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Priv. || La trampa perfecta ||

Evans Mitchell el Vie Nov 10, 2017 1:27 am

Es una carga, la muerte de otros sobre tus hombros. Eso dicen. En Evans no funcionaba de esta manera. No se pasaba los días, las semanas, los meses, rumiando penosamente sobre lo mala persona que era, entre el arrepentimiento y lo pusilánime. No. No se explicaba tampoco por qué debería.

Lo hacían tan trágico, esos verseros de Hollywood. Por algo serían muggles. No, ¿a quién engañaba? Muggles, magos, todos eran humanos. Unos más que otros. Todos eran esa carne que se arrastra entre metas pisoteadas y proyecciones de lo que se desea, con tanto empeño como para dejar atrás esa ‘humanidad’ de la que se regodeaban los hipócritas.

Hipocresía. Tanta hipocresía.

Hoy eran los traidores a la sangre a los que daba caza, ¿y mañana? Todo podía darse vuelta, entre la presa y el predador. Los valores de hoy, podían no ser los que te juzgaran luego, en un futuro del todo incierto. Algo así había sucedido en la Segunda Guerra Mundial, ¿verdad?

Y todo, ¿por qué?, ¿porque esa era la eterna lucha entre el bien y el mal? No. Porque eran todas personas, desesperadas, que perdían o ganaban. Así de irrisoriamente decepcionante era la historia. Te sumergía en un bucle del que pocos o nadie sobrevivía.

De lo único que Evans Mitchell estaba seguro, era de su presente inmediato. No porque no fuera alguien con perspectivas, sino porque construía sus planes de acuerdo a lo que le ofrecía el ahora. En su fuero interno, él era un arquitecto, un planeador a largo plazo, pero mientras.

¿Mientras qué?

Lo que tocaba era citarse con La Muerte. Sí, fíjate. Decían que era casi invisible, que te caía como una pesadilla. Era bueno. Si se trataba de presas, las olfateaba a la milla. Si estabas en su lista, podían estar seguro de que te atrapaba. Pero no se apuraba. Se tomaba todo el tiempo del mundo, ¿para saborear la caza?

Era lo que Evans haría, con una presa ‘normal’, claro. Unas perdices sueltas, por ejemplo. Aunque, lo ‘normal’, como descubrías tarde o temprano, era jodidamente más subjetivo que la belleza.

Ahora, la carne con dos patas y ‘fugitivo’ pintado en la frente era lo ‘normal’. Aunque estaban aquellos, que se camuflaban mejor, o eso creían. Hasta que La Muerte les llegaba, como a todos. Pero a ellos, primero. Porque no habían sido lo suficientemente listos. Lentos.

Lo que Evans no pudo siquiera imaginar sobre esta ‘Muerte’ es lo mucho que le repatearía toda esa presencia, todo ese buen estilo, todo ese porte. ¡Le daba asco, joder! Entiéndase, que a Evans Mitchell le desagradaba íntimamente todo lo que amenazaba su encanto y su elegancia personal. Y ese tipo, había sido asquerosamente bien pintado.

Eso descubrió, cuando llegó al punto de encuentro. ¿Incómodo, de repente, Evans? Eso pareció, porque claro, con alguien que le hacía sacar a relucir todos sus malos modales, lo obligaba a parapetarse en una nube de ego. Por una cuestión de orgullo, ¿sabes?

***

Era un callejón. La noche era cerrada, negra como el augurio de los cuervos cuando están tensos. Dirías que la presa había sido acorralada, pero ALGUIEN se había movido de acuerdo a su propio instinto o poca suspicacia, y no a lo que dictaba el plan. ¿Había querido demostrar algo? Puede. Con esos novatos, siempre era lo mismo. Y las hormonas, no olvides las hormonas.

