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Don't blame me —Einar G. |FB

Abigail T. McDowell el Mar Ene 16, 2018 6:06 am


La Isla de Pascua, 26 de diciembre del 2017 || Hotel Hangaroa Eco Villa || Don't blame me

¿Que qué hacía Abigail McDowell yendo de vacaciones a la Isla de Pascua ella sola? Resulta que se había ganado —todavía no sabía muy bien cómo— un viaje a la famosa Isla de Pascua para dos personas. Seamos sinceros: Abigail no perdía nada en la maldita isla, pero el Ministerio de Magia se quedaba con los trabajadores mínimos a finales de año por la navidad y las vacaciones, por lo que además de tener tiempo libre, todo el mundo le había recomendado encarecidamente que si no iba a pasar navidad con la familia, lo mejor es que lo pasase en otro lugar y se despejase. Y la verdad es que ser Ministra de Magia le atribuía un estrés que muy pocas veces había tenido antes. No tenía sólo en sus hombros llevar la sociedad mágica de toda Inglaterra, sino además contemplar los deseos de su Señor Tenebroso. Y eso último era... intenso y complicado.

Llegado el día del viaje, justo un día antes de su cumpleaños, un señor se presentó en casa de Abigail con un traslador, el cual le llevaría a la sala mágica del Hotel Hangaroa, un hotel de la isla que contaba con ciertas comodidades mágicas pese a que no se podía hacer magia en presencia de los muggles que allí iban de vacaciones.

—A las dos de la tarde se activará el traslador y aparecerá en el hotel en donde le hemos hecho la reserva. Tendrá todo incluido, además de un guía personal en el caso de necesitarlo en algún momento. Éste señor le ha hecho un itinerario, pero como es normal, es libre de ignorarlo por completo y tomarse sus vacaciones como lo desee. —Hizo una pausa, para esbozar una sonrisa ante la cara de Abi de pocos amigos. —Ya el encargado allí os dirá todo lo que necesitéis saber, además de otorgaros el traslador de vuelta.

***
26 de diciembre, 14:32 horas

Bienvenida a la isla de Pascua, Ministra McDowell, es un placer poder contar con usted en nuestro establecimiento. Mi nombre es Pedro Ramirez y estaré a cargo de su bienestar en todo momento. Déjeme que le llevo la maleta.

Un placer —dijo sin muchos ánimos, limitándose a las correspondientes muestras de respeto que, por protocolo y apariencia, debía de hacer.

Caminaron tranquilamente por todo el hotel, traspasando varios edificios todos hechos de cristal hasta llegar al central, el cual era la recepción. Era un hotel bastante amplio, de alta categoría y se notaba por lo bien cuidado que estaba hasta el más mínimo detalle. Ella ya estaba acostumbrada a hospedarse en ese tipo de lugares, ya que cuando viajaba solía costearse siempre el mejor de los servicios, además de que viviendo con Caleb también se había acostumbrado a vivir por todo lo alto siempre que podía. Pese a no estar con él,  las comodidades como aquellas eran sin duda un placer del que no iba a prescindir.

Llegaron frente a la recepcionista.

Aquí tiene la llave para su suit. Está en la última planta, con vistas directamente al mar. Sobre la mesa de su habitación tendrá un itinerario con los horarios de las cosas que podrá hacer dentro del hotel, pero si desea contemplar todas sus opciones en la isla, le propongo quedar esta noche en la cena para poder comentárselo todo con tranquilidad, ¿le parece bien? —Hizo una pausa, sonriendo con dulzura. —Hace nada ha llegado otro británico que al parecer también ha sido el ganador del otro boleto. Le he propuesto lo mismo, por lo que podría unirse a nosotros.

Esa idea no le pudo parecer más desagradable. ¿Ir a la Isla de Pascua para relacionarse con otro estúpido británico? No, no se había ido a Sudamérica para seguir soportando a los mismos incompetentes de siempre. Además, teniendo en cuenta cómo estaban las cosas de Londres, había una alta probabilidad de que ese británico quisiese matarla o que quisiese venerarla hasta la saciedad. Y cualquiera de las dos opciones era repulsiva.

Me lo pensaré. —Cogió la llave de la mano del tipo, sujetó su maleta y se dio la vuelta para irse. No le hacía falta un guía turístico para ir a buscar su habitación.

