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Let the show start [Priv. Ryan Goldstein]

Sebastian E. Winterburn el Mar Dic 05, 2017 6:41 am

Viernes 8, 2017.
Cardiff, 13:40pm.
4º, nublado.

Hace cuatro días ya que había recibido aquella curiosa carta. Un hombre que firmaba como Ryan Goldstein le había pedido encontrarse para una sesión fotográfica en Cadiff, cuando comenzaba la gira del circo. Había tenido que visitar la ciudad antes para poder observar dónde se encontrarían para ultimar detalles, eligiendo una cafetería cerca de la estación de tren, pues había elegido ir por ese medio de transporte por el mero hecho de que no tenía prisa alguna de llegar. Entonces le escribió de vuelta para hacérselo saber, la hora y la fecha del encuentro.

Por ello fue que esa misma mañana tomó su cámara profesional mágica y salió con dirección a la estación del tren. Normalmente usaba su cámara muggle para su disfrute personal y para el trabajo usaba una cámara mágica que daba movimiento a las fotografías por sí misma, dando las bien conocidas fotos versión “gif”. Dejó comida a Dager, pues estaba considerando que iba a llegar tarde a pesar de que el regreso daba por hecho de que iba a regresar por medio de una aparición. Suponía que era la mejor idea pues no pretendía meterse en un tren dos o tres horas antes de llegar a su casa.

Llegó a la cafetería mientras arreglaba algunas cosas de su cámara, no había mirado el itinerario del circo, no era precisamente de su interés y por hobbie no iría. Su vida se limitaba en la universidad, la fotografía y su trabajo. Aprovechó que ese día no tendría clases para poder movilizarse a la ciudad de Cardiff, donde comenzaba la gira del Imaginarium Circus en su travesía por Reino Unido. Decidió tomar un buen desayuno en esa cafetería y leía un libro sobre leyendas relacionadas con las runas mientras tanto.

Se le fueron las horas, la verdad es que no sabía bien cómo era el hombre al que estaba esperando. Le había dicho qué tipo de ropa vestiría y un poco de su físico para que supiera reconocerlo, lo que no sería difícil por la cámara encima de la mesa. Estaba odiando ese estúpido contrato por hacerlo salir de casa con tanto frío, pero un hechizo mantenía su ropa cálida y agradable para la piel, cuando no era precisamente bueno para mantener el calor de forma natural. También tenía escondida su varita por su acaso le hacía falta, ya que estaba encontrándose con alguien con quien nunca había hablado.
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Ryan Goldstein el Miér Dic 06, 2017 5:11 am

Se había quedado dormido, eso parecía. El rubio aquel, el del flequillo revuelto. Y sonrisa encantadora. Vaya que la tenía. Pero quedaba un poco de desesperada referirse a él partiendo de su encanto para describirlo. Lo propio, en esos casos, era señalar otra cosa, como obviando completamente el hecho de que se había quedado prendada de sus ‘Buenas tardes’ apenas entró al café. Denise lo miró por encima de las mesas, por enésima vez. No había querido molestarlo sacudiéndole el hombro. Era normal, que luego de pedir su café con medialunas con torta con bollos rellenos con tarta de la casa se echaran una cabeceada y a dormir se ha dicho. No había querido despertarlo tampoco porque le alegraba la vista. Esos pequeños placeres, que se te suben por la piel. Por su parte, la dueña, a sus cuarenta y divorciada, admitía sin pena que los traseros jóvenes le hacían el día (porque mira que los clientes habituales eran tan sosos y deprimentes). Y dale con los comentarios subidos de tono. Denise suspiró aburrida y un poco, sólo un poco, enamorada. Pero no era una desesperada, podía estar tranquila de ello. El rubio encantador era sólo ‘el caballero despeinado’, nada más.

—Hola, de nuevo—saludó Denise, distraída, con la libretita de pedidos en la mano y los ojos en otra parte. Suspiró, de nuevo—. ¿Te sirvo algo más?—preguntó, clavada una sonrisa falsa en su rostro de poco o nada interés. Una mueca que de tan mecánica, se hacía espantosa. Diríase que la dueña se la había agarrado con ella o que ese día era de perros y sólo eso. Claro que un latido de vida golpeaba en ella cuando volteaba la mirada. ¿Anhelante?, ¿qué buscaba en esa dirección?—Está bien—dijo por último, con la cabeza en las nubes. Y se fue, arrastrando los pies.

Ryan se desperezó, llevándose las manos a la cara. Dios. Merlín. Algún dios de Grecia. Lo que fuera. ¿Qué hora era? Se revolvió la melena en un gesto y sacó su reloj de bolsillo. Bien. La carta. La cita. El fotógrafo. Las ideas lo tocaron en algún punto de la mente, llegando hasta él como una sensación lejana, arremolinándose en su cabeza. Sonrió. Podría pedirse otro café.

