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FB: Everything will be alright [Priv./Laith Gauthier]

Steven D. Bennington el Miér Nov 15, 2017 7:52 pm


Nada más leer el mensaje de Laith había dado al botón de llamar. ¿Cómo es que había acabado dando clases en Hogwarts? ¿Y a qué se refería con que había conocido a alguien que se parecía a él pero “más peque y mona”? ¿Y eso de quitarle puntos indiscriminadamente? Sin pensarlo ni un segundo había llamado al chico para pedirle explicaciones al respecto.

- ¿Cómo que ya me contarás? ¡Laith!  - Casi suplicó el castaño ante las negativas del Sanador para darle una explicación pertinente. –Me da igual que sean las doce de la noche, voy ahora mismo a tu casa y me cuentas. – Parecían las dos típicas amigas adolescentes pegadas al teléfono a todas horas contándose sus aventuras amorosas. Aunque, como Laith esperase a que Steven le contase sus idas y venidas en el amor, bien podía ponerse cómodo si no quería acabar con un buen dolor en la espalda de pasar tanto tiempo de pie. – Vale, pues mañana. Mañana por la mañana te llevo churros para desayunar y…

- Steve, ¿Con quién hablas, cariño?

Steve tapó el altavoz del teléfono y miró en dirección a la mujer que acababa de llamar su atención.

- Dame un momento Agnes, ahora te ayudo. – Volvió la voz al teléfono, mientras Agnes seguía su carrera (a paso lento pero constante) hasta Steven, quien estaba en el comedor mirando por la ventana mientras hablaba por teléfono. – Joder, Laith.

- ¡Steve, esa boca!

- Perdona, Agnes. – Rara vez aquel tipo de palabras salían de su boca pero… ¡Laith estaba acabando con su paciencia! Y con la batería de su teléfono, ya que Steven tenía esa mala costumbre de olvidarse conectar al teléfono cuando quería dejarlo cargando. Sí, enchufaba el cargador al teléfono pero por algún juego del destino lo que olvidaba era conectar el cargador a un enchufe.  – Luego te mando un mensaje con lugar y hora. Pero de mañana no pasa.

Agnes, que ya se había acercado suficiente a Steven, no paraba de hacer gestos que el castaño no entendía bien. Frunció el ceño mirando a la anciana hasta que comprendió a que se refería. Sonrió, negando con la cabeza y volvió a hablar.

- Agnes te manda recuerdos.

- ¡Y un tupper con cocretas! – Arrancó el teléfono de la mano de Steven como si le fuese la vida en ello.

Cuando Steven quiso mirar el teléfono, Agnes había colgado sin darse cuenta tocando todos los botones de aquel aparato.

- ¿Laith? – Pero no había respuesta al otro lado. – Vale, se ha cortado.

* * *

¿Nervioso? Aquello era decir poco. Por primera vez en mucho tiempo iba a tener algún tipo de información sobre cómo estaba su hija Alexandra en Hogwarts. Tenía cientos de dudas que lanzarle a Laith en cuanto este hiciese acto de presencia pero el primer comentario que salió de sus labios en cuanto lo vio aparecer poco tuvo que ver con su hija.

- ¿Qué te ha pasado en la cabeza? – Preguntó al ver el cambio de color de pelo del chico. Ya no era casi blanco, sino más bien casi negro. Por no decir que lo era totalmente.

Tocó su pelo como si fuese algún tipo de peluca, incluso dio un corto tirón para comprobar que formaba parte de su cabeza y no estaban en un Halloween adelantado.

- Estás raro. – Dijo sin más, encogiéndose de hombros y comenzando a andar hasta el local del que le había hablado en sus últimos mensajes la noche anterior.

Se trataba de un pub irlandés situado cerca de la vivienda de Agnes. Un lugar que frecuentaba cuando vivía con aquella anciana y al que le había cogido cierto aprecio y por eso lo visitaba de vez en cuando. El castaño dejó que Laith pasase en primer lugar y cerró la puerta tras ellos. El olor a cerveza era evidente pero también lo era el olor a pizza, y es que si Steven iba a aquel lugar era precisamente porque servían aquel manjar de manera gratuita cuando iba ganando Irlanda en cualquier evento deportivo.

- Una pinta de Budweiser. – Señaló al camarero tras mirar levemente la carta, donde había gran cantidad de variedad de cervezas. Se giró a mirar a Laith cuando este hubo pedido y se dirigió a uno de los asientos que había no muy lejos de la barra, en una mesa baja con sillones. – Ahora empieza a hablar, ¿Qué se supone que hacías en Hogwarts? ¿Cómo está Alex? ¿Estaba bien? ¿Tenía pinta de que la estuviesen haciendo daño por ser hija de un sangre sucia? – Tenía mil preguntas y como Laith no le frenase o empezase a dar respuestas las iba a soltar todas de golpe.
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Laith Gauthier el Jue Nov 16, 2017 11:38 am

Había tardado quizá un poco más de la cuenta en informarle a Steven sobre su pequeña aventura en el colegio. Cuando salió el viernes del castillo, luego de haber buscado el Sombrero Seleccionador por todas partes, había empezado a recibir una cantidad inimaginable de cartas de los críos de las clases que dio, algunas dudas que no habían querido decir en voz alta, entre otros temas. Y estuvo atendiéndolas con paciencia hasta que se dio cuenta que era bien entrada la noche. Así, tuvo que esperar hasta el día siguiente para poder escribirle.

Ya estaba preparándose para irse a la cama cuando comenzó a sonar su teléfono y una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios, sabiendo quién era y para qué llamaba. — Ya te contaré, pesado —replicó cuando el fugitivo casi le suplicaba por más información que aquellos breves mensajes. — Steven, son las doce de la noche, tengo que dormir, mañana trabajo —le dijo con un tono de gracia, ¿estaba siendo demasiado cruel? Pues… sí, pero tampoco es que lo preocupase de más, si hasta estaba consiguiendo que le llevase churros para desayunar.

Oyó la voz de una mujer antes de un breve silencio y, tras ello, una maldición seguida muy de cerca por el regaño de Agnes. Soltó una risa, metiéndose en la cama para seguir charlando durante los pocos minutos que suponía iba a durar la llamada, acordando aquel encuentro con una gran sonrisa y mirando al techo. Hubo un nuevo silencio, creyó que el otro se habría desmayado o algo hasta que volvió a oírse su voz con los saludos de la anciana.

También le mando recuerdos —había empezado a decir, pero su oración se interpuso entre la voz de la entrañable anciana. — ¡Lo esperaré! —alcanzó a decir antes de que entrase el sonido del fin de la llamada. Volví a reírse en la soledad de su habitación antes de enchufar el teléfono, asegurándose de que cargase, y acomodándose para dormir.

* * *

Iba con rumbo a aquel pub irlandés del que ya había hablado antes con Steven para poder conversar tranquilos. Tenía en su mente todo lo que quería contarle sobre su experiencia en el castillo y un par de cosas más, normales en sus charlas. Pero no pudo ni saludarlo cuando ya estaba preguntándole qué le había sucedido en la cabeza, pues su cabello seguía del color que se lo había puesto por sugerencia de Lindsay.

Una amiga creyó que podrían mandarme a la hoguera en el colegio si me veían teñido —le confesó, aunque él no estaba muy de acuerdo con aquello. En fin, suponía que iba a ser difícil acostumbrarse a su nuevo color, pero tarde o temprano lo harían. — Creo que estoy más guapo —si él no se daba ánimos, ¿entonces quién? Así que no era nada de extrañar que fuese el primero en halagar su propio aspecto, con una sonrisa y un pequeño gesto de exagerada vanidad que nada tenía que ver con la realidad inmediata.

Entraron al local y el delicioso aroma del sitio le abrió el apetito, realmente esperaba que ganase Irlanda en cualquier cosa que estuviesen viendo para que les dieran comida gratis. La comida era deliciosa, pero la comida gratis lo era diez veces más. Pidió lo mismo que Steven, más por pereza de pensar en algo diferente que por cualquier otro motivo, y éste sin perder un segundo más se sentó en un sillón y comenzó con el interrogatorio que por poco comenzaba la noche anterior.

Para, para, para —lo detuvo, alzando su mano. No podía asimilar tantas preguntas en tan poco tiempo. — A ver, vamos despacio, ¿vale? ¿Qué hacía en el colegio? Pues… yo tampoco estoy seguro —y sonrió, porque era completamente cierto. — Me pidieron que fuese a dar un par de clases sobre medimagia, no es la gran cosa, a decir verdad… Inusual, a lo mucho —le dijo, aclarando el primer punto. — Como te imaginarás, no pude hablar demasiado con ella… No me gustaría ponerla en el punto de mira, ¿sabes? Pero no la vi mal, todo lo contrario… La noté interesada en el deporte, necesita practicar un poco pociones y encantamientos, pero no es la gran cosa, incluso la vi bromeando un poco con sus compañeros mayores.

