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Our life —Gwendoline Edevane.

Sam J. Lehmann el Vie Dic 22, 2017 1:32 am


10 de diciembre del 2017 — Londres, casa de Gwendoline Edevane — 21:30 horas

Hacía tiempo que había cometido una ligera imprudencia, motivo por el cual ahora estaba muy paranoica con respecto a que le perseguían y habían dado con su escondite. La legeremante ahora mismo estaba viviendo con su mejor amiga Caroline y, pese a que jamás entraba por la puerta y siempre se aparecía en el interior de la casa, tenía la sensación de que había gente capaz de averiguarlo. Además de vivir con Caroline, Sam seguía manteniendo su tienda de campaña mágica oculta en lugares lejanos en Londres y era eso lo que verdaderamente le daba miedo. ¿De verdad le merecía la pena seguir conservando ese lugar, ahora que tenía un hogar? Ella pensaba que sí, que era lo lógico; que ahí podía seguir haciendo todas las pociones y utilizarlo como lugar de trabajo, ya que lo menos que quería era llenar la casa de Caroline con trastos innecesarios y mil y una cosas que pudieran inmiscuirlas en más problemas de los que ya tiene por ocultar a una fugitiva de la ley. Bastante había hecho ya accediendo a que su gatito y su cerdito vietnamita fuesen a vivir también allí con ellas.

Quizás Sam estaba paranoica, no te quito razón, pero entre que ella sentía que la perseguían y la vigilaban y que había recibido rumores sobre un detective-cazarrecompensas que había estado capturando fugitivos de una manera infalible... pues claro, a ella le causaba todavía más temor ser la siguiente presa de ese tipo. ¿Y lo peor? Poner a Caroline en peligro por su culpa.

Así que le mandó un correo electrónico a Gwendoline. Ya ni se fiaba de los móviles y suponía que con el correo que se había creado, de nombre aleatorio, no podía ser relacionado con ella muy fácilmente. Le pidió quedar urgentemente porque necesitaba ayuda y, creedme, le sabía fatal tener que acudir a Gwen para ello. Era un riesgo, a fin de cuentas, poner en peligro a otra persona con tal de salvar a otra. ¿Y si la estaban siguiendo y le perseguían hasta casa de Gwen? Fue por eso que se apareció directamente en uno de los baños del metro, cogiendo el vehículo hasta la parada más cercana a la casa de su amiga. Era altamente improbable que cualquiera pudiese haberla seguido de esa manera. Era imposible. Y lo primero que tenía que pasar es que ella misma se lo creyese o iba a entrar en bucle.

Con una bufada hasta la nariz, un gorro de lana que le tapaba prácticamente toda la cabeza de lo grande que era y un gran chaquetón para el frío. Apenas se notaba que era ella, pues tenía todo el rostro tapado. Tocó la puerta de la casa de su amiga, volviéndose a guardar su mano congelada en el bolsillo y mirando para todos lados, nerviosa. Cuando su gran amiga abrió la puerta, sacó las manos de sus bolsillos y le abrazó. —Siento haber venido a tu casa, ¿de verdad que no hay problema?

Habían muchas personas del Ministerio y que todavía tenían el voto de confianza del Ministerio que consideraban que su vida estaba lo suficientemente segura como para poder arriesgarse un poco. Ignoraba si ese era el estado de Gwendoline, pero al menos por parte de Sam, le resultaba un verdadero martirio tener que acudir tanto a pedir ayudas a las personas que estimaba, ya que había una alta probabilidad de que por su culpa, éstas terminasen mal paradas. ¿Por qué lo hacía? Porque ya, después de un año, se había dado cuenta de que ella sola no podía con el mundo. Por mucho que lo intentase, no podía. Y si quería poder hacer algo, necesitaba esa ayuda que la posicionase un paso por delante de sus enemigos. Aunque sólo fuese un pasito muy pequeño.
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Gwendoline Edevane el Vie Dic 22, 2017 2:31 pm

Se acercaban las Navidades, una época que no me gustaba demasiado. Antes sí, pues podía pasarlas con mi madre—y por extensión, con mi padre, aunque pasarlas con él nunca me había gustado demasiado—y celebrarlas al estilo de los muggles. Podía sonar extraño, teniendo en cuenta que la magia hacía la Navidad... bueno, más mágica, si cabía. Pero mi madre era hija de muggles, y cómo no había conocido a mis abuelos, aquello era lo más cercano a estar con ellos a lo que podía aspirar.
Curiosamente eran estos y otros pensamientos los que rondaban mi cabeza el día que recibí el correo de Sam. Sam, mi amiga, a quién había conocido en mi estancia en Hogwarts. Una de esas pocas personas que no sólo habían logrado atravesar mi coraza, si no que se habían molestado en intentarlo. La vida no había sido justa con ella: una persona buena y prometedora convertida en fugitiva símplemente porque sus padres eran muggles.
Igual que mi madre, que pasaba sus días en Azkaban, sufriendo a saber qué cosas.
No tuve que pensar demasiado. Le respondí y le pedí que viniese a verme. No pensaba abandonar a una amiga, y mucho menos cuando opinaba que no había cometido crimen alguno.
La visita se produjo el 10 de diciembre. Escuché cómo llamaban a la puerta, mientras revisaba el correo muggle que se me había acumulado durante toda la semana. Factura, factura, publicidad, publicidad... A los muggles les encantaba enviar papel por correo.
Abandoné mi "apasionante" lectura y me dirigí a la puerta. Cuando la abrí, una figura que al principio no reconocí se abalanzó sobre mí en un abrazo que no me esperaba. Tardé un par de segundos en darme cuenta de que era Sam, y mi sorpresa mudó en alegría de verla. Así que yo también la abracé.

No lo sientas. Te he echado de menos.Dije con una sonrisa, mientras nos separábamos y por fin podía mirar a los ojos a mi amiga.

Iba tan abrigada que apenas la reconocí cuando la vi, pero sus ojos eran inconfundibles: era ella.
Una ráfaga de viento helado se abrió paso a través de la puerta abierta, y sentí un escalofrío. No llevaba puesta otra cosa que mi pijama, consistente en unos pantalones y una camiseta de manga larga de color azul celeste, y unas enormes zapatillas con forma de tortuga que mantenían mis pies calentitos. No necesitaba nada más, pues tenía puesta la calefacción.

Vamos, pasa. Te prepararé algo caliente. ¿Qué te apetece?Le indiqué, haciéndome a un lado y dejándola pasar. Cuando lo hizo, cerré la puerta.

Indiqué a Sam que me siguiese hasta la cocina. Vivía en un apartamento pequeño, lo cual quería decir que para llegar a la cocina no había más que atravesar el salón, que tampoco era muy grande. Mientras Sam colgaba su abrigo en un perchero cerca de la puerta, yo me dediqué a correr las cortinas del salón y de la cocina, a fin de impedir que nos viesen posibles ojos curiosos.
Sam se sentó a la mesa, mientras yo rebuscaba en los cajones de la cocina. Quería saber si disponía de todas las opciones típicas: café, té, infusiones, chocolate...
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Sam J. Lehmann el Sáb Dic 23, 2017 5:24 am

Sonrió sin poder evitarlo al escuchar las palabras de Gwendoline, tan atenta y dulce con Sam como siempre lo había sido. Pese a que siempre había estado sola desde hacía ya casi un año —por decisión propia de no querer involucrar a nadie y meterle en problemas—, era un verdadero alivio saber que tenías personas como ella dispuestas a arriesgarse un poquito por ti con tal de darte la mano y subirte un poco en el pozo en el que el Ministerio insiste en que vivas.

Se separó entonces del abrazo, sintiendo cómo comenzaba a subirle el gélido frío de Londres por los pies para arriba. Entrecerró los ojos, risueña. —Y yo a ti. —Le dijo, acercándose para darle un beso en la mejilla. Ahí se pudo dar cuenta de lo fría que estaba su nariz y lo calentita que estaba la mejilla de su amiga.

Claro que echaba de menos a Gwen y, sobre todo, el tiempo que pasaba con ella. Desde hace un año que todo eso había terminado. Ya no podía quedar con ella sencillamente para ir a cenar a algún tipo de restaurante y ponerse al día sobre sus quejas en su trabajo en el Ministerio, o no podía ir a su casa a tomar té un día cualquiera, ni mucho menos hacer planes con ella fuera de un lugar cubierto y protegido. Y quieras o no, eso se notaba. Ella notaba ese vacío que dejaban las personas importantes para ella. Por no hablar de sus padres... el hecho de estar tanto tiempo separada de ellos, no poder contarles nada y ser totalmente seca y distante con ellos... le dolía. Pero prefería mil veces hacer eso a contarles lo que verdaderamente está pasando y poder meterlos en un lío. Su hija estaba en peligro de muerte, pero como muggles que eran e ignorantes de este mundo, lo mejor es que siguiesen viviendo en la ignorancia.

