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Priv. || Pluckley, el pueblo embrujado

Ryan Goldstein el Mar Oct 10, 2017 5:57 pm

Recuerdo del primer mensaje :



Pluckley es considerado uno de los puntos de encuentro favorito para muggles aficionados de lo paranormal: fantasmas, monstruos, brujas, atraen a envalentonados cazafantasmas de todos los lugares, sólo por un terror que los emocione. ¿Pero qué pasaría si los sucesos de este pueblo embrujado se hicieran realidad?

Eso es lo que un grupo de niños, que de tan impacientes no pudieron esperarse hasta Halloween, está por descubrir en los aterradores bosques de los alrededores. Pero, ¿has oído eso?, ¿y cómo es que esa luz se enciende cuando no hay nadie en casa? Abraza a tu hijo, madre, porque podría jamás regresar, ¡no lo pierdas!

Temed, enemigos del heredero.

Por supuesto que, las fechas cercanas a Halloween, sólo prometían una cosa: que, sin saberlo, los muggles serían víctimas de las burlas sanguinarias de magos sin escrúpulos. O algo todavía más terrible, ¿un experimento?, ¿puede que las cosas que creaban en Azkaban tuvieran su probada de libertad en ese pequeña villa inglesa?, ¿y si un grupo de mortífagos viciados de alcohol hallaban divertido que sean los brujos esta vez los que persigan a los muggles y los quemen en la hoguera, jugando primero con ellos como hienas con sus aterradas presas?

Todo podía suceder en Pluckley.

***

Americano como era, él iba derechito al punto de la cuestión, sin rodeos existenciales o metafóricos, no, ¡él atacaba!, directo a la yugular, como en ese momento, que se mandó la hamburguesa a la boca abierta, boca grande, boca hambrienta, ¡con toda esa mostaza! Espérate, espérate, ¿te has fijado lo que le ha puesto? No, más bien, ¿lo que NO le ha puesto? ¡Si el sanwichito que se ha hecho ni respira entre tantas salsas, tomates, huevo, papas, queso, ¿esos son pepinos?! Ah, sí que le gustaba COMPLETA, porque hasta tenía como tres, cuatro pisos. ¡Ah, claro!, ¡porque en ese local te las hacían a tamaño personalizado! Sí que esa era una HAMBURGUESA. Y es que Ryan Goldstein era un hombre de buen apetito. Aunque de cocinar, cero. Por eso, dependía de la comida chatarra —no, no es que tuviera que ser así, es que a él le gustaba que fuera así, ¡de tan malacostumbrado que estaba!— o de cualquier cosa que ya viniera cocinado, porque de caer crudo en sus manos, él haría puro carbón.

Otra de las curiosidades del hombre además de su afición por los extra-size, era que no le gustaba comer solo. Realmente. Le hacía sentirse solitario, tristón. Imagínatelo, allí, al rubiales, sentado a la mesa de un local, solito como perro abandonado, mirando a los lados, contemplando a su alrededor a los rostros complacidos y en compañía que disfrutaban de una buena comida sentados en las demás mesas. ¿No te daría pena? Allí, con las dos manos en su hamburguesa y la boca abierta, lanzando tímidamente miradas de reojo, y sonriéndose al comprobar que alguien estaba siendo honestamente feliz tan sólo a un metro, por un chiste, por algún comentario, porque en fin, tenía alguien con quien hablar, con quien compartir.

Bueno, pero bórrate la imagen de la cabeza, porque cuando Ryan tenía una oportunidad, se arrimaba hasta con los desconocidos, sólo por un buen rato de compañía, tal como hacía durante sus peripecias cada vez que se iba a patear mundo. Y, qué se le va a hacer, como era un viajero, muchas veces se había visto en la situación de tener que comer en la ruta, sin nadie a kilómetros, o porque bueno, era difícil a veces arreglártelas para comer con alguien, especialmente si estabas soltero y en un país extranjero en el que no conocías a nadie, ¡pero él se las ingeniaba de todas formas! Fíjate que una de las cosas que le encantaba, era comer en el refugio, rodeado de gente amena, o, si no, aprovechaba toda oportunidad para invitarte a comer a algún sitio de afuera. Ey, que no era una cita, aunque algunos y algunas podían sobreentenderlo de esa manera, porque sus sonrisas encantadoras engañaban aunque él fuera algo ingenuo al respecto, o eso te hacía creer. ¡Es que fíjate que era tan simpático cuando se te acercaba!

