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Coraline I. Murphy el Dom Dic 10, 2017 9:25 pm



Hospital | Habitación 202, primera planta | 17:30 h aprox | 3 de Enero

Habían pasado tres días desde el incidente que casi les costó la vida a Ezra y Coraline, y aún así, para ella era como su hubiese ocurrido el día anterior. Lo tenía demasiado reciente como para olvidarlo sin mas y su cabeza no había parado de darle vueltas al asunto, causándole una migraña de lo mas molesta.

Tras llevarse a Ezra, Donovan volvió a visitarla sin darle demasiadas explicaciones sobre donde había dejado a su amigo, tan solo asegurándole que estaba en un lugar seguro por el momento. Obligó a la morena a explicarle lo que había sucedido varias veces y detenidamente para quedarse con todos los detalles, para después regañarla y advertirla de que Ezra no iba a traerla problemas; mas de los que ya le había dado. Aquello acabó en una pequeña discusión entre ambos, en la cual la bibliotecaria defendía a su amigo a capa y espada mientras que su padre intentaba hacerla entrar en razón. Finalmente la cosa quedó en empate cuando a Cora le comenzaron a escasear las fuerzas para seguir discutiendo con su padre y este notó que la chica se estaba poniendo pálida por momentos.

Acabó por llevarla al hospital pese a la respuesta negativa de su hija, quien aseguraba estar bien y no necesitar atención medica. Que equivocada estaba y que bien había hecho en llevarla allí.

Ingresaron a Coraline bajo el diagnóstico de un traumatismo en la cabeza y otros tantos términos médicos que la chica no supo entender pese a lo avispada que era. Donovan no pudo quedarse demasiado tiempo con ella, el hombre parecía angustiado y preocupado por algo que no estaba dispuesto a contarle a Coraline. Así que en cuanto esta comenzó a hacer demasiadas preguntas sobre su estado de animo, este acabó por marcharse y dejarla allí sola con la promesa de acudir a verla al día siguiente.

Pero no lo hizo, ni el siguiente, ni el próximo.

Resignada, la morena acabó por asumir que su padre la había dejado tirada y que tenía otras cosas mejores que hacer que quedarse allí haciéndola compañía, por lo tanto, estuvo sola durante todo el tiempo. Llegó el tercer día de su estancia en el hospital y, por suerte, el médico de cabecera le anunció que por fin iba a poder volver a casa aquella misma tarde. La chica hubiese saltado de alegría de no ser por lo drogada que la tenían, lo que causó que se pasara el resto del día durmiendo hasta caída la tarde, cuando la presencia de alguien hizo que abriera los ojos. En un primer momento pensó que se trataba de la enfermera de turno que venía a darle el aviso de que podía preparar sus cosas para volver a casa, probablemente en taxi, y la chica sonrió por pura inercia.

¿Ya me puedo ir? — Preguntó somnolienta, frotándose los ojos para terminar de quitarse el sueño que llevaba encima. Cuando su vista se aclaró por fin, vio el rostro conocido de Ezra y se incorporó de inmediato. — ¡Ezra! ¿Que haces aquí? ¿Estás bien? — Le miró de arriba a abajo con urgencia, intentando comprobar que tuviese todos los huesos en su sitio y que, en resumen, estuviese entero como siempre. — ¿Dónde te llevó mi padre? ¿Te han vuelto a molestar? — Si, demasiadas preguntas, pero es que la muchacha necesitaba esa información como el aire para respirar.
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I. Ezra Sullivan el Dom Dic 10, 2017 10:39 pm

Tras dejar atrás la casa de Coraline, Donovan Murphy y Ezra habían ido a parar a una calle secundaria de Londres, dentro del barrio chino de la ciudad. Aquello era un ir y venir de gente a pesar de la hora y la oscuridad e incluso con aquellas bajas temperaturas. La gente iba y venía en todas las direcciones con grandes sonrisas, vestidos de fiesta y con grandes cantidades de alcohol recorriendo su organismo. Todos celebrando un nuevo año que comenzaba mientras que Donovan y Ezra podían celebrar que, un día más, seguían de una sola pieza.

-Por aquí. – Indicó el hombre señalando un local situado en la perpendicular. – Te llevaré con alguno de los Sanadores para que te vean. – Ezra frenó en seco en su avance. No pensaba ir con ningún mago.

- Le agradezco habernos salvado pero será mejor que aquí nos separemos. – Se limitó a decir. Donovan intentó articular palabra ofreciéndole a Ezra ir con él y junto a otros magos a un lugar donde podría estar a salvo, al menos mientras se le curaban sus heridas. Pero el castaño se negó y en el ir y venir de los viandantes aprovechó para perderse entre la multitud alejándose de Donovan.

Le dedicó una última mirada, cargada de agradecimiento, y junto con la gente se perdió por las calles de la capital, cojeando por el dolor acumulado en sus piernas después de todo aquello.

Durante los dos días siguientes estuvo en una vivienda abandonada. Apenas salió salvo para hacerse con alcohol para las heridas y, para ser sinceros, para sí mismo. Aguantar aquel dolor comenzaba a volverse insoportable por lo que pasó más horas inconsciente a causa de la bebida que a causa del dolor o la fatiga por la falta de horas de sueño.

Al tercer día dejó atrás su zona segura para buscar un nuevo lugar donde esconderse. Había aprendido con el tiempo que no era buena idea mantenerse en un mismo lugar durante mucho tiempo si quería mantenerse con vida. Y por eso salió a la calle en busca de un nuevo lugar, aprovechando la oscuridad de la noche y, por desgracia, acabando por encontrarse con alguien conocido.

- Estuve horas buscándote. – Dijo Donovan. - ¿Estás borracho?

- No.

- Hueles a alcohol.

- Porque he bebido alcohol. – Contestó con indiferencia.

-Mi hija jugándose la vida por ti y tú desperdiciando la tuya como un idiota borracho. – La decepción se podía masticar solo escuchando las palabras de Donovan, quien miraba a Ezra por encima del hombro. – Eres un desagradecido. – Elevó el tono de voz, incluso apretó la varita en su mano con fuerza. – Espero que si le sucede algo en el hospital cargues con la culpa. Vas a tener que vivir con ello lo que te quede de vida. – Dijo el hombre antes de desaparecerse ante los ojos de Ezra.

- Cora, ¿Está bien? – Pero ya era demasiado tarde. Donovan se había ido soltando aquella bomba sobre Ezra. Esa bomba que sólo hizo que el hombre tirase lo que quedaba de botella sobre el suelo, estrellándose sobre este y rompiéndose en el acto, antes de emprender la carrera para buscar a Coraline en los hospitales de la zona.

Le llevó varias horas, llamadas y favores descubrir en qué centro médico se encontraba Coraline. Y mucho más tiempo y esfuerzo conseguir colarse en el hospital en el que la chica se encontraba, dar con ropa para pasar desapercibido y colarse en su habitación del hospital.

Rozaban las cinco y media de la tarde del tres de enero cuando Ezra entró en la habitación de Coraline, leyendo su expediente con una mano mientras que con la otra sujetaba la pitillera de manera nerviosa. Necesitaba un cigarro, pero hasta él sabía que no podía fugar en un lugar como aquel.

Se acercó a la camilla en silencio. Coraline dormía, e incluso había tranquilidad en su rostro. Fue a tomar su  mano y sentarse a su lado, pero la chica despertó haciendo que Ezra se sobresaltara. Cerró la puerta tras de sí y volvió a acercarse a la camilla de Coraline esperando que nadie abriese una puerta cerrada.

- No hables tan alto. – Dijo acercándose hacia su cama. - ¿Tú estás bien? ¿Qué te ha pasado? – No entendía ni la mitad de lo que ponía en el informe de Coraline y la letra del médico que lo había escrito no ayudaba a que pudiese comprender lo que ponía. – Me dijo que estabas en el hospital y tenía que saber que estabas bien. – Admitió ya siendo consciente que la chica saldría de ahí en algún momento. – No. No sé nada de ninguno de ellos desde fin de año. ¿Desde cuándo llevas aquí? ¿Te volvieron a atacar? – La culpa lo golpeó de pleno.
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Coraline I. Murphy el Jue Dic 14, 2017 7:49 pm

La chica cerró la boca inmediatamente al darse cuenta de la escandalera que estaba montando; quizás estaba exagerando demasiado.

