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FB || FREE OKJA [Priv.] Charlie L. Harrington

Maverick O'Connor el Mar Ene 09, 2018 4:24 am


24 de Septiembre de 2017 || Londres, Camden Town/Callejón random sin salida || 17:21 p. m.

Apenas eran las cuatro y media de la tarde y ya anochecía en los alrededores de Camden Town. La fría e intensa lluvia había sido persistente a lo largo de toda la jornada, pero ¿Cuando había sido el tiempo un inconveniente para los habitantes de la capital de Reino Unido? Ni siquiera los miles de turistas que abarrotaban las calles se detenían ante el mal tiempo, dispuestos a recorrer de cabo a rabo uno de los mercadillos artesanales más famosos de Europa. Tampoco a él le resultaba un excesivo inconveniente: Desde uno de los tejados de una de las muchas tiendas del barrio observaba a la muchedumbre de muggles ir de aquí para allá. A su lado tenía un bol de comida china ya rebosante de agua en el que flotaban sendos palillos de madera. En aquél instante, tan sólo esperaba que en algún momento cesase la lluvia para sorprender a algún individuo desprevenido con un buen chapuzón de lluvia londinense. Algunos muggles se le quedaban mirando, pero otros muchos tantos pasaban de largo, obviando su presencia en lo alto de un tejado. Total... ¿Quién no había visto alguna vez a algún chalado sentado en la azotea de algún rascacielos? Para la altura a la que él estaba, todo quién le viese podría considerarlo incluso normal considerando la de personas, cosas y situaciones peculiares que te podías topar andando por cualquier recoveco de la ciudad.

No solo se dedicaba a observar a los londinenses realizar sus compras diarias en aquella calle que guardaba tanta similitud con el Callejón Diagón. No había subido hasta allí solo para comer tranquilamente comida china alejado de la muchedumbre. Aunque sonase un tanto a cliché, también meditaba en silencio mientras la lluvia le calaba hasta los huesos. E, inconscientemente, como miembro de la Orden, vigilaba aquella zona de la ciudad a expensas de algún incidente que pudiese producirse en uno de los sitios más concurridos (¿con permiso de Oxford Street un domingo, quizá?) de la capital.

El cielo decidió teñirse de negro, definitivamente. La tormenta hizo el amago de arreciar, pero aquello no sería más que un espejismo. A lo lejos, el resplandor de los rayos anunciaba la llegada de la tormenta eléctrica, confirmada por el estruendo de cada trueño al caer en la propia lejanía. Los dueños de los locales y diferentes tenderetes optaron definitivamente por cerrar su chiringuito, seguramente esperando - en vano - un clima más afín para el día siguiente. En no más de diez minutos, Camden Town pasaría de estar absolutamente a rebosar de gente a ser un barrio en el que, con permiso de la tormenta, reinaba el silencio.

Un incómodo y perturbador silencio. Ni siquiera en tales condiciones climáticas era algo normal...

Maverick se incorporó, achinando los ojos para otear a los pocos individuos que quedaban por las calles. Uno de ellos, desde abajo del edificio, llevaba unos minutos observándole. También tenía un papel completamente empapado entre manos, ¿quizá el cartel de algún festival de música indie? El género se había tornado bastante popular entre la comunidad muggle, y no sería la primera vez que le confundían con algún artista alternativo. No pensaba darle mayor importancia e iba simplemente a desaparecerse de vuelta a su hogar donde le estaría esperando Ryuk. Sin embargo, escuchó una voz tras él que si no bien le heló la sangre, sí consiguió tensar todo su cuerpo, poniéndole claramente en estado de alerta. - ¡No hace falta que sigas mirándole desde abajo, idiota! ¡Es él! - dijo el individuo a sus espaldas, antes de lanzarle un rayo de luz que tan sólo por pura suerte y puros reflejos conseguiría esquivar. No había sido un Avada Kedavra, más bien parecía un Fulmen Cruciatus. Los mismos rayos que habían estado iluminando el cielo minutos atrás.

