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Only hope [Abi McDowell]

Einar E. Gudjohnsen el Dom Oct 08, 2017 9:41 pm

*Suena un ruido molesto y chirriante* El despertador. Automáticamente lo apago y ni siquiera sé cómo. Abro un ojo y lo primero que siento es que la cabeza me va a explotar. “¿Qué hora es?” Intento mirar el despertador mientras abro, por fin, el otro ojo. Las seis y media de la mañana. Suspiro y me paso las manos por la cara para así intentar espabilarme.

Tras cinco minutos recordé todo lo que había pasado ayer. Literalmente me habían echado de San Mungo a pesar de que no quería irme. "Que no era apto para ejercer, tras 48 horas despierto… ¿Y quién iba a atender a tantos heridos?" Aún así mis compañeros estaban en lo cierto, no sirve de nada que yo también caiga enfermo y tengan un paciente más, es lo último que nos faltaba ya.

A las siete en punto de la mañana siempre me tomaba un desayuno inglés perfectamente colocado, mientras leía los historiales de los pacientes. Me habían dejado en mis manos un paciente bastante peculiar. Nada y más y nada menos que la señora Ministra. A pesar de ello, siempre trato por igual a mis pacientes. “Abigail McDowell”. “Contusiones múltiples en la cabeza. Una costilla fracturada. Quemaduras de tercer grado, mayormente,  por el lado izquierdo de su cuerpo. Herida contundente en la zona del vientre”. Ante tal diagnóstico me sorprende que siga viva. Necesito ir ya a San Mungo.

Entre en la clínica y me bombardearon con preguntas de todo tipo. Así que corrí hasta mi despacho para coger la bata blanca, era una costumbre que tenía de mi madre.

- Vale, cálmate. Necesito que te ordenes las ideas  y primero me pongas al día. - Calmadamente fui poniendo en orden mi unidad y enterándome de lo que había pasado en mi ausencia. “Han subido el número de heridos”. Necesitamos ayuda.

- Necesito que llames al Doctor Wells y me cubra en la unidad dos y cuatro, yo le ayudaré en cuanto me encargue de esta paciente primero. - Le dije a una de las enfermeras mientras miraba las constantes vitales de Abigail.

“Constantes vitales normales. Presión un poco baja. Sin fiebre, bueno, eso es buena señal.”.

- Vale, Abigail… A ver como se encuentran esas quemaduras. - Me decía a mi mismo mientras destapaba a la paciente con mucho cuidado.

La paciente solo llevaba tres días en la clínica. Estaba en estado crítico y en coma, la única mejoría es que ha despertado del coma anoche a las diez. Lentamente fui quitando las gasas con cuidado. Las quemaduras se estaban curando correctamente pero aún estaban muy expuestas. Al saber que las enfermeras estaban ocupadas cambié las gasas por mi mismo y le aplique de nuevo el tratamiento. “Vamos a ver ahora que le ha pasado a tu vientre”. El historial médico detallaba que se le había clavado una especie de estaca debido a la explosión. La herida era profunda, había sido tratada con Vulnera sanentum y cosida. Aún así si hacía movimientos bruscos la herida podría volver a sangrar y tener que volver a poner los puntos. "Aunque lo que me preocupa no son tus heridas físicas. Me asignaron a ti por algo." Cogí las radiografías para inspeccionar un poco más su interior. Siempre me había gustado más esta técnica muggle. Aunque nunca está demás hacer un doble chequeo.

"Translucens". "Vamos a mirarte un poco más de cerca".
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Abigail T. McDowell el Lun Oct 09, 2017 3:42 am

Lo último que recordaba con claridad había sido despertarse en San Mungo con un dolor que le recorría todo el cuerpo. ¿Antes de eso? Antes de eso... bien poco conseguía recordar. Lo último que recorría su mente era una situación de puro caos. Fuego, dolor, impotencia, debilidad, flashes inconclusos... Como si un cúmulo de sensaciones y emociones malas se hubieran unido en un solo momento; eso es lo único que recordaba. Eso sí, podía recordar con perfecta claridad como repentinamente toda su mirada se eclipsaba por la llamarada de una gran explosión. Eso lo recordaba como si lo hubiese vivido hace un momento.

El poco tiempo que había estado despierta en San Mungo fue el suficiente como para que se enterase de cómo había terminado todo lo relacionado con el atentado, pero apenas tuvo tiempo para hacer o decir mucho pues rápidamente volvió a quedarse dormida. Cuando despertó estaba sola, acompañada de una enfermera que se encargaba de cambiar las vías suministradas por lo que tampoco pudo decirle demasiado.

Era la primera vez que iba a San Mungo, además de la primera vez que alguien le hace salir tan herida de un ataque. Era la primera vez que de verdad había estado cerca de la muerte, tentando entre si se iba con ella o no. Gracias no sabía a quién, había podido fintar a la muerte y tener una oportunidad, una oportunidad que Abigail sabía muy bien en qué gastar. La venganza siempre había sido para ella un plato que saborear con lentitud y pensaba encontrar el lugar en dónde esos fugitivos se esconden, así como hacerles pagar por todo lo que han hecho. No sólo por cuestionar el gobierno en el que ha trabajado tanto, sino por el miedo, el dolor y la insolencia. Estaba furiosa y, no sabía por qué, pero tenía la sensación de que lo único que le había hecho abrir los ojos en aquella cama de San Mungo había sido lo enfadada que se sentía con todo lo que le rodeaba.

Se encontraba durmiendo, aunque no por mucho tiempo, puesto que cuando el doctor Gudjohnsen comenzó a palpar sus quemaduras, inevitablemente éstas hicieron que Abi se despertase por la sensibilidad. No abrió los ojos, sino que se mantuvo en la medida de lo consciente mientras sentían como la analizaban. Lo primero que pasó por su cabeza al recobrar la consciencia fue que se estaba muriendo de sed, sinceramente. A decir verdad, no tenía ganas de ni de abrir los ojos ni de hablar con nadie, pero tampoco tenía ganas de seguir durmiendo, ¿cuánto llevaba durmiendo ya en aquella maldita habitación? Se sentía inútil. Si no sintiese que si intentase levantarse se rompería por la mitad, probablemente ya lo hubiera intentando.

Abrió los ojos lentamente, viendo a un lado a un doctor moreno, de tez pálida y serio mirando lo que era su cabeza. Parecía más grande que ella, por lo que fue bastante reconfortante saber que estaba siendo atendida por alguien competente y no un cualquiera recién salido de la universidad. Por norma general, Abigail no se fiaba de nadie que fuera más pequeño que ella.

¿Puedo beber algo? —Fue lo primero que salió de su pastosa boca, acompañado de un intento de colocarse mejor en su camilla. Al intentarlo, le dio un tirón en el vientre, por no contar el hecho de que sentía que ya no tenía fuerzas para nada. Se quejó en silencio, puso un gesto de fastidio por el dolor que había sentido y se mantuvo quieta. —No me acordaba que por poco no me traen en trocitos... —consiguió decir con una ironía atroz cuando se quedó quieta y en una posición bastante incómoda.

Suspiró, bastante derrotada. Nunca se había sentido tan... débil y dependiente. Ahora mismo no podía hacer prácticamente nada sin ayuda. Le dolía todo. Le ardía todo. Por arder, probablemente hasta le ardía el orgullo y el nivel de rencor y odio estaban tan a tope que en aquel momento no debía de ser sano para ella ni para nadie querer matar a alguien con tantas ganas. Se miraba el brazo izquierdo y... no quería ni imaginarse como estaría su piel bajo las gasas. Milagrosamente su rostro había quedado 'intacto', al menos de las llamas, ya que podía sentir como le ardía alguna que otra herida. Abigail siempre había destacado por ser de esas personas que ocultan sus verdaderos sentimientos y ahora también lo estaba intentando, haciendo que la 'seriedad' que le caracterizaba camuflara esa debilidad, impotencia y tristeza que ahora mismo estaba sintiendo.

