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Steven D. Bennington el Dom Ene 07, 2018 5:16 pm


La jornada laboral de Steven podía interferir en muchas ocasiones con su vida familiar, especialmente teniendo en cuenta que no vivía en la misma casa que su ex mujer y su hija pero aquello no significaba que no encontrase la forma de pasar tiempo con Alexandra hasta el punto de aprovechar cualquier momento por raro que pareciese, por situación insólita que se tratase o destartalado que fuese el lugar. Aunque, por suerte, su puesto de trabajo no estaba destartalado aunque sí un poco desordenado teniendo en cuenta que era viernes y acababan de llegar los pedidos de toda la semana, los cuales debían embalarse tras comprobar que funcionaban adecuadamente y que cumplían con la descripción del producto. Un trabajo de lo más aburrido si tenía que ser sincero aunque en aquella ocasión contaría con una mano más para ayudar en su trabajo. O más bien dos, pequeñas y capaces de jugar con cualquier instrumento que cayese entre sus manos con tanta paz y cuidado que bien parecería que no se trataba de una simple niña que aún no había cumplido siquiera los once años.

- Ey Alex, cuánto tiempo, ¿Cómo va todo? – La voz de James alertó a Steven que ya no estaban solos en la tienda. Dada la hora que era apenas había clientes en aquel pequeño establecimiento de música situado en Hogsmeade, por lo que rápidamente Steven asoció que se trataría de la llegada de su hija. - ¿Has crecido desde la última vez que te vi? – Preguntó el otro trabajador de la tienda mientras colocaba la mano sobre la cabeza de Alexandra para seguidamente desplazarla hacia su propio pecho como si calculase los centímetros que la pequeña pudiese haber crecido en las últimas semanas desde que se habían visto. – Tu padre está en la trastienda. – Señaló además el hombre, indicando con la mano la dirección que debía tomar.

Steven, por su parte, había dejado un par de cosas colocadas sobre la mesa de la trastienda para seguir empacándolas en otro momento y ahora caminaba, casi dando brincos, en dirección a la entrada de la tienda. Saltó por los escalones que llevaban a la zona de la trastienda hasta subir y poder ver a Alexandra hablando con James no muy lejos de donde se encontraban.

- James, ¿Ya andas mal influenciando a mi hija? – Preguntó con tono bromista Steven antes de terminar de acortar la distancia entre ellos.

- ¿Yo? Nunca haría eso, sabes que soy la mejor influencia que un duende podría tener. Porque eres un duende, ¿Verdad? – Miró a Alexandra frunciendo el ceño como si hubiese algo de verdad en sus palabras. – Aunque pensaba que los duendes eran más arrugados y con las orejas en punta. ¿Has usado algún hechizo para parecer tan guapa? – En esta ocasión alzó la vista en dirección a Steven. – Tiene suerte de haber salido a su madre, sino sería más como un orco. – Bromeó el chico antes de que una púa de guitarra impactase directamente entre sus cejas. - ¡Eh, que eso puede dejarme ciego!

- Como mucho tuerto. – Le guiñó un ojo a Alexandra dejando atrás a James para comenzar a caminar en dirección a la trastienda mientras que su compañero se centraba en ordenar los catálogos recién llegados y atender a la única clienta que, casualmente, acababa de cruzar el umbral de la puerta. - ¿Qué tal la semana? – Preguntó bajando las escaleras hasta llegar a una segunda habitación situada un par de metros por debajo donde guardaban los instrumentos que no se encontraban en la tienda. Y, en aquel momento, los que debían probar y embalar para enviar a sus futuros dueños.
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Alexandra Bennington el Sáb Ene 20, 2018 5:17 pm

—¡Mamiii! ¡El señor Bunny!— Fue lo primero que gritó al despedirse de su madre. Fue corriendo a la mujer y esta le dio el peluche favorito de la niña y se lo puso en su mochila que llevaba cada vez que iba a ver a su padre. Normalmente la niña se quedaba algunos fines de semana con su padre y otras veces simplemente pasaba un día. No tenían nada acordado pues la relación de ambos padres era muy buena, se iban turnando según veían e incluso a veces hacían vida familiar los tres juntos, como algunas navidades que las pasaban incluso con la tía Beatrice. Alexandra había crecido en ese ambiente desde bien pequeña y nunca le había afectado negativamente a su desarrollo, es más, podríamos decir que le había afectado positivamente.

La niña volvió a ponerse delante de la tienda y entró a los pocos segundos, encontrándose con un empleado de su padre al que había conocido hace algunos años —¡Hola James! — Le saludó contenta, el hombre siempre era muy simpático con la pequeña y cada vez que venía siempre interactuaba con ella de alguna manera y a Alexandra le caía bien. Hizo una pequeña sonrisa al acercarse al hombre para medirla  —¿Si o no?— Preguntó divertida. Esta semana había comido mucha verdura así que podía haber crecido, aunque no de una semana a otra.. era poco tiempo ¿no?

