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Our life —Gwendoline Edevane.

Sam J. Lehmann el Vie Dic 22, 2017 12:32 am

Recuerdo del primer mensaje :


10 de diciembre del 2017 — Londres, casa de Gwendoline Edevane — 21:30 horas

Hacía tiempo que había cometido una ligera imprudencia, motivo por el cual ahora estaba muy paranoica con respecto a que le perseguían y habían dado con su escondite. La legeremante ahora mismo estaba viviendo con su mejor amiga Caroline y, pese a que jamás entraba por la puerta y siempre se aparecía en el interior de la casa, tenía la sensación de que había gente capaz de averiguarlo. Además de vivir con Caroline, Sam seguía manteniendo su tienda de campaña mágica oculta en lugares lejanos en Londres y era eso lo que verdaderamente le daba miedo. ¿De verdad le merecía la pena seguir conservando ese lugar, ahora que tenía un hogar? Ella pensaba que sí, que era lo lógico; que ahí podía seguir haciendo todas las pociones y utilizarlo como lugar de trabajo, ya que lo menos que quería era llenar la casa de Caroline con trastos innecesarios y mil y una cosas que pudieran inmiscuirlas en más problemas de los que ya tiene por ocultar a una fugitiva de la ley. Bastante había hecho ya accediendo a que su gatito y su cerdito vietnamita fuesen a vivir también allí con ellas.

Quizás Sam estaba paranoica, no te quito razón, pero entre que ella sentía que la perseguían y la vigilaban y que había recibido rumores sobre un detective-cazarrecompensas que había estado capturando fugitivos de una manera infalible... pues claro, a ella le causaba todavía más temor ser la siguiente presa de ese tipo. ¿Y lo peor? Poner a Caroline en peligro por su culpa.

Así que le mandó un correo electrónico a Gwendoline. Ya ni se fiaba de los móviles y suponía que con el correo que se había creado, de nombre aleatorio, no podía ser relacionado con ella muy fácilmente. Le pidió quedar urgentemente porque necesitaba ayuda y, creedme, le sabía fatal tener que acudir a Gwen para ello. Era un riesgo, a fin de cuentas, poner en peligro a otra persona con tal de salvar a otra. ¿Y si la estaban siguiendo y le perseguían hasta casa de Gwen? Fue por eso que se apareció directamente en uno de los baños del metro, cogiendo el vehículo hasta la parada más cercana a la casa de su amiga. Era altamente improbable que cualquiera pudiese haberla seguido de esa manera. Era imposible. Y lo primero que tenía que pasar es que ella misma se lo creyese o iba a entrar en bucle.

Con una bufada hasta la nariz, un gorro de lana que le tapaba prácticamente toda la cabeza de lo grande que era y un gran chaquetón para el frío. Apenas se notaba que era ella, pues tenía todo el rostro tapado. Tocó la puerta de la casa de su amiga, volviéndose a guardar su mano congelada en el bolsillo y mirando para todos lados, nerviosa. Cuando su gran amiga abrió la puerta, sacó las manos de sus bolsillos y le abrazó. —Siento haber venido a tu casa, ¿de verdad que no hay problema?

Habían muchas personas del Ministerio y que todavía tenían el voto de confianza del Ministerio que consideraban que su vida estaba lo suficientemente segura como para poder arriesgarse un poco. Ignoraba si ese era el estado de Gwendoline, pero al menos por parte de Sam, le resultaba un verdadero martirio tener que acudir tanto a pedir ayudas a las personas que estimaba, ya que había una alta probabilidad de que por su culpa, éstas terminasen mal paradas. ¿Por qué lo hacía? Porque ya, después de un año, se había dado cuenta de que ella sola no podía con el mundo. Por mucho que lo intentase, no podía. Y si quería poder hacer algo, necesitaba esa ayuda que la posicionase un paso por delante de sus enemigos. Aunque sólo fuese un pasito muy pequeño.
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Gwendoline Edevane el Mar Ene 16, 2018 3:48 pm

Quienquiera que presenciase aquella escena—nadie, esperaba—pensaría que estábamos locas de remate. Achacaría nuestra forma de pensar a un error de cálculo cometido por el Sombrero Seleccionador al enviarnos a la casa Ravenclaw. Se suponía que debíamos ser las inteligentes, las que no cometían estupideces...
Y allí estábamos, cometiendo una que podía ser muy gorda. Y en ningún momento me arrepentí de lo que dije.
Sam me sorprendió al convenir conmigo que debíamos hacerlo. Y sucedió lo que en raras ocasiones sucedía conmigo: uno de esos raros arrebatos en los que me apetecía abrazar a alguien y lo hacía. Rodeé a Sam con mis brazos con tanta fuerza que al momento me arrepentí.
No quería partirle el cuello en uno de mis arrebatos, aunque con mis brazos dudaba que algo así fuese posible.

¡Perdona, perdona!Me apresuré a decirle. Torpe hasta extremos con los gestos de afecto que tan naturales le salían a ella.Espero no haberte hecho daño.

Sam sugería que me pasase a visitar de cuándo en cuándo a Caroline, aunque para ello primero tendría que hablar con ella. No es que dudase que Sam pudiese tener permiso para invitar a gente, es que yo tenía ciertos reparos: si cupiese la mínima posibilidad, la más mínima, de que a Caroline la importunase mi vista, no me dejaría caer por allí.
Pero eso no se lo dije a Sam. Ella parecía convencida de que aquello podia hacerse, y me estaba haciendo sentir muy segura de aquello.
¡Que sensación tan maravillosa!

Trato hecho. No vale volverse atrás.Respondí cuando propuso todas aquellas opciones. Cualquiera me servía—aunque me costaba un mundo imaginarme a mí misma en Egipto—con tal de recuperar algo que creía perdido para siempre. Entonces compuse una expresión fastidiada que esperaba fuese cómica.Aunque acabo de darme cuenta de que voy a tener que hacer aún más horas extras, si cabe. ¡Mi...ércoles!Pero no pude evitar reírme al final, arruinando toda mi pose de "mujer-soltera-fastidiada-por-tener-que-trabajar-mucho".

Sam entendió mi punto de vista a la perfección. No decía que mi forma de pensar fuese la más inteligente, ni mucho menos, pero no me gustaba ver el mundo de otra manera.
Sí, es verdad: mi forma de pensar podía llegar a matarme algún día. Pero... ¿vivir en contra de tus propios principios no era, de hecho, una forma de muerte? Si alguien pretendía que yo matase a alguien, ya podía utilizar una maldición Imperius muy potente, pues de otra manera no iba a hacerlo.
Poniendo a McDowell cómo ejemplo, incluso, me veía a mí misma sorprendida al pensar que estaba siendo demasiado dura con ella. No la conocía, sólo conocía la peor faceta de ella, la que había llevado a mi madre a la cárcel... y aún así no me sentía bien burlándome en exceso de ella.
Así que tomé nota mental de que esa fuese la última vez que me mofaba de ella. No quería caer en el bullying, hacia nadie.
Esa línea de pensamiento llevó a lo siguiente que Sam me preguntó: si me mantenía al margen. Y a lo que yo le respondí: que sí, pero que me gustaría hacer más. Ella propuso un escenario improbable: entrar en el despacho de McDowell y repetir su propia jugada, matándola allí mismo.
Sí, y después podían volar los cerdos, claro. Porque aunque tuviese los redaños para siquiera intentar hacer algo así, estaba segura de que no sería rival para ella.
No me apetecía nada enfrentarme a ella... ni a ningún otro mortífago, dicho sea de paso.

Algo me dice que el supuesto que propones no iba a terminar demasiado bien para mi integridad física...Le dije, pensativa y seria. Compendía las preocupaciones de Sam. Ella prefería que siguiese cómo estaba, libre, y sobre todo, viva. Eso era lo que yo pensaba respecto a ella. Me gustaba verla viva, me gustaba saber que estaba viva, y me gustaba tener la posibilidad de verla.No te preocupes por eso. Creo que he sido lo bastante inteligente cómo para que no se note en absoluto mi mano detrás de cada cosa que he hecho. A fin de cuentas, trabajo con desmemorizadores...Y si algo sabía hacer mi departamento, ese algo era cubrir sus propias huellas. Había aprendido de ellos muchos pequeños trucos.Y dentro del departamento nadie sospecha nada de mí.

Lo cual era un gran alivio, teniendo en cuenta cómo mi madre había terminado entre rejas solo por ser lo que ellos llamaban "sangre sucia". Cabría esperar que me sometiesen a un continuo escrutinio, pero había conseguido demostrar, sin llegar a doblar la rodilla ante Lord Voldemort, que era un valioso miembro para la sociedad mágica. ¿Cual había sido el secreto?
Ninguno: trabajar, hacer las cosas de la misma forma que las había hecho siempre. Y no hablar más de lo necesario.
Asentí con resignación a lo siguiente que dijo Sam, bebiendo otro sorbo de chocolate.

¿La verdad? Echo de menos ir a todos lados con mi iPod.Problema número 1 del primer mundo mágico. Me sentí culpable después de decirlo.Vaya queja más tonta, ¿no? Tú escondiéndote de los cazarrecompensas, y aquí la princesita Wendy quejándose porque no puede escuchar música por la calle.Puse los ojos en blanco.No ha sido tan horrible para mí, me avergüenza reconocer. Me pasa cómo en Hogwarts: soy invisible. Paso tan desapercibida que... las cosas van tan bien cómo cabría esperar.Hice una nueva pausa, la mirada perdida en algún punto de la habitación, los ojos ligeramente más abiertos de lo normal, y los labios apretados.Mi padre quiere pasar la nochebuena conmigo...

Comenté aquello de pasada. No sabía si Sam estaría al tanto de lo que ocurrió con él y mi madre cuando Voldemort se hizo con el control de todo. Antes de todo aquello, no le apreciaba demasiado, pero cuando no dudó ni un segundo en aceptar la anulación de su matrimonio con mi madre, y estrechar manos indeseables al hacerlo, perdió por completo mi respeto.
Lo que menos me apetecía era cenar con él cualquier noche del año. Prefería la soledad.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Ene 18, 2018 1:48 am

¡Aw! ¿Sabes qué? Sam podía comprarse, de lo dulce que era, con un bollito de chocolate. Y sí, tenía una facilidad innata para mostrar sus sentimientos a las personas a las que quería. Abrazos, besos, sujetar sus manos... todo. Desde siempre tuvo bien claro que demostrar lo que sientes —menos en ciertas ocasiones, cuando 'eso' que sientes puede ser un problema— es primordial, sobre todo si te enorgulleces de ello. Y, desde siempre, su amiga Gwen había sido, en comparación con ella, un pequeño cubito de hielo al que ir derritiendo poco a poco. Así que el hecho de que le abrazase tan repentinamente, le enamoró el alma a la rubia. ¡Qué perdona ni que nada! ¡Como si le partes el cuello en el proceso, no pasa nada! —¡No seas boba! —Sonrió, contenta. —Como si me quieres achuchar hasta dejarme sin respiración, ¿eh? Yo no me voy a quejar.

Y vamos que no se iba a quejar. Ella no rechazaba ningún tipo de gesto de cariño, mucho menos en su situación; mucho menos por parte de la torpe de su amiga. —Tranquila, no me voy a echar atrás. —A menos que de repente se cerniese sobre ella una terrible nube de mala suerte que pusiese en peligro a todos sus seres queridos... pero oye, la legeremante quería ir por el camino del optimismo ahora que comenzaba a abrir los ojos de nuevo y a salir de su burbuja de decadencia. Rió ante su broma. —Ahora las horas extras las haces en casa de Caroline... —Rodó los ojos, como si esa idea no fuese con ella, pese a ser una gran idea.

La verdad es que solo hablaba de una suposición, no de que lo fuese a hacer de verdad. Pero el problema de que una persona como Gwedoline, con tanta libertad ahí fuera, se uniese a los fugitivos que más desesperados estaban, es que podían llegar a contribuir en que cometiese alguna locura. Sam sabía perfectamente de que su amiga no tenía un pelo de idiota y si le había puesto el ejemplo de ir al despacho de McDowell a matarla, era simplemente por ir a un extremo. —Obviamente, ni lo intentes. Solo era un ejemplo. —Se apresuró en decir. —Ni se te ocurra enfrentarte a esa tía. Si está ahí es porque oculta mucho más de lo que enseña —añadió, prácticamente segura de sus palabras. —A lo que me refería es que tienes posibilidades infinitas para ayudar, pero que más de la mitad son totalmente incompatibles con el hecho de que sigas teniendo una vida normal. Y es mil veces más importante que tu vida siga siendo normal —resumió finalmente, para entonces sentirse bastante orgullosa de que su amiga se cubriese tan bien sus propias espaldas. Después de todo, tal cual estaban las cosas, o lo hacías tú misma, o no podías confiar en nadie. —¿Y cómo llevas la oclumancia? —preguntó, bastante interesada. No era un secreto que Sam era legeremante, capaz no sólo de sentir las emociones, sino también de ver los más profundos pensamientos de la gente. Y lo único que le separaba de hacerlo o no, era la oclumancia. Y por cómo estaba la cosa y las cosas horribles que había tenido que hacer, era bien consciente de que muchos mortífagos y trabajadoras del Ministerio de dudosa reputación tenían en su mano un don bastante importante como lo es la legeremancia, pese a que todavía no estuviese del todo perfeccionada. Y claro... ya había advertido a Caroline, pero Gwen estaba en la misma tesitura. —No te fíes de nadie, ¿vale? En el Ministerio hay muchos que saben de legeremancia, les enseñé yo misma. Asegúrate de que se mantienen alejados de ti si no tienes cómo defenderte.

Y, poco a poco, el tema fue cayendo a un lado para dar paso a uno que si bien también tenía su parte triste, al menos ya no hablaban del foco de desgracias que asolaba el mundo mágico. Le había preguntado por ella, sólo por ella y... a decir verdad, su contestación hizo que Sam se mordiese el labio inferior, negase con la cabeza y reprimiese una sonrisa. —Eso me parece una soberana tontería, ¿ahora no se puede utilizar tecnología muggle? Vete a casa de cualquier purista, a ver en donde guarda el queso y la verdura. Te aseguro que todos hacen uso de la tecnología muggle con los frigoríficos. —Puso los ojos en blanco por ese detalle, para entonces encogerse de hombros con el chocolate en la mano. —Y lo mejor que te ha podido pasar es pasar desapercibida. Conozco gente que está en el punto de mira del Ministerio, esperando a que cojee de un pie para atraparlo y, te digo yo, que su vida sí que es una cárcel.