Pero en fin, ese día no estaba solo.

—Tomo mi escoba, y nos vamos. Estamos a una hora, menos—Ryan se frotó las manos (¡señal de que estaba listo para la acción!) y se pasó una servilleta por la boca, habiendo hecho a un lado su plato. Si te fijabas, el hombre tenía destellos de modales bastante refinados para alguien que, normalmente, tiene el aspecto casual y urbano de un hombre de carretera. La miró, y pareció prestar atención en algo—Tienes algo aquí—indicó, con mucho tacto, llevándose un dedo a la cara, exactamente en la comisura de los labios—No, no, no te lo has quitado del todo. Más bien, lo esparciste. Ahora lo tienes todo aquí...—Rió—Sí, así estás perfecta—Se levantó, pero le dirigió una mirada curiosa, con una pizca de desafío en esos ojos azules—¿Qué tan buena eres en una carrera?

En escoba, por supuesto.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Fiona T. Shadows el Jue Dic 14, 2017 5:14 pm

Aquel objeto se asemejaba a la brújula del Capitán Jack Sparrow con la diferencia de mostrar el camino a la magia oscura en lugar de aquello que uno más desea. Pues a fin de cuentas aquellos magos tenebrosos buscaban con todo su anhelo un objeto embrujado. Un objeto que en su interior portaba antiguas maldiciones que ni ellos lograban a comprender. Detalles que para los magos pueden pasar desapercibidos pero no para aquel que los conoce como la palma de su propia mano. Para los que trabajaban para el Archivo. Y, gracias a Ryan, en parte ahora también Fiona.

- En formación. – Indicó el hombre que tomó la voz cantante en todo aquel asunto. Frenó en seco y se volteó con la varita entre sus dedos, delgados y huesudos, como si fuese un esqueleto. – Quiero dos hombres en la entrada. – Señaló a los más rezagados. – No permitáis que nadie entre ni salga de la casa. ¿Ha quedado claro?

- Si pero…

- Nada de peros. Lord Voldemort me ha nombrado a mí como líder de esta misión y no hay peros que valgan.

- Si pero…

- ¡Dije que nada de peros! – Incluso su varita vibró en su mano emitiendo un brillo rojizo en su punta que hizo que todos lo miraran asustados, como si se temieran lo peor del ahora líder de la cuadrilla.

- ¡Randy! – Gritó el que portaba la caja entre sus manos, señalando con el dedo en dirección a la vivienda.

Randy se giró, casi boquiabierto por lo que acababa de ver.

- Debemos darnos prisa. No permitiré que ningún idiota nos quite lo que es nuestro. No después de todo este tiempo. – La varita se elevó en su mano derecha y lo mismo hicieron el resto de los Mortífagos que lo seguían bien de cerca. Acortaron la distancia que separaba la arboleda de la vivienda y los hechizos comenzaron a salir en dirección a la puerta de entrada, donde dos figuras intentaba abrirse paso al interior de la vivienda.

* * *

- Apártese. – Fiona obligó a la mujer a quitarse de la entrada y casi tiró del brazo de Ryan para obligarlo al entrar. – Vienen a por el libro. – Sentenció la castaña diciendo lo evidente.

Sus dos manos se alzaron incluyendo su propia varita y comenzó a utilizar magia no verbal para encargarse de la seguridad de la casa dificultando así la entrada de los Mortífagos que comenzaban a acercarse a toda velocidad hacia la casa. Sus varitas disparaban hechizos en dirección a la vivienda sin importar cuál fuese el daño que causaran. Ellos sólo necesitaban llevarse el libro, no importaba que el resto de la casa se quemase hasta convertirse en cenizas.

- Esto los retendrá. – Dijo la castaña girando sobre sí misma ante la atenta mirada de la mujer que les había abierto la puerta.

- ¿Qué demonios ha sido eso? – Preguntó la mujer perdida en sus propios pensamientos.

La puerta de la cocina se abrió y de ella salió un hombre cuyo pelo parecía haber comenzado a perderse no mucho tiempo atrás, mostrando una calvicie incipiente. Llevaba el periódico en la mano y tabaco de liar en la otra, las gafas de leer apoyadas sobre el puente de la nariz y una cara de no saber dónde se había metido.

- ¿A qué viene todo este ruido? – Preguntó conmocionado mirando en ambas direcciones. - ¿Y estos dos quiénes son? – Atinó a preguntar nuevamente más perdido que un pulpo en un garaje.