¿Pero como no preocuparse? Había estado tres días sin saber nada de Ezra y la última vez que se vieron apenas tuvo tiempo de despedirse de el. Haber estado postrada en una cama de hospital estando sola había sido frustrante, pero no tanto como el no saber nada de el ni poder salir de allí para buscarle. De todas formas ya podía olvidarse de aquello, pues en ese momento le tenía delante de ella y para su tranquilidad parecía estar sano y salvo. Quizás con una ropa un tanto extraña para el, pero bien al fin y al cabo.

Lo siento, es que ya pensaba que no te iba a volver a ver. — Le siguió con la mirada, mientras este cerraba la puerta de la habitación para no ser sorprendidos por nadie. — No, yo tampoco les he vuelto a ver, no se que habrá hecho mi padre con ellos, pero supongo que habrá sido algo muy malo para el, pero bueno para nosotros. — Cerró los ojos durante un momento y se llevó la mano a la nuca, olvidando que tenía una venda que le rodeaba la cabeza a modo de diadema, por decirlo de alguna forma. Estaba hasta las trancas de tranquilizantes y antibióticos, pero aún así era inevitable sentir algún pinchazo en la cabeza de vez en cuando. — Tengo un traumatismo craneonosequé, pero por lo demás estoy bien. Nada mas allá que un par de cortes, moratones y las manos magulladas. — Levantó las manos para enseñárselas, ambas estaban vendadas dejando los dedos al aire.

Se incorporó para sentarse sobre la cama y le dejó un hueco a Ezra para que se sentara a su lado, necesitaba verle de cerca. — Ven, siéntate. — Palmeó la superficie de la cama a modo de invitación. Cuando le tuvo cerca percibió cierto olor familiar en el, el cual la transportó enseguida al pub irlandés que ella frecuentaba. — Ezra... ¿Has estado bebiendo? — Su pregunta fue entonada del mismo modo que lo haría una madre, con cierto aire de regañina y de preocupación a la vez. Le acarició la mejilla izquierda para rozar por encima lo que le parecía que era un arañazo y le miró con cierta tristeza.

¿Dónde has estado metido estos días? Estaba muy preocupada. Cuando mi padre volvió a casa después de sacarte de allí no quiso decirme donde te había llevado ni si estabas bien. Creo que se me fue la cabeza y se asustó, así que me trajo aquí. — Bien hecho, porque si la hubiese llevado a alguna especie de hospital o curandero mágico habría terminado por darle un yuyu que la hubiese dejado en el sitio. — Tendrías que haberte quedado en mi casa estos días, pareces muy cansado. — Retiró la mano antes de que comenzara a salir un sarpullido alérgico en la cara de su amigo debido a una exposición al tacto humano demasiado prolongada.

Toc, toc.

Llamaron a la puerta y Coraline pegó un bote del susto. — ¿Señorita Murphy, puedo entrar? Vengo a darle el alta. — Una voz femenina, la de la enfermera que la había estado atendiendo se escuchó tras la puerta. — Eh... ¡No, me estoy vistiendo! — Exclamó en un intento de evitar que entrara al ver como la maneta de la puerta se movía. — Oh, disculpe, entonces pase por recepción cuando esté lista para firmar. — La maneta dejó de moverse y la voz de la enfermera también se apagó, haciendo que Cora suspirara profundamente.

Entre unos y otros me vais a matar de un infarto. — Se puso una mano en el pecho. — Bueno, pues ya podemos irnos.
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I. Ezra Sullivan el Jue Dic 14, 2017 10:27 pm

Se había sentido culpable desde que había puesto un pie en el interior de la biblioteca pero todo aquello creció de golpe y sin previo aviso al ver a Coraline tendida en la cama. Casi inconsciente, con vendaje reciente. Tan frágil. Como si de una muñeca rota se tratase, algo que poco tenía que ver con la Coraline que conocía. La Coraline que conocía era una mujer fuerte. Era una mujer hecha a sí misma incapaz de doblegarse por las adversidades. Era una persona que luchaba hasta que le faltase el aliento. Y, en aquel estado, parecía que el aliento ya le faltaba y todo por su culpa.

Verla abrir los ojos de alguna forma le reconfortó pero no lo suficiente como para lograr alejar la culpabilidad que sentía en aquel momento.

- ¿Es algo grave? – Preguntó sin comprender muy bien cuál era el verdadero significado de aquella definición. Ezra sabía de términos médicos lo que había visto en televisión o leído en alguno de aquellos libros de Robin Cook acerca de medicina ya tantos años atrás, lo cual no servía mucho como para entender a qué se refería aquel diagnóstico.

Por mucho que no fuese una persona apta para el contacto humano acortó la distancia entre ambos, sentándose en un lado de la cama con cuidado de no dañar a Coraline. Ya se sentía suficientemente culpable como para encima agravar la situación médica de la castaña sentándose de malas maneras en la cama del hospital.

- Sí. – Se limitó a contestar. - ¿Tú también vas a regañarme por ello? Tú padre ya se ha encargado de echarme en cara lo mala persona que soy hace unas horas, así que puedes ahorrarte el papel de madre. – Dijo con su habitual tosquedad. No era alguien a quien se le diese bien tratar con otras personas. A veces parecía que tenía la sensibilidad de una piedra e incluso era posible que en muchos de aquellos casos las piedras tuviesen mayor sensibilidad aparente que él.

Se dio cuenta de su sequedad y, casi instantáneamente, añadió un nuevo matiz a su contestación.

- ¿Querías que te trajese una copa? – Intentó dibujar una sonrisa mirando la mano de la castaña que apenas unos segundos atrás había rozado su rostro. No le había incomodado. Le había hecho sentirse parte necesaria. Alguien importante en la vida de Coraline aun cuando parecía haber estado a un paso de destruirla desde los pilares.

Contrariamente a lo que podría haber hecho en otra situación tomó la mano de Cora entre las suyas propias. Se sentía culpable de todas las heridas que decoraban el cuerpo de la chica aún cuando él mismo estaba en las mismas condiciones que ella.

- He estado bien. Sé cómo esconderme de ellos. He ido de un lado a otro para que no me encontrasen. – Elevó la vista sin soltar una de las manos de Coraline de entre las suyas, mirando los vendajes en lugar de enfrentarse a ser juzgado por los ojos ajenos. – No. Ya te metí en suficientes problemas como para que te pudiesen relacionar aun más conmigo.

La soltó sin previo aviso. Incluso se levantó de la cama casi de un salto. Buscó donde esconderse sin éxito pues en una habitación como aquella lo único que podía hacer era lanzarse por la ventana. Y no, no se lo estaba planteando en serio como una opción factible.

Respiró aliviado, incluso cerró los ojos, cuando la enfermera decidió volver en otro momento. O más bien irse para no volver dejándole a Coraline la intimidad que esta pedía.

- ¿Ya puedes irte? – Preguntó frunciendo el ceño. – No deberías irte aún. Esas heridas no tienen buen aspecto y en el hospital estarás más segura que en casa. Aquí no te atacarán y… - Miró a Coraline. - ¿Me estoy pasando? – Hasta él era consciente que pecaba de paranoico pero con todo lo que había vivido no podía comportarse de otra manera. – Vístete, yo saldré de aquí y nos vemos abajo. No sé aún cómo, improvisaré algo. – Se acercó a la puerta y miró a través del poco que había abierto. A un lado y a otro para cerrar después. – Nos vemos abajo. – Y acto seguido salió de allí cerrando la puerta rápidamente tras de  sí.
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Coraline I. Murphy el Dom Dic 17, 2017 4:01 pm

Ya estaba tardando en salir ese temperamento tan especial de Ezra, demasiado había aguantado sin sacarlo. Pero no podía quejarse ni echarle nada en cara, ya que al fin y al cabo lo había tenido que haber pasado bastante mal durante los días que habían estado separados. No quería preguntar donde se había estado escondiendo para no agobiarle, pero la intuición le decía que no había sido en un hotel de cinco estrellas precisamente. El hecho de que la llamase madre le hizo pensar, ¿realmente su preocupación era similar a la de una madre o había algo mas? Y es que nunca se había preocupado por alguien de ese modo y eso llenaba de dudas la cabeza de Cora. Le hubiese gustado seguir disfrutando del tacto de las manos del hombre, pero era hora de marcharse de allí.