Entró detrás de ella, sonriendo con dulzura al quitarse la bufanda y ver las pantuflas que tenía puesta su amiga. —Chocolate, evidentemente —dijo como si fuese lo más obvio del universo. En realidad Sam era mucho también de té, pero chocolate... ¿cómo podía negarse a semejante néctar de los Dioses? Además, no sabía por qué, siempre que venía a casa de Gwen tenía el recuerdo de tomarse un delicioso chocolate caliente. Dejó con confianza el abrigo en el perchero de la entrada, junto a la bufanda y el gorro. Vestida con unos pantalones vaqueros, unas botas y un suéter ancho, continuó caminando hacia la cocina.

Se sentó en una de las sillas de la mesa, aunque rápidamente se puso de pie otra vez al ver como Gwen miraba los diferentes armarios. —¿Te ayudo? —Se ofreció, acercándose a donde estaba el armario de los vasos y los platos y sacando dos tazas para acercarlas a su amiga. Ya le había dicho por el correo que necesitaba su ayuda, no obstante, Sam apreciaba muchísimo el tiempo que podía pasar con la gente que quería, por lo que no tenía ninguna prisa en decirle el problema. De hecho, ahora mismo tenía más interés por saber de ella. —¿Cómo te va todo? ¿En el Ministerio ha mejorado algo o sigue siendo todo igual de asqueroso ahí dentro? —le preguntó. Gwen era consciente de la tirria que Sam tenía por toda esa organización y no era para menos, después de todo lo que le había pasado. —Ya era asqueroso cuando yo trabajaba ahí, me imagino ahora... que dejan entrar carroña de manera totalmente consciente.

Caroline y Gwen trabajaban ambas en el Ministerio y cada vez que Sam se acordaba se le quedaba un mal cuerpo. Esa organización política le inspiraba tan poca confianza y ella había visto tanta traición y ambición entre sus paredes que le daba miedo que alguna de las dos, ambas evidentemente en contra del gobierno, pudiesen salir mal paradas por cualquier tipo de jugarreta. No se fiaba lo más mínimo.
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Gwendoline Edevane el Sáb Dic 23, 2017 2:48 pm

Había pasado un año, todo un año, desde la última vez que había visto a Sam. Y, sin embargo, parecía que fuese ayer. Muchas cosas parecían haber ocurrido ayer. El tiempo, tan caprichoso cómo siempre, nos jugaba malas pasadas. No eran pocas las mañanas en que me despertaba con la idea de que efectivamente el último año no había pasado, y que un mago tenebroso no ostentaba el poder en el mundo mágico.
Aquello parecía parte del argumento de una película de terror. Y de una buena, además.
Y allí estábamos, cómo si nada hubiese ocurrido.
Mi pregunta sobraba, evidentemente. Sam era amante del chocolate, desde siempre. Pero las manías no las curaba nadie, y mi madre me había enseñado a ser cortés. También me había enseñado a ser hospitalaria con los invitados, y prepararles yo misma la bebida. Pero Sam se ofreció a ayudarme, y antes de que pudiese decir que no, ya estaba a mi lado. Y pensé que estaba bien.

Las cosas no han cambiado mucho en el Ministerio.Dije de forma casual, encogiéndome de hombros.Burocracia, papeleo, magos estirados... Sigo siendo la "lectora habitual"dejé un segundo la cucharilla y el bote de cacao sobre la encimera de la cocina para hacer el gesto de comillas con mis dedosde todos los informes que mi jefe de departamento no quiere leer.Puse los ojos en blanco, negando con la cabeza.Cabría esperar que se trabajase más, teniendo la Ministra que tenemos...

Nunca me acostumbraría a llamar "Ministra" a semejante persona. Esperaba que su gobierno durase lo menos posible. Trabajar bajo sus órdenes no me gustaba. Mi rostro mudó de expresión: del tono distendido y casi divertido que mostraba unos minutos antes, a uno más serio.

Así que podría decirse que sí, las cosas siguen siendo asquerosas. Aunque a un nuevo nivel.Concluí, mirando a mi amiga.

Introduje en el microondas, un trasto tan viejo cómo aquel piso y que me sorprendía que siguiese funcionando, un recipiente con leche, y lo puse a calentar. Entonces, me giré, apoyándome en la encimera para poder mirar mejor a Sam.

¿Y qué hay de ti? ¿Cómo te ha ido todo este tiempo? No supe nada de ti, salvo por ese asqueroso carte de "Se busca" que publicaron.Un panfleto con un montó de mentiras, opinaba yo. Y Sam no había sido la única.

Sam me había pedido ayuda con un asunto, no sabía bien el qué. Pero no había prisa, pues por lo que a mí respectaba, podía quedarse en mi casa el tiempo que quisiese. Nadie iba a venir a registrarla, y si había logrado eludir al Ministerio durante un año entero, estaba segura de que podría hacer lo mismo unas horas, o días, en mi casa. Nadie vendría aquí.
De cara a Voldemort, a pesar de no simpatizar con su causa, yo era un miembro productivo de la sociedad. Y por ahora eso parecía ser suficiente.
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Sam J. Lehmann el Vie Dic 29, 2017 5:14 am

Antes el Ministerio tenía, en opinión de Sam, más contras que pros, cuando el gobierno pertenecía todavía a Lena Milkovich. Y, por lo que parecía ahora mismo, las cosas no habían cambiado mucho. Teniendo en cuenta quién era la Ministra de Magia, se esperaba perfectamente que las cosas fuesen totalmente a peor. —Sigue siendo lo mismo con la diferencia de que ahora todos los gilipollas, son gilipollas abiertamente, ¿no es así? —preguntó con un gesto divertido, curvando una pequeña sonrisa. —No me hables de esa señora... esa es la primera que ahora es imbécil abiertamente, después de haber traicionado a su propia jefa —añadió, enfadada. Le daba asco cualquier tipo de traición, sobre todo lo que se había llevado ahí pese a que ni conocía a Milkovich. Sin embargo, ahora sí que muchos conocen a McDowell. —Es lo que parece, al menos desde fuera. Quizás todos los tipos útiles que deberían de estar en el Ministerio están dándonos caza a nosotros. Se ve que tienen especial interés en erradicar cuánto antes a la resistencia que se está formando. Lo cual les conviene, porque esto sólo va a más... —Miró a su amiga, con un gesto significativo.

Samantha no estaba muy enterada de lo que estaba pasando en los grupos grandes de fugitivos que se escondían ahí fuera, pero por los rumores que le llegaban de contactos fiables y demás, era bien consciente de que algunos estaban empezando a ser más jodidos de encontrar que otros. Poco a poco se estaban convirtiendo en un problema muy duro y cada vez más fuerte.

Su amiga, tan atenta como siempre, le preguntó por la vida de la rubia. Ella se limitó a sonreír y soltar aire, apoyándose en la encimera. No sabía ni qué contestar. Si le llega a preguntar hace dos meses, probablemente le hubiese contestado una Samantha cargada de pesimismo, con ganas de morirse en una esquina. ¿Ahora? Pese a que seguía siendo buscada por la ley y que su vida se había limitado a vivir dentro de una jaula alejada de cualquier entorno social... pues hombre, en realidad había mejorado muchísimo.

¿Has visto lo bien que salgo en el cartel? Valgo una pasta de dinero por mentiras que se ha inventado el gobierno. ¿Eso no es contraproducente para la economía del país? —preguntó divertida, negando con la cabeza. Se acercó a ella, apoyando su cabeza en el hombro de su amiga. —Si te digo la verdad, Gwen, ahora mismo... ahora mismo creo que estoy en mi mejor momento. Me da la sensación de que de repente, lo poco que tengo, lo valoro más que nada. Y me siento necia pensando en eso, ¿sabes? Porque en realidad no tengo nada —dijo, sin saber muy bien como explicarse. —Llevo casi un año escondiéndome de todos. De mis enemigos, de mis amigos... Y sé que era lo correcto, pero ahora he cambiado el chip. ¿Te acuerdas de Caroline? —preguntó, consciente de que era muy probable. Al fin y al cabo, era compañera de habitación de Sam en Hogwarts, lo que se había graduado y se había ido del país a estudiar, por lo que a lo mejor se le olvidó. Aunque ahora seguramente hayan coincidido en el Ministerio, creía. En realidad no tenía ni idea. —Me ha obligado a vivir con ella. Así al menos no tengo que ir alternando una maldita tienda mágica por todo Londres para esconderme de las personas. Ya no vivo, literalmente, bajo un puente. —Sonrió risueña. Pese a que seguía en alerta por estar en casa de una persona a la que podía poner en peligro, se le veía mucho más tranquila y feliz que todos estos meses hacia atrás.

