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FLASHBACK — I float away, but you're my gravity [PRIV.]

I. Ezra Sullivan el Dom Oct 29, 2017 9:36 pm

Recuerdo del primer mensaje :

 
31 de diciembre de 2016, 12 de la mañana - Biblioteca

Era capaz de identificar el momento exacto en el que su vida se había hecho pedazos ante sus ojos. El momento en el que la mano de su madre dejó de aferrar la suya propia y sus ojos se cerraron para no volver a abrirse. Había sido rápido y no había sufrido. Por suerte, en su último aliento, no lo había hecho.

- Audra. – Susurró al otro lado del teléfono. – Se ha ido. – La voz de su hermana se rasgó y no hubo contestación alguna por su parte. Sólo llanto y, finalmente, logró articular una sola frase.

- Ya voy. – Dijo antes de colgar el teléfono.

No había sido fácil. Había hecho un esfuerzo por mantenerse firme. Como si de una piedra se tratase. Nunca había sido un hombre que se rompiese ante las adversidades de su vida. Había sufrido suficiente como para mantenerse frío como un témpano de hielo pero la muerte de su madre hizo mella en él. Lloró antes de que Audra llegase desde su casa hasta el hospital en compañía de su marido y sus dos hijas pequeñas. Abrazó a su hermana y a sus sobrinas fingiendo que todo estaba bien, que la muerte no era un mal final. Fingió que estaba bien cuando aquello acababa de romper todo su ser.

De eso había pasado poco más de una semana. Días suficientes para que su padre y su hermano decidiesen que el hecho de tener un squib en la familia podrías servirles para llevarse una buena tajada. Ilusos de ellos, pensaron que al Ministerio de Magia le importaría lo más mínimo contar con un squib entre sus presos. Un squib, ¿De qué servía aquello? Sólo servía para tener una mancha en su árbol genealógico y más cuando no había una madre con vida que se encargase de proteger a uno de sus retoños.

Pero su crimen no había quedado sin castigo. Dejándose llevar por sus instintos más primitivos lo había golpeado hasta dejarlo en estado crítico. Suerte que Ewan había llegado justo a tiempo para ponerle freno a la ira de su hermano menor y, con su varita, había impedido que el castaño acabase con la vida de su padre e incluso con la suya. Por suerte, Ezra había logrado escapar pero en aquellos instantes ya no era únicamente un peligro para la sociedad mágica sino para también para la muggle que ya tenía noticias de lo acontecido en la vivienda de los Sullivan.

Había estado dos días vagando sin rumbo, sin la posibilidad siquiera de poner un pie en su propia casa porque aquello sería como ponerse una soga al cuello. Había pasado por los alrededores comprobando que su casa estaba vigilada y no tenía más remedio que dormir en los lugares más recónditos que encontró. Lugares donde la policía no se atrevía siquiera a aparecer. Lugares donde si te arriesgabas ni siquiera el sol amanecía.

* * *

- Disculpe, ¿Tendría cinco minutos para hablar  con nosotros? – Preguntó el agente Johson a Coraline Murphy después de hablar con la recepcionista.- Su compañera nos ha dicho que usted podría tener información relevante sobre este sospechoso. – Matizó el policía antes de sacar de un sobre de color amarillento una fotografía de Ezra. Una fotografía tomada en prisión años atrás pero que mostraba un rostro reconocible para la castaña. - ¿Ha visto al señor Sullivan en los últimos días? Cualquier información podría sernos de utilidad para su detención.

Pocos metros tras aquel hombre, escondido en la sala de las fotocopiadores donde Coraline le había insistido en que se escondiese al ver a la policía llegar, escuchaba la conversación como podía sin tener casi acceso a las palabras de aquellas dos personas.

No había tenido tiempo para explicarle nada a Coraline. Sólo había podido decirle que necesitaba ayuda y que no sabía a quién recurrir. Y antes de que pudiese dar cualquier otro tipo de información, la policía había llegado hasta la biblioteca acabando con las esperanzas de Ezra. ¿Y si ella no confiaba en él y lo entregaba?
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Coraline I. Murphy el Mar Nov 28, 2017 8:01 pm

Seguro que estabas creyendo que me iba a ir con el de verdad. — Cora dibujó media sonrisa en su rostro, pues le había parecido ver cierto miedo en el rostro de Ezra. Que inocentón podía ser a veces, no había llegado hasta allí para rendirse tan fácilmente ni venderle a la mínima. Si caían, lo harían juntos y si lograban salir de allí también lo harían por el mismo camino, simple y llanamente.

Escuchar el "crack" que hizo la madera al partirse en las manos de Ezra fue mas placentero de lo que había pensado e inevitablemente suspiró al sentirse ya algo mas segura sabiendo que aquel tío ridículo no iba a poder volver a hacerles daño con su palito mágico del mundo de yupi. Habían dado la vuelta a la tortilla y ahora tenían la sartén por el mango, como quien dice. En aquel momento era Coraline quien se reía al ver la desesperación del mago y sus amenazas ya vacías; iban a salir vivos y el iba a acabar muy mal.

La violencia con la que su amigo arremetió contra el mago hizo que dejara de reírse y tuviese que mirar hacia otro lado para no ver lo que estaba haciendo con su cara. El sonido de los golpes era de lo mas desagradable, pero a su vez se merecía todos y cada uno de los puñetazos que Ezra le estaba dando... Y quizás mas. No fue hasta el momento en el que dejó de escucharles cuando por fin se dignó a girar la cabeza y verles de nuevo. Aquel tipo estaba hecho un desastre y su rostro era difícil de definir, una imagen desagradable, sin duda.

¿Mas como ese? No, por dios... — Se quejó, viendo a Ezra acercarse a ella. Cuando le pasó la mano por la cabeza, la herida abierta que tenía hizo que diera un salto y le comenzara a escocer de mala manera. Entre el frío, los nervios y lo surrealista que había sido todo aquello, Cora no era consciente de las heridas que ella misma tenía mas allá de las de las manos. — Lo se, pero no es nada, la sangre es muy escandalosa. — Se excusó, no quería preocuparle mas de la cuenta. Además tenía la sensación de que el se había levado la peor parte, tanto en la caída en la moto como al tener que apalizar al dichoso mago. — Tienes razón, hay que... Espera. — Se subió el jersey manchado de café y sangre, entre otras cosas, y se quitó el cinturón que sujetaba su pantalones vaqueros. Se acercó al tipo casi a gatas y con algo de esfuerzo le dio la vuelta para atarle las manos. — Sería buena idea si le pusieras el tuyo en los pies para que no pueda caminar.

Le dejó espacio y se levantó del suelo poco a poco para no caer redonda, la cabeza la estaba matando. Miró a su alrededor y no veía mas que árboles, hasta que vio lo que parecía ser una edificación de madera. Se acercó a Ezra para no hablar a gritos y la señaló con el dedo. — ¿Ves eso? Debe ser una caseta de cazador, quizás haya alguien que pueda ayudarnos. Eso o... Volvemos a por tu moto, aunque no estas en condiciones de ponerte a conducir.

