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Ryan Goldstein el Lun Dic 25, 2017 8:29 pm

El Departamento de Misterios en EEUU tenía su división de Inefables, por supuesto. Estos se llamaban así, literalmente, porque nadie podía decir qué hacían. Ryan Goldstein acabó allí por una muy rara invitación. Puede que se sintiera impulsado a acceder sólo por descubrir qué había detrás del velo de tanto secreto. Lo cierto es que la propuesta lo entusiasmó: viajar, viajar en misiones rumbo desconocido. ¿La verdad?, ¿qué iban a buscar?, ¿por qué?, ¿para qué? Él no preguntó nada de eso al principio, él sólo quería aprovechar la oportunidad para desprenderse de quien hacía no mucho tiempo había sido Ryan Golgomatch. Quería redescubrirse en su nueva identidad luego de que su padre lo desheredara y él decidiera trazarse su propio camino, no el que se suponía que tenía que seguir como heredero de los Golgomatch. Por eso, el misterio y la promesa de algo intenso y fuera de cálculo, lo atrajeron como las moscas a la miel y la experiencia amplió su perspectiva de mundo.

De eso harían ya, ¿cuatro años? Ahora podía decirse que se sentía como en casa. Y como todo viejo veterano, le tocaba recibir a los nuevos reclutas, los bisoños, y guiarlos en el quehacer diario de lo que era ser un ‘buscador’ dentro del abanico de posibilidades jerárquicas en el Departamento de Misterios. Orientarlos, entrenarlos,  pulirlos un poquito. Ese día, por ejemplo, le habían asignado una compañera en prácticas. No se suponía que la tal Roselynn Chambers fuera su asignada, en primer lugar, pero el buscador a cargo de su iniciación estaba atascado hacía 20 días en una tormenta en las dunas de Egipto, lidiando con demonios del desierto o alguna secta de magos peregrinos, y Ryan llegó a las oficinas de su departamento con un café en la mano y una ancha sonrisa, sin enterarse de nada, hasta que seguidamente le encajaron un archivo en las manos y le dijeron que una señorita lo esperaba en su “despacho”. Si por despacho se podía llamar al salón de cubículos que compartía con otros compañeros. Esto no le molestaba porque lo suyo no era el papeleo. Y pocas veces sentaba el culo en la silla. Así que, hasta casi se perdió cuando tuvo que hallar su propio cubículo. Diríase que casi lo halló por casualidad, más intrigado por seguir el tararear de una cancioncilla, que gustoso, acompañó con un silbido espontáneo y musical.

—¿Rose?—La cara del rubiales apareció por encima de la pared del cubículo, como una jirafa que cotillea. Sonrió y, satisfecho con haberla encontrado, se adentró en el reducido espacio (cargado de fotos y papeles y plantas) y se arrojó en el asiento, colocando los pies sobre la mesa y soltando un respiro. La miró. Se lo apreciaba de buen humor, ¿pero quién era el tipo?— ¡Llámame Ryan! Por favor, no seas formal. Creo que rondamos la misma edad. Eres joven. Yo soy joven. Hablemos como jóvenes. No he ojeado mucho tu expediente—Lo abrió entre sus manos, le echó una mirada rápida (diríase que le interesaba lo más mínimo y no se esforzaba por fingirlo) y lo soltó sobre la mesa, ¡tan de repente!, ¡con un fuerte PLAF!—. Pero no te envían aquí si eres lela, ¿verdad?—El hombre tamborileó rápidamente con las manos sobre su regazo, pensativo, con la mirada en el techo, y luego volvió al ataque, cazándote con la mirada—Lo siento, Seymour está impedido de momento. Ya habías hablado con él, ¿verdad? Un buen hombre, muy experimentado, muy querido. Pero bueno—Alzó las manos en un gesto y agregó de inmediato, como quien te suelta las buenas noticias del día—: ¡Yo soy tu nuevo compañero ahora!—¡Y nada mejor podría haberte pasado! Lo leías en su blanca, blanca sonrisa. ¿Sería verdad?—Salimos en quince minutos. Te espero en la cabina de embarque, ¿ok? Tenemos un traslador que cazar. ¿Qué?, ¿nadie te ha hablado de ello? Oh, es sólo saliendo por el pasillo por el que viniste aquí, doblando dos veces a la derecha, ¿y has visto esa puerta que pone “NO ENTRAR BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA EN LA TIERRA A NO SER POR PERSONAL AUTORIZADO”? Bueno, esa—Ryan se levantó de golpe y ya se iba, con un bolso colgado al hombro y su café en la mano, cuando de pronto se giró a mirarla, como por primera vez—Eres adorable, por cierto. ¡Nos vemos!

