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Can you feel my heart? —Charlie.

Sam J. Lehmann el Miér Dic 13, 2017 3:10 am

Recuerdo del primer mensaje :


28 de diciembre del 2017 — Hotel Necrópolis, 01:32 horas

Quitarse de encima a Sebastian Crowley no supuso, ni de lejos, un alivio para ella. Ni tampoco le quitó la maldición de estar conectada con esa familia. Ella creyó que sí, que Caroline había conseguido liberarla de una carga que terminaría acabando con su paciencia —y probablemente también con su vida—, pero le seguía persiguiendo, esta vez hambrienta y con sed de venganza.

Los Crowley eran una familia purista bien famosa en el mundo mágico, partícipe de prácticamente todas las líneas genealógicas entre familias que seguían dicha tradición. Sebastian Crowley era el mayor de cuatro hermanos y, como era de esperar, la pertenencia de Samantha Lehmann no era algo que se hubiera guardado para sí mismo. No entre sus familiares. No era estúpido; había ideado la manera de dejar bien clara su posición y, en el caso de que su plan fallase, asegurarse de que sus verdaderos aliados supiesen cual había sido la causa de su muerte. ¿Y un asesinato de esa magnitud, sin motivos aparentes? Sin duda alguna, la sospechosa principal era la misma que vivía a su servidumbre.

A pesar de que Samantha ahora compartiese piso con Caroline, ella continuaba teniendo asuntos que tratar en los que no quería inmiscuir en lo más mínimo a su amiga. Bastante había hecho por ella ya y bastante se arriesgaba encubriéndola en su propia casa, como para encima meterla más en la mierda. Es por eso que Sam continuaba teniendo su tienda de campaña y cada cierto tiempo la cambiaba de ubicación. Se pasaba en ella prácticamente todo el día mientras Caroline trabajaba y ahí tenía todas sus pertenencias importantes, además de que lo utilizaba como lugar en donde crear las pociones que necesitaba, entre ellas las multijugos, que eran las que más tardaban y a las que más complicado tenía el acceder.

Sin embargo, al igual que Sam tenía un diario en donde relataba lo desgraciada que había sido su vida, Crowley tenía uno en donde había escrito todo lo que había descubierto de Lehmann, desde sus más íntimos recuerdos, hasta las posiciones en donde solía ocultarse de la ley. Sam había sido un libro abierto para Sebastian y, ahora, lo era para el resto de los Crowley que no iban a dudar en encontrar respuestas y vengar a su hermano mayor.

***

Caído el sol y entrando la noche, ya Sam estaba prácticamente preparada para volver a aparecerse en su nuevo hogar, pero fue una tontería de Ravenclaw perfeccionista, lo que le hizo quedarse cinco minutos más en aquel lugar que ella, a priori, creía seguro.

Repentinamente, dos de los hermanos Crowley aparecieron allí, cogiéndola totalmente por sorpresa. Para cuando quiso hacerse con su propia varita, fue derribada y golpeada hasta quedar inconsciente. Los hermanos no iban a cometer la estupidez de quedarse allí, puesto que ignoraban si alguna otra persona conocía ese paradero. Se irían a un lugar seguro en el que poder hacer con Samantha lo que hiciese falta para sacarle información. Y sabían el lugar idóneo para ello: El Hotel Gran Necrópolis.

La aparición en la sección mágica preparada para ese tipo de circunstancias, hizo que Sam volviese en la consciencia. No se habían aparecido con ella nada más dejarla inconsciente, sino que habían revisado toda su tienda, además de destrozarla por completo.

¿D-dónd... —dijo, desorientada. No recordaba lo que había pasado.

Recibió un empujón que la hizo chocar contra el mostrador, haciéndola caer al suelo. Inconscientemente, intentó buscar su varita en donde siempre la guardaba, aunque Zed Crowley, el menor de los hermanos, se puso de cuclillas frente a ella.

¿Buscas esto? —Mostró la varita de Sam entre sus dedos, para partirla por la mitad sin ningún tipo de pudor. —La segunda en romperse serás tú, Lehmann. —Su tono era agresivo; cargado de rabia. —Te vamos a romper hasta que no quede nada de ti. Humillar tu existencia hasta que llores a nuestros pies. —Al final, escupió al cuerpo de la sangre sucia, poniendo de pie para hablar con el encargado.


***

Fue arrastrada por Vladimir y Zed por los pasillos hasta llegar a una habitación perfectamente adecuada a su economía. No, no fue llevada a una celda, ni tampoco a una asquerosa mazmorra cargada del hedor de la sangre de algún pobre desagraciado. Los Crowley habían llevado a su prisionera a una habitación de cinco estrellas cargada de lujos.

Nada más entrar por la puerta, los dos hermanos tiraron a la chica en un alfombra que probablemente costase más del triple del dinero que pudiera poseer Sam en ese momento en su poder. Vladimir fue al bar a coger dos vasos y una botella de whisky, mientras que Zed se acercó a la legeremante para darle una fuerte patada en el vientre. Ella se quejó, sin poder hacer más que intentar taparse el estómago con sus propias manos.

La putita de Lehmann —dijo entonces Vladimir al llegar a ella, pasándole uno de los vasos a Zed. —Nuestro hermano ha muerto y sabemos que ha sido por tu culpa. Eras lo único que podía ponerle en peligro. Y mira, lo has conseguido. Te has librado de una sentencia de muerte que te iba a llegar tarde o temprano... —Tomó un sorbo de la bebida. —Tuviste suerte. Sebastian siempre fue el hermano más caballeroso, cargado de tanta ambición como para tenerte atada casi dos años hasta convertirse en un ser indestructible, gracias a ti. ¿No es irónico que por tu culpa, ahora esté muerto? Pero sabemos que tú no lo has matado. No podrías aunque lo desearas. Pero tenemos la certeza de que sabes lo que le pasó.

Sam estaba cagada de miedo. Su corazón iba a tres mil por horas, los sudores habían comenzado a ser parte de los escalofríos que le estaban dando. Se sentía dolorida y, lo peor de todo, es que el solo pensamiento de saber que va a ser torturada, la estaba volviendo francamente loca. ¿Y qué era lo único que había podido hacer para impedirlo? Nada. Sólo murmurar débilmente un 'ayuda' a personas que están muy a favor de todo esto. Había comenzado a temblar, no porque tuviese miedo a dormir —que lo tenía—, sino por no tener el valor suficiente de poder aguantar aquello sin poner a nadie en peligro.

Nos vas a decir quién mató a nuestro hermano para que podamos ir a matarlo a él también. ¿No sois los fugitivos quiénes buscáis justicia? Entonces entenderás que esto es lo correcto. —Le pegó entonces él una patada en el rostro, haciendo que cayese hacia atrás de espaldas en el suelo. Sintió como el golpe la haría una herida en la mejilla. —Y tú recibirás tu verdadero castigo. Te vamos a enseñar de lo que estamos hecho los Crowley y cómo no se puede jugar con nosotros. —Dejó el vaso vacío sobre una pequeña mesa y sacó su varita, apuntando a Lehmann. —¡Crucio!

Y ahí comenzaron los gritos, pidiendo que parase, pidiendo auxilio. Sentía que se iba a despedazar. De hecho, quería despedazarse para no sentir tanto dolor en su cuerpo; lo único que quería era dejar de existir. Ojalá fuese lo suficientemente débil como para no poder con aquello.

Horas después, Sam yacía en el suelo de aquella habitación, encadenada y sin apenas aliento con el que mantenerse viva. Vladimir y Zed, limpiando la porquería de sus manos, salieron de la habitación en busca de alguien que limpiase todo el estropicio. La chica se encontraba sobre la alfombra, con la ropa rasgada por los latigazos candentes que había recibido y marcado su piel, tenía múltiples heridas por todo el cuerpo, cortes, rasguños y moratones. Sus muñecas y sus tobillos estaban cargados de rozaduras graves debido a los grilletes y de tanto tirar para soportar el dolor. ¿Su rostro? Ahora mismo de su rostro, a pesar de lo mal estado en el que se encontraba, lo único que realmente reflejaba su dolor eran esas lágrimas que caían, implorando por ayuda.

Pero al menos... no había dicho nada. ¿Eso era bueno, no?

Pero no. Para ella no era nada bueno. Ellos volverían y se lo terminarían sacando, de una manera o de otra.


Penejotas:

Vladimir Crowley.
Ahora hermano mayor de los hermanos Crowley y heredero de la familia.
#666699


Zed Crowley.
Hermano menor de los hermanos Crowley.
#996699
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Charlie L. Harrington el Jue Ene 18, 2018 10:15 am

Tampoco es que fuese a comenzar un doctorado sobre las varitas y sus capacidades mágicas para elegir a los humanos que las portarían pero Charlie era del tipo de persona que, si tenía una pregunta, la hacía. El problema se encontraba en que no importaba la situación ni el momento en el que se encontrase. No era capaz de ver que, un momento como aquel, no era el mejor para ponerse a conversar sobre varitas.