***
26 de diciembre, 21:03 horas

La idea de ese viaje era quedarse hasta el día uno de enero y pasar allí fin de año, algo que sinceramente también le daba muy igual. Quizás no era del todo correcto perderse la fiesta que daba el Ministerio de Magia teniendo en cuenta que ella era la Ministra, pero había organizado todo de tal manera que nadie supiese que estaba allí, ya que no quería prensa y no quería que se supiese lo más mínimo de aquellas vacaciones que se estaba tomando. McDowell fallaría a la fiesta y sería un misterio para todos el por qué. Más de uno de la prensa rosa se inventaría que estaría en la fiesta de algún nuevo amante, pues al parecer la vida personal de Abigail de repente se había vuelto super importante en esa estúpida revista en donde el noventa por ciento de las cosas que ponen es pura invención y producto de información desvirtuada.

Se bebió del bar de su habitación un vaso de whisky como a ella le gustaba, observando desde los ventanales de ésta cómo poco a poco se iba formando el ambiente en la parte baja del hotel. A decir verdad, ni se había preocupado todavía de mirar el itinerario ni de pensar lo que iba a hacer mañana el propio día de su cumpleaños, pero Abigail solía ser de esas personas a las que las cosas se le apetecían en el momento y organizar eventos sólo le ocasionaba estrés y desmotivación.  

Bajó al restaurante para cenar, esperando que Pedro Ramirez y el supuesto británico se hubiesen ido a otro restaurante o hubiesen quedado más tarde, ya que no tenía nada de ganas de tener que fingir complacencia frente a ellos. Así que se sentó en una mesa libre, viendo desde allí cómo en la playa se estaban creando hogueras, creando una especie de evento tradicional, más que nada por cómo iban vestidos la gran mayoría. Por su parte, tenía unos vaqueros ajustados, algo rotos e informales, así como unas botas con tacones de color negro y una camisilla holgada y translúcida debido al calor que hacía allí.

¡Señorita McDowell! —gritó Pedro Ramirez.

Abigail estaba tan absorta mirando aquellas antorchas y hogueras, que dio un respingo frente a la estridente voz de aquel rechoncho hombre. Fingió una sonrisa forzada al verlo. Hacía ya unos cuantos meses que el fuego le ofrecía una experiencia bastante diferente a lo que le hacía sentir normalmente.

Me alegro verla —Se sentó a su lado, dando por hecho que si estaba allí cenando era porque había aceptado la cita con ellos y no simplemente porque podía tener hambre. No sé, ¿nadie ha pensado que si está ahí es porque tiene hambre? ¿Dónde cojones está el camarero? —Ahora mismo supongo que vendrá nuestro nuevo invitado. Quizás os conocéis. ¿Es grande Inglaterra? Nunca he ido, me gustaría ir alguna vez.

¿Que si es grande Inglaterra? ¿En serio ha preguntado eso? ¿Por qué no le pregunta que si conoce a algún Alemán? Total, Europa es pequeña también. Un pañuelo pequeño en el que todos nos encontramos como mocos.

Quién sabe. —Alzó las cejas y miró hacia atrás, como pidiendo ayuda a algún camarero para ver si le traía un maldito vaso de whisky con el que poder soportar a este tipo y al que estaba por llegar. A Ramirez le iba a costar sacar conversación con Abigail si su intención era tener una conversación civilizada en lo que llegaba el otro. Como de costumbre, solía tener un humor de perros que no apoyaba mucho los intentos de crear conversación.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Einar E. Gudjohnsen el Miér Ene 17, 2018 10:02 pm

Día tras día, mi vida se resumía en la misma rutina. Dormir, desayuno inglés perfectamente colocado, trabajar sin saber cuando terminaré el turno, volver a casa y vuelta empezar. A veces, pestañeaba y pasaban los meses como si de segundos se trataran, y ese hecho hacía que una parte de mi estuviera terriblemente asustada. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Sí, es el trabajo de mis sueños, a lo que siempre me quise dedicar... Pero... Debo hacer esto treinta años más y luego qué... ¿Esperar a morir y ya está... fin...? No quiero que mi vida se resuma en eso. Tuve uno de esos pensamientos filosóficos que aparecen justo en ESE MOMENTO. Ése en el cual estas ahí en la cama, acostadito y envuelto en capas de mantas como una croqueta. Ése en el que el calor y la felicidad se apodera de todo tu ser. Sí, ESE. Pues justo ahí, es cuando tu precioso y maravilloso cerebro te hace pensar en todas esas cosas que no quieres o debes pensar, en vez de quedarse relajado y DORMIR. A lo que trae en consecuencia que tenga hoy esta cara de zombie con ojeras que llegaban más abajo que los pechos de una mujer de noventa y dos años.

Resignado suspiré antes de colocar las cosas en mi taquilla y ponerme la bata con el estetoscopio al cuello. Me tome esos minutos de relajación, como hacía siempre, y comencé mi jornada laboral.