A Evans le había entrado la IRA, porque su maleficio le salió PÉSIMO, y para rematar, el fugitivo lo rozó con un maleficio asesino, que casi lo saca de juego. Era curioso, que ese Mitchell no pudiera realizar un maleficio oscuro con facilidad. Solía elegir las resoluciones limpias, rápidas, pero en artes oscuras daba asco. Lo triste o patético o irrisorio, era que insistía en ello, como si se negara a aceptar que su varita, que era una extensión de sí mismo, rechazaba esa magia.

El caso fue que, en la persecución, al gryffindor se le fue la cabeza y acabó lanzando todo al garete y enzarzándose en una desaparición forzada que casi acaba en una departición. Lo único bueno del resultado, fue que siguió el rastro del fugitivo hasta una zona residencial, y aunque no era posible verlo por los alrededores, no podrá haber ido muy lejos. Porque fíjate, que Evans sí lo había herido en el trajín del viaje. Menudo viajecito.

—¡No me iba a quedar sin hacer nada!—escupió, trasladado a vaya saber qué punto del mapa. estaba lleno de bronca. Pero se calmó, se calmó, tomó aire. Y bajó esa mirada de odio que tenía. Seguidamente, se agachó en cuclillas y con las manos enguantadas pasó un dedo por el suelo, levantando un rastro de sangre—No puede estar muy lejos.

Y alzó la mirada, en busca de órdenes. Estaba hecho todo un sabueso.
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Evans MitchellUniversitarios

Henry Kerr el Sáb Mar 24, 2018 4:36 am

Hoy era una de esos días que esperabas que fueran de lo más rutinario. Uno de esos días en los que sólo ocurrieran cosas de lo más corriente, y en las que no te parabas a pensar en nada serio. Como mucho echabas la vista al final del día, a la noche, y pensabas en que bien estaría echarse en el sofá.

Ver una mala película de acción, que para algo debían servir los muggles, y el cine era una de ellas. O quizás hacer todo lo contrario, y leer un buen libro. Aventuras, amor, angustia o tristeza, todo cabía en el interior de unas tapas encuadernadas, llenas de hojas impresas con esas fascinantes historias que hacían las delicias de toda persona con ganas de alimentar la imaginación.

Podría hacer mil cosas en la noche de aquel día. Pero por alguna razón, había decidido que cuando se marchara por el firmamento, podría dedicar un poco de tiempo a una de sus pasiones favoritas. No tenía ganas de hacer algo demasiado elaborado, y que le llevara una gran inversión del preciado oro de la vida. El tiempo.

No. No era necesario. Unas pechugas de pollo a la plancha, con un chorrito ligero de aceite de oliva, minúsculo, casi inexistente, así como una pizca de sal. Todo el conjunto calentado y dorado en su propio jugo, con un toque a las finas hierbas. ¿Orégano quizás?

Mmm, sí, qué rico. Orégano y dos o tres piezas de pechuga, acompañando la elaboración con un bien vino, suave y rosado, para deleitarse con la degustación del vino sin por ello solapar el sabor de su creación. Se le hacía la boca sólo de pensarlo.

Sin embargo el destino no fue generoso con él. Últimamente casi nunca lo era.

Una llamada de sus nuevos jefes era todo lo que necesitaba para que su noche de buena comida y cine cutre se fuera al traste. Pero qué se le iba a hacer, la culpa era suya por meterse en una organización sin horario fijo. Un grupo de magos de élite que debían su vida las veinticuatros horas al cumplimientos de su misión.

Y lo de élite por ser generoso, porque había cada imbécil allí dentro… En alguna ocasión  le exasperaba encontrarse con alguno de sus compañeros de filas. Bien parecía que en vez de preservar la pureza de sangre, estuvieran protegiendo el retraso mental de algunos hijos de padres con apellidos de largo linaje.

Maldita sea. Con lo bien que estaba persiguiendo dragones en un pasado no tan lejano. Sí, los dragones podían ser muy peligrosos, pero no existía animal más peligroso que el ser humano. Sobre todo cuando este era mago.