Sea como fuere, la morena comenzó a caminar por su cuenta en dirección a la cabaña, la cual se encontraba algo escondida tras la arboleda. A medio camino le pareció ver a alguien salir de ella, por lo que se echó a correr hacia el. — ¡Disculpe! ¡Necesitamos ayuda! — Gritó, agitando los brazos. Cayó en el suelo de rodillas y la persona que había salido de la cabañita se acercó a ella, resultando ser un hombre mayor, probablemente jubilado, que efectivamente parecía dedicarse a la caza; al menos como hobbie. — ¡Por dios jovencita! ¿Que le ha pasado? ¿Se encuentra usted bien? — Le preguntó con preocupación, sujetándola por los hombros. — No, verá... Mi amigo y yo hemos tenido un accidente por culpa de un loco, nos hemos salido de la carretera y estamos perdidos... — El anciano buscó con la mirada a Ezra y después volvió a mirar a Cora. — Que desastre, los jóvenes de hoy en día siempre conducen a toda pastilla y luego pasan estas cosas... Acompáñenme adentro, hay que curar esas heridas.
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I. Ezra Sullivan el Mar Nov 28, 2017 8:50 pm

No sentía las manos pero aún así hizo un esfuerzo por quitarse el cinturón sin demasiado cuidado al apenas tener sensibilidad en estas, haciendo que las heridas que ya tenía comenzasen a sangrar incluso más de lo que ya lo hacían. No le dio importancia. De la misma forma que no le daba importancia alguna a las heridas que, bajo sus pantalones, comenzaban a hacer mella en cada paso que daba. Le costaba caminar y no sólo era por el frío de la nieve y el entumecimiento que esto le provocaba, sino por las graves heridas y golpes que se había llevado en la caída. Ya tendría tiempo de preocuparse por ellas cuando consiguiesen salir de ahí sanos y salvos.

Repitió los pasos de Cora, colocándose de rodillas sobre la nieve aminorando así la rapidez con la que sus piernas volvían a tener sensibilidad – y, por tanto, notaban el dolor -, para colocar el cinturón en la zona de los tobillos, subiéndolo ligeramente por la zona de los muslos y apretando con fuerza después de dar varias vueltas al cuero. Miró el rostro del hombre, bañado aún en sangre. No había rastro alguno de consciencia lo que le garantizaba que no estaba sintiendo lo que estaba pasando en aquellos momentos sobre su cuerpo.

- Ningún golpe en la cabeza es bueno. – Comentó el hombre aún mirando de reojo a Cora y la llamativa cantidad de sangre que manchaba su pelo y su ropa. Era cierto que la sangre era escandalosa y la cabeza tenía cientos de capilares que fácilmente podrían acabar en un charco de sangre. Pero sabía que aquello podía ser mucho más peligroso, especialmente si tenía en cuenta el golpe que se habían llevado antes.

No tuvieron que andar para darse cuenta que, a no mucha distancia, se veía una caseta. Ezra ni siquiera lograba enfocar debido al dolor de cabeza que tenía pero asintió con un leve movimiento de esta, dando por sentado que era suficiente como contestación.

- No, la moto no. – Ya la daba por perdida. Algún conductor habría dado con ella y llamado a la policía que, si identificaba la matrícula, no tardaría demasiado en llegar para buscarles. Además, dudaba que estuviese en condiciones como para siquiera arrancar. Y, de poder hacerlo, era seguro que se llevarían un nuevo golpe y esta vez no sería por un mago que aparecía y desaparecía envuelto en una nube de humo.

Siguió los pasos de Coraline sin decir palabra alguna. Su cabeza daba vueltas y no solo debido al golpe. También sentía culpabilidad. Culpabilidad porque una vez  más sus acciones habían hecho que acabase metiendo en problemas a una tercera persona que no tenía culpa de nada. Todo por su egoísmo. Por su comportamiento que rozaba lo infantil. Era un imbécil.

Pero por suerte, no estaban solos y rápidamente aquella idea se fue de su mente. Toda la culpa se disipó como si de simple niebla se tratase al escuchar la voz de aquelhombre.

- Venga, venga. – Les animó a hombros mientras cargaba con Cora.

Ezra les siguió a cierta distancia y  no por falta de ganas, sino por el agotamiento que sentía en cada centímetro de su cuerpo en aquel momento.

- Por aquí. – Abrió la puerta dando paso a una cabaña de madera bien cuidada. El olor de la chimenea llenaba la estancia e hizo que Ezra sintiese que estaban en un lugar seguro. El calor vino después. – Os traeré mantas, tenéis que estar helados.

- ¿Crees que podemos confiar en que no sea uno de ellos?  - Preguntó Ezra, quien ya desconfiaba hasta de su propia sombra.

- He pensado que será mejor que os lavéis. Todas esas heridas van a infectarse. Mientras uno se ducha el otro puede quedarse en la chimenea. Tengo un botiquín aunque no tiene mucho que ofrecer, eso lo llevaba mi mujer y hace dos años que me dejó. – Se rió. – Mientras tanto puedo ir a la gasolinera del kilómetro 23, les diré que me dejen un teléfono…

- ¡No! – Interrumpió Ezra elevando la voz.

- Está bien, está bien. Pero desde aquí no podéis llamar a casa y avisar de lo que ha pasado. ¿No os echarán de menos esta noche? – Miró el reloj situado a un lado de la chimenea. – Os iré preparando algo caliente. El baño está ahí. – Señaló una pequeña puerta situada a pocos metros mientras él iba hacia la cocina.

- Ve tú primero, vigilaré que no haga nada raro. - Casi cojeando, fue en dirección a la cocina para ver qué hacía aquel hombre, pues no confiaba del todo en él.
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Coraline I. Murphy el Vie Dic 01, 2017 9:21 am

No se esperaba para nada que allí en medio de la nada hubiese una cabaña tan bien cuidada y con tantas comodidades, de hecho no sabía que los cazadores se preocuparan tanto por esas cosas. La imagen que tenía Coraline de ellos era la de unas personas toscas y algo brutas, con poco cerebro y muchas ganas de cebarse con los pobres animales que cazaban; pero las apariencias engañan y ella mas que nadie debía de tenerlo muy claro.

Al entrar lo primero que sintió fue el calor de la chimenea, el cual hizo que sus músculos se relajaran hasta tal punto de que tuvo que apoyarse en la pared para no caerse. Entrar allí había sido parecido a meterse en un portal hacia otro mundo mucho mas pacífico que en el que ya vivían. Era un lugar bonito y acogedor, pero que no dejaba de ser la guarida de alguien que disfrutaba matando animales y eso podía verse reflejado en las paredes, en las cuales había varias cabezas de animales disecados. Entre ellas se encontraba la de una cabra con una cornamenta importante, de color negro y ojos mucho mas oscuros aún, que parecía salida de una película de terror; solo esperaba que no se pusiera a hablar y cantar como el ciervo de la película de Evil Dead, la cual por cierto también tenía lugar en una cabaña.

Agitó la cabeza para despejar esos pensamientos de su mente y lo atribuyó al golpe que se había llevado, el cual ya comenzaba a hacerla delirar y también a doler bastante. — Bueno... Ha hablado de ir a la gasolinera a llamar a alguien, emergencias su pongo, así que... No creo que un mago hiciera eso. — Y menos uno que estuviese en contra de ellos, ya que probablemente no hubiese necesitado salir de allí para llamar a sus compiches e incluso podría haber hecho acto de presencia mucho antes cuando aún estaban lidiando con el hombre pluma.

