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Priv. || We're just strangers with some memories ||

Ryan Goldstein el Miér Dic 27, 2017 1:15 am

Recuerdo del primer mensaje :

Quería leerlas había dicho, las cartas. Pero Ryan Goldstein puso una condición, extraña, extraña condición: “No puedes sacarlas de su lugar, conmigo”.


Dale tiempo, media hora de cocción. Sencillo. No debería surgir ningún inconveniente. Era lo que decía la cocinera del programa, una mujer encantadora. Sí, los muggles tenían esta caja tan interesante que llamaban ‘televisión’ y te hablaban a través de la pantalla, guiándote paso a paso sobre cómo hacer un postre simple y delicioso según los comentarios. Ryan había estado muy atento al procedimiento al tiempo que liaba la mesa de la cocina con su preparación, cotejando de tanto en tanto que el resultado fuera acorde a lo que se exhibía en vivo. Satisfecho, no tuvo más que observar cómo su logro del día se cocinaba a fuego lento. No solía cocinar, tenía que confesar. Dado los desafortunados finales que había tenido que protagonizar: incendios de cocina, humo saliendo por las ventanas, costras de restos quemados adheridos a ollas y sartenes. Incluso explosiones. Pero esa mañana se había despertado con las ganas, con la energía, con la ilusión, quizá de un nuevo comienzo. Tú sabes, cuando tú crees que eres capaz de todo. Eso incluía la cocina. Pero también, por eso era posible comprobar que la casa tenía orden, limpieza, que estaba irreconocible. No había pilas de libros acumulados en los rincones, no. Las cosas habían hallado mágicamente su lugar, no había nada fuera de su sitio. Todo era perfecto.

El timbre.

Ryan entreabrió los labios, ligeramente sorprendido. Por la hora. Era temprano todavía. ¡Pero bueno! No era una sorpresa desagradable. Solícito, atravesó la sala, de la cocina a la puerta de entrada. El sol entraba por la puerta ventana que daba al jardín, abierta para dejar pasar la brisa de la tarde. Podían verse las enredaderas y plantas, enmarañadas como en una jungla, y hasta lo que parecía un pequeño estanque. Ese tenía que ser el jardín de un mago, por supuesto. También, en una mesa de trabajo en el exterior, había una jaula con la puertita abierta y el comidero lleno de alpiste. Ryan finalmente abrió la puerta, espontáneamente contento.

Oh.

—¡Sr. Goldstein! Nos vemos—La cara de pocos amigos y el tono cortante, molesto, del vecino Karl, no era lo que el rubiales esperaba y no hubo forma de fingir su decepción en la mirada y la expresión deshecha. Pero no es como si al bueno de Karl le interesara otra cosa que hacerlo sentir desgraciado, TAN desgraciado como se sentía él en ese momento—De nuevo—agregó, sentencioso. Dejaba en claro por la forma de escupirle lo último en la cara, que preferiría no estar ahí, como por enésima vez, ¡y por el mismo motivo de siempre! Correspondencia cruzada, ¿es que había algo más molesto que estar alcanzándole el correo a gente que no sabía respetar el tiempo de los demás? El bueno de Karl le entregó una caja cubierta de mierda de pájaro, ¡de muy malos modos!, haciendo que el otro tuviera que atrapar el paquete antes de que lo golpeara en el pecho—¡Se lo he dicho un montón de veces, señor! ¡Cambie la dirección!, ¿¡y cómo es que ese cartero me arroja su correo por la ventana!? He contactado a la oficina de correos alzando una queja y dicen que estoy loco, ¡loco! Le agradecería que por favor arregle de una vez por todas este asunto. ¿Me está escuchando, señor?

Ryan no reaccionaba. Parecía a punto de suspirar, ensimismado en su mundo de decepciones. Bajó la mirada para ver al remitente y esbozó una sonrisa. Perico de nuevo. Se divertía tomándole el pelo al señor Karl—incluso a costa suya— luego de que se lo cruzara por las escaleras y declarara que era uno de los tipos más aburridos que había conocido en su vida. Iba a responder, pero un rumor de voces llegaba hasta ellos desde el final del pasillo. El señor Karl, ofendido de que no le prestaran atención, siguió insistiendo. Inútil, porque cuando Ryan alzó la mirada en aquella dirección, su cara, normalmente tranquila, desfiguró en silenciosa alarma.

—¿Meda?

El Sr. Karl siguió la dirección de su mirada con sus ojos belicosos, y el mundo se le abrió por debajo de los pies. OH, MADMOISELLE. ¿¡Qué visión de dioses era esa!? Tenía que ser la mujer más hermosa que nunca había pisado la tierra. No hizo caso cuando la tronante voz de Megan Golgomatch surcó el aire, adelantándose hasta ellos con una queja en la punta de su lengua viperina. No era ella la Veela que se acercaba con una niña en brazos. La niña ni entraba por los ojos del bueno de Karl. Él sólo podía ver a la mujer de su vida.

—¿¡Qué es eso de clausurar la chimenea, querido!?, ¿¡qué locura es esa!?, ¿qué tienen que hacer tu hermana y tu hija para comunicarse contigo?—No era casualidad que omitiera mencionar a la madre de la niña. El culpable, por su parte, no sabía si horrorizarse o alegrarse— ¿Por qué siempre tiene que ser así contigo, Ryan?—Insistió, quitándose el abrigo y arrojándoselo sobre el paquete que el otro cargaba en las manos, como si se tratara de un mayordomo. El rubiales llegó a decir: “Meg, cariño…”, pero fue interrumpido por la fiera mirada de su hermana—Ya no recibes a tu familia, no envías cartas, ¡evitas las mías! Y hay cosas más importantes que hacer el vago en un barrio de muggles ¡Muggles! He tenido que subir escaleras. ¡Escaleras, Ryan!—exclamó por último, pasando de largo como una ráfaga, yendo directo al interior del hogar, sin esperar a ser invitada.

Disuelta la tormenta, Ryan y Meda se miraron y no hicieron falta las palabras para comunicarse lo que pensaban. Megan podía tener esas maneras desbocadas, pero ellos sólo se sonreían. Un rastro de ternura nació en los labios discretos de la mujer, mientras que la niña, habiéndose deslizado de los brazos maternos corría hasta él y le abrazaba una pierna, encantadora.

El bueno del Sr. Karl balbuceó cosas ininteligibles, apartado a un costado, sin que nadie reparara en él, hasta que le cerraron la puerta en la cara y su corazón se hundió en el remolino de un inodoro imaginario luego de tirar la cadena, succionado por la cañería.

***

Minutos después, la casa de Ryan Goldstein era un escenario de guerra. Lo que antes había sido calma y pajarillos cantando del otro lado de la ventana, era ahora un sinfín de acusaciones y reproches, salidos de la boca autoritaria de Megan, sobre la tenencia de Brianna y su celebración de cumpleaños, sobre el apellido, sobre el hermano enfurecido y estresado que le vivía reclamando que el mayor de los tres renegaba de su sangre y demás cuestiones de familia. La situación llegó al punto en que las dos mujeres se pararon frente a frente en el medio de la sala, atacándose con ‘indirectas’, altas y sonantes, midiéndose de tú a tú, entre que la pequeña mujercita jugaba con la varita de Ryan de aquí para allá, a pesar de que se le había dicho que no la tocara. Ryan, por su parte, intentaba convencer a dos cocodrilos que volvieran a su estanque, y les explicaba de la mejor manera que la sala sería ese día sólo para invitados. Pero cuando sacó su reloj de bolsillo para comprobar la hora, su hermana lo vio, rápida y acusadora, y lo atacó a preguntas de por qué tanta fijación con el relojito. En eso, sonó el timbre, otra vez. Ryan fue corriendo a atender, ¡ya tenía que ser él! Era cierto que la situación se le salía un poco, sólo un poco, de las manos, pero él no pudo evitar sentirse alegre, y otra vez, abrió con toda la ilusión.

Ah.

—¡Ryan!, ¿cómo estás? Pasaba por aquí y…—Joshua miró por sobre el hombro del rubiales y vio a toda la comitiva de bienvenida. Eso no le quitó la sonrisa de buena gente en el rostro de chico apuesto que casual, casualmente, pasaba por ahí—¡Oh, pero si es Meda! ¿Está tu hija de visita? Y tu hermana. Parece que llego en buen momento, he traído bocadillos. Si me dejas pasar, claro. Entiendo que. No he venido por ‘nosotros’. Sólo quería chequear que estuvieras bien. Te extraño, ¿sabes? Somos amigos después de todo. No puedo evitar pensar en ti.