Se estiró hacia atrás con el brazo en alto para captar la atención de la camarera y una mano en la barriga, como si aquel fuera el sofá de su casa. Era un sitio agradable, tenía que admitir. Había llegado horas antes de lo acordado. Y lo habían atendido de maravilla, con todas esas delicias que no tardó en llevarse al paladar. Podría pedirse otra tarta también. Fue justo mientras lo pensaba, que al voltear el rostro, se topó con aquel libro. Ah. Se había girado a medias para ubicar a la muchachita simpática que iba por las mesas, pero casi se vio abordado cuando ella apareció junto a él, al instante. No valió de nada, porque Ryan no le dedicaba a ella su sonrisa. Reconoció al universitario, y se sonreía de su propio hallazgo. Sabía que tenía una cámara, y no mucho más. Así que ese era Sebastian Winterburn. Tanto mencionarlo, y allí estaba. ¿Hacía mucho que esperaría?

Tamaño desencuentro, decepcionó a Denise, quien incluso llamando su atención, se sintió desplazada. Insistió.

—¿Has dormido bien? Si quieres puedo servirte alguna otra cosa y…

—¡Una tarta!—respondió, entusiasta, cual niño grandote y feliz. Esa actitud abierta hizo que ella se sonriera—Y otro café, gracias—Tomó su bolso. Ese que una mirada suspicaz y alarmada en torno a las mesas había visto moverse más de una vez. ¿Es que llevaría algún animal dentro?—Me lo sirves en esa mesa de allí, ¿está bien?—agregó, señalando al fotógrafo con un ademán de la cabeza—Mi amigo me espera.

—Oh, seguro, claro. Enseguida. ¡Marchando!

Ryan pensó que era simpática. Por enésima vez.

—El fotógrafo—saludó, plantado al lado de su hallazgo. Se desprendió del bolso, ocupando sitio, ocupando la mesa. Y se volvió para tenderle la mano—Goldstein—indicó. Estrecharle la mano fue sólo un gesto rápido, y tomó asiento. Al encararlo, se lo quedó mirando. Era muy observador. Y tenía ese amago de curiosa sonrisa en su boca. Y los ojos, cansados. Parecía que no iba a agregar nada y estar allí, mirándote con los codos sobre la mesa y la barbilla apoyada en un puño, hasta que salió de su ensimismamiento para sacar un sobre abierto del revés de su chaqueta de jean y pasarle la carta. Sería que era de esas personas, que se tomaban su tiempo, reposadas, tranquilas, y ligeramente molestas con tanta silenciosa curiosidad en la mirada—Es una carta de recomendación. De Vera Goldstein. Me la mandó a mí, pero creo que está más dirigida a ti. Pone cosas muy halagadoras—señaló, ligeramente pícaro. Y se apoyó en el respaldo, acomodándose en su asiento—Es mi prima. Actualmente vive en Rusia. ¿Quieres que te pida algo? Tienes que probar la tarta. ¿Has esperado mucho? (Lo siento si ha sido así) Ahora, hablemos de tu trabajo.

Ryan hurgó en su bolso (¡oh!, jurarías que habías oído un gruñido por lo bajo, ¿tú imaginación?) y sacó una cámara. Sí, iría adelantando cómo harían las cosas.

—Has traído tu cámara, veo. Pero usarás esta—La colocó en el centro de la mesa. Luego, sin dar muchas explicaciones (ninguna, la verdad), se vio interesado en el libro que el otro llevaba consigo y estiró su mano, pidiendo permiso sólo con el gesto—¿Me dejas mirar? Parece interesante.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Sebastian E. Winterburn el Vie Dic 08, 2017 1:50 am

A Sebastian le importaba poco o nada lo que aquella mujer hiciera o dejara de hacer. Cuando llegó, ni siquiera la miró al rostro para mirar su falsa simpatía. — Más café, por favor —le dijo, tomando la taza para hacérselo entender, sin siquiera apartar los ojos de su libro. Estaba ensimismado, suspirando de vez en cuando, cualquiera que lo mirase sólo pensaría que era un poco friki por el tema de su libro. Llegó de nuevo Denise para rellenar su taza, la que bebió inmediatamente luego sin preocuparse por endulzarla ni nada parecido, siquiera por el casi abrasante calor que desprendía.

No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado sentado, metido en su propio mundo hasta qu finalmente alguien llegó a su mesa. Alzó la mirada y le apretó la mano al encontrarse con la suya, mirando de arriba abajo a su nuevo cliente. La verdad era que no sabía qué esperar cuando hablaban por cartas, y no entendía muy bien para qué quería una sesión de fotografía un hombre solo, pero tampoco le dio demasiada importancia, siempre que no fuera un asunto muy raro.

Winterburn —se presentó. Aquel hombre daba la impresión de ser raro, lo estaba mirando demasiado y eso estaba comenzando a cohibirlo conforme se sentía incómodo, y mientras más incómodo se sentía le crispaba más los nervios. Devolvió la mirada a su taza de café, tomándola y dándole un sorbo para calmarse con el calor que desprendía. Vio entonces la carta que le dejaba sobre la mesa, demasiado inquieto por su intensa mirada tan curiosa, sin hacer contacto visual. — ¿De quién? —preguntó de nuevo. Entonces recordó a la muchacha de aquel problema, asunto que pronto intentó sacarse de la cabeza. — Está bien —le hizo saber cuando preguntó si había esperado demasiado y así negar la oferta de pedir algo más.

