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Can you feel my heart? —Charlie.

Sam J. Lehmann el Miér Dic 13, 2017 3:10 am


28 de diciembre del 2017 — Hotel Necrópolis, 01:32 horas

Quitarse de encima a Sebastian Crowley no supuso, ni de lejos, un alivio para ella. Ni tampoco le quitó la maldición de estar conectada con esa familia. Ella creyó que sí, que Caroline había conseguido liberarla de una carga que terminaría acabando con su paciencia —y probablemente también con su vida—, pero le seguía persiguiendo, esta vez hambrienta y con sed de venganza.

Los Crowley eran una familia purista bien famosa en el mundo mágico, partícipe de prácticamente todas las líneas genealógicas entre familias que seguían dicha tradición. Sebastian Crowley era el mayor de cuatro hermanos y, como era de esperar, la pertenencia de Samantha Lehmann no era algo que se hubiera guardado para sí mismo. No entre sus familiares. No era estúpido; había ideado la manera de dejar bien clara su posición y, en el caso de que su plan fallase, asegurarse de que sus verdaderos aliados supiesen cual había sido la causa de su muerte. ¿Y un asesinato de esa magnitud, sin motivos aparentes? Sin duda alguna, la sospechosa principal era la misma que vivía a su servidumbre.

A pesar de que Samantha ahora compartiese piso con Caroline, ella continuaba teniendo asuntos que tratar en los que no quería inmiscuir en lo más mínimo a su amiga. Bastante había hecho por ella ya y bastante se arriesgaba encubriéndola en su propia casa, como para encima meterla más en la mierda. Es por eso que Sam continuaba teniendo su tienda de campaña y cada cierto tiempo la cambiaba de ubicación. Se pasaba en ella prácticamente todo el día mientras Caroline trabajaba y ahí tenía todas sus pertenencias importantes, además de que lo utilizaba como lugar en donde crear las pociones que necesitaba, entre ellas las multijugos, que eran las que más tardaban y a las que más complicado tenía el acceder.

Sin embargo, al igual que Sam tenía un diario en donde relataba lo desgraciada que había sido su vida, Crowley tenía uno en donde había escrito todo lo que había descubierto de Lehmann, desde sus más íntimos recuerdos, hasta las posiciones en donde solía ocultarse de la ley. Sam había sido un libro abierto para Sebastian y, ahora, lo era para el resto de los Crowley que no iban a dudar en encontrar respuestas y vengar a su hermano mayor.

***

Caído el sol y entrando la noche, ya Sam estaba prácticamente preparada para volver a aparecerse en su nuevo hogar, pero fue una tontería de Ravenclaw perfeccionista, lo que le hizo quedarse cinco minutos más en aquel lugar que ella, a priori, creía seguro.

Repentinamente, dos de los hermanos Crowley aparecieron allí, cogiéndola totalmente por sorpresa. Para cuando quiso hacerse con su propia varita, fue derribada y golpeada hasta quedar inconsciente. Los hermanos no iban a cometer la estupidez de quedarse allí, puesto que ignoraban si alguna otra persona conocía ese paradero. Se irían a un lugar seguro en el que poder hacer con Samantha lo que hiciese falta para sacarle información. Y sabían el lugar idóneo para ello: El Hotel Gran Necrópolis.

La aparición en la sección mágica preparada para ese tipo de circunstancias, hizo que Sam volviese en la consciencia. No se habían aparecido con ella nada más dejarla inconsciente, sino que habían revisado toda su tienda, además de destrozarla por completo.

¿D-dónd... —dijo, desorientada. No recordaba lo que había pasado.

Recibió un empujón que la hizo chocar contra el mostrador, haciéndola caer al suelo. Inconscientemente, intentó buscar su varita en donde siempre la guardaba, aunque Zed Crowley, el menor de los hermanos, se puso de cuclillas frente a ella.

¿Buscas esto? —Mostró la varita de Sam entre sus dedos, para partirla por la mitad sin ningún tipo de pudor. —La segunda en romperse serás tú, Lehmann. —Su tono era agresivo; cargado de rabia. —Te vamos a romper hasta que no quede nada de ti. Humillar tu existencia hasta que llores a nuestros pies. —Al final, escupió al cuerpo de la sangre sucia, poniendo de pie para hablar con el encargado.


***

Fue arrastrada por Vladimir y Zed por los pasillos hasta llegar a una habitación perfectamente adecuada a su economía. No, no fue llevada a una celda, ni tampoco a una asquerosa mazmorra cargada del hedor de la sangre de algún pobre desagraciado. Los Crowley habían llevado a su prisionera a una habitación de cinco estrellas cargada de lujos.

Nada más entrar por la puerta, los dos hermanos tiraron a la chica en un alfombra que probablemente costase más del triple del dinero que pudiera poseer Sam en ese momento en su poder. Vladimir fue al bar a coger dos vasos y una botella de whisky, mientras que Zed se acercó a la legeremante para darle una fuerte patada en el vientre. Ella se quejó, sin poder hacer más que intentar taparse el estómago con sus propias manos.

La putita de Lehmann —dijo entonces Vladimir al llegar a ella, pasándole uno de los vasos a Zed. —Nuestro hermano ha muerto y sabemos que ha sido por tu culpa. Eras lo único que podía ponerle en peligro. Y mira, lo has conseguido. Te has librado de una sentencia de muerte que te iba a llegar tarde o temprano... —Tomó un sorbo de la bebida. —Tuviste suerte. Sebastian siempre fue el hermano más caballeroso, cargado de tanta ambición como para tenerte atada casi dos años hasta convertirse en un ser indestructible, gracias a ti. ¿No es irónico que por tu culpa, ahora esté muerto? Pero sabemos que tú no lo has matado. No podrías aunque lo desearas. Pero tenemos la certeza de que sabes lo que le pasó.

Sam estaba cagada de miedo. Su corazón iba a tres mil por horas, los sudores habían comenzado a ser parte de los escalofríos que le estaban dando. Se sentía dolorida y, lo peor de todo, es que el solo pensamiento de saber que va a ser torturada, la estaba volviendo francamente loca. ¿Y qué era lo único que había podido hacer para impedirlo? Nada. Sólo murmurar débilmente un 'ayuda' a personas que están muy a favor de todo esto. Había comenzado a temblar, no porque tuviese miedo a dormir —que lo tenía—, sino por no tener el valor suficiente de poder aguantar aquello sin poner a nadie en peligro.

Nos vas a decir quién mató a nuestro hermano para que podamos ir a matarlo a él también. ¿No sois los fugitivos quiénes buscáis justicia? Entonces entenderás que esto es lo correcto. —Le pegó entonces él una patada en el rostro, haciendo que cayese hacia atrás de espaldas en el suelo. Sintió como el golpe la haría una herida en la mejilla. —Y tú recibirás tu verdadero castigo. Te vamos a enseñar de lo que estamos hecho los Crowley y cómo no se puede jugar con nosotros. —Dejó el vaso vacío sobre una pequeña mesa y sacó su varita, apuntando a Lehmann. —¡Crucio!

Y ahí comenzaron los gritos, pidiendo que parase, pidiendo auxilio. Sentía que se iba a despedazar. De hecho, quería despedazarse para no sentir tanto dolor en su cuerpo; lo único que quería era dejar de existir. Ojalá fuese lo suficientemente débil como para no poder con aquello.

Horas después, Sam yacía en el suelo de aquella habitación, encadenada y sin apenas aliento con el que mantenerse viva. Vladimir y Zed, limpiando la porquería de sus manos, salieron de la habitación en busca de alguien que limpiase todo el estropicio. La chica se encontraba sobre la alfombra, con la ropa rasgada por los latigazos candentes que había recibido y marcado su piel, tenía múltiples heridas por todo el cuerpo, cortes, rasguños y moratones. Sus muñecas y sus tobillos estaban cargados de rozaduras graves debido a los grilletes y de tanto tirar para soportar el dolor. ¿Su rostro? Ahora mismo de su rostro, a pesar de lo mal estado en el que se encontraba, lo único que realmente reflejaba su dolor eran esas lágrimas que caían, implorando por ayuda.

Pero al menos... no había dicho nada. ¿Eso era bueno, no?

Pero no. Para ella no era nada bueno. Ellos volverían y se lo terminarían sacando, de una manera o de otra.


Penejotas:

Vladimir Crowley.
Ahora hermano mayor de los hermanos Crowley y heredero de la familia.
#666699


Zed Crowley.
Hermano menor de los hermanos Crowley.
#996699
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Charlie L. Harrington el Jue Dic 14, 2017 5:11 pm

Aquellas fechas festivas eran días de alegría, luces de colores, regalos y comidas copiosas. Algo que, a cualquier persona, le podría parecer fantástico. Incluso era así para Charlie en ese corto periodo de tiempo – a comparación – en el que estuvo viva. Pero ya no. Después de doscientos cuarenta y siete años uno acaba por cansarse de celebrar la Navidad y más cuando descubres que Santa Claus no es más que una invención de  alguna multinacional para aumentar al consumo. Que los regalos tiene que dártelos algún ser querido y que, de no tener, te quedas sin regalos. Por eso Charlie siempre compraba varios regalos de sobra, pues trabajando en el Hotel podía encontrarse con alguna pobre persona que no tuviese donde caerse muerta y cuyas oportunidades de recibir un regalo navideño hubiesen desaparecido al tiempo que lo habían hecho sus familiares.

- ¿Recepción muggle o la de los imbéciles? – Preguntó Charlie rogando porque aquella noche le tocase la primera de estas.

Y ding ding ding. Sonó el premio gordo y pasó todo el día en la recepción para muggles, dibujando una alegre sonrisa  y hablando con los clientes. A diferencia de los magos, los muggles solían ser  más educados. No tenía esta estúpida creencia de ser seres superiores al resto y por lo que se les debía jurar lealtad y respeto. No, los muggles sabían que estaban a la altura de cualquier otra persona y, si elevaban el tono, era porque el cliente siempre tenía la razón y alguien parecía habérselo tatuado en la coronilla para que no lo olvidaran.

- ¿No tiene una reserva?

- Pensamos que no estaría tan lleno. Hemos ido ya a otros tres hoteles más y estaban a rebosar. ¿No queda ni una sola habitación para fin de año?

- Son fechas muy solicitadas. La gente reserva con más de un mes de antelación, no con… - Contó con los dedos. – Tres días. De  verdad que lo siento, si quiere déjeme su número de teléfono y si hay alguna cancelación le aviso.

- ¿Haría eso por mí?