Pero ella siguió.

- Ah, ¿Y la gente no mágica también puede ser elegida por una varita? Y si yo robo una, ¿Puedo usarla? – Dijo aquello último planteándose coger una de las que había por el suelo para darle uso. Pero sabía plenamente que no iba a tener ningún efecto pues ya lo había intentado en más de una ocasión, sólo lo preguntaba para ver si su deducción – digna de Sherlock Holmes – era acertada.

No es que tuviese la empatía de un zapato, es que tenía la capacidad de comprender a los demás de una zapatilla sudada de deporte. Si Charlie comprendía algo, no entendía que el resto no fuese capaz de ello. La información que había en su cabeza, bajo su juicio, parecía tener que estar necesaria en la del resto del mundo y era precisamente por eso que no comprendía como Samantha estaba haciendo esas preguntas que, según ella, no tenían ningún sentido.

- Sí, ¿Por qué? – No entendía el problema que había en llamar pedazo de lerdo a alguien que no comprende las cosas. A fin de cuentas eso era cierto, Sam parecía un poco lerda. Quizá por el trauma de haber sido torturada y casi asesinada, pero eso para Charlie no eran más que tonterías. -  Adjetivo, torpe para comprender información. También utilizado con las acciones o la manera torpe o pesada a la hora de andar, normalmente referido a un animal. – Charlie era un diccionario con patas, a su manera, pero lo era. Y es que después de tantos años viviendo sobre la tierra y devorando libros había incluso llegado hasta el límite de tragarse un maldito diccionario. – Pues fácil. – Se remangó la camisa y como el que habla de la receta de cocina de los brownies de chocolate con nueces, comenzó a narrar. – Lo único que tienes que hacer es sujetar del brazo. Apoyas los pies en el suelo y si necesitas empuje también bajo la axila, en la parte lateral al pecho. Tiras con fuerza y… ¡Ya está! – Incluso simuló que estaba repitiendo el proceso pero con la ausencia de un cuerpo al que realizar tal proeza.

Tan rápido como fue posible, ambas chicas, los restos de uno y el pollo del otro, bajaron por el hueco del ascensor para la comida. Dejaron las cocinas y tomaron rumbo por el pasillo principal hasta una sala con taquillas y ropa de cambio que Charlie le prestó – aunque sabía que posiblemente no sería con vuelta – a Sam.

- Eh, tranquila, morirse está sobrevalorado. – Contestó quitándole peso al asunto, incluso le habría dado un par de palmaditas en la espalda a Sam de no ser porque era consciente que hasta el más mínimo golpe haría que la chica acabase por derrumbarse en el suelo. – Menos hablar y más cambiarse de ropa. – Charlie miraba por el hueco de la puerta abierta para cerciorarse que nadie entraba donde se encontraban y acababan por pillarlas con las manos en la masa.

Por suerte consiguieron subir hasta la zona de las habitaciones sin ser vistas usando uno de los ascensores. Charlie aceleraba el paso de vez en cuando para asegurarse que no venía nadie por el pasillo que tomaron y, una vez estuvo segura, ayudó a Sam a salir para entrar seguidamente en su propia habitación.

- De nada, espero que nadie se entere de esto. La última vez que ayudé a un fugitivo me quitaron el sueldo de toda la semana. -Ya tenía varias advertencias de su comportamiento. – No es que no nos permitan ayudaros, es que no nos permiten ayudaros si alguien se entera. Aunque teniendo en cuenta que uno ha acabado siendo pollo y el otro comida para los empleados, no creo que nadie lo note. Es más, he ayudado a la economía del hotel. Pollo gratis para humanos, sangre fresca para vampiros. ¿Ves? Todo son ventajas. – Aunque al pobre Vladimir y a sus restos humanos no es que le quedase demasiada sangre en vena, pero algo podía sacarse. – Sé que te ha costado vestirte, pero será mejor que te lo quites para poderte limpiar bien todo eso.

Charlie fue en dirección al baño a lavarse las manos y también la cara, respirando hondo y con cierta tranquilidad después de todo aquello.

- Creo que esto va a escocer un poco. – Dijo sacando el botiquín que, para emergencias, venía en todas las habitaciones del hotel. – Una tirita no creo que haga mucho. Luego te dejo algo de ropa, aunque creo que mis pantalones te van a quedar cortos pero… Algo es algo. – Se encogió de hombros, animando a Sam que entrase al baño para tomar asiento y empezar a limpiar las heridas que había en su espalda. Lo cual, teniendo en cuenta que estaba cubierta de sangre, no sería agradable para ninguna.
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Sam J. Lehmann el Sáb Feb 03, 2018 12:46 am

No, claro que no —respondió ante su siguiente—y esperaba que última—pregunta sobre las varitas mágicas. —Si no eres una bruja, no puedes hacer magia, así que una varita no podría elegirte. —No entendía esa repentina necesidad por saber por varitas mágicas, si total, no podía utilizar ninguna, ¿no es así? Estaba claro que no era bruja por todo lo que había dicho, por lo que debía de haber sido una espina que se le quedó clavada el día que se enteró que los magos hacían magia con un palito. Y claro, consideró adecuado hacerle las preguntas a una persona que tiene más ganas de caer K.O. en el suelo que de vivir ahora mismo.

Odiaba que las preguntas retóricas se la tomasen en sentido figurado, ya que la cara que se le quedaba de 'no me digas' le hacía sentir que estaba perdiendo el tiempo. Le dijo el significado de lerda, como si Sam no lo supiese, pero por suerte después de eso le acabó diciendo también el modus operandi de cómo separar las extremidades inferiores del cuerpo de un ser humano. Aquello era tan surrealista que Sam, de verdad, creía que había perdido el norte. No dijo nada al respecto, ya que ahora mismo tenía la facilidad mental de una ameba, lo cual no era ni de lejos lo más avispado o rápido del mundo.

Se cambió de ropa a su ritmo, bufando. —¿Que la muerte está sobrevalorada? Ojalá pudiese pensar como tú y ahora mismo no estaría todavía temblando del miedo que he pasado. —Porque Sam siempre decía que si en alguna ocasión la pillaban, ella prefería morir antes que terminar en Azkaban o ser torturada y... en realidad era mucha palabrería, ya que ella temía horriblemente a morir.

¡Y lo consiguió! No solo vestirse en un tiempo récord, sino también llegar a la habitación de la chica. Porque si soy franca, hasta ella misma dudaba de que le quedasen fuerzas como para dar un paso más. Necesitaba descansar urgentemente. Sin embargo, todavía no tenía esa suerte, ya que tal y cómo estaban las cosas, todavía le iba a faltar irse de allí y con la varita que tenía entre las manos lo tendría verdaderamente difícil. ¿E irse a pie? Madre mía, irse a pie parecía una tarea terriblemente peliaguda. Por lo que una vez en la habitación de la chica, se limitó a escuchar lo que ésta decía. Le tranquilizó pensar que ya había ayudado a otros fugitivos, pero cuando dijo la palabra 'vampiros', se le contrajo un poco el estómago. Ahora tenía sentido lo de romper a un humano por la mitad. O que Vladimir se estuviese desangrando. O que dijese que la muerte está sobrevalorada. Si hubiera sido una situación normal en donde ambas están frente a la otra, con sosiego y normalidad, quizás la noticia de que era una vampiresa le hubiera sentado mucho peor, ya que desde siempre Sam había tenido cierto recelo y miedo a dicha raza, no obstante, creía fervientemente que ahora mismo su umbral de miedo y de dolor habían alcanzado su límite. Y estaba demasiado exhausta y aterrada como para tener miedo de la única mano amiga que ha tenido.

Siguió sus indicaciones y se puso en pie, ayudándose de una silla, para entonces caminar hacia el baño. Se sentó sobre la tapa del váter, hacia adentro, de tal manera que sus manos se apoyaron sobre el cubículo de la cadena. Una vez ahí se quitó—a su debido ritmo—, la camisa de aquel uniforme, sintiendo como le arrastraba y se hacía daños a sus propias heridas. La dejó caer y cogió aire profundamente. Si ya le ardía así, no quería ni imaginar dentro de un momento. —Estoy lista...

