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Our life —Gwendoline Edevane.

Sam J. Lehmann el Vie Dic 22, 2017 12:32 am

Recuerdo del primer mensaje :


10 de diciembre del 2017 — Londres, casa de Gwendoline Edevane — 21:30 horas

Hacía tiempo que había cometido una ligera imprudencia, motivo por el cual ahora estaba muy paranoica con respecto a que le perseguían y habían dado con su escondite. La legeremante ahora mismo estaba viviendo con su mejor amiga Caroline y, pese a que jamás entraba por la puerta y siempre se aparecía en el interior de la casa, tenía la sensación de que había gente capaz de averiguarlo. Además de vivir con Caroline, Sam seguía manteniendo su tienda de campaña mágica oculta en lugares lejanos en Londres y era eso lo que verdaderamente le daba miedo. ¿De verdad le merecía la pena seguir conservando ese lugar, ahora que tenía un hogar? Ella pensaba que sí, que era lo lógico; que ahí podía seguir haciendo todas las pociones y utilizarlo como lugar de trabajo, ya que lo menos que quería era llenar la casa de Caroline con trastos innecesarios y mil y una cosas que pudieran inmiscuirlas en más problemas de los que ya tiene por ocultar a una fugitiva de la ley. Bastante había hecho ya accediendo a que su gatito y su cerdito vietnamita fuesen a vivir también allí con ellas.

Quizás Sam estaba paranoica, no te quito razón, pero entre que ella sentía que la perseguían y la vigilaban y que había recibido rumores sobre un detective-cazarrecompensas que había estado capturando fugitivos de una manera infalible... pues claro, a ella le causaba todavía más temor ser la siguiente presa de ese tipo. ¿Y lo peor? Poner a Caroline en peligro por su culpa.

Así que le mandó un correo electrónico a Gwendoline. Ya ni se fiaba de los móviles y suponía que con el correo que se había creado, de nombre aleatorio, no podía ser relacionado con ella muy fácilmente. Le pidió quedar urgentemente porque necesitaba ayuda y, creedme, le sabía fatal tener que acudir a Gwen para ello. Era un riesgo, a fin de cuentas, poner en peligro a otra persona con tal de salvar a otra. ¿Y si la estaban siguiendo y le perseguían hasta casa de Gwen? Fue por eso que se apareció directamente en uno de los baños del metro, cogiendo el vehículo hasta la parada más cercana a la casa de su amiga. Era altamente improbable que cualquiera pudiese haberla seguido de esa manera. Era imposible. Y lo primero que tenía que pasar es que ella misma se lo creyese o iba a entrar en bucle.

Con una bufada hasta la nariz, un gorro de lana que le tapaba prácticamente toda la cabeza de lo grande que era y un gran chaquetón para el frío. Apenas se notaba que era ella, pues tenía todo el rostro tapado. Tocó la puerta de la casa de su amiga, volviéndose a guardar su mano congelada en el bolsillo y mirando para todos lados, nerviosa. Cuando su gran amiga abrió la puerta, sacó las manos de sus bolsillos y le abrazó. —Siento haber venido a tu casa, ¿de verdad que no hay problema?

Habían muchas personas del Ministerio y que todavía tenían el voto de confianza del Ministerio que consideraban que su vida estaba lo suficientemente segura como para poder arriesgarse un poco. Ignoraba si ese era el estado de Gwendoline, pero al menos por parte de Sam, le resultaba un verdadero martirio tener que acudir tanto a pedir ayudas a las personas que estimaba, ya que había una alta probabilidad de que por su culpa, éstas terminasen mal paradas. ¿Por qué lo hacía? Porque ya, después de un año, se había dado cuenta de que ella sola no podía con el mundo. Por mucho que lo intentase, no podía. Y si quería poder hacer algo, necesitaba esa ayuda que la posicionase un paso por delante de sus enemigos. Aunque sólo fuese un pasito muy pequeño.
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Sam J. Lehmann el Jue Feb 01, 2018 4:23 am

¿Mis habilidades sociales? —Curvó una de sus cejas, un tanto divertida por lo que había dicho. Bueno, vale, quizás de adolescente Sam ganó cierta maestría con eso de socialibilizarse mejor—ya que el alcohol ayudaba mucho a ello—, ¿pero nadie se acordaba de la tímida e introvertida Jota en Hogwarts? Esa era un despropósito social. Menos mal que todos sus amigos eran extrovertidos para suplir un poco su carencia de querer más amigos, porque vamos, era un caso totalmente aparte. —No sé que decirte la verdad... lo conocí en verano, en una tienda de mala muerte en dónde me habían estafado por los ingredientes de una multijugos. Al final nos ayudamos mutuamente para recuperar todo lo que habíamos perdido y... —Se ahorró mencionar el hecho de que se habían metido dentro del local de una organización de vampiresas feministas, porque está claro que eso conllevaría a hacer muchas, muchas preguntas. —A la semana, o quizás a las dos semanas, apareció el tipo en dónde se supone que me escondía, con su lechuza encabezando la marcha. Se había tomado un felix felicis para encontrarme, ya que quería que le enseñase oclumancia pues temía que los Lestrange pudiesen averiguar algo si le leían la mente. Vamos, debía de estar acojonado de volver a Hogwarts. Y no le culpo, como bien has dicho, los Lestrange... dan mucho mal rollo. —Le contó la historia, como se decía había contado el pecado, pero evidentemente no había dicho nada sobre el pecador. Y no sé, la historia con Evans siempre le había parecido divertida al igual que surrealista, por lo que era una anécdota que contar con una sonrisa en el rostro, pese a las circunstancias.—Es una historia... curiosa. Si te digo la verdad, no mantengo ningún tipo de relación con él. Es un niño, al fin y al cabo. Lo bueno es que ya no sabe nada de mí y como descubran algo, al final va a ser él quién salga perdiendo por no haberme delatado en su momento. Sólo espero que consiga pasar desapercibido, parecía un buen chico... —Eso último ya lo había dicho más como un deseo personal, un poco preocupada por cómo le iría.

Ay, en serio, podría parecer que la legeremante había llegado a alcanzar cierta maestría con la varita y los duelos en todo este tiempo... pero no. En serio, que no. ¿Créeme, eh? No. Seguía siendo igual de lenta que siempre y es que desde nunca destacó en los duelos. Sí, se defendía. Sí, con un poco de adrenalina en el cuerpo todo parecía que funcionaba... pero no. Ella se sentía como un pez fuera del agua, como Epi y Blas en una cama de velcro: incómoda, estresada, como si ese no fuese su sitio. Y lo cierto es que no lo era. Ella podía ser invencible en un duelo mental, pero desde que metieses la varita de por medio... vamos, se sentía más inútil que el codo de un Playmobil. Y por eso le tenía tanto pánico a ese tipo de situaciones, porque sabía que no daba la talla para enfrentar a un buen duelista y ella se ponía nerviosa con muchísima facilidad, por lo que la lógica solía abandonarla en esos momentos. —Si las peleas vienen a ti... te desapareces a tu casita, te metes en la camita y duermes tranquila y plácidamente, ¿vale? —Continuó su frase. Sabía que estaba quedando de madre sobreprotectora que no te deja hacer nada con tu vida, pero es que todo el miedo que tenía Sam al enfrentarse a lo que teme se trasladaba a temer por la vida de su amiga en los mismos casos, pese a que sabía que por mucho que dijera, sabría defenderse. Y no sé, ¿acaso era malo repetir hasta la saciedad que no hicieras algo? Si al final cada cual va a hacer lo que quiera; así por lo menos la consciencia pesaba menos, pues avisada estaba. —Ya está, dejo de ser pesada. —Puso punto y final al tema.

Y luego vino la mejor parte de todas.... comer. Bueno, hacer la comida. Samantha solía ser bastante fan de todo lo culinario, pese a que se le daba horriblemente mal hacer cualquier tipo de comida y, gracias a Merlín, lo tenía asumido. Así que se limitaba a hacer cosas fáciles y a seguir intentándolo con los postres, pese a que sus galletas siempre tenían algún sabor extraño o estaban excesivamente quemadas. Ella y el horno tampoco se han llevado bien nunca. Eso sí, fue inevitable mencionar a una de sus ex-profesoras de Hogwarts, ya que la forma de hablar de Gwen le había hecho recordar a Raminta, de una manera evidentemente exagerada. ¡Gwen no tenía nada que ver con aquella señora que siempre estaba de mal humor! La sonrisa permaneció en su rostro al escucharla. —¿Y también tienes ranas disecadas? Te pega más tener iguanas disecadas, ¿las tienes como decoración en el salón? —Bromeó sólo para picarla un poco, con una sonrisa traviesa. —En realidad exageré, ¿eh? Que esa profesora estaba un poco loca... bueno, 'poco'. Tú no te pareces a ella en nada. Aunque lo que está claro es que su autoridad marcó tendencia en nuestra generación porque sin duda funcionaba, ¿no te acuerdas? Terminábamos media clase en horario libre en su despacho tomando té, solo para que nos contase su vida y sus amarguras por lo que había visto a través de la bola de cristal. —Volvió a reír sólo de recordarlo, sintiendo que como no se aguantase le iba a entrar una ataque de risa. —Necesitaba amigos con los que desahogarse y utilizaba a sus alumnos. Y nosotros alucinando sin saber en dónde meternos. —Madre mía, qué recuerdos... quién pudiese volver a esos tiempos tranquilos, cargados de estrés por estudiar de más y de pura diversión.

