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Priv. || Bosques de Irlanda || FB

Evans Mitchell el Miér Nov 01, 2017 11:07 pm




15 años, a los 15 tú te metes en un boliche, te aguijoneas con un billywig toda una tarde, escupes whiskey de fuego, haces cosas que tus amigos harían. Ok, puede que Evans no estuviera haciendo esas cosas justo ahora, que de hecho, se hallara en tierra de nadie, muy adentro en el bosque, lejos de los estribillos populares de Las Brujas de Macbeth, ¡pero que bien que se estaba allí a…!, joder, no sabía a cuántos metros de altura, ¡pero eso era ALTO! Y tenías una vista de la arboleda que te hacía sentirte INMENSO desde allí, trepado a una rama, en la copa de un viejo tronco. ¿Que cómo había llegado allí?

No, primero lo primero. Había perdido a su guía —fíjate que la mujer tenía los nervios como bolas de acero, ¡y ningún puto corazón!, ¡mira que abandonarlo allí!—, puede que porque oír a Evans quejándose de los mosquitos y mencionar una y otra vez (¡con todos los insultos habidos y por haber de por medio!) a cierto tipo raro que, aparentemente, le caía tan mal que no podía quitárselo de la mente (algún amigo de su hermano o algo). En fin, que a él le gustaba escucharse a sí mismo, pero a veces, era demasiado (para la gente alrededor, claro). Y se apasionaba tanto cuando se ensañaba con un tema, con tanta bronca en la sangre, que el tema más nimio o la discusión más boba, se convertían en toda una orquesta de exclamaciones y ademanes acalorados.

Pero en fin, había perdido a su guía. ¿Y se le ocurrió una buena idea subirse a un árbol para encontrarla entre las ramas, o incluso las nubes? No, ¡a la mierda con su guía! Había encontrado un nido, había oído a las crías chillar, y ahora las observaba, desde la distancia, desde el extremo de la rama, sentado y atento a cómo se picoteaban entre ellas, hasta que el más débil dejó de moverse del todo. Cuando mamá pájaro llegó volando desde el cielo, lo miró de reojo, con desconfianza, y pensó que si se movía lo atacaría. Pero, sin embargo, no hizo nada de eso. En cambio, reparó en la cría muerta y la tiró del nido.

—Eso fue grosero—soltó Evans, hablando solo, con una media sonrisa sin ninguna alegría, y luego volvió la vista al suelo. Estaba allí, sentado en las alturas, tan despreocupado.

¿Por qué había estado discutiendo con la morocha, si se lo ponía a pensar?, ¿estaría ‘en sus días’ o algo? No es que le realmente le importara que lo dejara tirado, a la intemperie. Él podía arreglarse. Encontrar el camino a casa. Su abuelo, ese era buen tipo por lo menos. Y cocinaba que daba gusto. Entonces, la vio.  

Ey, mira que gracioso si le caía de sorpresa, como un koala perdido a algo, que encima vuela. ¡A que sería tan, tan gracioso! Le daría el susto de su vida—a la que conocía el terreno y se sabía todos los trucos en ese bosque, a esa—. Así que, cuando estuvo bajo él, simplemente se tiró, sobre su cabeza. Menudo primate tocapelotas que estaba hecho.
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Katherine MacKade el Jue Nov 02, 2017 2:02 pm

Definitivamente aún no comprendía como seguía soportando a Evans. Se lo había preguntado muchas veces, demasiadas la verdad, pero aún así seguía llevándolo consigo a cazar. Lo llevaba con ella a casa de su abuelo para pasar las vacaciones, como si no tuviera bastante con aguantarlo en el colegio donde también la acompañaba en sus cacerías por el bosque. Era un chiquillo de lo más irritante, no paraba de quejarse por todo y solo buscaba las maneras de sacar de quicio a cualquiera. Así que, pensó en dos opciones, o lo mataba o lo abandonaba por ahí entre los árboles para que le diera la brasa a los animalillos o a los árboles que se encontrase en su camino.

Realmente se planteo la idea de asesinarlo, varias veces a decir verdad, pero estaba segura de que si lo hacía se metería en un buen lío y a su abuelo no le haría gracia así que simplemente lo abandono en cuanto el chico la perdió de vista. No pensaba dejarlo tirado en el bosque durante toda la noche, simplemente el tiempo suficiente para que sus instintos asesinos desaparecieran. Continuó paseando durante un rato con su ballesta entre las manos, tenía claro lo que buscaba y lo que su abuelo le había pedido que capturara, unas cuantas perdices para la cena. Seguramente querría hacer sus perdices al chocolate con peras al vino tinto o algo parecido.

Cuando capturo las perdices suficientes volvió al lugar donde había abandonado a Evans, seguramente seguiría por ahí dando vueltas o quejándose de su mala suerte al perder a la chica de vista.  Estaba caminando tranquila cuando lo escuchó, justo a tiempo para apartarse ligeramente a un lado y dejar que el chico se diera de bruces contra el suelo a lo que la cazadora sonrió de medio lado —Se te oye a un kilómetro de distancia, así nunca aprenderás a cazar Evans— Siempre era lo mismo, el chico hacía demasiado ruido como para dedicarse a la caza, uno tiene que estar en silencio, mantener incluso su respiración en un tono relajado y silencioso para no asustar a las presas.

Lo miraba de reojo mientras el chico estaba en el suelo esperando a que se levantara —Vamos, levanta, el abuelo nos espera para hacer la cena y ya tengo lo necesario— Le mostró el manojo de perdices que tenía entre las manos. Eran unos buenos ejemplares así que seguramente tendrían una cena contundente el día de hoy. Lentamente el cielo se iba oscureciendo, al principio Katherine odiaba esta hora, pero ahora podría decirse que era de sus favoritas, cazar de noche no tenía nada que ver con hacerlo durante el día, era algo completamente nuevo, fascinante, misterioso y atrayente, posiblemente si Evans conseguía callarse en algún momento y mantener su bocaza cerrada lo llevaría de cacería nocturna.
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Evans Mitchell el Vie Nov 03, 2017 3:07 pm


—¡Augh!—soltó, en un gemido ahogado. El golpe sordo del cuerpo caer contra el suelo lo delató en su fracasado intento de cargar contra ella (fíjate que bruto había que ser). El cuerpo removiéndose lento y dolorido en el suelo, y la mueca resentida y sonriente. Así lo hallabas, a Evans, volteándose boca arriba, para verla mejor, a la mujer de las perdices—¡Joder!—Rió. Ay, ay, pero tenía el hombro resentido—¡Será porque eres una maestra de mierda!—contraargumentó, tocándole las narices—¡Ey, me vendría buen una mano! ¿Mac? ¡Oh, bueno!

Mira tú, con qué facilidad se ponía de pie. Evans se recompuso como los armadillos cuando vuelven a equilibrarse sobre sus patitas, y de un salto se irguió, muy recto, sacudiéndose entero, de repente quisquilloso, ¿con el polvo del aire? Sonreía. Vaya idiota. Le lanzó una mirada mientras se ocupaba de sí mismo, con ese aire arrogante con el que solía inflarse como si fuera genial o algo.