¿Cómo me ve? —le preguntó al sanador, para entonces hacerle una pregunta que le llevaba rondando desde que había abierto los ojos. —¿Cuánto tiempo llevo aquí?

Se lo habían dicho ayer, pero a decir verdad no recordaba prácticamente nada de lo que le había dicho aquella enfermera.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Einar E. Gudjohnsen el Lun Oct 09, 2017 10:12 pm

" Vaya, vaya, vaya... esto no podría ser bueno". La radiografía señalaba una clara contusión cerebral. Debido al impacto, el cerebro había chocado contra el cráneo. Necesitaba saber la gravedad de la situación. La necesitaba a ella despierta.

Pareciera que me había escuchado, ya que al cabo de cinco minutos me sorprendió mirandome fijamente aturdida. Acto seguido deje de examinarle y deje un par de minutos para que se adaptara y reconociera dónde estaba, con suerte.


- Buenos días Señorita Abigail. Soy el Doctor Einar Gudjohnsen y me han asignado su caso. - Estaba exasperado por bombardearla a preguntas de todo tipo. Entre como se sentía, a que demonios había ocurrido como poco. Pero la vi tan aturdida que hasta el más necio e inexperto de los médicos sabia el más básico de los protocolos. Período de adaptación.

- Por supuesto. Tenemos muchas cosas de las que hablar Señorita Abigail. - Fui al pasillo a por el típico vaso de plástico que sirven junto a una dispensadora de agua con una garrafa. Toda una modernidad. Al llegar vi como Abigail intentaba incorporarse, de inmediato intente detenerla. -Entiendo que se pueda sentir incómoda tras tanto tiempo en la misma posición, pero le sugiero que use de la camilla automática para mejorar su postura. Tiene una herida grave en el vientre, aunque ya entraremos en detalles. Su agua. - Intente ayudar a la paciente a encontrar una mejor postura. - La verdad es que tiene suerte de seguir viva. -Sonreí a la paciente. Todos mis compañeros decían que no lo hiciera, ya que era tan forzada que hasta resultaba bastante horripilante.

"Tras media hora, la paciente ya había inspeccionado su entorno y a pesar de tener una contusión cerebral, la orientación y el habla no se habían visto afectadas y de momento no muestra signos de nauseas o pérdida de la consciencia." Escribí en el historial médico todas las actualizaciones acontecidas hasta que Abigail interrumpió. "Al fin."


-Vamos por partes. Llegaste aquí hace tres días en estado crítico y en coma, despertaste... - Abro de nuevo la carpeta con el historial médico de la paciente. - A las 11 de la noche de ayer. - Hice una pausa, ya que este tipo de cuestiones impresionaban a los pacientes. - En cuanto a tu estado... Tienes una contusión cerebral leve, lesiones leves por todo tu cuerpo, quemaduras de tercer grado, mayormente, por el lado izquierdo de tu cuerpo y una herida grave en la zona de tu vientre. La buena noticia es que te estas recuperando asombrosamente bien al tratamiento y no hemos percibido ninguna infección por el momento. ¿Alguna otra pregunta Señorita Abigail? - Aunque en ese mismo momento llegó una enfermera con una cara de horror. - Discúlpeme un momento. - Antes de decir nada más salí de la sala y me dirigí a la enfermera. - ¿Qué tenemos?- Inmediatamente la enfermera me explicó todos los detalles, mientras llegábamos a la sala 7. - Está bien tenemos que parar la hemorragia enseguida. Sarah tienes que entubarle ahora mismo, ha dejado de respirar. ¡Decidme la presión arterial! ¡Traed más sangre! - Tras la retahíla de órdenes conseguimos que el paciente se mantuviera estable. En cuestión de segundos se podía decidir la vida de un ser humano si no hacías bien las cosas.

Pasé suspirando hacia los lavabos para lavarme minuciosamente la sangre y otros residuos y poder volver con mi paciente principal.


- Discúlpeme, estamos desbordados. ¿En qué nos habíamos quedado? - Mire fijamente a la paciente intentando recobrar así la calma del principio.
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Abigail T. McDowell el Sáb Oct 14, 2017 6:16 pm

Bebió del agua que le había proporcionado el doctor mientras éste le ayudaba a ponerse en mejor postura gracias a las opciones de las camillas, sintiendo que por mucho que eso se moviese, ella seguía igual o más incómoda. No tenía ganas de estar sentada, sino que quería ponerse de pie y estirar las piernas, ya que tenía una sensación de entumecimiento increíble, como si llevase días sin moverse, lo cual era la triste realidad. Las palabras del doctor se suponían que debían de ser reconfortantes, pero si lo acompañaba de esa sonrisa tan tétrica no cumplían para nada su objetivo. Lo miró un tanto consternada, ¿estaba intentando ser amigable con esa sonrisa de estreñido? Y luego le preguntaban a ella que por qué siempre estaba tan seria... pues probablemente por lo mismo, porque cuando una sonrisa se finge; es peor remedio.

Supongo que el atentado era para que muchos terminásemos muertos, así que sí: la suerte está de mi parte... —respondió débilmente cuando se terminó el agua, medio cerrando los ojos para concentrarse en sentir qué era todo lo que le dolía.

Se mojó los labios y se pegó varios minutos intentando habituarse, sobre todo a la espera de que el médico terminase de tomar notas de lo que fuese que había visto en su cabeza. A decir verdad, tenía muy pocas ganas de mantener una conversación basada en la jerga médica que tan poco entendía, pero si quería entender por qué todo su cuerpo le dolía, lo mejor iba a hacer enterarse de una vez por todas.

El médico le explicó todo lo que tenía y Abigail, lentamente, se fue llevando su mano derecha —aquella que no le dolía horrores— a la cabeza hasta colocar sus dedos en el puente de la nariz. Al final sí que iba a tener razón y, después de todo, no solo había salido viva de un intento de asesinato sino también por las múltiples heridas. Ahora mismo estaba alucinando que, después de todo, estuviese allí, despierta y milagrosamente de una pieza. Tenía montones de preguntas, pero se quedó con la palabra en la boca cuando el médico de apellido impronunciable por un mortal británico, tuvo que irse urgentemente.

Ella esperó allí sentada, ¿qué otra maldita cosa podía hacer? Nada. Ojeó de nuevo el vaso de plástico por si quedaba agua que beber, pero se lo había terminado del primer trago. El tiempo que se pasó allí sola se examinó ella misma todo su cuerpo. Empezó bajando las sábanas y subiéndose aquel camisón, observando a través del vendaje del vientre la herida que le recorría.  Al verla recordó perfectamente cómo durante una milésima de segundo no solo sintió un dolor atroz, sino también la consternación al ver tanta sangre en sus manos cuando se tocó allí. Se volvió a tapar y luego se miró el brazo. Si bien la gran amyoría estaba vendado probablemente con un ungüento mágico capaz de regenerar la piel muerta, las pocas partes que estaban al descubierto tenían un aspecto terrible. Intentó levantar un poco de gasa para ver cómo estaba progresando, pero como le dolió desistió rápidamente.

El resto del tiempo se lo pasó muriéndose de aburrimiento, para variar. Abigail era una chica demasiado inquieta y ahora mismo lo único que estaba deseando es que alguien viniese, le diese algo milagroso que le curase rápidamente e irse al Ministerio de Magia.

El doctor Gudjohnsen volvió a entrar, esta vez más calmado, disculpándose por haberse ido de esa manera. En otra ocasión quizás Abigail se hubiera quejado, pero en ese momento no tenía ni ganas de eso.

No se preocupe —se limitó a decir con educación. —Nos quedamos en mi ronda de preguntas. Tengo varias —le advirtió. —¿Qué consecuencias conlleva una contusión cerebral leve? —Todo lo demás lo había entendido, pero lo que quería saber era las posibles consecuencias de eso, básicamente porque no quería quedarse puto retrasada. Ya he dicho ya que Abi y la medicina no se llevan nada bien. Ella era de una rama totalmente distinta. —¿Para cuándo estima que esté recuperada si sigo a este ritmo? ¿Me puedo levantar o me voy a tener que pegar todo el tiempo acostada? Te juro que tengo las piernas dormidas ahora mismo. Siento que no tengo fuerzas pero... también siento que como siga aquí sin hacer nada lo menos que conseguiré será recuperarla.

