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EVENTO DE NAVIDAD // Departament of missing socks [Leonardo Lezzo]

Fiona T. Shadows el Lun Dic 18, 2017 4:39 pm


Abres un paquete con el mejor de tus sonrisas. Imaginas que tus padres, quién ya te conocen desde hace casi treinta años, habrán acertado en ese regalo de Navidad que tantos meses llevas repitiendo que quieres. La ilusión forma parte del momento en el que los paquetes comienzan a abrirse, momentos en los que imaginas que la gente habrá puesto el mismo cariño e ilusión a la hora de envolver tu regalo. De comprarte ese regalo que tanto deseas. O, al menos, algo que esté dentro de tus gustos. Te ilusionas aún más al ver como un pequeño bebé – que nada más y nada menos resulta ser tu hija – abre su paquete y juega con el papel de regalo entre sus dedos, incluso dándole puñetazos de una manera infantil y carente de maldad o fuerza alguna. La sonrisa crece al ver que el interior del paquete hay un móvil para la cuna con diferentes figuras que se mueven a su gusto por su propia decisión: un grupo de jugadores de Quidditch de pequeño tamaño que sobrevolarán su cuna y perseguirán una snitch dorada rompiendo con las reglas del juego donde sólo un jugador de cada equipo se encarga de ello. Viendo un paquete tras otro esperas encontrar algo bueno para ti.

Pero no.

Unos malditos calcetines.

Calcetines.

Y no es sólo el hecho de ser calcetines. Es que encima eran feos. Pero feos como un demonio. Más feos que Poring Poi recién levantado tirando la papila de frutas de Gabriella sobre la ropa recién lavada. Así eran esos calcetines con motivos navideños, y es que incluso lucían como si fuesen un maldito árbol de Navidad, ¿Acaso su madre había pensado que sus pies eran algo así como un árbol de Navidad? ¿Acaso no sabía que los pies y los árboles solo tienen en común la planta? No, parecía que veintinueve años de regalos no eran suficiente para comprender que los calcetines no eran un buen regalo de Navidad y mucho menos cuando eran más horteras que Albus Dumbledore. Y es que Fiona tenía aprecio al gran mago pero, por Merlín, es que no sabía vestir el pobre hombre.

- Eh. – Dijo molesta apartándose del camino de un elfo doméstico que corría por la tienda con un par de bragas de abuela en cada mano yendo directo al mostrador para hacer una devolución.

La fila parecía no acabar nunca y es que ya hacía dos horas que estaba en aquella pequeña tienda situada en el centro de Londres. Se trataba de una pequeña tienda frecuentada por fugitivos y donde estos trabajaban. Y su madre no había tenido otra idea que comprarle ropa en una tienda donde, además, podía resultarle peligroso estar por si hacían una redada. Pero no importaba, Beberly era así de inteligente. Una mujer con dos dedos de frente y media nuez de cerebro. Eso estaba claro.

Y Fiona ya comenzaba a echar humo por las orejas del aburrimiento que tenía. El agobio por el calor que hacía en la tienda y por el hecho de llevar a Gabriella sobre su regazo que, por suerte, colgaba en una mochilita para bebés y se había quedado dormida jugando con el jersey de su madre, llenándolo además de babas. Pero eso no importaba si tenía en cuenta que se había dormido y había dejado atrás esos gritos desesperados que le hacían a Fiona no pegar ojo durante la noche y plantearse el suicidio durante el resto del día.