- Yo… Yo… - La mujer titubeó sin saber cómo dar una respuesta acertada. Pero no había tiempo y de haberlo, ellos no lo tenían.

Una explosión en la entrada y un grito demostró que los Mortífagos que pisaban sus talones tenían algo que llevarse en aquella casa.

- Toc, toc, ¿Hay alguien en casa? – Preguntó el hombre de dedos huesudos desde la zona más cercana posible, pues no había que ser muy listo para saber que, de acercarse más de la cuenta lo que acabaría por convertirse en cenizas sería su propio cuerpo.

- No salgan de aquí. Encerraos en una habitación y  no salgáis de ahí bajo ningún concepto.

- Pero mi hijo…

- Mami, ¿Qué pasa? – Una niña se sumó al espectáculo pero rápidamente fue cogida en brazos por su madre.

- ¿Dónde está?

- Al fondo, con su abuelo. Está muy enfermo, no puede salir de la cama. No puedo dejarle ahí solo, no pueden… Tengo que ir con mi pequeño. – La mujer intentó avanzar pero las explosiones a la entrada de la casa le hicieron frenar en seco.

- ¡Escondeos! – Gritó Fiona molesta al ver que ninguno de los tres parecía querer tomar la decisión de hacerlo. Sin siquiera ver si lo hacían avanzó en dirección a la habitación donde el niño y el abuelo seguían leyendo sin enterarse de nada de lo que sucedía en el exterior. Pues, cuando se comenzaba a leer aquel libro, es como si el resto no existiese.
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Ryan Goldstein el Sáb Ene 06, 2018 3:04 pm

La salvajada de conjuros que impactaron contra ellos daba a entender, a las claras, que toda suerte de negociación sería imposible. No importa qué prometieran esos asesinos del otro lado del cerco mágico, era evidente que tenían un solo objetivo que deseaban a cualquier costo, y el líder de la cuadrilla estaría en ese mismo momento pergeñando dentro de su cabeza para solucionar cómo sorprenderlos por la espalda.

Ryan había servido de apoyo a la hora de levantar una barricada de defensa, y ahora trataba de abordar a una familia pavorosa y confundida. Por un lado, tenían una cuadrilla de asesinos. Y por el otro, un alud de preguntas. Fiona metía prisa a la situación —porque dicho sea, el tiempo no les sobraba—, pero eso de que te invadan el pórtico a estallidos y se infiltren en tu casa como un vendaval de mal agüero era, como mínimo, inverosímil.

¿Qué mejor, entonces, que una explicación de primer grado?

—Hay gente mala afuera—Ryan señaló con la palma abierta en dirección a la puerta. Tenía la calma y la compresión de alguien que habla con el tono seguro y convincente que a la gente le gusta oír en esos instantes en que lo rápido de las circunstancias hace que se te crucen los cables hasta el punto de no saber ni cómo te llamas. Eso no impidió que lo miraran extrañados, con la punta de la lengua a punto de una queja—, que viene a matarlos. A todos ustedes. Nosotros estamos aquí para ayudar.

Una manzana, dos manzanas, tres…

—¿Qué?, ¿matar…?—El señor de las gafas, que parecía haber venido de una siesta para despertar en una pesadilla, lo miró desencajado de turbación— ¿Y quién demonios es usted?

—Soy un bibliotecario—dijo, completamente serio— ¡Todo saldrá bien! ¡Hagan como ella dice! —dicho lo cual, los ataques crecieron en intensidad y Ryan, olvidando todo intento de diálogo, se encargó de esconderlos por su cuenta, utilizando un curioso hechizo que hizo conjurar un cuadro. Y antes de que la familia al completo pudiera asombrarse, ¡abracadabra!, el rubiales los introdujo en el lienzo, ahora ocupado por las caras atónitas y congeladas en el tiempo de la familia. Seguidamente, colocó el cuadro en un lugar escondido de la casa, y cuando se preparó para trazar mágicamente un repello inimicum, ¡PUM! Los muebles empezaron a volar, trozos de ventana estallaban en el viento, y a Ryan Goldstein se le ocurrió que podía ser muy buena idea encararlos, porque todo era cuestión de matemáticas (una manzana, dos manzanas), y mientras él retrocediera al pasillo (lo suficientemente estrecho como para contener a los atacantes él solo) tendría toda la ventaja que pudiera necesitar. Eso, según sus propios cálculos. Y de forma que pudiera ser oído a los gritos, comunicó—: ¡Fiona, llévatelos!, ¡lejos de aquí!

