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Priv. || La Hermandad de Anubis || FB

Ryan Goldstein el Mar Dic 12, 2017 2:56 pm

Ryan Goldstein, bibliotecario de ‘El Archivo’, muere a causa de una maldición en unas misteriosas catacumbas en Egipto. Había sido enviado allí en una misión: hacerse con un artefacto e investigar una serie de extraños sucesos que habían surgido sin razón aparente. Los magos, sin embargo, no eran los únicos interesados en lo que estas catacumbas, origen de todo, guarecían en sus corredores de trampa y artificio. Los vampiros de la Hermandad de Anubis, que por mucho tiempo habían sometido aquella región bajo su poderío, no estaban nada contentos con esta intervención por parte de la comunidad mágica. Y del roce, surge el encuentro, difícil de predecir en sus consecuencias.

La superstición en la mente de los hombres es una constante y cuando cae la noche en un poblado cerca de las ruinas que son sede de las llamadas Catacumbas de Anubis, los monstruosos fantasmas del imaginario se encarnan en lo que testigos acusados de sensacionalistas señalaron como un feroz monstruo que bebía de la sangre de sus víctimas. Tenía colmillos y sus cuencas eran el asentamiento de la locura. Los periódicos locales hablan de lo que parece rabia entre los perros callejeros, asaltadores de tumbas, forajido aterrador suelto, descuentos para un crucero por el Nilo, y las nuevas caras de esa temporada en el mundo de la farándula.


—Las catacumbas de Anubis—
Paredes cavernosas que viajan hacia el centro de la tierra, de intrincados pasadizos y muros tallados con mitos y recuentos de lo que es el tiempo oscuro de la historia. Hay algo con las ruinas de los Antiguos: son siempre un laberinto. En estas galerías, puedes hallarte a ti mismo, a ti de cara al último misterio: la muerte, y al grito primigenio de toda vida que empieza a gatear en este mundo: la curiosidad. Es una maravilla. Es una aterradora pesadilla.

—Rara inscripción en uno de sus muros. Mención a los Dioses—


Somos, la Rabia.

Somos, el Odio.

Somos, el Placer.

Somos, el Delirio.

Somos, el  Miedo.

Somos, la Destrucción.

Somos, la Plegaria.

Eternos. Somos Eternos, y estaremos allí cuando no quede nada, cuando el cielo arrincone a los astros y sea el Todo la reconstrucción del último soñador, y cuando el último soñador deje de soñar, nosotros persistiremos, a lo largo de la oscuridad milenaria, encendidos como llamas, como dolor, como esperanza. Somos Eternos, y somos la nada y de la nada el todo que comienza y acaba, somos el principio y también el fin.




raros asuntos atañen a los bibliotecarios. AVISO. puro relleno, que no pude evitar colocar:

Egipto, a orillas del Nilo.

Las manitas alzadas, ligeros de pies, los niños despedían el crucero que se alejaba. El jolgorio de sus vocecillas era arrastrado por la brisa, e interrumpida por el pitido de la embarcación rumbo al Mediterráneo. Las pieles oscuras, besadas por el sol. Las sonrisas, abiertas en sus bocas.

Ryan los observaba, desde el exterior de una casucha de adobe, que conformaba un entramado de viviendas dispersas por la costa regada de palmeras. Se había hecho un lugar a la sombra de las palmas, recostado con los brazos detrás de la cabeza. Un perro sarnoso que se rascaba la oreja era su única compañía. En realidad, estaba allí porque descansaba sobre su tesoro de huesos enterrados. El hombre sólo ‘había caído’ allí.

Hacía rato que había abandonado su siesta, cubierto el rostro bajo un mugriento sombrero de pana que dejó caer a la arena en un descuido. El extranjero aseado que fue, era ahora un harapo: camisa suelta, arremangada, sudada; chanclas para la comodidad, y unos pantalones antes elegantes doblados hasta las rodillas, eso es en lo que se había convertido. Una barba de hacía días le daba el toque final con el que describirías a cualquier borracho perdido venido de la ciudad, o recién salido de la cantina. Ah, pero la sonrisa, tan blanca, contrastaba con el nuevo tono de su piel.

Los niños se lanzaron al río, bañándose en la orilla. Él contemplaba el alrededor, ensimismado. Era parte de la algazara, el azul del cielo, el manso transcurrir de la corriente. Sólo estaban él y sus pensamientos. Y el perro, que apenas reparaba en el hombre. Era una mutua indiferencia, fácil de confundir con camaradería

Yo te sigo.

Sé mi único río. Torrente de mis venas. Por favor, déjame seguirte por siempre, hacía el oscuro vientre del mar. No desearía otra cosa en toda una vida, y las que le vengan después.

—¡Ey, Ryan!

Tú eres mi río que corre con fuerza. Corre, profundo y salvaje.

—…de todos los lugares en los que puedes estar y…! ¡Ey!

Yo te sigo.

Yo te sigo mar adentro, cariño.

—¡Ryan!—El hombre que se acercaba a unos cuantos pasos, presurosos pasos, maniobraba con una gallina que llevaba sujeta de las patas y que cacareaba con toda la fuerza de sus pulmones de ave, desplumándose en el camino—¡Contesta, hombre! Que no tenemos todo el día. Déjate de esa pose de Crusoe en el desierto y…

Juntos, por el mismo cauce, lo que dura la eternidad. Y si me preguntaras, ¿qué es la eternidad? Te diría, que es el sol reflejado en las olas del río.

—¿Te lo puedes creer?—Nombre de agente: Perico. Sí, sólo Perico. Nadie le conocía otro nombre. Se intuía que era un nombre clave, aunque algunos especulaban que, de tantos borrados de memoria, se había salido con lo primero que se le ocurrió en el momento a la hora de contestar quién era, incapaz de confesar que no se acordaba ni cómo se llamaba. Estado: impaciencia. El calor lo ponía gruñón. Estado civil: soltero, para damas en la misma, viudas, divorciadas o casadas. Mientras tuviera la testa de una diosa, él encantado de cortejarla. Los maridos no eran nunca un problema, para hombres valientes y escurridizos. Había que ser un buen amante ante todo, decía; o la vida no valía la pena. Lástima que en la práctica, no tuviera tanta suerte con las mujeres. O con los perros sarnosos—La santera me ha mandado a atrapar un gallo, ¡un gallo! ¡Pero qué…—El hombre retrocedió, avisado por el gruñido bajo y amenazador del animal, con los colmillos salidos. Es que había ido a acercarse demasiado. Invadía su territorio. Y no parecía amistoso—Ey, chucho, pero qué bonito, ¿¡chucho!? ¡Ey, Ryan!

El aludido se desentendió del asunto con la parsimonia de un hombre en contacto con la naturaleza, y avanzó hasta la orilla para mojar los pies, cerca de donde jugaban los niños.

—¡Pero que te estoy hablan…—Un ladrido, un ataque, el perro se arrojó a su pierna—¡JODER!—Todavía con el gallo en la mano, agitándose y chillando como loco de rabia, y lidiando con un destrozo en sus pantalones, el hombre insistió con las nuevas, a los gritos—: ¡Ha consentido hablarnos sobre el SITIO, sólo después de leernos la fortuna! ¿Qué puede hacernos, pensé? Además de decirnos que vamos a morir. Como si no fuera lo común en el trabajo o algo. Te admitiré que es un poco extraño, y ni hablar de lo espeluznantemente inquietante, pero… ¡chucho!, ¡chucho, suelta!

No, es otra cosa. La eternidad es sólo un momento contigo.



El Cairo, Egipto.

La noche se avecinaba, el callejón estaba vacío, un farol alumbraba un cartel circense sobre una feria ambulante justo en la esquina. La luz cubría con un manto mortecino el rústico pueblillo, muy cercano al bosque.

—Espera aquí.

Lo dijo yéndose sin más. Ni siquiera le dedicó una mirada de advertencia de esas a las que estaba acostumbrada con el tío Merkel. Era evidente que se obstinaba en trabajar solo y hacer las cosas a su manera, ¿pero irse sin siquiera dar una explicación? No sólo le dejaba claro que la consideraba una carga innecesaria, una mojigata, sino que se creía que Niara realmente se quedaría allí, plantada frente a la puerta trasera de aquel antro escondido al final de una escalera.  

Niara no solía estarse quieta, a pesar de que su carácter era más bien tranquilo; siempre parecía seguir el estribillo de una canción en sus pensamientos, o entregaba su cuerpo a una música que sólo ella oía. En un principio, miró a su alrededor, como una niña curiosa pero que sabe quedarse en su sitio. Las manos en la espalda, la perilla levantada, el suave balanceo de sus caderas, toda ella aparentaba hallarse muy cómoda en la soledad, apenas perturbada por el ladrido de un perro. Lo único que tenía que hacer era esperar. Y eso hizo, hasta que terminó de contar los segundos y se decidió a entrar, confiando en que él ya se habría adelantado lo suficiente. De modo que sacó la varita y llamó tres veces…

¡Qué música chillona!, ¡le taladraba los oídos! Niara no se explicaba cómo esa voz de harpía que cantaba desafinada podía entretener a alguien, pero allí estaban todos ebrios o contentos con no ser oídos en sus conversaciones privadas. Se chocó un par de veces, primero con una bruja de nariz ganchuda y aliento a trufas; luego, con un duende muy evasivo que ni reparó en que le pisó el pie; también, con una pareja extravagante que la invitó a beber un cóctel humeante, y al que casi no pudo negarse hasta que desde el tumulto de cuerpos amorfos, ruidosos y peculiares, salió arrojado un hombre robusto que fue a parar justo a sus pies y que dio inicio a una trifulca revoltosa de varitas ofendidas, graznidos rabiosos, tirones y empujones. Niara aprovechó para escabullirse y entonces un hombre, ataviado con un turbante y cubierta la cara por una túnica, la sujetó del brazo; tan fuerte que ella expresó una queja. Era él, y sus ojos eran dos rendijas estrechas por las que se escapaban chispazos de resentimiento.

—¿¡Qué has hecho!?, ¡te dije que esperaras afuera!

—¡Por supuesto que no he sido yo!, ¡qué idea!, ¡sólo quieres verme como a una mojigata que vive tropezándose con las paredes, pero tengo derecho a estar aquí! ¡Suéltame ya!

—Sólo porque seas una niña mimada, vienes y me tocas las narices. No estás a la altura de este trabajo. Lo tuyo deberían ser sólo las tumbas. Los negocios me los dejas a mí. Esta no es gente con la que quieras tratar, ¡esto no es un juego! ¡Vete!

—¡Tú eres el que trabaja para la familia! ¿Te lo pongo en otras palabras?, ¿eres así de lento? Te lo pondré más claro: ¡tú trabajas para mí!

—Oh, ¿en serio?

En un rincón apartado, en una mesa de reserva, guarecida de las miradas por rojas cortinas, los dos bibliotecarios oían la trifulca del exterior sin reparar realmente en ello. Perico se había arreglado, podías decir. Hasta iba perfumado, todo elegante. Ryan, por su parte, se veía como un paria, un renegado de la civilización. Había aceptado asearse un poco, pero la barba la tenía allí, donde siempre, sin tocar. No parecía que le preocupara tampoco. En cambio, Perico le lanzaba miradas que delataban que lo consideraba un caso perdido. Ah, era joven. Los jóvenes simplemente no saben cómo vestirse.

