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FB: Everything will be alright [Priv./Laith Gauthier]

Steven D. Bennington el Miér Nov 15, 2017 6:52 pm

Recuerdo del primer mensaje :


Nada más leer el mensaje de Laith había dado al botón de llamar. ¿Cómo es que había acabado dando clases en Hogwarts? ¿Y a qué se refería con que había conocido a alguien que se parecía a él pero “más peque y mona”? ¿Y eso de quitarle puntos indiscriminadamente? Sin pensarlo ni un segundo había llamado al chico para pedirle explicaciones al respecto.

- ¿Cómo que ya me contarás? ¡Laith!  - Casi suplicó el castaño ante las negativas del Sanador para darle una explicación pertinente. –Me da igual que sean las doce de la noche, voy ahora mismo a tu casa y me cuentas. – Parecían las dos típicas amigas adolescentes pegadas al teléfono a todas horas contándose sus aventuras amorosas. Aunque, como Laith esperase a que Steven le contase sus idas y venidas en el amor, bien podía ponerse cómodo si no quería acabar con un buen dolor en la espalda de pasar tanto tiempo de pie. – Vale, pues mañana. Mañana por la mañana te llevo churros para desayunar y…

- Steve, ¿Con quién hablas, cariño?

Steve tapó el altavoz del teléfono y miró en dirección a la mujer que acababa de llamar su atención.

- Dame un momento Agnes, ahora te ayudo. – Volvió la voz al teléfono, mientras Agnes seguía su carrera (a paso lento pero constante) hasta Steven, quien estaba en el comedor mirando por la ventana mientras hablaba por teléfono. – Joder, Laith.

- ¡Steve, esa boca!

- Perdona, Agnes. – Rara vez aquel tipo de palabras salían de su boca pero… ¡Laith estaba acabando con su paciencia! Y con la batería de su teléfono, ya que Steven tenía esa mala costumbre de olvidarse conectar al teléfono cuando quería dejarlo cargando. Sí, enchufaba el cargador al teléfono pero por algún juego del destino lo que olvidaba era conectar el cargador a un enchufe.  – Luego te mando un mensaje con lugar y hora. Pero de mañana no pasa.

Agnes, que ya se había acercado suficiente a Steven, no paraba de hacer gestos que el castaño no entendía bien. Frunció el ceño mirando a la anciana hasta que comprendió a que se refería. Sonrió, negando con la cabeza y volvió a hablar.

- Agnes te manda recuerdos.

- ¡Y un tupper con cocretas! – Arrancó el teléfono de la mano de Steven como si le fuese la vida en ello.

Cuando Steven quiso mirar el teléfono, Agnes había colgado sin darse cuenta tocando todos los botones de aquel aparato.

- ¿Laith? – Pero no había respuesta al otro lado. – Vale, se ha cortado.

* * *

¿Nervioso? Aquello era decir poco. Por primera vez en mucho tiempo iba a tener algún tipo de información sobre cómo estaba su hija Alexandra en Hogwarts. Tenía cientos de dudas que lanzarle a Laith en cuanto este hiciese acto de presencia pero el primer comentario que salió de sus labios en cuanto lo vio aparecer poco tuvo que ver con su hija.

- ¿Qué te ha pasado en la cabeza? – Preguntó al ver el cambio de color de pelo del chico. Ya no era casi blanco, sino más bien casi negro. Por no decir que lo era totalmente.

Tocó su pelo como si fuese algún tipo de peluca, incluso dio un corto tirón para comprobar que formaba parte de su cabeza y no estaban en un Halloween adelantado.

- Estás raro. – Dijo sin más, encogiéndose de hombros y comenzando a andar hasta el local del que le había hablado en sus últimos mensajes la noche anterior.

Se trataba de un pub irlandés situado cerca de la vivienda de Agnes. Un lugar que frecuentaba cuando vivía con aquella anciana y al que le había cogido cierto aprecio y por eso lo visitaba de vez en cuando. El castaño dejó que Laith pasase en primer lugar y cerró la puerta tras ellos. El olor a cerveza era evidente pero también lo era el olor a pizza, y es que si Steven iba a aquel lugar era precisamente porque servían aquel manjar de manera gratuita cuando iba ganando Irlanda en cualquier evento deportivo.

- Una pinta de Budweiser. – Señaló al camarero tras mirar levemente la carta, donde había gran cantidad de variedad de cervezas. Se giró a mirar a Laith cuando este hubo pedido y se dirigió a uno de los asientos que había no muy lejos de la barra, en una mesa baja con sillones. – Ahora empieza a hablar, ¿Qué se supone que hacías en Hogwarts? ¿Cómo está Alex? ¿Estaba bien? ¿Tenía pinta de que la estuviesen haciendo daño por ser hija de un sangre sucia? – Tenía mil preguntas y como Laith no le frenase o empezase a dar respuestas las iba a soltar todas de golpe.
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Laith Gauthier el Vie Dic 08, 2017 12:37 am

No le importaba que Steven se metiese con su sexualidad, tanto como el sanador se metía con su discapacidad auditiva. Era algo implícito en su relación, dejarse molestar por cualquier motivo que se les cruzase. Cuando llegaron las dos muchachas, el evidentemente menos incómodo con el asunto pareció ser el menor de los caballeros. Parecía divertirle de algún modo, hablar con desconocidos no daba tanto miedo cuando uno se acostumbraba. Al final, uno llegaba e invitaba a extraños a comer pizza y cosas por el estilo.

Una sonrisa divertida se extendió por los labios de Laith en cuanto oyó la clasificación que se dio a sí mismo Steven. — Creí que eras comepizzas —respondió, buscando una nueva fritura para comer. La chica les dijo su trabajo, mientras que él intentaba espantarla de alguna manera bastante sutil, que resultó en una explicación de la verdadera sexualidad de Kirstie que parecía haber comenzado con un ligoteo con ella.

Tal y como él pensó, ella probablemente hubiese escapado de aquel grupo, haciéndolo girar los ojos y reír. Tuvo que pedir una tercera bebida, ya que la primera se la había acabado y Evelyne se encargó de beberse la que “le habían invitado”. Estaba tomando la bebida por primera vez cuando miró de reojo a Steven cuando lo oyó preguntarle si tenía un radar gay roto. No pudo evitar reírse entre dientes, parecía más real de lo que cualquiera podría imaginarse. Si lo tuviese medianamente afinado, habría sabido antes de abordarlo que el fugitivo no lo era.

Bastante averiado, me atrevo a decir —le confesó, bebiendo de su vaso. Estaba exagerando, a veces sí que se daba cuenta, pero había gente que parecía pasarle por abajo del radar. — Te ha faltado que el verdadero gemelo malvado era yo y nos confundieron, y el bueno estuvo encerrado todo este tiempo y se volvió loco —complementó la historia tan fantástica que Steven venía inventándose desde que presentó al sanador como un hombre abandonado en el altar.

Le dio un pequeño empujoncito a Steven para tirarle una fritura con intención de que la cogiese con la boca a ver si la pillaba, aunque ya se imaginaba que iba a darle en el ojo e iba a tener que hacerle una curación improvisada. ¿Qué más daba? Para eso había estudiado tantos años medicina. Para sacarle las frituras de los ojos a sus amigos cuando les daba en ellos cuando intentaba jugar. Casi le daban ganas de que empezase un partido para que les dieran comida gratis, se preguntó si habría pubs de ese tipo que pasaban el Quidditch o algo. Poco probable, suponía que los magos seguían poco familiarizados con la electricidad.

Mira, ser sociólogo es fácil —le dijo a Steven de repente, Evelyne lo miro como pensando “este es idiota” y enarcó su ceja. — Con sólo verte puedo decir que eres un padre desatendido con su pobre hijita que la deja a cargo de su madre, eres un glotón de cuidado que  puede dejar en la quiebra a más de un restaurante el mismo día, eres un bobo que se hace el sordo con todo el mundo y abusa de sus amigos para que lo alimenten —la verdad es que era otro motivo para poder agredir verbalmente un poco más a Steven. ¿Qué sería de su amistad sin esas patadas a la moral?

