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Proserpina Fernsby el Mar Sep 26, 2017 7:32 am

Isla Mann
Octubre de 1980

No podía dejar de mirar atrás en el tiempo, muchos años habian pasado sin reunirme con la familia y las circunstancias no eran las más felices para ello.

Sólo tres días atrás recibía una llamada que para nada esperaba. - ¡Hola Proserpina! ¿Qué tal estás? - la voz de mi padre al otro lado sonaba muy pausada, tristona y contenida. - ¡Hola padre! Me encuentro bien, rellenando unos informes del trabajo estaba. ¿Ustedes que tal están? - una conversación muy vaga, tuvo comienzo, con la sensación de que el final de ella traia una mala noticia. Poco tardó en llegar. - ¿Crees que podrás pedirte unos días en el trabajo? - Fue la frase que precedía lo inevitable. Un nudo se formó en mi garganta, la congoja se apoderó de mi corazón. Algo grave debía de acercarse cuando esa petición tenía lugar.

Mi padre era un hombre que en pocas ocasiones me pedía regresara a casa, sólo en fechas señaladas solía acudir. - ¿Proserpina, estás ahí? - preguntó al no recibir respuesta inmediata. - Sí, sí. Aquí estoy. Puedo pedirme unos días, creo que no habrá problema. ¿Cuál es el motivo? - pregunté com cautela. En esos instantes temor me causaba conocer la respuesta. ¿Madre estaría bien? - Tu madre no se encuentra bien. Está muy grave, el médico no nos da muchss esperanzas....es mejor que vengas cuanto antes. - Esas palabras se clavaron en mi interior. El momento había llegado, más no estaba preparada para ello.

Bastó una simple carta enviada a mi jefe de departamento para poder tomarme la semana libre, si bien serían días de vacaciones que me debían, nunca se negaban a mis peticiones.

El mismo día que recibí aquella llamada preparé mi maleta y gracias a la aparición estuve allí antes del atardecer. Era un día otoñal, los árboles estaban pintados de amarillo y naranja, el viento corría cual niño por las calles.

Respiré profundamente en diversas ocasiones, tomando consciencia de la situación antes de tocar en la puerta. Abrió mi anciano padre, con una pequeña sonrisa dibujada en los labios para recibirme. Un largo abrazo fue nuestra bienvenida, no hacían falta las palabras.

Tres días llevaba ya en casa, en nuestro hogar. Y ahí estabamos, las tres hermanas sentadas a la mesa en el jardín trasero. - ¿Qué os parece si visitamos el viejo faro? Como cuando éramos niñas. Hace mucho tiempo que no voy y lo cierto es que estos días he rememorado mucho aquellos tiempos. - Pregunté tras beber un sorbo de mi té.

Es curioso como recordamos la infancia en ocasiones como la presente. Evocando recuerdos pasados para sobrellevar los malos momentos.
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Steven D. Bennington el Mar Sep 26, 2017 9:37 pm


- ¿Seguro que tienes que ir? – Insistía un Stuart de dieciocho años que se negaba a que su madre dejase atrás su hogar.

- Stuart, deja de insistir. Nos quedaremos los hombres cuidando toda la casa, ¿Verdad, George? – El hijo pequeño del matrimonio afirmó mientras hablaba por la radio con sus amigos, cerca del contacto de sus padres para que no hiciese cosas indebidas.

Stuart se giró y se dejó caer en el sofá para seguir leyendo un viejo tebeo que había pertenecido a su padre y se perdió en la lectura mientras sus padres iban a la cocina.

- ¿Estaréis bien sin mi? – Preguntó con voz tímida la mujer.

- Claro que sí, Anges, puedes irte tranquila. Stuart ya tiene dieciocho, George quince y las chicas ni siquiera viven ya en casa. Tú debes ir a ver a tu madre o te arrepentirás toda la vida de no haber estado a su lado en sus últimos momentos como yo hice con mis padres.

- Gracias cariño. Saldré mañana a primera hora. Os dejaré platos en la nevera para que no tengáis que hacer…

El hombre le dio un corto beso en la frente mientras la aferraba entre sus brazos.

- Nos las apañaremos sin ti, son solo unos días. – La mujer sonrió aliviada. Había logrado crear un hogar ella sola y ya era hora de volver al que antaño había sido el suyo.

*  *  *

Pasaban las tres de la tarde cuando llegó a la casa donde en aquellos momentos vivían sus padres. Cuando llegó, Proserpina ya se encontraba en casa y no mucho después hizo lo mismo Ceferine. Las tres hermanas juntas de nuevo. Agnes ni siquiera recordaba cuando había sido la última vez en la que las tres habían estado juntas. Ni siquiera en Navidad, fecha tan señalada para las celebraciones familiares, se juntaban todos. La familia era algo complicado que con los años podía irse viendo desmejorada, como era el caso de la suya propia. Cada una había hecho su vida, y era raro el momento en el que coincidían las tres nuevamente. Ni hablar de coincidir en casa de sus padres. Su antigua casa.