Otra vez, otra vez, se giró sobre sus pies, como olvidando algo.

—¡Oh, lo siento!—Exclamó, y agregó, con un gesto de la mano y la prisa en la piel—¿Hay alguna pregunta que quieras hacerme?

Dirías que, según él, ya había dicho todo lo que había que decirse.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Roselynn J. Chambers el Mar Dic 26, 2017 8:26 am

¡Su primer día de trabajo!

Con un pequeño bolso cruzando su pecho y dejando atrás las cartas de unos padres entusiasmados y preocupados, partió hacia el Departamento de Misterios. Un lugar que merecía completamente su nombre, pues se decía que incluso algunos de los magos más antiguos de los Ministerios desconocían completamente su ubicación. Había sido recomendada a Seymour, y por lo poco que había charlado con él (o que se había permitido decirle), era un excelente Inefable y algo como un modelo a seguir. La nueva carta que había llegado a su nombre no decía mucho más que una ubicación y una hora. Supondría que tendría algún “tour” por el lugar y hasta ahí iría la historia, pues hasta su madre decía aquel departamento tenía su propia vida y costumbres, entre las cuales recibir nuevos no era tan común y probablemente haría algo de papeleo antes de su primera salida a campo.

Pero ahí estaba, sentada en un pequeño cubículo sin mayor cosa que hacer. Había tratado de ser puntual, como si su vida dependiese de ello (aunque parcialmente, así era) y terminó unos minutos antes de su nueva reunión. Comenzó a tararear una canción que recién había escuchado y que se había quedado en su cabeza por la facilidad de la melodía, mientras miraba curiosa lo que había alrededor, viendo un nombre común entre las cosas. Seymour, como buen inefable, había dicho muy poco en su carta mencionando el nombre de “Ryan Goldstein” pero no mucho más que eso.  No pasó mucho tiempo hasta escuchar un silbido acompañante, y comenzó a buscar el origen, cambiando su pensamiento nuevamente. Lo encontró en un joven rubio, que recién llegaba a su cubículo.

En cuanto escuchó su nombre, se levantó de golpe como si hubiera llegado un alto mando  — ¡Sr. Goldstein! — El joven resultó en su asiento mientras ella se había puesto de pie por lo que rápidamente le imitó, rogando que fuera el único momento raro del día. No había reparado en el “Rose”, ella sabía que “Roselynn” era un nombre muy largo y todos tendían a acortarlo, aunque no con la rapidez que se había permitido aquel. Ella se mantenía en silencio, con una ligera sonrisa para evitar preguntas de lo que pensaba. Ryan, como había pedido que le llamara, parecía alguien…. Extraño. Sí, esa era la palabra que estaba buscando. Los Inefables tenían la fama de una seriedad impecable, pero siempre había una excepción a la regla, y podía creer que estaba frente a ella. Su expediente terminó sobre la mesa rápidamente, haciendo que la chica saliera por 3 segundos de sus opiniones mentales.

Aunque no podía negar que sus expresiones eran curiosas y parte de su sonrisa se debía a eso, el joven no le parecía alguien que pudiera encargarse de un nuevo integrante, pues él mismo parecía alguien joven para estar ahí. La sonrisa decayó un poco al escuchar la noticia. Y no sólo eso, ¿en ese preciso instante era su primera salida de campo? ¡Y sin Seymour! — Espera ¿qué…? — Ni siquiera había podido terminar su frase. Vamos, no era que desconfiara del joven frente a ella, pero las experiencias son distintas. Suspiró mientras escuchaba las indicaciones sobre la puerta, repitiéndolas en su cabeza. Pero si algo la había dejado perpleja, casi igual a descubrir su primera salida, había sido su comentario.

Suspiró de nuevo, mientras se ponía de pie para buscar la puerta, cuando de nuevo lo vio de pie frente a ella — ¿Pregunta? — Varias, si le era sincera, pero se notaba la prisa que tenía… o que deberían tener ambos — ¿A dónde vamos? — La única pregunta que podía hacer de rapidez y que fluyó de manera espontánea, porque las demás implicaban que ella tuviera que, primero, concretarlas en su cabeza y que no salieran como un montón de palabras sin sentido. Pero tenía la sensación que, para ese entonces, Ryan no estaría para escucharlas.
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Ryan Goldstein el Miér Dic 27, 2017 9:43 pm



¿A dónde vamos?

