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PRIV — A Dustland Fairytale

I. Ezra Sullivan el Miér Nov 01, 2017 3:11 pm

 
Laboratorios del Área M · 25 de octubre, 17.45 horas · Con Atticus Wayne

Spoiler:



NOMBRE: Dorctor Liam S. Wolfhard
EDAD: 41 años
PB: Zachary Quinto

BREVE PSICOLOGÍA:

  • Mentiroso y hablador, adora contar historias
    donde sus mentiras se entremezclan con la
    realidad haciendo al que le escucha perderse
    entre sus palabras.
  • Cruel, adora ver sufrir a los demás.
  • Manipulador, su especialidad son las ilusiones.
  • Experto en meter en la mente de los sujetos
    historias que creen que han vivido y hacerles verlo  que él desea.
  • Es un especialista en legeremancia.






Ezra tenía la piel de un color grisáceo que poco tenía que envidiar a la de un cadáver cuyo proceso de descomposición ya había dado comienzo. El cuerpo flaco como un perchero al que su dueño había olvidado colocarle ropa encima para recubrir su marcada silueta por la nitidez que sus huesos habían tomado.

Estaba acurrucado junto a una mesa camilla, temblando. Mirando fijamente a la nada con los ojos desorbitados. Como si estuviese observando con sumo detenimiento a un fantasma. Como si el fantasma fuese él mismo.

Temblaba. La sangre salía por diferentes heridas repartidas por su cuerpo. Tenía las rodillas magulladas, como si hubiese iniciado una carrera de obstáculos imposible de superar con éxito. Las manos estaban en carne viva y su pelo estaba bañado en su propia sangre, haciendo imposible deducir de dónde provenía toda la sangre que comenzaba a manchar su rostro y su torso desnudo. Sus pantalones estaban hechos girones, permitiendo mostrar a todo aquel que quisiese ser partícipe de su desgracia en lo que se había convertido.

Tenía pesadillas cada noche. Pesadillas que remarcaban sus ojeras convirtiéndole aún más en un muerto viviente.

- ¿Crees que esto ha terminado? El juego sólo acaba de empezar.

La vista le jugaba una mala pasada y había perdido interés en ver quién era la personan con la que se encontraba en aquella habitación. Otro extirpador. Uno de tantos. Uno más en su lista. Se había jurado que si lograba salir de allí con vida daría caza a todas y cada una de las personas que habían hecho de su vida un tormento. Una pesadilla como las que cada noche padecía hechas realidad. Pesadillas aún cuando sus ojos estaban abiertos. Pesadillas que no le permitían ni respirar sin miedo a ser abatido.

- Pronto lo verás. Pero aún no. Aún no.

Las piernas le dolían muchísimo y necesitaba una dosis de cualquiera de esas estúpidas pociones con las que experimentaban con él. Alguna que calmase el dolor. O que le hiciese creer que sus piernas se habían ido a un lugar muy lejos de donde se encontraba en aquel momento. Algunas veces pensaba que valdría la pena haberse convertido en un maldito alcohólico como su padre para así no sentir el dolor. Si pudiese se tomaría una copa de bourbon doble, miraría un rato por la ventana hasta perderse entre las páginas de algún libro con un cigarrillo en la mano libre. Pero no podía. Estaba en aquella habitación de paredes blancas.

Pero de pronto ya no estaba ahí.

Tenía el cigarrillo sujeto entre los dedos de la mano derecha. Con la izquierda sujetaba una novela abierta por la página 326. Elevó la vista y dejó el cigarrillo en el cenicero, dejando caer la ceniza en dos simples movimientos. Dejó el cigarrillo y en su lugar se hizo con su copa de bourbon doble en vaso de cristal corto. Saboreó el líquido y notó el ardor en su garganta fruto de la abstinencia durante Dios sabía cuánto tiempo. Devolvió el vaso a su posición y se levantó dejando la novel abierta sobre el sillón.