-¡Leo! – Atinó a decir Fiona al ver a uno de los fugitivos del refugio no muy lejos de donde se encontraba. Ni corta ni perezosa (y eso que era de naturaleza vaga de nacimiento) se acercó a donde estaba el chico quitándose de encima a un par de personas de aquella larga fila que parecía que jamás iba a llegar a su fin. - ¿Qué haces por aquí? – Preguntó acomodándose delante. Sí, acababa de colarse en la fila descaradamente y esa era la única razón por la que se había acercado a aquel chico. Y por aburrimiento, que el aburrimiento es muy malo.
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Leonardo Lezzo el Sáb Dic 23, 2017 6:55 pm

La navidad es esa época feliz en la que las familias se reúnen, todo es amor, paz y comilonas. Para Leo la navidad nunca había tenido demasiado sentido. Cuando todavía iba al colegio tenía que soportar como sus compañeros de clase presumían de sus regalos. El padre de Leo no creía en los regalos, ni en la navidad, así que obligaba a toda la familia a no celebrar nada. Por suerte, Briana siempre compraba algo a su hijo. Algo pequeño pero valioso. Una pequeña caja de muñecos de playmobil, un disco de rap, una película sobre deportistas... Pero este año, y sin ninguna carga porque Mael estaba muerto y enterrado, Leo tuvo que prescindir de la navidad. No podía viajar a Italia, tenía miedo de que le siguieran y poner en peligro a su madre y a sus abuelos. Les puso como excusa que iba a pasar su primera navidad con su novia. Su imaginación no servía para mucho más.

Briana, ilusionada con la idea de que su hijo tuviese una novia, se las ingenió para hacer llegar unos regalos a Leo e Yvette. ¿Qué regalo es el idóneo para un hijo y una futura nuera? La madre de Leo decidió que unos calcetines navideños que hacían parecer un árbol de navidad a tus pies, y además cantaban. Aquello era horrible. El chico agradecía el detalle, y más en tiempo de frío, pero era imposible ponerse aquellos calcetines sin que cantasen el repertorio entero de villancicos. No podía hacer otra cosa más que cambiarlos. El dinero le iría bien. Aquellos calcetines inútiles solían ser caros. Por suerte para Leo, ahora conocía más gente dentro de la Orden y a más refugiados. Solo tuvo que preguntar a un par de personas para saber dónde ir a devolver aquellos regalos. Con suerte luego podría tener una cena decente.

La tienda estaba abarrotada de magos, brujas y elfos. Aquellos pequeños seres iban de un lado a otro estresados. Demasiadas devoluciones. Leo se puso a la cola, había mucha gente. Todo el mundo quería devolver algo para comprarse lo que de verdad quería. Nadie quiere que sus pies canten y parezcan árboles de navidad. Es desagradable e incómodo. De pronto una voz le llamó. Una mujer con una niña dormida se le acercó, saltándose la fila un par de lugares o más. - Hol...hola. - Leo no se acordaba del nombre de aquella mujer. La había visto en la fiesta de Halloween de la Orden. El padre de la criatura le preguntó si su hija era bonita o algo así. Parecía muy contento con la idea de tener una hija. El chico mostró los dos pares de calcetines. Unos verdes, y los otros de color rosa. Yvette no iba a estar disponible para aprovechar su regalo, de modo que iba a devolverlos también. - Quiero cambiar estos regalos. ¿Y vosotras? ¿No es demasiado peligroso estar aquí con una niña pequeña? - Con su pregunta el fugitivo estaba dando a entender que igual era una madre un tanto descuidada. Aquella tienda era frecuentada por fugitivos, y en cualquier momento podían pillarlos. Las ganas de poder comer una sopa minestrone con pollo de verdad valían arriesgar el pellejo de aquel modo, es navidad.
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Fiona T. Shadows el Dom Ene 07, 2018 1:49 pm

Había practicado la conversación frente al espejo más de diez ocasiones pero, cuando se encontró ante su madre, no pudo decirle que aquel regalo era una soberana mierda y que se hiciese cargo de su hija mientras ella iba a descambiarlo. Y, teniendo en cuenta que había hecho creer a Drake que si salía del refugio moriría al instante a manos de un falso juramento inquebrantable, tampoco podía mandarle a él a hacer el cambio de regalos. Por ello optó por ir por su propio pie, por su cuenta y riesgo, en dirección a la tienda donde su brillante madre –no tan brillante como los calcetines – había comprado su regalo de navidad.