Hacía tiempo ya que había leído en el Profeta lo ocurrido con la madre de Gwedoline. Recordaba estar en su caseta de campaña después de haber robado un periódico de una de las casas de Godric y leerlo todo, sintiéndose terriblemente mal. Lo peor, en realidad, era imaginarse como estaría ella y que no pudiese hacer absolutamente nada por ayudarla, reconfortarla o, simplemente, acompañarla. El Ministerio de Magia, mediante el Profeta, se ceba de las noticias que le suben el ego y, al principio, las anulaciones de matrimonios eran TOP en ese medio de comunicación. Y era triste ver cómo una persona era capaz de vender a la que se suponía que había jurado amar hasta el fin de sus días. Sam puso una de sus manos sobre la de ella. —¿Y qué espera, hacer como si nada hubiera pasado? Ni se te ocurra ir. Ese tío no se merece que lo sigas llamando padre, Gwen. —Le dijo con una claridad desbordante. —Lo que te hizo a ti y lo que le hizo a tu madre no tiene perdón. Lo leí en El Profeta cuando ocurrió y... no tiene perdón. —Repitió. —Si no tienes con quién pasar la navidad, la pasas con nosotras, ¿vale? Yo no puedo ir a ningún sitio y Caroline se niega a dejarme sola, así que seremos dos para cenar. —Se encoge de hombros. —O tres, si tú quieres. —Soltó su mano y bebió del chocolate, mirándola con un gesto amistoso y animado mientras subía y bajaba las cejas, animándola a ella.
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Gwendoline Edevane el Vie Ene 19, 2018 12:08 am

No solía experimentar ese tipo de arranques hacia nadie. Y no mentiría a nadie si decía que hacía más de un año que nadie me abrazaba. Hasta que Sam había llegado, por supuesto. No recordaba si alguna vez antes yo había tomado la iniciativa a la hora de abrazarla. Pero no había podido evitarlo.
La echaba de menos más de lo que sabía decir, y la quería más de lo que mi extraña forma de ser me permitía confesar. Aquella me había parecido una buena forma de demostrarlo.
Y por suerte para Sam, tenía poca fuerza. Parecía que no había conseguido hacerle daño.

Preferiría que mis abrazos tuviesen un efecto menos... letal. A poder ser. Aunque...Me miré uno de los brazos, delgados cómo eran, y volví a mirar a Sam encogiéndome de hombros.Me da la impresión de que no hay peligro de que eso ocurra.

Parecía que íbamos a poder seguir viéndonos, siempre y cuando fuesemos con cuidado. Me alegraba de verdad, y hasta ese momento no había sido consciente del todo de lo mucho que necesitaba Sam. Este último año, si bien no había sido tan extremo cómo cuando era una cría en Hogwarts, me había cerrado muy en banda casi a todo el mundo. Me había enterrado en el trabajo, por así decirlo, y en hacer un poco "el bien" sin que mi mano se notase tras mis actuaciones. Mi vida se resumía a ir de casa al trabajo, del trabajo a casa, y de cuando en cuando ir a la compra, cosa inevitable si quería seguir manteniendo ese lujo que llamaban "comer".
No quería dejarme llevar por la emoción, eso sí: no convenía empezar a cometer errores y meterme directamente en el radar del Ministerio.

Caroline va a terminar echándonos de una patada en el trasero.Acerté a decir, riendo. Me podía imaginar a esa pobre mujer viendo cómo su casa se convertía en una sala de reuniones de antiguas alumnas de Ravenclaw.¿De verdad crees que no le importará? Creo que hablamos pocas veces mientras estábamos en Hogwarts...Y tres cuartos de lo mismo respecto al Ministerio. Me apetecía conocerla, sobre todo ahora que debía agradecerle que estuviese cuidando de Sam.

La perspectiva de atacar a McDowell no solamente era del todo surrealista, si no totalmente fuera de mi alcance. Ambas lo sabíamos. Y estaba claro que no era alguien a quién subestimar. Primero, porque no dudaba del poder que pudiese tener; segundo, porque no dudaba de su falta de misericordia con cualquiera que intentase una tontería cómo aquella, atacándola en su propio despacho.
Seguro que me evitaba el molesto trámite de pasar por un juicio, por supuesto, que la señora Ministra dictaría sentencia muy rápido.
Por suerte, no tenía instintos asesinos, ni odio particular hacia ella. No me gustaba, pero tampoco sentía un especial deseo de negarle su derecho a la vida. ¿Quién era yo para decidir algo así?

Te he entendido a la primera.Le dije a Sam con tono de voz suave y sonriendo.Te preocupas por mí, y no sabes cuánto lo agradezco. Me pasa igual.Añadí, y entonces alargué mi mano hasta colocarla sobre el antebrazo de Sam. Preocupada cómo estaba por mí, me preguntó cómo llevaba lo de la oclumancia. Retiré lentamente la mano de su brazo, mientras pensaba en ello.Pues lo cierto es que no soy lo que se dice una experta... Quizás debiese ponerlo más en práctica. Y tampoco me vendría mal tu capacidad para leer mentes.No es que fuese a dedicarme a leerle la mente a todo bicho viviente que me cruzase, pero las contadas ocasiones que me ponía la mosca detrás de la oreja alguna mirada rara, podría enterarme de lo que ocurría.Pero tranquila, que la confianza en el prójimo no es algo que abunde en mí en estos días...Añadí, sonriendo para restarle un poco de hierro al asunto, si era posible.

La mención a mi iPod hizo gracia a Sam, e incluso a mí misma me parecía una contramedida bastante ridícula. Pero no había sido algo gratuito, a decir verdad: en una ocasión, había visto a uno de los empleados del Ministerio gritándole a su hijo por haberlo descubierto jugando con una pequeña videoconsola muggle.
El energúmeno se la había hecho pedazos con un hechizo delante de todo el mundo, prometiendo al niño un castigo al llegar a casa que incluía una pluma de sangre.
Sentí rabia e indignación al respecto, y de haber podido, habría ayudado a ese niño. Sin embargo, esa era una de las cosas que había dejado pasar por considerarlas peligrosas, y me habían servido de ejemplo: si había gente capaz de castigar a su hijo por jugar con una videoconsola muggle, ¿qué serían capaces de hacer con una mestiza que iba escuchando música en un aparato muggle por la calle?

Podría ser.Convine.Pero he visto algunos puristas extremos en el Ministerio. De esos que te miran raro si estornudas. No hay muchos, y seguro que incluso McDowell tendrá algún tipo de proceso de criba para no prestar atención a exageraciones. Después de todo, el Ministerio sigue necesitando que los puestos de trabajo estén cubiertos. Además, no puede decirse que un iPod sea un electrodoméstico de primera necesidad...Hice una pausa para meditar acerca de esa frase, y entonces, sabiendo lo mucho que me gustaba la música, añadí:Vale, estoy mintiendo: la música es un artículo de primerísima necesidad.Mi amiga me dijo que tenía suerte de haber pasado desapercibida. Y estaba de acuerdo: no quería saber cómo era vivir bajo el escrutinio del Ministerio.Supongo que ser una empleada eficiente tiene sus ventajas. Eso, y no haber llamado la atención por decantarme por uno u otro bando.

El tema de mi padre era peliagudo. Yo sabía que no era un hombre de fiar, pero antes de lo ocurrido durante el juicio al que fueron sometidos mi madre y él, tenía una ligera esperanza de que hiciese algo bueno. Que dijese algo en favor de mi madre. Me daba igual lo que fuese, cómo si le daba por decir que mi madre se avergonzaba de su ascendencia, que era fiel a Voldemort... Lo que fuese.
En su lugar, guardó silencio. No dijo palabra más que para defenderse a sí mismo. Aceptó la anulación de su matrimonio, y aceptó que su esposa acabase en la cárcel.
Yo logré mantener la compostura durante todo el proceso, incluso aunque sentía una rabia increible. Creo que fue la primera vez que sentía algo parecido hacia nadie. Cuando volvíamos a casa, no le dirigí la palabra, y cuando detuvo el coche delante de mi edificio, quiso decirme algo.
Mi respuesta fue salir del coche dando un portazo sin dirigirle la palabra. Le habría arreado una bofetada de tener suficiente malicia en mi interior, pero no lo hice. En su lugar, me encaminé hacia mi apartamento sin decir nada, a pesar de que él se bajó del coche e insistió en llamarme "Wendy" una y otra vez, pidiéndome por favor que le escuchase.
Ya le había escuchado suficiente.

Es un cobarde.Dije con un tono de voz suave, a pesar de lo que acababa de recordar.No he vuelto a hablar con él desde entonces. Me ha escrito, pero no me he molestado en leer ni una sola de sus cartas. Y le pareció buena idea enviarme una vociferadora con una invitación. Una idea digna de un genio, sí...Sonreí sarcásticamente. Al menos podía agradecer que no hubiese decidido pasarse por mi apartamento desde aquello.No voy a ir. Nunca he tenido lo que se dice un temperamento fuerte, pero creo que él es la única persona a la que alguna vez me he visualizado abofeteando. ¿Te puedes creer que casi hubiese preferido que mintiese por mi madre? ¿Que ambos jurasen lealtad a Voldemort? Sé que suena horrible, pero...Pero ella estaría libre, y yo podría tener una figura paterna a la que respetar.

Sam me sugirió entonces que pasase las navidades con ella y con Caroline. Y lo cierto es que la idea me gustaba. Sin embargo, no sabía si Caroline estaría de acuerdo con ello.

¿Crees que a Caroline le parecería bien?Aventuré a preguntar, con cautela. Las Navidades eran esa época del año en que las personas se ponían melancólicas. Peor aún si no tenían padres o familiares con las que pasarlas.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Ene 20, 2018 2:26 am

Le parecía enternecedor imaginarse a Caroline echando a Gwen y Samantha de su casa de una patada en el culo, pero era totalmente improbable. Había que recordar que la legeremante era incapaz de salir a ningún lado de Inglaterra junto a su amiga sin sentirse vigilada, por lo que la gran mayoría del tiempo que pasaban juntas lo hacían en el interior de la casa. Si añadíamos a una tercera persona en la ecuación, la chica tenía bien claro que su amiga se iba a sentir muy bien de que al menos expandiese sus horizontes con respecto a las relaciones humanas, ya que a decir verdad, Sam se había quedado sólo con la compañía de la pelirroja y nada más. Además, encima era una trabajadora del Ministerio y no una fugitiva, por lo que podían convertirse mutuamente en un gran apoyo pese a que no hubieran hablado mucho en el pasado. Eso, dadas las circunstancias actuales, da igual. —No le importará. —Creía conocer muy bien a su amiga como para poder asegurar eso con total determinación. —Si yo creo que ya debe de estar harta de verme todo el rato a mí sola... además de que será agradable saber a ciencia cierta de que tenéis un apoyo en el Ministerio, ¿no? No sé... —Se encogió ligeramente de hombros. —Y da igual lo que hayáis hablado en el pasado en Hogwarts. Cuando mi generación se graduó ella se fue a estudiar fuera y, una vez terminó los estudios no volvió, así que más o menos has tenido el mismo trato que yo con ella en los últimos años. —Evidentemente exageró, pero era para que se hiciese una idea de que pese a lo que pudiera parecer, en realidad Sam llevaba años sin saber de ella hasta los últimos cuatro meses.

Con el paso del tiempo y el cambio de gobierno habían cosas que habían incrementado exponencialmente su valor, entre ellas las dotes mentales como eran la legermancia o la oclumancia, o al menos así lo veía Sam, que utilizaba la primera de éstas para poder sobrevivir ahí fuera como fugitiva que era. Antes ambas modalidades tenían su papel fundamental, pero se alejaba bastante del día a día, probablemente por la ética y la moral. Sin embargo... ahora todo eso da igual, porque cuando la tiranía es ley, la revolución es orden. Y la legeremancia se había convertido en un arma para sacar información, mientras que la oclumancia era el escudo de los más débiles. Y ahora mismo se arrepentía de haber optado por la rama ofensiva en vez de la defensiva. —Te podría ayudar... —le ofreció, frunciendo un poco los labios. —Con la legeremancia y la oclumancia, digo. No soy experta en el ámbito de la oclumancia pero... podría ayudarte a mejorar un poquito. Y si lo que quieres es aprender con la legeremancia... —Ahí si formó una ladeada sonrisa en su rostro, con más confianza. En eso no podía negar que era una crack. Sin embargo, seguía pensando que dada su situación lo mejor era cerrar la mente al resto.

Era bien consciente de que había personas considerablemente retrasadas que eran capaces de hacer cualquier cosa —por estúpida que pareciese— con tal de apoyar al nuevo gobierno y adorar a la ideología en la que se basaba el purismo y el odio hacia los muggles, pero... de verdad que quería creer en la inteligencia de la humanidad mágica y pensar que de verdad no eran tan imbéciles. Podía entender que una persona lo fuese, crease dichos ideales y los más imbéciles lo siguiesen, ¿pero tanto como para llegar a tales extremos, de verdad? Negó con la cabeza, incrédula. —Seguro que lo tendrán, porque sencillamente su lógica carece de sentido. Supongo que todo lo exagerarán en la prensa para que el mensaje llegue a todos por igual y no se pueda malinterpretar a su beneficio, pero no creo que te vayan a meter en Azkaban por utilizar un iPod. O vamos... ya sería el colmo de lo absurdo. —Mostró una sonrisa. —Que oye, teniendo en cuenta la de gilipolleces que ha sacado el nuevo gobierno, yo ya me espero cualquier cosa, pero quiero seguir creyendo en la inteligencia del ser humano —añadió, un tanto divertida. Luego un dato hizo que Sam bebiese de su chocolate y frunciese el ceño. —¿No te posicionaste jamás en ningún bando? Es decir... ¿cuándo el gobierno cayó, no te obligaron a jurar lealtad? —Porque Sam creía que eso era obligatorio o algo así. —¿O te refieres que pese a hacerlo, te has mantenido al margen de absolutamente todo?

La verdad es que debía de dar gracias de que sus padres fuesen muggles y estuviesen lo suficientemente alejados de la civilización mágica británica como para que cualquiera pudiese percatarse de ellos. Cada uno tenía su vida y la poca —por no decir nula— relación que había tenido Sam con ellos durante estos últimos años había sido lo que había conseguido que siguiesen con vida y viviendo su propia vida sin preocupación. De hecho, ninguno era consciente todavía de que su hija estaba siendo perseguida por el gobierno mágico. Un detalle que, por el momento, mejor que siguiese así.

