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More than a skill [Circe Masbecth]

Abigail T. McDowell el Miér Oct 04, 2017 4:30 am


4 de octubre del 2017 - Bosque de Epping - 19:06 horas - Abigail T. McDowell & Circe A. Masbecth


Desentenderme de mis obligaciones como mortífaga no era algo que me agradase ahora que estaba como Ministra en el Ministerio. Por mucho que unas de mis ambiciones fuese llegar a dónde ahora mismo me encuentro, si participaba activamente en las filas de Lord Voldemort era porque me fascinaba luchar por una causa y ser la mano ejecutora de nuestra propia justicia. Desde bien joven la adrenalina que eso me ocasionaba me hizo volverme adicta a la violencia y a la acción... Y ahora simplemente no quería prescindir de ello. Desde siempre me habían dicho que no dejase en manos de otros lo que solo tú puedes hacer, por lo que en ocasiones no podía simplemente quedarme de brazos cruzados mientras el resto de inútiles intentan hacer algo sin conseguir absolutamente nada. Me sacaba de quicio escuchar fracasos, excusas y méritos para el bando enemigo, ¿tan difícil era cazar fugitivos?

Al parecer tanto el Departamento de Aurores del Ministerio de Magia, como la fila de los mortífagos habían sufrido bastantes bajas a la hora de ir en busca y captura de aquellos hijos de puta que hicieron de la final de quidditch un auténtico desastre. Ahora, acabar con esa amenaza era absoluta prioridad. No había sido nada complicado diferenciar cuales eran los fugitivos pacíficos y cuales eran esos que realmente buscaban guerra y violencia. Y la gran mayoría de informantes que habían sobrevivido a las diferentes patrullas decían que se escondían en el Bosque de Epping, la zona boscosa seminatural del sureste de Inglaterra, la cual se extendía hasta el noreste de Londres y el sur de Essex.  

No había que ser muy inteligente para suponer que habían controlado todo el bosque y habían hecho de ello su hogar, probablemente en algún tipo de cueva o cavidad subterránea. Lo primero de todo era dar con el lugar exacto en el que se encontraban, para luego poder formular un plan en base a ello. La gran mayoría de patrullas entraban en el bosque como si no hubiesen un grupo de terroristas esperando a que des un paso en falso para acabar con tu vida.

Es por eso que solo unos expertos podían encargarse de esa misión de espionaje, expertos en una materia en la que muchas personas ni se imaginan tener progresos: la animagia. En Londres era muy fácil ver zorros en las zonas más verdes, por lo que si sumamos eso al hecho de que absolutamente nadie a excepción de mis más allegados saben mi forma animaga, es toda una ventaja a mi favor. Así mismo, contacté con otra persona en la que confiar en una tarea como esta. En un principio pensé en decírselo a Caleb, pero entre que es un león blanco y eso no pasa desapercibido en un bosque de Londres y que últimamente cada cosa que me dice me vuelve más irascible de lo que ya soy de por sí, decidí optar por la mejor opción: Circe Masbecth. Llevaba instruyéndola en la animagia bastante tiempo y sus progresos habían sido sublimes, además, su predisposición en la fila de los mortifagos eran sin duda de las mejores de toda la familia Masbecth o de cualquier otra persona de su edad. Era un riesgo llevarla a ella, básicamente por cómo nos llevábamos. Chocábamos muchísimo porque nuestras personalidades no ayudaban lo más mínimo, pero como hemos dejado las jovialidades a un lado y nos hemos dedicado a un entorno enteramente profesional... esperaba que siguiese así. Ella todavía tenía mucho que aprender y yo todavía tenía mucho que podía enseñarle, pues tenía potencial y por mí parte exprimir el potencial de una promesa me parece de lo mejor que hacer con mi tiempo libre. Lo único que esperaba es que fuese lo suficientemente madura como para dejar a un lado esa asquerosa actitud orgullosa y prepotente —que de hecho yo también poseía— para trabajar como un equipo. Yo no era una persona muy paciente, por lo que a la mínima me decantaría por hacer el trabajo sola o mandar a Caleb como cebo. Que pensándolo fríamente, tampoco es tan mala idea.

Era miércoles y habíamos quedado frente a su casa a las siete de la tarde. Ambas teníamos nuestras obligaciones, pero los fugitivos tampoco se esperarían que un miércoles a esa hora fuese nadie a buscar nada a sus tierras baldías, además, el factor de que fuera de noche nos favorecía, sobre todo a Circe que podría pasar desapercibida en su forma de murciélago y otear cada rincón al que yo no tuviese acceso.

¿Preparada? —pregunté cuando Circe salió de su casa y llegó hasta mi lado. —¿Has seguido practicando con la animagia? Hoy tienes que estar al cien por cien.

Le repetiría el plan con tranquilidad, sobre todo haciendo hincapié en cómo actuar cuando estuviésemos de forma animaga, ya que no podríamos contactar entre nosotras de ninguna manera. Así mismo, como el Bosque de Epping era sencillamente enorme, era probable que no encontrásemos nada en un día, por lo que empezaríamos por zonas. Nos apareceríamos en el Pabellón de Caza, que a esa hora estaría cerrado y vacío y trazaríamos un perímetro en el que buscar.


Última edición por Abigail T. McDowell el Vie Oct 06, 2017 4:47 pm, editado 1 vez
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Circe A. Masbecth el Jue Oct 05, 2017 8:31 pm

Cuando llega la tormenta, puede olerse en el ambiente. Casi como si se masticase. Un olor pegajoso que impregna tus fosas nasales y que, por mucho que lo intentes, permanece ahí haciéndote pensar que algo está a punto de suceder. También está esa sensación que invade el cuerpo de las personas. Quizá un dolor de rodilla o en una antigua herida de guerra. Un dolor que avisa que algo peor está a punto de llamar a tu puerta. Y, si el universo hubiese estado inclinado del lado de los fugitivos, esa sensación y ese olor tan característico hubiese llamado a su puerta. Pero no lo hizo. Porque el universo no se pone del lado de nadie. El universo disfruta viendo las vidas y las muertes. Al universo le importa una mierda si has sido bueno durante toda tu vida o si fuiste el mayor hijo de puta que la historia recordará. El final llega a buenos como a malos. ¿Para qué esforzarse por ser bueno cuando te espera el mismo final que a un asesino en serie?

Y de asesinos en serie iba la cosa. Quizá no tan literal, pues ninguna de las dos tenía una marca de fábrica. Un sello que fuese dejando a su paso. Tampoco había ningún miembro del cuerpo de Aurores o de la policía muggle siguiéndoles la pista. Más bien todo lo contrario. El propio Ministerio de Magia se enorgullecería de sus acciones cuanto más sangrientas fueran. Eso era el sueño de Jack el Destripador, Hannibal Lecter y el  maldito Jason Voorhees si nos poníamos a pensarlo.

- La duda ofende. – Cerró la puerta tras de sí. Mostró una sonrisa irónica y miró a Abi de arriba abajo, con esa mirada incapaz de no juzgar a todo aquel que se cruzaba en su camino. Circe era incapaz de no comportarse como la niña mimada, creída y ególatra  que había sido toda su vida. Joder, si  tenía un amor propio del tamaño de Rusia. Algo complicado teniendo en cuenta con quién se encontraba en aquel momento: Abigail McDowell, la nueva Ministra de Magia. Un grano en el culo más grande que el retraso mental de Danny Maxwell y Rhea Jackson juntas. Un espécimen difícil de encontrar y gracias a Merlín que así era. - ¿Tú has seguido practicando como ser una auténtica zorra? – Preguntó con una sonrisa inocente en sus labios. - ¿Te sigues follando a Dankworth mientras estás casada con mi hermano o ya has firmado los papeles del divorcio? O… Mejor aún, te has dado cuenta que ese tío es más  inútil que Apolo en una fiesta heterosexual. – Eso de firmar la paz era… Complicado.

Había pasado el día en los entrenamientos de Quidditch e iba a perderse las horas de clase que tenía aquella tarde. Para una persona como Circe, aquello no era plato de buen gusto. Ella no iba a la Universidad a conseguir un título que le sirviese para ser un alma caritativa en San Mungo. No. Ella iba a aprender realmente cómo funcionaba todo en el cuerpo humano. A comprender cómo se podía curar pero también destruir. Y perderse una de aquellas sesiones no le agradaba nada en absoluto. Estaba de  mal humor. Algo no muy raro en la rubia.

- Mueve el culo, tenemos prisa. – Dijo como si fuese ella quién marcase las instrucciones. Realmente no tenía mucha información al respecto de la misión. Tan sólo sabía que Abigail necesitaba de otro animago y había recurrido a uno de los pocos competentes que había en las filas del Señor Tenebroso. Básicamente porque a veces Circe pensaba que el resto de Mortífagos estaban disfrutando de unas vacaciones con todo incluido y por eso se limitaban a rascarse las pelotas a dos manos. – Si quieres vamos más lento, ¿Artrosis? ¿Cómo van esas rodillas? – Soltó una leve risa infantil. Estaba buscando lo inevitable, que era sacar de quicio a su compañera.

Ambas se desaparecieron en dirección a un pequeño coto de caza situado en el linde del bosque que debían inspeccionar. Como era un coto de caza, había una pequeña zona de restauración donde Circe se coló sin ningún tipo de miramiento, cogiendo un refresco y sacándolo al exterior donde Abi esperaba. Le tendió uno a la pelirroja y ella se quedó con el otro. La buena obra del  día estaba hecha, Abigail ya podía darse con un canto en los dientes. Y con suerte, rompérselos.

- ¿Qué se supone que tenemos qué hacer? – Preguntó dando el primer trago a su bebida. – Además, si necesitabas un maldito animago, ¿Por qué no has recurrido al deficiente mental al que te follas? – El odio de Circe Masbecth hacia la familia Dankworth en su totalidad no tenía cabida en este mundo. Era comparable con el retraso mental, esta vez, de Zachary Dankworth. Por Merlín, ese hombre si que podía llegar a ser tonto. ¿Sangre limpia para qué? Eso demostraba que la sangre no marcaba el número de neuronas funcionales.
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Abigail T. McDowell el Lun Oct 09, 2017 3:42 am

Después de haber pasado toda su vida siendo la hija de puta creída y ególatra, una ya encontraba la manera de tratar con personas así. Podía recordar a la perfección lo estúpida que era ella por aquel entonces y era fácil darse cuenta de que Circe todavía no había llegado al momento en el que se da cuenta con quién debe y no debe mostrar esa actitud tan arrogante. Con Abigail, sin embargo, tenía suerte, ya que además de tratarla mejor que a la mayoría por la cercanía que tenía con su hermano, no le ofendía lo más mínimo nada de lo que pudiera decirle una niña como ella que le importaba tan poco.