Había notado algo curioso, pero todavía no sabía si eran ideas suyas o era algo tangible. Y había otros temas un poco más delicados hablando de lo mismo que tenía que tocar, pero lo dejó primero ir asimilando la información que le daba. Estaba evidentemente interesada en la diferencia de la sangre mágica, maleficios imperdonables y ataques de mortífagos. Y no es raro actualmente, pero eran temas que, en su opinión, eran un poco densos para una jovencita de su edad. La curiosidad últimamente resultaba costar bastante cara. Tendría que advertir a Steven de aquellos puntos alarmantes incluso si sólo eran paranoias de su cabeza.
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Steven D. Bennington el Sáb Nov 18, 2017 2:38 pm

No comprendía la necesidad que tenía la gente para cambiarse el cabello de color. Para ello debían tener cierta constancia para que el color no se fuese con el tiempo y los lavados lo que bien requería dejarse de lavar el pelo y convertirse en un nido de grasa o estarse echando litros y litros de tinte durante el resto de sus vidas para no tener un extraño color de pelo a mitad de uno y de otro. Y claro, eso lo decía el que tenía la facilidad de modificar a su gusto su apariencia física, incluido el color de su cabello.

- Si tú lo dices. – Dijo mirando a Laith de soslayo. No sabía decir si le quedaba mejor o peor que el rubio albino que llevaba antes. Lo que sí sabía decir al cien por cien de seguridad es que no estaba acostumbrado y le veía extraño. Además, sus facciones se veían mucho más duras con aquel color oscuro haciendo que pareciese hasta una persona medianamente seria. Algo que poco tenía que ver con Laith, si era sincero.

¿Cómo esperaba que Steven no lanzase al viento doscientas preguntas de golpe? Por Merlín, la última vez que había visto a su hija estaba subiéndose en el tren camino a Hogwarts en su primer año y en aquellos momentos la niña estaba dando sus clases de segundo curso. ¿Eso no era suficiente tiempo como para que Steven necesitase saber algo de ella? Habían podido estar en contacto durante los primeros meses. Semana tras semana Steven mandaba y recibía cartas de su hija pero tras la fatídica caída del Ministerio de Magia toda relación entre ambos había desaparecido. Es más, lo poco que sabía del estado de su hija era gracias a la mediación reciente de su madre, pues Steven se había parado a intentar contactar con Zoe para así saber cómo estaba su hija.

- Deben andar mal de presupuesto como para contratar a un Medimago que ayuda a fugitivos como tú en lugar de a un profesional entregado a la causa de torturar alumnos. ¿No te obligaron a hacerlo como firma de contrato? – Dijo sin ningún tono bromista, pues aquello, si lo pensaba bien, sonaba como algo demasiado cercano a la realidad si era totalmente sincero. – Además, con ese pelo negro puedes hacerte pasar por un tipo malo. Antes no, parecías demasiado inocente con el lavado de lejía. – Eso sí lo dijo con su habitual tono bromista.

El camarero llegó hasta su mesa dejando sobre esta dos vasos con cerveza y un bol con patatas de bolsa. Steven, casi de inmediato, extendió la mano para coger una de las patatas y llevársela a la boca para, seguidamente, dar un trago a la cerveza.

- Siempre le llamó la atención el Quidditch. ¿Sabes si ha conseguido entrar en el equipo de Slytherin? – Preguntó con cierta curiosidad y es que incluso Zoe le había dicho que su hija adoraba aquel deporte. Y eso que su padre ni siquiera era capaz de subirse a una escoba. No le gustaba eso de volar en escoba y mucho menos cuando en cualquier momento podía aparecer una Bludger y volarle la cabeza. – Vaya, su madre era realmente buena en eso. – Steven siempre había pensado que su hija era mucho más parecida a su ex mujer que a él y quizá por eso adoraba tanto a su hija, pues veía un claro reflejo de la mujer en ella.

Dio un segundo trato de cerveza e intentó relajarse para no atacar nuevamente a Laith con doscientas preguntas de golpe.

- Las cosas allí… ¿Están tranquilas? ¿Les tratan bien? – Intentó preguntar siendo esta vez más relajado y no un intento de ataque contra Laith.
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Laith Gauthier el Dom Nov 19, 2017 4:25 am

Le sonrió divertido cuando le dijo que “si él decía” se veía mejor con ese color de cabello, y la verdad es que no le apeteció seguir por ahí cuando tenían otras cosas más importantes de las que hablar. Tan pronto como tuvo oportunidad, el fugitivo comenzó a bombardearlo a preguntas, por lo que tuvo que detenerlo para que lo dejase analizarlas y responderlas correctamente, de lo contrario se veía enterrado en una pila de preguntas sin respuesta. Así comenzó, una por una, a revelarle al otro la información que requería. Aunque claro que no iba a ser posible sin que al menos intentara meterse con él, como ya era típico de ellos.

Mira, con la rotación de personal que tienen no me parece nada raro que no tengan presupuesto para un médimago realmente entregado a la causa, ¿sabes? —puso los ojos en blanco, aunque por suerte no había tenido que presenciar nada especialmente horrible. — ¿Ves? Las apariencias engañan, que siempre he sido un tipo malo, la inocencia la tenía sólo de apariencia —le guiñó un ojo con una sonrisa a medio lado, acariciando su propio cuello e incorporándose para alcanzar algunas patatas del bol que les llevaron.

Le fue contando también lo que había conseguido descubrir de la niña en el ámbito más académico posible, para que tuviera constancia de ello. Una de las cosas que más evidentes le parecieron fueron el deporte, ya que precisamente mencionó un hechizo que era muy utilizado para fracturas leves y, de hecho, había mencionado que lo vio utilizándose en los entrenamientos de Quidditch, así que no vio por qué no hacérselo ver a Steven. Al parecer no estaba diciéndole nada nuevo, le parecía hasta raro hablar de la hija del otro cuando siempre la habían mantenido fuera del tema de conversación.

Uhm… Realmente, lo desconozco… Pero mencionó los entrenamientos de Quidditch, así que supongo que si está en ellos es porque forma parte del equipo —al menos sonaba lógico dentro de su cabeza, también podía ir como mera espectadora y no tendría nada de malo. — Sólo comento lo que vi, puede que no le guste la materia o algo por el estilo y por eso no le saliese muy bien —se encogió de hombros, tomando su vaso y dándole un trago luego de haberse metido una patata a la boca.

Hubo un breve silencio entonces, dejando que Steven analizara qué quería preguntarle a continuación, un tema que ya se veía venir pues era de ley que debía tocarse. Acarició la boquilla del vaso mientras paseaba la mirada sin observar nada en particular, como si estuviese pensándose o intentando recordar la respuesta. Era realmente un tanto complicado de decir cuando sólo había asistido una vez a aquel sitio, después de todo.

Al menos yo, hablando desde mi experiencia, no vi que estuviesen azotando alumnos por los pasillos ni cosas por el estilo… Da mal rollo entrar al castillo sabiendo todo lo que podría ocurrir ahí dentro, pero supongo que son… más discretos de lo que pensaba —no quería asegurar nada como tampoco quería satanizar el lugar. Podía ser que estuviese equivocado. — No los vi interesados en hechizos que salven a uno luego de una paliza ni cosas por el estilo, así que no creo que sean tan frecuentes —giró los ojos, sabía que estaba siendo muy extremista, pero creía que podría haber notado si hubiese algo particularmente malo al menos en los estudiantes que él vio ese día.

Dio un nuevo trago a su cerveza, bajando bastante el nivel del líquido antes de acomodarse en su lugar y cruzar las piernas en un triángulo. Se le notaba algo inquieto, pero parecía estar intentando disimularlo lo mejor posible entre las ocasionales frituras que se llevaba a la boca hasta que se dignó a hablar, pasados algunos minutos de silencio.