Negó con la cabeza ante lo que le contaba su amiga, sobre todo ante la idea del vociferador, la cual era una idea nefasta para enviar a alguien que no quiere oír tu voz ni saber nada de ti. Y Sam entendía perfectamente a Gwen dentro de toda la seriedad posible, ya que a la rubia le pareció tan enternecedor como la imagen de antes de Caroline pegando una patada en el culo, como imaginarse a Gwen abofeteando a su padre. Siempre la había considerado la calma en medio de la tormenta; esa brisa suave que te libera de un ardiente calor. E imaginarse a la chica abofeteando a su propio padre... era sin duda comprometedor y complicado. —Es normal, así por lo menos ambos estarían contigo y podrías protegerlos. De esta manera... sólo te has quedado con la peor parte, mientras ella está allí dentro por culpa de un cobarde y sin merecerlo. —Y... no quería preguntar si estaba en Azkaban o en Área-M, ya que cada vez que se acordaba de ésta última opción se le contraía el estómago de la incomodidad. Y Sam sabía muy bien lo que era vivir repentinamente sin padres, llevaba haciéndolo muchísimos años, como si de repente, sus padres muggles se hubiesen desentendido de su hija bruja, esa que pertenece a un mundo diferente al de ellos. —Siempre dicen que es más probable que los hijos terminen decepcionando a sus padres pero... en tu caso es al revés. Y sé que es una mierda, pero... lo único que se puede hacer ahora es buscar apoyo en otro pilar.

Dudaba muchísimo que Caroline pusiese alguna pega con respecto a lo de la navidad, pero podía entender perfectamente su 'incomodidad' al acoplarse sin tener el beneplácito de la dueña de la casa. Lo cual era normal, ya que la estaba invitando ella, una fugitiva que estaba de prestada en la casa. —De verdad que no habrá ningún problema, pero si quieres le pregunto y así te sientes más cómoda, ¿vale? —De hecho, si Sam le preguntaba, seguramente fuese la propia Caroline quién se le presentase en el Ministerio a Gwen para decirle que obviamente estaba invitada. Volvió a beber de su taza, terminándose el último sorbo de chocolate.
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Gwendoline Edevane el Sáb Ene 20, 2018 4:14 am

Me costaba imaginar que alguien pudiese cansarse de tener a Sam en su casa. Después de todo, llevaba en la mía poco tiempo y cruzaba los dedos porque no se fuese. Siempre había tenido la impresión de que a Sam la envolvía un aura que te hacía sentir bien, que te ayudaba a olvidarte del mundo.
Así que seguro que Caroline estaba encantada, y más después de pasarse el santo día rodeada, cómo yo, de gente que podían ser o no ser mortífagos, igual que el gato de Schrödinger podía estar vivo o muerto. Seguro que agradecía una cara amiga al llegar a casa.

Veo poco probable que cualquier persona en este mundo pueda hartarse de ti.Comenté con una sonrisa leve, mientras pensaba que Sam me estaba ayudando a sonreir tanto que mis músculos faciales estaban poniéndose en forma después de mucho tiempo con escasa o ninguna actividad.Será agradable saber que puedo fiarme al cien por cien de alguien allí. Si tú confías en ella, para mí es suficiente.No me cabía duda de que Caroline era de las buenas. Tenía que serlo, habiendo hecho lo que había hecho por Sam.

La oclumancia era algo difícil de dominar, por lo que sabía. De hecho, se decía que era más difícil resistir una intrusión que llevar a cabo una. No me sorprendía, pues ¿cómo puede una persona prepararse para la intrusión de una fuerza externa en su cabeza? Sin preparación previa, lo veía imposible. No es cómo si pudiese coger la puerta de mi mente, echarle la llave y varios cerrojos, y resistir las metafóricas embestidas contra ella.
No, seguro que había algo más, algo para lo que había que estar preparada en cuerpo y mente.
Así que la propuesta de Sam me pareció de lo más interesante. No solo porque la propusiese ella, si no también porque cualquier área de estudio del mundo mágico me parecía fascinante. Y esto era útil, además. Tanto para protegerme a mí misma, cómo para leer las mentes de otros.

Pues, ¿sabes? Me gustaría que me enseñases.Acepté con un asentimiento.No creo que actualmente pueda confiar en muchas personas para que me enseñen algo así.

Lo del iPod, coincidía, era surrealista. Lo de utilizar cualquier tecnología muggle, realmente. Porque sí, mucha red flu, mucha aparición y mucho traslador, pero por las calles de Londres todo el mundo seguía conduciendo coches y motocicletas.
Algunos incluso bicicletas, y teniendo en cuenta cómo se vestían algunos magos, tenían una pinta muy ridícula.
Pero de alguna manera se me había metido en la cabeza aquella idea de que no haría daño abandonar ciertas costumbres en público. No es cómo si me viesen tomando copas con un grupo de muggles, por supuesto, pero ¿qué sabía yo? Podían perseguirme por cualquier tontería.

Tampoco yo creo que acabase en Azkaban por semejante tontería. Y quizás exagerase un poco al abandonar esa costumbre concreta, lo reconozco. Bueno, ya sabes cómo soy.Le dije con media sonrisa, y ciertamente un poco avergonzada: algo que creía que entrañaba cierto peligro, quizás no lo entrañase del todo.

Había sido obligada a posicionarme del lado de Voldemort, por supuesto. Mi madre me había pedido expresamente que lo hiciese, que aunque no lo creyese de verdad, le jurase lealtad al mago tenebroso. Me había dicho que poco importaba lo que dijésemos allí, que lo importante era lo que teníamos dentro.

Por supuesto, tuve que jurar lealtad a Voldemort y al nuevo Ministerio.Confirmé. No creía que hubiese otras opciones que no fuesen doblar la rodilla o salir corriendo por piernas antes de que te atrapasen.Pero más allá de todo eso, no me exigieron mucho más. No se me juzgó, a diferencia de a mis padres. Y cómo había sido una trabajadora eficiente del Ministerio hasta entonces, y nunca antes había manifestado ningún tipo de... bueno, de nada, porque ya sabes lo poco que hablo fuera de mis círculos de confianza... pues supongo que con eso les bastó.Lo que había dicho antes era un poco ambiguo, desde luego. A veces no conseguía expresarme todo lo bien que me gustaría. Pero vamos, que dudaba que hubiese habido alguien que consiguiese librarse de un juicio, o cómo mínimo jurar lealtad a Voldemort.

Y mis padres, en cambio, sí habían pasado por un mal llamado juicio justo. Mi padre había mostrado sus colores verdaderos durante este juicio, siendo capaz de no decir una sola palabra a favor de mi madre, aceptándolo todo casi con felicidad.
Un cobarde es un cobarde, y lo será toda la vida. Estaba segura de que, si algún día cambiaban las cosas, cuando no cupiese duda de que habría un nuevo cambio de gobierno, mi padre estaría ahí para darle la mano al nuevo Ministro y congraciarse con él.
¿Cuántas veces le funcionaría el mismo truco? Según mis cálculos, en algún momento tendría que acabársele la suerte.
A veces me preguntaba si hubiese cambiado en algo que mi padre intercediese por mi madre, si ambos jurasen lealtad total a Voldemort. ¿Perdonaría él a una "sangre sucia" si esta se mostraba comprometida con la causa? ¿Si ofrecía su brazo para que le dibujasen la marca? Tenía mis dudas, desde luego, pero mi padre ni lo había intentado.
Cobarde...

Para que luego digan que los padres siempre tienen razón...Había escuchado esa cantinela muchas veces: "Wendy, haz caso a tu padre. Tu padre sabe lo que es mejor para ti. Confía en mí." Sí, por supuesto. También había escuchado otra cantinela parecida: "Wendy, no hagas ninguna tontería. Jura lealtad a Lord Voldemort. Tú estás fuera de sospecha. No te preocupes por tu madre y por mí. Lo arreglaré todo. Confía en mí." Mentiroso...Bueno, no hablemos más de ese hombre. No es alguien de quién merezca la pena hablar. Gracias por escucharme, Sam...Concluí con una sonrisa para mi amiga, que siempre se había preocupado por mí.¿Has visto a tus padres desde que todo esto empezó?Pregunté entonces, hilando con el tema anterior y dejándolo atrás.

Mi amiga me aseguró que no habría problema por pasar la nochebuena con ella y Caroline, aunque me prometió preguntarle por si acaso. Asentí con una sonrisa.

No es que no me fie de tu palabra, ¿eh?Me apresuré a añadir.Es solo que soy demasiado inglesa, y mis modales son exquisitos.Dije con fingido y exagerado refinamiento, levantando mucho la barbilla, igual que lo haría un antiguo lord inglés. También intenté forzar un poco más mi acento, para dar énfasis a mi broma.Parece mentira que no me conozcáis todavía, Lady Samantha. ¡Habráse visto, tamaña insolencia!Y dicho eso no aguanté más y rompí a reír.

¡Oh, Dios! Que idiota podía llegar a ser cuando estaba en compañía de Sam. Y cómo lo había echado de menos.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Ene 23, 2018 6:15 pm

Dibujó una risueña sonrisa en el rostro ante su afirmación, ya que había sido como una proyección de cómo la veía Gwendoline y le parecía de lo más adorable que pensase que nadie podía hartarse de ella. Y a decir verdad, probablemente tuviese razón, ya que eran muchos más los que solían hartar a Samantha que viceversa. —Puedo llegar a ser muy pesada... —Apuntó divertida, más como broma que de verdad.

Y se sintió un poco más a gusto, consciente sobre todo de que al menos Gwen era consciente de que tendría una aliada en el Ministerio de Magia. Además... quizás no fuese del todo acertado hablar de la ideología de Caroline con otra persona sin que ésta estuviese de acuerdo, pero Sam se fiaba tanto de Gwen como de Caroline y, para ser sinceros, la idea de que fueran un mutuo apoyo allí dentro, ahora que la legeremante no podía hacer absolutamente nada por ellas... le reconfortaba. Le hacía sentirse un poquito más segura, además de que era bien consciente de que harían buenas migas. De hecho veía impensable la opción de que pudieran llevarse mal.

Desde su instrucción intensiva con Sebastian Crowley, a Samantha no es que le apeteciese mucho ejercer como profesora, pero debía reconocer que la idea de compartir sus conocimientos con sus seres queridos, ahora que hacían más falta que nunca, era probablemente su gasolina. —Es que ahora mismo... las personas que se ofrecen a hacer ese tipo de cosas son aquellas que más quieren descubrir de ti. Si antes de que el gobierno cambiase ya los legeremantes tenían cierta fama sobre la poca moralidad de sus acciones... —Y ella misma se incluía, aunque no por decisión propia, sino por obligación. —Ahora me imagino que eso habrá incrementado con creces. —Jugó con el reborde de la taza. —Yo te puedo ayudar con lo poco que sé de oclumancia y... darte nociones básicas de legeremancia que te pueden ayudar a saber mucho de una persona con verdaderamente poco —apuntilló, consciente de que la legeremancia no sólo te desvela pensamientos, sino también sentimientos.  Y está claro que los sentimientos de una persona siempre suelen desvelar sus verdaderas intenciones. —Yo creo que te vendría bien, sobre todo para pasar desapercibida y asegurarte que nadie pueda leerte más de lo que tú quieras enseñar.

Y sí, comentarle aliados y ayudarle con eso eran sus aportaciones a la mejoría de la seguridad de Gwendoline, pese a que era bien consciente por lo que le había dicho que estaba en muy buena posición y, en principio, nadie desconfiaba de ella. Pero no sabía... Sam había visto tanta maldad en las mentes ajenas que se esperaba, literalmente, cualquier cosa.

Le había hecho mucha gracia lo del iPod y los auriculares... ¿sabíais lo increíblemente satisfactorio que era ponerse unos auriculares y abstraerse de la vida escuchando alguna canción? Cualquier tarea se volvía simple con eso a tu lado. ¡Y ella lo había dejado por el estúpido gobierno que no sabe poner límites a las gilipolleces que salen de su propia boca! Pero podía entender a su amiga. Sam, de por sí, era una persona muy miedica, por lo que de estar en su posición era altamente probable que hubiera tomado la misma decisión sólo por miedo. —Sí, sé cómo eres... —dijo, mirándola con cierto reproche cariñoso. —En verdad yo me he quejado con mucha decisión, pero de estar en tu piel seguramente hubiera hecho lo mismo, sólo por si acaso. —Se encogió de hombros ante la realidad.

Menos mal que había tenido la suerte de que no la investigasen más, pero suponía que el gesto de su padre le había salvado de ello, pese a que fuese sucio y asqueroso. —Supongo que por lo que hizo tu padre... y tener ese perfil tan bajo, te despacharon rápido como alguien que no tiene nada que ver con muggles o sucedáneos. —Movió los ojos al decir esa última palabra, algo divertida por lo estúpido que sonaba. —Si tu padre hubiera luchado por tu madre... lo más probable es que ambos terminasen en Azkaban y quizás si hubieran hecho más hincapié en ver qué opina la hija de ese matrimonio... —dijo, uniendo hilos del croquis que se había hecho en su cabeza. —No lo sé, sólo sé que me alegro de que se hayan olvidado de ti.

Sonrió de manera cálida cuando le agradeció que 'le escuchara', por favor. Si fuera por Sam, se quedaba allí sentada —aunque mejor en el sillón, porque las sillas de cocina nunca han tenido fama de ser demasiado cómodas— escuchando absolutamente  todo lo que tuviera que decirle Gwen, bien sólo por desahogarse o bien sólo por contarle sus paranoias a otra persona. —De gracias nada, como si quieres contarme tus impresiones del último libro que estás leyendo... —exageró de manera cariñosa. Pero su siguiente pregunta le hizo cambiar bastante el gesto. Por desgracia para Sam, hacía un año que todo había cambiado en el mundo mágico, pero hacía dos desde que ella había cometido la mayor idiotez de toda su vida. Y claro... pese a que todo el mundo comenzase a vivir la vida con desesperación desde el dos mil dieciséis, Sam ya llevaba una vida de mierda desde antes. Una vida en la que se le notaba la decadencia y que, evidentemente, no quería contar a sus padres muggles. Por no hablar de que ambos habían rehecho sus vidas después del divorcio y ninguno tenía especial relación con Sam a excepción de una felicitación por el cumpleaños. Y era una auténtica pena, pero a Samantha no le servía de nada ir ahora a hablar con ellos; sólo sería ponerlos en peligro. —No... —respondió. —En realidad llevo sin verlos muchísimo tiempo... entre que cada uno ya ha rehecho su vida por separado, viven en diferentes países y que por lógica nos hemos ido separando al vivir en mundos tan diferentes... la verdad es que he perdido bastante el contacto. Sobre todo con mi madre, la cual ha vuelto a ser madre y yo todavía no conozco a mi hermano. —Sonrió débilmente. —Pero ahora sencillamente no puedo ir a verles. Sé que hay muchísimas probabilidades de que no pase nada, que ella vive en Austria y allí es poco probable que nadie vigile a la madre de una sangre sucia, ¿pero y si pasa? Jamás me lo perdonaría. —Hablar de sí misma como una 'sangre sucia' se había convertido hasta en algo divertido ahora mismo. —Y no sé... ya cuando todo acabe, iré a explicárselos. 'Si es que para entonces sigo viva para entonces', omitió decir. —Por ahora sólo saben que el mundo mágico está pasando por un mal momento y que no quiero ponerlos en peligro. Además les he dicho que no hagan preguntas ni intenten contactar conmigo físicamente. —Se encogió de hombros con resignación.