Pero cuando empezó, supo que en realidad no estaba lista. ¡Dolía horrores! Se mordió el labio inferior y escondió su cabeza entre sus brazos, notando como le salí las lagrimillas del dolor. Giró el rostro hasta quedar apoyada sobre sus propios antebrazos, cerrando los ojos. Tragó saliva y habló, más que nada para soportar el dolor. —¿Entonces eres una vampiresa? —preguntó, con voz débil. —Si lo llego a saber desde el principio no hubiese quedado como una lerda preguntándote cómo narices has partido a un hombre por la mitad... o cuestionándote que la muerte está sobrevalorada. —Frunció el ceño ante un nuevo escozor. Hizo una pausa tendida, aguantando del dolor. —¿Y estás bien curando heridas o... —'te entra hambre?' No sabía muy bien como formular la pregunta, por lo que esperaba que dejándolo en el aire, se entendiese.

Ya, aparentemente más calmada, cuando en realidad era pura debilidad, la cabeza de Sam reposaba sobre sus antebrazos, los cuales estaba sobre la parte trasera del retrete. Sus ojos se iban cerrando poco a poco, ya que cada vez que recibía un dolor fuerte, los cerraba fuertemente. —¿Por qué, si no tienes nada que ver en el asunto, nos ayudas? ¿El Ministerio os ha dejado de lado? ¿No os dan nada por... cazarnos? —¿Sabéis cuando una persona media borracha y en la absoluta decadencia intenta comunicarse con otra? Sam estaba en ese momento, sólo que no estaba borracha, sólo en la absoluta decadencia.
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Charlie L. Harrington el Dom Mar 25, 2018 12:17 pm

¿Y dónde estaba el problema de hacer preguntas? En que quizá Charlie no era capaz de darse cuenta de cuándo era un buen momento para hacerlas y cuando no lo era. Por ejemplo, si vas a comprar un teléfono móvil nuevo está bien preguntar qué tipo de características tiene, cuáles son las condiciones de pago o si tiene seguro antirrobo. Pero, lo que estaba claro, es que si en el hipotético caso de encontrarte ante una persona recién torturada y con signos claros de irse a quedar inconsciente en cuestión de minutos, lo mejor era no hacer preguntas. El único problema en toda esa teoría es que Charlie no llegaba a comprenderla exactamente. Puede que en un pasado lo hubiese hecho pero con los años había perdido todo tipo de preocupación y su empatía a veces rozaba lo inexistente al no ser capaz de ver el peligro que corrían los demás. Preocupaciones tan mundanas como morir o vivir, esa pequeña diferencia que para el resto era un mundo y para Charlie tan solo un comentario más.

Una vez decidió que el interrogatorio – al que bien le faltó un flexo pegado a la cara de Samantha para parecer un tercer grado – avanzó en dirección a una de las zonas usadas por los trabajadores del hotel para cambiarse de ropa.

- ¿Se tiembla de miedo? – Preguntó algo sorprendida. – Vaya, pensaba que únicamente se temblaba de frío. O, bueno, si te sientas en uno de esos sillones de masajes que hacen que todo tu cuerpo empiece a temblar. – Dijo aquello último añadiendo pequeños espasmos con su cuerpo como si estuviese simulando lo que sucedía al encontrarse en uno de esos sillones. – O si estás en la silla eléctrica, te pegas un calambrazo o… ¿Era literal? – Preguntó confusa, pues muchas veces la gente hablaba de manera metafórica y Charlie pasaba a tomárselo como algo totalmente literal, al pie de la letra. Y eso teniendo en cuenta que las letras no tenían pies, al menos no como se consideraban para el caso de los seres humanos. Con sus deditos y demás.

Intentó ayudar a la chica en la medida de sus posibilidades. No es que tuviese un tónico mágico escondido en la despensa para sanar sus heridas, o un palo de madera que mover al ritmo de la música como si fuese una batuta (o más bien una baqueta, ya que seguramente acabaría imitando los movimientos de un baterista con epilepsia). Debía recurrir a métodos tan mundanos como era usar un botiquín y lo que había en él, lo que en este caso era agua oxigenada y un par de gasas. Intentó como fue posible causarle el menor dolor a la chica, aún siendo consciente que hasta el más mínimo soplo de aire podría hacerle retorcerse de dolor. Es más, estaba segura que no precisaba de hacer nada para que Sam ya sintiese suficiente dolor en su magullado cuerpo.

- Sí. – Contestó con naturalidad, acercando su rostro a las heridas de la chica mientras pasaba una gasa mojada por ellas, pasando levemente el tejido por la piel de la chica intentando no empeorar la situación de las heridas y limpiarlas, ya que los dos hermanos Crowley no habían tenido especial cuidado a la hora de tratar a la mujer. – Tiene sentido, sí. – Rió, alejando la mano para no apretar o hacer algún movimiento que causase mayor dolor a Sam mientras sonreía. – O… - Repitió, intentando captar qué era lo que Sam quería decir. Una lucecita se prendió en el interior de su cabeza y, por suerte, no provocó ningún cortocircuito. Sino que en lugar de eso hizo que las conexiones cerebrales de Charlie se activasen para caer en la cuenta de lo que quería decir. – No voy a morderte, no. – Se colocó en cuclillas para acceder a la parte baja de la espalda, en la zona más cercana a la columna. – Si tú ves un pollito desangrándose, ¿Te da hambre? Bueno, tampoco es que los vivos comáis pollitos vivos pero… ¿Te da ganas de cocinarlo y comértelo? – Se intentó excusar para mantener a Sam tranquila, pues realmente ver sangre para un vampiro era como ver un culo para un perro. Uno tenía la necesidad de chupar la sangre y el otro de oler el culo de otro perro.

Comenzó a hurgar en el botiquín en busca de algo más que poder echarle a Sam en la espalda, hasta que encontró un medicamento para facilitar la cicatrización de las heridas al tiempo que las limpiaba, por lo que no dudó a la hora de aplicarlo sin saber muy bien si aquello daría buenos resultados. ¿Por qué narices tiene un botiquín alguien que no lo necesita? Grandes preguntas sin respuesta de la especie humana.

- El Ministerio nunca nos ha tratado bien. La relación entre magos y vampiros siempre ha sido mala así que… Es una manera de tocarles los cojones, supongo. – Se encogió de hombros. – Por lo general. A mí es que no me va eso de ver sufrir gente y quedarme de brazos cruzados. Y cené gratis, todo ventajas. – Sonrió de medio lado, sacando esta vez un par de gasas limpias y colocándolas sobre el lavabo. Sacó también esparadrapo y lo cortó en tiras. – Nos dan lo que darían a cualquiera, pero por lo general no tomamos partido en guerras que no nos pertenecen. Lo que cada vampiro haga es cosa suya, pero aquí tenemos una política pro – fugitivos, por así decirlo. No abiertamente, pero sí solemos ayudaros cuando lo necesitáis. – Explicó sin saber muy bien en qué consistía aquella política que tenían en hotel.

Colocó las gasas limpias y el esparadrapo con cuidado para no rozar la piel herida y se lavó las manos para eliminar los restos de sangre y alcohol que quedaban en estas.

- Si quieres puedes pasar la noche aquí pero te recomiendo irte en no más de dos o tres días. Siempre que desaparece alguien pasan a hacernos una visita para ver si sabemos algo y a veces hay revisiones aleatorias de habitaciones. Suelen avisarnos desde abajo pero… Nunca se sabe. – Se encogió de hombros. - ¿Quieres que te pida algo para cenar?
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Sam J. Lehmann el Miér Mar 28, 2018 1:49 am

Sinceramente, el funcionamiento de la mente de un vampiro escapaba totalmente a su entendimiento, ¿cómo era posible que le hiciera tantas preguntas? ¿Acaso no se supone que es un ser que ha vivido montón de años y debería de tener más experiencias en las vivencias de la sociedad? ¿Cómo no iba a saber que se tiembla de miedo? ¿Nunca fue humana? ¿Nunca tembló de miedo? Demasiadas preguntas para una mente exhausta en este momento… Eso sí, no pudo evitar esbozar una débil sonrisilla cuando nombró lo de los sillones de masaje. Por un momento se imaginó a Charlie en la Edad Media chupando sangre de soldados y ahora fascinada porque un sofá tiemble para darte un masaje. Se la imaginaba tan maravillada como su propia abuela frente a la tecnología actual. —Era literal, o sea… Las emociones humanas por mucho que sean intangibles, tienen como consecuencias efectos físicos. Se puede temblar por frío, por tener miedo, por estar nervioso… son reflejos innatos… —respondió como buenamente pudo, sintiéndose profesora con una paciencia infinita ante un alumno que sólo pregunta, una vez tras otra: ‘¿por qué, por qué, por qué?’.