Eso era fácil de decir, especialmente cuando no se hacía una idea de qué situación tenía que enfrentar su compañera.

*

—¡Ayúdelo!, ¡ayu…!—El abuelo se ahogaba, por la forma en que se llevaba la mano al cuello. Boqueaba, intentando atrapar el aire y entrarlo a sus pulmones. Yacía en el suelo, debatiéndose en un estado de asfixia y señalaba a su nieto, que convulsionaba violentamente en la cama—¡Por favor!

No estaban solos. La habitación había sido invadida por una densa oscuridad con forma y consciencia propia, que se había instalado por encima de la cama, extendiéndose como una mancha viva y amenazante. El frío se te impregnaba en la piel como un vaho de espanto y los ataques directos contra esa cosa la excitaban al punto que podían oírse su chillido que te atravesaba el nervio con una sensación escalofriante. Esa ‘cosa’, ‘La Sombra’, se resistía. Y le estaba haciendo algo al muchacho sobre el que se cernía como una pesadilla, algo en lo que ponía toda su intención. Había entrado por la ventana, habiendo sido refrenada en una primera instancia por los escudos protectores que rodeaban la casa, pero que penetró igualmente, provocando una fisura que facilitó a la cuadrilla colarse a un tiempo.


psss:


¡Hola, hermosa! :3 ¡Te extrañaba un montón! :pika:

Te comento, sobre el conjuro del cuadro. Supuestamente es este:

Imago habitu: Conjura un cuadro de modo que, cuando un mago lo toca, entra él y queda congelado en el tiempo y sin varita durante tanto tiempo como el conjurador haya determinado previamente.

Aunque, creo que la mía vendría ser una versión adaptada.  <:
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Fiona T. Shadows el Dom Ene 07, 2018 1:48 pm

Fiona no era alguien con paciencia. Jamás lo había sido. Más bien era un nudo de nervios que estallaban de un lado a otro y que hacían que, todo el que estuviese a su alrededor, lo supiese y sintiese en sus propias carnes. Porque no era del tipo de persona que se mantenía en silencio cuando estaba nerviosa sino de esas personas que parecen un maldito huracán por donde van pasando, llevándose todo a su paso sin siquiera ser conscientes de que lo están haciendo. Pero, en aquel momento, era plenamente consciente. El tiempo apremiaba y golpeaba la puerta en forma de explosiones que, sino se daban prisa, acabarían por estallarles en toda la cara. Y no precisamente de una manera metafórica sino de una tal literal que ni San Mungo les salvaría de la horda de Mortífagos que llamaba a la puerta como si de testigos de Jehova se tratase.

- Muy elocuente. – Dijo Fiona mientras cerraba la puerta tras de sí y se encargaba de duplicar los hechizos que ya había conjurado en el exterior de la casa haciendo que así el trabajo de los Mortífagos fuese el doble en el caso de ser capaces de tirar todas las defensas que ya había algo en el exterior. Algo que, tarde o temprano, acabaría por suceder. Y Fiona no dudaba que fuese más bien temprano que tarde.

No tuvo tiempo de decirle nada a Ryan. Ni siquiera de preguntarle qué demonios hacía cuando su varita se elevó y la familia al completo desapareció ante los ojos de ambos.

- ¿Qué cojon…? -Pero la pregunta se quedó en el aire. No sólo porque Ryan había salido a todo correr de la habitación sin darle tiempo a Fiona para preguntarse qué estaba sucediendo o cómo se le ocurría meter a una familia en el interior de un cuadro, sino también porque los Mortífagos acababan de hacerse paso por la primera barrera y, la segunda, ya de poco servía teniendo en cuenta que Ryan había salido corriendo de su interior.

Ahora su misión era la de sacar de allí aquel cuadro, de poner a buen recaudo a aquella familia antes de que los Mortífagos diesen con ellos. Ya ni siquiera pensaba en ese monstruo de cuento del que el bibliotecario hablaba. Ni siquiera en la posibilidad de que algo tan sacado de la ciencia ficción pudiese tener cabida en su propio mundo.

Y simplemente corrió.

Salió por la misma puerta por la que Ryan lo había hecho pero, en lugar de tomar el camino central torció a la izquierda por puro instinto. Pudo sentir cómo el suelo temblaba bajo sus pies a causa de la explosión que acababa de derribar la puerta delantera y se zafó de una explosión tras otra que ni siquiera buscaban darla a ella. Tan sólo eran explosiones que, los Mortífagos, lanzaban de un lado a otro con el fin de sembrar el caso.