¿Se daba cuenta de que se había tirado de un árbol, se había dado de bruces contra el terreno, y todavía no se entendía de qué forma consideraba gracioso eso de sorprender a la gente desde las alturas? Seguro, pero tenía que lucir algo de estilo. Vamos, que pudo haberla aplastado contra el piso. Bueno, ese había sido el plan en un principio. Así de salvaje como sonaba.

—¡No tenías que desaparecerte!—reprochó, pero admiró la pieza de carne emplumada que le enseñaba. Estiró una mano y amagó con quitarle las perdices—¿Qué? Dámelas. ¡Has sido la que ha cazado la cena! Es lo menos que puedo hacer—Sí, sonaba tan amable, tan caballeroso. Pero por esa sonrisita, se le veían las intenciones. Él sólo quería aparecer como el victorioso, con las perdices al hombro y decir algo como: ‘Ey, abuelo, te conseguí lo que querías’. Se llevaban bien. Al anciano le hacía gracia lo niñato que podía ser, se reía con él (o de él). Y obviamente, no se dejaría engañar, pero a Evans le gustaba ufanarse de todas formas—¡No creerás que las perderé o algo!—Evans se salió con la suya, ¡que era empecinado el hombre que te las quitó de la mano! Y corrió a adelantarse hacia el hogar… por la dirección equivocada—¡Ey!, pero volveremos, ¿cierto? Nada de dormirte la siesta. Llévame a esa cueva de leprechauns de la que hablaba tu abuelo, o al lago. Sí, al lago. Quiero ver a las criaturas, ¡y ya es hora! ¿Por qué tienes que ser tan perezosa?

¿Recuerdas lo que dijo?, ¿sobre ‘no perder la cena’? Bueno, no fue así del todo. A medio camino, internándose entre la madre naturaleza, Evans fue asaltado por una de las criaturas mágicas del bosque más traviesas (y que andaban con hambre, porque tú sabes, allí imperaba la ley del más fuerte), los ‘diablillos’. Fue exactamente la misma táctica que él intento con Mac, sólo que en este caso, ellos cayeron sobre él y tuvieron éxito. Lo derribaron y se llevaron la carnada, oyéndose sus risas a la retirada.

—¡Dem…! ¿Qué querías que hiciera?—gritó Evans, ¿a modo de disculpas? Lo siguiente fue empuñar la varita y perseguir a los vándalos, internándose más y más en la oscuridad.
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Katherine MacKade el Vie Nov 03, 2017 3:27 pm

Otra vez estaba quejándose, Evans no aprendía, era como un niño mimado al que le quitan un juguete. Pero es de esos jodidos niños que aunque le devuelvas el juguete de las narices, sigue quejándose y gritando como una mandrágora recién salida del tiesto. Quería pegarle, o dios, que ganas tenía de darle un buen golpe con la ballesta en la cabeza, un golpecito, lo bastante fuerte como para dejarle seco en el sitio y que dejara de pegar esos berridos. Kath enarco una ceja cuando la llamo mala profesora —Si cerraras el pico de vez en cuando y escucharas mas, aprenderías antes mocoso— La voz de la chica sonó burlona, divertida mientras veía como el chico intentaba levantarse, parecía una cucaracha de esas que no eran capaces de darse la vuelta una vez caídas.

Jugueteo un rato con él y las perdices hasta que dejo que las cogiera, estaba segura de que intentaría llevarse el mérito de la caza, pero no sería capaz. El abuelo sabe perfectamente como caza su nieta, donde apunta, donde clava las flechas y el cuchillo así que no podría hacer pasar aquellas piezas como suyas por mucho que lo dijera. Dejo que llevara las piezas hasta que vio como salia corriendo en la dirección equivocada —¡Por el otro lado!— Encima de torpe era despistado y tenía la orientación en el culo, ¿como diablos se le ocurrió a Kath llevarse al mocoso a cazar? Definitivamente iba a matarlo si perdía la cena.

Cuando llego a su altura y vio que efectivamente le habían robado las perdices pensó en darle una paliza allí mismo, pero lo medito un poco y tuvo una idea mejor. Mientras el chico salia corriendo Kath cogió una de sus flechas con cuerda, la lanzo a un árbol cercano y después engancho la cuerda a los pies de Evans lo que lo hizo caer al suelo y empezó a tirar de él —Has perdido las perdices, has dejado que te roben la cena ¿como se me ocurre confiar en ti? aprende a prestar más atención de una vez— Siguió tirando de él y mientras mas tiraba el chico comenzaba a elevarse en el aire, hasta que terminó colgado de la rama del árbol donde la cazadora había enganchado la flecha.

Con una ladina sonrisa miro al mocoso que tenía como aprendiz —Te vas a quedar aquí colgado mientras voy a recuperar lo que has perdido, después me pensaré si volver a por ti o dejarte colgado el resto de la noche, así verás el bosque por la noche como tanto quieres— Y tras sonreír de una forma ligeramente macabra y preocupante se marcho en busca de los diablillos que se habían llevado las perdices, no iba a dejarlos escapar y para ella la verdad no sería complicado encontrarlos. Conocía estos bosques como la palma de su mano, tanto de noche como de día podía ir a cualquier lugar y no perderse. Mientras Evans permanecía colgado boca abajo de aquella rama Kath siguió el rastro de los diablillos hasta dar con ellos, la cuerda no estaba demasiado apretada tampoco, quería ver si el pequeño aprendiz era capaz de escapar de un nudo tan simple.
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Evans Mitchell el Sáb Nov 04, 2017 1:57 pm

—¿Qué…?, ¿estás loca?, ¡Maaac!—un enfurruñado, agitado Evans le soltó de todo menos bonito. Incluso cuando, sin otro soporte más que una rama, quedó suspendido, pendiendo en el aire como un báculo. No, como una presa que se debate, sin aparente escapatoria. Y su varita, mira tú, se había deslizado de su bolsillo y había ido a caer al suelo.

Se había dado tal traspié, yendo a caer de bruces, que le sangraba el labio partido.

Katherine, sin embargo, no hizo caso de su berrinche y desapareció, dejándolo atrás. ¿Pero y qué culpa tenía él?, ¿es que la mujer no estaba en sus cabales? Evans se ensimismó en su juego de lógica, ese en el que él siempre acababa siendo beneficiado, de una u otra forma, y la culpa y el fracaso y la ira desplazados hacia otras personas.

Y así hubiera seguido ininterrumpidamente, de no ser por esa punzante sensación que lo atacó desde la espesura del bosque. Era un presentimiento, que se hizo escalofrío, que mudó en un gruñido bajo y amenazante, que avanzaba con el cuerpo de un ¿perro? enorme. No, no era sólo un ’perro’. Era una de las criaturas mágicas del bosque irlandés.

Ahí es cuando Evans dejó de hacer el idiota.