Hay algo de lo que quiero hablar —suspiró, mirando a Steven. — Puede que sea yo y mis paranoias, pero creo que debes saberlo. Alexandra tiene… intereses, que me parecen inusuales, ¿sabes? Y te lo digo porque me preocupa, no debería revelar este tipo de información, pero… me preguntó sobre maleficios imperdonables, sobre si había forma de eludirlos, y también estaba interesada en… si los mortífagos pueden atacar a menores de edad —parecía poco, pero  si uno le daba suficientes vueltas podría creer que estaba intentando, ¿quizá prepararse? Para algún evento futuro.
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Steven D. Bennington el Jue Nov 23, 2017 11:39 am

Durante su estancia en Hogwarts como alumno el personal docente no había cambiado mucho. Salvo algún jubilado o algún cambio docente de última hora por motivos laborales, no recordaba siquiera haber tenido dos profesores que impartiesen la misma asignatura. Pero, claro, con el cambio de gobierno no dudaba que la mitad del profesorado hubiese dejado su puesto de trabajo ante una política que dañaba a los alumnos y era totalmente opuesta a los derechos humanos.

- ¿Han echado al profesor Binns? – Preguntó a sabiendas que recibiría una negativa. Era un fantasma, ¿Cómo iban a echarle? – Cuando estudiaba en Hogwarts siempre nos contaba la historia de cómo un día fue a dar clase y luego se dio cuenta que estaba muerto. Su cuerpo se quedó en el sillón de su despacho mientras que él iba en forma de fantasma como si nada hubiese pasado. – Era una anécdota que contaba como mínimo una vez al mes. Por si los alumnos se habían olvidado de ella o algo por el estilo. – Eres todo un villano, sin duda. No creo que tardes en estar en búsqueda y captura por traidor. – Porque aquello era un  hecho. Laith era un traidor.

¡Su hija era parte del equipo de Quidditch! Una mezcla de sentimientos golpearon de lleno a Steven. En parte  estaba alegre y orgulloso porque su hija, tan solo en su segundo curso, hubiese logrado entrar en el equipo de Quidditch. Pero otra parte tenía cierto miedo – por no decir pánico – a que la niña acabe cayéndose de la escoba o recibiendo un golpe de bludger. El Quidditch no era precisamente un deporte en el que pudieses salir sano y salvo de un partido con facilidad. Más bien lo que era probable es que acabases en la enfermería durante un par de días, como mínimo, por un mal golpe.

- Que poca información, Laith. Para eso no vuelvo a mandarte como espía secreto a Hogwarts. ¿Para qué te pago? – Teniendo en cuenta que había descubierto (y precisamente porque Laith se lo había dicho, que sino aún andaría en el mundo de lo desconocido) que Laith había estado en Hogwarts pocas horas antes de verse, aquello ni siquiera tenía sentido alguno.

Aquella información resultó ser como un soplo de aire fresco para el hombre. Aún cuando él había desaparecido de la vida de su hija siempre sentía cierto miedo a que aún así la niña pagase las represalias por los supuestos crímenes de su padre. Como si ella tuviese mucho que ver en todo aquel asunto.

- A lo mejor con todo esto de que los nacidos de muggles no pueden ir a Hogwarts ya no torturan a nadie. Un sangre limpia o un mestizo son sangre mágica que no querrán derramar. – Dijo con cierta esperanza en que los alumnos estuviesen verdaderamente en un lugar seguro y no en uno que fuese el causante de cientos de traumas infantiles.

Cualquier tipo de información sobre su hija resultaba de interés para Steven. Y más cuando la información era la que salió de entre los labios de Laith. Alexandra realmente parecía preocupada por lo que podía pasarle en Hogwarts o no en aquel castillo pero sí en cualquier lugar. No era tonta ni mucho menos inocente para la edad que tenía. Sabía lo que se le podía venir encima y parecía querer prepararse para ello.

- Teniendo en cuenta las circunstancias… Creo que es lo normal, ¿No? Sabe que su padre está siendo perseguido por el gobierno y por los Mortífagos. ¿Por qué no podrían ir a por ella también? No me gusta que esté en una tesitura como esa pero que esté alerta creo que le da ventaja sobre la situación. – Aunque esperaba, de verdad que lo esperaba, que no fuese necesario que la niña tuviese que comprobar algo parecido a lo que había preguntado. - ¿Te volverán a mandar a Hogwarts? Sé que mandarle algo de información sobre como estoy es un suicidio y mucho más si te pido a ti que lo hagas, no quiero meterte en más problemas. Pero sí podrías decirle que todos los que siguen en búsqueda y captura es precisamente porque están en un lugar a salvo y fuera de peligro, ¿Podrías hacer eso?
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Laith Gauthier el Dom Nov 26, 2017 3:55 am

¿Quién es ese? —le preguntó cuando preguntó por un profesor en particular, entonces le explicó que en realidad parecía ser un fantasma que vagaba por el castillo. Fantasmas sí que había visto, siempre le había dado tristeza eso, ¿saben lo horrible que es morir y quedar confinado en un castillo? ¿Un castillo? ¿No tenían dónde más ir? ¿Cómo para ir a hacer películas nomaj en casas o algo? — Seguro que era el mejor profesor —supuso, si hasta muerto iba a dar clase. Eso era compromiso y lo demás eran tonterías. — Seguro, valdré más que todos —sonrió con gracia.

En realidad no era tan malo. Sólo un poco traidor, no había hecho daño a nadie, ni “robado magia”, sólo ir en contra del nuevo gobierno, nada serio. En fin, un tema más interesante era el de la hija de su amigo, así que comenzó a resolverle dudas, sobre sus clases, cómo la había visto, incluso su sospecha de que estaba en el equipo de Quidditch del colegio. Soltó una risa en cuanto Steven le dijo que no iba a volver a mandarlo como espía secreto por la poca información que tenía, como si no se acabase de enterar de aquella aventura suya dentro de las paredes del colegio.

Esto conseguí con el salario de mierda que me das, necesito un aumento —se quejó. También le contó acerca de que no había visto de primera mano que maltratasen a los alumnos, no había sido testigo de ello. Sí, los directivos daban un miedo de la hostia, eso innegable. — Tendría sentido, ¿sabes? Pero… No lo sé, sólo espero que tengas razón —eso quería creer, que ya no se torturaban a los alumnos, y eso le dejaba pensando en qué había pasado con todos los nacidos de nomaj. Era una escena horrible en su mente que quiso rápidamente borrar.

Steven pareció comprender su preocupación sobre las dudas que tenía la chiquilla y no había dudado en hacerle llegar. Parecía estar preocupada sobre su bienestar, y aunque él había sido tan honesto como había podido, siempre desde la más plena imparcialidad, estaba seguro que pudo haberle dado más información si se lo hubiera preguntado a solas y no en medio de un grupo que lo analizaba buscando signos de flaquezas en su lealtad. Y su lealtad en particular estaba llena de ellas, al menos en lo referente hacia el nuevo régimen.

Sí, supongo… Me hubiera gustado poder decirle algo en privado, pero no tuve la oportunidad —le confesó. Le hubiera gustado darle algún tip para defenderse, o por lo menos hacerle saber que su padre estaba bien. No pudo, por evidentes razones. — No lo creo, pero supongo que podría comunicarme de alguna forma con ella en la que no la ponga en peligro, así que lo haré, déjalo en mis manos —si no conseguía inventarse que algo se le había quedado en el castillo, siempre podía enviarle una carta rara que la lista niña no tardaría en descifrar si sabía analizar el contenido que le escribiese.

Esperaba que Steven pudiese entrar en el castillo y por su propia cuenta cuidar de su hija. Por mucho que él pudiera darle algo de información, era evidente que no se comparaba con su tranquilidad de estar al menos bajo el mismo techo que ella. Él podía escribirle, seguramente contestando una pregunta que nunca fue hecha dejando pequeñas pistas que entendería pues respondían preguntas que jamás fueron formuladas, ¿no era ya suficiente evidencia para poner sobre la mesa la carta e investigarla?

Ah, hay otra cosa. Creo que tu niña tiene al menos un novio —eso era mentira y se lo acababa de inventar, pero qué importaba. Había demasiada seriedad, así que molestar un poco a Steven nunca venía de más. Así que continuó bebiendo y comiendo, de vez en cuando miraba las pantallas por mera curiosidad sin que realmente le pareciesen muy interesantes. Ni siquiera sabía si el partido era actual o ya tenía tiempo de haber pasado y lo estaban retransmitiendo o poniendo una grabación.
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Steven D. Bennington el Dom Nov 26, 2017 11:43 am

El profesor Binns será sin duda el profesor más comprometido con su trabajo que cualquier alumno podría encontrarse en su camino. Su compromiso era digno de admiración para vivos y muertos, pues la razón por la que seguía anclado al mundo de los vivos parecía ser precisamente la de seguir dando clase e inculcando a sus alumnos la importancia de la historia en sus vidas. Sin embargo, el resto de fantasmas de Hogwarts parecían tener compromisos más importantes que los de continuar con su puesto de trabajo como… ¿Seguir comiendo en el caso del Fraile Gordo? ¿Asustar a todos los alumnos posibles en el caso del Barón Sanguinario? ¿Ser el primero sueño erótico de todo alumno en el caso de la Dama Gris? ¿Y conversar con todo el castillo en el caso de Nick Casidecapitado?