En eso soy la mejor, no me hace falta practicar —respondió, esbozando el mismo tipo de sonrisa que ella en un fingido intento de parecer personas normales manteniendo una conversación normal. Algo que al parecer iba a ser sencillamente imposible. —¿Y tú no deberías dejar de meterte en vidas ajenas y preocuparte más por la tuya? No sé, quizás buscar amigos que no se tiren a tu hermana a escondidas, la dejen embarazada y no te digan nada hasta que ya ha nacido el niño.

Las noticias volaban y si Circe tenía intención de jugar a meterse en la vida de Abigail con intención de tocarle las narices, ella también tenía mucho material con el que seguirle el juego. Les había ido bastante bien con las clases de animagia, básicamente porque ninguna de las dos se mostró especialmente interesada en la vida de la otra persona y la Ministra había dejado bien claro que había ido allí a ayudarla, no a soportarla. Sin embargo, al parecer Circe cree que ahora hay suficiente confianza entre ambas como para que se tome las libertades de tratarla como a cualquiera. Nunca se había llevado especialmente bien con las mujeres, ¿pero acaso no era normal? Eran todas unas zorras de mierda.

Se quedó mirándola con cierta confusión, ya que al parecer a la universitaria le había dado por tomar las riendas de una situación que no controlaba, o quizás se había metido un petardo por el culo y de repente le habían dado unas prisas insufribles. Fuera como fuese, No tenía pensado dejar que aquella chica se considerase ni de lejos a la altura de darle órdenes, ni de creerse a la altura ni de pensar que es imprescindible en aquel lugar. Se limitó a quedarse quieta, sin decir nada y con el brazo estirado, dándole a entender que no se iban a ir a ninguna parte en pie, sino que se iban a desaparecer.

Aparecieron en el establecimiento del bosque dedicado a la caza, el cual estaba totalmente vacío pues entre semana y por la tarde se encontraba cerrado. Era un lugar hogareño y acogedor, todo decorado con madrea, dándole un aspecto de lo más rústico. Abi se acercó a los ventanales, apartando las grandes cortinas para mirar al exterior y cerciorarse de que no había nada que pudiera frustrar sus planes. Circe se había mantenido algo así como medio minuto callada, algo que no duró demasiado cuando se acercó a ella para tenderle un refresco, volviendo a sacar el tema del idiota de Caleb. Más le molestaba el hecho de que tuviese esas confianzas para hablarle con ese tono y de que le recordase a Caleb, que el hecho de que estuviese insultándolo. De hecho, que se metiese con él le daba absolutamente igual, pues no en todo estaba tan desencaminada.

Antes de contestarle a nada y como veía que tenía especial interés en recalcar a quién se follaba la Ministra diariamente, iba a dejar las cosas claras antes de continuar.

Vamos a dejar una cosa clara, ¿quieres? —Hizo una pausa, en donde la miró con el rostro sereno mientras se acercaba a ella sin ningún tipo de gesto amenazante. El tono que utilizó era bastante autoritario y serio, pero no agresivo. —Si estás aquí es porque me viene bien la ayuda de un animago, no porque otro animago en esta misión sea imprescindible. No lo es; de hecho eres prescindible. —Lo recalcó muy bien antes de continuar: —Si te he elegido a ti y no al deficiente mental al que me follo es porque su forma animaga es un jodido león blanco y ya me dirás que clase de seguridad me da eso en una misión en donde la idea principal es pasar desapercibidos. —Hice otra pausa, enargando una ceja. —No me consideres una líder si eso te hiere el orgullo, pero aquí estoy al mando y si no tiene intención de mantener una una actitud profesional o directamente no te interesa estar aquí, puedes irte. —Sonó entonces el refrescante 'chsss' al abrir su lata de refresco.

No vamos a mentir, en realidad Abi tenía tantas ganas de insultarla como probablemente Circe la tuviese con ellas, pero la pelirroja ya llevaba muchísimo tiempo entre carne de cordero, fingiendo ser una persona que no es y manipulando no solo a los demás, sino también lo que otros ven de ella. Había aprendido a comportarse en diferentes situaciones y ahora mismo si quería que Circe la tomase en serio, qué menos que predicar con el ejemplo.

No me gusta que me toquen los cojones, mucho menos alguien con quién no tengo ni comparto nada más que los ideales y la causa por la que luchamos, tengamos las razones que tengamos. —Porque tenía bien claro que ninguna de las dos luchaba por Lord Voldemort por las mismas razones. —Así que... —Bebió de su refresco, sentándose en un sillón de cuero que estaba en aquella especie de sala de espera, en donde se cruzó de piernas. Llevaba unas largas botas de tacón grueso, además de un atuendo en donde solo resaltaba el color negro. La miró mientras el gas refrescaba su garganta, esperando una respuesta por su parte. —Si aceptas, te digo de qué va todo esto. Si no... no te hará falta perder más el tiempo conmigo.

Desde lo ocurrido en el mundial de Quidditch, Abi tenía una imperiosas ganas de venganza después de cómo lo había pasado, por lo que no iba a dejar que cualquier intento de conseguir información fuese frustrado por una niña mimada. No le pedía que cambiase, solo que mostrase respeto. Porque si ella no lo mostraba, Abi no lo iba a mostrar tampoco hacia ella.
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Circe A. Masbecth el Lun Oct 09, 2017 5:54 pm

Lanzar verdades de manera irónica solía suponer una molestia para gran parte de la población mundial. Básicamente porque tendían a sentirse insultados u ofendidas con los comentarios ajenos y se sumían en pozo de dramatismo digna de Luke Simmons (¿Qué habría sido de aquel chico? ¿Por fin habría encontrado pareja o habría optado por sortear su virginidad?). Por suerte, tanto Abigail como Circe pertenecían a ese grupo selecto de personas a las que les importa bien poco lo que el resto podía decir. Bien les entraba por un oído y les salía por el otro para luego, soltar más  mierda por diversión.

Era extraño que, después de tantos años conociéndose, no se hubiesen matado la una a la otra. Quizá el apellido de la rubia servía como señal para que no acabasen pasando a las manos. O quizá porque ambas veían en la otra una persona que, de no sacarte de quicio, puede ser incluso de lo más entretenida.

- Teniendo en cuenta lo puta que es mi hermana creo que sería complicado encontrar a alguien que no se la follase. Creo que si tu novio fuese mujer tendría la misma facilidad para abrirse de piernas que mi hermana. Suerte que es hombre y sólo le va eso de ir dejando críos Dankworth con los genes estropeados. No estarás pensando en tener hijos con ese, ¿Verdad? – Bajó la voz tapándose con la mano la boca como si aquello fuese el mayor secreto que podría contarle a alguien. – Porque podría salirte algo peor que Zachary. - ¿Peor? Dudaba que aquello fuese posible pero nunca se sabía.

¿De verdad pensaba que se iba a quedar quieta? Joder, Circe no podía estarse quieta. Era el tipo de persona que no puede pasar mucho tiempo sentada porque tiene la necesidad de mover las piernas o las manos. Por lo que la rubia comenzó a caminar aun a sabiendas que su paradero no estaba al alcance de sus piernas. Bueno, ni que fuese Irene Villa.

- Si soy prescindible, será mejor que me vaya. – Si tanto le molestaba su presencia, no tenía problema en irse de ahí. Estaba mejor en su casa mirando por la ventana que ahí. O en San Mungo con viruela de dragón antes que soportar el egocentrismo de una persona que tenía el ego del mismo tamaño que el suyo. Porque, quieras o no, eso choca. Es inevitable. Como que Circe abriese la boca una vez más para ser una hija de puta. Como cabía esperar. – Y porque es un Mortífago inútil. Asúmelo, estás follándote a un inútil. ¿Es igual en la cama? – Preguntó con falsa curiosidad. – Tuve la suerte de no poder comprobarlo cuando nos interrumpió mi hermano con… Ese tal Forman. – Y es que Circe sí que había conocido a Caleb de una forma más íntima que las simples reuniones entre Mortífagos. O los insultos a su hijo donde cualquiera recordaba el maldito árbol genealógico completo de la otra persona. – Que casi que mejor, sería raro estar ahora contigo si me hubiese llegado a follar a tu novio. Aunque, bueno, supongo que no sería la primera vez que te pasa eso. – No había que ser muy listo para saber que Caleb Dankworth no era precisamente el tipo de tío que se dejaba los pantalones puestos mucho tiempo.

Era consciente de que ella no podía dar órdenes en aquellas circunstancias. No hacía ni un año que había recibido la marca tenebrosa y aunque fuese una creída, egocéntrica y narcisista, también conocía sus limitaciones. Aunque no hablase de ellas y fingiese que estas no existían para seguir alimentando su ego y su sentimiento de superioridad sobre el resto de la raza humana.

- Te sorprenderá saber que no soy tonta. Soy consciente de que estás por encima de mí. ¿Qué tienes? ¿Treinta y cinco ya? ¿Cuarenta? – Preguntó sin saber qué edad tenía Abigailr de verdad. Tampoco es que le importase y eso de estimar la edad no era su punto fuerte. – Yo tengo diecinueve y una marca reciente. Estás por encima de mí. No eres una líder, ni mucho menos. Aunque bueno, eres la Ministra de Magia pero eso me importa una mierda. – Dijo yéndose por las ramas. Circe era el tipo de persona que abría la boca y no tenía maldito filtro ni freno. – Como sea. Aquí mandas tú y soy consciente de ello. Pero como persona adulta, madura y esas cosas que se supone que eres, deberías haber previsto que iba a ser una compañera insoportable. Eso sí, mucho más agradable, útil y atractiva que el leoncito blanco. – Ah, por favor, su ego. Además, Caleb era un mierdas.

Dio un trago a su bebida y paseo por la habitación, tocando todo lo que quedaba al alcance de su mano hasta que tomó asiento en uno de los sillones situados a poca distancia de donde se encontraba Abigail.