Sus posibilidades se veían reducidas a lo que pudiera hacer por sí mismo y en esas circunstancias (de mierda), sin la oportuna intervención de aquella otra loca de atar. Enfrentarse solo a la adversidad no era una cuestión que lo hiciera sentirse en desventaja. Tú siempre te tendrás a ti mismo. Evans lo sabía. Ningún gigante vendrá a rescatarte, nunca. O a llevarte a un lugar mejor.

Tus posibilidades Evans, están acá y en ninguna otra parte. Era, entonces, ese ahora terrible, el momento de actuar. Y por culpa de esa jodida fanática de las perdices, por su vida. Porque el predador quería presa, y la tenía justo en frente, servida, para hincarle el diente.

Perro salvaje de los bosque de Irlanda, así es como se lo llamaba, o Cú Sith. Era de un pelaje verde que recordaba al musgo, un tamaño imponente, y sus aullidos eran estremecedores. Para su ‘suerte’ eran cazadores solitarios. Iba solo.

Lo que hizo, fue hacer malabares ante la hambrienta mirada que tenía sobre él. Trepó la cuerda, subió a la rama, y justo cuando la bestia se adelantaba, curiosa —¿sería de los predadores que jugaban con su presa antes de comer?—, se cobijó en las alturas, desamarrándose entre que contemplaba con mucha cautela el suelo bajo sus pies: la criatura lo amenazaba con su mandíbula abierta mientras se paseaba en círculos, pisando con sus patas la única cosa que podía ayudarlo en ese momento, su varita.

No la única cosa. Si sabía algo sobre esos perros salvajes es que no debes quitarles los ojos de encima. Siempre, míralo dentro de sus ojos de fiera. No sueltes la mirada, Evans. O atacará directamente. Compórtate como un domador de bestias, o pierde en el intento.

***

Se oyó un gemido herido y el perro salvaje huyó.

—¡Menuda mierda!—Se quejó, llevándose una mano al brazo ensangrentado. Había tenido suerte. ¿Suerte? Evans rió. Ni de puta coña. ¿Te imaginás lo que sería aguantárselo de camino al hogar, y durante todos los días siguientes? Sí, sobre cómo se las arregló. Ah, pero mierda. El brazo, lo tenía inútil del dolor. El perro salvaje le había mordido el brazo, normal.



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Katherine MacKade el Sáb Nov 04, 2017 2:44 pm

Había dejado al pequeño mocoso solo, tirado en el bosque, más bien colgado de un árbol, era una presa fácil para cualquier depredador que quisiera darle un mordisco. Ya que nunca le hacía caso o le escuchaba cuando le explicaba algo, así que aprendería por las malas o terminaría hecho picadillo de Gryffindor. Mientras tanto fue en busca de los diablillos que se habían llevado sus perdices y evidentemente terminó dando con ellos, esos malditos bichos no sabían con quien se habían topado. Tras atraparlos y darles su merecido, recogió las perdices y las guardo en su bolsa escondiendo todo de forma mágica, tenía en mente darle un buen susto a Evans para enseñarle a hacer más caso y a callarse cuando ella le estaba explicando algo importante.

Utilizando su habilidad como animaga transformo su cuerpo completamente en el de una enorme pantera negra de ojos azules y penetrantes, realmente acojonaba en aquella forma. Corrió sin mucho esfuerzo hasta llegar a donde se encontraba su pequeño pupilo, comenzó a andar a su alrededor entre los arbustos y árboles sin permitir que sus ojos la vieran, solo podía ver una mancha negra que se movía entre las hojas mientras escuchaba sus pisadas y oía sus leves gruñidos, iba a darle un buen susto.

En el momento en que se colocó a su espalda, sonrió y con un sigilo digno del animal que era se lanzo sobre la espalda de su pupilo comenzando a gruñirle en la oreja babeando un poco aposta y además inmovilizando el brazo que portaba la varita para que no pudiera usarla, no quería terminar herida por una tontería semejante. Mientras disfrutaba de ver a su alumno asustado suspiro levemente mientras seguía babeandole un poco encima. Se quito de encima de su alumno y se sentó tranquilamente tras quitarle la varita y tenerla en la boca como si nada, sentada como toda una felina moviendo la cola de un lado a otro con sus ojos clavados en los de Evans.

Se fijo un poco mejor en su acompañante prepotente y cansino y se dio cuenta de que estaba magullado y algo herido —¿No me digas que te caíste de la rama?— Su voz sonó burlona y divertida, mientras volvía a convertirse en una humana de carne y hueso, seguramente Evans estaría sorprendido de ver que Katherine era una animaga, nunca se lo había dicho, pero tenían la suficiente confianza como para saber que el chico no iba a irse de la lengua, también porque si se iba de la lengua, Kath terminaría por cortársela y tampoco quería que su abuelo la regañara por dejar mudo al chico. Aunque puede que el resto de la humanidad se lo agradeciera, seguramente también le sorprendería verla completamente desnuda, no le importaba mucho la verdad.

Al ver que Evans no decía nada sonrió de medio lado —Relajate Evans, no te pongas a lloriquear, que soy yo y no me gusta comer mocosos para la cena— La verdad es que le encantaba ver esa cara en su alumno, tras darse cuenta de que seguía desnuda se encogió de hombros y tras sacar su varita se conjuro algo de ropa encima para no ir en bolas por todo el bosque, aunque tampoco es que le molestara demasiado, simplemente no le gustaba que otras personas vieran sus cicatrices.
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Evans Mitchell el Jue Nov 09, 2017 10:51 pm

¡Era el puto DIOS! ¡Dem…!, ¡eso sí que había estado cerca! Y había que ver esos ojos de bestia, clavados en él. Evans lo había leído en un libro sobre criaturas mágicas y su hobbie favorito: domesticación de bestias: cuando estés frente a un Cú Sith, NO LE QUITES LOS OJOS DE ENCIMA. Por mucho que te tiemblen los nervios, y joder que hasta empezabas a sudar cuando estabas en esa situación.

Era un poco como las serpientes de cascabel, que eran hipnotizadas por el movimiento de la flauta. No por la música, pero el movimiento. Tampoco podía decirse que ‘hipnotizar’ era el término adecuado, porque después de todo, la serpiente reaccionaba al instinto: perseguía el zigzagueo del instrumento como con a una presa a la que echarle el diente cuando la viera flaquear.

Esto era más de lo mismo (¡y ahora, parecía tan sencillo!). La bestia había seguido el camino hasta sus ojos, y sólo cuando Evans cortó el contacto, arrojándose de un desesperado envión al suelo y arrastrándose para tomar su varita, sólo entonces, la balanza se torció y el perro lo cazó por el hombro. Pero para entonces, Evans escupió un conjuro, haciéndola retroceder.

Pensar que lo había leído en un libro.