Ryan hubiera dicho algo antes de que soltara toda esa plática, pero no cabía en sí de lo insólito que era todo aquello. ¿De verdad?, ¿justo ahora? Detrás de él, Meda saludó al nuevo invitado y Megan soltó algo como: ‘¡Lo sabía!, ¡tú esperabas a alguien!, ¡injustificable!”. Antes de que Ryan pudiera agregar nada, el sofá se prendió fuego en medio de la sala, llamando su atención. Se olvidó entonces de la puerta y buscó con la mirada el origen de tal accidente y halló la carita de Brianna, que salió de algún lugar, habiendo escondido la varita antes de que la acusaran por tenerla. Lo miró con un dejo de culpabilidad, pero enseguida se entretuvo con los cocodrilos que avanzaban hacia ella y sonriendo se montó a uno de ellos, jugando.

El único que se interesó por el incendio fue Ryan, un Ryan que no encontraba su varita, y que frente a la inesperada situación intentó apagar el fuego arremetiendo contra las incipientes llamas con uno de los cojines (porque ya se sabe que un mago sin varita es más inútil que abrir una lata sin abrelatas), mientras que los otros tres adultos del lugar reunían sus cabezas para soltar la lengua en una aparentemente acalorada conversación que indirectamente iba de Ryan. Pero no parecían interesados en lo más mínimo por cuanto ocurría, ni fingían estarlo: fuego en el sofá; una niña montada a un cocodrilo; y el postre en el horno, que se quemaba.


Última edición por Ryan Goldstein el Miér Feb 28, 2018 3:38 pm, editado 2 veces
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Lun Ene 22, 2018 4:00 am

Una mujer abrió la puerta y lo dejó fuera de sí unos segundos. Tenía la ropa empapada, el cabello caía por su frente mojado y su expresión acongojada no escondía la preocupación que lo había llevado a esa puerta. Pero la mujer lo miró y sin siquiera saludarle, preguntó su oficio. Recordó vagamente su nombre, de la última visita, pero no lo tenía en una cabeza que era un embrollo de pensamientos dispersos. Abrió la boca para hablar y la cerró de nuevo. — Sanador —dijo al final, accediendo a compartir el dato. — ¿Está…? —iba a preguntar por Ryan, pero parecía ser genético interrumpir a la gente, hablando de temas que no eran de su incumbencia. Hermanos tenían que ser.

No alcanzó a responder, pues oyó la voz de Ryan interrumpiendo. Contempló como si fuera un objeto extraño aquel intercambio de miradas y palabras que desencadenaron la marcha de Megan dentro del departamento. No sentía el frío, no parecía darse cuenta que estaba totalmente empapado, y tampoco atinaba a organizar las ideas en su mente. Sólo miraba al estadounidense como si viese en él una única esperanza. Sólo notó su estado, como el de un cachorro bajo la lluvia, cuando Ryan preguntó por qué estaba mojado. Tocó su cabello que escurrió gotas al tacto y se hizo el cabello hacia atrás de un movimiento.

Llueve, no pasa nada —contestó, dubitativo. — Ryan, Ryan, está bien, no pasa nada —en ese momento no quería explicaciones de ese día. Algo le apretaba el pecho como un doloroso recuerdo que daña. — De hecho, no estoy bien, no he dormido bien los últimos días, tengo pesadillas desde que… Creo que me atacaron en el trabajo, pero hay algo. Creerás que he perdido la cabeza, ¡yo también lo pienso! Pero te necesito, déjame explicarte —su voz sonaba atropellada, angustiada incluso. — Estuve en África hace años, por un proyecto de ayuda o algo así, ya ni siquiera lo sé bien, pero siento que tengo asuntos pendientes ahí… Tuve amnesia, y creí que lo había recuperado todo, mis recuerdos, pero… Pero ahora creo que no tengo los reales, que hay algo más que no he visto, algo peligroso y… —miraba directamente a los ojos de Ryan, preguntándose si le estaba creyendo, si pensaba que estaba loco. — Creo que moriré si no lo descubro.

Lo soltó finalmente. Esa sensación de peligro de su pesadilla, los recuerdos repentinos que veía de vez en cuando, podría atribuirlo a una psicopatología, ¡pero él sabía que no era así! No estaba dentro de su cabeza, lo había considerado, pero llegó a la conclusión de que no. Nunca le había asustado morir, pero odiaría saber que murió por negligencia. Porque pudo haberlo prevenido pero no lo consiguió. Ryan, no sabía qué tenía Ryan que ver con todo eso, pero algo tenía. Estaba caminando a ciegas, sin embargo esperaba llegar a algún lugar.

Sé que te parecerá tontería, quizá ni siquiera has ido nunca a África, pero es importante para mí, de verdad creo que mi vida está en riesgo —no podía explicarle que pensaba que él sabría algo cuando no era lógico pensarlo así. — Ayúdame —nunca se habría imaginado que de todas las personas en el mundo, era a Ryan Golgomatch al que le pediría ayuda. Pero su mente ya no estaba en paz, y algo que odiaba era no tener su mente en paz. Esos recuerdos lo habían estancado en un punto donde se agobiaba por todo, quería respuestas. Por si no fuese suficiente, eran recuerdos que como una vara al rojo vivo le abrasaba la memoria de tantas cosas que quería olvidar. Una memoria con nombre y apellido que creyó haber superado en ese viaje.
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Ryan Goldstein el Mar Ene 23, 2018 5:30 pm

—Espera aquí.

Eso es lo que Ryan había dicho, antes de volver al interior del hogar: “No te muevas de aquí. Estaré pronto contigo”. En el momento, alzó una mano indicándole que aguardara, aunque pudo leerse que se trató más bien de un ademán que murió en el aire, como si hubiera querido tocar su hombro en un intento por confortarlo, pero que al pensárselo por segunda vez, y vaya que se veía ensimismado en sus pensamientos, se arrepintiera. Lo que siguieron fueron gritos detrás de la puerta. No quedaba claro qué es lo que discutían, sólo se oían frases por la mitad que debían ser parte de un tema viejo entre ellos, de esos que siempre surgen cuando se hurga en la llaga. Megan Golgomatch había perdido los estribos. Pero cuando parecía que era sólo ella, Ryan pasó de ser un rumor grave y subterráneo a una expresión violenta, y aunque eso sólo sirvió para empeorar la situación, pronto se dejó de sentir el estrépito que eran ellos dos peleando. Y como prometió, la puerta volvió a abrirse y Ryan, el mismo Ryan que se había ido momentos antes, invitó a Laith a pasar.

—Lo siento sobre eso—dijo, distraído en apuntar al destrozo que había hecho Megan antes de desaparecerse hecha una furia. La puerta ventana estaba hecha añicos y él se encargaba de ello entre que avanzaba hacia su escritorio, revolviendo sus cajones. Aparentemente, lo que le dijera Laith lo había puesto en la pista de algo, porque actuaba con ánimo resolutivo, casi autoritario. Y sin dar explicaciones, lo que pondría nervioso a cualquiera—. Megan puede ser—suspiró, concentrado en hallar lo que fuera que estaba buscando—intensa. Pero entre nosotros siempre sacamos lo peor de cada uno—murmuró, para sí. Y añadió, alzando la mirada, considerado el tono al tiempo que daba indicaciones—: Por favor, acerca esa silla y toma asiento.

En las manos tenía una bolsita de terciopelo atada con un cordón que desanudó y luego volcó su contenido sobre el escritorio, él apoyado contra el borde de la mesa y señalándole a Laith que se colocara frente a él. Volteado a medias, sin mirarlo, acomodaba unos raros objetos que iba colocando ordenadamente, uno a uno.

