y hasta me animaron a publicar un libro. Para mí, es un hobby. Escribo tips para los viajeros, comento sobre las zonas turísticas, esa clase de cosas. Principalmente, me divierto. Me hice muchos amiguitos por carta de esa manera también. Así es como conocí a mi novio (bueno, ahora es mi ex, pero es algo complicado. Nunca terminamos realmente). Espera. Creo que puedo hallarte algún número, para que ojees cuando estés aburrido.  

Ryan se ‘sumergió’ en su sala, que en esencia era un desastre plagado de libros, buscando por las estanterías.

—Ha sido un gusto encontrarte, Steven. ¿Crees que me dejarás visitarte en el refugio? Me hice algunos amigos. Y muy amigo de la vaca. Adoro a ese animal. Creo que es el inquilino más contento de estar allí, haciendo de las suyas.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Steven D. Bennington el Sáb Nov 25, 2017 6:07 pm

Nunca habría imaginado toparse ante una historia como aquella. La paternidad era diferente para cada padre. Cada vínculo entre padres e hijos era diferente. Pero sin duda, el de Ryan era uno de los casos más extraños que Steven había escuchado a lo largo de su vida. Pues ya no sólo había aparecido su hija de la nada como si cayese del cielo, sino que tras presentárselo, su madre había seguido con su camino sin siquiera darle la oportunidad a participar en su crianza y educación. Sólo para que estuviese enterado. ¿Y Ryan de verdad no había hecho nada sabiendo que había alguien por ahí que había salido de su “semillita”? Steven no había podido recurrir ni a donar semen cuando andaba mal de dinero porque sería incapaz de saber que por ahí podía haber alguien con sus genes y él no podría conocerlo.

- Creo que los genes no definen la familia. Un padre ausente te convierte en el donante. En un partícipe de una creación humana, pero no en un padre con pleno derecho y responsabilidad de su hijo. Para ser padre no sólo vale poner ahí tu semillita y seguir con tu vida como si nada. Eso es… Un biopadre. Pero no un padre. Y un padre no tiene que existir, necesariamente. Hay quien vive con dos padres, con uno o con ninguno. Quien se cría con dos madres, con una o con ninguna. Siempre he pensado que las mujeres tienen una conexión mayor con los hijos por haberlos llevado dentro pero esa conexión es una base inicial que puede igualarse si ejerces como padre. Aun sin compartir genes, ¿Me entiendes? – Steven consideraba que había sido un padre para Alexandra aún cuando se había separado de Zoe a muy pronta edad. Y aún cuando había pasado un año alejado de su hija rápidamente había comenzado a retomar ese contacto para recuperar así el tiempo perdido. – Cualquiera puede ser padre en el sentido biológico, pero ser padre como tal es algo mucho más complejo. En mi opinión, por supuesto. – Añadió intentando no sonar desagradable para Ryan, en absoluto. Steven Bennington nunca intentaba ser desagradable con el resto, más bien todo lo contrario.

El Departamento de Misterios, ese gran desconocido para la Comunidad Mágica. Aunque para Steven cualquier departamento del Ministerio de Magia era un tanto desconocido. Nunca había puesto especial atención en el funcionamiento de las instituciones y aún no llegaba el día donde algo tan burocrático despertase la curiosidad del castaño. Podía sentir curiosidad hasta por el funcionamiento de las alcantarillas, pero la burocracia le causaba un sueño tan profunda como un coma cerebral.

- Entonces, ¿No puedes decirme qué hacíais en ese departamento? – Ryan parecía el tipo de persona que hablaba hasta de las persianas, e incluso con ellas. Quizá si le daba la oportunidad de soltar un poco su lengua acababa contando algo de lo que sucedía entre las paredes de aquellas salas donde trabajaban los Inefables.

Australia era un lugar conocido para Steven, y una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro al oírle hablar de su país natal.