- Escúchame Lydia, es la tercera vez que te lo digo. Tu padre está solo en casa y es incapaz de poner la lavadora, hazme el favor de ir a ver… - Al otro lado del teléfono, una de sus hijas la interrumpía. - ¡No voy a llamar a Margaret! Hazme el favor y vete a ver a tu padre. – Negó con la cabeza. – Escúchame señorita, no vivirás bajo mi techo y podrás decir  lo que quieras de tu padre y de mí, pero hemos cuidado de ti hasta que te has ido con tu novio el hippie y sus perros a vivir. Así que ahora vete a casa ahora mismo, ayuda a tu padre con la lavadora y deja de decirme que llame a tu hermana para  que lo haga ella. A diferencia de algunas, Margaret está en la universidad y no viendo ver pasar el tiempo sin hacer….

Pero al otro lado del teléfono ya no se escuchaba.

- Me ha colgado. Esta niña… Suerte que nosotras no éramos así a su edad. – Resopló mientras terminaba de preparar su té para servirlo y sentarse a la mesa con sus hermanas, pues llevaba todo el día pegada al teléfono para  saber cómo estaban en casa. - ¿Bromeas? No tengo yo la espalda como para subir tantos escalones. Aunque siempre podéis hacer esas cosas vuestras con las varitas mágicas y subirme a volandas. Eso me vendría de perlas.
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Joshua Eckhart el Jue Sep 28, 2017 8:03 am

Ese era uno de sus viajes en donde tenía una importante exploración que había salido bien. La misión había pasado como un secreto para todos excepto para el grupo que lideraba la misión y para los exploradores, finalmente habían dado con algo que podría revolucionar el mundo mágico. O no y todo el mundo estaba equivocado. Ya estaban en la celebración, pronto volverían de nuevo pero a la mayoría, Ceferine incluida, le llamaba la atención ir a explorar todavía más. Así la bruja había decidido quedarse, pero lamentablemente no sería por mucho tiempo. Una lechuza había soportado la inclemencia del clima para llevar un mensaje importante a la líder de exploración.

Lo envían desde la sede —comentó en voz alta, levantándose de su asiento de madera roída para salir a leerla. Al parecer, la sede había recibido una llamada buscándola, pidiéndole ir a la casa de sus padres. Su madre no se encontraba bien, describían su estado como “grave”, tenía que regresar urgentemente. Lo tuvo que hablar con su equipo de exploración para hacerles saber del cambio de planes, ya tendrían otra oportunidad para poder descubrir los secretos de aquel terreno hostil, pero en esta ocasión otro asunto la llamaba.

Cuando llegó a esa casa que la había visto crecer junto a sus hermanas, sintió el profundo golpe de la nostalgia. Ahí ya se encontraban Proserpina y Agnes, haciendo a la mayor de las hermanas la última en presentarse. Luego de todos los saludos, las visitas a su madre, había acabado sentada, un poco abatida, en la mesa del jardín trasero con un té. Agnes se había levantado de la mesa para hablar con su hija. A veces agradecía no tener hijos, tan sólo llevaban unos días ahí y ya la mortificaban con su marido, con sus hijos, con todo el mundo. Ceferine siempre había sido desapegada y aventurera, eso la tenía actualmente como una gran exploradora.

¿El viejo faro? —preguntó a Proserpina, dando un breve sorbo a su té. — Sería una buena idea —a su edad, Ceferine no tenía ningún problema yendo y viniendo, subiéndose a montañas, escalando, todo por conseguir sus objetivos. Claro que sus hermanas no tendrían el mismo estilo de vida que ella tenía, pues su hermana la mediana hizo hincapié en ello pronto. — Podemos sentarte en un neumático y tirar de él con cuerdas, como cuando te torciste el tobillo aquella vez, no nos haremos responsables si las cuerdas se rompen de nuevo y resbalas escaleras abajo —bromeó jocosa, usando esa técnica muggle que habían usado para ayudar a subir a su hermana en una ocasión.

La verdad es que esa casa estaba llena de recuerdos de todo tipo. Era triste que sólo en una situación tan delicada se pudiesen encontrar las tres, ni siquiera en Navidad pasaba toda la familia la fecha junta. No importaban las promesas de “Tenemos que vernos cada mes”, siempre había una a la que le surgía un inconveniente u otro y al final no se daban esos encuentros.
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Proserpina Fernsby el Dom Dic 31, 2017 12:00 am

Sólo las malas ocasiones parecían reunirnos. Por suerte o desgracia hacía mucho tiempo que nada similar sucedía en nuestra familia. No era la mejor forma de tener un reencuentro, pero no había mejor momento a la par. Las tragedias en familia y unidas se sobrellevan mejor.