Y me alegro de poder irme Ezra, los hospitales son un asco. — Había pasado mucho tiempo encerrada en uno de ellos cuando su madre estuvo enferma y los odiaba, además de que le causaban cierto miedo que era incapaz de explicar. — Ahora la madre eres tu. — Sonrió, dándole un codazo en el brazo y empujándole hacia la puerta. — Venga, espérame en la parte de atrás, en el aparcamiento de las ambulancias. — Ese era el lugar donde siempre solían quedar en las películas, así que le pareció bastante apropiado.

Cuando Ezra salió de la habitación se vistió y guardó sus cosas en una bolsa de deporte. Salió de la habitación y con algo de prisa se dirigió a la recepción para firmar los papeles del alta, pero su doctor la interrumpió y se la llevó para hacerle una última revisión. Tardó media hora en comprobar que todo estuviera bien, en recetarle varios medicamentos y en ponerle un estúpido collarín que la morena comenzó a odiar desde el minuto uno.

Finalmente aquel doctor pesado la dejó marchar por fin y Coraline salió a toda prisa del hospital para dirigirse al aparcamiento donde había quedado con Ezra, en cuanto le vio se acercó a el quitándose el dichoso collarin. — No pienso llevar esta cosa ridícula, ni que fuese un dichoso perro. —Se quejó, tirándolo en el contenedor de basura mas cercano. Miró a su alrededor y pese a que solo les acompañaban varias ambulancias aparcadas y un par de trabajadores tomando un café y fumando al aire libre, la morena no se fiaba de estar allí fuera a ojos de cualquiera; su mayor temor era que fuesen atacados de nuevo.

Vámonos, odio este sitio... — Cogió a Ezra del brazo para caminar con el y entonces sus tripas comenzaron a rugir con rabia. —  Joder que hambre, llevo días sin comer nada decente. — Por no decir que no había probado bocado de la comida que le servían en el hospital y había estado sobreviviendo a base de chucherías de las máquinas expendedoras. — Te invito a algo... ¿Burger King? — Era una invitación mas de broma que otra cosa por varios motivos: no era cuestión de ir paseándose por lugares públicos como si nada por su propia seguridad y no iba a ser tan cutre de invitar al pobre hombre a un restaurante de comida rápida. — Es broma, pero necesitamos ir a algún sitio en el que podamos hablar, necesito que me digas que vas a hacer ahora.

Hacía un frío de narices y la humedad que había en el ambiente indicaba que pronto iba a llover. No pasaron mas de cinco minutos cuando comenzaron a caer las primeras gotas, las cuales se iban haciendo mas intensas  en cuestión de segundos. La morena no quería sumar un resfriado a las heridas que ambos tenían así que corrió al primer lugar que vio, unas galerías subterraneas en las que se encontraba una especie de centro comercial algo antiguo, prácticamente lleno de tiendas de recuerdos. — ¿Quieres una taza de su majestad?
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I. Ezra Sullivan el Lun Dic 18, 2017 4:43 pm

Salió despedido de la habitación doblando en la primera esquina en cuanto le fue posible hasta llegar a una habitación habilitada para la limpieza. Con escobas, fregonas y un par de uniformes de los trabajadores. Cajas de gran tamaño con materiales de limpieza y un par de carritos con guantes de goma. Aprovechó para quitarse la bata médica que había cogido prestada y la dejó doblada sin mucho esmero en una de las cajas antes de volver a salir de ahí. Podría haberse convertido en todo un maestro del disfraz haciéndose con un uniforme de limpiador pero si ya se había arriesgado suficiente para pasar desapercibido como médico dudaba que fuese capaz de lograrlo una segunda vez como limpiador.

Fue con paso tranquilo sin elevar la vista para mirar a nadie. Miraba al frente, como si no pasase nada. Como si cientos de pensamientos no estuviesen golpeando su mente haciéndole dudar de qué debería hacer y cómo. Torció a la derecha al ver como uno de los trabajadores le miraba con curiosidad y se encaminaba en su dirección y entró al ascensor poniendo la mano sobre el sensor de movimiento haciendo que la puerta se abriese de par en par.

- Buenas tardes. – Dijo casi para el cuello de su camisa antes de pulsar el botón del parking del hospital. Dos paradas más donde se bajaron un par de pacientes y pudo llegar hasta la zona de recepción, donde una camilla de gran tamaño intentaba hacerse paso para entrar al ascensor.

- Disculpen. – El enfermero intentaba no golpear a nadie según pasaban con la camilla con su correspondiente paciente en esta. Un par de tubos salían del brazo del chico joven que descansaba con los ojos casi cerrados y su respiración era lenta pero sonora, como si fuese Darth Vader.

Ezra, en lugar de quedarse ahí intentando que la camilla entrase en el ascensor, salió para no seguir perdiendo el tiempo en dirección a las escaleras que llevaban al piso inferior.

- ¿Necesita algo? – Preguntó una mujer ancha de huesos desde la zona de recepción, elevándose para mirar a Ezra y seguirlo con la mirada. - ¡Señor! – Elevó la mano intentando llamar su atención y Ezra se giró para atenderla intentando así no llamar demasiado la atención de los trabajadores y de los pacientes.

- ¿Pasa algo? – Preguntó intentando respirar de manera calmada. Aún sentía que en cualquier momento alguien podía darle caza, y no estaba por la labor de dejárselo tan fácil.

- ¿Necesita ayuda?

- No, he venido a ver a una amiga y ya me iba a casa. ¿Hay algún problema con ello?

- No, no en absoluto. Disculpe la intromisión y lamento las molestias. – Se disculpó la mujer, quien lo había tomado por un indigente que se había colado en el hospital y que, posiblemente, le contestaría de malas maneras y tendría que avisar a seguridad. Por suerte, aquello no había sucedido.

Bajó las escaleras que le separaban de la zona del aparcamiento y se mantuvo cauto, mirando de un lado a otro esperando a que Coraline apareciese. Lo cual le llevó un buen rato.

- O una lámpara. – Nunca había entendido bien la utilidad que los collarines tenían en las personas. Principalmente porque cuando había tenido que usar uno había repetido el mismo movimiento de Coraline para lanzarlo al contenedor más cercano. – A mí la idea del Burger King me gustaba. – Contestó algo decepcionado mientras aceleraba para alejarse lo máximo posible del hospital.

Antes de que pudiesen dar con un lugar tranquilo para hablar la tormenta los sorprendió. Las gotas de lluvia comenzaron a caer con fuerza y, al no contar con nada con lo que protegerse de algo tan simple como la lluvia, ambos pasaron a ocultarse en unas galerías subterráneas con tiendas de recuerdos por todas partes.

- Mejor un plato con su cara. – Dijo el hombre caminando por las tiendas y cogiendo uno de los platos para ponérselo en su propia cara antes de devolverlo a su lugar. – Siempre me gustó coleccionar postales de los lugares donde iba. Pero nunca tuve una de Glasgow, vivíamos ahí y por eso nunca la compré. Debería haberlo hecho, ahora ya no podré volver a comprarla. – Miró en dirección a Coraline, dejando atrás la tienda de recuerdos. – Hay una cafetería ahí abajo. – Señaló. – Te cambio información por una taza de té caliente.
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Coraline I. Murphy el Miér Dic 20, 2017 8:21 am

Lo que al principio habían sido cuatro gotas de nada acabó por convertirse en un diluvio. La lluvia comenzó a caer de forma intensa y el sonido de las gotas de agua resonaba por las paredes de las galerías, en las cuales se podía percibir la misma humedad que en el exterior, quizás mas. Era un lugar algo frío y tétrico que le recordaba un lugar abandonado o fantasmal; un lugar idílico sin duda alguna, perfecto para esconderse de todo, hablando irónicamente, por supuesto.

La imagen de Ezra con la cara de la Reina de Inglaterra era un tanto perturbadora, así que se alegró de que se quitara el plato de la cara, no le sentaba nada bien. — Creo que prefiero a la pobre Lady Di. — Respondió con cara de circunstancias, pero en parte alegrándose de que hubiese recuperado un poco de ese humor tan extraño suyo; eso era una buena señal. — ¿Y quien te dice que no? Todo esto acabará solucionándose y podrás volver a casa cuando quieras. — No es que la bibliotecaria quisiera que Ezra se fuera a Escocia y se quedase allí para siempre, pero quizás esa era una forma de evadirse y de huir de la justicia; como siempre, la cabeza de Coraline ya estaba pensando en algún plan digno de película de acción para esconder al hombre.