Pero pese a la situación desfavorable con los padres de ambas, Gwen consiguió sacarle una sonrisa a Sam con su siguiente representación de la burguesía británica. Ella se había sacado la segunda nacionalidad al vivir por más de diez años en Londres, pero ella en realidad era austriaca y, a decir verdad, pese a que el acento lo había acogido bien, habían muchas costumbres que no. Y mucho menos ese estereotipo de que los ingleses eran refinados, elegantes y exquisitos con la vida. Rió ante su teatralización. —¡Tamaña insolencia! —repitió divertida entre risas. —Está claro que por mucho tiempo que pase aquí no me voy a acostumbrar a semejante comportamiento inglés, ¿y sabes qué te digo? Que por una vez deberías hacerle caso a la tosca austriaca. —Exageró, ya que obviamente no lo creía así. Luego se pasó unos segundos en silencio, observando con la mirada perdida a la nada. —Yo hasta hace poco no me lo creía pero... ya verás como todo sale bien. No en relación con navidad solamente, sino en general... esto es demasiado surrealista como para que dure toda la vida, ¿verdad? —Es que lo pensabas y... surrealista era quedarse corto. —Dime la verdad, ¿tú crees que hay oportunidades a corto plazo?
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Gwendoline Edevane el Jue Ene 25, 2018 12:34 am

Sam aseguraba que podía ser muy pesada, aunque lo dijese entre risas, lo cual me hizo reír a mí. Y no una risa divertida, cómo cuando te cuentan una anéctoda graciosa, si no una de esas risas que se te escapan cuando alguien cuenta un chiste.

¡Venga ya! ¿A quién se le ha ocurrido semejante tontería?Le dije con toda sinceridad. Sam distaba de ser una persona pesada. De hecho, había conocido pesados de verdad, de esos que insisten en sacarte de tu zona de comfort, incluso cuando tú no quieres salir de esa zona de comfort. Sam había sido una de las pocas personas que, conmigo, había sabido cómo romper el cascarón en que me envolvía. Y no sé si ella me consideraba su mejor amiga, pero yo a ella sí la veía así.

Aprender legremancia se me había antojado siempre algo... peliagudo. No sólo por la dificultad que ambas prácticas entrañaban, legremancia y oclumancia, si no porque cómo bien señalaba Sam, se trataba de un proceso invasivo que podía utilizarse con todo tipo de fines.
Nunca me había sentido preparada para abrirme a cualquier persona que no conociese, instructores de legremancia incluidos. Revelaba lo que quería a mí a quién quería, y eso incluia a contadas personas.
Sam era una de esas personas. No me preocupaba si ella me veía "por dentro", pues no le ocultaba nada. No hablaba a menudo de mis padres, cierto, pero eso tampoco era ningún secreto. Teniendo en cuenta que mis trapos sucios habían quedado al descubierto el año pasado, cuando habían encerrado a mi madre y mi padre y yo habíamos jurado lealtad a Voldemort, no había mucho más que esconder de mí.

Si quieres hablar de prácticas moralmente cuesitonables, prueba a sacar de la cabeza de alguien un recuerdo, modificarlo a tu conveniencia, y después vuélveselo a colocar dentro. Ahí tendrás mi día a día...Comenté con resignación. De hecho, no era muy diferente a lo que Sam hacía a aquellos que le perseguían, modificando su forma de pensar. A veces me preguntaba si era justo, si estaba en mi derecho de hacer algo así a otro ser humano, pero entonces me daba cuenta de algo muy básico: con el gobierno actual, la alternativa que tenían los muggles a una modificación de sus recuerdos era una ejecución a manos de un mortífago. Y quizás también algo de tortura.Pues me gustaría que me enseñases.Respondí ante su oferta.Confío en ti, y dudo que haya algo dentro de mi cabeza que no quiera que sepas...Añadí con media sonrisa en los labios.

Asentí con la cabeza cuando Sam llegó a la misma conclusión que había llegado yo el día que decidí arrojar el iPod dentro de un cajón, levantando el pulgar de mi mano derecha a modo de confirmación. Cómo diciéndole que había pillado mi punto. Un comportamiento demasiado muggle podía devenir en la sospecha de que quizás te gustasen demasiado los muggles. Muy rebuscado, desde luego.
Pero cómo en este mundo no faltaban personas rebuscadas, mejor prevenir que curar.
Lo siguiente que dijo Sam me hizo pensar. Me hizo revisar un poco el caso de mi madre y mi padre. Recordaba las palabras de mi padre, pidiéndome que confiase en él y me limitase a jurar lealtad. Nunca había querido ver ningún tipo de nobleza en aquel acto, solo cobardía.
Pero... ¿podía ser así? ¿Podría ser que mi padre hubiese echado a mi madre a los lobos a cambio de salvarme a mí?
No me gustaba esa línea de pensamiento. Supondría que yo era una mala persona por culparle todos estos meses de la desgracia acaecida a nuestra familia. Supondría que había pensado en él cómo un cobarde justo en el momento en que hizo algo noble por mí.
No, no podía ser. Lo había hecho por él mismo. Tenía que ser así.

También yo me alegro de estar aquí, y de que tú no hayas tenido que pisar Azkaban.Decidí zanjar el tema de aquella manera, sin poner en palabras mis tribulaciones internas. No quería hablar sobre ello, no quería que el mundo interior que había cimentado sólidamente a lo largo del último año se tambalease.

Me sentí mal en el mismo instante en que Sam empezó a hablar por haber mencionado a su familia. Mi amiga mudó de expresión al momento, y mientras la escuchaba, acerqué tórpemente mi mano a la suya hasta cogérsela. No se me daban bien esas cosas, tenía mucho que aprender acerca de los gestos de consuelo, pero sabía que Sam no me tendría en cuenta mi torpeza. Le era muy familiar.
Sus padres estaban separados, no sabían nada de su situación, y para colmo su madre había tenido otro hijo. Un hermano al que Sam no había podido conocer.
Sam concluyó su relato y se encogió de hombros, visiblemente afectada por lo que acababa de contarme. Suspiré profundamente.

Perdona, Sam... No lo sabía. Siento haber sacado el tema.Dije, poniéndome entonces en pie y acercándome a ella con los brazos abiertos.Ven aquí...La rodeé con mis brazos en otro abrazo. Ya iban dos en aquella velada, algo muy poco natural en mí.Si algún día las cosas mejoran, y lo necesitas, puedo acompañarte a Austria.Empecé con suavidad.Así podrás conocer a tu hermano, y ver de nuevo a tus padres.Lo decía totalmente en serio. Es más, si Sam me pedía ayuda, la sacaría conmigo del país incluso ahora mismo, con tal de que pudiese ver a su familia.Y créeme que estarían orgullosos de ti si viesen lo fuerte que eres, lo duro que estás luchando cada día.Yo lo estaba. Me imaginaba en su misma situación... y dudo que tuviese tan buena cara. Es más, dudo que estuviese viva para contarlo.

El dramatismo no eclipsó a las risas, por suerte. Fui capaz de imitar el afectado acento inglés, lo cual provocó mis risas y las suyas. Era reconfortante poder reírse de algo tan estúpido cómo aquello.
En medio de esas risas, Sam me aseguró que debía hacerle caso, refiriéndose a sí misma cómo "tosca austriaca". Asentí con la cabeza.

Lady Tosca Austriaca, vuestro consejo ha sido escuchado y será tenido en consideración. Gracias por tan sabias palabras.E hice una teatral reverencia... o media reverencia, teniendo en cuenta que todavía estaba sentada en la silla. Abandonando ya ese exagerado acento, asentí con la cabeza.Coincido en que esto no puede durar eternamente.

La última pregunta de Sam me hizo pensar bastante. Yo no era una soñadora, no me gustaba imaginar situaciones que tal vez nunca se cumplirían.
Pero entonces vinieron a mi cabeza imágenes de los atentados cometidos por enemigos del régimen actual, cómo aquel ocurrido durante el torneo de Quiddtch. Estos episodios evidenciaban que las cosas estaban cambiando, y que el gobierno actual solo podría aguantar una situación así durante un tiempo.

¿La verdad? Creo que sí.Empecé.No sé si a corto plazo, pero creo que las cosas cambiarán. No hay más que repasar la historia de la humanidad para darse cuenta. Y además, el mundo mágico ya está respondiendo a ello.No podía decir que aprobase que las personas se matasen las unas a las otras, pero sí aprobaba la lucha. Recuperar lo que se nos había quitado.Tal vez tarde en llegar, tal vez ocurra mañana... Pero creo que todo acabará cambiando para bien.

Y ese día ya estaba tardando demasiado en llegar.
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Sam J. Lehmann el Vie Ene 26, 2018 3:05 am

Lo sabía perfectamente; sabía lo que se sentía cuando te metías en la mente ajena, cogías un recuerdo y lo modificabas a tu merced para hacerle creer a la otra persona algo que no es. Y... pese a que era una de las muchas posibilidades que le otorgaba aquello en lo que se había especializado, de verdad que se sentía fatal quitando esa 'identidad' que marcaba el sello de cada personalidad: las experiencias de cada persona. Vamos, después de todo lo que había hecho Samantha durante estos dos últimos años habían hecho hace tiempo que su moral adoptase cierta conveniencia, puesto que no le quedaba otra. Auto-convencerse que quitar y modificar recuerdos para su propio beneficio había sido realmente difícil, ya que a fin de cuentas, era como si despojases a otro ser humano de lo que es. Y pensarlo así de profundo la verdad es que le rompía por completo.

Había quedado todo dicho. —Pues te enseñaré —respondió convencida, con una sonrisa. —Te invitaría a mi antiguo despacho como instructora de legeremancia, pero supongo que ahora mismo está ocupado por algún enchufado en el Ministerio. Así que va a tener que ser... ¿aquí? —Suponía que ella no tendría problema en que fuese en su propia casa, además de que en base a la experiencia que tenía la chica en todo aquello, una buena clase de ese tipo de invasión mental solía dejar a la gente realmente cansada, ¿qué mejor que lo hiciese en su propia casa? —¡Y quién sabe! He tenido muchas experiencias al respecto... ¿sabes la cantidad de personas que justo cuando me meto en sus mentes, es cuando tienen la absurda necesidad de pensar algo realmente divertido y/o vergonzoso? Normalmente las primeras clases con todos mis alumnos solían ser risa asegurada, pues de los nervios todos terminaban agolpando en la parte más accesible de su mente aquellos recuerdos que deseaban con toda su fuerza que nadie viese jamás —le contó divertida sus anécdotas, mordiéndose ligeramente el labio inferior al tener buenos recuerdos de su pasado trabajando en el Ministerio. —Una vez estaba a punto de empezar una clase y olía mal, pero mi alumno insistía que no sabía de dónde había venido ese mal olor. Los nervios terminaron traicionándole y, cuando me metí en su mente, descubrí que había sido él que se había tirado un pedo e intentaba ocultarlo. Sólo imagínate su cara cuando vi eso. —Y soltó una carcajada, acordándose de ese pobre joven que a saber qué habría sido de él.

Hacía tiempo que Samantha había asumido en su vida que en realidad sus padres habían pasado a formar parte a un segundo plano en donde ellos no eran la prioridad para ella, ni viceversa. Y lo asumió hace mucho tiempo, cuando apenas pusieron pegas cuando decidió vivir sola en Londres con tal solo dieciocho años en la residencia mágica, o cuando directamente era ella quién mostraba interés en ir a verlos en vacaciones y no al revés. Y no le importaba tanto, en realidad... consiguió una familia en el mundo mágico cuando todo eso pasó, pese a que después de todo la perdiese. Sin embargo, le daba rabia que hubiese prestado tanta atención al mundo en el que no nació, desatendiendo el resto hasta tal punto de separación. ¿Y para qué? ¿Para que ese mundo te de la espalda? Parecía que había sido el karma jugándole la peor de sus jugadas. —Nada, si no pasa nada... —Pero obviamente se levantó también para recibir el abrazo, porque por mucho que dijese... claro que lo necesitaba. La estrechó con fuerza. —Muchas gracias, Gwen. Si ganas no me faltan... pero es una mezcla de miedo por todo lo que ocurre aquí y, no sé, de no encajar ya, ¿sabes? Sé que son mis padres y que eso es para toda la vida, pero mi madre tiene una nueva familia que apenas conozco y mi padre... bueno, mi padre no sé ni en donde anda ahora mismo. —Sonrió, soltando un ligero bufido, tomándoselo bastante bien pese a la cruda realidad.

Claro que quería verlos, conocer al nuevo novio de su madre y a su nuevo hermano, pero había prioridades y pese a que ellos ya no lo fuesen hace tiempo, ahora mismo no iba a arriesgarlos sólo por una muestra de cariño y volver a sentirse en familia. Por suerte tenía muy buenas amigas a su alrededor que le hacían sentir así con una maravillosa facilidad.

Aunque no lo pareciese, escuchar de alguien que de verdad cree que las cosas van a cambiar, era reconfortante, más que nada porque desde su perspectiva pesimista en muchas ocasiones caía en la depresión pensando que toda su vida se resumiría a eso a partir de ese momento. Y se había hecho a la idea de pasar mucho, mucho tiempo en aquella situación, ¿pero toda la vida? ¿Sabéis lo que es vivir oculta toda tu vida, escondiéndote de la ley? Sólo de pensarlo se agobiaba. —Suenas tan convincente que hasta me lo creo. —Pero es que Gwen le proporcionaba tanta seguridad y sosiego, que si le decía: 'viene vida extraterrestre a invadir el planeta Tierra, vamos a ser erradicados' pues Sam hasta se lo tomaba bien, sin estrés y sin agobios, ¡que vinieran! —¿Y cuál crees que es la solución? ¿Hacer como están haciendo algunos de nosotros de atacar deliberadamente en busca de víctimas? —preguntó, con verdadera curiosidad por saber su opinión. —Es que me pongo a pensar en la solución óptima y... te juro que no me viene. Antes ellos estaban todos unidos, ¿sabes? Eran un pack liderado por un psicópata, pero al fin y al cabo liderados. Sólo tenían que seguir las órdenes de un mago que es popularmente conocido como el mago más poderoso de todos los tiempos, ¿pero nosotros? Estamos todos desperdigados, hay varios grupos por toda Inglaterra intentando esconderse y con diferentes deseos a la hora de actualizar... estamos divididos. Y todo el mundo sabe que quien divide, vence. No sé, he tenido mucho tiempo para pensar en todo esto... —confesó con diversión, ¿cuánto tiempo, once meses?
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Gwendoline Edevane el Sáb Ene 27, 2018 1:44 pm

Muchas veces me había cuestionado la moralidad de mis actos a las órdenes del Ministerio, y no únicamente en tiempos recientes. Voldemort y McDowell no habían sido los responsables de establecer la norma de mantener el secreto, ni mucho menos; de haber sido así, mi departamento no existiría para cuando empecé a trabajar, nada más terminar mis estudios universitarios.
Ya entonces era costumbre guardar celosamente el secreto, y pese a que se intentaba ser lo menos invasivo posible en las mentes de los muggles, siempre podía ocurrir algún accidente.
Quién creyese que era tan sencillo cómo pasar la goma de borrar sobre una hoja de papel llena de garabatos estaba muy equivocado: un buen desmemorizador debía ser capaz de sustituir los recuerdos de alguien de tal manera que fuesen coherentes a dicha persona, y no servía con borrar aquello que no nos interesase que supiesen.
A veces me preguntaba cuantos de los denominados "locos" habrían acabado mal de la cabeza precisamente porque habíamos hecho un trabajo penoso, e incluso ellos mismos se daban cuenta de que algo no iba bien en sus cabezas.
Otro punto positivo de aprender legremancia y oclumancia podía ser aplicarla a mi trabajo.