Se descalzó con tranquilidad antes de ayudar a Gwen, recibiendo por su parte unas pantuflas tan cómodas y calentitas como la que ella vestía, ¿le había leído la mente? No; eso era al revés. Está claro que años de amistad hace que las personas tengan cierta sincronía mental. —Gracias —agradeció de manera risueña, para entonces mirarla de reojo. —A mí me pasa igual. Me he vuelto varita-dependiente, ¿habrá psicólogos mágicos que traten la varito-dependencia? —preguntó con el ceño fruncido, mirándola con toda la incertidumbre. De repente le asaltó la duda. Y si te pones a pensarlo, era una duda muy seria. El noventa por ciento de los magos eran varito-dependientes y eso era muy serio.

Cogió de uno de los cajones un cuchillo, para colocar una tabla de madera sobre la encimera y comenzar a trocear la verdura que Gwen le había pasado. Por norma general Sam no tenía problema si la comida era UN POQUITO picante, pero claro, los niveles de picante que utilizaba su amiga estaban muy por encima de la resistencia de sus papilas gustativas. Eso sí, la cebolla no era un problema, aunque eso de que fuese salsa boloñesa... La miró con el gesto algo arrugado. —Me he hecho vegetariana, así que no como carne —le dijo, de manera totalmente redundante. Era como decirle: 'soy lesbiana, así que me gustan las chicas', o 'soy mortal, ergo muero'. Así que una pequeña Sam en el interior de su mente, se quejó por tremenda idiotez. De verdad, a veces le daba la sensación de que muy Ravenclaw no debió de ser. —Yo con las verduras así fritas voy más que sobrada, ¿eh? Hazte tu la salsa con carne y así le echas picante al gusto. —Le dijo rápidamente, para que no cambiase la idea de su cena por ella. —Y te preguntarás como es que Sam, la gorda de las hamburguesas y la amante del fish and chips, de repente se volvió vegetariana, ¿a que sí? —Bufó, para entonces mirarla a los ojos, con toda la seriedad que podía emanar su mirada en aquel momento. —Me sentía muy mal comiéndome una hamburguesa frente a mi cerdito, te lo digo en serio. —Se mordió el labio inferior porque ella era bien consciente de que lo que estaba diciendo sonaba muy, pero que muy... irreal. —Te juro que a veces tengo la sensación de que ese cerdo sabe todo lo que hago y me discrimina por ello, ¿eh? Y me miraba con unos ojos que... tía, me hacía sentir muy mal pensar que me estaba comiendo, yo que sé, a su padre. —Y se rió un poquito, intentando evitarlo, porque aquello parecía surrealista, aunque intentaba ponerse seria. —No te rías, ¿eh? Esto es un tema serio. —Y golpeó el cuchillo contra la tabla, suavemente, para cortar un trozo de pimiento. No, no podía simplemente aguantarse esa risa.

Y no, a ver, hablemos con seriedad. Uno de sus mayores motivos para hacerse vegetariana había sido su cerdo, de eso no cabía ninguna duda. Llevaba con su cerdo ya casi tres años y... lo adoraba. Y se hacen muchas idioteces por las mascotas y la idiotez de Sam había sido convertirse en vegetariana, aunque obviamente antes de hacer nada, se informó de que no comer carne y/o pescado fuese a matarla a largo plazo. ¡Y créanme, le ha costado! Pero oye, después de años teniendo el 'ser vegetariana' como opción, al final fue su cerdito quién le terminó por convencer. Eso sí, sabe que jamás de los jamases volverá a involucionar para convertirse en vegana, porque es consciente de que nunca podría dejar de comer chocolate. Tampoco echa de menos la carne ni el pescado... por lo que estaba la mar de contenta con su decisión. Además, su cerdito había dejado de mirarla mal mientras cena.
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Gwendoline Edevane el Jue Feb 01, 2018 11:53 pm

Escuché la historia de Sam acerca de su contacto dentro de Hogwarts con atención. La sola mención a Hogwarts me daba escalofríos. No por mis recuerdos de estudiante, pues las cosas habían ido bien allí por lo general, si no por la situación actual. Era difícil creer que existiese allí alguien que no tuviese el suficiente miedo a los Lestrange cómo para delatar a una fugitiva a la mínima.
Pero parecía ser el caso. Parecía que había algunos alumnos que habían conseguido pasar por debajo del radar, por decirlo de alguna manera. Suponía que era lógico: lo mismo pasaba en el Ministerio. Sin embargo, la situación podía ser diferente tratándose de alumnos. Estaba segura que, viéndome en tal situación, el miedo habría podido conmigo y no me habría atrevido a ocultar algo así a gente tan peligrosa.
Claro que yo no era valiente por naturaleza, y el muchacho podía ser alguien valiente. Y si no estaba en el Área-M, era por algo.

Vale, me ha convencido.Respondí cuando Sam finalizó el curioso relato, uno cargado de encontronazos imprevistos.Si teme a los Lestrange es que es buena persona.Hice una pausa entonces, quedándome pensativa un segundo. Los Lestrange perfectamente podrían sembrar terror entre sus propios aliados, por lo que había oído de ellos.Bueno, eso no es del todo exacto, pero...Añadí dubidativa, sacudiendo entonces la cabeza en un gesto de negación.Bueno, que te ha ayudado. Démosle el beneficio de la duda.Finalicé con una leve sonrisa. No es que fuese a ponerme a sermonear a Sam acerca de sus amistades. Ella sabría bien con quién tenía que lidiar y cómo tenía que lidiar.

Sam quería evitarme todo tipo de mal, y prefería verme huyendo antes que verme muerta. Está claro, porque yo opinaba lo mismo de ella. Sin embargo, estaba claro que no siempre podíamos elegir si las peleas venían a nosotros. Si huir serviría para algo. Huir podía significar el fin de tu vida. Con una pelea, en cambio, te arriesgabas a ganar. Y ganando, podía asegurarte de borrar todo lo malo que supiese alguien de ti de su memoria.
Pero estaba claro que la prudencia iba primero. Y prudencia era algo que estaba apuntado en mi lista de máximas. Así que convine con un asentimiento y moví mis labios en un silencioso "está bien". No quería ahondar mucho más en el tema, y no quería preocupar a mi amiga más de lo necesario.
Ya en el futuro veríamos si podía cumplirlo.
La conversación mudó en dirección a una de las profesoras más peculiares que jamás habíamos tenido en todo nuestro paso por Hogwarts: Raminta, la loca de las ranas. La mujer, adivina, siempre estaba penando por algo y contándole dichas penas a sus alumnos y alumnas. Muchos tenían la poca delicadeza de quitársela de encima con palabras del tipo "¡Que no me rayes!", mientras que otras, cómo la señorita "No-sé-decir-que-no-Edevane", no teníamos esa facilidad. Y es que a esa mujer la educación no le servía, nunca interpretaba un "Tengo mi siguiente hora de clase ya mismo" cómo una excusa válida para marcharse.
¿Cuántas predicciones me había contado esa mujer en todo el tiempo que había pasado en Hogwarts? Recuerdo que en una ocasión había predicho una rebelión entre los elfos domésticos y una división en dos bandos: el que quería ser libre, y el que quería seguir sirviendo a los magos. Que eso llevaría a una gran decadencia y... y no recuerdo haberle prestado más atención. La historia era absurda.

En una ocasión me tuvo dos horas en su despacho.Empecé a contarle a Sam, asintiendo a su pregunta con una cara que parecía querer decir "¿Cómo no voy a acordarme de Raminta y sus rarezas?"Me tuvo allí sentada, y yo quería irme por dos motivos. Primero: que tenía clase de Defensa Contra las Artes Oscuras a continuación, y no me apetecía que me pusiesen a mí a realizar hechizos defensivos mientras los demás compañeros me lanzaban maldiciones. Y segundo: me hacía pis.Al cecir esto, bajé un poquito la voz y estuve a punto de ponerme roja.Logré llegar al final de la siguiente hora de casualidad. El profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras estaba hecho una fiera, y cuando le dije que venía del despacho de Raminta, textualmente, me dijo: "Ah, vale... Raminta. Queda libre de castigo, señorita Edevane." Lo pesada que debía ser esa mujer, que hasta los profesores la conocían.Comenté con humor, divertida ante aquel intercambio de anécdotas.