Que remedio, seguro que te has gastado todo tu dinero en lo que sea que hayas estado bebiendo. — Bromeó, utilizando un tono materno a propósito esta vez. En realidad no le molestaba en absoluto invitarle a tomar algo y mucho menos a comer. De hecho pensaba que aquello era una pequeñez y que podría ayudarle de otro modo, pero tal vez eso podría surgir mas adelante.

Le guió por aquel subterraneo sin saber muy bien hacia donde iban. La mayoría de las tiendas estaban cerradas y el resto daban un mal rollo importante, siendo estas de artículos de colección, esoterismo (lo que les faltaba) y otras cosas extrañas, como arneses para cosas que la morena no comprendía. Al final del todo, un cartel luminoso llamó su atención y pareció haber caído del cielo. "Burger King" decían las letras de neon, que anunciaban que ese iba a ser el mejor lugar en el que iban a poder meterse. — Alguien te ha concedido tu deseo.  — Le dio un pequeño codazo en el costado y tiró de el hacia el restaurante de comida rápida.

Este no tenía mucho mejor aspecto que el resto de locales y se notaba que también estaba viejo y de capa caída, incluso tenía un cartel de próximo cierre. En el interior sonaba una musquita digna de ascensor y, además de los trabajadores, se encontraba un grupo de turistas japoneses y un grupito de adolescentes riendo como monos en una de las mesas mas apartadas. — Que estampa mas bonita... — Comentó Coraline, pensando que aquello era surrealista. Pasaron al lado de los japoneses para ir a pedir algo y estos saludaron con un "Konichiwa!" a grito pelado que asustó a la chica.

Pidió un par de menús completos y dos cafés bien cargados y buscó sitio en un lugar apartado pero a su vez lejos de las hormonas de aquella panda. En la mesa se encontró con un par de coronas de cartón y no tardó demasiado en ponerle una a Ezra en la cabeza. — Porque esto es un banquete digno de reyes. — Bromeó mientras se acomodaba y soltaba sus trastos. — ¡Que aproveche! — Ni si quiera esperó a que Ezra desenvolviera sus cosas y empezó por darle un buen bocado a su hamburguesa de dos tipos, sin tener ningún reparo en ensuciarse las manos y la boca de salsa de tomate; el hambre gana.

¿Que piensas de lo que te dije antes? Tal vez puedas volver a Glasgow una temporada hasta que se olviden de ti... Si quieres, yo puedo vigilar y estar al tanto de la policía y de la gentuza esa del ministerio e informarte de lo que pasa. — Se estaba pasando con tanto ofrecimiento, ni si quiera sabía como iba a hacer todo aquello siendo solo una simple bibliotecaria del montón que ni si quiera tenía contactos importantes en alguna de las dos partes. — Y sino, te repito que puedes quedarte conmigo en casa o, no sé, quizás mi padre conozca algún sitio seguro... — Aunque pensándolo bien, parecía que a Donovan no le había caído demasiado bien Ezra y no comprendía el motivo.
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I. Ezra Sullivan el Miér Dic 20, 2017 3:42 pm

Con la justicia muggle y mágica pisando sus talones la idea de dejar Londres para volver a su ciudad natal parecía impensable a no ser que la llevase a cabo andando. Las carreteras estaban controladas por los muggles y utilizar un medio de transporte como podía ser el avión o el tren suponía un peligro de tal magnitud que casi era parecido a tirarse, directamente, a las vías y así acabar antes con el sufrimiento que le esperaría después.

- ¿Y eso cuando será? – Preguntó a sabiendas que Coraline tampoco tenía ni la más remota idea de cuándo eso sucedería. – Además, cuando las cosas se tranquilicen para los magos para mí seguirán igual de jodidas. A mí no me persiguen por mi sangre, sino por mis crímenes. Incluso un cambio de gobierno entre los magos podría acabar conmigo entre rejas. - ¿Acaso podían mandarle a una prisión mágica cuando el gobierno volviese a manos de alguien coherente? No conocía la historia al pie de la letra pero su hermana le había hablado de cómo el poder lo ostentaba una mujer que no era más que una marioneta e las manos de un villano sacado de la ficción. Un tal Lord algo. No recordaba su nombre, sólo que su ego era tal que se sentía un personaje caballeresco y precisaba ponerse el título de “lord” delante.

Elevó una ceja y estuvo a un paso de soltarle una bordería a Coraline pero no lo hizo. Sabía que lo único que buscaba era molestarle y no precisamente de una manera hostil. Más bien como un trato amable e incluso cariñoso. Como bien hacían otras personas a modo de broma y que él no llegaba a comprender. Por lo que cerró la boca antes de dejar salir una impertinencia y frunció el ceño.

- Envidiosa. – Refunfuñó como si fuese la envidia por aquella bebida lo que animara a Coraline a lanzar aquel tipo de comentarios.

No pudo evitar soltar una carcajada al ver el restaurante de comida rápida a lo lejos. Debía admitir que nunca había sido alguien que comiese comida sana. Más bien se llevaba a la boca lo primero que quedaba a su alcance y, con los años, la calidad incluso había ido a peor. Si de niño aceptaba tomarse la ensalada que su madre ponía como acompañamiento dentro de la comida, con casi cincuenta años había preferido no tocar lo verde en la comida. La hierba para las vacas, siempre había dicho.

- Parece una puta postal de Humor Amarillo. – Contestó Ezra lanzando una mirada poco disimulada en dirección a los chinos. Porque para él todos eran chinos. No es que fuese racista – que tampoco es que no lo fuese – sino que les veía a todos iguales sin importar si eran de Japón, de China, de Corea la buena, de Corea la mala o trabajadores del todo a cien más cercano.

Antes de que Coraline había dicho que aproveche, Ezra ya tenía media hamburguesa en la boca. Y es que en aquel momento estaba que era capaz de morder. Lo último sólido que había comido habían sido unas galletas de hospital que había cogido al buscar la habitación de Coraline horas antes. Pero, previo a eso, no recordaba siquiera la última vez que se había llevado algo así a la boca.

- ¿Qué pasa? – Miró en dirección a Coraline. - ¿Qué la comida del hospital no estaba a la altura del gusto de la señorita? – Dijo aquello tras, prácticamente, engullir cinco patatas de golpe.

Ni loco se planteaba que el padre de Coraline le ofreciese refugio. Antes prefería quedarse por ahí en la intemperie o caerse muerto. No le gustaba que le juzgasen y mucho menos un desconocido y aquel hombre lo había hecho. A su vez, la idea de viajar a Glasgow le seguía pareciendo impensable, al menos por el momento.

- Tengo donde quedarme. – Aseguró, aunque lo cierto es que ese lugar iba cambiando cada pocos días y siempre estaba la oportunidad de que no hubiese lugar donde quedarse en más de una ocasión. Tampoco aquello le quitaría el sueño. – Había pensado ir a casa una última vez. Coger mis cosas, ir a ver a mi madre e irme del país. – Ver a su madre, al cementerio, por supuesto. Pero era algo que no había podido hacer. Ni siquiera pudo ir al funeral. – Sé que quizá es una locura pero, ¿Te vendrías? No a Glasgow, digo por Europa. O América. Donde sea pero lejos de aquí. Ahora todo está calmado para los que no tenéis magia y no os habéis metido en problemas pero llegará el día donde se cansen y decidan también perseguiros a los inocentes. ¿Por qué no irte ahora que puedes?
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Coraline I. Murphy el Miér Dic 20, 2017 6:00 pm

¿Humor amarillo? Coraline se quedó pensando en que eso le sonaba demasiado y comenzó a atar cabos; era un comentario sobre gente asiática y los que habían allí eran japoneses, por ende era algo relacionado con japón... ¡El programa de los ochenta! ¿Cómo podía haberlo olvidado? Si además había sido presentado por uno de sus actores y director de cine de terror preferido, Takeshi Kitano. Al comprender la referencia, Cora soltó una risa retrasada, si, retrasada por llegar tarde y por su falta de masa cerebral. Esto fue seguido de una pequeña asfixia por culpa de la risa y el intentar comer mucho y muy rápido. Dejó su hamburguesa de lado y buscó su refresco con ansias en un intento de calmar la tos que le estaba entrando, la cual llamaba la atención incluso de la panda de de tolais que tenían sentados cerca.

