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Ryan Goldstein el Mar Dic 26, 2017 10:15 pm

Quería leerlas había dicho, las cartas. Pero Ryan Goldstein puso una condición, extraña, extraña condición: “No puedes sacarlas de su lugar, conmigo”.


Dale tiempo, media hora de cocción. Sencillo. No debería surgir ningún inconveniente. Era lo que decía la cocinera del programa, una mujer encantadora. Sí, los muggles tenían esta caja tan interesante que llamaban ‘televisión’ y te hablaban a través de la pantalla, guiándote paso a paso sobre cómo hacer un postre simple y delicioso según los comentarios. Ryan había estado muy atento al procedimiento al tiempo que liaba la mesa de la cocina con su preparación, cotejando de tanto en tanto que el resultado fuera acorde a lo que se exhibía en vivo. Satisfecho, no tuvo más que observar cómo su logro del día se cocinaba a fuego lento. No solía cocinar, tenía que confesar. Dado los desafortunados finales que había tenido que protagonizar: incendios de cocina, humo saliendo por las ventanas, costras de restos quemados adheridos a ollas y sartenes. Incluso explosiones. Pero esa mañana se había despertado con las ganas, con la energía, con la ilusión, quizá de un nuevo comienzo. Tú sabes, cuando tú crees que eres capaz de todo. Eso incluía la cocina. Pero también, por eso era posible comprobar que la casa tenía orden, limpieza, que estaba irreconocible. No había pilas de libros acumulados en los rincones, no. Las cosas habían hallado mágicamente su lugar, no había nada fuera de su sitio. Todo era perfecto.

El timbre.

Ryan entreabrió los labios, ligeramente sorprendido. Por la hora. Era temprano todavía. ¡Pero bueno! No era una sorpresa desagradable. Solícito, atravesó la sala, de la cocina a la puerta de entrada. El sol entraba por la puerta ventana que daba al jardín, abierta para dejar pasar la brisa de la tarde. Podían verse las enredaderas y plantas, enmarañadas como en una jungla, y hasta lo que parecía un pequeño estanque. Ese tenía que ser el jardín de un mago, por supuesto. También, en una mesa de trabajo en el exterior, había una jaula con la puertita abierta y el comidero lleno de alpiste. Ryan finalmente abrió la puerta, espontáneamente contento.

Oh.

—¡Sr. Goldstein! Nos vemos—La cara de pocos amigos y el tono cortante, molesto, del vecino Karl, no era lo que el rubiales esperaba y no hubo forma de fingir su decepción en la mirada y la expresión deshecha. Pero no es como si al bueno de Karl le interesara otra cosa que hacerlo sentir desgraciado, TAN desgraciado como se sentía él en ese momento—De nuevo—agregó, sentencioso. Dejaba en claro por la forma de escupirle lo último en la cara, que preferiría no estar ahí, como por enésima vez, ¡y por el mismo motivo de siempre! Correspondencia cruzada, ¿es que había algo más molesto que estar alcanzándole el correo a gente que no sabía respetar el tiempo de los demás? El bueno de Karl le entregó una caja cubierta de mierda de pájaro, ¡de muy malos modos!, haciendo que el otro tuviera que atrapar el paquete antes de que lo golpeara en el pecho—¡Se lo he dicho un montón de veces, señor! ¡Cambie la dirección!, ¿¡y cómo es que ese cartero me arroja su correo por la ventana!? He contactado a la oficina de correos alzando una queja y dicen que estoy loco, ¡loco! Le agradecería que por favor arregle de una vez por todas este asunto. ¿Me está escuchando, señor?

Ryan no reaccionaba. Parecía a punto de suspirar, ensimismado en su mundo de decepciones. Bajó la mirada para ver al remitente y esbozó una sonrisa. Perico de nuevo. Se divertía tomándole el pelo al señor Karl—incluso a costa suya— luego de que se lo cruzara por las escaleras y declarara que era uno de los tipos más aburridos que había conocido en su vida. Iba a responder, pero un rumor de voces llegaba hasta ellos desde el final del pasillo. El señor Karl, ofendido de que no le prestaran atención, siguió insistiendo. Inútil, porque cuando Ryan alzó la mirada en aquella dirección, su cara, normalmente tranquila, desfiguró en silenciosa alarma.

—¿Meda?

El Sr. Karl siguió la dirección de su mirada con sus ojos belicosos, y el mundo se le abrió por debajo de los pies. OH, MADMOISELLE. ¿¡Qué visión de dioses era esa!? Tenía que ser la mujer más hermosa que nunca había pisado la tierra. No hizo caso cuando la tronante voz de Megan Golgomatch surcó el aire, adelantándose hasta ellos con una queja en la punta de su lengua viperina. No era ella la Veela que se acercaba con una niña en brazos. La niña ni entraba por los ojos del bueno de Karl. Él sólo podía ver a la mujer de su vida.

—¿¡Qué es eso de clausurar la chimenea, querido!?, ¿¡qué locura es esa!?, ¿qué tienen que hacer tu hermana y tu hija para comunicarse contigo?—No era casualidad que omitiera mencionar a la madre de la niña. El culpable, por su parte, no sabía si horrorizarse o alegrarse— ¿Por qué siempre tiene que ser así contigo, Ryan?—Insistió, quitándose el abrigo y arrojándoselo sobre el paquete que el otro cargaba en las manos, como si se tratara de un mayordomo. El rubiales llegó a decir: “Meg, cariño…”, pero fue interrumpido por la fiera mirada de su hermana—Ya no recibes a tu familia, no envías cartas, ¡evitas las mías! Y hay cosas más importantes que hacer el vago en un barrio de muggles ¡Muggles! He tenido que subir escaleras. ¡Escaleras, Ryan!—exclamó por último, pasando de largo como una ráfaga, yendo directo al interior del hogar, sin esperar a ser invitada.

Disuelta la tormenta, Ryan y Meda se miraron y no hicieron falta las palabras para comunicarse lo que pensaban. Megan podía tener esas maneras desbocadas, pero ellos sólo se sonreían. Un rastro de ternura nació en los labios discretos de la mujer, mientras que la niña, habiéndose deslizado de los brazos maternos corría hasta él y le abrazaba una pierna, encantadora.

El bueno del Sr. Karl balbuceó cosas ininteligibles, apartado a un costado, sin que nadie reparara en él, hasta que le cerraron la puerta en la cara y su corazón se hundió en el remolino de un inodoro imaginario luego de tirar la cadena, succionado por la cañería.

***

Minutos después, la casa de Ryan Goldstein era un escenario de guerra. Lo que antes había sido calma y pajarillos cantando del otro lado de la ventana, era ahora un sinfín de acusaciones y reproches, salidos de la boca autoritaria de Megan, sobre la tenencia de Brianna y su celebración de cumpleaños, sobre el apellido, sobre el hermano enfurecido y estresado que le vivía reclamando que el mayor de los tres renegaba de su sangre y demás cuestiones de familia. La situación llegó al punto en que las dos mujeres se pararon frente a frente en el medio de la sala, atacándose con ‘indirectas’, altas y sonantes, midiéndose de tú a tú, entre que la pequeña mujercita jugaba con la varita de Ryan de aquí para allá, a pesar de que se le había dicho que no la tocara. Ryan, por su parte, intentaba convencer a dos cocodrilos que volvieran a su estanque, y les explicaba de la mejor manera que la sala sería ese día sólo para invitados. Pero cuando sacó su reloj de bolsillo para comprobar la hora, su hermana lo vio, rápida y acusadora, y lo atacó a preguntas de por qué tanta fijación con el relojito. En eso, sonó el timbre, otra vez. Ryan fue corriendo a atender, ¡ya tenía que ser él! Era cierto que la situación se le salía un poco, sólo un poco, de las manos, pero él no pudo evitar sentirse alegre, y otra vez, abrió con toda la ilusión.

Ah.

—¡Ryan!, ¿cómo estás? Pasaba por aquí y…—Joshua miró por sobre el hombro del rubiales y vio a toda la comitiva de bienvenida. Eso no le quitó la sonrisa de buena gente en el rostro de chico apuesto que casual, casualmente, pasaba por ahí—¡Oh, pero si es Meda! ¿Está tu hija de visita? Y tu hermana. Parece que llego en buen momento, he traído bocadillos. Si me dejas pasar, claro. Entiendo que. No he venido por ‘nosotros’. Sólo quería chequear que estuvieras bien. Te extraño, ¿sabes? Somos amigos después de todo. No puedo evitar pensar en ti.

Ryan hubiera dicho algo antes de que soltara toda esa plática, pero no cabía en sí de lo insólito que era todo aquello. ¿De verdad?, ¿justo ahora? Detrás de él, Meda saludó al nuevo invitado y Megan soltó algo como: ‘¡Lo sabía!, ¡tú esperabas a alguien!, ¡injustificable!”. Antes de que Ryan pudiera agregar nada, el sofá se prendió fuego en medio de la sala, llamando su atención. Se olvidó entonces de la puerta y buscó con la mirada el origen de tal accidente y halló la carita de Brianna, que salió de algún lugar, habiendo escondido la varita antes de que la acusaran por tenerla. Lo miró con un dejo de culpabilidad, pero enseguida se entretuvo con los cocodrilos que avanzaban hacia ella y sonriendo se montó a uno de ellos, jugando.

El único que se interesó por el incendio fue Ryan, un Ryan que no encontraba su varita, y que frente a la inesperada situación intentó apagar el fuego arremetiendo contra las incipientes llamas con uno de los cojines (porque ya se sabe que un mago sin varita es más inútil que abrir una lata sin abrelatas), mientras que los otros tres adultos del lugar reunían sus cabezas para soltar la lengua en una aparentemente acalorada conversación que indirectamente iba de Ryan. Pero no parecían interesados en lo más mínimo por cuanto ocurría, ni fingían estarlo: fuego en el sofá; una niña montada a un cocodrilo; y el postre en el horno, que se quemaba.


Última edición por Ryan Goldstein el Miér Feb 28, 2018 12:38 pm, editado 2 veces
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Vie Dic 29, 2017 2:08 am

Tumbado en el sofá de la casa Lyons, el delicioso aroma de unos bizcochos de chocolate mientras esperaba a la dueña de aquel departamento, los ojos verdes cerrados pacíficamente, una mano en su pecho sintiendo su propia respiración y el calmo latir de su corazón, la otra mano en la nuca sirviéndole como almohada mientras se relajaba. En el estómago Robín había hecho un pequeño nido en el que descansaba plácidamente con el hinchar y el relajar de los músculos abdominales al inhalar y exhalar.

Lindsay no tardó en regresar, tocándole el cabello a su amigo para que levantase la cabeza, sentándose y dejándolo acostar su cabeza en su regazo, acariciándole el cabello y despeinándolo a propósito. — Explícame de nuevo por qué tienes que ir a la casa de ese —le pidió con calma, mirándolo mientras él estaba totalmente relajado. — A veces me sorprende lo impulsivo que eres, luego me acuerdo que eres idiota y se me pasa —lo molestó con una sonrisa a medio lado, en esa paz cómplice que compartían.

Ya te lo expliqué —le dijo, abriendo sus ojos para encontrarse con los de ella. — Es simple, sólo quiero saber qué le escribía mi abuelo —le respondió, ignorando totalmente que lo hubiese llamado idiota, no era nada relevante por el momento así que no iba a darle de más vueltas. — Sólo voy, leo y me largo, no es que pretenda quedarme a tomar el té o algo —fue su respuesta, bostezando. No había dormido bien, como todos los días que tocaba doblar turno del que había salido hace un rato, pero no le daba mayor importancia.

Ella, por otro lado, no parecía muy convencida. — ¿Por qué te importa tanto? Han pasado tantos años desde que eso sucedió que… es normal que me parezca raro —Lindsay conocía cada hoja de la vida de su amigo, no era ignorante de ningún detalle. Laith sólo suspiró en respuesta, tampoco lo sabía y el silencio fue su contestación. — Creo que es una mala idea y sé que no voy a disuadirte de hacerlo, pero ten cuidado —le pidió, a pesar de su extraña amistad, seguía queriéndolo y no podía evitar preocuparse por él. — Llévate bizcochos —le dijo, volviendo a ponerse de pie para ir a envolverle algunos.

