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Priv. || La vida me dice que me encontraré a Sam || FB

Evans Mitchell el Mar Ene 16, 2018 4:53 pm

Recuerdo del primer mensaje :




agradecimientos especiales:

Agradecimientos especiales a Gwen por el regalito (?) Es que hizo una cabecera TAN , TAN hermosa, que Evans quería una para él también (?) :3

:hug:

:pika:



Prólogo (?):

¿Y si usa el Felix Felicis para dar con ella? Sería una risa ver a Evans caminando por el campo en plan: 'AAAAAAA, LA VIDA ME DICE QUE ME ENCONTRARÉ A SAM' y de repente se encuentra con Sam buscando leña al lado de su tienda de campaña. (Ya que por verano todavía no vivía con Caroline).


Un día te despiertas, un día como cualquier otro,  y te das cuenta, ¡porque te ha dado de cachetadas la corazonada!, ¡tú lo sabes!, que te falta una Sam J. Lehmann en tu vida. ¿¡Cómo pudiste haber sido más ciego todo este tiempo, joder!? ¡Si la tenías en frente de tus ojos! Literalmente, a Evans le habían encajado El Profeta en la cara antes siquiera de que abriera los ojos, ¡linda manera de espabilarte en la mañanita! Es que los compañeros de dormitorio, eran de lo peorcito.

—¿Qué caraj…?, ¿Vane?—murmuró, todavía en el ensueño, incorporándose a medias en la cama. Sostenía contra la cara el periódico que alguien le había arrojado, ¡a lo bruto! (de momento no le quedaba claro cuál de los idiotas que compartían dormitorio con él en Hogwarts), ¿y por qué? Entonces lo escuchó, algo sobre “ESE SANGRE SUCIA TIENE MI NOMBRE. Lo han capturado y han publicado su cartel de SE BUSCA, CON MI NOMBRE EN ÉL. ¡Menuda broma el tío! ¡Me deben estar buscando por traición! ¿Me escuchas, Evans?, TRACIÓN ¡PODRÍAN INCLUSO MATARME DURANTE EL DESAYUNO! ¡Mira que usar mi nombre como alias!, ¿CUÁNTAS CHANCES DE MIERDA HAY DE QUE ESO TE SUCEDA EN LA VIDA?”

Evans lo oía todo como si se tratara de una voz histérica que venía del más allá (ese tenía que ser Chris, el berrinchudo por excelencia). Pero era inútil insistir, porque bueno, ¿qué tenía que ver eso con él, de todos modos? Ya se sabía que si existía un infeliz al que le caían encima todos los infortunios más descabellados de la vida, ese era Chris. No, no. Lo que le interesó en el momento, fue otra cosa. Porque cuando Evans Mitchell fue capaz de enfocar la vista luego de enjugarse, enjugarse los ojos, LA VIO, allí, entre un mago narigón y otro con una vaca en la foto (¿qué iría a hacer la vaca allí, por Merlín?). Y de pronto, ¡todas sus preocupaciones de las últimas semanas se desinflaron!, ¡como pinchadas por una pizquita de alivio! Porque bien mirado a la luz de la lupa, ALLÍ MISMO, tenía la solución a TODOS sus problemas. Ok, puede que no lo estuviera pensando bien. Pero. El hombre estaba desesperado, tenía que admitirlo. Las cosas en el castillo no estaban fáciles, y estaba este profesar, un enfermito, que no dejaba de leerle la mente sólo con echarle una mirada, ¡ni siquiera! Sólo le bastaba tocarlo de reojo con esos ojos maliciosos y sucios. ¡Mucha presión! Estaba harto de ir caminando por los pasillos, pensando que todos esos torturadores podían ver sus emociones, ¡esas que lo asfixiaban por dentro! Eran suyas, ¡qué carajo! Que se fueran a husmear a otra parte. ¿Y qué si Artes Oscuras le daba ganas de vomitar? Pero. Lo sabía. Ya no podía dejar que sus emociones lo dominaran. Se estaba jugando la cabeza, ¡joder! ¡Eso de sentir las miradas encima de verdad que lo sacaba de quicio! Pero, ey. Lo último que había leído de esa pinchuda era que había sido instructora de “Legeremancia”, ¿verdad? (sí, había querido ahondar en el asunto de quién era Jota Lenhmann luego de topársela muy casualmente durante las vacaciones) Sabía en lo hondo de su pecho que sonaba loco incluso sólo pensándolo, pero. Esas materias de la mente y demás gilipolleces eran cosa seria, que te hacían controlar tus emociones y sellar tus pensamientos a los intrusos, ¡y eso sonaba como el cielo en ese momento! Ok, lo suyo era la legeremancia. Pero tenía que saber algo de oclumancia, ¿verdad? Es decir, no podía ser tan vaga. Si sabías sobre una rama de la mente, tenías que saber algo de la otra. Porque si a una manzana le sumas otra manzana…

Espera un momento, ¿vacaciones? ¡Pero si estaban en vacaciones todavía! Su miedo era por el año que comenzaría, que sería más terrible que la última parte de la cursada de sexto año. ¡Ah!, sí! Es que había tenido pesadillas otra vez, y las había vivido como algo muy real, ¡todavía tenía la oscura sensación de que había vuelto a Hogwarts! Pero espera, si era así, ¿qué cojones hacía Chris en su casa?

—¡Tú!, ¿qué cojones…?—soltó Evans, saltando de la cama, como si estuviera siendo atacado de repente por todos los flancos.