No, la comida de los hospitales es un asco, entre que no le ponen sal a nada y todo son purés para ancianos... — Respondió una vez hubo recuperado el aliento. — Pero vaya, que tu tampoco te estás quedando atrás eh. — Cogió una patata frita y estiró el brazo para acercarla a la comisura de la boca de Ezra, la cual estaba manchada con ketchup, y después se la comió como si nada. A ojos de cualquiera, incluso de el, podía parecer una guarrada de las buenas, pero... ¿Que mas da? Habían estado apunto de morir juntos y eso les daba cierto grado de confianza y la confianza da asco.

No se fiaba ni un pelo de Ezra, mas que nada, por que estaba segura de que no terminaba de ser sincero con ella en cuanto al tema del lugar en el que se quedaba. Y tenía ganas de indagar, de picarle hasta conseguir que le diera algún detalle mas, hasta que le pilló por sorpresa su invitación. Dejó la comida de lado y se limpió las manos y la boca con una de las servilletas de papel que había en su bandeja, tan rugosas que le dejaron la piel roja momentáneamente. — ¿Hablas en serio? — Preguntó con incredulidad, le costaba asimilar que Ezra quisiera que se fuese con el y mucho menos salir del país.

Se le hizo un nudo en el estómago, en ese momento estaba verdaderamente confundida. Se silenció para pensar y durante ese momento entró una familia numerosa, un padre, una madre y cuatro niños, todos vestidos con chubasqueros y mojados hasta la coronilla. El silencio de Coraline fue cortado por el ruido que hacían los niños, quienes comenzaron a gritar y corretear por el restaurante, haciendo sonidos con sus botas de agua. Iban de mesa en mesa cotilleando a la gente y, al pasar por la suya, les robaron varias patatas y un sobre de ketchup para después de sacarle la lengua a Ezra salir corriendo.

Tenía que pensar en los pros y los contras y tenía que hacerlo ya, no podía tenerle esperando eternamente. ¿Qué tenía ella en Londres? Un trabajo en el cual la amargaban cada vez mas sus compañeros, una familia con la que prácticamente no se hablaba y una vida solitaria y monótona; además de los problemas que se había ganado gracias a el. Sus palabras resonaron en su mente y sintió miedo, pues era probable que acabara teniendo razón, sobretodo después de haber visto con sus propios ojos el desprecio que tenían algunos magos hacia la gente como ellos, ¿cuanto tardarían en pensar todos igual?

Si, es lo mas loco que has propuesto hasta el momento. — Carraspeó para aclararse la garganta. — Pero mentiría si te dijera que no quiero irme contigo, porque el no saber donde andas me ha estado matando, no exagero. — Ya esta, ya lo había soltado, aunque aún no había terminado de quitarse ese peso de encima que le oprimía el pecho. — Aun así tengo que hacer muchas cosas: renunciar al trabajo, dejar el apartamento... ¿Hay tiempo para eso?  También tendríamos que pensar donde ir y... — Había un pequeño o pequeños detalles con los que no había contado. — ¿Y tus gatos? También deberíamos buscarles un hogar o que se yo... — Se echó hacia atrás apoyando la espalda en el respaldo de la silla, se estaba ahogando en un vaso de agua.
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I. Ezra Sullivan el Jue Dic 21, 2017 9:05 am

Nunca había sido alguien con muchos modales. Más bien todo lo contrario. Y si alguna vez los había tenido por estar en presencia de su madre y por miedo a llevarse una colleja, ya hacía tiempo que los había perdido. Aquel tipo de apariencias podían ser para gente de clase alta que se codeaba con personas que necesitaban besar el suelo que pisaban. Pero no para él, quien nunca había estado dentro de la clase privilegiada y lo más cercano que había tenido a unos modales era el hecho de limpiarse la boca usando una servilleta en lugar de la manga de la camisa.

Aunque ya estaba Cora allí para usar una patata y encima llevársela a su propia boca, lo que descolocó al castaño. No porque lo considerase algo asqueroso – que, dado quien era, no era el caso – sino por la confianza que Coraline mostraba de manera tan gratuita cuando, en circunstancias normales, habría huido de él para no acabar metida en más problemas de los que ya le llegaban a la altura de las rodillas.

Apenas tardó tres minutos en terminarse la hamburguesa y todas las patatas, dejando para el final la bebida y el cúmulo de hielos que había en el interior de aquel embase de plástico. Bebió usando la pajita haciendo que rápidamente el contenido llegase a su fin y acabase absorbiendo el hielo y haciendo aquel ruido al sorber tan característico.

- Esta es la razón por la que no tengo hijos. – Bueno, entre otras tantas. Pero esa era una de ellas.

Cuando uno de los niños miró de nuevo en dirección a Ezra, esta vez subido sobre uno de los sillones y mirando alzando la cabeza a través del respaldo, este alzó el dedo corazón en dirección al niño que miró sin comprender lo que sucedía y, acto seguido, bajó la vista en dirección a su hermano haciendo una señal que Ezra no alcanzó a ver.

- Pensaba que lo más loco sería salir de una casa ardiendo porque un loco nos quería matar en su desván. – Dijo Ezra indagando entre los restos de papel de las hamburguesas y las patatas en busca de algún resto pero no había ya rastro alguno de alimento, por lo que se resigno a dar un nuevo trago de aire y hielo derretido a su bebida antes de pasar al café.

Era cierto que aún había mucho qué hacer si decidían tomar ese camino. No todo era pensar y simplemente actuar sin miramientos. Había que elaborar un plan, acordar tiempos y ver qué rumbo iban a tomar. Pero para alguien impulsivo y, en ocasiones, poco racional como Ezra, aquello parecía ser demasiado complicado.

- Yo podría ir a Glasgow y luego volver a Londres a por ti. Aunque quizá sería mejor no separarse. No sabemos que esos magos nos siguen buscando. – Frunció el ceño, hasta él mismo sabía que en caso de que Coraline accediese a salir del país no se alejaría de él tan fácilmente, sino que iría sí o sí en dirección a Glasgow por mucha queja que pudiese poner Ezra sobre el tema. – Habría que planificar bien todo y volver a tu casa no es una opción. Al menos para mí. Estoy seguro que tu casa está vigilada y lo último que quiero es volver a meterte en problemas. – Había dicho aquella frase tantas veces que ya sentía que había perdido todo el sentido.

Los niños volvieron a pasar al lado de Ezra y Coraline corriendo como si su vida dependiese de ello mientras sus padres intentaban hacer un pedido al hombre que atendía quien no parecía muy dispuesto a hacerles una oferta por familia numerosa. Por fin consiguieron su pedido y comenzaron a avanzar en dirección a su propia mesa para tomar asiento y comenzar a comer.

Ezra aprovechó el momento de distracción de los padres para estirar una pierna disimuladamente cuando uno de los niños pasaba a su lado. Resultado: un niño en el suelo con la nariz sangrando. Comenzó a llorar sin saber siquiera que había sucedido haciendo que sus hermanos y padres se acercasen corriendo para ver lo sucedido.

- Deberían erradicar a los niños. – Dijo dando un trago a su café y mirando en dirección a la comida de la otra mesa, ahora sin vigilancia. – Te espero fuera. – Dio un trago a su bebida y cogió las bolsas de comida de la mesa colindante a la suya, pues todos estaban demasiado preocupados por el niño que sangraba como para darse cuenta que Ezra salía del local de comida rápida con comida de más.

Dobló la esquina de la galería y se sentó en unas escaleras que conducían a la planta superior. Por la lluvia y la tormenta apenas había luz, pero sí la suficiente como para permitirle ver lo que había en aquellas bolsas y sacar una nueva hamburguesa de una de ellas.
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Coraline I. Murphy el Jue Dic 21, 2017 11:12 am

Los niños eran unos pesados, de eso no había ninguna duda, sobretodo cuando tenían unos padres que pasaban olímpicamente de ellos y les dejaban a su bola. Connor y ella siempre habían sido buenos chicos pese a que su madre era muy indulgente con ellos, simplemente bastaba una mirada de su padre para saber que estaban haciendo algo mal y debían parar. Donovan nunca les había puesto la mano encima ni les había gritado mas de la cuenta y aún así era un hombre que se hacía respetar, tenía algo en la mirada que te daba a entender perfectamente cuando se encontraba molesto y cuando se encontraba en un modo calmado y pacífico. Coraline nunca llegó a saber el misterio tras los ojos de su padre y, probablemente, no llegaría a hacerlo.