- Si no hubiese aceptado no estaría aquí. Y creo que no tenemos mucho tiempo que perder. Cuánto más tiempo estemos aquí más tiempo estarás disfrutando de mi maravillosa presencia, que sé que te encanta. – Cáptese la ironía. – Así que, señora Ministra, ¿Qué planes tiene usted para esta noche? – Preguntó sin dejar de lado la misma ironía que había usado durante el resto de la conversación.
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Abigail T. McDowell el Sáb Oct 14, 2017 6:16 pm

Sabiendo las últimas noticias que sabía sobre Zachary y su enfermedad, dudaba mucho que un hijo entre Caleb y Abigail saliese peor. Sería tener mala suerte. Muchísima mala suerte. No obstante, la pelirroja se limitó a bufar divertida cuando sugirió la estúpida idea de tener hijos. No había NADA en este mundo que le apeteciese menos. Todavía se reía en la cara de todas aquellas personas que le decían y repetían que en algún momento se le encendería la maternidad y cambiaría de opinión... Aún estaba esperando.

Ni con él ni con nadie —le respondió, bastante divertida por la comparación entre Eris y Caleb. Nunca había tenido especial relación con la hermana mayor de los Masbecth, pero su hermana pequeña le acababa de dar una imagen horrible de ella a Abigail. —Solo espero que no le de el capricho de añadir a su colección de hijos uno nuevo de una mujer distinta, porque conmigo la lleva clara —respondió irónicamente.

En verdad, si te ponías a pensarlo seriamente era cómico: su primer hijo había sido de la mujer de su vida que se murió, mientras que el segundo había sido de la hermana casi gemela de su mujer fallecida. O sea, que su hijo mayor era el primo y a la vez el hermano de su nueva hija.

Era perfectamente consciente de que Caleb era un picha floja capaz de tirarse a cualquier mujer, aunque ésta solo tuviese diecisiete años y fuese al puto colegio con su hijo. Sí, él era así. Ella podía ser de esas que se suben la falda rápido, pero al menos jamás se tiraba a personas de las que literalmente pudiera ser madre. Lo de Caleb ya era un caso aparte. Que Circe lo recordase en ese momento hizo que Abi la ignorase, al menos en las primeras frases, básicamente porque le parecía uno de esos temas que si los sacas es solo porque quieres alardear y/o molestar a la otra persona. Y lo cierto es que ninguna de las dos cosas le importaba mucho.

Me hubiera dado igual que te hubieses tirado a Caleb —dijo cuando terminó de hablar de eso, encogiéndose de hombros. —Para lo único que hubiera sido divertido es para meterme con él y su capacidad para tirarse niñas que pueden ser su hija. Pero tratando contigo me hubiera dado igual. —El pasado es el pasado y bien poco le importaba a quién narices se hubiese tirado Caleb. Estaba cien por cien segura de que había intercambiado en muchas ocasiones más de una palabra con varias mujeres que han pasado por su cama, al igual que seguro que Caleb ha intercambiado más de una conversación con hombres que pasaron por la cama de Abigail. El acto sexual, como importancia social, estaba totalmente sobrevalorado.

Cuando Abi decidió dejar claras las cosas, tuvo la necesidad de sorprenderse irónicamente cuando dijo que le sorprendería saber que no era tonta. No obstante, como eso sería ponerle la guinda al pastel de la irrespetuosidad y no quería eso, se lo ahorró. Se sintió 'complacida' por las palabras de Circe, ya que a pesar de su actitud de mierda, parecía entender cómo iban las cosas. Cuando terminó de hablar, la Ministra se puso en pie y esbozó una sonrisa irónica.

Así me gusta. Sabía yo que no eras tonta, sino no te hubiera elegido para esta misión —dijo como un cumplido, alimentando su ego. La conocía bien como para saber que lo haría. A su edad también se lo decían mucho. —Lo que me sorprende es que no pares de nombrar a Caleb, ¿seguro que no te quedaste con las ganas de tirártelo aquel día? —preguntó sarcásticamente. Obviamente para Abigail era mucho más agradable y atractivo Caleb, aunque lo de la utilidad no se lo quitaba nadie. En eso tenía toda la razón: para una vez que la tiene en todo lo que dice no vamos a quitarle méritos.

Entonces, ignorando un poco el tono irónico de Circe, se acercó a los grandes ventanales, haciéndole una señal a la chica de que se acercase junto a ella. Había llegado la hora dejar de lado las informalidades y pasar a la acción, aunque por cómo pintaba el panorama, era muy probable que no hubiese acción en ningún momento. Hizo correr una de las cortinas un poco, de tal manera que el bosque apareció frente a sus ojos.

Esto que vemos en la zona norte del Bosque de Epping y es donde más aurores han desaparecidos o han sido atacados por los fugitivos, así que hay una gran probabilidad de que se oculten por esta zona —comenzó a decir, para entonces cerrar de nuevo la cortina y mirar a la rubia. —Me he estado informando, ya que de geografía sé más bien poco y me importa otro tanto menos... —dijo, dirigiéndose a una mesa y sacando un pequeño trozo de papel de su bolsillo, el cual agradó con la varita que sujetó con la otra mano. —El bosque no tiene un relieve especialmente inclinado, pero por la zona norte se crean ciertas cadenas montañosas que dan pie a cavidades subterráneas. Las cuevas no tendrían a simple vista demasiado tamaño, pero lo más probable es que se escondan bajo tierra y la entrada sea algún tipo de cueva que a simple vista no parezca un lugar en donde una persona se escondería —le explicó. —La idea es ir hasta allí en forma animaga e inspeccionarlo todo en el camino, con el fin de encontrar en donde se esconden. Ambas pasaremos bastante desapercibidas en el caso de que nos identifiquen y, a priori, teniendo en cuenta que nadie sabe nuestra forma animaga, deberíamos estar a salvo —asumió, dejando claro que no era nada cien por cien seguro. —Iremos bastante separadas, pero no debemos perdernos de vista.

Ahora venía la parte divertida. Porque ya me diréis de qué manera un animaga de zorro rojo podría comunicarse con un animaga de murciélago blanco y de alguna manera iban a tener que ponerse de acuerdo a la hora de estar transformadas, ya que destransformarse en mitad del 'campo de batalla' que desconocían era una absoluta locura.

Yo marcaré el camino, por lo que a menos que veas algo, me seguirás. —Hizo una pausa. —Y si alguna de las dos quiere dar una señal de que ha visto algo, tú arrancarás una hoja de un árbol y yo daré dos saltitos seguidos. —Inevitablemente le salió una pequeña sonrisa sólo de imaginárselo. —Y eso querrá decir que hemos visto algo. De ser tú la que lo ve, te seguiré hasta dar con ello. Si no es nada, de nuevo me sigues a mí. —Creía que no se dejaba nada en el tintero. —¿Lo has entendido todo? El momento de las preguntas es ahora.
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Circe A. Masbecth el Mar Oct 24, 2017 11:47 pm

Circe no se llevaba especialmente bien con Eris. No desde que se había enterado que había tenido la genial idea de abrirse de piernas ante su mejor amigo y no le había dicho nada. Y, a eso, había que sumarle que ninguno ahí pareciese tener el valor suficiente de decirle a Circe las cosas a la cara. Pero bueno, tampoco es que su relación hubiese sido la mejor del mudo y se hubiese hecho cenizas ante sus ojos. Más bien se había vuelto más negra de lo que ya era, y eso era mucho decir.

- Siempre puede recurrir a alguien más dispuesto. Como mi hermana, a lo mejor ahora que ya sabe lo que es parir le da por convertirse en una fábrica de abominaciones y, ¿Qué mejor abominación que un Dankworth? Ya tiene un Howells, sólo tiene que ir de sangre limpia en sangre limpia a ver quién se la mete antes. – Y dado el historial de Caleb Dankwort no es que fuese un caso hipotético muy desbaratado. – Ándate con cuidado, a lo mejor te cambia por un horno para bollos nuevo. – Aquello no tenía la intención de meterse con Abigail, sorprendentemente, más bien todo lo contrario. Veía a Abigail siendo demasiada mujer para alguien tan insignificante como Caleb. Y eso que Abi tampoco era gran cosa.

Si recordar aquello servía para que Caleb tuviese un problema en el futuro, a Circe le bastaba. No es que tuviese nada en contra de aquel hombre con el que no mantenía actualmente ninguna relación, sino que era el tipo de persona a la que le gustaba ver el mundo arder y, si era  posible, haber sido ella la causante. Y, teniendo en cuenta cómo era la personalidad de Circe, era más que evidente que la mayor parte de esas veces había sido ella la culpable de todo.

- A lo mejor la siguiente a la que intenta tirarse puede ser su hija. Pero de verdad. – Matizó aquello sin variar lo más mínimo el gesto en su rostro. Aquello podía llegar a suceder aunque incluso alguien como Circe esperaba que no se diese en aquellos momentos en los que la hija de Caleb no tenía ni dos años. O quizá si los tenía y el tiempo volaba. - ¿Qué edad tiene? – Preguntó refiriéndose a la cría. - ¿Te llama mamá o prefieres señora Ministra? – Añadió como si aquellas dos preguntas fuesen las más normales que podía hacer en una situación como aquella.

No le agradaba dar la razón a los demás si así perdía la suya. Y por eso mismo le dio la razón a Abigail, porque de ese modo no perdía la suya. Sabía desde el primer momento que era Abi quien controlaba toda la situación y ella no era más que una acompañante en todo aquello. Joder, no era tonta ni llevaba dos días trabajando para los Mortífagos.

- No, lo que me gusta es tocar los cojones y meterme con la gente. No es que sea la mierda más especial sobre la faz de la tierra. Es una mierda más, común y sin nada especial. – Aquel hombre hacía tiempo que había perdido atractivo. Además, hacía tiempo que Circe había perdido todo interés hacia aquel tipo de personas como resultaba ser Caleb Dankworth.

La rubia siguió a Abi hasta la zona del ventanal mientras terminaba su bebida y miró por la zona, al menos a lo que llegaba a alcanzar su vista y, teniendo en cuenta que no conocía mucho lo que estaban buscando exactamente, no era mucho.

