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You'll be the one to fall [Priv.]

Charlie L. Harrington el Mar Dic 05, 2017 10:57 pm


Zona del Bar, Hotel Gran Necrópolis · Sábado, 2 de diciembre · 00.45 horas · Ropa

- ¿Turno libre?

Sabía lo que significaba aquello. Intentó huir, en vano. Pero al menos lo intentó. Caminó acelerando su paso en un intento por encontrar la puerta de salida de la recepción antes de que Frank Masohn le frenase el paso. Pero su mano estaba sujeta en el picaporte de la salida para empleados cuando notó una mano posicionarse su hombro izquierdo. Cerró los ojos, temiéndose lo peor.

- ¿No me oías? – La voz de Frank hizo evidente lo inevitable. Charlie abrió los ojos y con un intento de dibujar en sus labios la mejor de sus sonrisas se giró sobre sí misma, alzando la vista para buscar los ojos de Frank.

-No, iba escuchando música. – Sacó uno de sus auriculares no conectados a ninguna parte de sus oído y le devolvió la mirada a Frank, fingiendo cierta inocencia cuando Frank era más que consciente de lo que estaba intentando hacer Charlie segundos antes. - ¿Querías algo? – Miró el reloj en su muñeca como si tuviese prisa por ir a algún lado. Y lo tenía. Tenía prisa por salir de ahí antes de acabar trabajando más horas de las que le correspondían.

- Tu hermano dice que no se encuentra bien hoy, ¿Puedes hacer su turno?

¡No! Bueno, sí. Por poder sí podía. Pero no quería. Tenía mejores cosas que hacer como huir de allí y tener una vida además de lo que sucedía entre las paredes de aquel lugar cuando caía la noche. Porque aquellas horas eran las mejores para  salir al exterior –principalmente porque eran las únicas donde no se convertía en cenizas nada más pisar la acera situada frente al hotel – y, a su vez, eran las peores para encontrarse en él. Cuando llegaba la madrugada de los fines de semana, era cuando los peores clientes llegaban. Y no porque se fuesen sin pagar. O porque tratasen mal a los empleados y al lugar, sino por cómo se comportaban. Como si fuesen los reyes del mundo.

- ¿No hay nadie más disponible?

- Ya les he preguntado a todos. Sé que estuviste haciendo sustituciones toda la semana pero no hay nadie más disponible. ¿Podrías?

- Bueno, yo… - No tuvo tiempo de terminar la frase.

- Gracias, Lys, te debo una. Una bien gorda. – Frank le movió el cabello como si fuese una niña pequeña y Charlie se quedó mirando la figura de Frank que se perdía entre  el ir y venir de gente que en aquel momento se encontraba en la zona de recepción para magos, brujas y criaturas mágicas.

- Joder. – Murmuró Charlie, quien en lugar de tomar la puerta de salida para empleados comenzó a subir las escaleras principales hasta llegar a la zona del bar.

Y allí estuvo durante las cinco horas siguientes. Sirviendo copas, dando conversación a clientes que parecían no tener nada mejor que hacer que conversar con la camarera de turno y dibujando sonrisas que intentaban ser amables cuando lo único que quería era salir de ahí.

- El amo Igor quiere dos botellas de Whisky de fuego  en su suite. Suite 16. – El elfo doméstico del tal amo Igor exigía, con las dos manos tendidas en dirección a Charlie, dos botellas como si aquello fuese simple agua.

- El amo Igor tiene un mini bar en su habitación y servicio de habitaciones. No se pueden llevar bebidas del bar a las habitaciones.

