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Planes imprudentes con salsa de soja [Priv. Steven Bennington]

Laith Gauthier el Miér Oct 11, 2017 3:22 am

Recuerdo del primer mensaje :

15 de septiembre.
21:47pm.
Pocas veces había odiado a Steven como lo odió toda esa semana, y eso que Laith no era alguien que odiase con mucha frecuencia. A último segundo incluso creyó que podría simplemente olvidarse de su pedido, cambiar de número y mudarse, pero más temprano que tarde supo que era una peor idea que la que ya de por sí tenía. Al final había acabado cumpliendo con diligencia la petición que se le había hecho, aprovechó incluso de encontrarse con viejos amigos con su inusual e inesperada visita, pero al final todo había salido bien. Cuatro días después de que Steven se lo pidió, había cumplido con el encargo.

No volvió sino dos días después, pasó unos cuantos sin contactar con el fugitivo otra vez para, como dijo, agradecerle con comida y hablar sobre el asunto. También tenía el cabello que le había pedido, suponía que para abastecerse de multijugos por si no conseguía imitar bien su rostro. Salió a las ocho de la noche de un turno diurno, donde le escribió un mensaje al fugitivo citándolo en un buffet de sushi dentro de un rato para aprovechar a caer por su departamento. Tenía los cabellos guardados dentro de una bolsa con cierre, dándose cuenta de lo mórbido que resultaba tener el cabello de un muerto en su departamento. Iba a volver de la muerte a jalarle los pies o algo.

Salió de su departamento con mucho tiempo de sobra para llegar a tiempo, pero poco luego de haber ingresado a la zona nomaj de Londres, se encontró con el no pequeño problema de una persecución por sangre, uno se daba cuenta rápidamente por la varita que cargaba el perseguidor. Y sí, no había otra mejor idea que involucrarse, más o menos, en ella. Una cosa importante que tenía ser un traidor a la sangre era no dejarse ver cuando estaba actuando contra la ley, así que su táctica funcionaba en entorpecer al mago atacador y encontrarse eventualmente con el perseguido para ver si necesitaba ayuda.

Resultó, para su sorpresa, ser alguien que ya conocía de antes. Sólo tenía algunos araños, así que un par de hechizos bastaron para que se marchase de ahí sin ningún problema. El mortífago se había quedado detrás, o al menos eso quería creer Laith, quien actuó como un transeúnte cualquiera a partir de ese momento. El reloj de su mano le hizo saber que ya iba quince minutos tarde, para variar. Le escribió otro mensaje a Steven para confirmarle que iba en camino y que, si había llegado, no se marchara del local.

Y, a pesar de ello, todavía se sentía intranquilo. Casi perseguido. Giró repentinamente en un callejón justo cuando sintió un hechizo venir directamente hacia él, no tenía tiempo para eso, así que tan pronto como salió de la vista de aquel sujeto había tomado su forma animaga para empezar a volar con dirección al edificio, dejando anonadado a su agresor. No tenía ganas de meterse en problemas, así que empezó a buscar un sitio cercano al local donde retomar su forma humana, había visto ya a Steven en la puerta del restaurante.

Buscando un sitio donde aparecerse, un proyectil más grande que él lo había impactado. Era un proyectil redondo y lleno de plumas negras a excepción del pecho. Parecía un torpe intento de cortejo, a juzgar por sus movimientos, tan torpes que había chocado con el colibrí. Laith se sacudió, por suerte no había llegado a caer al suelo, y se metió en un callejón para retomar su forma humana. El bichito emplumado comenzó a perseguirlo, revoloteándole alrededor. Parecía un petirrojo de raros colores, pero buscó la forma de ignorarlo.