Enarcó una ceja tan pronto como miró el bolso, ¿es que había hecho un ruido? Seguramente no. Esperaba realmente que no. Lo que sí que lo dejó un poco consternado fue que le sacara una cámara distinta a la suya, dejando el libro a un lado para poder mirar la cámara. Era de menor calidad que la suya, pero no preguntó mucho, supuso que debía ser herencia familiar o una cosa así para que quisiese que esa cámara fuese específicamente la que tomara las fotos. O una cosa del estilo, emocional y todo. Se distrajo viendo las cualidades de dicha cámara sin notar el interés en su libro hasta ese momento.

¿Hmn? Adelante… —le dijo, sin importarle que cogiese el libro. — Entonces, ¿qué tipo de sesión es la que estás buscando? —le preguntó, pues realmente le interesaba saber la mayor cantidad de detalles para poder cumplir con sus deseos al momento de hacer su trabajo. — Si hay algo en particular que desees, es el momento de hablarlo, he de decir que es algo… inusual, trabajar en un circo, ¿habrá más gente involucrada? —normalmente se esperaría una reunión familiar para poder tomar las fotos del recuerdo para cuando los niños crezcan. No sabía si era el mismo caso de entonces.

Siguió tomando su café, faltaban horas antes de que comenzara el circo así que seguramente acabarían de charlar y tendrían que verse de nuevo hasta que abriese el evento. Pero no estaba tan mal, le daría tiempo a familiarizarse con la nueva cámara y poder detectar cómo sacarle el máximo provecho posible. Tenía que relajarse para no ponerse particularmente de malas, había que controlar un poco más su temperamento cuando le tocaba trabajar, no podía permitirse el lujo de perder un cliente y, con ello, su ingreso.
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Ryan Goldstein el Vie Dic 08, 2017 5:40 am


Denise, Denise, era hora de cambiar de turno. Había pedido salir temprano porque ese día tenía cita con su pareja. Y allí estaba él, entrando al local. Muy cerca estaba el ‘caballero del pelo revuelto’, sumido en una conversación, pero cuando Denise abrió los brazos y movió los pies, ligera por fin, sólo tenía a una persona en su corazón. Se olvidó de su tarde aburrida, de su suspirar enamoradizo. Y estaban saliendo cuando él volteó a mirarla. Ahí se detuvo el mundo.

—Oh, ¡espera!—Ryan se ladeó en su dirección y le tendió una pulserilla. Ella parpadeó. Estaba sentado a la mesa, pero se había girado de repente, ¿para…?, ¿por qué…? No sabía qué decir—Vi que se te rompió la que llevabas. Por tirar de ella todo el tiempo, ¿verdad? Eres como yo. Necesito siempre algo que hacer con los dedos. Es un tic. Tu tic acabará con todas tus pulseras. Yo hago estas. Espero que te guste. Gracias por servir mi café.

Cásate conmigo, por favor, cásate conmigo. Se había fijado en esa manía que tenía de jugar todo el tiempo con su pulserilla. Su pareja ni adivinaba cuándo era su cumpleaños. ¿Lo amaba?, ¿de verdad podía decirse que lo amaba? Sí, claro que lo hacía. Lo suyo no podría ser, pero guardaría esos momentos de la tarde en su corazón. Esos pequeños goces subrepticios que podía darte la generosidad de un extraño, serían un secreto entre los dos. Se había fijado en ELLA. Puede que hasta le gustara. Puede que él volviera al café a buscarla. Puede que no se olvidara de la simpática camarera. Eso, sería sólo entre ellos dos.

—Este es un relato muy interesante—
comentó Ryan, entusiasmado, volviendo su atención a la mesa. Inmediatamente como le dio la espalda a la pareja que se iba, se olvidó de la camarera, de su cara, sus gracias, su tic, todo sobre ella—Las runas y sus leyendas, ¿por qué tanto interés?. Esta—indicó, señalando con el dedo. Ni falta hacía decir que no prestaba atención a las preguntas del chico. Las dejó de lado, por el momento. Iba de un tema al otro, con la comodidad de los que hablan hasta por los codos—estaba en la entrada de la tumba de Morgana. La verdadera. ¿Porque sabes que hay dos? Un amigo recuperó su báculo. Yo estaba más ocupado salvándonos de las gárgolas. Y tenía todos estos grabados en el dorso. ¿Este relato dice algo sobre la magia de los conductores?, ¿dice cómo consiguió dominar los conjuros? No, por supuesto. Es sólo una leyenda. Todo esto, todo lo que pone aquí—Lo miró de refilón con una sonrisa y le guiñó un ojo. Que tipo extraño.

La dueña, mujer animada, sirvió al rato a Ryan con otra porción de tarta, tres bollos extra grandes, galletas, pastaflora, y claro, su café. Le soltó un piropo antes de volver a atender las otras mesas, y él se despidió de ella con una mueca divertida. Era el tipo de las sonrisas.

—¿Inusual?, ¿de verdad?—Ryan partió un bollo, y a la boca. Por suerte para ti, cuidaba de masticar primero. Modales, tenía. Si te fijabas, había en él una mezcla de excéntrico bohemio y caballero presuntuoso. Se llevó el puño a la boca antes de continuar, como si le costara tragar. Claro, porque con tremendo bocado que se había mandado—Dime, ¿has ido alguna vez al circo?—Pero no le importaba si respondías o no. O eso parecía, porque él seguía hablando—. Piensa que es un libro de fotografías. Al abrirlo, uno tiene que tener la sensación de que ha estado allí. Recorrer las páginas e imaginar los espectáculos. Conocer al freak del circo, contemplar en primera fila a las Veelas. Hazte a esa idea—remojó el bollo en su café. Le sonreía. Había algo entrañable en su mirada—¿Te gusta la cámara?