Te ha faltado que no entiende de segundas intenciones —le dijo ella, Laith chasqueó los dientes como si se diese cuenta de que realmente se le había olvidado aquella característica de su amigo. Era bastante divertido, y más cuando alguien se ponía de su lado para molestar a Steven y no era a él a quien molestaban.
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Steven D. Bennington el Vie Dic 08, 2017 4:39 pm

Desde que Alexandra había nacido, Steven se había vuelto un coleccionista de historias. Una de esas personas que, cada noche antes de dormir, contaba un nuevo relato a su hija. Durante sus primeros años podía repetir el cuento una y mil veces sin repetir queja alguna por parte de la niña pero llegó un momento en el que esta comenzó a ser consciente de las palabras que su padre  recitaba y comprendía que los cuentos se repetían una y otra vez, poniendo el grito en el cielo. Esto hizo que Steven tuviese que buscar nuevas historias pues incluso tres años después – y cuando Steven ya no recordaba el cuento – Alexandra sí que lo seguía haciendo. Buscó cuentos del mundo mágico y también del muggle. Pero llegó un  momento donde su imaginación tuvo que ser la encargada de inventar cuentos antes de la hora de dormir para la niña y la mayoría de ellos se basaban en otros que ya había leído, películas que había visto o letras de canciones. Incluso sus propias vivencias, lo que hacía que el protagonista de aquellas historias siempre acabase metido en problemas sin siquiera darse cuenta.

- Esa parte de la historia no se desvela hasta que sacas tu instinto de asesino en serie y matas en plena noche a la inocente que te preguntó por tu pasado. – Elevó sendas cejas, mirando dramáticamente en dirección a la chica y añadiendo un musical “chan chan” al final de su historia.

En cuanto vio volar una de las patatas en dirección a su cara elevó la mano para apartarla, haciendo que esta saliese volando lejos de allí. Concretamente en dirección a una mesa cercana, donde impactó de lleno contra la cabeza de un hombre que disfrutaba del partido y de la última jugada que se repetía en la pantalla de televisión.

- ¿Qué ha sido eso? – Golpeó con sendos puños le mesa, haciendo que esta vibrase y miró en busca del causante.

Steven se volteó para volver a la conversación como si él no hubiese tenido nada que ver. Se mantuvo en silencio durante unos segundos pensando en si la muerte estaba a la muerta de la esquina y miró de reojo, usando el reflejo de la propia jarra de cerveza, para ver que el hombre había vuelto a su asiento y ahora disfrutaba del primer tanto de su equipo, haciéndole respirar aliviado.

No podía negar que Laith había dado de lleno. Sí, era un padre que por razones ajenas a sí mismo desatendía a su pobre hijita, quien quedaba a cargo de su madre. Sí, era un glotón, ¿No era evidente cuando sólo quedaban para comer? Sí, abusaba de sus amigos para que lo alimentasen, aunque él alimentaba a sus amigos, podía decir en su defensa. Pero no se hacía el sordo, ¡Qué desfachatez!

- Eh, pero no me hago el sordo. Me hago en todo caso, el medio sordo. No me pongas más discapacidad de la que tengo que ya tengo suficiente con que el estado no me dé una subvención. – Fingió ofendido. Si no le daban subvención era precisamente porque al pedirla corría el riesgo de ser rastreado por el gobierno mágico. Y no estaba todavía por la labor de acabar en prisión o muerto.

La morena no lo pensó dos veces para unirse a los insultos. Aquella mujer se compinchaba con el mejor postor.

- No te lo niego. Pero es que las mujeres sois muy complicadas. A mí si alguien viene a darme comida o bebida asumo que es porque quiere darme comida o bebida. No porque quiere otra cosa. Mira este, que de la nada me invitó a comer un día. ¿Con segundas intenciones? Posiblemente. Pero mira, ahora tiene un amigo nuevo, consiguió lo que buscaba. – No, Steven no era tonto en ese sentido. Sí que sabía que Laith intentaba tirarle los trastos a todo ser con pene que se le cruzase y que su amistad había surgido por un intento truncado de ligue. Pero no le importaba en absoluto.

- Eso es que quería ligar contigo.

- O quería alimentar al hambriento, y eso suena a que es un mandamiento de la Biblia. Amén Jesús. – Se santificó y acto seguido rompió a reír.

- No sabía que los magos fuesen cristianos.

- Pues depende.

¡Espera! Alto ahí. Dijo magos. Es una trampa. La alarma comenzó a sonar en su cabeza repitiendo que la había cagado. Pero no dijo nada, frunció el ceño y miró a Evelyne. De ir a hacer algo, ya no tenían escapatoria.

- He visto los carteles con tu cara por el Diagon. - ¿Y si Laith era muggle qué? – Tranquilo, los de mi clase tampoco estamos bien vistos ahora mismo. No tengo intención de entregarte. – Rió la chica. Steven no rió. Estaba confuso.
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Laith Gauthier el Miér Dic 13, 2017 2:03 am

Steven no era tan malo contando historias, mira que esa podía ser la trama de una película o un libro. Y luego tendría un final horrible como la mayoría de las películas de drama y misterio. Pero por lo demás parecía tener una historia atrapante que dejaría a más de uno al borde de su asiento, terminando la dramática anécdota al decir que asesinaría a la mujer que le había pedido información sobre su pasado con ese efecto de sonido de bajo presupuesto. Pero su patata, su pobre patata, había acabado en la cabeza de un hombre. El sanador se hizo el que no sabía nada cuando aquel sujeto buscó quién le había lanzado la fritura, mientras él fingía no saber qué ocurría.

Soltó una carcajada en cuanto escuchó que no se hacía el sordo, que sólo se hacía el “medio sordo” por su discapacidad parcial y no total. — Podríamos ir a un concierto de metal para que te dejen totalmente sordo a ver si el gobierno te da algo —giró los ojos, como si fuera posible que le diesen algo que no fuese el beso del dementor o algo por el estilo. Esos dementores besucones y malévolos. Era gracioso, quizá sería un buen mote para alguien a quien le han hecho la cobra, el “dementor” porque nadie quiere besarlo. Qué humor tan idiota tenía a veces cuando la mente se le iba en pensamientos.

Evelyne y Steven tuvieron una interesantísima discusión sobre las mujeres y lo complicadas que eran, porque en la mente del fugitivo no había más que lo que era visible: si lo invitaban a algo era sólo porque querían alimentarlo. Y era cierto, muchas veces él había usado esa técnica, dar algo sin esperar nada a cambio. Pero cuando intentó darle pizza a Steven a cambio de su interés había fallado con todas las letras de la palabra, indudablemente. Sonrió travieso cuando le dijo que había conseguido lo que buscaba: un nuevo amigo.

Tienes un punto, es mejor que nada, ¿no? —le dio la razón. Al menos eran amigos y no había quedado sólo en una pizza, aunque su amistad estuviese basada en comida y problemas. — Pues mira, yo creo que… —intentó tomar la palabra, pero se quedó callado antes que Steven cuando oyó que ella los reconocía como magos. Ahí estaba la cuestión: era una bruja. O sabía del mundo mágico, al menos. Entendió de pronto qué era lo que no le cuadraba de la mujer, ¿quizá la confianza venía de ello, de que sabía, al menos del fugitivo, más de lo que habían mencionado?

Creyó que si quisiera hacer algo, ya lo habría hecho, así que le dio el beneficio de la duda mientras la observaba de forma inescrutable. Sabía que Steven era fugitivo y eso era peligroso, no le sonaba pero suponía que tendrían que haberse visto de algún sitio para que supiera que él no era un nomaj y estuviese quebrantando el estatuto del secreto. “Los de mi clase”, ella dijo. Pronto se puso a maquinar quién era aquella muchacha y qué era exactamente, fugitiva no debía ser, al menos no por sangre si sabía cuál era el horrible y sangriento crimen de su colega.

¿Entonces también hay carteles contigo? ¿O no tienes magia? —le preguntó sin rodeos, suponiendo que alguna de esas dos podría ser, las más evidentes. También había otras más complicadas que por mucho que estuviesen en una mesa un tanto apartada podría ser escuchado y creerían que ya había bebido demasiado o que se había metido otro tipo de drogas. — Y yo que pensé que te acercaste porque te agradábamos, resulta que sólo quieres entregar a este idiota, hieres mis sentimientos —tergiversó sus palabras, cuando ella claramente les dijo que no iba a entregarlo.