Y por eso, le entró una duda: ¿hacía cuánto que esa chica no sería humana? Nunca había visto con muy buenos ojos esto de los vampiros. De hecho, la Samantha de hace apenas un año podría perfectamente asustarse sólo de saber de la existencia de grupos de vampiros tan bien organizados y ocultos en la sociedad no solo mágica, sino también muggle. Pero ahora, ¿cómo podía siquiera pensar algo malo de ellos?

Y claro… una de las cosas más obvias de los vampiros es que beben sangre como único alimento y que ésta les llama en demasía. Y si Sam ahora mismo quería morirse del dolor es porque las heridas que tenía no eran precisamente internas—que apostaba que alguna habría, si no tantas—, sino porque su espalda debía de ser toda una ‘Última Cena’ para un vampiro hambriento. Y se preocupó, porque lo menos que quería era incomodar a la chica y, mucho menos, ser el postre. Aunque eso no le preocupaba tanto: suponía que no iba a salvarla de una muerte segura para luego hincarle el diente. Sería muy extraño hasta para un vampiro, ¿no? En verdad no lo sabía, era la primera con la que mantenía una conversación alejada de lo hostil.

Y tampoco es que la rubia pudiese mantener una conversación demasiado larga y profunda, ya que se pasó la mayoría del tiempo callada, con su cabeza apoyada en sus antebrazos y aguantando los pinchazos ardientes que le producía la cura de la chica. Pero vamos, por mucho que se le saliese la lagrimita, estaba claro que si había sobrevivido a esta noche, podría sobrevivir a eso. Al menos, la morena tenía un sentido del humor que hasta Sam en ese estado lo agradeció. Lo del pollito desangrándose le parecía una imagen horrible. —Pues no, soy vegetariana —respondió, haciendo una pausa. —Pero entiendo el punto al que te refieres. —Curioso cuanto menos que Sam ni se acercase a los seres vivos y Charlie sólo se alimentase de su sangre.

Escuchó con atención y ojos cerrados—pues tampoco es que tuviera una visión muy interesante desde su posición—todo lo que decía. Siempre se había imaginado a los vampiros como seres horribles, no iba a mentir, pero le parecía fascinante que hubiesen elegido no a una clase, sino a un grupo dentro de esa misma clase. Porque perfectamente… podrían haberse desentendido de absolutamente todo el mundo mágico y el hedor que parecía desprender cada día. Sam suspiró, aún con los ojos cerrados y evidentemente cansada. —Pues… yo pensaba que erais un mundo aparte al que no os importaba nada de ni nadie, sólo sobrevivir y ya —comentó, ausente. —Aunque me alegra haberme equivocado. Tú pareces más humana que la gran mayoría de personas que he conocido este último año… —añadió, sin ser consciente de que decirle eso a una vampiresa quizás era un poco triste, sobre todo porque lo dijo hasta con ilusión. Pero vamos, ahora mismo Sam no era consciente de nada. Si no fuese por el dolor que sentía todavía, se podría quedar dormida en esa misma posición sobre el retrete, porque contra todo pronóstico, se sentía segura en compañía de una vampiresa.

Y sí, estaba muy cómoda en ese retrete, pero cuando Charlie terminó de colocarle las gasas para evitar cualquier tipo de roce o que siguiese sangrando, ‘despertó’ ligeramente al escucharla decir que podía quedarse allí y que si quería algo de cenar. Sinceramente, después de lo que había pasado y de imaginarse a alguien bebiéndose la sangre de otro alguien, tenía el estómago completamente cerrado. —No tengo hambre, gracias —susurró con sinceridad. Debía levantarse e irse, pero no lo hizo: solo continuó susurrando desde su posición. —¿Qué hora es? No puedo quedarme, yo debería de haber estado en casa hace mucho. —Y decía ‘mucho’ sin ser realmente consciente de las horas que había pasado fuera de la casa de Caroline sin dar una mísera explicación al respecto. Su amiga debía de estar preocupadísima. —No quiero causarte más problemas y si me quedo seguro que es lo que haré… Me levantaré y me iré… cogeré un taxi. Vivo en Notting Hill. No sé en dónde estoy pero no estamos lejos, ¿verdad? —Le dio un escalofrío, esta vez temblando de frío. Pese a todo lo que había dicho, Sam todavía no había movido un ápice de su cuerpo, sino que seguía con la cabeza sobre los antebrazos, con los ojos cerrados, soñando en voz alta con lo que le encantaría hacer en sus próximos minutos. —¿Me acompañarías? Me encuentro muy mal… —añadió, sintiéndose tan mal que casi parecía que tenía fiebre, pero no podía pedirle eso a Charlie. —O no, no te preocupes…

Y es que ya estaba delirando. No sabía qué hacer, qué decir ni nada. Sólo sabía que estaba cómoda, a salvo y que ese retrete era mejor que cualquier cama. Pero tenía que irse. Pero no tenía fuerza. Madre mía…

¿Hace cuánto que eres vampiresa, Charlie? —preguntó de manera repentina, en un hilillo de voz delicada, todavía en la misma posición. Y a eso, señores, se le llamaba delirio y extenuación. Una pequeña parte de la mente de Sam pensaba: 'quizás si le pregunto cosas, misteriosamente en los dos segundos que gano, recupero un poco de energía para moverme'. Y obviamente eso no iba a pasar.
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Charlie L. Harrington el Sáb Mar 31, 2018 11:37 am

Charlie no siempre había sido así. Hubo un tiempo donde sus preguntas no iban más allá de las de una inocente niña que quería conocer el mundo. Incluso hubo un tiempo donde se convirtió en un adulto cuyas preocupaciones iban más allá de la razón por la cual los humanos habían querido clonar una oveja y ponerla un nombre tan feo como Dolly, cuando todo el mundo sabe que ese nombre es de cantante de música country. De cualquier modo, su personalidad había ido cambiando con el paso de los años. No era fácil vivir eternamente en un mundo cambiante cuando, además, la gente parece peor a cada año que pasa. Su personalidad se había ido modelando de tal forma que fuese capaz de soportar – sin volverse loca – lo que sucedía a su alrededor. Además, vivir eternamente podía resultar tedioso y aburrido a fin de cuentas y no había mejor manera de disfrutar de la vida eterna que dejando de comportarse como se espera que uno lo haga.

- Tiene sentido. – Afirmó reflexionando sobre la propia reflexión de Sam. Frunció el ceño, pues nuevamente las preguntas se agolpaban en su cabeza intentando salir de ahí de alguna manera. – Pensaba que los efectos fisiológicos del miedo no iban más allá de contracción muscular, dolor de estómago, latidos acelerados, respiración nerviosa o… Pupilas dilatadas. – Comenzó como si se acabase de tragar un diccionario. Y es que no era algo literal, pero Charlie había leído y releído todo libro habido y por haber, haciendo que en ocasiones incluso recordase algo de lo que leía y pudiese aplicarlo a una conversación. No haciéndola más interesante, sino más extraña por parecer una enciclopedia con patas.

Cualquier vampiro podría haber salvado a Sam solo con la intención de usarla como cena aquella noche. De un modo egoísta donde se las dan de héroe, se ganan la confianza de la víctima y finalmente le hincan el diente. De manera literal, por supuesto. Pero aquel no era el caso. Charlie no era como otros vampiros. Era un ser extraño por naturaleza incluso dentro de la extraña naturaleza de ser, precisamente, un vampiro. No tenía intención alguna de alimentarse de Samantha o, en el caso de hacerlo, no de manera que acabase con su vida en cuestión de un par de mordidas. Sonrió inocentemente, mirando a la rubia mientras seguía limpiando sus heridas con cuidado. Como si se tratase de una simple abuelita haciendo punto o de un pequeño niño de ocho años jugando con las témperas sobre un lienzo en blanco.

- ¿Comes plantas? – Preguntó asombrada. - ¿No te faltan proteínas? ¿O tienes bajo el hierro? Una vez leí que los vegetarianos tienen que tomar complejos vitamínicos extra para poder sobrellevar la falta de proteínas. Aunque, claro, los garbanzos o las judías también tienen muchas proteínas. ¿Nunca pensaste que Hitler podía ser vegetariano y por eso cocinaba a los judíos en las duchas? – Rió ante su propio chiste. – Era broma. Pero creo recordar que era vegano. ¿Tú comes lácteos o también los has echado de tu dieta? – Siguió con lo que parecía una eterna parafernalia de preguntas sin mucho sentido. - ¿Por qué no comes carne? ¿Te dan pena los animalitos, te da asco la sangre o te has dado cuenta de la cantidad de mierda que le meten a la carne en las fábricas? – Había doscientas mil opciones más posibles, pero para Charlie aquellas eran las más elegidas. -  Pues que sepas que le estás quitando la comida a las vaquitas, cabritas y ovejitas. Que crueldad, Samantha. – Aquello no lo decía en serio, pero su tono de voz aparentaba lo contrario.