Aquí estará bien, sí. No tengo ningún vecino especialmente cotilla que pueda preguntarse qué está pasando aquí dentro, por suerte.Convine, asintiendo con la cabeza ante la propuesta de Sam de utilizar mi piso. Y cuando ella me explicó que la gente tenía tendencia a pensar cosas vergonzosas o divertidas justo en el momento en que ella iba a entrar en sus mentes, la verdad es que no me extrañó lo más mínimo. Veía la lógica en todo ello: "Bueno, vamos a empezar. Esfuérzate por esconder bien tus secretos." Aquella frase irremediablemente te hacía pensar en todos tus secretos, igual que "No pulses el botón rojo" te podía llevar a hacer precisamente lo contrario.¡Pobre chico!Dije, pero no pude evitar reirme con mi amiga ante aquella anécdota.¿Y encontró valor para seguir dando clases después de eso? Porque yo creo que habría hecho lo que las avestruces...Pero seguía riendo. La anécdota se me antojaba muy divertida, y con alguien cómo Sam de profesora, estaba segura de que el chico no habría tenido otra cosa que comprensión. Los nervios jugaban malas pasadas.

Hablar de la familia de Sam fue mala idea. No fui consciente de ello hasta que vi la reacción de mi amiga, y me sentí culpable al momento. Tanto que me sentí en la necesidad de abrazarla. Raras ocasiones eran las que incluian un abrazo en el cual Gwendoline Edevane llevase la iniciativa, y curiosamente dos de ellas habían ocurrido esta misma noche.
Y es que Sam era esa persona especial para mí. No románticamente, por supuesto. Pero sí para todo lo demás. Casi cómo una hermana, y a quién le debía mucho, aunque ella no lo creyese.
Y mi oferta era sincera, por supuesto: no tendría problema en ir a Austria, ya fuese en avión, ya fuese metiéndome en una chimenea, o apareciéndome allí mismo, si ella me lo pedía.

Entonces espera.Le dije mientras volvía a acomodarme en mi silla, pero sin soltar su mano.Entiendo lo que quieres decir, y coincido en que ahora mismo no es un buen momento. No solo por Voldemort, si no también por ti.En cierto modo yo también tenía miedo de aceptar la invitación de mi padre para pasar la nochebuena con él, o símplemente para hablar. Me había cerrado en banda con él, y me había costado mucho llegar a actuar de aquella manera respecto a él. Y una parte de mí tenía miedo de que pudiese decir algo que me desarmase, algo con lo que yo no contaba. Algo que desembocase en comprender por qué hizo lo que hizo a mi madre.No puedo hablar respecto a tu padre, pero estoy segura de que tu madre querrá saber de ti. Nuestros padres... siempre nos quieren, aunque se lo pongamos muy difícil.Compuse una sonrisa vacilante en mi rostro, preguntándome una vez más si ese sería el caso de mi padre.Además, no es justo para ese pequeño no saber la hermana mayor tan guay que tiene.Y con eso último sí que sonreí de verdad.

Mi optimismo respecto a la situación actual puede que hubiese sonado un poco excesivo. Había mucho camino por andar, y correr de un lado a otro cómo pollos descabezados, atacando aquí y allá sin orden, claramente no era la solución. Pero a la larga todo cambia.
Claro que me olvidé de mencionar que podía darse el caso de que nosotras no viésemos el cambio, o que durante el cambio acabásemos aplastadas en medio de la maquinaria que lo hiciese posible.
No me pareció oportuno mencionarlo, pues no tenía ganas de añadir más presión y miedo a la situación de Sam. Era fuerte, pero estaba segura de que sus días de pasar miedo ante un posible ataque de cazarrecompensas aún no se habían terminado.

Es un tema complicado.Suspiré, intentando imaginar un escenario posible.Y por supuesto, lo poco que sé de la guerra es lo que he leído en libros y visto en películas. Pero está claro que la cosa no funcionará si no hay una unión.Y por mucho que alguien intentase justificarme la muerte de inocentes cómo "daños colaterales", no me valía. No puedes hacer exactamente lo mismo que han hecho tus enemigos y jactarte de ser mejor que ellos.Y creo que está mal atacar buscando hacer daño. Eso no es ni justicia, ni recuperar lo que es nuestro: es venganza. Y sí, la gente está enfadada, y eso puedo entenderlo. Han perdido familiares, han perdido amigos... Pero, ¿sabes? Mi madre está en Azkaban... o en el Área-M, no lo sé. Beatrice está no sé ni donde, escapando. Y lo mismo pasa contigo. Todos los que son importantes para mí han tenido que huir o han sido capturados. Pero no quiero matar a nadie.Hice una pequeña pausa para tomar aliento.Y vamos, me preguntas a mí, y me gustaría decirte que la solución pasa por el diálogo. Pero... ¿crees que alguno de los que están ahí arriba va a querer escuchar algo de lo que tengan que decirle los hijos de muggles?Quizás sí, quizás escuchasen, pero dudaba mucho que cambiasen de parecer. Y también dudaba que la "resistencia" o lo que fuese estuviese demasiado interesada en hablar.No sé... no tengo ni idea de cual es la solución.Confesé resignada. Quizás le restase algunos puntos a mi optimismo anterior, pero tener optimismo no implicaba tener todas las respuestas.
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Sam J. Lehmann el Lun Ene 29, 2018 2:38 am

Soltó una divertidísima carcajada sólo de imaginarse a Gwen teniendo uno de esos pensamientos y huyendo cual avestruz. Pero no por hacer de avestruz, sino más bien sólo de imaginarse la cara roja como un tomate de su amiga por haberse tirado un pedo delante de otra persona. Eso sí que se le hacía complicado de asimilar. Gwen tirándose un pedo era casi tan improbable como el hecho de que los planetas se alineasen formando el cataclismo del universo, que naciese un político no corrupto o que los gatos no tuvieran un oculto instinto asesino. —Hombre, ¿qué iba a hacer? Ya se había tirado el pedo y el olor había desaparecido. ¡Lo malo ya no estaba! —Continuó riéndose, para negar con la cabeza. —Pero vamos, si yo te contara la de cosas que he vivido mientras trabajaba en el Ministerio... La gran mayoría de cosas nunca podía contarlas porque claro, ser instructora de legeremancia suele venir acompañado de una cláusula de confidencialidad... pero ahora está claro que el Ministerio no puede castigarme más por incumplir las normas. —Eso estaba claro. Ahora podía soltar todos los trapos sucios y vergonzosos de todo aquel del que se acordase. Siempre había sido partidaria de contar el pecado, pero no el pecador.

Una de las muchas desventajas de ser legeremante e impartir clases de ello, es que en la gran mayoría del mundo mágico reinaba la desconfianza, por lo que mucha gente no solía tener suficiente con un contrato de confidencialidad que le asegurase que sus posibles recuerdos estarían a salvo en la mente ajena. Por eso mucha gente la cuestionaba y se negaba, mientras que otros querrían acudir a un juramento inquebrantable. Y claro... un juego de palabras, los nervios traicioneros y la intimidación de una familia purista frente a una sangre sucia habían hecho que un juramento inquebrantable se convirtiese en el infierno de Samantha. Menos mal que ahora eso era agua pasada, pero hubo un momento en el que todo eso la hundió hasta el punto de querer incluso rendirse por completo.

Menos mal que no lo hizo porque después de todo había tenido otra oportunidad; una que no tenía intención de desperdiciar. Y, ahora hablando de la familia, era consciente más que nunca de que no podía sencillamente abandonarlos sólo por miedo a no ponerlos en peligro. Tenía que arriesgarse un poco por ellos si no quería terminar perdiéndolos para siempre, pero le daba tanto miedo... sólo cagarla, otra vez. —Ya, si lo sé... pero es una mezcla extraña, por una parte quiero verlos, abrazarlos, conocer al nuevo miembro de la familia y explicarles todo lo que pasa en mi vida. Pero... tengo la sensación de que es algo que necesito yo, ¿sabes? Y que en realidad es ponerlos en peligro y en una situación delicada sólo por mí; que en verdad no merece la pena. —Ella podría notar perfectamente que Samantha estaba hecha un auténtico lío con el tema de la familia y es que llevaba mucho, mucho tiempo planteándose qué hacer con ello, pese a que nunca se decidía. —No sé, ya veré, tampoco quiero precipitarme y cagarla. —Porque sí, Sam tenía ya un arte en cagarla siempre. Eso de ser fugitiva sólo había incrementado las probabilidades de que sus decisiones terminasen en cagada en vez de en éxito, así que cuando tenía tiempo de pensar dos veces las cosas... normalmente las pensaba cuarenta.

Y... mira que Sam siempre había destacado por ser una chica bastante risueña y positiva con la vida, pero había vivido tan en la mierda este último año que ver optimismo en su situación era terriblemente complicado, sobre todo estando tan alejada de los auténticos focos de fugitivos en donde podría haber conseguido fácilmente alianzas y fuerzas para seguir adelante. No obstante, la chica no estaba muy conforme con como actuaban muchos de sus compañeros buscados por la ley y... pese a que era consciente de que de manera individual no se conseguía el cambio, tampoco quería ser parte de algo en donde no se viera identificada.

Escuchó la respuesta de Gwen y desgraciadamente tenía razón en todo. Algunas cosas eran sencillamente inconcebible, la violencia sólo hacía que la historia se volviese a repetir y, por desgracia, la solución pacífica quedaba descartada. —Así que por esa regla de tres... pese a que no nos guste, la única opción plausible es la violencia. Recuperar todo tal cual hicieron ellos: a la fuerza bruta, hayan los daños colaterales que hayan —resumió la rubia. —Eso o matar a quién-no-debe-ser-nombrado. Pero ya me dirás quién es el valiente que se enfrenta a ese señor, que ni siquiera da la cara y tiene que poner a un peón liderando el Ministerio a sus órdenes. —Bufó, para entonces soltar aire lentamente y tomarse unos segundos de silencio. —Yo tampoco sé nada de Bee, pero al igual que yo aparecí de la nada de una pieza, ella lo hará. Si no ha salido en El Profeta, es que sigue por ahí escondida dando guerra, como ella siempre hace. —Fue inevitable sonreír sólo al recordarla en Hogwarts, siendo siempre la que más guerra daba a todos. Y seguro que la seguía dando, allí en donde estuviese oculta.

Inhaló aire lentamente y lo soltó como quién se quita un gran peso de encima, apoyando sus codos sobre la mesa y sujetando su cabeza con sus manos, ladeándola un poco mientras miraba a Gwen durante unos largos segundos en donde guardaron silencio. No era un silencio incómodo, ni mucho menos. De hecho era un silencio tranquilizador y reconfortants, de esos que te recuerdan que pueden existir momentos de tranquilidad en donde te sientes segura y bien acompañada. —Echo de menos estos momentos de sentarme sin estarme preocupando de que un estúpido cazarrecompensas esté detrás de mi trasero, sólo hablando del día a día, de los cotilleos del trabajo y de tonterías que ahora parece que te dan la vida de la normalidad. De volver tarde a casa sin miedo a que nadie te ataque, de sacar a mis mascotas sin miedo a que nadie me capture, de caminar por Londres sin sentir que hay millones de ojos clavados en mi nuca. ¿No te parece super irreal todo esto? —Sus labios se curvaron en una sonrisa. incrédula y resignada. —Hay veces que ni yo me creo todo esto... de como ha cambiado todo. De cómo han cambiado todos. Menos mal que tú no lo has hecho... —dijo con una mirada a sus ojos que era de puro agradecimiento. —...aunque tal y cómo están las cosas, tampoco te hubiera culpado por ello.

Y era totalmente sincera. Cuando todo sucedió hubieron muchas personas que le dieron la espalda directamente a Sam sin pensárselo dos veces, haciendo que ésta adoptase una posición muchísimo más independientemente y obviamente de desconfianza. No era precisamente bueno para la fuerza de voluntad de alguien que intenta sobrevivir que tus amigos más cercanos decidan mandarte a la mierda justo cuando más los necesitas. Eso había sido la decepción más grande para ella, sobre todo por parte de Matt, motivo por el cual decidió no entrometer a más seres queridos de por medio de su desgracia cuando todo era tan reciente. Por una parte no quería ponerlos en peligro y... por otra tampoco quería recibir más patadas. Pero vamos, no culpaba a nadie. Al fin y al cabo, eran momentos de desesperación en donde todo el mundo actuaba desesperado. ¿Pero tan difícil era poder tener una conversación en donde lo único importante fuesen las nimiedades, por irónico que sonase?
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Gwendoline Edevane el Lun Ene 29, 2018 8:56 pm

Ver reír a Sam era tan reconfortante que en todo momento estuve sonriendo mientras hablábamos de aquella curiosa anécdota durante una de sus clases de legremancia en el Ministerio. Pero no una sonrisa de esas que eran una mera curvatura de labios, si no una sonrisa de verdad. La boca entreabierta, y sonriendo con todas mis facciones, no solo con los labios.
Siguió contándome aquella anécdota y mientras yo lo visualizaba todo en mi cabeza, me reí con mi amiga. Una risa de verdad, una que parecía un auténtico paréntesis en la realidad que nos envolvía.