Pero eso no era relevante. No le importaba que fuera más arriesgado perseguir humanos, que perseguir gigantes reptiles alados. Lo que realmente le fastidiaba era esa pérdida de autonomía. Aquellos tiempos donde podía hacer lo que le diera la gana, cuando le daba la gana. Cuando un día podía estar en Suecia, y al siguiente en China.

Él era un Ravenclaw. Un águila. Necesitaba volar, y que nadie recortara sus alas.

No se confundan. Creía en la causa purista. O de otro modo no habría aceptado meterse en los mortífagos, ni aunque se lo pidiera su familia. Más echaba de menos ser más aún libre de lo que era ahora, hacer las cosas a su modo, por definirlo de alguna forma.

En fin, no podía quejarse demasiado. Sobre todo porque su reducción de libertad era provocada por una elección suya. Y porque el chico que ahora apadrinaba no era imbécil. Podía dar gracias de no tener que soportar a un niñato cualquiera. Además, cómo se suele decir, a veces hay que sacrificar algo para conseguir algo mejor.

La pureza de sangre no iba a conseguirse sin sacrifico.

- No, mi pequeño aspirante a mortífago. No puede estar muy lejos-, le dijo, mirando la sangre que había sobre el dedo enguantado que alzaba. - Y seguramente tampoco esté vivo por mucho tiempo, tanto si lo encontramos, como si no-, se atrevió a vaticinar, calculando que un hombre perdiendo esa cantidad de sangre, no iba a durar mucho en el mundo terrenal, salvo que consiguiera frenar la hemorragia de algún modo.

La suculenta cena que podría haber preparado, ya era un sueño lejano a estas horas. En ese momento de caza y aleccionamiento, tenía que tener todos sus sentidos puestos en la presa, y como era una situación especial, también en el aprendiz. Sin embargo, lo que acababa de vivir instantes antes, no hacía más que provocarle pensar en lo bien que estaría en su sofá, cenando tranquilamente. Sin complicaciones.

- Dime, chico. ¿cómo me habías dicho que te llamabas? - preguntó, mirando directamente los ojos del chico, para luego mirar al frente y comenzar a andar sin esperar la respuesta del muchacho. - Lo que acabo de presenciar ha sido cuanto menos curioso, ¿estudias en el colegio? - volvió a realizar una pregunta. Por supuesto, el colegio al que se refería era innecesario mentarlo. - A lo mejor estás en la universidad o ya no estudias. ¿Trabajando tal vez? ¿Viviendo la vida día a día? - siguió preguntando sin dejar de caminar.

Puede que tanta pregunta que no tenía que ver con la caza del fugitivo podría parecer extraña, o como mínimo inadecuada, pero la realidad es que en la mente de Henry tenía todo el sentido del mundo.

- Si vamos a tener una relación tan cercana, debemos saber más el uno del otro-, dijo, para en ese momento parar en seco y girar sobre sí mismo para mirar el rostro del muchacho. - Sobre todo yo de ti-, comentó tajante, sin dejar espacio a que nadie le replicara ese detalle.

El rubio no dijo nada durante unos segundos, evaluando a su aprendiz, y sonrió con tez lobuna pasado esos instantes.

- Nos llevaremos bien. Me caes bien. Eres atrevido, y seguro de ti mismo. Aunque debo reconocer que estoy disgustado con tu última acción-, se sinceró. - Para mi gusto, demasiado impulsivo. Pero apruebo tu iniciativa-, remarcó su ladina sonrisa, agrandándola en el proceso. - Sólo debemos pulir la piedra para convertirla en una joya, ¿no es así?

Se volvió a dar la vuelta, y caminó otro par de pasos. Sólo un par, antes de girarse, y mirar al chico mientras se acariciaba el mentón.