Trataba de tomarlo con humor, pero seguía con la mano cerca de su manga, la que tenía la varita. Sólo por si acaso hacía falta, no era necesario ser agresivos. Pero no pretendía dejar que atrapasen a Steven y que a él le atrapasen por inminente consecuencia. La mujer no parecía una femme fatale completamente peligrosa y asesina, pero no todo era lo que parecía. Le gustaba ser precavido y pensar los peores escenarios para que no lo tomasen por sorpresa.
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Steven D. Bennington el Jue Dic 14, 2017 5:09 pm

Había personas capaces de coger las indirectas al vuelo. Otras que eran capaces de leer entre líneas. Incluso las había que podían ver las segundas intenciones de los demás sólo con una mirada. Pero Steven no pertenecía a ninguno de esos tres grupos. Él no se enteraba de ese tipo de cosas ni cuando chocaban contra su frente, ni cuando estaban escritas con grandes letras de llamativo neón. Steven no estaba hecho para entender  lo que las personas querían decir entre líneas, sino que él era bastante literal en lo que a socializar se refería. Eso había hecho que, durante su juventud, fuese incapaz de ligar. Sí, no sabía hacerlo, y tampoco era algo que hubiese mejorado con los años. Cuando una mujer intentaba algo con él, él parecía vivir en su burbuja al margen de la conversación. Si le invitaban a una copa él se lo tomaba como lo que era, un simple gesto amable para mantener una conversación. Pero no veía esa doble intención de ir juntos a la cama. Ni de pasarse el resto de su vida juntos acurrucados frente a una chimenea tomando chocolate caliente en invierno. No, con él había que ir al grano.

- No sé, yo creo que en tu caso prefiero no tener nada. – Dijo despreciando nuevamente la amistad con Laith. No es que fuese algo cierto, pues Steven valoraba la amistad que tenía con Laith. No sólo porque pudiesen pasar gran cantidad de tiempo juntos metiéndose el uno con el otro y aún así su relación seguía intacta. No. Sino porque a lo largo de los meses el sanador le había demostrado que podía confiar en él. Que estaría dispuesto a hacer cualquier cosa si Steven se lo pedía. Pues en eso consistía la amistad. En ser capaz de arriesgarse por otra persona, de lanzarse al vacío pensando que los brazos ajenos te sujetaran entre los propios para evitar la caída y el golpe final. Y Laith lo había demostrado casi desde el primer día.

Cuando comprendió lo que sucedía se le heló la sangre. Miró a Laith, casi paralizado. No articuló palabra, sino que guardó silencio mirando a Laith con cara de necesitar ayuda. Luego desvió la mirada en busca de la castaña, quien parecía feliz por su gran descubrimiento, como si no le importase haber desvelado que sabía de sobra quién era Steve y no precisamente porque hubiese frecuentado la pizzería en la que trabajaba. Steven no sabía qué decir ni cómo reaccionar ante aquello.

- Eh, yo no dije que quisiese entregar al idiota de tu amigo. – Se anticipó la mujer, elevando sendas manos mostrando las palmas.

- Eh, ¿Qué tal si dejamos de llamarme el “idiota de tu amigo”? – Preguntó mirando primero en dirección a Evelyne y luego en dirección a Laith. Si, le hacía gracia las bromas que se traían entre ambos pero aquello era pasarse cuando lo hacían dos personas y una de ellas posiblemente quería venderle a cambio de un par de monedas doradas.

- Vale. No quiero entregar a Steven. – Corrigió la chica. - ¿Así mejor?

- Mucho mejor. – Dijo Steven orgulloso pero sin mover ni lo más mínimo la expresión en su rostro. – Entonces, ¿Qué se supone que quieres?

- Tomar una cerveza en compañía de dos magos que no quieran matarme. – Miró a Laith. – Asumo que eres mago, ¿No? Pero no me suena tu cara. No te deben buscar, todavía. Cuando descubran que eres un traidor al nuevo gobierno tu cara decorará también las calles del Mundo Mágico. – Dijo la mujer con una sonrisa divertida, la cual no hacía demasiada gracia teniendo en cuenta la situación en la que se encontraban en aquellos momentos. – Mis padres murieron hace doce años en un accidente. Ellos eran magos y mi hermana también. Cuando cayó el Ministerio de Magia la empezaron a buscar por traición. Había luchado codo con codo con la Minsitra y sólo dejó el Ministerio para avisarme de lo que había sucedido, para que huyese del país antes de que me pasase nada malo. Pero la encontraron poco después, la juzgaron injustamente y la enviaron a Azkaban. – La castaña elevó la vista tras bajarla a la cerveza. – Quiero que me ayudéis a saber si aún sigue con vida. Sé que entrar en Azkaban y sacarla de ahí es imposible pero… Quiero saber que sigue con vida. – Sonrió mirando en dirección a Laith, pero su sonrisa no mostraba felicidad alguna como podría esperarse de una sonrisa. – Si no lo hacéis, daré el soplo.
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Laith Gauthier el Vie Dic 15, 2017 11:17 pm

Soltó una pequeña risa cuando le despreció de nuevo su amistad, aunque sin estar en lo absoluto afectado por ello. Creía con toda seguridad que el día que Steven le dijese en serio que lo valoraba iba a acabarse el mundo y se le iba a acabar la suerte de inmediato. Mejor seguir con su suerte mientras el fugitivo fingía odiarle y se metía con él. Al final eso era lo agradable de su relación, esa amistad que por más que tirasen no se rompía. Suponía que era de esas que no importaba que el otro te pidiera robar un cadáver, uno lo hacía porque de eso se trata la amistad. Oh, esperen.

En fin. Notó la preocupación de Steven respecto a lo que sabía aquella mujer, pero él se mantuvo tranquilo, tan tranquilo que parecía que no les acababan de revelar que ella podía chivarse y mandar a todos a la cárcel. No, parecía que les habían dicho que mañana llovería (lo que no sería raro, menudo clima más raro el de Londres). Tan tranquilo que incluso dramatizó que ella quería entregar a Bennington, lo que no era así, usando para referirse a Steven: “el idiota amigo”, pero en ese momento no era más que una broma para romper el hielo y ver las verdaderas intenciones de ella.

Qué guapo, ¿no? Imagina lo feliz que va a estar la ciudad cuando esté mi hermoso rostro por todos lados, le alegraré el día a todo el que vaya a mi caza —se sonrió divertido, como si ser buscado fuera un honor y no lo contrario como debía serlo. La verdad no sabía si ella estaba siendo honesta, con toda la historia de la muerte de sus padres, la traición, el tema con el Ministerio y todo eso. Es decir, a esas alturas no es que fuese algo fantasioso, pero sí que ella había estado siendo sospechosa con respecto al pasado de ellos y el de ella misma.

Puso sobre la mesa las opciones que tenían: la primera era que ella fuese honesta y quisiera saber si su hermana estaba con vida y todo eso. La segunda por otro lado, podía ser una trampa que los llevaba a la boca del lobo donde sólo los iban a atrapar y encerrar tal cual pisaran ahí. Laith era un idiota, eso nadie lo negaba, pero era un idiota de buen corazón y tenía ya la afirmación en la lengua para decirle que estaba por la labor cuando se frenó de pronto. Hubo silencio durante unos segundos mientras miraba a Evelyne, y entonces se volvió a su amigo.

Yo quería ayudar, y viene ésta y me amenaza, ¿qué debería hacer? —le preguntó a Steven bastante en serio, haciendo un ademán hacia la morena con su vaso antes de darle un sorbo, como si no le importase que ahí estaba. — A mí no me gusta que me quieran imponer, me roba toda la voluntad, ¿por qué no le borramos la memoria y ya? —en serio le había disgustado. Aunque la mujer no lo supiera, él iba metiendo las manos al fuego por extraños como si su vida no valiese nada, pero lo hacía porque él quería hacerlo. Sentirse obligado era simplemente no querer hacer nada en lo absoluto.

Estaba totalmente dispuesto a dejarle la decisión a Steven, pues por él ya no quería hacer nada. Sí, era de ese tipo de personas orgullosas que no quieren nada cuando le quitan sus ganas de hacer las cosas. Un poco susceptible era, sí, pero a pesar de ello creía tener un poco de razón. Siguió con su cerveza y las patatas, muy en su mundo, dispuesto a arriesgar el pellejo sólo si Steven consideraba que valía la pena. De lo contrario, lo arriesgaría contra aquella chica que les estaba amenazando con chivarse.
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Steven D. Bennington el Sáb Dic 16, 2017 9:07 am

¿Le incomodaba ser tachado por “el idiota de tu amigo”? En absoluto. Pero comenzaba a ser molesto que alguien pudiese mandarte a Azkaban y se siguiese refiriendo a ti con un tono tan coloquial y animado. No le agradaba ni lo más mínimo y, teniendo en cuenta que se trataba de Steven (amo y señor de las sonrisas y la positividad que hasta el polo positivo de los imanes envidiaban) aquello ya era mucho decir.