El hospital estaba tranquilo, nada preocupante, incluso hoy tan solo tenía un par de operaciones y poco más. Algo que agradecía enormemente, ya que de otra forma me tendría que pinchar café por vía intravenosa para empezar a quitarme el modo zombie para convertirme en un ser humano de nuevo.

Al llegar a recepción solo estaba Clovis. Fue en ese instante en que me había percatado de que no había visto a ninguno de mis colegas en toda la mañana.
- Buenos días Clovis. Que calmada está la mañana. ¿Dónde se ha metido todo el mundo? ¡No me digas que se me ha olvidado cambiar la hora o algo así como la vez pasada! Sabes que soy un despistado... - Clovis me miró con una sonrisa con picardía y tan solo me dio el historial de los pacientes que tenía para ese día. - Buenos días Einar. Antes de que empieces... ¿Podrías traerme un café con leche? Por favor... - Me dijo, mientras me ponía morritos y juntaba sus manos con gesto de suplica. - Claro, así de paso prepararé mi café. Dame cinco minutos. - Clovis me volvió a sonreír mientras no dejaba de mirarme fijamente. Qué rara está... Me encogí de hombros mientras iba dirección a la sala del personal. - ¡Gracias cielo! - Escuché de casualidad desde la recepción.

Como siempre me preparaba mi taza de café con exactamente dos cubitos de azúcar. Antes de salir me paré en frente de la tabla de las operaciones que habían para ese día.
- Qué raro... No estoy en ninguna de las operaciones de hoy... ¿Pero qué está pasando? Si hoy tenía que asistir a dos. - Entré a la sala conjunta de la sala del personal y allí me esperaba mi equipo. - ¡Sorpresa! - Gritó mi equipo al unísono. No eran mas que cinco personas; mis tres enfermeras a mi cargo, el médico residente en prácticas y mi compañero de traumatología.- ¿Alguien me podría explicar qué está pasando? Desde por la mañana que no os veo chicos. Además no es mi cumpleaños. - Cuanto más intentaba entender menos entendía, así que desconecte mi cerebro y esperé a que me iluminaran. - Bueno... Los chicos y yo nos escribimos a un concurso y claro nunca pensamos que ganaríamos, ya sabes como son esos concursos. El caso es que hemos ganado, pero pensamos en dártelo a ti... Pensamos que trabajas demasiado y sabemos que siempre pasas las navidades solo... y este boleto solo es válido hasta finales de este año; me costó leer la letra pequeñita. Ya sabes que los chicos y yo tenemos que trabajar, pero tu puesto no recibe pacientes por esas fechas... y ... no sé... pensamos en ti. - Toda esa información, la sorpresa, en fin, todo... Me había llegado de sopetón y no sabía como reaccionar a este tipo de situaciones. - Chicos, ya sabéis que yo sustituyo en urgencias y en medicina general en las vacaciones de navid... - No terminé la frase hasta que Elena, una de las enfermeras que más me conocía, me interrumpió. - ¿Vas a desperdiciar este viaje a las islas de Pascua? De verdad Einar, ¿Cuántos años tienes? ¿Ochenta y cuatro? Deberías vivir un poco más y salir de las cuatro paredes del hospital. Te lo digo en serio... - *Elena me deja el boleto premiado en la mano*. - Mira, tú haz lo que tú quieras, pero sigo pensando que deberías ir. Pasarte casi las veinticuatro horas en el hospital no es vida para nadie. Luego seguimos hablando. - A pesar de que Elena fue la única que habló y explicó la situación, vi como el resto de mis compañeros estaban de acuerdo con ella mientras salían de la habitación, excepto Colin, el médico residente en prácticas que se quedó unos segundos. - Me tomé la libertad de coger tus pacientes de hoy y he buscado un sustituto para tus operaciones. Si decides irte, mañana todo estará cubierto en tu ausencia... Y yo también pienso que deberías ir. - Colin me dio una palmadita en el hombro mientras se marchaba como los demás.

¿Y ahora qué hago yo? Me quedé allí sentado como un pasmarote mirando el boleto. Anoche cuestionándome sobre la existencia y mi razón de ser... y hoy me dan un boleto a las isla de Pascua. De saberlo me habría cuestionado mi situación económica.
- A la mierda, todo pasa por algo o eso dicen. - Cogí todas las cosas de la taquilla y regresé a casa.