Lamento la tardanza, te explicaré todo lo que sucedió con un plato lleno de nigiri de por medio —le indicó, dándole una palmada en el hombro para invitarlo a entrar, agitando una de sus manos para espantar al pajarito que lo venía molestando desde hace algunos minutos. Aunque Steven cambiase de rostro, había algo en él que le decía que era el fugitivo insensato. — ¿Cómo te ha ido? —le preguntó, distrayéndose casi al instante para pedir una mesa para dos. Había perdido, al menos, la sensación de que alguien lo perseguía. Al menos alguien humano y con ganas de aniquilarlo, pues había otro individuo que no le dejaba en paz.
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Steven D. Bennington el Miér Nov 08, 2017 2:11 pm

Pensar en cómo lograría comunicarse con Laith cuando estuviese en Hogwarts estaba sobrevalorado. Aquellas cosas apenas tenían importancia y serían asuntos de los que debería preocuparse el Steven del futuro, no él. El Steven del futuro cargaba con una cantidad  enorme de problemas gracias a que el Steven del presente adoraba dejarle más trabajo por tomarse demasiado al pie de la letra eso de “no hagas hoy lo que puedas dejar para mañana”. Problemas de no aprenderse bien las frases hechas.

- Puedo mandarte señales de humo. Creo que en la asociación donde fui a aprender lengua de signos también había unas clases de comunicación alternativa. Juraría que tenían una especialidad en comunicación a través de señales de humo, código morse y… - Colocó la mano en su mentón y miró en dirección al techo como si buscase ahí la respuesta al resto de su oración y afirmó con un gesto de cabeza. – Sí, ouija. – Eso también contaba como comunicación alternativa, ¿No? A fin de cuentas era otra manera de comunicarse, aunque para eso la otra persona tenía que haber muerto. Eso fallaba un poco si quería comunicarse con Laith con esa tabla de madera.

Ah, la positividad de Steven. Esa positividad que a veces daban ganas de golpearle en el rostro con la mano abierta para que fuese más realista. Pero de ser realista era capaz de ahogarse hasta en un vaso de agua. Steven Bennington siempre había sido una persona de extremos. De esas que pueden estar en el estado de máxima felicidad y ver todo de color de rosa y al instante cambiar a una oscuridad profunda donde el mundo parecía venirse encima. Y eso era algo que él conocía y por eso intentaba siempre estar en el extremo más alegre, por irreal que a veces este fuese. Pues la realidad podía hacer que acabase en el opuesto.

- Sí, claro que sí. Pero… Sois más, si ayudáis a alguien es porque realmente habéis estudiado algo porque era lo que queríais, ayudar. Pero los profesores son diferentes. Muchos están ahí solo para ganarse un sueldo y, ¿Qué más da si los alumnos lo pasan mal? Los que verdaderamente se preocupan por los alumnos y su bienestar habrán salido huyendo. Al menos la mayoría. – Intentó pensar que aún quedaba algo bueno ahí. Algún profesor que no era un auténtico monstruo para el mundo y también para aquellos pobres niños a los que daba clase.

Laith estaba en lo cierto. Al menos Steven quería pensar que lo estaba para ver que las cosas en Hogwarts no estaban tan mal. Pero los elfos domésticos habían trabajado en el castillo durante años y años. ¿Cuántos años? No lo sabía, ni siquiera estimaba cual era la longevidad de un elfo doméstico. Pero lo que era seguro es que alguno de ellos guardaría aún lealtad hacia Albus Dumbledore. El problema sería dar con ese alguno sin acabar muerto en la búsqueda.

- Son fieles a sus amos, ¿No? Ahora Bellatrix y Rodolphus son sus amos y deben serles fieles, aunque no les guste. Quizá se encierren en la lavadora durante un mes después de ayudarme pero… Podrían hacerlo si quieren. Se supone que los elfos domésticos se autoinflingen dolor para castigarse cuando no cumplen las órdenes de sus amos aunque no creo que ayudasen a un desconocido porque sí. ¿Qué crees que les gusta? ¿Las tartas? Se me da bien hacer tartas. – Dijo cambiando por completo el aire lúgubre que la conversación estaba tomando según la mantenían.

Steven se volteó al tiempo que lo hizo Laith en busca de… ¿En busca de qué? Ni siquiera él lo sabía. Miró sin saber qué era exactamente lo que buscaba y, al no ver nada, se giró para seguir comiendo su helado tranquilamente aún cuando el nuevo loro del pirata Laith seguía a su lado.