Sí, creo que lo tendrían francamente difícil.Le respondí y entonces, con teatralidad, hice un movimiento con las manos cómo si estuviese desplegando un rollo de pergamino. Cuando continué hablando, fingía leer este pergamino invisible, y mi acento había vuelto a mudar a extremadamente inglés y afectado.Señorita Samantha Jota Lehmann. Le escribo en nombre del ilustrísimo Ministerio de Magia Británico para comunicarle que tiene usted trescientas ochenta y nueve mil doscientas tres sanciones de diversa consideración. Especialmente por violar la confidencialidad de sus alumnos, mire usted. Se requiere su presencia en la sede del Ministerio para que abone la cantidad necesaria, que actualmente asciende a novecientos billones de galeones y un knut....Y cómo había que acabar bien la actuación, volví a enrollar el pergamino inexistente y lo dejé a un lado.Sí, mañana, si eso.Concluí con otra sonrisa plena de esas que parecían querer decir "me da igual el mundo ahí fuera".

Comprendía las inquietudes de mi amiga respecto a su familia. Y podía entender esa sensación de desear algo de manera aparentemente egoísta, creyendo que lo hacías símplemente por ti misma. Pero no pensaba que fuese el caso. Quizás estuviese prejuzgando una situación que yo no entendía del todo, pero no concebía que existiese en el mundo ningún padre que no se preocupase ni un ápice por sus hijos.
Para muestra estaba mi padre, al cual si bien no quería ni ver... no había desistido a la hora de ponerse en contacto conmigo. Quizás lo hiciese por él, sí, por sentirse incapaz de vivir sin que le perdonase. Pero lo sencillo para él sería seguir viviendo su vida y desentenderse de mí... y no lo hacía.

Quiero pensar que ellos también quieren saber de ti.Hice una pequeña pausa, reflexionando bien mis palabras.Tampoco quiero ponerme a presuponer cosas que no sé, pero... creo que ellos siempre van a querer saber de ti. Y siempre les va a gustar más saber que estás bien que que estés mal. Y quizás no se les da bien demostrarlo.Y sí, sabía que cuatro palabras dichas ahora, en este momento, no iban a pesar más que meses de inquietudes rondando su cabeza. Pero al menos esperaba ofrecerle algo para empezar.Decidas lo que decidas, por favor, recuérdalo: estaré aquí, para cualquier cosa que necesites. Cómo si hay que ir hasta el Polo Norte. Yo compro los abrigos.

Nunca iba a abandonar a Sam. Ya bastante mal me sentía por no haber hecho demasiados esfuerzos por localizarla durante el pasado año. Por suerte, tenía ocasión de reparar mi error.
No sabía si tenía que agradecer a alguien esta oportunidad, pero se lo agradecería a ese alguien.
Y ojalá mi ayuda pasase por tener todas las respuestas, por saber exactamente cómo terminar con aquella situación. Ojalá estuviese en mi mano entrar en el despacho de McDowell y apelar a su humanidad, pedirle que hablase con Voldemort para decirle que todavía estaba a tiempo de reconsiderar su postura.
Sí, por supuesto. Eso era posible. Tan posible cómo que en este momento se abriese la puerta principal del apartamento y entrase una bailarina en tutú dando vueltas y arrojando monedas de oro en todas direcciones.
Involuntariamente, eché un vistazo en dirección a la puerta y, cómo para confirmarme las posibilidades que tenían mis dos supuestos de hacerse realidad, esta permaneció tan cerrada cómo lo había estado desde que Sam la cruzase.
Devolví la atención a mi amiga, que había llegado a la conclusión más lógica y plausible: que todo pasaba por la violencia. Suspiré de nuevo, y asentí con resignación.

Creo que sí. Si se acaba, se acabará de manera sangrienta.Y estaba claro que para que todos ganásemos, para el bien común, muchos tendrían que perder. Porque nosotros podíamos ir todo lo pacifistas que quisiésemos, esforzándonos por no matar a nadie. Pero un pensamiento cómo ese era semejante a la idea de que un niño con un tirachinas se enfrentase a un tanque: ¿Cómo iba a ser eso una lucha justa? Muchos compartirían esa visión: matar antes de que te maten. Por eso yo no valía para la guerra... y aún así...Yo... sabes que nunca he sido lo que se dice una guerrera. Creo que no me he metido en un duelo... nunca. Pero a veces me planteo si... no será injusto para los que sí están luchando que me quede con el trasero sentado en mi oficina, obedeciendo órdenes del bando enemigo, mientras espero a que todo acabe...Comenté con la mirada ausente... y al darme cuenta de lo que había dicho, me apresuré a añadir.¡Que no he dicho que vaya a ponerme en primera línea de fuego ni a ponerme en plan Rambo! Es sólo que, cómo te dije antes... a veces me gustaría hacer algo más.Pero, nuevamente... ¿el qué? ¿Qué podía hacer yo?

Sam tampoco sabía nada de Beatrice, lo cual hizo que me sintiese un poco desilusionada, y más asustada ante su posible destino. Bea siempre había sido una persona ágil, capaz de escurrirse de las peores situaciones, y con una actitud positiva incluso frente a las peores adversidades. Si había alguien capaz de pasar desapercibida, era ella.
Además, parte de su familia también estaba siendo buscada por el Ministerio. Quizás se hubiese organizado con ellos para ocultarse. Si era así, estaría protegida.
Y aún así...

Tenemos que encontrarla.Le dije a Sam con resolución, mirándola a los ojos. Algo que no solía hacer a menudo.Con precaución, teniendo cuidado con lo que hacemos, pero tenemos que saber que está bien. Tenemos que ayudarla en lo que podamos.Y en mi interior, pensaba que tenía que ayudarlas a ambas en todo lo que pudiese.

Durante un rato, Sam y yo mantuvimos un agradable silencio en que simplemente nos estábamos mirando y sonreíamos. Pocas personas conseguían eso con la señorita Gwendoline Edevane, alias la "mirada esquiva". Pero la gente que se molestaba en conocerme, que se preocupaba por mí, conseguía estas cosas... y una amiga para siempre. Me consideraba una persona leal.
Fue agradable estar así, y por un momento, volví a vernos en Hogwarts, sentadas en algún lugar con nuestros libros, escuchando el sonido de los pájaros, yendo ir y venir a otros alumnos.
Y convine con un asentimiento: aquello era maravilloso.

Creo que este es el mejor momento que he vivido en... todo este año.Me encogí de hombros y asentí.Sí, definitivamente lo es. Y sí, no me creo todavía que estemos viviendo una situación así. Siempre piensas que las dictaduras son cosa de la ficción o del pasado... y te olvidas de que son muy reales.Me mordí suavemente el labio inferior, pensando en cómo yo misma, leyendo libros o artículos de la wikipedia, me había sorprendido pensando que cosas cómo el Holocausto jamás volverían a darse... y allí estábamos.También yo me alegro de no haber cambiado.Reconocí con cierto orgullo.Llegué a tener miedo, ¿sabes? Miedo de que el miedo me llevase a actuar de manera cobarde. Y entonces, después de un año cerrada en mí misma, recibo un correo electrónico.Miré a Sam de manera significativa: el tuyo, amiga mía.Y me doy cuenta de que había estado dormida. Pero ahora estoy muy despierta. Y sé que me equivoqué al no intentar localizarte antes.

Supongo que las lecciones que aprendemos en nuestra infancia se nos quedan bien grabadas. Una de las máximas de mi padre era intentar no llamar demasiado la atención, adaptarse a la situación. No destacar. Mi madre en parte había apoyado esa creencia al pedirme reiteradas veces que no hiciese demasiado caso a los desvaríos de mi padre, pero que tampoco le faltase al respeto ni le llevase la contraria. No era entonces de sorprenderse que, llegados a un punto dónde una opinión discordante podía suponer la diferencia entre la libertad y una celda fría en Azkaban, hubiese escogido obedecer una vez más a mi padre y dejarme llevar por la corriente.
Me alegraba, pese a todo, haber sido capaz de seguir siendo yo.
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Sam J. Lehmann el Mar Ene 30, 2018 4:48 am

Madre mía, ni entregándome cubriría tremenda deuda. Y eso que salgo cara. —Hizo una pausa, con una sonrisa de lo más risueña en el rostro. —¿Sabes la gracia? El otro día me llegó una carta. Sí, tía, una maldita carta de un contacto que tengo, mediante una lechuza que al parecer es milagrosa y posee un cerebro privilegiado, que sabe en donde vivo pese a que ya ni tengo dirección. ¿Te lo puedes creer? —Lo contaba sorprendida, ya que era algo que todavía no había tenido la oportunidad de contárselo a nadie; una anécdota que de repente le había llegado ahora a la cabeza y que, en su momento, no tenía cabida a la lógica. —O sea, digo yo que si contratan a lechuzas así en el Ministerio, el paradero de los fugitivos será pan comido. Es decir... —De repente se dio cuenta de lo idiota que había sonado lo que había dicho. —...no van a contratar lechuzas, digo que ya podrían tener lechuzas así. Quién viese al Ministerio contratando lechuzas. —Negó con la cabeza. —Que son imbéciles, pero no creo que tanto. —Rió.

La verdad es que la familia de Samantha no había sido nunca la familia más unida, ni tampoco la más cariñosa. Lo cual era terriblemente irónico teniendo en cuenta lo tremendamente cariñosa que era el retoño de esa unión tan poco cálida. Pero suponía que después de tener esa escasez de cariño, ella había buscado precisamente eso cuando entró a Hogwarts, cambiando por completo su manera de ser con todos aquellos a los que consideraba seres cercanos e importantes para ella. Y ahora... vamos, ahora Sam era un oso amoroso con todas aquellas personas que tenían un hueco permanente en su corazón. —No, nunca se les ha dado muy bien demostrar mucho cariño... —le dio la razón, tomándoselo de la mejor manera que podía: con humor. Curvó una fina sonrisa en sus labios ante el recordatorio de su amiga. —Sí, lo sé... Si en algún momento tomo la decisión de volver a verlos, no lo haré sola. Me duele pensarlo, pero tengo la sensación de que no será lo mismo. Son muchos años; dos mundos separados y bastantes secretos... —Alzó momentáneamente las cejas, dándole a entender que había ahí un cúmulo de cosas un tanto 'incómodas' que tampoco hacían que el reencuentro fuese precisamente cómodo, válgase la redundancia. —Pero vamos, que tampoco tengo intención de quedarme sin padres para toda la vida. Quiero recuperarlos... más pronto que tarde, a ser posible. —Le guiñó un ojo, dándole a entender que pese a que su razón le dijese que se tomase su tiempo, obviamente su corazón le decía que tampoco se dejase ir. Y claro que la tendría en cuenta. El apoyo estaba claro que lo necesitaría y tenía todavía más claro que ahora que había tenido la valentía—y cierta seguridad—al contactar de nuevo con Gwen, no pretendía volver a perder eso con ella.

Ay, qué triste era estudiar la historia de un mundo que se destruye a sí mismo por diferencias ideológicas basadas en la supremacía de unos pocos. Pero qué triste era vivirlo. Ser parte de esa intolerancia; de esa injusticia. Te dabas cuenta de lo horrible que era el mundo; de lo horrible que eran las personas. Te percatabas de la cantidad de tonterías que valorabas de tu anterior vida y, sobre todo, de lo desgraciada que se ha vuelto la vida de muchísimas personas. Ya no sólo desde una visión egoísta en dónde miras su propio bienestar y vida, sino de lo que ha perdido en el trayecto y lo que le queda por perder. Porque todo aquel que está en la posición del derrotado, tiene bien claro que lo único que puede hacer para hacer justicia es luchar hasta el final, aunque siga perdiendo cosas por el camino. ¿O es que acaso, había alguna otra manera de hacer justicia a los caídos y hacer justicia a tu propia vida? Y como bien habían dicho ambas aquello sólo se iba a arreglar con violencia, una violencia que ya ha empezado y que no terminará hasta que explote algo.

Escuchó a Gwen y... ¡claro que la entendía! Si ella estuviese en su posición estaría exactamente en la misma tesitura. Eso sí, estando en la posición en la que estaba, la mentalidad de Jota era muy diferente y evidentemente no veía lógico que su amiga se metiese en medio de ningún problema. Ya había lidiado con algo parecido con Caroline y... no, por mucho que le pareciese de persona muy valiente, creía que las personas con capacidades ahí fuera de pasar desapercibidas, no deberían arriesgarse tanto luchando con los que ya están perdidos. —Si yo te entiendo perfectamente pero... ¿qué vas a hacer? O sea, no estoy cuestionando tus habilidades... —Recalcó, sonriente, no fuese a pensar que la estaba subestimando ni mucho menos. —Pero, ¿qué vas a hacer? Si te enfrentas a nuestros enemigos, te estarás enfrentando a tus supuestos aliados y estarás tirando por la borda todos estos meses en donde te has currado una posición en el Ministerio que te garantiza seguridad. Y no hagas eso, jamás. Hay que luchar por lo que es justo, pero lo más importante es mantenerte con vida y a salvo —añadió, hablando con total claridad. —Y no sé pero... yo sólo me meto en líos si creo que tengo oportunidad de ayudar a alguien, ¿pero sabes lo que hago cuando soy yo a quién persiguen? Huir. Bueno, una vez intenté pegar un puñetazo y me rompí, literalmente, la mano, así que a partir de ese momento siempre huyo e intento dejar las heroicidades para otro. —Confesó con resignación, divertida. —La cuestión es que haces más así que inmiscuyéndote. Y duelarse no es tan fácil... ellos no dudan en lanzar una maldición asesina. No somos nada para ellos, solo una piedra en el zapato de la que deshacerse con facilidad.

Ella llevaba intentando reencontrarse con todos sus compañeros fugitivos casi un año. Vale, quizás no se había esmerado al cien por cien por su desastrosa vida, pero pese a eso había sido incapaz de encontrarlos. Ella quería creer que la gran mayoría de sus amigos habían tenido la oportunidad de introducirse en una de esas muchas organizaciones que dan cobijo y alimento, pero también temía que muchos estuvieran en la misma situación que ella. No obstante, Bee siempre había sido como mínimo el doble de fuerte y de valiente que Sam, por lo que si ella aún seguía de una pieza, estaba segurísima de que su gran amiga también. —Sí, yo también quiero volver a verla... —Confesó, en voz baja. —Pero dime la verdad... ¿de verdad crees que Beatrice Bennington necesitará nuestra ayuda? —Y curvó una sonrisa ladeada, recordando cómo era su amiga y que por muy débil que pudiera parecer físicamente, llevaba en su interior un poder inigualable. —Seguro que si aparece, es para ayudarnos a nosotras, verás. —Pero tras una breve pausa en donde dejó que la 'guasa' se desvaneciese, habló más en serio. —Veré si puedo sacar información de ella, aunque sea un poquito. Hace mucho que no pregunto por ella. —Preguntar otra vez a todos sus contactos, ya que desde la última vez que lo había hecho había pasado mucho, mucho tiempo.