De todo lo que pudo haber dicho, eso consiguió que Ryan Goldstein hiciera un alto y sonriera, deteniéndose a mirarla por un momento. Luego, se acercó. Un poco más de lo que te hubiera gustado, a decir verdad. Cual si fuera una avestruz muy curiosa, se inclinó hacia adelante, colocándole el rostro de tú a tú, frente a frente, y con una sonrisa inefable. De no ser porque tenía las manos ocupadas, la hubiera sujetado de los hombros, efusivo, como quien va a revelarte una nueva, muy, pero que muy importante.  

—Tú nunca sabes qué viene a continuación—pronunció su sonrisa, hacia un lado de sus comisuras; y agregó, yéndose de repente por donde había venido—: ¡Eso es lo mejor de este trabajo!

Por supuesto, ESO no podía ser verdad. Tenían que darte instrucciones, un objetivo, el nombre de un destino. Pero, con el tiempo, te dabas cuenta, que la improvisación frente a circunstancias de total incertidumbre era un requisito para salir de todo tipo de situaciones inesperadas. Podías ser excelente en lo que quiera que te hubieras especializado, pero a la hora de poner en práctica tus sentidos, tu juicio, tu conocimiento y habilidades, te dabas cuenta, de que era el instinto el que podía salvarte de incluso la peor de las trampas de la casualidad. Siempre y cuando, pudieras contar la historia luego, eso debía servir. Eso es a lo que Ryan Goldstein se refería, aunque puede que fuera difícil de entender al principio.

O quizá, fuera sólo que el hombre era innecesariamente temerario. Lo peor que podía pasarte si eras alguien que se aferraba a los planes prudentes.

***

Era un largo, largo pasillo, de un blanco impoluto. No había más que un zapato viejo al final del camino. Eso era curioso. Era un zapato que alguien había colocado allí, evidentemente con un propósito, sobre un pilar también impoluto, justo en el centro de una habitación cerrada de proporciones cúbicas. Las paredes de aquella sala a la que habían ido a parar no decían nada sobre el tiempo o sobre las personas que, como ellos, habían pasado por ahí. Sólo el zapato viejo parecía tener una historia que contar.

Y ese era el secreto detrás de la puerta con el letrero que literalmente decía:
“NO ENTRAR BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA EN LA TIERRA
A NO SER POR PERSONAL AUTORIZADO”.

—Es una sala de contención—soltó, ‘el guía’, distraído entre que rebuscaba en sus bolsillos alguna cosa. El mismo tipo que te había dejado sola, a tu suerte, diciendo que tenía que ir a hacer algo de último momento (minutos que pudieron haber parecido interminables, dado lo justos que estaban con el tiempo), para hallarte casi de casualidad más tarde, y apurándote a correr. Y sin embargo, el trasladar seguía allí. No podían estar fuera de horario—. Tú sabes, por si al regresar—La miró. ¿Que si sabía qué?, ¿qué iba a saber ella?—. Bueno, a veces surgen ‘inconvenientes’. Pero la sala es a prueba de todo. Explosiones, plagas, criaturas salvajes.

¿Qué?

—¡Ah! Necesitaría un reloj. Me lo dicen todo el rato. Tenía uno, pero no soy muy amigo de cronometrar el tiempo, te admito. Creo que he perdido una decena de esos este mes. Son como una molestia para mí. ¿Tendrás tú un reloj o algo? De todos modos, por favor, sujeta el zapato. No está tan sucio como parece, creo. No querrás perder el tren, ¿verdad?

El tren, ¿hacia dónde?