—Y sobre los vampiros. Ya has tratado con ellos, ¿verdad? Yo puedo contarte un centenar de historias, que casi siempre acaban con ‘colmillos’. Pero no es lo único que puedes decir de ellos. Digo, sobre su dentadura sin caries y su sed de sangre. Suelen ser puntuales. Buena gente. La mayoría. Porque, claro. Imagínate. Ser un matusaleno debe tenerlos tan aburridos, ¡que no deben saber ni qué hacer con su tiempo! Me los veo reprogramando su agenda una y otra vez, sólo para chequear que tienen los días ocupados. ¿Porque qué haces sin nada que hacer, por cientos de años? Te mueres, te digo. Bueno, ellos son gente muerta. De todos modos. Déjame las negociaciones a mí. Es simple, ajustaremos todas nuestras diferencias, las mismas que nos han separado desde el origen de los tiempos, averiguáremos lo que puedan decirnos como si no fuerana escondernos nada, brindaremos con un Martini (un chupito de sangre, para ellos, claro), y con un poquito de suerte no intenten matarnos. Este un sitio neutral, así que. Digo, técnicamente. Tú sólo déjamelo todo a mí. Perico, sabe.

Ryan emitió un gruñido, que podía interpretarse como un ‘ok’.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Charlie L. Harrington el Mar Dic 12, 2017 4:53 pm

 

Las leyendas. Presentes en la civilización desde el comienzo de los tiempos; desde que la humanidad se convirtió en el pilar fundamental del avance y tomó la voz cantante y protagonista en el planeta tierra. Esas historias que los más pequeños escuchan antes de ir a dormir en forma de cuentos que, hasta en el caso más extraño y disparatado, esconden una pizca de verdad en sus palabras. Relatos perdidos a través de los tiempos cuyo origen se aventura desconocido. Fábulas donde los animales y las criaturas se convierten en analogías y metáforas de lo que los humanos hubieron hecho y vivido muchos siglos atrás. Historias para no dormir, o para dormir profundamente hasta el final de las eras.

Los vampiros se habían movido desde su origen en las sombras. Pero no sólo en la falta de luz habitaban estas oscuras criaturas, sino que también lo hacían en las leyendas y cuentos para no dormir. En esos relatos de terror que soñaban con volver loco a todo aquel que las escuchaba. Que aventuraban tormentos, noches de pánico y agonía, así como la razón primordial para esconderse bajo la manta cuando la noche llegaba. Como si esta contase con algún tipo de protección mágica que no permitiese a seres como aquellos causar ningún daño al que se escondía.

Pero en todas aquellas historias, había algo de verdad. Quizá un poco. Apenas una línea dentro de un extenso libro. Apenas una palabra en un enorme párrafo. Pues la verdad se ocultaba entre las mentiras. La dolorosa verdad, aquella que las personas no quieren ver, podía leerse entre líneas. Sólo había que saber buscar y tener una imaginación prodigiosa que te permitiese creer en lo increíble. Pero, ¿Quién no cree en lo increíble cuando porta una varita en su mano?

Habían permanecido como un pilar oculto de la civilización durante tanto tiempo que nadie lo sabía. Formaban parte de los ciclos del ser humano sin que nadie se percatase de ello. Narraban sus propias historias para que nadie supiese cómo eran verdaderamente. Para ser tomados como criaturas que sólo aparecían en la ficción. Pero eran tan reales como el propio miedo que generaban allá donde iban.

O, bueno, algunos de ellos.

- ¿Estás bien? -  La voz de Arthur tembló mientras miraba a Charlie, frunciendo el ceño y teniendo la mano en dirección a la chica.

- No ha sido nada. No ha sido nada. – Repitió levantándose y limpiando el polvo en los muslos de sus pantalones tras la caída.

Era patosa por naturaleza. Ese tipo de persona que después de dar dos pasos puede torcerse un tobillo sólo por dar el tercer y último paso. No era lo que se esperaba de alguien con su edad y mucho menos con su experiencia. Pero a diferencia de otros muchos había optado por tomar una filosofía de vida diferente. No pensaba estar una eternidad preocupada por asuntos tan mundanos como era la vida. No, por algo estaba muerta. ¿No? Nunca había tenido en alta consideración su propia vida y ahora que no tenía de qué preocuparse parecía que había perdido incluso el tornillo que colocaba en su lugar sus pensamientos. Pero no le importaba. Ni siquiera lo veía como algo importante. Ni como algo existente, siquiera.

- ¿Dónde era la reunión?

- Están ahí abajo. ¿Nos quedamos aquí?

- Stellan dijo que no nos acercásemos, que eso era algo que tenían que hablar entre ellos.

- Cosas que deben hablar los mayores. –Dijeron al unísono con tono solemne antes de romper a reír.

- ¿Has traído cartas? – Preguntó Arthur mientras tomaba asiento no muy lejos de la mesa que ocupaban los bibliotecarios.

- ¿Póker o mus? – Colocó dos barajas diferentes sobre la mesa, dibujando una sonrisa ladina antes de comenzar a repartir.

* * *

- Supongo que… Perico. – El hombre frunció el ceño, no muy conforme con aquella situación. – Stellan, hablamos por carta.

No tendió su mano. No pidió perdón ni pidió permiso. Tomó asiento en una de las sillas situada frente a la pareja de bibliotecarios y elevó la mano, haciendo que uno de los camareros se acercase hasta donde se encontraban.

- ¿Lo de siempre, señor Kaas?

- Lo de siempre. ¿Todo bien en casa? – Preguntó sin siquiera mirar a los ojos a aquel hombre.

- Todos están bien. Mi padre sigue recuperándose de las altas fiebres que se llevaron a mi madre y al pequeño Thure, pero estamos  bien. Gracias, señor Kaas. – Dijo con tono solemne, cargado de educación y respeto al mismo tiempo.

- Los señores tomarán algo más convencional, espero que no sea molestia.

- Molestia ninguna, señor Kaas. – Hizo casi una reverencia sujetando entre sus dedos la bandeja de plata con la que servían a los clientes esperando a que decidiesen qué tomarían. Una vez lo hicieron, volvió por donde se había ido.

- En su última carta se te veía nervioso, Perico. – Se notaba que se sentía incómodo usando aquel nombre. No le parecía real, como si estuviesen tomando el tema con algo tan importante. – Pensaba que no tendrías lo que hay que tener para venir aquí. Tú y los tuyos, ya sabes, tenéis mucho que perder. Los vivos tenéis esa extraña facilidad por… Morir. Un simple golpecito os puede matar. O las altas fiebres que se llevaron a la pobre madre del señor Glover. Una pena, la verdad. Pero así es el cuerpo humano, tan frágil, tan… Fácil de matar. – Una sonrisa hizo que sus blanquecinos dientes quedasen a la vista, incluso los colmillos hicieron acto de presencia sin ocultar qué tipo de criatura era. – Espero que no se tome estas últimas palabras como una amenaza. Es sólo una advertencia. Ustedes los magos siempre han creído estar por encima del resto y no es así. Mucho menos en mi territorio. Está entre los míos, Perico. No olvide eso cuando intente jugármela.

Stellan elevó una de sus manos y mostró la palma de esta. Varias mesas se giraron mirando en dirección a los bibliotecarios, incluso dos jóvenes que jugaban entretenidos a las cartas. Ella hacía trampas con un as en la manga, literalmente.

- Como verá, no me ando con tonterías. Le diría que no tengo tiempo que perder pero sería una burda mentira. Tengo todo el tiempo del mundo. Así que, ¿Cuáles son sus condiciones?
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Ryan Goldstein el Miér Dic 13, 2017 9:49 am

En la mesa, dos hombres. Ryan era aquel con los ojos mansos que señalan a las personas de carácter sereno y agradable; tenía a la vez en ellos el brillo curioso y suspicaz y el hábito silencioso de quien prefiere observar antes que hablar, o sería sólo porque ninguno de los otros dos lo tenía en cuenta. Vio a este hombre, pálido como la muerte, aparecer junto a ellos antes de que su amigo soltara la lengua sobre vaya a saber qué curiosidades sobre la vida vampírica (como un experto en el tema), y de lo primero que se percató fue de lo que ya conocía, como miembro de una familia de sangres pura, altivos, desdeñosos, incluso crueles. Un hombre que impone su supuesta superioridad sobre otros que cree inferiores. Ryan permaneció en su sitio, dejándole las tratativas a su amigo (tampoco se dirigían a él), con los brazos reposados sobre la mesa y ligeramente inclinado hacia adelante. En un momento, recorrió el resto de mesas con la mirada distraída, grave y sin decir nada.

—¡Señor Kass!, ¡un gust…!—
El aludido, habiendo alzado orgullosamente la cabeza al oír su nombre, permaneció con una mano tendida en el aire, helado por unos tres segundos en mitad del ademán con una sonrisa truncada en la cara, para luego carraspear, nervioso. Apartó el gesto como si espantara moscas de la cabeza y se movió en su sitio, acomodándose el traje. Mecánicamente, se tocó el pañuelo que se había anudado al cuello y que no dejaba ningún resquicio visible, ¿casualidad? Ryan sospechaba que no. A lo largo de la conversación, usaría este tic a menudo. Puede que la sola idea de exponer su blanca, tierna, dulzona garganta a un vampiro le diera impresión después de todo. ¿Malas experiencias?

Y sin embargo, el buen bibliotecario, no era alguien que perdiera la comodidad tan fácil, cualesquiera fueran las circunstancias. Le sorprendió dolorosamente enterarse de las noticias del camarero e hizo una exclamación, chasqueando la lengua con pena. Más sorprendido estuvo el aludido (quien hasta alzó aprehensivamente la mirada sin saber qué hacer y buscando indicaciones), reaccionando con una prudencia distante cuando el extranjero, muy efusivo, expresó sus condolencias, haciendo extensiva la compasión del vampiro por la vida ajena. Ryan dudaba seriamente que se tratara de consideración. Más adelante, confirmaría sin ningún asombro que eran simples aires de superioridad.  

Finalmente luego de que Perico describiera al detalle un simple Martini, con toda suerte de comentarios, que iban desde consejos hasta el despuntar de una pequeña anécdota (como si el hombre no fuera a saber prepararlo), es que el vampiro abrió el tema por el que estaban allí, dejando en claro que las mortales preocupaciones de El Archivo eran para él un chiste hasta poco ingenioso. Y así y todo, a Ryan le hizo gracia que el nombre de Perico saliera de los labios del matusaleno con una nota de ligera irritación. A ningún hombre serio le gustaban los motes ridículos. De esto, su amigo, ni cuenta. Él tenía una habilidad innata para colocarse a la altura de las circunstancias, pasando por alto todas las impresiones que pudieran tener sobre su persona (como idiota que va por la vida), o incluso pasaba del tremendo contraste entre su espontaneidad animosa, efusiva, con un carácter entregado a la pantomima, en comparación al frío, pálido, indiferente y muy reservado Stellan, como quería que lo llamaran.

Esa prepotencia con la que el inmortal hablaba, no hacía mella en Perico. Éste lo escuchaba, asintiendo levemente, como esos estudiantes que, de tan concentrados en demostrarle al profesor que es aplicado y captura toda su atención, a penas entienden ni jota de los que se habla en clase. Ryan sabía que esto no era así.

Sí, siempre luzco un poco nervioso, así soy yo. ¡Si hasta sudo que doy pena cuando toca!—agregó, en confidencia— ¡Suerte que los vampiros no tienen ese problema!... ¿Morir?—Perico rió, como si aquello hubiera sido una broma inocente y él reaccionara a alguien con el que estás en confianza—Sí, ¿qué le diré? Mis alergias van a matarme sin previo aviso un día de estos—Tuvo que apagar esa sonrisita enseguida y sufrió un escalofrío cuando el otro le regaló su colmilluda sonrisa. Inmediatamente, salió a luz ese tic suyo, que si intentaba controlar, no se notaba. Tenía mucha aprensión a los colmillos de un vampiro. No por nada su tía Mudsen vivía en una casa de soltera, con ajos colgándole del techo las veinticuatro horas. La pobre mujer había perdido a  su marido cuando éste se convirtiera en vampiro persiguiendo al amor de su vida, una vampiresa. Treinta años de matrimonio, para que una colmilluda te robe al hombre. La tía Mudsen, pobrecita, acumuló un hondo resentimiento hacia ’esas bestias’, contándole a él desde niño las historias más horripilantes sobre ellos y provocándole un hondo temor. Por otro lado, estaban sus amigos asesinados y ciertos acercamientos nada amigables. Pero él no pensaba en eso. Perico pensaba en su pobre, pobrecita tía Mudsen— Oh, no, no se preocupe. ¿Amenaza? Esto es una reunión segura, ¿verdad?—Dejó caer el comentario, como por casualidad. Otra vez, se llevó una mano al cuello en un rápido gesto, tragando y mirando alrededor con la confianza de alguien que espera que se le caiga el techo en cualquier momento. Pero se puso serio de repente cuando oyó ‘advertencia’. Al menos, era alguien que se tomaba las advertencias en serio. Pareció que quiso decir algo, pero olvidaría la voz en el proceso, porque al ladear la mirada, se le cayó ligeramente el mentón cuando Stellan alzó la mano en una señal. Para aparentar, quizá, Perico apuró la bebida en su copa, pero tuvo que desistir, porque casi se atraganta con la aceituna. Seguidamente carraspeó, y con una actitud del todo abierta, alzó la mano, imitando a su anfitrión, y articulando un leve ‘hi’. Pero se hacía imposible seguir fingiendo que las relaciones entre magos y vampiros estaban exentas de peligros. En su defensa, el hombre lo había intentado con su inigualable don de gentes.