Nadie podía culpar a nadie por las acciones que pudiese haber hecho durante el transcurso de todo este año. Nadie podía, jamás, estar en el cuerpo de otra persona como para saber lo que ésta está pasando y saber por qué ha hecho lo que ha hecho. Todo el mundo ha perdido algo; todos buscan respuestas. Y todo el mundo sabe que una persona que ha perdido todo, no tiene nada que perder. Y... Sam había visto tanta miseria todo este tiempo, tanto en su vida como en las ajenas, que no se atrevía a juzgar a nadie. Pese a todo, Sam sabía que las personas como Gwen no serían capaces de cambiar a mal, no en tiempos como éstos en donde las personas como ella serían las que conseguirían un cambio de verdad. Cuando dijo que se había equivocado al no intentar contactar con ella antes, Sam esbozó una pequeña sonrisa y negó con la cabeza. —Hiciste bien en no hacerlo, probablemente te hubiera ignorado si lo llegas a hacer... —confesó, prefiriendo ir con la verdad por delante. —No te lo tomes como algo personal: lo hubiera hecho con cualquiera que lo hubiera intentado. Estaba bien metida en la mierda y, sinceramente, no quería arrastrar a nadie conmigo, así que lo mejor era manteneros bien alejados de mí —añadió resumidamente, ya que suponía que querría una explicación a eso de ignorarla. Eso sí, no iba a ponerse a hablar ahora de ese drama, básicamente porque no le apetecía lo más mínimo volver a recordar probablemente la peor etapa de toda su vida. Así que buscando una vía de escape, desvió la mirada al reloj de su muñeca, fijándose en que llevaban ahí mucho, mucho tiempo hablando. —Ya te contaré otro día los dramas de mi vida... —Fingió humor en ese tema, cuando ella no se lo tomaba todavía ni con una pizca de humor—...que ya se ha hecho muy tarde y me gustaría hablar de algo alegre contigo, si es que esas cosas todavía existen... —dijo, sonriendo más sincera mientras se estiraba y se des-perezaba sentada en la silla. —Y qué desconsiderada yo, un domingo a las doce y media de la noche todavía en tu casa. Como ya yo no trabajo, me creo que nadie lo hace.
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Gwendoline Edevane el Mar Ene 30, 2018 10:39 pm

¿Una lechuza capaz de localizar a una fugitiva? Desde luego, resultaba no solo curioso, si no inaudito. ¿Qué clasa de criterio utilizaba esa lechuza para localizar a una persona en concreto? ¿Se guiaba por el olfato? ¿O es que el contacto de Sam le había plantado un localizador GPS cuando ella no miraba, y su lechuza era en realidad un dron excepcionalmente fabricado a imagen y semejanza de una lechuza?
Cualquier respuesta me habría parecido buena y perfectamente válida, pero desde luego el asunto era sorprendente, lo mirases por dónde lo mirases.
Iba a negar con la cabeza cuando Sam me preguntó si podía creerme aquella anécdota, pero entonces Sam dijo algo que me hizo reír: contratar lechuzas. Una imagen apareció claramente en mi cabeza: unas oficinas del Ministerio de Magia abarrotadas, en lugar de con humanos, con lechuzas. Todas ellas sentadas ante sus escritorios, rellenando informes a golpe de pico sobre el teclado de sus máquinas de escribir.
Y entonces, todas ellas surcando los cielos, buscando fugitivos, y cazándolos de manera más eficiente que cualquier mortífago o Auror que se prestase.

No, no. Me voy a quedar con "contratar": un animal así se merece que sus derechos estén debidamente reconocidos y respetados.Respondí divertida.¿Por qué va a cobrar el mortífago la recompensa o el sueldo cuando todo el trabajo, o casi todo, lo ha hecho la lechuza? Es injusto, lo mires por dónde lo mires. Y no me quedaría ahí: ascendería a la lechuza a Jefa de Lechuzas y al mortífago lo degradaría al rango de Asesor de la Higiene de las Lechuzas.En otras palabras: a limpiar cuartos de baños de lechuzas. Solté un par de carcajadas, divertida.Ahora en serio, dile a tu contacto que me gustaría que entrenase a mi Elroy. Lleva conmigo un par de meses y todavía no he conseguido enseñarle la diferencia entre ventana abierta y ventana cerrada. Vaya trompazos que se mete...Y cómo si los trompazos me doliesen incluso a mí, me llevé la mano a la frente y negué con la cabeza. Siempre que escuchaba un golpe en la ventana sabía que se trataba de mi lechuza y de sus peligrosas entradas en escena.

Yo misma me daba cuenta de que a Sam no le estaba haciendo demasiado bien hablar de su familia, y sinceramente, si a ella no le hacía bien hablarlo, no veía motivo para seguir haciéndolo. Nunca he sido cotilla por naturaleza, y si alguna vez me interesaba por la vida de los demás, lo hacía por escucharles. Y no era difícil que yo me interesase por aquellas personas que ocupaban un lugar en mi duro corazón, al que tan difícil resultaba acceder.
Sin embargo, ¿cual era el sentido de hablar de algo cuando evidentemente no suponía alivio alguno, si no más bien dolor? Sam no se sentía mejor hablando de ello, y estaba más que claro que era era de esas personas que preferían la risa a hablar de sus problemas.

Les recuperarás, ya lo verás. Y de todas formas, ¿qué más da? Ya tienes aquí una buena familia.Dije muy en serio, sonriendo.Soy hija única, y desde que te conozco, jamás me he sentido cómo tal. Así que siempre vas a tener una hermana mientras yo viva.Confesé, sintiéndome mucho mejor tras haberlo hecho, y una vez dicho eso, me sacudí la tensión y el drama de encima.Y tu hermana recomienda que arriba ese ánimo. ¡No hablemos más de cosas tristes!

Hacer más de lo que hacía era posible, pero complicado. Complicado en el sentido de que dar un paso en falso suponía quedar expuesta. Como alguien que cruza la cuerda floja de un edificio a otro y pierde el equilibrio por milímetros: solo podía terminar con una caída enloquecida, dando vueltas, y quedando aplastado cómo un bicho contra un parabrisas.
Sam me recomendaba lo mismo que siempre me iba a recomendar: precaución, quedarme al margen y, sobre todo, sobrevivir.

No te preocupes,Dije, restando importancia a su comentario, sonriendo divertida.ya dudo yo por las dos de mis capacidades. Tú te rompes manos al dar puñetazos (por cierto, ¡Auch! ¡Qué dolor!)Compuse una mueca de dolor al imaginarme la sensación, que tenía que ser del todo menos agradable.y yo estoy segura de que, de verme envuelta en un combate real, empezaría a fallar hechizos cómo una escopeta de feria.Y podría hacerle una demostración, y posiblemente acertase el hechizo, pero no era lo mismo estar relajada en casa que haciendo frente a un adversario cuya intención es asesinarte.Precisamente, siempre que me he atrevido a hacer algo, ha sido por otros. Sobre todo me he centrado en evitar males mayores a familias que ya estaban bajo sospecha del Ministerio, y limpiar los pequeños entuertos que he podido. Por ejemplo: una mascota mágica fugada y avistada por algún muggle, "limpiar" alguna varita implicada en el uso de magia accidental... No sé, cosas pequeñas. Pero me hacen sentir mejor, ¿sabes? Sé que solo ayudo a un par de personas, pero...Me encogí de hombros con cierta satisfacción.Pero no, no creo que llegues a verme luchando contra los mortífagos en medio de Londres. Ni en este universo ni en ningún otro.Y es que me costaba imaginarme a una Gwendoline Edevane luchando, literalmente, luchando contra sus enemigos. Puede que algún momento se diese, pero no tenía pensado ir buscándolo.

Ese tema, esa línea de conversación, me llevó a preocuparme por Beatrice Bennington, mi otra mejor amiga, la "tercera en discordia" de nuestro pequeño grupo. Ambas la adorábamos, y no era para menos: había sido la felicidad en estado puro durante mi estancia en Hogwarts, y para Sam había sido algo parecido. En mi caso, yo solamente las tenía a ellas dos, y por eso las quería tanto.
Eso sí, quizás hubiese sobrereaccionado ante la necesidad de prestarle ayuda. Como Sam bien decía, Bea era una maestra escapista, valiente cómo pocas, y muy poderosa. Me costaba mucho menos imaginarla a ella herida que a sus posibles perseguidores.
Si era capaz de enfrentarse a dragones, los mortífagos no serían nada para ella.

Tienes razón, tienes razón. Lo siento, me he venido un poco arriba con el tema de encontrarla.Dije con una sonrisa, agradeciéndole entonces con un asentimiento que fuese a poner un poco de esfuerzo extra en saber algo de ella. Yo, por mi parte, pensaba hacer lo mismo. Pudiese ayudarla yo a ella, o pudiese ayudar ella a Sam o a mí, una cosa estaba clara: las "tres magníficas" no podían seguir incomunicadas.

Las horas habían ido pasando, y cómo no había prestado la más mínima atención al reloj, no tenía ni idea de qué hora era. Sin embargo, seguimos hablando un poco más. Sam confesó que durante el último año habría ignorado a cualquier amigo o conocido que intentase contactar con ella, incluida yo. La comprendí incluso antes de que me explicase que no era nada personal: no había más que seguir el hilo de la conversación para darse cuenta de que Sam había evitado a toda costa inmiscluir a cualquier persona que le importaba en sus asuntos cómo fugitiva.
Podía entenderlo, y ni mucho menos me parecía mal. De hecho, no me parecía mal porque... bueno, ¿acaso yo había intentado localizarla? No, y en gran parte había sido por el miedo. Por miedo había dejado de hacer muchas cosas. Así que, ¿qué más daba?

Sí, tienes razón. Dejemos el mea culpa. Lo hecho, hecho está.Eran las 12 y media, y allí estábamos las dos, frescas cómo rosas, y sin aparente intención de dejar la conversación.¡Por Merlín, Arturo y todos los caballeros de la mesa redonda! ¿Ya han pasado dos horas? ¡Se me ha hecho demasiado corto!Dije con fastidio, mirando el reloj que colgaba en la pared de la cocina. Parecía corroborar la observación de mi amiga.Me parece bien que hablemos de cosas más alegres, pero también me parece oportuno preguntarte: ¿has cenado?Esto último lo dije con el tono de cualquier madre, un tono de "Y no me digas que no por educación".Porque me niego a que salgas por esa puerta sin haber cenado. Si necesitas telefonear a Caroline para explicárselo, no hay problema. Pero no voy a aceptar un "no" por respuesta.Dije alzando las cejas y ladeando ligeramente la cabeza.

No se podía decir que fuese la mejor cocinera del mundo. De hecho, muchas veces me conformaba con achicharrar algo en el microondas y cubrirlo con salsa picante. Le ponía salsa picante a todo, a excepción de los postres. Y no porque no lo hubiese probado, que sí, si no porque no me había gustado el resultado cuando me había atrevido.
Había descubierto que, si bien me gustaba el picante, el dulce también, y mezclarlos era un error que a mi paladar no le gustaba que cometiese.
Recogí las tazas de chocolate vacías de la mesa y las metí en el fregadero, regándolas con un chorro de agua. Me asomé entonces dentro de la nevera, que no estaba lo que se decía repleta, pero sí tenía lo suficiente cómo para preparar un poco de pasta.
Me prometí a mí misma, otro día, tener algo mejor que ofrecer a mi amiga, mientras con movimientos de varita empezaba a sacar ingredientes de la nevera, los cuales levitaban hasta posarse sobre la encimera.
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Sam J. Lehmann el Miér Ene 31, 2018 2:31 am

Que oye, uno diría que no, pero ser domador de lechuzas tenía mucho futuro dentro del mundillo mágico, ¿eh? Que la lechuza de Jota no es que fuese tampoco el ser más inteligente sobre la faz de la Tierra y no le vendría nada mal un par de clases sobre cómo interpretar el mundo, para que así dejase de chocarse con las cosas o de morderlo todo. Le hizo mucha gracia imaginarse a su pobre lechuza chocándose contra la ventana. —Yo creo que hay dos tipos de lechuzas: las que son tontas y las que no son tan tontas. Y sólo con esas últimas se puede hacer magia de verdad. —El tono que utilizaba la rubia era tremendamente divertido. —La mía también está dentro del grupo de lechuzas tontas, por feo que suene. Y mi contacto... no te lo creerás, pero ahora mismo supongo que deberá de estar en Hogwarts... —Enarcó divertida una ceja, mirando a su amiga. —Y te preguntarás cómo es que tengo un contacto dentro del castillo con una lechuza claramente superdotada... —Soltó aire, moviendo la cabeza de un lado para otro como si intentase buscar la solución en algún rincón de la cocina. —¿Sinceramente? No tengo ni la menor idea. Sólo sé que ocurrió y últimamente dejo de cuestionarme el por qué de todo. Ha llegado un punto en el que... que pase lo que tenga que pasar.

De verdad de la buena, todavía no entendía como Evans y ella habían podido llegar a tener semejante relación de interés mutuo. Que oye, a decir verdad Samantha siempre vio que el chico salía ganando en aquella ecuación, pero después de todo y la verborrea tan... variante que poseía, no le había dado motivos para desconfiar de él. Además de que tomarse un felix felicis sólo para encontrar a Sam le daba un puntito más de confianza.  

Fue bonito terminar aquella conversación con respecto a la familia escuchando a Gwendoline decir que allí tenía una hermana, para lo que hiciese falta. Y claro que le hacía falta. Ella también era hija única y quizás por eso terminó apegándose tanto a todos sus compañeros en Hogwarts cuando ingresó, buscando esas figuras fraternales que jamás había tenido y que, de alguna manera u otra, iba a necesitar a lo largo de su estancia en Hogwarts y, sobre todo, en su vida. Jamás se arrepentiría de haberlos conocido, pues de verdad creía que tener en su círculo de amigos a esas personas tan especiales había sido como ganarse la mejor de las loterías. —¡Vale! —Respondió a lo de no hablar de más cosas tristes, con la misma emoción que ella. —La verdad es que por eso he ido posponiendo una y otra vez lo que debería hacer... si ya tengo una familia en Londres. —La observó, alzando las cejas para evidenciar que obviamente ella era una de esas personas.