Y se estaba orinando, pero además de que podía aguantar quería preguntar primero si es que podía levantarse y ya con ese dato podría empezar a pensar un plan para ir al baño.

Y me gustaría pedirle material para escribir, un trozo de pergamino y una pluma. Necesito contactar con mi Asistente ahora que puedo estar consciente más de media hora seguida —le pidió amablemente, ya que tenía el vago recuerdo que ayer, cuando despertó, apenas había estado quince minutos despierta.

Lo que la Ministra ignoraba es que su Asistente se encontraba en la sala de espera, con la esperanza de que recobrase pronto de nuevo la consciencia. Aunque claro, al no ser familiar ni absolutamente nada cercano, le tocaba esperar fuera y no dentro de la habitación de ella. Suponía que el estado en el que se encontraba Abigail para el resto del mundo era un misterio, puesto que desde que se enterasen que estaba despierta, los medios atosigarían aquella habitación para hacerles preguntas y, resumidamente, joderle la paciencia. Obviamente también ignoraba que el pasillo de la planta en donde se encontraba su habitación estaba siendo vigilada por varios aurores y que nadie, ni prensa ni nadie que no fuese de absoluta confianza, podía llegar hasta la habitación de ella. Después del atentado, hasta parecían pocas prevenciones.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Einar E. Gudjohnsen el Miér Oct 25, 2017 10:53 pm

No era muy profesional dejar al paciente tanto tiempo desatendido, pero las circunstancias así lo requerían. A pesar de que solo me asignaron el caso de la señora ministra, no podía permitirme el lujo de dejar que todos los pacientes murieran porque no tenían el suficiente estatus para ser atendidos. Me negaba.

- Una vez más... Discúlpeme señorita Abigail. ¿Por dónde nos habíamos quedado? - Dije mientras arrastraba una de esas pequeñas sillas de hospital sin respaldo que servían para analizar o diagnosticar al paciente. - Pues... Se puede presentar debilidad, dolor de cabeza, falta de coordinación motora, adormecimiento, dificultad para comunicarse, amnesia, problemas cognitivos, pérdida de conciencia, náuseas, vómitos, entre otras cosas. Aunque debo decir que usted se está recuperando extraordinariamente bien a pesar de como llegó al hospital. - Sin decir mucho mas me levante y deja un poco de espacio a la paciente. Era mucho que procesar, así que me tomé la molestia de rellenar de nuevo el vasito de plástico con agua. - Bueno... Todo depende de como reaccione tu cuerpo al tratamiento, claro está. Pero teniendo en cuenta sus heridas... Entre unas dos o tres semanas estaría completamente curada. Entiendo que se encuentre incómoda, pero le sugiero que se quede acostada, desgraciadamente no hay mucho que podamos hacer para acelerar más su recuperación. - Podría comprender lo impotente que se puede sentir un paciente cuando se encuentra en estas condiciones. "Debería de buscar una medida de entretenimiento para los pacientes, especialmente para los niños." - Claro, deme un poco de tiempo y volveré en seguida - Era la oportunidad perfecta para poder dedicar un poco de tiempo a los más necesitados.

Salí de la sala en dirección a la sala de espera, dónde se encontraba también la recepción, pero... ERROR. No recordaba que toda la prensa estaría allí. Lo cual como si de un famoso se tratara se abalanzaron sobre mí con millones de preguntas que no tenían ningún sentido, ya que hablaban todos juntos y atropelladamente.
- Sintiéndolo mucho no puedo decir detalles de la paciente ya que es confidencial, y ninguno son familiares como para tener esa información, lo único que puedo decir es que la paciente McDowell está estable y consciente en estos momentos. Ahora si me disculpan... Tengo mucho trabajo que hacer. - Respetuosamente intente esquivar a la gente mientras éstos seguían haciendo más preguntas. Continué, ya por fin, hacía el interior de recepción para coger lo que la señorita Abigail me había encomendado. Cuando levanté la cabeza en un despiste, recordé que el asistente de la ministra seguía allí, esperando calmado y paciente. Desgraciadamente no podía proporcionarle ninguna información mas útil de la que había dado a los medios, así que tras firmar algunos permisos que las enfermeras necesitaban para suministrar tratamientos y responder algunas urgencias, volví a la sale dónde se hospedaba la ministra.

- Ya estoy de nuevo por aquí, ¿Ha conseguido tener una mejor postura? - Intenté abrir un poco de conversación pero hasta yo mismo sentía que no fue de las mejores maneras. Obviamente que no se sentía cómoda y no había manera humana de que nadie se sintiera cómodo en esa camilla. Me sentía estúpido. Así que carraspeé, quitando un poco de importancia y le di su pluma y papel como había pedido. - Espero que esto ayude un poco a matar el tiempo... - "Definitivamente buscaré una forma de entretener a los pacientes de larga estadía. Será la próxima propuesta al director."
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Abigail T. McDowell el Lun Oct 30, 2017 1:16 am

No le quedaba otra más que resignarse y esperar, básicamente porque allí sentada y en su estado no podía hacer ninguna otra más. Agradeció que el doctor Gudjohnsen no tardase más de la cuenta en volver a la habitación, ya que Abigail tenía varias preguntas y alguna que otra exigencia que pedir. Fue bastante gratificante escuchar que lo que presentaba una contusión cerebral leve no era nada demasiado grave, lo cual era lógico, ya que si es leve, no es grave.  Vaya, está claro que 'los problemas cognitivos' los tenía con esa capacidad de relación tan lenta y estúpida. Volvió a llevarse los dedos al puente de su nariz, ya que después de todo lo que más notaba ahora mismo era el dolor de cabeza, el cual era espantoso y le estaba poniendo de muy mal humor.  

En dos o tres semanas estaría totalmente recuperada, pero saldré de aquí antes, ¿no? —preguntó casi por inercia al escucharle. Dos o tres semanas eran demasiado tiempo. —No puedo pegarme aquí dos o tres semanas.

Y vamos, como que se llamaba Abigail McDowell no lo haría.

El doctor aceptó su petición y fue en busca y captura de material para escribir, tardando más o menos entre cinco y diez minutos que para la Ministra se le hicieron eternos. Estaba irritada y aburrida y eso solo hacía que la molestia con todo lo que le rodeaba solo fuese en aumento y siguiese aumentando. Y encima se estaba orinando y no tenía ni fuerzas para levantarse a hacer pis, ¿había algo acaso peor que eso? Bueno, era peor sentir un cosquilleo en la nariz y no poder rascarte, pero en estos momentos no había nada comparado con la frustración de querer ir al baño y no poder.

Einar volvió a entrar en la habitación.

No —respondió un tanto tajante. Él podía ser un doctor profesional que trata a sus pacientes con amabilidad, pero ahora mismo Abigail solo tenía ganas de arrancar cabezas y utilizarlas como retrete en el que orinar. —¿Va a venir alguna enfermera o usted será el encargado tratarme en todos los ámbitos? —Hizo una pausa. La vergüenza era real, aunque para ser sinceros, Abigail era demasiado orgullosa como para siquiera mostrar un poco de rubor. —No se ofenda, señor Gudjohnsen, pero me orino y si no soy capaz ni de colocarme decentemente en una camilla, supongo que comprenderá mi inutilidad para ir hasta el baño. —Echó una ojeada hacia donde se encontraba la puerta hacia el baño, literalmente a dos pasos. Literalmente. Dos pasos. —¿Me puede decir cómo narices hacer esto? —Sonaba tan seria que hasta parecía enfadada, pero siempre había sido demasiado repipi y orgullosa como para ahora enfrentarse a no poder ni hacer pis sola de lo débil que estaba.

