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Con las manos en la masa [Tobias Malone]

Marnie A. Lily-White el Sáb Dic 30, 2017 8:43 pm

Un par de días atrás, conseguí cambiar mi turno de urgencias con uno de mis compañeros para poder librar la noche del 1 de enero —por obvias razones—, motivo por el cual me hallaba en el hospital a altas horas de la noche. Había sido toda una suerte y un milagro que mi colega hubiese aceptado el cambio puesto que, de lo contrario, no habría sabido qué hacer para ocultar mi condición. Imaginaos transformarse en un lobo agresivo en mitad de un hospital donde gran parte de las personas están incapacitadas para huir o luchar. Sería una situación más que terrible, pero ya no debía preocuparme por ello ni idear un plan B para ausentarme dicho día. Por lo que, a pesar de mi aspecto enfermizo, estaba la mar de contenta. O todo lo feliz que se podía estar ante el doloroso proceso por el que tendría que pasar de aquí a unas noches.

Sacudí la cabeza como si de aquel modo todos mis pensamientos fueran a desvanecerse por arte de magia. Necesitaba dejar de pensar en esa noche, pero desde hacía unas horas se respiraba un aire tranquilo y se veía poco movimiento en la planta donde estaba destinada debido a que, extrañamente, había escaso trabajo. A veces un poco de paz y tranquilidad era bienvenida —especialmente tras momentos de mucha actividad—, pero otras resultaba desesperante. No solo porque entonces mi mente aprovechaba para darle vueltas a las cosas de manera incesante, sino también porque nunca me había gustado estar mucho rato sin hacer nada. Generalmente aprovechaba esas horas de tregua para repasar informes o continuar con mis investigaciones, sintiendo que así al menos no perdía el tiempo. Sin embargo, el ánimo y las ganas no me acompañaban en aquella ocasión.

Al final se me ocurrió revisar la cantidad de pócimas con efectos curativos o de prevención del consultorio. Escaseaban algunas útiles frente a quemaduras y algunos antídotos contra venenos de ciertos animales y criaturas mágicas, así que decidí hacer una visita al área donde se guardaban y conservaban las diversas pociones que se elaboraban para su distribución hospitalaria.

Nada más llegar a mi destino me encontré con la persona encargada de mantener un control de lo que entraba y salía del almacén, una señora entrada en años de rostro amable—. Buenas noches señora Bradbury. Preciso de las siguientes pociones —comuniqué entregándole un pergamino donde estaban listadas las pociones que hacían falta reponer. La mujer dio el visto bueno y, tras hacerme firmar, me dejó pasar al interior del depósito. Sin perder el tiempo, comencé a examinar las diferentes estanterías leyendo las etiquetas que informaban del tipo de pociones almacenadas en ellas y fui colocándolas sobre un carro metálico que me facilitaría su transporte. Sin embargo, un pequeño ruido hizo que me detuviera en mis quehaceres y me pusiera alerta. No había visto a nadie al entrar, quizás eran imaginaciones mías, pero mi instinto me decía lo contrario—. ¿Hay alguien ahí? —pregunté imperturbable al tiempo que me movía por la sala para inspeccionarla.
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Invitado el Dom Dic 31, 2017 6:23 pm

Colarme no iba ser fácil, pero sí necesario. Si bien las había pasado muy putas hasta que conseguí hacerme con la diestra creación del brebaje en cuestión, tal y como estaban las cosas, más me valía no ir por ahí hecho una mierda y por tanto, siendo más propenso a no salir indemne de un ataque o de cualquier otra mierda que hicieran aquellos que se creían superiores. Tenía pocas alternativas, porque nadie le vendía el acónito a uno así como así y o me colaba en San Mungo o me arriesgaba a no hacerla a tiempo, que la jodida maldición no sólo era peligrosa para mí, sino para cuantos estuvieran cerca al momento de transformarme. Y joder, también después. No era tan sencillo robar en un lugar mágico como en uno muggle, pero el riesgo merecía la pena y la noche, pese a lo que significaría para mí días después, sería mi gran aliada. Eso y vestirme de riguroso luto, como quien dice.