- Veo que estás expectante por hacerlo bien-, dejó de rascarse la barba, y sonrió a su aprendiz, al mismo tiempo que posaba sus brazos en los costados en forma de jarra. - ¿Quieres órdenes? - preguntó al recordar la solícita mirada que le había dedicado el joven. - Qué te parece decidir por ti mismo la forma de resolver esta situación. Primera lección de la noche, chico. Los planes a veces salen mal, hay que aprender a improvisar. Aprender a corregir nuestros propios errores-, abandonó su postura en jarras y cruzó sus brazos delante de su pecho. - Veamos que eres capaz de hacer. Pulamos esa iniciativa que tienes. Es una virtud de tu carácter que debemos sacar a la superficie. Con experiencia serás más aplicado, y sabrás cuando debes actuar, así no volverás a caer en el error de la impulsividad con facilidad.

Vaya. Hasta él mismo estaba sorprendido con su nueva faceta educativa. Nunca había contemplado ser profesor. Nunca había pensado en volver a Hogwarts como parte del profesorado, ni entrar en el algún otro colegio u universidad. Jamás había tenido interés por ello, más debía autoconfesarse que le estaba gustando tener un alumno.

Uno sólo. Al que forjar como hierro y carbono, para crear el mejor de los aceros templados. Le producía cierta satisfacción.

- Que tal un Muta Silentia, y seguir este rastro hacia nuestro destino-, sugirió, y comenzó a caminar hacia otra mancha de sangre en el suelo. - O quizás prefieras algo más contundente y menos artimañas-, miró por encima del hombro al chico, con una sonrisa traviesa dibujada en el rostro. - Decide, piensa. Eso te forjará como hombre-, lo alentó, volviendo a mirar al frente. - Yo iré a tu lado y vigilaré tus progresos.

Seguiría junto al chico, eligiera lo que eligiese. No iba a entrometerse en sus elecciones, sólo asegurarse que sobrevivía a ellas, ya que muerto poco iba aprender. Tanto si acertaba como erraba, aprendería de ello, ya fuera una cosa o la otra. De eso estaba seguro.
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Henry KerrMagos y brujas

Evans Mitchell el Mar Abr 03, 2018 9:19 am

—No, mi pequeño…
…mi pequeño…
…aspirante a mortífago.

Evans arqueó una ceja, con cara de pocos amigos. Mmm, difícil saber a dónde querría ir a parar con lo de “mi pequeño saltamontes”, y para ser honestos, no terminaba de tragarse al tipo (demasiado formal, muy enigmático, ¿pero cuáles eran sus motivaciones?, ¿sus aspiraciones?, ¿en qué pensaba en ese mismo momento?). Así que, se reservaba opiniones, el gesto indolente y la paciencia a flor de piel. No fuera a ser que la liara empezando con mal pie desde tan temprano, porque sí, como decía, él era, después de todo, un aspirante. Te callabas, y hacías. Algo por lo que hablaran bien de ti luego, pero te limitabas a hacer. Te callabas.

—Mitchell—acotó secamente, y se puso en pie sin miramientos, sacudiéndose las manos. Levantó el mentón cuando lo llamó, distraído. Para topárselo de pronto, en el brillo de los ojos (en esa noche negra, negra, iluminada por faroles) y devolviéndole una ceja palpitante, sí, la ceja le palpitaba, en lo que era casi un tic nervioso, pero muda la expresión. Lo hacía repetirse, mira. Pero no, es sólo que había presentaciones más apropiadas que otras—Evans, Evans Mitchell—contestó, destensándose lo nervioso (que lo era, por carácter) con el golpe sibilante de un suspiro repentino que se disolvió en el aire tan pronto como el mortífago emprendió la marcha.

Evans lo siguió primero con la mirada al avanzar y luego lo imitó, caminando a la misma altura, pero manteniendo las distancias, desconfiado y esquivo. Tanta pregunta, era cuando menos, molesto. Más cuando no comprendía cuáles eran sus intenciones.

Andaba con los brazos a los costados y manipulaba la varita haciéndola girar en una mano; su andar ligero y esa manía de mirar hacia los lados, inquieto, contrastaban notoriamente con el andar reposado, casual, del otro, ¿ensimismado en una cháchara insidiosa?, ¿qué buscaba con esas preguntas?, ¿ser peliagudo?