No sabía por qué le importaba tanto, como ella preguntó. Sólo que no podía evitar pensarlo de más. La nostalgia era un cebo que picaba sin darse cuenta, llevándolo a esos días donde pedía que cualquiera le dijese que todo era mentira, no podía creer que había perdido a ese hombre. Había querido detener cada reloj, sentía que hasta las estrellas quedaron en shock con esa muerte. Ahora tenía la posibilidad de revivirlo tan sólo unos segundos en forma de cartas, aunque no borraba de su memoria la caligrafía de su abuelo, siempre agitada y desordenada, como si estuviese ocupado y hubiese detenido su importante tarea para no dejar la carta sin respuesta y darle una apurada contestación.

Cuídate, ¿vale? No hagas nada que no haría yo sin mí —le sonrió, dándole un beso en la mejilla mientras ella le daba aquel envuelto de bizcochos, uno encima para que él lo cogiese en el momento y lo comiese, quemándose la boca. Lidnsay sólo sonrió, besándole la mejilla de vuelta antes de dejarlo marchar. Iba a tiempo, como raras ocasiones. Siempre corría de un lado a otro y el tiempo para llegar a tiempo siempre se le perdía.

Robín voló hasta su hombro y juntos se marcharon de ahí. Y sí, pudo haber llegado a tiempo, pero algo se le cruzó en el camino. Una riña callejera en las calles del Londres nomaj que acabó con uno de los jóvenes severamente herido a fuerza de navaja. El sanador no podía hacer la vista gorda y marcharse sin más, así que se detuvo para prestarle los primeros auxilios mientras llegaba la ambulancia que tardó más de la cuenta, haciendo presión en su costado para evitar que la sangre saliese. No podía usar su varita, pero tampoco era necesario. Al cabo de un rato llegó el vehículo para llevar al hombre y luego, como si no fuese ya bastante tarde, tuvo que dar una declaración con la policía sobre el incidente.

Cuando finalmente fue libre, vio en su reloj que tenía más bien poco tiempo, por no decir ni un minuto, para llegar a tiempo. De ley iba a llegar tarde, como siempre, aunque no debía ser mucho, a lo más un cuarto de hora o veinte minutos, así que emprendió su viaje. Casi se arrepintió cuando estuvo frente a la puerta, la calle y el número garabateados en un papel. Dentro escuchaba mucho ruido, se preguntaba si estaba bien tocar, pero al final lo hizo haciendo sonar el timbre. Cuando la puerta se abrió, pasado un rato, vio una escena de locos: un grupo de tres adultos, entre ellos Joshua, hablando en la sala; una niña montada en un cocodrilo, el aroma a quemado y… Santo cielo, ¿por qué a él?

¿Ryan? Volveré… más tarde —le dijo, evidentemente incómodo. Digamos que no le hacía mucha gracia el hecho de tener que convivir con la gente de Ryan, con ese exnovio escandaloso (¿O novio? Recordaba vagamente haber oído que terminaron, en una de esas charlas ocasionales que tenía con Golgomatch). Pero antes de poder hacer nada, Robín salió como una pequeña fierecilla a atacar a uno de sus rivales, picándole la cara al rubio. — ¡Robín, déjale, ven para acá! —tardó poco en reñir a la pequeña avecilla.
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Ryan Goldstein el Dom Dic 31, 2017 1:05 am

¿Ryan?, ¿dónde?, ¿quién lo llamaba? El mentado rubio levantó la mirada en una sola dirección y le sonrió con espontánea naturalidad, haciendo un lado lo que había estado haciendo como un loco de la guerra —darle al cojín con todo—. Y sí, había conseguido acabar con las llamas del sofá, ¡finalmente!, pero una mancha negra se había adherido al brazo del sofá como recordatorio de que no se debía jugar con fuego. Y estaba ese olor, a quemado, que provenía de la cocina y lo inundaba todo. ¡Pero, ey! Le daba tanto gusto verlo. Hasta que se vio bajo ataque y se distrajo con los ojos persiguiendo al grácil aleteo de una avecilla mientras que su hija chillaba con entusiasmo apuntándolo con el dedo. Y en cuanto al resto de adultos: todos se volteaban hacia al recién llegado, señalando con la mirada.

Nadie dudaba del espíritu guerrero de la criaturilla. Bastaba mirarlo cómo se revolvía, furioso, entre las manos de un Ryan ciertamente perplejo. Éste lo miraba librar una batalla en el hueco de sus manos unidas. Brianna, por su parte, tiraba de su ropa para que le dejara ponerle los ojuelos encima, y él cedió, agachándose para quedar a su altura y mostrándoselo, siempre tratándolo con cuidado.

—¿Es tuyo?—preguntó, alzada la mirada hacia Laith—Yo solía tener un amiguito como este.
Un colibrí—
susurró. Por un lado quería sonreírle, por el otro, se lo apreciaba un poco apenado. No entendía el porqué de tanto odio hacia su persona. Aunque por supuesto, le hacía gracia—Lo siento, no quiero lastimarlo, yo…

—¡Ry!, ¿por qué está el pajarito enojado contigo? ¡Es tan bonito! ¿Puedo tenerlo un rato?

En cuestión de segundos, padre e hija se habían sumergido en una conversación sobre pajarillos y avecillas, ajenos del todo al humor reinante en torno a ellos. En primer lugar, el nuevo invitado había sido rodeado por los demás. Diríase que hasta le cercaban el paso hacia la salida. Por curiosidad, por supuesto. Sólo curiosidad. Y sin embargo, Joshua lo había reconocido enseguida como aquel sanador del hospital, ¿y qué? Le sonreía, todo encantador. Le ofreció la mano, le preguntó cómo estaba, todo encantador. Pero en el fondo, sólo se preguntaba: ¿qué demonios estaba él haciendo allí?

Megan Golgomatch, por su parte, era mucho más directa.

—¿Y tú quién eres?—soltó. Era agresiva. Si quiso fingir algo de simpatía, le salió terrible. Chorreaba cinismo a cantidades insospechadas. Y era una Golgomatch. Ellos despreciaban a todo el mundo que no consideraban de su clase.

Meda, quien tenía un rostro no sólo hermoso, sino que inspiraba buenos sentimientos, ofrecía un contraste muy apreciable (muy humano) en cuanto a personalidad. Pero su curiosidad iba por el mismo lado.

—¿Cómo te llamas, muchacho?

—Gauthier, ¿cierto?—intervino Joshua, aparentando jovialidad.

Y por alguna razón, ese dato que Megan soltara una risa ridícula, que hizo que los otros la miraran, extrañados. Evidentemente, a ella no le importaba. Debía hallar ese apellido divertido, por algún motivo.

—¡Imagínate eso!—soltó, sin explicarse, todavía retorciéndose de la gracia. Y se dirigió a Ryan, perdido con su hija en un mundo de avecillas de colores—Sería gracioso, que tuviéramos un Laith Gauthier en casa. Le diré a tu hermano que no quisiste acompañarme a la mansión familiar, porque tenías un reencuentro con su peor pesadilla. ¡Mataría a toda la servidumbre! Por favor, Ryan, por favor. Hazle el favor a tu hermana. No quiero que mi elfo deje de servirme el café. ¿No puedes hacer un pequeño esfuerzo, mi querido? Este lugar apesta, de todos modos. Este lugar, este país. Esta gente. ¡Por favor, corazón! Por una vez, piensa en algo que no seas tú mismo.

In-có-mo-do.

Ryan se puso en pie, finalmente, lo más fresco. Como si todas esas quejas sobre su persona, le rebotaran. Y entre que le tendía a Laith su pajarillo, como si nada, agregó, tranquilamente, un poco sonriendo:

—De hecho, él es Laith Gauthier, Meg. ¡No creo haberlos presentado antes!—¿Por qué sonaba entusiasmado?—Por favor, Laith. Ella es mi hermana. Hermana, él es… Bueno, tú lo has dicho. Pero considero que es injusto que lo culpes por la futura e incierta muerte de los elfos de la mansión Golgomatch. ¡Y Meda! Ella es la madre de mi hija. Y sí, esta niña bonita tiene mis genes (di ‘hola’, cariño, no seas tímida), ¿te lo puedes creer? ¡Y Joshua! Bueno, tú ya conoces a Joshua. Por favor, Laith. He quedado contigo. No tienes que irte a ninguna parte. Me sentiría mal si te cancelara. Después de que hayas accedido a mi petición egoísta, así que…—Miró al resto con una gran, gran sonrisa, en su cara de rubiales encantador, e hizo un gesto resignado con las manos abiertas. Claramente, los invitaba a marcharse—Creo que, ¿podremos encontrar otro momento para… lo que sea que es esto?

—¿Me estás echando a MÍ?—exclamó Megan, apuntándose a sí misma con violencia—¿De verdad, mi querido?

—Meg, cariño. Te amo, pero ya sabes cuál es mi respuesta a eso, y a todo el asunto de la familia en general. Y no cambiaré de parecer. Si mi hermano quiere hablar conmigo, siempre tengo la puerta abierta para él. De hecho, me gustaría mucho verlo. Díselo, por favor. Que venga. Lo extraño con todo mi corazón. Lo siento, Meda, siempre termina arrastrándote en esto.

Meda soltó una risita que molestó a su cuñada y sonrió, amable.

—No hay problema. Me divierto un poco a tu costa, la verdad. Veníamos de compras para cosas para Bri, pero nos desviamos un poco. Te veremos en otra ocasión. Vamos, mi bonita. Dile adiós a Ry por ahora.  

Se iban marchando. Ryan se despidió de su hermana con un abrazo y un beso muy efusivos a los que ella fingió no reaccionar, pero se dejó hacer soltándole toda serie se reproches solapados, sin dejar de lanzarle miradas furtivas a Laith por sobre el hombro de su hermano. La niña besó a Ryan, colgada de los brazos de su madre, y seguidamente papi y mami se despidieron con un beso tierno en la puerta. Y entonces, quedó Joshua, rezagado a propósito. Pero sin mucho éxito.

—Puedo volver más tarde, si estás de acuerdo en que…

—¡Mi favoritos!—Ryan se chupaba los dedos, habiéndole dado un mordisco a uno de esos bocadillos traídos por Joshua. Degustando todavía el dulce en su boca, agregó—: ¡Gracias por haber venido! Me había quedado sin nada para convidar a mi invitado. ¿Te gustan de estos Laith? ¡Espero que sí! Se me caería la cara de vergüenza si no tuviera nada que ofrecerte—No tenía vergüenza, para empezar—. ¡Gracias, Josh! Lo disfrutaremos un montón. Te compensaré por esto. Puedo mandarte una caja de algo en cualquier otro momento. ¡Adiós!

¡Y cerró la puerta, finalmente!

—Lo siento, por eso—dijo, recargando la espalda contra la puerta y obsequiándole con una breve sonrisa—Así que. Si tu amiguito no planea matarme en el mientras tanto, puedes ocupar mi escritorio. Yo no te molestaré, lo prometo. Deja que te alcance la caja. Fueron unas cuantas cartas, ¿sabes? Y si quieres algo, sólo pídelo. Estaré con estos chicos—agregó, refiriéndose a sus cocodrilos—. Ya es hora de lavarles los dientes, después de todo. Como sea. Si quieres algo, sólo puedes tomarlo.

Era tan extraño. Todo eso. Pero él actuaba tan natural. E hizo como dijo, prácticamente se limitó a sí mismo y a sus quehaceres, sin hablarle. Hasta que pasó la hora, y desde el sofá, donde se había tirado a leer un rato, levantó la mirada en su dirección. Mira que tenía que ser acosador. Y, qitándose las gafas, preguntó:

—¿Seguro que lo llevas bien?
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Dom Dic 31, 2017 8:06 am

No le gustó nada lo que vio, una casa llena de gente con la que no le apetecía en lo más mínimo convivir. Robín, sin embargo, su caballero emplumado, decidió que era un gran momento para poder atacar a una supuesta competencia yendo directo a picotearlo, revoloteando en su encierro como si se creyese capaz de acabar con un humano completamente adulto (al menos físicamente). Su piar desesperado y los araños con sus patitas demostraban lo mucho que buscaba resistirse a aquel obligado encierro, ¡si es que había que estar locos para encerrarlo así!