- El amo Igor ha dicho que quiere…

- ¿El amo Igor sabe hablar y andar? Pues que baje aquí y me lo diga. – El  elfo refunfuñó y se marchó dando grandes zancadas para alejarse de allí lo más rápido que sus cortas piernas le permitían. - ¿Qué te  sirvo, Lestrange? – Preguntó al ver a Rodolphus Lestrange no muy lejos de la zona de la barra en la que se encontraba.
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Rodolphus A. Lestrange Ayer a las 7:49 pm

When the fires, when the fires have surrounded you
With the Hounds of Hell comin' after you
I've got blood, I've got blood on my name

Hay muchas formas de liberar estrés, de desahogarse. También hay muchos hobbies por el mundo, y todos dependen de cada uno. Rodolphus bien podría ser amante de dar paseos, leer libros, salir a cenar con su mujer... Cualquier cosa sería válida. Pero no, el Lestrange no era normal y, su mujer, mucho menos. Así que lo que cualquier otro vería en una noche de fin de semana como una oportunidad para salir del castillo, tomarse una copa y pasar un rato, ellos veían ese momento como la excusa perfecta para hacer lo que mejor se les daba hacer juntos: torturar muggles. Por malo que parezca. Mucho peor sería tener que aguantar el humor de la directiva del colegio si no liberaban tensiones en fin de semana, todo hay que decirlo.

Bellatrix tardó dos minutos desde que se apareció cerca del hotel en encontrar un modo de deshacerse del marido e ir a su aire. Al moreno no le importó, estaba acostumbrado. La pareja había encontrado en su unión a un complementario, alguien con quién compartir pensamientos, sentimientos, experiencias. Desde el exterior podrían parecer un matrimonio frío y por conveniencia. Aunque la afirmación tuviese algo de verdad, también estaban equivocados. Bella era algo más que su mujer, era su alma gemela, quitándole los tintes románticos tan muggle del concepto. De todas formas, incluso entre dos personas que tanto compartían, la oscuridad dentro de cada uno de ellos era algo personal, casi íntimo. Mejor dejar en el misterio qué hacían por separado.

-Buenas noches-dijo, ofreciendo su abrigo para que lo guardasen en recepción. Pretendía pasar de largo sin saludar a nadie más que a los empleados necesarios. Odiaba aquél lugar. Preferiría mil veces estar persiguiendo traidores y exponerse a peligro que acudir al hotel como si de una carnicería se tratase. Pero tenía su lado práctico, no podía negarlo.

Antes de pasar a la acción, decidió pedir alguna bebida. Sabía que sería una noche larga, y a él las víctimas se le acababan en la mitad de tiempo que a su mujer. No se dejaba llevar por los instintos como la otra y si accedía a torturar algún muggle no era más que para matarlo y decirle un par de tonterías. Rodolphus se sentó en uno de los taburetes, evitando apoyarse en la barra y mirando con desagrado alrededor. Demasiada gente, demasiada.. suciedad. Además, era de los pocos sitios donde los magos aún debían ocultarse -más o menos- para seguir con la pantomima del hotel. No podía sacar la varita y ponerse a lanzar maldiciones porque sí a cualquier sangre sucia o traidor que viese, algo que le incomodaba notablemente.

Esperando su turno, divisó a un elfo doméstico, ocupado como estaba en centrar la mirada en cualquier sitio que no fuese la marea de gente que iba atestando el bar. Rodolphus lo miró con una mueca, ¿quién había dejado a la alimaña corretear suelta por ahí? Levantó la vista al escuchar su apellido y evitó soltar un improperio. Estaba tan acostumbrado a la pleitesía que le brindaban en el colegio que ese tono tan informal le supuso una total falta de respeto.

-Un poco de educación, lo primero. Y un whisky de fuego. Corto-dijo, apretando los dientes y fijando su vista en la muchacha. Algo en ella le llamaba la atención y le repelía al mismo tiempo. Conocía de ella lo mínimo, pero sabía de su condición -como cualquiera con ojos- pero también que antes de ser la criatura que era, no había podido ser otra cosa que sangre sucia. Rodolphus desconocía la edad real y el pasado de la camarera, pero tenía acceso al registro de criaturas mágicas del Ministerio y eso sí podía confirmarlo.