- Lo mismo. ¿Te puedes creer  que con casi treinta años mi madre me siga regalando calcetines así de feos? – Preguntó mirando los calcetines de Leo, los cuales no eran muy diferentes a los suyos propios. E incluso el estridente sonido al cantar que producían parecía ser exactamente igual. Eso o Fiona ya escuchaba todos los villancicos exactamente iguales al anterior.

¿Demasiado peligroso? Por Merlín, era una tienda. Ah, ese detalle. Fiona no le daba demasiada importancia a estar en un lugar frecuentado por fugitivos. Teóricamente era una tienda donde tenía acceso cualquiera que entrase sin ser fugitivo o siéndolo, por lo que una redada por parte del Ministerio solo serviría para decir que estaba en mal lugar en el peor de los momentos y que sólo iba a cambiar un regalo que alguien envió a su casa, posiblemente su ex marido. Y es que Fiona hablaba de Drake como un ex cuando no estaban divorciados. ¿Cómo te divorcias de alguien cuyo paradero, supuestamente, desconoces?

- No creo que vaya a despertarse con tanto ruido, ya está curada de espantos con las viejas pesadas del refugio que no paran de hablarle. – Aquello para Gabriella ya parecía una puñetera nana, y es que era oír la voz de aquellas señoras y cerrar los ojos hasta quedarse dormida como el bebé que era. - ¿Los rosas también son tuyos? Anda que ya le vale a quién te los haya regalado, encima darte unos de chica también. ¿O son de tu novia? ¿También está en el refugio? – Preguntó Fiona quien ya, por aburrimiento no sabía, ni que hacer. – En cuanto a lo de estar aquí con ella… ¿Lo dices por los apestados como tú? –Preguntó  moviéndose levemente para cambiar el peso hacia el hombro izquierdo. – Que sepas que mientras venía se me ocurrió un plan. Tengo uno de esos bolsos con hechizo superextensible donde entra de todo así que sólo tengo que meter ahí a Gabriella un rato y fingir que he venido con resto de Aurores a daros caza. Finjo un poco que intento capturaros y ¡Bom! Trabajo hecho y tapadera cubierta. ¿No es un buen plan?

Una señora, con bastante mal carácter, pasó a su lado quejándose del tiempo que llevaba en la fila para el mal trato que había recibido una vez había llegado a la caja.

- ¡Elfos tenían que ser! ¿Quién los necesita? Tú dales la mano y te agarrarán del cuello hasta ahogarte. Esos asquerosos bichos…

Su marido, que iba por detrás de ella intentando ganarle terreno debido a su corta altura y lo poco que le daban de si las piernas, intentaba tranquilizarla.

- Gladis, tranquilízate. Sólo te ha llamado… - Bajó el tono de voz tanto que ni el cuello de su camisa llegó a escuchar eso.

- ¡Sangre sucia! ¡Un maldito elfo doméstico me ha llamado sangre sucia a mí! – La mujer gritaba, conmocionada por la situación ante la mirada curiosa del resto de la gente que había en la fila.
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Leonardo Lezzo el Vie Ene 12, 2018 12:30 am

El chico esperaba pacientemente su turno. No tenía nada mejor que hacer, pero a su vez hubiese preferido estar en mil sitios diferentes a aquella tienda abarrotada. La gente empezaba a impacientarse. La cola era larga, y muy pero que muy lenta. ¿Cuánto tiempo cuesta cambiar un regalo por otro o por dinero? Parece simple. Llegas al mostrador, avisas de que quieres cambiar tu prenda, y te dan el dinero. Como mucho, pueden pedirte algún tipo de explicación. Leo eso lo tenía claro. Iba a decir que no le habían acertado para nada el estilo, que él era más de calcetines que no cantasen. Y los que eran para Yvette, lo mismo. A ella no iba a poder dárselos, y en este momento estaba muy necesitado.