No te atrevas a hacerle daño, él… —trató de excusar al avecilla, invitándose a la casa del otro pasando para recuperar a su… ¿era correcto llamarlo mascota? Con toda seguridad eso ofendería muchísimo a Robín. Pero la voz de Ryan lo silenció cuando le mencionó que había hecho amistad con un colibrí. Ignoraba a la perfección todas las miradas encima de él, tan acostumbrado a tenerlas, incluso si eran desagradables e inquisitivas. — Es… algo celoso, cariño, no creo que sea lo mejor, tiene un carácter muy fuerte —le explicó a la niña con esa suavidad tan suya, una calidez propia de Laith cuando trataba con niños pequeños, tanto que el cariñoso apodo le salió tan natural que ni siquiera se dio cuenta de ello.

Estaba metido en una zona de guerra que no le gustaba. Fue educado, no obstante, respondió al saludo de Joshua con cortesía y devolvió la pregunta sobre su estado. No pasaba desapercibidas las miradas que tenía encima, pero el sanador parecía inmune a ellas. Inhalaba profundamente de forma discreta y respiraba despacio para mantener la calma. Miró a la mujer que tan hostilmente cuestionó sobre su identidad, que hacía un enorme contraste con la otra mujer, más amable al parecer, las dos interesadas sobre su nombre. Joshua, por su parte, se encargó de presentarlo de algún modo. Lo que no le hizo ni pizca de gracia fue la detestable risa de la mujer, la primera, sí.

¿Estaba diciendo que él era la pesadilla del hermano de Ryan? ¿Él precisamente? ¡Qué cara tenía para decirle eso! Iba a tomar la palabra de no muy buenos modos, tanto como podía ser el hombre más dulce en la faz de la Tierra, también tenía un carácter igual de fuerte que Robín, incluso peor se atrevía a decir. Recibió al pajarito en sus manos, calmándolo y calmándose al mismo tiempo, que por Robín le iba a quitar con el piquito todos los pelos a esa vieja bruja. Todos y cada uno de ellos, en la defensa de su conquista. Mira qué caballeroso animalito.

Ryan, se nota que no soy bienvenido aquí así que… —¡pero ese hombre no sabía escuchar, que lo interrumpía descaradamente, presentándolo! ¡Como si esa mujer, la hermana, no pareciese que lo quería ahorcar con sus propias manos! Escucha a la gente cuando te habla, hombre. — Ryan —trató de hacerse escuchar, pero era inútil, mientras más lo intentaba ese hombre más lo interrumpía, diciéndole que se quedara. En serio alguien tenía que enseñarle a ese palurdo a escuchar a la gente cuando le habla.

¿En serio va a estar todo bien? Creí que tu hermana me iba a asesinar o algo, y ese chico, Joshua, no va a estar feliz tampoco —enarcó una ceja, los malos modos de Ryan lo decían todo, aunque con lo tajante que había sido casi le alegraba. Una parte de él, más orgullosa, casi se burlaba de la cara de la hermana de Ryan al ser echada por tener él prioridad por encima de ella. — Creo que estás cometiendo un error y lo sabes, ve a revisar eso que huele a quemado; y tú deja de intentar matar a las criaturas que te multiplican por más de mil el tamaño, ¿me entiendes? O te haré esperar fuera —primero se dirigió al rubio, luego al pajarito todavía entre sus manos que pareció comprenderlo completamente.

Robín, al ser liberado de su encierro, miró fastidiado a aquel enorme enemigo, orgulloso y soberbio, como si intentase decir que Laith le protegía a Ryan de él y no al revés. Como si pudiese hacerle más que unos pequeños picotazos y araños. Voló hasta uno de los adornos de la casa donde se quedó tranquilamente parado, vigilando. Menuda forma de empezar el rato. Se apretó el puente de la nariz mientras caminaba al escritorio de Ryan, pero algo lo detuvo antes de poder ocupar el asiento que lo decoraba. Su mirada se desvió a los cocodrilos, esos de los que tanto había escuchado hablar y nunca había visto hasta entonces. Eran hasta divertidos. Y con esa arrogancia del sanador que puede curar sus propias heridas, acercó una de sus manos a uno con cuidado, esperando que se dejasen acariciar. Si lo mordían no pasaba nada, se curaba y todo listo.

Lindsay te envió bizcochos. O algo así —en realidad se había comido varios en el camino, pero eso no importaba demasiado. El caso era que mientras Ryan iba por la caja de las cartas, él hacía migas con los cocodrilos que parecían ser buenas. Las aves congenian en mutualismo con los cocodrilos después de todo. Robín era quien no estaba nada feliz con el asunto, pero eso no parecía molestar a Laith. — Es linda. Tu hija, ni siquiera se parece a ti —dijo. Claro que se parecía, pero la niña le parecía encantadora. Ryan… no demasiado. — No me quedaré mucho —añadió, levantándose por fin y dejando los bizcochos en el escritorio mientras tomaba asiento para ver las cartas.

Esperó a que Ryan le dejase de prestar atención antes de coger la primera carta, inhalando y suspirando de nostalgia. Podría reconocer esa caligrafía donde fuera, letras medianas, equilibradas y con poco espacio entre cada letra, completamente rectas y unidas entre sí. Las vueltas entre las letras que las precisaban eran estrechas y algo rígidas. La había descrito por completo incluso antes de abrirla, sólo por la información del remitente. “Clark Gauthier, pocionista”, leía la carta, y su dirección de Canadá, de aquella casa abandonada por su único dueño. Finalmente la abrió, casi olvidándose cuál era el objetivo principal. Se olvidó que hablaba de Ryan Golgomatch. Clark era un hombre cálido, pero racional y muy metódico, paternal con casi todo el mundo aunque desconfiado con la gente a su alrededor. Una hermosa contradicción que Laith recordaba con mucho cariño.

Después de todo, era el hombre que había hecho de él lo que era. Cada paso que había dado, incluso cada respiración que tomaba, sentía que era por su causa, una obra de arte a veces abstracta que seguía en pie. Leyó cada una de aquellas cartas, los consejos, algunos absurdos con los que estaba seguro que sólo pretendía molestar a su destinatario y otros serios así como útiles. La forma en que se expresaba de él, casi lo escuchaba diciéndole que era un orgulloso, un testarudo y que era difícil disuadirlo de hacer las cosas. Cuántas veces se lo dijo en vida. Una voz lo sacó de su ensimismamiento, de su baúl de los recuerdos, la de Ryan. Ni siquiera escuchó qué dijo, tardó en procesarlo.

Intentó hablar y de sus labios no salió nada. Entonces reparó en el nudo que tenía en la garganta, pronto lo hizo también con el ardor de sus ojos y con las lágrimas en ellos que resistían a caer. Tan testarudo. Aclaró la garganta, intentando recomponerse mientras secaba sus ojos. — Sí, por… por supuesto, bien, estoy bien… Tengo que irme —dio un vistazo a la carta en su mano antes de doblarla con cuidado y regresar a su sitio. Aún faltaban más, pero de pronto se había sentido bastante tonto. Robín, desviando su atención del enemigo, miró a Laith y casi al instante voló a su hombro, restregando sus plumitas contra su cuello. Como el efecto de un abrazo que no le permite a uno ser fuerte, la humedad presa en su mirada cayó, apresurándose a enjugarla con su manga. Y aunque dijo que se iría, no se levantó.
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Ryan Goldstein el Lun Ene 01, 2018 9:41 pm

—Esa es Mandy—presentó Ryan, volviendo de la cocina luego de confirmar que, en efecto, de su intento de postre delicioso, sólo quedaba carbón. No podía disimular con que estaba encantado de que consintieran a su chica favorita. Es que, la gente solía ser tan reacia con sus mascotas—Y el que corre hacia ti, es Joey—agregó, esta vez, depositando con cuidado sobre la mesa del escritorio un cofre de madera que había tomado de un armario—No te andes con cuidados, son afectivos. Y a Mandy le gusta que la carguen.

La casa de Ryan era, lo que se dice, ‘ecléctica’, en cuanto al decorado: cada uno de los bártulos que acumulaba parecía encerrar una historia de otro país, cultura o tiempo. Te daba la sensación de hallarte apretado entre máscaras africanas, plantas de interior, alfombras turcas, estatuillas de ídolos, relojes y demás variedad de objetos, salidos de vaya a saber qué viajes. Ni qué decir de los libros. El hombre era, sin lugar a dudas, un ‘acumulador’, y adivinabas que de hallar un baúl mejor sería no abrirlo y descubrir que podían saltar cachivaches que de estar tan apiñados volarían como catapultados por un resorte. En conjunto, tenía cierto aire acogedor, si olvidabas el pequeño detalle de que podías esperarte cualquier cosa saliendo de entre los rincones.  

—¡Me encantan los bizcochos!—comentó, distraído, bordeando la mesa, por comentar. Pero en verdad que le encantaba el detalle. Pobre iluso—¿Algo así?—repitió lentamente, divertido. Y estuvo por decir: “Oh, sí, Mandy es la más linda”, o algo por el estilo, cuando ante el comentario sobre los similares y la apariencia, fingió una mueca ofendida con aire cómico y soltó, enseguida, remarcando lo obvio—: ¡Soy lindo!—“Soy lindo también, es hereditario”. Y así es como se legitimaba a la descendencia, por el encanto. Y agregó—Sí, eres bienvenido a quedarte cuanto quieras y a irte cuando quieras—Ryan le robó un bizcocho y se lo llevó a la boca antes de dejarlo en paz y seguir con lo suyo.


Tengo que irme.


—¡Por supuesto!—Ryan se incorporó, solícito. Lo miraba desde el sofá e hizo un alto por un momento, atento y silencioso a las reacciones por las que Laith estaba atravesando. Robin fue más rápido y volando fue a acurrucarse junto a su ¿alma gemela? Ryan se permitió observarlos y entreabrió los labios con curiosidad. No parecía conmovido. Sólo curioso. Entonces, de un enérgico movimiento, saltó de la comodidad del sofá y, con poco o nada de tacto, fue a poner el culo sobre el escritorio y hurgó él mismo en su cofre, buscando por algo—Espera, espera…—No lo miraba—¡Aquí está! Pienso que no has visto esta. De hacerlo, hubieras gritado.

Era una foto, lo que colocó frente a los ojos del canadiense. Oh, esa mala fortuna que tienen los niños cuando los adultos se ensañan con lo adorables que se ven de niños, sin pensar en el pudor o siquiera en lo que significa la palabra ‘vergüenza’, pero que era algo que sentías agolparse en tus mejillas cuando alguien era testigo de lo inoportunos que podían ser los adultos que te amaban y de las fotografías, ¡esas horrorosas fotografías que no tenían ni por qué existir, pero lo hacían, EXISTIR!

—Oh, oh, oh, no—dijo Ryan, retirando la foto de su alcance—Creo que me guardaré esta. Es una de mis favoritas. Oh, verás. Convencí a tu abuelo de que estaba haciendo un álbum del recuerdo o algo así, y creo que pensó que tú lo hallarías gracioso que yo tuviera esta. Oh, ¿pero sabes? Yo creo que sales adorable aquí. No te preocupes, está en buenas manos. Y espera, antes de irte, ¿me dejarías envolverte los bocadillos de Joshua para que se los lleves a tu amiga, Lindsay? Como agradecimiento por los bizcochos que tú te acabaste. Porque aunque te los comieras todos tú solo (excepto uno), estaban ricos, después de todo.

¡Hacía lo que quería!, ¡y hablaba cuanto quería! Ryan se apartó y de camino a la cocina, realizó un gesto rápido con la varita y la puerta que daba al pasillo se abrió ¡de repente! Pero no reparó en la caja que se movía. Era la misma caja que le había traído su buen vecino, Karl, un paquete enviado por Perico. Y a ese hombre le gustaban las bromas. En defensa del pobre de Perico, él sólo había querido asustar un poquito al vecino aburrido de Ryan. Desgraciadamente, a veces no medía las consecuencias y sus bromas podían llegar a ser muy pesadas, hasta al punto de parecerse más a una pesadilla que otra cosa. Ryan se había olvidado completamente de la mentada caja y esta había permanecido inmóvil en un rincón, hasta que empezó a temblar, como si tuviera algo dentro que estuviera muy, muy inquieto. Hasta que se abrió. Y lo que salió de la caja fue.