Ya, seguro que esa es la única razón. — Se encogió de hombros, pensando que simplemente no había encontrado la persona adecuada. — Probablemente no serías un mal padre, solo un poco rarito. — Sonrió, era divertido imaginarse a Ezra haciendo de papaíto, no le pegaba en absoluto pero a su vez lo veía como algo posible.

Todos sus actos se estaban convirtiendo en una locura últimamente y estaba convencida de que lo peor aún estaba por llegar, si es que había algo mas malo que tener que huir de tu propia casa. — Tampoco quiero ser una molestia ni estar pegada todo el día a ti como una lapa, acabarías cansándote y mandándome a la mierda. — Volvió a coger su hamburguesa, pese a que no se quitaba ese dichoso nudo del estómago, ¿que narices le estaba pasando? Ni que fuese una colegiala o algo por el estilo. — Además, si eso te hace estar mas tranquilo, puedo intentar quedarme con alguien mientras estés fuera. Alguna compañera de trabajo o que se yo... — La primera que se le vino a la cabeza era la maldita Doris y la descartó enseguida, menudo infierno debía ser tener que convivir con ella también fuera del trabajo.

La morena se llevó ambas manos a la boca para tapar la cara de sorpresa que se le había quedado al ver al niño darse de bruces contra el suelo. Podía parecer muy cruel, pero una risa tonta se apoderó de ella haciéndose sumamente difícil de disimular. El crío comenzó a chillar y llorar como si le estuvieran matando mientras que sus hermanos, al igual que Cora no podían dejar de reírse. Su madre, indignada, les pegó una colleja a ambos y miro a la bibliotecaria con cara de pocos amigos. — Debería darle vergüenza reírse de un pobre niño pequeño... — Espetó, totalmente indignada.

Coraline por su parte cogió sus cosas y huyó de allí antes de que la cosa se pusiera peor, pues ahora las risas se habían contagiado también al grupo de adolescentes que tenían al lado.  Caminó por las galerías poniéndose su abrigo y mirando las tiendas que había a su alrededor, la mitad cerradas y el resto atendidas por personas que le doblaban o triplicaban la edad y que debían estar ya en un asilo.  Se paró frente a lo que parecía ser una agencia de viajes y miró el escaparate. Todo era demasiado caro... Hasta que se fijó en un lugar que llamó su atención.

Minutos mas tarde salió de la tienda armada con varios folletos y buscó a Ezra, a quien finalmente encontró comiéndose la comida de esa gente. — Eres un pozo sin fondo, ya podrías compartir, que la comida gratis sabe mejor que ninguna. — Le dio un tirón en la oreja y a continuación le dio los folletos que había recaudado. — Canadá. — Señaló el mapa que se encontraba en uno de ellos. — ¿Ves estas islas? Hay una llamada Isla de Banks, su población no pasa de los 114 habitantes, yo creo que si quieres perderte ese es el lugar mas indicado.

Se cruzó de brazos y dejó que los revisara tranquilamente. Parecía estar muy decidida a irse, pero por dentro seguía teniendo dudas, además de la sensación de que había alguien a quien no le haría ninguna gracia todo aquello. — Cuando mi padre se entere de que me voy a fugar contigo como una cría de quince años le va a dar un patatús. Para colmo, creo que no le caes nada bien y no se por qué. — Como a ella si que le gustaba Ezra, le parecía un poco extraño que  los demás no pensaran igual, pero es que no le veían con los mismos ojos.
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I. Ezra Sullivan el Vie Dic 22, 2017 8:00 pm

Ezra nunca había imaginado ser padre. Ni cuando había sido más joven y había tenido alguna relación que no se basase en un par de noches para luego no volver a saber nada de la chica en cuestión. Ni siquiera cuando de niño la gente hablaba de cómo esperaba que fuese su vida adulta. Lo más cercano que había estado a los niños habían sido sus sobrinos o cuando él mismo había sido un niño. Y de eso hacía ya tanto tiempo que no contaba como contacto con aquellas pequeñas criaturas demoniacas.

- Entonces como persona. – Contestó Ezra sin darle demasiada importancia al tema. Después de ver cómo se comportaban los niños había pasado a cogerles asco con el paso de los años. A lo que había que sumar el hecho de estar en busca y captura, lo que dificultaba el hecho de llegar a sentar la cabeza. Aunque, si era sincero, no descartaba que hubiese alguien por ahí con quien compartiese sus genes y que nunca llegase a saberlo.

Era innegable que cualquier persona que pasase demasiado tiempo al lado de Ezra sería una molesta que le cansaría y a la cual acabaría mandando a la mierda. Y no importaba el aprecio que sintiese por Coraline y que, en parte, aquella propuesta la estaba lanzando para no tener que irse solo a enfrentarse a lo desconocido cuando lo mejor sería hacerlo en compañía de alguien de fiar.

- Yo te mando a la mierda fácilmente. – Se encogió de hombros con indiferencia. Después de tanto tiempo era algo que Coraline debía saber más que de sobra. – O tu padre, para que cuando vuelva me regañe como si tuviese doce años y hubiese suspendido matemáticas. – Recriminó con una media sonrisa en los labios, pues a fin de cuentas le resultaba gracioso el comportamiento de Donovan. Aunque en el momento en el que le trataba de tal manera sólo pensase en cómo golpearle la cara. O más bien en cómo respirar y relajarse para no hacerlo.

No lo dudó a la hora de llevarse la comida de aquella gente. Si lo pensabas bien, sonaba realmente cruel. Un forajido de la justicia robándole la comida a unos pobres niños aprovechando que uno de ellos estaba herido. Pero si lo pensabas desde el punto de vista de Ezra sonaba mucho peor:  tenía hambre y había robado comida sin importar a quién. No era la primera vez que se vía obligado a robarle la comida a alguien y sabía de sobra que tampoco sería la última.

Alzó la vista mientras Coraline hablaba y él seguía masticando la hamburguesa con las manos cerca de la boca aún sujetando el resto de pan con carne.

- ¿Quieres? – Ofreció la hamburguesa que él mismo estaba mordiendo aun a sabiendas que la chica sería capaz de pegarle un mordisco sin ningún tipo de pudor, lo que le hizo apartarla de las zarpas de Coraline para seguir comiendo él antes de que la chica le quitase un trozo. – Hay más en la bolsa. – Con el pie derecho movió la bolsa acercándola a donde se encontraba Coraline.

Canadá. Había estado ahí años atrás pero apenas un par de días. Para ser sincero, había cruzado la frontera estando borracho y no recordaba ni cómo había sucedido.

- Ciento catorce habitantes. – Repitió. – Esos serían más metomentodo que la vieja de tu biblioteca. – Dijo aún con la comida en la boca. Tragó el contenido antes de seguir hablando. – Le caigo mal, no esperaba lo contrario. ¿A ti te caería bien alguien que mete en problemas a tu hija? Hasta yo sé que yo no me caería bien en esa circunstancia – Y si era sincero posiblemente tampoco en cualquier otra. – Entonces Banks, ¿Y ahí hay algo más aparte de nieve? – Dijo mirando el mapa. – No sé, ¿Focas? – Elevó una ceja para seguidamente coger patatas de la bolsa. - ¿Estás segura de esto? Habría que organizarlo todo bien si queremos que no nos sigan. Y tú tendrías que inventarte alguna excusa para que no te sigan, sería mejor que no dejases tu trabajo hasta el último momento.

* * *

Madrugada, 4 de enero
Piso abandonado, Londres

Había hecho lo posible para que Coraline volviese a su puesto de trabajo pero la baja laboral aún le permitía tener un par de días   más de libertad y Ezra le había insistido para que volviese a casa. Como era aún más cabezota que él, la chica se había negado si él no iba con ella, por lo que ambos habían terminado en un piso abandonado al que Ezra había acudido en más de una ocasión cuando lo necesitaba. Todo era funcional, salvo el estado de la ventana situada al lado de la escalera de incendios, la cual Ezra había forzado en más de una ocasión y estaba ya descolgada por el maltrato.

- Comida china, ¿Te gusta? – Preguntó abriéndose paso a través de la ventana y colocando un par de bolsas de plástico sobre una destartalada mesa en la  cocina de aquel apartamento. – También tengo tabaco. – Dejó caer la cajetilla del bolsillo delantero de su abrigo y rápidamente uno de los cigarros terminó entre sus labios. - ¿Alguna novedad?