- Alto, tenemos que dar con el libro, no destruirlo. – Dijo uno de los Mortífagos elevando la mano impidiendo así que el resto siguiesen lanzando hechizos a diestra y siniestra sin siquiera pensar dónde estaban lanzando sus hechizos.

- ¿Qué pasa con el portador?

- Por ahora lo necesitamos con vida. – Hizo una breve pausa y una sonrisa ladina ocupó sus labios. La maldad podía percibirse. – Podéis acabar con los demás.

La conversación llegó a los oídos de Fiona que, bajaba las escaleras en dirección al sótano tras haber hechizado sus pies para que no hiciesen ningún ruido. Aunque las explosiones y voces de los Mortífagos ya hacían suficiente para acallar los pasos de la castaña.

Intentó desaparecerse pero ya alguien se había encargado en el piso superior de hacer de esto un imposible por lo que no tuvo más remedio que buscar una salida secundaria. Una pequeña puerta en la madera del subsuelo por la que poder salir al bosque. Apenas había avanzado cinco metros con los pies clavados en la nieve cuando un hechizo bajo sus pies hizo que saliese despedida por los aires.

- ¿Dónde están los demás? – Gritó el mortífago sin saber a quién se enfrentaba. Más bien consideraba que Fiona no era más que una muggle que vivía en aquella casa.

La varita de la castaña se elevó y la maldición asesina impactó en el pecho del hombre. Fiona no lo pensó siquiera a la hora de seguir corriendo y desaparecerse de aquel lugar en cuanto tuvo oportunidad, dejando el cuadro en la entrada del refugio sin dar explicaciones a nadie para, acto seguido, volver a donde se encontraban en busca de Ryan.
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Ryan Goldstein el Jue Ene 11, 2018 2:40 pm


—¿¡Por qué no matarlo!?—escupió uno de sus secuaces, con tal bronca que su varita soltó chispas rojas. Ryan era el centro de atención, allí, en el piso, de rodillas, en medio del desastre que, sólo unos momentos antes, había sido un hogar decente. Tenía las manos atadas detrás de la espalda. Y sus ojos, ojos refulgentes y fríos, se volcaban de lleno en el jefe de la misión, horrorosa misión, que le devolvía la mirada, sonriéndose con sorna.

—Porque, ¿escuchas esos gritos? —En efecto, de arriba les llegaban los alaridos de dos de los hombres que habían subido por el portador, pero que habían resultado ser las víctimas accidentales de lo que sea que era esa criatura de cuento de terror. No habían calculado que se la cruzarían de camino hasta su presa, y tan pronto como se dieron cuenta de su error, los papeles de la presa y el cazador cambiaron. Esos alaridos eran el mismo motivo por el cual el otro, Gregory, un sudoroso y nervioso Gregory, estaba fuera de sí: tenía miedo y no entendía nada de lo que estaba pasando, lo que sólo incrementaba su ansiedad. Randy, por su parte, se había instalado en la sala, montando un escenario curioso: la caja que llevara consigo sobre una silla, y alrededor de esta, runas inscriptas en el suelo formando un círculo que había trazado con su varita. Se lo notaba muy tranquilo, en contraste—A él le afectan más de lo que demuestra. Son los gritos del fracaso. Usted ha fracasado, mi amigo. No pudo tomar lo que venía a buscar. Pero nosotros en cambio. Yo. Hemos dado exactamente con lo que queríamos. Y algo más. ¿No es eso maravilloso?

De pie, plantado frente a su rehén, Randy se tocó las muñecas, pensativo mientras ladeaba ligeramente el rostro demacrado y pálido como la muerte. Era un hombre que provocaba escalofríos. ¿Qué esperaba? A que los gritos acabaran. Eso sería pronto. Y él era un hombre paciente.