—Ejem, sí, sobre las condiciones—Perico usó el respaldo de su asiento de soporte emocional y se cruzó de brazos, mirando en derredor, mientras asentía como un muñequito con resorte—Sobre eso…

—Desde El Archivo no vinimos a imponer condiciones. Ni vinimos a aceptarlas de ustedes—intervino Ryan.

—¡Eso!—exclamó Perico, asintiendo como un aparato y todavía cruzado de brazos. Señalaba insistentemente a su compañero sin mirarlo, con un dedo que se sacudía de arriba abajo, enfatizando que sí, en efecto, él estaba en lo cierto (pero en todo caso, era el rubiales el que hablaba, no él)—, ¡Eso!


Ryan habló sin ánimo de disputa sino con una media sonrisa cansada. Las posturas lo aburrían hondamente, especialmente cuando había otras cosas en juego, desde ya, a su criterio, más importantes que la soberbia o la reputación. Había vivido su tierna vida en el seno de prejuicios, el engaño y la apariencia, la exclusión y la humillación a otros sin motivo. No compartía la mirada del mundo que aquel vampiro dejaba adivinar con su desdén y prepotencia, pero no iba a discutírselo en ese momento. Reclinado sobre la mesa, continuó:

—No hay confianza entre nosotros. Hemos roto acuerdos antes, desde ambas partes. No parece que vaya a ser diferente hoy—Hizo una pausa y añadió—: Hay algo que queremos de las catacumbas—¿cuál? Había solo UNA que no hacía falta nombrar, que era de común conocimiento—y es algo que tomaremos. Le pertenece a la biblioteca. No estamos aquí tampoco para pedirles permiso para andar en su territorio. Pero es justo sobre su territorio de lo que se trata, ¿no es así? ¿Estás seguro de que estas precauciones no las tomas por algo más que dos magos errantes? Hay algo que pone nerviosos a los perros en las calles, y apuesto que no te gusta que ande justo debajo de tus narices. Desde El Archivo tenemos dos teorías: tú no lo controlas o crees que puedes hacerlo por tu cuenta. Bueno, estás equivocado.

Ante tal declaración, que podía nervioso a un carácter como el del Sr. Kass, Ryan hizo un ademán con la mano, pidiendo la palabra, conciliador. Y seguidamente, agregó, a manera de reporte:

>>México. Una colmena de vampiros se vuelve loca y se devoran entre ellos. ¿La razón? No saben. ¿Las circunstancias? Los seres sufren una metamorfosis que inicia con un estadio de desorientación, ojos irritados, fiebre, períodos de abstinencia alternados con sed descontrolada; luego vienen los cambios físicos: pierden el pelo, sus pieles adquieren un tono grisáceo, y lo demás, ¿tú lo has visto, no? Se habla de una epidemia, una enfermedad. Pero no es algo que salga a la luz. Sí, podría ser un mago o una organización de extremistas: ‘Los Heraldos de la Misericordia’. Sí, podría ser. Pero tenemos pensado que es un artefacto que ha estado viajando por el mundo, algo que ustedes los vampiros desean pero que no pueden obtener. No pueden. Los pone en peligro—Y repitió, algo que los bibliotecarios siempre soltaban de sus bocazas, como un mantra o algo, remarcando las palabras—: Le pertenece a la biblioteca.

Seguidamente, se hizo un breve silencio, y Ryan tomó de su vaso, de la punta del sorbete. Una limonada.

—Cooperación, Sr. Krass. Déjennos cooperar con ustedes. Hacia dentro de las catacumbas. Pero entraremos, de todos modos. Con o sin su ayuda, con o contra usted. Se lo garantizo.


Sus últimas palabras fueron las únicas que sonaron a algo como 'advertencia'. Por lo demás, era un hombre muy calmado.

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Charlie L. Harrington el Jue Dic 14, 2017 5:12 pm

Los años – incluso los siglos – habían puesto en tela de juicio la lealtad de los magos y la confianza que el señor Kaas sentía hacia ellos. No se fiaba lo más mínimo de sus movimientos, tampoco de sus palabras y mucho menos de aquellas promesas vacías que tanto les gustaba hacer. Por su parte, los vampiros también eran criaturas de lealtad dudosa, capaces de engatusar con facilidad para, seguidamente, no cumplir con sus promesas. Pero, por supuesto, el señor Kaas no pensaba en eso. Él sólo era capaz de ver su propio punto de vista, la paja en el ojo ajeno pero nunca en el propio. Eso era algo tan propiamente humano como respirar, por mucho que él ya no lo necesitase para seguir viviendo. Si a aquello se le podía denominar vivir.

- Claro que lo es. Siempre y cuando ustedes sepan comportarse los míos seguirán pacíficamente sentados, vigilando que a su jefe el querido señor Kaas no le pase nada. – La sonrisa había desaparecido del rostro pálido de aquel hombre. Miraba directamente a los ojos de Perico y eso hacía al vivo sentirse tremendamente incómodo. Aquella mirada tan intensa parecía capaz de leer tus pensamientos aún cuando los vampiros no contaban con una habilidad como aquella. Aunque, teniendo en cuenta su historial en el cine y la literatura, era posible que hasta Perico les creyese capaces de algo parecido.

El señor Kaas había sido un mago, muchos años atrás.  Había roto su varita jurando lealtad a criaturas tan oscuras como la propia noche y, con los años, se había ganado un hueco en sus filas hasta tal punto de haber sido asesinado por estas criaturas. La sangre había brotado y los vampiros lo habían convertido en uno de ellos  ante tal muestra  de lealtad. Aún con esas y convirtiéndose en uno de los miembros con mayor influencia dentro de su propio círculo social, el señor Kaas siempre necesitaba demostrar que, verdaderamente, estaba por encima del resto. Aquellos aires de grandeza debían ver el mundo y el mundo debía verlos a ellos. Él estaba por encima de algo tan mundano como… Una biblioteca y dos simples bibliotecarios.

- ¿Y tú eres? – Preguntó mirando en dirección a Ryan cuando este se atrevió a interrumpir su conversación. Durante los minutos previos que llevaba ahí sentado no se había dignado siquiera a mirarlo de soslayo. Había actuado como si realmente estuviesen solos. Como si sentados en aquella mesa solo estuviesen Perico y el propio señor Kaas. – Perico, deberías controlar a tus mascotas para que no ladren. ¿No le enseñaste educación al chico? – Miraba por encima del hombro y no era necesario fijarse demasiado para verlo.

El señor Kaas se sentía incómodo tratando con alguien como Ryan. Él había acudido a aquella  reunión para tratar con alguien tan manejable como Perico y no pensaba permitir que un perro guardián torciese sus negociaciones. Pues, al parecer, su perro guardián ni siquiera iba a permitir que estas existiesen.

El vampiro tomó un sorbo de su propia bebida y dejó la copa sobre la mesa, jugando con sus dedos sobre el cristal nacarado.

- Ese objeto del que habla ha estado en nuestro poder desde el inicio de los tiempos. Desde mucho antes que tú o yo naciésemos. ¿Por qué algo que ha estado siempre bajo el sueño de El Cairo debería pertenecer a un grupo de extranjeros prepotentes? No se ofenda, Perico, pero ustedes los yankis  siempre se han creído con el control del mundo. Piensan que son el centro de la tierra y que todo lo que quieran les pertenece con solo cogerlo. Pero no es así, ese objeto del que hablan pertenece a las catacumbas. Pertenece a El Cairo. No es mío, no es suyo. Es de esta ciudad y un grupo de ladrones americanos no se lo  llevará sólo porque quiera llevárselo. – Aunque aquellas palabras relativas a México le hicieron temblar por dentro pero el señor Kaas no dijo nada al respecto. Ryan Goldsten sabía de lo que hablaba, sin ninguna duda – algo que  no podía decirse del tal Perico – pero no por ello le iba a dar acceso ilimitado a un lugar santo como era aquel. - ¿Es usted natural de El Cairo, señor Goldstein? Diría pos su acento y su prepotencia que no lo es. Y como sabrá, a esta gente como a cualquier otra, no le gusta que le quiten lo que es suyo. Mucho menos los americanos. ¿Acaso se cree usted Cristobal Colón y quiere llamar como suyo algo que ya tiene dueño? Le diré que Cristobal Colón no era siquiera un hombre agradable, no se rebaje a su nivel. – Con tranquilidad, dio un nuevo sorbo a su bebida terminando su contenido.

El vampiro se levantó y lanzó una última mirada a aquellos dos hombres.

- Si alguno de ustedes se atreve a robar cualquiera de los tesoros de este país, me encargaré personalmente de que su cabeza cuelgue en una pica en la entrada de las catacumbas como advertencia para futuros bibliotecarios. Estoy seguro que su cabeza sería una preciosa decoración ahí abajo. Que tengan buena noche.

Giró sobre sus talones y se marchó, dejando la conversación como ganada sin necesidad de escuchar lo que los bibliotecarios tenían que decir al respecto. El señor Kaas rara vez perdía los papeles pero un minuto más en compañía de aquellos hombres y había arrancado sus cabezas con tal facilidad que parecería que estuviesen hechos de simple plastilina.

- ¿Crees que ha ido bien?

- Kaas tiene cara de tener un palo metido por el culo, yo diría que no tan bien como a él le gustaría.

- Kaas siempre tiene cara de tener un palo metido por el culo. Creo que debe ser inmune a las estacas de tener tantos palos metidos  por el culo.

Ambos rieron antes de poner una nueva apuesta sobre la mesa a modo de garbanzos duros y siguieron jugando un par de partidas más hasta alejarse de allí.

* * *

2 noches después
Catacumbas

El señor Kaas había puesto protección en la única entrada que llevaba a las sagradas catacumbas. Se había encargado de preparar aún más trampas de las que ya escondía aquel sagrado lugar. Por nada del mundo iba a permitir que los bibliotecarios robaran lo que es suyo y la amenaza de llevárselo había calado tan hondo que no dudó a la hora de obligar a los suyos a pasar día y noche en la penumbra de aquel lugar, dispuestos por las diferentes zonas de las catacumbas.

- No vendrá nadie.

- ¿Quién se supone que tiene que venir?

- Unos bibliotecarios.

- ¿Para qué?

- ¿Robar libros?

- A lo mejor quieren ordenar papiros alfabéticamente.
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Ryan Goldstein el Jue Ene 11, 2018 2:41 pm

—Funcionó—Perico miró a Ryan de reojo y suspiró, resuelto a avanzar en dirección al único lugar donde tú realmente no querrías poner un pie, no de noche. Pero no se movió—Los pusimos nerviosos—Inmediatamente, se quebró él mismo en nerviosismo, volteando hacia Ryan de nuevo, esta vez incómodo— ¿Seguro que tienes a esa cosa bien sujeta?