Normal, luego de lo que había vivido con su gemelo en el Bosque Prohibido, se tomó muy enserio todos esos títulos sobre supervivencia y ‘Qué hacer en situaciones de vida o muerte’. Y claro, estaba también le hecho de que le había encontrado un gustillo particular a la domesticación de bestias. Tú sabes, que la idea de domesticar a una criatura a la que todos temen, tiene su encanto. Para los locos e incautos, como Evans, por ejemplo. Siempre había sido temerario con sus pasiones secretas, y el primero en salir corriendo a la primera señal de peligro. Que si te dejaba atrás, pues mala suerte. Culpa tuya, por no tener mecha en el culo.

Ahora, el ego de Evans Mitchell estaba por las nubes. Había probado con éxito una técnica arriesgada, había sentido a la bestia retroceder por el ardor de SU mirada. Se sentía especial, lo de tener el instinto de un predador en el puño. Tener el control. Ahora, se relamía en la dicha. Ahora, volvía a cagarse en la madre. Sí, sí. Bastó sentir las patas de ALGO empujándolo hasta caer de bruces contra la tierra. Sintió un pinchazo de dolor en el hombro malherido. Pero más ocupado estaba en pensar la de cosas que LO QUE FUERA ESO le haría. Cómo despedazaría SU carne, cómo le atacaría directo al cuello, cómo…

—¡Mac te juro que te voy a…

¿Puedes creerlo? EL chico estaba punto de morir, y en lo único en que pensaba era en la reprimenda que le iba a dar a LA CULPABLE de todo eso. Ni pensó en su madre, en su perro, nada. Ese quejica moriría con la réplica en la boca, como últimas palabras. Pena que daba. Así estuvo, despotricando contra Katherine M en un arranque de ira nacidod e los nervios, mientras esperaba lo peor. Todo había sucedido muy rápido.

Pero entonces, otra cosa, lo sorprendió, quitándole el habla. Al sentir que el peso retrocedía, él se volteó, con cara tremenda, pero lo que vio lo dejó boquiabierto. ¿Una mujer desnuda, de curvas sensuales, parada frente a él, venida como Dios la trajo al mundo? Y UNA MIERDA. Ahí delante tenía a la TOCAPELOTAS de Mac, jugando con su miedo, haciéndolo calentar DE LA BRONCA. ¿Que si tenía unas perfectas tetas de Afrodita delante? SÍ ¿Que si le importaba? AL CARAJO, ELLA Y SUS MELONES.

¡Le había dado un susto de muerte! Y lo que es todavía peor, ¡lo quería dejar en ridículo! Y todo lo que pasó con el perrito rabioso, CULPA SUYA. Normal, que sólo la viera como el motivo de SU IRA.

Evans, que se había arrastrado hacia atrás del susto, se levantó como cohete echando chispas, ¡de todos los colores! Bien rojo que estaba, del todo rojito. ¡Si hasta las orejas se le habían coloreado! Y no era por pudor, precisamente. Que por lo demás, no tenía.

—¡TÚ!, ¡tremenda descarada, tú! Me dejas con un perro salvaje, ¡casi me mata, carajo! ¿¡Ves esto!? ¿¡Lo ves!? ¡Es una mordida de perro! ¡Suerte si no tenía la rabia! ¡Y así tratas a tus amigos?, ¡colgándolos a merced de los predadores? Antes muerto que ser tu amigo. ¡Púdrete, Mac! ¿Tú abuelo se enterará de esto! ¡Y no estés tan tranquila! ¡Qué casi me muero! ¿¡Algo de lo que digo tiene sentido para ti, mujer despiadada!? ¿Y cómo es que eres una jodida pantera?—Extrañamente, llegados a este punto, hizo un alto para PENSAR—Tú eres una animaga—señaló, muy inteligentemente—. Eso es…—Cool, pero no te lo iba a confesar. En cambio, se calló (SÍ, FÍJATE, SE CALLÓ) y la contempló, esta vez, interesado. ¿En esas deliciosas curvas de mujer? NO. Evans se percató de las cicatrices y fijó su atención en ella, de forma penetrante, descarada, en silencio. Esta vez, sí, como un sinvergüenza. Le gustaban, sus cicatrices. Imaginó que ella no se tomaría a bien el cumplido. Pero mira tú, ya andaba más tranquilo. Casi sospechoso. Se había cruzado de brazos, y te miraba—¿Es por eso que no te metes conmigo y los chicos al lago del calamar gigante los días de calor? ¿Porque estás cortada como una papa mal pelada?

JODER, Evans. No se suponía que dijeras nada en esa situación.
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Katherine MacKade el Vie Nov 10, 2017 10:42 pm

Ignoraba las quejas de Evans, sus gritos y sus estupideces, si el no sabía defenderse de un chucho cualquiera no era su problema. Lo ignoraba mientras calibraba un poco su ballesta, la cargaba con una flecha y se preparaba para volver a guardarla en su escondrijo mágico donde la mantenía siempre a mano. Cuando menciono el echo de que era una animaga Kath sonrió y le dio un par de aplausos —Enhorabuena Evans, te has dado cuenta,¿quieres un caramelito como premio?— Viva el sarcasmo señoras y señores, desde luego el chico le caía bien, pero a veces era bastante cortito como en este momento, se había puesto a quejarse sin parar durante al menos cinco minutos hasta que se había dado cuenta de que la pantera era ella.

Kath estaba preparada para irse una vez se visitó cuando escucho las últimas palabras de Evans, el muy cretino había mencionado sus cicatrices sin pudor alguno y la había llamado ¿papa mal pelada? ¿Pero que coño le pasaba en la cabeza al estúpido este? Kath furiosa se giro a mirarlo, por un momento sus ojos mostraron los ojos felinos y furiosos de la pantera, se acerco al chiquillo y en un movimiento rápido le dio la vuelta sujetando su brazo herido y lo retorcía mientras pegaba su cara a la corteza de un árbol cercano. Le dio un buen golpe contra el árbol la verdad, seguramente le habría partido el labio inferior con el golpe.

Con la otra mano le quito la varita a Evans para evitar represalias y entonces coloco la suya en el cuello del muchacho, estaba furiosa, eso no era difícil de ver —Deberías saber, que e perseguido y cazado gente por mucho menos que lo que tu acabas de decir, las torture, las desangre, les partí los huesos uno a uno hasta verlos morir de sufrimiento y en alguna ocasión me los comí. Así que cuida esa puta lengua que tienes o te la cortare, creo que me convence cada vez más la idea de un alumno mudo— Tras hacer que su cabeza chocase una vez más contra el árbol guardo su varita y la de Evans, no se la devolvería hasta que llegaran a casa.

Comenzó a caminar hasta la casa de su abuelo —Mueve el puto culo Evans y como se te ocurra decirle algo al abuelo te abandono en el bosque por la noche y te cazare— Estaba hablando completamente enserio, su tono de voz ya no poseía toque alguno de burla o diversión, se había cabreado del todo, sus cicatrices eran un tema complicado para ella y que Evans hablara de esa manera sobre ellas le jodía y mucho. No le gustaba nada en absoluto que las tomara a broma o que dijera esas estupideces de temas serios.