- ¿Los carteles los pondrán con fotos de rubio o de moreno? Aunque bueno, estando en blanco y negro tampoco es que importe mucho. – Recapacitó Steven mientras pensaba en voz alta. – Seguro que los de los restaurantes de comida rápida añaden a tus crímenes la estafa y el daño psicológico que les has causado por destruir sus imperios de la alimentación. – Añadió de manera exagerada. No creía capaz a un empresario asiático dueño de un local de comida china de añadir en los crímenes de un mago algo así como “el delincuente come mucho y aluina mi lugal de tlabajo”. No, quedaba raro que alguien dijese eso y mucho más que lo escribiese en un cartel de se busca con crímenes de mayor calibre al lado. Era como si bajo el nombre de Albus Dumbledore junto con sus crímenes de traición al gobierno aparecía: por homosexual y no llevar la barba bien recortada. Sería raro, sí.

Puede que aquella historia fuese verdad o fuese mentira. Pero Steven confiaba fácilmente en cualquiera – lo que había quedado claro cuando había aceptado comer con un desconocido que había conocido en mitad de la calle o con el propio Henry Kerr quien además portaba la marca tenebrosa en su antebrazo – por lo que su corazón se estremeció al escuchar la historia de aquella pobre mujer que parecía haber perdido ya todo aquello que le quedaba. En parte se sentía identificado con ella pero eso del chantaje. ¡A nadie le gusta que le chantajeen!

- Eh, a mí tampoco. – Frunció el ceño al escuchar las palabras de Laith, apoyando totalmente lo que decía.

- ¿Y quién te dice a ti que mi amiga no sea mi garantía de seguridad? Si no vuelvo, ella da el soplo. Si  alguien me borra la memoria, ella da el solo. Si alguno de los dos decide hacer el idiota… Ella da el soplo. – Sonrió.

Steven no sabía si aquello era verdad o mentira. Como tampoco sabía si toda aquella historia previa era algo cierto. Lo que sí que sabía es que por su culpa podía meter en problemas a Laith. Lo de su cara recorriendo el Mundo Mágico en un cartel de se busca no era ninguna novedad, pero lo de Laith… Arruinaría su vida y su carrera profesional. Y no solo eso, sino que quitaría a otros fugitivos la posibilidad de ser ayudados en San Mungo cuando los fieles al antiguo gobierno – o a la humanidad – iban cayendo como moscas.

- ¿Y cómo se supone que debemos ayudarte? En el hipotético caso de que aceptásemos este chantaje tan gratuito o tuviésemos un corazón que parece hecho de caramelos y nubes de azúcar y nos fiásemos de tu palabra y tu historia. Hipotético. – Repitió aquello último para que quedase claro que no pensaba hacerlo. Al menos no por el momento.

- Entrar al Ministerio de Magia. Yo entraría con vosotros pero no puedo hacer esto sola. Y nunca he entrado ahí abajo. Necesito gente que sepa cómo es el Ministerio y me diga donde buscar.

- ¿Y no te vale que te dibujemos un mapa? - Como si fuese capaz.

- Necesito tener cubiertas las espaldas.

- Llévate a tu amiga.

- ¿Y si nos descubren qué?

- Pues corres, como nos tocaría hacer a nosotros. O te llevas una pistola, un machete o lo que tu imaginación, presupuesto y leyes sobre armas de este país te permita. Pero estaríamos en las mismas si entramos, con la diferencia de que mi cara la conoce todo el Ministerio de Magia. Laith, ayúdame. – Le zarandeo para que fuese él quien siguiese discutiendo el tema con aquella mujer para hacerle ver que su plan no tenía ni pies ni cabeza. Como Jon Snow fusionado con Irene Villa.
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Laith Gauthier el Dom Dic 17, 2017 12:48 am

Miró a Steven con atención cuando este opinó sobre los carteles con su rostro preguntando con qué color de cabello iban a ponerlo y además que los restaurantes de comida iban a poner también los daños psicológicos y económicos que les causaba cuando iba a comer en ellos, haciéndolo sonreír a medio lado. — Espero que pongan fotos de mí moreno, creo que me hace ver más maduro, ¿no crees? Soy todo un encanto, un encanto letal para las industrias de comida rápida —se jactó de sus supuestos crímenes que no lo eran en lo absoluto.

La historia estaba resultando ser bastante convincente y se notaba un poco que los dos caballeros estaban por ceder y ayudarla, pero de pronto se detuvieron cuando ella los chantajeó. Una amenaza que no acababa de cuadrarles y que había echado por completo hacia atrás al canadiense quien ya no quería saber nada del tema. Se lo dijo claro y directo a Steven: no le gustaba que quisieran imponerle, y el fugitivo le dio la razón haciéndole saber que no estaba exagerando, sino que realmente tenía razón en no querer ayudar bajo esas circunstancias, no quería que lo obligaran.

Sólo hay una forma de averiguarlo, después de todo… Si nos amenazas ahora gratuitamente, no me extrañaría que no cumplas tu parte del trato y lo des igual —fue su respuesta con un ligero ademán con los hombros, restándole importancia. Es que, pensando fríamente, ¿cómo iban a confiar en alguien que no confiaba en ellos? Dicen que el ladrón siempre cree que todos son de su condición. — Podríamos cazarla también y borrarle la memoria a la amiga y todos felices y contentos —miró a Steven, no era tan difícil: le quitaban el móvil, acordaban verse por mensaje, la pillaban y ya estaba. Miren si era todo un espía secreto de las películas que planeaba estrategias magistrales.

Steven había sido un poco más blando que él, dándole el beneficio de la duda y planteando el hipotético escenario donde la ayudaban para poder ver cómo esperaba ella que lo hicieran. Miró hacia el techo mientras maquinaba dentro de su cabeza, si entraban… ¿guardarían esos registros? Nunca había sabido mucho de burocracia, pero se imaginaba que sería información obsoleta que podían usar para encender una chimenea. Una sonrisa divertida se le dibujó en el rostro con las rápidas respuestas que ideaba su colega.

Tu “plan” —hizo comillas con una de sus manos, — tiene dos fallas: primero, el Ministerio es enorme y no sé quién te crees tú que somos que te imaginas que sabemos exactamente dónde está todo, así que… sí, estamos en igualdad de condiciones, ninguno tenemos ni puta idea de dónde buscar. El segundo, evidentemente… —se incorporó, cruzándose de piernas para inclinarse hacia ella. — Vamos a pensar como el Ministerio. Tienes a estas personas traidoras que enviaste a la cárcel, gente sin valor en la comunidad que pretendes crear, ¿tú crees que van a perder su tiempo actualizando esa información? No me gusta pensar así, pero si yo fuera ellos no querría perder tiempo en eso cuando hay cientos de personas ahí fuera que tengo que cazar —era una realidad atroz, pero real a fin de cuentas. Él lo había vivido con la Ley Rappaport en Estados Unidos, después de todo, no era nada nuevo para él. — En resumen: ninguno de los tres sabemos dónde meter las narices para conseguir tu información y, encima, si lo encontrásemos tendríamos tan sólo el 40% de posibilidades de encontrarlo —y volvió a recargar su espalda en el sofá.

Porque sí. A lo largo de toda esa historia lo había estado pensando, si entrasen… ¿podría encontrar información sobre el estado de Adae? ¿Ese pequeño enano con quien tan bien había congeniado y que se llevaron los Mortífagos? No le gustaba la respuesta que él mismo se daba, pero sabía que era la más razonable. Y no es que quisiera bajar los brazos y apartar la vista, sino que a veces hay causas que más que ser causas perdidas eran causas suicidas. A él también le gustaría imaginar que llega y en un papel mágico le dicen que está bien y dónde encontrarlo, pero… no era realista. Cargaba después de todo con ese tiempo que había intentado encontrar dato alguno de su madre sin éxito como la mala experiencia y el escarmiento de no fiarse de los Ministerios.

Lo siento, de verdad lo siento, pero no podemos meter las manos al fuego y arriesgar nuestra seguridad por una persona que no tiene fe en nosotros y que ni siquiera tiene un buen plan de acción —sabía que su respuesta no le gustaba a Evelyne, pero no podía hacer nada al respecto. — Si consigues un buen plan y tú vienes conmigo, entonces lo reconsideraré, pero con este no voy a proceder —ya no hablaba por los dos sino por sí mismo. Si Steven no quería, no iba a embarrarlo. — Los papeles aquí no son de fiar, y no hay forma posible de entrar a Azkaban y salir ileso en el proceso, piensa en ello —le dijo, dando un nuevo sorbo a su cerveza.
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Steven D. Bennington el Dom Dic 17, 2017 11:50 am

¿Estaba de broma? Steven ya se había asustado varias veces al mirar a su lado y toparse con un pelo oscuro al no acordarse de que Laith había tenido la brillante idea de cambiarse el color del cabello porque… Aún no comprendía por qué ni lo comprendería. Le quedaba mucho  mejor el rubio, sin lugar a dudas.