- Por supuesto, no es ningún esfuerzo. – El hombre anotó su número de teléfono en una tarjeta y se lo tendió a Charlie. – Dígame su nombre y qué necesita. – El hombre terminó de explicarle a Charlie que él junto a sus tres hijos pasaban su primer fin de año sin su madre y que buscaban un sitio diferente donde pasar una fecha como aquella, ya que su hogar les recordaba demasiado a la difunta mujer. Charlie, por su parte,  sacó un mapa de la ciudad donde marcó diferentes hoteles donde podrían tener algo más de suerte y, finalmente, le tendió un pequeño paquete al hombre. – Para sus hijos. – Sonrió ampliamente antes de verle marchar algo más alegre de  cómo había entrado a pesar de no encontrar lugar  donde poder pasar  esa noche.

El resto del día lo pasó haciendo Sudokus, algo que había dejado de  estar de moda allá por el 2005 pero a Charlie no le importaba. Ella en sí ya estaba bastante pasada de moda con eso de estar muerta, pero no era algo que le quitaba el sueño. Principalmente porque no dormía, pero eso ya era otro tema.

- Eh, Harrington, quieta ahí. – Conocía aquella voz. Por los colmillos de Gary Oldman haciendo de Drácula en la supuesta “Drácula de Bram Stoker”, que no quisiese lo de siempre. Pero lo quería. Charlie sabía cuáles eran las palabras que saldrían de la boca del encargado antes si quiera de que lograse articularlas.

- ¿De verdad que no hay otra persona? Llevo desde septiembre cubriendo turnos. Si vamos tan mal de personal, ¿Por qué no contratas a alguien nuevo? – La bomba estalló ante sus narices, algo que descolocó al encargado.

- Sabes que no es tan fácil.

- ¿Cómo que no? Sólo tienes que coger a cualquier cliente, dejarlo medio muerto y morderlo. Luego él se muere y, ¡Tachán! Tenemos un nuevo empleado. Preparáis su nueva historia para separarse de todas las personas que conoce y que firme el contrato y ya está.

- Charlie…

- ¿Qué?

- Suite 17. Necesitan servicio de habitaciones. – Charlie bufó. Cogió la ropa que el encargado tenía entre sus manos y la arrastró en dirección a los vestidores. Tres minutos después salió con la misma cara de pocos amigos, bufando, lanzando una mirada cargada de odio hacia el encargado (que, por cierto, jugaba  distraído con su teléfono móvil y no se enteró de  esto) y subió por el ascensor hasta  la suite 17.

Llamó con el puño y esperó a que la puerta se abriese. Un hombre con una galante sonrisa que casi la devoró con la mirada desde los pies a la cabeza.

- Servicio de habitaciones. – Dijo lo obvio. Qué ridícula se sentía con aquellas pintas.

- Eh, Zed, ¿Tú has pedido una muñequita para esta noche? Pensaba que teníamos suficiente con la sangre sucia para divertirnos.

El cliente siempre lleva la razón. El cliente siempre lleva la razón. Repetía Charlie una y otra vez en su cabeza intentando no romper una de las sillas y atravesarle el cráneo a Vladimir Crowley con la madera astillada.

- ¿Qué? – Zed Crowley se asomó a mirar, aún cuando su varita apuntaba a la sangre sucia tirada en el suelo. A Charlie se le retorció el estómago ante aquella imagen. – Dile que pase.

Charlie entró y Vladimir cerró la puerta tras ella sin quitarle el ojo de encima. Como de costumbre, los magos sentían que eran superiores a cualquier otra persona. Aquello era cosa de tener un pene en la entrepierna, pero para Charlie era por ser magos. ¡No había otra explicación!

- Puedes ponerlo todo sobre la cama. O podemos usarla para otras cosas, ya sabes. – Dijo Vladimir acortando la distancia entre ambos e incomodando notablemente a la castaña.

- Vladimir, tenemos trabajo. – Sentenció  Zed. Vladimir pareció no necesitar mucho más para darse por satisfecho y siguió a su hermano hasta la sangre sucia lanzando un nuevo hechizo sobre esta, que hizo que gimiese del dolor.

Charlie miró de reojo, incapaz de apartar la mirada mientras, sobre la cama, abría un pedazo de tela que ocultaba diferentes objetos utilizados para torturar a cualquier ser humano o criatura. Había variedad de artefactos y todos estaban listos de ser utilizados para hacer sufrir a aquella chica.

Pensaba marcharse de allí. Volver por donde había venido antes de acabar vomitando sobre la alfombra. Pero no lo hizo.

- ¿Por qué no te quedas? Nos vendrá bien que alguien juzgue quién de los dos lo hace mejor. – Dijo  esta vez Zed con una sonrisa. – Eh, Vlad, como en los viejos tiempos. No vale matar. Aún no.
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Sam J. Lehmann el Vie Dic 15, 2017 1:26 pm

Volvieron en cuestión de minutos, insuficientes para que Sam encontrase cualquier tipo de oportunidad para salir de allí. Lo intentó. Intentó buscar algo que consiguiese quitarle aquellos grilletes, una vía de escape; pero por momentos parecía que la única opción era tirar tanto como para romperse a sí misma y poder arrancarse lo que la mantenía presa. Pero de nada servía en realidad, pues volvía a estar a merced de los hermanos.

Mírala que mona, pensando que puede escaparse —dijo con sorna el menor.

Déjala. Cuando tienen esperanzas es todo más divertido. Seguro que aún se cree que saldrá con vida de esta. —Curvó una perversa sonrisa. —Al final, Samantha, la muerte de nuestro hermano te ha traído la muerte a ti también. Lo habíais prometido y las promesas están para cumplirlas.

Lo peor de todo es que era la primera vez que Sam se encontraba en esa situación; en una situación de no retorno. Ahí no iba a aparecer nadie para salvarla, pues nadie sabía que estaba allí. Probablemente absolutamente nadie de las personas de este mundo que se pudieran preocupar por Samantha, era capaz ahora mismo de imaginarse en la situación en la que se encontraba, mucho menos de sopesar siquiera que estaba en peligro. Estaba totalmente sola ante el peligro, un peligro mortal contra el que no tenía defensa. Ni mucho menos ya fuerzas para defenderse. Lo único que le quedaba era... ser lo suficientemente fuerte como para conseguir mantenerse callada y morir manteniendo a todos a salvo.

Ahora te espera lo mejor, querida. Hemos pedido un obsequio para hacer esta velada más agradable. Quizás si no hablas con métodos mágicos, sí que lo hagas con algo con lo que estés más familiarizada. —Bebió de su copa de whisky. —Nosotros también tenemos nuestros secretillos y nos gusta divertirnos con artilugios muggles. Pero es un secreto. Normalmente quién lo sabe, suele morir sin poder contarlo.

Qué desperdicio de mujer... —dijo Vladimir, que se encontraba de cuclillas frente a Sam, mirándola con unos ojos cargados de perversidad. Esa mirada le daba miedo. No le hacía falta una varita ni el conjuro 'legeremens' para saber las asquerosidades que estarían pasado por la mente de ese tipo.

Y, de repente, el timbre sonó.

La legeremante pensó que la esconderían o algo, pero no. Abrieron como si nada y la chica entró al interior de la habitación con una enfermiza normalidad. ¿¡Cómo podía siquiera tomarse aquello con aquella tranquilidad!? ¿No reparaba en una chica tirada en el suelo de rodillas, sujeta con cadenas y malherida? ¿No tenía corazón? ¿En qué lugar de enfermos la habían traído? ¿De verdad el mundo estaba tan mal como para que aquello ya fuese normal en el sociedad mágica? Cualquier atisbo de esperanza que le pudiera haber entrado al escuchar el timbre, desapareció por completo como si lo hubiesen tirado desde el más alto precipicio.

No dejó de seguir a la morena con la mirada, prácticamente ojos que imploraban por ayuda. No quería pedir ayuda en voz alta, eso solo significaría dos cosas: admitir que estaba derrotada y desesperada y recibir, probablemente, un golpe para que mantuviese la boca callada si no iba a decir nada útil.

Tragó saliva al ver las cosas que habían traído y ante la invitación de que la chica se quedase. Genial. ¿Alguien más quería sentarse en el sillón para ver cómo la humillaban, denigraban y mataban? Fue Vladimir el primero en sujetar un látigo de cuero, así como varios utensilios que tiró frente a Sam, en la alfombra manchada. Observó con detenimiento el látigo, sin saber muy bien cómo empezar. Sacó su varita con su mano libre y entonces miró a la vampiresa, la cual se mantenía callada en un lado.

¿Quieres saber por qué le estamos haciendo esto a esta monada? —preguntó retóricamente hacia la morena. —Mató a nuestro hermano y buscamos venganza.

Yo no maté a Sebastian... —murmuró, con rabia.

Vladimir alzó la mano con el látigo y le dio un golpe que cayó directo en su muslo. Fue tan inesperado que Sam solo fue capaz de proferir un quejido ahogado, cerrar la boca con fuerza y comprimir todo el dolor en lágrimas que empañaron sus ojos.

Bueno, no lo mató ella, pero murió por su culpa y ella sabe quién fue la mano ejecutora. Por eso estamos torturándola, para que delate a la persona que asesinó a nuestro hermano antes de matarla. ¿No es lo mismo, en realidad? —preguntó, divertido.

Al menos eran sinceros y admitían que iban a matarla de todas maneras, ya que lo único que querían antes de eso era doblegar su voluntad hasta el punto de sentirse miserable en los últimos momentos de su vida. ¿Acaso debía de haber algo peor que morir poniendo a otra persona en peligro?

¿Cuántos latigazos creeis que tarda en cantar? —le preguntó a ambos, utilizando la varita para quitarle los grilletes y moverla a su merced, poniéndola de espaldas.

Pero nadie llegó a adivinar nunca cuantos latigazos hicieron falta para que cantase con el nombre de la asesina de Sebastian Crowley, ya que cuando llegó al decimotercer latigazos y su voz ya no tenía ni fuerzas para gritar, simplemente se dejó caer la cabeza hacia adelante, quedando inconsciente por no poder soportar tanto dolor. Sentía que su espalda ahora mismo era la escena de un volcán a punto de explotar del dolor ardiente que sentía. De verdad que aquel dolor no solo había hecho que su cuerpo entrase en un estado que desconocía, sino que su mente también había llegado a un punto de no retorno en donde lo único que quería era que la matasen ya, con tal de no sufrir. Pero de nada le sirvió implorar por benevolencia o pedir ayuda; allí dentro nadie iba a prestarle auxilio por mucho que lo gritase.

Cayó al suelo, derrotada y acongojada. Zed se acercó a ella, abriendo sus ojos y comprobando que estaba exhausta, pero viva. Cualquiera que pudiera escuchar su corazón se daría cuenta de que si estaba viva, no era por mucho.