Es que, vamos, ¿iba a ponérsele a hablar de las ligas de Quidditch o algo?

Y mientras ése conversaba tan tranquilo, él sí que tenía la tensión sobre sus hombros de lo que podría depararle esa noche de caza, y se notaba. Y es que, el mortífago era un simple observador, era él después de todo, el aspirante, quien estaba siendo puesto a prueba.

Lo que acabo de presenciar ha sido cuanto menos curioso, ¿estudias en el colegio?

“Cuanto menos curioso”, decía. Evans revoleó los ojos, ¿y eso a qué venía? Se estaba metiendo con él. Genial. Era una provocación, alta y clara. Cualquiera podía verlo. ¿A qué se debía?, ¿su desliz con una maleficio del demonio, el haberse puesto un poquito salido? Vamos, se había cabreado con el reo, ¿bien? Lo había rozado con un maleficio, ¡normal! Ok, se había lanzado a la tremenda. ¿Y quién no? Ése lo soltaba tan tranquilo porque no le habían tocado un pelo, que si no.

—El tipo es un bastardo—
sentenció, de mal humor, como si eso lo explicara todo—El año que viene estaré en la universidad—contestó rápidamente. Y soltó—: Oye, lo entiendo. Hemos llegado aquí por mi culpa, y tú tienes mejores cosas que hacer que hacerme de papi morti. No tienes que torturarme dándome la lata, ¿ok?

Oh, “una relación cercana” decía. Evans se sonrió.

—¡Bien!, ¿y tú a que te dedic…—¿cas? El mortífago paró en seco y Evans hizo lo propio, devolviéndole la mirada con un ligero brillo de humor, pero aprensivo dadas las circunstancias. Sonrió, ensanchando la comisura de sus labios, mostrando los dientes—Pensé que querías el intercambio. En eso se basan las relaciones, ¿sabes? Las buenas relaciones: el intercambio, ¿comunicación? Lo siento, mi culpa.

Iba de guaso, mira.

Henry Kerr lo bajó de su nube, esa que tenía en la cabeza de tantos humos, soltándole algo que no esperaba. Es que por mucho ego que tengas, acostumbrarse a los cumplidos era algo distinto. Más común era que le echaran en cara alguna metida de pata. Así y todo no se confiaba con el tipo, eh. Y por favor, que dejara de compararlo con saltamontes y rocas y joyitas. Que alguien le quitara tanta floritura al hablar. Debía ser de esos, que se las pasaban endulzando las frases que les soltaban a las minas, y que, tú no sabías cómo, pero hacían que colara, sí, a ellas les colaba, y tú eras ese cara de pasmo al margen de la —insólita— escena, sin entender cómo o cuánto para el traste se había ido la vida.

Ninguna de esas comparaciones impidió, sin embargo, que se sintiera bonito, ¡FAIL!, no, eso no, digo “inspirado”. Lo cierto es que Evans entendía lo que quería decir. No estaba mal tener una utilidad como esa —entiéndase, un mentor a lo karate kid— a mano, para variar. El mortífago debió ver ese color de esa aura que afloraba cuando te han dicho cosas bonitas te has infundido de renovadas ganas para empeñarte en algo, porque le hizo una observación, a la que le luego le siguió una selección de palabras muy curiosa. Si tenía que ser honesto, Evans se había acostumbrado a esos mortífagos que iban a su aire, dándole órdenes en cada misión. Este iba a su aire, de eso no cabía duda, pero lo colocaba como protagonista y con la inspiración de alguien que, se veía, era de mente inquieta. Y es que, se le habría dado por prestarle atención por tener algo en lo que volcar su curiosidad y no aburrirse esa noche, con el ánimo tranquilo de esos que piensan antes de actuar —su antípoda—. Mmm. Debía andarse con cuidado con ese hombre. Los que piensan, son siempre de temer.

—Ok, empecemos por, ¿por qué este sitio?