- No sé si era el mejor, pero sí el que más sueño daba. Todos los alumnos se quedaban dormidos en sus clases. Era el típico que usaba el mismo tono de voz para hablarte de explosiones que para hablar de piedras. Parecía que conocía bien la materia pero escucharle… - Rodó los ojos. – Soporífero. – En ese momento le surgió una duda en cuanto a los contratos de trabajo. - ¿No existe alguna clausula en un contrato que diga que expira cuando te mueres? Porque un profesor tiene un pase. Pero imagina que hubiese un Medimago fantasma en San Mungo, ¿Cómo sería eso?

Steven conocía antiguos alumnos de Hogwarts que habían tenido que huir por su sangre. Muchos de ellos habían permanecido en el castillo durante un par de meses hasta que habían logrado escapar mientras que otros habían logrado hacerlo la noche de la batalla. En el peor de los casos, habían tenido que mantenerse viviendo en las mazmorras como si de apestados se tratase. Sin una sala común, sin una casa, y yendo a clase para recibir el mal trato del profesorado y la dirección.

- Conocí a un chico que estuvo en Hogwarts casi hasta final del curso pasado. Iba a tercer curso cuando pasó todo eso y le torturaron en clase, le quitaron la varita y le trataron como un apestado. Tenía miedo que Alex hubiese tenido que vivir algo parecido pero ya el hecho de que conviva con gente capaz de hacer algo así me aterra. Espero que no haya tenido que verlo, no quiero que se acostumbre a esa violencia o lo vea como algo natural. Al final acaban insensibilizándose. – Era como ver las noticias muggles. Ya nadie parecía afectado cuando un hombre acababa con la vida de su mujer y se suicidaba; tampoco cuando anunciaban la muerte de miles de personas en una guerra en algún país tercermundista.

Laith podía llegar a ser sorprendente, ¿Cómo iba a comunicarse con ella sin peligro? Y, lo más importante, ¿Hablar de su padre fugitivo sangre sucia sin poder poner a la niña en peligro?

- Si lo haces, no le hables directamente de mí. Hay legeremantes que interrogan día sí  y día también a familia y lo último que quiero es que encuentren en Alex algo que pueda ponerla en peligro. A ella o a su madre. – Él era lo de menos, lo importante eran tanto Zoe como Alexandra. – Bueno, y a ti. Pero tú ya eres mayorcito para cuidarte solo. Y te metes en problemas sin mi ayuda. – Porque Steven dudaba mucho que el único fugitivo que recibía la ayuda del medimago fuese precisamente él.

¡Al menos un novio! Aquello era la peor de las noticias. Sufrió un mini infarto que acompañó de una carcajada, aquello debía ser una broma de Laith. Una broma de muy mal gusto. Pero parecía que lo decía en serio. ¡Totalmente en serio!

- ¿Cómo que al menos uno? Laith, que tiene doce años, ¿Cómo va a tener más de un novio? Espera, espera, ¿Cómo va a tener uno? Si yo a su edad sólo me preocupaba de sacar buenas notas e intentar jugar al ajedrez mágico fuera del tablero para ver si las piezas se seguían pegando. – Bueno, pero Steven era un caso especial cuyo interés en tener pareja siempre había sido bastante inexistente. Por Merlín, si había tardado lo que no estaba escrito en darse cuenta que le gustaba a Zoe. ¡A saber cuántas mujeres había dejado escapar por lo lerdo que era! – Bromeas, ¿No?  Tienes que estar bromeando. Cuando se entere su madre… ¿Crees que habrán tenido ya la charla? Yo no quiero tener que darle esa charla. – Resopló. Por suerte era fugitivo y le tocaba a su madre comerse semejante marrón. - ¿Con doce años la charla? Estas generaciones vienen pisando fuerte. ¿Era majo por lo menos? Sino cuando me cuele en Hogwarts  le haré una preciosa pajarita con sus testículos para que vaya bien arreglado a clase. - Resopló de nuevo, abrumado. - ¿Tú piensas tener hijos? Bueno, adoptarlos, no creo que aun exista un método mágico de inseminación por el... - Bajó la voz. - Culo.
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Laith Gauthier el Lun Nov 27, 2017 4:03 am

Le divertía escuchar sobre aquel profesor de Steven, oyendo sobre el profesor Binns. Le hubiese gustado a él hablar con dicho fantasma, aunque no tuvo el honor. Con suerte y había encontrado al Sombrero Seleccionador antes de que lo echasen del colegio. “No puedes verlo”, le decían, tonterías. Estaba familiarizado con ese tipo de profesores, así que le daba algo de gracia. Aunque la duda de Steven lo dejó pensando, ¿no sería ya esclavitud trabajar hasta después de la muerte? Aunque un fantasma no podría hacer magia por más que lo intentase.

Supongo que… si mueren se acaba el contrario, está sobreentendido, ¿no? Es decir… ¿qué van a hacer? ¿Poner venditas y dar pociones? La medimagia no es sólo venditas y pociones… —le dijo. Seguramente él sería un fantasma médimago con la cantidad de tiempo que pasaba dentro de San Mungo, doblando turnos por mero gusto porque así prefería vivir la vida como si no tuviese nada mejor que hacer que trabajar como un esclavo. Es que su trabajo era lo que más amaba, qué podía hacer él.

Lamentó mucho oír aquello sobre ese estudiante, le trajo a la memoria uno que él había conocido y a quien no pudo ayudar. Algo le dolió en el pecho y trató de quitárselo con un buen trago de cerveza. La verdad es que estaba casi seguro de que en el colegio estaban intentando insensibilizarlos, lo podía asumir por lo que había llegado a escuchar de algunos alumnos, pero no podía darlo totalmente por sentado que con todos fuera lo mismo. Hace falta ver para creer, en especial con un tema tan delicado. Debía ser porque en el fondo no quería creer que algo así estuviese pasando en un sitio que se supone está hecho para concientizar y formar personas activas en la sociedad.

De verdad espero que no haya tenido que verlo —le acompañó en el sentimiento. Luego le pidió que le diera información de él a su hija, así que supuso que tenía el plan maestro para conseguirlo. Steven lo advirtió de no mencionarlo como si fuera tonto o algo, haciéndolo mirarle con una ceja enarcada. — ¿Con quién cree usted que está hablando, señor Bennington? Confía un poco en mí, hombre —se ofendió, aunque luego habló en serio. Realmente no asimilaba que Steven pensase que iba a llegar “Nena, tu papá está bien y me gasta toda la plata en comida”. No era bueno ni para ella ni para el propio Laith.

Decidió entonces molestarlo con mencionar que su niña podía tener “al menos” un novio, una acusación totalmente infundada y falsa. Pero la cara de Steven y su reacción no habían tenido precio, le costó mucho no reírse, además de imaginarse a un Steven pequeño jugando con el ajedrez mágico enfadado porque las piezas no se pegaban fuera del juego. Al final la carcajada que iba a soltar se atragantó en su garganta, incómodo, cuando le preguntó si con doce años ya había tenido la charla con su madre. Bebió de la cerveza y miró para otro lado.

No sé si… su madre, pero… ella ya ha tenido… “la charla” —le confesó. No había sido su culpa. — Digamos que un idiota al que mandaron a dar una clase tuvo que contestarle una pregunta a un muchacho hormonal y… ¡al menos ya conoce métodos anticonceptivos! —quería morirse de la vergüenza. ¿Qué esperaba que hiciera? ¿“Todos los menores de catorce no pueden oír esto, esperen afuera”? Imposible. — Sí, un tipo muy… muy majo y… vamos, sólo bromeo, si lo tiene no lo vi —al final no pudo seguir con su broma, confesando que no daba fe a que tuviese novio. Tanto como no la daba a que no lo tuviese.

Al final, Steven le hizo una pregunta más personal, añadiéndole su toque personal al considerar que aún no existía ni siquiera un método mágico que le permitiese a un hombre concebir. Él por supuesto no estaba nada interesado en ello, era casi mórbido imaginárselo, por no mencionar que ni siquiera por un hijo se atrevería a cambiar su figura. Así de vanidoso era el sanador con su cuerpo que tanto le había costado conseguir. Ese método misterioso podía seguir sin existir muchos, muchos años más.

