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[EVENTO DE NAVIDAD] La Cocina de la Abuela —Zoe.

Ian Howells el Jue Dic 21, 2017 4:35 am


21 de diciembre del 2017 - Local 'La Cocina de la Abuela', Centro de Londres. - 18:00 horas

La madre de Ian era muy poco sutil para decir las cosas, la verdad. A Ian le decía claramente que era imbécil y, de hecho, le llevaba al médico para comprobar que no era imbécil de verdad y que no tenía una nuez en vez de cerebro. Con ese ejemplo ya queda claro el nivel de tacto que tiene Cassidy Howells. Luego se quejan de Ian, ¿no queda claro de dónde narices ha salido? En fin... aquí lo importante es que Cassidy ahora mismo está pasando por una crisis navideña, en donde está claro que siente que no tiene ni sitio ni tiempo para juntar a tantas personas en una misma casa ni para hacer la suficiente comida. Y claro, en realidad son solo dramas femeninos, ya que todavía quedan tres días para navidad y viven en una jodida mansión. Pero bueno, como es la mujer de la casa y está loca, todo el mundo le permite sus paranoias.

El caso es que este año se ha propuesto compartir las tareas y a Ian le ha tocado hacer el postre. Es gracioso, porque Ian no sabe cocinar una mierda. Como mucho se calienta la leche, pero es una persona que tiene muy poca costumbre con la cocina ya que siempre ha tenido una elfina que se lo hacía todo desde bien pequeño. El caso es que a Cassidy le vale una vaina la inutilidad de su hijo y, con la chancla en la mano (esa chancla que nunca dejaría de asustar a Ian pese a que ya tiene veinte años) le dijo que o busca la manera de tener el postre, o que no vuelva a pisar la casa nunca más.

¿He dicho ya que está en crisis?

El caso es que Ian buscó solución. ¡OBVIAMENTE! De hecho le buscó hasta la gracia al asunto. Aprender a cocinar no sonaba tan mal, sobre todo ahora que ya tenía un bebé y tenía que comenzar a ser un padre hecho y derecho. Y los padres hechos y derechos de toda la vida saben cocinar aunque sea un panqueque navideño o unas galletitas. Así que se apuntó a una clase de cocina, ¿por qué? Porque aprender por sí solo ya sabía por experiencia propia que era una auténtica pérdida de tiempo. Ian tenía la capacidad de concentración de un tomate. ¡Y los tomates no se concentran! Así que hazte una idea.

Tan guapo como siempre se presentó en La Cocina de la Abuela el día y a la hora que le habían especificado en el correo de vuelta de la inscripción. Era un local bastante grande, con varias mesas alargadas en donde habían dos taburetes, de tal manera de que cada persona podría trabajar en pareja con otra. Sintió el calor de los hornos de la clase anterior en el ambiente, por lo que se quitó el gorro de la sudadera que llevaba y continuó entrando.

Una señora mayor (suponía que la abuela), le indicó que se sentase en algún asiento libre y, en principio, buscó alguna chica guapa con la que sentarse y así matar dos pájaros de un tiro. No obstante, mientras se dirigía en dirección a una morenaza de gran culo (cuya cara aún no había visto, huelga decir), vio por el camino a una cara que sí reconocía pese a que esa noche estuviese muy pedo. Se paró de golpe y retrocedió un par de pasos para ver a aquella MILF de arriba abajo, señalándola con el dedo en plan: 'yo a ti te conozco, lo sé, lo sabes, lo sabemos'. -¿A ti te conozco, verdad? -Y pasó de la morenaza de culo perfecto para sentarse, sin pedir permiso ni nada, al lado de aquella chica. A Ian le encantaban las mujeres mayores. -Creo que te propuse beber una copa conmigo en la fiesta de Halloween pero mis amigas me odian y quisieron chafarme la única oportunidad con la única mujer que no se piensa que me la quiero llevar a la cama por invitarla a una copa. ¿Por qué todas siempre me hacen lo mismo? Uno ya no puede ni ir de galán. Me podéis decir que no cuando os lo proponga, ¿sabes? Pero en el intermedio de 'conocernos' y 'propuesta sexual' suelo ser muy simpático, ¿eh? -Se quejó antes que nada, ya que quejarse era gratis. -Soy Ian. -Sonrió. Se había olvidado de que en Halloween se presentó, de hecho no se acordaba del nombre de la chica. ¡Lo cual era un fallo garrafal por su parte! -Si no te importa, seré tu pareja. Y ya te aviso que soy la peste. -Y si le importaba también, en realidad. ¿Estaba sola, no? Pues ea, ya no.
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Zoe A. Levinson el Jue Dic 28, 2017 3:02 am

Zoe siempre se había considerado a sí misma la persona con peor suerte en el mundo. Cada vez que quería que cosas buenas acontecieran en su vida, infinitas desgracias tocaban su puerta. Cada vez que se inscribía a un sorteo, la persona con el número continuo a ella resultaba ser el ganador. Pero no fue igual en aquella ocasión... Un milagro de navidad ocurrió. O al menos, así lo llamó Zoe. Una semana antes de navidad, una carta arribó a su residencia anunciando que había sido ganadora de una clase de cocina navideña, y a pesar de que el papel indicaba que Hannah Corner (quien, según la carta, se había inscrito a un concurso de repostería) era la ganadora del premio, Zoe no dejó pasar la oportunidad.