3

2

1

Los trasladores no hallaban devotos en todo el mundo. Un viajecito de esos, y el mundo te daba vueltas como si te metieran en un inodoro luego de soltar la cadena. Especialmente, si se trataba de un viaje difícil. A veces, la ‘movidita’ podía ser a través del espacio y el tiempo, porque por supuesto, los trasladores del Departamento de Misterios no eran trasladores comunes. Pero, ¿quién sabe? Ryan lo sabe, o eso quisieras creer.




psss:
Hay algo sobre los relojes (?). En algún momento, esos dos van a tener relojes gemelos, relojes de bolsillo, idénticos. :pika:

Sobre el post, podés inventarte un sitio X a donde vayan a parar, o cualquier cosa. O esperás a mi siguiente post, que salgo con algo. Como gustes :pika:
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Roselynn J. Chambers el Lun Ene 01, 2018 8:05 pm

Cuando se detuvo, pensó en que aquella pregunta era la última que debía hacerle al rubio. Pero que sonriera no se lo esperaba, y de hecho todos sus movimientos no se los esperaba, hasta el punto de tener que sujetarse de la silla para no caer de espaldas. Si no hubiera sido la novata, definitivamente haría que no lo volviera hacer… o por lo menos, algo hubiera hecho más que retroceder.

En cuanto se fue, y lo sintió realmente lejos de su ubicación, la chica respiró como si se hubiera prohibido hacerlo frente al joven. Palpó su bolso, esperando que hubiera traído lo necesario para aquella misión… aunque sin saber que era lo que haría, ¿de verdad traía lo necesario? Su varita, tal vez, era la que más le podría servir.  Y si no, entonces pronto estaría en otro lugar del Ministerio… o en otro lugar, los Inefables le parecían demasiado rígidos y correctos para fallar en algo, aunque nadie es perfecto, en realidad.

Le pareció una eternidad llegar a aquella fuerza, sintiendo la mirada de todos a su alrededor. O era por ser la nueva, o bien por aquel que sería su compañero. ¿Era lástima? ¿Burla? Podían ser tantas cosas las que pasaran por la cabeza de esos personajes que, al mirarla, sonreían. O bien amabilidad. Ligeramente levantó los hombros con una sonrisa, mientras abría la puerta.

La habitación y el pasillo por el que había cruzado le parecían tan lúgubres que no pudo evitar un ligero escalofrío, que trató de disimular cruzando su brazo izquierdo sobre su pecho, cubriéndolo. Eventualmente se encontró con Ryan, al que miraba de reojo cuando hablaba por la curiosidad del traslador que tenía frente a ella y su ubicación. Para ella, tener un traslador en ese lugar era demasiado… hasta que el rubio tocó el tema de los “inconvenientes”. Esto era lo que ella había pedido ¿no? No debía sorprenderse de lo que podía encontrar.

Comenzó a hablar de relojes. Y en cuanto escuchó su pregunta, rápidamente abrió su bolso aunque sabía que era lo último que había pensado en llevar. Negó ligeramente mientras volvía su vista al zapato. Un tren, ¿perder el tren? ¿Alguien le daría el informe previo de la misión? Por lo que veía a su alrededor, irían solos. ¿Era lo suficientemente capaz para guiarla? Dudas era lo que tenía, pero el hombre parecía tener el hábito de hablar más del promedio de los conocidos de Rose y no le molestaba en absoluto. Eso sí, la falta de información era una piedra en su zapato.

Pero ahí estaba y él le incitaba a tocar el zapato. Las dudas para después, para momentos con más tiempo del que, al parecer, disponían. Ojalá conociera el lugar a donde caerían, ojalá supiera que el viaje no iba a ser terrible. Pero después de tocarlo y cerrar los ojos con fuerza, los dolores no tardaron en aparecer. Incluso después de que llegara a su destino, había quedado en el suelo con una sensación que no le desearía a nadie.
¿Ryan? — dijo con un hilo de voz. Aunque necesitaba saber que no había terminado en otro lugar, también lo hacía para saber que al menos tenía algo de voz y conciencia en ella. El calor, eso sí, le parecía sofocante...

Sad:

¡Lo siento mucho! Este fin de año fue un caos xD

Había pensado en una selva tropical o desierto, muchos más peligros(?) Pero puedo modificar lo último si deseas :3

¡Feliz año! <3
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Ryan Goldstein el Dom Ene 07, 2018 2:35 am

Si acabas en una isla, tú imaginarías que es como en aquellos folletos vacacionales que te retratan playas de ensueño junto con la promesa de que experimentarás el verdadero sabor del paraíso. Eso es lo que la idea de una isla evoca en la mente del iluso promedio: una probada de cielo. Por supuesto, esa porción de tierra flotante en particular, que ni siquiera estaba señalada en los mapas, te hacía repensarte las cosas, o lo que es peor, tu propia suerte.