—Además. Hacía tiempo que no veía a un bibliotecario—comentó, distraído. Gregory no le prestaba atención, miraba hacia el techo con ojos enrojecidos, intranquilo. La situación lo torturaba. No porque el resto de los que venían con él le importaran algo, sino porque pensaba, y este pensamiento lo hacía infinitamente desgraciado, que él pudo haber sido uno de ellos—. ¿No es así, Golgomatch?, ¿cuándo fue la última vez? En ese tiempo, era el chico nuevo de la biblioteca, hace unos años. Justo en el tiempo que a mí me echaban de mi cargo. Pero espero que no me haya olvidado tan pronto.  ¿Sabe? Estaba bien con el empleo. Mal pago, por cierto. Pero estaba bien, hasta que surgieron algunos “problemas”— El hombre, de tan paciente, tomó una silla con el respaldo roto y tomó asiento. Miró a Ryan, por encima de sus piernas cruzadas. Las muñecas, huesudas que tenía, mostraban las marcas de un maleficio punzante—. “Prácticas deshonrosas”, de eso es lo que me culparon. No les guardo resentimiento. De hecho, me preguntaba, ¿cómo es que fueron tan idiotas de no descubrirlo antes? ¡Lo mucho que me habré reído! Un día llega la noticia de que ciertos artefactos habían sido reemplazados por falsos y robados de la biblioteca. Les tomó su tiempo darse cuenta. Y dicen que tienen seguridad allí dentro. ¿Sabe? Casi me entregaba mucho antes sólo por ver sus caras de pasmo. Eventualmente, me descubrieron. Y tuvieron la impertinencia, esos estúpidos buenos para nada, de querer tomar lo que era mío. Mis memorias. Mi colección. Les estoy agradecido, a pesar de lo que hicieron con muchas de mis memorias. ¿No le enoja, amigo? Que luego de toda una vida de servicio, ¡tomen tu vida!, ¡toda su vida! Sólo con un movimiento de la varita. Hubiera sido más amable, matarme. Pero lo que me hicieron, ¡eso es imperdonable! Por suerte, había tomado precauciones. Mis contactos me salvaron del olvido total. Pero. Hay muchas partes de mi vida que están en blanco. Es como sentir que algo te molesta, pero darte la vuelta y no ver nada allí, donde antes había algo, algo que realmente importaba. Me costó mucho recomponerme de eso. Y todavía busco pedazos de mi vida, que sé, que están ahí, desperdigaos en muchos lugares, y no me importa qué tenga hacer para tomarlos. Se lo cuento, señor Golgomatch, porque sé que usted me entiende. Y para que me eche un buen vistazo. Porque este que soy yo, podría ser usted cuando El Archivo se deshaga de usted, sólo por encontrarlo algo, ‘deshonroso’ según sus criterios (sumamente hipócritas, además). ¿Está usted seguro, por ejemplo, de quién será usted por la mañana, si le borran su pasado? Puede ser desesperante, créame. Oh, pero yo tuve suerte. Porque conocí al Señor Tenebroso, y él me ayudó. Y ahora puedo hacer lo que hago mejor: coleccionar. Ahora, mis colecciones son para alguien que entiende lo valiosas que son. Ya sabes lo que dicen: no hay mal que por bien no venga.

El silencio, se hizo el silencio. Entonces, la piel de Gregory acabó por helarse del terror y casi tembló cuando sintió que, de pronto, Randy movía la silla y se encaminaba a la caja. La abrió, con mucho cuidado. Y lo siguiente, fue sentir cómo se arrastraba una tormenta desde el piso de arriba, y luego ver precipitarse escaleras abajo una presencia oscura y fría de naturaleza expansiva como el vapor, y lo que es más, asesina. Gregory chilló, a lo que Randy gritó: “Cállate, estúpido”. Ryan sintió cómo la habitación era invadida por la oscuridad y cómo esta se resistía, arañando las paredes y todo lo que encontrara a su paso, hasta que absorbida por la cavidad de la caja abierta, cedió a la fuerza de atracción que la magia ejercía sobre ella, y fue empequeñeciendo hasta derramarse por completo dentro de la caja. Esta se cerró sola, y los temblores y los susurros desaparecieron. Sólo Gregory se derrumbó de culo en un rincón, asustado por el shock del momento que le había atravesado la piel como un presentimiento de vértigo. Estaba consciente, pero soltaba el aire con fuerza, intentando recuperar el aliento.

—Bueno, señor Golgomatch, ¿o Goldstein debería decir?—Randy sacó su varita, jugueteando con ella en su mano—Será rápido, ¡eso se lo prometo! Y ya no tendrá que preocuparse de nada. Ni de su pasado, ni de su futuro. ¡Avada ke-…!
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Fiona T. Shadows el Sáb Ene 13, 2018 12:09 pm

La explosión sacudió los cimientos de la casa haciendo que los presentes temblasen. Algunos se dieron de bruces contra el suelo mientras que otros intentaron agarrarse a lo que quedase a su alcance para no acabar por probar a qué sabía el parqué de madera que los dueños habían instalado apenas tres semanas antes del fatal incidente que derribó su casa centímetro por centímetro. El suelo tembló y aquello fue lo de menos. Pues el sonido ensordecedor hizo que un pitido impertinente se clavase en sus oídos y no les dejase pensar en nada en absoluto. Aquel pitido que calaba tanto en sus adentros que parecía que jamás se iría de sus cabezas.