***


Valle de Godric || No muy lejos de la residencia McKinnon

La noche había llegado, la calle estaba vacía. La manzana estaba sitiada por un silencio sepulcral, tan sólo interrumpido por el aliento herido de un moribundo que se arrastraba por los rincones más oscuros, allí donde la tenue luz anaranjada de los faroles no podía siquiera iluminar aquel rostro, atacado por el pánico, frágil y sudoroso. El hombre se apuraba, y a pesar de que sus cicatrices abiertas sangraban abundantemente, sabía que no podía parar, si no quería ser atrapado, si es que había una sola oportunidad de que le abrieran una puerta. Esa carrera era a vida o muerte.

A esas horas, había un acuerdo tácito de no acercarse a las ventanas. Lo que sucedía en las calles, moría en las calles. Eso era lo que el nuevo régimen había decretado para sus obedientes ciudadanos documentados. Porque todavía había traidores a la sangre, y tenían que ser erradicados. Porque el miedo era una tenaza demasiado poderosa para aquellos que ya no luchaban. Mejor resguardarse en el calor del hogar, mejor hacer oídos sordos, mejor no decir nada.


Llamaban a la puerta, y se hacía urgente atender. Sólo que no era una visita que tú quisieras tener en tu hogar. Intempestiva, la hora. Pero no se trataba de eso. Había que abrirles la puerta, o sería peor. A veces, ni se molestaban en eso. La caza de brujas, vaya ironía, se había puesto en boga últimamente. Una forma de decirlo. El gobierno de Voldemort era desquiciado, enfermo, y así era su gente. Eran tiempos violentos. Marlene McKinnon lo sabía, vaya que sí. Su situación no podía ser más desesperada: un fugitivo en su casa y mortífagos en la puerta. Ella, se arregló la bata y bajó a atender la puerta, temeraria. La situación era desesperad, sí; pero había que vivirla, ¿y qué resultaría? No lo sabía, ninguno de ellos podía saberlo.




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Henry Kerr el Sáb Sep 01, 2018 1:13 am

Un campo de franca similitud con el algodón se dibujaba ante sus ojos, desde la misma base de sus pies hasta el lejano horizonte. Metros y metros de blanco perfecto, sólo roto por el negro creado bajo las alargadas sombras de los árboles del bosque colindante al camino, y teñido con divino azar por el carmesí que los guiaba inexorablemente hacia su destino.

Irónicas sombras en noche cerrada, vivas gracias a la obra y gracia de la luz plateada del astro que los observaba en su ventajosa altitud. Luna de plata, visitante nocturno en casi todas las noches, y maldición de hombres lobo cada veintiocho de ellas, creaba hermosos reflejos en el manto blanco, que hacía parecer que se perdían entre las flores de algodón de los campos del sur de alguna antigua colonia americana. Ese blanco tan suave y delicado como la pelusa de la mencionada planta, pero que a diferencia de esta,  quemaba y aguijoneaba la piel al contacto con ella.

Millas y millas cubiertas de copos de nieve en compactación, que la experiencia y conocimiento de la zona hacía que supiera que tras el bosque, las montañas, y cientos de kilómetros, la pura nieve todo lo cubría.

Allí estaban solos, sin más compañía que el uno del otro, y los habitantes del conocido pueblo al que se aproximaban. Silentes y dormidos pueblerinos con incierto destino, ya que si había dicho que estaban solos, no era del todo cierto. La impasible luna que los observaba jugaba con la reflectante nevada en reposo, pero al travieso astro nocturno también le agradaba recrearse con el símbolo de la vida de todo ser viviente.

El escarlata brillaba en su avance, acompañado por las siluetas de unas botas dibujadas sobre la nieve. Rojo pasión luchando contra la capa de blanco polvo en un fútil intento de mantener su calor. Ese rojo tan intenso era la prueba de que aún la sangre se permitía el lujo de luchar por conservar su calor, y por ende,  indicaba a todo cazador avezado que su presa estaba cerca.