- No es mal plan. – Afirmó. No iba a decir que era bueno porque eso sólo serviría para alimentar el ego de Abigail que ya era lo suficientemente grande como para que encima Circe le diese la oportunidad de crecer aún más si acaso eso llegaba a ser posible. – No te ofendas.  – Dijo como si le importase lo más mínimo si Agi llegaba a ofenderse con su comentario pera una manera a la que se había habituado a la hora de hacer comentarios poco agradables. - Pero si un zorro entra en una cueva en la que hay gente escondida llama la atención. Puede que ninguno de los fugitivos sea tan listo como para pensar que se trata de un animago pero quizá sí para ponerse en sobre alerta. En cambio, un murciélago en una cueva… Lo raro sería que no hubiese uno. Además, no tienen ni porqué verme. – No podía estar segura de aquello, pero se guiaba por lo más probable. – Podría entrar primero a inspeccionar y, en caso de haber algo, avisarte para que entres tú. Sería menos peligroso. – Por no decir llamativo.

Era fácil de entender, pero era una soberana tontería.

- ¿Estás de coña? – Preguntó elevando sendas cejas. – Si voy por encima y arranco una hoja de un árbol, ¿Crees siquiera que vas a enterarte? No lo harás. Eso no me cuesta dos segundos, precisamente. Si quieres puedo hacer un giro más exagerado. Además, te recuerdo que como murciélago no es que vea precisamente bien. – Coño, que esos animales eran casi ciegos. – Mejor haz algo de ruido. Y yo haré lo mismo. Los animales hacen ruidos constantemente, no es como si empezases a cantar como humana en mitad del bosque. – Suficiente tenía con tener que estar con la ecocolocación a cada aleteo que daba como para encima tener que estarlo haciendo sobre un zorro.
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Abigail T. McDowell el Lun Oct 30, 2017 1:13 am

Había que dar créditos a la creatividad de la chica para meterse en la vida de las personas, sobre todo siendo capaz de hilar tantas cosas con tal de humillar a una persona. La pelirroja ahora mismo tenía muchas complicaciones en las que concentrarse como para estar preocupando de Caleb, sinceramente, por lo que mientras buscase a otra persona para bollos, por ella genial, básicamente porque ella no se los iba a dar. Eso sí, intentó dejar ese tema de lado porque no quería, primero, hablar de él en estos momentos y, segundo, tampoco quería darle excesiva confianza a Circe. Que sí, que ambas estarían de acuerdo en varias cosas con respecto al heredero de los Dankworth ahora mismo, pero no estaban ahí para hablar de un tipo. Estaban ahí para encontrar el refugio de los fugitivos. Todo lo que tuviera que decirle Abigail a Caleb se lo diría a cara, si es que aparecía en algún momento.

No era por parecer ruda o desinteresada, pero de verdad que no sabía cuántos años tenía Grace. Quizás si hacía memoria podía llegar a averiguarlo, pero ahora mismo no merecía la pena esforzarse tanto.

Pues no tengo ni idea, pero es posible que dos años y poco. —En realidad acababa de hablar por hablar, ya que lo mismo podía tener un año y medio.

Sin responder a más preguntas personales, pues ya había dejado bien claro en un principio que no iba a seguirle el juego, comenzó a contarle el plan que había creado. Quizás tenía algunas flaquezas —básicamente porque Abigail ya tenía bastante con su vida como para encima ser buena estratega—, pero en general era un buen plan del que se podía sacar mucho partido. A decir verdad se había pasado la gran mayoría del tiempo que pasó en San Mungo después del ataque pensando sólo en eso, aunque le faltaban muchísima información que después tuvo que ir añadiendo al plan, así como modificándolo.

Soltó un ligero bufido ante su 'no te ofendas'. Querida, te haría falta mucho más para llegar a ofender a Abi y, antes de llegar a eso, seguramente llegarías a enfadarla primero. Lo cual era mil veces peor.

Sí. En principio la idea es reconocer el exterior y buscar puntos estratégicos en donde estarían, por lo que no tenía intención de meterme en ninguna cueva. No al menos hasta muy adentro. Donde más paso desapercibida con mi forma animaga es en el exterior y tú con la tuya en el interior, por lo que de hacer falta, tú harías el reconocimiento de cualquier cueva mientras yo me quedo en una posición en la que vigilaría la entrada. Si hay algo dentro, sales y nos alejamos para poder comunicarnos —le respondió a su aportación, dándole básicamente la razón. Se cruzó de brazos. —No sabemos como va todo eso, por lo que sería una locura entrar sin haber planeado algo antes. —Pero vamos, no era la idea de Abi irse con las manos vacías, sinceramente. Pero no iba a cometer la desfachatez de meterse en la boca del lobo sin haber hecho antes un plan con su acompañante. Podrían improvisar, pero sinceramente, no se fiaba mucho de Circe en ese aspecto. Tendrá la marca tenebrosa y será una chica con mucho potencial, pero eso no le quita que sea joven y le falte experiencia.

Ea. Eso si fue algo importante. Abigail no tenía ni pajolera idea de cómo era ser un murciélago, pero era bien consciente de que con su oído sería bien capaz de darse cuenta de cuando Circe arrancase una hoja de un árbol. No obstante, como tiene parte de razón el cambio de planes le pareció genial. Era una nimiedad que lo hacía más funcional.

Está bien, pues haremos ruido —apuntilló finalmente para el plan. —En tal caso, quien haga ruido en ese momento será quien lleve las riendas. Tenlo en cuenta. —Hizo una pausa y finalmente se descruzó de brazos y caminó hacia la puerta trasera, aquella que daba a la parte norte. —Pues manos a la obra.

Salieron al exterior y una fuerte humedad les dio de lleno en la cara. Como humana quizás podía llegar a tener un poco de frío, pero como animal no tendría el más mínimo. Se lanzó hacia adelante de un salto, cayendo a cuatro patas ya convertida en un precioso zorro rojo. Su rostro se deformó hacia adelante hasta formar un hocico, su pelo disminuyó hasta cubrir prácticamente todo su cuerpo y de sus orejas salieron dos mucho más largas con las que podía escuchar mucho mejor de lo que haría cualquier humano. Lo único que mantenía exactamente igual eran sus propios ojos, los cuales eran verdes, ya que hasta el tono rojizo del pelaje del zorro era diferente al del pelo de Abigail.

Comenzó entonces a caminar en forma de zorro en la dirección establecida, un poco a ojo. Sabía que debían de adentrarse todavía bastante para llegar a una zona que realmente presentase oportunidades, pero no quiso ser demasiado descarada, por lo que además de dar un par de rodeos, intentó imitar el comportamiento de un zorro convencional.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Circe A. Masbecth el Mar Oct 31, 2017 10:03 am

Que Abigail no supiese que edad tenía su hijastra no era ninguna vergüenza para alguien como Circe, más bien un punto positivo debido a la falta de interés de la pelirroja hacia personas que bien podían pertenecer a una subespecie del ser humano. Circe se parecía bastante a Abigail en ese aspecto – y desgraciadamente en otros muchos, pero eso no era algo que admitiría en voz alta -, por lo que no era ninguna sorpresa que después de siete años en el mismo castillo no se hubiese aprendido el nombre de más de un profesor. Como la profesora de Estudios Muggles que había tenido durante los cursos en los que era una materia obligatoria. Una profesora rubia que parecía creerse que ser simpática daba puntos con los alumnos a los que no les importaba si el microondas muggle servía para calentar comida o para secar el pelo.

- Por si acaso. – Dijo encogiéndose de hombros. Vamos, que con la explicación que había dado la señora Ministra no había quedado claro si pensaba incluso pararse a tomar un té con los fugitivos en caso de encontrarlos plácidamente sentados sobre una manta de picnic en una de las cuevas que podían encontrarse por la zona. Zona que Circe sólo había visto en un maldito mapa y, si era sincera, su orientación brillaba por su ausencia. Aunque  no lo admitiría jamás porque su ego no se lo permitía, uno de los grandes puntos débiles de Circe era la orientación. – Entendido. – Tras las aclaraciones de Abigail la cosa cambiaba. No era lo mismo, en absoluto. Ahora quedaba clara cuál era la función de cada una de ellas.

Lo que sucedió a continuación fue sorprendente. Quizá fuese la primera y última vez que se producía algo parecido y es que Abigail le dio la razón a Circe y cambió sus planes de acuerdo a la idea de la rubia. Pues como pretendiese que un murciélago se enterase cuando un zorro salta para un lado o para otro ya podía empezar a convulsionar en el suelo y echar espuma con la boca para que al menos escuchase que algo no iba tan bien como debería.

- Lo tengo en cuenta. – Repitió ladeando los labios de manera divertida por haber conseguido ganar. Sí, para Circe aquello era ganar. Adoraba quedar por encima del resto y que las cosas sucediesen tal y como ella las marcaba. Siempre había sido una persona manipuladora y aquello podía quedar claro hasta en las cosas más pequeñas de su día a día. Como aquella conversación donde no había ni ganador ni perdedor, pero sí para Circe.

Avanzó tras aquel zorro de color rojizo apenas durante un minuto, observando la diferencia entre el humano y el animal. Aquello seguía siendo fascinante ante los ojos de alguien con la curiosidad de Circe. Pero no tardó en dejar a un lado aquella parte que había hecho dudar al Sombrero si mandarla a Ravenclaw y, en cuestión de segundos, su cuerpo cambió para dar lugar a un pequeño murciélago de color blanco que aleteaba hasta elevarse varios metros por encima del zorro. Dio un par de piruetas al inicio para conseguir ganar altura y equilibrio para finalmente pasar a sobrevolar por encima del zorro, incluso llegando a adelantarlo.

Se inclinó hacia el lado derecho para cambiar su dirección y tuvo cuidado de no acabar golpeando alguna de las rapas de los árboles que iba encontrando a su paso. La visión de un murciélago no era como la de un ser humano y se veía obligada a mandar ondas que le garantizasen que había algo al otro lado.

Aleteó durante más de quince minutos hasta que dieron con la primera cueva. El murciélago albino se inclinó y comenzó a descender hasta casi colisionar con el zorro de manera juguetona, volviendo a elevarse para entrar al interior de aquella cueva dejando atrás al zorro. El proceso fue el mismo durante las dos horas siguientes. Entrar, comprobar que no había nadie en su interior y salir.

Hasta que todo cambió.