No se preocupe, en cuanto podamos reponernos un poquito nos iremos por nuestra cuenta y cogeremos un taxi de vuelta a casa. La tía Gertrudis nos está esperando para cenar y si ya se va a disgustar al vernos así, si llegamos tarde será peor aún... — Pese a que se encontraba muchísimo mas cómoda allí dentro que allí fuera tirada en la nieve, no quería permanecer demasiado tiempo allí metida, por lo tanto, pensó que debían comenzar a inventarse una historia convincente para poder salir de allí cuanto antes. ¿Dónde irían? Ya lo pensarían mas tarde.  

No le hacía mucha gracia dejar a Ezra allí solo, pero era una tontería ponerse a discutir en ese momento. Arregañadiente se metió en el baño y por poco no se llevó un buen susto al verse a si misma en el reflejo del espejo. Se dio la vuelta y vio como en jersey que llevaba puesto estaba completamente manchado de sangre por la parte de la espalda, al igual que el cuello y parte de la nuca. No podía ver qué tenía exactamente, pero parecía un corte bastante profundo. — Genial, mi primera cicatriz. —Se quejó, sin saber si además de dicho corte se había hecho algo mas debido al golpe. No tenía un aspecto demasiado bueno, sus manos estaban magulladas al igual que la piel de los antebrazos y los pantalones rotos a la altura de las rodillas indicaban que también tenía dos buena heridas. Se encontró varios moratones a la altura de las costillas y en la espalda y decidió dejar de mirar para no terminar de deprimirse.

Se limpió la cabeza y el cuello a duras penas e intentó adecentarse todo lo posible para dejar de parecer un zombie recién salido de la tumba, y a continuación salió para reencontrarse con Ezra. Se le quedó mirando durante un momento, llegando a la conclusión de que ya había descubierto ese misterio que le rodeaba y no sabía como sentirse al respecto. Quería conocerle mas afondo y saber que ocultaba, si ¿pero debía ser de esta forma? No estaba segura de que hubiese valido la pena. — Ya estoy, puedes ir entrando.

El cazador salió de la cocina con el botiquín en manos e insistió en que Cora se sentara en el sofá para examinar su cabeza. — Vaya usted a asearse joven, yo la cuido. — Con una arrugada sonrisa le indicó a Ezra el camino hacia el baño y volvió a centrarse en la morena. — Vaya vaya, que herida mas fea tiene jovencita. Deberíamos cerrarla ¿No cree? — Coraline tragó saliva y repentinamente se sintió bastante nerviosa. — No, no es necesario, cuando nos vayamos pasaré un momento por urgencias y lo solucionaremos. Esto con un poco de yodo y alcohol ya esta limpio. — Se excusó, temiendo que el tipo quisiera ponerse a practicar costura con ella. — No mujer, insisto, no puede ir así por la vida. Es mas, creo que deberían quedarse aquí esta noche.

Sin previo aviso, el hombre preparó el hilo y la aguja y empezó a coser la cabeza de Coraline, a la cual se le escapó un chillido al sentir la primera punzada. — Es mejor que esté quieta joven, sino le haré daño. — ¿No se lo estaba haciendo ya o que?
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I. Ezra Sullivan el Vie Dic 01, 2017 5:34 pm

Los años le habían hecho desconfiado, haciendo que su confianza fuese algo extraño de ver por lo que se mostró reacio a pasar a aquella cabaña en un inicio pero dado que no había nada mejor no lo dudó a la hora de verse obligado a entrar en ella. En el interior de esta no tuvo más remedio que aceptar la opción de limpiarse las heridas, ponerse ropa en mejores condiciones y curar aquellas que tuviesen fácil solución y no requerían de una intervención médica profesional.

- Ve. – Insistió Ezra hasta que Cora fue la primera en entrar al baño. Por su parte, fue en dirección a la cocina para ver qué hacía aquel hombre.

Se apoyó en el marco de la puerta como humanamente le fue posible dadas sus heridas y se cruzó de brazos sobre su regazo mientras seguía con la mirada al hombre, quien preparaba una sopa en un cazo y canturreaba mientras movía su contenido con ayuda de una cuchara de madera.

- ¡Menudo susto me has dado! Pensé que estarías ayudando a la señorita a limpiarse las heridas.

- No.

- Sí, claro, es evidente que no. Sino no estarías aquí. – Dijo el hombre con aire jovial a pesar de su avanzada edad. Parecía sentirse algo descolocado, posiblemente debido a lo poco que hablaba Ezra y las contestaciones tan frías que daba este. - ¿Sabes? En lugar de estar enfadado con el mundo deberías estar agradecido. No todo el mundo sobrevive a un accidente en la carretera y es encontrado por un hombre tan amable como yo que ofrece comida, agua y cobijo.

El hombre llevaba razón, por mucho que Ezra se sintiese reacio a dársela.

- Gracias. – Se limitó a decir con tono mohíno. No le miró a los ojos, sino que seguía mirando la cazuela como si temiese acabar envenenado.

- ¿Quieres probarla? – Ofreció el hombre. – Era la receta secreta de Sarah. Su truco era echarle una pizca de canela, imagina mi sorpresa cuando lo descubrí. Cincuenta años de matrimonio para que me lo confesase mientras firmábamos los papeles del divorcio. – Negó con la cabeza. – Nos casamos a los dieciocho años, eran otros tiempos. Ahora la gente no se casa, ni forma una familia. ¿Tienes hijos?

- No.

- Suerte la tuya, yo nunca quise tenerlos y al final me encariñé de los míos. Por suerte para cuando me separé de Sarah ellos ya eran mayores y no teníamos que discutir también por su custodia. – Dio un trago a un pequeño vaso que reposaba sobre la encimera de la cocina. - ¿Quieres? Siempre he dicho que la mejor forma de cocinar es con un vaso de anís en el cuerpo.

Ezra siempre había sido alguien dado a la bebida. Tenía facilidad para acabar  bebiendo y sin darse cuenta haber perdido la capacidad para andar en línea recta. Era una faceta de sí mismo que detestaba por su parecido con su padre, pero era algo que no intentaba siquiera hacer desaparecer. Como el mal hábito de fumar.

- Claro. – El hombre sirvió un segundo vaso y rellenó el suyo propio, tendiéndole el nuevo a Ezra para que este bebiese. - ¿Hace mucho que vives aquí solo?

- Desde que Sarah me dejó. Se quedó con nuestra casa en la ciudad, el coche y los dos perros. Le pedí que al menos me dejase esta cabaña porque había sido de mi familia y después de mucho insistir aceptó a regañadientes. Por cierto, ¿Tienes nombre? – Preguntó dando un cambio radical al tema de conversación.

- Ezra.

- Ezra. – Repitió el hombre. – Yo soy Cliff. – Elevó la mano colocando el dedo índice sobre su frente y extendiéndolo hacia delante a forma de saludo. - ¿A dónde ibais con tanta prisa como para no esperar al servicio de carreteras?