Me complacía enormemente no tener que pasar por situaciones como las de Agnes. - Da gracias a que no existían los teléfonos móviles y era más complicado ponernos en contacto. - Comenté con una ligera risa. Envidiaba en parte a su hermana, siempre lo haría. Estaba tan apegada a mi trabajo que en mi mente no había espacio para hijos, era una locura. Sin embargo, cuando afrontaba momentos como este, ver que mi hermana nunca estaría sola, que tendría quien se preocupara por ella, hacía que sintiera ese vacío interno que jamás llenaría.

Subir al faro, es lo que se me antojó en ese momento. No había mejor lugar para disfrutar del mar y las vistas de la isla. - La idea del neumático es mucho mejor. - Dí la razón a Ceferine. Aquella aventura había sido de las mejores. Mucho esfuerzo requirió subir a lo alto del faro tirando de Agnes. Más aún teniendo en cuenta que Proserpina era trece años más pequeña que ella.

Sin duda ya no eran las jóvenes que eran antes. Ni remotamente. Si bien seguían siendo jóvenes, esa hermosa edad tras los cuarenta. Dos sorbos más de té tomé para aclarar mi garganta. - Bueno también puede subir en escoba, mucho más divertido. - Comenté riendo al imaginarme a mi hermana sujeta al palo de una barredora.

En mi mente se dibujaban aquellas tardes en casa. Las horas corriendo y sacando de sus casillas a Agnes mientras Ceferine estaba en Hogwarts. Eran tiempos muy simples para mi, cuando la máxima preocupación que tenía era decidir si esconder sus zapatos favoritos o regalarle una flor a mi hermana buscando su perdón por lo primero. Pero no había recuerdos más especiales en mi mente, momentos más felices, que los vividos en lo alto de aquel faro sentadas con los pies colgados. Muchas de las veces mirando a mis hermanas con embelesamiento mientras ellas hablaban de sus cosas de adolescentes y yo no entendía ni papa.

- ¿Cómo os han ido las cosas estos últimos meses? ¿Tus hijos como están? - Preguntas para ambas pero siendo que la última iba concretamente para Agnes. Sería incapaz de reconocer a mis sobrinos en estos días, hacía años que no los veía. Sin lugar a dudas nos habíamos distanciado más de lo esperado.  

De Ceferine sabía algo más, rumores que me llegaban de compañeros del Ministerio, pero poco podía saber de la certeza o no de aquellas palabras. Demasiado complicado cuando el secretismo era pilar importante en la mayoría de los departamentos del ministerio. Imposible saber muchas veces qué era cierto y que no.
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Steven D. Bennington el Dom Ene 07, 2018 1:51 pm

A pesar de haber nacido en la misma familia y haber sido criadas bajo el mismo techo cada una de las hermanas era diferente. No sólo por el hecho de que dos de ellas hubiesen acabado por ser dos brujas de esas que preparan pociones mágicas y montan en escoba voladora. Sino porque cada una había decidido dar importancia a una faceta de su vida. Familia, trabajo o, en el caso de Ceferine, un ejercito de gatos. Y es que Agnes consideraba que su hermana había optado por desperdiciar su vida aunque no lo decía en voz alta, solo en forma de indirectas que podían parecer sólo comentarios poco acertados lanzados desde el desconocimiento.

- O podemos colgarte a ti de esa cuerda a ver qué pasa cuando a una bruja la ahorcan como en plena caza de Salem. ¿O ahí les daba más por prender fuego a los vuestros? – Preguntó a sabiendas de la respuesta antes de dar un sorbo al té y mirar en dirección a Proserpina quien, en aquel momento, le dio la razón a Ceferine. - ¡Pero tú no la animes! – Dijo algo molesta frunciendo el ceño y levantándose para avanzar en dirección a la ventana, ojeando nuevamente su teléfono móvil en busca de alguna señal de llamada por parte de su hija o uno de  esos mensajes de texto que, siempre que intentaba abrir, acababa borrando. ¡Lata de nuevas tecnologías!

La familia había sido siempre uno de los pilares fundamentales de Agnes. Sin importar el cuándo, el cómo ni el por qué, ella siempre había estado para y por su familia. Desde que era una niña que, aparentemente, sólo se preocupaba de no salirse de la línea al colorear un dibujo. Y es que siempre había colocado en lo más alto de la pirámide a su familia y por mucho que pasaran los años y su relación se enfriase – tanto como la de las hermanas a lo largo de los años – seguía considerándolas una parte primordial de su vida. Un motor de cambio.

