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Let the show start [Priv. Ryan Goldstein]

Sebastian E. Winterburn el Mar Dic 05, 2017 7:41 am

Viernes 8, 2017.
Cardiff, 13:40pm.
4º, nublado.

Hace cuatro días ya que había recibido aquella curiosa carta. Un hombre que firmaba como Ryan Goldstein le había pedido encontrarse para una sesión fotográfica en Cadiff, cuando comenzaba la gira del circo. Había tenido que visitar la ciudad antes para poder observar dónde se encontrarían para ultimar detalles, eligiendo una cafetería cerca de la estación de tren, pues había elegido ir por ese medio de transporte por el mero hecho de que no tenía prisa alguna de llegar. Entonces le escribió de vuelta para hacérselo saber, la hora y la fecha del encuentro.

Por ello fue que esa misma mañana tomó su cámara profesional mágica y salió con dirección a la estación del tren. Normalmente usaba su cámara muggle para su disfrute personal y para el trabajo usaba una cámara mágica que daba movimiento a las fotografías por sí misma, dando las bien conocidas fotos versión “gif”. Dejó comida a Dager, pues estaba considerando que iba a llegar tarde a pesar de que el regreso daba por hecho de que iba a regresar por medio de una aparición. Suponía que era la mejor idea pues no pretendía meterse en un tren dos o tres horas antes de llegar a su casa.

Llegó a la cafetería mientras arreglaba algunas cosas de su cámara, no había mirado el itinerario del circo, no era precisamente de su interés y por hobbie no iría. Su vida se limitaba en la universidad, la fotografía y su trabajo. Aprovechó que ese día no tendría clases para poder movilizarse a la ciudad de Cardiff, donde comenzaba la gira del Imaginarium Circus en su travesía por Reino Unido. Decidió tomar un buen desayuno en esa cafetería y leía un libro sobre leyendas relacionadas con las runas mientras tanto.

Se le fueron las horas, la verdad es que no sabía bien cómo era el hombre al que estaba esperando. Le había dicho qué tipo de ropa vestiría y un poco de su físico para que supiera reconocerlo, lo que no sería difícil por la cámara encima de la mesa. Estaba odiando ese estúpido contrato por hacerlo salir de casa con tanto frío, pero un hechizo mantenía su ropa cálida y agradable para la piel, cuando no era precisamente bueno para mantener el calor de forma natural. También tenía escondida su varita por su acaso le hacía falta, ya que estaba encontrándose con alguien con quien nunca había hablado.
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Ryan Goldstein el Miér Dic 06, 2017 6:11 am

Se había quedado dormido, eso parecía. El rubio aquel, el del flequillo revuelto. Y sonrisa encantadora. Vaya que la tenía. Pero quedaba un poco de desesperada referirse a él partiendo de su encanto para describirlo. Lo propio, en esos casos, era señalar otra cosa, como obviando completamente el hecho de que se había quedado prendada de sus ‘Buenas tardes’ apenas entró al café. Denise lo miró por encima de las mesas, por enésima vez. No había querido molestarlo sacudiéndole el hombro. Era normal, que luego de pedir su café con medialunas con torta con bollos rellenos con tarta de la casa se echaran una cabeceada y a dormir se ha dicho. No había querido despertarlo tampoco porque le alegraba la vista. Esos pequeños placeres, que se te suben por la piel. Por su parte, la dueña, a sus cuarenta y divorciada, admitía sin pena que los traseros jóvenes le hacían el día (porque mira que los clientes habituales eran tan sosos y deprimentes). Y dale con los comentarios subidos de tono. Denise suspiró aburrida y un poco, sólo un poco, enamorada. Pero no era una desesperada, podía estar tranquila de ello. El rubio encantador era sólo ‘el caballero despeinado’, nada más.

—Hola, de nuevo—saludó Denise, distraída, con la libretita de pedidos en la mano y los ojos en otra parte. Suspiró, de nuevo—. ¿Te sirvo algo más?—preguntó, clavada una sonrisa falsa en su rostro de poco o nada interés. Una mueca que de tan mecánica, se hacía espantosa. Diríase que la dueña se la había agarrado con ella o que ese día era de perros y sólo eso. Claro que un latido de vida golpeaba en ella cuando volteaba la mirada. ¿Anhelante?, ¿qué buscaba en esa dirección?—Está bien—dijo por último, con la cabeza en las nubes. Y se fue, arrastrando los pies.

Ryan se desperezó, llevándose las manos a la cara. Dios. Merlín. Algún dios de Grecia. Lo que fuera. ¿Qué hora era? Se revolvió la melena en un gesto y sacó su reloj de bolsillo. Bien. La carta. La cita. El fotógrafo. Las ideas lo tocaron en algún punto de la mente, llegando hasta él como una sensación lejana, arremolinándose en su cabeza. Sonrió. Podría pedirse otro café.