Tras salir de la siguiente cueva hizo lo que había propuesto. Un pequeño ruido, como un graznido, salió del interior de la boca del animal antes de que este entrase, nuevamente, a la cueva de la que había salido. Dos personas aguardaban, escondidas, en el interior de aquella cueva. Aferradas entre sí para impedir que el frío les congelase en una noche tan fría como aquella. Dos personas que estaban a punto de saber lo que era verdaderamente el miedo.
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Abigail T. McDowell el Jue Nov 09, 2017 8:09 pm

Quince minutos después, todavía estaban caminando por aquel bosque sin que nada apareciese frente a ellas. Abigail, aunque en muchas ocasiones se encontrase por detrás del murciélago, era quien marcaba el camino, fijándose gracias al oído que había ganado al convertirse en ese animal cazador como Circe se mantenía a una distancia cercana y la mantenía en todo momento sin descontrolar ni el vuelo ni la lejanía. Había evitado mirar al murciélago en todo momento, básicamente porque dos animales como ellos debieran estar acostumbrados a convivir con el resto con bastante normalidad y mostrar demasiado interés en otro animal podía llegar a ser sospechoso, además de que gracias a sus otros sentidos era sencillamente innecesario.

Llegó un momento en el que llegaron a la primera cueva, la cual estaba un tanto escondida detrás de unos arbustos que intentaban ocultar su entrada. Como habían quedado, Circe entró en ella, no sin antes pasar muy cerca de Abigail, haciendo que ella, en forma de zorro, diese un salto para un lado. Si hubieran estado en forma humana, no se lo hubiera tomado demasiado bien, no obstante, en aquella forma le pareció hasta gracioso. Aunque eso no quitaba que fuese poco serio y totalmente innecesario.

Esa cueva estaba totalmente vacía, por lo que continuaron, avanzando cada vez más al norte de aquel gran bosque. Repitieron el proceso con cada cueva que encontraban, todas con muchísima eficacia y rapidez, motivo principal de que al menos por esa parte ya Abigail se sintiese complacida por la obediencia y seriedad de Circe frente a la misión real. No sabía cuánto tiempo después —aunque fue bastante—, Circe salió de una de las cuevas revelando que en el interior había alguien. Rápidamente corrió a un lugar alejado de la entrada en donde poder ocultarse para que Circe la persiguiese, poder volver a transformarse y que le contase lo que había visto, ya que por parte de Abi desconocía tanto el número de personas como la manera en la que se encontraban.

La conversación fue breve. Demasiado breve. Rápidamente se volvieron a transformar en animales para volver a llegar a la cueva, aunque nada más entrar y quedar oculta en la oscuridad de la misma, Abi volvió a adoptar su apariencia humana mientras caminaba hacia el interior. Le había dicho a Circe que mantuviese su forma animal hasta alcanzar una posición por detrás de los enemigos y se asegurase de que en lo más profundo de la cueva no había nadie más. Después de asegurarse de eso, que volviera con ella para poder coger a ambas chicas por la espalda en el caso de que intentasen huir o hacer algún tipo de movimiento estúpido. Al menos Abi ignoraba cuan profunda era aquella cueva y si sólo estarían ellas.

Una vez avanzó unos minutos con muchísimo sigilo y tranquilidad, llegó a un curva en donde comenzó a ver sombras a través de la iluminación de una hoguera, cálida y llameante. Tras pasar la curva, vio en el interior a dos chicas, con grandes abrigos, abrazadas entre sí para entrar en calor. Sí, hacía un frío invernal allí encima, pero Abigail llevaba tanto tiempo corriendo en forma de zorro, que ahora mismo el frío no era siquiera una opción para ella.

Las chicas se pusieron en pie rápidamente al verla, pero Abigail fue mucho más rápida en sacar la varita, a lo que ellas se quedaron totalmente quietas. Ahora mismo Abi era un rostro públicamente conocido, por lo que aquellas dos chicas debían de saber quien era y por qué estaba ahí. Y por cómo habían reaccionado ambas al verla tanto a ella como a la varita, no había duda alguna de que eran brujas y sabían perfectamente lo que tenían en frente. Por su parte, Abigail no dijo nada por el momento, solo se acercó a ellas, haciendo un movimiento en seco con la varita para que ambas volviesen a sentarse de un empujón y manteniendo sus manos a la vista. Las observó durante unos largos segundos y finalmente ladeó una sonrisa.

Emily Nottet y June Brink. Hacéis muy buena combinación en los muros del Callejón Diagón, aunque he de decir que parecéis mucho más peligrosas en los carteles que en la realidad —dijo con tono despectivo.

Hay que tener cojones para venir sola aquí, McDowell. Estás cavando tu propia tumba. —Lo había dicho con odio, pero también con sorpresa. Posiblemente nadie hubiera llegado nunca a aquella cueva por las protecciones que pudieran llegar a tener.

No me hace falta escolta ninguna, querida —dijo con altivez, consciente de que a pesar de todo, no había ido sola. Aunque sólo un necio revelaría esa información en ese momento tan innecesario. —Veréis, necesito información y la voy a conseguir de vosotras. Sé que os negaréis por las buenas, por lo que seré breve: solo necesito a una de ustedes para hacerla hablar, por lo que la otra me sobra.

La más valiente de ellas hizo un movimiento de esos que se catalogarían como 'estúpido', intentando sacar la varita con la suficiente rapidez como para atacar a Abi. Sin embargo, la Ministra no solo la desarmó, sino que utilizó su propia varita para moverla rápidamente hacia ella y clavársela en su propio ojo. Seamos sinceros: en realidad Abi no pretendía matar tan rápido a ninguna, menuda tontería. Era sabido que aquellas dos chicas eran al menos amigas, por lo que matar a una sólo llevaría a que la otra se resistiese todavía más a compartir esa información. ¿Lo mejor? Utilizar el dolor de una de ellas para hacer hablar a la otra. Todo el mundo es más receptivo cuando cree que tiene algo que salvar, que cuando cree que lo tiene todo perdido.

La chica cayó al suelo llevándose la mano al ojo, gritando con dolor y evidente sorpresa. Apostaba que no se esperaba que su propia varita terminase incrustada en su globo ocular. Su mano comenzó a llenarse de sangre, mientras que la otra —June—, la miraba horrorizada y sacaba la varita. No le duró ni tres segundos entre los dedos y duró mucho menos de pie, ya que rápidamente unas cadenas amarraron sus extremidades, cayendo al suelo.

La pelirroja se acercó a la encadenada, poniéndose de cuclillas a su lado y tirando de su pelo hacia atrás.

Empecemos con la pregunta más fácil de todas: ¿quién está detrás de todo esto?, ¿quién es vuestro líder?, ¿quién estuvo detrás del atentado en el mundial de quidditch? —preguntó directamente. Razonar que había un líder no era complicado; Dumbledore no era un líder que apoyase la violencia, ni mucho menos la posibilidad que personas inocentes saliesen heridas. Aquello había sido obra de otra persona muy distinta a Dumbledore pero con un poder social frente a los fugitivos que era equiparable al que tenía el viejo. —Y más te vale contestar rápido o pretendo hacer que esa varita llegue al otro lado de la cabeza de tu amiga.

Sólo esperaba que aquella cueva fuese simplemente la primera de muchas y allí solo se encontrasen ellas. Que hubieran más personas solo complicaría las cosas, muchísimo.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Circe A. Masbecth el Dom Nov 12, 2017 7:59 pm

Antes de salir por completo de la cueva emitió un leve sonido, apenas perceptible para alguien que no estuviese verdaderamente atento. Y aquel zorro lo estaba. El murciélago sobrevoló la cabeza del animal a una distancia prudencial y siguió los pasos del zorro hasta una zona de matorrales situada no muy lejos de la cueva en la que acababa de entrar. En cuestión de segundos no había rastro alguno de aquel zorro anaranjado ni del murciélago albino que surcaba el cielo a su lado. En su lugar, una melena pelirroja y una rubia se encontraban en mitad de la noche.

Intercambiaron un par de palabras. Circe puso al día a Abigail de lo que les esperaba ahí dentro. Una hoguera que pretendía dar calor pero también quitaba toda oportunidad de pasar desapercibida para aquellas dos chicas que, embutidas en grandes abrigos, se cobijaban en aquel lugar. Era una cueva con una única entrada, una única opción para aquellas dos chicas. Posiblemente protegida con hechizos anti aparición y quizá con algún tipo más de protección mágica que les garantizase que ningún muggle pudiese encontrarlas por equivocación ni que ningún mago con segundas intenciones diese con su guarida. Pero había algo curioso en todo aquel tipo de protecciones mágicas y es que no funcionaban con animales ni criaturas mágicas. Y el murciélago que había entrado pocos minutos antes a la cueva no tenía solo la intención de dar un simple paseo, sino también la de dar con las dos personas que se habían escondido en aquella cueva.

Una vez aclarado el plan de actuación que iban a llevar a cabo, Circe volvió a su forma animal y se introdujo en la cueva siguiendo las indicaciones dadas por la nueva Ministra de Magia. Adelantó a la mujer y aleteó por la cueva junto con otros murciélagos que había reunidos en la zona de mayor penumbra. Se dejó colgar agarrando sus patas traseras en la fría roca, quedando así boca abajo y mirando todo lo que sucedía ante sus ojos.

Por muchas veces que lo intentase y lo consiguiese, aquello le resultaba raro e incómodo. Aunque su visibilidad no llegaba a ser nula, no era demasiado buena. No tenía apenas percepción gracias a la visión, y esta venía más bien marcada por su audición. Pero aún así estar colgada boca abajo llegaba a marear a la rubia. Notaba como la sangre iba directamente hasta su cabeza y la visión se nublaba incluso más de lo normal y eso, teniendo en cuenta que era un murciélago, ya era mucho decir.

Hasta Circe llegó a sorprenderse al ver como la varita de Emily salía disparada con todas sus fuerzas en dirección a su propio rostro. Por los gritos de horror y la cantidad de sangre que podía ver en la mano de la chica no tardó en comprender lo que acababa de suceder. Conociendo a Abigail tal y como la conocía, el juego tan solo acababa de empezar para la pelirroja. Sabía que Abigail era una de las Mortífagas más sanguinarias del bando de los Mortífagos. No se había convertido en Ministra de Magia solo por su cara bonita o sus estudios previos, sino por su capacidad para hacer el trabajo sucio y conseguir lo que necesitaba sin importar los medios. Una Slytherin de pura cepa, como podría considerarse a todo aquel que pasaba por alto los medios a cambio de lograr un fin.

