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FLASHBACK — I float away, but you're my gravity [PRIV.]

I. Ezra Sullivan el Dom 29 Oct 2017 - 21:36

Recuerdo del primer mensaje :

 
31 de diciembre de 2016, 12 de la mañana - Biblioteca

Era capaz de identificar el momento exacto en el que su vida se había hecho pedazos ante sus ojos. El momento en el que la mano de su madre dejó de aferrar la suya propia y sus ojos se cerraron para no volver a abrirse. Había sido rápido y no había sufrido. Por suerte, en su último aliento, no lo había hecho.

- Audra. – Susurró al otro lado del teléfono. – Se ha ido. – La voz de su hermana se rasgó y no hubo contestación alguna por su parte. Sólo llanto y, finalmente, logró articular una sola frase.

- Ya voy. – Dijo antes de colgar el teléfono.

No había sido fácil. Había hecho un esfuerzo por mantenerse firme. Como si de una piedra se tratase. Nunca había sido un hombre que se rompiese ante las adversidades de su vida. Había sufrido suficiente como para mantenerse frío como un témpano de hielo pero la muerte de su madre hizo mella en él. Lloró antes de que Audra llegase desde su casa hasta el hospital en compañía de su marido y sus dos hijas pequeñas. Abrazó a su hermana y a sus sobrinas fingiendo que todo estaba bien, que la muerte no era un mal final. Fingió que estaba bien cuando aquello acababa de romper todo su ser.

De eso había pasado poco más de una semana. Días suficientes para que su padre y su hermano decidiesen que el hecho de tener un squib en la familia podrías servirles para llevarse una buena tajada. Ilusos de ellos, pensaron que al Ministerio de Magia le importaría lo más mínimo contar con un squib entre sus presos. Un squib, ¿De qué servía aquello? Sólo servía para tener una mancha en su árbol genealógico y más cuando no había una madre con vida que se encargase de proteger a uno de sus retoños.

Pero su crimen no había quedado sin castigo. Dejándose llevar por sus instintos más primitivos lo había golpeado hasta dejarlo en estado crítico. Suerte que Ewan había llegado justo a tiempo para ponerle freno a la ira de su hermano menor y, con su varita, había impedido que el castaño acabase con la vida de su padre e incluso con la suya. Por suerte, Ezra había logrado escapar pero en aquellos instantes ya no era únicamente un peligro para la sociedad mágica sino para también para la muggle que ya tenía noticias de lo acontecido en la vivienda de los Sullivan.

Había estado dos días vagando sin rumbo, sin la posibilidad siquiera de poner un pie en su propia casa porque aquello sería como ponerse una soga al cuello. Había pasado por los alrededores comprobando que su casa estaba vigilada y no tenía más remedio que dormir en los lugares más recónditos que encontró. Lugares donde la policía no se atrevía siquiera a aparecer. Lugares donde si te arriesgabas ni siquiera el sol amanecía.

* * *

- Disculpe, ¿Tendría cinco minutos para hablar  con nosotros? – Preguntó el agente Johson a Coraline Murphy después de hablar con la recepcionista.- Su compañera nos ha dicho que usted podría tener información relevante sobre este sospechoso. – Matizó el policía antes de sacar de un sobre de color amarillento una fotografía de Ezra. Una fotografía tomada en prisión años atrás pero que mostraba un rostro reconocible para la castaña. - ¿Ha visto al señor Sullivan en los últimos días? Cualquier información podría sernos de utilidad para su detención.

Pocos metros tras aquel hombre, escondido en la sala de las fotocopiadores donde Coraline le había insistido en que se escondiese al ver a la policía llegar, escuchaba la conversación como podía sin tener casi acceso a las palabras de aquellas dos personas.

No había tenido tiempo para explicarle nada a Coraline. Sólo había podido decirle que necesitaba ayuda y que no sabía a quién recurrir. Y antes de que pudiese dar cualquier otro tipo de información, la policía había llegado hasta la biblioteca acabando con las esperanzas de Ezra. ¿Y si ella no confiaba en él y lo entregaba?
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I. Ezra Sullivan el Dom 3 Dic 2017 - 19:03

Aquello podía convertirse en su tumba si no actuaban rápido. Las llamas devoraban todo lo que quedaba a su paso y, teniendo en cuenta la cantidad de objetos que había en aquel desván, no cesaban de alimentarse con muebles, cortinas, lienzos o ropa antigua. Los cimientos de madera que sujetaban el techo sobre sus cabezas también comenzaron a caer, haciendo que las cenizas cayesen sobre ellos cada vez de mayor tamaño. Las vigas de madera se partían al perder consistencia haciendo que el techo comenzase a tambalearse, convirtiéndose así en un nuevo peligro que les acechaba desde arriba.