- ¿Tiene nombre? – Preguntó mirando en dirección al pájaro, quien emitió un extraño sonido propio de pájaro como si fuese ese su nombre. - ¿Y en un idioma que yo entienda? No hablo el pajarraco. – Dijo denominando así el nombre del idioma en el que aquel ave se comunicaba. – Cuando eres un moscón gigante, ¿Cómo te comunicas exactamente con ellos? Me refiero, entiendes sus ruidos como si fuese tu idioma en su cabeza o simplemente lo entiendes. – Preguntó con la curiosidad propia de alguien que había estudiado esa rama de la magia pero que nunca había tenido oportunidad de comprobarlo por si mismo.

Estuvieron caminando durante el tiempo suficiente para que Steven se terminase el helado y tirase los restos en una papelera. Guardó silencio mirando en dirección a Laith y se atrevió a preguntar algo. Una pregunta terriblemente incómoda.

- No sé si alguno de los dos ha ligado o algo pero hay un tipo muy raro que lleva siguiéndonos desde que salimos del restaurante.
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Laith Gauthier el Vie Nov 10, 2017 4:47 am

Se imaginaba como un puto retrasado haciéndole señales de humo del techo de su edificio a Steven para comunicarse. Luego lo mandarían a un psiquiátrico para verle ese mal de la cabeza, o lo arrestarían por contaminación. Mejor dejar las señales de humo fuera de aquello. Y, de preferencia, tampoco le apetecía que se comunicasen por ouija, El humor estaría un poco muerto por ese medio de comunicación, ni emoticones podrían mandarse. Pronto habían pasado a un tema un poco más escabroso, el de la dirección actual del colegio, que no le daba precisamente mucha gracia. El humor lo tenían tan muerto como el de la ouija.

Pero por eso entran suicidas a ver a sus hijas, supongo, quiero creer que no dejarás que al menos tus clases sean tan horribles —eso sería un poco mejor, esperaba. Que de entre todo, hubiese una clase, una al menos, que no estuviese tan mal. — Supongo que por eso no me atrevo a hacerte entrar en razón. Y por el tema de la niña. No sé, me pueden estos temas familiares —le confesó, encogiéndose de hombros para restarle importancia, tampoco es que le dieran muchas ganas de que Steven lo jodiese mucho con aquello, aunque el tema no era propicio.

Lo que sí que fue propicio fue al hablar sobre los elfos, una vez que llegaron a la conclusión de que realmente debían existir elfos fieles a la anterior dirección. Sintió una corriente eléctrica por la espina dorsal de forma desagradable cuando le dijo que se metería en la lavadora por ayudarle, en un escalofrío horrible. Steven, por suerte, derivó al tema a cómo ganarse la confianza de los elfos domésticos, intentando comprarlos con tartas jactándose de hacerlas bien.

¿Por qué se te da bien hacer tartas y nunca me has hecho una, cabrón? —se quejó automáticamente con él con una expresión de lo más ofendida, aunque no estaba realmente hablando en serio. Con las historias de Steven no sabía si sobreviviría a algo que él cocinara. — Pues sí, por qué no, vete a hacerle tartas a tus nuevos amigos ya que a los viejos nunca les haces tartas —se cruzó de brazos como un niño enfadado por el tema. — Con estos amigos para qué tener enemigos —y siguió con su drama un poco más, al menos hasta que tuvo que mirar hacia atrás buscando algo que no encontró.

Volvieron al tema del pajarito que tenía encima y que no se marchaba por más que intentase espantarlo. Cuando volvió a preguntar por su nombre, esta vez le respondió el avecilla que pío haciendo reír a Laith, puesto que el fugitivo trató de hacerle entender que no iba a poder llamarlo por su nombre en “pajarraco”, el idioma de las aves aparentemente. Y volvió a contestarle en “pajarraco” mientras Steven le preguntaba a él sobre su forma de moscón gigante.

Pues no nos comunicamos en plan “Hola, ¿qué pasa?”, es más… Uh… No sé cómo explicarlo… Es un tipo de comunicación bastante rudimentario, puedes obtener información y todo, pero ten en cuenta que hablas de un animal con razonamiento de… animal —trató de darse a entender aunque era un poco más complejo. — También uno mismo cambia, aunque mantengamos la mente humana, nos volvemos un poco menos complejos en cuanto a razonamiento y sentimientos, es raro… —nunca se había parado a pensarlo de esa forma tan detallada, mucho menos a explicárselo a alguien de ese modo. Principalmente porque guardaba como un secreto aquella habilidad.