Si fuera cualquier otra cosa, seguramente hubiera sudado completamente de hacerle caso a sus comentarios, solía tener tolerancia con ese mocoso, le caía bien, pero con aquello se había pasado, aunque fuera en broma o con cachondeo, a ella le había jodido el comentario y el niñato tenía que aprender que a veces Kath pierde completamente los papeles. Si no lo había echo ahora, era porque el abuelo le había pedido expresamente que no le hiciera demasiado daño a Evans y que llevara las perdices pronto a casa, por eso no lo había descuartizado en aquel momento. Pero si volví a joder con lo mismo, no dudaría un momento en cumplir su amenaza anterior.
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Evans Mitchell el Lun Nov 13, 2017 4:53 am

El hombre, o jovencito, se había enfrentado a un perro salvaje como aquellos ancestros de la prehistoria que, desnudos, fieros, así, como habían venido al mundo, se ensartaban en una encarnizada y valerosa contienda contra las bestias sueltas del reino animal, agreste e impredecible. Pero, contra una mujer, y especialmente ESA, bueno, qué macho ni qué cuernos, era sólo Evans Mitchell.  

El caso es que, como se trataba de él, no te quepa duda, podías esperar cualquier truquillo.

Aunque, que le hubiera estampada la cara —que rota, ya la tenía, de haberse caído de la rama en un descuido. Razón por la cual la nariz le sangraba a mares de sal y sangre—, no podía decirse que fuera parte de ningún acto, es decir, ninguna actuación, por muy bien interpretado que estuviera el papel. Y sin embargo, fíjate, que hasta se atrevió a improvisar un diálogo, como esos malos actores de turno que sólo buscan un poco de protagonismo, aunque la escena sea cortada luego:

—¡Loca!—Rió (de veras, RIÓ, ahogada la risa contra la corteza del árbol) y escupió sangre, hablando de costado. Soltaba las palabras con bronca. Hasta en las peores situaciones, su tono era insoportablemente burlón. Es que algo que tenía Evans, era el ser una espina en el culo, incluso doblegado—¡No te vayas a contener conmigo!—Sarcasmo, eso era sarcasmo. Aunque elegía mal momento para emplearlo. No le fuera a dar ideas. Pero él no estaba pensando con lucidez—¿Te molesta, eh, Mac? ¡Joder con eso!

Ella lo soltó y Evans ahogó un gemido. El hombro, maldición, ¡perra! Hubiera sido buena idea contener sus imprecaciones y guardárselas para sí mismo, pero no lo hizo. No se reincorporó enseguida, sino que se apoyó contra el tronco, no por buscar equilibro, sino más bien como una forma de hacer el dolor soportable. Como si pudiera traspasarle esa sensación de mierda al árbol o algo. No, Evans, el dolor te pertenece a ti. Es tuyo y te lo ganaste en buena ley. Pero claro, él no pensaba lo mismo. Y una puta mierda que pensaba lo mismo. Jadeó con una mano —la única que podía mover sin sentir un tirón agudo— en el hombro lastimado y prosiguió, con ese aire de animal enceguecido por el furor violento del momento:

—Tú y ese carácter de mierda, ¿qué?, ¿hiciste enojar a alguien que te dejó marcas? ¿Fue tu padre? No, ¿tu abuelo? O me dirás que eras de esas que se dejan…—Dejó la oración del aire. No necesitaba terminarla para darse a entender. ¿Iba de guaso? Es que tienes que entender. Estaba enojado, estaba frustrado, y la sangre caliente hacía maravillas en sus venas.

PARÉNTESIS:

Bonita, te cuento. El párrafo siguiente podés interpretarlo como quieras (ella puede esquivarlo, pueden enzarzarse en un forcejeo, podés dejar que te domine y luego reducirlo como a un insecto, etc). Me gusta la idea de forcejeo, un poco de hombre haciéndose el macho, etc. Pero. Desde ya, vos llevás la palabra cantante. Y no te angusties si no entendés a Evans.

Ella seguía caminando. Evans hizo lo suyo y se entregó al dolor y a su rabia. Pero tenía una idea muy definida de lo que quería, y por eso, podías decir que era una furia en calma. Sí, por la ironía. Y al decir ‘hizo suyo’, esto sucedió: se lanzó sobre Kat por la espalda y la derribó. ¿Recuerdas lo de los truquillos? Bueno, Evans no era realmente tan indefenso cuando se entraba de enzarzarse en un cuerpo a cuerpo, y era reactivo. Demasiado. Demasiado, para su propio bien.

—¡No me lances amenazas luego de dejarme de carnada para un puto perro salvaje!, ¿te herí, Mac?, ¿ de verdad!?, ¡jodete! A mí casi me comen. ¿Y por qué tan sensible?, ¿toqué tu fibra sensible?—Evans forcejea, pero puede ser reducido—Dime, ¿quién fue?—Escupió, agresivo—¿Me vas a ‘cazar’?, ¿eso le haces a la gente?, ¿eso le hiciste al que te dejó ASÍ DE JODIDA? No me hagas reír. No te vas a desquitar conmigo por lo que te hizo otro maldito, ¡SUFICIENTE TENGO CON TU CARÁCTER DE MIERDA!
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Katherine MacKade el Lun Nov 13, 2017 9:16 pm

Quería destrozarlo, hacerlo jirones con sus garras, destrozarlo pedazo a pedazo y no dejar nada de él. Pero si lo hacía seguramente su abuelo se cabrearía con ella y no quería enfadarle, después de todo era la única persona que le quedaba a la que realmente quería. Intentaba ignorarlo pero de lo más profundo de la garganta de la chica comenzaban a salir gruñidos realmente amenazadores. Era una puta pantera después de todo y se estaba cabreando, mejor dicho, estaba jodidamente cabreada y ese niñato mal nacido no era capaz de mantener la boca cerrada.

Realmente estaba intentando contenerse, no acabar con él en ese mismo instante, pero ese idiota de Evans no estaba poniendo mucho de su parte. Realmente se estaba ganando una paliza, que lo matara o cualquier otra cosa mucho peor que se le pudiera pasar por la cabeza. Kath seguía gruñendo, apretaba la ballesta entre sus manos intentando tranquilizarse, de alguna forma tendría que calmarse y por ahora no encontraba nada mejor que destrozarse las manos apretando. Por lo menos el dolor la hacía concentrarse en otra cosa que no fuera la imagen de Evans abierto en canal.

Ignoraba sus palabras, una tras otras, todas esas estupideces que salían de su boca, eran una mierda. No decía una cosa coherente o que realmente tuviera un puto sentido, solo sabía soltar mierda por esa boca y eso estaba consiguiendo que Kath sacara lo peor de ella. Estaba consiguiendo aguantar las ganas de destrozarlo, hasta que escucho mencionar a su padre. ¿Como cojones se atrevía a sacar a su padre en esta puta conversación de mierda? No podía creer que Evans cayera tan bajo, acuso a su padre a su padre y a su abuelo de agredirla, de hacerle daño, le importaba una puta mierda lo que pensara de ella o lo que dijera de ella pero no permitiría que se metiera con lo que más quería en esta vida.