Enseguida le mencionó donde estaba su padre que casualmente estaba en su parte favorita de la tienda; la trastienda. No era porqué fuese el sitio más ordenado del mundo pero.. era porqué ahí estaba la parte más interesante de todas; todos los ejemplares de instrumentos, discos.. cosas rotas para reparar, cosas nuevas.. el núcleo de la tienda al parecer de la pequeña.

—¡Qué no soy un duende! — Decía la niña riendo, el hombre siempre le hacía la misma broma y la niña siempre picaba, se llevaba las manos a las orejas para comprobar que no tenía nada extraño. Esta vez Alexandra le siguió el juego —¡Soy peor que un duende! ¡soy una arpía así que mejor no me hagas enfadar!— bromeaba hasta que una púa de guitarra alcanzó las cejas del susodicho. —Habrías sido buen cazador papá— Dijo después de ver su increíble puntería en el tiro. Ni Steven ni Zoe habían formado parte del equipo de Quidditch de Ravenclaw pero parecía que su padre habría podido ser muy bueno. Una vez dicho esto, se abalanzó  hacia el padre a darle un abrazo.

Siguieron bajando esta vez hacia una segunda habitación que tenía su padre mientras la chiquilla iba respondiendo a la pregunta de su padre. Demoró unos segundos en pensar lo que quería explicarle —Pues ha ido bastante bien. La profesora Ziegler nos ha enseñado a hacer operaciones con fracciones y la verdad es que no se me dan nada mal, saqué un siete el examen de lengua, ese que estaba estudiando el sábado pasado ¿te acuerdas? Pues ese y.. creo que nada más— A su edad su vida se basaba en la escuela, fuera de esta solo hacía que jugar con los compañeros y hacer deberes. Era su último año en la escuela normal y corriente pues el año que viene iría a Hogwarts ¡Que nervios! Aunque aún faltaba mucho..
Echó un vistazo a la sala de instrumentos, observando cada uno de ellos —Por cierto ¿Habéis vendido aquel violín de color rosa?— Se acordó que hace un mes o así llegó un violín de color rosa a la tienda que era casi que un espanto e hija y padre estuvieron hablando de a quién le podían endiñar aquel instrumento porqué parecía casi imposible venderlo.

—Ah, casi se me olvida ¿sabes qué? He encontrado un tesoro— Bajó la voz al decirlo y miró a su padre con cara de complicidad.
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Steven D. Bennington el Dom Mar 25, 2018 12:18 pm

Si hubiese cabido la posibilidad de que Steven madurase en algún momento, esto rápidamente habría desaparecido solo por el hecho de estar trabajando en aquella tienda. Tanto Steven como su compañero de trabajo, James, tenían un carácter infantil que contrastaba con el dueño de la tienda y jefe de ambos. Ninguno de los dos parecía tener una mentalidad mayor a la de un niño de doce años y no había día en el que el uno no se metiese con el otro. O más bien si lo había, pero ese día era en el que alguno de los dos no tenía turno de trabajo o no coincidían en la tienda.

Por suerte para Steven, Alexandra siempre había tolerado bien aquel tipo de comportamiento tanto por parte de su padre como de su compañero de trabajo y esto hacía que el otro empleado de la tienda de música pudiese bromear con la hija de Steven con la confianza de dos personas que se conocen durante años. Aunque, no se alejaba tanto de la realidad, pues ya Steven y James llevaban unos cuantos años trabajando juntos en aquella tienda.

- ¡Una arpía! – Bramó horrorizado James mirando primero en dirección a Steven con los ojos abiertos de par en par y luego devolviéndole la mirada a Alexandra. Su boca había quedado abierta de tal modo que bien parecía que su mandíbula se había descolgado y que se tratase de una fiesta de moscas invitadas a entrar por aquella abertura. Por suerte, su boca se cerró antes de que la púa impactase entre sus cejas y la puntería de Steven no fue suficiente como para acertar en aquel enorme agujero en mitad de su rostro. - ¿Buen cazador? – Rió James, quién aún se rascaba la frente mientras miraba a Alexandra sonriente. – Tu padre no hubiese sido capaz ni de subirse en una escoba al tiempo que sujetaba una pelotita.


- Tengo otra púa. – Amenazó Steven con el puño cerrado, girando este de un lado a otro como si en su interior guardase algo cuando en realidad no había nada, salvo aire.

No tardaron demasiado en dejar atrás a James, quién siguió trabajando y atendiendo a una pareja que se encontraba cerca de la puerta de entrada. Por su parte, Steven y Alexandra fueron bajando hasta la zona de la trastienda.

- ¿Qué ha dicho tu madre del 7? – Preguntó rápidamente. No quería meterse en terreno pantanoso. Él siempre había sido el tipo de alumno que con aprobar (irónicamente, teniendo en cuenta que era un Ravenclaw) se había dado con un canto en los dientes pero Zoe, al igual que en otras muchas cosas, no era igual que él en ese sentido. Y Steven no quería meter la pata más de lo que ya lo hacía por regla general. – Un 7 es una buena nota. Pero siempre tienes que estudiar para sacar la máxima nota, no lo olvides. – Intentó no sonar demasiado duro ni demasiado blando, cuando por dentro sólo quería felicitar a Alexandra por sus notas. ¡Pero debía ser un padre firme! Algo imposible para Steven Bennington, por supuesto.