Mientras preparábamos la cena, Sam se descalzó y me dio bastante miedo que el mero contacto con el frío suelo de mi apartamento le pudiese provocar un buen resfriado. No era bueno para una fugitiva estar resfriada. Así que atraje mi solícito par de zapatillas de emergencia desde el mueble dónde las guardaba, para que mi amiga no tuviese que seguir allí de pie, descalza, durante más tiempo. Y lo hice con magia, claro.
Sam parecía también acostumbrada al uso regular de la varita. ¿Cómo evitarlo, cuando sabes que pudes hacer a distancia un montón de cosas que los muggles tienen que hacer moviéndose de un lado para otro? La tentación es grande.

Si existe algún profesional especializado en este campoLevanté la varita para demostrar que hablaba de la magiacreo que debería hablar con él, a ver si lo mío es sano. ¿Y tú qué haces abierta?Eso último no se lo decía a Sam, si no a una alacena por encima de mi cabeza, que cerré con un movimiento de mi varita, casi cómo para resaltar que usaba demasiado mi magia en mis tareas cotidianas.

Entonces, mientras preparábamos la cena, surgió algo que me hizo quedarme incluso más boquiabierta que al ver a mi amiga entrar por la puerta después de tanto tiempo: Samantha Jota Lehmann había dejado la carne. Por un momento dejé en suspensión el cuchillo sobre la cebolla que me disponía a reducir a minúsculos trocitos y sobre mis dedos, peligrosamente.
Intentando prevenir un accidente, dejé un momento el cuchillo sobre la encimera y aparté mis manos de la cebolla para girarme hacia mi amiga. Sam vegetariana. Todavía lo estaba procesando. Ella me dio una buena explicación al evento: al parecer, su cerdo no veía con buenos ojos que comiese carne, y al parecer, desde que había dejado de hacerlo, la relación entre ambos había mejorado mucho.

Me dejas de piedra.Confesé.Donnald Trump es presidente de Estados Unidos. Abigail McDowell es la Ministra de Magia. Sam Lehmann no come carne.Compuse una mirada patidifusa, perdida en algún punto de la habitación, antes de volver a mirar a Sam a la cara. Todo ello muy teatral.¿Qué ha sido del mundo en que me crié?Y para que comprendiese que estaba de broma, le dediqué una sonrisa cómica, antes de devolver mi atención a las verduras. Cuando terminé de picar todo lo que pude, con ayuda de Sam, negué con la cabeza a lo que dijo de que me preparase una salsa boloñesa para mí. No hacía falta.Será una boloñesa vegetariana. Hoy, por respeto a tu cerdito, será una noche vegetariana.

Dicho aquello, ambas habíamos terminado de cortar las verduras. Con un movimiento de varita, hice levitar todos los pequeños dados de verdura dentro de la cazuela al fuego. Empezaron a cocinarse, y en un rato tendríamos una salsa perfecta para acompañar a los spagetti. Puse otra cazuela con agua al fuego para la pasta, y hecho eso, volvimos a sentarnos a la mesa.

Y ahora, ha llegado el momento del cotilleo.Dije, alzando levemente una ceja mientras miraba a mi amiga.¿Hay alguien especial en tu vida en estos momentos?No solía ser una persona demasiado cotilla, pero aquello podía considerarse una pregunta de interés por mi amiga más que un cotilleo.
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Sam J. Lehmann el Sáb Feb 03, 2018 12:47 am

Ella todavía no tenía muy claro si la profesora de Adivinación de sus tiempos en Hogwarts estaba loca, tenía mucha imaginación o verdaderamente tenía la capacidad de ver el futuro. Porque claro... si lo pensábamos fríamente, tendría lógica que todo lo que les contaba fuese simplemente producto de su cabeza enfrascada en la demencia, pero también estaba la opción de que fuese una adivina real y que saber el futuro le hubiese hecho tener una visión de la vida muy distinta de la del resto y por eso su comportamiento distaba tanto del 'convencional'. Como superior. En plan persona sabia que sabe lo que va a pasar e intenta actuar con normalidad al respecto pero no lo consigue. Sonrió, negando con la cabeza por la historia. —Puff, no veas como te entiendo. —Sam no tenía carácter por aquel entonces y hasta vergüenza tenía de decirle a su profesora que se hacía pis o tenía una emergencia mayor por la que debía ausentarse. —Es que era un caso, ¿eh? Pese a que todo el mundo ya la conocía, nadie era capaz de decirle nada. ¿Sabes qué? Yo creo que la gente le hacía caso sólo con tal de que no nos hablara de nuestro propio futuro, porque a mi me daba miedo terminarme el té delante de ella y que de repente quisiera ver mis restos, ¿y si de repente ponía una cara rara? ¿Y si de repente se volvía dramática y me decía que había visto una cosa horrible sobre mi futuro? Yo vivía con miedo. —Reconoció con diversión.

Ser varito-dependiente en verdad no era nada malo, pese a que pudiera parecerlo. Casi todos los magos se habían adaptado a vivir con magia y era incuestionable el hecho de que te daba más comodidades que desventajas. Y claro... nadie se esperaba quedarse sin varita en ningún momento de su vida una vez la adquiere a los once años, por lo que adaptar su vida a ello parecía lo más lógico. Y era curioso que Sam pensase eso, cuando en menos de un mes iba a quedarse sin varita. Irónico. Rió cuando cerró la puerta de la alacena. —Quizás deberías ir a hablar con un psicólogo por hablar con las puertas, ¿pero por ser varito-dependiente? Yo creo que eso lo llevas bien —bromeó con cariño, con un guiño de lo más risueño.

Su reacción fue de lo más cómica, ya que Sam le pedía seriedad mientras ella se aguantaba la risa y ella, contra todo pronóstico, había adoptado una seriedad que hasta se la creyó de lo dramática que le había salido. No pudo evitar reír. —Serás exagerada... —murmuró divertida cuando preguntó sobre el mundo en el que se había creado, negando con la cabeza varias veces. —En verdad me informé y me llamó bastante el hecho de, no sé, probar por cambiar y vivir la experiencia, añadiendo claramente el factor de mi cerdito. Y pensé que me costaría más dejarlo pero... no, simplemente dejé de comprarlo y fue una buena excusa para aprender a hacer nuevas comidas. Que sí, ya sé que se me da fatal cocinar, pero la comida vegetariana se me da bastante bien. Un día te invito a cenar. Prometo no intoxicarte. —Le ofreció con una sonrisa amable, continuando con el troceado de las verduras.

No se pegó demasiado tiempo, ya que después de todo eso de cortar verdura se le daba excepcionalmente bien desde que se había hecho vegetariana y su dieta era mucho más... a base de verduras. Cuando ya todo estuvo en el fuego—y el olor de la cebolla comenzó a hacer rugir su estómago—ambas se alejaron del fuego simplemente a esperar. Por eso era tan amante de la pasta, ¿acaso había algo más fácil y rico que fuese tan rápido de hacer? Se volvió a sentar en la silla, junto a la mesa, esperando con paciencia. A decir verdad lo que se le estaba pasando por la cabeza era la cara de los vecinos de su amiga cuando empezasen a oler todo aquello a casi la una de la madrugada.

Por lo que era evidente que ella, pensando en comer, se sorprendiese por la pregunta de su amiga. Llevaba sin 'nadie especial' en su vida desde hacía muchos años, ya debía de ser mala suerte encontrarse a esa persona especial justo en el peor momento de su vida, ¿no? Inevitablemente sonrió sólo de pensar eso. Si cualquier otra persona le preguntase quizás se hubiera ruborizado y evitado el tema, pero con la confianza que había entre ellas la verdad es que era cómodo hablar de prácticamente cualquier tema. Incluso de caca. Y todos sabemos que el tema 'caca' era el tema que delimita la verdadera confianza en un amistad. —¿Qué? Que va. Y menos mal... —respondió. —O sea, ahora mismo estoy en una situación en donde no me podría permitir nada de eso... me sentiría fatal. —Medio esbozó una sonrisa. —Ya sabes cómo han sido mis relaciones... me gusta implicarme cuando alguien así aparece en mi vida, básicamente porque si dejo que entre es porque me importa. Y no podría implicar a nadie nuevo en mi vida tal cual me va, me parecería muy egoísta. —Ella siempre había sido una acérrima defensora del amor, de esas que buscaba amor real de película que le erizase el vello y la pusiese nerviosa; cabe destacar que nunca se ha enamorado, ergo no sabe lo que se siente en realidad. Siempre quiso encontrar eso, pero sus relaciones habían ido de mal en peor y eso que sólo había tenido tres en sus veintiocho años de vida. —Ni lo busco, ni me encuentra, por lo cual me va genial. —Que a ver, no. Lo decía porque era consciente de que era lo mejor para la vida, pero obviamente le hacía una ilusión horrible dar con ella. Esa persona especial, ¿pero quién no quería? Sin duda era una romántica empedernida. —Ustedes ya han tenido la mala suerte de estar en mi vida cuando todo esto pasó, pero involucrar a más gente creo que es pasarse... —dijo más natural, encogiéndose de hombros. Porque sí, ella seguía pensando que estaba siendo 'egoísta' manteniéndolos a todos en su vida teniendo en cuenta que ella ponía en peligro a todo el mundo. Lo lógico era esconderse y dejar que ellos viviesen su vida tranquilamente, pese a que después de tanto tiempo le costase verlo tan claro. Pero claro, era más fácil habituarse a eso y simplemente cerrar las puertas al resto de personas.