¿Cuál es tu peor miedo?, ¿qué es lo que el boggart de la caja te mostraría a ti?

Ryan llegó de la cocina, y cuando lo hizo, el boggart lo encaró y se transformó en un reloj de bolsillo que con un golpe sordo cayó al suelo frente a sus ojos, muy tranquilos, helados, muy sorprendidos.

psss:
Ok, tengo sospechas sobre qué vería tu chico, y pobrecito, lo siento mucho. Y lo que es más, sospecho MUY fuertemente que va a salir corriendo (Ryan ya le abrió la puerta, de caballero que es), ¡así que no te detengas! ¡Corre, corre y corre! ¡CORRE FOREST!

Te atrapo luego.

Ah, y otra cosa. ¿Te parece arrancar con los episodios de Laith en que recuerda trozos de lo que pasó en África, etc.?, ¿o preferís no ir por ese lado? Como quieras. A mí me gustaría una trama en la que Ryan le ayuda a recuperar sus memorias, porque, no sé si te lo conté, pero. Como que está súper la trama (?), y el final es BOOM.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Miér Ene 03, 2018 11:27 pm

Era, como poco, inusual que alguien tuviese de mascotas dos cocodrilos. Pero en realidad no es que le importase demasiado, ya estaba acostumbrado a ello, probablemente por el tiempo de secuestro que tanto escuchó al respecto. Mandy y Joey eran sus nombres, mientras los acariciaba hasta el momento en que el cofre de las cartas que dejó en el escritorio. Su atención trató de concentrarse en aquellas cartas, pero la verdad no estaba ya tan seguro de querer leerlas. Por ello comentó sobre los bizcochos y sobre la hija de Ryan antes de hacer nada, cruzándose de brazos con un breve suspiro cuando preguntó sobre los bizcochos.

Lindsay es… especial —le contestó. Creía que si ella no supiera que Laith acabaría por comérselos, les hubiese puesto laxante o algo parecido. — No lo eres, Golgomatch —le contradijo cuando éste mencionó lo lindo que era, asintiendo con la cabeza antes de ponerse a leer las cartas. Cada una de ellas le daba más emociones encontradas que parecían una ola que podría ahogarlo. Hay heridas que ni siquiera los sanadores no saben curar, y si no se dejan cerrar acaban por ser una dolorosa muestra de sentimientos que todavía hieren. Si el pasado duele, es porque aún no es pasado.

Su mirada se empezó a nublar y entonces llovió, las lágrimas se le escapaban mientras más intentaba secarlas, Robín no se lo estaba haciendo fácil aunque el pajarito tenía sus mejores intenciones. Estaba consiguiendo calmarse, decidido a marcharse cuando Ryan llegó a sentarse al escritorio, a ver lo que había en el cofre para mostrarle algo. Una fotografía que iba más atrás del alcance de su memoria y que entonces intentó arrebatar de su mano golpeando el aire, pero el otro no se lo permitió. Le estaba doliendo la cabeza, por eso no le gustaba llorar.

Dame eso acá, ¿sabes que puedo demandarte por tener esa foto? ¿Qué mierda haces con una fotografía así? —quería confiar que su abuelo JAMÁS le enviaría algo así a un adolescente estúpido, debía haber sido una mala broma de algún conocido, pero su abuelo al menos era un hombre respetuoso que no iría divulgando ese tipo de fotografías y menos por correspondencia, donde pueden acabar en las manos de cualquiera. — Ryan, Ryan, cállate cinco putos minutos, ¿puedes? —le pidió, cada segundo más irritable, arrancando la fotografía de sus manos para arrugarla en su puño y guardársela él. Estaba mareándose de tantas idas y vueltas.

El hombre le dio un segundo de paz al marcharse camino a la cocina, un segundo solo. Laith no fue consciente del movimiento de la caja sino hasta dentro de un rato, cuando el movimiento era tan agitado que de ella salió no una sino dos criaturas. Era un erkling, una criatura más parecida a un duende que se conocía en algunas culturas por comerse a los niños. Una que Laith, en un punto de su vida demasiado joven para apenas saberlo, había enfrentado y salido a duras penas bien parado de la situación. Y este cabalgaba una criatura mucho más desagradable, una acromántula enorme, su terror era pues aquella conexión de criaturas yuxtapuestas.

Buscó su varita y al encontrarla, lo que hizo fue lanzar un hechizo que explotó en algo tras la criatura, que consiguió por los pelos alejarse. Lo que hizo entonces fue levantarse de su asiento y, cogiendo a Robín que era diez veces más valiente que él y quería luchar, se largó de ahí corriendo. No tenía tiempo, ni ganas, ni estabilidad mental para aquello. Más que nada, porque su mente traía un solo recuerdo. Aquella vez, en Alemania, tras el intento de comérselo de la bestia, quien había estado para consolarlo fue el hombre de las cartas. Odiaba su mente tan débil que no se superponía a sus pensamientos.

Acabó, finalmente, sentado en una banca. Un cigarro en la mano y su teléfono móvil en la otra, escribiéndole mensajes a Lindsay para hacerle saber cómo había ido todo. Estaba inquieto y se seguía preguntando qué mierda hacía una criatura así en casa de Ryan, pero trató de no darle de más vueltas. Tenía consigo la fotografía que quemaría con su mechero al recordarla, para que las cenizas no dejaran a nadie reconocer la imagen que antes poseía. Audífonos en los oídos y The Script de fondo. Quería un café, un vaso de whisky y dormir dos semanas. Era la primera vez en mucho tiempo que se resentía de las largas horas sin dormir del trabajo.
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Ryan Goldstein el Jue Ene 04, 2018 1:29 am

Ryan suspiró ligeramente y apoyó la bolsita de bocadillos (ahora un despropósito) sobre el escritorio, antes de agacharse y tomar el reloj del suelo con toda la parsimonia del mundo. El ruido que había escuchado desde la cocina había resultado ser su mueblería destrozada. Y lo entendió todo en el momento, cuando vio cómo aquel bicho se transformó rápidamente en… una réplica exacta de su propio reloj de bolsillo, que dicho sea, llevaba consigo en ese instante. Ryan Goldstein tanteó el peso del reloj falso en su mano,  mientras pensaba. Conque un erklin montado en una acromántula.

Que niño.

No pensó en chequear el pasillo o seguirlo, porque asumió que habría desaparecido. Le mandaría una lechuza de disculpas. Disculpando a Perico, claro. Pero no inmediatamente. Luego de cerrar la puerta con un pie y encargarse de sellar al boggart en un frasco mediante magia, lo primero que hizo fue tirarse en el sofá llevándose una mano al rostro como visera y desarmarse perezosamente con un largo suspiro.

Sonrió.

Había disfrutado como idiota tenerlo alrededor y sólo mirarlo. Le gustaba la compañía. Sólo estar. Y había aprovechado la primer excusa que tuvo sólo por un poco de tiempo con él. Porque era así, idiota. Pobre el que no pueda sentirse de esa manera de tanto en tanto. Si fueras a morir, por ejemplo. Y todos vamos a morir en algún punto de nuestras vidas. Se sentiría bien mirar atrás y saber que. Hubo personas que te hicieron sentir un poco enamorado.

***

Había un hombre, joven, en una banca. Fumaba. Ella se acercó y tomó un lugar junto a él. Caía la tarde. Ella era una niña, delgada y pequeñita. Y qué coqueta, mira que llevar lentes de sol. La primer regla de todo infante es: “No hables con…” Pero, ay.

—Hola—saludó, levantado los lentes y colocándoselos a modo de vincha. Lo miró sonriendo con los labios apretados. Seguidamente, se entretuvo meciendo sus piececillos con las manos sujetadas del borde del banquito. Lo miraba a los ojos con una insistencia poco común. Pero así eran los niños de curiosos, a decir verdad. Lo que sí, la expresión en su mirada era la de una niña profunda e inteligente. ¿Dónde estaría su madre?—¿Puedo escuchar?—preguntó, educada, señalándose los oídos a modo ilustrativo de: EY, QUIERO TUS AURICULARES, AMIGO.

Al rato, siguió metiendo conversación.

—¿Por qué la quemaste? Esa foto. ¿Salías feo?

Si mirabas de un lado al otro, incluso así, no hallarías a nadie. ¿Es que estaba bien que una niña como ella anduviera por su cuenta caída la noche?

—Estoy bien. Voy a la casa de un amigo. De verdad, estoy bien.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Vie Ene 05, 2018 5:09 am

La gente dice que nunca es tarde para hacer las cosas y, la verdad, es que están muy equivocados. Muchas ocasiones, se hace tarde y algo que debería ocurrir interrumpe su proceso y jamás se completa. Cuando no se encaran las cosas, permanecen en un punto congeladas y cada día que pasa es un poco más complicado. Si pasa un día, será difícil. Los años pueden volver imposible algo que en principio era totalmente posible. Ocurre con las heridas que dejan los eventos que hacen daño, con los miedos y con las personas. Si uno no coge al toro por los cuernos, puede que la oportunidad caduque. Laith lo sabía bien.

La voz del vocalista lo calmaba, la mirada perdida en la fotografía mientras fumaba hasta que ésta desapareció hecha cenizas, volando en el viento que se la llevó al olvido. Al menos el tiempo antes de una interrupción para sus pensamientos, una niña más bien pequeña, con lentes de sol. Se quitó uno de los audífonos para escucharla, esperando que le preguntase algo comprensible, como una dirección o si había visto a alguien, dada su edad. Dio un rápido vistazo pero no encontró a nadie, ninguna persona que pareciese ser acompañante de la jovencita que lo intervenía.

¿Qué tal? —preguntó con cortesía, parpadeando. Dudó unos segundos antes de suspirar y quitarse el otro audífono, entregándoselos pero sin soltar el teléfono. Oye, no quería que lo asaltara una niña. Y estaba tranquilo, pues estaba en zona nomaj. Dead man walking era lo que estaba sonando en ese momento. — Sí, salía feo —le respondió a la curiosidad infantil, todavía buscando a alguien. — ¿Estás perdida, nena? ¿Tus padres están cerca? —le preguntó, incapaz de ignorar a una chiquilla sola a esas horas de la tarde, donde pronto comenzaría a oscurecer.

No es que pensase que la chiquilla no era inteligente, su mirada parecía decirlo, era una mirada adulta con la curiosidad infantil, una extraña contradicción. Pero no le gustaba pensar que había gente tan descuidada que dejaba a una niña salir sola a esas horas, había algo dentro de él, un instinto paternal que no le permitía ignorarlo y meterse dentro de sus propios asuntos como la gente normal lo haría en su situación. No tenía nada de “persona normal” con lo mucho que entregaba, siempre queriendo que los demás lo tengan todo. La media no era así de altruista.

¿Te molestaría si te acompaño a casa de tu amigo? Sólo para asegurarme que llegues bien, no puedo dejar de pensar que algo malo puede pasar así que… Sé que es raro, pero no haré nada —le preguntó al final, mirándola y esperando su respuesta. — ¿Es muy lejos de aquí? —le preguntó, poniéndose de pie y guardando su teléfono junto con sus audífonos dentro del bolsillo interno de su chaqueta. Tocó sutilmente su manga derecha para asegurarse que la varita estuviese ahí escondida, donde siempre que usaba manga larga la tenía. No pensaba aceptar un no por respuesta.
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Ryan Goldstein el Jue Ene 11, 2018 11:40 am

Era una tienda de música, y Emma lo había arrastrado hasta allí a través de la cuadra iluminada y concurrida que era parte de la misma manzana. Un poco porque tenía un andar decidido y seguro que era difícil no seguir (o intentar alcanzar, como esos avioncitos de papel que se te escapan con el viento), otro poco porque era así de compradora. Los locales abiertos, el rumor del gentío muggle, el vibrar de los celulares. Ese otro mundo de trajín los envolvió en la piel de la vida nocturna, esa de las farolas encendidas y los artistas callejeros en la plaza. Al salir del MUSIC SHOP —pequeña parada que la muchachita había dicho que era importante—, la rubia siguió en sus trece, con esa manía de hacer lo que le viniera en gana (se la notaba muy independiente para su edad) y se acercó a un músico apostado en la plaza y sentado en un taburete que tocaba la guitarra. Le dejó unas monedas, hablaron e hicieron buenas migas enseguida, como con el dueño del local, quien había quedado encantado con su afición por los géneros musicales de todos los tiempos.