Pues… Si quieres que sea honesto, me gustaría —admitió, encogiéndose de hombros y comiendo una fritura. — Aunque no estoy seguro, y si lo hiciera no sería pronto, no soy precisamente un ejemplo a seguir ni tengo madera de padre —al menos era honesto consigo mismo y no tomaba decisiones impulsivas. — ¿Qué me dices de ti? ¿Tienes planes de darle un hermanito a la niña? —estaba seguro de la respuesta, ¿a quién en su sano juicio se le ocurriría tener un hijo siendo fugitivo, súper perseguido por la ley? Pero la pregunta tenía que hacerla porque… pues porque sí y ya.
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Steven D. Bennington el Lun Nov 27, 2017 5:08 pm

Por mucho que se sobreentendiese que al finalizar tu vida también lo haría tu contrato, aquel profesor seguía ejerciendo su profesión dentro de Hogwarts. No imaginaba a Albus Dumbledore despidiendo a alguien capaz de hacer su trabajo “verá, profesor Binns, usted está muerto y los muertos no pueden dar clase”. La cara de cachorrito que adoptaría aquel profesor sería tan triste de ver que Albus rápidamente le haría un nuevo contrato que finalizaría el día que él decidiese irse del mundo para, finalmente, encontrar la paz eterna.

- Binns no debió sobreentenderlo. – Admitió Steven encogiéndose de hombros, pues aquel hombre seguía ejerciendo como docente en Hogwarts y nadie cuestionaba siquiera los derechos que debía tener un fantasma. - ¿Para qué usará el sueldo? ¿Para un abrillantador de espíritus? – Si era sincero no sabía muy bien cómo funcionaban los fantasmas. Tenía entendido que si morías con tareas pendientes una parte de ti podía quedar anclada al mundo de los vivos pero, ¿Acaso no todo el mundo moría con una tarea pendiente? Nunca era un buen día para  morirse. – Pero para poner venditas y dar pociones necesitas ser tangible. No puedes decirle a un paciente “eh, mira, para ponerte la venda abre el segundo cajón y abre el paquete, luego empiezas a dar vueltas alrededor de tu mano y pones un esparadrapo, ¡No hombre, así no!”.  – Rodó los  ojos y negó con la cabeza.– No, Laith, como no esté de recepcionista poco iba a hacer un fantasma Sanador. Olvídate de quedarte aquí como fantasma cuando el Ministerio de mate por traidor. Aunque… Podrías atormentar a los pacientes eternamente. Crear una habitación encantada o subirte a psiquiatría. Dios, eso sí que tiene que ser divertido.

Lo que tenía Steven encima en aquel momento era un trauma. Un trauma en toda regla. Lo que menos le preocupaba en aquellos momentos eran los Mortífagos que trabajaban en Hogwarts y que torturaban a todo aquel que no se comportaba como ellos consideraban que debía hacerlo. ¡Que su hija tenía novio! Y no uno, ¡Varios! Aquello sí que era un trauma para todo padre y más cuando su hija tan solo tiene doce años. ¡Y hace más de un año que no la ve!

- Ay, pero que tiene doce años. ¿Con doce años no se juega todavía con muñecas? Lo que tiene que hacer es preocuparse de aprobar todas las asignaturas, no meterse en problemas y mantener contenta a su madre para que no se preocupe más de la cuenta porque esté encerrada en un castillo con asesinos en serie. – Entre todo lo que estaba hablando no se dio cuenta que Laith ya había dicho que todo era una broma. ¡Para él aquello no podía ser una simple broma! Es más, tan rápido como Laith dijo que sólo bromeaba, Steven ya lo había olvidado. - ¿Y cómo es? ¿De qué casa? Espera, espera, ¿Qué edad tiene? Más vale que sea de su mismo curso o tendré que… - Su cerebro procesó la información, tarde, pero lo hizo. – Ah. – Dijo mirando a Laith con un gesto neutro, pues aún estaba dándole vueltas al tema. ¿Seguro que era una broma? ¿No diría que era una simple broma para quitarle peso al asunto y que Steven dejase de comerse la cabeza? Ay señor, llévame pronto.

Sin duda Laith no era un ejemplo a seguir pero, a día de hoy, ¿Quién podía presumir de serlo?

- Si te sirve de consuelo yo tenía diecinueve cuando nació Alex, aún era un crío e iba a traer al mundo a otra cría. Bueno, yo no, su madre. Pero ya me entiendes. – Aclaró. – Ser padre te cambia la vida pero también te cambia a ti. Te da esa necesidad de… Ser mejor persona para darle todo lo posible a tu hijo. Haces que todas tus acciones vayan encaminadas en lograr que sea feliz. Se convierte en el centro de tu mundo.  –Para Steven, quien no había planeado siquiera ser padre cuando sucedió, tener a Alexandra había sido lo mejor que le había sucedido nunca.  –Me gustaría haberle dado un hermano o una hermana cuando era más pequeña pero ahora… Su madre y yo ni siquiera estamos juntos y no hablemos que ninguno de los dos tiene pareja. Aún no tengo en mente adoptar una chinita para que le haga compañía a Alex. Y menos ahora. – Tener hijos en aquellos momentos era un suicidio. – Si decidieses tenerlo, por un extraño casual de tu vida, ¿Esperarías a que fuese la persona adecuada o lo tendrías por tu cuenta? Es lo bueno de ser gay, sí o sí tienes que adoptar o hacerlo por otros métodos que no necesitan necesariamente de dos personas.

El camarero se acercó a donde estaban trayendo consigo un nuevo par de cervezas aún cuando ellos no habían terminado siquiera las anteriores.

- Es una invitación. – Dijo tras depositarlas sobre la mesa. – De aquellas dos chicas de ahí. – Steven, descaradamente, se giró para ver a dos chicas que miraban en su dirección y le saludaron antes de que este se voltease en dirección a Laith, rompiendo a reír en el acto.


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Laith Gauthier el Mar Nov 28, 2017 7:19 am

La pregunta de Steven parecía absurda pero no lo era: ¿para qué quiere un sueldo un fantasma? ¿Qué puede comprar con él? ¿Qué en el mundo puede necesitar alguien que ni siquiera es físico? No come, ni duerme, ni… nada. Es más, no podía ni alejarse mucho del sitio que lo tenía cautivo, ¡ni para conocer el mundo servía! Cuando consideraron el tema de los sanadores fantasmas, el problema resultó ser el mismo, mientras un fantasma no pueda ser tangible no puede hacer la gran cosa, lamentablemente. Y, casi al instante, le negó a él la posibilidad de quedarse a trabajar después de la muerte cuando fuese asesinado por traición. Psiquiatría podía dar algo de miedo incluso para los vivos mientras estuviesen cuerdos.

Bah, puedo quedarme como psicólogo, charlo con los pacientes y que me cuenten sus problemas y los aconsejo y sería muy guay todo —esa era una buena idea, no aplicable a su caso, se temía. Estaba casi seguro de que cuando se muriese no iba a dudar mucho en cruzar al otro lado. Al menos es lo que quería creer. — Psiquiatría puede ser divertido, aunque se acaba en cuanto los pacientes se ponen violentos y te atacan, supongo que un fantasma no tiene esos problemas —giró los ojos, como si se lo estuviese pensando en serio. La verdad era que eso no ocurría seguido, pero los pobres pacientes de esa zona eran los culpables cuando Laith quería herirse a propósito. Larga historia.

El pobre fugitivo había acabado terriblemente agobiado por la noticia de su niña teniendo no uno sino varios novios, algo que al menos el sanador encontraba terriblemente divertido. El pobre hombre tan preocupado, cuestionándole si no jugaba con muñecas y todas esas cosas que una niña debería hacer en lugar de estar buscando novios. Al menos eso le había quitado un poco de peso a su confesión sobre lo que ocurrió en la clase, dejándolo preguntar y comerse la cabeza antes de que el otro se diera cuenta d que sólo se trataba de una pequeña broma. Pequeña pero enormemente divertida por lo mucho que un padre podía afectarse por ello, casi agradecía no estar en su lugar.

Pobre chinita, sería una gran hermana para Alexandra —comentó con gracia, aunque entendía un poco lo que escuchaba, incluso si nunca lo había sentido. Pero prefería ahorrárselo por el momento, al menos hasta que se sintiera más preparado, o al menos no en riesgo de muerte. — Tal vez me animaría a tenerlo por mi cuenta, ¿sabes? No era del tipo de chicos que fantaseaban con casarse con el actor del momento y eso… ni siquiera busco relaciones serias, ni entonces ni ahora —le sonrió, tal vez por eso tampoco le llamaba mucho la idea. Digamos que no le parecía del todo correcto dado su estilo de vida, quizá era sólo que le daba miedo perder libertad.