Se separó de ella, para quedar justo en frente. Necesitaba explicarle el por qué de estar allí y, sobre todo, disculparse con las palabras. Le sabía fatal tener que pedir ayuda a gente como ella, personas que habían tenido la suerte de no tener que inmiscuirse en esta pelea. La gente como Sam, lo que verdaderamente debía de hacer, era dejar a esa gente en paz y no hacer que se decantasen por ningún bando. Al final lo único que estaban haciendo era posicionarlos en contra de los que más poder tienen. —Me sabe fatal venir aquí solo para pedirte ayuda, ¿lo sabes, verdad? —Sujetó una de sus manos cariñosamente. Por si no lo sabías: Sam es extremadamente cariñosa con las personas a las que estima. —No quiero que pienses que solo acudo a ti para eso. Si no he venido antes es porque lo último que quiero es ponerte en peligro y... ahora de verdad que te necesito para quitarme a gente de encima, o ellos me van a terminar por coger a mí y, con ello, a Caroline.

Y obviamente no quería decírselo directamente a Caroline porque se ponía muy intensa. Y Sam tenía que tomarse todas esas cosas a su ritmo y con su manera de actuar.
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Gwendoline Edevane el Dom Dic 31, 2017 7:31 pm

Sam nunca había tenido un concepto demasiado bueno del Ministerio de Magia. No me pillaba por sorpresa, desde luego. De hecho, yo misma era consciente de que quizás hubiese elegido otro camino en la vida de no ser por la presión familiar. Nunca me había gustado la forma de hacer las cosas de mi padre, siempre bajando las orejas, agachando la cabeza y estrechando la mano a quién le beneficiase más.
En una ocasión, mi madre se había atrevido a llamarle perrito faldero delante de mí, arrepintiéndose casi al momento y diciéndome que yo jamás me refiriese a mi padre de aquella manera. Nunca lo había hecho, pero puedo decir que, pese a jamás haberle faltado al respeto abiertamente, tampoco llegué a respetarle.
Pero había otra cosa: nunca había sido una soñadora. Lo mío era buscar una estabilidad, ya fuese económica, o en general. Por eso había escogido aquella carrera. Con mis dotes para los estudios, tenía casi asegurado un puesto en el Ministerio.
Entonces Milkovich había sido asesinada, McDowell había tomado su puesto, y había empezado todo. Mi madre había pagado su inocencia con una estancia de por vida en Azkaban... y aquí estábamos.
Puede que siguiese sin ser una soñadora, pero ahora deseaba que existiese un mundo mejor.
Sonreí divertida ante el comentario de Sam. Me parecía de lo más acertado. "Gilipollas" era una palabra que definía a la perfección a la mayoría de los empleados del Ministerio. Aunque yo tenía otra palabra para definir a McDowell.

Es una rata. McDowell, quiero decir.Dije con convicción. Y al hacerlo, una pequeña parte de mí se preocupó sobremanera de poder estar ofendiendo a las ratas.

Sam habló entonces de las persecuciones a las que McDowell parecía estar dedicando todo su esfuerzo en los últimos tiempos, concluyendo que más les valía esforzarse. La resistencia parecía algo serio, algo con suficiente poder cómo para derrocar este sinsentido.

Estoy segura de que también ha debido enviar a todos los fontaneros a perseguiros. De lo contario, habrían arreglado esa maldita gotera que hay en el cuarto de baño de mujeres de la tercera planta...Dije casi enfadada. Algo en la forma en que comenté aquello me hizo reir. Me recompuse, y recuperé la seriedad.Pero bueno, espero que tengas razón. Sé que las cosas no te gustaban demasiado antes, pero ahora...

Sam apoyó la cabeza en mi hombro, y casi cómo un acto reflejo, yo pasé mi brazo alrededor de sus hombros y apoyé mi cabeza en la suya. Había echado de menos a Sam. Mucho. No sabía cuanto hasta ese momento. Echaba de menos a mucha gente que ese nuevo "gobierno" me había quitado, a los que les había arrebatado la vida.
No pude evitar sonreír ante su comentario sobre la fotografía del cartel. Lo cierto es que no sabía de dónde sacaban las imágenes en movimiento que plasmaban en los carteles, pero la mirada desafiante de Sam en aquella fotografía, más que miedo u odio, inspiraba rebelión.

El cartel era asqueroso; tu foto, muy buena.Bufé divertida.Pero vamos, veo capaces a McDowell y los suyos de pagar "en verde" la recompensa.Hice un gesto con la mano, cómo si moviese una varita imaginaria, la floritura correspondiente a la maldición asesina. Lo cierto es que me costaba mucho imaginarme a McDowell pagando a un buen ciudadano por sus servicios.

Me alegraba ver a Sam feliz. Mucho, a decir verdad. Aquello demostraba lo fuerte que era. Cualquiera en su situación estaría al borde de un ataque de nervios... o viviendo en un ataque de nervios constante. Seguía asustándome la posibilidad de leer algún día en El Profeta que la habían apresado o, peor, que la habían matado unos malditos Mortífagos. Pero ella parecía haber hecho las paces con su situación.

No sabes cómo me alegro de escuchar eso.Me habló entonces del lugar dónde vivía. En casa de Caroline. No solo me sonaba su nombre por haber compartido casa en Hogwarts y por haber sido muy amiga de Sam, si no también por haberla visto de cuando en cuando por el Ministerio. Tomé nota mental de hablar con ella en alguna ocasión.Caroline ha hecho bien. Yo debería haberte ofrecido vivir aquí también. Supongo que es tarde para eso, pero quiero que sepas que, siempre que lo necesites, esté o no esté yo en casa, puedes pasar por aquí. Para lo que necesites.

Entonces, Sam se puso frente a mí y me tomó de las manos. La miré a los ojos, pues estaba claro que lo que iba a decirme era de crucial importancia. Así que le dediqué toda mi atención.
Inició con otra disculpa innecesaria por venir aquí, a lo cual negué con la cabeza y estuve a punto de responder algo. No me dio tiempo, pues Sam siguió hablando. Yo quería decirle que, ni necesitaba disculparse, ni jamás pensaría aquello de ella. Pero opté por dejarla terminar.
Me necesitaba para quitarse de encima a unas personas que las ponían en peligro a ella y a Caroline.

Háblame de esas personas.Dije con toda seriedad. Intenté imprimir en mi mirada todo aquello que no había dicho: que no había necesidad de disculparse, que jamás iba a pensar mal de ella, y sobre todo, que estaba allí para ayudarla.

¿Qué mundo horrible sería este, si no estuviésemos aquí para ayudar a nuestros amigos?
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Sam J. Lehmann el Vie Ene 05, 2018 4:59 am

Creo que es la mejor definición jamás hecha sobre McDowell. Deberíamos incluir una pequeña cláusula en el diccionario en el apartado de 'rata' como adjetivo y poner su cara —apostilló a su referencia, con una sonrisa completamente divertida en el rostro. —Están más preocupado ahora mismo de darnos cazas y tener buenas relaciones políticas con el resto de países que descuidan su propio país y a su propia sociedad. Pero déjalos... entre peor vayan, mejor será para nosotros.

Y es que... pese a que ya llevaban un año así y una parte de Sam creyese con convicción que todo iba a cambiar pronto... en realidad nada parecía que fuese a cambiar relativamente pronto. De hecho, otra parte de ella, la más realista aunque a veces sonase pesimista, estaba bastante segura de que aquello podía ir para muy largo. Y sólo pensar en esa opción la deprimía. Sólo de pensar en la posibilidad, ¿cuántos años se iban a pegar así? ¿Cuántos años iba a perder de su vida?

Negó con la cabeza ante la suposición de Gwen que, a pesar de que podía llegar a tener toda su lógica, Sam sabía a ciencia cierta de que el gobierno pese a ser cuestionable y horrible, cumplía con sus promesas. —¿De qué serviría castigar a aquellos que apoyan al gobierno? No son precisamente muchos... castigar por apoyar sería cavar su propia tumba —dijo Samantha, apoyándose en la encimera de la cocina. —Me he rodeado de mucha mierda en este año como para saber a ciencia cierta de que lo que prometen, lo dan; por eso hay cada vez más cazarrecompensas detrás de nosotros. Si algún día estás mal de dinero, ya sabes. Captúrame y pásate la vida viajando por el mundo. —Bromeó divertida.