Entonces su sonrisa se torció a una traviesa, algo más juguetona. Su mirada, también, adoptó un gesto más risueño y 'malvado', o al menos todo lo malvado que podía esconder un rostro como el de Sam. Sujetó su silla, la movió un poco hasta pegarse hasta Gwen—sin hacer ruido—y se apoyó en la mesa para mirarla bien de cerca. —Cuéntame tú. —Se mordió el labio inferior, con ganas de escucharla. —Te juro, de verdad, que no entiendo como llevas tanto tiempo soltera. Inteligente, dulce, guapa... en serio, no entiendo qué es lo que buscan los hombres en una mujer, si tú lo tienes todo. —Y no estaba siendo pelota, ni estaba siendo endulzada por el cariño que sentía por ella. No. Era ser objetiva: Gwen era preciosa, era super inteligente y tenía una personalidad que enamoraba, ¿hacia dónde narices miraban los hombres?
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Gwendoline Edevane el Sáb Feb 03, 2018 10:26 pm

Estaba bastante de acuerdo con la impresión que Sam tenía de Raminta. Y estaba de acuerdo principalmente porque a mí tampoco me había apetecido nunca que nadie me dijese qué me deparaba el futuro. No es que viviese con miedo a que me atropellase un coche un buen día mientras paseaba por la calle ni a partirme en dos un buen día, mientras practicaba la aparición, pero tampoco me hacía gracia que me "spoileasen" mi propia vida. ¿Dónde estaba la magia en eso? Y más si una adivinación era definitiva. ¿Se podía cambiar algo o simplemente estaba destinado a pasar?
Fuese cómo fuese, nadie en su sano juicio querría saber lo que pasaría en el futuro: si era bueno, te sentirías inclinada a vivir tu vida entera esperando a que llegue ese momento; si era malo, te consumiría el miedo a que ese algo llegase. La mente humana no estaba preparada para conocer su historia antes de que ocurriese.

A mí tampoco me hacía especial gracia que me contase mi futuro, la verdad.Dije acordándome una vez más de la imagen de aquel despacho, de aquellas ranas disecadas, y de la actitud de aquella mujer tan peculiar.Y además, tampoco es que le haya dado nunca demasiado crédito a la adivinación. Es decir... ¿qué pasa si te cuentan algo que te va a pasar y consigues evitarlo? ¿No sería eso una variable? Y si no puedes evitarlo, ¿de qué te sirve saberlo? Creo que Raminta necesitaba unas clases extras de "respetar la privacidad ajena". Y por privacidad, entiéndase no mirar en el futuro ajeno.Y pese a que el tema podía dar para debate, yo estaba sonriendo, divertida. Porque sí, en su día la mujer nos había dado lo que se llama "mal rollo", pero no dejaba de ser un recuerdo de nuestra infancia y adolescencia. ¿Qué habría sido de la "buena" de Raminta?

El término acuñado por Sam, la "varitodependencia", podía ser perfectamente reconocido algún día cómo un termino psicológico-mágico reconocido de verdad. Ya me veía a grupos reunidos en el sótano de San Mungo, todos sentados en sillas que formaban un círculo, mirándose los unos a los otros, y diciendo: "Hola. Soy Fulanito y soy varitodependiente. Llevo treinta días limpio." La idea me provocó casi tanta risa cómo que Sam pensase que quizás necesitaba un psicólogo por hablar con las puertas.

Las puertas no son lo único con lo que hablo en este piso.Respondí divertida, y era cierto: mis conversaciones con la nada eran profundas a veces, en especial cuando practicaba hechizos.¿Me vas a decir que tú jamás has hablado sola? Si es así... te felicito por no haber caído en la tentación. Tienes mis respetos.Y le hice a mi amiga una cómica reverencia. "Su majestad".

Mi reacción a su nueva condición de vegetariana fue todo lo contrario a lo que me pidió mi amiga: me dijo que no me riese, y si bien técnicamente no me reí del hecho en cuestión, me lo tomé cómicamente. No respetaba ni quería menos a Sam por ese cambio, que después de todo solo la incumbía a ella. Y sí, había tenido alguna que otra mala experiencia con algún vegetariano, pero Sam no era así.
Lo había demostrado al estar dispuesta a comer junto a mí mientras yo le echaba carne a mi salsa, cosa que no pretendía hacer. Si ella era respetuosa conmigo, yo podía ser respetuosa con ella. Y estaba segura de que yo hubiese hecho algo parecido si la carne que comiésemos fuese de gato, perro, lechuza o similares.
¿Cómo puedes comerte a un animal capaz de demostrarte un cariño tan puro cómo el de los antes mencionados? Porque sí, las lechuzas también pueden demostrar cariño hacia los seres humanos, y quién dijese lo contrario es que jamás se había preocupado de averiguarlo. Elroy podía tener problemas con las ventanas, pero era el animal más cariñoso con el que me había topado en mi vida.

¿La verdad? Se te ve muy sana.Asentí, hablando esta vez con más seriedad. No quería que Sam pensase que me lo tomaba a broma.Y de todas formas, tampoco es que yo coma un exceso de carne, ni mucho menos. No creo que tuviese problema a la hora de asimilar una dieta a base de vegetales.Levanté la vista ante la invitación de mi amiga a cenar.Acepto tu invitación. No creo que se te de tan mal cocinar.Le sonreí una vez más a mi amiga. ¿Cuántas veces había sonreído en las últimas horas? Suficientes cómo para compensar el largo año que llevaba con rigidez facial y la expresividad de una muñeca de porcelana.

Los aromas de las verduras al cocinarse lentamente al fuego empezaron a inundar la estancia, y mientras esto sucedía, Sam y yo nos sentamos una vez más. Vernos en semejante situación disparó mi curiosidad, y aunque tenía en mente dos posibles respuestas a mi pregunta, igualmente tenía curiosidad.
La primera opción que barajaba en mi cabeza era que Sam y Caroline fuesen pareja. No sabía lo suficiente de Caroline cómo para conocer sus inclinaciones, y seguro que estaba patinando horriblemente. Sin embargo, conocía a Caroline de haberla visto en el Ministerio y... sí, lo reconocía: sentía envidia de lo guapa que era. Sam también era preciosa, e imaginarlas a ambas cómo pareja era imaginar la perfección hecha pareja.
La segunda opción, la más lógica, es que Sam estuviese soltera. No porque Sam no fuese una persona incapaz de mantener una pareja ni nada por el estilo. ¡Cielos, si yo fuese lesbiana, estoy segura de que me habría fijado en ella y me habría enamorado! Más bien pensaba en su situación, una situación mala, perjudicial para cualquier relación.
Esa fue la respuesta correcta. La propia Sam se negaba un poco a sí misma esa posibilidad, totalmente comprensible pues estoy segura de que en su caso haría lo mismo que ella.

Vaya...Dije, componiendo una expresión a medio camino entre la tristeza y la decepción. No se debía a mi sed de curiosidad ni nada por el estilo, si no porque quería ver a Sam feliz.Entiendo lo que dices, y supongo que en tu caso haría lo mismo. Pero, ¿sabes? No me mates por lo que voy a decir, pero... Llegué a pensar que Caroline y tú...No continué la frase, pero supuse que era lo suficientemente indicativo cómo para que no fuese necesario.

Y entonces, llegó lo inevitable. Estaba claro que pasaría, y no tenía otra persona a la que echarle la culpa de eso que a mí misma: ¿tenía yo pareja? Bueno, la respuesta rápida era un "no", pero estaba segura de que Sam se preguntaba más bien si había alguien que me interesase o a quién yo le interesase.
Acto seguido, empezó a alabar mis virtudes. Creía que exageraba, que siempre me vería con buenos ojos, así que desestimé todas esas virtudes con un gesto de mi mano, cómo si intentase disolver humo de un cigarrillo en el aire y que no me llegase a la boca.

¡Qué va! No soy tan buen partido. Creo que espanto a la gente con mi actitud. Ya sabes cómo soy cuando no conozco a alguien.Lo que se venía a traducir cómo "La gente cree que soy huraña porque apenas sonrío". Era gracioso que fuese así, teniendo en cuenta que con Sam si reía. ¿Sería aquello indicativo de algo?Creo que no he tenido novio... nunca. Y empiezo a pensar que quién tiene un problema soy yo, no ellos.