- Lydia es un completo dolor de cabeza. Está en esa edad en la que se cree que puede hacer lo que quiera. Aunque, bueno, lleva en esa edad desde antes de cumplir los doce años. A veces creo que cogeré la puerta y me iré para no volver. Además, su padre no es que ayude mucho en lo que se refiere a nuestros hijos. Ni a hacer algo en casa, no sabéis la suerte que tenéis de poder hacer todo lo que queráis con sólo mover ese estúpido palito de madera. – Movió la cuchara de té cómo si se tratase, precisamente, de aquel palo de madera. - ¿Y vosotras qué? Supongo que ninguna piensa a hacerme tía un día de estos así que mejor me limito a preguntar cómo os va en vuestros complicados trabajos que tanto tiempo os quitan. ¿O alguna nos trae una invitación de boda? – Dio un trago al té para terminar finalmente con su contenido. Dio un leve codazo a Ceferine y sonrió. – Venga, venga, que hay que subir al faro.
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Joshua Eckhart el Lun Ene 08, 2018 4:34 am

Estoy segura que Agnes hubiese sido la primera en colgar una llamada de nuestra familia —apuntó divertida, dando un sorbo a su té. Se la imaginaba perfectamente, ¡si era la viva imagen de sus hijos a su edad! Otra buena razón para no querer tenerlos, no podría vivir sabiendo que tenía hijos que hacían locuras como las que ella hacía. Con todas sus exploraciones y aventuras, el corazón de su actual empleo, se imaginaba a sus hijos marchándose en escoba a buscar ruinas antiguas o tratando de buscar la Atlántida con branquialgas o algo parecido.

Proserpina quiso subir al faro para poder tener una buena vista de aquel lugar, a lo que ella propuso la forma ideal para subir a su hermana menor al sitio sin que se quebrase nada en el intento. O por lo menos tratar de no hacerlo, que hacer promesas estaba sobrevalorado. Proserpina decidió que la mejor idea era subirla con la escoba, provocando una broma de muy mal gusto por parte de la mediana de sus hermanas.

Oh, deberías vivir un poco más la vida, esa familia tuya te absorbe la felicidad como… —dementores. Pero Agnes no estaba familiarizada con esas malignas criaturas. — Sanguijuelas —corrigió a tiempo. Era mejor no mencionar cosas demasiado rebuscadas con su hermana, ¿qué necesidad había? Se ahorraban explicaciones innecesarias que no iban a llevarlas a ningún sitio. — También podrías haber encontrado un buen marido y no tendrías ese problema —aclaró la garganta. Seguramente fuera debido a la falta de compromiso de Ceferine, pero nunca le había agradado el marido de su hermana. Pero no iban a iniciar una discusión ahora.

Se atragantó con el té en cuanto Agnes les preguntó si querían hacerla tía, ¿es que su hermana había perdido la cabeza o algo parecido? ¡Si supiera! ¡Que no tenía ni un segundo para buscar pareja, mucho menos para tener hijos! Eso, eso. El trabajo era un tema mucho mejor, un tema maravilloso y perfecto, fuera de los compromisos familiares y cosas por el estilo.

¡Pues me ha ido de maravilla en el trabajo! Verán, una de nuestras más recientes expediciones acabaron en un éxito total, estuvimos en los desiertos del Sáhara buscando una tumba egipcia escondida y al cuarto día de investigación dimos con ella, todavía estamos intentando traducir los jeroglíficos que encontramos pero promete ser un descubrimiento enorme si estamos bien encaminados, ¡Gaspar! ¿Recuerdan a Gaspar? Casi se queda encerrado en una de las habitaciones porque Jareth activó una trampa sin querer del otro lado de las ruinas, parece tontería, movió un jarrón a lo Indiana Jones —les explicó, emocionándose sin querer, como siempre hacía cuando tocaba hablar de su trabajo. Gaspar era uno de sus amigos desde el colegio, aunque evidentemente nunca había ocurrido nada más que una amistad entre ellos.

Y con el brillo de su mirada observó a Agnes, su sonrisa ensanchada en su rostro al asentir con la cabeza y ser la primera en encabezar la caminata con dirección al faro, olvidándose por completo del té a medio beber, ¡quién necesitaba el té cuando podían subir al faro! Y sí, Ceferine seguía muy bien conservada a su edad por aquel ir y venir en sus expediciones. Pero iba con paciencia, sin aparente prisa, no quería que Proserpina y mucho menos Agnes se vieran abrumadas por la subida.
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