Una mujer le habló. Leo reconoció a la niña. En la fiesta de Halloween de los fugitivos un hombre iba paseando con esa niña en brazos. Pensó que la mujer sería la madre de la niña. Muy simpática empezó a hablar con él, aprovechando que se había colado unas posiciones, y le preguntó qué hacía allí. Leo, sonriente, contestó sin tapujos. También la mujer quería cambiar unos calcetines. - Deben ser el regalo estrella de estas navidades, calcetines feos. - Los de ella eran feos, del mismo estilo que los de Leo. Como para no devolverlos... El chico también preguntó, añadiendo que era peligroso estar con una niña pequeña en un lugar frecuentado por fugitivos. El gobierno está tan perdido que incluso serían capaces de matar a los niños. La mujer alegó que la niña estaba dormida, como si eso la fuese a salvar de todos los males. Entonces, agotada la conversación inicial, preguntó por los calcetines de color rosa. Los de Yvette. Leo no sabía donde ponerse. - Mi madre los mandó para mi novia. Pero ya no... Tuve que escapar. Ella se fue al extranjero. Dudo que vaya a necesitar estos feos calcetines. Así que los voy a devolver, y con suerte me compro algo rico para la cena. - Puso cara de circunstancia y observó aburrido la fila, que no avanzaba.

La mujer volvió a hablar. Esta vez para llamarle apestado, y le contó el plan que tenía por si venían a dar caza a los fugitivos. Tenía el plan muy bien pensado. Leo se fijó en que ella debía ser auror. - ¿Eres auror? ¿Estás de su parte? No lo entiendo. - Se quedó mirando a la mujer, entre enfadado y asustado. Quizás solo era una tapadera, de ese modo podía vivir en el mundo real sin tener que andar huyendo con una niña a cuestas. Pero el trabajo de auror se había vuelto muy rudo. Cazaban a los fugitivos para llevarlos a Azkaban, matarlos, o cosas peores. Leo no se imaginaba a aquella mujer delicada, madre de una preciosa criatura, atrapando fugitivos inocentes. Quiso separarse un poco, lo que le llevó a toparse con un elfo doméstico que le insultó. El chico se quedó parado. La tienda se había convertido en un campo de batalla. Un elfo doméstico destacadamente feo gritaba desde encima de una estantería. ¿Es una huelga? ¿Los elfos domésticos tienen derecho a eso? Otro elfo se puso a golepar un tambor de juguete, repitiendo una frase pegadiza. - ¿Qué ocurre? Se han vuelto locos. - Leo observaba aquello como si se tratase de una película, no podía ser real.

Otro elfo cerró la puerta, y otros muchos se pusieron delante de ella. Todos gritaban. La gente solamente quería devolver sus cosas, y aquellas criaturas se habían vuelto un tanto histéricas. - Vale, ¿tienes un plan para esto? - Le preguntó a la mujer auror que presumió antes de tener un plan por su venían los aurores a cazar fugitivos. Leo quiso acercarse a un elfo que había cerca, para tratar de calmarlo. - Lo siento, ha debido ser un día duro. La mayoría solo queremos devolver unos regalos que no nos gustan. ¿Podría ser posible? - La pequeña criatura le tiró a Leo unas bragas gigantes a la cara, y salió corriendo hacia donde estaban los otros elfos, delante de la puerta de la tienda. Les habían encerrado.
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Fiona T. Shadows el Sáb Ene 13, 2018 12:09 pm

Que los calcetines eran feos era algo innegable. Sólo había que tener ojos en la cabeza como para apreciar que ni siquiera los colores estaban en sintonía entre ellos. Es más, parecía que un niño de cinco años había cogido colores aleatorios de su caja de rotuladores para hacer trazos con ellos sobre trozos de lana, porque ni siquiera daba la impresión de que estuviesen cosidos hilos de diferentes tonalidades.