Era una cámara antigua, eso estaba claro. Tenía una correa para colgarse al cuello. Pero no lucía como cualquier otra cámara. Era estrambótica. Seguro, una reliquia familiar. Seguro, un artículo de colección. Una antigüedad. Que funcionaba perfectamente. Era de especular. Aunque, y esto Ryan lo sabía, sus funciones no se limitaban a lo común.

—Te lo pasarás bien—Lo tranquilizó, de la nada. Sí, porque el otro rubio tenía cara de encantarle las ferias. Ni qué decir de las Navidades—. Tú sólo retrata lo que veas oportuno en el momento, confío en tu perspectiva. Las he mirado, ¿sabes? Tus fotos—agregó, dándole el visto bueno— Bueno, trataremos con los miembros del circo. Son gente interesante.

En ese punto, se detuvo, y lo examinó de frente. Había un llamado de atención en su sonrisa.

—Habrá que tratar con las personalidades del circo. ¿Estarás bien?—Oh. Sí que era observador (¿pensaría que era probable que se lo comieran los freaks o qué?). Desarmó su atenta fachada, soltando una breve risa—En cualquier caso, puedes dejarme las presentaciones a mí—soltó, probando la tarta—¿Seguro que no quieres un poco de esto?

carta de El ARCHIVO:

—Espectros atrapados—

Misión de ‘El Archivo’, emitida por Etienne, vía manuscrito. Las órdenes eran quemar la carta, luego de leída. Era la costumbre.


Mi grillo,

 ¿Destinación? El circo.

Lleva esta cámara contigo. Hallarás que es única. Y recuerda. Los espectros atrapados, son tan enfermizos como una idea que obsesiona tu mente.

No toques la cámara más de lo necesario.


Hasta el próximo recuerdo.


Tu amigo, que te quiere


Etienne.



Pd: Ten cuidado.

Hay, entre las caras del circo, una oscura extravagancia que seduce como el perfume de lo escondido, lo exótico, atrayente. Hay misterio en todas esas miradas. Hay talento extraordinario en sus acrobacias, incluso en su fealdad. Pero a veces, lo que se esconde en un rostro puede ser realmente peligroso. Tienes que saber hallar este terror, capturarlo y eliminarlo, si quieres que todos lleguen a salvo a sus casas, terminada la función.  

Esa era la terea del bibliotecario esa noche. Ir a por los residuos de fantasía de un viejo libro, que habían viajado por el espacio y el tiempo, siempre en caravana, a día de hoy en el circo. Porque eran trozos de una historia de muerte, ellos eran Muerte.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Sebastian E. Winterburn el Miér Dic 13, 2017 2:04 am

Vio cómo aquel hombre reparaba en la camarera de aquella forma tan sorpresiva, tanto que ni ella parecía estar segura del motivo. Lo ignoró, como hacía con las cosas que suponía que no le importaban en lo más mínimo. Cuando el hombre, Goldstein, regresó su atención a la mesa y evidentemente a él, demostrando interés en su libro. Enarcó una ceja cuando se dio cuenta de que estaba ignorando sus preguntas para dedicarse enteramente al libro y sus historias, lo que en cualquier otra situación hubiese conseguido hacerlo enfadar de forma notoria, pero en esa ocasión no fue su reacción, ¿le había comprado con historias sobre runas? Sebastian podía ser tan maleable si sabían dónde tocar.

¡¿Estuviste en la tumba de Morgana?! —exclamó con sorpresa. El serio y profesional universitario había tomado un pequeño descanso para dar paso a un crío, un niño que no parecía saber nada que no fuese las fantásticas historias sobre las runas. — ¿Es cierto que las gárgolas protegían el báculo de Morgana? ¿Sabes cómo consiguió dominar sus conjuros y sobre sus experimentos? —no podía esconder su emoción, aunque estaba luchando y se le notaba por controlar el entusiasmo. Era un tema que tanto lo apasionaba que no podía guardarlo en secreto cuando se le daba pie a ello.

Cuando su arrebato de interés hubo desaparecido, pudo volver a concentrarse en el tema de interés que era nada más y nada menos que la visita al circo. El hombre no lo dejaba contestar las preguntas, ¿para qué las formulaba entonces? Inhaló profundamente y suspiró, había estado practicando para poder mantener la calma cuando le tocaban clientes exasperantes, así que sólo escuchó la petición: un libro de fotografías. No era tan complicado, supuso, de hecho era un tanto sencillo si era su intención, creyó que era un buen y fácil trabajo.

No está mal —dijo respecto a la cámara. Nada que ver con la suya propia, pero tampoco era tan arcaica como para resultar obsoleta. De todos modos, no preguntó su origen ni tampoco el motivo por el que era importante su uso. Un pequeño desliz. — No es el tipo de trabajos que suelo hacer, pero puedo hacerlo —le dijo, en respuesta a aquella pregunta ahora abandonada, por qué era tan inusual hacer una sesión en un circo. Qué más daba, a fin de cuentas, si tomar fotografías siempre era el mismo ritual fuese en un circo, un bosque o una casa.