Se mantuvo tranquilo, aunque todavía con ese desagradable presentimiento de que algo no estaba bien. Limitaba sus miradas a pequeños movimientos por encima del hombro hasta que Steven llamó su atención, declarando que creía que alguno de los dos había ligado pues había alguien que los iba siguiendo. Tuvo un latido en falso, pero no se giró a comprobarlo como fue el primer instinto, sino que se mantuvo tranquilo.

Vale, ¿no podías habérmelo dicho antes? Te recuerdo que te dije que había llegado de una persecución —le cuestionó con una ceja enarcada, — ¿Crees que será un…? ¿Tiene pinta de asesino de impuros? —le preguntó con normalidad, como si aún siguiesen hablando de la animagia o de las tartas. — Podríamos hacer el idiota e inventarnos una carrera para perderlo, ¿no? ¿Qué tan peligroso se ve? —él no lo había localizado visualmente, no sabía si era el mismo de quien venía escapando o si era otro diferente, así que mejor confiar en la visión de Steven que al parecer sí que lo había visto.
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Steven D. Bennington el Dom Nov 12, 2017 4:58 pm

Steven había impartido durante años clases particulares de música. Clases a un solo alumno que poco tenían que ver con las clases a un amplio grupo de adolescentes que podían hacer lo que quisieran en el aula sin que él pudiese hacer mucho al respecto para impedirlo. A su vez, había impartido por vez primera una clase como tal en el refugio para fugitivos en el que vivía. Una clase que, como música, tenía relación con su especialidad. En este caso, las transformaciones. Les había enseñado un par de encantamientos a los alumnos que habían acudido y no había tenido que hacer nada más, por lo que una clase en Hogwarts poca relación tendría con su experiencia previa.

Tenía que pensar muchas cosas. Entre ellas cómo se las apañaría dando  clases y, lo más importante, si era una asignatura de la que no tenía un especial manejo. Podía apañarse con Transformaciones (asignatura que había descartado desde un primer momento porque sentiría que era todo demasiado evidente), Encantamientos e incluso Pociones o Historia de la Magia. Pero, ¿Y si tenía que impartir Runas Antiguas? ¿O Estudios Muggles ahora que se habían convertido en un insulto para los suyos y los que les rodeaban? Y ni hablemos ya de Astronomía o Adivinación, las cuales ni siquiera había cursado cuando estudiaba en Hogwarts.

- No torturaré a ningún alumno, creo que eso ya convertirá mis clases en clases menos horribles. – Afirmó con una leve sonrisa. Esperaba no tener que vivir algo parecido. No quería siquiera plantearse la opción de ver cómo torturaban a un alumno y él debía quedarse con los brazos cruzados, sin hacer nada, para no levantar sospechas. Ahora que lo pensaba, aquello sería más duro de lo que había imaginado en un primer momento.

No pudo evitar reír ante el comentario de Laith sobre las tartas, con ese insulto tan gratuito como divertido al final. Se le escapó la risa, sin poder tomarse en serio el insulto que acababa de lanzarle su amigo como el que da una palmadita en la espalda cargada de ánimos. Y es que era cierto que Steven podía prender fuego a la casa si te intentaba preparar cualquier tipo de guiso e incluso haciendo un huevo frito. Pero eso era culpa del aceite asesino, por supuesto.

- Nunca me has pedido una. Además, te he llevado pizza a tu casa y gratis, encima te quejarás y todo. – Ah, que dramático era Laith. Menos mal que sus dramas no tenían nada de sentido y no iban, ni mucho menos, en serio. Lo cual era todo un respiro porque como Laith se ofendiese por no recibir tartas era posible que se vengase y… Steven tenía mucho que perder, teniendo en cuenta que el rubio (por aquel entonces seguía teniendo el color de pelo rubio pollo) sabía su plan para colarse en Hogwarts. Al menos a grandes rasgos.