- Oh, lo siento. Espero que al menos ella esté bien. ¿No seguís en contacto? – Había muchas personas que dada su condición de fugitivos habían tenido que alejarse de sus familiares y amigos hasta el punto de fingir su propia muerte o, simplemente, alejándose tanto de ellos que morir parecía ser exactamente lo mismo que la situación en la que se encontraban por aquel entonces. - ¿Sangre sucia, traición o qué gilipollez de turno te ha tocado? – Preguntó haciendo referencia a su condición de fugitivo y es que tanto el término como traidor sonaban tan estúpidos que no dudó en añadir la gilipollez de turno como una variante más de aquellos términos tan mal usados por el nuevo régimen.

El hecho de ser miembro activo del cuerpo de Aurores pareció sobresaltar a Leonardo, quién no comprendía, aparentemente, por qué Fiona trabajaba aún para el Ministerio de Magia. Casada con un fugitivo y trabajando para la Orden del Fénix, ¿Aún se preguntaba por qué?

- Claro que no estoy de su parte. Sino no estarías vivo, soy buena con la varita, ¿Sabes? Aunque quizá Gabriella se interpondría en mi camino de cazarrecompensas que quiere poner tu cabeza como decoración sobre la chimenea. – Le miró de arriba abajo, de manera divertida. -No te ofendas, pero tu cara no quedaría bien en mi salón. – Fiona no se tomaba las cosas demasiado en serio hasta que la situación se torcía tanto que, de no hacerlo, podía acabar muerta. También era cierto que desde que había sido madre era algo más seria y tenía más en cuenta su propia seguridad. Pero en aquel ambienta desenfadado, rodeada de fugitivos y al margen del nuevo régimen se sentía incluso relajada. – A veces la forma más fácil de no ser descubierto es estar en el lugar donde jamás te buscarían. ¿Qué idiota trabajaría para la Orden y al mismo tiempo para el gobierno? – Sólo una idiota como ella. – Además, necesitamos gente dentro, que sepa cómo funciona todo en el Ministerio de Magia, que filtre información y que ayude a los nuestros cuando les están dando caza. La mitad de los Aurores son nuevos y sin formación, es fácil engañarles. Se creen que por tener una calaverita que escupe serpientes en el brazo pueden capturar a cualquiera. Pero no, se equivocan. – Chasqueó la lengua y de veras que iba a seguir despotricando hacia el actual cuerpo de Aurores pero la mujer que pregonaba a los cuatro vientos el odio hacia los elfos domésticos y los elfos domésticos en sí se lo impidieron. – Son elfos, siempre estuvieron un poco locos. – Argumentó la castaña aprovechando el desconcierto general para adelantar un par de puestos en la fila.

Aquello no sirvió de mucho teniendo en cuenta que las cajas cerraron y los elfos tiraron las pilas de productos navideños en promoción que había sobre la zona de pago. Algunos incluso se subieron sobre sus cajas registradoras y comenzaron a patalearlas como si fuese algún tipo de baile en un extraño ritual satánico de invocación a la lluvia.

Fiona se apartó justo a tiempo al ver cómo un pijama de cuadros volaba a su lado, incluida la percha. Se escondió bajo lo que parecía un aparador repleto de bragas y calcetines navideños y tiró del brazo de Leonardo cuando el elfo doméstico ya le había atacado con unas bragas que, de lleno, impactaron en su rostro.

- El plan es permanecer en formación tortuga hasta que dejen de lanzar cosas. – Gabriella había comenzado a llorar y Fiona la aferraba contra el pecho haciendo breves movimientos para mecerla, algo que logró tranquilizar su llanto en cuestión de pocos minutos, pero sus ojos seguían abiertos lo cual significaba que en cualquier momento se aburriría y empezaría a llorar de nuevo. - ¿Ves la puerta? – Preguntó Fiona que, dada su baja estatura y su posición (con Gabriella encima) no podía llegar a verla, aunque de hacerlo sólo vería una puerta rodeada por los elfos domésticos que, con perchas y brazos de maniquíes en las manos, gritaban al unísono por las vacaciones de navidad de los elfos domésticos.
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Leonardo Lezzo el Miér Ene 17, 2018 10:42 pm