Con la ayuda de los duendecillos, Ezra dio con una salida. Y gracias a la tarea de Coraline, consiguieron quitar las maderas que tapiaban la ventana sin demasiada dificultad. En cuanto tuvieron oportunidad, los duendecillos emprendieron el vuelo escapando por la ventana mientras que aquellas bolas de pelo que emitían ruidos similares a los de las ratas, saltaron al tejadillo de la entrada bañado por la nieve y se deslizaron hasta caer al suelo, dejando su huella en forma de agujero en la nieve. Las tres criaturas rodaron y rodaron hasta perderse de alcance de su vista.

- Espera. – Dijo Ezra yendo en dirección al duendecillo que aún se arrastraba en busca de la ventana, guardándolo en el bolsillo situado en el pecho de su chaqueta. Hizo lo mismo con el segundo duendecillo que aún yacía inconsciente entre las llamas, lo cual le costó una pequeña quemadura en la mano.

Cubrió su rostro y cabeza con el brazo libre en un intento de volver en dirección a la ventana donde se encontraba Coraline, ya con los dos duendecillos guardados en el bolsillo de la chaqueta. A pesar de su aspecto, de su manera de comportarse o de sus amenazas, Ezra tenía un corazón que no le cabía en el pecho. Era una persona que, por naturaleza, ayudaba a los demás para luego no admitir que lo que había hecho era, precisamente, salvarles. Se preocupaba por el resto en silencio, sin nunca decirlo en voz alta. Y eso le había metido en más de un problema, como en aquel momento donde las llamas podrían haberlo devorado en cuestión de segundos o el techo hubiese caído sobre su cabeza al perder el soporte  de las vigas.

Ezra llegó hasta donde estaba Coralien y, tras él, escuchó la voz de  Cliff. Ezra se giró sin atinar a verlo por el contraste que las llamas ejercían. La luminosidad de estas le impedía ver el interior de la habitación más allá de los metros más cercanos a la ventana.

Afirmó con la cabeza y contó en su mente. Uno. La voz de Cliff volvió a sonar mientras que las llamas devoraban todo a su paso, con aquel sonido tan característico al masticar la madera y todo aquello que iba convirtiendo en cenizas. Dos. Apretó la mano de Coraline con fuerza. Tres. Ya estaban casi a punto de llegar al suelo cuando Ezra terminó de contar en su cabeza, sin soltar la mano que aún aferraba con fuerza.

Ni siquiera alcanzó a ver a Cliff sobre sus cabezas. Ni a pensar que las llamas podían estar devorando al anciano que se había esforzado por ayudarles para, seguidamente, darles una puñalada encerrándoles en un desván con aquellas extrañas criaturas. Era un mago. O, al menos, conocía aquel mundo.

- ¿Crees que ha avisado a alguien de que estábamos ahí? – Sólo podía pensar en que Cliff había sabido quienes eran desde antes de que pusieran un pie en su casa. Lo había planeado todo. Él junto con el hombre del sombrero lo habían organizado de tal forma que todo pareciese un encuentro fortuito cuando no lo era. Cliff estaba en aquella cabaña por una razón: dar con ellos.

Atinó a enderezarse apoyándose en Coraline. La pierna izquierda le dolía incluso más que antes tras aquella última caída y su pecho comenzaba a moverse aceleradamente, como si el corazón se le fuese a escapar. Por suerte, no se trataba de su corazón intentando atravesar su pecho de manera desesperada convirtiendo aquello en un espectáculo grotesco de sangre y vísceras, sino de los dos duendecillos que había guardado en su chaqueta que intentaban salir de ahí. En cuestión de segundos lo lograron, haciendo un agujero en la chaqueta en lugar de salir por la abertura habilitada para ello, alejándose de ambos  volando como si estuviesen borrachos.

- ¿Y dónde se supone que vamos a ir? – Preguntó Ezra. Pues volver a la carretera era una locura pero con el frío que hacía y el estado en el que se encontraban bien podrían morir ahí mismo. – Tú tienes que ir hacia la gasolinera y llamar a alguien para que te recoja. Yo distraeré a Cliff para que puedas irte. – Casi empujó a la chica en dirección a la carretera, la cual ni siquiera lograba a verse donde se encontraban.

Pero no necesitaron mucho más. El mago del sombrero caminaba dando grandes zancadas hasta donde se encontraban y esta vez no estaba solo.

- Ese hijo de puta les ha dicho donde estábamos. – Maldijo a Claiff antes de tomar la mano de Cora y salir corriendo para situarse, al menos, al otro lado de la vivienda para usarla así de barrera.