** Una semana más tarde. **

No me puedo creer que vaya hacer esto. Tenía todo preparado. Maleta hecha y revisé casi tres veces las cosas que debía de llevar y no olvidar, así como la identificación y el boleto. Y allí estaba yo.
Sentado en el sofá mirando al traslador que tenía en frente de mi. ¿Y si me necesitan en el hospital? Colin me dijo que todo estaría bajo control... Además que Elena me llamó ayer y me dijo que ella también se encargaría de todo.
Sí, todo estará bajo control.
Buscaba entre excusas baratas una razón lógica para no ir de vacaciones, pero no la encontraba ya que no lo tenía. Estuve tanto tiempo sin vacaciones intentando estar tan ocupado conmigo mismo para no caer de nuevo en la tristeza, que ahora irme de vacaciones, simplemente, me aterraba. Sabía lo que pasaría si volvía a recaer en la depresión, ese sentimiento que hace que desees incluso padecer un dolor físico para no sentir ese dolor emocional. Soy un cobarde. Cómo iba a tratar a los nuevos pacientes de psicología si yo no podía seguir mi propia terapia. Quizás debería dejar de estudiar psicología... Me levanté enfadado conmigo mismo y fui a por un té. Cada vez que pasaba por el salón miraba de reojo el traslador... una y otra vez...


** Dos horas más tarde **

Miraba el traslador constantemente, mientras caminaba de un lado para el otro nervioso. Si lo superaste una vez, puedes volver hacerlo. Venga Einar, ya sabes... Tu mantra por si vuelve a pasar. Mañana estarás bien. Cogí la maleta y en un acto seco toqué el traslador.

** 26 de Diciembre, 13:45 horas **

Al abrir los ojos era de día ya que la zona horaria era distinta a la de Londres. Me sentía un poco aturdido, nunca me sentaban bien los viajes en traslador. Una vez me recompuse, entré en el hotel Hangaroa.
Casi sin tener tiempo para llegar a recepción un hombre rechoncho se me acercó.


- Bienvenido a la isla de Pascua señor... Gug... Gud... - - Gudjohnsen. - Corregí. Mi apellido siempre daba problemas... - Disculpe señor, su apellido es muy peculiar. - *El señor rechoncho carraspea y prosigue* - Mi nombre es Pedro Ramirez y estaré a su entera disposición en el transcurso en la su estancia en el hotel Hangaroa. Ahora si es tan amable de seguirme, por favor. - Caminé junto a Pedro mientras admiraba las instalaciones de aquel hotel. Mirara por donde mirara, no había ni un solo detalle que no me impresionara. Estaba tan pasmado por ese brillo de lujo por todo rincón, que ni siquiera me había percatado de que habíamos llegado a recepción.

Tras entregar todo lo necesario para registrarme en el hotel, Pedro volvió a dirigirse a mi.
- Señor... ¿Gudjogsen? Aquí le hago entrega de la llave de la suite que se ubica en la última planta y que tiene maravillosas vista al mar. He observado que su boleto es para dos personas, ¿Su acompañante vendrá más tarde? - Preguntó Pedro con toda la amabilidad y respeto que se podía tener. - ¿El viaje era para dos personas? Es la primera información que tengo... - Podía haber mentido y haber dicho que mi acompañante venía más tarde pero mi pilló despistado y ahora parecía un solterón idiota. - Vengo solo... - Dije mientras intentaba mirar hacía otro lado. - Señor. Esta noche le propongo ir al restaurante del hotel, dónde hay espectáculos al aire junto a una espectacular cena. También servidor se encontrará por los alrededores del restaurante. Siéntase libre de preguntarme cualquier cosa. Por último, encima de su mesa encontrará el itinerario del hotel con todas las actividades que le ofrecemos. Espero que disfrute de la estancia. - Pedro, tras poner mis maletas dentro de la suite, se marchó con toda la elegancia posible.

Solo podía pensar en lo increíble que era la habitación, en cada lujo que contenía, en que hacía calor estando en navidad, en todos los detalles de ese carísimo hotel... ¡Hasta había jacuzzi en el baño! Increíble. Definitivamente voy a estar bien.