La conversación no estaba siento muy agradable para Leo. Que la mujer le preguntase por Yvette era doloroso. Sobre todo por la manera que tuvieron de despedirse. Leo llegó a casa y había una simple carta. La recién descubierta abuela de Yvette se la llevaba, sin más explicaciones. Cierto que el clima era tenso con el nuevo gobierno, pero Leo la hubiese defendido. Anteponiendo siempre su bienestar al de él. Pero no fue así, y hacía más de un año que no tenía noticias de ella. Era muy triste. - No seguimos en contacto. Cuando empezó todo esto su abuela se la llevó del país y no se nada más. Quizás no vuelva a verla nunca... - se notaba en su forma de hablar que no estaba cómodo con aquello. El fugitivo buscaba cambiar de tema cuanto antes. Pero ella insistía. Quería saber porqué la cabeza de Leo tenía un elevado precio. - Traición, ataque a la justicia y asesinato de inocentes. Sin ser yo nada de eso. Bueno, traidor si. El nuevo gobierno no coincide con mi manera de ver las cosas. Un mortífago casi me asesina, y tuve que escapar. Al día siguiente había carteles con mi cara tanto en pueblos mágicos como muggles. - Frunció los labios un tanto molesto por la situación.


La mujer dijo ser auror, pero si se veía en un apuro no dudaría en entregar a Leo a las autoridades pertinentes. El chico quiso saber si estaba de la parte del gobierno. No entendía muy bien su situación, hasta que lo entendió. Era una agente doble. Trabajaba para la oficina de aurores, como si nada hubiese pasado, pero a su vez pasaba información a la Orden. No es plan de convertirse en fugitiva teniendo un hija tan pequeña. Por suerte para ella, los nuevos aurores eran algo tontos. - Yo estudiaba para auror cuando tuve que dejarlo todo y huir. - Mientras los dos hablaban una revuelta entre elfos empezó a formarse en la tienda. Leo quiso convencer a un elfo de que siguiese trabajando pero le tiró unas bragas enormes a la cara. Por suerte la mujer tiró del brazo de Leo para esconderse los tres bajo un mostrador. Unas bragas enormes era lo más inofensivo que volaba por aquel local. El plan de la mujer era esconderse. Leo se levantó de nuevo para ver la puerta tal y como ella le había pedido. Los elfos habían empezado a crear una barrera delante de la puerta con maniquíes con vestidos navideños. - Esto es una pesadilla. - Dijo al volver a esconderse. La niña había estado llorando, y todavía estaba intranquila. Imposible dormir con el escándalo que formaban los elfos. Desde su posición podía ver como algunos elfos estaban atando al resto de empleados de la tienda. - Quédate ahí, hay que parar esta revolución. - Leo salió del escondite, y usando como escudo un peluche en forma de reno fue directo a la puerta varita en mano. Se escuchó un chasquido, y de pronto el chico estaba vestido con una funda de almohada. El elfo que había lanzado el hechizo, estaba vestido como Leo. Gritó al resto que a parte de derecho a tener vacaciones, tenían derecho a vestirse bien. El fugitivo volvió rápidamente bajo el mostrador. - ¿Cómo paramos esto? Están completamente locos. Y si, me ha robado mi ropa... - Se sentó como pudo, pues lo que llevaba puesto era como un vestido apretado. Daba la sensación de que en cualquier momento iba a reventar las costuras y se iba a quedar en ropa interior. Recordó el hechizo correspondiente, y cambio aquella funda de almohada por una bonita bata.
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Fiona T. Shadows el Jue Ene 18, 2018 10:13 am

A Fiona lo de leer entrelíneas nunca se la había dado especialmente bien por lo que tardó un buen rato en darse cuenta que aquel chico no se sentía especialmente cómodo hablando de su ex novia. Básicamente porque si se llevan a alguien de tu lado sin que puedas hacer nada, la gente tiende a sentirse incómoda al hablar de ello con personas con las que es la primera vez que cruza palabra alguna. Estuvo a punto de dedicarle un par de palabras amables e incluso que se fuese en su búsqueda si era lo que realmente quería, pero prefirió no meterse en la vida de nadie, especialmente cuando no le conocía nada y cuando, si era sincera, tampoco le importaba mucho si volvía con aquella chica o no.