Si queremos que hable vamos a tener que dar en donde más le duele. Esta tía va a preferir morir a decir el nombre de nadie. Y a este paso, nos la cargamos antes de que diga nada. —Se acercó a Vladimir, quitándole el látigo. —¿Qué sabemos de ella? Tenemos que dar con algún ser querido. Eso siempre funciona.

Deberíamos ver si Sebastian tenía algo apuntado en su diario. Al menos un nombre.

Ni repararon en el hecho de que todavía estaba allí la del servicio de limpieza. Vladimir la miró con el mismo descaro y perversidad que antes. Si ya de por sí era una persona despreciable en cuanto a acciones se refería, sin escrúpulos ni conciencia, estando borracho se volvía todavía peor.

Vete a buscar el diario, yo vigilo a la sangre sucia. —Aunque tenía en mente algo muy distinto a 'vigilar' y no precisamente a la sangre sucia. La del servicio de limpieza ahora mismo había captado toda su atención y menos mal, porque con lo demente y perverso que era, podéis imaginaros la de cosas horribles que se le pasarían por esa mente estando solo con Sam en ese estado.

No tardaré, o sí... —dijo eso último dudoso, sin saber muy bien las intenciones de su hermano. Se desapareció al momento.
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Charlie L. Harrington el Vie Dic 15, 2017 9:47 pm

Los años le habían mostrado cuan cruel podía llegar a ser el ser humano. También cómo la capacidad de los magos para sentirse superiores al resto del mundo era latente con tan solo una mirada o un cruce de palabras. Desde que el nuevo gobierno controlaba el Mundo Mágico en Reino Unido también se había dado cuenta cómo los sangre sucias – como ellos los llamaban – se habían convertido en la peor parte de la sociedad. En la mugre, algo que nadie quería siquiera ver.  Los usaban como si de felpudos se tratasen. Los humillaban, insultaban y daban caza. Los asesinaban y torturaban. Les robaban la libertad y convertían su vida en un tormento. El ser humano no aprendía por mucho que pasasen los años, por muchas veces que el mundo demostrase que la superioridad no la marcaba la crueldad. Que aquel tipo de aberraciones cometidas por el ser humano sólo alimentaban el odio y les degradaba como especie.

Pero no les importaba. Y a aquellos dos magos que torturaban a una pobre mujer indefensa tampoco. Se deleitaban en su dolor. En su propia venganza de algo que, posiblemente, no tuviese siquiera sentido. Y a Charlie aquello le revolvía el estómago. Era peor que el olor a vómito.

Uno de los dos magos se fue de la habitación y el que parecía mayor de estos se quedó. Aún con el látigo en la mano, lo pasó por la espalda de la chica que yacía inconsciente a causa del dolor. Charlie, por su parte, ni siquiera era capaz de mirar la figura de la chica que yacía fuera de sí en el suelo. Le causaba repulsión. Le asqueaba ver cómo aquellas personas actuaban como mano ejecutora. Como si tuviesen el mundo entre sus dedos y el resto de los que vivían en él fuesen solo piezas con la que jugar sin importar el daño que pudiesen sufrir. Por cosas como esas detestaba tanto a los magos.

- ¿También quieres jugar? – Preguntó acercándose a Charlie aun con el látigo entre los dedos de su mano derecha. La sangre manchaba la parte final del látigo y Charlie podía llegar incluso a oler aquel aroma metálico tan característico.

El hombre apoyó sendas manos sobre los muslos de Charlie, haciendo que la chica instintivamente diese un brinco sobre la cama. Bajó la mirada, mirándolo a los ojos mientras este tamborileaba con sus dedos sobre las piernas de la castaña.

- Si quisieras, podrías hacerlo. Por ser tú, te dejaría que jugases con mi juguete nuevo. Pero tienes que prometerme que no la matarás. Porque si lo haces me quedaría sin mi juguete y eso haría que me enfadase mucho. ¿Y verdad que no quieres verme enfadado?

Charlie no articuló palabra aún cuando sus ojos seguían clavados fijamente en los de Zed Crowley. Ni una mueca en su rostro. Sus pensamientos no podían leerse con facilidad mirando la mueca nula en su rostro, como si tuviese leyendo la predicción del tiempo para el día siguiente.

- ¿No vas a  decir nada, monada? –La mano que no sujetaba el látigo se elevó para acariciar el rostro de Charlie pero antes de que estableciese contacto elevó la mano y frenó en seco el intento de contacto. – Me gustan las chicas que se resisten. – Elevó la otra mano, dejando caer el látigo a un lado e intentando acercarse a Charlie sin ser consciente de que alguien de su condición no tenía la fuerza común que pudiese aparentar. No era una damisela indefensa. No podías doblegarla con una mano, ni con dos. Su fuerza física era superior a la de cualquier persona normal y no tardó en hacerse evidente.

Sujetaba la mano zurda del hombre entre sus dedos y apretó con fuerza, alejándolo de ella lo más posible y retorciéndolo de tal modo que una mueca de incomodidad ocupó su rostro.

- ¿Qué crees que estás haciendo? – Preguntó sin elevar la voz. – Tratar mal a un cliente podría salirte muy caro, monada. – El tono de voz seductor. Otra vez.

La castaña lo alejó hasta hacerle caer al suelo. Se levantó y avanzó en dirección al baño, ignorando por completo el resto de la habitación.

-Te he preguntado qué crees que estás haciendo.

Pero las palabras siguieron sin salir de la boca de la chica que, en el baño, se lavaba la cara ajena a lo que pudiese suceder en la habitación. Zed, cansado de esperar, se levantó del suelo y fue en dirección al baño. No había nadie en el reflejo pero sí tras él. Las manos de la chica lo empujaron con fuerza en dirección al espejo, haciendo que este se hiciese añicos ante el golpe del cráneo humano. La sangre comenzó a brotar y la sed llegó de manera instintiva.

En cuestión de segundos la sangre había desaparecido. No sólo del espejo y del suelo, sino también de aquel hombre que yacía moribundo a causa de la pérdida de sangre. Volvió a lavarse la cara y las manos, esta vez para eliminar la sangre y se acercó a la chica que yacía en el suelo inconsciente.

- ¿Estás bien? Bueno, es evidente que no. – Se contestó ella misma intentando despertarla. Fue de nuevo al baño para llenar un vaso de agua y lanzárselo sobre la cara. – Venga, despierta. – Miró la puerta de reojo, en cualquier momento podía llegar el otro. - ¡Despierta! – Casi gritó, con desesperación tras el primer vaso de agua y siguiendo zarandeando a la chica en un intento desesperado porque volviese a estar consciente.
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Sam J. Lehmann el Mar Dic 19, 2017 4:20 am

Podía escuchar cosas, pero no era consciente de si era real o no.

—Tenemos que dar con algún ser querido.

No...

—El diario de Sebastian. Ahí puede haber algo.


¡Claro que habría algo, ahí apuntaba todo lo que sabía de Sam y él sabía perfectamente quién era Caroline Shepard o Henry Kerr para ella! Ese momento de inconsciencia fue probablemente más impotente que cualquier tortura previa.


Sumida en esa oscuridad inconsciente, lo siguiente que vio fue como una ola enorme le caía encima. Obviamente no era un ola. Ni siquiera nada le estaba cayendo encima. Simplemente, la sensación de líquido en su cara hizo que ese susto mental le devolviese la consciencia. Por no hablar esos gritos que le animaban a despertarse y que pese a que seguramente sonaban geniales, ellas los oía con un eco horrible.

Sus ojos se abrieron lentamente, intentando enfocar a la chica. Dudó unos segundos, hasta reconocerla. En realidad, el simple hecho de reconocer a alguien desconocido, hizo que Sam se asustase y tuviese el impulso de alejarse de ella, aunque estaba tan dolorida que sólo hizo un movimiento débil y asustadizo. Miró para todos lados, en busca de los hermanos Crowley que le habían prometido, una y otra vez esa noche, que sería su última noche cargada de sufrimiento. No encontró a ninguno de los dos y no supo si sentir desconcierto o alivio.

¿D-dónde están? —preguntó, sintiéndose perdida. No sabía ni cuánto tiempo llevaba inconsciente. Podrían haber sido horas como minutos. No sabía nada de lo que había pasado a su alrededor durante el tiempo que había estado dormida.

Miró sus propias cadenas y todo seguía igual, a excepción de que nadie estaba golpeando salvajemente su espalda hasta el punto de dejarla K.O. por el dolor. Todavía lo sentía, como le ardía la espalda, con la única diferencia de que no tenía que multiplicar el dolor cada tres segundos en el que impactaban contra ella una cuerda de cuero. Estaba descalza, con los pantalones rasgados por algunas partes, la camisa destrozada por la parte trasera y la piel desnuda de sus brazos cargados de heridas y moratones. Lo único que se salvaba un poco era el rostro, que pese a estar golpeado, no era ni de lejos su parte más malherida.

Se fijó en ella. Había sido la misma chica que había entrado con utensilios para hacerle daño y que no había hecho absolutamente nada por ayudarla. La misma que se había quedado a un lado, simplemente admirando como aquellos dos monstruos la humillaban. ¿Acaso hubiese hecho algo si alguno de los dos hubiera intentado matarla? ¡O peor! ¿Hubiera hecho algo si alguno de los dos hubiera intentado abusar de ella? Ella estaba segura de que no.

¿Y si la llevaba a alguna parte? ¿Y si la sacaba de ese lugar para meterla en una mazmorra en donde pudiesen hacer cualquier tipo de locura con ella? ¿Y si la encerraba? En un impulso de desconfianza y adrenalina, se intentó recomponer, poniéndose en pie y alejándose de ella.

¿Me v-vas a hacer daño? —preguntó, con la voz temblorosa. Seamos sinceros: Sam estaba muerta de miedo. Lo estaba desde que fue consciente de que la arrastraban dos Crowley a un lugar desconocido para ella. Ahora mismo su voz estaba condicionada no solo por el dolor, sino también por el pavor que le recorría cada centímetro de su piel. —¿Me vas a llevar ante ellos? —Pero entonces recordó lo que había soñado, algo que tenía bien claro que no había sido un sueño, sino parte de su pérdida de consciencia. —¿Han ido a por alguien? —preguntó francamente preocupada. —N-no pueden. No puedo dejar que le hagan daño... ni que den con ella, no puedo... —Comenzó a tirar de nuevo de sus cadenas, desesperada.
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Charlie L. Harrington el Miér Dic 20, 2017 4:42 pm

Cuando no puedes morir dejas de tomarte las amenazas de muerte en serio. Y eso que, como vampiro, siempre queda la posibilidad de que alguien te atraviese el pecho con una estaca. O que te queme vivo. O que te corte la cabeza. Bueno, no era literalmente inmortal pero en aquella habitación donde había un hombre moribundo a punto de reencontrarse con su hermano fallecido, una mujer  en mal estado por los golpes recibidos y ella, estaba claro que era lo más inmortal de aquella habitación.