—No sé nada sobre tu viaje—dijo por fin, ensimismado. Hasta que acabó con lo que hacía y encaró a Laith, cruzado de brazos—. Y te preguntaría, ¿por qué has acudido a mí? Me intriga, pero no pienso que sea lo importante ahora mismo. Porque sí, puedo ayudarte. Pero a decir verdad, no sé si te has dado cuenta, pero me has soltado un montón de incoherencias, y me preocupa. No sé si me has hablado de sucesos reales o si te los has inventado. No quiero que te enojes, y no es que no quiera creer en ti, pero tenemos que aceptarlo como una posibilidad. Por suerte, creo que puedo hacer algo ahora mismo. Primero, puedo chequear, si estás de acuerdo, qué sucede con tus memorias. Resulta que, por mi trabajo, soy algo así como un experto en el tema. ¡Así que echemos un vistazo! No voy a colarme en tus memorias—tranquilizó, al tiempo que alzaba las manos abiertas en un gesto—, no voy a ver nada que tú no quieras que vea. Pero, tienes que pensar que, “el contenedor” de tus recuerdos es como un jarrón que a veces se raja y lo que haré es ver qué ha pasado… con tu jarrón, y algo así sucede especialmente si—En este punto, Ryan lo miró con dureza, en son de reproche—¿Tú interviniste tu memoria por tus propios medios alguna vez? Tú no debes hacer eso, si no sabes lo que haces. Nunca. ¿Es este un caso de amnesia natural o de verdad hiciste una intervención que no debías? ¿Hay algo que quieras decirme? Por ejemplo, ¿por qué ahora?, ¿por qué te sucede esto ahora? Eso que mencionaste sobre que fuiste atacado, ¿puedes recordarlo? Laith, insisto, con que muchas de las cosas que has dicho pueden ser historias inventadas en tu cabeza, o simplemente te confundes y conectas mal los hechos. Sobre lo de morir, yo. No creo que tengas que dejarte llevar por esa preocupación ahora mismo. Porque. No creo que vayas a morir, Laith. Pero, si algo te amenaza, vamos a descubrir qué es, eso te lo prometo. Voy a ayudarte en esto, ¿me dejarás ayudarte, Laith? Si hay una lesión, la encontraré. Pero tienes que estar de acuerdo, en que haga una intervención de tus memorias. ¿Confiarías en mí para esto? Sé que no debe gustarte nada, y que debes sentirte—se interrumpió. Decirle “vulnerable”, seguro que le removía un nervio y lo hacía largarse por la puerta, así que, se apuró a añadir, con énfasis—: nada a gusto. Y lo siento, siento que estés pasando por algo así. Pero viniste a mí, así que déjame hacer esto por ti.

Ryan Goldstein estaba muy seguro de que Laith no corría peligro de muerte, porque de ser de ese modo,  lo sabría. Simplemente, él sabría. Tenía un sistema, un método, para que, a pesar de los muchos secretos que lo envolvían, las personas que quería proteger no salieran perjudicadas. Allá en África habrían sucedido muchas cosas, pero Laith no tenía de qué preocuparse de nada de lo que hubiera sucedido allí. El Ryan de entonces se hubiera hecho cargo de ello. Estaba seguro, pero. ¿Y si…? Había muchos motivos, de todas formas, para esa situación que se le había presentado. Sospechaba, por ejemplo, que alguien hubiera querido usar a Laith para llegar hasta él. O que, debido a una mal pensada intervención por parte del propio Laith pudiera haberse visto afectado el sellado de sus memorias sobre aquel viaje, viaje del que Ryan era plenamente consciente. Le preocupaba más de lo que quería admitir, sí, que el asunto tuviera efectos secundarios sobre los que habría que hacer algo. Pero si tenía que hacerlo, no había otro remedio.




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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Jue Ene 25, 2018 5:24 am

Terminó de explicarse, temiéndose no haberse dado a entender en su intento por hacerle entender cuál era su preocupación. Asintió cuando le pidió que se esperase ahí fuera, dejándolo meterse a su departamento, intentando no prestar atención. Estaba estresado y atendió nada, no parecía haberle dado importancia alguna al hecho de que lo había dejado fuera de su departamento, o el intercambio de palabras con Megan antes de que Ryan llegase. Sacó su varita y aprovechó para secarse mientras el rubio volvía, escuchando los gritos dentro, se preguntó si estaba haciendo lo correcto, dándole problemas a la familia del otro hasta que quedaron en silencio y la puerta frente a él se abrió.

¿Está todo bien? Siento si te doy problemas… —se disculpó, entrando y mirando el destrozo rabioso que habían dejado ahí. Le dio la impresión de que estaba hablando solo y no se movió ni dijo nada hasta que Ryan le hizo que se sentara en la silla que él mismo acercó. — ¿Qué es eso? —preguntó, haciendo un gesto en dirección a la bolsa de terciopelo, más por no quedarse callado que por una verdadera curiosidad de saber qué era, justo frente a Ryan.

Casi agradecía que no le preguntase por qué acudía a él, era tan raro que ni siquiera el propio Laith podía explicarlo. Era una sensación horrible de no saber por qué había que hacer algo que sentía que tenía que hacer. Lo escuchó con atención sin interrumpirlo, pues había dicho las palabras clave: “Puedo ayudarte”. Sólo había que ser paciente, aunque su método de solución no le gustaba en realidad, entrar en su mente. Pero, claro, ¿cómo si no verificaría que todo estuviese bien? Se llevó las manos al rostro con un gesto frustrado, tallándose los ojos. Al menos hasta que Golgomatch lo interrogó, reprochándole al parecer, haber modificado su propia memoria.

Escucha, te explicaré: la verdad es que creo que estuve en drogas todo el viaje. Te cuento: estaba por asuntos académicos, estudiando una solución para una enfermedad, pero resulta que la única cura era una flor, la flor de kantu, que se suponía era un mito, y luego pasó un evento raro, no estoy seguro, lo que pasó es que entramos a unas ruinas donde casi me mato varias veces, y llegamos al pasado y… Dios mío, en serio no estoy loco, al menos dime que me crees —su historia al menos sonaba entrada en drogas, incluso para un mago. — Hubo una rebelión. Me tiré en un barranco y lo que pasó es que encontré la flor, en una habitación al centro de un oscuro laberinto. O eso creía. Ahora mis recuerdos tienen estos otros donde hubo una pelea, y en mis sueños hay un hombre al que no puedo ver el rostro, y mucho peligro —le explicó atropelladamente.

Si un paciente llegase hablando así, habría asumido que tenía una enfermedad psicológica, al menos. Y por eso es que entendía que para los demás no sonaba muy cuerdo que digamos, pero rogaba porque Ryan lo entendiese. Se lo pedía con su mirada agotada de darle tantas vueltas al asunto, una mirada suplicante de angustia. Sólo quería resolverlo para poder sentirse en paz otra vez. No sentir ese miedo, ese peligro que acechaba su día a día desde aquel ataque, el inicio del todo. De todas las personas que pudo pensar, Ryan era la última a la que recurriría, pero ahora estaba ahí prometiendo que iba a ayudarlo. Eso le daba al menos un poco de esperanza.

Sé que es un pensamiento muy raro y no estoy enfermo, pero… Hay algo, una amenaza, algo, que atenta contra mi vida, que quiere matarme… Por eso necesito que me ayudes, sólo… Sólo no toques mis recuerdos, ¿sí? Odio mucho saber que alguien ha jugado con mi cabeza, de hecho… —inhaló y suspiró. Sentía que si tenía que pedirle ayuda, le debía la historia entera. — Creo que… pude haber hecho una tontería… Pero eso no explica nada, ¡nada! Del porqué estoy teniendo estos recueros ahora. Verás, los recuerdos del laberinto… yo no los tenía. Tú sabrás mejor que yo que una desmemorización sólo tiene una forma de revertirse… romper la mente… Pero no entiendo por qué encontré unos recuerdos y ahora tengo otros, creo que hay más personas involucradas en esto, ¿por qué ocultar ese recuerdo? ¿Por qué poner otro diferente?

Tenía tantas preguntas y tan pocas respuestas. No quiso hablarle sobre lo que había contemplado con Niara. Los hombres del turbante, bibliotecarios, lo había recordado recientemente. Nunca le había dado más importancia al asunto, nunca más que ahora. Niara se lo había dicho. Luego descubrió que, definitivamente, era un borrado de memoria, cuando la tortura a la que fue sometido rindió frutos y obtuvo de vuelta sus recuerdos. Ahora era más grande. Era peor, se temía. Porque nunca antes se había sentido tan amenazado como hasta entonces.