- Hay historiadores que afirman que el primer boggart fue avistado en ese bosque y que recibe el nombre por el comportamiento que tienen los magos que se pierden en él y se enfrentan a sus mayores miedos. Aunque también leí un libro que decía que únicamente recibía aquel nombre porque en él había la mayor plantación de Robles Llorones, una variante del conocido sauce llorón pero con la variante de ser un roble y realmente llorar lágrimas saladas a través de su corteza. – Steven leía. Lo había hecho durante años y por eso conocía raras historias que  no podían siquiera comprobarse. Aquellas eran sus favoritas, pues siempre guardaban algo de verdad en sus palabras.

La hija de Ryan contaba ya con siete años a sus espaldas, ocho estaba a punto de cumplir. Los niños crecían tan rápido que si parpadeabas te perdías toda su vida y ya eran adolescentes a punto de marcharse de casa por no compartir tus mismas ideas sobre cómo cocinar el pollo.

- ¿Ya ha mostrado algún rastro de magia? Las semi veelas pueden acudir a un colegio mágico, heredan la magia del padre en caso de que este sea mago. – Algo que Ryan ya sabría.

Steven de por sí era alguien a quien podías darle cualquier tema de conversación y giraría sobre él durante horas hasta desvariar de tal manera que no comprenderías qué hacía hablando sobre la influencia de la desaparición de las minas de carbón en Papua Nueva Guinea. Y Ryan, al parecer, tenía la capacidad de soltar tanto la lengua que podía hablar incluso de la reproducción in vitro de trolls de los bosques surcoreanos.

- ¿Rastrear libros? Los libros pueden… ¿Escaparse? ¿O simplemente buscas algún libro en concreto por el mundo? Vaya, algo así debe ser realmente complicado. Eres como alguien de la policía secreta pero en versión librero. – Dijo haciendo una mezcla entre ambos mundos pues como sangre sucia que era, se había criado siempre entre muggles.

Si era sincero, no le había quedado claro qué hacía El Archivo y cuál era la función exacta de Ryan, pero creyó que sería mejor dejarlo estar a no ser que quisiese escuchar otra de las raras historias del rastreador de libros.

- Lo leeré, los fugitivos no tenemos mucho qué hacer. – Admitió encogiéndose de hombros. Aunque a decir verdad él era partidario de pasar el menor tiempo posible en el refugio para no acabar por perder la cabeza ahí encerrado. – Nada más entrar, la tercera puerta a la izquierda. No tiene pérdida, creo que  me dieron precisamente esa zona para no acabar perdido por los pasillos de la zona de residencias. ¿Sabías que hay una entrada con forma de fénix? Bueno, yo la descubrí el otro día paseando y es algo de… Una Orden de un fénix, pero el fénix no da ninguna orden. – Se encogió de hombros. – Es confuso. Si necesitas más pizzas, sabes donde llamar.  – Añadió yendo en dirección a la puerta para marcharse de allí antes de llevarse un mordisco de cocodrilo.

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Ryan Goldstein el Miér Dic 06, 2017 8:01 am

Un biopadre, Ryan era un biopadre. Lo era. Escuchó a Steven con un cierto halo de emociones en la mirada. Una telaraña de sensaciones, que cubrían esos ojos azules, ese profundo azul. No era algo que compartiera, pero la mención de la conexión madre-hijos que hizo su compañero de pizza, lo sumergió en el recuerdo de su propia madre. ¿Qué habría dicho ella de saber que tenía una nieta en el mundo? Ah, la hubiera amado, la hubiera cobijado en su amor, con sus alas de tierna paloma. Con esa ternura tan propia de las madres. No todas, por supuesto, podrían llamarse madres tampoco. Pero esa mujer. Esa mujer que él hirió. Había sido la mejor de todas ellas. Bueno, estaba Meda. No podía renegar de sus dotes maternales.