Apunto estuvo de resbalar y caer de la azotea en el intento de esquivar el hechizo. Habría caído frito de haberle alcanzado la maldición, pero algún tipo de serie pareció sonreírle en su encuentro con los mortífagos. Otro rayo rojizo siguió a su pedecesor, pero en aquella ocasión sí pudo repeler a tiempo la maldición cruciatus que le acababa de lanzar aquel mortífago pelirrojo de planta más bien joven conjurando un silencioso Cave Inimicum que le protegía de toda maldición imperdonable con la que su contrincante estuviese dispuesto a atacarle. Le apuntó, agitando su varita pero nuevamente no brotaron palabras de sus labios. Los conjuros silenciosos siempre eran una ventaja para sorprender al rival, y en aquella ocasión, su Dareen logró impactar en el joven sin mayores problemas, tumbándole y haciéndole convulsionar sobre el húmedo suelo del tejado en el que se encontraban.

Por un instante, querría haber acabado con su vida. Sopesó la posibilidad muy seriamente, pero el seguir abrazando aquellos métodos solo le haría sumirse un poco más en la oscuridad en la que ya vivía.
- ¡Obliviate! - desmemorizó, en aquella ocasión sí en voz alta y bien clara. Quería que a su acompañante le quedase claro el destino que había sufrido su compinche.

Lo que no contaba era con una reacción tan rápida del mortífago restante...

En medio de una nube de humo que debía ser él apareciéndose delante de sus narices al más puro estilo de las Artes Oscuras, emergieron varios hechizos consecutivos que esa vez no fue capaz de contraatacar. Soltó un alarido de dolor, mientras su empapado abrigo se teñía rápidamente de un tono carmesí. - ¡Maldito bastardo! - gritó antes de lanzar una serie de hechizos que el seguidor de Voldemort simplemente rechazó y ambos se enzarzaron en un duelo que apenas no duraría más de medio minuto antes de que el norteamericano asumiese que en aquellas condiciones no podría plantar cara mucho tiempo más. - Sabemos quién eres. Sabemos a que organización perteneces. Te cazaremos, escoria yankee. - Mavs retrocedió, rechazando sus últimas maldiciones para acabar dando un salto al vacío de espaldas...

Y aparecer en un callejón en la otra punta de la ciudad. Irónicamente, allí ni siquiera llovía. Se deshizo del abrigo para palpar y comprobar el tajo que le había quedado en el pecho, profunda y atravesándole desde la parte inferior de la clavícula izquierda hasta allí donde debería reposar su apéndice. Pensó en la posibilidad de encontrar cerca de allí alguna de las entradas del refugio, ya que no tenía los conocimientos necesarios sobre medimagia para poder sanar una herida de tales magnitudes. En ese momento escuchó un ruido proveniente del fondo del callejón. Empuñó la varita, aunque el pulso le temblaba. Estaba perdiendo mucha sangre, demasiada. - ¿Quién anda ahí? - preguntó neciamente a la oscuridad, como si fuese a obtener una agradable respuesta. ¿Habría sido aquél mortífago capaz de seguir su pista hasta allí?
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Charlie L. Harrington el Jue Ene 11, 2018 10:26 am

Podía dar gracias a que los últimos años habían elegido mudarse a un país donde el sol parecía algún tipo de animal mitológico que no se veía ni en los libros de historia. ¿O acaso en un mundo donde existen los magos y las brujas existía algo tan complicado como un minotauro? ¿Y también tendría un laberinto que custodiar o esa tarea había quedado a cargo de los faunos en los últimos años? Curiosas criaturas los faunos y encima pluriempleados. Los había que preferían resguardarse bajo el suelo esperando que alguien terminase el recorrido de su laberinto y los había que preferían ponerse una rebequita del Bershka (para cuando haga fresca) mientras daban paseos sobre la nieve entorno a una farola. O quizá no tenían nada que ver con el cine y Charlie debería cambiar la filmografía por hablar con un experto en faunos sobre el tema.