Sé que… no he sido muy agradable contigo. Y lo siento. Pero necesito tu ayuda, eres el único al que puedo recurrir con esto… —aceptó tras dudarlo. No quería tener a Ryan Golgomatch en su mente, pero si era el único al que podía pedir ayuda tendría que dejarlo. Confiar en él, aunque todo dentro de él le decía que no era de fiar. Era por su propio bien.
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Ryan Goldstein el Lun Feb 19, 2018 8:16 pm

Hacerle llegar, de alguna manera que en mi pecho, que arde, lo amo. [...] Porque si no llega a él, este sentimiento, no tiene propósito. Lo tengo aquí, quemándome, porque le pertenece. A él, nadie más. ¿Me entiendes, pajarito? Le pertenezco, aunque no lo sepa, aunque no me quiera. No es algo que leas en una novela.


—Sé que… no he sido muy agradable contigo. Y lo siento.

Ryan se sintió fuera de lugar, perplejo. Había estado ensimismado en el relato de Laith, comparándolo con sus propios recuerdos de la misión en África y cuánto había ocurrido, que se perdió en sí mismo, para despertar de un golpe en el lugar, ligeramente tenso, de pie, junto al escritorio, con una sensación que antes no estaba allí, en su pecho. No pudo menos que sonreír, disimulado.

Se subió un poco los pantalones y seguidamente se agachó con una rodilla hincada en el suelo; esa cabeza rubia tan alta fue a acurrucarse a los pies de Laith y lo miró desde allí, todavía pensativo, entrelazadas las manos en un gesto y sumido en una postura reflexiva, ¿es que así pensaría mejor? Lo que tenía, es decir, algo sobre él, es que, con esa frente arrugada y las cejas fruncidas, no podía ni fingir la franqueza con que se abría a él para aceptar lo que decía (hasta parecía que le habían diez años de más a su hoja de vida), indistintamente de si fuera  a creerle o no. Había compartido el motivo de su ansiedad con él, y no se lo tomaba a la ligera.

Si Laith estaba inyectándose con algo, o que Ryan, al obrar con buena voluntad, cometiera un error, terrible, terrible error, eso ya era otra historia. Lejos estaba, sin embargo, de dudar de la fiabilidad de su relato (excepto por el hecho de que sus memorias habían sido alteradas, como decía, era un hecho que Laith Gauthier había visto cosas que otros preferían que no supiera, África era tan real como sí mismo). Después de todo, había secretos que se guardaba. Como por ejemplo que.

Ryan había sido el que manipulara sus memorias.
 
—No has sido más que agradable todo el tiempo, ¿sabes?—soltó, riéndose. Y vaya, con qué ganas de reírse. Lo miró con un renovado brillo, amable. Por dentro, hubiera querido llorar. Así se sentía, al menos. Porque sus ojos estaban secos, secos. Y la sonrisa era blanca y sincera.

Se volteó y estiró la mano para alcanzar su varita, sobre la mesa. En el escritorio, había expuestos una serie de objetos, por lo demás, de lo más mundanos: un reloj, una navaja, una varita rota y un anillo. Había algo sobre este último. Tenía un trabajado excelente; además, de que era mágico. Y tenía como miles de años, pero seguía manteniendo su brillo plateado, tan nuevo como cuando su fabricante lo vendía en una plaza del mercado de. Algún lugar.

Ryan se incorporó, y le señaló los objetos con un gesto de la cabeza, yendo a colocarse detrás de Laith. Le preguntó, muy suave, si podía hacer el favor de concretarse en esos objetos, y grabarlos en su memoria. Y si se sentía apegado a alguno en particular. No daba explicaciones, pero usaba un tono casual, que tranquilizaba. Entre tanto, se llevó la varita a la boca al tiempo que se arremangaba.

—Es sólo un procedimiento formal. Cuando termine, tienes que ser capaz de recordar todos los objetos, o habré hecho algo mal—Enseguida agregó, él muy despreocupado—: Pero no te preocupes, lo haré bien.

Ya no se sabía qué pensar.

—En todo caso. El peor resultado sería que no puedas ver los objetos ni recordarlos, aun teniéndolos debajo de las narices. No suele suceder.

Ryan, basta. El resultado de hablar con la varita en la boca no era nada tranquilizador, a decir verdad.

—¿Los has memorizado? ¡Bien!—Recuperando el tono de seriedad, continuó, pasándole un brazo por el cuello, ¿ahogándolo?, ¡lo quería ahogar!, ¡estaba loco!—Oh, disculpa, ¿puedes dejarme…? Es posible que te agites un poco, ¿sabes? Tendré que sujetarte, tenerte controlado. Pero tú estarás bien, promesa. Puedes apoyar la cabeza en mí, ¿sabes? Te desmayarás de todos modos.

Mejor no pensar en eso.

—Una última cosa—Ryan levantó la varita y apuntó a la sien de la pobre víctima de una sujeción de gancho, que bien podía ser un método de asfixia muy efectivo, si buscaba matarlo—¿Estás preparado?

El latido tibio y nervioso en su pecho, le hizo sonreírse, enternecido por el golpe violento que sufrían sus sentimientos, que tardarían en calmarse. Pero que se callarían, tarde o temprano. Seguirían ahí, como lo hacían siempre, de una forma distinta eso sí. Ya no era un muchacho, quería pensar. Le resultó curioso, sin embargo, que sus sentidos flaquearan de esa forma, heridos.

—Respira calmado. Contaré hasta tres.

Ryan, traicionero como era, ni empezó la cuenta, y soltó el conjuro.

Laberintos son los que hay en la mente, inundada de corredores y caminos sin salida. Es un delicado artefacto, de muchas vueltas y cerraduras, el contenedor de las memorias: no funciona con imágenes, precisamente. Es un recorrido, a través de la turbulencia, por todo lo que los sentidos pueden experimentar. Y hay lugares, escondrijos del alma, que no se hicieron para que uno hurgara con el dedo, que no fueron pensados para ser abiertos, de adentro hacia afuera. Lo que se siente, es un picor desagradable y oscuro, que al principio es de alguna manera deseable, hasta que un fuerte chirrido se cierra sobre tu consciencia, estruja el aire hasta que no queda nada más que dolor (uno que tú olvidarás), y el impacto terrible de un aroma familiar, el destello de una voz, el eco de un beso, te llevan a recordar.

… Haces de luces, una reyerta de varitas… ¡NOO!

Sólo que Ryan no quería que recuerde. Sabía lo que había en su interior: una puerta sellada, con una impenetrable cerradura, que sólo una persona podía destrabar, liberando la verdad detrás del velo de los engaños y los secretos. Lo que él quería, era acomodar lo que, ya sea como una consecuencia natural por una mala intervención o, en todo caso, una secuela, le estaba provocando tanto mal, tanta ansiedad. En teoría, tenía que ser como ajustar un tornillo, en teoría.

De otro modo, significaría que algo andaba mal, y habría que hacer algo. Hacía tiempo que Ryan Goldstein se había citado a sí mismo con Laith Gauthier, sólo para chequear que el trabajo que él había hecho en su mente no estuviera perjudicándolo de alguna manera en su vida cotidiana, que todo se encontraba en orden. No era cosa de decir “Hola, ¿cómo estás?”. Había que seguirlo, observarlo, como un nuevo proyecto que te conllevará tu tiempo y tus actitudes, y este seguimiento tenía que hacerse, en lo posible, muy de cerca, y con la dedicación de un médico de cabecera. Eso era complicado, porque, en primer lugar, ya adivinaba desde el principio que Laith no querría recordar “alegremente” los viejos tiempos con él, esos tiempos en los que Golgomatch no había sido más que una pesadilla para el Pukwudgie.

Así que, habría que engañarlo de alguna manera.

Pensó, en la poción multijugos y una larga lista de opciones, hasta que eligió la que más se adaptada a su excéntrica forma de solucionar las cosas: lo secuestraría (en su forma de ave), lo llevaría a su casa, y le haría creerse una historia increíble sobre la naturaleza de sus intenciones, de forma que quedara claro que estaba empeñado en llegar hasta él, pero por motivos que no generaran sospecha sobre su razón particular y muy especial para rondarlo tan de cerca: en el hospital, su casa, la calle, afterparty, porque, tú sabes, que si eres un acosador, todo se ve muy normal. Y como la parte de ser un acosador no era del todo una mentira (tú sabes lo que dicen: toda mentira debe tener algo de verdad, para que sea creíble), lo hizo muy bien, a su parecer.