¿Quién en su sano juicio lo haría?

Era la primera vez que Zoe vivía una situación como esa. Una parte de su interior le exigía que hiciera el bien y fuera a la oficina postal para devolver la carta, pero la parte restante ansiaba que el día de la clase llegara. Y haciendo caso omiso a la parte prejuiciosa y mandona de sí misma, aquella que la había privado de tantos momentos buenos, Zoe esperó a que el 21 de Diciembre arribara. Incluso, había tachado los días en el calendario como lo habría hecho un preso ansioso de alcanzar la libertad. Y al llegar el día, muy temprano por la mañana, visitó la casa de sus padres en compañía de Alexandra. Ambas almorzaron y se deleitaron con las chucherías navideñas que había cocinado Genevive, Alex les habló acerca de su estadía en Hogwarts y su experiencia en el quidditch, mientras que Willhem Levinson hizo sus habituales chistes sin sentido. Fue una tarde agradable, pero cuando el reloj marcó las 17:00pm, Zoe supo que era hora de despedirse.

El lugar donde se realizaba la clase se llamaba «La Cocina de la Abuela». Zoe nunca antes había oído hablar de esa pastelería, pero, según pudo leer en la carta, se encontraba ubicada en la zona céntrica de Londres. Le tomó más de media hora llegar a la tienda, donde una vitrina repleta de diversos manjares le daba la bienvenida a los recién llegados, y un aroma a chocolate invadía las fosas nasales de todo aquel que ingresara a comprar.

Intentando resguardarse del frío invernal, Zoe abrió la puerta y anunció su llegada con miedo a ser descubierta. La recepcionista no tardó en guiarla a la habitación contigua, indicándole que tomara asiento para esperar a «la abuela». Había llegado temprano, aún faltaban 15 minutos para que comenzara la clase y solo habían seis personas. Zoe se despojó de sus abrigos y se sentó en uno de los asientos ubicados frente a una gran encimera. A su alrededor se hallaban diversas estanterías e innumerables tipos de hornos, los cuales, junto a la calefacción del lugar, disipaban todo el frío que se hallaba en su cuerpo.

Ignorando al grupo de personas que conversaban animadamente, Zoe sacó el móvil de su cartera y mandó un mensaje a Alexandra para recordarle que pasaría a recogerla una vez finalizara la clase. Se había dicho a sí misma que no se separaría de ella en ningún momento, pero sus abuelos también querían compartir tiempo con la pequeña, y esa era la ocasión ideal para que así fuera.

Minutos después, al levantar la vista, un nuevo panorama se había formado frente a ella. La mayoría de los asientos habían sido ocupados y los murmullos del grupo inicial de personas ahora era una lucha constante para demostrar quién podía hablar más fuerte. ¿Es que acaso esas personas no sabían lo que era el silencio? Zoe mordió su labio con nerviosismo y se aferró a las telas de su camisa. Esperaba que la abuela fuera capaz de calmar al grupo o no tardaría en perder la paciencia, todos parecían estar tan... Oh, espera. Uno de los rostros le resultaba familiar. ¿Qué hacía él ahí? ¿Por qué estaba avanzando hacia ella? Zoe quiso que en ese preciso momento la tragara la tierra. Durante su primer encuentro, Ian no había parecido ser el tipo de persona que asistiría a una clase de cocina. Era demasiado confiado y el hecho de que haya perdido un matrimonio por su culpa, hacía que Zoe quisiera salir corriendo en dirección a la puerta. Pero no lo hizo. Tan solo bajó la mirada, deseando que no la hubiera visto, pero su suerte se había acabado y él no tardó en tomar asiento a su lado.

Tengo la desgracia de decir que sí te conozco. ¿Qué hace alguien como tú en este lugar? —inquirió, observando a su alrededor para hallar un asiento vacío. No quería ocasionarle más problemas de los que le había ocasionado en la noche de Halloween. ¿Por qué parecía actuar como si nada hubiese ocurrido?. Bueno, a veces, las mujeres somos un tanto complicadas. Hubiera aceptado tu copa si tus amigas no hubieran venido a humillarte, pero no fue tan malo, sentí un poco de pena por ti —comentó, encogiéndose de hombros—. Soy Hannah —mintió con dificultad, apegándose a su nueva identidad. Apenas habían podido hablar durante un par de minutos en la fiesta de Halloween, no había forma de que recordara su verdadero nombre—. Dadas mis opciones, y al ver que todos parecen haber encontrado a su compañero de cocina, ¿por qué no? Tan solo... Intenta no provocar un incendio —pidió con seriedad. Quería mantener su perfil tan bajo como la altura de un enano, no quería que nadie descubriese que había ido a parar allí por un error en los códigos postales.
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Ian Howells el Vie Dic 29, 2017 5:18 am