- A ver a la tía de Coraline, no vive muy lejos de aquí y pensamos que podríamos llegar atravesando el bosque. – Mintió. – Pero ya se ve que  nuestro sentido de la orientación no es lo que pensábamos.

- No lo es, eso está claro. – Dijo Cliff, quien no había creído ni una palabra de Ezra mientras seguía  moviendo el contenido del cazo.

Cuando Coraline apareció, Ezra fue en dirección al baño para limpiarse todas aquellas heridas. Tenía el cuerpo hecho un desastre. Su ropa estaba hecha girones en la parte del pantalón pero sus zapatos y su chaqueta no estaba mucho mejor. Por suerte el cuero había amortiguado el golpe y no había heridas bajo la chaqueta, aunque esta estaba casi destrozada.

Con cuidado fue metiendo las piernas en la ducha y mojándolas poco a poco con agua fría a pesar del frío que previamente habían pasado. No quería mojar aquello con agua caliente aunque fuese lo que le pedía su cuerpo a gritos y poco a poco fue limpiando las heridas con ayuda del agua y de una de sus manos mientras que la otra sujetaba la alcachofa de la ducha. Una vez comprobó que las heridas a las que llegaba estaban en buenas condiciones, salió para ver cómo iban Cliff y Cora.

- Tú no te escapes, también tengo alcohol, aguja e hilo para ti.

- Me quedaré con el alcohol. – Dijo Ezra lanzándole una sonrisa a Coraline, quien todavía estaba siendo cosida como si de una muñeca de trapo se tratase. - ¿Eres médico?

- Estudié veterinaria pero lo dejé en el primer año. Pero sé coser heridas y sacar balas, eso puedo asegurártelo.
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Coraline I. Murphy el Vie Dic 01, 2017 7:17 pm

La morena se encontraba manteniendo los ojos apretados con fuerza y sujetando uno de los cojines del sofá con la misma intensidad o tal vez mas. Las punzadas que el viejo le estaba dando en la cabeza dolían casi mas que el propio golpe desde su punto de vista pese a que estuviese exagerando bastante, pero es que a ella no le habían ofrecido alcohol para pasar mejor el rato. No, con ella había empezado a coser de forma directa y a lo bruto, como si fuese un niño pequeño y no una mujer hecha y derecha a la que tratar con cierta delicadeza. No es que fuese muy fan del anís, por dios, por sus venas corría sangre irlandesa y a ella lo que le gustaba era la cerveza y el whisky bien cargado. Sin embargo en aquellos momentos hubiese agradecido la oferta de un vaso de anís para coger el puntito y que aquello no fuera tan doloroso. Por si fuera poco, el hombre se estaba tomando su tiempo y cada punzada la realizaba con una lentitud que ponía de los nervios a la morena, quien no podía dejar de ponerse cada vez mas y mas nerviosa ¿Cuando iba a acabar?

Abrió los ojos cuando escuchó la voz de Ezra y se sintió algo mas tranquila al verle sonreír, por lo menos había recuperado parte de su particular humor pese a las circunstancias. — ¿De verdad quería ser veterinario? — A Coraline le costaba mucho creerse aquello ¿desde cuando un veterinario se dedicaba a la caza? su función era la de curar animales, no la de arrebatarles la vida. No le cuadraba demasiado que una persona como el hubiese estado interesado en esa profesión. — ¿Y por qué lo dejó si puede saberse? Es una profesión muy bonita. — Era la forma mas sutil que tenía Cora de decir que no comprendía el porqué de semejante cambio.

El hombre soltó una carcajada e hizo un mal movimiento con la aguja que hizo que la morena diera un respingo y se quejara de nuevo. No se fiaba nada de la punzadas de aquel viejo cazador y tenía por seguro que iba a pedir una segunda opinión cuando salieran de allí, si es que lograban hacerlo. Y es que la cosas, pese a haber mejorado, no dejaban de ser extrañas. Aquel tipo que en un principio había parecido ser alguien en quien confiar le daba mucha mala espina a Coraline, quien no podía dejar de pensar mal de el. — Pues la vida da muchas vueltas señorita, al final me di cuenta de que no era mi verdadera vocación. Continué estudiando a los animales, eso he de reconocerlo, pero descubrí que podría ganar mas dinero vendiendo sus pieles y carnes que salvándoles la vida. — Dicho esto, dio una última punzada e hizo un pequeño nudo al hilo, dejando la cabeza de la mujer en paz por fin.

Coraline miró a Ezra con cara de disgusto, tratando de transmitirle lo que pensaba de forma telepática. Si, algo bastante inútil, aunque esperaba que la conociera lo suficiente como para saber que no se sentía cómoda allí. Le miró de arriba a abajo como si fuera un escaner tratando de averiguar si sus heridas seguían tan mal o había mejorado algo y, por suerte, le vio mucho mejor que antes. Quizás la bebida tuviese algo que ver con ello.

El teléfono de la bilbiotecaria comenzó a sonar con la musiquita de la película de "El exorcista" e hizo que esta diera un salto del susto y que incluso Cliff diera un bote. Había olvidado por completo que guardaba su móvil en el bolsillo del pantalón como de costumbre y casi se alegró de haberlo tenido allí. — Es la tía Gertrudis, iré al baño a hablar con ella... — Corrió hacia el pasillo y se metió en el habitáculo a toda prisa. No, no era la inexistente Gertrudis, sino Doris. — Coraline Isabelle Murphy ¿¡Se puede saber donde te has metido!? Llevo dos horas, óyeme bien, dos horas buscándote por la maldita biblioteca sin encontrarte. No me digas que te has ido a casa antes de acabar con tu jornada laboral, porque te he permitido muchas cosas pero esto ya si que no, voy a hablar con los jefes y... — Cora se apresuró a cortarla antes de que siguiera gritando como una posesa. Le dolía la cabeza y el mareo que sentía no ayudaba nada, lo que menos necesitaba en aquel momento era escuchar a aquella vieja bruja. — Doris... Es que me ha llamado la policía, han visto a aquel tipo cerca de mi casa y he tenido que salir corriendo temiendo que hubiese entrado a robarme, no sabes el miedo que he pasado, pensaba que me había desvalijado la casa...

La mujer se calló y estuvo en silencio durante unos minutos, asimilando la historia de la morena y decidiendo si debía creerla o no. — ¿De verdad ha vuelto a ir por tu casa? Jesús bendito... Una mujer sola ya no pude vivir tranquila, por eso deberías haberte buscado ya un buen marido que te cuide y... — Volvía a hablar como una cotorra y, definitivamente, Cora no quería seguir escuchándola. — Si, lo se, pero no te preocupes, mi hermano se quedará conmigo unos días y habrá policía cerca de casa. Me han dicho que no salga así que me quedaré aquí un tiempo. Siento mucho lo que ha pasado hoy y te compensaré ¿Vale? Tengo que dejarte, no vemos la semana que viene.

Colgó el teléfono y suspiró profundamente, aquella mujer la agotaba en todos los sentidos. Salió del baño guardando de nuevo el teléfono y se quedó plantada mirando a Cliff y a Ezra respectivamente. — Mi tía nos está esperando, dice que ha invitado a unas amigas que están deseando conocerte y se están poniendo inquietas. No le he dicho lo del accidente para no preocuparla pero... Deberíamos irnos ya.