Era un plan genial. Muy malo, pero genial.

Ryan no contó con que el problema pudiera ser más grave de lo que hubiera querido creer. Siempre existía la posibilidad de que, al cifrar las memorias, pudiera presentarse una irregularidad que complicara severamente incluso la cordura de la persona en cuestión. Comprensible, si uno pensaba que cifrar un recuerdo era como insertar un objeto extraño en el organismo: normalmente, este se defendería, intentando expulsar el objeto extraño. Esto no era frecuente de no ser que el conjuro se hubiera hecho mal, o, en el peor de los casos, a menos que fuera provocado. ¿La intervención de la que hablara Laith antes pudo haber ocasionado una fractura en la cerradura que protegía esas memorias que NO debían ser vistas por Laith? Sí. Muy desgraciadamente, eso era lo que había sucedido. Y Ryan no podía arreglarlo. Se dio cuenta de esto cuando, en su sala de estar, la magia de salió de control.

***

Ryan se tocó el brazo e hizo una mueca, que debía de ser de dolor, si no fuera porque en sus labios persistía esa molesta sonrisita que lo hacía parecer un mártir bobalicón, que ante todo pone buena cara. Pero era evidente que sus pensamientos lo tenían muy apenado. Porque, al hablar, su voz ya no era tan poderosa como acostumbraba.

—No pasa nada. Esto no es nada. ¿Tú estás bien? Te traeré un vaso de agua. ¿O quieres algo más fuerte?

Por el brazo le trepaban unas heridas marcadamente rojas, como dolorosas enrededaeras, obra de un maleficio punzante. Sólo que nadie había utilizado la varita contra él.

—Te defendías. Yo era un organismo agresor, y tú te defendías. Un mago tiene muchos recursos además de su varita. ¡Ay!
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Jue Feb 22, 2018 7:00 am

Ryan escuchó toda su historia sin haber interrumpir, analizando cada una de sus palabras en esa posición reflexiva bastante inusual en su opinión. De todos modos, se preguntó si le creería, si realmente era capaz de comprender el trasfondo angustiante de aquella historia, de la frustración que se había convertido de días hacia el presente su existencia. Si Laith escuchara esa historia en una camilla de su hospital, se temía encontrarse escéptico frente a la veracidad de los hechos por el mero hecho de ser increíbles para el ser humano promedio. Él mismo, viéndolo desde un prisma distinto, se sentía incrédulo.

Se sintió en la incómoda necesidad de disculparse, quizá por sentir culpa. Le estaba pidiendo un favor tan inusual cuando sólo había sido un idiota todo el tiempo, desde la llegada de Ryan de nuevo a su vida. Miró finalmente las cosas en el escritorio, los objetos aquellos, el reloj, la navaja, la varita y el anillo. De pronto se sintió increíblemente inseguro respecto al querer realizar ese procedimiento, mirando los objetos, concentrándose en ellos, escuchando la explicación. Todo se fue un poco lo que se diría al garete cuando le dijo que “habría hecho algo mal”, oh, eso era de todo menos reconfortante.

Ryan, ¿estás seguro que…? —¿era aquella una buena idea? Había peores resultados que la verdad no quería conocer. Demasiado… peligrosos. Y no confiaba en Ryan lo suficiente. Sin embargo uno siempre llega a ese punto sin retorno donde sólo se puede tirar hacia adelante. — Sí, lo hice… —masculló, sobresaltándose nada más sintió ese brazo alrededor de su cuello apresándolo. — ¡Oye! ¿Qué estás haciendo? —inquirió, sujetándole el brazo para, si era necesario, forcejear en su liberación, aunque el rubio seguía prometiendo que todo iba a estar bien. Algo muy dentro de él no le sabía sincero.

Todo el mundo sabe que los peores pacientes son los doctores. Incluso cuando lo que iban a curar era, de alguna forma, su mente, sus recuerdos. Mordió su labio inferior, inquieto, antes de intentar relajarse. Asintió con la cabeza, inhalando profundamente y exhalando lentamente, regulando su respiración como lo intentaba con su ritmo cardiaco. Esperó el conteo que no llegó nunca antes de que su cuerpo cayera desfallecido, sólo sujeto por la llave en su cuello, un peso muerto.

Era un cataclismo dentro de una sola persona, ese desastre que se había vuelto desde ese día que fue atacado. En los laberínticos espacios de la inconsciencia se encontró perturbado, como si siguiera de cerca el paso de una entidad peligrosa. Así como en las películas, el protagonista se interna en los más grandes peligros para llegar al clímax cinematográfico. Como una tormenta que llueve y nubla todo a su paso. Un denso peso que impide respirar, el dolor más puro que cala en los huesos como el frío, los lejanos sonidos que yacen perdidos, y un extraño aroma. Un aroma a limón. Su abuelo solía decirlo, incluso en sus últimos segundos: la muerte huele a limón.

Jamás sabría decir a ciencia cierta por qué lo había dicho, si le había mentido o si muy por el contrario, jamás había estado en riesgo de una muerte inminente. Pero ahí, en ese mismo segundo, el limón le calaba muy hondo. Entonces sintió mucho calor. Un calor muy parecido a cuando uno siente un subidón de adrenalina, cuando el joven pelea y se deja los puños en el juego, cuando uno hace algo muy peligroso arriesgando el pellejo en el proceso. Ese tipo de calor que agobiaba, que tensaba los músculos y los hacía temblar, pero que al mismo tiempo proveía de fuerza inhumana a su portador. De eso se trataba.

Jadeó con fuerza, pareciese que había salido de haber estado a punto de ahogarse, privado por más que unos segundos de su respiración, como si sus latidos se hubiesen callado por un momento. Lo último que vio antes de regresar en sí mismo, perdiendo mucho de lo sucedido en su síncope, fue una silueta, un rostro familiar que al abrir los ojos y encontrarse en la casa de Ryan no fue capaz de discernir. Causaba un agobio en el pecho, sentía ganas de llorar. ¿Quién sería, esa persona, cuyas heridas permanecían abiertas, escondidas, intactas dentro de algún punto de su ser? ¿Y qué le había hecho que hoy lo hacía sentir tan atormentado?

Ryan —pronunció, casi temiendo que no fuera capaz de hablar. Tuvo un repentino golpe en su cabeza que lo hizo llevarse una mano a la frente, sujetándola con dos de sus dedos y apretando los ojos. Los abrió entonces, buscando a su alrededor y encontrándose con Golgomatch herido. El calor no desaparecía. — ¿Ryan? ¿Qué te ha pasado? ¿Te encuentras bien? —preguntó, preocupado, alzando su mano en un amago por tocarlo que quedó en el aire. — Estoy bien, ¿qué fue lo que sucedió? ¿Yo te hice eso? —se puso de pie, pese a que se mareó en el acto.

Se sujetó de la silla, pero se incorporó rápidamente, acercándose a él. Parecían un maleficio, abrió la boca, guardó silencio. Las ganas de vomitar llegaron a su estómago y subieron en reflujo hasta su garganta, probable efecto de aquel mareo. Tragó en seco, un tembloroso gesto apareció en su rostro del asco, mientras sacaba su varita. Perdió el aliento, sin embargo, cuando oyó una voz cercana, casi en su oído, salida de sus pesadillas, aquella de uno de sus profesores, aconsejándolo qué hacer con la herida. Una voz que venía del pasado, que no estaba ahí, no era real, pero lo parecía.

¿Qué es lo que tengo?
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Ryan Goldstein el Miér Feb 28, 2018 12:02 am

Joey y Mandy nadaban en el estanque del jardín, cual si fueran pececillos aleteando alegres. Sólo que de haber un pez en el agua, lo hubieran devorado vivo. No había lugar para la comparación. Dientes que despedazaban la carne, dura piel de escamas que los camuflaban a los ojos de las ingenuas y desprevenidas presas, lágrimas que no venían del corazón como si les fuera imposible ser otra cosa que máquinas asesinas. Por qué Ryan Goldstein sentía predilección por estas criaturas, era un misterio.