Aquella confesión, que a mí no me parecía para tanto, era bastante interesante. Decir que no había tenido nunca novio era señalar otra obviedad bastante grande que, suponía, a Sam no le habría pasado inadvertida. Lista cómo era, ¿cómo iba a pasarle desadvertido algo así?
No quería decir que no hubiese tenido nunca "nada". Desde luego, me habían besado, pero jamás había sentido nada más allá de curiosidad. Efectamente, empezaba a pensar que había algo malo en mí, no en los demás.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Feb 04, 2018 9:42 pm

La verdad es que no lo iba a negar, pero Sam había tenido muchísimas teorías con respecto a esa profesora tan extraña que habían tenido que soportar en Hogwarts. Y las preguntas que soltaba Gwen no estaban muy alejadas de lo que alguna vez pensó Sam sobre Raminta, la profesora de Adivinación que creaba traumas y protagonizaba pesadillas entre los más pequeños del castillo en su época. —Pero... ¿has pensado en la posibilidad de que Raminta hubiera sido clarividente y, en realidad, no puede hacer nada por evitar descubrir el futuro del resto de personas? ¿Y que por eso se siente tan mal consigo misma que intenta expiar su culpa invitándonos a té? ¡A lo mejor ella vio venir que yo tendría una vida cargada de miseria y por no asustarme me invitaba tanto a té! Estaba intentando que mi adolescencia fuese mucho más bonita teniendo en cuenta lo que me vendría encima con veintiocho años. —Obviamente estaba exagerando, ya que en realidad no pensaba nada de eso con absoluta certeza. —Pero sí, si Raminta de verdad podía ver el futuro, debería de contenerse más, porque al final terminábamos todos asustados con esa señora. Que cuando te hablaba enfadada parecía que te iba a predecir el día de tu muerte, ¿sabes? Era un trauma tener una conversación con ella.

A ver, que Samantha llevaba muchos meses viviendo sola y en la más absoluta y profunda soledad, ¿eh? Claro que había hablado hasta con las piedras por hacerle un inconsciente traspié, o incluso con la leña por raspar su piel con alguna astilla. Hasta se enfadaba con la nada. Pero claro, reconocerlo así en voz alta como que era un poco triste, además de que obviamente el haberse metido con su amiga era solo una broma. No iba a criticar de verdad un comportamiento que ella hacía tanto. —¿También hablas con las mesas cuando éstas deciden atacar sin remordimientos a tu meñique con sus patas? —bromeó de nuevo, tomándose aquello con diversión porque no había otra manera de tomárselo. —Y no, a ver... creo que hablar con mis mascotas también podría considerarse un poco hablar sola, ya que ninguna me contesta. Así que... por esa regla de tres, creo fervientemente que en mi día a día hablo más sola que con otra persona. —Se apoyó contra la mesa y se rió por lo triste que sonaba. —Pero he de decir que todas mis mascotas son como muy atentas. Siento que me escuchan. Y lo mejor es que no me interrumpen y puedo descargarme con ellas. —Hizo una pausa, mordiéndose el labio inferior. —Necesitamos urgentemente quedar más sólo para no volvernos locas. Tú hablando con muebles y yo con un cerdito...

Nunca fue intención de Samantha, al hacerse vegetariana, convencer a nadie. Le gustaba la iniciativa, se sentía bien siéndolo, pero... sentía que era algo que tenía que decidir cada uno, por los motivos propios de cada uno. Por eso, en realidad, le daba un poco igual quién comiese carne y quién no. Lo que había hecho lo había hecho por... orgullo propio, podría decirse. Pero le pareció bonito ver que al menos se cuestionaba si podría ser capaz de serlo o no, no que simplemente lo descartase como una idea idiota. —Aww... —La miró con sumo cariño cuando dijo que DE VERDAD pensaba que no cocinaba tan mal. Había tenido tan poco crédito culinario por parte de sus amigos que ya Sam era consciente de que no se le daba muy bien, además de que ella también tenía papilas gustativas y era consciente de cuando le salía algo decente y de cuando le salía una aberración de la cocina. —Pues la próxima vez que te asalte en tu casa, traigo yo la cena. —Sonó rotundo, como si ya lo hubiese fijado como tarea pendiente en su mente.

Mientras la comida se iba haciendo, ambas se volvieron a sentar para continuar con la conversación. Sin embargo, pese a la seriedad y quizás un poco incomodidad del principio por hablar temas más serios y preocupantes después de tanto tiempo de estar incomunicadas, todo había cambiado. Volvía a sentir esa tranquilidad junto a ella y, con el nuevo tema, hasta parecía que no había pasado nada de tiempo desde la última vez que se vieron y hablaron con tanta naturalidad de esas cosas.

¿Pero matarla por decirle que se pensaba que Caroline y ella estaban juntas? Madre mía... si ella supiera. Era uno de esos 'secretitos' que prefieres guardarte sólo para ti, por el miedo 'al que dirán', ¿sabes? Recordaba habérselo soltado a Henry una vez de fiesta, estando realmente borrachos, pero Henry nunca comentó nada mucho más allá de eso... por lo que Sam asumió que se le habría olvidado, algo que agradeció profundamente. Pero no era fácil admitir en voz alta que una descubre su orientación sexual por la atracción que siente hacia la que se supone que es su mejor amiga, con la que comparte habitación en Hogwarts, la cual era novia de tu mejor amigo. No sé, aunque parezca que Sam sabía con seguridad de toda la vida su inclinación, no había sido así. Había pasado por una etapa horrible de negación que no era sana para ninguna adolescente, sólo por sentirse mal consigo misma. Así que por una parte, una Sam del pasado, adolescente y que todavía tenía como amor platónico a su amiga, gritó en su mente un 'ojalá' que le hizo sonreír por la ironía, mientras que la Sam del presente tenía bien claro que eso era sencillamente imposible. —Sólo somos amigas. —Le aclaró sin darle mayor importancia. En realidad hablar de ese tema con respecto a Caroline le incomodaba, ya que... en el pasado ya como que lo asumió como algo malo. La mente de los adolescentes son muy sensibles.

Estaba claro que ambas sólo podían ver maravillas de la otra, pero es que... ¿acaso se podía juzgar eso? Al menos Sam tenía a Gwendoline en super alta estima, además de que si se llevaba tan bien con ella y tenía tanta confianza era porque todo de ella le gustaba y le parecía sencillamente encantador. El cariño es lo que hacía. —No me hagas así con la mano como si lo que dijese no fuese verdad. Eres un buen partido, que la gente sea idiota y no sea capaz de verlo es otro tema —dijo con seriedad, como si eso fuese incuestionable. ¡Y es que es verdad! Y luego, cuando dijo que no había tenido novio nunca, Sam asintió con normalidad. Pero luego sus neuronas comenzaron a funcionar arduamente y... ¿de verdad veía a Gwen teniendo lo que sea con alguien con quién no está seriamente? Ante el parpadeo de la bombilla de su mente, Sam puso su mano sobre la de Gwen dramáticamente y la miró con sorpresa en los ojos. Casi parecía que de repente se había acordado de una cosa super fuerte que tenía que contarle, pero no. Sólo era una revelación que necesitaba contrastar con la realidad. —¿Nunca has...? —preguntó en voz baja, no sabía exactamente por qué. —¿Eres virgen? —¡Que a ver! Siempre habían hablado de sus relaciones—o posibles relaciones—pero nunca de nada más íntimo. —Madre mía, perdón. —Le soltó la mano, sonriendo avergonzada. —No me lo esperaba. Pero no pienses que tienes ningún problema, si no has querido hacer o tener nada es porque tú no has querido. Te digo yo que si de verdad quieres, tú puedes conseguir lo que quieras.
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Gwendoline Edevane el Lun Feb 05, 2018 10:11 pm

La profesora Raminta había marcado un antes y un después en nuestra vida, y en la de todos los que hubiesen coincidido alguna vez con ella. Y ya no solo por sus interminables "horas del té", si no por las miradas que lanzaba a todo el mundo.
Esas miradas cargadas de un profundo conocimiento, el saber de que algo malo se avecinaba o planeaba sobre las cabezas de sus alumnos, cómo una paloma. Y todo el mundo sabe lo que ocurre cuando una paloma sobrevuela a alguien, ¿no? Que va a soltar "algo" que no es bueno ni agradable.
Raminta parecía ver ese tipo de "palomas" sobrevolando encima de la cabeza de todos.
Así que la teoría de Sam no me pareció desacertada. Sin embargo, ¿por qué no indagaba más en ese futuro aterrador y buscaba la manera de evitarlo? Es decir, en toda línea temporal, por fuerza, debía existir un punto de inflexión, ese momento en el cual la vida de uno podía ir por un camino u otro, y desembocar en distintos resultados. ¿No era capaz de ver esas cosas? ¿Decirnos qué camino debíamos escoger en cada encrucijada?

La verdad es que lo he pensado varias veces.Reflexioné ante lo que Sam dijo.¿Y si no solo podía ver el futuro, si no también las posibilidades? Es decir... ¿y si era capaz de ver el gran mapa de las cosas? ¿Y si podía ver qué ocurriría en nuestros distintos futuros alternativos? Lo que nos pasaría de elegir el camino A o el camino B, o incluso el C. Le resultaría fácil decirnos qué camino era el mejor a fin de evitarnos sufrimentos... Pero entonces, ¿y si hacer mejor el futuro de determinada persona causase que otra persona muriese a consecuencia? Una persona normal intentaría minimizar el daño para ambas partes, y si la primera persona debía sufrir un poco en su vida a cambio de que la segunda siguiese con vida...¡Dios mío, vaya manera de divagar más gratuita! Me di cuenta de que me había enfrascado en uno de esos monólogos seudo-filosóficos que generalmente no llevaban a nada.Perdóname. Es que me emociono cuando hablo de estas cosas.Comenté con una sonrisa de disculpa.Fuese cómo fuese, tienes razón. Una conversación con Raminta suponía tener miedo de cualquier cosa. ¿Cómo no tener miedo a cualquier cosa cuando esa mujer te miraba con una cara que parecía decir que la tostadora y la batidora estaban conspirando para asesinarte y que pareciese un accidente?