¿La verdad? Día tras día se arrepentía y se alegraba a partes iguales de estar viviendo con Caroline. Por una parte... tenerla a su lado durante tanto tiempo, contagiándole la risa y las ganas de seguir hacia adelante era sencillamente lo mejor que le podía haber pasado. ¿Lo malo? Que Sam tenía que seguir con su vida, pese a que ésta fuese en las sombras. Y la simple posibilidad de poner en peligro a su amiga le destrozaba. —Bueno... Caroline ha hecho bien entre comillas, es una loca inconsciente que no quiere ser consciente de las consecuencias de tener a una fugitiva en su casa. ¿Te das cuenta de que a la mínima sospecha la pueden obligar a presentarse en juicio? Y si de verdad desconfían de ella, no se van a limitar a trucos mentales de los que podría librarse... —Dijo, mirándola más seria. —Y después de eso, sólo queda, con suerte, Azkaban. Porque ya del Área-M no quiero ni hablar...

Sam tenía bien claro que si le capturaban, lo daría todo como para que tuviesen que matarla. No quería terminar ni en Azkaban ni en el Área-M. Prefería mil veces que su vida se acabase luchando por ella, que tener que sufrir lo que no está escrito en el preludio de tu muerte.

Le quiso dejar claro algunos puntos... sobre todo porque Sam no quería que su amiga pensase que la estaba utilizando a conveniencia. Que sí que lo estaba haciendo, pero porque confiaba en ella. Y porque sabía que, después de todo, ella sería una de esas personas que no le daría la espalda después de todo lo que está pasando en el mundo mágico. Sonrió al escuchar la predisposición de Gwen frente al problema de la chica, por lo que la rubia se sentó de nuevo en una silla. —A ver... no sé si lo sabrás, pero en los suburbios de Londres hay varias tiendas mágicas. Han tenido varias redadas por parte del Ministerio porque son sospechosas de ayudar a los fugitivos y lo cierto es que así hacen. Suelen darnos bastante información, sobre todo sobre los cazarrecompensas, ya que suelen ir por allí a preguntar sobre información sobre nosotros —comenzó a hablar, metiéndola en situación. —El otro día me dijeron que habían dos buscándome a mí, ya que habían conseguido cierta información sobre mí de uno de los fugitivos que recientemente capturaron. —Tragó saliva y justo el timbre del microondas sonó, finalizando el tiempo de espera para el chocolate. —Y al parecer no son de esas personas que se conforman con las pistas actuales, sino que están yendo más allá. Hace poco recurrieron a uno de mis conocidos, que por desgracia fue el primero en darme la espalda cuando todo esto cambió y ahora tengo miedo de que por cercanía o relación en el pasado puedan ir a preguntar a personas como tú o Caroline. Fue mucha coincidencia de que justamente Caroline volviese a Londres cuando todo esto ocurrió... —dijo, para entonces apoyar una de sus manos sobre la mesa y toquetear la tabla con sus dedos suavemente. —Sé que uno se llama Ulises Kant y de la otra sólo sé un apodo. Se hace llamar Grulla. Son mortifagos y sé de antemano que no irán por el camino de la paz con nadie. Necesito dar con ellos antes de que den conmigo o con alguien cercano a mí. ¿Podrías ayudarme a descubrir lo que sea de ellos? Al menos de Kant... —Que, con sus dotes legeremanticas, si daba con él quizás podía llegar a dar con la otra.
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Gwendoline Edevane el Vie Ene 05, 2018 3:31 pm

Era agradable volver a hablar con alguien de la forma en que lo estábamos haciendo, con libertad, con desenfado, cómo si el mundo mágico no estuviese en plena decadencia, cuesta abajo y sin frenos, ahí fuera.
Cómo si no estuviésemos en todo momento manejando una botella de nitroglicerina, que si no teníamos cuidado, acabaría yéndosenos de las manos y estallándonos en la cara. Esta idea, por algún motivo, trajo a mi memoria una escena, creía, de una serie antigua, en la que un tipo manejaba sin cuidado un cartucho de dinamita mientras explicaba lo peligroso que era manejarlo sin cuidado.
Es de imaginarse lo que le pasó al tipo.
La moraleja de aquella imagen mental era simple: cuidado, no bajes la guardia. Aquello era agradable, pero el mundo ahí fuera seguía en plena y metafórica cuesta abajo y sin frenos.
Asentía mientras Sam hablaba, con cara de resignación. El antiguo Ministerio, desde luego, cuidaba sus relaciones, pero el gobierno de la Reina Rata, sin duda, las cuidaba incluso más. No era fácil entablar relaciones con el resto del mundo cuando tu política era semejante a la de Hitler.
Pero si Donnald Trump podía ser presidente en Estados Unidos, todo podía pasar.
A la pregunta que hizo Sam, me encogí de hombros.

Sé que tienes razón; de haber pasado algo así, habría sido mi departamento el encargado de limpiar un estropicio por el estilo. Hacerlo ver cómo un castigo justo a pro-muggles, o algo por el estilo.No se había dado el caso, y esperaba que siguiese así. La falta de evidencias de lo contrario apoyaba la afirmación de Sam. Y una parte de mí esperaba que tuviese razón: nada me gustaría menos que verme obligada a esconder los trapos sucios de McDowell.

Su broma me hubiese resultado divertida de no ser porque no me hacía gracia la idea.

Nunca lo haría. No bromees con eso.Le reproché, y si conocía bien a Sam, más que perder el humor por mi expresión seria, simplemente le haría aún más gracia. ¿Qué puedo decir? De las dos, ella había sido la graciosa, y yo la seria. A veces se me había dicho que no sabía entender los chistes. Y eso no era del todo cierto: simplemente no entiendo cómo el humor negro puede hacerle gracia a la gente.

Sam era de la opinión de que Caroline era una loca inconsciente por ayudarla. Yo discrepaba de esa idea. Seguro que Caroline tenía la conciencia limpia porque estaba haciendo lo que creía correcto. ¿Yo? Me arrepentía de muchas cosas.
Cuando pasaba eso, cuando me flagelaba a mí misma por no haber declarado mi lealtad a los muggles en su momento, una parte mía, más cruel, sincera y práctica, me decía que de haberlo hecho lo único que conseguiría sería una bonita celda en Azkaban, y posiblemente frecuentes visitas al Área-M.
Allí no podría hacerle ningún bien a nadie.
Pero para lo de Sam no había excusa. Me alegraba ver que no le había faltado ayuda, pero me hubiese gustado no estar tan aturdida en su momento, y haberle prestado yo mi ayuda.
No importaba; podía empezar a hacer bien las cosas a partir de ahora.

Estoy segura de que conoce los riesgos, igual que yo.Yo misma me había expuesto a ciertos "peligros" ayudando a gente pro muggle que lo necesitaba. Y no se me olvidó poner a Caroline en mi lista mental de gente a la que ayudaría en caso de necesidad.Y puede que ambas seamos unas idiotas insensatas, pero creo que lo correcto es ayudarte.Cómo ya he mencionado, no era lo que se dice una soñadora, pero estaba segura de que las cosas no cambiarían en absoluto si manteníamos una actitud pasiva frente a ellas.

Finalmente, cuando pasamos a cosas más serias, Sam me reveló el motivo de su visita: cazarrecompensas. No me hacían demasiada gracia. En el Ministerio había tenido ocasión de ver a alguno de pasada, y en su mayoría les gustaba mostrar una actitud ruda y arrogante. Cómo si el mal humor tuviese que formar parte obligatoria del "trabajo" de cazarrecompensas.
Escuché atentamente lo que Sam me explicaba. Parece ser que dos cazarrecompensas en concreto habían estado preguntando por ella, primero en tiendas mágicas de los suburbios, después a uno de sus conocidos. Temía que acudiesen a otras personas, cómo Caroline o cómo yo.
En mi caso, creía, podría manejar bastante bien la situación. Podría poner en mi boca palabras en argot oficial, amenazándoles con algún tipo de represalia por atreverse siquiera a desconfiar de una honorable empleada del Ministerio Británico, y suponía que Caroline podría jugar también esa carta.
Pero yo tenía algo más. Así cómo no me gustaba borrar la memoria o hacer ningún tipo de desbarajuste irreparable en los cerebros de los muggles, no iba a ser tan delicada con ellos si se daba la situación.
Pero Sam tenía razón, y yo misma sabía que, de presentarse en mi puerta un par de cazarrecompensas, las cosas podrían ponerse feas. No estaba lo que se dice experimentada en los duelos, y mucho menos contra dos magos previsiblemente violentos y sin gran cosa que perder.
Mortífagos, además. Ulises Kant y una tal "Grulla". Sam quería saber si podía ayudarle a dar con ellos.

En el Ministerio de Magia existen registros de todos los magos. Con un nombre tan pintoresco cómo Ulises, estoy segura de que algo se podrá hacer.Hice una pausa para sacar del microondas las dos bebidas calientes, y las llevé a la mesa. Me senté en una silla junto a Sam.Pero podría hacer algo más que localizarles. Puedo ayudarte a...Iba a decir que podía ayudarla a enfrentarse con ellos, pero me detuve al darme cuenta de que quizás fuese más un estorbo que otra cosa....o puedo modificar sus memorias, haciéndoles irse a buscarte a China o algo por el estilo...