Porque tenía una vía puesta que daba hacia una bolsita de suero, la cual estaba sujeta en lo alto de un palo de metal justo a su lado. Así mismo tenía tantas heridas que no sabía qué posiciones debía de evitar o cómo proceder a bajar de aquella camilla. Y vamos, lo de la coordinación motora era otro tema, ya que de tanto tiempo allí acostada le costaba horrores mover bien las piernas. En un principio esperaba que le dijera como moverse por sí misma —básicamente porque no quería sentirse una inútil—, aunque si somos lógicos lo más adecuado sería quitarle la vía y que el médico la llevase para evitar movimientos que pudieran reabrir o empeorar heridas.

Ya tendría tiempo para ponerse en pie y recobrar la movilidad, pero hasta ella sentía que si se ponía de pie, probablemente terminase rápidamente en el suelo. Por mucho que no quisiera aceptarlo: estaba muy débil. Excesivamente débil.
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Einar E. Gudjohnsen el Dom Nov 19, 2017 9:15 pm

Creo que debería empezar a plantearme un formulario con preguntas frecuentes de pacientes y dárselo a los futuros pacientes. Que me preguntaran casi las mismas preguntas diferentes personas en diferentes salas ya hasta me era normal e incluso a lo largo de tantos años ejerciendo, se parecía a un patrón.

- Señorita Abigail. Está en su pleno derecho de irse cuando quiera firmando el alta por solicitud contra indicación médica sin riesgo inminente de muerte. No obstante debo de informarle de los riesgos que podría conllevar en caso de que tomara esa difícil decisión, además que a juzgar por su salud y su estatus social, lo desaconsejo totalmente. Dicho esto, respetaré su decisión si aún desea abandonar el hospital bajo su propio juicio. - No me gustaba para nada tener que soltar toda la parafernalia pero estaba en el protocolo y tenía que seguirlo independientemente de si el paciente no hiciera caso de mis advertencias. Esto siempre se hacía más difícil cuando ya llevas más tiempo con un paciente y se vuelve algo más personal o intentas que razone en la medicina cuando el paciente es extremadamente religioso. Aunque esos solían ser más los casos en los muggles. Orgullosos muggles...

Después de haber cogido todo lo que la señora Ministra había pedido, luchar contra la prensa, los guardias de la sala de la ministra y sobrevivir. Volví al cuarto de McDowell.

Sabía que esa primera pregunta no era del todo la acertado cuando escuché el tajante NO de la señora ministra. Debería comprarme un libro de chistes malos...
- Pensaba que estaba haciendo correctamente mi trabajo. - O eso pensé hasta que entendí el por qué de esa pregunta. - Sintiéndolo mucho debo ser yo el que tenga que ayudarle para eso también. - En otras circunstancias siempre es una enfermera quien se encarga de medir las presiones arteriales, la tensión, poner medicinas y vías, y sobretodo, ayudar al paciente ir al baño y ducharlo. En este caso moralmente y profesionalmente aunque quisiera, no podía acceder a la ayuda de las enfermeras. Y aunque durante me he visto en situaciones similares nunca en una tan excepcional como esta y menos con el sexo opuesto. Vieras como lo viera, era excesivamente incómodo para ambos esta situación, pero no quería que fuera a peor y que se orinara en la propia camilla.

Así que me levanté decidido y serio. Intentando pensar en el procedimiento sin errores. Primero. Cogí la mano derecha de la señora ministra para a continuación cerrar las válvulas de la vía. Uno le suministraba sangre, otro medicamentos como morfina y otro suero. Esperé hasta se corto toda comunicación con los líquidos y trate de sacar todo el cableado de su cuerpo. Así como también quité de su dedo indice de la mano izquierda la pinza que calculaba su tensión arterial y por su puesto, sus constantes vitales. Por ello sonó un tremendo ruido típico de película cuando alguien muere. Me apresuré a apagarlo o de lo contrario tendría a medio hospital con las palas de parada en menos de tres minutos en la sala.
- Vale Abigail. Llega la parte más difícil ahora... Levantarse sin caerse. - Antes de pedir nada a la señora ministra subi la camilla a una posición aproximada a unos noventa grados. Con rapidez. Agarré sus piernas con delicadeza para ponerlas en el extremo de la cama. - Ponga sus dos manos en mi brazo, por favor. Necesito que use mi brazo para que haga fuerza se impulse levemente para ponerse de pie. En caso de que no se vea con fuerzas usaremos otro método. - Tras varios intentos y a pesar de que la señora ministra no me dijo que no podía hacerlo, pero era obvio que la situación no avanzaba. - Vale. Vamos hacerlo de otra manera. Por favor, pase sus manos por mi cuello, agárrese bien y procure mantener su uretra en control. - Intenté hacer una broma, al fin y al cabo la situación no podía ser más cómica o más incómoda. - Por favor tenga en cuanta las vías de su mano. Si la mueve con brusquedad se saldrá y no querrá ver que pasa a continuación. - Lo he vuelto hacer. Eso de mantener un ambiente amigable y seguro no era lo mío definitivamente. Debería haber clases particulares para médicos sin sentimientos. Resignado pasé mis mano libre por debajo de las rodillas para darle ese pequeño impulso para llegar hasta el suelo. Y.... LO CONSIGUIÓ. Me siento como un jugador olímpico ganando la medalla de oro para su país ahora mismo.

Pareciera que lleváramos horas con este proceso, pero no más lejos de la realidad ya que habían pasado tan solo diez minutos.
- Un pequeño paso para el hombre un gran paso hasta el baño. - Intenté recrear esa famosa frase de cuando el hombre pisó la luna en el sesenta y nueve. Creo que debería dejar de intentar hacer gracias. Creo que hasta me pagarían para que no lo hiciese. Después de cuestionarme mi pésimo sentido del humor. Incorporé a la paciente con suavidad. Este podría ser un momento lleno de incertidumbre. ¿Cómo le sentaría a la paciente levantarse después de tanto tiempo en la cama inconsciente? Pues ya esta el doctor Gudjohnsen para aclarar dudas. Vértigo, náuseas o incluso vómito, sensación de caerse, y esto como poco. Vamos, que nada bueno va a pasar a no ser que lleguemos con relativa rapidez al baño. - Imagínese cuando le cuente a la prensa que he ayudado a la ministra de magia a orinar, me podría hacer millonario. - Vale. Definitivamente dejo las bromas.
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Abigail T. McDowell el Mar Nov 21, 2017 10:06 pm

Como era evidente, Abigail no iba a irse de allí sintiendo que no sería capaz de ser auto-suficiente en todos los ámbitos de su vida, más que nada porque ya bastante inútil se sentía en el hospital siendo atendida por y para todo, como para encima tener que ser atendida por personas cercana a ellas y ser ‘una carga’. La verdad es que para eso, prefería quedarse en el hospital. Simplemente había preguntado eso porque lo que no quería era sentirse en sus plenas facultades para ejercer vida diaria y perder el tiempo en aquel lugar. Ahora mismo la pelirroja tenía la sensación de que no había que perder ni un minuto del tiempo que, milagrosamente, había podido tener después de todo lo de los mundiales.

La incomodidad de Abi frente a que fuese el Doctor Gudjohnsen el encargado de llevarla al baño se hizo notar. Y obviamente él la notó. Ahora mismo la Ministra no estaba siendo demasiado sutil con sus verdaderas emociones. Bastante esfuerzo hacía por no quejarse todo el rato del dolor que sentía, como para encima tener que mostrar esa teatral cara de complacencia. No. Estaba de mal humor y eso era evidente.

Poco a poco le quitó toda la parafernalia médica que estaba enchufada en su cuerpo y, cuando ya no estuvo retenida a nada, le ayudó a ponerse en pie. Seamos sinceros: aunque las indicaciones de Einar fueron perfectas, Abi se sentía como si ahora mismo le hubiera hablado en suajili antiguo y ella tuviera que adivinar como narices hacer fuerzas cuando no tenía fuerzas ahora mismo ni para bostezar. Lo intentó. De verdad que lo intentó, pero nada. Ahora mismo la fuerza en sus manos era similar al de un espagueti flácido.