Estaba deseando marcharse de allí, apañárselas para volver a casa y poder hablar con Ezra tranquilamente de una vez por todas. Ya daba por perdida la cena de fin de año y todo lo que conllevaba, pero a esas alturas ya le daba bastante igual. — ¿Pero ya os vais a ir? Insisto en que os quedéis un poco mas, llama a tu tía y dile lo que ha pasado, seguro que lo entiende. — Cora tragó saliva ¿Por qué tanta insistencia? — No, de verdad tenemos que irnos. — Estaba percibiendo una mirada desafiante por parte del hombre o.... ¿Eran imaginaciones suyas?
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I. Ezra Sullivan el Sáb Dic 02, 2017 12:03 pm

Se limitó a situarse a una distancia prudencial tanto de Cora como de Claiff para no acabar pagando las represalias de sentarse demasiado cerca de ambos. Por parte de Cora, sentía que esta era capaz de golpearle para intentar aguantar el dolor de la aguja atravesando la piel de la parte trasera de su cabeza. Y, por parte de Claiff, para que dejase de negarse a pasar por la improvisada enfermería que había creado en mitad de su casa.

- Tu turno. – Dijo Claiff alzando sendas cejas de manera divertida con una sonrisa en sus labios, como si aquello fuese a alentar a Ezra a acercarse hasta donde estaba. – No seas tímido, te aseguro que no muerdo. Sólo será un segundo. Comprobaré que no tienes nada roto ni ninguna herida importante y prometo que te dejo ir.- Ezra siguió sin moverse, cruzado de brazos mirando a Claiff hasta que sonó el teléfono de Coraline.

Salvado por la campana, pensó. Pero tan rápido como aquella bocanada de oxígeno llegó, se marchó. Pues Claiff avanzó hasta situarse a su lado con la aguja y el hilo en la mano.

- No te preocupes, todavía no voy a coserte. Además, tengo que desinfectarlo todo. – Era una falsa alarma, por lo que dejó la aguja sobre un pequeño plato lleno de lo que parecía ser agua pero que por su llamativo olor tenía como mínimo varios grados de alcohol.

- ¿Y qué se supone que tienes que mirar? – Preguntó Ezra no muy seguro de que quisiese saber la respuesta  a su propia pregunta.

- Anda, levanta la camiseta chaval. ¿Quieres que te deje unos pantalones? Los tuyos están hechos un desastre.

- No hace falta. – Se negó.

- Insisto, no es molestia. – Como si Ezra hubiese dicho en algún momento que no quería causar ningún tipo de molestia a aquel tipo.

- Que no. – Volvió a repetir. No pensaba ponerse la ropa de un desconocido. Además, bajo su punto de vista sus pantalones no estaban tan mal. Solo estaban rotos, totalmente inservibles a no ser que quisiese hacer trapos con ellos. Pero eso no quitaba que fuese a darle la razón a Claiff.

- Pues levanta la camiseta, tengo que comprobar que no tengas nada roto además de esa cabezota tuya.

Muy a regañadientes levantó la camiseta permitiéndole a Claiff inspeccionar el estado de sus costillas. No hubo queja alguna ni rastro alguno de dolor en su rostro. Claiff miraba su cara en busca de algún tipo de cambio en su expresión, pero nada.

- ¿Ves? No ha dolido. Ahora las piernas. Y para eso necesito que te quites el pantalón.

- Y una mierda.

- Venga chaval, no tienes nada que yo no haya visto antes. – Ezra, reacio pero cansado de darle negativas, se sentó en el sillón con los pantalones a la altura de los tobillos. – Eso pinta feo. Tenemos que desinfectar bien las heridas antes de que vaya a más. – Se arrodilló a su lado y con ayuda de gasa y alcohol fue pasando poco a poco por las heridas del hombre.

Aquello sí resultaba molesto pero Ezra se negó a quejarse por puro orgullo en parte y por otra para no tener que aguantar otra conversación con Cliff, quien parecía demasiado concentrado como para ponerse a hablar.

Por suerte, no tardó demasiado en limpiar aquello y Coraline llegó justo a tiempo para que Ezra hubiese acabado de subirse los pantalones.

- Será mejor que nos vayamos entonces. Gracias por todo Claiff, de verdad. – Buscó en su cartera algo que darle al hombre aunque por suerte para Ezra este se negó.

- No me des nada, no pienso aceptarlo. Con que os quedéis a cenar por fin de año me vale. No quiero que salgáis fuera con la que cae y tengáis otro accidente. Además, ¿Pensáis ir andando?

- Podemos ir hasta la gasolinera y que Gladis pase a recogernos.

- Doris. – Corrigió Cliff.

- Como sea. – Ni le importaba si aquella señora existía o era una tía imaginaria que Coraline había inventado para aquella historia.

- Dejadme al menos que os de algo de ropa de abrigo, ¿Vale? – Insistió Cliff. – Tengo algo en el desván, no es gran cosa pero tengo ahí toda mi ropa. Puede que algo os sirva.

Cliff se encaminó para tirar de un trampilla situada cerca de la cocina, haciendo que del cielo cayesen unas escaleras que conducían a una abertura en el piso superior.

- Ezra, ayúdame, ¿Quieres?

Ezra hizo un gesto a Coraline con la mano para ambos subir por la escalinata tras Cliff en dirección al desván, el cual era un maldito hervidero de polvo y objetos inútiles.
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Coraline I. Murphy el Sáb Dic 02, 2017 10:02 pm

La insistencia del hombre por que se quedaran a cenar por el estaba poniendo de los nervios a Coraline y poco le quedaba para salirse de sus casillas ¿No tenía familia o qué? Además debía estar muy loco como para querer pasar la noche de fin de año con unos completos desconocidos; en definitiva, cada vez se fiaba menos de aquel viejo que parecía ser un lobo con piel de cordero. Había muchos factores que hacían que la morena sospechara de el cada vez mas y que le cayera aún peor, empezando por esa manía suya por matar animales y disecarlos. La mirada de la cabra colgada en la pared principal de la cabaña aún seguía torturando a Coraline, quien ya no sabía como colocarse para no toparse con ella, era enorme.

El ofrecimiento de ropa de abrigo le resultó demasiado tentador como para negarse, además tenía que reconocer que no iban a poder ir por la vida con las pinta que llevaban. Necesitaban, como mínimo, un abrigo con el que resguardarse del frío y una bufanda; al menos Cora se daba por satisfecha con ello. — Está bien, pero no podemos demorarnos demasiado. Mi tía está de los nervios y no quiero que le dé un yuyu o algo así. — Se excusó, volviendo a dejar claro que tenían prisa y estaban deseosos de salir de allí de una maldita vez.

Subió al desván aún sin fiarse demasiado, pegada a la espalda de Ezra como cuando de pequeña se escondía detrás de su hermano cuando algo le daba miedo, para que este la defendiera. Buenos tiempos que no venían a cuento en aquel momento. Despejó la mente y se recordó a si misma que a quien tenía frente a ella era a Ezra, no a Connor, y que debía tener cuidadito con eso de saltar encima de el o arrimarse como una lapa si no quería acabar cabreándole. ¿Había algo que pudiese cabrear mas a los dos? Es decir, mas de lo que ya lo estaban. Pues si, efectivamente.