** 26 de Diciembre, 21:05 horas **

Me atreví a seguir el consejo de Pedro e ir al restaurante. Total, no sabía ni por dónde empezar. Habían tantas cosas que hacer en aquel hotel que me sentía un poco perdido. Así que me puse mi camisa marrón con pantalones negros y fui directamente hasta el restaurante.
-Oh, señor Gudjohnsen... - Por fin a aprendido a pronunciar mi apellido. - Me alegra verle por aquí. ¿No me había dicho que venía solo? Porque no me dijo que su acompañante iba a venir también. Por favor si me acompaña la llevaré hasta ella. -Espera, espera, espera. ¿Cómo que MI ACOMPAÑANTE? ¿Qué acompañante? ¿Encima es una mujer? Tenía un serio problema debatiendo con mis pensamientos. Ya que mientras me cuestionaba todos estos lógicos dilemas, había llegado a la mesa con Pedro. - No es posible... ¿Có... Cómo iba a serlo...? ¿Aquí en medio de la nada? - ¿Qué clase de boleto habían participado mis colegas? ¡Harto de trabajar sin cesar! ¿Necesitas unas vacaciones? No se hable más. Vaya a las isla de Pascua con todos los gastos pagados y con la espectacular compañía de la Ministra de magia nada más y nada menos señores. - Perdóname señorita McDowell. He tenido una semana de emociones fuertes y no salgo del shock al parecer. Veo que se encuentra mejor. ¿Está tomando la medicación adecuadamente? Me alegra saber que está tomando mi consejo de descansar, aunque no hacía falta que se fuera tan lejos. - Mi vena de médico me había traicionado. Tan solo me faltaba recetarle las pastillas que debía tomarse en casa y ya pareciera que estábamos en la consulta, aunque espero que esta vez no necesite de ir al baño de nuevo...
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Abigail T. McDowell el Vie Ene 19, 2018 6:10 pm

El guía turístico se había sentado en la misma mesa que la pelirroja, al parecer con el único motivo de tocarles las narices y romperle el poco zen que había conseguido tener desde que estaba en la Isla de Pascua. Y no. Abigail no era una persona que hiciese amigos con facilidad y, de hecho, odiaba con toda su alma las desinteresadas conversaciones banales que no tienen ningún objetivo. Ya bastante fingía ese tipo de diálogos en los eventos en donde se le obligaba y, ahora que se suponía que estaba de vacaciones, ni lo iba a intentar.

No es usted una señorita muy habladora, ¿verdad? —preguntó Pedro Ramirez, sin tener muy claro si lo hacía para introducir algún tipo de conversación o para que Abigail le mirase, todavía más, con cara de pocos amigos. Resaltar la evidencia solía molestarla mucho.

Señor Ramirez, no soy muy dada a tener conversaciones banales con el único objetivo de romper el silencio, ya que éste no me incomoda en absoluto. De hecho, prefiero mil veces más el silencio si no se tiene nada que decir —le respondió, fingiendo una cordial sonrisa que, cualquiera, podía identificar como irónica.

Entiendo... pero no se piense que me incomoda estar a su lado en silencio... es sólo que... —Abigail enarcó una ceja. No me jodas, si es que estaba hasta sudando. Lo raro es que la presencia de Abi no cohibiese a un Don Nadie como lo era Pedro Ramirez. —...sólo soy un tipo muy hablador. —Sonrió forzado y una gotita de sudor cayó por su frente. —Bueno, voy a buscar algo para beber...

Y, derrotado por la poca comunicación que le proporcionaba la británica, se levantó de allí y se fue en dirección a la barra. Allí se quejó a la camarera de lo poco receptivos que eran éstos europeos y, tan pancho, se bebió una copa en lo que el otro británico llegaba al restaurante. Por su parte, la pelirroja había pedido la carta, además de un vaso de whisky que no tardaron en llevarle tal y como le gustaba: seco y doble. No tuvo que recalcar la marca, ya que en Sudamérica su favorito solía ser el predilecto. Su mirada la captó totalmente las personas que estaban en la playa, organizando la fiesta que, al parecer, estaba a punto de comenzar. Aunque para ser francos, lo que estaba reteniendo totalmente su mirada era el fuego de las hogueras y de las antorchas.

No fue hasta que volvió a escuchar la estridente voz de Pedro Ramirez, que se dio la vuelta al reconocer la segunda voz. No podía tener tan mala suerte de que el británico con el que iba a coincidir era EL ÚNICO MALDITO BRITÁNICO que le había ayudado A HACER PIS mientras estaba en un absoluto estado de decadencia. Puso los ojos en blanco, cagándose mentalmente en el caprichoso jueguecito del destino. O el karma. Porque a este paso, tenía hasta más sentido que fuese el puto karma.

La reacción del Doctor Gudjohnsen fue esperada. Al fin y al cabo... ¿quién cojones se cree con tanta mala suerte como para encontrarse con la Ministra de Magia de tu maldito país, a la cual has ayudado a hacer pis? Pues mira, seguramente nadie. No se ofendió lo más mínimo por la reacción del otro. A decir verdad, ella tampoco tenía ganas de compartir nada con nadie. Ni se levanté para saludarle, sino que se limitó a elevar las cejas como saludo, para entonces escuchar todo lo que le decía, como si todavía fuese su paciente. Hacía mucho tiempo que había dejado las heridas de aquella mala experiencia detrás y, pese a que algunas secuelas sean permanentes, ya no había medidas que pudiera tomar para nada de eso.