Las ideas de la recepcionista iban y venían mientras jugaba al Candy Crush con su teléfono móvil en la recepción. Recientemente se había descargado aquel juego y, además de adictivo, era terrible jugando en él. Por suerte se había hecho con una tarjeta de crédito que, por supuesto, no era suya, y se dedicaba a cargar sus próximas vidas a una tal Gertrudis Romanova, quien tenía toda la pinta de ser una mujer anciana y rusa. Posiblemente con muy  mal carácter. Y si tenía mala suerte, relacionada con Anastasia, esa princesa no Disney que ahora era princesa Disney. O, bueno, lo sería en un futuro no muy lejano.

- ¿Ha visto por aquí un cerdo? – Charlie alzó la vista. ¿Qué tipo de pregunta era esa?

- ¿Literal o metafórico?

- ¿Eh? – Preguntó el contrario, un hombre de algo más de cincuenta años de edad con unas grandes gafas de pasta que tapaban todo su rostro. – Un cerdo. Una cerdita, concretamente. Es así, pequeñita. – Gesticuló como si tuviese un animal entre las manos, delimitando su tamaño en un espacio imaginario. – Le gustan mucho las zanahorias y persigue cosas de color naranja pensando que se comen. Es muy buena, nunca haría nada a nadie pero…

- Ok, ok. – Dijo Charlie terminando la partida. Otra vez perdida. Dejó el teléfono móvil a un lado y sonrió mirando en dirección al hombre, esta vez poniendo toda su atención sobre él.

- ¿Ya?

- Por supuesto. ¿Qué desea? – No, no había oído nada de lo que aquel hombre había dicho y es que la atención de Charlie era tan dispersa que lo que resultaba increíble es que fuese de caminar y respirar al mismo tiempo. Un hito insólito que con el paso de los años parecía ser incluso más imposible que el año anterior. Y es que, como persona con una vida eterna, en lugar de madurar mentalmente parecía hacer lo contrario. Demasiado tiempo sobre la tierra como para tomarse la vida en serio.

- ¡Mi cerda! – El hombre elevó la voz, preocupado.

- ¡Su cerda! – Charlie incluso imitó su movimiento alzando las manos hacia arriba sin comprender por qué razón estaba haciendo aquel penoso movimiento. Pero tampoco es como si le importase demasiado perder la dignidad. - ¿Qué le pasa a su cerda? – Apoyó sendos codos sobre la mesa y sujetó su cabeza entre sus manos mirando en dirección al hombre, clavando sus ojos en él.

- Se ha perdido. ¡Ya se lo he dicho!

- ¿Ya ha mirado en objetos perdidos? No es un objeto, pero puede estar ahí. No tenemos una sección de cerdos perdidos. Ni siquiera de algo tan genérico como animales perdidos. Ya sabe usted, la gente suele responsabilizarse de sus mascotas. – El reloj marcó las cinco en punto de la tarde y Charlie casi saltó para ponerse el abrigo sobre los hombros, colocarse unas gafas de sol a modo de diadema y salir de ahí. – Ese es Byron, pregúntele por su cerda. – Dijo Charlie corriendo en dirección a la salida.

Y apenas fueron cinco minutos los que necesitó para encontrar al dichoso animal. Su intención no era la de buscarlo, ni mucho menos. Pero simplemente apareció. Se cruzó en su camino como si de un gato negro que fuese a anunciar su mala suerte. Como si el destino le hubiese gastado una curiosa broma que no haría más que meterla, una vez más, de morros en un lío superior a sus capacidades.

Corrió tras el cerdo.

De verdad que lo hizo y notó como sus pulmones querían salir por su garganta de la poca costumbre que tenía de hacer esfuerzos físicos. Y eso que estaba muerta y la sangre no corría por sus venas, por lo que por suerte su rostro no acabó tornándose de color rojo por el esfuerzo. Corrió y corrió. Durante algo más de diez minutos cuando lo vio esconderse tras un contenedor de basura en un callejón sin salida. ¡Ya lo tenía! Pero de la nada alguien apareció. Con un “plof” tan característico de los magos, lo que hizo a Charlie frenar en seco y mirar con curiosidad al hombre del palo de madera. Sonrió al oírle preguntar en dirección al cerdo y no tardó en contestar, a la espalda del hombre.