Para tomar una gran fotografía siempre se seguían los mismos pasos: buena luz, buen entorno y buena pose tanto del fotógrafo como de la persona, cosa o animal fotografiado en cuestión. Sólo había una oportunidad de hacerlo perfecto en la mayor parte de las ocasiones, así que eso formaba parte del trabajo, saber retratar correctamente no era cuestión de mirar y disparar, más nada. Miró un momento a aquel sujeto cuando le dijo que se lo iba a pasar bien, sin saber qué pensar de la repentina oración. Hubo algo de sus palabras, sin embargo, que le causaron un gesto breve con los labios pero bastante evidente: no quería tratar con la gente del circo. Prefería no tratar con nadie, si era honesto.

Estaré bien —respondió rápidamente, ¿con quién creía que estaba tratando? Menudo tipo. — No quiero, seguro —repitió de nuevo. Debía ser porque ya había comido algo que le parecía imposible de digerir la cantidad que el otro rubio había pedido, su mirada vagaba de su libro a la cámara que iba a utilizar para ese trabajo, como si poseyera un misterio indescifrable más allá de lo que podía verse. Realmente estaba buscando más características que lo ayudaran al momento de sacar fotografías, como la calidad de sus componentes y cosas del oficio. — Entonces nos veremos cuando abra el circo.

Dijo, amagando a levantarse. El tema del pago lo tenían acordado ya mediante las cartas: había un precio máximo y un mínimo y dependiendo de la calidad de las fotografías iba a situar un precio entre esos límites. Se preguntaba cómo iba a perder el tiempo en aquellas horas hasta el momento de la entrada al circo, pero algo iba a encontrar para hacer, debía llenarse de paciencia para poder sobrellevar interactuar con la gente de los espectáculos.
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Ryan Goldstein el Lun Dic 18, 2017 10:43 pm

Tu cara----> :josh:

Mi cara-> :pika:



—¿Quién?, ¿puedes verlo?—El gentío no permitía el avance de la mirada. Esa noche de show focos de luz como culos de luciérnagas se volcaban sobre los rostros animados de una multitud que se dispersaba entre clowns, carros de dulces, freaks y pequeños números de vanguardia: escupefuegos, la pirámide humana de los contorsionistas, el domador de bestias paseando a su híbrido—¡Dinos algo, Duke!

Eran cuatro, cuatro los que estaban allí reunidos, aguardando a oír lo que ya sabían: los habían encontrado e iban a por ellos, ¡matarlos, eso es lo que querían! Pudieron borrar su rastro por años, pero aunque esquivaran el peligro en más de una ocasión, éste siempre volvía con la nueva cara de un bibliotecario. Ellos eran sus asesinos.  

—Dos de ellos, son dos—repuso el aludido desde la penumbra en la que se hallaban, separados del resto, consumidos por las sombras. Protegidos de las miradas por haberse citado en un estrecho escondrijo formado por las paredes de dos carpas menores, allí, donde habían ido a parar cajones vacíos y viejos boletos de espectáculos, es que experimentaban el miedo por primera vez desde hacía tiempo—A uno de ellos lo reconozco—agregó, encimado a un cajón, la mirada perdida. Su calma contrastaba sonoramente con la inquietud de quien lo interpelaba—Nos cruzamos en el pasado. Antes de Abel.

Un estremecimiento recorrió a los presentes. Quedaron en que analizarían la situación. No querían exponerse. Presentarían pelea, llegado el momento. Lo primordial, era cuidar del rebaño de marionetas. Su reserva de Aliento. De no tenerlo, el último estertor robado a una víctima presa del terror, recolectado diligentemente por sus reos sin alma, de no tenerlo, se harían vulnerables. ¿Pero de cuánto eran capaces los bibliotecarios? Ellos no lo sabían. Tenían que averiguarlo.

*

En torno a la carpa principal habían levantado pequeñas tiendas, a modo de feria nocturna. El rumor glamoroso de la multitud tenía decibeles de elevado entusiasmo, maravillada expectación; llevaba impreso también el dulzón aroma de palomitas de maíz y el color luminiscente de la noche cuando está sembrada de movimiento. Los terrores se hallaban al acecho, y nadie era capaz de imaginarlos; exento de preocupaciones, el público se sumaba al espectáculo del circo.

—Trolls malabaristas—Lo dijo, distraído con su bolsita de pochoclos. Había parado en un puestillo de chucherías. Tardó más de lo estimado haciendo la cola porque se ofreció a pagarle sus golosinas a un niño que iba delante. A ése se le sumó el resto de la cola, con fingidas caras de pena. Lo habían atrincherado, sin escapatoria. Y él abrió su monedero, como si tal cosa. Era el idiota del cuento. Ryan sacó su reloj de bolsillo y miró la hora. Bonita reliquia—. Bien, a tiempo. Iremos directamente al corral donde los tienen, antes de la función. Para retratarlos. Pienso que va a ser entretenido—Contempló el rostro de su acompañante, sensibilizándose con su estado de ánimo. Era un hombre muy opacado con sus propias expresiones, parco, a no ser cuando sonreía como en una tanda publicitaria sobre dentífricos y aliento a frescura o te observaba con un pensamiento tibio en lo profundo de la mirada—. Dame aquí. Te explicaré—indicó, haciéndose con la cámara entre las manos y llevándose la bolsita de pochoclos bajo la axila. Palomitas de maíz cayeron al suelo y un perro rengo fue a olisquear entre sus pies, lameteando el derroche.