La historia sobre cómo los había conseguido tenía sus raíces en Sudamérica. Allí conoció a un chamán, hombre cano y muy dado a la risa, que le aseguró que, de haber sido animago, Ryan hubiera adquirido las fauces y la cola de un cocodrilo. Esto llamó su atención, y aceptó lo que le vendía (muy casualmente, el hombre estaba buscando deshacerse de dos huevos de cocodrilo, que el aventurero llevaría en su bolsillo todo el viaje). Así fue como, tiempo después, se convirtió en la madre de dos bebés de cocodrilo recién nacidos que salían del cascaron, con sus ojitos brillantes y deseando hincarle el diente a algo vivo.

Había en torno a los cocodrilos un significado espiritual, oculto, sobre el que el chamán insistió, aconsejándole que mantenerse cerca de nuestros animales de poder puede ser beneficioso para el alma (detallando también algunos puntos respecto al precio), y que de seguro hallaría paz y reflexión, en la buena compañía de esas garras y esos colmillos, venidos al mundo para depredar, como buenos hijos de la naturaleza, hermosa pero cruel.

A Ryan todo esto le pareció muy bien, y sin pensárselo dos veces, integró a Joey y Mandy a su familia.  

—¿Mejor?—
Ryan llegó del jardín, cerrando la puerta corrediza detrás de sí. Los cocodrilos habían causado revuelo, enturbiando el agua, peleándose por un trozo de ala de un ave que Joey había cazado al vuelo. Ahora habían vuelto a quedarse quietos, sumergidos en ese remanso de paz que eran las aguas poco profundas del estanque—. Ese té te ayudará, te lo prometo.

Muchas promesas, las de ese hombre. Y actuaba tan convencido, tan seguro, pero no de una manera que podría inspirar esa impresión para transmitirte confianza, sino imponiéndose en su naturalidad hasta un punto que podía resultar molesto y provocar el efecto contrario. Se aprovechaba, de la ventaja que le daba el hecho de que Laith esperaba respuestas, y las tenía. Claro que no sabía cuán difícil era para Ryan, darle lo que pedía. Eso pasaba a segundo plano, cuando reparabas en que por muchos apellidos que se cambiara, seguiría teniendo esa molesta manía de imponerse, manejando la situación, tomándose todo el maldito tiempo del mundo. Primero, como un adolescente prepotente, ahora como el hombre que tiene todas las soluciones debajo de la manga. Eso tenía que oler sospechoso.

Le había preparado una infusión, insistiendo en que era justo lo que necesitaba, y había servido dos tazas en la mesita frente al sofá, al que fue a sentarse, de un suspiro. Encorvado hacia adelante y acodado sobre sus piernas, juntaba las yemas de sus dedos, hasta que lo miró de soslayo antes de hablar. Le sonrió.

—¿Te he dicho que soy bibliotecario?—Todo el tiempo. Si iba a empezar por decir algo, por favor que no lo alargara—. Viajo todo el tiempo—agregó, con un tono de entusiasmo que no cuadraba—. He estado en África también.

Ajá.

—Laith, sobre África…


No supo por qué, pero de pronto, todo lo que sentía o había sentido alguna vez por Laith Gauthier se le agolpó en el pecho, con tan sólo una mirada. Y es que, un hombre culpable, siempre querrá aferrarse a algo que lo haga parecer menos culpable, y en este caso, se trataba de un sentimiento, tierno sentimiento, lo mejor de sí mismo. Esto a Laith podía darle por culo. Pero, a Ryan lo ayudaba a aventurarse en la difícil tarea de soltar algunas confesiones, que claro, podían ser, tenían todo el tinte de no ir a ser, de su agrado.

Era como soltarle en un idioma de palabras no dichas (y sólo para que su propia consciencia quedara tranquila): “Ok, te diré algunas cosas que no te van a gustar, ¡pero ey!, ¡aun me provocas estos sentimientos!, ¿no es eso increíble? Me tienes loco por tus huesos, y me has usado, ¿recuerdas? Y bueno, a pesar de todo, yo soy tuyo en mi pensamiento…”

—Tú viviste una aventura, una muy buena me atrevo a decir. Y nosotros nos cruzamos en esa aventura—hizo una pausa, breve—, incluso aunque tú no lo recuerdes.

Oh.

—Laith, fui yo el que. Te hice una promesa. Y la estoy manteniendo, te aseguro que sí—
Ok, eso debía sonar enredado—Primero, tienes que saber que lo que te está sucediendo, no es irreversible. Pero necesitaré tu ayuda para. Necesito que confíes en mí—Reparando en el detalle de que debía ser más claro, continuó—: Hace X años, tú entraste a las Ruinas del Tiempo Perdido, o también sólo llamadas Las Ruinas, en el territorio de los Malinka. Tus compañeros de viaje eran Nankín y Niara Soyinka, y juntos se perdieron en un laberinto. Todo esto está bien, hasta que te aventuras solo hacia el corazón de este laberinto. Donde encuentras la flor de Kantu. Todos estos hechos son reales y están en tus memorias. Excepto por lo que realmente sucedió en el corazón (donde tú y yo nos encontramos, porque sí, nos encontramos). No puedes ver esas memorias porque… No se suponía que tú retuvieras nada de lo que sucedió allí, por lo que los bibliotecarios de El Archivo llamamos “Secretos Terribles Extremadamente Confidenciales”, o sólo S.T.E.C. Forma parte de una política del estatuto del secreto de los magos, que sólo la biblioteca pueda tener conocimiento de ciertos… En fin, datos o registros que no son de conocimiento público, por su propia protección. Y como tú, estabas ahí, bueno, técnicamente, lo normal hubiera sido… Borrar tus memorias, ¡pero no hice eso! Tú…

Ryan parpadeó, confundido, pero continuó. Por un momento, pensó que tenía una laguna en sus propias memorias. Pero eso era imposible. ¿Lo era?

—Tú me hiciste prometerte que no lo haría. Y, bueno, yo… No hice eso, pero sí hice otra cosa. Los encripté. Para que entiendas, te lo explicaré de otra manera. Los escondí en tu cabeza, de forma que nadie pudiera encontrarlos. Hasta que. Bueno, para que la biblioteca no sospeche, tuve que hacerlo. Y recuperarías esas memorias, las recuperarías algún día previsto en una agenda…—No estaba explicando CUÁNDO—. Lo importante aquí es, que por el motivo que fuera, el trabajo que hice con tu memoria te está generando dificultades ahora, y si no lo solucionamos, tu condición podría empeorar. Lo que necesitamos ahora, es desencriptar esas memorias. Para que lo entiendas, sería como revertir lo hecho para recuperar un cierto sentido de equilibrio. De otro modo, empezarás a. Perderte en ti mismo. Es posible que en el transcurso del tiempo tengas alucinaciones, o cualquier otro tipo de afección relacionada con la mente, que esto afecte tu humor, tu condición física…

¿Y el tecito iba a curar todo eso?

—… que tengas pesadillas muy vívidas… —Se interrumpió—Lo siento. Siento haberte hecho esto, a ti. Créeme, que te afectara así estaba fuera del plan. Nunca. No suele ocurrir, ¿sabes? Es muy poco frecuente—Sonaba frustrado—. Pero te está sucediendo. Y voy a hacer que pare. Con tu ayuda. Porque tendremos que hacer un viaje. No puede ser de otra forma, lo siento.

Muchos “lo siento” en un solo día.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Sáb Mar 03, 2018 11:18 pm

Ya había sido dicho una vez, pero: los sanadores siempre son los peores pacientes. Porque uno entiende, de una forma abstracta y tan real que es desesperante, que cuando alguien no quiere dar información de inmediato sólo significa que hay malas noticias. Pésimas noticias. Porque uno en su trabajo no llega y suelta la bomba: uno debe dar esas malas noticias, sí, pero espera a que sea el momento. Que el paciente esté estable, por ejemplo. Que no haya riesgo de desplomarse si recibe un golpe duro. También sabe que mientras uno más espere para dar esa información será más difícil de digerir. Todo eso sabe una persona que está acostumbrada a dar malas noticias. Los médicos eran capaces de ser la mejor o la peor persona en la vida de un ser humano.