- ¡Necesita un médico! – Comenzó a gritar June aun cuando las cadenas se aferraban a su cuerpo impidiéndole el más mínimo movimiento. - ¡Va a morir! Deja que la atienda, por favor. Tengo medicinas… Por favor, en mi mochila.

La chica suplicaba cuando las cadenas aferraban todo su cuerpo impidiéndole realizar el más mínimo movimiento.

Por su parte, Emily estaba paralizada. Sus dos manos estaban bañadas en su propia sangre, al igual que la totalidad de su rostro. Su mano derecha aún sujetaba su varita con miedo a soltarla. Como si de hacerlo su ojo fuese a salir de su cuenca como si de un helado y una cuchara para helados se tratase. La otra mano, mientras tanto, reposaba sobre su pómulo, muy cerca de un ojo que la chica debía temer tocar. Su rostro estaba desfigurado por el miedo y el dolor pero quizá el dolor no se sentía tanto como debería debido al miedo que sentía.

Incluso una mancha comenzó a formarse en sus pantalones bajando desde la ingle hasta llegar a su muslo. Acababa de mearse encima de puro terror.

- Yo no sé nada. ¡No sé nada, lo juro! Nosotras no estuvimos en los mundiales. Ni siquiera supimos lo que pasó hasta semanas después que lo escuchamos a un par de  magos. Por favor, ¡Llevamos aquí escondidas más de tres meses! No hemos hecho nada malo a nadie, te lo ruego. – Las lágrimas comenzaban a correr por su rostro llevándose consigo toda la suciedad acumulada en sus mejillas a lo largo del tiempo que habían permanecido encerradas en aquel lugar. – No hemos hecho nada, te lo juro. Sólo nos escondíamos hasta poder salir del país. Escuchamos… - La voz le tembló, no estaba segura de querer contar aquello pero sabía que de no ser totalmente sincera la vida de su amiga llegaría a su fin de una manera horrible y dolorosa. Sabía que morirían aquella noche, pero quería evitarle el sufrimiento a Emily. Todo lo que le fuese posible. – Escuchamos que había un grupo de magos que ayudaban a la gente como nosotras a salir del país. Les daban una nueva identidad y queríamos ir hasta allí pero aquí estábamos seguras y fuera… Fuera podían encontrarnos. Nos quedamos aquí, este sería nuestro hogar hasta que todo esto terminase.

La chica comenzó a sollozar nuevamente, apenas podía respirar por sus propias lágrimas.

- No hacemos daño a nadie, te lo juro. Nuestras familias están muertas y no tenemos nada. Solo la una a la otra. Déjanos quedarnos aquí, no causaremos ningún daño. – Suplicó una vez más entre lágrimas.
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Abigail T. McDowell el Mar Nov 21, 2017 10:06 pm

Después de tanto tiempo ejerciendo ese tipo de papel en su vida, había desarrollado cierta habilidad para leer las intenciones de las personas. Entre eso y que la legeremancia solía evidenciar con bastante facilidad cuando una persona mentía o no, Abigail no solía equivocarse nunca cuando juzgaba a una persona por lo que decía. Si ya de por sí era complicado que una persona tan débil llegase a mentir en una situación así, cuando le ponías delante de ella lo que más quería en un estado límite, solía ser cuando realmente salía la verdadera honestidad en forma de palabras desesperantes.

La más valiente de todas se habían llegado hasta a orinar encima, mientras que la otra no paraba suplicar por ayudarla y de repetir que no sabían nada de lo que les había preguntado. La pelirroja suspiró, levantándose de allí mientras se separaba de la encadenada, ignorando completamente el estado de la tuerta. Se había encargado de conjurar un encantamiento legeremens no verbal, sólo para asegurarse de la veracidad de la información.

¿Un grupo de magos que ayuda a los fugitivos? —No era, para nada, la información que estaba buscando, pero sin duda seguía siendo al menos interesante.

Falsificar documentación oficial no era tan fácil y si tenía acceso a los registros del Ministerio, era muy probable que 'ese grupo de magos' se tratase de personas que en teoría ahora mismo están a favor del gobierno que lideraba, en cierta manera, la misma Abigail. Quizás decir eso, por parte de June, no fue lo más inteligente. Pero no hay que pedir inteligencia ni lógica a alguien que lucha desesperadamente por salvar a un ser querido.

Me aseguraré que tu amiga reciba atención médica tan pronto como tú me digas todo lo que sabes sobre ese grupo de magos —dijo, con un tono de voz que inspiraba una promesa. —Si no, la mataré y tú terminarás en Azkaban.

La promesa parecía favorable, pero a decir verdad, era una promesa sin matices y que en realidad no garantizaba, en ningún momento, la seguridad de ambas chicas. Por suerte, la encadenada tenía tantas ganas de salvar a su amiga que no tardó en exprimir su mente en busca de todos los datos que tenía sobre esos magos. Al principio balbuceó, como si no supiera muy bien o cómo ordenar sus ideas, o qué inventarse para dar 'información útil' a la persona que quería matarlas.

Trabajan en Londres muggle, escondido en un almacén. N-no me sé la dirección pero sé que es por la zona de Picadilly, en los callejones que se encuentran por detrás del National Gallery. No sabemos quiénes son, solo que se hacen llamar 'Kreios' —explicó, todavía intentando deshacerse de esas cadenas y con el rostro rojo de llorar. —No queríamos ir allí porque es una zona muy concurrida y no queríamos que nos encontrasen. No hemos tenido contacto con ellos y...

Ibas por buen camino —le cortó Abigail, cuando detectó que estaba mintiendo. —No te conviene mentirme. Podéis sobrevivir a cambio de toda la información. Y ella... —Miró a su amiga. —Ella no parece tener tiempo como para que lo pierdas con mentiras. —Sonó aburrida. En cierta manera, no le importaba tanto esa información, mucho menos la vida de aquellas dos Don Nadie.

¡Contactamos con ellos! Pero no los hemos visto nunca. T-tengo una carta que me mandaron, te la puedo dar. Está en mi mochila, en el bolsillo delantero. —¿Acaso se esperaba que Abi le revisase su mochila? Con un movimiento de varita hizo que la varita fuese volando hacia la chica, además de quitarle las cadenas que le cortaban todo tipo de movimiento. Ella rápidamente buscó la carta y la tiró frente a Abigail, la cual la elevó haciendo uso de la varita hasta que quedó frente a ella.

La leyó por encima, viendo de reojo como June intentaba acercarse, con miedo, a Emily. Al menos era inteligente y no hacía ningún movimiento en falso que pudiera arriesgar 'la promesa' que les había hecho la Ministra de Magia. Eran personas demasiado débiles, capaces de confundir la obediencia con la cobardía. Aquellas chicas eran, en todos los sentidos, ese eslabón débil que ha salido perdiendo de todo lo que ha pasado con la sociedad mágica. Una probablemente fuese nacida de muggles, mientras que la otra la hija de una familia cargada de traidores. Fuera como fuese, ambas estaban en contra de la ley y habían estado huyendo de ella durante meses. Y Abigail, si ya de por sí no solía destacar por su benevolencia, ahora que tenía más rencor a los fugitivos que nunca, no iba a ser una excepción con nadie.

Sin embargo, iba a cumplir su promesa.  

Apuntó a Emily y conjuró un desmaius no verbal. Su amiga gritó, sin saber qué había pasado, sin embargo, pronto otro cayó sobre ella, lo cual hizo que en la cueva volviese a reinar el silencio acompañado de ese crepitar de las llamas.

Habló en voz alta, consciente de que Circe estaba por la zona y la escucharía perfectamente. Había hecho bien en no inmiscuirse. Lo peor que podrían hacer ahora era delatar frente a cualquiera la forma animaga que poseen, aunque ésas personas fuesen a morir. La animagia te proporcionaba una identidad nueva, que todo el mundo desconocía y te permitía esconderte de todos y cada uno. No había que tomársela tan a la ligera, ni mucho menos fardar de ella.

No han servido de mucho —contempló la evidencia, guardándose la carta. —Han tenido contacto con más personas en esta zona, pero seguramente no querrían unirse a una causa que bien creen perdida, o que bien no va con ellas. Muchas personas, dadas las circunstancias, prefieren huir y crearse una nueva vida a tener que meterse en nuevos problemas que sigan poniendo su vida en peligro. No les importa las personas que hayan muerto por ellas o por ser como ellas, sólo su propia supervivencia. —Se giró hacia la oscuridad. —Cualquier comportamiento es válido cuando estás en la cuerda floja, supongo. —Reflexionó sin muchas ganas, para entonces hacer un inciso. —Las llevaré al Área-M mientras tú miras el resto de cuevas cercanas. No te inmiscuyas. Nos vemos aquí en cinco minutos.

Abigail era la Ministra de Magia, por lo que tenía permiso para aparecerse dentro de las instalaciones del Área-M con las mismas facilidades que un extirpador cualquiera. Le ahorraría muchísimo tiempo sin tener que ir al Ministerio, luego a Azkaban y finalmente al Área de Experimentación. Podría haberlas matado, pero sería dejar pruebas y complicarse a la hora de ocultar los cuerpos. Podría haberlas dejado viva como imagen de la benevolencia de la nueva Ministra de Magia, pero además de que eso no iba con ella, era estúpido dejar al enemigo consciente de que Abigail McDowell estaba buscando a los fugitivos en aquella zona de Epping. Lo más sensato era presentarlas en el Área-M, en donde podían utilizarlas para sus experimentos. En el caso de que no quisieran alguna, lo único que tenían que hacer era o matarla, o mandarla a Azkaban.

*Cinco minutos después*

Apareció nuevamente en aquella cueva, ya que se había encargado de eliminar los hechizos anti-aparición de aquella zona antes de irse. Al tener a las causantes de ellos inconsciente, fue pan comido. Sin embargo, nada más llegar, escuchó voces. No llegaba a calcular cuantas voces eran en total, pero quiso arriesgarse asumiendo que eran tres personas, todas del sexo masculino. Cada vez se aproximaban más a la cueva, por lo que apagó la hoguera, se convirtió rápidamente en zorro y se escondió en lo más profundo y oscuro.