Y si mencionábamos el tema de las conversaciones profundas con objetos animados, a decir verdad no me resultaría raro encontrarme a mí misma manteniendo monólogos cómo el que acababa de experimentar con el mobiliario del piso cómo único testigo.

También he pasado por eso, sí.Compuse una mueca de dolor al acordarme de cada vez que mi dedo meñique había topado con algún elemento del mobiliario, y por un momento quise encoger tanto el dedo que no sabía ni dónde meterlo. De hecho, acordarme de ese dolor me hacía querer encogerme toda yo sobre mí misma.Esa de ahíseñalé con la varita la vieja tostadora que había sobre la encimera de la cocina, un cacharro antiguo que venía con el pisotambién ha recibido más de un discurso que suele empezar: "¿Cómo puedes ser tan hija de...? ¡Deja de darme descargas!" O algo similar.Sam entonces confesó que ella hacía lo mismo, aunque en su caso hablaba más bien con sus mascotas. Bueno, no era exactamente lo mismo, pues un animal tal vez ni te contestase ni entendiese absolutamente todo lo que le decías, pero sí te prestaba atención. Demostraba que estaba ahí. ¿Lo hacía la tostadora?Estoy totalmente a favor de esa idea de quedar más a menudo y quitarnos un poco de encima el "síndrome del ermitaño". ¡Pero oye! Que hablar con tus mascotas no me parece nada malo. De hecho, estoy segura de que los animales entienden la mayor parte de lo que les decimos, y simplemente no tienen forma de respondernos en un lenguaje que entendamos. Así que sé bien a lo que te refieres con lo de que son atentas. Elroy lo es, aunque no sepa entrar por las ventanas.

Sinceramente, opinaba que Sam no podía cocinar tan mal. Y tampoco es que yo fuese demasiado exigente. Quizás lo único que no toleraba en una comida era un exceso de sal, de esos que te hacen imposible tragar algo. Lo demás era soportable, y no había que hacer dramas.
Y Sam seguía viva y muy saludable, y seguro que cómo fugitiva había tenido que prepararse la comida ella misma un montón de veces. ¿Cómo iba a cocinar mal siendo así?

Trato hecho. Y en verano, cuando haga mejor tiempo, podemos buscar un sitio al aire libre y cenar bajo las estrellas. ¿No te parece un plan muy romántico?Le respondí a mi amiga con una sonrisa divertida, un poco traviesa.Y te traes a todas tus mascotas. Cuando vuelvas aquí, y cuando cenemos al aire libre.

Tuve una cierta sensación de que quizás no debería haber dado por supuesto que Sam y Caroline estaban juntas. Si algo me dijo la escasa respuesta de mi amiga al respecto es que debía dejar ese tema. No parecía que fuese a llevarnos a ningún lado. Pensé incluso en pedirle disculpas, pero decidí simplemente dejarlo correr.
De tal manera que la conversación se volvió en mi dirección, y me tocó a mí hablar sobre mi escasa vida sentimental. Sam se negó a aceptar que le restase importancia a mis virtudes, y si bien seguía sin ser capaz de verlas, no insistí en negarlas. Es decir, ¿de qué me iba a servir negarlo, si Sam iba a volver a ensalzarlas?
Entraríamos en un bucle de "Pues sí, pues no", y no llegaríamos a ninguna parte.
Así que agradecí con una sonrisa el comentario de mi amiga y me quedé con lo bueno de aquello: siempre es agradable que alguien esté dispuesto a ver cosas buenas en ti. Supuse que no sería muy distinto de lo que yo veía cuando la miraba a ella, incapaz de ver fallos o defectos.
Y cuando dejé caer que jamás había tenido novio... me di cuenta de que aquel iba a ser un momento de esos de "tierra, trágame fuerte y no me dejes salir a la superficie nunca más". Lo había comentado con naturalidad y sin prestar atención... y la reacción de Sam no pudo ser más dramática.
Cuando quise darme cuenta, me sostenía la mano cómo si acabase de decirme que tenía una enfermedad terminal, y que me quedaban días de vida.
Y llegó la pregunta: "¿Eres virgen?"
Antes de que pudiese responderle, Sam pareció darse cuenta de lo extraño de la situación, me soltó y se disculpó. También se explicó, pero tampoco necesitaba darme ninguna explicación. Yo era bien consciente de que una chica de veintiocho años no suele ser virgen.
A no ser que aspire a ser declarada Santa por la Iglesia, claro.

No, no te preocupes. Es que...Bajé la mirada para sentirme capaz de hablar de ello con claridad, y calma....jamás he visto en nadie algo que me impulsase en esa dirección, ¿sabes? Es cómo que sí, me han gustado chicos, me han besado chicos, me han...Levanté la mirada un poco y la desvié hacia un lado, buscando la palabra...."tocado" chicos... Pero jamás llegamos más allá de eso. Y desde entonces ha pasado ya un tiempo. De hecho, en el último año no he pensado absolutamente nada en todo ese asunto y...Por fin fui capaz de sobreponerme a la vergüenza inicial, y reí un poco.Ya sé que soy muy rara.Concluí, divertida.

No es que me preocupase. Había aceptado cómo era hacía mucho tiempo, y me sentía cómoda. Pero eso no me impedía pensar que tal vez un día encontrase a alguien, al adecuado, que me hiciese querer llegar allí dónde otros no habían podido.
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Sam J. Lehmann el Mar Feb 06, 2018 3:09 am

Madre mía, la filosofía de la noche. ¿Lo mejor? ¡Que adoraba esas conversaciones! Eran tan aleatorias y... espontáneas... que daban la vida a cualquier tipo de debate. Y lo mejor de  todo es como ambas parecían estar como emocionadas dando sus distintos puntos de vista y haciendo que la otra se diese cuenta de que había todavía más y más caminos como para poder entender a alguien tan complicado como lo era Raminta, la profesora de Adivinación. Parecía que había que tenido que pasar catorce años para que pudiesen hablar de sus distintas versiones sobre esa mujer, lo cual lo hacía todavía más gracioso. —Tía, lo que dices en verdad es super complejo. ¿Te imaginas que de verdad es así? Su vida tenía que ser muy complicada. Normal que no tuviera amigos. ¡Normal que intentase buscar amistades en sus alumnos y compañeros de oficio! Ahora me da un poco de pena. —Reflexionó, mirando a Gwen con cara de circunstancias, para luego zarandear con la mano. —El tema Raminta siempre ha sido un misterio, yo también me emociono inventándome teorías, no te preocupes. —Rió divertida, sobre todo al escuchar su pregunta retórica tan poco probable en una situación normal pero tan real cuando hablabas de Raminta.

Sam siguió el dedo de su amiga cuando señaló a la culpable de hacerle daño cada mañana al desayunar: la tostadora. Que oye, la gente no se lo cree, pero los electrodomésticos en realidad son todos unos traicioneros y, a la mínima, no dudan en atentar contra tu integridad física. Y la ducha igual, compinchada con el lavamanos y el retrete para que la mínima salida de agua de repente comenzase a salir agua gélida de más allá del muro. Que ni Jon Snow sobrevive a eso. Ahí sí que salía la negra chunga del Bronx de la que estaba hecha Sam. Dejaba de cantar y se cagaba en los muertos de todo ser inerte capaz de ser tan malvado. Diseñados por el mismísimo diablo estaban. —Te entiendo amiga. —Posó su mano sobre su hombro, dándole una suave palmadita sobre éste. —A ver, sí... pero igualmente es un poco triste pegarte toda la tarde hablando al aire mientras tus mascotas te persiguen. Que mi cerdito puede ser muy paciente, pero noto el cansancio en la cara de mi gato. Y luego yo me siento idiota, porque por mucho que me queje, a veces viene bien un poco de comprensión humana y dialogo. —Rió con bastante diversión.