La cámara tenía su propio mecanismo de ajustes. Era antigua, pero interesante. Estaba el detalle, de que era mágica y estaba algo así como ‘maldita’. Pero no era nada sobre lo que estar preocupado. Una vez que tomabas la primera foto, esa cámara se unía a ti. Y te convertía en un rastreador de ‘Marionetas’, como Ryan llamaba a lo que se enfrentarían esa noche. O en un sabueso, para abreviar. Te hacía perseguir, compulsivamente, a cada reo sin alma que vieras a través del ojo de la cámara. El flash podía capturar a estas marionetas, pero con una condición: poseer al fotógrafo. ¿O Etienne lo había explicado de otra manera? Ryan no podía recordarlo en ese momento.
 

*

Antes de que empezara la función los trolls malabaristas eran guiados al escenario por su domador, atravesando el camino desde el corral, un terreno cercado y maloliente bajo el techo de la carpa, de profusas proporciones, hasta detrás de bambalinas, y luego, la puesta en escena, bajo los focos y el fragor de exclamaciones de sorpresa y risas. El encargado era un hombre fornido y sencillo, que los recibió encantado al verlos interesados en esas estúpidas criaturas. Estaba orgulloso de sus verdes amigos, encadenados del cuello y los tobillos a estacas clavadas en la tierra.
psss:
Te puedo explicar sobre las Ánimas y todo eso, pero no creo que lo nececites. Y sentite libre de adaptar la idea. Que tiene algo que no me convence, confieso. Como que estoy siendo demasiado suave con tu rubio, además. Eso me deja mal sabor de boca.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Sebastian E. Winterburn el Mar Dic 19, 2017 7:44 am

Al final había llegado a aquel lugar, al circo. Los niños y niñas corrían felices, jalándose de las ropas para mostrarse cosas agitando sus manos y tirando dulces, palomitas de maíz y otras comidas clásicas de aquel lugar. Casi se arrepintió de aceptar el trabajo tan pronto llegó, pero tomó aire y se dispuso a hacer su trabajo sin pensarlo mucho, intentando convencerse de que podría llegar a casa antes de lo que lo esperaba. Sólo deseaba que fuese así. El otro parecía querer servirle de guía así que no se había preocupado en mirar el itinerario del circo más allá de una rápida visión.

El rubio se había detenido a comprar palomitas de maíz y él mientras tanto se encargó de seguir revisando la cámara, al menos durante el tiempo que tardó en la fila, uno que le resultó exagerado sin gustarle en lo absoluto pasar tanto tiempo esperando. — ¿Entonces con quiénes vamos a ir? —le preguntó una vez que lo tuvo de nuevo a un costado. La cámara no lucía mal, y le ayudaba a ignorar a aquel otro hombre que lo hacía sentir incómodo por lo raro que era. Aunque, claro, su distracción se acabó tan pronto le quitó la cámara para explicarle su funcionamiento.

Más que interesarse en la cámara pareció interesado en un perro que se acercó a comer de las palomitas de maíz que se le habían caído en el movimiento de colocarse las palomitas debajo del brazo y lo miró con curiosidad, acercando su mano para dejar que lo olisqueara antes de tratar de acariciarlo al no ver rasgo de agresión. Sin embargo, tan pronto notó el movimiento que le pareció amenazante, el perro gruñó y con un ladrido trató de morderle la mano; por los pelos el universitario alcanzó a quitar su mano antes de que el jodido bicho lo alcanzara y ésta vez que sí prestó atención a la cámara.

Lo tengo todo controlado —fue lo que le dijo, haciendo un movimiento con su mano para restarle importancia. Era una cámara vieja pero era interesante y ya le estaba pillando el truco, casi no podía esperar a encontrar a esos troll para comenzar con la sesión de fotografía. Bichos malabaristas que tenían esclavizados para el disfrute de la gente, casi tan aberrante como tener a las bestias salvajes con el mismo fin. Pero, como no era un activista por los derechos de las criaturas mágicas, ni le iba ni le venía.

El caso es que llegaron a ese desagradable lugar donde los recibió el domador. Dejó a Ryan encargarse de las presentaciones, como dijo que lo haría, mientras él se preparaba, haciendo uso de toda su fuerza para entrar a aquel jodido corral y fotografiarlos. Miró por la lente, enfocó y entonces disparó. Cuando la lente volvió a aclararse se dio cuenta de algo: ¡tenía que fotografiarlo todo! Eran escasos segundos antes de volver a enfocar y tomar una nueva fotografía, buscando una perspectiva ideal para el propósito que tenía. ¿Cuál era su propósito? Difícil de decir, era posible incluso admitir que no lo sabía, pero lo tenía.