Entonces recibieron aquel par de cervezas cuando todavía no acababan la primera ronda. Los dos miraron curiosos al camarero y después les hizo saber que los estaban invitando dos chicas. Laith había sido mucho más discreto que Steven al voltear a mirarlas, mordiéndose el labio ante la risa que tentaba con escapársele. Alzó la mano en su dirección, un ligero saludo que parecía también un gesto de agradecimiento. Se rio entre dientes, mirando al fugitivo cuando regresó su atención a él. La verdad es que aquello era inesperado y nunca se lo habría imaginado.

Creo que nos han oído hablando sobre hijos, la rubia te mira como si quisiera darle un hermanito a tu niña —le susurró inclinándose un poco hacia él. — A por todas, ve y conquístalas, tigre, yo te hago lucir bien luciendo bien mientras miro discreto al mesero —le guiñó el ojo, intentando no reírse. La verdad es que le estaba divirtiendo mucho esa situación tan inusual. — Te reto a que te les acerques a hablarles —le sonrió, como si fueran dos adolescentes jugando y bromeando con unas chicas que les hicieron ojitos en el antro, lo que no era nada parecido. — También puedo fingir ser tu novio si no te interesan —con eso sí que largó una carcajada.

A veces lo hacía con su mejor amiga, fingir ser pareja cuando uno de los dos quería deshacerse alguien pesado. Eso sin embargo nunca lo había aplicado con ningún amigo, por lo que le parecía de lo más gracioso sólo imaginárselo. Se preguntaba qué tan lanzadas serían las chicas, pero la respuesta la tuvo cuando la que dijo que sentía interés en su amigo se levantó, yendo hasta su mesa llena de valor. — Hola, soy Kirstie, mi amiga es Evelyne, nos preguntábamos si querían charlar un rato con nosotras —les sonrió a los dos hombres, Laith se tuvo que morder la lengua para no reírse, dándole la opción a Steven de responderle.
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Steven D. Bennington el Mar Nov 28, 2017 11:42 am

Que muerto aconseje a los vivos sobre cómo actuar en su vida parecía algo extraño y con poco sentido. Los tiempos cambiaban y Steven estaba seguro que ningún vivo en su sano juico seguiría los consejos de alguien que ya había muerto. Especialmente si el muerto era joven y había sido asesinado por su comportamiento, lo cual no alentaría precisamente al resto a tener oportunidades de sobrevivir. La suerte podía recaer en que en psiquiatría no había muchas personas que, precisamente, estuviesen en su sano juicio, por lo que podía resultar hasta un punto a favor para el futuro fantasma psicólogo en el que Laith se convertiría.

- Si te atacan lo peor que puede pasarte es que te atraviesen. – Se encogió de hombros. A fin de cuentas eso no era ni siquiera malo. Aunque si los fantasmas sentían la mitad de lo que sentían los vivos cuando eran atravesados por un fantasma quizá se pensaban dos veces eso de dejarse atravesar. Aunque, claro, los fantasmas por regla general iban atravesando puertas y paredes para facilitarse así la vida por lo que era probable que eso no fuese ningún problema para ellos. Al estar muerto, ¿Acaso puedes sentir algo? ¡Si ni siquiera posees un cuerpo! - ¿Alguna vez te atravesó un fantasma? Yo un día casi me choco con el fantasma de Slytherin cuando estaba en segundo curso. Iba sin mirar por donde iba a clase de Encantamientos, saltando por las escaleras para no llegar tarde ni acabar perdido entre unos pisos y otros y… ¡Boom! Me atravesó como si nada. No tuve tiempo para esquivarlo pero me sirvió para pasarme los cinco años siguientes mucho más atento de por dónde iba. – Aquea sensación había sido incómoda. No dolorosa, sino incómoda. No sabía siquiera explicar  lo que había sentido, pero fue una sensación fría que atravesó cada centímetro de su piel acompañado de un fuerte dolor de cabeza que apenas duró un minuto y, tan rápido como había aparecido, desapareció.

No le cabía duda que Alexandra hubiese sido una buena hermana pero las circunstancias en su vida no habían propiciado la oportunidad si quiera de darle un hermano a su hija. Y con los años la opción de que aquello sucediese había ido desapareciendo. Para tener hijos había que tener alguien con quien tenerlos y Steven estaba tan enfocado en la paternidad que no tenía tiempo como para siquiera fijarse en alguna mujer.

- Padre soltero no suena mal. Mis padres se separaron cuando era pequeño y yo vine a Inglaterra con él y mi hermana. Mi madre se quedó en Australia. Así que… Era como ser padre soltero, ya que ella se desentendió bastante de nosotros. – A día de hoy mantenía una relación más cercana con su madre de la que había tenido cuando eran niños. Más que nada porque para un niño de ocho años dejar de ver a su madre y no saber nada de ella salvo su voz al otro lado del teléfono y un mes en vacaciones no era precisamente como tener una figura materna. – Y  nos crió bien. Más o menos. Beatrice ha salido un poco rarita pero yo he salido perfecto. – Dijo haciendo alarde de falsa modestia, realmente pensaba todo lo contrario.

¡Cerveza gratis! Steven adoraba todo lo que estuviese acompañado por “gratis” por lo que aquello hizo que una sonrisa se dibujase en sus labios. Una más grande, pues la sonrisa parecía constante en su rostro.

- Pues menudo oído deben de tener. – Dijo el que era medio sordo y suficiente hacía enterándose de la conversación con Laith, aunque podía admitir que perdía alguna palabra mientras hablaban que rápidamente encontraba dado el contexto de la situación. - ¿Bromeas? Que pereza me da eso. -  ¿Ligar? Puf, eso era cosa de veinteañeros y él ya tenía más de treinta. Que pereza, que pereza. - ¿Tú mi novio? Eso no se lo cree nadie. Lo primero es que tengo mucho mejor gusto como para estar contigo. Y lo segundo es que… Laith, se  te huele la pluma y eso que ahora pareces menos gay con ese pelo.

Mientras se encontraban debatiendo cuál sería su plan de  actuación – siendo el de Steven el de quedarse sentado sin hacer nada porque le daba pereza y prefería beber cerveza y comer – las dos chicas se acercaron, tomando asiento como si tal cosa. ¡Como si tal cosa! La gente tenía un extraño sentido de la confianza que Steven no entendía. Pero porque él no entendía muchas cosas.

- Eh… - Steven miró a Laith desconcertado. Él era el tipo de persona que no se daba cuenta cuando una mujer tenía segundas intenciones con él porque era bastante lerdo en ese ámbito. Pero hasta él sabía que si alguien te invitaba a bebida y se acercaba a ti para  charlar no era precisamente porque fuese una hermanita de la caridad. – Steven, y él es Laith. –Dijo Steven. ¿Cómo iban a echarlas? ¡Si ya se habían sentado!

- Encantada, Steve. ¿Puedo llamarte Steve? – Preguntó Kirstie cruzando las piernas como en Instinto Básico. Suerte que llevaba pantalones.

- Sí, claro. Steve está bien. – Dijo con cierta incomodidad.

- Laith, que nombre tan curioso, ¿De dónde eres? – Preguntó Evelyne cogiendo directamente la cerveza de Laith y dándole un corto trago.

- Es canadiense. Pero se fue de Canada hace unos días porque su novia le dejó en el altar. ¿Lo podéis creer? Con toda la vida por delante le dijo que se había acostado con su hermano gemelo. Y no por equivocación, porque su hermano es rubio, un pelo horrible además.

Evelyne cogió la mano de Laith, con cierto aprecio.

- Oh, Laith, cuanto lo siento. ¿Estás bien?

- Qué duro tiene que ser eso, ¿Llevabais mucho juntos? - Preguntó Kirstie con preocupación.
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Laith Gauthier el Miér Nov 29, 2017 8:14 am

No creía que ser atravesado fuera la gran cosa para un fantasma. Es decir… era un fantasma que ni siquiera debería ser capaz de sentirlo por no tener un cuerpo. Sólo iban haciendo sufrir a las personas mientras las atravesaban como burlándose de ellas, lo cual, sí, era gracioso y todo, siempre y cuando no eras al que atravesaban. Steven lo hizo saber contándole una de sus experiencias que lo hicieron cambiar su forma de pasear por los pasillos del colegio. A él también le había ocurrido en algunas ocasiones, recordarlo lo hizo reír a pesar de que en ese momento no le dio nada de gracia.