Había cientos de personas en el Mundo Mágico que estaban siendo juzgadas y perseguidas por razones tan estúpidas que parecía tratarse de una broma pesada. A veces Fiona se preguntaba cómo había tanta gente que pudiese seguir ciegamente una idea que lo único que busca es dañar al máximo número de personas, pero sólo había que pensar en antecedentes como la Segunda Guerra Mundial para darse cuenta que aquello no era la primera vez que sucedía y mucho menos sería la última.

- Seguro que el ataque a la justicia también es cierto. ¿O simplemente huiste del Mortífago cuando intentó matarte? Ellos son ahora la justicia. Irónico, ¿Verdad? – Se encogió de hombros, sin darle demasiada importancia a algo a lo que ya se había acostumbrado. – El asesinato de inocentes será porque él mató a alguno y a ti te toca llevarte la culpa de sus platos rotos. Dame tu nombre y apellido, puede conseguirte toda la información que en el Ministerio tienen sobre ti. Por si quieres saber qué opinan de ti o por dónde te están buscando. – A Fiona le sonaba vagamente la cara de Leo pero estaba segura que era por verle por el refugio y no por los carteles que también había colgado por todo el Ministerio de Magia con el rostro de los fugitivos.

Si los Aurores antes eran algo así como la policía del mundo mágico ahora no eran más que la sombra de lo que habían sido. La mitad del cuerpo había muerto o desertado y en su lugar habían entrado a formar parte de él Mortífagos y seguidores del régimen sin formación ni ideas de cómo trabajar para garantizar la paz entre los ciudadanos. Aquella gente sólo quería ver el mundo arder.

- Te hubiese encantado. Antes de que todo esto se fuese a la mierda era un buen empleo. – Le aseguró. – Cuando todo esto acabe seguro que no necesitas terminar tus estudios, por todo lo que habrás hecho para cuando llegue el momento tendrás tu puesto en el Ministerio. – Sólo esperaba que aquello no sucediese en veinte años.

La aparición estaba bloqueada en una zona como aquella para impedir robos, pero también para impedir que el nuevo gobierno surgiese de la nada atacando a todos los que había allí reunidos. Eso hacía que la opción de irse de allí en un abrir y cerrar de ojos estuviese más que descartada.

- Te quedaba mucho mejor la funda de almohada. – Comentó a Leo cuando este volvió. Fiona había estado mirando por encima de los estantes cercanos lo que hacía pero su movimiento no había sido demasiado eficaz.

Apoyó la espalda en el mueble y miró hacia arriba, entrecerró los ojos intentando pensar hasta que la idea surgió en su mente.

- Vale, bien. Todos estos locales cuentan con una chimenea conectada a la red flú en alguna parte. Sólo tenemos que dar con esa chimenea y largarnos de aquí. ¿O quieres salvar al resto del mundo? Yo creo que en cuestión de unas horas se les habrá pasado la rabieta, pero no quiero pasarme aquí tanto tiempo. – Aseguró. – No es la primera vez que unos elfos organizan una huelga y te aseguro que nunca duran demasiado. El máximo que duró fueron dos días y hasta les dieron de comer y cenar con comida que ellos mismos cocinaron. – Eran elfos domésticos, no malditos duendes de Gringotts.
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Leonardo Lezzo el Jue Ene 18, 2018 11:45 pm