Conseguir lo conseguí, pero mi respiración se detuvo al sentir cómo alguien entraba en la estancia donde se guardaban los ingredientes de pociones, donde me había colado tras pillar a la buena señora distraída. Pero por la voz, por cómo olía aquella mujer no era ella. Tampoco pretendía asomarme y presentarme ante ella como un galán caballero. Sin embargo, no iba a desaparecerme de allí principalmente porque uno no podía hacerlo sin más en determinados sitios. Y ya que estaba allí, no era mi principal idea irme sin el acónito. Mientras ella se movía, yo también, pero la naturaleza no me había hecho transparente, tampoco menudo así que al final nos encontramos. Con las manos a la espalda, guardándome lo mío dentro del bolsillo trasero del pantalón, puse mi mejor cara de póquer. -Yo ya me iba- como si nada, me propuse largarme.
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Marnie A. Lily-White el Mar Ene 02, 2018 5:10 pm

El cuarto no era de grandes dimensiones, así como tampoco había muchos lugares que proporcionaran un buen escondite en el supuesto caso de que alguien quisiera ocultarse y pasar desapercibido. Por dicha razón, bastó con merodear un poco por la estancia para encontrarme de frente con la causa del sonido que me alertó. Se trataba de un hombre joven. Lo primero que llamó mi atención fue el color de sus ojos, de un tono azulado, y tras observarlo detenidamente me dio la impresión de haberle visto con anterioridad. Solo que no lograba ubicar dónde. Inicialmente pensé que tal vez pudiera tratarse de un enfermo perteneciente al ala de Daños provocados por hechizos, cuyo estado mental hubiese quedado trastocado debido a un encantamiento mal realizado, que vagaba por el edificio sin supervisión. De ser así, en algún momento pude haberme topado con él por los pasillos, lo que explicaría ese leve reconocimiento por mi parte. Sin embargo, su vestimenta hizo que desechara esa conjetura. Iba ataviado con un ropaje oscuro que desentonaba mucho con las túnicas que vestíamos los trabajadores y pacientes de San Mungo.

No tan rápido —repliqué interponiéndome en su camino con la clara intención de bloquearle la salida. Si pensaba que iba a marcharse de rositas, lo llevaba bien claro—. Antes de salir por la puerta, le aconsejaría que me explicara qué está haciendo en un área restringida cuando es obvio que no es un empleado del hospital —. Quizás era estúpida por querer ofrecerle la oportunidad de explicarse por las buenas, antes de tener que amenazarle con llamar a seguridad para que se encargaran personalmente de él —lo cual le acarrearía más problemas que si confesaba ante mí—; pero también estaba el hecho de que algo en él me resultaba familiar y deseaba averiguar el qué. De modo que así ganaba un poco de tiempo hasta recordar por qué razón me sonaba su rostro—. Y no me venga con el cuento de que se extravió buscando los servicios o similares. Está muy visto —añadí. Porque tener buena voluntad no me convertía en una tonta que se creía la primera historia que le contaban para salir del paso.
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Invitado el Sáb Ene 06, 2018 4:51 pm

Era mujer y no medía precisamente un metro ochenta. Pero también era cierto que yo no jugaba de todos modos con ventaja. Claramente ella trabajaba allí y en pleno mundo mágico, no habría problema en enzarzarse en un duelo de varitas, hechizos varios y lo que se terciara. Así que, cuando me bloqueó el camino, no pude hacer mucho más que mirarla con el ceño fruncido y sí, gruñir para no variar, si bien apenas fue un sonido bajo. -Me pone que me trates de usted- al fin y al cabo no nos conocíamos ni mucho menos había confianza como para que me tratara de tú. Pero como yo no solía acostumbrar a tratar de esa manera a nadie, me resultaba extraño que lo hicieran conmigo. Además de trabajar allí era lista, no una tonta incrédula que fuera a tragarse cualquiera de mis posibles invenciones así que tenía que pensar rápido y escabullirme con el acónito como buenamente pudiera.

-No me atendían- me encogí de hombros y al hacerlo, dibujé una mueca de dolor en mi rostro. Tenía que pensar el motivo y se me ocurrió un dolor imaginario, ahora sólo me quedaba la causa. Para ganar tiempo, hice como que intentaba volver a moverlo y que nuevamente, me costaba un triunfo. Y mucho dolor. -Me caí por la ventana saliendo de una casa ajena. Muggle, no podía desaparecerme sin más- ni confesar ante una desconocida que el riesgo mayor era que me encarcelaran. Pero estaba resultando creíble. -Me he jodido el hombro en la caída, he venido hasta aquí a que me lo pongan en su sitio...- como si el hospital fuese lugar de confianza. -Pero me dolía mucho- en ese momento me adelanté, acortando más las distancias. -Si pudieras darme un calmante, podríamos irnos cada uno por nuestro lado-
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Marnie A. Lily-White el Mar Ene 09, 2018 3:01 pm

Como era de esperar el que interfiriera en su camino no le sentó demasiado bien. ¿Qué esperaba, que diera media vuelta e hiciera como que no le había visto? Sin embargo fue aquella perlita que soltó «Me pone que me trates de usted» la que provocó que pusiera los ojos en blanco. ¿En serio? ¿No se le ocurría otra cosa mejor o más ingeniosa que decir? Y si creía que de ese modo me haría sentir incómoda o intimidada, me apenaba decirle que se equivocaba de cabo a rabo. No pensaba ceder ni un ápice hasta que me explicara qué hacía allí, sin importar siquiera que pudiera sacarme una o dos cabezas de altura. Vamos, que yo podía ser de armas tomar aunque no lo aparentase. De hecho, pocas personas creerían que bajo esta piel se esconde una bestia que aparece una vez al mes.