La alergia de Cora no tardó en aparecer, haciendo que se le pusieran los ojos rojos y comenzara a estornudar. Sin embargo, había algo mas ahí arriba, algo que olía tremendamente mal. — Ahí al fondo tengo un armario con ropa, podéis coger lo que queráis. — Señaló Clif, quien se posicionó tras ellos. El lugar estaba oscuro y se tenían que mover a ciegas, así que la morena no tardó mucho en dejar relucir su patosidad y caer de morros en el suelo al tropezar con alguna cosa. Fue entonces cuando vio la cabeza de un ciervo en el suelo, aún con sangre brotando de su cuello.

Repentinamente, Cliff desapareció dejando cerrada la puerta del desván y tanto Ezra como Cora pudieron escuchar una especie de candado. — Hoy vamos a cenar todos juntos, será una noche muy especial que jamás olvidaréis. — Aseguró el viejo desde la parte de abajo, entre risas.

Horrorizada, Cora se levantó del suelo con dificultad, su cuerpo le pesaba como mil toneladas. — ¿Dónde nos hemos ido a meter? — Preguntó de forma retórica, estaba claro que habían ido a dar con un maldito psicópata. Aún a ciegas, la bibliotecaria se movió por la sala hasta encontrar un interruptor que encendía una pequeña bombilla cuya luz amarilla apenas iluminaba por completo el lugar. Había una mesa grande con herramientas y restos de carne que olían a podredumbre. El resto eran cajas y trastos viejos, los cuales no quería saber para que servían.

Miró a su alrededor y descubrió una ventana, pero para su fastidio estaba tapiada con tablas de madera. — Tenemos que encontrar la forma de salir de aquí. — Susurró, recogiendo toda su fuerza de voluntad para no echar hasta la primera papilla.

Y, entonces, cayó en la cuenta de un detalle muy importante. — Me ha escuchado... Ezra, ha escuchado lo que hablaba por teléfono. — Le sujetó del antebrazo, comenzaba a estar verdaderamente asustada. — ¿Como ha sabido sino que era Doris quien me había llamado? Y si... ¿Y si es uno de ellos? — Bueno, pues ya podían darse por muertos.
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I. Ezra Sullivan el Sáb Dic 02, 2017 11:23 pm

Tras Claiff, ambos subieron hasta el piso superior. Aquel lugar parecía no haber visto una aspiradora ni un plumero para el polvo en años. Posiblemente los años que hacía que Claiff se había divorciado y su mujer no le obligaba a mantener el lugar, como mínimo, higiénico. A pesar de eso y aun con paso desconfiado ante la entrada en un lugar desconocido, Ezra avanzó siguiendo de cerca con la mirada a Claiff, aún temiéndose que pudiese hacer una tontería.

Desgraciadamente, para cuando eso sucedió Ezra estaba demasiado distraído ayudando a levantarse a Cora, quien acababa de perder el equilibrio. Apenas podía ver debido a la poca luz que había en aquel lugar de la casa, por lo que no era de extrañar que cualquiera de los dos pudiese perder el equilibrio con la cantidad de objetos, cajas y cachivaches que se acumulaban en el desván de aquella cabaña.

- No me jodas. – Murmuró Ezra antes de acelerar el paso en dirección a la puerta que ahora yacía cerrada.

Se colocó de rodillas e intentó abrir la puerta sin éxito, especialmente teniendo en cuenta que el único picaporte estaba por el exterior y encima ahora se encontraba cerrado con la ayuda de algún tipo de candado. Dio más de diez golpes con los puños cerrados, usando todas sus fuerzas pero lo único que consiguió fue acabar haciendo que el polvo que se encontraba en el suelo se dispersase por toda  la habitación, haciéndole estornudar.

- ¡CLAIFF! – Gritó Ezra sin importarle demasiado el polvo que él mismo estaba haciendo. – Déjate de gilipolleces y abre ahora mismo, ¿Me oyes? – Por un segundo tuvo la vana esperanza de que aquello fuese una puñetera broma. Pero para alguien como Ezra las bromas parecían ser imposibles. Él acababa cubierto de mierda hasta las orejas sin siquiera planearlo. Como si tuviese un maldito imán para acabar metido en problemas. - ¡Claiff, se que puedes oírme! Cuando salga de aquí pienso meterte por el culo los  cuernos de la cabra que tienes en el salón. ¡Sé que me oyes! ¡Te juro que para eso vas a necesitar más que alcohol e hilo! – Amenazó el castaño haciendo alarde de su poca paciencia, sus malas formas y su violencia habitual.

No pensaba quedarse de brazos cruzados. Intentó una vez más forzar aquella puerta sin éxito.

- Hay que buscar algo para abrir esto. – Dijo en dirección a Coraline.- ¿Quién cojones es Doris? – Preguntó Ezra, quien verdaderamente no había escuchado nada de la conversación de Coraline con su compañera de trabajo y seguía con la mentalidad de que la tía de Coraline se llamaba Gladis y no Gertrudis. – Joder.

Golpeó una última vez la puerta situada en el suelo con el puño, pero esta vez de canto. No se trataba de un intento de abrir la puerta, sino más bien un gesto de decepción, agotamiento y cansancio. Una fusión de aquellas tres sensaciones que recorrían su cuerpo en aquel momento.

Se levantó y dio un par de vueltas por la habitación, con cuidado de no caer sobre ninguna de las cajas. Buscó un cigarrillo en la cajetilla de tabaco que llevaba en el bolsillo de la chaqueta y lo prendió para darle una calada, haciendo que hubiese un nuevo foco de luz en aquella habitación.

Con ayuda del mechero, fue mirando todo lo que encontraba en la habitación, encontrando variedad de objetos que no comprendía exactamente de qué se trataban. Pero no le importó en absoluto. Lo único que quería encontrar era algo con lo que poder forzar la puerta para salir de ahí, pues parecía no haber rastro alguno de ventanas u otra salida que pudiesen usar. Pues, la única ventana que había, estaba tapiada y pasaba desapercibida a primera vista debido a la cantidad  de objetos situados delante de esta.

- ¿Encuentras algo con lo que podamos hacer palanca? – Preguntó sin estar seguro de que aquello fuese a  servir. – Por lo menos hay que encontrar algo con lo que golpear a ese hijo de puta si vuelve. – No podían quedarse eternamente esperando cerca de la puerta  a que Claiff volviese. ¿Y si no lo hacía? ¿Y si les mantenía encerrados en aquel desván hasta que sus fuerzas se acabaran y su cuerpo acabase por devorarse a sí mismo antes de morir? ¿Hasta que perdiesen la cabeza y se mataran el uno al otro en un intento por terminar con aquella agonía antes de que lo hiciese el hambre?

OFF: Tiro dado de criatura para ver qué nos sale por ahí escondido :pika:
EDITO: JAJAJAJA Super serio todo.