Cuando se lanzó contra ella dejo caer la ballesta a un lado y forcejeo con el chico, no lo había esquivado porque estaba distraída con la furia que no paraba de crecer en su interior. Pero fue realmente sencillo quitárselo de encima y en esta ocasión ponerse ella encima —¡Eres un cerdo y un amigo de mierda!— Tras decir aquello le dio un puñetazo lo suficientemente fuerte como para dejarlo K.O durante un rato. Destrozo un par de árboles en su camino de vuelta a casa mientras arrastraba al desgraciado de Evans por una pierna, no iba a poner demasiado esfuerzo en evitar que se hiciera daño o que no se le jodiera la ropa.

Cuando llego a casa le dio las perdices al abuelo, tiro a Evans en la mitad del salón como un saco de patatas rancias y entonces simplemente se largo, no dijo donde iba, no dijo cuando volvería, tampoco ceno y por la pinta que tenía no volvería en un tiempo. Estaba furiosa y si volvía a ver al imbécil de Evans mientras seguía de ese humor, no escaparía solo con la nariz rota y unas cuantas heridas superficiales. La próxima vez, realmente estaría muy jodido, Kath tiene un límite, una línea muy pequeña y Evans estaba a punto de cruzar esa línea del todo y una vez que se cruza, ya no hay retorno.
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Evans Mitchell el Lun Nov 27, 2017 4:35 am


Kirian Mckade era un anciano que entre sus no pocas virtudes tenía el talento de saber disuadir a un niñato adolescente sobre su comportamiento, a pesar de esos serios problemas de temperamento que tenía. ¿Cómo? Bueno, sobre el método, algunos dirían que no eran los más pedagógicos o siquiera ortodoxos, pero si este hombre había podido con fieras, Evans Mitchell no sería un reto, no señor.

El buen hombre veía cosas en ese chico que a otros podían escapárseles. No por nada la edad le había hecho canas. Y en su tiempo, fue más o menos impetuoso que ese malhablado, aunque por supuesto ni un poco así de descarado. Pero entendía que Evans Mitchell tenía una carga, como todos. Ese carácter del demonio era el de los animales solitarios, huraños y obstinados. No era muy distinto a cualquier otro salvaje, con el orgullo a flor de piel (y las hormonas, no había que olvidar las hormonas. Los adolescentes hasta olían diferente). Pero no era nada que Kirian no hubiera visto ya.

La diferencia entre animales y hombres estaba clara para los entendidos: las personas son los únicos animales que pueden darse dos, treinta mil veces, con la misma piedra. Eso, desde el punto de vista de cualquier persona razonable, no los hacía los más inteligentes. Pero tenían otras astucias. Y sus debilidades, podían ser también una fortaleza. Pero todavía más: sus emociones eran complejas, y eso los hacía criaturas fascinantes de domar.

Ese cabezota vivía en el conflicto, y sólo entendería por las malas cualquier ‘mensaje’ que el buen Kirian quisiera transmitirle. Cuando el abuelo vio que su nieta se deshacía del muchacho con toda esa carga de ira, supo que tendría que tener una ‘charlita’ con el adolescente histérico que gemía en la entrada de su cabaña, arrojado como un saco de patatas, que encima, sangraba.

Así que allí estaban, el joven y el anciano, compartiendo un ‘momento’. Lo había sentado en una mesa para tratar su herida bajo la luz de una farola nocturna mientras que el bosque susurraba alrededor de ellos con el hipnótico rumor agreste y misterioso de la noche. Y Evans, maldecía.

—¡Jod..!, ¡mald…!—bufó entrecortadamente, masticándose la rabia y el dolor. Hasta que todo borbotó de su bocaza, incapaz de mantener la postura—: ¡mierda, viejo!, ¡lo haces a propósito!—En se instante algo sonó: CRUNCH, y Evans se dobló hacia adelante, sujetado por las fuertes y arrugadas manazas de Kirian, para que se estuviera quieto. El viejo lo manipulaba como si fuera un muñeco montable. Y sólo lo estaba vendando. En el fondo, el chico era un hipocondríaco. Un quejica, vamos. Hubieran terminado hace rato si no fuera por sus escenitas de dolor—¡Ah!

—Estás sólo cacareando. No te muevas. Ahora me vas a decir lo que le has hecho a mi nieta. Porque la conozco enfadada, y tú, la has hecho enfadar.

—¿¡Yo!? Es ella la que se puso como una loca. Yo soy la víctima aquí, ¿sabes? Ya te lo he dicho: me ató de un árbol, luego un perro salvaje quiso comerme…


—¿Has dicho y hecho cosas que no debías?—Lo cortó el anciano, con poca paciencia para los melodramáticos. Esta vez, lo de hacerle arder la herida fue intencional.

—¡Dem…!—Evans apretó los labios, masticando la bronca. Hizo un silencio antes de responder, y luego explotó como si le hubieran arrancado las palabras—: Ok, ok, ¡sí! ¡No vuelvas a hacer eso, ¿ok?! ¡Duele!

—Ya me parecía. Dime muchacho, ¿por qué lo hiciste?

—¿Estaba enojado? ¡Auch!, ¿¡por qué fue eso esta vez!? Ok, ok, ¡quería saber!—exclamó, rojo del esfuerzo por aguantar. Toda esa situación lo ponía de los nervios. Siempre había odiado a las enfermeras. El viejo ni siquiera sabía lo que hacía. No, bueno, tanto como ‘saber’, sabía cómo hacer para que todo su cuerpo se resintiera. Suspiró, y un poco más tranquilo, diríase cabizbajo, agregó—: Sobre sus heridas. Quería saber—Y entonces, hizo algo valiente. Al fin. Alzó la barbilla y miró al viejo por sobre el hombro. Hubo un intercambio entre ellos, en silencio. El abuelo asintió ligeramente y continuó con lo suyo, deshaciendo el contacto. El niñato se había puesto serio de repente. Raro muchacho.

—Dime, ¿te das cuenta que querer saber sobre otra persona es entrar en su vida? Si alguien te cuenta cosas, sus secretos, tienes que estar a la altura de ese voto de confianza. No puedes simplemente tomar y desaparecer. Tienes que quedarte. Que a los fisgones, les cortamos la lengua—Joder, ahora sabía de dónde había sacado Mac la manía por las amenazas—No sé qué le habrás dicho, pero puedes estar seguro que esa no era la forma. No te diré ‘piensa sobre lo que has hecho’, te diré que lo arregles, si quieres cenar. Así que ve poniendo tu orgullo y tus broncas en su lugar. Porque una panza vacía puede dolerte más que un mordisquito— ‘Mordisquito’, decía—. Y dime una última cosa muchacho, ¿hay algo que te importe más que tú mismo?

—Sí—soltó Evans, con la voz apagada mirando hacia lo profundo del bosque.

El manotazo que el viejo le dio en la parte posterior de la cabeza hizo que prácticamente saltara en el lugar.

—¿¡Pero qué caraj…!?