Esa, sosteniendo la guitarra, es Emma.

¿Qué tendrá esa voz de niña?, que toca la fibra de las emociones con esa delicada caricia que tienen las lágrimas cuando son generosas. Los ojos, están puestos sobre ella. Alrededor, se han sentado en el suelo sólo para escuchar su tríada de canciones. Son los transeúntes, que se detienen con curiosidad. No es gran cosa. Sólo un rincón. Un puñado de corazones en la misma sintonía. Y lo es todo al mismo tiempo. Canta, y se funde con los rumores de la calle. Nadie repara más que en el sentimiento. Es sólo el punteo de la guitarra, pero qué bien acompaña a esa vocecita segura y viva, a esos ojos mansos y amables y dulces.

Emma apartó sus manos de las cuerdas y aun así la música no moría.

Al concluir la última canción (un cover de Everybody Wants To Rule The World), y sólo después de una pausa expectante (esos segundos, que son buenos para el alma), volvió el rumor de las voces y se abrieron paso los aplausos y los silbidos de entusiasmo. En fin, se dijo que era sólo una niña y mira qué bien cantaba a la par que tocaba la guitarra.

—¡Tienes que estar orgulloso de tu sobrina!—le cuchicheaba el dueño del local, Horace, hombre barbudo y simpático, con más piercings que cara. Había salido de detrás de su mostrador especialmente para escucharla—¡Tiene talento! ¿Por qué no me visitan más a menudo? ¡Es una niña tan encantadora! Y esa manera de mirarme a los ojos y decirme que “La vida es dura”. No lo sé, amigo. Es una chica especial. Buena suerte, para ambos. ¡Vuelvan cuando quieran!

***

Relleno (?):

Esta parte es RELLENO. La idea surgió de querer retratar pequeñas escenas que pudieran darse a lo largo del tiempo que estuvieron juntos. Podés usarlas como no. Y podés crear otras escenas, o podemos rolear un salto temporal sólo entre Laith y Emma. Lo coloco como "relleno" porque realmente se siente como rellenoXD En fin, qué sé yoXD Beso :3

Un niño tiene preguntas para todo. Si te dejas llevar por su curiosidad, acabarás dudando de lo que sabes y te darás cuenta de que hay otras muchas cosas de las que no sabes nada. Emma es una niña inteligente e intuitiva que tiene una opinión sobre todo. Se detiene a observar los rostros de las personas, y le habla a Laith sobre ellas. Le cuenta cómo imagina sus vidas, narrándole historias jamás escritas. Tiene mucho que contar, porque también sabe detalles curiosos sobre las cosas menos pensadas. Decía, además, que poseía memoria fotográfica, y jugaba dándole demostraciones: canciones, páginas enteras de libros, el número de pecas de una pelirroja que pasaba por ahí. Y así, cosas por el estilo.

Es que así era siempre con los niños, te dejaban de cama.


Espiral

—¿No me crees?—Su incredulidad era la única cosa en toda la noche que parecía haberla sorprendido—Lo tengo, aquí—dijo, volteándose y alzando las hebras finas de su cabello. Y ahí estaba, por debajo de la nuca. Un tatuaje con forma de espiral. Las curvas se enredaban hasta llegar al centro, como el mapa en miniatura de un laberinto circular—. Así es como veo la vida: como un laberinto. Y pienso que todos los caminos, nos llevan al mismo lugar. Lo sé. Da miedo, ¿verdad?

Secreto

«Es exactamente como Ryan lo recuerda. Eso está bien.
Siempre quise conocer a su “clave secreta”*, cara a cara».

—Gracias—Emma miró su copa de helado, con muda ilusión. Era muy comedida a la hora de mostrar sentimientos. No los mostraba para nada. Pero era una niña y a los niños les encantan los dulces, eso es sabido. Antes de tomar la cuchara y zamparse el helado, sin embargo, hizo a un lado la copa y se encorvó hacia adelante, con las manos entrelazadas sobre la mesa. Que postura más adorable—. ¿Quieres saber mi secreto? Me escapé de… casa. Para ver a mi amigo. Es importante que lo vea. Pero no es fácil para mí decirle lo que tengo que decirle. Tengo dos noticias: una buena y una mala. ¿Alguna vez has tenido que dar malas noticias? Yo siento que no podré. ¿Tú crees que puedas ser mi amigo después de todo, esta noche? Me sentiría mejor, si sé que no estoy sola. Y sé que a él le gustaría también, tener a uno más en la mesa. Es muy simpático, ¿sabes? ¡Y le acertaste! Mi sabor favorito es la vainilla.


Reloj

—Mi miedo más real—soltó, mirando hacia arriba, parada frente al poste de un reloj. Se había detenido allí, sin aviso, casi la perdías—, es la muerte de las personas que quiero. Lo sé. Todos tememos a la muerte. Pero, en mi caso—Hizo una pausa—Cuando perdí a alguien que quería mucho, mucho. Perdí una parte de mí. Piensa en un rostro que fue tuyo una vez, pero que ya no eres capaz de reflejar en el espejo. Nunca más pude recuperar ese rostro*. Así me pasó a mí. Se siente… es tan feo de sentir. Pero se siente como morirse.

*En su caso se refiere, a que como metamorfomago, jamás pudo volver a adquirir la apariencia de ese otro que era cuando conoció a “esa” persona. Metafóricamente, murió cuando esa persona “pasó a otra vida”. ¿Quién sabe? Puede tratarse incluso del que fuera su verdadero rostro.

*Sobre lo de 'clave secreta', te lo comento por MP :pika:


***

—Es mejor que sentarse solo en un banco quemando tu cara, por feo—comento de pronto, con un acento de humor. Y añadió rápidamente, encantadora—: Eres muy dulce Laith, por dejarte traer—Iban caminando por el lado de la acera. Por fin, había accedido a llevarlo a la única dirección donde podrían hallarse respuestas sobre quién eran los responsables, a qué madre preocupada había que llamar, y por qué permitían que una niña anduviera sola por la vida. Ella llevaba su bolsita de compra como toda una señorita compulsiva de ciudad. Los lentes negros le conferían un halo de personilla importante y coqueta. Algunos de los transeúntes que se la cruzaban al pasar se sonreían al verla. La compra era un regalo para su amigo, según decía. Y continuó—: ¿Eres así siempre? Porque los niños podrían aprovecharse de ti. Mi amigo es un poco así, pero. Es más probable que él termine aprovechándose de los niños y no al revés.—¿¡Qué clase de persona terrible sería esa!?—¡Oh, hemos llegado!

Era el mismo edificio, si mirabas con cuidado, EL MISMO.

Ey, sólo mira el lado positivo. Ya conocías el lugar, sabías por dónde era la salida por si había que salir corriendo. Y además,  TODAS LAS PUERTAS ERAN IGUALES. ¿Qué chances había de que…? Era imposible que fuera exactamente esa la puerta, exactamente ese el pasillo, exactamente…  ¿El número del departamento? Sí, puede que fuera el mismo. O no. Es decir, no necesariamente tenía que ser el mismo departamento. Piénsalo: hay un 7A, un 7B, ¡todos se parecen! Era sólo una tremenda casualidad. Y esas cosas suceden. Pero no te preocupes, porque cuando la niña llame a la puerta, y esta se abra, no será lo que tú crees. Es imposible.

—¡Espera!—Emma hurgó en la bolsa que llevaba y sacó un paquetito que le ofreció, con una media sonrisa. Eran, ¿cuerdas para guitarra?, ¿tocaba él la guitarra siquiera?—Porque da buena suerte. Gracias extraño, por traerme hasta aquí.

Y, con la manita tierna, hizo sonar el timbre.

—¡Hola!—Sonrió, como idiota. ¡Así que había vuelto! Ryan había abierto la puerta de un tirón. Tenía los ojos rojos y llorosos. No parecía preocuparle. Se enjugó las lágrimas con un gesto rápido. Detrás de él, se oían las voces de una película—Me preocupaba que… ¿Te has olvidado algo? Lo siento por…

—¡Tío Ryan!, ¡tengo un nuevo amigo!

Ryan miró hacia abajo. Es decir, más abajo. No reaccionó y Emma se abalanzó en un abrazo, rodeándolo por la cintura, o hasta donde era capaz de llegar. El rubiales, siempre tan campante, esta vez quedó de piedra, ¿nervioso? Diríase que era un hombre culpable. Miró a Laith, negando ligeramente con la cabeza, miró a Emma, sin saber qué expresión elegir, y luego, sólo sonrió.

—¡Bueno! Esto es… —Miró hacia abajo, encantado—¡Me da mucho gusto verte! En verdad. ¿Te has hecho un nuevo amigo?—agregó, dedicándole a Laith una silenciosa, entrañable mirada—¿Por qué no te despides? Parece agotado, ¡vamos a darle un respiro! Y tío Ryan tiene un par de cosas que hablar contigo, pequeña traviesa.

—¡Pero cocinaré!, ¡y él me prometió que…!—Era increíble, que su tío le hubiera quitado su lado más infantil. Sin embargo, a pesar de la emoción inicial, volvió a recuperar la actitud moderada y retraída, y lentamente bajó el rostro. En el acto, se colocó los anteojos negros y miró a Laith de reojo, a través de los lentes oscuros. Y con una vocecita entrecortada y la carita gacha, se despidió—: Ha sido divertido. Siento haber sido un estorbo. Adiós. Que tengas buenas noches.

Ryan la siguió con la mirada en el momento que se escabulló, rápida, hacia el interior del hogar, directo a la cocina, como una pequeña damisela despechada. No lo pudo evitar y alzó la mirada al techo, contó hasta cinco, y soltó un ligero suspiro habiéndose llevado una mano al pecho (tamborileaba los dedos, ¿queriendo calmarse?), antes de volver a encarar a Laith, con una persistente, paciente sonrisa.

—¡Es increíble cómo se dan las casualidades!—Cerró un poco la puerta, dándoles privacidad, antes de continuar—: Me alegro, porque. Sobre lo de antes. Me hubiera dejado mal sabor de boca si no me cruzaba pronto contigo. Era un boggart, lo que viste. Lo siento sobre eso. Sí, era un boggart en el momento y lugar menos indicados. Sé que debió ser. Desagradable, al menos. Y, no pierdo nada con preguntar—agregó por último, cambiando de actitud. Se mostró circunstancial y extrañamente conciliador—: ¿Habrá posibilidad de que me devuelvas mi foto?—MI, decía MI FOTO—No pensé que te la fueras a llevar. Y de verdad que yo…—Lo que fuera a decir, se lo pensó mejor viendo el rostro de Laith—Ok, lo entiendo. Es tuya ahora. Pero, tú sabes. Le tenía aprecio. Era parte de mi baúl. De mis cosas.

Y ENCIMA SONABA RESENTIDO.

—¿No hay chance, entonces? Ok.

DEJA DE INSISTIR, LOCO.

—Bueno, eso sería todo, supongo—Su mirada lo decía todo, todavía pensaba en SU FOTO. ¡Que insistente!—. Oh, ¿puedo alcanzarte los bocadillos para el camino?
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Sáb Ene 13, 2018 11:47 pm

Emma, se llamaba la jovencita después de las pertinentes presentación. No estaba en vena de estar rodeado de mucha gente, pero la muchachita parecía decidida a obligarlo a hacerlo. Se sentía más como para quedarse tumbado todo el día, era lo que le sucedía los días que la nostalgia se le subía en la espalda. Pero la jovencita no estaba de acuerdo, metiéndolo entre grandes grupos de personas. La seguía, por el momento, sin hablar demasiado, mirando el mundo a su alrededor. Se dio cuenta que tenía frío. No le tomó mayor importancia, yendo y viniendo hasta dentro de aquella tienda de música de la que no compró nada, nada le parecía suficientemente interesante. Todavía quería seguir con su aprendizaje del saxofón.

Entonces vino el hombre de la guitarra, el cual al paso le dejó algunas monedas para darse cuenta que Emma tomaba la guitarra para tocarla. Se arrepintió un poco, sólo un poco, de haber cedido a su presión moral y forzarse a acompañarla. Se había recargado con las espaldas en un árbol para mirar, a una formal distancia. Había algo raro en aquella niña, una cosa que le sabía a misterio, pero se dijo a sí mismo que estaba enloqueciendo y no había más motivos para pensar en semejante tontería que su propio aburrimiento. El frío seguía calándole en la piel cuando ese hombre se acercó a él. Una sonrisa cortés, de esas que no prometen lo que no pueden cumplir, basta para despedirse. Estaba perdiendo la cabeza.