Ezra no había visto a Coraline desde el día anterior. Mandó un mensaje con su nueva ubicación tras llegar a ella y no se había vuelto a poner en contacto con la chica desde ese último mensaje.

- ¿Tu padre? ¿Los de las varitas? – Preguntó prendiendo fuego al cigarro y dándole una primera calada.
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Coraline I. Murphy el Sáb Dic 23, 2017 9:24 am

Era bastante gracioso que Ezra pensara que Coraline tenía personas detrás de ella que intentarían evitar que se marchara, cuando en realidad era prácticamente invisible. ¿Amigos? conocidos quizás, sobretodo de la biblioteca o el videoclub, sin contar con el dependiente que estaba algo enchochado con ella. ¿Familia? Un hermano al que no quería ver y el cual probablemente no se iría tan lejos a por ella por mucho que quisiera hacer las paces; y en cuanto a Donovan... Cada vez estaba mas arisco y distante, como si las ganas de que su familia se reunieran de nuevo se hubiesen dispersado, además de que le había dejado bastante claro que no estaba para ella debido a la falta de comunicación que habían tenido desde que les rescató a Ezra y a ella. Como mucho, Doris era la única que se interesaba en la vida de Cora, pero por puro cotilleo y maldad, así que tampoco iba a hacer gran cosa si se marchaba; es mas, estaba convencida de que se alegraría cuando dejara su puesto de trabajo.

Viéndolo de ese modo no era tan grabe el querer irse con el, simplemente tenía que dejar el trabajo y poca cosa mas. Tampoco tenía porque dar explicaciones a nadie, además de que no tenía a quien dárselas. Se preguntaba cual era la imagen que tenía Ezra de ella ¿se le daba tan bien fingir que tenía una vida normal y no era una maldita marginada? Si lo hubiese llegado a saber se hubiese hecho actriz o algo por el estilo.

Volver a su casa no era una opción así que se quedó con el en aquel piso que sorprendentemente no estaba tan mal como se había imaginado. Salió durante unas horas para comprar algunas cosas, algo de ropa para el,  objetos de higiene básica y demás pasó por su casa a recoger unas cuantas cosas para ella misma, siempre con discreción. Al llegar a su propio apartamento se encontró con los mismos policías que fueron a verla días atrás preguntando por Ezra y a la morena casi le da un infarto al momento. Habían ido a verla días antes y no la habían encontrado, así que estaban "preocupados" por no decir que sospechaban. Tuvo que mentir y explicarles que había tenido un accidente e incluso les enseñó los papeles del hospital, fue entonces cuando parecieron quedarse tranquilos. Tras un pequeño interrogatorio en el que volvieron a hacerle prácticamente las mismas preguntas que la última vez, la dejaron estar y se marcharon al recibir una llamada sobre otro caso.

Recogió sus cosas y volvió a aquel piso. Se le hacía muy difícil entrar allí por aquella ventana debido a que no estaba del todo recuperada, así que decidió que iba a salir lo justo y necesario. Al llegar se encontró una pequeña sorpresa con forma de gato, un peludín se había colado en el apartamento y la estaba esperando sentado en el incómodo sofá. — Vaya, otro okupa. — Se acercó a el y para su sorpresa el animal se dejó coger y ser examinado. — Oh, pero si eres una chica. — Tenía un bonito pelaje de color blanco grisaceo y los ojos muy claros, casi del mismo color; era preciosa. — ¿Te quieres quedar conmigo?

Estuvo acomodando el apartamento mientras caía la noche y esperaba la vuelta de Ezra; con la compañía de la gata fue mucho mas ameno. Cuando por fin el sol se escondió y a medida que pasaban las horas el frío se adueñó de la estancia haciéndose casi insoportable. Había una especie de estufa de gas, pero ni sabía encenderla ni quería tocarla por miedo a prenderle fuego a algo, así que se enrolló en una manta como si de un gusano se tratara, con la gata agazapada en su regazo, y se sentó a esperar.

Estaba ya medio dormida cuando el señorito por fin apareció, y tanto la gata como ella se sobresaltaron. — Cierra rápido, que frío joder... — La gata maulló como si le estuviese saludando, pero no se movió de las piernas de Cora. — Tenemos una nueva inquilina; gata, este es Ezra, Ezra esta es gata. — No le había puesto ningún nombre aún.

La comida que había traído olía demasiado bien e hizo que su estómago rugiera con necesidad, sin embargo tenía demasiado frío para levantarse a por ella. — Si, has tenido una buena idea. ¿La has robado o has decidido invitar tu? — Preguntó recordando lo que había hecho con la comida de aquella familia puritana. — Llevo días llamando a mi padre y no me responde, así que he de suponer que está muy cabreado o tiene mejores cosas que hacer. De nuestros amigos de la varita no he vuelto a saber nada, pero si que he tenido un encontronazo con la policía.

Acabó por levantarse, soltando un quejido cuando sus pies tocaron el suelo frío, y se acercó a la mesa de la cocina aún envuelta en la manta. La gata, por su parte, trepó hacia la mesa y se puso a olisquear las bolsas, casi igual que Cora. — Tenías razón, habían ido a verme a mi casa y estaban comenzando a sospechar de mi hasta que les he enseñado los papeles del hospital. Me han preguntado si esto había sido cosa tuya y le he dicho que no, que soy una mujer tonta que no sabe conducir. — Y no mentía, era incapaz de coger un coche. — Parece que ha colado, por que han acabado por irse y dejarme en paz.

Señaló la entrada del piso donde había dejado varias bolsas. — Te he comprado algo de ropa, cepillos de dientes y esas cosas, échale un vistazo.  — Seguidamente cogió uno de los cigarros de Ezra para si misma. Usualmente no fumaba, de hecho, siempre que lo hacía se sentía mal por su madre, pero en momentos de ansiedad como aquel era lo único que la ayudaba a mantenerse relajada. — ¿Tienes fuego? — Preguntó, siendo incapaz de prender una maldita cerilla. — ¿Tu te has encontrado con alguien "interesante"? — No lo parecía, pero prefirió preguntar por si las moscas. — Me he estado informando y solo tengo que dar unos días de margen cuando deje el trabajo. Además al ser empleada pública puedo recuperarlo en cualquier momento, así que puedes dejar de preocuparte por ese tema.

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I. Ezra Sullivan el Sáb Dic 23, 2017 3:24 pm

Atravesó la entrada la ventana y, antes de tener oportunidad de volver a colgar el cristal, Coraline ya se estaba quejando del frío que hacía. El castaño le lanzó una mirada de “no me jodas” y se giró para colgar la cristalera mientras escuchaba, a su espalda, el sonido del maullido de un gato. No tuvo tiempo para girarse y buscar con la mirada el foco del sonido sino que antes de haber terminado de colocar  el cristal, Coraline ya le estaba explicando que tenían una nueva compañera con la que deberían compartir el piso.

Una vez terminó de colgar la ventana, dio un golpe al marco de esta para asegurarse que se había quedado bien colocada y que el aire frío que reinaba en Londres no se abría paso a través de ninguna rendija. Tras ello, volvió a encaminarse dirección al comedor para dejar lo que había traído mirando a las piernas de Coraline donde había una pequeña gata de pelaje claro que no movía ni un centímetro de su piel ante la llegada de un desconocido.

- Ponle un nombre, ¿Quieres? No pienso compartir oxígeno con una gata a la que llames gata. – Dejó las cosas sobre la mesa y se  estiró ligeramente haciendo sonar sus articulaciones en el camino.

Pasó al lado de Coraline y posó la mano sobre la cabeza de la gata, rascando tras sus orejas haciendo así que el animal elevase el cuello para facilitar la accesibilidad de la mano que le daba mimos hasta su cuello. Casi como si estuviese sonriendo, el animal soltó un leve maullido antes de que Ezra se alejase para acercarse a la pequeña estufa que había en la habitación para acercar sus manos. Una vez pasaron unos minutos, se quitó los guantes y estuvo en pie durante otro breve periodo de tiempo mientras sus manos y el resto de su cuerpo comenzaban a aumentar su temperatura.

- Tengo unos amigos que llevan un restaurante chino. Así que… Digamos que podemos comer comida china todo el tiempo que quieras o hasta que se cansen de que les pida favores. – O de que les abriese las despensas y les robase los pedidos cuando no se daban cuenta. Porque cabía decir que Ezra no estaba siquiera cerca de tener amigos con rasgos asiáticos. No me jodas, si ni siquiera les entendía cuando intentaban hablar en el mismo idioma ya ni imaginar lo que era cuando le empezaban a gritar en chino para que se largase.