“Esa cosa”, se debatía apresada por una soga y cubierta por un saco negro. El rubiales controlaba las ataduras con su varita, y tiraba de la bestia rabiosa que era su saco de patatas vivientes cada vez que se abalanzaba peligrosamente sobre un alarmado Perico, quien a su vez, se alejaba unos cuantos pasos en cada oportunidad.

—No creo que lo consideren de buen gusto, sólo repensemos las cosas por un momento—negoció Perico, aprensivo, sin apartar la mirada de la amenaza.

—No tiene que gustarles, ese es el punto.

Entendía, sin embargo, a qué se refería. Ryan, un mago de esos que los vampiros tanto deseaban matar por diversas razones y parte de una raza de humanos que habían puesto en peligro a su especie y que habían asesinado bisabuelo tras bisabuelo inmortal, pensaba abrirse paso acarreando consigo a uno de sus congéneres, deformado y embrutecido, como si fuera un perro con rabia o la víctima de un enfermizo experimento, y mostrarles en qué se convertirían si no hacían lo que los magos, esos malos tipos, les decían lo que tenían que hacer. Suerte tendría si se dignaban a escucharlo antes de atacarlo a muerte, tocados por la pasión que provoca la indignación cuando es sentida.

Era, cuando menos, la idea más estúpida que a alguien podría ocurrírsele. El caso era que los vampiros se negaban a hablar. Al menos, desde las grandes esferas, no había intención de VER o de preocuparse por las consecuencias de esta enfermedad que amenazaba con ser epidemia. Y muy probablemente, los vampiros posicionados en cargos menores podían ni tener idea de que algo tan calamitoso como “El Arca de Anubis” existía. Y estaban en peligro, él tenía que advertirles sobre eso. Ya lo decía el dicho: Si no quieren escucharte, hazte oír. Eso sólo para empezar.

¿Pero cómo las malas ideas terminan?

—¡Ok, ok!, ¡LO ENTENDEMOS, NOS RENDIMOS!—gritaba Perico, rodeado por los tenaces vigilantes del Sr. Kass. Habían hecho saltar la alarma entre los centinelas nocturnos al ubicar a los intrusos, sin mucha dificultad. Después de todo, se habían presentado con un ¿rehén? al que tenían prisionero en una jaula mágica en medio del círculo que se había formado en torno a ellos. ¿Qué clase de incursión sigilosa era esa que hasta se traían su carromato de feria?—Digo, ¡no! ¡Esperen! ¡Somos amistosos!

Detrás de él, lo que fuera que llevaran consigo —una criatura salvaje, seguro— respondió a eso sacudiéndose entre gruñidos y notable hambre asesina. ¿Qué amigo te mete un perro rabioso en casa? Y eso no era ”Contactando con el mundo exterior”. Los vampiros ya los conocían, y no los consideraban amigos para nada.

—¡Perico!

—¡Ok, ok!—A regañadientes, el aludido le quitó la capucha al gruñón que venía con ellos. La visión era la de una fiera criatura de las tinieblas, de una piel grisácea a través de la que podían distinguirse las venas negras. Los ojos salidos e inyectados en sangre, las uñas con forma de cuchillas de hueso, las orejas puntiagudas. Y los dientes que eran colmillos. Todo ello la hacía una visión monstruosa y familiar—¡Esto!, ¿lo ven? ¡Esto es lo que sus jefecitos no quieren que vean! ¡Son ustedes! ¡Enfermos! Porque allí dentro—señaló a las catacumbas, varita en mano—Allí dentro…

¡ZAS! No se supo qué iría agregar, porque un vampiro, utilizando su velocidad sobrehumana, se apuró a embestirlo y apresarlo como rehén. Eso por supuesto, animó a los demás a avanzar sobre Ryan, pero este los mantuvo a raya con la varita.

—¡POR ESTO TE DIJE QUE NO ERA UNA BUENA IDEA!—bramó Perico, en brazos de sus captores, que amenazaban con beberle la sangre, de no rendirse su amigo.  

Ryan no le prestó atención, y gritó:

—¡Ustedes están en peligro! ¡Les prometo eso! ¡Esta bestia solía ser un vampiro como ustedes! ¡No tienen que confiar en nosotros o en lo que decimos! ¡Lo verán esta noche! ¿No han oído cómo los perros aúllan en esta luna llena? Es porque en cada luna llena, ¡sucede! ¿Cuántos de ustedes han desaparecido?—atacó con la pregunta. Hubo desconcierto—¡Pues esta noche sucederá de vuelta! ¿Ninguno de ustedes ha escuchado sobre El Arca de Anubis? Lo que tienen que saber ahora. Es que su mecanismo está activo. Y cada luna llena, el Chacal de Arena, el mismo de los mitos, sale de caza. Un día, uno de ustedes es atacado. Mordido. Y entonces es cuando comienza. Son infectados. Y dejan de ser seres racionales, para ser ESTO. Su nombre, era Cardenal. Muchos de ustedes lo conocían por ser el jefe de la colmena de vampiros en México. Hasta que sucedió la tragedia. Y ÉL fue el que se devoró a su propio nido de vampiros. Hasta el último.

La bestia rugía, recorriendo al corro de vampiros con sus ojos desquiciados, enfurecidos. Estaba enloquecida. ¿Pero por qué?, ¿qué ansiaba con tanta violencia? Ryan se cortó un brazo. Entre una multitud de vampiros, el hombre va y se hace una herida. Perico aulló que estaba loco. Y lo siguiente fue anular el encantamiento jaulío. Frente a los ojos de todos, esa criatura se arrojó sobre un Ryan que permaneció de pie, sin moverse, con el brazo herido en alto, sangrando. Era, por supuesto, una presa sencilla. Se inclinó sobre él, soltando un alarido amenazante con sus colmillos a punto del ataque. Lo miró fugazmente a los ojos, y se giró violentamente hacia los vampiros.

No tenía apetito por la carne de los mortales.

No era la intención de Ryan que la criatura saciara sus ansias de hincar el diente, así que cuando rompió la formación de los vampiros, asombrados, histéricos, le lanzó un encantamiento para encadenarlo al suelo, antes de que se cobrara la no-vida de alguien. Al instante siguiente, lo derribaron y lo dejaron inconsciente en el suelo. Esa noche, nadie vio nada. Pero antes de que amaneciera, otro vampiro había sido mordido. ¿Con qué consecuencias?
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Charlie L. Harrington el Sáb Ene 13, 2018 12:07 pm

Las catacumbas estaban más protegidas que nunca. Tras la amenaza de Perico al señor Kass – o, al menos, él se lo había tomado como tal – había puesto en sobre aviso a todo aquel que se encontrase en El Cairo en aquellos momentos. Indiferentemente de cuál debiese ser su tarea. Indiferentemente de que cada noche hubiese un único hombre en la entrada encargado de proteger la entrada. Durante las noches siguientes al encuentro de Kass con Perico las catacumbas estaban a rebosar de vampiros. Estaban a rebosar de vida – o más bien de no vida – tal y como habían hecho en los tiempos de los faraones. Pero ya no había faraones, tan sólo quedaban sus recuerdos y leyendas. Y lo que aquella noche todos los vampiros localizados en las profundidades de las catacumbas de El Cairo querían proteger era una leyenda.

Cuenta la leyenda que hace más de cinco mil años los faraones fueron dioses en la tierra. Bajados del cielo con el único propósito de gobernar sobre la raza humana, guiando las acciones de los hombres hacia un lugar mejor. El propósito de los dioses no era otro que el de sembrar la bondad y hacer que los caminos de los hombres estuviesen marcados por la bondad; que sus acciones careciesen de maldad alguna y el prójimo siempre estuviese protegido. Pero hasta los dioses sucumben al poder y los faraones perdieron su eterna inmortalidad de dioses para convertirse en vulgares humanos después de cometer aquel pecado: la vanidad. Los faraones construyeron un imperio, un mundo más avanzado que cualquier otro. Pero también dominaron el arte de la esclavitud, la tortura y el sufrimiento de sus enemigos, pero también de sus más fieles siervos. Fue así como los faraones fueron pereciendo unos tras otros. La muerte llamó a sus puertas tras haberles robado su inmortalidad.

Hasta que llegó él. Lo conocían como la reencarnación del propio Anubis y fue más venerado que cualquier otro. Pero su legado se mantuvo oculto, en silencio para los que viven hoy en día. Sus historias, talladas en jeroglíficos, se mantuvieron ocultas. Su nombre se perdió en el recuerdo de los que vivieron su reinado y, una vez murieron, también lo hizo su historia. Pero su legado no fue como otro cualquiera. Fue un legado de más de quinientos años. Quinientos años donde Egipto volvió a coronarse como la más grande de las civilizaciones. Fue el faraón cuyo nombre se perdió en el olvido el encargado de reconstruir todo lo que sus antecesores habían destruido.

Durante aquellos quinientos años, Egipto no supo lo que era el hambre ni la guerra. Las legiones del faraón protegieron al pueblo de sus enemigos mortales, pero también de aquellos tan inmortales como la hambruna y la enfermedad. Durante quinientos años, Egipto vivió un largo reinado de paz que, como todo, acabó por llegar a su fin.

Las gentes más humildes no ponían en duda las cualidades de su faraón, de su dios. Pero sí que lo hacían aquellos más eruditos. Los más cercanos, sus consejeros. En especial una de ellas. Una mujer de largo cabello negro y piel oliva como la aceituna. De rasgos felinos y grandes ojos negros que podían robar el corazón del hombre más poderoso. Pero alguien como el faraón ya no tenía corazón, y es que entre los conspiradores se hablaba de una criatura inmortal tan antigua como la propia noche: un diablo. Un diablo que cada noche salía de su hogar para alimentarse de sangre inocente. Crearon leyendas, lo convirtieron en un monstruo que se alimentaba de almas jóvenes y vírgenes. Y fue así como la mujer de rasgos felinos consiguió acercarse a él y clavar un puñal en su corazón mientras dormía. Pero no un puñal cualquiera. Un puñal hecho con los huesos de los faraones anteriores. Un puñal embrujado con magia oscura, tanto o más como aquella criatura.

El faraón se convirtió en simple hueso. La piel se le secó y los músculos desaparecieron convertidos en polvo mecido por el aire. Sus órganos no fueron más que un recuerdo que del mismo modo tomó forma de polvo y no quedaron ni las uñas ni el cabello para recordar lo que había sido.

Los embalsamadores – los primeros vampiros civilizados de los que se tiene constancia – veneraban como a un dios al faraón inmortal, y es que este era uno de ellos. Una criatura perseguida en todas las culturas y que no dejaría de serlo ni en cinco mil años después. Guardaron su cuerpo antes de que sus enemigos se hiciesen con él y lo enterraron como el faraón que era en las profundidades de las catacumbas. En cuanto a la mujer gato… Ahí comenzó la venganza de los vampiros contra el imperio egipcio.

Todo vampiro escucha aquella historia y sabe que hay algo de verdad en sus palabras. Como toda leyenda, no era más que un cuento para no dejar dormir, pero eso no quiere decir que no guarde su razón. ¿Acaso las más grandes religiones que aún sobreviven en la historia no fueron creadas a partir de una leyenda?

El único vampiro que pudo estar a la luz del sol. El vampiro que lo controló todo y lo perdió a causa de la traición de los humanos, de aquellos que tanto miedo le tenían. Una demostración de la necesidad de pasar desapercibidos, de que el mundo aún no está preparado para ser controlado por buenas personas pues, ante esto, los humanos se vuelven locos.

- Vienen. – Una mujer de cabello rubio, tan blanco como su propia piel, dio el primer aviso. Y en apenas quince minutos dos hombres entraban a las catacumbas con extraña tranquilidad. Los vampiros no tardaron en abalanzarse sobre ellos. Pero veinte permanecieron sin moverse, ni lo más mínimo. Seguían colocados en la puerta, esperando que llegasen los refuerzos de Perico para robar los restos del faraón.