Se estiró hacia atrás con el brazo en alto para captar la atención de la camarera y una mano en la barriga, como si aquel fuera el sofá de su casa. Era un sitio agradable, tenía que admitir. Había llegado horas antes de lo acordado. Y lo habían atendido de maravilla, con todas esas delicias que no tardó en llevarse al paladar. Podría pedirse otra tarta también. Fue justo mientras lo pensaba, que al voltear el rostro, se topó con aquel libro. Ah. Se había girado a medias para ubicar a la muchachita simpática que iba por las mesas, pero casi se vio abordado cuando ella apareció junto a él, al instante. No valió de nada, porque Ryan no le dedicaba a ella su sonrisa. Reconoció al universitario, y se sonreía de su propio hallazgo. Sabía que tenía una cámara, y no mucho más. Así que ese era Sebastian Winterburn. Tanto mencionarlo, y allí estaba. ¿Hacía mucho que esperaría?

Tamaño desencuentro, decepcionó a Denise, quien incluso llamando su atención, se sintió desplazada. Insistió.

—¿Has dormido bien? Si quieres puedo servirte alguna otra cosa y…

—¡Una tarta!—respondió, entusiasta, cual niño grandote y feliz. Esa actitud abierta hizo que ella se sonriera—Y otro café, gracias—Tomó su bolso. Ese que una mirada suspicaz y alarmada en torno a las mesas había visto moverse más de una vez. ¿Es que llevaría algún animal dentro?—Me lo sirves en esa mesa de allí, ¿está bien?—agregó, señalando al fotógrafo con un ademán de la cabeza—Mi amigo me espera.

—Oh, seguro, claro. Enseguida. ¡Marchando!

Ryan pensó que era simpática. Por enésima vez.

—El fotógrafo—saludó, plantado al lado de su hallazgo. Se desprendió del bolso, ocupando sitio, ocupando la mesa. Y se volvió para tenderle la mano—Goldstein—indicó. Estrecharle la mano fue sólo un gesto rápido, y tomó asiento. Al encararlo, se lo quedó mirando. Era muy observador. Y tenía ese amago de curiosa sonrisa en su boca. Y los ojos, cansados. Parecía que no iba a agregar nada y estar allí, mirándote con los codos sobre la mesa y la barbilla apoyada en un puño, hasta que salió de su ensimismamiento para sacar un sobre abierto del revés de su chaqueta de jean y pasarle la carta. Sería que era de esas personas, que se tomaban su tiempo, reposadas, tranquilas, y ligeramente molestas con tanta silenciosa curiosidad en la mirada—Es una carta de recomendación. De Vera Goldstein. Me la mandó a mí, pero creo que está más dirigida a ti. Pone cosas muy halagadoras—señaló, ligeramente pícaro. Y se apoyó en el respaldo, acomodándose en su asiento—Es mi prima. Actualmente vive en Rusia. ¿Quieres que te pida algo? Tienes que probar la tarta. ¿Has esperado mucho? (Lo siento si ha sido así) Ahora, hablemos de tu trabajo.

Ryan hurgó en su bolso (¡oh!, jurarías que habías oído un gruñido por lo bajo, ¿tú imaginación?) y sacó una cámara. Sí, iría adelantando cómo harían las cosas.

—Has traído tu cámara, veo. Pero usarás esta—La colocó en el centro de la mesa. Luego, sin dar muchas explicaciones (ninguna, la verdad), se vio interesado en el libro que el otro llevaba consigo y estiró su mano, pidiendo permiso sólo con el gesto—¿Me dejas mirar? Parece interesante.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Sebastian E. Winterburn el Vie Dic 08, 2017 2:50 am

A Sebastian le importaba poco o nada lo que aquella mujer hiciera o dejara de hacer. Cuando llegó, ni siquiera la miró al rostro para mirar su falsa simpatía. — Más café, por favor —le dijo, tomando la taza para hacérselo entender, sin siquiera apartar los ojos de su libro. Estaba ensimismado, suspirando de vez en cuando, cualquiera que lo mirase sólo pensaría que era un poco friki por el tema de su libro. Llegó de nuevo Denise para rellenar su taza, la que bebió inmediatamente luego sin preocuparse por endulzarla ni nada parecido, siquiera por el casi abrasante calor que desprendía.