No sabía qué narices había pasado en esos cinco minutos, ni en donde estaría Circe, pero ahora mismo estaban separadas y sin ningún plan claro. Por ahora, aunque Abi se creyese perfectamente capaz de enfrentarse a tres posibles magos despistados, se mantuvo oculta y observadora. Quizás revelaran algo importante y, después de todo, seguro que ganaba más así que de ninguna otra manera. Al menos por el momento.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Circe A. Masbecth el Jue Nov 23, 2017 10:43 am

Lo vio todo a una distancia prudencial. No tenía intención alguna de inmiscuirse cuando no había necesidad alguna de ello. Era más seguro permanecer escondida en la oscuridad, viendo todo lo que sucedía hasta que decidiesen doblegarse. En caso de no hacerlo, sería tan fácil como volver a su forma humana y atacar por la espalda para así ayudar a Abigail. Algo que no fue necesario teniendo en cuenta la predisposición de ambas brujas por ayudar a la Ministra. No por servidumbre o respeto. Sino por miedo. El miedo era el mejor aliado en la causa Mortífaga. El miedo terminaba convirtiéndose en respeto, en seguimiento ciego a unos ideales en los que muchos ni siquiera creen. El miedo crea nuevos aliados y destruye antiguos enemigos. El miedo es capaz de hacer que las personas hagan lo que creyeron imposible. Y ese miedo acababa de darles a Abigail y Circe la información que necesitaban.

Se mantuvo en silencio aun cuando Abigail se dirigió a ella directamente. Sus ojos siguieron clavados en las dos mujeres mientras la Ministra de Magia hablaba y en cuanto las tres desaparecieron revoloteó por la zona buscando si había alguna zona oculta en aquella cueva donde las dos fugitivas habían vivido durante los últimos meses.

Revoloteó hasta perderse entre las cuevas cercanas. En la primera no encontró más que una loba acurrucada junto con sus crías. Algunas de ellas desnutridas. Dudaba que su madre pudiese hacer buenas capturas en aquel bosque teniendo en cuenta que era un coto privado de caza. Pero no fue algo a lo que le diese demasiada importancia.

La segunda de las cuevas estaba vacía. Al igual que la tercera, la cuenta y la sexta. La quinta, por su parte, tenía un grupo amplio de roedores que parecían alimentarse de un cuerpo sin vida del que ya no quedaba mucho que roer. El mal olor podía notarse a varios metros de distancia y Circe esperaba encontrar algo tan desagradable cuando se abrió paso al interior de aquella cueva. El sonido de las ratas devorando el cadáver era terrible. Asqueroso. Nauseabundo. Notó un pinchazo en el estómago del asco que le provocó aquella situación y aleteó lo más rápido que su cuerpo de murciélago le permitía para alejarse del lugar.

Hasta que escuchó sus voces.

El murciélago se desvió hacia la izquierda y se abrió paso hasta una cueva. La misma cueva donde había estado minutos antes. ¿Abigail había vuelto con refuerzos? Fue su primer pensamiento, aunque no comprendía por qué necesitaría la ayuda de terceras personas. Quizá hubiese sido cosa del Ministerio de Magia y la Ministra no hubiese tenido más remedio que aceptar la ayuda de otros trabajadores que habían jurado proteger y servir. Pero rápidamente desechó aquella idea al no encontrar rastro alguno de la pelirroja.

- ¿Dónde se han metido?

- Dijeron que estarían aquí. June me mandó cinco cartas en los últimos tres días diciendo que viniésemos rápido.

- ¿Y ahora se van?

- Creo… - La voz del tercero de los hombres dudó, según avanzaba por la cueva. Se agachó y se colocó en cuclillas, tocando el suelo con el dedo índice. – No se han ido por su propio pie. – Aseguró elevando el dedo y mostrando la mancha de sangre rojiza que yacía en él.

-Es sangre reciente. – El que parecía ser el mayor de ellos, con una mata de pelo grisácea y una barba prominente, se agachó junto a su compañero. - ¡Ray, vigila!

El tercer hombre, llamado Ray por sus compañeros, sacó la varita y la elevó, mirando en la oscuridad en busca de algo que no sabía qué podía ser. Siquiera sabía si realmente buscaba algo.

- ¿Crees que es suya?

- Podría serlo. No se irían de aquí, confiaban en nosotros.

- Hemos tardado mucho, Andrew.

- ¡No digas tonterías, Aaron! Hemos llegado cuando hemos podido venir. El bosque estaba muy vigilado y salir de Londres no es fácil. No ha sido nuestra culpa lo que les haya podido suceder.

- ¿Chicos? – Ray se giró mirando en dirección a sus compañeros. – Deberíamos irnos. Creo… Creo que no estamos solos.

Podía notar dos miradas clavadas en él en la oscuridad, aún cuando había rastro alguno de humanos en aquella cueva.
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Abigail T. McDowell el Miér Nov 29, 2017 1:14 am

Y no se equivocaba: no estaban solos.

La forma animaga de Abigail se mantuvo oculta entre las sombras sin asomarse lo más mínimo, quedándose con la única información que ahora mismo sus oídos le proporcionaban. Cuando los posicionó en la cueva respecto a sus voces, fue cuando sigilosamente se movió hacia un lateral para poder observarlos desde la parte más lúgubre de todas. Quizás pudiesen ver movimiento en aquella zona, pero a menos que dirigieran algún tipo de luz hacia allí, tenían bastante complicado poder dar con ella.

Los observó con detenimiento, al menos lo poco que podía ver de ellos desde allí. Estaba el más pequeño y al parecer también el que mejor intuición tenía: Ray. La pelirroja le echaba aproximadamente veintidós años y tenía en una de sus manos un bate de béisbol que no parecía haber tenido mucho uso. Pudo ver la varita en su bolsillo trasero, en donde sobresalía un poco. Luego estaban los dos hombres que rondarían los cuarenta y tantos. Uno de ellos tenía uno de sus brazos con una férula, así como múltiples heridas. El restante parecía el que tomaba las decisiones, además del más experimentado en temas de rastros y pistas, además era el único que tenía la varita en la mano.

Por lo que decían no fue difícil asumir que tenían los mismos propósitos que las dos chicas, por lo que ahora mismo eran su siguiente prioridad. Podían dejarlos ir, pero teniendo en cuenta que habían dicho que habían salido de Londres, de nada les serviría la información si de repente los pierden de vista. Si sabían que las dos chicas estaban ocultas en esta cueva, perfectamente podrían saber en dónde se esconden el resto de fugitivos.

Así que Abigail retrocedió unos pasos y volvió a su forma humana, todavía escondida, cuando escuchó y vio a Circe. Sacó de nuevo su varita y esperó a que el más joven de todos volviese a insistir en que allí parecía haber más gente y que lo mejor era irse.

En serio, chicos, vayámonos ya. Aquí no están. Nos mandarán una carta con su nueva ubicación —dijo Ray, asustado.

No cuentes con ello —dijo ella, dejándose ver cuando salió de la profunda oscuridad en la que se encontraba.

Como era de esperar, Aaron que tenía la varita en la mano fue el primero en alzarla al reconocer a la Ministra de Magia, sin embargo, Abi fue más rápida —pues ya se lo esperaba— y le apuntó, conjurando un 'reducto' que hizo explotar su varita en su propia mano. Retrocedió de un salto, asustado por la explosión que se produjo prácticamente frente a sus narices. El más joven, que estaba en medio, alzó el bate y se abalanzó contra ella con la fuerza bruta por delante, intentando darle un golpe con aquella arma. Abigail se limitó a esquivar físicamente aquel golpe tan evidente, quedando a su lado y robando su varita. Cuando el golpe del chico volvió por inercia, fue cuando Abi sujetó el bate con sus propias manos para darle un fuerte golpe con la parte trasera en la nariz del chico. Del dolor soltó el bate y se tiró al suelo de rodillas, con las manos ensangrentadas. Entonces Abi, con el bate en la mano, lo sujetó por donde correspondía y justo cuando el tercero consiguió sacar la varita, le golpeó fuertemente su única mano buena, haciendo que la varita saliese volando a una esquina cerca del primero y el tipo gritase, mirando con dolor su brazo.

Entonces el primero de todos que se había quedado sin varita se hizo con la de su amigo, apuntando a Abigail. Ella soltó el bate de béisbol y miró como los otros dos estaban quejándose y demasiados ocupados con sus propios problemas.

Suelta las varitas —dijo Aaron, convencido en que había sido más rápido que ella en la iniciativa ofensiva que no había aprovechado.

No te necesitamos, con estos dos tengo de sobra —respondió ella, dándole libertad a Circe para matar a ese tipo si tenía la oportunidad. Era bien consciente que esos fugitivos tenían mucho más que hacer con la Ministra de Magia viva que muerta, por lo que no iba a salir una maldición imperdonable de su varita. Si antes bien no era nadie, ahora mismo el apellido McDowell probablemente era uno de los más odiados de todo el mundo mágico. A fin de cuentas, todo lo que estaba pasando iba de manos de un gobierno liderado por una mujer con ese apellido. —Así que si quieres vivir, baja esa varita con la que no vas a hacerme nada y sé útil.

Él bufó, como si tuviera todo bajo control.

No pienso hacer trato contigo. Vas a venir con nosotros y serás nuestra moneda de cambio para hacer que el Ministerio caiga. —Abigail bufó. Ojalá fuese tan importante. ¿Acaso no se dan cuenta que quién está detrás de todo eso es Lord Voldemort, el mago más poderoso que jamás ha pisado este mundo? Si ella moría, otro ocuparía su lugar. Pero al parecer la gente es demasiado gilipollas como para llegar a ese razonamiento tan sencillo. —¡Desmaius!

Abigail elevó la varita rápidamente, desviando el hechizo de tal manera que chocó directamente contra su amigo el doblemente tullido, quedándose en el suelo sin consciencia. Aaron siguió lanzando hechizos de manera totalmente desesperada y rápida, encontrando el hueco perfecto entre cada movimiento de Abi para atosigarla y no dejar que pudiera atacar. En cierta ocasión, uno de los hechizos impactó contra la roca de la cueva, creando una brecha. El único que estaba en posición para verla era Ray, aunque estaba demasiado ocupado intentando respirar por la boca debido a la sangre que le salía por la nariz y apartándose del duelo entre su compañero y la Ministra.
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Circe A. Masbecth el Vie Dic 01, 2017 5:30 pm

Se mantuvo a una distancia prudencial aun cuando la Ministra tomó su forma humana para mantenerse oculta en las sombras. Circe no iba a recuperar su forma humana, al menos, no tan fácilmente. Siguió agazapada en la oscuridad escuchando las palabras de aquellos hombres que, sin duda, pertenecían a una resistencia que se dedicaba a sacar del país a todo aquel que era perseguido por el nuevo gobierno. Y que aquella noche iban a sacar de Inglaterra a dos brujas más pero no habían tenido ni la más mínima oportunidad de hacerlo convirtiendo de tal modo su buena obra en un suicidio.