Caminó en dirección a la ventana y se paró en seco. Tuvo tiempo de darse cuenta que aquella habitación estaba sumida en demasiada oscuridad aún cuando la lamparilla de lectura estaba encendida. Aun cuando la luz de las farolas en el exterior alumbraban el salón. Y había un olor. Conocía ese olor, una mezcla mortal de suciedad y a productos desinfectantes.

Liam Wolfhard, ataviado con su bata blanca y su sonrisa macabra salió de detrás de la puerta como si de un fantasma se tratase. Llevaba un bisturí en la mano derecha.

- Es hora de qué lo veas, Ezra.

Él gritó, tratando en vano de girarse sobre unas piernas que no respondían. Él avanzó con calma, impasible como siempre. Parecía un maldito asesino en serie en busca de su nuevo juguete. Parecía un animal salvaje acechando a su presa. El primer barrido con el bisturí no hizo más que obligarle a avanzar hacia atrás. Eso fue lo que le pareció hasta que se derrumbó sobre la alfombra bañándose en su propia sangre.

- Es hora de qué lo veas.

La voz de Liam taladraba sus oídos. Le acabaría por volver loco.

Se arrastró hacia la puerta de manera desesperada hasta que el bisturí se clavó en su cuello haciendo que la sangre brotase de la herida abierta. Colocó sus manos sobre su garganta e intentó hablar, pero el corte no se lo permitía. Miró los ojos de Liam, una vez más. Pudo ver la locura en ellos y el dolor desapareció.

El salón de su vivienda había desaparecido. Siempre había estado tumbado en el suelo de aquella habitación con la ropa hecha girones y el dolor apoderándose de cada parte de su cuerpo. Entre aquellos barrotes en la zona de laboratorios. En aquella maldita jaula, encerrado como un puto animal.

Se giró, contrariado. Y en lugar de encontrar la sonrisa sádica de aquel hombre sacada de la peor de las películas de terror vio otro rostro. Un rostro humano cuyas facciones le resultaban familiares. Un preso en la jaula contigua.

- ¿Te diviertes, Sullivan? – El mago elevó su varita y una punzada de dolor atravesó su pecho. – No te duermas, acabamos de empezar. – Se colocó en cuclillas frente a  su jaula y agarró los barrotes entre sus manos. – Bébelo y te prometo que esta vez será más divertido. Bebe, bebe. – Le animó empujando un pequeño vaso de plástico blanco. – Wayne, toma tu medicina. – Dijo con tono autoritario mirando a la jaula contigua, obligando a ambos presos a que tomasen aquel líquido. De no hacerlo, la varita se encargaría de que lo hiciesen.
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Atticus Wayne el Jue Nov 02, 2017 12:09 am

El zumbido era estresante. Como uno de esos instrumentos tibetanos tocado por un hombre sin pulmones. Recorría el cartílago de las orejas y se impregnaba en su presa como la humedad de las jaulas. Siempre me despertaba a la misma hora y el sonido no parecía haber cesado en toda la noche. Estaba ahí para recordarme que algo no iba bien, ¿pero el qué? Abrí los ojos y escuché el quejido de Marty. Marty era el segundo al mando de la granja. Básicamente se dedicaba a vigilar que todo lo que hacíamos se hacía tal y como quería Arthur.

—¡Te has vuelto a cagar encima! —sonaba contrariado. Mis ojos lo analizaron con curiosidad y una sonrisa confusa asomó en mis labios. Marty estaba loco. Arthur solo le había dado esa posición de poder porque no protestaba a la hora de realizar tareas extra, pero últimamente no estaba en sus cabales. Siempre me hacía comentarios sin sentido como: “tienes la jaula llena de mierda”, “te has meado los pantalones”, “aléjate de la puerta” o el clásico “¿a quién iba dirigida la carta?”. No le entendía una mierda. Las únicas cartas que había escrito en mi vida iban dirigidas a Santa Claus. Lo más seguro es que se hubiera encaprichado conmigo, lo cuál no me extrañaba teniendo en cuenta que era lo que quedaba a mano. Arthur, los cerdos, o yo.