La vez que más me acuerdo… Definitivamente fue una vez en la universidad, iba cargado totalmente de libros y cuando el hijo de puta me atravesó, se me cayó todo por el escalofrío que me dio, estuve a punto de romper mi caldero —soltó una breve risa entre dientes, negando con la cabeza. Luego fue una buena anécdota de la que habían hecho uso en fiestas y reuniones, incluso a veces conversando con el fantasma en cuestión. Eran el tipo de experiencias que si uno no ha vivido, no puede decir que vive en el mundo mágico.

Recordaba la historia de Steven y no es que le pareciese increíble. También su abuelo a él le había criado solo. Eso, sin embargo, no le garantizaba que él podría hacerlo bien por su cuenta, más que nada porque los niños se lo ganaban fácilmente y ya se veía cediendo a todo. Aunque le dio risa que dijera que su hermana había salido “rarita” cuando él salió “perfecto”, haciendo un notorio gesto de incredulidad mientras asentía falsamente con la cabeza, dejando en evidencia que no creía en lo absoluto que las cosas fueran así. Quizá podrían ser hasta al revés.

Tienen todo el oído que te falta —le dijo, metiéndose con su incapacidad como si no importase. Él no era el tipo de amigos que te dejaba sentir demasiada autocompasión. Era de los que te obligaban a bromear con las cosas malas de la vida. Y Steven también era de ese mismo grupo. Se rio en cuanto dijo que le daba pereza ligar. — ¿Qué dices? ¿Me has visto? Hasta a Adonis le daría envidia verme… ¿La pluma? Lo dice el tipo que no supo que era gay hasta que le hablé de mi ex —se mofó de él con un canturreo, no se olvidaba de ese día todavía, había sido divertido también.

Las chicas, sin embargo, habían venido a sentarse a si mesa como si nada, saludando con toda la confianza del mundo haciendo sentir notoriamente incómodo a Steven. Laith sonrió con encanto, alzando su mano en un saludo cuando su amigo les había presentado con las dos señoritas. La segunda chica, Evelyne, había preguntado sobre su nombre y apenas iba a responder el otro ya le había ganado la palabra hablando sobre su nacionalidad y su dichosa novia que lo había dejado plantado en el altar, pobrecito de él, casi se pone triste pensando en ese abandono tan feo que le habían hecho pasar.

Apretó la mano de Evelyne cuando ella lo sujetó, poniendo su otra mano sobre las de ambos. — Todavía la pienso con mucho cariño, pero… Supongo que Jacob, mi hermano, es más atractivo y exitoso que yo, así que no puedo culparla de haberse enamorado de él… Es un gran tipo, ¿saben? Llevábamos tres años juntos pero si ella está feliz, yo también —su tono tan dolido y su mirada de borrego a punto de ser degollado le daba bastante credibilidad a su actuación. Por dentro se estaba partiendo de risa, pero era un mentiroso ejemplar, así que eso no llegaba a reflejarse en su lamentable expresión de congoja.

Tomó de la cerveza de Steven, ya que la suya había sido tan profanada. Vamos, que no era por ser paranoico, pero había visto suficientes películas de drogas para temerse que la chica le hubiese metido algo a la bebida. Pero si él acababa embarrado en aquella incómoda situación, estaba totalmente dispuesto a embarrar también al fugitivo que se había atrevido a inventarle una vida.

De verdad la querías mucho, ¿verdad? —la mujer se había tragado su actuación a la perfección. Laith encontró ahí su oportunidad.

Creí que era la mujer de mi vida —respondió apenado. Entonces soltó a Evelyne, sin haberse incomodado nada en aquella invasión a su espacio físico. Laith era un hombre muy físico y aquello no solía incomodarlo a menos que fuese demasiado pronunciado, se deslizó en el sofá un poco hasta alcanzar la mano de Steven y entrelazar los dedos. — Por suerte encontré a Steven aquí, estoy intentando descubrir cosas nuevas ya que siempre tengo tan mala suerte con las mujeres —les dijo, mirando al hombre que lo acompañaba con una sonrisita que presumía ser tímida. La verdad es que lo estaba mirando retador y divertido, pero aquello no lo dejaba mucho en evidencia, soltando su mano y cogiendo una fritura.

Laith creyó notar que algo moría dentro de los ojos de Kirstie, quien tocó el brazo de Steven con sorpresa y algo de desilusión. — Oh, entonces… Ustedes dos, Steve… ¿Ustedes dos son… son pareja? —dijo con esa evidente duda de cualquier persona cuando alguien que le gusta resulta que podría no corresponderle la atracción. Laith se sentía un bastante divertido, pero no lo suficiente. Él seguía siendo la víctima abandonada en el altar.
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Steven D. Bennington el Vie Dic 01, 2017 6:33 pm

Golpe bajo. Una patada en las pelotas en toda regla. O eso habría sido para alguien que no se caracterizase por su habitual sentido del humor y sus imborrables sonrisas y es que a Steven Bennington poco le importaba que alguien le llame sordo o hiciese chistes referidos a sus problemas de audición. Era algo que existía y por mucho que alguien no hiciese bromas al respecto no dejaría de estar presente. Es más, prefería mil veces aquellas bromas antes de los típicos comentarios de “oh, cuanto lo siento” acompañados de una mueca de tristeza. Y lo que más odiaba de todo, que la gente le hablase como si en lugar de ser ligeramente sordo – pues no tenía la totalidad de la audición dañada – fuese subnormal. Esa gente que abría la boca como si fuese un maldito cocodrilo y te dejaba ver hasta el alma cada vez que abría esas bocazas enormes en un intento por vocalizar mejor. ¡Lo cual no era efectivo! Su único problema estaba en acentos extraños o personas con bigote cuya boca no alcanzaba a ver.

- ¿El qué? – Preguntó precisamente haciéndose el sordo, con una mano cerca de la oreja como si aquello ampliase su alcance auditivo. – Perdona, pero eso no se debe a que tú seas camaleónico y seas capaz de disimular tu pluma para hacerte pasar por un heterosexual, es que yo para esas cosas soy un poco lerdo. Pero las mujeres tienen un sexto sentido para darse cuenta de cuándo un hombre está interesado en ellas y cuando está más preocupado en el paquete del camarero. – Dijo exagerando, pues él mismo había comprobado que ese famoso sexto sentido no existía en absoluto en muchas mujeres. Mujeres que se creen que por hablar con ellas y mostrar un mínimo de educación ya quieres llevártelas a la cama o casarte con ellas vestidos de Elvis y Marilyn en Las Vegas. Y no, así no son las cosas.

Igual que algunas no eran capaces de darse cuenta cuando un hombre no quería formar una familia de pitufos azules con adorables gorritos blancos, otras no se daban cuenta que había conversaciones privadas donde no debían meterse. O sentarse en mesas ajenas sin pedir permiso, por ejemplo.

¡PERO LAITH!

Pero aquel grito sólo se produjo en la cabeza de Steven cuando entendió lo que Laith acababa de decirles a aquellas dos chicas. Pues no fue hasta que sus manos se entrelazaron cuando fue consciente de lo que acababa de pasar. Le miró de reojo con cierta extrañeza ante aquello tan inesperado porque, claro, ¿Quién se iba a imaginar que si le das un golpe bajo a tu amigo te la va a devolver con otro golpe bajo? No, por supuesto que Steven no podía plantearse algo tan rebuscado como aquello.

- Ah, ¿Qué si somos gays? Él lo está dudando todavía. Ya sabes, siempre con mujeres, una reciente ruptura… Ha cruzado el charco y también la acera, ya que aquí nadie le juzgaría si cambiaba de gustos tan de repente. Aunque después de un duro golpe como ese, ¿Quién iba a juzgarte? – Miró a Laith como si sintiese algo de cariño fuera de la amistad hacia él y negó con la cabeza.

- Claro Laith, ¿Quién iba a juzgarte por intentar rehacer tu vida? – Dijo la morena, quien parecía menos afectada por haber perdido a sus presas para aquella noche.

- ¿Y vosotras qué? ¿Sois pareja? – Preguntó Steven de improviso.

- No, no, no. – Negó tres veces Kirstie con su voz e incluso con movimientos de cabeza un tanto exagerados, pareciendo que se le fuese a descolgar la cabeza de los hombros en uno de aquellos movimientos. – Trabajamos juntas, solo somos compañeras de trabajo.  Evelyne me invitó a tomar algo porque soy nueva en el trabajo y no quiere que me quede descolgada. Y claro, hemos acabado aquí hablando con vosotros y… - Sus mejillas se sonrojaron.  – Si me disculpáis voy al baño un segundo.