La idea de Gwen le pareció tan encantadora que se vio reflejada en una sonrisa la mar de cariñosa. Y es que... claro que era un plan super romántico. Era el típico plan que Sam se moriría por hacer con su pareja. ¿Pero sabes qué? Todas las parejas que había tenido—tres, para ser exactos—, no habían movido un dedo por ella, por lo que traspasar eso a hacerlo con Gwen sonaba como la mejor idea. —¿Y nos damos la mano y tomamos el último fideo de spaguetti a la vez? —bromeó con un guiño divertido, siguiendo la pregunta de lo romántico comparándola con la Dama y el Vagabundo. Obviamente Sam sería la vagabunda. Aunque en este universo sería más bien la Bruja y la Fugitiva. Y no sonaba tan bien. —Pero me parece genial. La verdad es que llevo tanto tiempo viviendo en el campo y viendo las estrellas yo sola que me hace especial ilusión ir un día con alguien. ¿Y segura con las mascotas? Tengo tres. —Y, todavía no lo sabía, pero Caroline le regalaría una perrita dentro de tres días por su cumpleaños, por lo que aumentaría la familia animal en uno más. —Y mi cerdito puede llegar a ser realmente pesado.  Y hacer caca en la alfombra. ¿Tienes alguna alfombra a la que tengas especial cariño? Quítala si lo traigo. —Le advirtió con falso drama.

Había sido infinitamente más divertido preguntarle a ella sobre su vida privada que responder ella misma por la suya, ya que la de Sam era de todo menos interesante en este punto de su vida. Bueno, en este punto y también en el pasado, porque madre mía... para ser fanática del amor, había tenido la peor suerte de su vida. Menos mal que era demasiado optimista y soñadora como para dejar de pensar que existía. Porque con las experiencias que ha tenido... fácil podría haber sido.

Eso sí, lo que le cogió totalmente por sorpresa es que de repente Gwen le soltase, así, con esa inocente revelación, que no había tenido nunca relaciones con ningún hombre. Y claro... era normal como sorprenderse, ¿no? ¿O tuvo una reacción exagerada? Ahora que lo pensaba más en frío, quizás fue demasiado drama. ¡Pero es que eso era drama! Es que si le llegas a preguntar a Samantha antes de esta situación, ella hubiera dicho que sí con toda seguridad. Pero no por nada en especial, simplemente porque pese a cómo pudiese ser Gwen con el resto de personas, con ella siempre había sido auténtica y natural y, conociendo a esa persona, conociendo como era Gwen siendo simplemente Gwen, era complicado asumir que no pudiera conseguir a cualquiera para ello. Lo primero que hizo, no obstante, fue pedir perdón por el drama inesperado y las formas. Y claro, cuando confesó el resto, pese a que no la estuviese mirando—algo normal—, Sam si que la miró todo el rato. Le hizo especial gracia cuando dijo que éste último año no había pensado en nada de eso. Madre mía, ¿cuánto tiempo llevaba Sam sin acostarse con nadie? ¿Cinco o seis años? A este paso debería considerarse virgen de nuevo. —No eres rara —le dijo con total naturalidad. —Eres un espécimen de éstos que están en peligro de extinción, pero no eres rara. La juventud de hoy en día perdiendo la virginidad con doce años y tú conservándola hasta los veintiocho, ¿seguro que no apareces en el libro de los récord guiness? —Bromeó, mordiéndose el labio inferior mientras le abrazaba alrededor de los hombros con una de sus manos y juntaba su cabeza con la de ella. Luego se separó. —No eres rara por no haber encontrado a nadie que te haga sentir chispitas en tu interior. Es terriblemente desesperante, sí, pero también es terriblemente normal. Y la verdad... creo yo que mejor así. Porque igualmente hacerlo con alguien que no te llena del todo es... un poco decepcionante. —Confesó, encogiéndose de hombros con resignación, ya que era la dura realidad. —¿Así que es mi misión futura encontrarte pretendiente? —La miró con ojos traviesos, mordiéndose el labio inferior. —¿Cómo te gustan? ¿Rubios? ¿De ojos verdes? ¿De piel morena en plan latinos? Bueno espera, ¡tamaña insolencia por mi parte! —La imitó, tal cual ella había dicho antes. —Tú necesitas a un refinado inglés que comparta tu exquisita educación, ¿no? —Continuó bromeando sin una pizca de maldad, sólo por sacarle una sonrisa y que no se sintiese avergonzada por el tema, ya que hablar de esos temas solía sacar los colores a cualquiera. Se acercó a darle un cariñoso beso en la mejilla. Justo en ese momento de silencio, rugió su estómago, por lo que cuando se separó, miró a su amiga con el ceño fruncido. —¿Tú crees que le queda mucho a eso? —Miró de reojo a la comida que, por los olores, estaba volviendo loco a su vientre.

En verdad era broma todo: obviamente no le iba a buscar pretendiente y esperaba que ella fuese consciente de que estaba de broma. Gwen era perfectamente capaz de conseguir a quién quisiera, aunque ella no se lo creyese. Además, Sam no iba a agobiar a nadie ni mucho menos molestar a Gwen con un tema tan personal. Pero entre risa y risa, era inevitable no bromear con ella. Y, como ya había dicho, había sacado el humor solo para no incomodarla. A Sam también se le daba horrible hablar de sexo, aún recordaba como Matt siempre tenía la habilidad de preguntarle sobre sexo y su respuesta automática era recibir en su cabeza el setenta por ciento de la sangre su cuerpo, ruborizándose por completo y quedándose en Modo Ameba, ese modo que se caracteriza porque tus neuronas están sobresaturadas y no responden con normalidad. Así que la entendía perfectamente.
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Gwendoline Edevane el Miér Feb 07, 2018 9:42 pm

Había que reconocerlo: en conversaciones filosóficas cómo aquellas, me podía emocionar muchísimo. Era esa tipo de cosas, los misterios del universo, lo que disparaba mi imaginación. No en vano había leído varias docenas de libros de ciencia ficción a lo largo de mi vida. Conocer los orígenes de la magia de primera mano había restado un poco de misterio al universo, sin duda, pero todavía quedaban muchos enigmas por resolver. Y cómo decían en Expediente X, la verdad está ahí fuera.
Aunque quizás ni Sam ni yo llegásemos nunca a conocer la verdad sobre la profesora Raminta. A saber qué había sido de esa pobre mujer. Esperaba que sus chifladuras—su posible clarividencia auténtica—no la hubiese llevado a algún hospital psiquiátrico. Cualquier muggle que entrase en su despacho y pasase cinco minutos con ella, sin duda, querría encerrarla de inmediato.

A mí también me da un poco de pena imaginar que su vida ha sido así. Es decir, es un poco injusto que semejante responsabilidad, la capacidad de verlo todo, el gran... no sé, esquema de las cosas... parece una carga muy pesada para una persona sola.Suspiré, negando dramáticamente con la cabeza.¿Qué habrá sido de la pobre?Me pregunté con auténtica curiosidad, aunque suponiendo que mi pregunta caería en saco roto. Dudaba que Sam hubiese seguido la pista a nuestra antigua profesora de Adivinación.

La tecnología... bueno, yo había llegado a desarrollar una teoría acerca de los aparatos electrónicos. Quizás no fuese tan compleja cómo las teorías que me había montado en mi cabeza acerca de la profesora Raminta, pero había dedicado bastante tiempo a decidir si era plausible o no lo que se me había ocurrido.
Tenía la loca teoría de que la tecnología, de alguna manera, entraba en conflicto con la magia. Siendo cómo éramos nosotras seres que llevaban el don de la magia en su interior, se me había ocurrido pensar que de alguna manera provocábamos mal funcionamiento en aparatos electrónicos a nuestro alrededor.
No había más que mirar Hogwarts: en el momento en que metías algún aparato electrónico en aquella fortaleza mágica, ya podías guardarlo, porque solo iba a servirte cómo pisapapeles.

Creo que nos están mandando un mensaje: magia y tecnología, incompatibles. Creo que nos sienten cuando andamos cerca, y empiezan a funcionar mal.No le dediqué demasiado tiempo a esa cuestión, pues había algo claro en todo ello: la tecnología era necesaria para la vida cotidiana en un vecindario muggle, y no había forma de librarse de nuestra magia. Además, mi fiel iPod funcionaba perfectamente, no entraba en conflicto con mi magia.Y no te preocupes: ahora que nos hemos reencontrado, y que no tengo pensado dejarte desaparecer otra vezmaticé alzando las cejas y dedicándole una mirada muy significativa a mi amigaambas tendremos la dosis que necesitamos de comprensión humana.Y, la verdad, la sola idea de pasar más tiempo con Sam me hacía feliz. Más feliz de lo que había sido en muchísimo tiempo.

Cuando propuse aquel plan, ese en el que ambas contemplaríamos las estrellas en compañía de nuestras mascotas, no pude evitar caer en la cuenta de que le había propuesto un plan romántico. Por suerte, Sam supo sacar el humor a aquella situación, y yo me relajé tanto que fui capaz de seguirlo.

Por supuesto. Luego nos tumbaremos a contemplar las constelaciones, y al final, nos besaremos a la luz de la luna llena. Una luna llena enorme que recortará nuestras siluetas.Comenté con aire soñador, imaginando ese idílico escenario de película.No te preocupes por las mascotas.Dije aparcando ya la broma, un poco más seria.No tengo ninguna alfombra, salvo que consideres como tal la alfombrilla del cuarto de baño. Y me encantan los animales. De hecho, últimamente he estado comprando comida de gato. Hay un gato negro que merodea por los tejados aquí cerca, y me gustaría darle de cuando en cuando algo de comer. Así que estaré encantada de conocer a tus mascotas.