Última edición por I. Ezra Sullivan el Sáb Dic 02, 2017 11:24 pm, editado 1 vez
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Maestro de Dados el Sáb Dic 02, 2017 11:23 pm

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Coraline I. Murphy el Dom Dic 03, 2017 10:57 am

Cuando Ezra se puso a golpear la puerta con los puños sintió dolor, pues se estaba dejando la piel en ello. Al final iba a acabar el con las manos mas destrozadas que ella misma y le sabía fatal. Aquella vez era ella quien tenía la culpa de que estuviesen allí encerrados, por haberse fiado de la primera persona que habían encontrado. Solo tenía una cosa clara y esa era que jamás iba a volver a confiar en un desconocido que le ofreciera su ayuda. Se acercó a el y le puso una mano sobre el hombro. — Ezra, déjalo, no vale la pena hincharse a golpes con eso. — Le dejó su espacio para permitirle que se encendiera el cigarro, sintiendo algo de envidia por el calorcito que el mechero le debía estar dando en las manos, ya que si fuera hacía frío, en aquel desván era mucho peor. Cuando Cora exhalaba aire salía ese humillo blanco con el que jugaba a hacer como que fumaba cuando era pequeña. Para colmo, aquel lugar estaba húmedo y los olores y el polvo no ayudaban para nada.

La de la biblioteca, me ha llamado porque he salido corriendo sin avisar y, bueno... Ya te puedes imaginar el resto, no viene a cuento. — Sacó de nuevo su teléfono móvil para comprobar cuanta batería le quedaba y que hora era. Estaba por la mitad, por lo que aún podía sentirse tranquila respecto a ello, sin embargo el reloj marcaba las cinco y media, anunciando que pronto caería el sol y se quedarían completamente a oscuras. Y que probablemente acabarían perdiéndose la cena de año nuevo, pero... ¿Que mas da? El plan de Cora era cenar sola frente a la tele y comer guarrerías hasta dormirse, nada del otro mundo, y dudaba mucho de que Ezra tuviese un plan mejor que el de ella.

Empezó a rebuscar entre los trastos que había en el suelo. — Algo encontraré, pero si es posible debemos usarlo para salir de aquí, no para golpearle. Lo único que nos falta es que nos acusen de asesinato a los dos. — De hecho ya tenía serias dudas sobre si iba a poder salir de ese embrollo sin que nadie pusiera un ojo sobre ella. Encontró una caja de cartón diferente al resto, envuelta en lo que parecía ser un papel de regalo extraño y con unos agujeros. Dejándose llevar por la curiosidad, la abrió y de esta salieron tres pelotas peludas que fueron a parar directamente al pelo de Coraline.

Hacían unos ruiditos extraños, por lo que supuso que eran criaturas vivas, unas que jamás había visto. Parecían una especie de hamsters gordos y peludos de color rosado, casi un híbrido de Furby. — ¡Quítamelos, quítamelos! — Gritó asustada agitando la cabeza para que se despegaran de ella. Y así lo hicieron, pasando a recorrer la largura de sus brazos, momento en el que les pudo ver con claridad. — ¿Pero que son estas cosas? — No parecían hostiles, pero si muy curiosas y juguetonas. Quizás en otro momento Cora hubiese disfrutado de aquellos bichos, pero no era el momento de ponerse a jugar. — Vamos ¡Dejadme! No me lo puedo creer, esto no puede ser mas surrealista.

¿O si?

Había algo mas en aquella caja de colores, algo totalmente inesperado. Cinco criaturitas mas salieron de la caja y comenzaron a volar por todo el desván, yendo directos a tirar del pelo a Ezra y después a Cora, quien aún tenía a los bichos rosados sobre ella. — ¿Pero que mas hay aquí? — Rápidamente se movió por el desván en busca de algo útil para defenderse y, al chocarse con la mesa que ocupaba el centro y estaba llena de carne, se encontró con un martillo bastante gordo que utilizaban los carniceros para machacar filetes. Comenzó a golpear en el aire intentando alejar a los duendecillos de si misma y de Ezra, rezando para que no se le fuese la mano y el pobre hombre no recibiera un martillazo también.

Quizás esto sirva de algo, vamos a darnos prisa. — El karma se estaba riendo de ellos a base de bien, algo muy malo debían haber hecho en sus anteriores vidas para haber acabado así, porque sino Cora no se lo explicaba. Sin duda alguna iba a recordar aquella noche de fin de año durante toda su maldita vida.


Última edición por Coraline I. Murphy el Dom Dic 03, 2017 11:05 am, editado 1 vez
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Maestro de Dados el Dom Dic 03, 2017 10:57 am

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I. Ezra Sullivan el Dom Dic 03, 2017 12:30 pm

Estaban encerrados y no había manera humana de salir de ahí. Ezra intentó abrir la puerta como le fue posible, pero ni con esas consiguió siquiera hacer temblar al candado que estaba al otro lado de la puerta cerrada. Un último golpe antes de rendirse y ponerse a buscar por toda aquella estancia algo que pudiesen usar como palanca para forzar aquella puerta, aunque dudaba que hacer palanca fuese suficiente como para estallar un candado.

- ¿Y qué? – Preguntó Ezra sin comprender muy bien qué tenía que ver la llamada de la mujer de la biblioteca con haber acabado encerrados en un desván. – Que le hayamos mentido sobre dónde íbamos no es razón para encerrarnos en un puñetero desván como un maldito asesino en serie. – Levantó una lona de tal manera, con tanta fuerza, que tiró varios objetos que se encontraban escondidos bajo esta. - ¿Oíste lo que dijo? Está loco, no tiene que ver con Doris, Gladis, Gertrudis o cómo diablos se llame la vieja de la biblioteca. – Por su tono de voz podía deducirse que estaba más molesto con el mundo de lo que habitualmente lo estaba.

Escuchó un ruido metálico al que no dio demasiada importancia. Supuso que al mover la tela y haber tirado varios objetos todavía habría alguno que  se estaría asentando sobre el suelo. Y así era. Una jaula de hierro se movía rodando por el suelo ligeramente inclinado del desván hasta chocar con una de las paredes y abrirse de golpe.

- Si para salir de aquí tengo que llevarme a ese idiota por delante, lo haré. – Contestó Ezra. No es que fuese un animal que acabase con la vida de todo aquel que se cruzaba en su camino. Pero aquel hombre se lo había ganado a base de bien y no iba a esperar a que abriese la puerta, les diese la sopa caliente y se bajase a dormir en su cómoda y caliente cama mientras ellos se morían de frío ahí arriba. Todo eso con una sonrisa de agradecimiento, porque encima debería darle las gracias por haberle encerrado en su  maldito desván. ¡Y una mierda!

El grito de Cora alertó a Ezra de que algo no iba bien. Aceleró el paso buscando a tientas donde se encontraba Coraline escuchando el ruido de algo que parecían ser animales. Sin dudarlo, estiró las manos en dirección a Cora llevándose un pequeño mordisco en uno de sus dedos. Nada doloroso, pero sí molesto.