Intentó despertar sin éxito a la mujer sin éxito. Hasta que finalmente optó por lanzarle un vaso de agua a la cara como se solía hacer en las películas. Y Charlie era una gran aficionada al cine, las nuevas tecnologías y todo aquello que los muggles habían inventado para hacer la vida más sencilla. No le parecía que el estado de aquella mujer fuese el mejor, ni mucho menos, pero tampoco estaba demasiado preocupada por ella. Si no la sacaba de ahí, moriría. Y, bueno, morir no era algo tan malo si le sucedía a alguien que no fuese ella.

- Uno ha salido. Dijo que volvería en un rato. Iba a por… - Hizo memoria. – No sé, pero creo que pensaba que el otro sería capaz de controlar la situación. – Señaló al baño, donde el cuerpo de Vladimir Crowley reposaba. Aunque teniendo en cuenta la postura de aquella chica, su estado y que no era capaz de enfocar, era posible que no viese ni que había una puerta que llevaba a un baño a pocos metros de distancia. – Se equivocaba. – Afirmó con una sonrisa, satisfecha por sus propias acciones.

Intentó deshacerse de las cadenas sin mucho éxito. Eran cadenas mágicas, no cualquier tipo de cadenas por lo que deshacerse de ellas como si nada no era tarea fácil. Más bien era una tarea que rozaba lo imposible.

- ¿Eh? ¿Daño? ¿Yo? ¿Por qué? – Dijo de manera atropellada sin comprender por qué decía todo aquello. ¡Acababa de salvarle la vida! O, bueno, acababa de dejar fuera de combate a uno de los hombres que estaban dañándola. Y es que a Charlie no le agradaban aquel tipo de comportamientos por parte de los magos. Esos humanos con palos de madera que se creían superiores al resto. - ¿Ante quién? – Estaba más perdida que un pulpo en un garaje, algo que teniendo en cuenta quién era, no era demasiado raro.

Charlie estaba ahora más confusa. El mal estar provocado por ver aquella situación había desaparecido pero había dado paso a tal confusión que, en el caso de ser un Pokémon, habría hecho que acabase hiriéndose a sí misma. Por suerte no era un Pokémon, sino un simple vampiro que estaba cumpliendo con su jornada laboral y que acababa de tirar por tierra parte del contrato firmado con el hotel. No debía entrometerse en los asuntos de los magos, mucho menos ahora que su gobierno había cambiado y la tortura y el asesinato eran el pan de cada día. Un pan que, además de desagradable, se había vuelto legal y bien visto por la sociedad. Algo que Charlie no lograba a alcanzar.

- ¿Con quién? ¿Qué dices? – Cómo siguiese haciendo preguntas aquello iba a parecer un programa de televisión, uno de esos concursos donde  los participantes intentan llevarse un buen pellizco que un gran premio hasta que Hacienda  llama a su puerta y se lleva la mitad del premio. Ahí dejaba de tener gracia haber ganado algo. – Está claro que estás conmocionada. Bueno, ¿Quién no lo estaría en tu situación?  Te explico. – Aclaró su garganta. – Esos dos tíos han estado torturándote. Con la varita y con golpes, muy a lo no mágico. Y cuando se han cansado uno de ellos se ha ido. A lo mejor a por tabaco o simplemente a dar una vuelta. Como sea, se ha ido. Y te ha dejado con el otro. Que yo creo que estaba un poco necesitado, no sé si me entiendes. Y ha intentado hacer algo que no debía y… Bueno, si su amigo no llega pronto posiblemente acabe por morirse. Algo natural cuando te desangran. Y ahora estás tú. Atada y aquí tirada. ¿Tienes frío? Si quieres traigo una manta. – De pronto tuvo una idea. – Espera, dame un momento.

Sin previo aviso se alejó dejando a Samantha con la palabra en la boca y con toda aquella nueva información. Se acercó al baño y comenzó a inspeccionar al ropa de Vladimir en el suelo. El hombre se movió, aún consciente y vivo.

- Joder, que susto. – Dijo Charlie tras caer al suelo de culo y quedarse sentada mirando cómo el hombre intentaba decir algo. Pero no lo dijo, no tenía fuerza suficiente y Charlie volvió a acercarse para sacar la varita de sus pertenencias. ¡Tenía un palo! Porque en posesión de alguien como ella aquello no era más que un palo. Un simple y maldito palo.

Volvió hasta donde estaba Sam y le tendió el palo como pudo, ya que era complicado teniendo en cuenta cómo estaban las ataduras.

- Si te las intento quitar a la fuerza voy a hacerte daño. Intenta deshacerte de ellas con el palo. – Indicó no muy segura de que fuese posible teniendo en cuenta la postura de la chica y su estado.
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Sam J. Lehmann el Vie Dic 22, 2017 12:28 am

¿Eso era una buena noticia, no? No estaba ella cómo para tener muy claro si lo que decía era bueno o no, pero lo parecía, sobre todo por la sonrisa que esbozó la chica al terminar de hablar sobre uno de ellos. Por un momento, hasta aquella mujer parecía una buena persona. Sin embargo, ¿cómo podía ella fiarse? Le daba la sensación de que todo ser que estuviese allí dentro existía para hacerle daño. Era lógico, ¿no? Hasta ahora había sido así. Pero su reacción, despistada y sorprendida, confundió todavía más a Samantha. —¿No vas a hacerme daño?

Y señores, eso es una conversación de besugos en toda regla. Entre que Sam no tenía fuerzas como para mantener una conversación decente y que aquella vampiresa no parecía tener habilidades para leer entre líneas lo poco que podía hacer Sam —lo cual era perfectamente normal, en realidad—, aquella conversación iría para largo.

Parecía familiarizada con ese tipo de actos, puesto que no parecía muy sorprendida, pero a la vez no parecía ni de lejos una persona que disfrutase de ellos, aunque estuviese ahí tan tranquila delante de ella. ¿Qué esperaba? ¿Por qué todavía no le había quitado aquellas cadenas? ¿Le iba a ayudar o se iba a quedar charlando con ella? Ella continuó tirando, sin importarle el hecho de que tuviese que hacerse daño para quitarse esas esposas. No obstante, sin poder dejar de hablar, recibió una respuesta por parte de la chica. ¿Conmocionada, ella? ¿En serio? Sam ahora mismo no sabía ni cómo era posible que estuviese respirando. Por poder, no podía dar crédito que, repentinamente, se hubiese abierto ligeramente la posibilidad de ver una luz esperanzadora. De hecho, tenía miedo de que todo fuese un sueño muy optimista, de esos con los que te engaña tu mente delirante en tus peores momentos. —No... —contestó a lo de la manta, como si de verdad hubiese necesitado matizar ese detalle, no fuese a recibir una manta de verdad. —¿Puedes ayudarm... espera. ¿A dónde... —Pero la chica se levantó y se fue en dirección al baño.

Era obvio que había reparado en el hecho de que uno de los hermanos Crowley ahora mismo estaba desangrándose en el baño por culpa de aquella chica. ¿Pero culpa? ¿Remordimientos? Ahora mismo hasta agradecía tremendo acto atroz por una persona tan monstruosa.

La chica volvió, con la varita del tipo hacia donde estaba la legeremante, dándosela. ¿Palo? ¿Había llamado palo a la varita? ¿Acaso aquella chica no era bruja? ¿Y si no era bruja cómo es que había sido tan bien tratada por los Crowley? ¿Cómo es que podía ver lo que estaba pasando con tanta naturalidad? Demasiadas preguntas y muy pocas respuestas...

Intentó apuntar a las cadenas, pero era complicado apuntar con esa propia mano a la cadena que la sujetaba, por lo que después de varios intentos fallidos, se le iluminó la bombilla y apuntó a la cadena de la mano contraria, creando un hechizo que liberó esa mano, para luego repetir el proceso con el resto. Relajó sus hombros, sujetando sus muñecas malheridas y casi a carne viva. —¿Puedes ayudarme a salir de aquí? —le preguntó, intentando ponerse en pie y sintiendo que su rodilla no tenía tanta fuerzas como ella se creía. Cayó hacia adelante, quedándose prácticamente casi a cuatro patas y sintiendo que se le caía hasta el alma. Su estado era deplorable, estaba mareada y tenía ganas de arrancarse la piel ella misma de lo que le ardía cada una de las heridas. —Por favor...

Con una varita que no era la suya no podía ni de en broma hacer un hechizo tan complicado como era la aparición, sobre todo sin haber probado con anterioridad su potencial y cómo le respondía más allá de un sencillo Finite Incantatem. Además de que en su estado... sólo un necio lo intentaría si quería llegar de una pieza, aunque esa pieza estuviese totalmente en la decadencia.

Así que en base a sus posibilidades... la única que ahora mismo resultaba decente era aquella chica, que ni idea tenía de lo que era o el papel que desempañaba en aquel momento. No podía apenas moverse por su propio pie, tenía una varita que, ni de lejos, le respondería como la suya e... irse por su propio pie, era prácticamente una tarea imposible.
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Charlie L. Harrington el Vie Dic 22, 2017 8:00 pm

¿Lo estaba preguntando en serio?  Para alguien a quién ocasiones le costaba el mero hecho de matar a una mosca aquella pregunta era tan ofensiva como traumática. Y más teniendo en cuenta que acababa de dejar inconsciente – y moribundo – a uno de sus atacantes. Charlie frunció el ceño con cara de pocos amigos hasta que se dio cuenta que aquella chica estaba en tan mal estado que posiblemente no fuese consciente de lo que estaba diciendo. Estaba en estado de shock, lo normal cuando intentan matarte dos deficientes mentales que usan un palo de madera para dibujar en el aire al tiempo que pronuncian palabras raras en latín como si esta fuese su lengua materna o entendiesen algo de lo que estaban diciendo fuera del típico acción-reacción.

- Pues no, ¿También te has dado un golpe en la cabeza y has perdido la capacidad de darte cuenta que si casi mato a tu amiguito no es precisamente para hacerte daño a ti? – Preguntó como si la respuesta fuese  más que obvia. – Bueno, podría. – Comenzó a sopesar en voz alta las posibles opciones hipotéticas que podría tener. – Si por ejemplo te quisiese solo para mí y lo que acabase de hacer fuese quitar del medio a ese tonto. – Tonto. Se rió. Aquella palabra siempre le resultaba graciosa. – O sí… - Hizo una leve pausa para pensar. – No se me ocurre nada más. – Sentenció finalmente encogiéndose de hombros para volver a colocarse en cuclillas al lado de las ataduras de la chica comprobando que, efectivamente, no podía deshacerlas con facilidad.