- Es una cerda. Le gustan las zanahorias. – Se limitó a contestar. Pasó por delante del hombre y se colocó en cuclillas al lado del animal, consiguiendo colocar este entre sus brazos aunque este no dejó de rehuirla intentando zafarse del contacto. - ¿Puedes conjurar una zanahoria con ese palo? – Preguntó aún en cuclillas intentando que el cerdo no se escapase de entre sus brazos.

Un segundo “plof” surgió de la nada, a la espalda de aquel hombre y Charlie no lo dudó. En cuestión de segundos – algo imposible para un humano – sujetaba la mano del hombre y al cerdo bajo su otro brazo y le obligaba a correr. Un hechizo impactó en la pared más cercana mientras ambos pasaban corriendo a pocos centímetros de esta.

- ¡Rápido! – ¿Preocupada? ¡Por supuesto! ¿Y si alguien mataba a la pobre cerda?
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Maverick O'Connor el Dom Ene 14, 2018 10:22 pm

No recibió ninguna respuesta en primera instancia. Tan sólo gruñidos en la oscuridad.

Y no es que hubiese sido un sonido totalmente aterrador, pero en su estado, hasta el revoloteo de una mosca habría puesto sus sentidos alerta. ¿Qué clase de bicho era ese? Por alguna extraña razón, su mente tan sólo podía procesar las diferentes posibilidades de criaturas mágicas que podrían gruñirle de aquél modo. ¿Sería esa bola de pelo con ojos a la que los magos denominaban puffskein? Le constaba que era una mascota bastante común en la comunidad mágica y tenía una característica y particular forma de emitir sonido al ser acariciados o, como le parecía que sería el caso, cuando acababan mojados absorbiendo cual esponja todo el líquido en cuestión. Se decía que si uno terminaba demasiado empapado, el puffskein gritaría y gruñiría clamando por su vida. Por eso eran conocidos enemigos mortales de los Augureys, que con sus graznidos anunciaban la lluvia. UN MOMENTO: Estaba diluviando. ¿Y si aquellos ruidos provenían de uno de esos pajarracos verdes? Estuvo a punto de dar por buena su teoría y bajar la varita cuando...

Una voz de mujer interrumpió sus pensamientos, desbaratando por completo todas sus hipótesis. Maverick pasó a apuntarla a ella con la varita, instintivamente, mientras esta explicaba con pasmosa normalidad que el emisor de los gruñidos era una cerda. A la que le gustaban las zanahorias. Alzó ambas cejas mirándola con absoluta incredulidad. ¿Que conjurase unas zanahorias con el palo que tenía entre manos? ¿Estaba ante una muggle que sospechaba que pudiese hacer magia con la varita, acaso? Le enseñó la palma  ensangrentada de la mano que le quedaba libre. - Por si no te has dado cuenta, me estoy desangrando. Creo que ni tu cerdita ni sus zanahorias son ahora mismo una prioridad. - apreció en voz alta, como si no fuese una obviedad. ¿No se podría haber topado con una sanadora en vez de aquella granjera de cerdos vietnamitas?

Las obviedades quedaron a un lado en cuanto a su espalda apareció el mismo mortífago con el que había estado viéndoselas negras en Camden Town. Sus sentidos embotados por la pérdida de sangre perfectamente podrían haberle deparado una muerte segura en un abrir y cerrar de ojos. Para su suerte, la granjera del cerdito optó por tirar de él, obligándole a correr por su vida en lo que suponía otra persecución de un mortífago a un prófugo de la ley. ¿También escaparía ella del nuevo régimen impuesto por el Ministerio de Malgia?

Corrió junto a la chica del cerdito, esquivando de tanto en tanto las maldiciones de su perseguidor. También se giraba para conjurar unos coontrataques que nunca parecían dar en el blanco. A cada zancada que daba iba dejando un rastro de sangre haciendo todavía más evidente el camino que tomaban en su intento de huída en cualquier momento. Hasta que los tres llegaron al típico callejón sin salida en el que en la mayoría de las películas solían pasar todo tipo de cosas, y ninguna buena.