El camino fue más bien tranquilo, oía a la muchacha en breves conversaciones, como aquella donde le prometió una memoria fotográfica y le hablaba de la gente. Con un interés que era difícil decir si era genuino o fingido, preguntaba al respecto. Lo cierto era que el sanador prefería la ignorancia. El misterio de no conocer a las personas. Hizo sonar su alarma, sin embargo, un detalle muy particular: un tatuaje. Muchas explicaciones surgieron en su mente, la mayoría provenían de películas, como una niña experimental o cosas parecidas. O alguien que lo estaba engañando. O sufrió un grave caso de negligencia. Y no sabía cuál prefería. Pues la edad de la jovencita era evidentemente ilegal para hacerse semejante dibujo.

A pesar de que su instinto le decía que algo andaba mal, la invitó a un helado. Era cosa de médicos, a veces sólo el instinto era la prueba definitiva para saber qué tipo de enigma médico tenían en frente, así que se aferraban a él tanto como lo hacían del resto de sus conocimientos. — ¿Y no pensaste que alguien podría preocuparse de saber que te escapaste? Quiero decir, no dudo que sea muy importante eso que tienes que decirle, pero tienes que pensar en muchas variables antes de tomar una decisión así, te meterás en problemas —dio una clásica charla de concientización. — Tengo un trabajo que… requiere muchas malas noticias, pero creo que mientras más pronto lo sepa, será mejor —era tan sólo su humilde opinión. — Seguro que lo es, no me vendría mal tener más amigos.

Era eso. La necesidad de tener a alguien, quizá, lo que hizo que entendiese, de algún modo, a Emma. Laith era increíblemente empático y saber aquel dato le había dado justo en la fibra sensible, muy por encima de todas sus sospechas. Y no fue diferente cuando ella mencionó a aquella persona que había perdido, eran pequeños los detalles que a veces pueden crear lazos y por excéntrica que le pareciese la chiquilla, no dejaba de verla de ese modo: como una niña. Bastante rara, sí, pero no por ello diferente a una niña cualquiera de su edad. Pero no quiso mencionar nada al respecto: el frío se estaba yendo, al fin. Sólo le puso la mano en el hombro y sonrió, una sonrisa débil y carente del brillo que siempre le caracterizaba.

En fin, finalmente parecían haber decidido seguir el camino a la casa del amigo de la niña, en medio de conversación. — Deja los hobbies de la gente en paz —la reprendió con una sonrisa ladina, aunque no era ni por asomo pasatiempo suyo ir quemando fotografías. — Es algo con lo que tengo que lidiar… ¿Tu amigo no tiene tu edad? —preguntó sutilmente. Aquello no le había gustado, al menos no la forma en que fue dicho. Y peor iba siendo mientras avanzaban y sentía un déjà vu, había estado ahí hace nada, aunque había perdido el papel donde escribió la dirección de Ryan.

Quería creer que se equivocaba, pensar que realmente Ryan no iba a estar ahí, sino, ¿qué sabía él? Alguien que supiera qué hacer con la aventurera aquella. Sorpresivamente, recibió unas cuerdas de guitarra, sin ser capaz de recordar si, por casualidad, le había comentado que tocaba la misma. Pero le agradeció y acto seguido sonrió, dejándola tocar el timbre. Él tenía, la mayor parte del tiempo, una suerte envidiable que siempre lo sacaba de apuros. Y en otras ocasiones, la muy cabrona lo dejaba siempre en las situaciones más incómodas. Mira tú que aquel amigo que se aprovechaba de los niños no era otro que Ryan Golgomatch, con esa culpa en la mirada.

Laith atrapó como si quisiese matar a un mosquito a Robín, quien le había seguido de cerca todo el camino, que pretendía cómo no atacar al enemigo. — No me interesa —lo cortó repentinamente cuando éste empezó a hablar sobre el boggart, habiendo mirado en silencio el intercambio de palabras entre Ryan y Emma. — Con qué cara me lo pides, no te daré nada —era firme, y además ya no había nada que devolver. — Dijiste que no cogiese ninguna carta y ninguna carta he cogido, pero esa fotografía era mía por derecho —claro, ¿a quién denigraba sino a él? ¡Le pertenecía! — De hecho, me gustaría quedarme, si me permites. Soy un hombre de palabra y le he prometido algo a Emma.

En realidad, más que ser un hombre de palabra (que lo era), estaba preocupado. Había algo raro en toda esa situación y él, como la imitación de trabajador social que era muchas veces, quería llegar al fondo de aquella retorcida situación. Y no quería pensar mal de Ryan, pero los antecedentes que tenía de él no eran la forma de tranquilizarlo más óptima dada la situación.
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Ryan Goldstein el Dom Ene 14, 2018 8:50 am

—Lo que sea que haya hablado contigo—empezó a decir, vaga la sonrisa, entre que negaba ligeramente—No es algo a lo que debas prestarle atención—Había recargado la espalda contra uno de los laterales del marco de la puerta y estiraba una pata levantada que apoyaba en el otro extremo, allí donde la puerta se entreabría apenas y permitía dar una breve ojeada del interior, formando una barricada, ¿a manera de NO TRASPASARÁS? No, sólo casual. Tenía los brazos cruzados por encima del pecho y parecía ensimismado con algún pensamiento, muy absorbente. Esa mirada cabizbaja era muy suya. Esa forma de pasar de todo y de todos, también. O más bien, era lo que aparentaba—Adiós, Laith—cortó de repente, ladeando hacia él un rostro muy decidido a ignorarlo, con la sonrisita molesta incluida. Una, que lo hacía agradablemente entrañable. No para todo el mundo, claro—. Estás cansado. Buenas noches.

Y le cerró la puerta en la cara.

De la cocina, llegó hasta él la campante silueta danzarina de Emma, habiéndose colocado los anteojos a manera de vincha y con un repasador en las manos. Diríase que estaba a punto de servir la mesa. La decepción al verlo, solo, no fue fingida. Suspiró, haciendo un puchero y cambió su postura tan tranquila y simpática, por la de una niña severa con los brazos en jarras. Sin embargo, no le duró demasiado. Ver a Ryan con esa cara de gravedad, hizo que se desarmara y desviara la mirada, comprensiva y nada contenta. Estaba apenada. Así no resultaría. Así no conseguiría lo que había ido a buscar. No podía insistir de más, tampoco. Tener a Ryan disgustado con ella no era una opción. No cuando él la necesitaba, más que nunca. ¿Pero qué haces cuando un amigo no quiere tu ayuda? Ella, rompía las reglas. Pero lo que no podía hacer, era obligarlo a tomar un papel que él no estaba dispuesto a interpretar. No podía, ¿no?

—No tenías derecho.

—Ryan.

—No lo hagas. Fui claro, Étienne.

—Tengo que insistir, ¡Ryan!

—No, no tienes que. Tú no tienes que insistir. No pasará. ¿Me quieres?, ¿me quieres, Étienne?—La niña abrió los ojos, golpeada por la pregunta. Por supuesto, mi grillo—. Entonces, déjalo ser. Porque lo hecho, está hecho. Suéltalo de una vez, por favor—Ryan sonrió—Y dame buenos recuerdos—Luego agregó, cambiando abruptamente de tema, con una naturalidad muy suya. Su expresión se suavizó, volviendo a ser la de siempre— ¿Tienes pensado qué vas a hacer? Te admito. Que he estado pasando hambre.  

***

—¿Laith Gauthier? Sí, querido, puedes dar con él hoy—respondió Aida, la secretaria de la mesa de entrada, natural. Había estado ocupada con unos formularios que tenía que rellenar y respondía sin pensar cuando se distraía. Pero entonces, alzó la mirada y lo atacó con la pregunta, impaciente pregunta—: ¿No serás uno de esos fans anónimos, verdad?, ¿uno de esos loquitos celosos?, ¿no?, ¿algún ex del que tenga que andarse con cuidado? ¡Que la gente tiene trabajo aquí! ¿Se piensan que nos la pasamos mirando al techo todo el día? ¡No tenemos tiempo para estas cosas!

No es como si en verdad se viera como una amenaza, es decir, ése que la había abordado con una simple pregunta, o sea, aquel hombre de maneras reposadas y amables, de andar discreto y lentes que lo hacían parecer un intelectual o sabelotodo, confiriéndole esa seriedad que tienen las miradas inteligentes, que callan más de lo que dicen. Si eso es lo que uno tenía que suponer al verlo, que era una amenaza, pues, no, no, no daba la talla. Aida, sin embargo, era más lista que la media. Le olía las intenciones, a la milla. Nunca te confíes de un tipo con lentes y mirada dulce, se decía. Hasta que. Mirándolo mejor, le pareció que quizá estuviera exagerando. No era del tipo de Gauthier, eso seguro. Imposible saber en qué se basaba para soltar esa afirmación. Es que. Se veía tan escuálido, ese de allí. Sí, sí, era eso.

—No, yo sólo. Soy. El hermano de… Sólo quería pasar a dejarle un mensaje, de una amiga en común. ¿Sería tan amable de…?

***

Étienne no podía recuperar sus memorias, pero. Había un conjuro. Funcionaba como una interferencia, en la mente y los recuerdos, que removía capas y capas de olvido. Si te lo preguntas, era más una tortura. No recuperabas lo que buscabas, pero una vorágine de trozos de imágenes rotas, despedazadas, se agolpaba en tu cabeza. Era confuso. Era violento. Pasaba con el tiempo, pero el mientras tanto, la reminiscencia de algo te descubría preguntándote sobre esos pedazos de olvido que decidiste dejar atrás. No se utilizaba con los agentes, sólo en casos extremos. Pero ese bibliotecario tenía muy claro que el sanador sería su blanco para ese conjuro, sin importar los riesgos.  

Es que a Étienne, a Étienne no le interesaba para nada Laith Gauthier o sus recuerdos. Lo veía como a un peón en un tablero. Y si le servía a conseguir su propósito, lo utilizaría. El costo no importaba. Porque lo único, lo único que tenía prioridad en ese momento, eran las consecuencias que podían desencadenarse de esa pequeña intervención, la posibilidad de arrastrar a Ryan a donde debía ir, antes de que fuera muy tarde. Pero las personas no son peones en un tablero. Es imposible predecir del todo sus movimientos. Si no servía, ya hallaría otra manera. O tendría que ser testigo, de allí a la posteridad, de cómo fue incapaz de ayudar a su amigo cuando más lo necesitaba. Casi podía adivinar, que otro rostro moriría.    


psss:

—Podés ordenar cronológicamente los sucesos, como más te convengan. Es decir, no sé qué habrá hecho tu chico cuando le cerraron la puerta en la cara. Voto porque se fue, pero. En todo caso, podemos rolear esa situación y después ir a ese futuro cercano en que Étienne se va derechito a San Mungo a ATACARLO CONTRA SU VOLUNTAD.

—No te permito tocar a Étienne, de ninguna manera y bajo ningún concepto :pika:  Pero desde ya, tu chico puede evadir la situación de ser tocado por el conjuro.