Steven tenía la curiosidad propia de los Ravenclaw y más cuando a transformaciones se trataba. Él había conocido animagos, por supuesto. Y también había leído infinidad de libros sobre el tema pero nunca había contado con la confianza suficiente como para preguntar algo así a un animago.

- Leí que las personas que toman la forma de un ave se vuelven algo más… Estúpidas de lo normal. – Rió. Y aunque sonase como una forma para meterse con Laith, no lo era en absoluto. – Al tener un cerebro pequeño, supongo. A lo mejor eso que dices del razonamiento y los sentimientos sólo os pasa a los que tomáis forma de moscón. – Dijo con tono bromista para meterse un poco con Laith, aunque lo cierto es que ahora tenía más curiosidad sobre el tema que antes. Y mira que ya tenía suficiente curiosidad antes de preguntarlo.

No era alguien paranoico. De haberlo sido sería incapaz de salir de su casa y mucho menos de estar por ahí paseando sin miedo a ser capturado por un miembro de los Mortífagos o cualquier otro mago que precisase la recompensa que daban en el Ministerio d Magia por su cabeza. Pero era imposible no fijarse en la gente que les rodeaba cuando podía ser perseguido por cualquier persona.

- Hasta que no te pusiste a mirar como un loco para todos los lados no pensé que fuese algo importante. – Dijo con toda la inocencia propia de alguien como Steven. – Tiene pinta de persona normal, yo que sé, no es que vaya con la varita en la mano y la máscara de Mortífago en la cara. – Intentó defenderse Steven, quien no veía a la gente como malvada o no a no ser que intentasen matarlo. – Creo que salir corriendo en mitad de la nada podría resultar…

Antes de que tuviese oportunidad de decir nada al respecto, notó algo tras de sí. Algo que le golpeaba la espalda. Steven se giró para mirar, encontrándose cara con cara con el hombre que les perseguía.

- ¡Ah! – Gritó con sorpresa al encontrarse su rostro tan cerca cuando no lo esperaba en absoluto.

- Perdón, no quería asustarte.

- Tranquilo, es solo que… No esperaba una cara aquí. – Dijo Steven intentando mantener la compostura y es que en aquel momento estaba al borde del ataque de pánico. O más bien de empujar a aquel hombre y aprovechar el desconcierto para desaparecerse lejos de donde se encontraba.

- ¿Podrías darme al pájaro? – Preguntó señalando al ave que todavía estaba en el hombro de Laith. – Se ve que le caes bien pero estaba limpiando la jaula cuando salió volando y mi hija tiene un disgusto horrible. Llevo horas buscándolo como loco. – Resopló el hombre.
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Laith Gauthier el Miér Nov 15, 2017 3:03 am

Si uno pensaba con suficiente seriedad el tema, se daría cuenta de lo alarmante que era el contenido del mismo: “No torturar a ningún alumno ya las convierte en menos horribles” no debería ir dentro de ninguna conversación sobre ningún colegio. Y lo hacía. Así uno descubría que tan mal estaban las cosas dentro del mundo mágico, iban peor que muchos países controladores. No pudo evitar imaginarse al señor Tenebroso como el presidente/rey/lo que sea de Corea del Norte y estuvo cerca de darle gracia, pero no fue posible. Vamos, de todos modos, con ese horrible peinado y gordo todavía imponía.

Se quejó sobre aquellas tartas que nunca había recibido, insultándolo de paso, pero sólo era por hacerse el ofendido y crear algo de drama, como era usual. — Claro, ahora cúlpame a mí y excúsate, como si yo no te invitase a comer a ti, me dueles —siguió dramatizando. El creer que podría hacer un drama por comida era estar completamente equivocado, a pesar de su enorme amor por la comida también era bastante fácil de complacer en ese sentido, así que lo que se podría decir exigente no era.

Steven le había hecho una pregunta que no solía hacerse cuando estaba en su forma humana así que la respuesta fue más bien algo ambigua. No resultó rara para el fugitivo, sin embargo, que lo atribuyó a que los animagos de ave eran más estúpidos, se quedó mirándole inquisitivo queriendo descubrir si pretendía fastidiarlo o si, en cambio, estaba hablando en serio. Parecía ir en serio, a juzgar por la explicación que le dio después, por lo que no pudo hacer mucho más que encogerse de hombros. Tampoco es que pudiera refutarlo.