- Joder. – Murmuró mientras buscaba en la zona cercana a donde se encontraban algo con lo que deshacerse de ellas. Lo único con lo que dio fue una lona que utilizó para, como le fue posible, meter en ella a dos de aquellas criaturas, lanzándola lejos de allí. La lona dejó de moverse con el golpe y los gruñidos, similares a los de ratones, cesaron. Aunque todavía quedaba una de esas criaturas que gruñían recorriendo el pelo de Coraline. Por suerte, cuando se produjo el siguiente sonido la criatura desapareció a un rincón oscuro en busca de sus compañeros.

Los duendecillos ya estaban haciendo de las suyas descolgando un cuadro que había en una de las paredes, haciendo que el peso venciese hacia delante y cayese al lado de Ezra, levantando gran cantidad de polvo y pudiendo haber sido un golpe fatal en el caso de haberse producido. Co la falta de luz era imposible prever ese tipo de  sucesos pero al escuchar varias risitas comprendió que no estaban solos. Había algo ahí y teniendo en cuenta su mala suerte se temía lo peor: algo mágico.

- Me caguen la puta. – Casi gritó intentando zafarse con las manos de aquellas criaturas que ahora les atacaban a ambos como si de un enjambre de abejas furiosas se tratase. Realmente no les golpeaban ni hacían nada, solo les aprisionaban y hacían retroceder con sus movimientos basados en puñetazos con sus pequeñas manos y patadas.

Se apartó a tiempo de no recibir un golpe por parte de  Coraline y rápidamente se agachó para ir avanzando fuera del control de aquellos seres voladores. Se acercó a la mesa donde había apartado la tela y cogió esa misma tela colocándola en uno de sus brazos. De un golpe, partió una de las patas de la mesa alertando a los duendecillos de dónde estaba su posición. Con aquellos seres encima intentó, como pudo, colocar  la tela alrededor de la pata de la mesa para prenderla fuego. Aquello no iba a durar prendido tanto como lo haría si tuviese aceite para quemar, pero no podía tener todo en esa vida.

Con su improvisado bate en llamas golpeó a uno de los duendecillos dejándolo fuera de combate en el acto. Hizo lo mismo con otro, pero este tuvo mejor suerte y comenzó a arrastrarse por el suelo sin poder elevar el vuelo. Acto seguido se vio obligado a soltar el palo, ya que las llamas lo estaban consumiendo y, al soltarlo, las llamas comenzaron a devorar parte de la habitación convirtiéndolo en un horno. Devorando poco a poco todo lo que encontraban a su paso.

- Joder. – Volvió a maldecir, buscando una salida que ahora podía atinar a verse gracias a la luz que las llamas provocaba. - ¡Cora! – Gritó Ezra, intentando captar la atención de la morena.

Los duendecillos se habían asustado por las llamas y revoloteaban buscando una salida, al igual que ellos. Los tres roedores habían vuelto en sí y ahora se encontraban pegados a una pared y, sobre ellos, los tres duendecillos conscientes golpeaban esa misma pared que Ezra señalaba y que, en cuestión de segundos, comenzó a intentar destrozar. Era una ventana tapiada, su única salida.

OFF: Primer dado para los bichitos rosas. Segundo para los duendecillos.
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Coraline I. Murphy el Dom Dic 03, 2017 2:57 pm

Según los cuentos que había leído de pequeña los duendecillos eran criaturas buenas y graciosas que traían regalos de vez en cuando, pero acababa de descubrir que había sido engañada vilmente. Ya comenzaba a odiar a aquello bichos que no dejaban de tirarla del pelo y morderla de vez en cuando, parecían ratas. Estaba demasiado ocupada tratando de deshacerse de ellos como para prestar atención a lo que hacía Ezra, así que se llevó un susto de muerte cuando repentinamente le vio  con un palo en llamas, zarandeándolo para espantar a aquellos bichos. Se hizo a un lado para dejarle espacio y que lograra poner a esas criaturas en su lugar, mientras ella por su parte aprovechaba la luz de la antorcha improvisada para buscar la salida.

Y de repente comenzó a notar un calor  que fue subiendo progresivamente hasta hacerse insoportable, siendo acompañado de un humo escandaloso que no la dejaba respirar. Miró a Ezra y horrorizada vio como la habitación estaba en llamas. Al estar llena de trastos antiguos, estos comenzaron a prenderse a toda velocidad y si no hacían nada por salir acabarían muriendo calcinados y, probablemente, dándole una alegría al loco de abajo. El cual, por cierto, supuso que había tenido que salir, pues de lo contrario le parecía extraño que no hubiese hecho ya acto de presencia aunque solo fuese para dedicarles alguna amenaza o algo parecido.

Se acercó al lugar en el que su amigo y los duendecillos se encontraban, todos intentando destapar lo que parecía ser una ventana tapiada. Los bichos rosas no tardaron demasiado en unirse y pudo apreciarse lo aterrados que estaban, a Cora le dio muchísima pena; no parecían malos, sino simplemente revoltosos y con ganas de jugar.  

Con la ayuda del martillo de carne, la morena empezó a picar la madera que tapiaba la ventana con cuidado de no aplastar ningún duendecillo o las manos de Ezra. Cada vez le costaba mas respirar y la visión era escasa debido al humo que cada vez era mas intenso. Siguió golpeando la madera con fuerza hasta que finalmente esta cedió y del impulso, tanto los duendes, los bichejos rosas y Cora salieron despedidos por inercia. La bibliotecaria se quedó colgando con medio cuerpo fuera de la ventana mientras que el martillo caía al suelo y se perdía en la nieve del exterior. — ¡Ya estamos! Estoy viendo el bosque y la carretera principal a lo lejos. — Anunció, sujetándose a la tejas del techo para sacar las piernas.

Le tendió la mano a Ezra para ayudarle a salir y miró hacia abajo sin estar muy convencida de lo que estaba apunto de proponerle. — ¿Saltamos? — Había bastante nieve en el suelo, pero nada les aseguraba que con la caída no fuesen a romperse algún hueso y eso es lo que menos necesitaban en aquel momento. Pero no podían quedarse allí arriba eternamente mientras la casa se quemaba, pues ambos acabarían pegados al techo cuando su piel se derritiera a causa del fuego.

¡Pero que le habéis hecho a mi casa! — La voz de Cliff se escuchaba desde el interior, cercana al desván, y parecía estar muy, pero que muy enfadado. Podían escuchar las pisadas de sus botas y como intentaba abrirse paso a travé de las llamas para llegar a la ventana que había sido por fin abierta. — Mierda... A la de 3. — Sin terminar de contar, Coraline se tiró desde el tejado al suelo, llevándose consigo a Ezra, pues no le había soltado de la mano mientras estaban ahí arriba por puro miedo. El choque contra el suelo fue duro y muy frío, movió las piernas y los brazos para comprobar que estaba todo en su sitio y, por suerte, así era. Tan solo tenía un dolor de lo mas horrible en su trasero. Desde arriba, Cliff se había asomado a la ventana y cuando estuvo apunto de hacer el amago de saltar tras ellos pareció ser alcanzado por el fuego, pues retrocedió hacia el interior gritando.

La morena zarandeó a su amigo, preocupada por su bienestar. — ¡Ezra! ¿Estás bien? ¿Puedes caminar? Tenemos que irnos de aquí antes de que alguien nos descubra.

Tiro coso para el duende (?)
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Maestro de Dados el Dom Dic 03, 2017 2:57 pm

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