Entrecerré los ojos meditando si me estaba echando un farol o de verdad se había cansado de esperar porque no le atendían. El gesto de dolor en su rostro cuando hizo un leve movimiento con los hombros me pareció sincero pero aun así no podía pasar por alto la infracción cometida. Si todos los que llegaban pensaran como él y no les cayera un castigo por sus actos, la zona donde se guardaban las pociones y demás, acabaría siendo una especie de buffet libre de medicamentos—. Esa no es razón suficiente para colarse en un área limitada al personal. Si tan insoportable es el dolor, haberle insisto a uno de los enfermeros —respondí aun sabiendo que algún que otro no habría recibido muy bien la queja de los pacientes, especialmente si había una larga lista de enfermos a los que atender de urgencias—. ¿De una casa ajena? —inquirí desconcertada, pero me corregí con presteza—: Mejor no siga por ahí, no quiero saber qué hacía como para tener que salir por la ventana de una casa que no era la suya.

Bastante mal estaban ya las cosas para que ahora viniese un ladrón de pacotilla a confesarse y ponerme entre la espada y la pared. Porque según lo que dijera me vería obligada a reportarlo y… No, no quería ni pensarlo—. No sé por quién me ha tomado, pero desde luego me niego a proporcionarle un calmante para una dolencia que no he diagnosticado previamente. Además, un simple calmante no va solucionar la dislocación del hombro —contesté molesta por la sola insinuación de que fuera a ignorar todo esto y hacer la lista gorda. ¿Acaso se habría topado con sanadores que sí lo hacían? El solo pensamiento me repugnaba—. No debería de hacer esto, y menos después de que intentase robar, pero… Anda, quítese la parte superior de la ropa y muéstreme el hombro. Si tan grave es yo misma le atenderé —dije mientras sacaba mi varita del bolsillo de la túnica verde lima. Así también me quedaría claro si aquel tipo mentía o si me la estaba jugando por una causa medianamente buena. Pues aquel hombre no tenía ni idea, pero se me podía caer el pelo por no reportarle de inmediato; cosa que habría hecho otro en mi lugar y sin pensárselo dos veces. Y más teniendo en cuenta la supuesta causa del dolor y el secreto aún no desvelado del sujeto.
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Invitado el Sáb Ene 20, 2018 6:18 pm

Podía dominar según qué materías, lo tenía claro, pero también debía reconocer que no era precisamente un experto en todo y aún así, debí ver con antelación que no sería tan fácil escabullirme de allí como en un primer momento pensé. La morena guapa tenía genio también y joder, eso me gustaba, pero no tanto que se estuviera resistiendo a mis encantos y, por tanto, poniéndomelo más difícil para irme. Sólo necesitaba el jodido acónito y podría hacer poción unas pocas veces. No muchas, tampoco, pero era lo que me tocaba siendo un proscrito. Pero también había conocido a muchas y muchos que se hacían los duros y al final, lo que se ponía dura era otra cosa. Sin conocerla, sin embargo, no podía jugar mucho más con esa carta. -Oh, hacía muchas cosas- sonreí, encantador, volviendo a jugar de esa manera por si era posible todavía. Pero nada, otro nuevo chasco, porque la tía es que parecía de piedra.

-¿Cuanto hace que no echas un polvo?- pregunté, entre lo curioso, lo burlón y lo fingidamente serio. Aunque la pregunta no era un mero entretenimiento, de verdad quería saberlo porque tanta hostilidad y estiramiento no podían ser buenos. Con una sonrisa, entonces, respondí a unas palabras que no me disgustó oír. Desnudarme de cintura para arriba desvelaría quemaduras y cicatrices varias, porque estaba claro que no podría tener nunca la piel de un modelo de anuncio, pero al menos no le revelaría mi condición, sólo que no llevaba precisamente una vida tranquila. -Como gustes- repliqué, tras dedicarle un guiño y no perder mucho mucho tiempo en obedecer, echándole cuenta a lo del hombre. El tiempo jugaba en mi contra, porque podía fingir el dolor, pero no la lesión. Mientras tanto, como si fuera el corazón delator, el acónito palpitaba en el bolsillo trasero del pantalón. Quizá el sexo no hubiera sido una buena idea después de todo. -Toca cuanto gustes-
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