Lo peor era que aunque uno sabe todo eso, los médicos siempre creen, cuando están del otro lado, que serán capaces de soportar esa noticia y no quiere que tarden en dársela. Es ingenuo al pensarlo, sí. Y cuando uno demora tanto tan innecesariamente, en su opinión, también les dan ganas de explotar. La impotencia les puede. Porque están acostumbrados a ser ellos quienes manejen la situación, ¿qué pasa cuando les quitan el control? Quieren recuperarlo, si no pueden se encuentran en ese punto tan desesperante de querer gritar y enfurecerse. Y deben ser calmados. Pacientes. Por eso deben llamarse así los “pacientes”. Cuando hay información oculta, sin embargo, la cosa más difícil es ser paciente. A veces, lo más difícil para hacer es no hacer nada.

No quiero té, solo… Sólo quiero que me lo digas —reiteró por enésima ocasión, tenía un gesto cerrado, los brazos cruzados al igual que las piernas. No pensaba recibir más de lo que quería saber. Estaba inquieto y le sacaba de su zona de confort sentirse así. La información que le dio a continuación lo dejó helado, petrificado en su sitio. La voz de Niara viajó desde sus recuerdos hasta el presente. El hombre de su sueño, esa silueta sin rostro, regresó también arrancándole el aliento. Esto no le estaba pasando, no a él.

“He estado en África también” se oyó dentro de su cabeza al mismo tiempo que la voz de la negra diciendo: “Uno de ellos fue a por ti”. Era aterrador cómo una historia inconclusa, que había pasado tan rápida y tan confusa, venía reafirmándose con la misma estabilidad que un muro bien asentado. Un peso enorme en el pecho no le dejaba respirar con naturalidad. Miraba a Ryan como se le mira a un animal en la calle, a ese perro desnutrido que sabes que por hambre podría tirarte una mordida: con desconfianza, con pena, viendo a un ser inferior moribundo. Como el portador de esa mala noticia. Los médicos saben que sus rostros se quedan en la memoria de los pacientes, ellos recuerdan perfectamente al doctor que les dijo: “Hicimos cuanto pudimos, el daño era muy extenso y no pudimos salvarlo. Su familiar ha fallecido, lo lamentamos mucho”. Supo en un segundo que Ryan era ese rostro que uno podía llegar a odiar sólo por estar en el sitio equivocado en un momento inoportuno.

Lo escuchó mirándolo con un gesto ausente, no le creía. La confianza que llegó a sentir, esa necesidad de hablar con él, de darle como un objeto frágil en sus manos todas sus inseguridades, ahora se convertían en resentimiento. — No creo en ti —intervino de pronto al escucharle decir que necesitaba que confiara en él. Ryan sabía demasiado, y él aparentemente no sabía nada en lo absoluto. Era surreal. Más bien el argumento de una película de acción que algo que pudo haber pasado en su vida. En la vida de él y no de otro. — ¿Cuándo se supone que los recuperaría? —cuestionó, interrumpiéndolo súbitamente. Se puso de pie al terminar esa explicación, el corazón le ardía en un destructivo sentimiento. — Cállate, ¿de acuerdo? No quiero escuchar tus disculpas, sólo cállate y déjame pensar —masculló, caminando en círculos como un león enjaulado.

Se había ido a detrás del sofá. Como si la división que el mueble ejercía lo ayudara a sentirse en paz al menos un segundo. A sentirse seguro cuando no conocía al hombre frente a él. Prometer que no le borraría las memorias sonaba lógico para él, sí. Era uno de sus peores miedos. Uno que no era tan irracional en el mundo mágico. Pero todo lo demás era información aterradora. De esa que uno cree que puede soportar y al final resulta ser arrolladora y agobiante. Desencriptar memorias, recuperar el equilibrio de su mente antes de que destrozara la esencia de su ser. El cerebro es una máquina que nos permite ser nosotros. Hay una parte del mismo que los médicos llaman a veces “la caja de sueños”, es la parte donde se crean los sueños, los recuerdos, donde se disciernen las formas y colores. Ryan había dañado la suya. Su caja de sueños.

Tú me hiciste esto, Ryan —dijo después de unos minutos de ir y venir en completo silencio. Se detuvo, colocando las manos en el respaldo del sofá, mirándolo con un gesto de ácida severidad. — No era tu intención, pero lo hiciste —aunque él tampoco creyese que fuese accidental. Laith era así, trataba de ser amable y no explotar. Guardaba todo dentro, esa rabia que sentía, las ganas de estallar. — Tú lo hiciste, me provocaste esto, estás arruinando mi vida, así que tendrás que ayudarme a revertirlo, a enmendar el daño que tú causaste, vamos a hacer que pare, que mi cabeza regrese a ser lo que era antes de tu… —inhaló, se estaba alterando, contó hasta diez. — Antes de tu intervención. Y después no quiero volver a verte nunca.

Era frustrante. Se sentía atado. No lo abandonaba la sensación de peligro. Quería gritar hasta destrozarse las cuerdas vocales. Y estaba adherido por consecuencia a Ryan, la única persona que sabía qué había hecho y, por supuesto, la única que sabía cómo revertirlo. Le daban ganas de llorar de la impotencia. Además de que el pánico y el miedo lo tenían cautivo. Podía perderlo todo, podía volverse loco, su caja de sueños se rompería y ya no volvería a ser él mismo jamás, con suerte la sombra de lo que un día fue. Y sólo por alguien que alteró todo.
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Ryan Goldstein el Dom Mar 04, 2018 5:42 am

—Es justo—susurró. Las palabras se deshicieron lentamente en la levedad del aire. La habitación de pronto se había vuelto oscura; la tarde moría, gris, afuera. Lo miraba con una ligera sonrisa colgada de las comisuras. Había una sombra en su mirada, y sus pupilas ardían en el fondo. Perfectos ojos azules, los suyos. Helados, como la mentira cuando se sirve fría—.Queremos lo mismo—Se incorporó, resoplido de por medio. La fuerza de la gravedad lo liberó de ese instante en el tiempo y el espacio, y se permitió evocar los ecos fugaces de una felicidad amarga que otros hubieran olvidado; pero en él, ardía como una herida abierta, y no habrá sido dicha propiamente, sino un prolongado grito que ansiara arrancar su pecho con todas sus fuerzas, pero su estridencia había roto las cadenas que no lo dejaban volar, y si lo hizo, si se obligó a sentirlo de nuevo, fue sólo para recordarse a sí mismo por qué hacía lo que hacía. No todo habían sido errores, quería pensar.

Ryan abrió la puerta y la dejó así, abierta.

—…y deberás presentar una excusa creíble en tu trabajo—Hablaba, dándole la espalda. Repartía instrucciones, muy acostumbrado a darlas, ligero de pies entre que iba del sofá a la puerta, de la puerta al escritorio. Lo que parloteaba tenía sentido (para él): “Nos iremos, no puedo decirte cuándo volveremos, así que hazte una maleta… Sencilla, diría”. También explicó algo de hallar a alguien, pero no dijo a quién. Hubo un momento en que se detuvo, lanzó una mirada cansada en derredor, y se peinó la rubia cabellera, tan rebelde, hacia atrás, en un gesto. Parecía estar pensando qué excusa inventarse él, ¿una desaparición forzosa?, ¿un secuestro?, ¿muerte aparente? Con él, difícil saber. En un desvió del hilo de la conversación, lo llamó—: Laith.

Sonrió.

—Te dije, que siempre sentiría amor por ti—La sobriedad del acento, lo delató atascado en un negro pensamiento. Se aclaró la garganta, y sólo entonces su mirada adquirió un color vivaz—. Tú puedes no recordarlo, yo sí. Fue real, lo que dije. Y lo repito ahora, porque—Ryan volvió la mirada hacia el tarjetero de mesa, que revisaba, ocupado en sus cavilaciones, que se guardaba—No sé si llegaré a decírtelo luego—dijo sencillamente. No, por supuesto que era improbable. Es decir, si uno tenía en cuenta los baches en el camino: trolls de montaña, planos de existencia que superan lo conocido, una red clandestina de información, una organización secreta de alcance internacional y de una definida postura antigubernamental por no decir terrorista, y todo por ir detrás de un rostro que fue visto por última vez antes de una de las más grandes catástrofes conocidas en el mundo mágico. Todas estas cosas formaban el día a día de Ryan Goldstein, así que ellos estaban O.K, pero no K.O, sólo O.K—. El tiempo—Ryan observó su reloj de bolsillo, una manía que tenía si le prestabas atención—, pasa volando. Y buscar a esta persona nos mantendrá ocupados. Si fuera posible traerlo hasta ti, lo haría. Pero no es alguien fácil de ubicar, y la única forma de hallarlo es ir hasta él, me temo. Es un amigo—“Un amigo con cartel de SE BUSCA a nivel internacional”, le faltó decir, pero de todos modos, ya nadie recordaba su rostro, de tanto que se disfrazaba—. Y le confié a él lo que nosotros llamamos… “La llave de mi cerradura”—Sonrió, sabiendo que eso no debía sonar muy esclarecedor—. Su nombre, bueno, se lo conoce como “El cerrajero”, y otras cosas. Yo lo llamo nada más “Jack”—Aquí entramos en un mundo de tecnicismos muy similar al de Alicia en El País de las Maravillas. Jack bien podía ser El Cerrajero, Ryan era El Conejo, Laith era Alicia, y así… ¿Y quién sería la temible Reina de Corazones?—En otras palabras, es el único que puede deshacer lo que yo hice.