Mientras Samantha intentaba liberarse de aquellas ataduras, Charlie se colocó cerca inspeccionando cada uno de sus movimientos como si en cualquier momento fuese a meter la mano y ayudar a la chica. Pero no lo hizo. Se limitó a mirar con curiosidad cómo lograba desenvolverse con las manos atadas para, finalmente, deshacerse de aquellas cadenas que cayeron al suelo al tiempo que Charlie sonreía de manera eficiente, como si hubiese sido ella la ejecutora de dicha acción. Dio un corto aplauso con la misma infantilidad que había mostrado en aquel momento y se puso en pie mirando desde arriba como Samantha caía al suelo.

Sin pensarlo dos veces se colocó a su lado para ayudarla a levantarse, haciendo que la chica apoyase su peso sobre uno de sus hombros.

- Teóricamente… - Elevó la vista al techo. – No. Pero en la práctica puedo saltarme un par de normas de mi contrato sin que nadie note nada. ¿Tú te chivarás si lo hago? – Preguntó en dirección a Sam. Acto seguido  miró al cuerpo del Crowley inconsciente. - ¿Y tú? – El hombre no se movía pero soltó un pequeño gruñido. O más bien una bocanada de aire que le costaba procesar y que casi se ahoga en el intento de suspiro. – Me lo tomaré como un no.– Sonrió mirando a Samantha y ayudó a que la chica llegase hasta la cama, donde pudo apoyarse.

Charlie se estiró como si cargar con Sam durante un par de metros hubiese sido el mayor esfuerzo hecho a lo largo de su vida, elevando las manos y haciendo crujir  su espalda para luego mover las caderas como si hubiese algo de música de fondo. Sonrió de nuevo, mirando a la chica, lo que le daba un aire tétrico si tenía en cuenta que la pobre estaba a medio vestir gracias al destrozo provocado a su ropa.

- Vale, hay que pensar. – Y Charlie pensaba en voz alta. – Si salimos por la puerta y alguien te ve con estas pintas será evidente lo que ha pasado. O bueno, quizá no lo sea, pero cuando el capullo número dos vuelva a la habitación, se encuentre con esto y no vea que estamos aquí irá a pedir explicaciones y si hay testigos… Estamos jodidas. Bueno, estoy jodida. – Frunció el ceño. – Podemos salir sin que nadie te vea. Te puedo disfrazar. O... meterte bajo el carrito de la comida. Aunque tendría que salir a por un carrito de la comida, claro. – Se dejó caer al lado de Sam, mirando al techo mientras iba pensando ideas. – Pero seguiríamos teniendo el problema del capullo número dos entrando en la habitación y descubriendo que no estamos aquí.

En ese momento la puerta se abrió y Zed Crowley comenzó a entrar.

- ¿Todo bien por aquí? – Preguntó con un tono que fingía ser inocente, como si no esperase encontrarse a una demacrada Samantha y a su hermano disfrutando de la gloriosa escena.

Ya no había tiempo para idear un nuevo plan donde Sam pudiese fingir que seguía atada y Charlie le cogiese por la espalda. O cualquier plan. Simplemente no quedaba tiempo. Charlie se levantó de un brinco y, envuelta en algo parecido a una nube de humo negro, apareció detrás de Zed cerrando la puerta tras él y quedándose apoyada. El hombre se giró y Charlie sonrió antes de darle una patada y hacer que avanzase hasta caer cerca del lugar donde Sam había estado amarrada. Viendo perfectamente el cuerpo de su hermano aún con vida a pocos metros.
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Sam J. Lehmann el Sáb Dic 23, 2017 4:24 am

Claro que era lógico lo que decía. Si lo pensábamos a raíz de la probabilidad más evidente, pues sí, pero Sam ya no se fiaba ni de lo más racional, teniendo en cuenta que trataba con personas que actuaban de todas las maneras menos de manera lógica. La miró fijamente, creyéndose sus palabras, hasta que de repente se puso a divagar sobre las opciones. ¿Y si de verdad la quería sólo para ella? No, no podía ser. ¿Por qué aquella mujer iba a querer a Sam? No tenía sentido. En aquel momento nadie podría querer más la muerte de Sam como era la familia Crowley, por lo que sean cuales sean los motivos de aquella chica, a la legeremante le convenía aceptar esa ayuda.

Y cuando le dio la varita, tuvo bastante más claro que tenía frente a ella a una aliada y no a una enemiga. Bueno quizás tampoco fuese aliada, pero al menos no era enemiga. La morena le ayudó a levantarse cuando no tuvo ni fuerzas para mantenerse en pie y Sam no dudó en utilizar su hombro como apoyo. La pregunta de que si se chivaría... cogió de nuevo a la rubia despistada. ¿No era obvio? —Pues no... —¿Cómo narices se iba a chivar? ¡Se llevaría ese maldito secreto a la tumba si hacía falta!

Tanta hiperactividad por parte de la mujer le estaba estresando, sobre todo cuando después de ayudarla a llegar a la cama, por casi no le hace estallar la cabeza con sus propios pensamientos en voz alta. La idea favorita de Sam era la del carrito de la comida: ella podría ir escondida y sin moverse. Sí, ahora mismo la simple idea de tener caminar la resultaba horrible. No fue hasta que se tiró en la cama y cogió aire para poder respirar, en donde Sam se dio cuenta de dos cosas: la primera, que aquella chica no podía tener maldad en su interior, ¿verdad? ¿Qué clase de persona ayuda a otra poniéndose no solo en contra de dos personas peligrosas, sino también de su propio trabajo? O al menos, es lo que quería pensar. La segunda cosa de la que se dio cuenta es que... aquella mujer le estaba quitando toda la seriedad al asunto y eso era muy bueno, básicamente porque como su 'rescatadora' fuese igual de dramática que ella, ahora mismo estaría subiéndose por las paredes del estrés mientras gritan en busca de solución. Y no. Era un soplo de aire fresco entre tanta mala suerte; porque Sam vivía con la mala suerte persiguiéndole en cada paso que da, eso ya lo tenía claro.

Pero antes de poder decidir ningún plan, Zed apareció. El corazón de Sam bombeó a cien por horas y se asustó tanto que ni se dio cuenta de que todavía tenía la varita de Vladimir en su poder. Sin embargo, pese a que de repente se sintió 'en desventaja', la chica tomó las riendas de la situación y, literalmente, le pegó una patada en el culo a Zed que lo dejó casi tan desubicado como lo estaba la propia Sam. ¿Ella que hizo? De milagro reaccionó, levantando aquella varita para conjurar un 'expelliarmus' y atar a aquel tipo de la misma manera en la que le habían atado a ella. Las cadenas rodearon sus muñecas y tiraron de ellas hasta que quedase de rodillas y atado a ambos lados, con los brazos estirados.

¡¿Qué cojones?! ¿¡Qué narices te crees que haces!? —gritó a la chica, la cual evidentemente trabajaba ahí y, por tanto, debía de cumplir con las normas. Y las normas evidentemente no daban libertad a los trabajadores para joder a sus clientes. —¡Pienso denunciar al hotel! ¡Y te voy a matar! ¡Te juro que te voy a matar! ¡Me cago en la grand...

Pero Sam volvió a apuntar al tipo y conjuró un 'silencius' no verbal que hizo que, por mucho que él gritase y gritase, ya nada se pudiese escuchar. Lo que menos quería ahora es que unos gritos de enfado pudiesen alertar a alguien. Por ahora sólo había utilizado hechizos sencillos con esa varita, pero la verdad es que no quería terminar arriesgándose.

Se puso de pie y, sujetándose a cada cosa que veía —marco de la puerta, sillas, las paredes e incluso a la pobre Charlie cuando llegó cerca—, consiguió llegar frente a Zed. Quizás la chica pudiese pensar que por venganza Sam iba a hacerle lo mismo, o que quizás la muerte era la opción más fácil si ella quería vivir. Pero no. No iba a hacer nada de eso. Tenía bien claro que teniendo en cuenta la vida que tenían, pronto ésta llegaría a su fin por sí sola. Así que apuntó al tipo y le miró a los ojos, conjurando un 'legeremens'.

Y ahí señores... ahí falló algo. Pudo ser que Sam estaba hecha una auténtica mierda, tanto física como mentalmente, o pudo haber sido que esa varita, sin duda alguna, no estaba hecha para ella. Al conjurar el legeremens no consiguió entrar del todo en su mente, sino que una especie de barrera se interpuso. Ella intentó traspasarla pero, cuando pareció haberlo conseguido, el tipo perdió la consciencia momentáneamente. Sin embargo, segundos después, abrió los ojos y dejó la mirada perdida, tranquilo, en una tremenda paz. Fue tanta la paz, que hasta comenzó a caerse la baba por la comisura de sus labios. Mira que habían muchos rumores sobre los estudios mentales que, mal hechos, podían ocasionar graves trastornos mentales. ¿Pero dejar tonto a una persona? La cara de Sam revelaba su sorpresa. ¡Jamás le había pasado algo así! ¡Se supone que ella era una experta! Miró a la chica, con un rostro totalmente desencajado. —Te juro que esto no es lo que pretendía hacer —confesó. ¿Acababa de dejar tonto a Zed Crowley?
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Charlie L. Harrington el Sáb Dic 23, 2017 1:05 pm

Cuando tienes 247 años intentas tomarte la vida –o más bien la muerte – con otra filosofía. No le das importancia a algunas cosas que, cuando estabas vivo, te importaban. Y a su vez, no eres consciente que esas cosas que ya no te importan sí que pueden ser vitales para los que aún presentan signos vitales. Por ejemplo, el hecho de hablar como si no hubiese un mañana en una situación de estrés, pánico y trauma como aquella lo único que iba a hacer era estresar más a su acompañante. Pero Charlie no era capaz de ver aquello. Ella simplemente dejaba que las palabras que aparecían en su mente saliesen de entre sus labios con tal naturalidad que incluso parecía que estaban en una película y lo que a Sam acababa de sucederle no era otra cosa que el resultado d los efectos especiales y del maquillaje.