¿Pero qué dices Marty? Haz el favor de salir de mi cuarto, me tengo que preparar —el hombre murmuró para sus adentros y abrió la puerta de la habitación —¡aléjate, desquiciado! —grité rodando sobre el duro colchón y acuclillándome con los puños en alto —¡atrás! —Pero no me hizo caso. Avanzó y murmuró apresándome en una esquina con su canto de sirena. << Carpe retractum >> dijo.

Lo siguiente está... borroso. Desayuno. Hubo un desayuno. No sé que me habrá echado Marty en la copa de vino, pero estoy delirando. Me vi a mí mismo encerrado en una jaula. Le vi a él rociándome con agua. Después me llevaron. Me llevaron a una sala nueva. Una habitación que nunca había visto en la granja. Y me dejaron allí hasta que aquellos ojos se enfrentaron a los míos en la habitación contigua. Su expresión me resultaba familiar. Me di cuenta al instante de que eso era debido a que sollozaba como los cerdos que aguardaban su destino final. Arthur lo sabía. Era el experto en la materia. ¿Acaso era un cerdo y yo lo veía con cuerpo de hombre?

Sacudí la cabeza y dirigí la mirada al hombre de la bata. Arthur. Dios, cada día llevaba un corte de pelo diferente. Con razón me resultaba casi imposible reconocerlo.

Tómatela tú —me levanté volviéndole a dirigir la mirada al cerdo y busqué el pincho para clavárselo, pero no estaba —¿dónde lo has metido? Te dije que trabajaría si no tocabas mis cosas. Esto es una decepción tras otra. Primero Marty envenena mi trago, ahora tú me pretendes dar la misma medicina que al cerdo y no contentándote con eso... ¡Ahhhh!

La sacudida fue instantanea. Cuando abrí los ojos contraídos por los espasmos de la maldición, enfoqué la figura del hombre al que había confundido con un cerdo y la memoria regresó por un instante —no —murmuré. Aquello no era una granja. No. No no no no no. El cerdo no era un cerdo. Aquel hombre de bata blanca no era Arthur y Arthur desde luego no había cambiado de estilismo en los nueve años en los que había convivido con él. << ¡Bebe! >> me instó de nuevo. "El instinto de supervivencia, Atticus. Tu madre lo usó, tu novia lo usó. Úsalo. Bebe." Y mi mano se arrastró por el suelo hasta enredarse en el vaso de plástico y atraerlo hasta mi boca.

Bebí, y una vez hube vaciado el vaso entero, volví a mirar al hombre de la bata. Arthur me sonreía de una manera muy siniestra, y su pelo. Por Merlín. Ya se había vuelto a cambiar de peinado. Apoyé los codos en el suelo y ladeé el rostro hasta toparme con el cerdo —oink, oink —dije estallando en una divertida carcajada, y mi cabeza se resbaló hasta dar con el suelo. Algo estaba ocurriendo. Todo me daba vueltas —¿Arthur?


Última edición por Atticus Wayne el Sáb Nov 04, 2017 12:14 pm, editado 1 vez
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I. Ezra Sullivan el Vie Nov 03, 2017 3:38 pm

Se negó en un primer momento a que sus labios siquiera rozasen aquel vaso cuyo contenido ya había probado apenas unas horas antes y cuyos efectos aún seguía arrastrando. No quería. No. Pero sabía cuáles eran las consecuencias de una muestra de rebeldía. De contradecir las palabras del Doctor Wolfhard. Él elevaría aquel estúpido palo de madera como siempre haría una terrible punzada de dolor arremetería contra su cuerpo. Luego llegaría la pérdida del control de sus propias acciones y se doblegaría ajeno a lo que sucedía a su alrededor, aceptando aquella bebida como si de un simple coctel se tratase. Pero no era ningún coctel. Los coctels no tenían aquel efecto.