- Has terminado con muchos de mis compañeros, O'Connor... - empezó el mortífago, aprovechando ese típico instante que se daba para sí cada villano cuando ya parecía tenerlo todo hecho. - Como ves, no eres el único que clama por su venganza. - continuó, mientras seguía acercándose a ellos con paso cauteloso, apuntándoles con su varita. - Que jodido debe ser que nunca vayas a poder alcanzar la tuya ¿no crees? Los O'Connor ya no serán nunca más una familia feliz. Pero pronto estarán reunidos. - sonrió con malicia, antes de levantar el brazo para dirigir el rayo de luz verde hacia a él...

Sin contar con el gruñido de la cerdita que la mujer que le acompañaba tenía en brazos. Se escabulló de ellos y corrió como alma que lleva el diablo hasta el mortífago, mordiéndole el tobillo haciéndole soltar un alarido de dolor.

Una distracción perfecta para que Mavs sacase fuerzas de flaqueza y se olvidase de sus habilidades como mago, propinándole un placaje al más puro estilo del fútbol americano (al que nunca había sido aficionado, a pesar de tener talento para el deporte) y cayendo sobre él en el asfalto. Sentado en su abdómen empezó a reventarle la cara a puñetazo limpio mientras las sangre seguía brotando de la herida en su pecho, empapándole ya de paso. No paró hasta dejar su rostro completamente desfigurado. - Tal vez nunca alcance mi venganza, pero puedo seguir quitando de en medio a capullos como tú. - y dicho eso, le escupió en la cara.

La cerdita le observaba con cierta curiosidad a no más de un metro de distancia. Este le hizo un gesto para que se acercase, sentado en el suelo. - Hey. - la llamó. - ¡Accio bolsa de zanahorias! - invocó, haciendo flotar hasta allí el manjar deseado por el animalito en escasos segundos. Sacó una, acercándola a su hocico. - Ahora sí que te has ganado esto. - le susurró, con poca energía. Casi pareciera que se hubiese olvidado de que no estaba allí solo o que  podía morir si no recibía atención médica urgente.
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Charlie L. Harrington el Jue Ene 18, 2018 10:15 am

Estaba demasiado distraída como para darse cuenta de lo más llamativo en aquel momento. Lo más llamativo para alguien que tenía debilidad por la sangre humana, por supuesto. Ya que para cualquier otra persona el cerdo sería sin duda lo más llamativo en aquella caricaturesca escena. La castaña sujetó al cerdo entre sus manos y miró en dirección al hombre que aseguraba estarse desangrando. ¡Paparruchas! Si tan mal estuviese y la sangre fuese tal Charlie no hubiese podido evitar darse cuenta y, en el mejor de los casos, acabar con su sufrimiento en cuestión de pocos minutos. Pero no, entre el olor del pavimento mojado y el hecho de estar demasiado distraída persiguiendo un cerdo por las calles de Londres, no había tenido siquiera tiempo para fijarse lo más mínimo en aquel hombre que aseguraba estarse desangrando. El premio para el dramático del día era para aquel desconocido, incluso por encima del hombre que había perdido a su cerda y no la encontraba siquiera en la zona de objetos perdidos. De haber tenido un diploma o una banda conmemorativa se lo habría dado sin dudarlo ni un segundo.

- ¿Te caen mal los cerdos? Seguro que comes chorizo, jamón, bacon. ¡Incluso morcilla! ¿O eres vegetariano? Oh, oh. – Su boca en forma de “o”, incluso golpeó su pierna izquierda con la mano del mismo lado con cierta emoción infantil. - ¿Eres musulmán? Eres un poco… Blanco. ¿No llevas turbante? Bueno, eso es más de mujeres. O de terroristas. ¿No serás un terrorista? – Frunció el ceño, como si fuese capaz de atravesar con su visión la ropa del hombre y poder ver si llevaba un chaleco bomba bajo ella. O unos calzoncillos con patitos de goma para el baño.