No… —respondió enfadada al no poder.

Muy polivalente él, ofreció otro método que fue mil veces mejor. Pasó su brazo por detrás del cuello del doctor y éste, usando su cuerpo, fue el pilar que consiguió que Abi se levantase de la camilla y consiguiera posar sus pies en el suelo.

Su intento de hacer que el momento fuese menos incómodo metiéndole ‘miedo’ por las vías no fue muy efectivo, ya que la paciente lo miró con cara de pocos amigos, un tanto preocupada porque pudiese pasar algo de verdad. Después de la puta suerte que tenía, se esperaba cualquier cosa. Sin embargo, volvió a ver en esa frase ese deje de ‘broma de mierda’ que estaba claro que no dominaba muy bien. No dijo nada al respecto, ya que ni siquiera le hizo gracia.

La siguiente, sin embargo, cuando lentamente consiguió posar la planta del pie completamente sobre el frío suelo, sí que le hizo más gracia. ¿Cuántos milenios llevaban ahí intentando que se pusiera en pie? ¿Veinte y tres mil?

Doctor, no ayuda —dijo, sonando igual de indiferente pero con un tono mucho menos hostil.

Aunque no lo admitiese, el humor absurdo hacía que la escena fuese menos ridícula, por irónico que sonase.

El doctor entonces dejó de mantenerla y, lentamente, dejó que sus rodillas cogiesen el peso de su cuerpo. Abi no duró mucho, sino que de repente tuvo la sensación de que sus piernas no iban a soportar el peso de su menudo cuerpo, por lo que tras sentir que se caería, se sujetó fuertemente al médico. Su gesto se contrajo con molestia por no poder ni ponerse en pie sin dificultades ni dolor, sintiendo absoluta impotencia.

Su siguiente broma sí que la cogió absolutamente por sorpresa y, ya por no llorar por lo inservible que se sentía, esbozó una sonrisa mientras suspiraba, manteniéndose un poco por sí misma. O al menos intentándolo, ya que no soltó a Gudjohnsen en ningún momento.

Corazón de Bruja pagaría mucho por una primicia así, sabiendo la cantidad de prensa rosa inútil que la caracteriza —contestó, para entonces mirarlo. —Después de esto, Doctor, le voy a hacer firmar un contrato de confidencialidad. Sólo por si acaso. —Bromeó, pero no sonrió, aunque al menos lo miró a los ojos y no con odio, sino con complicidad. Pensándolo fríamente, ‘cargar’ contra la única persona que ahora mismo te está ayudando quizás tampoco fuese lo más sabio.

Con ayuda de Einar, ya que mantenía gran parte del peso de Abi para que ésta pudiese caminar más tranquila hasta el baño, se trasladaron lentamente hacia la puerta del aseo. Menos mal que aquel camisón le quedaba bastante grande dado su cuerpo pequeño y delgado, por lo que no se le salía el culo por detrás ni nada por el estilo. O al menos esa era la sensación que ella tenía, ya que con la poca sensibilidad que tenía ahora mismo, con la misma tenía el trasero totalmente a la vista. Pero bueno, ahora mismo lo único que tenía en mente era desalojar de sustancia su bolsa del pis.

Le ayudó a sentarse en la taza y… bueno, tras un poco de intimidad —la poca que ese pobre doctor podía darle después de todo—, se liberó. Eso sí que era placer.

Minutos después —pues se tomó su tiempo—, consiguió ponerse en pie ella sola y llegar hasta el marco de la puerta del baño ella solita. En realidad parecía toda una proeza, pero solo fueron, literalmente, dos pasitos. Y cuando digo ‘pasitos’ es que son pasitos. En realidad Gudjohnsen lo hubiera hecho en un paso y hasta se quedaba grande. Sujetándose del marco de la puerta y con una cara de cansancio que se la pisaba, se llevó la mano a la herida del bajo vientre y cerró los ojos, puesto que había recibido una fuerte punzada ahí. Sentía esa misma punzada por toda la zona, como si fuese un fuerte dolor de ovarios multiplicado por tres. Se quedó quieta, esperando que el doctor se acercase a ella y le ayudase, porque como ella diese un paso en falso, tenía casi seguro que se caía al suelo si se soltaba del marco de la puerta.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Einar E. Gudjohnsen el Vie Dic 08, 2017 9:37 pm

Si ahora mismo grabaran esta escena, sería ultra famoso en Youtube. No podía imaginarme en toda mi carrera tratar a alguien famoso o tan respetable como lo era la señorita McDowell, y muchísimo menos ayudándola a ir al baño.  Pero debía ser profesional y centrarme en mi trabajo. Tenía que verla como si fuera una paciente más sin que tenga el poder de llevarte a Azkaban en caso de algo salga mal, o incluso algo peor si cometiera alguna negligencia médica. Vamos, sin presiones. Y allí estaba yo, con la señora ministra a mi cuello y con mis manos en su cintura, tratando de llegar al baño sin prisa pero sin pausas. A no ser, que le diera algún tipo de mareo, náuseas o colapso y ya si que eso sí que sería más gracioso que mis chistes.

Con la canción de la película misión imposible en mi cabeza y con Abigail en mis manos como si llevara mi propia vida en mis manos, caminamos, y se sintió como si fuera una hora hasta llegar al baño. Y en ese pequeño pero largo trayecto me dio tiempo a pensar... Si la película era misión imposible pero siempre conseguía hacer la misión... Eso haría la misión posible; ergo no es imposible. Y entre mi estúpida e incoherente paradoja mental y los susurros en forma de quejido de mi paciente, me salí de mi burbuja y me percaté de que habíamos llegado a nuestro destino. El señor baño. Si ya para mí era un alivio, no quería saber que especie de sentimiento ganador debería tener ella, cuando era ella la que tenía que hacer las deposiciones. Pero entonces me di cuenta que después de misión imposible, llegaba misión posible 2, la típica segunda parte que siempre es más mala que la primera. Y allí estaba yo de nuevo, con mi crisis interna mientras miraba y suspiraba al cielo de vez en cuando a la vez que me preguntaba qué habría hecho mal en otra vida para tener tantas dificultades en esta vida. En la facultad no te preparan para afrontar estas cosas. ¿Cómo se suponía que debía ayudar a la señora ministra a sentarse en la taza del váter?  No me pagan lo suficiente para este tipo de estrés que estoy experimentando ahora mismo. Y si yo estaba en estas condiciones, ¿Cómo demonios debería sentirse ella…? Debería preocuparme más por ella que por mi propio bienestar. Vale, tranqui, esto es pan comido. Tan solo deslízala poco a poco y que se vaya sentando en la taza del váter. ¿Qué podría salir mal? ¿Que se rompiera el coxis? Vale, ya estoy delirando. Concéntrate Einar que parece que estás haciendo el amor por primera vez y esto es más fácil.