—Aceptar ser tocado por el conjuro, significa que Laith iría a sufrir ciertos episodios (?). Que, uno supone, lo llevarían hasta Ryan como el culpable de todo. Seguro que ni pensaste por qué eran tan importantes esas memorias. En lo que a Ryan respecta, Laith puede vivir tranquilamente sin ellas. Y como sabe el riesgo de recuperarlas, lo mantiene apartado del asunto. Además de no cumplir con la promesa que (suponemos, imaginamos) le hizo. Promesa que no pensaba cumplir desde el principio. Mi idea era que Laith lo odiara al final (sabiendo que tiene la culpa de algo, llegando a la conclusión que le hizo algo terrible), y que la relación entre ellos terminara ahí. Y la idea de Ryan de pasarse a ver a Laith mientras cumplía servicio en Londres, era para ver qué tal lo estaba haciendo en el día a día, con una memoria intervenida. Por cierto que. Ryan es un “bibliotecario”. Y hasta Niara sabía que los bibliotecarios le habían borrado la memoria. Suena natural que, de querer hallar respuestas, de quererlo con muchas ganas, vayas a preguntarle a un bibliotecario conocido ¿por ayuda?XD

—Convencer a Ryan de hacer el viaje y tratar con la organización antigubernamental es algo que Étienne y yo no pudimos hacer (?), porque nos faltaron los argumentos (?). Conseguirlo, requeriría de una buena dosis de imaginación y buen tino (tino, es algo que yo no tengo). La razón por la que Étienne quiere que haga ese viaje tiene que ver con que (él piensa) sólo allí Ryan va a poder obtener la ayuda que necesita para resolver cierto asunto que tiene con una maldición. Creo que esa sería la maldición de “tempus fugit”, pero claro, adaptada por mí  <:

Tempus fugit: El hechizo impacta contra el enemigo, creando una marca temporal en su cuerpo de cuenta atrás. Cuando esta cuenta llegue a cero, morirá. La cantidad de tiempo depende de aquel que conjura la maldición. Para deshacerse de la maldición tiene dos opciones, que el conjurador decida romper la maldición, o buscando a una tercera víctima que acepte sacrificarse y recibir voluntariamente la cuenta atrás que determinará la muerte. (Puede ser finalizador).

En general (excepto por lo de Tempus Fugit, que es una idea tomada del maravilloso Valar Morghulis (?), ty :3), todos estos temas anduvieron por mi mente, en tanto que pensaba tramas para ellos. Claro que, hay mucho más, y los caminos que tomo dependen mucho de qué vaya a hacer Laith a continuación y cómo lo haga. Pero, por ahora. Creo que eso sería todo :3
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Jue Ene 18, 2018 1:33 am

Ryan, escúchame —trata de hacerse escuchar, pero no lo conseguía. Sólo decía que no prestase atención, y entonces… ¿le cerró la puerta en las narices? ¿A él le acababan de cerrar la puerta en las narices? — ¡Ryan! —se le escapó el nombre del propietario de la casa en un reproche, ¿cómo se atrevía? Golpeó la pared justo al lado de la puerta con la base del puño, segundos antes de apretarse el puente de la nariz. ¿Debía insistir? ¿Espiar? ¿Rendirse? ¿Y si realmente estaba reaccionando de más? Inhaló profundamente y lo pensó unos segundos. La chiquilla parecía bastante madura para su edad.

Quizá se estaba preocupando por nada. No había estado durmiendo bien ni comiendo bien tampoco, debía ser el cansancio. Eso debía ser. Inhaló profundamente y suspiró, le costó un par de minutos en los que no escuchó nada relevante del otro lado antes de girar sobre sus talones y volver sobre sus pasos. Estaba exagerando, sí. Tenía que calmarse, tomaría un té, se relajaría y se daría cuenta de que todo estaba dentro de su cabeza. Por más tiempo que pasaba, no llegaba a esa conclusión.

***
Se lo había dicho miles de veces ya: no hay que relacionarse emocionalmente con los pacientes. Siempre acababa dañado, aunque no quisiera admitirlo, aunque pareciese lo contrario. Era casi una crueldad darle pacientes terminales a Laith, pero la gente lo hacía de todos modos, porque no dejaba de ser un gran sanador siempre en constante aprendizaje. El caso es que estaba haciendo oídos sordos a todo lo que Lindsay intentase aconsejarle, como siempre lo hacía, hasta llegar enfadar a su amiga.

Lo único que trato decir es… Laith, préstame atención, sabes que sólo quiero… —trataba de convencerlo, sentada en frente de su escritorio en la cómoda silla. Laith estaba sentado, como un adolescente castigado, en una esquina del mismo, sin dejar todo su peso encima del mueble. — ¿Me estás escuchando? Laith —los ojos verdes estaban observando fijamente un punto imaginario del suelo.

La verdad no, ¿puedo irme ya? Mira, perdí un paciente, no es la gran cosa, sólo quiero un cigarrillo —le contestó, acariciando su nuca. Sacó de su bolsillo la caja metálica donde guardaba los cilindros y el mechero, metiéndose uno apagado entre los labios. Le dirigió una mirada, pero Lindsay suspiró, cansada, y negó con la cabeza. — No te enfades conmigo, hablaremos luego del trabajo —le pidió, quitándose el cigarrillo para besarle la mejilla antes de ponerse de pie y dirigirse al elevador.

Mantuvo el cigarro dentro de sus labios mientras metía las manos dentro de su bata, sintió la varita dentro del bolsillo izquierdo, recorriendo su extensión por mero aburrimiento, la madera tallada que respondía calentando sus dedos a la magia, muestra de su lealtad. Pero ni ésta sería capaz de nada cuando se abriesen las puertas del ascensor y en su camino a la salida trasera del edificio, un hechizo llegaría a él. Sintió el peligro como un cosquilleo que invita a reaccionar, pero la varita salió apenas a tiempo para pronunciar medio hechizo, impactado por un frío estremecedor.

Los labios entreabiertos tiraron el cilindro al suelo mientras el frío le recorría todo el cuerpo hasta llegar a su cabeza, donde se alojó como una molestia más grande a la que haría un cerebro congelado por algún helado, precedido por un gesto de dolor que causó que llevase sus manos a su cabeza. Apretando los ojos, vio en sus párpados cerrados imágenes que no le pertenecían. La vegetación que se iluminaba por una luz espectral. Un grito femenino inteligible. El impacto mágico de dos hechizos. Una persona cuyo rostro era difuso, imposible de evocar.

Parecieron tan sólo segundos, sin embargo cuando volvió en sí mismo tuvo que soltar la varita que quemaba sus dedos y su mano sin producir hechizo, los pulmones encogidos finalmente recogieron aire en una bocanada tras quién sabe cuánto tiempo sin respirar, y la tensión en su cuerpo se relajó, dejándose ir al suelo de rodillas. El último recuerdo le había dicho todo. Más de lo que deseaba saber. La flor de kantu. Olvidada dentro de algún recoveco de su memoria hoy era revivida en su mente. Le dolía la cabeza, la dejó reposar entre sus manos, sus ojos contra sus palmas.

Algo estaba mal. No, quería pensar que era el estrés. Lindsay lo había ayudado a recuperar esos recuerdos. El vuelo de colibríes que revoloteaba en aquel laberinto negro del que sólo las aves emitían luz alguna. Las paredes y la claustrofóbica sensación de encierro y desesperación. Los latidos que resonaban en las paredes cada vez más estrechas. Encontraron la flor de kantu iluminada por esa luz espectral, la misma de antes, sólo que pequeña, un efímero halo de luz que desapareció en cuanto cogió la flor. El colibrí le dijo que cerrase los ojos y cuando los volvió a abrir, estaba en la caravana con Niara. Lo recordaba perfectamente. ¿Por qué ahora tenía dos hilos distintos, como si hubiese algo superponiéndose sobre sus recuerdos originales?

Sintió que tenía que encontrar a Niara. Habían perdido el contacto hace tanto tiempo, si le escribiese, ¿podría encontrarla? Ella sabría explicarle, ¡estaba seguro que ella también buscó respuestas! Eso haría ella. No lo dejaría solo en la búsqueda de sus memorias. Ella tampoco estaba feliz. Pagó el precio de sangre, ¿cómo era posible que no lo tuviese todo? Mejor dicho, ¿cómo era posible que ahora recordase cosas que antes no existía en su cabeza? Se dio cuenta de lo agotado que estaba. Necesitaba dormir.
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Ryan Goldstein el Vie Ene 19, 2018 12:23 pm

Lluvia en las ventanas, repiqueteando contra el vidrio. Hace frío afuera, la llovizna es fuerte y un tenue velo grisáceo ha ido a estancarse en el exterior. Eso, a los dos hermanos, los tiene sin cuidado. Se está bien, allí, entre las mantas, al resguardo del clima y delante de la “caja boba”, como Megan la había bautizado —lo que no le impidió quedarse secretamente fascinada con el invento muggle—, viendo una maratón de cine. Megan había abandonado su aire de ejecutiva, sus andar estirado y esas maneras tan suyas cargadas de desdén, con la misma facilidad con que se había desprendido de sus zapatos de tacones para poder acurrucarse junto a un Ryan calentito y zalamero, que ahora soltaba lágrima tras lágrima de emoción entre que su hermana… Bueno, ella, se quejaba de que todos los actores eran demasiado estúpidos y sentimentales. A lo largo de toda la película le estuvo explicando al mayor de los Golgomatch que las motivaciones de los personajes eran puro chiste, que nadie en la vida real iba perdiendo el tiempo confundiéndose tanto a sí mismo y a los demás por naderías tan empalagosas (como el amor, por ejemplo), y que de ser ella él/la protagonista hubiera hecho esto y aquello, y así y asá… Definitivamente, ver una película con Megan Golgomatch no era para cualquiera. Había que estar dispuesto a aceptar que ésta no se iba a callar la boca, cargada de invectivas e irónicas aseveraciones de profundo vértigo sobre las relaciones humanas que hacían que todo guion le quedara chico. Era distinto, en cambio, si la película la elegía ella. Había descubierto que le encantaba el género del terror. ¡Eso sí que la ilusionaba!, la hacía soltar la carcajada tonta y todo. ¡Ah, pero su hermano…! Bueno, no se podía ir en contra de los deseos de Ryan Golgomatch, eso siempre fue así. Si él quería románticas, pues verían románticas. Si él quería moquear con una caja de pañuelos al lado, pues había que dejarlo llorar. Si él quería desaparecer de la vida de los hermanos Gologmatch, había que dejarlo desaparecer. Si él quería… Siempre así, desde niños. No se daba cuenta, sin embargo. Que hacía lo mismo de siempre. Podía parecerte un hombre muy maduro y conciliador al principio, tocado por la vida y la experiencia, pero no había cambiado nada. Esas cosas la hacían reír a Megan por dentro. Sus hermanos siempre tenían eso, ese pequeño gesto, ese persistente capricho, esa manera de enojarse o de expresarse, que la hacían evocar su niñez, volver atrás en el tiempo, como si se tratara de los mismos niños que siempre fueron. Claro que, esto no era así. Y al mismo tiempo, era exactamente así.

—No puedo creer, querido, que tengas de estas por toda la casa. Esta es la tercera que cuento. ¿No te basta con una “caja boba”?—comentó, distraída, sin prestar mucha atención al drama en pantalla, pero llevándose palomitas a la boca entre que miraba a los protagonistas pelearse y reconciliarse por enésima vez, ¡pero vaya!, ¡si hasta era increíblemente predecible lo que pasaría a continuación! ¿Cómo es que a nadie se le ocurría lanzarle un flipendo a aquel, e interrogar con el veritaserum a ese otro? De ser ella, hace rato hubiera hundido los sueños de todo el mundo en ese melodrama. Porque en la vida, si no te sujetas a algo que sea real, como las inversiones o la nobleza de tu familia, no tendrás nada de concreto, sólo harás castillos en el aire. ¿Y quién se preocupa por edificaciones que no puedes ver o tocar? Sólo los hipócritas. Y Ryan, pero él era toda una pieza de trabajo. Ella sabía lo que decía, porque no por nada era la que hacía marchar la economía de la familia. Que vamos, si no fuera por ella, ¿qué harían esos dos hermanos suyos sin ella? Uno, no podría hacer sus negocios ilícitos y reuniones de sociedad al mismo tiempo que jugaba a la casita con una prometida, y el otro, bueno… El mayor de los Golgomatch pudo haber renegado de su herencia, pero bien que iba dejando aquí y allá asuntos pendientes. Como una hija, claro—. ¿Ryan?

—¿Mmm?—Hundido el rostro contra el hombro de su hermana, no parecía capaz de otra forma más avanzada de comunicación. Arrebujado entre las mantas, se iba quedando dormido. No, ya estaría en el quinto sueño. Seguro que sólo reaccionaba a su nombre por inercia, como una especie de mecanismo del inconsciente.