- ¿Qué ha sido eso? – Randy miró a sus secuaces como si alguno de ellos fuese capaz de encontrar la respuesta a lo que parecía un acertijo imposible. - ¡He dicho que qué ha sido eso! – Bramó enfurecido.  

Su varita ya no estaba en alto y su interés había dejado de centrarse en Ryan Goldstein cuando la explosión tuvo lugar. Un proyectil se situó en mitad de la sala atrayendo todo lo que se encontraba a su alrededor. Desde el más grande de los muebles hasta la lámpara mejor anclada al techo que, rompió sus sujeciones para estrellarse contra el punto gravitacional que había aparecido en la sala. Los sillones se elevaban y arrastraban todo a su paso para poder llegar hasta tal punto. Incluso la caja con runas se había elevado aún con las manos de Randy aferrándose a esta con fuerza, haciendo que sus pies se arrastrasen por el suelo de la presión ejercida por la magia.

Los magos, con mayor conciencia de las capacidades del hechizo, intentaron alejarse lo máximo posible para no ser atraídos por aquel punto. Pero la distracción ya era tal que, cuando la siguiente explosión golpeó la habitación, ya todos los Mortífagos estaban fuera de sí como para pensar que debían alejarse del segundo foco explosivo.

* * *

Miró por la ventana lo que sucedía. Y no le importó nada en absoluto aquel estúpido relato que aquel Mortífago debía narrar como si fuese el villano de cualquier película de Hollywood. Necesitaba contar su plan malvado antes de que este saliese mal por la pérdida de tiempo que él mismo había causado. Necesitaba explicar sus razones, su historia. Hacer sentir al protagonista cierta empatía hacia su persona.

Pero a Fiona no le importaba nada en absoluto. Lo único en lo que pensaba era en sacar a Ryan vivo de una sola pieza y no en miles de pedazos. Tampoco como un cuerpo inerte sin posibilidad de volver a dar una bocanada de oxígeno hasta el final de los días.

Había cientos de artefactos que los muggles poseían que podían darles ventaja sobre los magos. Y luego había otros que los magos habían tomado como ejemplo a seguir para crear los suyos propios. A su juicio mucho más útiles y mejorados. Una nueva versión mejorada de lo que seres sin magia habían sido capaces de crear.

Eran verdes, pringosos y similar a la plastilina. No muy agradables al olfato, pero útiles en caso de necesidad como aquella. Era como dejar una enorme masa de chicle de color verdoso en el suelo, alrededor de la casa. En las paredes situadas al lado del comedor antes de, con ayuda de su varita, prender una mecha que hizo que comenzase la explosión. Un estallido tras otro hasta llegar a cinco que hicieron que el humo apareciese sobre el tejado de la vivienda. La pared tembló e incluso una raja apareció en la pared de piedra. El suficiente entretenimiento para colarse por la puerta principal y lanzar varios proyectiles del hechizo Centrum Gravitas al interior de la vivienda.

Se apareció al lado de Ryan y se desapareció a la misma velocidad, apareciendo en el exterior de la casa antes de que la siguiente explosión – esta vez provocada por aquella masa verde viscosa – tuviese lugar. Un nuevo pitido taladraba sus oídos mientras deshacía con ayuda de su varita las ataduras que impedían a Ryan moverse con total libertad.

- ¿Tienes la caja? – Preguntó Fiona dando por hecho que había encontrado el modo de hacerse con ella aunque aquello parecía un imposible.

Lo que solo significaba una cosa: debían entrar entre las llamas y hacerse con la caja. Y con lo que hubiese ahí dentro.