Probablemente el flash había alterado a los troll o quizá otra cosa que Sebastian no supo decir qué era. Sólo supo que quería seguir fotografiándolos y así lo hizo, perdiendo el control de su propio cuerpo mientras las fotografías eran tomadas una y otra vez. Cada fotografía le daba más ansiedad de querer tomar la siguiente, la mente casi nublada ignoraba cada pensamiento medianamente racional que pudiese tener respecto al por qué lo hacía, el control se había perdido de su vocabulario. Cada foto, además, alteraba a las criaturas que luchaban contra sus cadenas, tirando de las estacas en el suelo.
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Ryan Goldstein el Dom Dic 31, 2017 4:14 am

Ryan había estado hablando con el orgulloso cuidador de trolls cuando al ladearse ligeramente comprobó que, detrás de sí, su camarógrafo había empezado a tomar fotos sin que él le diera ninguna señal. Ok, no había que preocuparse. Pero tenía que deshacerse del cuidador cuanto antes. Antes de que empezara a percatarse de cómo los gigantes verdes, unos más que otros, empezaban a enloquecerse dentro del corral, expresándose con violencia, justo cuando el buen hombre que le metía conversación, animado, le explicaba que eran los trolls más amistosos del mundo. Porque tú sabes, los había criado bien, eran como sus hijos. Ryan se limitó a asentir y cuando en una oportunidad lo instó a desviar su atención señalándole cualquier cosa (“Más allá. Sí, sí, allá, allá, a la derecha, ¿no lo ves?”) que no existía, y le apuntó con la varita, a traición. Luego lo atrapó en la caída, acomodándolo en el suelo con cuidado, entre que el otro, demasiado obsesionado con su trabajo, ni reparaba en ello. Y aunque lo hubiera hecho, lo cierto es que habría muchas a lo largo de esa noche, de las que no repararía como cualquier persona normal lo haría. Porque lo importante, lo único importante, era conseguir una buena fotografía.

—¿Cómo vas?—
inquirió Ryan, acercándose a su lado. En el corral, había un par de troll que parecían tener una reacción de especial rechazo a los flashes, y su enojo ponía nerviosos al resto. Los gigantes tiraban de sus cadenas y escupían bramidos al cielo. Uno de ellos ubicó el origen de tanta molestia y como se apreciaba especialmente fuerte, se desató de sus ataduras, volteando hacia ellos toda su bronca y corriendo en su dirección, dispuesto a devorárselos. Sólo bastaba ver todo ese entusiasmo. Ryan arqueó fugazmente las cejas y saltó por encima de la verja del corral. No sin antes sujetar al fotógrafo de la muñeca, llamando su atención y apartándole la cámara por un instante (que seguro le habrá molestado)—Quiero que apuntes a esos que tienen una llama alrededor—indicó, con un amplio gesto de la mano, entre que la bestia avanzaba hacia ellos. Ey, pero había tiempo. Tomarlo con calma— Puedes verlo, a través de la cámara, ¿verdad? Debe ser como una llama blanca que los cubre. No dejes de fotografiar a esos, ¿ok, Sebastian? Yo iré a que no nos maten.

Y ese no tenía por qué ser un detalle preocupante para nada. Todo estaba bajo control. Nada se salía de lo normal. Era como cualquier otra sesión fotográfica. Lo importante era que la alegría del circo se palpara en ese libro de fotografías que resultaría de toda esa epopeya, ¿verdad? Todo estaría bien.

***

—¡Ginevra!, ¿a dónde vas? ¡No tan rápido!—El mismo grandote impaciente de antes, McNair, se interpuso en el camino de una mujer que lo miró sin humor en la mirada. No debió hacer eso—¿No lo has oído? Tenemos un problema.

—Lo has dicho mal—contraatacó con dureza— Tú tienes un problema.

Es una carpa privada, forrada de rojo y llena de espejos y antiguos posters de otros estrenos, Duke se dobla en dos, aquejado por un repentino malestar que sentía cómo le escocía el alma, como si le arrancaran algo desde dentro. Después de todo, las marionetas eran creaciones que eran una extensión de sí mismo. No podía saber con certeza sobre cuáles los bibliotecarios habían puesto sus manos, pero sabía que sus enemigos las habían encontrado. No tenía que preocuparse, no por ahora. Pero hacer nuevas marionetas no era algo sencillo o que pudieran permitirse por el momento. La solución era sencilla. Acabar con la amenaza antes de que esta te acabe a ti. McNair se olvida entonces de la mujer y se apura a llegar hasta él.

—¡Son ellos, maldición!

—Está bien—Duke sufría, pero no tomó asiento—Ya lo solucionaremos.

—¿¡Dónde está Ginevra!?—escupió el otro de pronto, mirando en derredor sin encontrarla. Había desaparecido.

—Déjala.

—¿De verdad que podemos confiar en ella? Ella nunca ha sido una de nosotros.

Duke lo miró en silencio y luego miró por donde la mujer se había ido.

—No. No podemos confiar en ella. Pero podemos confiar en su sed de venganza.


***

Su nombre, es Ginevra. Es la domadora de bestias, pero eso es sólamente en el circo. Quién es en verdad, es un misterio. Porque incluso siendo uno de los cuatro que han sobrevivido al tiempo y a los bibliotecarios, ella vino después. Ella no es uno de ellos. Como siempre se lo recuerdan. Le temen, y ella lo prefiere de ese modo.