- No, tú nunca eres maduro. Ni que fueses una pera. – Respondió con desprecio. El mismo desprecio que aparecía en las palabras de Steven sólo en compañía de Laith, pues por regla general era alguien con sonrisas para todos, comentarios amables y cumplidos. Pero con Laith era capaz de dejar salir ese carácter desenfadado y de humor cruel que, sólo el ahora moreno, despertaba  en él.

Los chantajes eran algo que no le agradaba ni lo más mínimo. Había gente que no se daba cuenta que la mejor forma de  recibir ayuda y buen trato por parte de las demás personas era con amabilidad y peticiones de manera agradable. No diciéndoles que, de no hacer lo que te piden, les arruinarás la vida. Menudos ataques tan gratuitos. Y luego era él quien no comprendía a las personas y no pillaba las indirectas. ¡Aquello era una directa en toda regla! Y una directa cargada de  chantaje.

- Tercero. No sé vosotros, pero yo no me sé el Ministerio de Magia de memoria. Es más creo que he bajado unas tres o cuatro veces y siempre he ido a las mismas zonas, así que no sabría ni por dónde empezar a buscar y, aunque lo supiese, no sabría cómo llegar ahí.

- ¿Y si consigo un mapa?

- ¿Y tú ahora qué eres? ¿Dora la Exploradora? – Tener una hija causaba daños cerebrales irreversibles, no juzgar al pobre desgraciado que se había tragado dibujos animados como para parar a un tren a base de muñecos de animación. – Porque yo soy tu mono. Ni el de Marco. ¿Marco tenía un mono? Nunca vi Marco, me daba mucha pena y además me dijeron que la madre estaba enferma cuando la encontraba, iba ya con spoiler. – Lo de haberse criado en el mundo muggle le convertía, en ocasiones, en un bicho raro. Y lo de no ser capaz de darse cuenta cuando podía hablar de una cosa y cuando no, también influía. A lo que había que sumar que Steven bajo presión era nervioso por naturaleza y más cuando lo estaban chantajeando de tal manera.

- ¿Quién?

- No  importa. No podemos entrar ahí. Nosotros también tenemos una vida, ¿Sabes? Además, dar con tu amiga, como dice Laith, no es tan complicado.

- Pero…

- Ni peros ni peras. – Negó con la cabeza. – De verdad que me gustaría poder ayudar a todo aquel que lo pide pero ni hasta con un buen plan esta idea es una locura. Además… ¿Qué ganamos nosotros? ¿Arriesgar nuestra vida? A él aún no le persiguen, arruinaría su vida por una desconocida que sólo quiere información. No es como si estuviésemos hablando de salvar una vida, sólo es saber si sigue con vida. – Le dolía decir todo aquello pero era la verdad. Tenía mucho que perder. Tenía una familia y no quería destrozar todo en lo que había trabajado por ayudar a una desconocida de la que ni siquiera sabía si podía fiarse.

- Yo… - Bajó la vista al suelo. – Lo siento. No pensé. Ya no sabía qué hacer y os vi… Te reconocí. Pensé que si os decía que os entregaría me ayudaríais pero es un plan suicida y egoísta. Siento todo este espectáculo. – Se levantó para irse de allí. – De veras que lo siento. – No era capaz ni de mirarles a la cara.

Cuando se alejó un poco, Steven se acercó a Laith para murmurar.

- No me fío ni un pelo. Vámonos antes de que acabemos metidos en un lío. – Y la bombillita se encendió. – Aunque quizá habría que quitárnosla de encima. Y también a la amiga. – Miró a Laith. – Por ti, que a mí me da igual que sepan que sigo vivo. Pero tú ya te convertirías en un traidor.
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Laith Gauthier el Lun Dic 18, 2017 11:39 pm

En una demostración de cuán maduro podía ser, le sacó la lengua al fugitivo en cuanto le dijo que no era una fruta para madurar. Era gracioso pero al final no parecían darle mucha importancia, puesto que a fin de cuentas no eran otra cosa que esas peleas tontas y casi sin sentido que siempre tenían entre ellos. Y a pesar de todo, podían sacarle algo bueno a la tensa situación, como si el tema no fuese: “Van a empezar a buscar a Laith como un criminal por ayudar a los fugitivos, lo que lo convierte en un traidor”.

Ya dije eso —miró a Steven cuando agregó un tercer fallo en el plan que era bastante parecido a lo que quiso decir con el primero, pero entonces volvió su atención a ella. Al menos hasta que Steven volvió a distraerlo. — ¿Quién demonios era Marco? Yo me acuerdo que Dora tenía un primo pero no sé si era Marco… Y eres un simio, sí, pero no se lo tienes que decir a todos —decidió molestarlo porque podía, aunque Evelyne tampoco pareció entender quién era Marco. O Dora. Pero ese no era el punto fundamental de aquella situación.

Cerraron tajantemente el tema con la mujer para que supiera que no iban a ayudarla con un plan que se notaba de lejos no estaba premeditado. Ser un kamikaze no era lo mismo que ser un suicida: los primeros tenían un motivo y una estrategia para poner la vida en el ruedo. Ser suicida era lanzarse con un plan así de improvisado y ser atrapados en cuestión de segundos, morir por morir y nada más.

¿Qué tienes con las peras hoy? —le preguntó de pronto, ya era la segunda vez que oía a esa fruta en la conversación. Aunque tenía que admitir que hasta Steven era lindo cuando se ponía serio hablando sobre no arriesgarse más de la cuenta, aunque no podía pensar de más en eso y tenía que concentrarse en el tema en cuestión. — Nos gustaría poder hacer más, de verdad que nos gustaría —porque si aquella historia era cierta, la verdad es que le dejaba una horrible sensación saber que no podía hacer nada al respecto, muy por encima de que la mujer sin tacto los hubiese intentado chantajear.

No quería pensar mal de ella, realmente quería creer que en serio era una mujer preocupada por su hermana, lo que era comprensible. Y sí, sus modos no habían sido los más adecuados pero… ¿no hacía la gente lo que podía por los que amaban? Steven, por ejemplo, pedirle robarse una identidad para él con el fin de meterse en un colegio de locos para cuidar de su hija. Que era una locura, sí, pero era lo que estaba a su alcance para hacer.

Define quitar de encima… que mira yo no quiero que me acaben encerrando por homicidio, eh, ¿aunque cuenta como…? Olvídalo, soy un mal hombre, vamos —se puso de pie, pagando el consumo antes de salir del bar. La mujer también había salido y se aseguró de tomar una distancia prudente al seguirla, mirando de reojo a Steven. — ¿Tienes alguna idea para encontrar a la amiga? Se me había ocurrido usar el teléfono de Evelyne, pero… en mi mente suena como una buena idea pero creo que es algo surrealista, ¿y si nos dieron nombres falsos? —le fue contando lo que había estado pensando hasta entonces, formas de encontrar a la amiga que ya hace tiempo se había marchado.

Habría podido molestar un poco a Steven con el tema de su preocupación por su libertad y su imagen al gobierno, pero no lo hizo, no se le ocurrió. Probablemente porque estaba de verdad incómodo con saber que alguien que no era de fiar tenía información comprometedora sobre él; si bien nunca le había parecido importar que lo vieran con Steven, de ahí a que realmente su imagen peligrase había un trecho enorme que lo tenía a la búsqueda de cómo pillar a Evelyne a solas y encontrar a la amiga.
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Steven D. Bennington el Miér Dic 20, 2017 4:44 pm

Para Steven saber que Evelyn se creía Dora la Exploradora o por el contrario pensaba que era el mono de Marco era un tema trascendental en su vida que, muy probablemente, le quitaría el sueño aquella noche. No, en verdad no. Pero era incapaz de hablar de una manera totalmente seria, algo que debería cambiar si quería entrar en Hogwarts y pasar desapercibido como un profesor más dentro de algo tan enrevesado como era aquel castillo donde ahora primaba la crueldad por encima de la coherencia y el aprendizaje de los alumnos.

- El niño del mono. El que vivía en un pueblo italiano al pie de la montaña, en una humilde morada y se levantaba cada mañana para ayudar a su madre. Pero claro, un día la tristeza llegó hasta su corazón porque su madre se tuvo que ir a otro país lejos de ahí y empezaba a decir que la echaría de menos y no recuerdo mucho más. Pero tenía un mono. – Sí, el dato del mono era lo más importante de todo. – Tengo un amigo que tiene dos monos. – Añadió mencionando a Drake.