No sabía bien qué tenía pensado hacer Sam una vez supiese cómo encontrarlos, pero no quería simplemente revisar cuatro documentos oficiales, darle a Sam la información que obtuviese, y después simplemente quedarme de brazos cruzados mientras ella arriesgaba su vida.
No me parecía correcto, y menos cuando tenía parte del poder del Ministerio en mis manos.
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Sam J. Lehmann el Mar Ene 09, 2018 5:40 am

Desde que hace poco veía la vida con otro color gracias a Caroline y el tremendo peso que se le había quitado de encima, había desarrollado una capacidad mucho más crítica-divertida con respecto a su deplorable posición como persona mágica en el mundo al que pertenecía. Claramente estaba de broma, pero la reacción de su amiga hizo que la rubia la mirase mordiéndose el labio inferior, evitando así aumentar su sonrisa. Estaba segura de que esta vez la broma si la había entendido, pese a que no le hubiese hecho ninguna gracia. —Ya lo sé... —Por suerte, Samantha era bien consciente de que las pocas personas que se había arriesgado a seguir teniendo contacto con ella, eran porque realmente la apreciaban como persona; eran de verdad sus amigos. Y evidentemente Gwen estaba entre ellas y no iba a querer a aprovecharse de la fortuna que valía. —No pienso dejar que nadie cobre por terminar de arruinarme la vida. Prefiero morir a terminar en Azkaban —dijo mucho más seria de lo que podría esperarse de ella, ya que era algo que tenía bien claro desde que le tocó vivir escondida.

De verdad que la legeremante podía llegar a entender la posición tanto de Caroline como de Gwendoline. Y le parecía admirable la valentía con la que eran capaces de sacrificar sus propias vidas por las del resto. Porque al fin y al cabo... era eso; estabas poniendo en riesgo tu propia vida con tal de ayudar a otra persona a la que se le había quitado toda oportunidad de vivir con normalidad. Y claro que las entendía... si hubieran estado en la situación inversa en donde fuesen ellas quiénes necesitasen ayuda, Sam hubiera sido la primera 'inconsciente' en hacer lo que creyese correcto y es que ella no dejaría ni en broma que sus amigas tuviesen que vivir como ha tenido que vivir ella.

Le salió sin pensar una pequeña sonrisa frente a las palabras de su amiga. —Ya... si llegamos a estar en la situación opuesta, yo actuaría igual que vosotras. Pero ponte en mi situación, en donde no puedo hacer más que pedir ayuda sin tener muy claro si algún día esto cambiará, poniéndoos en peligro y teniendo la sensación de que yo no puedo dar nada por vosotras. —Soltó aire lentamente por la nariz, para entonces mirar a su amiga. —Que no me quejo, ¿eh? —Resaltó, con un gesto bastante divertido. —Simplemente me da rabia todo esto. Me parece injusto. Y ya sabes que odio las injusticias.

Una de las muchas razones por las que Samantha estudió legeremancia, eso no cabía duda.

Le dijo todo lo que sabía de los dos tipos que estaban detrás de ella y, a pesar de que en realidad apenas era información, los nombres podían ser mucho más útil de lo que en realidad Sam ahora mismo tenía en mente. Recibió el chocolate caliente de Gwen y comenzó a revolver el interior a la par que soplaba, ya que el humo que salía declaraba lo caliente que iba a estar aquello.

Escuchó su ofrecimiento, pero rápidamente la alarma de Sam saltó. Si no le decía nada de esto a Caroline era porque era bien consciente de que la pelirroja querría ser la primera en tomar cartas en el asunto, cosa que de ser posible, Sam quería evitar a toda cosa. Lo que faltaba, que encima actuasen por ella y hubiesen más evidencias a la hora de ir en contra de las chicas. —No, no... —Se negó. —Bastante haces ya ayudándome con información para que yo los encuentre. Ya me ayudas lo suficiente como para encima inmiscuirte más en mis asuntos... —Hizo una pausa y tragó. —Sabes que a la mínima cualquiera es sospechoso y no quiero que tengan ningún motivo para sospechar de ti. Además... —Se aventuró a probar el chocolate y, por suerte, no se quemó. —Es lo que suelo hacer yo. Sabes que nunca he sido ni seré capaz de matar a nadie. Si quiero dar con ellos es simplemente para que dejen de buscarme y asegurarme que mis seres queridos están bien. ¿No te he dicho que soy experta en convertir a gente mala en gente buena? —dijo con una sonrisa traviesa, llevándose el dedo índice sugerentemente a la sien.

Y es que Sam se había aprovechado de su legeremancia y sus dotes mentales para hacer que personas despreciables que quieren hacer daño, fuesen personas más humanas, alejadas de cualquier tipo de odio por los fugitivos.
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Gwendoline Edevane el Mar Ene 09, 2018 3:51 pm

Sam era dada al humor negro, eso no era novedad, pero lo que sí me sorprendía era que siempre podía llegar a alcanzar otro nivel. Una parte de mí suponía que esa forma de ver la vida tenía que ser liberadora, y que posiblemente el hecho de poder encontrar una nota de humor en cualquier cosa la convertía en una persona mucho más cuerda que yo. Pero una era cómo era, y era muy complicado cambiar el chip después de tantos años.
No es cómo si mi cerebro fuese un circuito que pudiese ajustarse ni nada parecido.
Sam tenía claro que antes moriría que dejarse atrapar. La sola idea hizo que una especie de vértigo iniciase un ascenso rápido y mareante desde mi estómago hasta mi garganta, dónde formó una pelota. La idea de que Sam muriese me gustaba tan poco cómo la idea de que fuese apresada. Ambas eran horribles.

BuenoPese a estar con Sam, sabiendo que ella me conocía bien, no dejé que mi pánico traspasase a mis palabras. Hice uso de los mismos métodos que me mantenían a salvo y fuera de sospecha dentro del Ministerio., alguien dijo una vez que la muerte es definitiva, y la vida está llena de posibilidades.Me detuve a pensar un segundo, arrugando el ceño.Creo que fue en una serie de televisión. O en un libro.Negué con la cabeza, incapaz de acordarme.Lo que quiero decir es que me gusta más un mundo en el que Sam Lehmann esté viva.Y no dije más. No iba a pedirle que se rindiese si en alguna ocasión no veía otra salida que ser encarcelada o morir, pues estaba segura de que Azkaban era, para muchos, un destino peor que la muerte.

No me sorprendió que Sam confesase que, de estar en la situación opuesta, habría actuado igual que Caroline: prestando su ayuda incluso aunque ello supusiese entrar en el radar del Ministerio. ¿Y por qué no me sorprendía? Porque a veces era más sencillo preocuparse por la integridad y la seguridad de otros, que por la de uno mismo.
Cada día, yo misma me planteaba qué ocurriría en caso de que alguien me descubriese ayudando a personas non gratas para el Ministerio actual. Y creía que, aún pese a mis cuestionables dotes para la lucha, lucharía. Y si al final perdía, no sería el fin del mundo para mí. Acabaría en Azkaban, o muerta, o primero una cosa y después otra, pero me parecía una alternativa mucho menos horrible que imaginarme a otros pasando por eso mismo.
El ser humano podía ser muy estúpido, y eso era precioso.

Me pongo en tu situación.Digo con una sonrisa resignada.Supongo que yo pensaría básicamente lo mismo en tu situación. Pero no se trata de "hoy por ti, mañana por mí". Se trata de que necesitas ayuda, y nosotras tenemos esa ayuda. Sería egoísta no ofrecértela.Podía ser una forma de pensar ingenua, no lo negaré, pero a fin de cuentas me gustaba creer que no era la única que lo veía así. Ya no coger todas tus pertenencias y donarlas a la caridad para hacer del mundo un lugar mejor haciéndote miserable tú en el proceso, pero si un amigo puede ayudar a otro, debe hacerlo.Yo también odio las injusticias.

Una vez sentadas a la mesa, y tomando un chocolate que personalmente me abrasó la lengua al primer sorbo que le di, se puso sobre la mesa el asunto que había traido a Sam a mi casa: los dos mortífagos cazarrecompensas, Ulises y la Grulla. Se me ocurrió por un breve momento que aquel sería un título interesante para una película de acción y comedia protagonizada por Jackie Chan y algún cómico afroamericano: "Ulises y la Grulla: mortífagos cazarrecompensas". Desheché la idea en seguida de lo absurda que era.
Sabía que Sam no me dejaría participar en su misión. Sam no iba a arriesgarse a meterme en problemas. Tampoco iba a insistir: no quería que Sam se marchase, alegando que había sido un error acudir a mí, o algo por el estilo. No debía presionarla.