En cuanto vio a un nuevo mago aparecer, con su palo de madera y sus ganas de metérselo a alguien en el culo, Charlie emprendió la carrera lejos de ahí. ¿Por qué? Principalmente por dos razones. La primera de ella por pura supervivencia; para la cerda, por supuesto. Y en segunda instancia y, seguramente, mucho más importante, porque había olvidado ese detalle de que a ella nadie la perseguía. Sólo tenía que quitarse del medio y nadie correría tras ella. Pero en aquel momento – y posiblemente en cualquier otro – la mente de Charlie no llegaba a procesar esa información y es por ello que corría por las calles mojadas de Londres sin saber bien que rumbo tomar, con una cerdita bajo el brazo y con la otra mano tirando de aquel hombre durante los primeros metros de su atropellada carrera.

- ¡Okja! – Sí, Charlie acababa de ponerle nombre a la cerda. Sólo por la conversación que había tenido previamente con el hombre de la recepción uniendo un par de las sílabas dadas por uno y por otro. Ya que desconocía el verdadero nombre del animal.

La cerda saltó de entre sus brazos y avanzó con toda la velocidad que sus cortas patas le permitían en dirección al mortífago, aferrando con fuerza su tobillo. ¿Los cerdos se alimentaban de humanos? Sólo había que ver Hannibal Lecter para comprobarlo.

Mientras todo aquel espectáculo de golpes tenía lugar ante sus ojos, Charlie se encargó de recoger a la cerdita y colocarla en su regazo, mirando desde cierta distancia el espectáculo.

Y comenzaba a ponerse nerviosa.

Si de por sí la sangre de aquel hombre ya manchaba el asfalto y se fundía con el agua de la lluvia decorando el empedrado donde ahora se encontraban, a ello acababa de sumarse la sangre del segundo hombre. Un golpe tras otro, las heridas comenzaron a hacer mella en un deteriorado rostro. Sangre por un lado y por otro. Y el olor era insoportable. O más bien todo lo contrario y lo insoportable era el hecho de mantenerse distante. Charlie cerró los ojos con fuerza, como si se tratase de un niño en una película de terror. Apretó con fuerza también sus puños e incluso a la cerda que soltó un nuevo gruñido por la presión ejercida.

El animal saltó otra vez de sus brazos, pero esta vez para acercarse a las zanahorias que aquel hombre le tendía. Por su parte, Charlie dio un paso hacia atrás. Y luego otro. Y otro, hasta chocar con la pared y quedarse frenada en ella.

- Tienes… Tienes mucha sangre. – Dijo lo evidente. – Y él. – Respiró hondo y cerró los ojos. – Por todas partes. – Había sangre por todas partes. Quizá Charlie exageraba pero en aquel momento era lo único que apreciaba de la escena. La sangre del uno y la sangre del otro. Un olor tan característico como apetecible. Un olor único en cada uno de ellos. Un olor que abría el estómago a cualquiera de la condición de Charlie y había que sumarle a que el autocontrol de la castaña brillaba por su ausencia en el noventa por ciento de los casos. – Huele mucho. – La lluvia ayudaba a que el olor fuese menor, pero eso no significaba que acabase con él. Y menos ahora que ya había anidado en sus fosas nasales.

Sin siquiera darse cuenta se había colocado de cuclillas frente al hombre que yacía en el suelo. Miraba su rostro. Sus ojos estaban abiertos de par en par mirando al hombre inconsciente. Aún oía su corazón palpitar, la sangre recorrer sus venas. Incluso veía aquel flujo de vida tan característico de los que aún respiran.

- Iba a matarte, ¿Verdad? – Cualquiera se preguntaría cómo había sido tan rápida en llegar al lado del hombre.

Ni siquiera era capaz de elevar la vista, sino que esta seguía clavada en el rostro inconsciente del hombre.

- ¿Te vas a vengar? – Preguntó sin moverse ni un centímetro, con los ojos abiertos como platos y ambas manos temblando del esfuerzo que estaba haciendo por mantenerse tanto lejos del mortífago como de aquel hombre. Y es que el hombre era más apetecible al estar consciente, con la adrenalina corriendo por sus venas y aquella vitalidad en sus mejillas.
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