Había tenido mucho tiempo desde que aquel mortifago le atacó, pero no pensó en ningún momento en lo que la mujer le decía. Quizás aquel hombre mató a inocentes y le culparon a él. De modo que el cartel con su cara tenía algo de cierto. Los mortifagos se habían convertido en aurores, aplicando las leyes y siendo la justicia. El mundo tal cual lo había conocido Leo en sus primeros años como mago se estaba yendo al garete. Al chico aquello le afectaba, porque había perdido a su novia, a sus amigos, su carrera, y su vida. Veía el futuro muy negro, y temía no poder continuar nunca con su vida tal cual era unos años atrás. La mujer le preguntó nombre y apellido, para poder investigar sobre él en el Ministerio y saber si le buscaban, y por dónde. No dudó. Confiaba en la mujer, al igual que solía confiar en todo el mundo. Así había terminado. - Leonardo Lezzo Labruzzo. Fui un imprudente, estaba en el bosque de Hogsmeade practicando hechizos cuando dos de ellos se toparon conmigo y casi me matan. De hecho, me dieron por muerto. Cuando desperté intenté llegar a mi casa, lo habían rebuscado todo. Supongo que lo saben todo de mí. Más que sobre mí, me gustaría saber si están investigando a la familia de mi madre. Ellos son todos magos... El muggle era mi padre, y está muerto. - Respondió dando todo lujo de detalles. Quería saber más sobre la forma de actuar del Ministerio, pero sobre todo quería saber si su familia estaba a salvo.

Los que no estaban a salvo eran ellos. La tienda navideña se había vuelto una guerra de objetos voladores y elfos enfadados. Los magos nunca dan valor a esos pequeños seres que les sirven fielmente, y lo peor es que su magia es muy poderosa y tienen suerte de que no la usan para el mal. Entre confesiones de todo tipo, Leo le contó que él quería ser auror. La mujer lo era, aunque no como los aurores de antes. El trabajo de ahora es mucho más duro ya que el significado de justicia a cambiado tanto. Ella le dio esperanzas. - Quiero que esto termine pronto. Y me gustaría terminar mis estudios. Estoy muy verde todavía. Necesito clases de Defensa por un tubo. - Contestó con media sonrisa. Sin ir más lejos, un simple elfo le había despojado de su ropa y lo había vestido con un saco.

Leo quería parar aquello. Habían atado a los empleados humanos, y gritaban consignas de guerra. El chico no creía posible que los elfos se hubiesen organizado de aquella manera ellos solos. Siempre parecen felices siendo serviciales. No se plantean que puedan tener derechos. Alguien les ha tenido que meter esas ideas en la cabeza. Leo no sabía que hacer. Confiaba en que la auror tuviese mejores ideas. De hecho, las tenía. Explicó que había una red flú en algún lugar, pues era la única manera de llegar a una tienda mágicamente. Obviamente, era imposible desaparecer dentro de una tienda. Los robos serían demasiado continuados. Solo tenían que buscar la chimenea. En un par de horas la huelga estaría finalizada. Los elfos suelen ser pacíficos, y no están maltratando a nadie. Son pacíficos dentro de lo que cabe. - Yo me encargo. Vuelvo enseguida. - Miré a la niña, que estaba algo más tranquila, y salí de nuevo al campo de batalla con mi reno como escudo. Llegué hasta el fondo de la tienda, justo donde estaban los probadores. Allí mismo había una gran chimenea, visible desde casi cualquier lugar de la tienda. Pero había un gran problema. Los elfos habían formado una barricada con unas mesas, y lanzaban todo tipo de objetos a quienes se acercaban. Leo volvió a la base. - De acuerdo, lo veo complicado. Tienen una barricada montada delante de la chimenea. Se encuentra al fondo, junto a los probadores. Podría intentar distraerles mientras tu y la niña pasáis sigilosamente por detrás de ellos. ¿Y si les canto una canción? Dicen que la música amansa a las fieras. - Leo estaba algo nervioso. Cuando lo estaba, hablaba en tono chistoso aunque no tuviese ni puñetera gracia lo que dijese.  
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