Está bien, me mantendré al margen. Y averiguaré todo lo que pueda de ellos. Es más, es posible que ya les haya visto, sin saberlo.Todo era posible. Por el Ministerio pasaba mucha gente sospechosa en aquellos días. "Ulises y la Grulla" podrían haberse paseado delante de mis narices, y yo no haberles prestado atención. Era sorprendente la capacidad que podía tener una persona para adaptarse hasta a las más miserables situaciones, y pasar a ignorar a todos aquellos que en el pasado habrían despertado todas sus alarmas.¿De verdad?Pregunté entonces, abriendo los ojos, sorprendida.¿Convertirlos en gente buena?Pregunté mientras, de manera distraida, me llevaba de nuevo la taza de chocolate a la boca.

Volví a quemarme al dar un sorbo, y maldije en silencio las temperaturas elevadas. Nunca me acostumbraría a ser capaz de llenarme la boca de chili tan picante que haría llorar a un mexicano, y luego no ser capaz de beber una maldita bebida caliente sin quemarmel. Tal vez existiese una relación entre ambas cosas...
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Sam J. Lehmann el Jue Ene 11, 2018 2:26 am

Le aterraba la idea de morir, más que nada en este mundo. Pero la sola idea de ser apresada y sufrir día tras día, en Azkaban o en el Área-M, se le hacía todavía un destino peor. Y... después de lo mal que lo había pasado todo este tiempo, la depresión en la que se había visto envuelta e incluso todos los momentos que ha tenido que vivir, cargados de dolor y sufrimiento... le habían hecho ver que morir tampoco era tan mala idea, si tu única opción para vivir es estar encerrada por personas para las que vales menos que nada. Bastante había sufrido ya todo este tiempo y bastante cohibida era su vida, como para encima preferir pasar el resto de sus días en una prisión en donde se te humilla y se te hunde hasta la muerte. No. Prefería mil veces morir.

Eso sí... quizás no fue muy sutil a la hora de decírselo a Gwendoline. Ella lo tenía asumido porque sabía que soportaría estar presa, pero obviamente, sus seres queridos no verían bien que Sam dejase de luchar. Por eso mismo jamás se lo había dicho a Caroline. —Ya... lo siento. —Se disculpó, consciente de que decir esas cosas hería a cualquiera. —Yo también prefiero ese mundo del que hablas, pero no puedo ni imaginarme cómo sería tener que vivir allí dentro. No lo soportaría. Vivir sufriendo hasta que se cansen de mí, ¿de verdad merece la pena? Yo creo que no...

Al final... todo era una cuestión de perspectiva y la legeremante no pudo evitar esbozar una sonrisa al escuchar a su amiga admitir que, de estar en su posición, actuaría igual que Sam. Todo era relativo. Todo dependía de dónde estuviese el punto de referencia; de quién fuese la afectada. Y es que, por suerte de la rubia, todas sus amigas eran más o tan buena como ella y llegaba un punto en donde el egoísmo no formaba parte de ninguna persona de su círculo, creando un lazo que, pese a las desgracias, se cuidaba como si fuese un tesoro. Una pequeña curva se formó en sus labios, feliz. —Lo sé... y sabes que te voy a estar agradecida toda la vida por arriesgarte por mí. Si en algún momento yo puedo hacer algo por ti, pídemelo. Lo que sea. —Lo que sea de verdad. Ella ya estaba en un punto en donde era capaz de dar lo que fuese por sus seres queridos.

Volvió a beber un poco del chocolate, escuchando lo que decía y bastante tranquila porque le había dicho que no se iba a inmiscuir más de lo necesario. Una cosa es que fingiese y luego le traspasase información a ella y otra muy diferente era que se metiese en medio de la batalla. No se lo perdonaría jamás si Gwen sale herida por su culpa. —Es lo más probable. En realidad no sé si trabajan solo como cazarrecompensas o si sólo lo hacen para ganarse el premio gordo y además lamer el ego de sus superiores... Pero sea como sea, seguro que sí. —Esbozó una sonrisa cuando le preguntó lo de convertir a personas en gente buena. —Soy legeremante y siempre... intenté prometerme a mí misma que utilizaría mis estudios y el poder que tengo para hacer cosas buenas, por decirlo de alguna manera... —En realidad muchas veces se había cuestionado eso, pero bueno, ahora mismo eso da igual. —Y obviamente, me niego rotundamente a matar a nadie. El día que mate a alguien, sólo me rebajaré al nivel de mis enemigos y si te soy sincera, no creo que sea capaz —confesó, acariciando la taza. —El caso es que... cada vez que tengo la suerte de darme cuenta de que alguien me persigue, gracias a mis contactos, antes de que de conmigo intento yo dar con él. ¿Quién se espera que tu víctima termine por convertirte a ti mismo en la víctima? Nadie. Normalmente los cojo a todos desprevenidos. Y... no sé... La única manera que tengo de quitármelos encima es hacer que se olviden de quién soy y por qué me quieren capturar. Pero si hago eso, podría volver a fijarse en mí, así que lo que hago es modificar aquello por lo que creen que luchan, dejando a un lado a los fugitivos —explicó con tranquilidad. —Resumidamente, les modifico la memoria para que dejen de hacer lo que hacen y se conviertan en mejores personas. Y ya que estoy, intento recavar información tanto de mí como de todos mis conocidos, por si están en el punto de mira de alguien o lo que sea. Es así como he ido sobreviviendo todo este tiempo. —Concluyó, tragando saliva y jugando con el asa de su taza. —Es lo mejor que se me ha ocurrido.
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Gwendoline Edevane el Vie Ene 12, 2018 3:45 am

Ser capturado por los mortífagos suponía un destino seguro: el Área-M. Un lugar en el que nadie querría acabar, a no ser que estuviese del lado de los magos tenebrosos, por supuesto. En dicho caso, podía ser un paraíso en la Tierra. Pero alguien que gozase de una pizca de humanidad en sus células encontraría aquel lugar repugnante. Y si por algún milagro le quedaba a ese alguien un poco de esperanza, los Dementores la consumirían hasta sumirla en la nada.
Costaba de creer, pero aquello me permitía entender bien el punto de vista de Sam. ¿Qué podía suponer la muerte? A lo peor, ¿sumirse en una nada absoluta, cómo quedarse dormido, pero sin posibilidad de despertar? O quizás hubiese algo, pues no en vano existían los fantasmas. Y seguro que a ellos nadie podía torturarlos.

Supongo que no, no merece la pena.Pensaba en mi madre, y por un segundo me quedé pensando en ella, una vez más, con la mirada perdida. Y una vez más, desheché el pensamiento cómo pude.Pero por ahora no tenemos que pensar en eso. Ambas estamos libres.Compuse una sonrisa. Era experta en sonreir para enmascarar aquello que me perturbaba.

No necesitaba que mi amiga me dijese que haría cualquier cosa por mí. Creo que, de hecho, no era la primera vez que me lo decía. Y yo sabía que era cierto. También sabía que en algún momento, yo sería la que tendría el problema y ella podría ayudarme a solucionarlo. La vida parecía decidida a dar tantas vueltas que no me sorprendería si en el futuro Sam y yo nos encontrábamos en una situación opuesta.

Yo también te estoy agradecida. Pero vamos, me conformaría con que fuésemos capaces de repetir esto más a menudo.Era difícil, estaba claro. ¿Cómo nos lo montábamos? ¿El lunes quedábamos en su tienda mágica y el miércoles en mi piso? ¿Quién compraba el vino? Y cuando vengan los mortífagos, ¿quién les borra la memoria? ¿Usamos la misma máxima que para elegir lugar dónde reunirnos? Las cosas aún tendrían que cambiar mucho para que aquello fuese una realidad.

Escuché con fascinación, y con una lengua quemada en la boca, lo que Sam hacía con los cazarrecompensas. La parte de la información estaba clara, desde luego. ¿Quién no aprovecharía para recabar todo tipo de datos de un cerebro a su disposición?
Tampoco imaginaba a Sam matando, igual que no me imaginaba a mí misma haciéndolo. ¿Cómo iba a ser capaz de quitarle la vida a propósito a una persona si, cuando iba conduciendo y una paloma o un gato se cruzaban en mi camino, me invadía una sensación de pánico que me hacía tensar los músculos y clavar el pie en el freno cómo si no hubiese un mañana? Solo de pensar que había personas en el mundo capaces de hacerlo, y de disfrutarlo, mi cabeza empezaba a dar vueltas.
Y no, no soy tan ingenua cómo para no saber que en ciertas ocasiones no hay más remedio, que existe la defensa propia, y que si tu vida se ve amenazada algo tendrás que hacer. Pero me gustaría no tener que verme nunca en una situación parecida.
Sam no había caído en eso. Y estando a la fuga, perseguida, nerviosa casi en todo momento—me imaginaba que así se sentiría, aunque no podía saberlo—, una persona podía caer fácilmente en la tentación de tomar la vía rápida. Algunos se conformarían con un Desmaius y un hechizo desmemorizador, y a correr, lo cual les haría ganar tiempo y vivir para luchar un día más; otros, en cambio, preferirían tomar medidas más drásticas y usar la luz verde.
De perdidos al río, ¿no?
Me alegraba que Sam fuese de las que buscaba otra opción, una salida alternativa. Y para cuando acabó su relato, yo sonreía sin darme cuenta.