- ¿Creéis que dos Squibs tienen algo que hacer contra tres magos? Una casa no os servirá de nada para defenderos.
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Coraline I. Murphy el Dom 10 Dic 2017 - 10:59

La chica le dedicó una mirada fulminante a Ezra al escuchar su propuesta, que mas bien sonaba como una orden. Le parecía indignante que le estuviese proponiendo que le dejara allí tirado sin mas y se fuese por su cuenta mientras que aquel maldito loco le atrapaba y le hacía vete a saber que. — ¿Estamos locos o que pasa? No me pienso ir de aquí sin ti. O salimos de esta juntos o no salimos, no hay mas que discutir sobre eso. — Le ayudó a levantarse pese a que a ella también le dolía todo. Lo bueno es que había dejado de sangrar tan estrepitosamente y no iban a ir dejando rastro, si es que podían avanzar algunos metros, claro está.

Eso le hizo pensar en porqué aquel pirado se había tomado la molestia de cuidar de las heridas de ambos, sobretodo de coser su cabeza. Dejando de lado el hecho de que parecía ser por sadismo ya que había disfrutado como un niño escuchando a Cora quejarse, supuso que era porque les querían vivos. Total, estando muertos no podrían desquitarse con ellos cómodamente ¿Verdad? Definitivamente estaba pasando algo demasiado raro y la bibliotecaria no terminaba de comprender porqué todos estaban tan locos.

Como si de una pesadilla se tratara, Cliff y sombreroman hicieron acto de presencia como si fueran estrellas del cine, los amos del barrio, los reyes del cotarro... Lo que sea. En ese momento, Coraline quiso pellizcarse a si misma para asegurarse de que efectivamente no era una pesadilla, pero todo el dolor que sentía su cuerpo era suficiente como para confirmarlo. — ¡Tres! ¿Que tres? — Le pregunto a Ezra, como si el pobre tuviera idea de lo que estaba pasando. Y es que aquel par de matones no estaban solos, tras ellos apareció una mujer que pese a tener el pelo grisaceo como el de una anciana era de lo mas guapa, con cierto aire hipster que le hacía diferenciarse de sus compañeros.

Brujas y magos hipsters, quien lo iba a decir.

Tras ellos, la cabaña seguía ardiendo como si nada y la morena rezaba porque alguna pared se deprendiera y acabara sobre ellos, pero no estaba ocurriendo absolutamente nada.  Los tres se miraron los unos a los otros con complicidad y una sonrisa muy malrollera dibujada en sus caras. Comenzaron a acercarse a ellos con lentitud como si estuviesen tratando de jugar, como leones acechando a sus presas, mientras que Cora no podía hacer mas que retroceder hacia atrás aún sujetando a su amigo.

Y... ¡Boom! Algo estalló frente a los magos y les hizo salir disparados hacia atrás.

Donovan Murphy, el padre de Coraline, hizo acto de presencia como si hubiese escuchando las plegarias de su hija. Varita en mano lanzó varios hechizos para atacar a aquellos tres y  evitar que se siguieran acercando a ellos.  — ¿Papá? Pero que... — La morena estaba desconcertada con la presencia de su padre allí, pero no tenía ninguna queja por el momento. Donovan se acercó a ellos y se puso el dedo indice sobre la boca para indicarle a su hija que guardara silencio. — Luego hablamos, tenemos que irnos de aquí rápidamente. — Le dio la mano a Coraline quien aún tenía sujeto a Ezra con su otro brazo y, en un abrir y cerrar de ojos dejaron de estar allí.

El busto de Freddy Krueger que la chica tenía en el salón de su casa fue lo primero que vio, seguido de su padre dando un salto hacia atrás al ver a semejante esperpento. — ¡Por dios Coraline! ¿Como convives con esta cosa fea en tu casa? — Preguntó mirando el busto con recelo.

Coraline por su parte dejó a Ezra para que se sentara en el sofá y descansara un poco, el pobre estaba hecho un auténtico desastre. — Hay que ver esas heridas ¿Te has hecho daño con la caída? — Le preguntó preocupada, mientras Donovan se acercaba a ellos para ojear la cabeza de Cora. — Esta claro que los dos estáis hechos un desastre ¿Han sido ellos quien te han hecho eso? — Consternado, el padre de Coraline examinó la herida recién cosida de su cabeza mientras que su hija hacía lo propio con las piernas de Ezra.