¡Por supuesto que los vampiros tenían más intereses que sobrevivir! Teniendo en cuenta que matarlos era algo más bien complicado, era perfectamente lógico y razonable que tuviesen más intereses que el de sobrevivir.

- No, también jugamos los domingos a la petanca. – Afirmó segura de sus palabras. Lo cierto es que a lo largo de una vida tan larga jamás había jugado a la petanca. - ¡Ah! ¿Parezco humana? – El brillo apareció en sus ojos como si fuese un niño en pleno Halloween descubriendo la cantidad de dulces que ha conseguido en el interior de su calabaza de plástico. - ¡Esto está bien! – La ilusión seguía marcada en cada una de sus palabras e incluso en la forma de su sonrisa. – Intentamos parecer humanos. Ya sabes, moverse por ahí y que todo el mundo te mire por estar muerto es bastante… Incómodo. – Suponía que aquella palabra podía acercarse a lo que buscaba decir. – Además, cuando llevas tanto tiempo muerto es bueno que alguien te diga que pareces estar vivo. ¡Te alegra el día tanto como que te salven de dos asesinos psicópatas! – Añadió haciendo mención a aquellos dos. – Por cierto, ¿Qué demonios te había pasado con ellos como para que te quisiesen con tantas ganas? Y estoy siendo irónica, dudo que te quisieran. ¿Los magos usáis la ironía?

Sus ojos se abrieron como platos. ¡No tenía hambre! Con la cantidad de sangre que había perdido, el esfuerzo físico y mental y no tenía hambre. ¿Aquello era posible? Sí, por supuesto, era vegetariana. ¿Cómo iba a tener ganas de comer UNA LECHUGA?

- Las cuatro y veinte. – Señaló el reloj que había en la mesilla de su dormitorio. – Un poco lejos. Si pudieses hacer “pum pam pum” y desaparecerte de aquí, sería más fácil. En un segundo estarías en tu casa. Pero creo que si haces eso es probable que acabes muerta en el intento. Y aunque suene raro no quiero tener un cadáver en mi cuarto, gracias. Ya tengo suficiente con mi propia compañía. – Bromeó y buscó entre sus cosas, abriendo un armarito para sacar una manta. - ¿Es miedo o frío? – Preguntó reflexionando sobre el hecho de temblar antes de ofrecerle la manta a la chica. – Deberías quedarte aquí a pasar la noche. Descansa y mañana te acompaño a tu casa con la puerta azul. – Dijo haciendo referencia a la película que llevaba el nombre del barrio donde Sam vivía. – Doscientos dieciocho años, tres meses y trece días. – Dijo rápidamente. – Soy de las más pequeñas del hotel. – Avanzó en dirección al teléfono del hotel y lo cogió. – Y por preguntar, has ganado una cena gratis con todo incluido. ¿Qué quieres? – Sí, estaba viendo que en cualquier momento Sam se iba a quedar inconsciente y no sabía si tenía la capacidad de no acabarla usando como cena.
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Sam J. Lehmann el Lun Abr 02, 2018 3:43 am

Ya le daba pereza de normal defender el por qué de haberse convertido en vegetariana, más todavía en ese estado de decadencia y a una persona que, literalmente, pasa el nivel de comer carne y directamente sólo se alimenta de sangre. Pero de repente hizo tantas preguntas... y tan aleatorias, que se vio en la obligación social de contestarlas para que no tuviese una idea equivocada. —Define plantas, no todo lo verde es planta —le dijo, sin moverse ni un ápice ni variar su tono de voz. —Como muchas legumbres y no tengo falta de nada. Bueno, ahora tengo falta de ganas de vivir, pero te juro que no es porque me falten proteínas. —Y entonces, en su estado, profirió una sonrisa de lo más divertida por su chiste de Hitler y los judíos. Sólo de imaginarse a Hitler relamiéndose los labios mientras esperaba a que muriesen los judíos le parecía de lo más cómico. Sí, era un poco humor negro, pero en su estado podía permitírselo. —Sí como derivados y me hice vegetariana porque me dan pena los animalitos. Tengo un cerdito vietnamita en casa y me daba pena comer carne de cerdo delante de él. —Decir eso en estas condiciones sonaba como más triste que de costumbre.

¡Si hasta la ilusión que tenía era casi más real que la que cualquier humano! ¡Y solo le hizo falta escuchar su voz! Le pareció fascinante que comparase su felicidad pletórica con la que ahora mismo estaba sintiendo Sam. —¿Tanto? Aunque no se note yo estoy muy feliz ahora mismo, si tuviera un poquito más de energía a lo mejor se me notaría un poquito más —le respondió en un intento de ser divertida. —¿Ya te he dicho que te estoy eternamente agradecida? ¿Has visto Toy Story? —Porque estaba claro que aquella cita, en esta situación, solo podía venirte a la cabeza la imagen de la película de Pixar de los tres extraterrestres persiguiendo al Señor Patata. La pregunta del millón no tardó en llegar de manos de la vampiresa, haciendo que Sam hiciese un sobre esfuerzo en encogerse un poquito de hombros, ya que la ocasión lo merecía aunque su espalda se hubiese quejado por todos lados. —Se pensaban que yo había matado a su hermano, pero yo no lo maté. Lo mató una amiga mía con tal de salvarme la vida a mí, por lo que me estaban torturando para que les dijese su nombre y poder matarme a mí y luego a ella. O ella delante de mí. No lo sé, no entiendo esas mentes tan perversas. Pero no lo iban a conseguir... Y claro que usamos la ironía, creo que eso es una habilidad de todas las razas —contestó, como si las razas ahora tuviesen sus propias habilidades, tal que los humanos de por sí tenían las habilidades de ser imbéciles por naturaleza y de tropezar cinco veces con la misma piedra. Éramos una raza de mierda, en realidad.

¿¡Las cuatro y veinte!? ¿De la mañana? Abrió los ojos de repente, cansándose en el progreso. ¡Madre mía! ¿Cómo podía estar tan cansada? Sentía que en cada párpado ahora mismo tenía tres quintales de peso que hacían que sus ojos quisiesen cerrarse con necesidad y pesadez. Caroline debería de estar tirándose de los pelos, teniendo en cuenta que Sam debería de haber estado en casa desde prácticamente las seis de la tarde. —De frío —respondió, sintiéndose entonces super fría y es que, después de todo, la adrenalina de su cuerpo había desaparecido por completo y solo quedaba una mujer débil a punto de quedarse dormida. Se intentó recomponer un poquito, sintiendo que todo le daba vueltas y se mareaba del dolor, el sueño y... en realidad sí que se sentía super débil y debería de comer algo. Se sujetó al antebrazo de Charlie, con intención de pedirle ayuda, sin embargo, se limitó a mirarla con sorpresa. —¿En serio has vivido tanto? —preguntó con los ojos cargados de sorpresa y un rostro sorprendido. —Podrías... por favor, ¿ayudarme a levantarme de aquí? —añadió todo lo amable que pudo. —Y me da igual lo que haya de cenar, de verdad...

Se puso en pie como pudo y, con ayuda de su nuevo ángel guardián, llegó a la cama. —Vale, me quedaré... gracias por dejar que me quede... —Y es que en ese pequeño tramo de camino de, literalmente, tres metros y nueve pasos se había dado cuenta de que no era capaz de mantenerse en pie por si sola y que ahora mismo iba a perder prácticamente todo su poder por quedarse despierta. De manera totalmente inconsciente, comenzó a dejarse caer de un costado, casi abrazándose a sí misma. —¿Tu tienes acceso a un teléfono? ¿Puedo llamar? ¿O puedes llamar tú por mí? Para avisar a mi amiga de que estoy bien, por favor. El número es... —Dijo en voz alta el número, sin estar muy segura de si lo había dicho bien. —No le digas en donde estamos si la llamas o va a venir corriendo preocupada. Muchas... gracias. ¿Te vas a ir? No te vayas, porfa. —Le pidió, con sus manos entre sendas rodillas, mirándola con ojos todavía a asustados. ¡Y bueno! Mucho tiempo le iba a costar a Sam que el trauma desapareciese de su vida. —Cuéntame tú... —Y cerró los ojos mientras seguía hablando. —¿Vosotros sentís dolor? ¿Sois iguales que nosotros con la única diferencia de que podéis partir por la mitad a un humano y vuestra dieta es diferente, no? ¿O no sentís dolor? ¿Emociones?