Milagrosamente fue todo más fácil de lo que mi paranoia me estaba haciendo imaginar. Me sentí extremadamente aliviado al conseguir nuestro objetivo, así que salí del cuarto de baño con mi espíritu ganador sin mediar palabra, ya que entre los chistes malos y toda la trayectoria ya era lo suficiente incómodo como para empeorarlo aún más por decir una gilipollez de las mías. Necesitaba relajarme. Mientras esperaba, me puse a ordenar la habitación y alinear los objetos de la vitrina correctamente hasta que escuché el váter cuando tiras de la cadena. Y asumí que me diría algo para que volviera a ayudarla, no podía entrar sin previo aviso en el baño ya que sería toda una primicia para salir en corazón de bruja por pervertido, como mínimo. Pero no, no hubo primicia, ni grito que me avisara de que ya estaba preparada para el rescate. En vez de eso escuché directamente la puerta abriéndose con dificultad y me apresuré hasta la paciente sin pensarlo.
- ¿Pero cómo puedes ser tan imprudente…? Deberías haberme avisado, tú estado es tremendamente delicado y podrías… - Me callé en seco cuando la paciente tiró de mi bata para intentar colgarse de mí, intentando usar el mismo método que antes para volver de nuevo a la camilla, pero sinceramente opté por cogerla en brazos, como en las bodas, hasta la camilla. Me sentía estúpido por no haberlo intentado antes. Ya que el poco peso actual que tenía McDowell era muy fácil de cargarla sin tener miedo por causarle más heridas debido a mi torpeza natural. - Me parece muy extraño que esté tan callada… Incluso ya me hubiera esperado una de sus famosas frases tajantes por no haber usado este método antes… - Baje la voz para después callarme del todo antes de terminar la frase al notar como mi cara podría estar perfectamente pálida junto a un sudor frío en la espalda. Y no era para menos, ya que al recostar a la paciente en la camilla vi el tremendo charco de sangre que tenía bajo su vientre. - Abigail porque no me has dicho el tremendo dolor que deberías estar sintiendo, esto es serio. Ahora, pase lo que pase, intenta mantener la calma. - Dije con tremenda autoridad ya que no había otra cosa que no me tomara más en serio que una vida en mis manos.

Actué de inmediato. Primeramente, hice sonar la alarma de pánico para alertar a las enfermeras mientras volvía a “reconectar” a la paciente a todo el sistema para poder ver todas sus constantes vitales. La paciente parecía estar consciente pero débil, aún así iba a experimentar mucho dolor hasta que la morfina empezara hacer de nuevo efecto por la vía. “Lo siento, pero es por tu propio bien. Translucens.” Me relajó un poco el hecho que no había causado nada grave al poder ver tras su piel. Los puntos se habían saltado y en consecuencia de la profunda herida había brotado toda esa cantidad de sangre. Mientras tanto las enfermeras no tardaron en llegar y acto seguido apagaron la alarma. Sin decir mucho, se pusieron manos a la obra.
- Necesito más sangre para la paciente, sedante, el equipo de sutura y antibióticos mientras desinfecto la herida para procesar con la sutura. ¡Rápido! Y cerrad la puerta de la sala. No quiero interrupciones innecesarias. - Tras lavarme las manos adecuadamente y limpiar la herida, comencé a suturar mientras las enfermeras limpiaban la sangre constantemente. - Controlad las constantes vitales y mantenedla consciente. - Iba a ser doloroso pero tenía que cerrar la herida sin excepción, con suerte la morfina debería estar haciendo efecto.
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Abigail T. McDowell el Lun Dic 11, 2017 7:11 pm

¿Qué cómo podía ser tan imprudente? ¿Recuerdo que lo único que ha hecho es levantarse por sí misma de la taza del váter y dar un paso? ¿¡Eso es ser imprudente!? De haber podido quejarse en voz alta con su usual mala hostia, probablemente le hubiera soltado eso a su médico frente a esa pregunta tan estúpida que le acababa de hacer. ¡Madre mía, la imprudencia del siglo! ¡Levantarse de la taza del váter! ¿Qué será lo próximo? ¿PESTAÑEAR?

A Abigail le dolía tanto que pese a todo, solo fue capaz de quejarse, dejarse coger como si de una muñeca de trapo se tratase y que la volviesen a acostar en la camilla. Claro que era extraño que estuviese tan callada, si no estuviera sintiendo como miles cristales le atraviesan el vientre, quizás pudiera insultar con propiedad a ese subnormal que tenía como doctor y que le dice que levantarse de la taza del váter es una imprudencia, ¿pero ahora? Sólo se calló, intentando sujetar una de los brazos del doctor con su propia mano en un intento de que lo hiciese parar. Al fin y al cabo, ahora mismo era el único que podía hacer que eso parase.

Escuchó como las enfermeras entraban en la habitación tras la llamada de emergencia, pero la paciente sólo sentía como los ojos, lentamente, se le iban cerrando sin fuerzas. Entre la morfina y que aquello le estaba doliendo horrores, sentía que la mejor opción era cerrar los ojos y dejar su cuerpo descansar. No obstante, las enfermeras se encargaron de mantenerla despierta todo el tiempo dentro de lo posible, hasta que llegó el momento en el que su cuerpo no pudo más y se dejó caer en la inconsciencia.

***
Tres días después
San Mungo, habitación 442. 21:32 horas.

Todo había salido bien, o al menos eso parecía, ya que seguía viva. Había despertado dos días después de la imprudencia de la vida de levantarse de la taza del váter y es que, pese a la tontería que podía parecer, una herida de esa magnitud en el vientre era probablemente de las cosas más peligrosas por las que podía pasar un ser humano. No sólo por la herida en sí, sino por la cantidad de órganos que podía llegar a dañar y por la facilidad que había a la hora de que se infectase. Pero qué iba a saber Abi, si no tenía ni pajolera idea de nada relacionado con la medicina ni muggle ni mágica.

Ninguna de las enfermeras le había dicho nada relevante con respecto a la herida, pero a decir verdad, Abigail había notado con muchísima obviedad que las enfermeras tenían una actitud reticente, seria y demasiado profesional con la Ministra de Magia, probablemente cohibidas por su poder y todo lo que había hecho. Entre más alejadas estuvieran de ella, probablemente más segura estuviesen en todo momento. Es por eso que se habían limitado a asearla, llevarle las comidas y darle las pertinentes medicinas, pero nada más. Para colmo, la visita del doctor a su cargo, estos dos últimos días, habían sido por la mañana bien temprano cuando Abigail dormía, por lo que no había tenido tampoco la oportunidad de hablar con él.

Ahora era de noche y Abigail había dormido tanto en los últimos días que, repentinamente, sentía la vitalidad de un búho hiperactivo. Recientemente había terminado sus cena, por lo que se encontraba en su habitación con el único entretenimiento de un formidable libro de cocina. ¿En qué puta cabeza cabe que si un paciente te pide un libro para entretenerse, tú le lleves un puto libro de cocina? ¿Esa enfermera era Hufflepuff o qué le pasaba? La puta coña, un libro de cocina con recetas de la hostia y ella comiendo puta gelatina flácida.

Pero contra todo pronóstico, a esa hora entró una persona a la habitación. El Doctor Gudjohnsen. Ella se notaba muchísimo mejor desde la última vez y es que se notaba, con creces, como estaban haciendo efecto los medicamentos mágicos que le estaban dando. No sólo le dolía todo menos, sino que además ella misma se sentía con más fuerza pese a que se ha pasado todo el tiempo allí sentada. Después de lo que le había pasado por ir a hacer pis, no quería arriesgarse a que le pasase nada más, por muy cabezona y testaruda que fuese.

Buenas noches —le saludó, desviando la mirada a la varita de Abi, que se encontraba en medio de la habitación, ya que hace más o menos media hora se le había caído. —Está ahí porque no quería cometer la imprudencia de recoger un palo del suelo. —Ironizó con una ceja alzada, aludiendo al hecho que probablemente él recordase de hace tres días. —¿Sería tan amable, por favor? —le pidió, en relación con que se la diese.

Y no, Abigail no había sido nunca mujer de muchas palabras o que se interesase por la vida de los demás. De hecho, si lo pensábamos fríamente, ¿qué coño le importaba la vida de Einar Eidur Gudjohnsen, ese señor que le había sentado en la taza del váter? Nada. En realidad, dadas las circunstancias, ahora mismo prefería no saber nada más de él y simplemente hacer borrón y cuenta nueva cuando saliese de San Mungo. No obstante, dada su asqueroso aburrimiento y que ahora mismo aquel atractivo hombre era lo más interesante que había en la habitación (porque ya me dirás qué coño compite con un palo en el suelo y un puto libro de cocina), ni se lo pensó dos veces a la hora de sacar conversación.

En serio, qué impotente se sentía allí dentro, sin poder hacer nada.