A todo eso había que sumarle el tipo de palabras que Charlie usaba. Las cuales bien podían pertenecer a una niña pequeña y es que para la castaña no es que Samantha pudiese llegar y contarle a alguien la verdad de lo ocurrido, sino que se chivaría. Como si fuese una niña que, a escondidas de su profesora, le ha cortado un par de mechones de pelo a una de sus compañeras de clase y pedía a otra de estas que lo había visto todo que guardase su secreto. Y es que para Charlie, aquello que había sucedido y que seguía sucediendo estaba a la altura de una broma tan inocente como aquella. Era la diferencia entre los que valoraban la vida y los que no. Entre los vivos y los muertos.

La sorpresa anticipada de Navidad fue la llegada del paquete conocido como Zed Crowley. El mago llegó antes de tiempo o más bien volvió a casa por Navidad, como el turrón. Aunque un poco antes y sin avisar, lo que hizo que las chicas estuviesen un tanto desubicadas. Pero tan rápido como uno entraba, Charlie ya estaba en pie y cerrando la puerta para impedir que pudiese pedir ayuda o volver sobre sus pasos para salvar su vida si era lo que pretendía – algo que no haría, pues se sentiría con la ventaja suficiente como para cargarse con un golpe de varita a dos personas él mismo - .

Sam elevó la varita y dejó fuera de combate a Zed, quién cayó al suelo siendo ahora él quien se encontraba totalmente desubicado. Charlie, por su parte, seguía apoyada en la puerta con las manos tras su espalda y mirando el espectáculo que se sucedía ante sus ojos con la mirada clavada en Zed y al mismo tiempo en Sam, como si estuviese viendo un partido de tenis y tuviese que seguir con la mirada la pequeña pelotita.

- Hala. – No había contestado ni una palabra de Zed, sino que lo que le llamó la atención fue ver como el hombre movía la boca y de esta no salía nada en absoluto. Incluso dejó de lado su posición en la puerta para acercarse al hombre, colocarse en cuclillas y mirar cómo su cara se ponía roja de la furia mientras abría y cerraba la boca sin que nada salvo aire saliese de esta. - ¿Cómo funciona el hechizo? ¿Es como poner en mute la tele? – Preguntó Charlie mirando a Samantha aun con Zed intentando gritar a apenas unos centímetros de distancia. – Como mola. – Añadió para dibujar una sonrisa final y apartarse del hombre quién, en cualquier momento, parecía que iba a intentar darle un mordisco. Y eso dolía.

Charlie no comprendió nada de lo que sucedió a continuación. Ella se sentó en la cama y subió las piernas sentándose a modo de indio mientras seguía con la mirada tanto a la rubia como al hombre que intentaba librarse de lo que fuese a hacerle. Charlie pensaba que, en venganza, aquel hombre acabaría muerto en cuestión de minutos o incluso segundos. Pero no fue así. Sólo se quedó tonto.

- ¿Y qué pretendías? – Saltó de la cama y pasó la mano abierta por delante de los ojos del hombre. No hubo reacción alguna. - ¿Qué le has hecho? – Añadió mirando esta vez alzando la mirada en dirección a Sam.

Vladimir aún seguía respirando pero ya había perdido todo rastro de consciencia. Su pecho se movía con cada una de sus bocanadas de oxígeno y parecía estar incluso relajado, lo cual no le duraría mucho tiempo teniendo en cuenta que ya tenía un pie puesto en el otro barrio.

- ¿Qué quieres hacer con ellos? – Preguntó. – Podría elegirlo yo para que fuese menos problemático para mi trabajo pero prefiero que lo elijas tú, ya que  eran ellos los que estaban intentando matarte mientras te torturaban. – Dijo aquello último con tanta naturalidad e indiferencia que daba hasta miedo. Ya luego se encargaría de las heridas de la chica, cuando se diese cuenta que no se curaban solas.
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Sam J. Lehmann el Vie Dic 29, 2017 4:14 am

Era consciente de que podían haber ciertos efectos dañinos en la mente de los afectados cuando algún hechizo mental salía mal por falta de concentración, una varita en mal estado o intenciones malvadas por parte del conjurador, pero jamás en su vida lo había visto con su propio ojos. Era poco común y ella siempre había sido muy eficaz y profesional con todo lo que hacía, por lo que mucho menos había sido la persona encargada de joder la vida de otra persona de manera totalmente inconsciente. Ni mucho menos consciente. Cuando de repente Zed se quedó con esa cara de retrasado mental, sin ser capaz siquiera de babear, a Sam se le cayó el mundo encima. Nunca había fallado. Nunca. Y de repente... acababa de dejar subnormal perdido al imbécil que quiere matarle. Suspiró, mirando a la chica que le había ayudado y que preguntaba que qué le había hecho. ¿Colaría decir que no tenía ni puta idea de lo que había sucedido? —Pretendía modificar sus recuerdos y hacerle creer algo que no ha pasado pero... —No supo muy bien como explicarse. Entre que no sabía qué era su aliada —porque estaba claro que no era maga— y que ahora mismo estaba demasiado impresionada como para formular una frase coherente, no sabía ni qué decir. —Pero se ve que no ha salido del todo bien... nunca me había pasado... es... —Pero entonces se dio cuenta de que la varita que sostenía era negra y tenía un aspecto muy, muy diferente a la varita que le había pertenecido durante más de dieciséis años. —...culpa de esto. Algo ha salido mal.

Ahora mismo Samantha no tenía claro ni lo que hacer para salir de ahí, como para saber qué narices hacer con el tipo que se estaba desangrando y el otro que se había quedado vegetal para toda la vida. Estaba muy cansada y hecha polvo como para siquiera plantearse la opción de ayudarlos o matarlos. ¿No podían dejarlos así y ya está? —Hazlo tú, a mí me da igual. —Y lo decía en serio. Zed ya no tenía arreglo y si por alguna casual la chica decidía salvar a Vladimir, lo cual dudaba considerablemente, le pediría hacerle lo mismo que a Zed, con la intención de que esta vez el hechizo saliese bien. —Elige lo que sea mejor para tu trabajo. Bastante has hecho por mí ya. —Salvarle la vida y eso. ¿Bastante nada más? Le debía la maldita vida. Joder, si esa chica no hubiese entrado en esa habitación y hubiese decidido quedarse, ahora mismo Sam probablemente estaría a la espera de su peor pesadilla. —Haz lo que sea para que te sea más fácil que nadie se de cuenta de esto.

Se tiró hacia atrás, quedándose sentada con los pies ligeramente flexionados, apoyando su cabeza contra sus rodillas. Ahora mismo, no sabía si respirar tranquilamente porque estaba viva o seguir preocupándose porque todavía le tocaba salir de allí y asegurarse de que salía viva en el intento. La tenía a ella, una chica de la que ni siquiera sabía su nombre, ni mucho menos lo que era. Podía ser muggle con conocimientos sobre la magia, quizás una squib... pero sea como sea, ahora mismo estaba en un hotel en donde este tipo de aberraciones estaban permitidas y no sabía si salir por la puerta tranquilamente iba a servir.

Alzó la mirada, observando a la chica desde allí abajo, con ganas de cerrar los ojos y dormirse allí mismo. —¿Qué vas a hacerles? ¿Matarlos? O más bien... ¿dejar que se mueran? —Porque tal y cómo estaban, lo más probable es que terminasen muriéndose por sí solos. Eso sí, para su trabajo lo mejor era deshacerse de ellos, porque no creo que esos dos fiambres en una de las habitaciones fuese demasiado propicio para ella. —Yo te debo una. O sea, te debo mi vida. Si no llegas a quedarte cuando se fue... probablemente ahora mismo estaría... —No quería ni pensarlo. Siempre había sido muy cobarde con respecto a la muerte y la tortura y ahora mismo sentía que le habían arrebatado una parte de sí misma. Todavía estaba temblando, aunque en menor medida que hace un rato. —Me llamo Sam.
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Charlie L. Harrington el Dom Ene 07, 2018 1:55 pm

No estaba acostumbrada a ver como los magos usaban la varita, principalmente porque no tenía demasiado trato con ellos y eso hacía que las veces que les veía usar la varita no fuesen precisamente muchas. Pero, si además tenía poca costumbre de verles simplemente encender la punta de aquel palo de madera como si se tratase de una simple linterna, no hablar de lo que era ver cómo dejaban tontos a otros magos. Charlie siempre había adorado ver trucos de magia, pero no como aquellos, sino de esos que sacaban un conejo de la chistera, un ramo de flores de la chaqueta o un millón y medio de pañuelos tras la oreja. En lo relativo a magia como la que Sam acababa de realizar bien preferiría mantenerse al margen en un intento de no salir malparada de toda aquella situación.

- ¿Y cómo te ha salido tan mal? - Preguntó siendo totalmente directa con ella. - ¿No sabes hacer magia? - Añadió sin tener intento alguno de ofender a la chica quien, por la inutilidad que acababa de demostrar usando aquel palo de madera bien podía tratarse de alguien como ella, a juicio de la castaña.

Sam culpó a algo pero Charlie y su incapacidad para entender bien lo que queria decir la gente se limitó a mirar con la boca semiabierta y los ojos clavados en Sam mientras un mono tocaba los timbales en el interior de su cabeza a modo de dibujo animado o personaje de viñeta de cómic.

- ¿Culpa de qué? - Para alguien que no comprendía el funcionamiento de la magia aquella frase no era fácil de entender. Principalmente porque para Charlie que la magia funcionase o no lo hiciese era enteramente responsabilidad del mago y nunca del palo de madera que usaba como canalizador. Para ella todas las varitas resultaban ser simples palos de madera. Es más, suponía (o más bien, asumía) que todo palo de madera podía ser utilizada como si de una varita se tratase. Incluso un simple palo que cogiese del suelo o una ramita arrancada de un árbol cercano sin ningun tipo de propiedad o tratamiento especializado que lo diferenciase de cualquier otro palo. Por los vampiros brillantes de Crepúsculo, si Charlie pensaba que hasta la aspiradora podía usarse como escoba mágica.

Sam no sabía lo peligroso que era darle la voz cantante a Charlie en lo relativo a tomar decisiones. Ella tenía ideas de bombero y no precisamente porque fuesen capaces de apagar fuegos o de hacer doscientas flexiones en un minuto. Más bien porque eran malas y aun cuando abocaban al desastre la chica no parecia darse cuenta del desastre que ella solita había desencadenado.

- ¿Yo? - Aquello la pilló de sorpresa lo cual hacía evidente que nunca nadie le daba a ella esa oportunidad de elegir. Al menos nadie que la conociese suficiente como para saber que eso era una buena idea. - Ah sí, yo. - Sonrió ilusionada con poder llevar a cabo cualquiera de sus planes horribles que siempre desencadenaban en hacer de una mala situación una aún peor de lo que ya lo era. Aunque pudiese parecer que aquello no podía ir a peor.