Cuando pasamos a hablar de algo más "íntimo", confesé un dato que Sam no conocía. No porque se lo hubiese ocultado, si no porque simplemente jamás le había dado importancia suficiente cómo para mencionarlo. Y pese a que nunca me había preocupado mucho de pensar en ello, me sentí un poco rara al mencionarlo.
Rara en relación a mí misma, claro, porque estaba segura de que cualquier otra mujer en mi situación ya habría traspasado esa frontera tiempo atrás.
Sam me consoló un poco al respecto. Sabía que en ella encontraría comprensión, no prejuicios. Siempre nos habíamos comprendido mutuamente.

La verdad es que muchas veces me he preguntado cómo sería, pero nunca he sentido el impulso de hacerlo con cualquiera en cualquier momento.Dije, con la mirada todavía baja, un mecanismo de autodefensa. Y entonces Sam consiguió que volviese a mirarla cuando se propuso buscarme una pareja. Entendi que estaba de broma desde el primer momento, pero igualmente le dejé continuar mientras la observaba con una mueca divertida en el rostro.¡Por supuesto, un digno caballero de alta alcurnia! ¡Faltaría más, mi buena amiga!Le respondí con mi falso acento inglés, riendo a continuación.Pero ya que lo preguntas, ¿sabes qué? Nunca he tenido un prototipo de hombre perfecto. No negaré que me he sentido atraída por algunos... pero nunca han respondido a un patrón. Supongo que me gusta que sean algo más que una cara bonita.Concluí, encogiéndome de hombros. Y era cierto: mejor un hombre un poco intelectual que un guaperas que solo quisiese meterse en mis pantalones.

La salsa empezaba a oler demasiado bien cómo para despertar instintos primarios y animales: el sonido de las tripas hambrientas. Ante la pregunta de Sam, me levanté de un salto y me acerqué a la cazuela. Removí la salsa con un cucharón, cogí un poco y la probé con cuidado de no quemarme. Estaba más que lista.

Ven, prueba.Apremié a Sam con cierta ilusión. Quería que a mi amiga le gustase mi comida.Está lista, pero quiero saber si le falta algo.

Tenía tendencia a tener cuidado con la sal. Más que nada porque un exceso de sal es imposible de corregir, pero un defecto siempre puede salvarse añadiendo un poco más. Tampoco había añadido demasiada pimienta, no fuese a abrasar las papilas gustativas de Sam.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Feb 09, 2018 2:34 am

Pues no tengo ni idea... No creo que haya durado hasta el cambio de gobierno, pero mejor, está claro que los Lestrange no hubiesen tenido la paciencia como para lidiar con alguien como Raminta. Y miedo me da lo que le hubiera podido pasar. —Hizo una pausa, para luego simplemente negar con la cabeza por sus propias ideas, puesto que en realidad no creía que hubiese durado tanto en Hogwarts dando clase. —En realidad no creo que haya durado mucho más allá de los años que nos dio a nosotras, ¿no crees? Se habrá jubilado y se habrá ido a vivir a una casa alejada en algún valle mágico en el cual no atormentar a sus vecinos muggles. O eso espero. Con lo estresada que vivía esa mujer, le vendría genial una vida tranquila y alejada de gente.

Pese a que había ido esa noche a casa de Gwen un poco preocupada no sólo por lo que le iba a pedir, sino también por lo que pudiera pensar ella, ya que juzgar es demasiado fácil y, normalmente, hacerlo hacia el lado malo era todavía más sencillo... la cosa había salido realmente bien. De hecho, ahora mismo le inundaba un sentimiento interior que distaba bastante de lo que esperaba en un principio. Las promesas entre ellas siempre habían sido de esas que se cumplen si o sí, por lo que escuchar de su propia voz que no tenía pensado 'dejarla ir' otra vez, le hacía sentir no sólo querida, sino también... protegida. Y, aunque pueda parecer algo normal, para la Sam de la actualidad sentirse querida y protegida era muy, muy complicado. Hacía mucho tiempo que no tenía esos brazos amigos que pudiesen simbolizar dos pilares en los que resguardarse de verdad; en donde respirar con sosiego.

Esbozó una dulce sonrisa al escucharla completar el plan romántico, ya que era demasiado idílico para alguien como la fugitiva. ¿Por qué no podía tener un plan romántico así de verdad? Porque claro, hablarlo con Gwen, por muy serio que sonase, estaba claro que era de broma. ¡Y ella quería poder hacer eso de verdad con alguien! Sin miedo a que esa persona fuese una imbécil o de mostrar su rostro durante más de tres horas en medio de Londres. La miró con especial ternura cuando habló del gato al que quería alimentar, siendo eso una clara invitación a que el gato se quedase en la casa. —¿Sabes que como le des comida, se va a quedar para siempre contigo, no? —le preguntó, por si acaso desconociese que los gatos eran mucho de quedarse en aquel lugar dónde tuviesen comida y ya está. —Pero igualmente te lo recomendaría. Sin duda alguna mi gato ha sido de mis mejores compañías en estos años de mi vida. Merece la pena.

Quizás suena un poco basto viniendo de una persona que es totalmente de la acera de la homosexualidad... ¡pero hasta ella se había imaginado cómo sería tener sexo con un hombre! Y sí, la idea le agradaba más bien poco. En negativo. La idea de pensar en un pene ya hacía que cualquier tipo de libido bajase hasta el pozo más profundo. Por no hablar de que no encontraba ningún tipo de atracción en el cuerpo de un hombre, por lo que... todo era negativo en esos pensamientos. Sin embargo, entendía perfectamente a Gwendoline pese a eso: nadie quería una cabeza de chorlito que tuviera muy buen ver y nada más. —Normal, una cabeza vacía no atrae a nadie. Mucho menos a una Ravenclaw como tú. —Le guiñó el ojo. —Y seguro que tienes un prototipo de hombre perfecto, lo que todavía no lo sabes. Todo el mundo tiene un prototipo de algo perfecto que sea lo que más le atraiga. Yo tengo mi prototipo de chica perfecta. —Y la miró divertida, pues evidentemente no se lo iba a decir porque le daba vergüenza.

Se levantó a probar la comida detrás de Gwen y, sin duda alguna, estaba lista.

30 minutos después

Comieron tranquilamente y también aprovecharon para volver a sacar el tema de Grulla y Ulises, los dos idiotas que perseguían a Sam y que lejos de ser idiotas, estaban pisándole de bastante cerca los talones a la rubia. En realidad necesitaba información sobre ellos, en general. Lugar en dónde vivían, a qué clase de fugitivos habían capturado con anterioridad, si tenían algún tipo de modus operandi, sus aliados o el resto de personas con las que solían trabajar... y esas cosas. Cualquier información que pudiera hacer que Sam estuviese un paso por delante y pudiera idear algún tipo de estrategia para hacer que sus pasos fueran en otra dirección, dejando a Caroline y Sam libre de cualquier peligro. Al menos por el momento. Con esa información también podría crear un plan en donde ir a por ellos y hacer de su magia para borrar sus memorias, pero eso era terriblemente más complicado. Y teniendo en cuenta lo bien que se sentía ahora mismo y lo 'segura' que podía llegar a estar, le daba un poco de reparo eso de arriesgarse más de la cuenta, pese a que era bien consciente de que tarde o temprano tendría que hacerlo.

Estuvieron bastante tiempo con los platos ya vacíos en la mesa, pero ellas continuaron hablando. No fue hasta que por el rabillo del ojo Sam se dio cuenta de lo tarde que era, que no se predispuso a irse. —Supongo que tienes móvil, ¿no? —Cogió una servilleta y el típico bolígrafo con el que se apuntaba cosas en el calendario, el cual estaba sobre la mesa. —Te apunto mi número, pero no me registres como Sam, no seas loca. Regístrame como... Melocotón. —Se inventó sobre la marcha, sonriendo. —Puedes hablarme por correo pero... tal y cómo están las cosas, te voy a contestar infinitamente más rápido por aquí.

Tras volverse a poner los zapatos y su chaqueta, le dio un fuerte abrazo a su amiga. De esos que duran un rato y en dónde estás tan cómoda que empiezas a hablar todavía apoyada sobre la otra. Qué bien sentaba vivir tranquila y disfrutar de los pequeños detalles. ¡Echaba de menos esa normalidad en todos los ámbitos de su vida! —Nos vemos pronto, pero de verdad. Y muchas gracias por todo. Y por la cena. Eres la mejor. —Se separó entonces, sonriendo ampliamente.

Unos segundos después, se desapareció, apareciendo de nuevo en la casa de Caroline, más concretamente en medio de su propia habitación. El sonido de una bolita corriendo comenzó a sonar por el pasillo y sí, se trataba de Don Cerdito que, a falta de una Sam en la que acurrucarse, se había terminado por acurrucar en el salón a un cojín. Ahora que su dueña había vuelto... estaba claro quién iba a ser su próximo cojín.
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