No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado sentado, metido en su propio mundo hasta qu finalmente alguien llegó a su mesa. Alzó la mirada y le apretó la mano al encontrarse con la suya, mirando de arriba abajo a su nuevo cliente. La verdad era que no sabía qué esperar cuando hablaban por cartas, y no entendía muy bien para qué quería una sesión de fotografía un hombre solo, pero tampoco le dio demasiada importancia, siempre que no fuera un asunto muy raro.

Winterburn —se presentó. Aquel hombre daba la impresión de ser raro, lo estaba mirando demasiado y eso estaba comenzando a cohibirlo conforme se sentía incómodo, y mientras más incómodo se sentía le crispaba más los nervios. Devolvió la mirada a su taza de café, tomándola y dándole un sorbo para calmarse con el calor que desprendía. Vio entonces la carta que le dejaba sobre la mesa, demasiado inquieto por su intensa mirada tan curiosa, sin hacer contacto visual. — ¿De quién? —preguntó de nuevo. Entonces recordó a la muchacha de aquel problema, asunto que pronto intentó sacarse de la cabeza. — Está bien —le hizo saber cuando preguntó si había esperado demasiado y así negar la oferta de pedir algo más.

Enarcó una ceja tan pronto como miró el bolso, ¿es que había hecho un ruido? Seguramente no. Esperaba realmente que no. Lo que sí que lo dejó un poco consternado fue que le sacara una cámara distinta a la suya, dejando el libro a un lado para poder mirar la cámara. Era de menor calidad que la suya, pero no preguntó mucho, supuso que debía ser herencia familiar o una cosa así para que quisiese que esa cámara fuese específicamente la que tomara las fotos. O una cosa del estilo, emocional y todo. Se distrajo viendo las cualidades de dicha cámara sin notar el interés en su libro hasta ese momento.

¿Hmn? Adelante… —le dijo, sin importarle que cogiese el libro. — Entonces, ¿qué tipo de sesión es la que estás buscando? —le preguntó, pues realmente le interesaba saber la mayor cantidad de detalles para poder cumplir con sus deseos al momento de hacer su trabajo. — Si hay algo en particular que desees, es el momento de hablarlo, he de decir que es algo… inusual, trabajar en un circo, ¿habrá más gente involucrada? —normalmente se esperaría una reunión familiar para poder tomar las fotos del recuerdo para cuando los niños crezcan. No sabía si era el mismo caso de entonces.

Siguió tomando su café, faltaban horas antes de que comenzara el circo así que seguramente acabarían de charlar y tendrían que verse de nuevo hasta que abriese el evento. Pero no estaba tan mal, le daría tiempo a familiarizarse con la nueva cámara y poder detectar cómo sacarle el máximo provecho posible. Tenía que relajarse para no ponerse particularmente de malas, había que controlar un poco más su temperamento cuando le tocaba trabajar, no podía permitirse el lujo de perder un cliente y, con ello, su ingreso.
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Ryan Goldstein el Vie Dic 08, 2017 6:40 am


Denise, Denise, era hora de cambiar de turno. Había pedido salir temprano porque ese día tenía cita con su pareja. Y allí estaba él, entrando al local. Muy cerca estaba el ‘caballero del pelo revuelto’, sumido en una conversación, pero cuando Denise abrió los brazos y movió los pies, ligera por fin, sólo tenía a una persona en su corazón. Se olvidó de su tarde aburrida, de su suspirar enamoradizo. Y estaban saliendo cuando él volteó a mirarla. Ahí se detuvo el mundo.

—Oh, ¡espera!—Ryan se ladeó en su dirección y le tendió una pulserilla. Ella parpadeó. Estaba sentado a la mesa, pero se había girado de repente, ¿para…?, ¿por qué…? No sabía qué decir—Vi que se te rompió la que llevabas. Por tirar de ella todo el tiempo, ¿verdad? Eres como yo. Necesito siempre algo que hacer con los dedos. Es un tic. Tu tic acabará con todas tus pulseras. Yo hago estas. Espero que te guste. Gracias por servir mi café.

Cásate conmigo, por favor, cásate conmigo. Se había fijado en esa manía que tenía de jugar todo el tiempo con su pulserilla. Su pareja ni adivinaba cuándo era su cumpleaños. ¿Lo amaba?, ¿de verdad podía decirse que lo amaba? Sí, claro que lo hacía. Lo suyo no podría ser, pero guardaría esos momentos de la tarde en su corazón. Esos pequeños goces subrepticios que podía darte la generosidad de un extraño, serían un secreto entre los dos. Se había fijado en ELLA. Puede que hasta le gustara. Puede que él volviera al café a buscarla. Puede que no se olvidara de la simpática camarera. Eso, sería sólo entre ellos dos.