Sí, no estaba en su mejor momento para sacar conversación, ¿vale? Sólo quería dormir. Pero no quería que Charlie se fuese. Bueno, quería que avisase a Caroline, pero no quería que se fuese a llamar a Caroline. Tenía miedo, ¿vale? Lo menos que quería en ese momento era volver a quedarse sola. Que sí, que estar media moribunda en la misma habitación con una vampiresa y quedarte dormida tampoco era muy inteligente pero... ahora mismo Charlie era el ser de mayor confianza del mundo. Aunque hiciera muchas preguntas, aunque tuviese doscientos treinta años. Lo que fuera. Con ella ahí se sentía segura.

Poco a poco se fue perdiendo más y... ¿Charlie estaba hablando? No estaba segura. De hecho, cada vez estaba más segura de que se había dejado llevar totalmente por el cansancio y, como era evidente, se había dormido.
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Charlie L. Harrington el Lun Abr 02, 2018 10:13 am

Si era sincera, no entendía a Samantha ni lo más mínimo. Quizá en un tiempo pasado lo hubiese llegado a entender pero no en aquel donde su única fuente de alimentación eran personas. No consideraba que hubiese mucha diferencia entre matar a una persona para alimentarse o matar a un animal. Incluso ella era mejor personas teniendo en cuenta que, en muchas ocasiones, ni siquiera terminaba con la vida de la persona. Al contrario que ella, los humanos cogían animalitos, los metían en el matadero y adiós muy buenas a su vida. No es que les quitasen una pata para comérsela y dejaran al animal con vida, aunque quizá aquello era incluso más cruel que matarlo. Quitarle la patita a un cerdito y dejarlo vivir tullido después de haberse alimentado de él. No, no. Los vampiros tenían una dieta mucho menos dañina para el mundo. Se alimentaban de sangre humana y esta misma sangre podía luego volver a aparecer en el cuerpo de esa persona. Sí, podía acabar un poco mal de salud durante un tiempo e incluso llegar a morir en algunos casos, pero no en todos.

- ¿Entonces comes muchas judías? – Preguntó como si aquello fuese lo más interesante de la conversación. Y es que a Charlie le fascinaba el comportamiento del cuerpo humano y sin duda alguna Samantha era la primera persona que aparecía en su vida diciendo no comer proteínas y no tener un déficit de estas. - ¿Cuánto tiempo llevas siendo vegetariana? – A lo mejor era sólo porque llevaba un mes sin comer carne. O dos. O seis como mucho. A lo mejor si estaba en ese estado deplorable de salud no era por los hechizos y torturas de aquellos dos, sino por una grave falta de proteínas. ¡Eso le pasaba por alimentarse de lechuga cual conejo! – Ah, entonces era una tortura para sacar información. Tiene sentido, tiene sentido. ¿Y pensabas morir antes que delatar a tu amiga la que te metió en el problema por matar a un personaje de relleno de tu vida? Wow, vaya, admirable. – Ladeó la cabeza. – Que curiosos sois los humanos. – Dijo fascinada por las razones que podían llegar a moverles. – Pero deberías comer proteínas, sino el esfuerzo de esta noche por salvarte no servirá de mucho. – Dijo con tono divertido. – Puedo ir a una farmacia a por complementos de proteínas si quieres. O traerte un filete. – Añadió aquello último con un tono más bromista incluso que el anterior, ya que parecía que Charlie hablaba todo el rato en serio cuando por su boca estaban saliendo únicamente tonterías.

Era un vampiro, ¿Cuánto tiempo se supone que tenía que haber vivido? ¿Quince años? Por favor. Lo cierto es que había vivido más tiempo, pero también había que sumar que había estado 30 años de su vida en esa fase de ser humano que tiene la posibilidad de morir solo por tener un simple constipado.

- No, en broma. – Contestó con ironía antes de ayudar a la chica a levantarse de allí. De no hacerlo se temía que en su intento por avanzar en dirección al exterior del baño se quedase inconsciente. Todo por no comer algo que no fuese hierba.

¿Por quién la tomaba? ¿Cómo no iba a tener acceso a un teléfono? Aquello no era la maldita edad media. Porque fuese un vampiro no significaba que viviese en un ataúd ni en un fantasmagórico castillo. Tampoco tenía esa habilidad tan chula de convertirse en un murciélago ni iba por ahí con una capa negra atemorizando a la gente con un maquillaje cutre sacado de Aliexpress.

- Pues claro. – Dijo sin darle importancia a todo lo demás. Buscó entre sus cosas el teléfono móvil y lo lanzó en dirección a la cama para que Sam lo usase. – 1 9 0 4. – Recitó. – El código de bloqueo. – Aclaró, ya que había soltado una cifra totalmente aleatoria de cuatro números sin venir a cuento. – Será mejor que llames tú. Que una desconocida le diga a tu amiga que dos hombres con varita han intentado matarte y no vas a pasar la noche en casa a lo mejor no es de ayuda para sus nervios. Si se lo dices tú a lo mejor es mejor. Además, no se me da bien hablar con personas. – Eso estaba claro. Tenía la sensibilidad de una maceta.

Se dejó caer al lado de Samantha, subiendo las piernas sobre la cama y quedando en posición de indio mientras miraba como la chica dormía. Poco antes acababa de colgar el teléfono para ordenar algo de comida del hotel, restos que hubiese a las 4 de la madrugada y que no llamasen demasiado la atención teniendo en cuenta que ella no se alimentaba de comida convencional como la que acababa de pedir.

- Eh… - Se rascó el mentón. – Es complicado. – Mejor por partes. Por partes parecía más fácil. Como el cadáver ese descuartizado, había sido más fácil por estar partidito. – Sentimos dolor. Nuestra sensibilidad no funciona exactamente como la humana. Nuestro sistema somático sensorial se modifica una vez te mueres. Tenemos tacto discriminativo, propiocepción y nocicepción. – Aquí, el diccionario con patas: Charlie L. Harrington. – Lo que nos falla es la sensación térmica. Frío y calor… Para poder sentirlo es necesario que tu cuerpo tenga una temperatura y toque algo más frío o más caliente que su temperatura. Nosotros no tenemos temperatura, así que… No podemos notar si hace frío o hace calor. – Se encogió de hombros, no era algo que le importase demasiado actualmente. – Lo de ser iguales… Es relativo. Somos parecidos. Nos alimentamos de sangre humana, no podemos sobrevivir bajo el sol, no comemos comida con ajo… Lo último es broma. – Rió, adoraba los estereotipos. – No nos hacemos viejos, pero sí podemos morir de otras causas, no podemos reproducirnos… Al menos no de esa manera. – Simuló en su mano la escena introduciendo su dedo índice por el hueco de la mano opuesta formado por el índice y el pulgar. – ¿No estudiáis nada en esos colegios vuestros o eras una alumna terrible? – Preguntó con cierta ofensa por tener que estar contando tantas cosas. – Y sí sentimos emociones. Pero cuando llevas doscientos años vagando por el mundo acabas aprendiendo a tomártelas de otra manera.

Iba a seguir contestando pero teniendo en cuenta que Samantha se había quedado dormida, no lo siguió haciendo.

- Hija de puta, y para esto hablo yo. – Se levantó de un brinco y fue en dirección a la puerta para comprobar que, efectivamente, ya estaba la comida esperando ahí fuera. Cogió la bandeja y la dejó en el interior, colocada sobre una pequeña mesa que se encontraba llena de libros y documentos para ponerse a leer y garabatear en las hojas mientras Sam dormía.

* * *

Colgó el teléfono y se acercó rápidamente a donde se encontraba Sam, quien había estado durmiendo las últimas cinco horas. No lo pensó ni por un segundo, tambaleando el cuerpo de Sam sujetándola por el brazo derecho.

- ¡Tenemos que largarnos de aquí! – Dijo notablemente alterada. – Son las nueve de la mañana. No puedo ayudarte a salir fuera. – Señaló por la ventana, la cual estaba aclimatada para que no entrase la luz del sol por lo que no se veía lo que quería señalar Charlie. – Ya ha amanecido. Pero puedo ayudarte a salir por los túneles. Abajo hay una red de cloacas. No huele muy bien, pero es la única forma de salir a no ser que puedas aparecerte ya. ¿Puedes? – Preguntó con vana ilusión esperando que dijese que sí.
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Sam J. Lehmann el Mar Abr 03, 2018 4:23 am

Como las necesarias... no muchas. —¿Sabíais lo pesadas que eran las judías? Te comías un plato de eso y ya está, te convertías en una expendedora móvil de pedos, por no contar de que si comías un poquito más de la cuenta, sentías que había un yunque en tu estómago que amenazaba con simular un embarazado de tres meses. No, Sam no era muy fanática de las judías, la verdad... pero se las comía porque bueno, eran tan válidas como otra cosa y de sabor no estaban tan mal. —¿Un año? O dos... no estoy segura. —Ahora mismo no estaba segura ni de su nombre completo ni de dónde vivía, ¿vale? Por estar segura, no estaba segura ni del propósito de esta vida tan dolorosa e injusta. —¿Qué? ¡Claro que no! —Tosió, de la emoción repentina. —Mi amiga mató a un hombre que destrozó mi vida y pretendía seguir destrozándomela hasta morir. No fue un personaje de relleno en mi vida. Fue el antagonista principal. Y por lo que hizo por mí, estoy dispuesta a hacer cualquier cosa por ella —le explicó, para entonces negar con la mano. —No quiero un suplemento de proteína, estoy bien. Lo que me falta no son proteínas, ¿vale? Me falta sangre y ganas de vivir, eso es lo que me falta —bromeó esta vez ella, sonriendo débilmente.