Siempre había sido un inconsciente que se acababa metiendo en problemas que no le correspondían. Pero en aquellos momentos tenía más que perder que nunca. Suficiente ya había perdido con los Mortífagos ostentando el poder como para encima arriesgarse a poner su tan elaborado plan a merced de aquella desconocida. No, no. No iba a perder la oportunidad de volver a pasar tiempo con su hija Alexandra por cometer la locura de colarse en el Ministerio de Magia sin peros ni peras. Y sin planes.

- Perdona. – Añadió Steven en un tono de voz tan bajo que, posiblemente, sólo lo hubiese escuchado el propio cuello de su camisa.

Steven abrió los ojos de par en par al escuchar aquella locura salir de la boca de Laith. ¿Cómo le veía a él capaz de matar a alguien? Por Merlín, a él que había conseguido una identidad falsa buscando a un mago que estuviese moribundo para no tener que acabar con nadie. Evidentemente no haría nada que pudiese dañar a otra persona, al menos no tan gratuitamente. Aún se veía incapaz de ejercer cualquier tipo de daño físico con su varita en caso de que la situación lo requiriese en Hogwarts.

- Mal pensado. – Dijo Steven animándose a caminar tras Evelyne manteniendo una distancia prudencial.

El castaño avanzó codo con codo con Laith en completo silencio, sin contestar sus preguntas anteriores porque no sabía siquiera que decirle. No, no tenía ni idea de cómo encontrar a la amiga. Y sí, era probable que les hubiesen dado nombres falsos y ahora estuviesen más perdidos que un pulpo en un garaje. Pero, a aquellas alturas, ¿Qué podían hacer? Nada salvo esperar. Nada salvo intentar dar con Evelyne y borrarle la memoria, aunque eso significase que su compañera estuviese por ahí.

- ¿Lo escuchas? – Preguntó Steven. Sí, el medio sordo. Porque no oía nada. Era la típica frase de película que quería decir. Al igual que subirse a un coche y gritar “siga a ese taxi”. Algún día llegaría ese momento, pero aún no. – Es broma, mira. – Señaló a Evelyn, quién torcía a la derecha para  subir las escaleras en dirección a la entrada de un edificio antiguo de las afueras.

Steven ya sujetaba la varita en su mano cuando abrió la puerta con cuidado y lanzó un hechizo sobre sí mismo para aumentar sus sentidos, algo que no funcionaba demasiado bien en el caso de su oído ya que este venía con defectos de fábrica.

Había una larga escalera que llevaba a los pisos superiores, unos buzones en mal estado y un ascensor cerrado por avería. La portería estaba abierta pero el trabajador que se encargaba de regular la circulación de inquilinos dormía plácidamente con la baba cayendo por su boca y mojando el suelo, donde incluso había dejado un charco.

Steven comenzó a subir las escaleras  y, dado que no podía escuchar bien, no fue consciente de que podían escucharse unas voces por encima de ambos. A no demasiada distancia.

-  ¿Te han creído?

- Creo que sí, pero aún así se han negado a ayudarme.

- ¿Volvemos a por ellos?

- Creo que sería mejor avisar al Ministerio de Magia. Al menos así liberarán a mi hermana como prometieron. Un fugitivo a cambio de otro.

- Siempre que mates al traidor que le ayuda.

- Es un bajo precio por la vida de Sarah.

Steven oía murmullos pero era incapaz de  identificar aquello como una voz, por lo que frenó para  mirar a Laith.

- ¿Qué suena? - Susurró sin comprender muy bien lo que pasaba escaleras arriba.
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Laith Gauthier el Vie Dic 22, 2017 4:07 am

Miró a Steven como si pensase: “¿De qué me está hablando este hombre?” cuando se puso a contarle del italiano del mono que vivía en una morada y todas esas cosas que no le sonaban de ningún lado. Y, como si fuese lo más importante del mundo, le comentó que un amigo suyo tenía dos monos. — ¿Uno de ellos eres tú? —le preguntó con aparente inocencia, aunque el tema pronto tuvo que volver a su seriedad. Bueno, tan serio como podía serlo un tema con ellos dos, que también podía llegar a ser pedir demasiado un tema suficientemente serio con esos dos de por medio.

Luego de la charla con la mujer, las palabras se le escaparon de la boca y tan pronto notó la estupidez que estaba diciendo guardó silencio para disponerse a lo verdaderamente importante: seguir a Evelyne e impedir que los metiese en problemas. Llevaban una distancia prudente para no ser detectados en su persecución, mirando de reojo a Steven cuando preguntó si escuchaba alguna cosa, aunque no hubiese ocurrido ningún ruido raro, y vaya que él debió haberlo oído si el medio sordo supuestamente lo había escuchado. Pero pronto se dio cuenta que sólo era medio tonto y hablaba en broma.

No hagas ruido —le dijo, siguiéndola hasta las escaleras y entrando también, sacando su varita de su manga para poder usar el mismo hechizo que Steven usó en sí mismo. Entrecerró ligeramente los ojos cuando empezó a oír palabras justo sobre ellos, moviendo su cabeza para señalar su oreja derecha hacia el techo ligeramente. Extendió una mano hacia Steven para llamar su atención y se llevó el índice a los labios. — Las encontramos… y no son de fiar, quieren entregarte —susurró, como si le preocupase que el sentido potenciado pudiese pasarse hacia ellas y escucharlo.

Si era honesto, se sentía algo decepcionado. Que se lo esperaban, sí, pero eso no evitaba que siguiese decaído. Le gustaba pensar lo mejor de las personas y ver a alguien tan ruin como para arruinarle la vida no a una sino a dos personas por un motivo más bien egoísta era triste. Y quizá lo comprendería si el trato fuera de fiar pero… pobre ilusa si pensaba que iban a liberar a su hermana en caso de que llegase a entregar a su amigo. No iban a soltarla y si no tenía suficiente suerte también la encerrarían a ella, la propia Evelyne, sino algo peor.

Creó un muta silentia en los pies de ambos para evitar que hiciesen ruido al caminar. — Ven, no hagas tonterías —le susurró, comenzando a subir las escaleras para llegar al piso superior. Se adelantó al fugitivo mientras iba escuchando, tratando de detectar exactamente dónde se encontraban las dos mujeres. Le hizo un gesto de silencio nuevamente cuando encontró la puerta donde se encontraban, oía perfectamente sus planes sobre cómo encontrarle y matarle para dejar el camino libre para llevarse a Steven. ¿Estaba mal que se sintiese tan decepcionado por una completa extraña? Le hizo una indicación a Steven y abrió la puerta.

Inmediatamente apuntó a Evelyne y un hechizo salió de su varita. La mujer cayó al suelo petrificada, Laith incluso sintió un poco de pena del menudo golpe que tuvo. Quedaba la amiga que más temprano que tarde reaccionó tomando un jarrón y lanzándoselo al par. El sanador se cubrió con el antebrazo para evitar que le diese un jarronazo en pleno rostro. No creía que hubiese nadie más que aquellas dos mujeres en una habitación más bien pequeña. Parecía ser un pequeño departamento o más bien una habitación de hotel, difícil de decir ya que al menos el sanador no se detuvo a mirar la fachada del lugar.

Steven, que no se escape —le dijo, dándole un pequeño empujón a su amigo para mandarlo tras Kirstie, o al menos tras la rubia que les había dado ese nombre al momento de presentarse. Ella corrió hasta encerrarse dentro de una habitación que era presumiblemente un baño. Laith sólo esperaba que no se le ocurriese salir por alguna ventana o algo parecido, así que se acercó a la ventana de la habitación para ver si podía ver algo.
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Steven D. Bennington el Vie Dic 22, 2017 8:04 pm

Desde que el gobierno mágico había cambiado por un régimen similar al nazi con la diferencia de tener en el mando a una pelirroja sin alma en lugar a un hombre bajito con un bigote raro, la vida de Steven había cambiado mucho. Pero a pesar de los cambios conservaba su peculiar – por no decir algo peor – sentido del humor. No importaba cuanto pudiese torcerse una situación que Steven mantendría en todo momento esa forma de ser despreocupada que buscaba encontrar un aspecto positivo sin importar el dónde, el cómo el por qué. Por lo que una situación en la que se veían metidos de mierda hasta las rodillas – por suerte, no literalmente – no iba a hacer que la sonrisa inocente abandonase su rostro. Todo lo contrario. Aquel golpe de adrenalina sin previo aviso hacía que su sonrisa se mantuviese en su rostro pero esta vez más fruto del nerviosismo y el desconocimiento que por otra razón.