Lo que callaba, es que una vez que tomara el ticket de ida, Ryan Goldstein no podría volver. ¿Qué le quedaría de lo que dejara atrás? Tendría tremenda suerte si la biblioteca no lo cazaba por deserción. Serían muchas cosas que explicar. Había barreras. Y él iría y las rompería todas, porque el tiempo apremiaba y no había ocasión para tomárselo con calma. Pero cualquier tanteo sospechoso en la oscuridad estaba penado. Y estaba el otro asunto,¿por cuánto tiempo podría retrasar lo inevitable? El reloj. Cada vez le quedaba menos cuerda a su reloj. El tic tac de las manecillas lo preocupaba. Riéndose por dentro, pensó que bastaría con comprar un reloj nuevo. Si no fuera porque aquel, era irremplazable.

—Tú tienes cosas que hacer. Yo tengo las mías—dijo, luego de una pausa. No parecía muy conciliador al respecto, por alguna razón, su semblante se endureció por unos segundos—Pon tus cosas en orden y nos veremos… Estás cansado, y estás enojado, es natural. Sólo descansa. Porque no me sirves alterado. ¿Qué hay de pasado mañana?, ¿estarás listo para entonces?—Por el tono, asumía que estaría “listo” cuando a él se le ocurriera chasquear los dedos—. A menos que mañana quieras acompañarme a una adorable cena familiar, no estaré disponible para ti sino a partir del día después. Y sí, tengo que cenar con mi familia. Que descanses, Laith.



asdsad:
Eeeeh, siento que llegados a este punto debería darte un cartel con señales o algo. Pero no hace falta, ¿verdad? (?)

:3

Un día normal en la mente de un roler (?):
MUSA A: VAMOS; VAMOS; LO TENÉS AHÍ, YO SÉ QUE PODÉS!!!!

YO: NO, NO, NO!!!NOOOOOO!!! ES UN CLICHEEEEÉ!!!

Musa B: LO QUE MÁS ODIO DEL DRAMA ES QUE AMO EL DRAMA!!!!

Musa C: METELO BOLUDAAAAA!!!!

Yo: NOOOOOOOOOOOOO!!!! CLICHEEÉ! MUERTE A LOS CLICHEEEÉ!! NO ME HAGAN ESTO, NOOOO! RYAAAAAAAAAN! HEEEEELP!!!

Musa X: JAJAJA RECUPERA LAS MEMORIAS Y SE DESHACE DE RYAN, MATA DOS PAJAROS DE UN TIRO, BOLUDOOOS!!!

Musa B: NOOOO!!!! SIIIIII!!!! (???) EL DRAMAAAAAAAAAAAA!!!!

Yo: RYAAAAAAAAAAAAAAAAAAN!!!! NO ME HAGAN ESTO!!! NO ME HAGAN ESTO!!! NOOOO!!!!

Musa A: DALEEEE, CUMPLE TODAS TUS FANTASÍAS: LA MUERTE COMO LA ÚLTIMA GRAN AVENTURA!!!!

YO: NOOOOO! YO NO TENGO FANTASÍAS CON LA MUERTE, PUTO NECROFÍLICO!!!!

Musa C: QUE LO METAAAAA!!!!!!

Musa X: BOLUDOOOOOOOS!!!!!! JAJAJAJAJA

Musca B: NO DEJES QUE PASEEE; PERO NO ME QUEJO SI PASAAA!!!! EL DRAMAAAAAAAAAA!!!!!

YO: NOOOOOOOOOO!!!!
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Miér Mar 07, 2018 6:00 am

Ryan estaba de acuerdo con él, no volver a verse luego de acabar con aquel teatro, un drama protagonizado por ellos dos. Como un actor en una obra ridícula. Y una parte de él, casi aferrada a aquellas emociones de lo que uno podría identificar quizá correctamente como rencor, en el egoísmo de su persona, se encontró tan victorioso cuanto confundido. Miró al techo, como si este le diese una respuesta a la pregunta que nunca fue formulada. Se preguntaba, además, si todo aquello pasaría, si habría un final digno para su historia. No podía acabar así. Se negaba a pensar que su cuento encontraba su punto final en las paredes de un hospital mental, incapaz siquiera de recordar al hombre que fue.

No me digas qué hacer —reparó de pronto, cuando le dio aquella instrucción. Es decir, era evidente que iba a tener que hacerlo, pero iba a hacerlo porque él en su buen juicio lo consideraba lo más óptimo, no porque Ryan Golgomatch le dijera que lo hiciera. Puso los ojos en blanco, comenzando a caminar a la puerta, queriendo cerrarla, acabar con aquello, ser, de algún modo, libre, al menos por el momento. — ¿Qué? —preguntó al escucharlo decir su nombre, girándose en su dirección para observarlo.

Aquella mirada de superioridad y desagrado regresó cuando Ryan le recordó que siempre sentiría amor por él. Tenía tantas cosas que decirle, cada una menos amable que la anterior. Eran ganas de querer hacer drama, las de Golgomatch, cuando él le decía aquello, con esa aparente amargura y las palabras que elegía: “no sé si llegaré a decírtelo luego”. Habían pasado los años y Laith se encontraba igual en su posición ante Ryan. Pensaba que era un egoísta y que no iba a cambiar. Que sus sentimientos, esos que le declaraba ahora, eran superficiales. Que había sido, de algún modo, un premio.

No te creo, Ryan, no importa cómo lo digas, no recibo ni aprecio y mucho menos correspondo lo que sientes —dijo con un tono sereno, agradable de hecho, como si no estuviese diciendo que no sentía lo mismo, que ni siquiera creía que lo que él sintiera fuera real. — No te entiendo, y la verdad, no quiero que me lo expliques, no quiero seguirte escuchando. No me interesa, tampoco, porque no importa qué tendremos que hacer esto, así que prepararme es… inútil, un gasto vano de energía —negó con la cabeza. Laith sólo oía sin escuchar, ¿sería aquello un error que pagaría caro en el futuro? No lo sabía.

Había asumido ya que todo aquello estaba muy fuera de su poder como persona común y corriente, que todo a lo que tenía que enfrentarse era extraño. También parecía muy seguro de que nunca habría tenido que enfrentarlo en primer lugar de no haber sido porque Ryan lo había metido en ese problema. Mientras más vueltas le daba, más parecía disgustarle. Entornó sus ojos en su dirección cuando lo invitó a una cena familiar, bufando y negando con la cabeza, era un verdadero idiota. Toda la familia de Ryan parecía odiarlo cuando él sólo era la víctima de los hechos. Estaba dispuesto a marcharse, caminando hacia la puerta.

Ryan, dime una cosa —le pidió, deteniendo sus pasos unos segundos y mirándolo por encima del hombro. — ¿Tú sabías que esto sucedería? ¿Por eso estás aquí? —preguntó. Parecía ser un pensamiento que taladraba sus sentidos, que lo angustiaba, salido de la paranoia a la que su mente se había sometido. En sus atronadores pensamientos de constante conspiración en su contra, de su miedo a lo desconocido, al pasado. Antes de que Ryan pudiese hablar, interrumpió. — Olvídalo, yo… realmente no sé si quiero saberlo —confesó, caminando y saliendo, cerrando la puerta detrás suyo y marchándose.
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