Tu amigo y yo tenemos que irnos antes de que vengan a buscarnos aquí también. Lo último que quiero es que sepan donde vives. — Donovan miró a Ezra esta vez y en sus ojos podía verse algo de desconfianza, incluso enfado, probablemente por haber metido a su hija en aquel embrollo. — Haré alguna cosa para intentar que no vengan mas a por ti, Cora, pero con tu amigo... ¿Como te llamas? — Preguntó con un poco de desgana. — Lo único que puedo hacer es llevarle a un lugar seguro.
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I. Ezra Sullivan el Dom 10 Dic 2017 - 17:07

No quería. Se negaba por completo a que Coraline sufriese las consecuencias de sus acciones. Era plenamente consciente que la culpa de todo aquello recaía sobre sus hombros y no quería cargar con más culpas. No quería ser el culpable de los daños –o incluso la muerte – que podría depararle el futuro a la que consideraba una amiga, una persona cercana por la que sentía gran aprecio. No podría perdonárselo nunca y por ello intentó, como le fue posible, hacerle a Coraline comprender que lo mejor que podía hacer era huir. Salir de aquella situación en la que ambos se habían obligado a terminar donde el futuro era incierto y los daños que podrían sufrir, incontables.

Aunque hubiese tenido el don de la palabra y la ocurrencia verbal, el tiempo apremiaba. No estaban solos y las llamas que devoraban la cabaña de Claiff era lo que menos importaba en aquellos momentos cuando tres figuras se acercaban hasta donde se encontraban. El dueño de la cabaña, el hombre del sombrero y una tercera mujer por ahora desconocida.

Durante su vida se había encontrado ante situaciones de riesgo donde la muerte lo había mirado fijamente. Incluso en más de una ocasión la vida le había dado tantos golpes que había pensado que el fin sería pocos minutos después, con suerte horas. E incluso durante aquel día lo había pensado en más de una ocasión, incluida aquella en la que ahora se encontraban. Pero aún así no había visto su vida pasar como si de una película a toda velocidad se tratase. No había visto la muerte como algo tan cercano y eso le daba fuerzas y esperanzas para no rendirse.

Aunque, en aquella ocasión, no veía la salida.

Y posiblemente no la hubiese visto. La muerte habría llegado sin importar el cómo, el cuándo ni el dónde. Alguna de aquellas tres varitas que ahora se acercaban hacia ellos, con sonrisas en los rostros de sus portadores que recordaban a una broma macabra, se habría elevado acabando de golpe con sus vidas. Sin esa estúpida película a toda velocidad sobre los sucesos importantes en su vida. Joder, ¿Cómo se titularía la película de su vida? ¿Cien maneras de destrozar tu vida? ¿Requiem por un Squib? Algún título estúpido con aires comerciales que aludiese al malgasto que, en ocasiones, le había dado a su vida.

Pero no tuvo tiempo de descubrirlo. Pues la magia se alzó ante sus ojos y no fue por parte de los Mortífagos. Sino de una nueva figura que entró en escena causando una sonora explosión.

Tan rápido como todo había sucedido, la cabaña y los magos desaparecieron ante los ojos de un confuso Ezra que no había alcanzado a ver siquiera lo que había sucedido.

- Estoy bien, tranquila. – Contestó Ezra sin saber lo que sucedía aunque lo que sí había quedado claro es que estaban en la vivienda de Coralilne y que aquel hombre acababa de salvarles la vida. - ¿Quién es? – Preguntó casi en un susurro cuando Coraline se acercó a él, quien había tomado asiento en uno de los sillones. Le dolían las piernas horrores y apenas podía mantenerse en pie.

Aquel hombre estaba en lo cierto. Les encontrarían, darían con ellos.

- La policía tiene vigilada la casa. Estarán ahí fuera durante días, eso te dará cierta seguridad. – O eso esperaba Ezra. Afirmó en dirección a Donovan. – Ezra. – Se limitó a contestar el hombre mientras se levantaba. – Déjalo, de verdad que estoy bien. – Le dijo a Coraline apoyando una mano en su hombro e intentando dibujar una sonrisa para que se relajase. Ya estaban en casa. Ella ya estaba a salvo.

No había lugares seguidos. No para él. Lo sabía de sobra y se negaba a ver otra posibilidad. Era demasiado terco para hacerlo.

- Sólo sácame de aquí para que no tengan razones para dañar a Cora. – Se acercó a la chica para mirar su herida en la cabeza. – Ve a un hospital a que te miren eso, hazme caso. – Casi le rogó. – Siento todo esto Cora. Lo último que quería era meterte en problemas. Espero que puedas perdonarme.  – Depositó un corto beso en la frente de la chica y pasó la mano por su pelo con cierto cariño. – De verdad que lo siento.

Se separó de ella y afirmó con la cabeza mirando en dirección a Donovan, quien le cogió del hombro llevándoselo lejos de la cara de Coraline.
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