—Entonces, ya lo sabes. Deja de hacer el tonto y hazle frente a tu macana. Que no vivimos para estar solos, muchacho. Tenlo en cuenta.

Mac no volvía. El abuelo parecía confiar en que la mujer podía cuidarse sola y se había puesto a cocinar la carne fresca. Pero el muchacho se puso insufrible, de impaciente que era. Hasta se ofreció para ir a buscarla, acusando al viejo de adulto negligente. ¡Rastrear a su nieta, en el bosque, a la noche? El hombre no pudo más que reírse. ¿Qué iba a hacer el niñato? Puede que sí hubiera aprendido algunas cosas, pero sólo algunas, y de día. Sin embargo, accedió a su locura, y le entregó a Rufus, su perro de caza. El can sí que hallaría el rastro. Y los vio partir antes de entrar a la casa, mirando una última vez a la luna, con ojos repentinamente tristes.
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Katherine MacKade el Mar Nov 28, 2017 9:48 am

Había dejado a Evans tirado en la mitad del salón de casa, cuando su abuelo la vio en el estado en el que estaba ni siquiera pregunto. Prefirió dejarlo pasar, era mejor no preguntarle cuando estaba en aquel estado de furia, no sería capaz de razonar ni de explicar realmente lo que le estaba sucediendo, cuando Kath estaba de mal humor, era mejor dejarla sola y no insistir en que te explique lo que le sucede porque esto puede provocar que se enfade más de lo que esta y eso puede llegar a ser peligroso. Se marcho de casa sin mirar atrás, el abuelo no le dijo nada, solo la dejo ir, ella sabía cuidarse sola y no necesitaba que nadie se preocupara por ella.

Camino por el bosque buscando presas, algo grande que cazar, comenzaba a tener hambre. Su cuerpo se transformo, cambio de humana a pantera y continuo en su carrera. Estaba de mal humor maldita sea y solo quería capturar cualquier cosa y despedazar su carne antes de atrapar cualquier otra cosa que pudiera arrepentirse de asesinar, como por ejemplo Evans. Mientras buscaba sin cesar encontró su presa, aquel ciervo iba a ser su cena y nadie iba a quitárselo de la cabeza. Comenzó a correr detrás de él y lo atrapo.

Cuando sus uñas se clavaron en la carne de aquel animal, sus dientes de igual modo se clavaron en el cuello del ciervo, con fuerza desangrando al pequeño sin parar. Una vez que el animal dejo de moverse comenzó a devorarlo arrancando la piel a tiras mientras iba comiendo. Destrozar a aquel animalillo de aquella forma la hizo sentirse algo mejor. Cuando termino de comer se volvió a convertir en una mujer, con ropa esta vez y llena de sangre toda la cara y parte de la ropa tras haber devorado a aquel cervatillo sin piedad alguna.

Fue hasta el lago y se tiro en la hierba boca arriba mirando las estrellas sin lavarse, le gustaba oler aquella sangre que lograba relajar su mal humor. Sintió el olor de Evans y el de Rufus, el perro del abuelo, desde luego se notaba que el abuelo había sucumbido ante la pesadez de Evans y le había prestado a Rufus para que fuera a buscarla —¿Que coño quiere Evans? largate— Ni siquiera abrió los ojos cuando sintió como el perro se acercaba a ella y se quedaba sentado a su lado meneando el rabo contento por encontrarla, pero sin acercarse demasiado, sabía que Kath aún estaba de mal humor y que era mejor no tocarle las pelotas.

Luego hablaría seriamente con el abuelo, no podía prestarle a Rufus a cualquiera para internarse en el bosque a buscarla cuando estaba de mal humor. Quería tirarse la noche entera en el bosque, mirando las estrellas, durmiendo al raso y escuchando el ruido de la noche en el bosque, eso conseguía relajar su cuerpo y su mal humor así que tenía que conseguir relajarse o terminaría matando a alguien realmente. Ya había asesinado a un ciervo para cenar, era mejor que Evans no le tocara las narices más por hoy o las cosas terminarían realmente mal.
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Evans Mitchell el Sáb Dic 02, 2017 2:29 am

Mirada mortal, instinto animal. Es una pantera, se dijo Evans. Sonrió de lado y se sentó a distancia, en la hierba, con las piernas cruzadas. Qué asco estaba hecha, vomitada de sangre. Y él un amigo de mierda, eso es lo que ella había dicho. Él nunca había hablado de amistad, para empezar. Le tocó, que lo considerara así. Era incómodo. Mira tú, a la mala mujer.

—Has estropeado la cena—dijo, cuidando el tono de sus palabras, que eran siempre una lanza, un ataque. Ahora, era diferente, se fundían con la mansedumbre de la noche que había venido a instalarse entre ellos. Rufus olisqueaba, se removía, impaciente de amor, en torno a esos dos—Pero decídete. ¿Qué quieres? Que te diga por qué vine o que te deje aquí, remolona.

Rufus le ladró a los arbustos y arqueó el lomo, a la caza de grillos.

—¿Sabes qué es lo que me gusta de ti?—soltó, de repente. Arrojó una piedrita al lago, y el chapuzón enturbió la quietud de la superficie con un ligero ‘clap’. No continuó con una respuesta, sino que se soltó un relato—: Estabas con ese chico, ¿Matthew?, ¿Maxwell?, ¿Mccoy? Lo que sea. Y no se sabía qué te había hecho, pero tú le diste una hostia que te cagas. Dudo que el pobre tipo sepa qué te hizo. Seguro que aún se lo pregunta. Tú no te tomaste el tiempo de explicarle, explicarte. No te preguntaste si podías, tú sólo te lanzaste. Ir directo a la yugular, ese es tu estilo. Si estás poseída por el impulso, es porque tienes una razón, que te sacude desde adentro y que sabes que es justa, sabes que estás en tu justo derecho. Los pasmados de la Sala Común, no lo entendían. Los dejaste boquiabiertos como tontas ovejas. Yo, estoy seguro de que el desgraciado se lo merecía—señaló, vuelto atrás en el tiempo, pero sin mirarla. Y agregó en voz baja—: Yo me lo merecía—Hizo una pausa—. Si te busco pelea, remolona. Es porque me gusta cuando eres honesta conmigo. Honestamente, cabreada. Honestamente, tú. Y que me aspen si no eres una gata loca. Puedo soportarlo—dijo, con un exceso de confianza en sí mismo. Muérete, Evans—No te me eches atrás porque no soy un tipo sensible. Somos amigos, ¿verdad?

La luna miraba de cara al lago, blanca y redonda. En el silencio, una cola de ¿pez? asomó a la superficie, salpicando el cielo reflejado, para volver a sumergirse con un aleteo vertiginoso.