—Este es un relato muy interesante—
comentó Ryan, entusiasmado, volviendo su atención a la mesa. Inmediatamente como le dio la espalda a la pareja que se iba, se olvidó de la camarera, de su cara, sus gracias, su tic, todo sobre ella—Las runas y sus leyendas, ¿por qué tanto interés?. Esta—indicó, señalando con el dedo. Ni falta hacía decir que no prestaba atención a las preguntas del chico. Las dejó de lado, por el momento. Iba de un tema al otro, con la comodidad de los que hablan hasta por los codos—estaba en la entrada de la tumba de Morgana. La verdadera. ¿Porque sabes que hay dos? Un amigo recuperó su báculo. Yo estaba más ocupado salvándonos de las gárgolas. Y tenía todos estos grabados en el dorso. ¿Este relato dice algo sobre la magia de los conductores?, ¿dice cómo consiguió dominar los conjuros? No, por supuesto. Es sólo una leyenda. Todo esto, todo lo que pone aquí—Lo miró de refilón con una sonrisa y le guiñó un ojo. Que tipo extraño.

La dueña, mujer animada, sirvió al rato a Ryan con otra porción de tarta, tres bollos extra grandes, galletas, pastaflora, y claro, su café. Le soltó un piropo antes de volver a atender las otras mesas, y él se despidió de ella con una mueca divertida. Era el tipo de las sonrisas.

—¿Inusual?, ¿de verdad?—Ryan partió un bollo, y a la boca. Por suerte para ti, cuidaba de masticar primero. Modales, tenía. Si te fijabas, había en él una mezcla de excéntrico bohemio y caballero presuntuoso. Se llevó el puño a la boca antes de continuar, como si le costara tragar. Claro, porque con tremendo bocado que se había mandado—Dime, ¿has ido alguna vez al circo?—Pero no le importaba si respondías o no. O eso parecía, porque él seguía hablando—. Piensa que es un libro de fotografías. Al abrirlo, uno tiene que tener la sensación de que ha estado allí. Recorrer las páginas e imaginar los espectáculos. Conocer al freak del circo, contemplar en primera fila a las Veelas. Hazte a esa idea—remojó el bollo en su café. Le sonreía. Había algo entrañable en su mirada—¿Te gusta la cámara?

Era una cámara antigua, eso estaba claro. Tenía una correa para colgarse al cuello. Pero no lucía como cualquier otra cámara. Era estrambótica. Seguro, una reliquia familiar. Seguro, un artículo de colección. Una antigüedad. Que funcionaba perfectamente. Era de especular. Aunque, y esto Ryan lo sabía, sus funciones no se limitaban a lo común.

—Te lo pasarás bien—Lo tranquilizó, de la nada. Sí, porque el otro rubio tenía cara de encantarle las ferias. Ni qué decir de las Navidades—. Tú sólo retrata lo que veas oportuno en el momento, confío en tu perspectiva. Las he mirado, ¿sabes? Tus fotos—agregó, dándole el visto bueno— Bueno, trataremos con los miembros del circo. Son gente interesante.

En ese punto, se detuvo, y lo examinó de frente. Había un llamado de atención en su sonrisa.

—Habrá que tratar con las personalidades del circo. ¿Estarás bien?—Oh. Sí que era observador (¿pensaría que era probable que se lo comieran los freaks o qué?). Desarmó su atenta fachada, soltando una breve risa—En cualquier caso, puedes dejarme las presentaciones a mí—soltó, probando la tarta—¿Seguro que no quieres un poco de esto?

carta de El ARCHIVO:

—Espectros atrapados—

Misión de ‘El Archivo’, emitida por Etienne, vía manuscrito. Las órdenes eran quemar la carta, luego de leída. Era la costumbre.


Mi grillo,

 ¿Destinación? El circo.

Lleva esta cámara contigo. Hallarás que es única. Y recuerda. Los espectros atrapados, son tan enfermizos como una idea que obsesiona tu mente.

No toques la cámara más de lo necesario.


Hasta el próximo recuerdo.


Tu amigo, que te quiere


Etienne.



Pd: Ten cuidado.

Hay, entre las caras del circo, una oscura extravagancia que seduce como el perfume de lo escondido, lo exótico, atrayente. Hay misterio en todas esas miradas. Hay talento extraordinario en sus acrobacias, incluso en su fealdad. Pero a veces, lo que se esconde en un rostro puede ser realmente peligroso. Tienes que saber hallar este terror, capturarlo y eliminarlo, si quieres que todos lleguen a salvo a sus casas, terminada la función.  

Esa era la terea del bibliotecario esa noche. Ir a por los residuos de fantasía de un viejo libro, que habían viajado por el espacio y el tiempo, siempre en caravana, a día de hoy en el circo. Porque eran trozos de una historia de muerte, ellos eran Muerte.
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