Steven no hizo ruido. O, al menos, no se escuchó a sí mismo hacerlo, lo cual no decía mucho de cómo habían sido sus pasos. Pero por suerte las dos chicas que hablaban escaleras arriba no eran conscientes de que tanto Laith como Steven estaban a un par de metros de distancia escuchando cada palabra que salía de la boca. Bueno, Laith lo hacía. Steven sólo estaba de cuerpo presente y pronto empezaría a asentir y sonreír para fingir que estaba enterándose de algo.

- Serán hijas de… - Pero no dijo nada. Guardó silencio. Las palabras malsonantes se mantuvieron ancladas en su garganta aunque quería soltarlas a voz en grito en dirección hacia aquellas dos  malnacidas que querían venderlo como si fuese ganado. ¡Ganado! Una vaca, un cerdo, una oveja. Que desfachatez.

Avanzaron escaleras arriba hasta la habitación donde Laith había deducido que se encontrarían. Por su parte Steven andaba más perdido que un pulpo en un garaje al no tener referencia de dónde provenía el sonido porque ni siquiera llegaba a alcanzar a oírlo. Frunció el ceño y apretó la varita entre sus dedos.

- Yo nunca hago tonterías. – Susurró como si aquellas palabras guardasen algo de razón en su interior y comenzó a seguir al chico hasta que este petrificó sin previo aviso a la morena. Steven hizo que el jarrón que Kirstie lanzó saliese disparado en otra dirección y estallase contra una pared en lugar de siquiera rozarlos. Se hizo añicos y cayó al suelo, a pocos centímetros del cuerpo petrificado de su amiga.

La rubia salió a toda velocidad en dirección a una puerta cerrada y, tras abrirla, volvió a cerrarla para encerrarse en ella.

Steven, que era alguien paciente, caballeroso y que rara vez usaba la varita para atacar a otras personas (especialmente si estas carecían de magia) llamó a la puerta dos veces. Inocente de él, que después de que quisieran entregarle a la justicia se estaba comportando como una buena persona.

- Kirstie, soy Steven. – Dijo lo evidente. Llamó otras dos veces. – Te hemos visto entrar ahí dentro, te estoy oyendo. – Mentira, no oía una mierda. Pero eso era algo que no necesariamente tenía que decir. – Vamos a hablar, ¿Quieres? Ninguno tiene que salir herido de aquí,
confía en mí.


- ¡Habéis matado a Evelyn! No pienso hablar con ninguno de vosotros. – Gritó la mujer desesperada mientras intentaba abrir la ventana del baño, pero no pudo. Estaba demasiado dura y ni siquiera podía entrar por ella debido a su pequeño tamaño en caso de conseguir abrirla.

De un golpe con la escobilla rompió el cristal del baño y cogió dos pedazos, uno en cada mano. Ya estaba armada, y si abrían la puerta no dudaría en utilizarlo.

- ¿Qué ha dicho? – Dijo en un susurro en dirección a Laith, pues Steven teniendo una conversación a través de una puerta era más inútil que un Hufflepuff respirando.
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Laith Gauthier el Vie Dic 29, 2017 5:07 am

Era aberrante ver cómo las personas podían vender a otras como si sus vidas no fueran suficientemente valiosas. Como si unas vidas valieran más que otras sólo por el hecho de que a unas las conocían y a otras no. Como ese caso hipotético del botón que al presionarlo pasaba algo muy bueno pero matabas a cientos de personas que no conocías. Algo parecido pero a menor y real escala. Incluso Steven, que con todo el mundo menos con él tenía un carácter agradable, sintió la necesidad de despotricar contra las dos mujeres, y no era para poco. No sólo entregarlo sino matarle a él también por su hermana... Equivalente no era.

Una vez que entraron a la habitación en donde se encontraron, petrificó a Evelyne sin pensárselo dos veces. Se protegió con el brazo del jarrón, pero Steven reaccionó primero lanzándolo a otra dirección distinta a la de ellos evitando que los golpease. Y, contra todo pronóstico, cuando la otra chica se encerró en la puerta Steven tocó la puerta de forma casi caballerosa para hablar con ella como una persona decente. ¿De verdad, Bennington? ¿De verdad quieren entregarte a una muerte horrible y segura y tú tocas la puerta? Ni siquiera Laith era así de benevolente, él con toda seguridad habría aplicado esa técnica milenaria de las películas y la abriría de una patada. O con magia, también.

¡Tío, ¿en serio?! —se quejó entre dientes mientras giraba los ojos. — Ha dicho que eres un idiota, hazte a un lado —le dijo. Entonces se dio cuenta que realmente tenía que tranquilizarse. No quería hacer un drama realmente por aquello, quería calmarse y hacer las cosas bien. Pero cuando iba a abrir la puerta escuchó el crujir del cristal rompiéndose. — Kirstie, no matamos a Elevyne, ¿sigues ahí? Tranquila, ella está bien —sí, también optó por tomar el lado de la tranquilidad y no hacerla alterarse todavía más. No sabía si había escapado o qué había roto, asomándose por la ventana de nuevo, no parecía estar saliendo por ahí.

Regresó a la habitación, con su varita abrió la puerta, pero no la empujó todavía. Miró a Steven, creía que seguía dentro de la habitación pero no iba a dejarse atrapar así como así. No quería hacerle daño, ellos no eran como ellas. — ¡No te creo! ¡Ustedes la han matado, asesinos! ¡Lárguense de aquí! —les amenazó, con los cristales en sus manos esperando que esos dos intentasen llegar a ella, estaba preparada para atacarlos.

Ten cuidado, si quieres encárgate de Evelyne —le dijo en voz baja a Steven. No quería tocarle la mente a nadie, así que mejor que aquel otro se encargase. Realmente le disgustaba la idea de jugar con la mente de las personas o que otras toqueteasen la suya. Entonces abrió la puerta repentinamente, que ya no tenía pestillo por el hechizo. Kirstie sin pensárselo dos veces se lanzó a él con los cristales por delante. Consiguió lastimarle el brazo derecho al sanador, el que había metido para recibirla por ser zurdo y tener su zurda ocupada con la varita. Le sujetó una mano, su mano llena de cortes con ella clavándole el cristal para que la soltara hasta que consiguió hacerle una llave, apuntándola con la varita al cuello. — Suelta el cristal y tranquilízate, todo estará bien.

Había conseguido hacerle soltar uno de los cristales, el de la muñeca que le tenía sujeta, era una mujer dura de pelear, tanto que con su otra mano incluso siguió intentando lastimarlo hasta que la sujetó por las dos manos a la espalda. Podía curarse, así que no parecía nada preocupado por las heridas que había llegado a hacerle.
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Steven D. Bennington el Dom Ene 07, 2018 1:52 pm

¿La frase "de bueno eres tonto"? Una representación perfecta de lo que era Steven. Y es que el chico había ido a parar a la casa de las águilas - esa que afirma que elige a los inteligentes y más curiosos, los que tienen predilección hacia la sabiduría, aquellos con una mente dispuesta - pero cualquiera que le conociese bien podía decir que era un perfecto Hufflepuff por su lealtad y bondad. Pero no era así. Steven se movía por la bondad, por las segundas oportunidades pero, aún así, tenía una mente fría para momentos como aquellos. Y si estaba actuando con tranquilidad e incluso buenos modales (especialmente teniendo en cuenta que aquellas dos mujeres les habían dado un aviso de que morirían para que ellas consiguiesen lo que venían buscando) era precisamente porque a veces se cazan más moscas con miel que a base de golpes. Ahí estaba la verdadera razón por la cual Steven parecía tener un rostro angelical, poner siempre la otra mejilla y mostrar la bondad por cada poro de su piel. ¿Quién desconfiaría de alguien como Steven Benningon? Hasta alguien menos inocente que él (es decir, cualquier persona) lo haría. Incluso alguien que quisiese su cabeza clavada en una pica. Steven podía ser inocente para muchas cosas pero no en lo referente a defender a aquellos que le importaban. Y Laith le importaba.

- Ah, que amable. - Lo malo de tener una puerta entre ellos era la incapacidad de Steven para escuchar algo de lo que estaba sucediendo al otro lado de la puerta. No es que su audición estuviese del todo dañada, sino que tenía problemas para poder escuchar sonidos tan bajos y más cuando no contaba con el apoyo visual de ver el movimiento de los labios que, al otro lado, Kirstie hacía al hablar.

Miró a Laith con cara de pocos amigos totalmente convencido que Kirstie no había dicho nada de eso. Nadie iba por ahí insultando de una manera tan gratuita a Steven, sólo Laith.