Eso es genial, Sam.Le dije con sinceridad, pues a mí siempre me había gustado encontrar una salida alternativa a la violencia. No me gustaba solucionarlo todo a golpes.Y algo me dice que muchos de ellos incluso podrían llegar a agradecértelo. Siempre he pensado que vivir con tanto odio cómo viven ellos tiene que ser incluso doloroso.Aunque claro, ¿qué pasaría si de alguna forma lograsen revertir lo que Sam les hace? ¿Estarían cabreados con ella?Otros en tu situación no serían tan considerados, y mucho menos cuando esas mismas personas a las que, digamos, ayudas, estaban intentando atraparte, matarte, o las dos cosas.

Y seguro que algunos pensarían que somos Ravenclaw, supuestamente elegidas por nuestra inteligencia. Y que lo inteligente en esos casos es no arriesgarse. Pero creo que ese tipo de frialdad solamente es frecuente en la casa Slytherin. No todos en dicha casa son unos asesinos fríos y calculadores, por supuesto, pero muchos mortífagos reconocidos habían cursado sus estudios en la casa de Salazar.
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Sam J. Lehmann el Dom Ene 14, 2018 5:28 am

Hablar de la posibilidad de que un ser querido muriese sin duda era una auténtica mierda, sobre todo cuando estabas delante de él y evidentemente tu corazón te dictaba decir todo lo contrario para que dicha persona dejase de pensar en esa absurda idea. Y Sam lo sabía. Pero también quería que Gwen supiese que si ese momento le llegaba, probablemente sería la vía que tomaría la chica como solución. —Espero que siga siendo así. —En realidad Sam estaba libre, pero no era en absoluto libre. Había tantas cosas que no podía hacer que, sólo por ello, anhelaba hacerlas. Y, quieras o no, vivir así no sólo te da motivos para luchar, sino también para rendirte más fácilmente si ves el final del túnel.

Sonrió risueña cuando lo único que le gustaría a su amiga era poder repetir ese tipo de cosas; simplemente quedar con la otra, sentarse en la mesa o en el sofá en compañía de un chocolate caliente y, de ser posible, hablar de cosas que no tuviesen que ver con la muerte o de problemas políticos. Simplemente desconectar y poder simular que nada había pasado. Quizás no fuese muy inteligente lo siguiente que iba a decir, pero a decir verdad, últimamente se sentía capaz de todo. —Podríamos... —dijo, sin apartar la mirada de su amiga. —Es una tontería. Lo sé y lo sabes, porque si alguien se entera tú vas a estar en problemas y no quiero mi manera de vivir para nadie. Pero... después de un año en donde nada ha cambiado, quizás es hora de que la que cambie sea yo y deje de negarme a las personas que quiero. —Frunció una pequeña sonrisa en sus labios. —Y a ser posible, sin hablar de temas tan deprimentes... Mea culpa... —dijo divertida, mordiéndose el labio inferior.

Era difícil contarle a una persona la conclusión a la que había llegado. En realidad... ¿cuánto de bueno había en modificar la mente de una persona? ¿Acaso no era como matarla, pese a que no le estabas haciendo daño físico ni quitándole la oportunidad de vivir? Le seguías quitando su capacidad para ser ella misma; su libre albedrío. Moralmente... quizás fuese igual de cuestionable que matar a una persona, pero Sam había aprendido a lidiar con sus actos y ser consecuentes con ellos, ya que al fin y al cabo... ¿podía ser de otra manera?, ¿qué otra manera le quedaba a alguien como ella para poder defenderse del Ministerio? Ninguna, si no se quería rebajar a ellos.

Se alegró de ver que a Gwendoline le parecía una idea correcta y no... demasiado arriesgada u horrible. La verdad es que viéndolo por dónde lo veía ella, hasta parecía Madre Samantha de Londres. —Yo aún no entiendo cómo pueden vivir sin pesares, te lo digo en serio. Yo... a veces me meto en sus mentes y... —Llevó sus propias manos a su cabeza, haciendo una simbología de que explotaba su propia mente. —Te juro que no soy capaz de asimilar lo que veo ahí dentro. Lo que han sido capaces de hacer, lo que son capaces de ver y de destruir... lo que sienten al hacerlo... —Ya Sam había dejado de sonreír, ya que eso era algo que le afectaba muchísimo de lo que era. Para ser legeremante tenías que tener unos nervios de acero, no dejarte influenciar por lo que puedas ver o sentir y... en eso Sam siempre había sido verdaderamente débil, muy empática y buena. —Es horrible. Y a veces pienso si de verdad se merecen que yo les haga olvidar todo eso y les haga creer que está mal. Es darles una segunda oportunidad que en realidad no se merecen. Ellos se merecen sufrir como sufren todos nosotros en el Área-M, o terminar enterrados junto a todos nuestros amigos, pero... yo no soy capaz de castigar. No soy nadie para decidir y dar una sentencia. Muchos menos ejecutarla, simplemente no puedo. —Hizo una pausa. —Y si hago lo que hago es porque tengo que hacerlo para sobrevivir, ¿sabes? Porque esa gente no debería vivir después de todo lo que han hecho por destrozar otras vidas.

Había sonado... débil; como si de repente hubiese soltado en voz alta lo que piensa de verdad. Tragó saliva y se llevó la taza a los labios para beber. —Pero bueno... ya está —resopló y fingió una sonrisa. —Tú... ¿tú te estás manteniendo al margen? —preguntó con curiosidad. —Sin contar lo que haces por mí, digo.
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Gwendoline Edevane el Dom Ene 14, 2018 8:50 pm

Estoy segura de que muchos en la situación de Sam no se atreverían a hablar de "libertad". Estar a la fuga no era precisamente la idea que una persona cuerda tendría de libertad, pero otra cosa de la que estoy bastante segura es de que Azkaban era, había sido siempre, un agujero inmundo en el que dar con tus huesos. Había visto suficientes películas y series sobre prisiones muggles para saber que aquello era un paraíso en comparación con Azkaban.
Así que, seguramente, cualquiera que saliese de un infierno semejante y respirase el aire puro... bueno, contaminado, realmente... del mundo exterior, se sentiría más libre que nunca.
Y Sam parecía feliz, pese a todo. Se había acogido a esta nueva forma de libertad, y se las arreglaba para sobrevivir.
Sam me sorprendió al decirme que podríamos hacer más a menudo lo que estábamos haciendo: reunirnos, hablar, ponernos al día de todo. Me sorprendió porque la idea resultaba difícil de llevar a cabo.
Pero no imposible.

Puede ser una tontería, sí.Convine, pensativa, analizando la situación.Pero ni siquiera ellos pueden observarnos todo el tiempo. De hecho, a veces pienso que no observan nada a no ser que les pase por delante de las narices.Y ni aún así. Los mortífagos y puristas no dejaban de ser seres humanos. Y a excepción de los cazarrecompensan, que amaban a los galeones hasta el punto de proponerles matrimonio, si estos se dejaban, los empleados del Ministerio por lo general querían lo que todo el mundo: que la jornada laboral acabase para irse a casa. Eso no quería decir, por supuesto, que si un fugitivo era avistado, no fuesen corriendo a buscarlo. Pero la cosa se había calmado ligeramente: al principio, todos estaban ansiosos por impresionar a su ama, la Reina Rata, y se lanzaban a las calles cómo buitres a una vaca muerta. Cuando quedó claro que no iban a acabar en la cárcel, la cosa se calmó un poco.Sé que es arriesgado, no me he vuelto de repente estúpida.Comenté curvando los labios en una sonrisa.Pero es una cuestión de tener cuidado. Y coincido: a mí también me gustaría hablar de cosas un poco más bonitas.