Al principio la miraba con curiosidad, aunque luego el gesto se le relajó e incluso esbozó una inconsciente sonrisilla al escucharla decir lo que había hecho por algunas personas. Ay, le parecía tan adorable que hiciese eso de manera tan altruista y luego se valorase tan poco. Nadie se da cuenta que con esos pequeños detalles, una crea la diferencia de verdad. —¿Contarías como lucha lanzar sin mirar hechizos a mi espalda con la esperanza de que alguno le de a los que me persiguen? Porque eso si lo he hecho. ¡Y por medio de Londres! —Rió divertida. La verdad es que Sam sí que había tenido algún que otro duelo que no había podido evitar y... solo Merlín y Morgana eran conscientes de cómo era posible que la rubia todavía pisase ese mundo porque en uno literalmente se quedó en las puertas de la muerte. Lo que queda claro es que la rubia probablemente fuese tan inútil en duelo como Gwen. —De todas maneras... subestimas tus capacidades y lo que haces por todos nosotros, lo sabes, ¿verdad? Haciendo lo que haces, estás ayudando a personas que verdaderamente lo necesitan en un momento en concreto, ¿y qué haces? Ponerte a pensar en cómo ayudar a un mayor colectivo del que no sabes, en realidad, qué es lo que necesitan. O sea, ¿te das cuenta? ¡Ya nos estás ayudando! —Se mordió el labio inferior, negando con la cabeza divertida. —Y créeme, yo nunca di un knut por mis habilidades en combate y, milagrosamente—literalmente, eso había sido un milagro divino del señor—, sigo viva. Seguro que con la adrenalina del momento descubres habilidades que ni sabías que tenías. Aunque —la señaló, para apuntar algo verdaderamente importante:—, mejor no lo intentes.

Que el tiempo pasase rápido cuando te lo estás pasando bien es algo que jodía tremendamente, pero al menos ya lo tenías asumido, ¿pero que pasase a la velocidad de la luz en un momento así? Era deprimente y desmotivante. Ahora, cuando más a gusto se sentía en compañía de Gwendoline después de meses sin tener noticias ni haberla visto y... puff, de repente habían pasado tres horas y ya era hora de irse yendo, sobre todo si no quería que Gwen se acostase super tarde y mañana las ojeras vinieran a nombre de Sam. Pero sinceramente, entre que no tenía ganas de irse y ella sacó el tema de la cena... parece que se lo puso en bandeja de plata para pasar un rato más allí y disfrutar de su compañía. —Pues hace un rato me tomé un chocolate caliente, ¿eso cuenta? —bromeó divertida, dando a entender que obviamente no había cenado nada. Entreabrió la boca en una perfecta 'O' cuando dijo que no aceptaría un no por respuesta, intentando ocultar, fallidamente, una sonrisa. —¿Pero desde cuándo te has vuelto tan autoritaria, Edevane? Te pareces a la profesora Raminta, ¿la recuerdas? La de adivinación que nunca aceptaba un 'no' por respuesta cuando te invitaba a tomar té a su despacho junto a sus ranas disecadas. ¡Y daba mucho miedo! —exclamó, con un toque jovial y nostálgico. —Pero me quedo, obviamente, le mandaré un WhatsApp a Caroline para que no se preocupe.

Sacó del bolsillo de su chaqueta—la cual estaba sobre la silla—el móvil y le mandó varios mensajes, uno en el que decía que estaba bien, un segundo en el que le decía que llegaría un poco tarde, que luego le contaba, ya que ella desconocía en donde se encontraba ahora mismo Sam, ya que no le había dicho nada. El último mensaje, sin embargo, eran un par de iconos que siempre se ponían: Sam siempre ponía el cerdito sonriente como icono estrella que demostraba que todo iba bien y Caroline le contestó con el unicornio, que tenía más o menos el mismo efecto que el cerdito de Sam.

Volvió a guardar el móvil en la chaqueta, se levantó y se dirigió a la encimera en donde estaba su amiga colocando los diferentes ingredientes. Eso sí, no se fijó en los ingredientes que estaban sobre la mesa, ni tampoco en que había sacado recién pasta, sino que la miró de arriba abajo, percatándose de lo cómoda que iba vestida con el pijama y en lo calentita y cómodas que se veían sus pantuflas. Y ella ahí en falda, leotardos, suéter de punto de una o dos tallas más que ella y esos tacones. —Bueno, con tu permiso... a pesar de los meses en dónde no nos hemos visto, creo que los años de confianza me permiten hacer esto... es una de las cláusulas en nuestro imaginario contrato de amigas... —Alzó uno de sus pies hacia atrás y se descalzó de un tacón, para entonces repetir el proceso con su otro pie. Una vez tuvo sendos tacones en la mano, se agachó para dejarlos bajo la silla y que no molestasen. Movió los deditos de sus pies al ser liberados y se acercó al fregadero para lavarse las manos a consciencia. —Dime con qué te ayudo. Y yo tampoco aceptaré un 'no' por respuesta...—añadió traviesa mientras se secaba las manos con un paño. Se apoyó con una de sus manos en la encimera. —¿Vas a hacerme una de tus famosas salsas super picantes que me van a tener toda la noche bebiendo agua? ¿O has cambiado de gustos en este tiempo? Bueno, espera, qué digo. ¿Gwendoline Edevane perdiendo su gusto por lo picante? No, no, no, eso es imposible... antes las lechuzas serán contratadas por el Ministerio —bromeó, curvando una sonrisa.
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Gwendoline Edevane el Miér Ene 31, 2018 7:56 pm

Si mi lechuza, Elroy—que llevaba el nombre de esa vieja tortuga que había pasado junto a mí la mayor parte de mi infancia y adolescencia hasta su triste fallecimiento a causa de sus avanzados noventa y cinco años de edad—era una lechuza de inteligencia cuestionable, la de Sam parecía compartir sus cuestionables capacidades intelectuales. Si bien quizás fuese injusto hablar de los pobres pájaros de esa manera, pues todo podía deberse a algún problema de vista, o un exceso de limpieza en los cristales en cuestión, no pude evitar encontrarle la parte divertida a todo aquello.
Y no es que no tuviese afecto o aprecio a Elroy. Todo lo contrario: había demostrado ser una agradable compañía para una mujer soltera cómo yo, con una escasa vida social. Pero las cosas cómo eran: temía por su seguridad si seguía placando cristales y demás superficies transparentes.

Bueno, son nuestras tontas... Hay que quererlas.Me encogí de hombros sin dejar de sonreír, y entonces Sam me sorprendió: su contacto estaba actualmente en Hogwarts. Sam era sociable, eso lo sabía desde siempre, pero me pareció curioso que dadas las actuales... "políticas" de Hogwarts. Había escuchado rumores, y si bien imaginaba que ni todo el profesorado bebía los vientos por Voldemort, ni todo el alumnado fuese hijo de los que bebían los vientos por Voldemort, no parecía un lugar en que una fugitiva fuese a encontrar demasiadas caras amigas.La verdad es que me sorprende, desde luego. Cada día me maravillo un poco más con tus habilidades sociales. Y espero que tu contacto sea de fiar. No me gustaría que se le ocurriese ofrecer información sobre ti a nadie en el Castillo. Si a ti no te gusta el Ministerio... a mí no me gusta nadie de los que trabajan en Hogwarts.Y no conocía a ninguno en persona, pero Rodolphus y Bellatrix Lestrange me ofrecían la misma confianza, o incluso menos, que McDowell. Para empezar, de McDowell sospechaba que en algún punto de su vida había sido un ser humano; a los Lestrange no estaba segura de poder otorgarles el mismo beneficio de la duda.Más le vale ser majo...Añadí con una sonrisa, para quitarle un poco de hierro al asunto. Aunque estaba claro que si se le daban bien los animales, ganaba muchos puntos.

No me interesé por preguntar el nombre de ese contacto por dos motivos: el primero era que su nombre posiblemente no me dijese nada en absoluto, y para lo único que iba a servirme era para identificarlo cómo el encantador de lechuzas; el segundo motivo, que Sam no me diría nada más allá de lo necesario a fin de evitar que me metiese en problemas. Así que para mí sería el César Millán de las lechuzas, de ahora en adelante.
Llegamos a un acuerdo de que se había terminado el hablar de cosas tristes. No quería que mi amiga recordase esta visita cómo algo traumático, algo cargado de emociones negativas. No. Si me había atribuido a mí misma el rol de hermana, debía hacerlo bien. Y para mí, la familia debía únicamente hacerte sentir bien. ¿Se cumplía siempre esa máxima? No, ni mucho menos. Pero yo pretendía cumplirla.
No respondí a su afirmación con palabras, si no con una sonrisa, y mirándola a los ojos. No creo que hiciese falta decirle más. Además, seguía sosteniendo su mano. Le di un leve apretón antes de retirarla, un gesto que consideré más que suficiente.
Hablando un poco de la lucha, de lo que podíamos y no podíamos hacer, manifesté ciertas inquietudes, y le conté a Sam algunos ejemplos de lo que había hecho en mi humilde intento de ayudar. No creía haber hecho mucho, pero Sam no estaba de acuerdo. Y cómo no soy de piedra, me permití bajar la mirada, ponerme un poco roja, y curvar los labios en una media sonrisa, sintiéndome halagada por las palabras de mi amiga.

No es para tanto... Si pudiendo hacerlo, sin dejar rastro, no lo hiciese, sería muy egoísta por mi parte. Y no siempre puedo hacerlo, claro.Sin embargo, me sentía bien pensando que mis acciones quizás daban esperanza a unos pocos. Esperanza no abundaba en estos días, precisamente. No es que me considerase a mí misma un gran faro dorado y luminoso en la vida de nadie, pero... me gustaba pensar que ayudaba. Aunque fuese un poquito.No te preocupes, no voy a ponerme a luchar con nadie en un futuro inmediato. Ni voy a meterme en peleas. Soy muy poco irascible, ya me conoces. Pero... si las peleas vienen a mí...Me encogí de hombros. Creía que, haciendo lo que hacía, no dejaba ningún tipo de rastro, pero no podía estar cien por cien segura de ello. Nadie se había interesado nunca por mí, más allá de cuando se me exigió doblar la rodilla ante Voldemort... bueno, no literalmente ante él, si no ante su nuevo gobierno. Desde entonces... creo que el Ministerio estaba contento de tenerme como a una empleada competente.

El tiempo había pasado a la misma velocidad que una snitch dorada huyendo de un buscador, o al menos a mí se me había pasado de esa manera. Las doce y media, y mi amiga y yo solo habíamos bebido una taza de chocolate. Ni de comer me había acordado, y esa era la sensación más maravillosa del mundo. En otras circunstancias, a estas alturas estaría metida en cama viendo algún programa nocturno hasta quedarme dormida, para una vez más, al día siguiente, dar comienzo a mi jornada laboral.
Esto era mejor, sin duda, y me daba exactamente igual ponerme a cocinar a las doce y media de la noche. Quizás a alguno de mis vecinos no le diese tan igual, pero creo que Sam y yo no estábamos haciendo demasiado ruido. Así que mientras la policía muggle no llegase llamando a la puerta todo iría bien.
Me puse en pie tras asegurar que no aceptaría un no cómo respuesta a la propuesta de una cena tardía, y la reacción de Sam me hizo reir a carcajadas. Sí, a carcajadas, con la boca bien abierta y la cabeza echada hacia atrás. Raminta, la profesora de adivinación, había sido un personaje... curioso en nuestra vida.

¡Raminta! Que buena mujer. Me da la impresión de que aderezaba su té precisamente con algunas de esas ranas, tú ya me entiendes.Le dediqué un guiño cómplice. Aquella mujer... era un caso aparte.Ya que la mencionas, probablemente mi autoritarismo venga un poco de ella. Ya sabes: dónde fueres, haz lo que vieres.También mi madre era un poco así. Tenía esa actitud de madre tan típica de "Come, que estás muy delgada".

Mientras Sam enviaba un mensaje a Caroline respecto a su ausencia tan tarde de casa—me imaginaba que estaría preocupada, teniendo en cuenta que Sam no estaba fuera trabajando, precisamente—, yo hacía desfilar fuera de la nevera con mi magia los ingredientes necesarios para nuestra cena: una cebolla por aquí, un tomate por allá, una zanahoria... Una vez estuvieron todos alineados, abrí con otro movimiento de varita una de las alacenas, haciendo movimientos cómo de director de orquesta con su batuta, e hice desfilar fuera de esta un bote de plástico que contenía spaghetti.
Sam se puso entonces de pie y la vi quitarse los zapatos con gran habilidad y maestría, sin utilizar las manos. ¿Con mi permiso? Ni lo necesitaba.

Creo que tengo por ahí otro par de zapatillas. No te fíes de este suelo: aunque haya una buena temperatura, el suelo sigue muy frío. Espera.Arqueé la espalda un poco hacia atrás para asomarme al umbral que separaba la cocina del salón. Junto a la puerta tenía un pequeño mueble dónde guardaba zapatos. Lo abrí con un movimiento de varita, con otro movimiento de varita hice salir un par de zapatillas casi iguales a las que llevaba, y con un tercer movimiento de varita las atraje hasta nosotras, dejándolas en el suelo. Con un último movimiento cerré las puertas del pequeño mueble.Dios, que bruja me siento al usar la varita tantas veces para hacer cosas tan cotidianas.No solía hacer un uso excesivo de la magia. En el Ministerio había máquinas de escribir a las que podía dictarles lo que tenían que escribir y lo hacían ellas solas, pero no solía utilizarlas a no ser que estuviese hasta arriba de trabajo. Prefería, siempre, el uso de la pluma.

Sam quería ayudarme. Siempre. Nunca me dejaría hacer algo yo sola y estaba en sus manos ayudar, así que asentí. Giré uno de los mandos del hornillo de gas de mi pequeña cocina y encendí el fuego con un hechizo. Coloqué entonces una pequeña cacerola.

Si me ayudas a cortar estas verduras, te estaré eternamente agradecida.Dije mientras yo misma cogía un cuchillo y me ponía a picar la cebolla. Esbocé una sonrisa en respuesta a la pregunta de mi amiga.¿Qué te parecen unos spaghetti a la boloñesa? Receta de mi madre... aunque creo que nos saltaremos el paso de añadirle cuatro guindillas a la salsa. Eso sí, ¿tienes algo en contra de la cebolla? Es totalmente opcional.A mí no me molestaba lo más mínimo. Es más, solía picar la cebolla tan fina que apenas se notaba. Pero mucha gente detestaba el sabor, la mera presencia de una cebolla en su plato les impedía comérselo.Y créeme que no voy a perderle nunca el gusto al picante... ni aunque el médico me lo prohiba.

Y estaba segura de una cosa: la salsa para los spaghetti no llevaría picante... pero en mi plato no iba a faltar un buen chorro de tabasco. Lo primordial era hacer sentir bien a mi amiga, no espantarla con mi comida. Si ya de por sí no iba a ser un plato al gusto de Gordon Ramsey, lo que menos quería era estropeárselo con un exceso de picante.
Recordaba las palabras de Bea aquella vez que nos habíamos colado en las cocinas, en 2004: "¡Esto debería ser ilegal y usarse para la tortura!" Seguro que Sam opinaba algo parecido.
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