—Vine, porque quería darte esto—Evans sacó ¡un relicario! de su bolsillo—Tenía que dártelo en algún momento. Por acogerme en tu cabañita de ermitaños. Lo encanté, porque estaba aburrido—Se lo tendió, pero apartó la mano—No es para que lo ensucies con tu cena, ¿sabes?—Sonrió—Déjame—Se aproximó por detrás con cuidado, con la aprensión de alguien que trata con bestias impredecibles. Le apartaría el cabello, para colocárselo—Vamos, no puede ser tan malo. A las chicas les flipan estas cosas. Sólo déjame ponértelo. ¿No quieres saber qué le hice? Pero tendrás que cerrar los ojos.

psss:
Evans es un tipo práctico, que siempre tiene un as bajo la manga en caso de que lo atrapen en una situación sin salida (algo que le sucede con mucha frecuencia (?)). El hombre tiene sus trucos, y ese relicario está encantado con una utilidad que él consideraría práctica en esos casos. Sí, no será mucho, pero eligió el encantamiento 'Echoes':


► Echoes: ¡Perfecto para cuando tus sentidos están adormecidos! ¿Te han atado los ojos con un pañuelo o han sumido la zona de duelo en total oscuridad? No temas, el encantamiento Echoes hará que los sonidos de un radio máximo de cincuenta metros -teniendo en cuenta las barreras naturales- te dará visión sobre tus oponentes ¡sin siquiera usar los ojos! El terreno se revela con ondas que parten desde el epicentro de la onda de sonido y se expanden según su sonoridad; perfecto para aquellos que aún no dominan la magia no verbal.

De forma que si tu chica estuviera en una situación de ese estilo (?), tener un as en la manga. Es sólo un pequeño gesto de su parte. Quién sabe, por ahí en una de esas, te resulta útil (aunque si se te ocurre una idea mejor, bienvenida). Cómo funcionaría, cómo se activaría, va en cosa de imaginárselo. Si no se lo arrojás al lago, te lo compro.
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Katherine MacKade el Dom Dic 03, 2017 7:40 pm

¿Ahora pretendía ir de buenas? Evans definitivamente nunca aprende, primero la lía, hace que se enfade, que llegue a limites que no le gustaría cruzar y entonces termina por sacar lo peor de ella y cuando lo consigue es cunado se asusta, se esconde, lloriquea como el mocoso inmaduro que es y viene a pedir perdón a de la única manera que sabe. Comprando a la gente con regalos o con estupideces semejantes. Kath rodó los ojos, estaba bastante molesta, se estaba planteando muy seriamente la idea de lanzar a Evans vestido y enterito al lago, después dejaría que se hundiera un rato antes de sacarlo o simplemente dejaría que se ahogara, esa idea sonaba de maravilla, se libraría de él de una vez por todas.

Sin embargo estaba demasiado cansada y mal humorada como parar querer levantarse de donde estaba, solo hizo un leve esfuerzo para incorporarse un poco y quedar sentada mientras miraba a Evans con sus ojos peligrosos de siempre mientras escuchaba su relato. Recordaba ese día, le había dado una buena a ese idiota ante la mirada atónita de todos, ella no se andaba con chiquitas, desde siempre a sido una mujer dura, complicada, de las que saben lo que quieren y no temen hacer lo que haga falta para conseguirlo. Muy determinada y controladora, pero uno de sus mayores rasgos es que era impulsiva, se dejaba llevar la mayoría de veces por lo primero que se le pasaba por la cabeza.

Cuando le mostró el relicario suspiro, la verdad es que al menos era bonito —¿Amigos? ¿Realmente se puede considerar amigo a una persona que te jode sin parar y que no es capaz de parar cuando ve que realmente te esta jodiendo?— Que hablara de sus cicatrices con esa chulería, culpando a su padre, a su abuelo, cuando no tenía ni la mas mínima idea de todo lo que había pasado cuando era pequeña la había jodido, la había jodido mucho y no iba a perdonárselo tan fácilmente, el puto relicario se lo podía meter por donde quisiera. Sin embargo era un pago por aguantarlo todo el verano y llevarlo a su casa con su abuelo, así que lo aceptaría, pero no iba a perdonarle lo que había echo hoy.

Se giro un poco para dejar que le pusiera aquel relicario, aunque no cerro los ojos, no se fiaba en absoluto de Evans como para cegar uno de sus sentidos sin una buena razón —Por mucho que acepte tu regalo, no voy a perdonarte lo que has echo hoy Evans, ahora mismo, realmente pienso que eres un amigo de mierda si es que te puedo llamar amigo como tal— Lo que había pasado la había afectado realmente aunque ella quisiera negarlo o pensar lo contrario, recordar aquella noche nunca era agradable, pero que encima se burlaran de ello como si fuera lo más estúpido del mundo la había jodido, la había echo daño que encima fuera Evans quien se burlara de aquello, se notaba que estaba molesta, pero mientras el ponía el relicario ella se limpió un poco la sangre de la boca y del cuelo con un pedazo de tela de su camiseta que humedeció un poco en el agua.
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Evans Mitchell el Jue Dic 07, 2017 8:58 am

—¿Por qué?—pregunta sincera. Truhan, le decían. ¿Iba de guaso?—Tú sabes, ‘perdonar’ es un paso muy importante para el manejo de la rabia. ¿Qué?, ¿no has leído nunca nada al respecto? Ok, ok. Lo entiendo. Soy un amigo de mierda, y tú me dejaste colgado de una rama para que me devoraran los carnívoros, estamos a mano—Tampoco es como si te estuviera pidiendo disculpas. Ella se limpiaba y él hizo una mueca. Finalmente, le colgó el relicario—Es extensible, para que lleves tus venenos colgados al cuello. ¿No eres buena embaucando los sentidos?—Lo era, y él le pedía muchos favores. A ella y a su hermano. Sólo que a su hermano no podía decirle para qué querría ciertas pócimas. Como el don perfecto que era, podría considerarlo contraproducente.

Evans se sentó sobre la hierba, como ella, pero de cara al bosque. Apoyó su hombro contra ella, juguetón, ligeramente molesto (como era siempre) y la miró de costado, sonriéndose. No le importaba la sangre. Cuando la conoció, allá, en el Bosque Prohibido, la sorprendió bañada en sangre, como esa noche. Y nunca la había reparado tanto en ella, como entonces. Lo que los unió fue trabar una relación de mutua conveniencia. ‘No dices nada si yo no digo nada. Ninguno de los dos estuvo aquí si ninguno habla’. Desde entonces Evans le tomó cariño a esa refunfuñona (que lo era, por muy encantadora que quisiera cantar ser de repente), pero eso no se lo confesaría. Era ese cariño que le tomas a un gato arisco, rebelde. Vaya, gato, pantera, no había tanta diferencia.

—¿Por qué?—Esta vez sonó serio, el tono de la pregunta era distinto. Pero ya había manifestado que no le importaba si seguía enojada con él. Entonces, ¿qué quería saber? Evans rodeó sus rodillas dobladas con los brazos. No apartaba la mirada—¿Por qué estás cubierta de heridas? Y antes de que me mandes a la mierda, te diré: pudiste ahorrarte la escena de las tetas, pero no lo hiciste. Me lo mostraste todo. Así que dime sin rodeos y yo me dejaré de juegos, ¿por qué las heridas?
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