Acto seguido la rubia se levantó y se perdió entre la poca gente que había en el local en dirección al baño.

- Mentís rematadamente mal. – Dijo Evelyne mientras se acababa el contenido de la cerveza de Laith. - ¿Cuál es vuestra verdadera historia? Venga, tengo un jodido radar para captar gays y aquí solo uno huele a muerde almohadas. ¿O eres más sopla nucas? – Preguntó mirando en dirección a Laith, haciendo que Steven soltase una carcajada al escuchar aquello, haciendo casi imposible mantener la mentira de cara a Evelyne.
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Laith Gauthier el Mar Dic 05, 2017 6:00 am

Sonrió cuando Steven fingió no haberlo escuchado cuando se metió con su discapacidad, aunque pronto enarcó una ceja. La verdad es que nunca había intentado disimular “la pluma”, él no tenía ningún problema con su orientación sexual y si los demás lo tenían no era asunto suyo. — Vamos a dejarlo en que eres lerdo, nada más —le corrigió cuando dijo que era un poco lerdo para detectar sexualidades. — ¿Tú crees? Oye, yo no estoy tan preocupado por el paquete del camarero… ¿crees que esté soltero? —se contradijo sólo para bromear. La verdad es que no sabía si lo que el otro dijo era real o no, más de una chica había creído que tenía segundas intenciones cuando no las había ni por asomo.

Luego de que aquellas descaradas señoritas les invadieran la mesa, Steven inventó que le habían dejado plantado en el altar por su hermano o algo así. Laith, en lugar de enfadarse o negarlo, le siguió la historia como si fuera real, esperando el momento para dar su contragolpe insinuando que estaban saliendo. Tuvo que morderse el interior del labio para no reírse en cuanto el fugitivo le dijo que él estaba dudando porque acababa de cambiar de acera, asintiendo la cabeza con una expresión apenada. Estaba costándole no soltar una carcajada. Apostaba que Kirstie no volvía del baño pronto.

¿Por qué nunca me lo dijiste? —repuso, profundamente ofendido, mirando hacia Steven. — ¿Entonces qué? ¿Muerdes la almohada o soplas nucas? —estaba claro de quién estaban hablando pero a él no le importaba y de todos modos molestaba a Steven. Ni siquiera estaba molesto de que les tumbase la mentira, en cambio no tardó en soltar una carcajada parecida a la de Steven. — ¿Y ustedes qué? ¿Son licenciadas en cortejo? ¿O acaso eres espía detectora de orientaciones sexuales? —le preguntó a Evelyne sin un mínimo reparo.

Oye, si la mujer venía a su mesa a interrumpirlos, normal que quisiera saber al respecto. Y si venía a preguntarle sus preferencias en la cama, que no se extrañase de sus preguntas, a pesar de que él no lo respondiera. Lo que hiciera a puertas cerradas no debía importarle a nadie más que a él y a la persona con quien estuviese, que evidentemente no iba a ser nadie de esa mesa. El sanador seguía felizmente comiendo patatas, sin que le mermase ni un poco el humor, al menos había acabado con el tema que los tenía ahí que era la hija de Steven, todavía maquinando cómo comunicarse con ella.

Casi: socióloga —le dijo al sanador, no parecía ni remotamente preocupada por su amiga que se había marchado tan rápido. — ¿Entonces? ¿Cuáles son sus verdaderas historias? Muy novelístico lo de tu boda y tu hermano, por cierto —se dirigió primero a ambos y luego a Laith, quien hizo un gesto con su mano como agradeciéndole el comentario. La verdad era que el sanador no tenía muchas ganas de hablar de sí mismo.

¿No deberías ir a ver a tu amiga? Ojalá que no intente autolesionarse con el papel higiénico porque su presa es “gay”, ¿ves lo que provocas por enamorarte de mí? —se quejó mirando hacia Steven, a él le divertía tremendamente la situación. Era una situación muy inesperada, ¿cómo iban a imaginarse que esas dos chicas iban a acabar abordándolos así? ¿De una forma tan brusca y tan repentina? Y, no contentas con ello, una de ellas no sabía lo que era el pudor ni la cordialidad que venía con tantas confianzas a… ¿se podría decir interrogarlos?

Podría decir que era un doctor y poco más, lo de siempre. Pero no iba a decirle el dato fácilmente por sus cojones. El sanador era un poco orgulloso algunas veces, y la chica no le generaba precisamente confianza, así que iba a ahorrárselo. Siempre con una sonrisa en el rostro y sin usar un mal tono, era una contradicción muy curiosa la suya. Era un “No me apetece contestarte pero no te voy a tratar mal por ello”, simplemente.
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Steven D. Bennington el Mar Dic 05, 2017 11:25 am

Steven era el tipo de persona a la que podías tirar los trastos que no iba a darse cuenta ni cuando le hiciesen una brecha. Y no es que fuese tonto – al menos no en ese sentido – sino que nunca veía las dobles intenciones de la gente. Él era alguien directo, que no se andaba por las ramas e imaginar que la gente podía llegar a ser tan rebuscada era demasiado esfuerzo que no llegaba a comprender.

- Creo que su anillo de  casado dice lo contrario. – No sabía si tenía anillo, si estaba casado o si le interesaba Laith como algo más que un cliente que le garantizaba poder ganar dinero aquella noche. Pero lo único que hizo Laith fue prender el fuego para ver el mundo de Laith arder. Pues el castaño era buena persona, eso era innegable, pero adoraba meterse con Laith tanto como le fuese humanamente posible.

No comprendía cómo la gente podía tener aquella facilidad para socializar. Y lo decía el licenciado en sociabilidad. Pero no, él no iba por ahí colocándose en una mesa ya ocupada y comenzando a hablar con quién quiera que estuviese ahí sentado. De la misma forma que no se ponía a hablar con la calle con un total desconocido como si le conociese de toda la vida como parecía hacer Laith. O, al menos, como había hecho con él.

Después de su maravillosa y tan trabajada historia que bien podía ser el argumento de una telenovela de la gente no mágica, Kirstie desapareció. Lo que comúnmente se denominaría hacer una bomba de humo y en el mundo de Pokémon como usar cuerda huída. Pero, de cualquier forma, Evelyne se quedó sola sentada sobre su asiento bebiendo de la cerveza que ella misma – o quizá su amiga – había pagado para Laith. Eso sí que era invertir a la hora de salir.

- Yo solo zampabollos. – Dijo Steven, quien se había perdido en la conversación con aquellos términos y prefería no meter la pata con lo que estuviesen hablando en clave.

Evelyne resultó ser socióloga y Steven estuvo a un paso de preguntarle sobre el comportamiento humano del que él parecía conocer tan poco. Pero no lo hizo, se limitó a coger su segunda cerveza – apartándola descaradamente de las garras de Laith – y coger un par de patatas mientras escuchaba la conversación entre aquellos dos.

- No creo, ella es gay de armario. Si ha intentado ligar con vosotros ha sido precisamente para demostrarme que no le interesaban las tías y que si me ha dicho de salir esta noche no es porque tenga segundas intenciones conmigo. – Dijo la morena cambiando el discurso que Kirstie había dado antes de irse. – Lo más seguro es que haya ido a la puerta trasera y se haya ido. Mañana me dirá que recibió una llamada urgente de su tía tercera por parte de perro y yo tendré que fingir que me creo algo. Pero ya veis que soy una experta fingiendo que me creo las historias de los demás.

- Final inesperado. – Dijo Steven mirando en dirección a Laith. - ¿Tú también tienes un radar gay pero lo tienes roto o qué? – Preguntó dándole un golpe a su amigo en el brazo.

Evelyne rió ante aquella pregunta del uno al otro, pues era evidente que su relación se basaba en dejar en mal lugar el máximo de veces posibles al otro.

- ¿Sonaba por lo menos creíble o era demasiado fantástico? Tenía que haber dicho que era su gemelo malvado, ¿Verdad? Al que su familia tuvo encerrado en el desván de su casa durante veintitrés años y finalmente escapó para cobrarse su venganza, intentando suplantar a su hermano. Pero se enamoró de su prometida y el malvado acabó siendo este, que dejó su casa y a su familia para hacer turismo sexual. – Dijo con tono dramático.

- Sí, casi que tenías que haber contado todo eso además. – Dijo Evelyne negando con la cabeza.
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