Igualmente, como solía ser él, se mantuvo calmado, frío. Los vampiros en sí no le desagradaban, le eran bastante indiferentes, pero como supremacista que era, consideraba a un humano sangre pura superior a cualquier otro ser, y Charlie no iba a ser una excepción. El moreno alzó las cejas e hizo un aspaviento con la mano, metiendo prisa.

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Rodolphus A. LestrangeSub-Director de Hogwarts

Charlie L. Harrington Hoy a las 9:29 am

Trabajar cara al público permitía enfrentarte a todo tipo de sujetos. Desde aquel que amanecía con una sonrisa imborrable durante las veinticuatro horas del día hasta aquel que parecía tener un palo metido por el culo que le incomodaba a la hora de tomar asiento y, por esa razón – entre otras muchas -, no era capaz de decir ni dos palabras amables ni en el momento en el que los astros se alineaban. Ese último tipo describía perfectamente a Rodolphus Lestrange, uno de los clientes a los que Charlie conocía por sus continuas visitas al Hotel para deleitarse con la tortura humana. No es que, como vampiro, sintiese algún pudor hacia aquellas prácticas. Sino más bien que la simple presencia de aquel hombre y, por supuesto, de su mujer, le causaba un terrible dolor de cabeza.

Respiró hondo y dibujó la mejor de sus sonrisas. No debía. No debía. ¡Charlie, no debes! Se mordió la lengua para no contestar a Rodolphus. El cliente siempre tiene la razón, cualquiera de los que trabajaba en aquel lugar lo sabía tan bien como su propio nombre y eso que prácticamente la totalidad de los que allí trabajaban portaban una identidad falsa que poco tenía que ver con lo que habían sido en su tiempo como humanos.

Y eso hizo. Guardó silencio. Se giró dándole la espalda al hombre y sirvió una copa de whisky de fuego de la zona con bebida para magos y brujas. Colocó dos piedras de hielo de tamaño considerable y vertió el contenido en un vaso bajo antes de coger un posavasos con el logo del hotel. Con ayuda de un bolígrafo de punta fina de color negro, escribió en el reverso del posavasos: un poco de educación. Acompañando aquello con una infantil sonrisa formada por dos puntos y un paréntesis.

Colocó el posavasos y encima el vaso con la bebida, le dedicó una leve y fugaz sonrisa a Rodolphus y pasó al siguiente cliente.

- ¿Me pone uno de esos? ¿Es algún tipo de marca de la casa? – Preguntó una mujer embutida en un vestido ajustado de cuero negro. Labios de color rojo y piel pálida pero, contrariamente a lo esperado, no se trataba de ningún vampiro. Su cabello moreno caía en cascada sobre uno de sus hombros e incluso se atrevió a dedicarle una  mirada coqueta a Rodolphus. – Cielo, invita al caballero de mi parte. – Charlie afirmó con la cabeza y preparó la segunda copara para la mujer.

- Aquí tiene, si es la primera vez que lo prueba ándese con cuidado, por algo lo llaman whisky de fuego. – Apuntó con una sonrisa amable.

La mujer acercó su propio taburete al de Rodolphus y colocó y elevó su vaso, invitando al hombre a brindar.

- ¿Está solo esta noche, señor…? – Dejó aquel hueco libre esperando una contestación por parte de Rodolphus. Como si fuese capaz de llegar a intimidar con un hombre como aquel.

Inconscientemente, la castaña dibujó una sonrisa divertida ante la situación, negando con la cabeza para darse la vuelta y seguir atendiendo a los clientes. Apenas habían pasado cinco segundos cuando cayó en la cuenta de algo. Aquella mujer era muggle. Y estaba hablando con nada más y nada menos que con Rodolphus  Lestrange. No, aquello no auguraba nada bueno y la castaña no se iba a alejar demasiado, no fuese a ser que Rodolphus decidiese que su diversión para aquella noche era aquella pobre muggle que no tenía culpa de nada en esta vida que la de haberse intentado ligar al tipo equivocado.
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