- Hay que sacar al niño y al abuelo. – Añadió la castaña, quien aún no había tenido la oportunidad de subir hasta el piso de arriba. Aparecerse en un lugar que no había visto no sólo era peligroso, sino que teniendo en cuenta todo lo que había en la parte baja de la casa podía ser hasta un suicidio.
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Ryan Goldstein el Dom Ene 14, 2018 11:50 am

¿La caja? Ryan se impacientaba, inquieto por ser libre al fin. Fue nada más sentir que las cuerdas aflojaban que se las sacudió de encima, con todo su atención puesta en la ventana del que, imaginaba, sería el cuarto del niño. Momentos antes, tan sólo unos momentos antes, la mentada caja había sido chupada por la succión del conjuro de Fiona cuando él, tan temerario, tan rudamente, tan inconsciente, se había arrojado contra el malvado de la película quien, preso del enfado, soltó un alarido cargado de rencor cuando vio cómo una pieza de su preciada colección se le escapaba de las manos, al tiempo que el culpable desaparecía delante de sus narices. Justo a tiempo, porque cuando la caja fue aspirada por el remolino de gravedad, sucedió una implosión y brazos de oscuridad crecieron de la nada, alcanzando a todos los mortífagos y envolviéndolos en una oscuridad asesina, para luego ser succionada del todo, sin dejar a nadie vivo para que lo contara.  

—¡Gracias!, ¡el chico, Fiona!—fue lo único que atinó a decir, luego de escupir la varita de su boca (la había tomado del suelo, al caérsele a su captor) antes de salir disparado en dirección a la casa, de nuevo. Sin embargo, ahora, con las llamas y la tragedia, los muggles que vivían cuesta arriba se darían cuenta de que algo sucedía, percibiendo el humo como indicio de algo terrible.

Entonces, de un ascendio, Ryan Goldstein acabó por los aires, muy encima del suelo, casi tocando la ventana, cuando se dio contra una rama, tropezó en el aire enredándose con la falta de equilibrio y volvió al suelo, pero cayendo todos esos metros y dándose de lleno en la cabeza, que estalló en sangre y sesos desparramados. Y murió. Y así, venció a la maldición.

***
El abuelo despertó, agitado. Tardó en reparar que no estaba en la habitación de su nieto. Hasta que no llegó la enfermera, no dejó de repetir: ¡AYUDA!, ¡AYUDENLO!, con la voz ahogada y el grito de espanto en el corazón, haciendo eco por debajo de su piel arrugada, tocada por el tiempo. Tiempo que su nieto no tenía.

Lo tranquilizaron, pasado el rato. El hombre quería saber qué había pasado. La mujer que había ido a socorrerlo se entristeció de pronto, con la mirada dura y apenada, esa mirada de quien está acostumbrado a dar malas noticias. “Lo siento mucho. El pequeño no sobrevivió”. No hizo falta agregar nada más. El hombre rompió en llanto. Soltó vivas exclamaciones interrumpidas por sus sollozos, pero sin siquiera darse cuenta de lo que decía. Era momento de la pena. Y esta lo invadía, por completo. Sólo después pudo reencontrarse con el resto de su familia, estos sí, ilesos.

***

Ryan se había arrojado, dispuesto a atravesarlo todo para llegar hasta el cuarto del hijo de los Johnson. Para eso hubo de atravesar el incendio. Lo que encontró fue un anciano inconsciente en el suelo. El niño estaba muerto. No había sobrevivido a los monstruos de los cuentos de terror. Días después, aparecería la noticia en la prensa muggle. Falsa, por cierto. En otro lugar, otro momento, Ryan Goldstein le llegaría una lechuza recriminándole por haber perdido un artefacto. Eran muy exigentes con eso, de no estropear las misiones, misiones que en nada tenían que ver con salvar la vida de niños o rescatar a ancianos moribundos del fuego, sino de tomar posesión de lo que “le pertenecía a la biblioteca”.

***

Te tocan el hombro. Te das vuelta, pero, ¡ah, un divertido!, mira tú, no había nadie donde se suponía que tenías que encontrar una cara (habiéndote volteado con esa idea, de que sería un rostro familiar). Que truco más usado. No todos caían, sin embargo. Ryan, siempre.

—¡Hola!, ¿cómo estás?—saludó, sonriente. Tenía eso, de ser tan simpático. Incluso a prueba de balas. Te daban ganas de borrarle la sonrisa y todo—Me debes algo, ¿sabes?—¿qué? Y agregó—: Una carrera en escoba*.








psss:
JEJEJE Ya sé. Qué manía de matar la mía. Pero no podía dejar a los mortis vivos y que develaran lo que pasó, o a quiénes vieron. En eso estaremos de acuerdo, al menos (?)

* Porque en el primer post, él quería al pueblito en escoba (?) y ---->

—¿Bromeas? Si me subo a una escoba ahora mismo la absorbo con la vagina.

:pika:

Y sí, podríamos ver de ir cerrando. ¿Quién sabe? (?)
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