Megan lo contempló por unos segundos, tan adormilado y apacible, y pensó que le rompía el corazón. ¡Si no fuera tan obstinado! No, no, no, no podía pensar en las discusiones de siempre. Suspiró, quitándose de la cabeza las ideas que amenazaban con abrumarla, y se desprendió con cuidado de su hermano, para ir a la cocina. Admitía que le sentaba extraño eso, de no tener servidumbre. Era hasta casi divertido. Porque te hacías el café tú mismo, mira tú. Así que, mientras su hermano dormía, ella anduvo descubriendo cosas por su “casa” (a eso no se lo podía llamar hogar, la verdad. Era más como el depósito donde iban a parar los bártulos), entre sus estanterías, los armarios, el cajón del escritorio, muy casualmente… No, está bien, estaba fisgoneando, Megan era una fisgona. En más de una ocasión tuvo que desistir, porque los encantamientos de protección eran demasiado enrevesados y complicados como para ponerse a ello las 24 horas cuando quizá había otra cosa curiosa que se merecía su atención y era más fácil de ubicar. ¡Menuda manía de encriptarlo todo! Pero eso, eso lo hacía más apasionante, en general. Hasta que. Encontró una carta de un tal Perico (¡Oh, per vaya!, ¡claro que lo conocía! Ahora lo recordaba. Aunque no era “Perico”. Ella lo conocía por otro nombre), que en todas sus cartas le comentaba sobre su estancia en el hospital (¿estaría internado?) y le hacía reportes sobre un “pajarito”. Aunque “reportes” era sólo una forma de decirlo. Más parecía que estaban acosando a alguien.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Dom Ene 21, 2018 1:16 am

El hechizo cruzó la habitación fuertemente hasta chocar contra su cuerpo y el frío. Ese jodido frío. Entre la negrura de su estrés, en la habitación de pálidas luces fantasmales, de hermoso verde casi fantasioso, no había nada que lo pudiese calmar. Ni siquiera esa voz conciliadora que oía lejana y no escuchaba, no podía discernir cuáles eran las palabras que pronunciaba, ni tampoco podía identificar su proceder. Era la voz de un hombre que conocía, ¿pero quién? Lo tocaba con unas manos tan cálidas que a cualquiera relajarían. A cualquiera menos a él. No podía bajar la guardia, ni podía ni siquiera respirar, algo iba muy mal, su vida corría riesgo, lo sabía. Iba a morir, ese era un pensamiento reincidente en su cabeza. Alzó la mirada para ver su rostro, y entonces.

Lluvia en las ventanas, repiqueteando contra el vidrio. El clima gris de una fuerte llovizna que propiciaba el frío. Llevaba ya días dándole vueltas a las ideas dentro de su cabeza, tanto que Lindsay ya se había hartado de escucharlo divagar. Y cuando estaba cerca, cuando lo sentía cerca, todo se arruinaba de nuevo, un nuevo embrollo. Esa pesadilla reincidente no lo abandonaba por mucho que intentase, había bebido pociones para no tener sueños pero tampoco le hacían efecto. Estaba volviéndose loco, ya lo sabía. Tan loco que lo echaron del trabajo cuando intentó doblar turno para mandarlo a casa a descansar.

Entre las mantas de una cama familiar reposaba, el sudor perlando su piel, su corazón agitado y nervioso tras despertar de sus pesadillas agobiantes. No tenía camiseta, su torso al desnudo se erizaba ocasionalmente con pequeñas corrientes de aire. Oía el sonido de la ducha y se quedó mirando el techo preguntándose de quién era esa voz, a quién pertenecía ese rostro que no era capaz de ver. De quién eran esas manos que lo tocaban intentando darle paz. Vio a la persona que lo había abrazado toda la noche para ayudarlo a conciliar el sueño salir del cuarto de baño en sus mismas condiciones, sin camiseta. Le sonrió y obtuvo una sonrisa de vuelta.

¿De nuevo esa pesadilla? —preguntó al ver su estado, metiéndose en la cama con él, acariciando sus cabellos mientras él se acomodaba contra su cuerpo como un niño. — ¿Otra vez no alcanzaste a ver su rostro? —siempre le contaba cuando tenía esa pesadilla, pero no había avance alguno. Sólo esa horrible sensación de que algo le faltaba, una cosa importante dentro de sus recuerdos, sus memorias torcidas.

De nuevo —confesó mirando directo a sus ojos. Lindsay lo miraba con una sonrisa conciliadora, pacífica y traviesa. No parecía darle la menor importancia a que su mejor amigo la viese en sujetador. Era como estar con otra chica para ella, una amiga que no tiene un interés sexual en una. — Tengo la sensación de que debería hacer algo importante, pero no tengo ni idea del qué —le confesó, acomodándose en la cama de nuevo, de forma incómoda.

Yo también —le hizo saber, — me pregunto si debería depilarme las piernas, ¿tú qué dices? Todo depende de lo que mi mejor amigo diga, si vamos a salir hoy a buscar algunos hombres hermosos, ¿te sientes cazador hoy? Quizá es eso tan importante que quieres hacer, ¡encontrar a tu hombre ideal! ¿Quién sabe? Tal vez encuentres al hombre con quien quieres casarte hoy —le dijo para molestarlo, acostándose encima de él para acariciarle las mejillas, sus rostros tan cerca que chocaban sus respiraciones. — Hay café en la cocina.

Laith sonrió, divertido. — Si me encuentro a alguien hoy, te apuesto a que no será el hombre con quien quiera casarme —desilusionó a la sanadora. — No te depiles, ¿para qué? Hace frío, llueve, quedémonos dentro todo el día, cotilleemos de ese nuevo enfermero que llegó al trabajo, creo que te ha mirado el trasero —le propuso su maravilloso plan. — Pedimos una pizza, compramos cervezas y somos felices solos sin maridos molestos —le susurró, quitándosela de encima con brusquedad, cambiando los papeles. Le besó la frente, como lo haría un hermano mayor antes de ponerse de pie. — Y vístete o cogerás un resfriado.

El amor tocará a tu puerta pero no puedes tenerla bajo cien mil cerrojos —reprochó, riéndose antes de levantarse y obedecer, buscando ropa cómoda para vestirse luego de mirar a Laith marcharse por la puerta para ir por aquel sagrado café que vertió dentro de una taza para poder beberlo, endulzándolo y colocándole un poco de leche incluso. Parecía ser un buen día, eso parecía.

Miró dentro de la taza el remolino que dejó la cucharilla, girando en su propio eje. En el oscuro color de la taza vio una espalda varonil de un hombre, y eso lo mandó directo a sus recuerdos. Sí, a uno de esos hombres a quienes había cortejado en uno de sus viajes, en ese que no lo dejaba dormir. En África. Cuando el hombre de su recuerdo se giró, vio en su pupila una negrura que lo hizo saltar a otro recuerdo. De pronto sintió que tenía una respuesta. Aunque Niara no respondió a ninguna de sus cartas, supo a dónde dirigirse. Las manos le temblaban cuando volvió a la realidad, derramando el café. Lo dejó sobre la encimera, se lavó las manos y corrió a la habitación.

Tengo algo que hacer hoy —hablaba atropelladamente, quitándose el pantalón para ponerse unos jeans, una camiseta limpia y su chaqueta. Los mejores amigos tenían ropa limpia en el departamento del otro por razones muy evidentes. Pasaban mucho tiempo en el hogar de su correspondiente mejor amigo. — Sé que me odias pero me sabrás perdonar, volveré, te llamaré —Lindsay lo miraba sin entender, mientras Laith se vestía más rápido que nadie. Un beso en la mejilla y ni siquiera parecía que diez minutos atrás Laith Gauthier hubiese estado perezoso en su cama.

La helada lluvia lo mojaba mientras caminaba presuroso, no tomó una sombrilla ni se hizo un hechizo para secarse. Iba fumando un cigarrillo húmedo al que siguió otro y otro más. Antes de darse cuenta estaba frente a esa puerta, la que vio en ese recuerdo. Estaba loco. Realmente estaba loco. Ryan Golgomatch no tenía nada que ver con África, no se habían visto en años, ¿cómo iba a saber algo? Pero tenía que intentarlo. Lo sentía desde dentro, más allá de las corazonadas. Entendería sus preocupaciones, y sabría qué era eso tan peligroso que lo hacía sentir inseguro. O eso esperaba. Eso rogaba mientras su mano tocaba la puerta.
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Ryan Goldstein el Dom Ene 21, 2018 4:48 pm

Megan abrió la puerta. No, no se lo esperaba, o puede que sí. En todo caso, cualquiera fuera el pensamiento que cruzara fugazmente por su mente, ella no dejó que se reflejara en su rostro. Después de todo, estaba acostumbrada a mantener la compostura en situaciones delicadas. Era sabido que los encuentros de sociedad no se vivían sin altercados. Por fuera, podría parecer que se trataba de convites entre magos bien vestidos y de refinadísimos modales, pero la realidad estaba lejos de ser así de feliz. Nunca faltaban las sonrisas forzadas, los comentarios sarcásticos, las rencorosas insinuaciones. Y si se te acercaban por detrás, había que pensar que podían tener un puñal para clavártelo por la espalda, o algo peor: un rumor sobre ti y los tuyos, que bien podría colocarte en el centro del escándalo. No, no, no, Megan había nacido preparada para el juego de las apariencias.

—¿A qué te dedicas?—¿Qué? Ni “hola” le decía. Lo veía allí, hecho una mojarrita, en ese día de frío y tormenta, y lejos de permitirle el paso o sin siquiera confortarlo con una mísera expresión de cortesía, se limitaba a mirarlo con curiosidad. Ni muy intensa, ni muy insistente, sólo casual, como si hubieran estado conversando o tuvieran algo parecido a un trato cordial. Megan Golgomatch no hizo ademán de quitarse del medio. Rezumaba confianza, sensualidad y frío cálculo—. Perdí el rastro de los Gauthier luego de que…—Iba a decir: luego de que muriera la línea sanguínea de esa familia de sangre pura*, pero lo dejó correr, cortando la oración por la mitad. Si la mirabas a los ojos, te dabas cuenta. Lo hacía adrede—Pero Clark Gauthier se había hecho un nombre en la industria de las pociones. ¿En qué lado de la balanza estás tú?—¿Qué?—, ¿el éxito o el fracaso?

—¡Meg!—Ryan se hizo sentir, como una venida repentina, acompañado por el rumor de sus pasos. Apareció detrás de Megan y al ver a su inesperada visita, casi hasta pareció lamentarlo. Besó a su hermana en la mejilla y le ordenó que se apartara con la mirada. Esos dos, tenían unas formas muy autoritarias de tratarse, incluso entre ellos—¿Puedes…?, ¿por favor?—Se quedaron así, contemplándose por un instante hasta que finalmente Meg sonrió, con evidente ironía.

—¡Por supuesto, querido! Te lo iba a mencionar: ¡hay alguien que quiere verte!—Y dedicándole una última mirada a Laith Gauthier, recorriéndolo de arriba abajo en un pausado milisegundo, desapareció hacia el interior del hogar.

Al voltearse de nuevo hacia el chico en su entrada Ryan entreabrió los labios, escapándosele al aliento. ¡Estaba mojado!, ¿tendría frío?, ¿por qué venía mojado? Quería ofrecerle algo, pero. Algo dentro de él le decía que sería mejor no hacerlo. Que no sería una buena idea. Y dejando en claro que no pensaba dejarlo pasar, se adelantó y cerró la puerta tras él, quedando ambos en el pasillo. Ryan se mantuvo con la mano colgando del pomo de la puerta, y se apoyó en ella, recargando la espalda.

—¡Hola!—sonrió—, ¿no será que tú realmente te olvidaste algo, verdad?—No podía evitarlo y lo recorrió con la mirada, pensando que debía tener frío—¿Quieres una toalla?, ¿por qué estás todo mojado?—preguntó, sonriéndose. Y se interrumpió, añadiendo—: Lo siento si Meg ha dicho algo. No es una mala persona. No para los cercanos, al menos. Si es sobre el otro día, te prometo que sólo comimos unas galletas y tomamos un poco de leche mientras veíamos la tele. Tenías esa mirada, ¿sabes? Y me ofendió. Así que, si fui rudo, lo siento Sí, y estás siendo rudo ahora mismo, pero vamos a omitirlo de momento.—Hizo un breve silencio, mirándolo a los ojos—. ¿Cómo has estado?


psss:
* LO SIENTOO, pero se me olvidó su al abuelo era sangre pura o no. Me lo aclarás y lo corrijo, ¿ok? :3

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