Doctor Gudjohnsen, no me trate como su paciente; ya no lo soy —exhortó con fingida gentileza. —Hace meses que no me tomo la medicación puesto que ya estoy perfectamente —respondió con sencillez, sin querer dar más detalles de la situación ya que había un tercero que no tenía por qué enterarse de nada de lo ocurrido.

¡Veo que se conocen! —Ese tercero. —Siéntese, señor Gudjohnsen. Ya la señorita McDowell ha pedido algo, ¿a usted que le apetece? ¡ROCÍO, VEN! —Llamó a la camarera para que viniese a pedir la comanda del apuesto médico. Se sentó en un lateral de la mesa, frente a Abigail y justo al lado de Einar. —¿Entonces usted es el médico de la Ministra de Magia? ¡Vaya, eso tiene que ser toda una responsabilidad!

Pese a que quería declarar que sólo lo había sido una vez, Abi se limitó a escuchar sin decir nada al respecto de eso, ya que sabiendo lo metomentodo que parecía el señor Ramirez aquello podía ir para largo si le daba algún tipo de continuidad a sus conversaciones.

En realidad es mejor que se conozcan, así se animan a hacer más cosas juntos, ¿no? —En realidad lo dijo por apariencia, porque con lo antipática que le había resultado la pelirroja dudaba mucho que quisiera hacer cosas acompañadas del amor que parecía ser Einar. —He traído una lista de las actividades que hay en la isla y de las que yo mismo soy guía turístico, por lo que os puedo llevar a todas si lo deseáis. Aunque claro, una de las muchas cosas que hacen a esta isla tan divertida es que puedes aventurarte por ti mismo a cada una de ellas.

Ella prestaba atención pese a que no lo pareciese, pero por desgracia Abigail tenía la habilidad de que todo lo que ocurría a su alrededor era capaz de percibirlo y escucharlo. No podía simplemente ignorar lo que decía involuntariamente.

¿Hay algún deporte de riesgo? —preguntó.

¡Claro que sí! Paracaidismo, puenting y motocross son los más demandados en la isla.

Aquí estoy, señores —dijo Rocío, la camarera que anteriormente también había atendido a Abigail. —¿Qué os pongo? —La Ministra se limitó a elevar la mano para quitarle importancia a su comanda, ya que no pensaba cenar en compañía de esos dos. Esperaría a que se fuesen.

A mí un mojito, querida.

Cuando Einar pidió lo que quiso, Pedro Ramirez volcó todo su interés en el moreno.

¿Usted está interesado en los deportes de riesgos o en algo más particular? ¿Quizás quiere ir a a visitar los moai? Suele ser un lugar al que todo turista tiene que ir. Son prácticamente la imagen de nuestra isla. —Contó como referencia, buscando apoyo comunicativo en Einar, ya que si lo esperaba de Abigail iba seguir esperando muchísimo.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Einar E. Gudjohnsen el Lun Abr 02, 2018 2:09 am

Allí estaba. Como un pasmarote ante la situación menos creíble de la historia. De verdad... ¿Cuantas probabilidades había de encontrarme a alguien tan conocido, popular, e importante en navidades y en las islas de Pascua? ¿Cuántas? Pero allí estaba el universo, destino o putada, como quieras llamarlo, demostrándome que él hacía lo que le daba la gana. Y si quería juntarme con la señora Ministra en las islas de Pascua, lo haría.

- Perdóneme señorita McDowelll, gajes del oficio que tengo de muy mala costumbre. - Suspiré - Cierto es que no debería seguir con el tratamiento pero debería seguir tomándoselo con un poco de calma... Perdone, lo estoy volviendo a hacer... - Si hubiera un hoyo ahora mismo, por favor succióname lo antes posible. Gracias.

La situación mejoraba por momentos. (Nótese la gran ironía). Ya que conocía lo suficiente a la señorita McDowell para saber lo incómoda que estaba con toda esta situación, y por supuesto no la juzgaba en lo absoluto. Encima a mi no se me ocurría la genial idea de tratarla como si estuviera en una farmacia o en la propia sala del hospital, pero el colmo de todo fue cuando al señor García no se le ocurre la genial idea de invitarme a sentarme con la señorita McDowell.


- No, por favor, prefiero no seguir moles... - Dijera lo que dijese a Pedro le importó un gran pepino, ya que me empujaba con fiereza a la par con cierta sutileza hacía la silla. Así que allí volvía estar yo, sentado en un lateral de la mesa juntoa la señorita ministra, mientras Pedro llamaba a gritos a una tal Rocío. Situación: empeorando aún más por momentos.