Charlie fue en dirección al baño donde se encontraba el cuerpo de Vladimir y lo miró, dudando qué podía hacer y qué no sopesando las diferentes opciones. Penso durante varios minutos apoyando la mano izquierda en su mentón con detenimiento cuando late bombilla se encendió sobre su cabeza haciendo que pasase al lado del Zed que parecía estar en otro mundo aunque su cuerpo estuviese en aquella habitación hasta llegar a la puerta de entrada del hotel. Abrió una pequeña ventana situada en la pared y miró por ella. Primero arriba y luego abajo. Afirmó con la cabeza y miró a Sam de arriba abajo. Si calculaba bien (lo cual podía alejarse bastante de la realidad) tanto Sam como ella contaban con ella tamaño suficiente como para poder bajar por ahí sin demasiado problema. En cambio para Vladimir y Zed aquello resultaba imposible.

Fue en dirección a la cama y tiró de las sábanas haciendo que estas saliesen volando tirando a su vez por los aires el resto de objetos que Charlie había colocado sobre la cama al llegar por petición de los hermanos Crowley. Dudó un momento ante las palabras de Sam y contestó no prestando verdadera atención a lo que estaba diciendo.

- Charlie. - Tiró con fuerza haciendo que las sábanas acabasen despegandose por completo del colchón y fue hacia el baño arrastrando con ella una de las sábanas. - ¿Sabes hacer que alguien se doble como un contorsionista? Sino será mejor que descuartices un poco a ese. - Miró el reloj al lado de la mesilla y luego al Zed que miraba a la nada como si fuese un gato que miraba una pared y nadie comprendía exactamente por qué. - No tenemos mucho tiempo, en veinte minutos hay cambio de turno y es el momento para salir por las cocinas. - Y acto seguido entró al baño y, con ayuda de las sabanas colocó el cuerpo de Vladimir (que, por cierto, aún respiraba). La sábana terminó bajo el cuerpo cuyo pecho se mecía suavemente a causa de la respiración lenta e inconstante del hombre antes de que Charlie tirase sin demasiado esfuerzo de sus piernas haciendo que estas se descolgasen del resto del cuerpo. Gracias a la pérdida de sangre apenas hubo manchas fuera de las sábanas y Charlie pudo empaquetar por un lado piernas y por el otro el resto del cuerpo del hombre que se había quedado inconsciente a causa del dolor y que no tardaría demasiado en morir. - ¿Cómo va eso? - Charlie salió al exterior cargando con las partes de Vladimir como si fuese una simple bolsa de patatas. - Primero bajaré yo, luego vas echando a tus dos amigos y luego bajas tú. Nadie se extrañará de encontrar una habitación así, aquí nadie hace preguntas. - Afirmó mientras avanzaba hasta la pequeña puerta del ascensor para comidas que llevaba directamente hasta las cocinas.

Dejó los restos de Vladimir en el suelo como el peso muerto que eran y se abrió paso hasta el ascensor comenzando a bajar por él con cuidado hasta llegar a las cocinas pocos minutos después.
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Sam J. Lehmann el Mar Ene 09, 2018 4:45 am

Estaba más que claro que aquella chica no era bruja, pero lo que no entendía era cómo es que estaba tan tranquila frente a personas mágicas y mucho más todavía con el brutal espectáculo que se habían marcado con la rubia. ¿Era una humana con mucha afición por el gore y las cosas fantásticas? La miró, descubriendo su afán curioso por saber por qué narices una bruja no era capaz de hacer un hechizo bien. —Sí sé hacer magia, pero esta no es mi varita. Ellos me la han roto. —Pero no pareció entender que era por culpa de la varita. Somnolienta y dolorida, decidió dar una pequeña explicación. —Cuando cumplimos once años y nos hacemos con nuestra varita, ella nos elige porque es la que más afinidad tiene con nosotros. La varita de este tipo no me obedece y no conozco su potencial, por eso no sé qué narices le ha pasado... pero no me ha hecho caso y no sé qué efecto ha tenido en él... —Miró de nuevo a Zed. —Pero está claro que bastante malos. Y esa no era mi intención.

Y... no, quizás no fue la mejor idea decirle a la chica desconocida que idease un plan de escape que conllevase 'deshacerse' de aquellos dos tipos. La rubia era demasiado inocente en ese aspecto. Jamás había matado a nadie, ni consciente ni inconscientemente y, para ser sinceros, la simple idea de descuartizar a una persona hacía que se le revolviese el estómago y le diesen ganas de vomitar. —¿Qué...? —preguntó incrédula, sin poder creerse que de verdad le estuviese pidiendo que descuartizase al pobre hombre al que había dejado totalmente imbécil.

Lo peor es que Charlie se fue al interior del baño para hacer lo propio con el otro hermano Crowley, con toda su tranquilidad. ¿Cómo narices podía hacer eso? Sam no pudo verlo bien desde donde estaba, pero se movió y si que vio el gesto de la chica y como partía al tipo por la mitad, prácticamente. Se quedó sin habla y cuando Charlie volvió tranquilamente hacia donde estaba ella, Sam solo pudo mirarla con cierto temor. —¿Cómo narices has hecho eso? —preguntó sorprendida. —¡Le has partido por la mitad! ¡Lo he visto! ¡Y tú no tienes varita! —No gritaba, sino más bien lo exclamaba un tanto aturdida. Como es evidente, no había tocado a Zed, ergo no estaba descuartizado y seguía tan entero como imbécil. —No puedo descuartizarlo.

No porque fuese incapaz de hacerlo físicamente —que también—, sino porque ni emocional ni moralmente podía hacer eso. Bastante mal se sentía ya habiéndolo dejado subnormal como para encima tener que partirlo en trocitos, ¿estamos tontos? No. No pensaba hacer eso. Madre mía es que todavía no se lo creía. Volvió a ver la sábana ensangrentada y sintió una arcada que no hizo más que debilitarla. ¡Y encima tenía que echar ella a sus dos 'amigos' por el ascensor! Si no tenía ni fuerzas para levantarse a sí misma, ¿qué le hacía pensar que podía cargar con esa gente? Pero no le dio tiempo a quejarse, ya que al parecer Charlie tenía bien claro que aquel plan era INFALIBLE. Si no fuese por la adrenalina que ahora mismo inundaba el cuerpo de Samantha, ésta se hubiera desmayado solo de ver a aquella mujer rompiendo al Crowley.

La chica se fue y Sam se sintió sola y desamparada frente a la nada. Lo admitía: aquella tipa le daba miedo, pero ahora mismo era su única salida y la persona que le había salvado. —Vale... —Cogió aire, intentando coger fuerzas. Apretó fuertemente la varita del tipo entre sus manos y caminó débilmente hacia el ascensor por el que había bajado Charlie. Con un sencillo movimiento de varita que pretendía mover suavemente al cuerpo descuartizado hacia el ascensor, lo que hizo en realidad la varita fue hacer los movimientos ultra intensos, de tal manera que los trozos de ese señor se chocaron por las paredes antes de que Sam pudiese atinar a meterlos por allí. De tanto golpe, un pie ensangrentado salió de entre las sábanas y... entonces, ocurrió.

Se giró hacia atrás para vomitar en la impoluta alfombra que estaba a sus pies, ya que bastante había aguantado. Cuando se recompuso y miró al imbécil aún encadenado en el centro de la habitación, se negó rotundamente a hacerle más daño. Así que le apuntó con la varita y le quitó las cadenas, para entonces acercarlo a él de la misma manera que había pasado con las dos mitades de su hermano. Como no cabía por aquel lugar, Sam le hechizó, convirtiéndolo en pollo y cogiéndolo con las propias manos para lanzarlo por el ascensor. En principio había salido bien el hechizo. Lo que ella no sabía es que en un futuro cercano, no conseguiría revertir el hechizo y sería permanente. ¿Lo peor? Que sería una gallina imbécil.

Levantó entonces una de sus piernas sintiendo que le dolía hasta el último músculo de su cuerpo de lo agotada que estaba, para meterse en el interior. Pese a que lo que estaba pasando con aquella varita no era para nada bueno, decidió arriesgarse una vez más y conjurar un Aresto Momentum cuando estaba llegando al final, ya que ella era totalmente INCAPAZ de sujetarse para bajar por allí. Toda la fuerza que podría haber tenido, la agotó moviéndose hasta allí y levantando esa pierna.

No funcionó del todo bien el hechizo, pero al menos no se hizo daño al bajar, pese a que cayó encima de los montoncitos del descuartizado y del pollo. El pollo por su parte salió corriendo y Sam, al darse cuenta de que estaba sobre aquello, tuvo una especie de instinto basado en LA ASQUEROSIDAD que le hizo darle patadas hasta sacarlo de aquel ascensor. En la absoluta decadencia y sin poder levantarse de aquel hueco ella sola, miró a Charlie y luego al pollo. —Es Vladimir. Me niego a descuartizar a nadie.
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Charlie L. Harrington el Jue Ene 11, 2018 10:27 am

Ni aun con aquella clase magistral sobre varitas Charlie entendía cómo funcionaban aquellos palos de madera. Quizá porque había visto demasiadas películas donde cualquiera puede usar la varita de otra persona y quedarse tan ancho. Si hasta los animales de las películas animadas eran capaces de robarle la varita al más peligroso de los magos y hacerle perder la dignidad y la seriedad en cuestión de segundos. Aunque, claro, también estaban esos magos que no necesitaban varita alguna para hacer magia. ¿Eso era ficción o realidad? Puede que no fuese el momento para entrar en un debate sobre cómo se puede usar la magia y qué canalizador hay que usar para ello.

- O sea, que vas a una tienda de palos y un palo dice “eh, te elijo a ti”. ¿Pero son varitas o son entrenadores Pokémon? – Preguntó mirando a Samantha y empezando a juzgarla en cuestión de segundos. Analizó su comportamiento hasta el momento y, en especial, su aspecto físico. – Tú eres claramente un Steenee. – Sentenció muy segura de la deducción tan inteligente y, por supuesto, necesaria, que acababa de hacer en una situación que podía resultar de vital importancia para alguien que aún mantenía sus constantes vitales. – Ahora que lo pienso. Hay tiendas de varitas, ¿No? ¿O aún sois tan primitivos que tenéis que ir al campo a arrancarle una rama a un árbol y tallarla luego? Porque los árboles sienten y padecen, ¿Lo sabías? No hay que matar plantas, ellas también tienen sus sentimientos.  No comas verdura, estás causando un gran daño al ecosistema y al medioambiente. – Aquello era palabrería barata, pero Charlie había decidido intentar que la gente se alimentase a base de aire ya que ella no podía comer. ¿Sabéis lo que se sufre viendo comida rica sin poder tocarla? Eso era verdadero sufrimiento y no lo que pasó en la Segunda Guerra Mundial. – Hay que dejar la menor huella ecológica en nuestro planeta, Sam.