Ryan se había colado en el corral de trolls, interceptando al furioso atacante, y cabía la posibilidad de que se vieran envuelto en una revuelta de cabezas huecas con fuerza sobrehumana. Eso no pintaba bien. Tener una varita ayudaba, pero. Qué desgracia la suya si tuviera algún tipo de inconveniente. Ginevra lo miraba desde la distancia, a él y a ese tipo de la fotografías. Muy tranquilamente se aproximó, y se apoyó contra la valla, curioseando esa cámara. Entendía que no era una cámara normal con sólo mirarla. Cuando consideró que ya había visto lo suficiente, y escapando a la mirada de Ryan, fue al encuentro del fotógrafo.

—Ey, tú—saludó, simpática. Sí, fue a su encuentro. Y le encajó una llave que lo dejaría tirado en el piso. Su intención era tomar la cámara y observarla más de cerca—Yo que tú no haría nada de lo que pudiera arrepentirme.


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Sebastian E. Winterburn el Mar Ene 02, 2018 11:38 pm

Una fotografía necesita mucho para convertirse en una fotografía perfecta, ¡tantas variables a tomar en cuenta! Como si fuera más bien una especie de enigma que hay que resolver, muy por encima de ser realmente un arte parecía una serie de pasos que hay que tachar antes de llegar a presionar el botón de captura. Y sí, parecía con toda seguridad que aquello demoraba, pero uno debe tacharlos todos en cuestión de segundos, sólo hay una oportunidad para hacer la toma perfecta y eso nadie parece notarlo. Un disparo y todo ha acabado, sin importar cuántos campos no han sido rellenados antes de hacerlo. Es una tortura a la que jocosos los fotógrafos se someten, tan dulce como frustrante, el captar lo bello de lo efímero, como el aleteo de una mariposa al volar.

Parecía completamente inconsciente de aquel halo blanco que rodeó a algunos de aquellos seres, pero no lo estaba, sólo que no lo había encontrado realmente viable sino hasta que Ryan decidió que era importante mencionarlo. — Estoy ocupado, no me distraigas —le dijo a Ryan cuando éste preguntó cómo iba, asintiendo al oír lo de las llamas. — Lo tengo, no te preocupes, está bien —¿matarles? ¿A quién le importa si les matan si no consigue la toma perfecta? Tonterías, eso eran las palabras de Ryan Goldstein, ¡tonterías! Nada que tuviese que tener su atención sino hasta luego, mucho tiempo luego. Tenía que hacer la mejor sesión fotográfica de su existencia, la mejor.

Ryan le estaba dañando las capturas ahí metido, pero no parecía molesto, sólo lo evitaba, esto no era agradable visualmente, a un loco peleándose con sus objetivos. Pero lo hacía bien, inconsciente de que cada una de sus capturas estaba alterando más y más a las criaturas del halo, él no parecía en lo absoluto mortificado por ello, para él era tan importante que no había tiempo que perder, todo giraba alrededor de la cámara y sus fotografías como nunca antes lo habían hecho, más bien como un adicto que en lugar de quererse meter una jeringuilla por las venas quería tomar otra y otra fotografía, su ojo casi preso de la mirilla que le daba una absoluta visión, la que necesitaba.

No sé de qué estás hablando, estoy ocupado, Ryan es el que se encuentra allá y es quien habla con la gente, yo sólo tomo fotografías —le dijo a Ginevra tan pronto como ella llegó a su lado, sin localizar el contenido amenazante de sus palabras. Estaba bastante ocupado como para disponerse a hablar con una mujer que no conocía de nada, pero, claro, ¿cómo iba a conocerla de algo si ni siquiera había girado los ojos para verla? Había que ser maleducado, si sólo miraba lo que había tras la mirilla y en ella no estaba aquella mujer, seguía totalmente atento a las cosas que había del otro lado del corral, a los trolls que estaban yendo y viniendo, alterados por el flash y las fotografías.

Antes de darse cuenta, uno de ellos, el más agresivo, lo notó. Notó de dónde estaba viendo aquella molestia, el flash de las fotografías, y corrió hacia el universitario. ¡Qué tomas más perfectas de aquella criatura corriendo briosa a su encuentro, queriendo decapitarlo de una mordida o algo peor! Sus dedos hormigueaban de la ansiedad de querer tomar más y más fotografías, sin saber que la criatura no era lo único hostil que existía, no. Pero como Dios es grande, ese Dios en el que Sebastian creía, el troll se equivocó de objetivo y fue directamente a embestir a Ginevra.

Joder, qué pose más maravillosa —se le escapó entre dientes, la sesión de fotografías le estaba maravillando, realmente le encantaba. ¿Ryan? Se le había olvidado mientras iba cazando como todo un inconsciente la fotografía perfecta, siguiendo a la criatura mientras estaba a una distancia que a duras penas podría considerarse segura. — Una más… —hablaba consigo mismo, porque sí, casi siempre la gente que se concentraba lo hacía y, el que dijera que no, estaba mintiendo.
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Ryan Goldstein el Jue Ene 04, 2018 3:44 pm


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