Tampoco es que me haya convertido nunca en otra cosa, así que no puedo decírtelo —se sonrió divertido, — tampoco conozco muchos más como yo, a fin de cuentas… Podríamos hacer un centro a lo Animagos Anónimos y hablar al respecto —dijo de pronto como una maravillosa idea que tampoco iba en serio, como tres cuartas partes de las cosas que decía. Era más fácil, si se lo pensaba bien, porque un mundo de matices sólo acababa en tres tonos: bueno, intermedio y malo. Un punto para los moscones gigantes, imaginaba.

Laith a veces podía llegar a ser bastante paranoico y, lejos de incomodarle, era lo que lo había mantenido con vida. A juzgar de cómo se expresaba Steven, parecía que sus roles estaban invertidos: el amigo fugitivo era el rubio y el puesto de amigo todavía integrado en la comunidad le tocaba a Steven. Empezaron a discutir lo peligroso, o no, que era aquel perseguidor, con el metamorfomago defendiéndose usando como excusa que no iba con la varita en la mano y la máscara de los mortífagos en la cara, su discusión sin embargo se vio repentinamente cortada cuando algo llamó la atención de Steven, y casi se quedó sordo (igual que él) cuando gritó de sorpresa.

El corazón se le detuvo en un pequeño infarto al sanador cuando aquel hombre lo tenían pegado a las espaldas cuando estaban hablando de él, como dos adolescentes que cotillean de un profesor y éste les pilla, pues así. — ¿El… el pájaro…? Ah, el pájaro, claro… Anda, bicho, vete con tu dueño —acercó su mano para cogerlo, pero éste aleteó a lo que el sanador evitó tomarlo para que no se fuese volando. — Bueno, ¿por qué no lo tomas tú? —y se apartó lo más que un hombre se puede apartar de su hombro, que tampoco es que fuese la gran cosa pero así no lo culpaban a él de que lo espantó. Tenía la mano izquierda tocando su muñeca derecha, listo para sacar la varita por si acaso. El susto había multiplicado la paranoia.

Cuando el hombre acercó su mano, el ave lo picó. Laith tuvo que morderse la lengua hasta el dolor para no reírse, el resultado fue más o menos el que el rubio quiso evitar, pero al menos no había sido culpa suya que aquel pájaro saliese volando. Se acordó de la película de Buscando a Nemo, ¿y si la dueña era como la cría esa que agitaba la bolsa y mataba a los peces? Él también saldría volando en esas circunstancias. Bueno, hubiese salido volando igual. Que ya le habían secuestrado una vez en su forma de “moscón”, como Steven la llamaba.

Parece que no tiene muchas ganas de volver… Espero que lo encuentre —le deseó sus buenos ánimos al hombre y esperó que se alejara lo suficiente para ver a Steven. — Debiste ver tu cara —se burló, como si él no se hubiese asustado también con la repentina presencia del hombre. — ¿Qué lección nos deja esto? No hablar de la gente que nos está siguiendo cuando puede aparecerse a nuestras espaldas —y era una lección de vida ¡importantísima!
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Steven D. Bennington el Miér Nov 15, 2017 7:25 am

Cualquiera que escuchase aquella conversación podía bien pensar que estaban imitando la conversación de alguna estúpida comedia romántica que estuviese emitiéndose en el cine en aquellos momentos en lugar de ser dos amigos que conversaban echándose en cara tonterías sin sentido. Porque el día en el que Laith y Steven se echasen a la cara algo que no fuesen tonterías – confeti, purpurina o demás tonterías que podían fácilmente encontrarse en la casa de Laith – a la cara, sería el día que el fin del mundo estuviese a punto de  suceder. Que cargase la gente su paraguas al hombro, un buen impermeable amarillo limón y comenzase a preparar el bunker lleno de provisiones para cuando el mundo llegase a su fin.