-Fui su médico si... - Miré de reojo a McDowell. Mala idea. - Si fue un gran desafío sin duda, pero me sentí muy orgulloso de atender a la ministra de magia. - Volví a mirar a McDowell, y vi como nos intentaba ignorar dando pequeños pero notables sorbos a su whisky. Tragué saliva. Creo que esta va a ser una de las pocas veces que me he sentido tan incómodo en mi vida. Si había alguien todopoderoso ahí arriba, cosa que discrepo totalmente y más con mis creencias como médico, pero si realmente lo hay... LLÉVATE A ESTE SEÑOR, POR FAVOR, TE LO IMPLORO. ¿Dónde estaba el universo cuando lo necesitabas? Entonces la ayuda vino en forma de mujer llamada Rocío mientras Pedro seguía en su propio mundo contando todas las actividades que podíamos hacer por la isla.

Miré de nuevo de reojo a la señorita McDowell con notable preocupación. ¿Deportes de riesgo, en serio? Qué pretendía esta señora, ¿matarse? Y claro quién iba a ser el médico que casualmente estaba en la isla de Pascua con ella y no la salvó de tal accidente. Yo. ¿Quién no la advirtió de los peligros que el paracaidismo o el puenting acarrean? ¿Pero es que acaso no es jodidamente obvio? Einar... Control, no digas nada, no eres médico... Estás de vacaciones. VA - CA - CIO - NES. Recuérdalo.


- Otro para mí por favor. - Dije mientras intentaba morderme la lengua por todos los medios y no llamar loca a la ministra de magia y me mataran por ello. - Si me encantaría ver los moais, es un sitio TRANQUILO y sin RIESGOS de los que puedes disfrutar cómodamente sin anteponer tu VIDA. - Recalqué cada palabra con toda la intención mientras intentaba no mirar a la ministra con cada palabra. A pesar de que la salud de la señorita ministra se había vuelto una prioridad, no podía dejar de pensar cuando el señor Pedro García debería dejar a sus invitados disfrutar de la velada SOLOS.

Carraspeo. Me acerco con discreción y sin intentar levantar muchas sospechas hacia Pedro y susurro al susodicho.
- Señor García, gracias a sus incontables esfuerzos por ponernos juntos a mi y a la señorita McDowell, cosa que ha conseguido satisfactoriamente, le importaría dejarnos a solas... Ya sabes... Es la ministra, pero mira lo hermosa que es, déjame un chance. - Pedro después de procesar toda la información se puso colorado. - Si me disculpan los señores tengo que marcharme, veo que Rocío esta muy ocupada. - Pedro se levantó dejo la silla bien colocada bajo la mesa y se disponía a marcharse. - Antes de irme quería informar a los señores que dentro de una hora habrá un baile típico de las islas de Pascua en el escenario, que les invito a ver y la fiesta terminará junto a las hogueras de la playa. Ahora si me disculpan. - Pedro finalmente, se marchó. Y los mojitos llegaron.

Tras unos instantes de silencio, me dispuse a hablar ya que sabía que la señorita McDowell no estaría dispuesta hacerlo en toda la noche e incluso sería mejor si me marchara de allí, pero seamos francos, prefería estar junto a alguien conocido en esta maravillosa isla y sin saber muy bien la razón había desarrollado un pasatiempo muy peculiar; molestar a la señorita McDowell aún sabiendo como dolían los picotazos de sus respuestas, pero era algo que estaba dispuesto a correr el riesgo.


- Y bien señorita McDowell, ahora que ya estamos en poco más de intimidad... ¿Ya puede ir sola al baño sin ayuda externa? - Obviamente sabía que no tenía ningún tipo de problema ya no le preguntaba en plan formal, mi voz era más picarona mientras me reía un poco. Le di un buen sorbo al mojito y esperé su reacción.
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Abigail T. McDowell el Mar Abr 03, 2018 6:16 am

Era inevitable que con la necesidad social que parecía tener Pedro Ramírez y el hecho de que misteriosamente dos ingleses hubieran coincidido en la Isla de Pascua en pleno verano... el señor Ramirez se viese en la imperiosa necesidad de unirlos, como si los británicos no estuviesen ya hasta los cojones del resto de británicos. ¿A esa bola de cebo no se le ocurrió la magnífica idea de pensar que, quizás, si dos ingleses se van de viaje tan lejos es porque no quieren relacionarse con iguales? No sé, parece un pensamiento fácil para el nivel intelectual que parece tener.