Sostuvo el contenido del vaso en el interior de su boca por treinta largos segundos. Se negó a tragar, aún tenía la estúpida idea en mente de escupir aquello en el rostro estirado de aquel imbécil, llenando sus gafas de restos de aquella poción y de sus propias babas. Pero no lo hizo. La varita se alzó obligándolo a tragar. Y, cuando lo hizo, llegó el dolor.

No era un efecto secundario de la poción. No. Era un efecto natural cuando te apuntan con una varita y te lanzan algo parecido a una descarga eléctrica. Natural era sentir dolor ante aquella situación. Sus ojos se entrecerraron y dejó de ver con claridad, fruto del dolor. Como si una película traslúcida cubriera sus ojos. Como si estuviese viendo la vida tras la cortina. Ni siquiera comprendió lo que sucedía en la celda contigua cuando aquel hombre rompió a reír tras emitir un extraño sonido que, de no haber estado en aquella celda, habría asegurado que pretendía imitar a un cerdo. Pero, ¿Quién jugaría a las imitaciones cuando la muerte acechaba en cada esquina?

- Déjanos… - Su voz apenas fue escuchada por los barrotes de su jaula. Fue bajando incluso más el volumen según la pronunciaba y, antes de terminar, se había quedado inconsciente sobre el frío metal de la jaula.

Era un sueño nítido, como si estuviese en la realidad. No recordaba lo que segundos antes había ocurrido y cómo su cuerpo había sido obligado a experimentar aquella extraña sensación de abandonar el mundo real. Ahora estaba en el mundo de los sueños, de las fantasías. Un mundo que podía estar lleno de felicidad si sabía cómo hacerlo y lleno de desesperación si se convertía en sus peores pesadillas. Un sueño. Pero él no sabía que lo era. No sabía que todo aquello era parte de su imaginación y, por supuesto, de la de otra persona.

Estaba en una habitación de piedra. Paredes rugosas al tacto. Notaba la arenilla deslizarse entre sus dedos al tocar la pared. Y llevaba grilletes. Tiró para deshacerse de ellos, sin éxito. Apenas había luz para saber cuál era el lugar exacto en el que se encontraba. Pero sabía que no estaba solo. Podía notar la presencia humana.

Las luces se encendieron. O no literalmente. Simplemente aparecieron ante sus ojos cuando la puerta se abrió, elevándose al giro de una polea instalada en la parte superior de esta, de la que alguien tiraba para garantizar que ambas zonas se pudiesen comunicar. La luz era cegadora al otro lado. Pero escudriñó sus ojos intentando ver qué había al otro lado.

Una sombra se cruzó en su camino. Sus manos situadas sobre sus caderas. ¿Y aquel aspecto? ¿Aquella ropa? Llevaba un casco rojo y plateado. Y un traje a juego. Incluso un escudo y una lanza aparecieron al segundo vistazo del hombre de apariencia extraña.

- Esclavos, ¿Estáis listos para morir? – Gritó el hombre esperando que el resto se alzase en gritos de euforia. Pero pocos se animaron con sus palabras.

El hombre escupió al suelo, desganado. Maldito casi en una voz inaudible e hizo un gesto con la mano. Gesto que desencadenó en la entrada de tres hombres ataviados con túnicas desgarradas y cuyas ojeras les hacían parecer cuerpos  muertos en vida. Se acercaron a él. Y al resto y soltaron sus grilletes. Al menos, los que les ataban a la pared. Luego tiraron de una cadena que les obligó a moverse. Todos a la vez fueron arrastrados hasta el centro de aquella estancia llena de luz y, entonces, fue cuando lo vio: un maldito coliseo romano.
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