- Todo  es culpa tuya, no sigues las buenas costumbres inglesas. ¿No sabes que hay que tomar el té? ¿Cuándo me has invitado tú a té? – Inquirió como si aquello fuese una ofensa cuando Steven no soportaba el sabor del té. Es más, durante el curso que había tomado Adivinación como optativa (uno solo, ya que luego se había dado cuenta que aquello era más estúpido que saltar desde la Torre de Astronomía para intentar hacer parapente por el Bosque Prohibido) cada vez que tenía que ver los posos del té tiraba el contenido de su bebida a la planta situada cerca de la entrada. Sí, se sentaba estratégicamente en aquella mesa para no tener que levantarse a tirar el té cada día que intentaban leer los posos. Aunque quizá eso tuviese luego que ver con que las predicciones de su taza se basasen en polillas que lo perseguirían, necesidad de tomar más el sol y una muerte prematura. Porque, además, la pobre planta murió por regalarla con té caliente antes de que llegase el final del curso. – Además, por aquí hay que ir siempre por la derecha. – Dijo dando un corto empujón a Laith hacia la derecha como si aquello se tratase de un vehículo y no de dos personas andando por la calle.

Steven siempre había tenido preguntas sobre cualquier tema. Era el tipo de persona que, de no ser porque había aprendido cómo funcionaba la dinámica de una conversación, bien podía pasarse el día preguntando al resto por aspectos de su vida, de su personalidad o simplemente porque sonaba antes el trueno y luego se veía el rayo. Era alguien a quien le agradaba aprender aunque muchas veces, cuando una respuesta no era demasiado interesante, acababa por olvidarlo o mandarlo a una parte de su memoria sin mucho almacenamiento.

- ¿Estás registrado en el Ministerio de Magia? – Preguntó siguiendo el hilo de la animagia. – Venga, ¿Por qué decidiste ser  animago? Y… ¿Por qué crees que un colibrí y no una hermosa mariposa? – Dijo aquello último imitando el tono de voz usado por una oruga en una película de animación que había visto años atrás. Ni siquiera recordaba el título de la maldita película. ¿Hormigas? ¿Bichos? Una de las dos, porque ambas tenían insectos.

Aquello era un estrés. ¡Un estrés! Notaba la mirada de aquel hombre clavada en su espalda como si fuese a atravesarla. Suerte que no había salido de los malditos X-Men y no llevaba unas gafas de sol que pudiese quitarse haciéndole un boquete a Steven en la espalda. Porque dudaba que alguien pudiese sobrevivir con un boquete en la espalda, principalmente. Poco podría hacer su sanador de confianza por poco que tardase en actuar teniendo en cuenta que estaban el uno al lado del otro.

Por suerte para ambos, aquel hombre no trababa para el Ministerio de Magia. O, al menos, lo disimulaba bastante bien en la opinión de Steven. Quizá para Steven todo el mundo disimulaba bien porque él no sabía mentir a no ser que se trabajase mucho una mentira y no encontrase ningún vacío en ella. Debía meterse bien en el papel, como si fuese una maldita obra de teatro. Y eso era lo que había hecho de niño para librarse de comer judías verdes o pomelo. ¡Pomelo! ¿Quién había sido el mentiroso que había dicho que el pomelo podía estar rico? ¡Agh! Aquello era como un maldito limón para hipsters.

El ave salió volando antes de que su supuesto dueño tuviese oportunidad de atraparlo por lo que rápidamente se despidió de ellos alzando una mano con cara de pocos amigos por la poca ímpetu que Laith había puesto por ayudarle y salió corriendo tras el ave como si de un dibujo animado se tratase.

- Debiste  ver tu cara. – Dijo haciendo burla a Laith poniendo una mueca que emulaba ser el rostro de Laith, con bastante poco éxito. – Si fuese alguien del Ministerio estaríamos muertos, ¿Eres consciente? – Tampoco es que estuviese muy preocupado por el tema aunque hubiese estado a un paso de sufrir un infarto. Bueno, tanto no, pero… se entiende que se había asustado. – Y más ahora que algunos parecen pasarse por las narices el Estatuto del Secreto. – Y eso era una verdad como un templo.