- ¡Mientes! – Gritó un hombre mayor. Se abrió paso entre las sombras después del primer ataque sobre Perico y Ryan. Se acercó hasta el retenido Perico y pasó su huesudo dedo por su rostro. – Perico, ¿Verdad? El señor Kass dijo que tú y tu perro vendríais a molestar una de estas noches. No pensamos que sería tan pronto, pero creo que a todos nos alegra saber que tendremos algo que cenar esta noche. – Los vampiros vitorearon. - ¿Oyes eso? Así suena la muerte. – Sin previo aviso, el vampiro clavó sus dientes en la garganta de Perico pero no por demasiado tiempo aunque el hambre le dificultaba frenar.

Se limpió los labios con ayuda de un pañuelo de seda y miró a Perico para darse la vuelta cambiando su foco de visión hacia Ryan, quien había comenzado a parlotear inútilmente.

Ninguno de los allí presentes creyó sus palabras.

- ¡Eso es cosa vuestra!

- Ustedes, los magos, hicieron eso.

- Esa criatura ha sido atacada con magia negra. ¡Asesino!

Ninguno de los allí presentes estaba dispuesto a creer ni una sola palabra. Por muchas pruebas que se les diesen, la creencia ciega en unas convicciones da lugar a necios. Y tras siglos creyendo una mentira es difícil cambiar de opinión.

Pero había dos personas allí reunidas que no había permanecido en El Cairo durante una eternidad. Dos personas que sólo estaban allí por un viaje de negocios y se habían encontrado con todo aquel problema que no les pertenecía: Arthur Collingwood y Charlie Harrington. Ambos no superaban los trescientos años de edad y su pasado no estaba ligado a los faraones ni a la cultura egipcia. Ninguno pertenecía a aquel mundo, sino que su trabajo se encontraba a cientos de kilómetros de allí en un pequeño hotel en la capital inglesa. Pero, aún así, habían acabado por ser obligados a permanecer aquella noche encerrados en las catacumbas.

- Creo que me lo he hecho encima.

- Si aún me funcionase la vejiga diría lo mismo.

Aquellos dos si estaban asustados. El resto lanzaba miradas altivas, creyéndose capaces de cualquier cosa. Charlie y Arthur solo estaban pensando cómo demonios salir de allí sin acabar asesinados por traición o deserción.

- Creo que ya me funciona. – Dijo Charlie al ver cómo la criatura quedaba fuera de su jaula. Como no atacó a la persona que estaba más cerca. Charlie agarró la mano de Arthur con fuerza y se cubrió con el brazo del chico para no ver cómo Ryan era devorado. Y es que estaba segura de que aquello sucedería. Miró de reojo – como cualquier persona que se tapa los ojos en una película de miedo pero quiere ver qué sucede con extraña morbosidad – para sorprenderse al ver que Ryan seguía de una sola pieza. Pero ella veía su sangre. Y ella no era tan racional y fácil de controlar como los vampiros ancianos ahí reunidos.

Arthur sujetó con fuerza a Charlie, elevándola sobre el suelo al ver que esta iba a salir disparada en dirección a Ryan. Apretó con fuerza mientras el caos tenía lugar ante sus ojos. Y es que los vampiros dejaron fuera de juego a Ryan y acabaron con la criatura antes de que alguien pudiese salir malparado.

Aquella noche Ryan Goldstein y Perico fueron enviados a una celda lejos de la entrada a las catacumbas. Y, ¿Quiénes eran los encargados de su custodia y de la de sus varitas herméticamente guardadas en cajas de madera? Arthur y Charlie, quienes jugaban a las cartas tranquilamente frente a las dos celdas donde se encontraban los prisioneros.

- ¿Estás haciendo trampas otra vez?

- Te juro que no. – Sonrió, inocente. Pero tenía literalmente un as en la manga. O no tan literalmente, porque la había guardado bajo sus piernas. – Ya me he cansado de jugar, ¿Hacemos otra cosa?

Suspiró y apoyó su peso en el respaldo de la silla. Miró hacia Ryan y Perico y sonrió.

- ¿Verdad o reto?

Y, mientras intentaban jugar a algo tan infantil como aquello, en las profundidades de las catacumbas, el chacal de arena había cobrado vida llevándose consigo la victima inmortal de aquella luna llena: Spencer Jenkins.
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Ryan Goldstein el Dom Ene 14, 2018 11:51 am




Es una horda de vampiros. No pueden disimular el hambre, ni aunque sus siluetas se muevan discretamente a lo largo de las sombras más grotescas y oscuras. Es un hambre milenaria, INSTINTO. Lo llevan… ¿en las venas? No. Se debe a algo más arraigado, más perdurable en el tiempo. Dicen, que el primer vampiro le vendió su alma al demonio, tan sólo por un par de monedas. Y de eso, no se vuelve. Serás preso durante noches interminables por los hilos de la eternidad, como la marioneta de una fuerza que te somete y te exige SANGRE.

Los colmillos eran inclementes y se abalanzaban contra todo lo vivo, despedazando, bebiendo, ANSIANDO. Bajo la luna llena, un cruento festín. No había escapatoria. Corre, corre, corre, estás desesperado, estás sudoroso y tus pies se sienten latigados por los nervios, como esperando ser rebanados por la navaja del tiempo, de la tragedia, de forma que ya no te quedara esperanza de huida a la que aferrarte, ¡pero ellos te tienen acorralado!, ¡tienes el corazón en la boca! Y de la nada, aparece este vampiro, y de un impulso de sed, TE ARRANCA LA GARGANTA.

No, no, no.

—¡AAAAAAAAAH!, ¡TE DIJE QUE… ¡QUE!—Perico se rebelaba en sueños, manoteando el aire desesperado, en un vano intento por desprenderse de la marea de cuerpos que se le encimaban con violencia, enterrándolo bajo el paso del hambre, con los colmillos a punto de una mordida. ¡Pero si su tía Mudsen, la pobrecilla, la despechada, tenía razón!, ¡eran BESTIAS!, ¡y qué miedo que daban! Había ocurrido de repente, lo de recuperar el sentido en el suelo del calabozo y empezar a aullar, despavorido, forcejando con los fantasmas de sus pesadillas—¡TE DIJE QUE ERA UNA MALA IDEA!—gritó, incorporándose, como una momia venida de la ultratumba, ¡en shock! Miró a los lados, y lo único que fue capaz de agregar, alarmado, fue—: ¡Ryan!, ¡Ryan!, ¡RYAN!—Y lo vio, a su lado, “roncando”. Mala hora para ir a dormirse una siestecita, vaya. ¡PLAF!; ¡PLUF!; ¡PLAF! Perico lo zarandeó como un loco, todo histérico, hasta que el otro se desperezó, todavía embargado por un mundo de ensueño, pero apurándose a abrir los ojos, acostumbrado a proceder con una “respuesta inmediata” en situaciones de peligro, ¡tal era la insistencia! Al echar una rápida mirada alrededor, sin embargo, no pareció tan, pero sí preocupado—¡Oh!, ¡ahí estás! ¡Tenemos un problema!

Perico se dio un momento para calmarse, con una mano en el pecho y los ojos cerrados, entre que recitaba un mantra interno o algo. Luego, intentando bajar la voz sin mucho éxito, agregó:

—¡Me han mordido!—Repasó su cuello con una mano nervioso—¡Me han mordido! No sé cuánto tiempo tenemos antes de que me convierta, pero. Fuiste un buen amigo. Y como quiero irme al cielo en paz, sin rencores. Quiero que sepas que no es tu culpa…

—No vas a convertirte, y lo sabes—interrumpió Ryan, apoyándose con cansancio contra la pared del calabozo, entre que se masajeaba la naciente del hombro, incómodo por alguna ligera molestia, pero sin ninguna pataleta histérica.

—¿¡TE DAS CUENTA LO QUE ME HICIERON POR TU GRAN IDEA!?—contraatacó, evidentemente afectado por el poco compromiso que le ponía el otro en participar de su Teatro de la Histeria.

Pronto, sin embargo, y no hubiera sido extraño que los mandaran a callar, Ryan se dedicó, en su ensimismamiento, a analizar concienzudamente dónde estaba y con quién, mientras que Perico (presumiblemente, en lo mismo), se adelantaba y se apoyaba en la reja, sacando los brazos por entre los barrotes. Cada tanto, se tocaba la herida en el cuello, con una compulsión que lo mantenía fastidioso e inquieto. Era evidente que nadie consideraba que dos magos sin varita podían suponer una amenaza, porque les habían colocado como vigilancia a dos centinelas, que más ocupados estaban en su juego de cartas que en toda la historia de los presos y maldiciones antediluvianas.

—¿Qué tal abrir la celda?—soltó Perico, chorreando sudor del otro lado de las rejas. El calor estaba insoportable. ¿O sería la herida? De pronto, se había vuelto un poco hipocondríaco—¡Por favor!, ¡por favor, señorita! Estoy seguro que podemos resolver esto, como gente civilizada…— Lo decía el que había llevado un monstruo tocada por magia negra a ¿hacerles compañía? Éste debía estar todavía preso del encantamiento de Ryan, a no ser que hubieran acabo con él—El Sr. Kass me pareció una persona muy dispuesta al diálogo, ¿no estoy en lo cierto?

—Verdad—cortó Ryan, desde el suelo del calabozo. Habló por encima de su amigo y éste soltó un suspiro, derrotado. No es como si confiara mucho en su propia habilidad para la negociación, después de todo. Ni él se creía lo que decía, pero quería confiar en que. Bueno, en que los acuerdos entre magos y vampiros valían algo.

***

En otro sitio, un tal Spencer Jenkins trastabillaba en el lugar, ¿mareado?, ¿qué estaba pasando? Caminaba solo, camino a los calabozos, para reportar una orden cuando… Ahora, despertaba, levantándose del suelo. No recordaba bien cómo se había desmayado, en primer lugar. No tenía lesiones visibles, pero cargaba con una rara sensación. Alrededor, una brisa enrarecida se colaba a través de sus sentidos, como si se tratara del hedor de la muerte, y que arrastraba polvillo. Tenía un sabor rancio en la boca y su visión se vio nublada por un momento. Miró hacia los lados, pero. Sería solo el viento. Si no hubiera sido por un presentimiento de que algo había estado observándolo. No podía ser. No. Era sólo que la visión de aquella monstruosa bestia de antes lo había impresionado un poco, aunque no lo fuera a admitir. Es que. No era normal en él. Sentir en la piel, que eras la presa. Estornudó, y entonces lo recordó. Había sido atacado, ¿por la arena? A modo de pequeño torbellino, lo que fuera aquella cosa se le había arrojado, y él había intentado defenderse, pero sin éxito, sintiendo cómo la arena lo asfixiaba. Y un perro. Había oído el gruñido de un perro. ¡Los magos! Eso sólo podía ser magia. ¡Tenía que correr y asegurarse de que no habían escapado de alguna manera! ¿O serían refuerzos?
No tuvo caso porque, cuando llegó al calabozo, se desmayó, afiebrado.
¿Puede que los vampiros también sufrieran de los golpes de calor?




Dato:
Imagino que los habrán inspeccionado, y por eso no saco a relucir que pueden escapar mediante algún artefacto que tengan a mano… Sin embargo, quisiera que se le diera relevancia a un objeto en particular: el reloj de bolsillo Ryan. Sep, tiene uno. Lo pudieron haber colocado con las varitas, o vaya a saber. Él lo va querer de vuelta :pika:  Sólo comento, para no olvidarme  (?)
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Charlie L. Harrington el Jue Ene 18, 2018 10:15 am

Cuando sabes que no puedes morir tus preocupaciones comienzan a ser diferentes. Algo tan mundano como vivir o morir pasa a un plano tan alejado de la realidad que ni siquiera existe el margen para pensar en ello. Y cuando la preocupación humana primordial por naturaleza desaparece, también varían las secundarias. Te vuelves despreocupado hasta tal límite que puede resultar peligroso para tu propia integridad y para la de todos aquellos que te rodean. Un aura infantil, inestable e incluso con cierto rasgo enfermizo rodea tu propio aura haciendo que las preocupaciones desaparezcan. Y es que quizá la única preocupación que te queda es que te chaqueta quede a conjunto con tus zapatos.