Su sonrisa se ensanchó en el rostro, sin importarle que de este modo el sutil viento que mecía su ropa clavara su frío poder con mayor intensidad en la comisura de sus labios. Qué importaba el dolor, cuando podía permitirse la satisfacción de la caza.

Una persona experta no necesitaba demasiado para trazar el devenir de su presa en el interior de su mente. Con el color de la sangre y las huellas era suficiente para poner a trabajar su imaginación, y con ella dibujar tanto el trayecto como el sentir de la persona que buscaban. Ya que si el rojo brillante le decía que hacía muy poco tiempo que había sangrado, y por tanto, pasado por allí, las huellas le indicaban que la desesperación se había hecho dueña de la mente de la presa, pues ni se había molestado en ocultar su rastro.

Tan nivel de desesperación sólo podía significar una cosa.

- Puedo oler el miedo desde aquí-, comentó con tanta perfidia como autosuficiencia. - Qué dices, ¿te apetece desquitarte? - dijo seguido, mirando por encima de su hombro  en dirección a su ahijado. - No falta mucho. Vamos-, terminó por decir, clavando su vista en el pueblo y avanzando sin esperar respuesta de Evans.

Era ahí, justo en ese momento, donde la estrella de cada uno de los habitantes del pueblo se barajeaba en las frías manos de la parca, en su siempre absoluto y decisivo azar.

Nadie escapaba de la muerte. Y de Henry Kerr tampoco.

- Ja, veo que no te andas por las ramas. Eso me agrada-, respondió al joven, con sincero entusiasmo. - Y tienes razón, las verdaderas relaciones se basan en la comunicación y el intercambio de ideas-, se acarició la barbilla. - Al menos las relaciones que se podrían considerar como sanas-, miró al chico, con lobuna sonrisa dibujada en los labios.

El muchacho era impetuoso, quizás demasiado, pues por esa misma razón se encontraban ahora en el Valle de Godric. No obstante, no era una mala cualidad, sólo había que pulirla, como a todo pedrusco salido de la tierra, y siempre era mejor tratar con un hombre con sangre en las venas, que con uno que podría matar de aburrimiento a  todo aquel que lo rodease. Había personas más frías que el maldito invierno que los rodeaba.

- No te disculpes. No has hecho nada malo, y no tampoco has dicho una mentira. Tienes razón, y bueno, tu error-, se encogió de hombros antes de proseguir con sus palabras, no sin antes clavar la mirada una vez más en el frente, buscando más pistas que lo llevaran hasta la presa. - Dime una persona que no haya errado nunca en toda su vida. Lo que marca la diferencias entre un mago con posibilidades de progresar, y uno que no, es simplemente como afronta los baches y problemas-, volvió a posar la vista sobre su aprendiz. - Como responde ante sus caídas. Porque, oh sí, habrá más de una caída a la largo de tu vida. Créeme.

En ese momento captó otras gotas carmesí sobre la nieve, y avanzó hasta ellas esperando que las migajas de pan lo llevaran hasta su premio.

- Has respondido bien al problema. No te has derrumbado y ardes en deseos de resarcirte. Eso es bueno. Y pronto tendrás tu momento-, terminó por decir, antes de volver a sonreír. - Y cuando tengamos más tiempo, después de la caza, podrás conocer más de tu mentor, y así podremos crear una relación sana entre maestro y alumno-, le guiñó un ojo y reemprendió su camino.

Nada cambió en adelante. Cada cierto tiempo encontraba un nuevo reflejo de las prisas del hombre por salvarse, una huella demasiado profunda por su carrera, y demasiado visible por tanto; o más líquido escarlata derramado sobre la alfombra blanca que cubría el suelo bajo los pies del dúo mortífago, y que mostraba el camino hacia el último acto de aquella tragedia escenificada en aquella tan triste como hermosa noche.