Ella se limitó a escuchar como Gudjohnsen contestaba las curiosas preguntas de Pedro Ramirez, preguntas que tenían como único objetivo buscar el punto central de la supuesta relación de ambos magos. Y no le gustaba lo más mínimo. Desde que era Ministra de Magia, cualquier relación profesional, social o incluso banal con un hombre ya era motivo de prensa rosa con tal de buscar trapos sucios.

El señor Ramirez, también conocido como 'la bola de cebo más social de la maldita isla de Pascua' comenzó a contarles todo lo que podían encontrarse en la isla, algo que a Abigail en realidad le daba bastante igual. ¿Ella, hacer turismo? Sus planes para esos días era quedarse en el hotel, disfrutar de la sombra—pues en si se ponía al sol terminaría convertida en gamba—y beber. Sí, emocionante, ¿verdad? Pero eran vacaciones y para ella las vacaciones era, literalmente, no hacer nada o buscar nuevas experiencias, único motivo por el cual preguntó por los deportes de riesgo. Ella no temía por su vida, venga ya. Trabajaba para una organización que juraba servir a muerte a una persona cuyos ideales se defienden con violencia y sangre, ¿de verdad creías que iba a temer tirarse por un puente con la única sujeción de una cuerda o saltar montoncitos de tierra con una moto? No, cariño, no.

Por eso cuando Einar comentó al respecto, ella vio el temor en sus ojos. No la estaba mirando, pero no hizo falta que lo hiciera para que ella se diese cuenta de dos cosas: de que era una clara indirecta a ella y que Einar Eidur Gudjohnsen se había hecho caquita en los pantalones.

¿Tiene miedo, señor Gudjohnsen? ¿Quiere que le traiga unos pañales para que pueda hacerse caquita tranquilamente o ya es demasiado tarde? —Le dijo sarcásticamente, ladeando una sonrisa, para luego mirar de nuevo a lo lejos, en donde se estaba preparando una fiesta. —Pinta fantástico eso de ir a ver unas piedras talladas cuyos rostros demuestran un abismo de emociones. Realmente impresionante. Estoy deseosa de enfrascarme en tremenda experiencia cargada de exaltación. Mi sueño.

¡Paf! Eso se llama bofetón irónico. Bueno, la ironía acababa de pegarle un bofetón tanto a Einar como al señor Ramidez de lo palpable que había sido. Obviamente le parecía una idea de mierda. No había nada que le llamase menos que ir a ver a los jodidos Moais.

Entonces Einar se inclinó hacia el otro hombre, susurrando algo que Abigail no escuchó, ni tampoco estaba interesada en hacerlo. Tal y como había hablado, era altamente probable que estuviesen criticando el poco interés cultural de la Ministra de Magia en un lugar como ese. Pero no, no supo que le dijo Einar, pero consiguió que Pedro Ramirez, por fin, decidiese dejar de ser una piedra en el zapato en su primera noche en la Isla de Pascua.

Era evidente que Abigail ahora mismo no tenía nada que decirle al doctor Gudjohnsen, pero éste fue el encargado de romper el silencio entre ambos. Y menuda manera de romper el silencio entre ambos. Vale, quizás se lo merecía por haber sugerido su necesidad de usar pañales. Encima no lo preguntó con la seriedad que solía precederle en esa profesionalidad, sino que lo dijo con picardía, buscando tocar ese orgullo 'quebrado' que meses atrás se quedó en aquel baño de San Mungo. Lo miró desafiante, intentando ocultar una media sonrisa ofendida. El desgraciado había disfrutado con eso.

Admítalo ya. Ayudar a la Ministra de Magia a llegar al baño para que pudiera orinar ha sido lo más emocionante de su último año en el hospital. Debí haberle hecho firmar un acuerdo de confidencialidad en el que aceptase no nombrar más ese maldito tema... ¿Acostumbra usted a reírse de sus pacientes? Tanta profesionalidad, señor Gudjohnsen y parece que se le ha olvidado al tomar el primer sorbo de su mojito. —Enarcó una ceja. —¿Qué tiene, doce años? ¿El ron ya le nubló la vista? —preguntó con sorna, antes de beber de su vaso de whisky. —Si vomita después de tremenda y arriesgada ingesta de alcohol, no se preocupe. Yo le sujetaré el pelo cuando vomite, siempre a su servicio, doctor Gudjohnsen. —Y le guiñó sarcásticamente un ojo, haciendo mención a uno de sus últimos días en el hospital, cuando Einar había decidido obsequiarle con una película de mierda, su humor absurdo y crucigramas para hacer la vida de la pelirroja menos triste en aquella asquerosa habitación.
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