Eso no pasaba en todos los casos, por supuesto. Los había preocupados por la especie vampírica; los había que querían ver caer al mundo mágico y ser aplastado bajo sus propios pies; los había preocupados por formar su propio ejército de vampiros ajeno a todos aquellos problemas y tareas que rodeaban a la hermandad. Pero también los había que habían olvidado que las preocupaciones existen y habían tomado un papel optimista en todo aquello de la no vida. ¿O se diría no muerte? Pues ni vivos, ni muertos. Simplemente vampiros.

- Deberíamos establecer unas reglas antes de jugar. – Dijo Arthur frunciendo el ceño desde su asiento al escuchar las palabras de Perico, quien intentaba buscar un vacío legal en todo aquello.

- Nada de abrir la puerta, daros vuestros palitos de madera. Ninguna tontería. – Dijo Charlie intentando sonar amenazante, aunque su rostro e incluso su estatura decían lo contrario. – Y quien rompa las reglas, muere. – Sonrió de manera divertida. No pensaba matar a ninguno de los allí presentes. No podía, principalmente. Les habían encomendado la tarea de cuidar de los reclusos y que estos no escapasen. Y eso harían, pero no desaprovecharía la oportunidad de hacer su encierro algo más interesante.

- ¿Muere?

- Muere.

Arthur afirmó con la cabeza, sin estar seguro de que pudiese hacer algo como aquello. No estaba en su mano la decisión de matar o de dejar vivir, ellos sólo cumplían las órdenes que el señor Kass les había encomendado. Aquel hombre que apenas conocían, pues su estancia tendía a estar en El Cairo mientras que tanto Arthur como Charlie habían pasado los últimos años en Inglaterra.

- No estás en lo cierto. – Corrigió Charlie. – Bueno, en parte sí. Pero en parte no. – Explicó la castaña. – Dispuesto en el sentido de estar saludable, no. Está muerto, así que su salud es del todo menos buena. En lo relativo a su disposición para hacer algo, aciertas. Sí, está dispuesto a dialogar. Pero hablemos del diálogo. Una conversación entre dos o más personas que comparten sus ideas, pensamientos, afectos. Ahora bien, ¿Crees que Kass tiene disposición a compartir sus ideas? Claro que la tiene, pero no para escuchar lo que tú tengas que decir. A Kass le importa Kass y sólo Kass. Con suerte nos escucharía a uno de nosotros si la situación lo requiere. Pero, seamos sinceros, no es el caso. – Esta vez miró en dirección a Ryan. – ¿Tienes familia, Ryan Goldstein? – Preguntó Charlie, quien ya se había informado sobre el nombre de aquellos dos individuos pero no conocía nada en absoluto salvo su historia. Y Charlie adoraba las historias. Los cuentos. Oh, le fascinaban los relatos. – Ya sabes, alguien que te vaya a echar de menos en tu ausencia. – Porque la idea de Kass era retenerles y, en el mejor de los casos, pactar un intercambio con aquel famoso Archivo.

* * *

Spencer Jenkins caminó como alma en pena, como un muerto en vida. Y es que de alguna forma aquellas dos afirmaciones eran acertadas y erróneas al mismo tiempo. A los vampiros no les quedaba ápice de alma, o al menos eso muchos aseguraban; otros eran partidarios de las almas abocadas al destino fatídico del inferno, almas condenadas a errar eternamente y sufrir el peor de los destinos cuando sus cuerpos dejasen de servir. También estaba muerto, y al mismo tiempo estaba vivo. Pero, ¿Acaso no había sido así siempre? Se zarandeaba, como haciendo eses en el camino. Con los pasos parecidos a los de un borracho que deja atrás su bar de referencia tras ponerse de alcohol hasta las orejas. Hasta que su hígado casi le ruega que deje de golpearle con dosis nocivas de alcohol y que vaya a dormir la mona a otro lado del mundo si es preciso. Que duerma y sienta que el mundo sigue girando, que incluso asegure estar notando los movimientos rotativos que el planeta Tierra ejerce. Giros y giros. Hasta echar hasta la primera papilla y manchar con aquel terrible olor hasta el más recóndito rincón de su habitación.

Y como un borracho caminó sin rumbo. Buscando su lugar de referencia andando como si de la marea del mar se tratase. Caminó y caminó. Y lo que en cualquier otro momento le hubiese llevado apenas diez minutos para aquel vampiro – más muerto que nunca – le llevó incluso una hora y tres minutos de recorrer. Abrió la puerta, atinó a mirar sin ver en dirección a Arthur Collingwood y cayó al suelo de bruces. Frenando el golpe sólo con su propio rostro que, por suerte, ya no podía sufrir muchos más daños.

- ¿Spen? – Preguntó Charlie al verle de pie frente a ellos. Pero no tuvo tiempo de decir más, pues la caída en carrera tuvo lugar ante sus ojos y Spencer Jenkins ya yacía inconsciente en el suelo.

- ¡Spencer! – Arthur saltó de su silla y en cuestión de segundos se encontraba arrodillado frente a Spencer. Volteó su cuerpo y observó su rostro. No estaba pálido como el resto de los vampiros, sino que su color era grisáceo. Tanto como el de la piedra de aquellas paredes. – Llama a Kass. – Dijo el hombre con tono calmado mientras que Charlie se había quedado paralizada, como en estado de pánico. Y es que realmente estaba colapsada. - ¡Charlie!

- Sí, sí… - Titubeó en apenas un susurro y utilizó aquella velocidad superior a la humana para correr por los pasillos en busca de Kass, quien compartía alcoba con una mujer de piel tan oscura como la propia noche.

Kass se mostró reacio en un principio. Incluso pareció volverse loco ante los ojos de la chica por la interrupción en sus aposentos. Pero rápidamente entró en razón y corrió para entrar en los calabozos, apartando a Arthur de un manotazo tan potente que hizo que el chico golpease la espalda contra los barrotes de las celdas.

- Abre la celda.

- ¿Qué?

- ¡Que la abras! – Charlie hizo caso a Kass, quien hizo un gesto con la mano animando a que alguno de los allí presentes saliese. – Charlie, la varita de Perico, si eres tan amable. – La castaña cumplió ordenes, abriendo el armarito y sacando la varita para dársela a Perico. – Inmovilízalo, lo llevaremos abajo. Tienen que tratarlo.

- Señor Kass, no hay tratamiento posible…

- Mientes, siempre hay algo que se puede hacer. No dejaré morir a uno de los nuestros.

- ¿Morir? – La voz de Charlie y Arthur sonó al unísono.
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Ryan Goldstein el Lun Mar 26, 2018 8:10 pm

—Y quien rompa las reglas, muere.

—¿Muere?

—Muere.

A Perico no le gustaban las bromas de vampiros. Era el problema de estar vivo. Perdías el sentido del humor al respecto de algunas cosas, como lo de tener la soga atada al cuello. Esos dos allí sentados, aburridos y dispuestos a la chanza y el juego, no estaban empatizando con sus sentimientos en ese momento, ¡y él!, ¡con lo hombre sensible que era!

De buena gana hubiera escuchado a esa señorita en otras circunstancias, de buena gana la hubiera escuchado toda su vida (¡Ah!, ¡pero he ahí la crueldad de este mundo plagado de injusticias! ¿Cuánto le quedaba de vida?), sólo que ella no tenía nada agradable que decirle, nada que sonara a “libertad”, y  si habían ‘ganas’ estas murieron en el acto. La escuchó, sin embargo, entre que se rascaba el cuello, donde tenía la herida de una mordedura cubierta por un pañuelo. Estuvo a punto de responder algo pero se desinfló, desanimado, cuando ella giró bruscamente su atención hacia Ryan.

—¡Tiene una hija!—
saltó, de repente, hablando por su amigo. La ocurrencia le había devuelto los nervios de acero, ¡convencido de poder arrancarle a esa señorita un sentimiento que la conmoviera hasta el alma! Si acaso los no-muertos tenían una—. Una niñita, así de pequeñita—añadió, intentando sacar cuerpo por entre las rejas y alargando su brazo en dirección al suelo, en un gesto con el que quería hacer ver la estatura de la niña. Exagerado que era, diríase que en verdad se creía que su desesperación no era evidente. Y estuvo a punto de soltar una perorata sumamente enternecedora, si no fuera porque su compañero tomó la palabra, pasándolo por alto sin mucho esfuerzo.

—Sí, tengo una hija—
Ryan rió entre dientes, con los brazos alrededor de sus rodillas abiertas y las manos entrelazadas. Se había incorporado en el suelo de la celda, muy tranquilo en comparación con su verborrágico compañero de infortunio—. No creo que ella vaya a extrañarme, sin embargo. Es una niña muy dulce, pero. Es pequeña, y está siendo criada por su madre. Me llama “Ry-Ry”, no “papi”. Así que, si muero no pienso que note la diferencia—Perico ocultó la cara con una mano, con un ligero ¡PLAF!, derrotado—Pero—añadió, pensativo—, mis hermanos, a ellos sí que los lastimaría—Suspiró—. No me inquieta, tampoco—Perico revoleó los ojos, exasperándose en silencio. No se sabía qué lo estaba matando ya, si la herida que le picaba en el cuello o el desenfado de su amigo—. Ellos se tienen el uno al otro. Estarán bien. Mi hermano es el que sufriría más con mi muerte. Mi hermano pequeño. Pero Megan, ella—sonrió, orgulloso—, los sacará adelante. Es la más invencible de los tres—Y añadió, de pronto, alzada la mirada y algo resignado—: Pero mucho me temo, que antes que de negociar por mi vida o mi muerte, Megan querrá saber primero si he cambiado de opinión acerca de mi situación. Estoy desheredado, ¿sabes? Y estoy conforme con esto. Pero mis hermanos, ellos, bueno, quisieran que recupere mi apellido y mis responsabilidades como cabeza de familia. No creo que les impresione mucho mi encarcelamiento (he estado encarcelado antes, ¿sabes?). Y como no tengo otra respuesta que darles que mi negativa, no creo que se muestren muy cooperativos. A menos, que les prometa volver.    

Ese hombre, era un desprendido, como todo aventurero. Hija, hermanos, algún presunto amante o amigos, nada parecía tenerlo muy preocupado. No porque no se pudiera entrever una seriedad reflexiva en las sombras profundas de su expresión, pero se lo apreciaba, ante todo, muy sereno. No fue así cuando se presentó ante una horda de vampiros, con una criatura de pesadilla a cuestas, no. Era duro de temperamento, pero suave —en sus maneras, su voz, en la luz de sus ojos—. Y tenía ‘eso’ de cualquier alma libre, itinerante, temeraria: se preocupaba por sí mismo, no por sus ataduras con las personas en su vida. Y si para él, el riesgo era tan natural como respirar, quedaba preguntarse: ¿y cuántos habrán pagado el precio, de esa temeridad que lo arrastraba a meterse en líos?

Perico era el primero en quejarse, por supuesto.  

Abrió la boca, para soltar alguna tragedia, pero no tuvo tiempo.

De pronto, la situación trocó del juego a la tensión. Un tal ‘Spen’ se tumbó al suelo frente a ellos, aparecido del exterior, sorprendiéndolos a todos. Ryan se apuró hasta las rejas, poniéndose de pie por primera vez. Su rostro antes tranquilo había sido atacado por la alerta. Es que estaba sucediendo, de nuevo. Un vampiro caía, y a ese le seguirían otros.