El escenario para ese último movimiento teatral, la pintoresca casa con puerta de firme y noble madera. Aquella que sus nudillos golpeaban con fuerza para hacerse notar en el interior del domicilio, y para que los pobres desgraciados que allí vivían, debían sonar como los martillazos que enterraban los clavos de la tapa de sus ataúdes.

- Verás, en aquel punto se terminó el rastro. Cómo pudiste apreciar avanzamos hasta allí-, señaló donde estuvieron antes, - y nada, no aparecen ni más huellas, ni más sangre-, se encogió de hombros. - O nuestro querido amigo ha conseguido las fuerzas necesarias para aparecerse en otro lugar, o anda en una de estas casas-, le explicó al bueno de Evans. - Después de mirar en varias, no sé, ¿no te parece que esta tiene la marca que la delata? Te dejaré pensarlo unos segundos.

Ni el vital líquido escarlata, ni las pesadas y cansadas piernas del fugitivo se marcaban sobre la nieve del acceso a esa casa.

- Sí, ni sangre, ni huellas-, sopesó la mirada de su apadrinado mortífago. - Ni nada más. Alguien se ha tomado las molestias de limpiar la entrada, para, precisamente, borrar ese rastro que nos llevaba hasta aquí.

Henry volvió a exponer su sonrisa y a dibujarla sobre su rostro, la misma que dirigió hacia la mujer que abría la puerta en esos momentos.

- ¿Qué desean? Es muy…

- Expulso-, respondió, al tiempo que movió su varita con rapidez.

La mujer salió despedida hacia atrás, y el ruido sordo de su cuerpo estrellarse contra el mobiliario se escuchó antes de que el rubio pisara un solo pie sobre el suelo de madera de la acogedora vivienda.

Henry no dejó escapar su ventaja, y antes de que la mujer pudiera reponerse del golpe, conjuró un religio con el que rodeó los brazos de la inquilina de la casa, de forma que sus extremidades quedaron apresadas contra su cuerpo por medio del lazo mágico.

- ¿Dónde está? - preguntó con firmeza, y voz acerada.

La mirada de la dama hacía presagiar una respuesta vana, un “no sé de quién me hablas” que no estaba dispuesto a escuchar. Por eso apretó la presión que el religio ejercía sobre el cuerpo de la chica, que soltó un alarido de dolor en vez de la fútil respuesta que pretendía hacer.

- Oh, pero dónde estarán mis modales. Perdón por esta abrupta intromisión en su dulce y acogedor hogar-, comentó en tono amable y educado. Luego relajó la presión de las ataduras un segundo…, un segundo antes de apretar otra vez el lazo mágico que rodeaba a la pobre desgraciada. - No juegues conmigo. Ya he tenido suficiente juego del gato y el ratón por esta noche, así que te aconsejo hablar antes de que pierda el interés en la poca información que puedas darme-, masculló con palabras tan duras como sus acciones.

Había ganado ventaja en la “negociación” con la dama que había abierto la puerta, pero, ¿por cuánto tiempo? Puede que hubieran más inquilinos en aquella casa, más aparte del fugitivo que buscaban, claro estaba.

El tiempo era oro, y en esa noche, aún más.

- Chico, registra la casa-, ordenó sin severidad, solo era una simple orden para que se compenetraran a la perfección en aquel asalto. - A ver si descubres a nuestro ratoncito-, comentó con sorna, y sonrió mirando fijamente hacia los ojos de la mujer que tenía cautiva. - Y si encuentras alguien más, intenta dejarlo fuera de combate sin matarlo, por supuesto, salvo que no te quede más opción que hacerlo-, cerró el ojo del lazo por tercera ocasión, provocando otro grito de dolor en la mujer. - Yo tengo algo pendiente, a ver que puedo sacar de todo esto-, sonrió a la señorita.

La sonrisa del lobo una vez más dibujado en su rostro. La primera vez que esa mujer la veía, y quizás la última. No en vano, los colmillos del lobo era lo último que su presa veía antes de morir.
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Henry KerrMagos y brujas

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