- ¿Y de verdad qué ha dicho? - Preguntó en un susurro para que Kirstie no pudiese escuchar lo que estaba diciendo. El no esuchar lo que sucedía al otro lado de la puerta era una debilidad e incluso el hecho de oir susurros podía hacer que Kirstie diese un paso en falso en un acto de nerviosismo pero también cabía la posibilidad de que al actuar a la desesperada fueran ellos los que podrían sufrir algún daño.

No tuvo mucho tiempo para preguntarle más a Laith y descubrir que era lo que verdaderamente había dicho, pues fue él quien se colocó delante de la puerta con la varita elevada e intención de pasar al otro lado para ver a Kirstie. Y no precisamente para darle las buenas tardes.

Por su parte, Steven se mantuo aen cierta distancia prudencial, acercándose hasta el cuerpo de Evelyn y colocándose de rodillas a su lado. Aún con la varita en la diesta, golpeo la cabeza de la chica haciendo que cayese inconsciente para, seguidamente, despetrificar su cuerpo. Sus manos dejaron de estar pegadas a ambos lados de su cuerpo para caer al lado de este cual peso muerto. Sus piernas se despegaron y quedaron en una postura incluso relajada mientras yacía inconsciente en el suelo. Su cabeza se arqueó ligeramente hacia el lado izquierdo por su propio peso y su cabello cayó en cascada a ambos lados de su cabeza. En su rostro se destensaron los músculos hasta tomar un gesto mucho más relajado, como si acabase de quedar profundamente dormida y soñase con lugares lejanos y amigos que hacía mucho tiempo que no veía. Aquello hizo respirar más tranquilo a Steven quien, a pesar de todo, no quería causarle ningún daño a aquella mujer y el hecho de verla feliz - o, al menos, algo parecido a ello - le hizo sentir ligeramente aliviado.

La varita del mago se alzó se nuevo y esta vez el hechizo fue directamente al interior de la mente de Evelyn. Borró cada recuerdo de sula propio rostro en la memoria de aquella chica que tanto ansiaba darles caza. Borró cada rastro de Laith en sus recuerdos. Incluso el barcuerpo que había visitado y delno que Steven era cliente habitual quedó rápidamente sustituido por un simple garito en mal estado, con las sillas hechas trizas, los precios por las nubes y una cerveza que bien podría ser confundida con meado de gato hasta para el más experto en aquella bebida de cebada. Mantuvo la compañía de Kirstie en su memoria e incluso le brindó la oportunidad de haber ido a aquella casa después de una noche divertida con su supuesta compañera de trabajo en la que ambas habían terminado por convertirse en algo más que simples trabajadoras del mismo antro para enlazar sus lenguas - e incluso llegar a avanzar un poco más - en la intemperie de aquel lugar.

El ruido que Kirstie y Laith hacían le desconcentró haciendo que elevase la vista en busca del foco del sonido. Elevó la varita pero ningún hechizo salió de esta. No podía arriesgarse a dar a Laith cuando la otra chica tenía aquellos cristales en las manos que podían suponer todo un peligro si dejaba fuera de combate a Laith. No fue hasta que el chico se hizo con el control de lala situación cuando Steven lanzó el hechizo que hizo que Kirstie quedase inconsciente aún entre los brazos de Laith.

- Le cambio los recuerdos también a esta y nos largamos antes de que alguien nos mate. - Afirmó el castaño muy seguro de su mala suerte, avanzando hasta donde Laith sujetaba a Kirstie y haciendo, exactamente, la misma modificación en sus recuerdos. - Habría que despertarlas antes de irnos. Que no nos vean, claro. - Añadió antes de arreglar el espejo del baño y encargándose del resto de desperfectos que sino peculiar encuentro había acarreado.
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Laith Gauthier el Mar Ene 09, 2018 7:17 am

Se tentó de la risa en cuanto Steven volvió a preguntarle qué había dicho aquella mujer encerrada, adivinando que el insulto gratuito se lo había hecho él. Pero ya habría tiempo de dar explicaciones, había que poner en marcha el plan “dividir y conquistar”, haciéndolo ir a cambiarle los recuerdos a la mujer mientras él se encargaba de sacar a Kirstie de su encierro donde ella se sentía tan segura. Es más peligrosa una criatura asustada y propensa a atacar, por lo que adivinó qué iba a suceder cuando oyó la ruptura de algún vidrio. O había salido por la ventana o había roto un espejo, no había otras alternativas.

Tal y como lo había sospechado, cuando Kirstie se descubrió encerrada y acorralada, atacó al hombre que abrió la puerta. La contuvo lo mejor que pudo, no sin llevarse más de un araño con aquellas improvisadas armas, la mujer gritaba en un himno de guerra, removiéndose entre la sujeción del sanador queriendo conseguir ser liberada mientras lo lastimaba, pese a que no lo consiguió. Steven en cuanto pudo le ayudó dejándola inconsciente en sus brazos, los cuales se sujetaron a ella para no dejarla caer al suelo como un saco de patatas sino que la dejó ahí despacio y sin hacerle daño.

Creyó que matamos a Evelyne —le dijo, finalmente dándole la respuesta que esperó desde hace un rato. Él se había dispuesto a curarse las heridas que le había causado el espejo, mira que usar un espejo como arma… — ¿Qué sugieres? ¿Un balde con agua fría? Sería divertido, yo voto por eso —se sonrió, con renovado buen ánimo después de que casi les ponen las vidas en riesgo aquellas dos brujas (y de las malas, no de las que hacen magia). — Me pregunto por qué siempre acabo en problemas cuando estás conmigo —murmuró aquello, pero tenía una sonrisa divertida en el rostro. La vida es un poco más bella cuando tu seguridad no depende de dos mujeres.

Cerró con su varita sus cortes tras asegurarse de que no hubiese quedado ningún trozo de cristal dentro de su piel, dejándola como nueva. Todavía le sabía mal dejarlas a su suerte, en cierto punto de él comprendía las motivaciones de Evelyne, aunque eran imprudentes y muy extremistas. Limpiaron todo el destrozo de la habitación antes de que Laith inspeccionara los bolsillos de ambas mujeres hasta encontrar un teléfono móvil, colocando la alarma del teléfono para dentro de un par de minutos, dándoles tiempo de salir de ahí y alejarse del edificio, colocándolo cerca de la cabeza de Evelyne para que la despertara el sonido.

Vamos —le hizo un gesto con la cabeza a Steven, mirándolo a ver si no tenía algo más que hacer. — Necesito un café francés con triple seco —suspiró, preguntándose dónde podría encontrar dicha bebida, con una mano en el bolsillo de la chaqueta. — ¿Te digo una cosa? No recuerdo si en algún momento te lo conté, pero… mi madre desapareció poco luego de que yo llegase —miraba hacia el frente, como si lo que dijera no fuese otra cosa que hablar del clima. — Siempre sospeché que estaba en la cárcel, por el tema de la Ley Rappaport… Cuando tuve edad de buscarla, no había dato alguno que sirviera, todo tan burocrático y entre tantos papeles ninguno decía nada, no tuve acceso a los que daban información relevante… Incluso alguna vez pensé en hacer que me arrestaran para indagar desde dentro… Si hubiéramos accedido, jamás hubiésemos encontrado lo que buscábamos —le contó, más como un dato curioso sobre su persona que como un desahogo.

Quizá era que seguía dándole vueltas a que tal vez, sólo tal vez, habrían podido ayudar. Pero no, su lado racional sabía que no hubieran podido hacerlo, y decirlo en voz alta le ayudaba a comprender que realmente no era una opción arriesgar el pellejo por una causa así. Había otras que no estaban perdidas, como la loca idea de Steven de entrar en el colegio, pues a pesar de que era casi irracional, estaba buscando algo tangible: una niña que no podía estar en otro sitio sino en las paredes del castillo.

¿Sabes algo? No sé si sólo eran mis amigos que eran muy tontos, pero… Cuando estudiabas en el colegio nomaj, que asumo que lo hiciste, ¿no contaban historias de que el colegio había sido un cementerio y tonterías del estilo? ¿Qué pensaste cuando llegaste al colegio y te topaste un fantasma? —le preguntó de repente, sin ningún aparente motivo, simplemente lo recordó de la nada y consideró que era un buen tema de conversación. Porque él recordaba aquello y la frustración de no poder mencionar que en su colegio realmente había fantasmas yendo de aquí a ahí haciendo cosas y charlando. Mientras tanto, seguía buscando dónde conseguir la bebida que quería.
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