Cuando le pidió el teléfono, o que llamase—pues en verdad Sam no quería hablar con Caroline ahora, en su estado de decadencia—se sorprendió de su temple. 'Pues claro' contestó. No es tan claro, ¿vale? Había magos retrógrados que todavía no tenían smartphone, ¡así que perfectamente un vampiro que conoció a Jesucristo puede perfectamente haber renegado de la tecnología! —Gracias... —Y miró el móvil durante un buen rato, confundida. Como llamase a Caroline, eso iba a ser una catástrofe catastrófica, por lo que lo mejor es que la agregase y le hablase por el WhatsApp con un mensaje conciso, preciso y que revelase toda la información necesaria y posible. Alrededor de cinco minutos después, más o menos lo que tardó el móvil en hacer que el número de Caroline se registrase como 'Amiga de moribunda #1' en el móvil de Sam, nombre escrito por la misma Jota, y otros cinco minutos más en donde tardó en pensar y escribir el mensaje elegido... Todo estuvo listo.


No hacía falta poner quién era, pues el icono del cerdito lo revelaba bastante bien. Eso sí, era un mensaje un tanto confuso. Parecía serio, pero el Posdata carecía la seriedad necesaria. Aunque mejor. Era mejor que Caroline se pensase que Sam estaba por ahí de parranda con Gwen a que pensase que de verdad estaba medio muerta frente a una vampiresa.

Y eh. eh. Que sí que atendió a lo que decía, ¿vale? Quizás no con todo lujo de detalles, pero la voz de la vampiresa fue la encargada de hacer que se durmiera por completo. Eso sí, le gustó una cosa que dijo casi al final, en un estado en donde ya ella no sabía si lo había escuchado o se lo había inventado: 'Pero cuando llevas doscientos años vagando por el mundo acabas aprendiendo a tomártelas de otra manera.' No sois conscientes de las ganas que le entraron en ese preciso momento de tener fuerzas, varita y la suficiente persuasión como para convencer a aquella vampiresa de que por favor le dejase meterse en su mente. De repente, sintió una curiosidad maravillosa por saber como era capaz un vampiro de percibir la vida. O, en su caso, 'la muerte viviente' y cómo se expresaban con esas emociones. Pero claro... tanto fue lo que vagó por su mente la idea, que terminó cansándose a sí misma y quedándose dormida en cuestión de segundos.

***

Se despertó con un susto horrible cuando de repente sintió como Charlie le zarandeaba. No se levantó por el zarandeo, sino más bien por todo lo que le dolió el cuerpo con ese movimiento. Arrugó el ceño, sentándose en la cama todo lo rápido que pudo en su estado debido a la prisa que parecía tener su ángel guardián muerto. Sintió como la cabeza le daba vueltas, así como la mirada se le quedaba totalmente negra. Aún así, sin ver nada, habló después de escucharla. —No tengo varita, Charlie, no puedo desaparecer. Y con la que tengo he dejado a un señor retrasado y convertido en pollo para probablemente toda su vida, así que no me fío... —contestó con voz de Manolo Suárez, carraspeando al final, pues estaba seca y quería recuperar cuanto antes su voz femenina. Se sentía super desorientada, pues todavía no podía asumir en donde estaba ni por qué. Recordar lo de la noche anterior casi parecía una pesadilla más que realidad. Luego notaba todo lo que le dolía le cuerpo y ya se daba cuenta de lo real que había sido todo.

Se levantó ella solita—sintiéndose orgullosa de sí misma—y se acercó a la bandeja en donde estaba la supuesta cena de ayer, acompañada de un vasito de agua. Se bebió el agua como si fuese el elixir de los dioses, capaz de restaurar la voz y la vida. —Pues por la cloaca, entonces. Siento haber dormido tanto, podrías haberme despertado… —Entonces se dio cuenta de que parecía apurada y no sabía por qué. Ella seguía super cansada, pero al menos ahora tenía ganas y energías de moverse y salir de ese sitio tan horrible. Porque sí, Charlie era un person... un ser maravilloso, pero ese lugar para ella era ya un lugar de horrible. —¿Tenemos prisa? Parece que tenemos prisa.
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Charlie L. Harrington el Mar Abr 03, 2018 7:42 pm

¡Aquella mujer estaba loca! Comía lechuga con la cantidad de variedad de alimentos que podía llegar a ingerir. No tenía la más remota idea de lo que era estar muerta y no poder alimentarse de otra cosa que no fuese sangre. Al menos los zombies – en el hipotético caso de existir – se alimentaban de carne humana y por lo menos podían decidir qué parte del cuerpo ingerir. Que si una pierna, que si el hígado, que si los sesos… Pero la sangre era aburrida. Su sabor era adictivo y placentero para cualquier vampiro, por supuesto, pero carecía de variedad. A no ser que se hiciese una morcilla con ella, pero tampoco era algo que ningún vampiro que Charlie conociese hubiese llevado a cabo. Por ahora.

- Ah. Entonces tiene sentido, sí. Pero matar está mal Samantha, ¿Lo sabías? Está castigado por la biblia. Es un pecado de esos de los importantes. De los más chungos. – Charlie L. Harringont, experta en usar palabras que cree que están de modas para no sentirse desfasada o como una vieja en el cuerpo de una treintañera. – Bueno, ¿Pero los magos no tenéis policía? Aunque claro… Ahora la cosa está complicada con los vuestros… Nunca entenderé la política. ¿Sabías que los ingleses han votado para irse de la Unión Europea? ¡Qué barbaridad! Yo pensaba que saldría el no pero… Nada, nada. Ni con el voto de los inmigrantes legales como yo hemos conseguido seguir siendo europeos. ¿Y los escoceses? No tenían suficiente con faldas y gaitas que después de querer irse de Reino Unido, votan que no a irse de Europa, y les obligan a irse. Eso sí que es una desgracia y no tener falta de proteínas por… - Miró a Sam de arriba abajo. - ¿Qué te habían hecho exactamente? – No era evidente, no.

Le tendió el móvil a Sam. O más bien se lo lanzó con suerte de no darle en la cabeza y dejarla más fuera de lugar de lo que ya estaba. Por suerte para Sam, Charlie no podía leer la mente y no tenía ni la más remota idea de que pensaba que podía haber vampiros que renegasen de la tecnología. ¡Porque Charlie la adoraba! Era fan incondicional de la tecnología muggle. Tanto que incluso tenía una cafetera, un exprimidor y una tostadora en su propia habitación. ¡Y eso que no los había usado en su vida! Es más, no tenía ni café, ni naranjas, ni tostadas. ¿Y le importaba? Ni lo más mínimo. Ella era feliz.

* * *

¡La varita! Charlie se quedó mirando a Sam con cara de “¡la cartulina!” para luego recordar que la varita era ese palo de madera tan extraño que los magos llevaban siempre consigo y que, a pesar de estar amargados, no tenían metido por el culo. Sorprendente, pero cierto. Y es que para los vampiros los magos no eran más que seres que se las daban de superiores por creerse los malditos padrinos mágicos pero sin vestir de rosa y verde. Sólo con túnicas de lo más horteras.

- ¿No te vale para irte? No tiene que ser muy complicado. Es como… Teletransportarse. ¡Cualquiera puede hacer eso! – Frunció el ceño mirando a Sam. - ¿No? – Pero la respuesta era un evidente y rotundo no y no hacía falta que alguien contestase para hacerlo más evidente de lo que ya era.

Charlie había pasado las horas anteriores leyendo, jugando al Candy Crush y haciendo Sudokus, aunque aquello fuese muy del 2000. No tenía nada mejor que hacer mientras su cama – la cual carecía de uso alguno – estaba siendo ocupada por Sam, quien parecía más un cadáver que alguien que estuviese dormido.