—¡No pierdas cuidado!—pidió Ryan, sujeto a los barrotes. La mujer desapareció, en busca de Kass. Él le hablaba al centinela a cargo, queriendo que su preocupación lo alcanzara. Es que, en cada caso, el avance de la infección era distinto—Si reacciona y te muerde…

Sólo que no tuvo el éxito que hubiera querido. Al llegar el Sr. Kass, Ryan insistió. De la peor manera.

—¡Hay que cortarle la cabeza y quemar su cuerpo!


Normalmente, Perico hubiera ahogado un gemido, o habría alzado el grito al cielo, pero en cambio, contempló la escena, con la boca abierta y silencioso. No cabía en sí de lo penosas que le resultaban las circunstancias en ese momento. Antes de que se diera cuenta, le abrían la celda. Y contrariamente a lo que había declamado como su más grande deseo sólo unos instantes atrás, retrocedió. Por supuesto, nadie le hacía caso a su humor antojadizo.

—¿¡Tratarlo!?—
jadeó. Miró al Sr. Kass, ¡que daba un terror! (ya no intentó negociar con sonrisitas, las sonrisitas estaban olvidadas entre tanto problema) y miró luego a Ryan, y mostró su lado más diplomático hasta la fecha—¡Es imposible tratarlo…!, ¡es…!—Soltó, con un hilo de voz. Pero no era suficiente para acallar la tronante imperativa del sr. Kass. Perico miró a Ryan otra vez. Suspiró—. ¡Está bien! Pero sólo porque no me deja opción—atacó, con unos ojos fieros…. Que se doblegaron enseguida ante la férrea expresión del Sr. Kass, que indicaba a las claras que habría consecuencias si no le daba una afirmativa contundente. Enseguida, Perico supo que sería capaz de extender lo inevitable, pero no se creía capaz de nada más. Y Ryan lo sabía también—. Soy un mago, y soy un pocionista. Necesitaré mi varita, ¡y mis ingredientes!—E inflado de una valentía inusitada, noblemente indignado, agregó—: ¡Pero si le hacen algo a mi amigo…!

No se supo qué haría en ese caso, porque se lo llevaron.

***

El prisionero ese, se había vuelto un coñazo. Estaba bien cuando estaba calladito, pero. Una vez que Ryan Goldstein empezó a hablar, sobre maldiciones, enfermedad, peligro, ya no dejó de insistir, como un persistente dolor de cabeza.

Le hablaba a su centinela, y hasta parecía dispuesto a la provocación (cuando ya los ánimos estaban frágiles).

—Él no podrá salvarlo. No puede. No es así como curas una maldición: con hierbajos y amenazas—Hablaba en un tono moderado, perfectamente audible. Punzaba por el calor con que acentuaba el peligro inminente del que venía queriendo advertirles toda la noche, en cada una de sus palabras. Caminaba, de un lado al otro de la celda, apurado. Se detenía, para poner los ojos en su oyente, para que se dignara a mirar, a oír. Era hombre de profundas intenciones, Ryan Goldstein. Muy directo, muy molesto—. Sólo están poniéndose ustedes y a mi amigo en riesgo. Si hay una posibilidad de que la condición de su compañero desaparezca, es yendo al origen del problema. Tienen que dejarnos entrar a las catacumbas. Ir a por El Arca. No les pedimos un premio, algo que les queramos robar. Ponemos nuestras vidas en riesgo en esta empresa. Y lo que queremos, es parar esto.

A ese respecto, se hacía importante hacer una distinción entre lo que El Archivo quería y lo que Ryan Goldstein quería. Al primero, no le importaba cómo, tenía como prioridad obtener el artefacto en cuestión. Lo hubieran hecho, salvando a los vampiros de una maldición o matándolos en el proceso. Por eso es que el Sr. Kass no se equivocaba en su cautela para con los bibliotecarios. Siempre se presentaban como los salvadores, pero la biblioteca era, ante todo, leal a sí misma. Algunas veces, tomaba acciones que perseguían el bien común, pero no siempre. En cambio, Ryan Goldstein, no pensaba en El Arca como algo a obtener, si no como un mal que había que parar. Sólo que. ¿Quién se fiaría de un bibliotecario?

***

—¡Le digo que esto lleva tiempo!—gritó Perico, fuera de sí. Los nervios habían sacado el lado más duro de ese hombre. Tanto como para contestarle al Sr. Kass, desencajado. Se lo volvió a pensar, y retrocedió, volviendo a su caldero, que burbujeaba en el fuego.

Perico, mago de El Archivo, era bien reconocido entre sus compañeros por ser un sanador y pocionista excelente. Sólo que, en esas circunstancias, le pedían lo imposible, ¡y estando tan acotados de tiempo! No hizo falta más que echarle un vistazo al “paciente”, atado a una silla y atado, que gruñía y se desesperaba, babeando y perdiendo el aspecto por el que lo habían conocido, por tanto, tanto tiempo. No, Perico no podría pararlo. Era cierto que podías disminuir los efectos de la infección, o ralentizarlos, pero hasta entonces no habían conseguido ni lo uno ni lo otro.

Al final, Perico tuvo una mala reacción y barrió con una mano y de un tirón los ingredientes que tenía preparados sobre la mesa, abandonándose en la derrota, con las manos abiertas apoyadas de los bordes, bien sujeto como si tuviera la necesidad de asirse a algo para no perder la cordura, y sudando. Se llevó una mano a la frente, entre pensativo y muy apenado.

—¡No se puede! ¿Me oye?—soltó, encarando al Sr. Kass, desencajado de nuevo. Pero esta vez, con mucho nervio de acero—: ¡Tiene que matarlo!, ¡no puede dejar que escape o que muerda a alguien más! Ha visto esa cosa que trajimos con nosotros, ¡en eso se convertirá! ¡Ya está perdido!

Y por cierto, ¿qué había pasado con el otro engendro?

Lo habían dejado en el sitio, rugiendo de hambre asesina, inmovilizado por el encantamiento del mago, al que además le sumaron cadenas, y lo cubrieron con un manto negro, para cubrirlo de la vista y ordenaron evacuar el área. Esto funcionó de tal forma que pareció aplacar su instinto, hasta que volvió a agitarse de nuevo, percatándose de una presencia que se acercaba, y que quería destruir, matar, despedazar.

Puede que los vampiros fueran una comunidad, pero como toda comunidad, estaba dividida en facciones, intereses contrapuestos, por formas de hacer las cosas, y sobre todo: secretos.

Ahora, ¿cómo hacer para liberar esa cosa, generar el caos y hacer que todo parezca obra de los bibliotecarios?    


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¡¡¡¡¡¡¡¡¡CHARLIEEEEEEEEEEE!!!!!!!





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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Charlie L. Harrington el Dom Abr 01, 2018 1:32 pm

Cuando no tienes nada que perder empiezas a pasar por alto problemas tan mundanos como la muerte. Eso de acabar tu vida porque tus órganos dejan de funcionar no era algo que le importase a alguien cuyo corazón no late. Ni a Arthur ni a Charlie les importaba lo más mínimo lo que Ryan Goldstein y el tal Perico pudiesen sentir cuando ellos bromeaban sobre la vida y la muerte. La empatía era algo que se iba perdiendo con los años, más si tenías en cuenta que acababas por acostumbrarte a que todo a tu alrededor se marchitase como una simple planta a la que dejas de regar. Los humanos no se alejaban mucho de esas plantas. Algunas con suerte eran como un cactus y sobrevivían más tiempo hasta que morían. Porque al final, todos morían. Y sólo quedaban ellos para seguir bromeando entre la fina línea que separaba la vida y la muerte.

- Aleja la mano, Perico, o puede que te lleves un mordisco. – Arthur había acortado la distancia entre él y los barrotes en cuestión de segundos, amenazando con hincarle el diente a cualquier parte del cuerpo de aquellos dos que saliese de los barrotes y quedase expuesta a su control. Ninguno pensaba hacerlo. Ninguno pensaba atacarles. Las órdenes eran claras: vigilar. No podían morder, no podían atacar. Pero sí amenazar y plagar aquello de amenazas vacías sólo por ver las reacciones fisiológicas que ejercía el miedo en aquellos dos. Especialmente en Perico. Sin duda alguna, para Charlie, Perico era una persona tremendamente divertida.

- ¿Eso significa que tiene familia o no? – Preguntó Charlie en un susurro en dirección a Arthur.

- Tiene una hija.

- Así de pequeñita. – Reafirmó la castaña elevando la mano para simular la misma altura que Perico había marcado antes en el aire.

Tanto Charlie y Arthur parecía que no recordaban que no estaban solos en los calabozos, su conversación seguía como si nadie estuviese escuchando sus palabras. Su conversación seguía como si no estuviesen hablando, precisamente, de las dos únicas personas con las que compartían espacio en aquel preciso instante.

- Y dos hermanos. – Añadió no muy segura de aquella historia que Ryan Goldstein acababa de narrarles.

- Pero no cuentan.

- Pero la hija tampoco cuenta, ¿No?

- Técnicamente no tiene familia.

- Técnicamente la tiene, lo que pasa es que nadie le echaría de menos. Si te lo comes su hija seguirá con su vida sin llamarlo Ry-Ry y sus hermanos… - No recordaba bien ese trozo de la historia por lo que, mágicamente, recordó que Ryan Goldstein estaba presente y podía escuchar cada una de las palabras que atinaban a salir de entre sus labios. – Entonces, ¿Ellos te echarían de menos? – Preguntó mirando en dirección a Ryan. Como si aquello fuese a significar la diferencia entre la vida y la muerte. Cuando ellos no tenían ningún poder en aquel lugar. Nunca lo tenían. Eran simples peones que se movían bajo las órdenes del Rey y la Reina, incluso de los Alfiles y las Torres. Todos mandaban más que aquellos dos que, además, nunca llevaban a cabo de la manera acertada las órdenes que debían cumplir.

La inutilidad personificada. Pero eso no lo sabían ni Ryan Goldstein ni Perico.

La escena cambió en cuestión de segundos. No hubo oportunidad de seguir conversando sobre las vidas posibles de Ryan Goldstein, la incapacidad de Perico para marcar la altura de una niñita o la manera de Arthur de aguantar sus instintos de hincarle el diente a Perico cada vez que abría la boca para decir una de sus gilipolleces que, como de costumbre, hacían que incluso se le hinchase una vena vacía en la frente por la falta de paciencia que hacía que sintiese aquel hombre.

- ¡No pienso cortarle la cabeza a nadie y quemar su cuerpo! – Gritó Arthur alterado. Tenía el rostro pálido, incluso más de lo habitual. Sus ojos estaban fuera de sí. Miraba a un lado y a otro, desesperado. Esperaba que en cualquier momento Kass y Charlie hicieron acto de presencia, pero le habían dejado solo con los dos presos y un vampiro en mal estado. ¡En mal estado! ¿De verdad alguien pensaba que un vampiro no podía enfermar? ¡Él no quería enfermar por culpa de Spencer!

Se alejó ligeramente, dejando el cuerpo de Spencer sobre el suelo. Sus brazos caían al lado de su cuerpo inconsciente. Su rostro era una mueca de pánico y terror aún cuando estaba inconsciente. Sus manos estaban arqueadas en garras y sus colmillos sobresalían por las comisuras de sus labios mostrando sangre reciente.

Por suerte para Arthur, su soledad no duró demasiado. Kass y Charlie no tardaron en aparecer. Charlie parecía ahogada de tanto correr, pero realmente era del estado de ansiedad en el que se encontraba. Kass, por su parte, parecía incluso tranquilo. Su tono de voz sonaba tan tranquilo como siempre, pero en cuanto mencionaron la opción de perder a uno de los suyos… Un alarido escapó de entre sus labios, quejándose de que en ningún momento dejaría morir a uno de los suyos. Él haría todo lo que estuviese en su mano para arreglar aquello.