Qué señora tan simpática, ¿no? Ian la aprobaba en simpatía. Podría no estar nada interesada en un tipo como él, lo cual era totalmente lógico pues se notaba que era mucho más adulta que el universitario, no obstante, a Ian LE ENCANTABAN las mujeres mayores. Tenía debilidad por ellas, lo admitía. Pero es que le parecían super sexys, además de que esa experiencia como mujeres... no sé, les hacía tener un aura mucho más interesante, al menos para el rubio. Y siempre, siempre, siempre, verías a Ian ligando con ellas o al menos intentándolo. -Pues aprender a cocinar, ¿no se viene aquí para eso? -Hizo la broma, curvando una sonrisa. -Mi madre me ha encargado hacer el postre estas navidades, así que creo que ya va tocando volverse independiente y no encargárselo todo al elfo doméstico. -Confesó sin problemas, encogiéndose de hombros. -¿Y tú? Tienes pinta de que tú ya sabes cocinar.

Le hizo gracia que sintiese pena por él, aunque en realidad es normal. ¿Cuántas copas terminaron impactando en su rostro por culpa de la gracia de sus amigas? Que oye, a decir verdad le daba igual. Si hubiese sido en contra de un posible ligue con posibilidades... pues quizás Ian se hubiera enfadado un poco, ¿pero con aquella mujer? Hasta Ian era consciente de que no tenía posibilidades, no al menos en una fiesta de Halloween en donde estaba borracho y parecía lo que era: un joven con ganas de ligar y nada más. Pero oye, quizás fuera tenía posibilidades, mostrándole lo guay que era. -No sientas pena por mí por eso, me han hecho cosas peores. La confianza da asco. -Frunció el ceño mientras asentía con la cabeza. -Lo peor de todo es que a una de ellas no la conocía, pero mi gran amiga tiene una capacidad de persuasión sublime. O quizás la otra es demasiado persuasible. -Frunció el ceño más todavía. -¿Esa palabra existe? ¿Persuasible? -Sonrió divertido ante el retraso mental. ¡Eso le pasaba a todo el mundo! -La verdad es que tenía ganas de hablar contigo, con alguien sobria. En mi defensa diré que no pretendía hablar contigo con la única intención de llevarte a la cama, ¿eh? Que todas las mujeres siempre pensáis lo mismo. Quería tener una filosófica charla de borracho contigo en donde cautivarte con mis gilipolleces. -Afirmó con tono filosófico, riéndose al final. -Yo Ian.

Efectivamente, Ian no recordaba cómo se llamaba, por lo que él, tan pancho, se volvió a presentar. Si os digo la verdad, ahora mismo el chico ni recordaba que aquella noche en Halloween se hubiesen presentado, por lo que el dato del nombre ahora mismo para él era totalmente verídico. De hecho, tenía cara de Hannah. -Lo intentaré. -Dijo sin mucha esperanza, mirando a Hannah de reojo.

La señora mayor que impartía la clase dio con una cuchara a una sartén, haciendo que todos prestasen atención a ella al frente. -Hola a todos, queridos. Me llamo Suzzane Hawthorne, pero todos me llaman la Abuela Susi Haw. Podéis llamarme Susi. Hoy vamos a hacer un postre típico navideño para la fiesta que está a la vuelta de la esquina. Yo siempre he sido muy fanática de acompañar las delicias con una presentación impecable, por lo que vamos a hacer galletas y, con la misma pasta, hacer las decoraciones propicias para nuestros seres queridos. Mirad, aquí tenemos un ejemplo...

Lo elevó con las manos y era un plato grande en cuya parte superior había una especie de pueblo con galletas con caras de sufrimiento. Ian rió al verlo, ya que era muy gracioso ver a esas galletas con esos gestos en los que parecían querer implorar por la eutanasia. -Empezaremos por lo más fácil: hacer la masa de las galletas.

Había que ponerse manos a la obra, por lo que Ian se quitó la sudadera, quedándose en camiseta de manga corta y dejando el abrigo sobre la silla en la que se había sentado. Fue a lavarse las manos y volvió a donde estaba Hannah. -Tú serás mis ojos y mi mente y yo ejecuto tus órdenes, ¿te parece un buen trato? -Obviamente ella también haría cosa, pero así se aseguraría de no hacer nada mal. Eso era como pociones: el listo dice lo que hay que hacer y el tonto hace lo que el listo dice, fin.

Eso sí, tomó la iniciativa como buen hombre y cogió un par de huevos, rompiéndolos en un bol. -El primer paso lo tengo controlado. -Dijo divertido, para entonces tirar las cáscaras a la basura que tenían a un lado.
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