No tardaron mucho en acabar de recorrer el parque. Steven vio a lo lejos al antiguo pájaro pirata de Laith que sobrevolaba una fuente y, tras él, iba su dueño casi asfixiado de tanto correr. El chico comenzó a reír casi de inmediato al ver aquella escena y, no mucho después, cada uno volvía a su vida. Laith a San Mungo a ayudar a todo aquel que lo necesitase y, Steven, a ser perseguido por los Mortífagos e intentar imitar el rostro de Adam Widmore.
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Laith Gauthier el Jue Nov 16, 2017 2:29 am

El drama de telenovela de aquellos dos no parecía ir a terminar pronto, y casi se le escapa una risa a Laith en cuanto Steven se quejó de que no seguía las buenas costumbres inglesas. En su tierra natal también bebían cantidades que él consideraba exageradas de té, era más partidario del café, seguro debido a su estilo agitado de vida. — Tú tampoco eres inglés, ¿qué beben los australianos? ¿Leche de canguro? ¿Veneno de araña? —cuestionó evitando reírse. Basado en las imágenes de sus redes sociales de los bichos mutantes australianos y las serpientes saliendo de los excusados, ya se esperaba cualquier cosa de ese sitio. — Si te empujo y te atropella un carrito de helados, no me haré responsable —replicó entonces, supuestamente enfadado por el empujón.

Eran dos mocosos discutiendo, peleando y empujándose en medio de la calle. Y, entre ocasionales conversaciones no precisamente relevantes, parecían estar teniendo una tarde agradable. Al final Steven tenía las herramientas para cumplir con su plan suicida, él había comido lo que quería, los dos habían salido ganando en aquel mutualismo. Habían resultado hacer un buen equipo al fin y al cabo, no creía realmente que ese plan tan estúpido y descabellado pudiese salir bien con todas las que tenía para perder, para que lo pillasen o algo peor. Ahora dependía de que Steven jugase bien las cartas para llevar a cabo su idea.

Lo estoy —respondió, pues sí que estaba registrado en el Ministerio. Lo que le tomó por sorpresa fue la pregunta que vino después, golpeándole el hombro suavemente cuando preguntó por qué no era “una hermosa mariposa”, como la película de Bichos. — Oh, hubieron muchos motivos… Uno de los principales era mi madre, ¿sabes? Creo que… ella desapareció por el tema del Estatuto del Secreto, no tengo apenas recuerdos de ella, así que pensé que eso podría ayudarme un poco con la discreción —en realidad todo había empezado con un motivo todavía más estúpido, pero eso no tenía por qué saberlo Steven. — Pues la verdad es que no lo sé, pero hay una historia graciosa sobre eso —empezó a decirle.

La historia graciosa quedó en un segundo plano cuando el hombre entró en la conversación, ese que los perseguía y que entonces les había dado un tremendo susto. Resultó ser un hombre que estaba buscando a aquel pájaro que estaba en su hombro acompañándolo y buscando estar con él al menos un rato. Laith quiso quitarse toda responsabilidad sobre la posible escapatoria de aquel bicho, y, tal como creyó, éste se había ido volando tan pronto tuvo la oportunidad, haciendo que el rubio se ganase el odio de su dueño ya que se había marchado sin que el sanador hiciese nada para poder evitar su vuelo.

El hombre empezó a correr detrás de éste, y los dos amigos habían vuelto a molestarse, burlándose de la impresión del otro. — ¿Qué dices? Yo me río del peligro —el tono soberbio con el que hablaba parodiaba El Rey León, cuando Simba y Nala van al cementerio de elefantes. La verdad es que no, sí que se había preocupado, pero no iba a ponerse a lanzar hechizos y transformarse o desaparecerse a la mínima de riesgo. — Supongo que es más fácil simplemente deshacerse de la evidencia que ponerse a borrarles la memoria… No es que esté bien, pero eso hace que ni siquiera aquí fuera deje de haber peligro —se estiró, mirando en la dirección a la que el hombre se había marchado persiguiendo al animal.

El hombre que los perseguía estaba corriendo cómicamente tras el ave que usaba una fuente para protegerse y mantenerse fuera de su alcance, de forma muy graciosa. Steven fue mucho menos discreto que él al reírse del hombre, pese a que el tiempo juntos se les había acabado. Los dos tenían que hacer sus propias cosas a partir de entonces, por lo que sería lo mejor que ya se viesen en otro momento.
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