Y por el otro lado, estaba su padre. Puede que Ryan estuviera resentido con él, en su momento. Puede que Henrik Goldstein lo haya desheredado, en su momento. Pero él también había sido un padre. No sólo un biopadre. Uno que marcó su camino, de mil maneras. Los dos lo habían sido, madre y padre, a su modo.

Le entusiasmó que Steven, un hombre más maduro que él en lo paternal, se mostrara tan encariñado con su hija. En lo que a él respectaba, no tenía remordimientos, miedo o siquiera experimentaba la más mínima ansiedad frente a esa realidad en la que sus genes tenían patas y hablaban en algún otro lugar lejano, en algún punto del mapa. No tenía el apego de Steven a esos genes suyos. No funcionaba  así con él. Pero no es como si se tomara nada de esa conversación como un insulto, o siquiera que hallara algo alusivo a su persona, a no ser por lo de ‘ser el donante’. Cualquiera lo hubiera tachado de irresponsable (y lo hacían), condenándolo socialmente de esa forma. Eso no le quitaba a él su buen humor, ni su misteriosa sonrisa. De hombre al que una cosa le entra por un oído y le sale por el otro.

—Lo comparto—dijo Ryan, salido de su breve ensimismamiento con renovado entusiasmo—No, no puedo. Y se han asegurado que las cosas realmente importantes me las olvide, supongo. Menos mal, porque sería complicado que me acusaran de traidor a mi país sólo por ‘irme de la lengua’—comentó, seguido de una risa. Porque en sí era una idea que te cagas, ¿no? Es decir, el presumible exilio, la condena perpetua, todo era parte de la misma idea. Súper graciosillo—¿Es así? Estás muy informado. Yo ahora lo llamo ‘el bosque donde quedé premiado’, por obvias razones. Pero ahora que lo mencionas, sí creo recordar boggarts—Y por un segundo, se sumió en observar todas esas imágenes difusas que permanecían en su cabeza. Pero negó ligeramente en un gesto y continuó (ESO era algo que en el Departamento de Misterios habían querido que olvidara, por alguna inexplicable razón)—: ¡Sí! Mi hermana está orgullosa, porque dice que la niña hizo flotar en el aire todos los cubiertos de plata de la mansión, un día que con Meda fueron de visita a la casa familiar. Así que, sí, será una estudiante muy pronto.

Al hombre le encantaba la conversación, cierto. Era de prever, viviendo con dos cocodrilos. Había tenido un pajarito a su cuidado por un tiempo, al que le había contado toda su vida. Pero nada como el contacto humano. Sin ofender al pío, claro. Al que extrañaba, por cierto. Se había roto el ala y él lo había curado. Y ahora esperaba a que se apareciera, algún día. Lo esperaba con el alpiste servido. Lo esperaba, en vano. Pero la jaula seguía allí, abierta.

—¡Oh, los libros pueden hacer muchas cosas!—señaló, misterioso. Sorprendentemente, no rió con la idea de la policía secreto y respondió, muy serio—Sí, lo soy.

Menos mal que era secreta, hombre. Menos mal, que no era cosa de tomarse en serio al tipo de los cocodrilos.

—¡Te visitaré! Tenlo por seguro. Y podríamos hacer algo. Es siempre una desgracia no tener algo que hacer—Lo decía un culo inquieto, créele— ¿La Orden?—inquirió, extrañado. Lo que le extrañaba es que no la conociera. Ah, puede que le hayan dicho que era secreta. “La secreta Ordenl del Fénix”. Sí, puede que lo hayan dicho. Pero no tomaron los recaudos de borrarle la memoria—Pizzas y buena compañía. Gracias por pasarte. ¡Y cuidado, esa es Mindy! Sí, sí, no vayas a poner el pie. Creo que está algo gruñona, ¿no? Por dejarla sola tanto tiempo, imagino. Nos vemos. ¡Cuidate!

psss:
Paso a cerrar tema, entonces. Amé el tema, por cierto :3 Y Ryan va en serio con lo de que necesitaba contacto humano (!!)
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