Cuando Sam me explicó lo que hacía con los magos tenebrosos y cazarrecompensas que le pisaban los talones casi a diario, cómo les "modificaba la conducta", por así decirlo, sentí verdadera admiración. ¿Cómo no hacerlo? Después de todo, yo no concibía la venganza, la "justicia", o cómo quisiese llamarse al acto de castigar a otro privándole de su vida.
Lo que Sam hacía se me antojaba una forma de reinserción, una "segunda oportunidad" para hacer las cosas bien. Cierto era que presentaba un dilema moral y ético, y podríamos entrar en temas de creernos dioses por tal forma de actuar, pero aquellos temas me hacían explotar la cabeza a mí.
Cómo a Sam el hecho de mirar dentro de la cabeza de algunos de sus perseguidores, y cómo tan gráficamente representó con su gesto.

Yo tampoco lo comprendo.Y lo decía en serio. Después de todo, había tenido que ver cómo mi madre era arrastrada a Azkaban, y las únicas dos personas a las que ponía cara y podía culpar eran McDowell y mi padre. Y nunca en todo aquel tiempo había sentido siquiera un atisbo de deseo de hacerle daño a ninguno de ellos. Sam tenía dudas acerca de si se lo merecían o no, y si bien mi opinión quizás no terminase de despejarlas, se la ofrecí.El odio es lo que nos ha llevado a esta situación. Odio hacia la gente por ser cómo es, por haber nacido de una determinada manera. Tú estás ofreciendo una salida distinta. ¿Qué más da si lo merecen o no? Si les hacemos lo mismo que nos hacen ellos, por mucho que sea en defensa propia, acabamos no siendo muy diferentes a ellos.Dije con toda seriedad, y entonces se me ocurrió algo con lo que rebajar un poco la tensión, y sonreí.Además, ¿crees que existiría un castigo peor para alguien cómo McDowell que convertirla en una buena samaritana? ¡Pagaría por ver eso!

Rebajada un poco la tensión—y la temperatura del chocolate hasta niveles no agresivos con mi boca—, bebí el primer trago de chocolate placentero de aquella taza. Y Sam me hizo la pregunta que esperaba que me hiciese: ¿me había mantenido al margen?

Más o menos.Reconocí.Es decir, ya me conoces, si puedo echar una mano a alguien en apuros, lo hago. Pero reconozco que sí he tenido que dejar de ayudar en ocasiones por considerarlo demasiado arriesgado. Me he mantenido fuera del radar, y por ahora, creo, sigo siendo una empleada modelo a ojos del Ministerio.Y mi jefe de departamento estaba encantando de que le pasase a limpio los informes que redactaba. También los de algunos desmemorizadores. Y a veces dolía: la ortografía se les resistía a algunos de ellos, no daré nombres.Aunque llevo un tiempo pensando que lo que hago no es suficiente... Que podría hacer más...Confesé.

Y es que, aunque sabía que lo racional era mantenerse discretamente al margen y esperar a que las cosas cambiasen, y si no cambiaban, seguir adelante con mi vida cómo lo había hecho hasta ahora, siempre sentiría esa punzada de culpabilidad: mi madre estaba en Azkaban, Sam y Bea huyendo del Ministerio, y muchos otros sufriendo cada día.
¿Y qué hacía yo mientras tanto? Ser una empleada modelo y aprovecharme de vez en cuando de mis escasos privilegios para solucionar pequeños entuertos. Eso no era ayudar.
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Sam J. Lehmann el Mar Ene 16, 2018 5:07 am

Eso es lo que ella quería pensar; que no podía ser observada todo el tiempo. Que nadie en su sano juicio la perseguiría las veinticuatro horas del día, ni siquiera por lo que valía. Quizás había alguien lo suficientemente enfermo como para hacerlo, pero la legeremante se había auto-convencido de que no si quería tener una vida medianamente normal dentro de la anormalidad de su vida. —Pues lo hacemos —dijo entonces, sin darle más vueltas. Había llegado a un momento en su vida en donde lo mejor que podía hacer era lo que quisiera hacer y punto. Bastante libertad le quitaba el Ministerio como encima ella seguir cortándose las alas a sí misma. —Tú quieres estar conmigo, yo quiero estar contigo... está claro que nuestra relación puede funcionar, Gwen. —Bromeó divertida. —No, en serio. Yo ahora vivo con Caroline... podrías pasarte cuando quieras. No creo que resulte para nada extraño que dos perfectas trabajadoras del Ministerio queden. O yo podría venir aquí. O podríamos irnos muy lejos a ver la calzada del gigante o las pirámides de Egipto. —Volvió a bromear. —A lo que me refiero es que podemos hacer lo que nos de la gana. Que yo no me voy a volver a ir a ningún lado.

El odio era un sentimiento... realmente horrible. Yo sí había llegado a sentir odio, pero no por un colectivo, no como emoción base de mi día a día, pero de verdad había llegado a odiar con todo mi ser a una persona a la que debía adorar como mi amo y señor. Y... de verdad que en muchas ocasiones tenía ganas de hacerle daño y vengarme por todo lo que me había hecho, pero mi incapacidad para hacerlo simplemente hacía que ese odio no fuese tan fuerte.¿Pero el odio que sentían normalmente los portadores de la marca tenebrosa? Eso era algo totalmente  diferente que no se comparaba a lo que yo había sentido en algún momento. Eso era... un sentimiento que parecía ser solo saciado con violencia; una violencia que les daba placer. Y eso era repugnante.

Bebí un poco de chocolate de nuevo, mojándome los labios después al escuchar a Gwen. —Sí, en eso tienes toda la razón... si actuamos como ellos, no podemos considerarnos en ningún momento mejor. —Y luego no fui capaz de evitar sonreír. —La verdad es que sería muy  gracioso ver eso. —McDowell siempre había tenido una actitud autoritaria incluso cuando aún era la asistente de los antiguos Ministros de Magia, con un semblante sereno y un carácter fuerte. Ahora que sabíamos lo que era, era incluso más fácil asumir su verdadera identidad. Aunque a decir verdad, había visto mente de tantas personas declaradas mortífagas, arrepentidas y actuando por obligación y temor que... ¿quién nos decía que McDowell no estaba en donde estaba siendo obligada? ¿Y si en verdad está en donde está porque Lord Voldemort la obliga? ¿Y si en realidad ella no mató a nadie y es un daño colateral al que le ha tocado colaborar en vez de ser destruida? Sam ya se creía cualquier cosa.

Frunció los labios al escuchar lo que le decía su amiga. El sentimiento de querer hacer más o de pensar que eres capaz de hacerlo, siempre solía ser el detonante principal de tu inconformidad. Pero después de todo, tenías que pensar más allá que simplemente lo que hacer por los demás y pensar también en tu propia vida. ¿Hasta cuánto merecía la pena arriesgarse como para poner tu cómoda vida en peligro? Porque en ningún momento recomendaría a nadie de ellas —tan afortunadas a ojos de Sam— a arriesgarse tanto como para que la pillasen. Vivir como fugitiva era, posiblemente, lo tercero peor que le ha pasado a Sam en toda su vida. Ya que tener a su mejor amigo —Henry Kerr— sin recordarla y haber sido partícipe de un abusivo y humillante Juramento Inquebrantable se llevaban el top uno y el top dos de esa lista.

Puso una de sus manos sobre la de Gwen. —Claro que puedes hacer más —le dijo claramente, para que no le cupiese ninguna duda. —Alguien como tú, puede hacer muchísimo por personas como nosotros, que no te quepa ninguna duda. Y muchos de nosotros te dirían que te metieras en el despacho de McDowell y le lanzases un Avada Kedavra para que todo esto acabase. Pero eso es una tontería, porque al fin y al cabo, McDowell no es más que otro peón en todo este juego. Y a ti no te conviene dar más por nosotros, si no quieres también quedarte sin la libertad que tienes ahora. —Y porque evidentemente, Sam ahora mismo sólo tenía dos preocupaciones: mantenerse a salvo a sí misma y a las personas a las que quería. Y como era normal, no quería que nadie de esas personas tomasen más riesgos de los que deberían, pese a que luego ellos eran libres de hacer las locuras que quisieran. —No quiero verte en la misma situación que yo. Y estoy segura de que si te lo propusieras, serías capaz de cambiar la vida de muchos de nosotros, pero como bien has hecho hasta ahora, hay que saber cuándo decir 'hasta aquí' y no arriesgarte de más. Yo no me lo creía cuando ocurrió, ¿vale? No me creía que, literalmente, de un día para otro, ya no tuviese absolutamente nada. —Apartó la mano entonces, volviendo a ponerla sobre la taza, la cual estaba calentita.

Se cruzó de piernas y se pasó dos mechones de pelos por detrás de las orejas, para volver a mirar a Gwen. —La vida es una putada, ¿eh? —Sonrió. —Sin contar todas las desgracias del mundo mágico en la que estamos metidas, ¿todo te ha ido bien hasta ahora? ¿Has podido tener una vida medianamente normal en donde poder salir los sábados a tomarte algo y e ir a la biblioteca a alquilar un libro? —Lo echaba de menos.
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