Cuando tienes ciento cuarenta y siete años, no puedes morir y te alimentas de otros seres humanos comienzas a ver la muerte de una manera diferente. Más bien como algo que tiene que acabar por pasar y no importa ni el cómo ni el cuando. No es que no sintiese algo de cargo de conciencia por matar a dos seres humanos en un día y más cuando no tenía intención de alimentarse de ellos, pero había sido cuestión de vida o muerte. Para Sam, por supuesto. Además, uno de los hermanos le había servido para mantenerse alimentada durante un par de días.

Una vez terminó de partir el cuerpo de aquel hombre como si de mantequilla se tratase, salió al exterior para encontrarse con una anonadada Sam. ¡No se daba cuenta que si no trabajaban rápido iba a morir! Y a ella iban a despedirla. O algo peor, no quería pensar en lo que le pasó al último que dañó a un cliente dentro del hotel… Pensándolo bien estaba segura que alguien se lo agradecería por librar al mundo de dos magos más.

- Pues con las manos, ¿Con qué voy a hacerlo, pedazo de lerda? – Respondió lo evidente mirando en dirección a Zed, a quién le corría la baba por la comisura derecha mientras miraba al techo como si buscase musarañas. - ¿No te hace caso la varita? – Preguntó a Sam para saber si era esa la razón por la cual Zed seguía de una sola pieza y no dividido en varias como si fuese un pack de Lego

Charlie bajó por el hueco de aquel pequeño ascensor que el servicio usaba para subir y bajar la comida de las habitaciones y esperó a que comenzasen a bajar trozos humanos y aquella chica rubia cuyo nombre había olvidado sin previo aviso. Algo tan común como que te toque Albus Dumbledore en las ranas de chocolate. ¿Quién era Albus Dumbledore? No tenía ni la más remota idea, pero parecía haber comprado el dominio de cromos que a Charlie le tocaban cuando se hacía con una de aquellas ranas saltarinas que, por supuesto, no se comía.

- Eh, Charlie, ¿Qué haces aquí abajo?

- Cosas.

- ¿Cosas nazis?

- Cosas nazis, Peter, cosas nazis. – Respondió a Arthur, quien rompió a reír ante la ocurrencia de su amiga.

- ¿Te vienes al cine? – Preguntó el chico con su habitual sonrisa haciendo que Charlie olvidase que estaban cayendo trozos humanos por el hueco del ascensor.

- No puedo, hoy tengo doble turno.

- Siempre rompiéndome el corazón. Menos mal que el mío ya no lo uso, sino me plantearía dejar de ser tu amigo. – Añadió el vampiro revolviendo el pelo de Charlie antes de marcharse de allí con la sonrisa impregnada en sus labios.

El ruido a su espalda alertó a Charlie de que algo pasaba. ¿Qué pasaba? Ah, sí, el detalle de aquella fugitiva y los dos hermanos sádicos y asesinos. Charlie cogió una bolsa de basura y fue metiendo ahí los restos humanos y… Miró al pollo. Un pollo. ¿Qué hacía ahí un pollo? No lo comprendía pero por suerte Samantha apareció de la nada para explicárselo.

- ¿Cómo decías que te llamabas, Steenee? – Acto seguido y con Sam aún en el ascensor comenzó a perseguir al pollo hasta que logró sujetarlo por una pata. Y es que el pollo era tonto y andaba haciendo eses por lo que no fue complicado atraparlo. – Bueno, así pueden usarlo los no mágicos. – Abrió una nevera de suelo y ahí metió el pollo como si tal cosa. Sin siquiera preguntar a Sam si quería revertir el hechizo. Por otra parte, los restos del otro hermano los dejó abriendo una puerta que daba a una habitación que se usaba como nevera y que, lo que había ahí, era mejor que Sam no lo viese por la salud de su estómago. Los vampiros también tenían que alimentarse. - ¿Te piensas quedar ahí todo el día? – Preguntó mirando a Samantha. – Tenemos prisa, ¿Lo sabías? – Tiró de la chica ayudando a que saliese del hueco y comenzó a caminar en dirección a la salida de la cocina.

Se apoyó en el marco de la puerta para mirar a un lado y a otro del pasillo, tiró de la mano de la chica y la llevó a una habitación con taquillas donde había ropa de otras personas. Y algún traje de más del hotel. Cogió uno exacto al que ella llevaba cuando trabajaba en las habitaciones y se lo tendió a Sam para que se lo pusiese, ya que llamaba demasiado la atención con la ropa hecha girones.

- Ponte esto. Subiremos a mi cuarto y te limpiaré las heridas. Luego te vas de aquí, no quiero que me maten por tu culpa.
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Sam J. Lehmann el Dom Ene 14, 2018 4:28 am

Mira que no era un situación para reírse, pero la ignorancia de aquella chica, sumada con sus referencias muggles y frikis, habían hecho que Sam esbozase su primera sonrisa después del gran trauma de creer que iba a morir. La rubia no tenía ni idea  de los diferentes Pokemones que podían haber en el mundo, pero era bien consciente de qué iba ese mundo, de los cazadores pokemons y de todo eso, por lo que pudo negar con la cabeza, consciente de que aquella situación era totalmente surrealista. —No, es más místico. Tú sujetas una varita y sientes que te ha elegido. Es magia, no sé. —Ahora que lo pensaba, nunca se lo había preguntado. ¿Cómo se supone que sucedía? ¿Cuando sujetabas tu varita predilecta había un estallido de magia reveladora? Sólo esperaba que un Steene fuese algo bueno. —Hay tiendas de varita, claro... —contestó trastornada ante la declaración de que no comiese verdura. ¿Qué clase de persona carnívora radical era esta? ¡Que Sam era vegetariana y le había costado mucho serlo!  —Ya... —Respondió a lo último como si le hubiera llegado a la patata tremenda reflexión humanitaria. Pero no. En realidad había sido una contestación de: 'de dónde cojones ha salido este tema tan random en una situación así'.

¿La acababa de llamar ¡pedazo de lerda'? Le acababa de llamar pedazo de lerda por no comprender como narices una chica de su edad y complexión había sido capaz de romper a un señor fornido por la mitad. ¿Le habían pegado demasiadas hostias ya esta noche que había olvidado en qué mundo vivía o su manera de percibir la realidad? La cara que se le quedó a Sam tras esa contestación fue un poema, ya que de repente no supo que decir. Además de que ese insulto gratuito también la confundió. —¿Me has llamado pedazo de lerda por no asumir que has partido a un hombre por la mitad con las manos? —preguntó de igual manera, ignorando la pregunta sobre la varita. —¡Yo no puedo partir a un hombre por la mitad con las manos! ¡¿Cómo lo has hecho?! ¡Ilumina a la lerda, por favor! —Ironizó eso último.

Pero Charlie se había ido en dirección al ascensor pequeño de comida y Sam tardó lo tuyo en reincorporarse y convertir a aquel pobre desgraciado en pollo que pronto sería comida para muggle. Menos mal que lo de convertirlo en comida para humanos fue tan rápido que no tuvo tiempo para decir nada al respecto. Cuando bajó por aquel ascensor, además de sentir que se daba de lleno en el famoso hueso del culo, se quedó quieta por lo terriblemente cansada que se sentía. Puso ligeramente los ojos en blanco ante el sobre-esfuerzo por el que se sentía exhausta, para entonces mirar a la chica que le había salvado de una muerte asegurada.

Ya hasta Steenee le parecía un nombre bonito. —Sam —le respondió, aceptando su mano cuando esta se la ofreció para tirar de ella. Y la persiguió, sin fijarse muy bien en demasiado detalles de lo que le rodeaba, ya que ahora mismo lo único que quería era salir de ahí cuánto antes. Se dejó llevar sin mucha iniciativa hasta que llegaron a unas taquillas, en donde sacó un uniforme y le dijo que se lo pusiese. Suspiró desganada al escuchar que ahora había que subir, cuando recién habían bajado. Puff... tenía tantas ganas de cerrar los ojos y dejarse caer en una esquina que no te imaginabas. Pero sacando fuerzas de dónde no las tenía, cogió el uniforme. —Y yo no quiero que te maten por mi culpa —dijo con sinceridad. Se quitó los zapatos con la pierna contraria rápidamente mientras se quitaba con una lentitud horrible la camisa que llevaba, ya que habían partes que le rozaban en las heridas abiertas que le dolía horrores. Cuando se lo consiguió quitar, se puso el uniforme con la misma cautela, arrugando el ceño a cada momento por hacerse daño. —Lo siento... —murmuró, dándose cuenta de que estaba tardando una barbaridad para la prisa que tenían, pero aunque no lo pareciese, iba a toda la velocidad permitida por su cuerpo ahora mismo. Una vez puesto el traje, se quitó los pantalones y se colocó los zapatos.

Y tras corroborar que no había moros en la costa —o en este caso, vampiros— fueron en dirección a la habitación de la chica, subiendo las escaleras. Charlie iba con la energía de un niño pequeño, mientras que Sam intentaba ir todo lo rápido que podía, cual vieja a un lateral, sujetándose a la barandilla. JAMÁS se había sentido tan débil y era terrible la simple sensación de no tener fuerzas ni de dar un paso más al frente. Entró detrás de la morena a la habitación y nada más escuchar como la puerta se cerraba tras ella, ni se fijó lo que había a su alrededor, sino que simplemente se dejó caer de rodillas al suelo, con la respiración agitada. —Madre mía... —murmuró y fue sólo entonces, cuando pudo coger aire sintiéndose que estaba a salvo, olvidándose por completo del hecho de que su acompañante había roto a un tío por la mitad. No obstante, ya Zed el dos mitades y Vladimir el pollo no iban a entrar por esa puerta. Fue ese 'alivio' repentino el que sintió por haberse librado de los Crowley, lo que hizo que se le saliesen varias lágrimas de felicidad y sonriese, sin poder creer que estuviese ahí. Se quitó las lágrimas del rostro con el dorso de su mano, mirando a la morena. —Muchas gracias, en serio.

Y aunque se hubiese limpiado las lágrimas, volvieron a salir varias. No estaba llorando, pero la emoción de haber sentido repentinamente una nueva oportunidad gracias a aquella chica, le había invadido. Se había visto en las puertas de una muerte segura y ahora estaba ahí, gracias a una persona que se había arriesgado por ella sin motivo aparente.
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