Poco antes de despertar a la chica, había recibido un aviso de uno de los trabajadores del hotel sobre una revisión de todas las habitaciones de los trabajadores tras encontrar restos humanos en el congelador. ¡Restos humanos en un hotel lleno de vampiros, que barbaridad! Pero sí, había resultado ser una barbaridad para los dueños del hotel porque la persona que lo había hecho ni lo había envasado, puesto fecha de uso preferente ni mucho menos descripción del sujeto por si alguno era reacio a comer carne de hombre o mujer, blanco o de color, rubio o moreno… Sí, de haber puesto todo correctamente no estarían en aquel problema.

- No hacía falta que te despertase. Ahora sí. Ahora no puedes descansar, tenemos que irnos. – Cogió las cosas de Sam y cargó con ellas para írselas lanzando según ella misma salía de la habitación. Miró de un lado a otro y puso pies en polvorosa indicándole a Sam que saliese de la habitación.

Recorrieron el primer pasillo con suerte de no toparse con nadie. El segundo igual. Y cuando fueron al tercero, Charlie empujó a Sam sin mucho cuidado contra la pared de manera dramática casi cayendo en el intento. Porque Charlie se caía más de lo que parecía aunque por suerte media metro cincuenta y no estaba demasiado lejos del suelo.

- Por ahí. – Señaló en apenas un susurro, señalando una puertecita mucho más baja y pequeña que el resto que durante años se había usado para el trabajo de los elfos domésticos que ya no trabajaban en el hotel, por lo que pasar por ahí se hacía tedioso por lo agachado que había que estar. – Busca la palanca. – Indicó Charlie mientras tocaba las paredes una vez llegaron a una habitación completamente a oscuras.

Y la encontró.

El suelo se deshizo bajo sus pies y comenzaron a caer aunque justo antes de darse de bruces contra el suelo frenaron en seco para, seguidamente, caer apenas unos centímetros más y encontrarse con el suelo.

- Tienen que estar por aquí. – Pensó en voz alta, intentando dar con la puerta que llevaba directamente a las cloacas que buscaban.
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Sam J. Lehmann el Miér Abr 04, 2018 12:14 am

¿Una vampiresa que mata gente y chupa sangres para vivir le estaba hablando de que la biblia castigaba el asesinato? ¿En serio? ¿A una lesbiana? Ella entraba en una iglesia y se prendía fuego por tamaña herejía contra naturaleza. ¡Para la biblia eso seguro que era mil veces peor que incluso matar! ¡Sobre todo si era por defensa propia! Menos mal que luego se puso a hablar de que Inglaterra quería salir de la Unión Europea y no sé qué de los escoceses y sus faldas. De hecho, divagó tanto que cuando llegó a la pregunta final, volviendo misteriosamente al principio de la conversación, Sam se quedó mirándola durante un buen rato, intentando descifrar a qué se refería. Los escoceses no le habían hecho nada nunca. —A ver, es sencillo, Charlie... El hermano de éstos dos me quería matar, así que como mi amiga no quería que me matase, ella me salvó la vida, matándolo a él. Podría decirse que fue en defensa. Si él no llega a querer matarme, no lo hubiera matado mi amiga. —¿Tiene lógica, no? Confirmamos. No le iba a contar todo el rollo detrás de los Crowley, básicamente porque no tenía ni ganas ni fuerzas. —No tiene más. Así de mal va el mundo, que todo se resume o a matar o a que te maten...

La tristeza del ser humano y el hedor de la sociedad en la que vivían. Así te hacían ser; y así te hacían actuar. Y lo peor de todo es que o te adaptabas... o te adaptabas. Era increíble la de libertad que te daban para elegir.

***

Qué linda Charlie, pensando que los magos eran tan poderosos como para poder teletransportarse cual Jumper alrededor del mundo con tan solo pensar en una ubicación, sin necesitar una varita de por medio, o la seguridad de no aparecerte en un lugar en cuyas mismas coordenadas hubiese otro objeto con el que pudieras unirte en simbiosis y morir. O las posibles desparticiones. Quién fuese Jumper. Y claro, como ninguna de las dos era Jumper, sino una vampiresa muy simpática y una maga en decadencia sin varita útil, ergo, una humana inútil, la única opción plausible era salir de la habitación en busca de una salida secundaria. —¿Pero qué ha pasado? —preguntó, saliendo tras ella mientras intentaba atrapar las cosas que Charlie le iba tirando, lo cual era bastante gracioso, pues el setenta por ciento de las cosas cayeron al suelo y, ver a Sam, cual vieja dolorida, agachándose a cogerlas, fue bastante divertido. Y doloroso para ella, claro.

Se puso una camiseta holgada que Charlie le había prestado y el roce con la cura de las heridas de su espalda hizo que le diese hasta grima ponerse ropa, sin embargo, aprovechándose de las pocas energía que había recuperado, no se quejó y siguió a la vampiresa de manera obediente.

Por casi no se muere del susto cuando, en una perfecta expedición de espías por el hotel en donde reinaba el silencio y la tensión, Charlie le empujó contra una pared dramáticamente. Se tapó la boca ella misma al notar como se daba contra la pared con todas sus heridas. No llores. No grites. No hagas nada. Solo perdona a la vampiresa que te ha salvado la vida. Perdónala. Sé fuerte. Tú puedes. Asintió a su orden y la persiguió, entrando por una puerta tamaño Hobbit por la que tuvieron que agacharse bastante, sobre todo Sam, que ahora mismo no le encontraba utilidad a su altura. —Una palanca... una palanca...

Buscó la dichosa palanca, con miedo. Con las manos en alto, en una habitación a oscuras, una se esperaba tocar cualquier cosa turbia y miedo le daba encontrarse con algo viscoso, puntiagudo o... imaginaros, que de repente tocáis... yo que sé, una teta. O una nariz. O un pie. ¿Sabéis lo turbio y confuso que sería tocar un pie? De repente Sam dejó de palpar cosas, por miedo a encontrarse con una cabeza o una columna vertebral. Teniendo en cuenta lo que había pasado ayer en ese hotel, ya se esperaba cualquier cosa. Sin embargo, se escuchó repentinamente un 'click', a lo que Sam asumió que ella había encontrado la palanca. ¿Lo que vino después? —¡Charlie! —Y ya, vio su vida pasar por delante de sus ojos. No sabía a dónde iba eso, pero iba muy rápido. Y si Sam no se moría del infarto, estaba segura de que se moriría cuando llegase abajo por pereza a sufrir más todavía. Lo que le faltaba, morir en las cloacas de un hotel mientras intenta escapar. La inutilidad hecha persona.

Sin embargo, a pesar de tanto drama repentino, pararon de golpe con suavidad, haciendo que algún protector mágico las dejase suavemente sobre terreno llano y sólido. Sam respiró con tranquilidad, valorando la vida más que nunca. Bueno, con la experiencia que acarrearía en sus hombros a partir de ahora, creo que Sam iba a valorar la vida mucho más a partir de ahora. —¿Tienen que estar por aquí? ¿Quiénes? ¿Hay personas aquí abajo? —De repente una idea peor y mucho más lógica le apareció por la mente. —¿Más vampiros? ¿Todos los vampiros son igual de simpáticos que tú, Charlie? No, ¿verdad? —Lo dudaba. Sam había tenido ya algunas experiencias con vampiresas y... eran todas unas zorras. Si es que no mentía cuando decía que Charlie parecía humana, ¿pero es que la habéis visto? ¡Es monísima! Una persona que bebe sangre de humano no puede ser tan mona. Pero bueno, quería pensar que la gente de ese hotel era más simpática en su condición de cazadores nocturnos. —¿O hablamos de cosas malas ocultas bajo este hotel tan turbio? Charlie... —La volvió a llamar, sujetando una varita entre sus dedos que podría hacer más catástrofes que ayudar en cualquier situación. —¿Hay algo malo aquí abajo? ¿No, verdad?

La mente curiosa de Sam ya se esperaba cualquier cosa. Hasta cosas irreales o totalmente extravagantes, propias de científicos locos del Área-M. Tal y como estaba todo, hasta le parecía lógico y sensato pensar que ahí abajo habrían ratas vampíricas o algo. Y eso le heló la sangre. Las ratas ya eran horribles y asquerosas, imaginaros a esos asquerosos animales atacándote con tal de moderte el tobillo y desangrarte. —Charlie. —Volvió a decir, desgastándole el nombre. —¿Suelen ser las cloacas un sitio recurrente para la huida de personas en este hotel? —Preguntó, persiguiendo a la vampiresa justo por detrás, bien pegadita. Ella era rubia, ¿vale? En una película de miedo sería la primera en morir. Básicamente porque la otra no podía morir porque ya estaba muerta.
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