Se alejó de la estufa y se dejó caer en uno de los sillones. Estiró las piernas y con la ayuda de sus propios pies hizo que sus zapatos cayesen al suelo, estirando los pies en aquel momento en dirección a la estufa. En el exterior estaba nevando y eso había hecho que hasta sus calcetines hubiesen quedado cubiertos por la nieve, a un paso de que se le congelasen los pies.

- Pásame una de tallarines. – Pidió al ver que se había puesto cómodo pero que no llegaba hasta la comida. Si Coraline esperaba a que Ezra se sentase a comer, con un mantel, platos y cubiertos lo llevaba claro. – ¿Y qué ha pasado? ¿Qué te han dicho? – Preguntó Ezra echando la cabeza ligeramente hacia atrás para mirar a Coraline y a la gata que parecía no querer  moverse al haber encontrado su nuevo y legítimo hogar.

Siguió a Coraline con la mirada mientras iba hasta la cocina en busca de comida que llevarse a la boca y sonrió de medio lado, mirando en dirección al gato.

- No dejes que se coma los tallarines. – Matizó como si el gato fuese una amenaza, cuando su frase era un recordatorio de que le había pedido comida instantes antes. – Entonces como todas las mujeres, no les habrá sorprendido que te hayas metido una hostia con el coche. – Lo peor de  todo es que lo decía totalmente en serio y es que Ezra era de esas personas que aún consideraban que las mujeres eran menos capaces en prácticamente cualquier cosa que los hombres.

Se sentó en el sofá dejando de lado la posición tumbado en este y pasó las manos por sus  calcetines mojados para coger, casi de un tirón, una de las bolsas que Coraline había señalado a la entrada del piso. Con cierto esfuerzo, ya que no estaban demasiado cerca pero si lo suficiente como para llegar estirándose un poco.

- ¿También calcetines? – Preguntó mientras daba la vuelta a la bolsa sobre la mesa y veía cómo la ropa caía. Ropa de invierno, lo cual le sería útil. - ¿Crees que sería seguro que pasases por mi piso a por cosas? Le mandé un mensaje a mi hermana para se ocupase de  los gatos pero es alérgica así que dudo que haya ido mucho por ahí. – Esa era su sutil manera de decirle que fuese a su casa, alimentase a sus gatos y le trajese cosas. Sutilidad ante todo, véase la ironía.

No tardó en encontrar con un par de calcetines que rápidamente cambió por los que llevaba puestos haciendo que sus pies comenzasen a entrar en calor en cuestión de pocos minutos facilitado por la estufa.

- Ten. – Dijo tendiéndole un mechero aunque no le daría fuego hasta que la comida estuviese sobre su mano, por lo que tenía ya la otra mano esperando a los tallarines. – Nada, un par de policías de tráfico pero nada importante. He cruzado a la otra acera por seguridad, pero nada importante. – Y de haberlo tampoco se lo habría dicho. – Ah, traje esto. – Sacó un par de mapas de carretera del lugar donde Caroline tenía pensado que fuesen. – Si fueses a mi casa podrías traer mi portátil y sería más fácil salir del país e informarnos. Y mi cámara y mi ropa. – Dejó caer la sutil indirecta una vez más.
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Coraline I. Murphy el Lun Dic 25, 2017 6:49 pm

Parece ser que a alguien le había venido la regla y no era a ella precisamente.

Hacía tiempo que Ezra no se mostraba tan irritante y Cora había llegado a pensar que aquella fase se le había acabado, como las que pasaban los adolescentes, pero no, ahí estaba el simpático Ezra de siempre en todo su esplendor, ¡que alegría! La gata y ella se miraron como si trataran de leerse la mente o algo por el estilo; Coraline pensaba en un nombre adecuado para ella y que así el señor especialito dejara de quejarse, y la gata... Vete a saber que pensaba la pobre. — Tara, ¿te gusta? — Se lo estaba preguntando a la minina, quien seguía mirándola moviendo ligeramente su cola peluda. — Vale, supongo que eso es un si. Ya tiene nombre ¿Contento? — Miró al hombre de mala gana mientras se calentaba en la estufa, suertudo el que sabía como funcionaba.

Sacó los envases de plástico en los que iba metida la comida de las bolsas para ver que había traído y donde estaban los dichosos tallarines. — Te prometí que cuidaría de tus gatos y esa promesa sigue en pie, no te preocupes por eso. — Puso los ojos en blanco momentaneamente, a veces pensaba que Ezra, calladito, estaba mucho mas guapo; y esa era una de esas ocasiones. Cuanto mas abría la boca, mas la cagaba, comenzando por aquel comentario sobre las mujeres. Si, ella misma había utilizado esa excusa, pero sabiendo que era mas mentira que otra cosa; los datos hablaban solos en cuanto a accidentes mortales de coche, los hombres se llevaban la palma, mientras que las mujeres eran muchísimo mas prudentes.

Pero no  iba a ponerse a discutir sobre esa tontería con Ezra, al menos no de momento. Eso si, si le iba a tocar convivir con el era mejor que pusieran ciertas reglas para que Cora no acabara echándose a su cuello; y no lo digo en el ámbito amoroso precisamente.

Se acercó a el con varios tuppers, dejó un par sobre la roñosa mesita del salón y fue a tenderle el de los tallarines, hasta que volvió a tocarle la moral. — Aquí tiene, su majestad. — Dejó caer encima de el el envase de plástico medio abierto y le quitó de mala gana el mechero para encender el cigarro y tirárselo nuevamente igual que los tallarines. — Claro que si, señor, iré a por todas sus cositas. Y a partir de ahora, cuando vuelva a casa cada día le estaré esperando con el delantalito puesto, la mesa servida y el periódico. ¿Lo tengo que traer en la boca también como los perros? — Estaba pidiendo demasiado sin tener en cuenta que ella también estaba echa una mierda y que le debía dos enormes favores. Además de que parecía no tener en cuenta que hablarle de ese modo a una mujer no era lo mas indicado precisamente.

Se sentó lejos de el junto a la gata, quien parecía haberle cogido el gusto a ponerse en su regazo, dejó su comida a un lado sin tener ya hambre y le echó un vistazo a los mapas que había traído, sin entender una mierda. — ¿Que quieres que haga con esto? Esta muy claro, cuanto mas alejados de la civilización, mejor. Además, me vendrá bien por si algún día me sacas de mis casillas y tengo que matarte; nadie me verá esconder tu cadáver. — Le fulminó con la mirada y, si las miradas matasen, le habría matado en aquel mismo momento.  — En fin, voto porque nos vayamos el mes que viene. Con un poco de suerte la policía habrá comenzado a olvidarse de ti y será todo mas fácil. — Y a ella le daría tiempo de no dejar cabos sueltos por ahí.

Se quedó en silencio mirando los mapas, momento en el que la gata le pidió algo de comer, rozándola insistentemente con una de sus patitas. Coraline le cedió el plato de arroz que iba a comerse en un principio y Tara comenzó a zampárselo con toda la alegría del mundo, cosa que le sacó una sonrisa. Siguió mirando a la gata, sin decir ni una sola palabra mas, hasta que la culpabilidad la golpeó repentinamente. Ella no solía tener tan mal humor y mucho menos trataba así a sus amigos, pero... Estaba nerviosa, asustada y apenas había pegado ojo, lo que le hacía sentirse mas irritable de lo normal; además de que la actitud de Ezra no ayudaba demasiado. Le sabía mal enfadarse con el por muy tonto que se pusiera, al fin y al cabo el también lo estaba pasando mal con todo aquello y había que sumar el reciente fallecimiento de su madre.

Oye, lo siento, no quería tirarte la comida. He actuado sin pensar, a veces me pones muy nerviosa... —Cuando quiso darse cuenta había terminado el cigarro que tenía en los labios, el cual no había ayudado demasiado a calmar su cabeza loca, así que tiró la colilla en uno de los tuppers vacíos. — Tengo ahorrado algo de dinero que me dejó mi madre, podríamos usarlo para comprar algún sitio decente para vivir en Banks y vivir unos meses hasta que encontremos trabajo. — ¿Debían cambiarse de nombre también? Estaba demasiado perdida.
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