- Si no arreglas lo que tú y tu amigo le habéis hecho a Spencer, te aseguro que Ryan Goldstein morirá antes de que amanezca. – Kass daba por hecho que la culpa de lo sucedido en las catacumbas recaía en aquellos magos. Nunca habían dejado entrar a los hombres con varita en las inmediaciones de las catacumbas y, la primera vez en siglos que aquello sucedía, acababa con la vida de los suyos o les hacía enfermar. Para Kass había una clara conexión.

- ¿Spen se pondrá bien? – Preguntó Charlie preocupada con la varita de Perico entre sus dedos.

- Harrington, ¡La varita de Perico!

- Oh, sí, sí. – La castaña le tendió la varita a Perico, casi tirándola en el intento de entregársela sobre la mano debido al nerviosismo que sentía en aquel preciso instante.

Lo arrastraron. Tiraron de él sin siquiera preguntarle qué necesitaba. Sin darle la oportunidad de saber qué sería de Ryan Goldstein en el caso de que no superase sus expectativas y Spencer acabase muerto.

* * *

Kass se había ido llevándose consigo a un supuestamente útil Perico. Arthur jugaba al solitario con la baraja de cartas en silencio y Charlie paseaba por los calabozos. A veces iba al exterior esperando ver a alguien a quien preguntarle cómo estaba Spencer o el señor Kass. A veces se quedaba esperando a que la puerta se abriese de par en par y alguien le contase lo que sucedía.

Pero nada. Tan sólo el silencio que Ryan Goldstein rompió con su alarde de negatividad. Negatividad que Charlie pensó en meterle por el culo usando como impulso su propia varita si era necesario.

- ¡Cállate! – Gritó la castaña. La baraja de cartas con la que jugaba Arthur salió disparada en forma de proyectil, impactando de golpe en el pecho de Ryan.

Charlie no toleraba la muerte de aquellos que conocía. Tenía un extraño concepto de la vida y la muerte después de tantos años. Podía considerar como simples títeres carentes de importancia a todos aquellos cuyas vidas drenaba solo por la necesidad de alimentarse. Del mismo modo que consideraba todo un mundo el hecho de no volver a ver a uno de los suyos. La muerte para un vampiro no era algo natural.

- Kass no lo permitirá. – Dijo Charlie segura de sus palabras. – No confía en la gente con varita. Nosotros no confiamos en la gente con varita. Él está seguro que la culpa de todo es vuestra, por entrar a un lugar sagrado. Un castigo de… - Señaló hacia arriba, sin decir nada, asumiendo que podía entenderse. – Hará lo que sea por salvar a Spen, aún si con esas tu amigo y tú morís. No le importan vuestras vidas.

Hizo una leve pausa, mirando directamente a Ryan.

- A ninguno nos importa si vivís y morís. Sólo queremos salvar a Spencer.

- No hables con él, sólo quiere que le dejemos entrar. – El tono de voz de Arthur era calmado y solemne, más serio de lo habitual. Charlie afirmó con la cabeza al contacto de la mano de Arthur sobre su hombro y se giró.

- Vas a morir esta noche, Ryan Goldstein. – Afirmó la castaña, segura de lo que iba a suceder en castigo al estado de Spencer.

* * *

La luz comenzaba a entrar por los recovecos que quedaban entre las piedras situadas cerca de la entrada enunciando la llegada del nuevo día y, con ello, la sentencia de muerte impartida a Ryan Goldstein por la incapacidad de Perico para cumplir su cometido. Pero, las palabras, se las lleva el viento. En aquella ocasión de manera literal, pues fue el viento el que se encargó de mecer la sábana que cubría al engendro que yacía, sin fuerzas, en la oscuridad.

Un gruñido y un alarido.

Los centinelas colocados en la entrada volvieron sobre sus talones, avanzando en dirección a la celda. Una mueca de pánico en el rostro de uno de ellos mientras que una sonrisa macabra se dibujó en el contrario antes de empujarle contra los barrotes, facilitándole la tarea al engendro para morderlo con sus afilados colmillos.

Contó hasta diez. Ni un segundo más. Ni un segundo menos. Y separó el cuerpo de la celda, dejándolo caer al suelo con la herida abierta en el cuello. No sangraba. No tenía sangre con la que sangrar. Pero aún así la herida estaba hecha. La infección se abría paso por su organismo. Un nuevo vampiro estaba infectado.

- ¿Qué has hecho?

- La hermandad lleva mucho tiempo siguiendo a un líder equivocado. Ya es hora de demostrar que no puede superar una verdadera crisis para los nuestros. – La sonrisa ladina mostró unos dientes amarillentos. El vampiro pensaba derrocar a Kass. O, al menos, aquellas eran sus intenciones infectando a todos los vampiros posibles y sembrando el caos.

* * *

La puerta se abrió nuevamente. Uno de los hombres de Kass se abrió paso hacia el interior. No rompió el silencio aún cuando los ojos de Charlie y Arthur se clavaban en él.

- ¿Está…?

- No ha sobrevivido. – Charlie hipó y se giró en dirección a Arthur, quien rápidamente abrazó a la chica. – Sé que era de los vuestros, lo lamento. Kass dice que llevéis a Goldstein. – Avanzó hacia la salida. – Lo siento. – Se giró una última vez antes de perderse por la oscuridad.

Charlie tardó en reaccionar antes de soltarse del abrazo de Arthur e ir en dirección a la celda. La abrió sin necesidad de candado, usando una simple mano. Agarró a Ryan con fuerza y lo arrastró. Literalmente lo hizo. No se preocupó por si intentaba zafarse o no lo hacía. Ella tiró de él en dirección al exterior hasta llevarlo ante los ojos de Kass.

Perico yacía atado en una silla por pies y manos. Spencer yacía de la misma manera pero su cabeza se encontraba en el suelo, despegada del resto del cuerpo.

- ¡Tienen que quemarlo! No es suficiente. ¡Hay que quemarlo! – Perico había roto su promesa de intentar salvarlo al ver que la infección se había desatado y que no tardaría en llevarse a más de los vampiros a su paso. En un acto de benevolencia había decapitado al vampiro y eso iba a salirle muy caro. – Diles que lo hagan Ryan. ¡Quemadlo! – Bramaba desesperado.

La sangre brotaba de diferentes heridas abiertas en su cuerpo. Su pelo despeinado y el sudor cayendo por su frente.

- ¡Quemadlo!

Kass clavó una barra de metal en su pierna, atravesando la piel y el hueso como si fuese mantequilla.

- Cállate.

El grito de dolor no quedó ahogado en la garganta de Perico, sino que el dolor escapó entre sus labios hasta que quedó inconsciente fruto del propio dolor y la pérdida de sangre.

- Ahora, señor Goldstein, se encargará de arreglar lo que Perico ha destruido. – Charlie había soltado inconscientemente a Ryan al ver a Spencer. Se había alejado dos pasos. Ni uno más, ni uno menos. Una mueca de pánico yacía en su rostro. Ni siquiera era consciente de la magnitud de la situación.

Ni siquiera era consciente que otra criatura mutada estaba acercándose al lugar donde se encontraban con sed de sangre.
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Ryan Goldstein el Vie Abr 06, 2018 10:35 pm



Estaba que se desesperaba, Perico estaba que se desesperaba, ¡PERO SI SE LO ESTABA DICIENDO…!, ¡era imposible recuperar a su amigo vampi!, ¡aaaaah!, ¿pero alguien lo escuchaba? No. Los sobacos le sudaban, el culo le sudaba, las cejas le chorreaban, ¿qué más querían de él, eh?, ¡podía rellenar la cuenca del Nilo sólo con proponérselo si esta se secaba en ese instante! (una ocurrencia de pesadilla de la que seguramente, también señalarían a los bibliotecarios como maquiavélicos hacedores de lo maravilloso y terrible, como si anduvieran detrás de todo lo malo en este mundo) ¿Y quién tenía la culpa de todo?, ¿él? OH, NO, ¡claro que no!

#RYAN GOLDSTEIN, SI TUVIERA UNA VARITA QUE METERTE POR DONDE TE QUEPA AHORA MISMO

Pero no, Perico no la tenía. Lo habían atado a una silla luego de lo que fue un acto de nobleza desesperada. Cuando lo vio a Ryan, avanzar escoltado de ¡esas terribles criaturas de cuento de horror de las que su tía, oh su buena tía Mudsen, le había advertido!, intentó avisarle de que corriera —he ahí la ironía, esas contradicciones de las que están hechas las relaciones humanas—, que no había ya nada que salvar ahí, cuando su piedad—que los vampiros consideraban una brutalidad—le ganó la partida:

—¡Quemadlo!

Es siempre curioso cómo funciona el cerebro de las criaturas emocionales, los humanos, especialmente bajo presión. Por supuesto que era algo que los vampiros no podrían entender—dejando de lado que no había ningún relator fiable allí para dar parte de lo siniestras que eran las circunstancias en realidad—. Y así y todo, era el Sr. Kass quien, seguramente para sorpresa de algunos, estaba actuando como no lo habría hecho en mucho tiempo: siguiendo ese impulso, tremebundo y de vértigo, que es el del corazón cuando está inquieto, apresado por las filosas garras de la INTEMPERANCIA de emociones tan humanas, que daban asco: ¿el miedo a la muerte?

Sería tonto decir que un aventurero no le teme a la muerte, pero tanto Ryan Goldstein como Perico, tenían una temeridad y una inclinación al riesgo —hasta el punto de dejarse seducir por este—, que los hacía poco corrientes. A veces, te aferras tanto a una causa o a una empresa, que te pierdes en ella, olvidándote de pensar en ti mismo, o en las consecuencias. Entre ellos, sabían de esto. Y no era la primera vez que acababan, juntos y atados, a la desastrosa eventualidad de verse entre la espada y la pared, siendo testigos de cuánto podían herirse uno al otro, sólo por la acometida de un paso en falso, o el enojo de sus enemigos —que lo eran sólo en la medida en que esos mismos enemigos se creían al pie de la letra su supuesto rol en esa historia—, pero eso, lejos de hacer más llevadero el contemplar cómo torturan a tu amigo, sí que los instaba a comprometerse cada vez más en una carrera hacia el precipicio, sin freno y sin que a ninguno de los dos se le pasara siquiera por casualidad la idea de “abortar la misión”. Eran dos idiotas, pero muy idiotas.

—¡AAAAAAAAAH!, ¡Ryan…!

Habría gritado sin siquiera proponerse prolongarse en un eco lastimero y violento en el pecho de su amigo; como soltar una maldición antes de saber qué palabras estás pronunciando; pero el acto de murmurar el nombre de Ryan antes de desfallecer, fue un mensaje que él entendió a las claras: “Quémalo, quémalo, ¡tú, bobo de cara bonita, QUEMALO POR LO QUE MÁS QUIERAS!, ¡por tía Mudsen!, ¡quémalo, te digo!”.

La situación pujó de tal forma a ese Ryan enfadado, enloquecido, de adentro hacia afuera, que sin siquiera percibir que lo habían soltado, se había lanzado hacia adelante, con una estrategia improvisada: de la mesa en la que Perico había estado trabajando, ahí, a su lado, tomó un menjunje que arrojaría al Sr Kass que, de tocarlo, le provocaría las laceraciones con las que puedes joderte la existencia en una desastrosa clase de pociones, sólo que al captar por el rabillo del ojo otra amenaza, todavía más urgente, su gesto lo traicionó y acabó lanzándole su improvisada estrategia a una bestia que rugió presa de rabia revelando que allí había un peligro para ser atendido y causando una confusión que Ryan aprovechó: no debía olvidarse que, en lo que a los vampiros les concernía, ellos tenían la culpa de todos sus problemas. Así que él se aventó contra el Sr. Kass, para de inmediato ser arrojado a unos metros, chocando de espaldas contra la pared, sólo que habiéndose hecho con la varita de Perico en el forcejeo, forcejeo del que seguramente el Sr. Kass habría pensado que sería un desesperado intento por detenerlo, ¿y que la bestia lo matara? Las mentes perseguidas, eran mentes perseguidas al fin.

—¡Apártate!, ¡EXPULSO!

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