Circe esperó aun cuando la Ministra dejó su posición de ventaja en las sombras para amenazar a aquellos magos. Hubiese sido más sencillo dejarlos inconscientes por la espalda pero al parecer eso nunca era un buen plan para los Mortífagos. Quizá esa era una de las razones por las que Circe prefería trabajar sola, y es que usaba métodos más efectivos y menos arriesgados. Los Mortífagos, como los Aurores, parecían necesitar alardear de su potencial y capacidades. Circe adoraba alimentar su ego pero adoraba aún más mantenerse sana y salva.

Ray había acabado con la nariz rota por el golpe de su propio bate y sujeta su rostro entre sus manos, manchadas por la corriente de sangre que caía en cascada desde su nariz. Andrew había perdido su varita en cuestión de segundos y Aaron amenazaba a Abigail antes de que un Desmaius saliese de su boca y acabase dejando fuera de combate al propio Andrew que poco tuvo que hacer en aquella ocasión. Ray, por su parte, seguía preocupado por sí mismo.

Circe tomó forma humana a la espalda de Abigail, acercándose hacia ella mientras jugaba con su propia varita  en la mano.

- ¿Nunca has jugado al Ajedrez Mágico? Si la reina muere, el juego se complica. Aunque en ocasiones la reina se deja matar para poder derribar al rey rival. – Amenazó, como si Abigail fuese algún tipo de reina en una partida de ajedrez y eso significaba que el líder de la resistencia caería aquella misma noche. Pero no era así, ni de lejos. – Por su parte, si un peón cae, hay más que pueden ocupar su lugar y hacer exactamente lo mismo que él. ¿Crees que es una reina? Abigail no es más que un peón y si ella cae, otro ocupará su lugar. Y luego otro. Y otro. Pero el rey seguirá protegido  por su verdadera reina, su alfil, su caballo, sus torres… Todos sus peones. – Su varita se alzó en dirección a Aaron que contrarrestó el hechizo, siendo obligado a retroceder.

Un nuevo hechizo salió de la varita de Circe, quién sólo estaba jugando a la ofensiva para hacer retroceder al hombre, pues se había encargado de observar la cueva y ver cómo era, al menos en las zonas cercanas a donde se encontraban. Hechizo tras hechizo, la distancia entre ambos se mantenía constante pues, mientras una avanzaba, el otro retrocedía. Incluso Aaron intentó, en vano, lanzar alguna ofensiva que de poco le sirvió, pues rápidamente volvía a estar arrinconado por los hechizos de la ahora morena que  le impedía conjurar algo capaz de derribarla.

Y finalmente cayó. No en el sentido metafórico donde el enemigo acaba desarmado y con un hechizo mortal en el pecho que le hacer morir. No. En absoluto. Cayó literalmente por una abertura en las rocas, por un paso hacia otra cueva que no llevaba realmente a ningún lado.

Se oyó un pequeño grito antes de escucharse como caía contra las frías rocas. Circe lanzó un haz de luz hacia abajo comprobando que, efectivamente, el cadáver yacía ahí abajo y sonrió en dirección a Abigail.

Andrew seguía inconsciente y Ray… ¿Y Ray? El rastro de sangre seguía cerca de unas rocas  en la cueva y fue cuando Circe se percató de algo.

- Abi, hay que salir de aquí. – Señaló a la pared, a pocos centímetros de donde Ray había estado casi desangrándose. Las rocas comenzaban a caer y es que la cueva se estaba viniendo encima ante sus narices.

Antes de que Circe pudiese decir más o avanzar hacia la salida, Ray arremetió contra ella con todas sus fuerzas, clavando su cabeza en su pecho y obligando a que retrocediese con un profundo dolor en el punto que este había golpeado. Casi quedándose sin aliento y con sangre por todas partes. Sangre de Ray, pues su nariz ya no era su primera preocupación. El chico volvió a arremeter sin dejar a Circe tiempo para respirar y esta se limitó a dejarle hacer. Ambos salieron despedidos en dirección al hueco por el que había caído Aaron segundos antes y para sorpresa de Ray no pudo aparecerse en el exterior. Circe se había encargado de ello previamente impidiendo que la aparición fuese posible, nuevamente.

Ambos cayeron al vacío con la única diferencia de ser un animago. Circe recuperó la forma de murciélago y se elevó zafándose de Ray y aleteando hasta la superficie. Superficie que se estaba viniendo encima, pues ya tuvo que esquivar varias rocas mientras intentaba salir de aquel hueco en el que se encontraba.
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Abigail T. McDowell el Jue Dic 07, 2017 2:09 am

En medio de la amenaza de Aaron, apareció Circe detrás de la Ministra, relacionando los puestos de poder con la mecánica y estrategia de un tablero de ajedrez y sus respectivas fichas. Era una buena metáfora, está claro, pero a Abigail solo le pudo venir a la cabeza el día del Mundial de Quidditch, en donde la imbécil de Lestrange esculpía su propia ficha de Reina junto al Señor Tenebroso y la dejaba a ella como un cero a la izquierda, alimentando su propio ego y, también, su propia gilipollez. Nunca había tenido tantas ganas de escupir a nadie.

Tampoco estaba de acuerdo con lo que decía Circe, pero a fin de cuentas le estaba hablando a otro tipo y no a ella. Y, sinceramente, le daba un poco igual lo que pudiese pensar el otro tipo. La pelirroja observó a la rubia mientras hablaba, sin estar muy de acuerdo. Los peones eran aquellas personas que protegían a Lord Voldemort y no tenían un puesto en claro. Eran esas personas que eran prescindibles y reemplazables. Las personas como Abigail o los Lestrange ocupaban lugares como el caballo o el alfil. De hecho, siempre se había considerado un caballo, puesto que era una de las pocas personas que podía tener el cargo que ostentaba y ejercerlo con profesionalidad, en base a su experiencia. Era un movimiento único, que no todo el mundo podía hacer. Las gestiones administrativas que conllevaba ser Ministra, así como el trabajo duro, la atención, dedicación y entendimiento de los departamentos, soportar la incompetencia de los más inútiles y todo eso, no era algo que cualquiera pudiese llevar.

Pero bueno, siempre era así: los de tu bando te veían como un peón porque todos eran demasiado egocéntricos como para dar créditos a los resultados ajenos y los del bando ajeno te sobre-estimaban tanto que te ponían en una posición que, ni de lejos, ostentas. Ni era la Reina, ni era un peón. Y a decir verdad, Lord Voldemort dudo mucho que tenga una reina.

Fue la misma rubia quien comenzó a atosigar al único que quedaba en pie, hasta que finalmente éste no fue capaz de conseguir devolverle ni un solo hechizo y terminó entre el hechizo y la nada. La pelirroja sonrió frente al recurso de hacer que la propia cueva fuese la mano ejecutora, aunque fue justo después cuando se dieron cuenta de que como no se dieran prisa, seguiría siendo la mano ejecutora de todos los que aún quedaban dentro. Ante la advertencia de Circe, Abigail actuó rápido. La más joven podría salir a tiempo si no se encargaba de nada, por lo que con un movimiento de varita movió el cuerpo del tipo tullido inconsciente y lo arrastró por toda la cueva mientras corría hasta el exterior. Después de todo, no iba a perder la oportunidad de poder interrogar a alguno de ellos. El tipo fu arrastrado, por lo que llegó a la salida de la cueva cargado de raspones y sangre por todos lados.

La cueva comenzó a derrumbarse del interior al exterior y, para cuando un enorme montículo de piedras cayó frente a ella y todo se rodeó de un polvo denso y molesto, vio como algo salía volando de la cueva. Retrocedió junto a su secuestrado, llena de polvo por todas partes y tosiendo.

Buscó a Circe, hasta que dio con ella, escondida.

Eso no me lo esperaba —confesó, con respecto al derrumbamiento de la cueva. —¿Te encuentras bien?

No lo preguntaba realmente porque estuviese preocupada, sino para ver si tenía que molestarse en estarlo. Al fin y al cabo era la hermana pequeña de Apolo y, quieras o no, tenía cierto deber moral y protector con ella.

Ahora lo primordial era irse de allí. Un derrumbamiento como acababa de ser esa cueva alertaría a las colindantes, así cómo a cualquier persona que viviese por esa zona de Epping. No sabía si por allí estaría la entrada del refugio que ellas buscaban, pero después de tantas casualidades, podían perfectamente estar por la zona. Fuese como fuera, o se iban de allí cagando leches con aquel pobre desgraciado, o se quedaban y esperaban.

Observó el bosque, notando el frío que empezaba a calar su piel ahora que no estaba convertida en animal. De hecho, al respirar salía de su boca ese vaho cálido.

Volveremos a nuestra forma animaga y esperaremos. Dejaremos a este tipo en la entrada como cebo y si alguien aparece a ver qué ha pasado, veremos a donde se lo llevan —le dijo a Circe. —Si no aparece nadie, nos lo llevaremos y lo interrogaremos. Pero después de cómo ha sonado la caída y todo el polvo que ha levantado, si hay alguien cerca, sin duda lo verá.

Lo que estaba claro es que aquel tipo tenía que servirles para algo, ya que después de todo hoy se habían encontrado con cinco fugitivos: dos de ellas no sabían nada y otros dos estaban sepultados bajo las piedras. Sólo quedaba uno y no iba a cometer la estupidez ni de que se salvase, ni tampoco a que se muriese de frío siendo un cebo.

¿Encontraste algo en las cuevas cercanas cuando las revisaste? —preguntó para hacerse una idea. De todas maneras, las posibilidades de un mago de ocultarse en cualquier sitio eran literalmente prodigiosas, por lo que incluso podrían haber sido engañada en algunas en las que hubieran entrado a revisar.
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