¿Le toca hoy turno de noche? —Pregunta fácil, típica y jodidamente obvia. Pero entre que no era propio de Abi sacar conversaciones que no le importaban y que era una buena manera de comenzar un diálogo, se conformó con lo básico.
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Einar E. Gudjohnsen el Dom Feb 04, 2018 9:21 pm

A pesar de todos mis años de experiencia no podía calmar mis nervios, y mantener la calma en este momento era crucial. ¿Pero como vas a mantener la calma cuando tienes la manos en el abdomen de la ministra de magia? La cual se está desangrando a unos niveles alarmantes. Cogí una gran bocanada de aire y saqué aire lentamente. Vamos Einar, no es la ministra de magia. Es Abigail McDowell, una persona, una vida y se está muriendo.

- Necesito desinfectante y que le pongan más sangre - Grité un poco frenético a la enfermera que corría de allá para acá con todo el instrumental, ya que ni siquiera estábamos en un quirófano. - ¡Einar! Le está bajando la tensión arterial con mucha rapidez - Mierda... Necesito un poco más de tiempo. - Ella tiene que aguantar... solo un poco... pero tened adrenalina cerca tan solo por si acaso. - Las enfermeras poco mas podían hacer que revisar las constantes vitales y estar preparadas para cualquier mandato que les diera. Revisio. Conjuré sin mediar palabra para asegurarme de que no hubiera ninguna hemorragia interna antes de poner los puntos, con suerte todo estaba en orden tan solo se había vuelto abrir la herida tras un movimiento brusco. El problema era toda la sangre que había perdido en tan poco tiempo. - ¡Señor! Se acaba de desmayar. ¿Le suministro la adrenalina? - Dijo la enfermera desesperada. - No... No hará falta.- Sentencié, mientras que conjuraba el hechizo para cerrar la herida. Sutura pellis. - Pero... - Replicó la enfermera. - Confía en mi. Fíjate, las constantes ya se están regulando de nuevo. -No culpaba la histeria de mi enfermera, aunque quisiéramos no podíamos olvidar a quién estábamos tratando y lo que supondría no mantenerla en perfecto estado. - Buen trabajo, a partir de aquí me ocupare yo de ella. Tan solo limpiad esto antes de iros. - Todo había salido bien, no era una operación complicada, ni siquiera se le podía llamar como tal, pero todo los riesgos que conllevaba al estar en una zona con tantos órganos vitales complicaba aún más las cosas. Ahora tan solo queda esperar a que vuelva en sí.

Dos días después
San Mungo, habitación 442. 08:47 horas.

-¿Aún sigue por aquí Doctor Gudjohnsen?- Alcé la cabeza en dirección a la puerta y allí se encontraba Meredith la enfermera del turno de noche que ya se marchaba a casa para ceder el turno. - Sí, aún sigo por aquí. Me tiene preocupado. Ya debería de haber despertado. - Miré inconscientemente a la señora Ministra. - Las constantes vitales están bien, despertará cuando se encuentre mejor, el que acabará muerto serás tú como no descanses Einar. Te lo digo en serio. Nos vemos. - Meredith se despidió con la mano. Tenía razón... Si no era capaz de cuidarme a mi mismo, acabaría enfermo. Creo que podré dejarte sola por esta noche. Antes de salir de la sala, dejé claras explicaciones de qué hacer en caso de emergencia y darle una prioridad máxima. No podía dejar el hospital sin estar preocupado.

A la mañana siguiente

Me habían dicho que no podía acudir de nuevo al hospital hasta el turno de noche, para que así pudiera descansar. ¿Pero quién podría descansar si no podía parar de estar preocupado? ¿Y si le pasaba algo en mi ausencia? Lo único que conseguí con eso fue dormir como unas tres horas salteadas entre sudores y malas pesadillas. Esto es ridículo. Me voy al hospital.

Antes de entrar en la sala había pedido el historial de Abigail. La ministra había despertado ese mismo día y progresaba adecuadamente con el tratamiento y con la curación. Excelente. Y ahora es el momento que me siento como un idiota por haberme preocupado tanto sin necesidad. Otra vez. Caminé por la ruta de siempre. Recepción, sala del personal, café con dos de azúcar y por último la sala dónde se encontraba McDowell
. - Buenas noches, señorita McDowell. La veo animada ¿Me equivoco? - Sí. te equivocas, Einar. No, no está animada. Está mas aburrida que una vaca en un desierto. Solo le faltaba que le pusieran la vuelta ciclista muggle y la mataban sin anestesia. - Veo que por fin ha aprendido de sus errores señorita. - Digo mientras recojo la varita del suelo. - Veo que se encuentra mejor... - Me acerco mientras dejo la varita en la mesa auxiliar y me centro en mirar la pantalla con las constantes vitales. Estaba todo perfecto y se estaba recuperando de una forma asombrosa.

- Sí, hoy me toca turno de noche. Siento comunicarle que no podrá deshacerse de mi en toda la noche señorita McDowell, así que he pensado en que tenemos una larga noche juntos y deberíamos entretenernos con algo. - Ya que no puedo tratar con otros pacientes debido a su estatus social que me obliga a tratarla solo y exclusivamente a usted. Pensé interiormente cuando salia un momento a por una televisión muggle la cual transportábamos en un mueble con ruedas. Tecnología punta del 2018, vamos. Sonreí sin querer al ver la cara de estupefacción o de asco de Abigail, y es que no era para menos, entraba por la puerta con un armatroste del siglo 20, ni siquiera la televisión era plana. Debería pedir un poco de presupuesto para renovar el entretenimiento para los pacientes, pero en fin, esto era lo único que teníamos por el momento.

Puse la televisión en frente de la ministra y alcé las manos hacia ésta.
- ¡TADÁ! ¿Cansada de estar postrada en la cama como una momia? ¿Quiere hacer algo en este aburrido hospital pero no sabe cómo? ¿Y por qué demonios he puesto voz de teletienda barata? En fin... Para bien o para mal esto es lo único que tenemos para pasar el rato, con nuestro super DVD que solo tiene una película llamada, "Amor en tiempos de crisis" ¿En serio...? Bueno vamos a verla, seguro que trata de un alien en un universo inexplorado. ¿Fascinante verdad? ¿Estás emocionada? - Mis palabras no podían derrochar mas ironía mientras me dedicaba a arrastrar la silla al lado de la camilla de Abigail. - Esta va a ser la fiesta pijama más divertida de tu vida. Luego podemos hacer guerra de almohadas. - Miré de reojo a la señora ministra esperando a que el cuchillo afilado que tenía por lengua me atacara sin piedad. - Una pena que no tengamos palomitas. - Sonreí.
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Abigail T. McDowell el Mar Feb 06, 2018 2:16 pm

Pese a las circunstancias, no se había olvidado de que era la Ministra de Magia y que probablemente eso fuese un incentivo a que cualquier médico a cargo de ella se preocupase el doble—o el triple—en que la paciente en cuestión tuviese un cuidado excelente y una buena experiencia en San Mungo, sobre todo después de la exigencia que el nuevo gobierno tiene con respecto a cualquier piedra en el zapato que pueda resultar molestia. Y supongo que ningún profesional de San Mungo quiere que la Ministra de Magia considere al hospital mágico una molestia.

Cuando le confesó que iba a pasar toda la noche en su compañía, enarcó una ceja sorprendida. Cierto era que llevaba ya unos cuántos días durmiendo más que despierta, pero no recordaba que nunca nadie se hubiese pegado toda la noche a su lado. Quizás, simplemente, sí que ha estado y ella sólo ha estado durmiendo. Pero aún así le parecía todo un poco creepy, ¿qué necesidad había? Si había algún problema podía limitarse a apretar ese botoncito de urgencia.

¿En serio? ¿No se fía de mí y tiene que vigilarme toda la noche? —preguntó, sonando un tanto irónica.

En verdad, seré sincera: se estaba quejando porque en la personalidad base de Abigail McDowell ser quejica, irónica y antipática era lo más que resaltaba, pese a que ahora mismo y en su situación actual, tener otra compañía humana en una noche en la que tenía bien claro que le iba a costar dormir, no era del todo una mala idea. Pero no sé, ¿cuándo iban a poder entrar allí gente conocida? Hubiera sido mucho más gratificante compartir la noche con alguien conocido con el que no sientas que pierdes un poco el tiempo. Su asistente, Caleb... no sé, alguien con quién tuviese más confianza.