Por suerte, Alexandra cambió rápidamente a un tema que no requería de la seriedad inexistente de su padre mientras este se dedicaba a sacar una funda para bajo de una caja para comprobar que no había sufrido daños durante el transporte.

- Por supuesto, ¿Quién no querría un violín rosa? – Preguntó retóricamente Steven mientras se alejaba hasta una segunda caja más grande y la ponía sobre la mesa. La abrió con cuidado y ahí estaba el violín. – Lo hemos quitado de la zona de exposición, ya nos había comenzado a dar vergüenza ajena. – Admitió. – Creo que le pondremos un par de pegatinas de Hello Kitty para ver si al menos se creen que es de marca y lo compran. ¿No tendrás un cumpleaños de alguna amiga a la que pueda gustarle? – Preguntó a sabiendas de la respuesta.

Cogió el violín y lo volteó mirando que estuviese en perfectas condiciones antes de volver a cerrar la caja y, con cinta, cerrar los laterales para volver a empaquetarla.

- ¿Un tesoro mejor que este violín? – Movió la caja hacia ambos lados mirando en dirección a Alexandra antes de colocarla sobre una balda. Una vez lo colocó, se situó al lado de Alexandra y se colocó en cuclillas, haciéndole un gesto para que ella también se agachase. Miró de un lado a otro como si comprobase que nadie los estaba escuchando. - ¿Qué tesoro?
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Alexandra Bennington el Vie Abr 20, 2018 11:44 am

Alexandra se reía a carcajadas, siempre que visitaba a su padre James le decía alguna cosa y la hacía reír un rato. Era guay visitar la tienda de su padre porque siempre se respiraba un buen ambiente, hasta a veces le gustaba ir por ahí oliendo instrumentos en casas ajenas para encontrar a ver si olían y le recordaban a la tienda de su padre, pero nunca lo hacían, esa sensación, olor, solo se podía encontrar en la tienda de Steven.

Su padre y su compañero eran como dos chicos mayores y eso le divertía a Alexandra. Su madre, en cambio, era mucho más cuidadosa con ella. Era diferente la relación que tenía con sus padres pero tanto una como la otra le daban cosas muy bonitas, también tenía momentos de diversión con su madre y momentos más paternales con su padre. La verdad era que la pequeña amaba con todo su corazón a ambos padres y los idolatraba.  —¡Si que lo sería! Mamá me contó que papá surfeaba y eso si que es más difícil que jugar al Quidditch— Pues eso, que su padre era el mejor en todo y si hubiese sido cazador hubiese sido el mejor de todos porque era su padre y punto y su padre era el mejor.

Una vez se alejaron de James empezaron a hablar padre e hija —Dice que está muy contenta pero tendría que esforzarme un poco más— Para que mentir, Alexandra podía ser muy vaga a veces y más en temas aburridos como lo eran los tiempos verbales. —Lo sé papá— Su padre le había dicho algo parecido a su madre, la verdad es que tenía claro como se tenían que hacer las cosas, solo que a veces parecía querer olvidarse. Era mucho mejor sacar un siete sin esforzarse que un diez sin haber podido dormir por la noche ¿no? Bueno, sus padres habían sido de los que no dormían por tal de sacar muy buenas notas. Ella, era algo diferente.

—¡¿En serio lo habéis vendido?!— Decía asombrada —¡Yo no querría un violín rosa! ¡Nadie querría un violín rosa! El rosa es de princesas y cosas así— Le dijo a su padre —A mi me gusta más el verde ¿a ti?— Pero mientras hablaba pudo observar como su padre sacaba de una caja el famoso violín —Bien hecho— dijo mientras observaba aquella cosa rosa casi que fosforito. —Isabelle tiene una colección entera de “Barbie estrella del rock” puede que quiera tocar el violín con sus muñecas— Mmm.. aunque Isabelle era mucho más de maquillarse y esas cosas con sus muñecas, la música y ella.. no iban muy acorde. Se pasaba el día escuchando la playlist de La princesa Sofía, con eso lo decía todo.

Sonrió cuando su padre le siguió el juego, en eso se diferenciaba a su madre. Si ella decía que tenía un secreto él iba a hacer lo posible para mostrarse tan o más interesado que ella por descubrir qué era, Zoe le habría prestado atención pero no le seguiría el juego. Alexandra sonrió y se quitó la mochila de la espalda para dejarla al suelo, abrirla y de su mano sacar una pequeña cajita color marrón claro, decorada con algunas cenefas y pequeñas bolitas brillantes—La encontramos haciendo limpieza en casa— Se la puso delante y poco a poco destapó la cajita —Mira— De la cajita salió dos pequeña muñecas, un hombre y una mujer bailando, Alexandra dio cuerda a la caja y las muñecas empezaron a girar mientras salía de ella una canción.

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