—¡Aquí!—Ryan le ofreció una mano amiga, de pie, a su lado, pero no la miraba. No, examinaba en derredor: una caravana había ido a instalarse sobre una alta colina bordeada por palmeras y montañas. El verde algodonado y exótico que invadía la vista los ubicaba en un lugar de abundante espesura—¡Sí que hace un calor terrible!

Era un calor infernal. Ya podían meterte en una caldera hirviendo que parecería brisa y frescura. En cambio, en aquel lugar, hasta dirías que el hombre que había salido de un portazo de la caravana y avanzaba hacia ellos saludándolos con un gesto enérgico del brazo que hacía balancear en el aire, ese hombre que correaba calor, bien podía ser un espejismo.

—Las órdenes decían algo sobre problemas con el clima—explicó Ryan. ¡Oh, finalmente!, ¡un poco de información! Y justo habiéndolo dicho, se oyó el eco estentóreo, tremebundo, de un trueno que estremecía el cielo. Y sobre ellos se arremolinaron nubes negras de tormenta. Para cuando el hombre de la caravana llegó hasta los Inefables, rompió a llover.

—¡Hola!, ¡los esperábamos! ¿Son de EEUU, verdad? ¡Yo soy Mies!—se presentaba a los gritos, tapado por los furiosos gemidos de un cielo que se caía a pedazos y un viento que arreciaba sin compasión. ¿¡Cómo era eso posible!?—¡Buen momento para llegar! ¡Estaba empezando a asarme aquí! ¡Bendita sea la lluvia! ¡Pero vengan, vengan! ¡Dentro de nada aquí fuera será el Apocalipsis! ¡En la caravana estaremos a resguardo!

Ryan respondió al saludo, como un hombre contento debajo de una tempestad, y siguió al desconocido habiendo rodeado a Rose con un brazo alrededor de los hombros y caminando junto a ella contra el viento. Mira tú, al caballero. ¿Será que pensaba que la mujer saldría volando con la ventisca repentina que hacía bailar a las palmeras?

—¡Brrr!—exclamó el rubiales, ya dentro de la caravana. Se desarmó con esa impaciencia de los caninos cuando se sacuden el agua de encima y rápidamente ya andaba por el interior del lugar, como pedro por su casa. Al ser una caravana de magos, el interior era mucho más amplio que lo usual, y tenía otras comodidades. Ryan se mostró muy interesado en la colección de muestras expuestas en una galería y en un escritorio con artefactos de investigación y cuadernos de notas, mientras que se secaba el pelo de rubio que tenía con un toallón que le había alcanzado Mies. Sirviéndose una taza de té, había una mujer que les lanzó una sospechosa mirada de desconfianza—¡Sí que se está bien aquí! Deben ser los naturalistas. Investigadores, ¿verdad? Esa de allí es mi compañera, Rose. Yo soy Ryan. ¿Nos pondrían al tanto, por favor?—pidió, arrellanándose en un sofá y hundiendo el culo allí, muy cómodo. Y agregó, ganándose una mirada punzante por parte de la mujer todavía sin nombre—. ¿¡Y quieres un té, Rose!? Pobre, lo de afuera fue un aguacero. Para mí un café, gracias. Negro, sin azúcar.

—¡Ludwig Mies!—Se presentó, con voz animada y enérgica, casi como si todavía estuvieran bajo la tormenta. Su acento era alemán. Muy contrariamente a la otra mujer, él parecía ser una persona simpática y un poco torpe y estar complacido con tenerlos allí. Especialmente, cuando se dirigía a Rose, a quien abordó con todas las atenciones—mi compañera, Poppy, y yo, estudiamos el medioambiente de esta isla y recogiendo muestras en una cueva, hicimos un descubrimiento…

—¡Achú!

Ryan estornudó, interrumpiendo el momento y luego se abrazó a sí mismo, dándose calor. Había estado usano la varita para secarse, pero parecía sensible al frío.

—Lo siento, continúa—agregó, sonriendo y aceptando agradecido la taza de café que le tendía una Poppy con cara de pocos amigos. Luego, miró a Rose y le ofreció un lugar en el sofá, invitándola con un gesto de la mano y tendiéndola una manta que encontró por ahí. Es que si aquel no era otro más que Pedro andando por su casa—Ven, ¿no quieres cubrirte con esto?

Fuera, podían oírse los estragos de la tormenta.  
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