Einar salió de la habitación, pero apenas tardó cinco minutos en volver, acompañado de una televisión muggle que probablemente fuese más vieja que la propia Abigail. No sé si le hizo más gracia el hecho de que entrase con ese armatoste al interior de la habitación prometiendo super diversión, o el tono que utilizó para vendérselo.

Estoy en éxtasis —respondió, con un rostro cargado de indiferencia cuando recibió la pregunta de si estaba emocionada. Bufó entonces al escuchar lo de la guerra de almohadas. —Es todo un valiente, o más bien un inconsciente, trayendo una televisión muggle a la mujer que ha escrito las múltiples leyes contra los muggles y cualquier relación que se pueda tener con ellos. No obstante... —Se recolocó en la cama, irguiéndose un poco más. —No voy a pecar de hipócrita. Yo también tengo una televisión en casa, aunque tengo mejor repertorio de películas. ¿En serio me va a entretener con una historia de amor? —¿Amor, en serio? ¿Aquello era real? Porque parecía una jodida pesadilla. —Si tengo arcadas durante la película, le puedo asegurar de que no son por el tratamiento.

Era consciente de que cualquier otro médico o enfermera más cobarde ni se le hubiera ocurrido la idea de meter la televisión en su habitación, sin embargo, había sido una buena idea. Ya estaba harta de leer y de mirar a la nada buscando algún entretenimiento mental más que cagarse en los muertos de todos los fugitivos.

Una hora después

La película se resumía en la vida de un chico y una chica, en una especie de civilización de la edad media, que se enamoraban en medio de una guerra. Vamos, inesperado, ¿eh? Su título no revelaba absolutamente nada. Lo peor de todo es que era super predecible y Abi ahora mismo tenía ganas de auto-provocarse el vómito sólo para corroborar que saldría de color arco iris con tanta mierda cute, empalagosa y horrible que se veía reflejada en la televisión. En serio, no podía entender como dos personas podían llegar a ser tan horriblemente cariñosas. Daba vergüenza ajena. Además de que la personalidad de la chica le estaba sacando de quicio. Abigail odiaba con toda su alma a las personas débiles que tienen como obsesión ser la princesa en apuros de cualquier pobre desesperado.

¿Falta mucho? —preguntó, cual niño pequeño que va en el asiento trasero del coche y está cansado de mirar por la ventana. —¿Apostamos por el final? Voy a arriesgarme. Diré que al final todo sale bien, son felices y comen perdices. Y cuando vayan al baño, todas sus defecaciones tendrán color de arco iris y olerán a rosas, debido a lo asquerosamente perfecto que parece ser todo. —Ironizó con desprecio. —¿En serio me va a decir que en todo San Mungo no hay ninguna otra película? ¿De dónde han sacado esta? ¿Tenéis a alguien en el personal dedicado expresamente a grabar las películas malas de los domingos para así no gastar presupuesto en entretenimiento útil para los pacientes? —Continuó criticando, dejando de lado la recta final de la película que, obviamente, le importaba tres mierdas.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Einar E. Gudjohnsen el Lun Abr 02, 2018 9:42 pm

Debía admitir que molestar a la señora ministra en la medida de lo posible se había vuelto extremadamente divertido. Y es que ya habíamos roto esa barrera de la confianza, éramos como una pareja que ya se había tirado flatulencias en frente de la otra, una vez pasada la línea ya podías sentirte más liberal frente al otro. Aunque éste hecho no me hacía dejar de ser menos profesional, ella seguía siendo la ministra de magia, un mal movimiento y podría acabar en Azkaban en menos de que ella pestañea.

- Totalmente en serio. Ya hemos visto como se las gasta para ir al baño sola, no creo que tenga que exponer más pruebas para saber que te tengo que tener vigilada. - Se me escapó una media sonrisa mientras salía de la sala.

Pasados unos minutos entre con una televisión "un poco" vieja. Solo faltaba ponerle nombre. La reacción de McDowell fue más divertida de lo que esperaba. Por mis años de experiencia sé que los pacientes apreciaban salir con vida del hospital a toda costa, pero al ver a mi paciente estaba a punto de creer que vería el primer acto de suicidio frente a mis ojos. Si querían una total cara de asco o de estupefacción podría tomar una foto ahora mismo. Ésto solo hacía las cosas mucho más divertidas.
- ¡Esa es la actitud! - Tenía que controlar mis ganas de reír ante esta situación, pero se me estaba haciendo tremendamente complicado y eso que soy una persona que es difícil que la hagan reír. - ¿Quién soy yo para juzgar el material hospitalario disponible? A lo mejor la señora Ministra podría hacer algo para no tener que entretener a nuestros pacientes con algo tan banal. - A lo mejor hasta incluso podría hacer algunas mejoras o tener cierto reconocimiento por tener algunas donaciones anónimas desde el Ministerio de magia. ¿Quién sabe? - ¡Vamos! ¿Me va a decir que usted no ve películas románticas, y luego me dirá que le encanta las de acción y de miedo? Y yo aún creo que todas las curas son posibles, si rezamos tres padres nuestros y cuatro ave marías. No sabía que usted fuera tan graciosa señora ministra. - Seguía manteniendo en pie que tenía que tratarla con toda profesionalidad posible pero es que con ella, las formas, el trato ya ni siquiera pensaba en toda la responsabilidad que podía recaer sobre mi si a ella le pasara algo, o fuera al baño. - Tranquila, yo le agarraré el pelo cuando vomité, siempre a su servicio señora ministra. - Dije mientras apretaba play con el mando a distancia.

*** Una hora después ***

Mientras la película continuaba me levanté a chequear las constantes vitales de la paciente en el monitor. Todo estaba en orden, constantes vitales, presión, temperatura. Como era rutina lo anoté todo en el historial. Miré de reojo a la paciente y aún preservaba su cara de asco. - Como una media hora. - En verdad le quedaban como unos diez minutos pero con tal de verla resoplar cual caballo, merecía la pena. - ¿Ya la habías visto? Aunque se te ha olvidado la parte en el chico, el protagonista, invoca unos caballos de luz con la magia, esa parte es tremenda. - Sonrío. - Para serte sincero, tenemos un amplio repertorio de películas pero cogí la que estaba más a mano, y como esa ya estaba en el DVD fue la escogida. Si tienes alguna queja, quéjate al destino. - Dije divertido mientras seguía rellenando los papeles.

Escuché una musiquilla y fue entonces ahí cuando me percaté de que la película ya había acabado.
- No ha sido para tanto, ¡Y mira la has visto entera sin arcadas! Qué orgulloso estoy de ti. Como premio voy a traerte la cena, y quién sabe... a lo mejor te traigo un regalito. Espérame aquí... Bueno a donde irías si no. - Volví a sonreír, ¿Quién iba a decir que esta guardia iba a ser tan divertida?

Salí de la sala, aunque no tarde en regresar con dos bandejas recalentadas típicas de hospital, con un plátano y un yogur natural sin azúcar, aparte "el regalo de McDowell", básicamente eran todos los periódicos viejos que dejábamos simplemente para hacer crucigramas. Entré en la sala con aire portentoso deje la comida en frente de la ministra.
- Mira como sé que aún estas en éxtasis te he traído periódicos, esta vez del mundo mágico, para que nos entretengamos haciendo crucigramas. - Con aire victorioso me siento en el sofá encuentro una posición cómoda para comer, una vez termino miro a de reojo a mi paciente mientras empiezo con uno de los crucigramas. - Empieza por L... y tiene cuatro letras. ¿Se te ocurre algo McDowell? - Aunque ni siquiera me prestó atención ya que ella estaba ensimismada con su propio crucigrama, así que simplemente me centré en el mío y dejé que pasaran las horas hasta que terminara mi turno.
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