Lejos de llevar la acostumbrada túnica de Hogwarts, su amigo vestía casual e iba de un lado al otro de su habitación como un hombre preso de la locura y el escándalo. Traía consigo malas noticias, eso era evidente. Menos mal que, en la actualidad, era el único Mitchell en la casa. Los demás la tenían difícil siendo perseguidos por traidores a la sangre. Pero se hubieran indignado lo mismo de saber que uno de los amigos de Evans había entrado sin tocar a la puerta, embarrando de paso el piso del hogar, usualmente impecable.

—¿Cómo que Chris, qué cojones? ¿Has estado escuchando algo de lo que he dicho?—En su defensa, sólo había soltado lamento tras lamento del lamento que era su vida, como hacía siempre que se ponía histérico. Nunca iba al punto, sólo lloraba sobre lo injusta que era la vida con él. Hasta que iba al meollo de la cuestión, tarde, cómo no—: ¡LA MERCANCÍA EVANS! Estamos en problemas, ¿ok? Toma tus cosas, porque tenemos que salir pitando de aquí y chequear que TODAVÍA tengamos algo que venderle a Pete el Tuerto, porque si no… ¡La mercancía no está donde la ocultamos, Evans!, ¡NO ESTÁ!, ¿me oyes? Y no encuentro al jodido Zachary por ningún lado, ¡por ningún lado! ¡Te dije que no se podía confiar en ese borracho! ¡Vaya a saber dónde tendrá nuestra estropeada fuente de ingresos! Y si no la encontramos Evans, o si no se nos ocurre ALGO que darle al Tuerto a cambio… ¡NOS CORTA EL PUTO CUELLO!, ¿entiendes ahora? ¡Por eso no me gustan los tipejos con apodos acojonantes para hacer negocios!

—¡Maldición!—Evans sacó los pies de debajo de las sábanas, llegando al suelo de un brinco rápido, presto a mover el culo y ver si podía salvarlo después de todo. ¡Joder, que no se podía tener una mañanita tranquila! Eso de montar una red clandestina de compra y venta de artículos catalogados, como mínimo, de ‘sospechosos’, con un grupete de amigos que se la pasaban haciendo novatadas estaba resultando ser un dolor de cabeza, por no decir en el culo. Colocándose una remera por encima de la cabeza, soltó—: ¿Dónde viste a Zachary por última vez? No me importa cómo, pero vamos a dar con el bastardo, ¡demonios que sí!

—Oh, ¿sí? ¡Pues vamos a necesitar UN MONTÓN de suerte para eso!

¡Oh! Evans se detuvo en el acto, sonriéndose, ladino. Je, lo tenía controlado.

—¿Sabes qué? ¡No te preocupes! Nos irá bien—tranquilizó, notablemente con otra actitud, otro aire. El otro lo miró con la cara desencajada—Sí, sí. No te preocupes. Todo saldrá bien—insistió, y tomó una media de uno de sus cajones. Hurgó en su calcetín, y en nada, se hizo con una botellita. Antes de tragarse todo el contenido, muy confiado, muy sonriente, le devolvió la mirada a Chris (quien no entendía nada) y brindó—: ¡Salud!

Y se bebió el frasquito hasta el fondo.

Lo próximo que supo el bueno Chris, el pobre, desesperado de Chris, fue que Evans Mitchell se ponía el abrigo y salía a la calle, diciendo cosas ininteligibles sobre un tal Felix, y en fin, mira tú, ¡dejándolo solo al pie de la picota!, ¡ese bastardo!, ¡estaba abandonando el barco! Y el barco se estaba yendo a la mierda. Pero, pero, pe… ¿y qué sentido tenía todo eso que decía? Lo siguió, apretando el paso, sacudiendo como un pingüino con el culo en llamas, soltando todo tipo de exclamaciones y sin dedicarle ni una sola palabra bonita.  

—¡Oh, cierra la boca, por la barba de Merlín! Sé que hallarás a Zachary. Estarás bien, te lo prometo. Bueno, Félix lo promete. Si voy yo, sólo será complicado. Sólo lo sé. Yo, lo que necesito, ¡ahora mismo! Es un poco de leña. ¡No puedo explicarlo! ¡Sólo lo siento en todo mi cuerpo! ¡Quiero LEÑA!

Y antes de que Chris pudiera agregar nada, Evans Mitchell desapareció, sin dejar rastro.

***

Gorrón era una lechuza, pero no cualquier lechuza. Primero, se creía un perro. En lo que a esta ave concernía, enterrar huesos en el jardín, perseguirle al cola a otros perros, mordisquear y gruñir a los desprevenidos cuidando su territorio, atacar a los gatos del barrio, todas estas cosas, eran lo suyo. ¿Qué era eso de ‘ulular’? Ésta GRUNÍA. ¿Qué era eso de ir parar a la pajarería? No, no. Gorrón se juntaba con los perros y hasta había liderado una jauría de perros callejeros como el macho alfa. Tú sabes, todo depende de tu actitud en la vida. Si no quieres que te confundan con una lechuza, ¡sé un perro!

Por supuesto que para Linda Mitchell eso era demasiada actitud, ¡porque fíjate que hasta le arrancaba las flores del jardín!, ¡el perfecto jardín! Y le traía todos esos perros en la puerta, ¡hábrase visto!, ¡una lechuza entre canes ‘ladrándole’ a los vecinos! Pero como a Aimee le hacía gracia ver a ese pajarraco grandote y con las plumas revueltas, desgreñadas, como si se tratara de algún paria tan salvaje que no respetaba las normas de la sociedad, la dejaron estar, y hasta Linda le tomó cariño, de verdad, lo demostraba dejándole las sobras en un platito, especialmente si eran huesos. Eso no evitaba que le diera un ataque de rabia de tanto en tanto con la lechuza de Evans.

En Hogwarts, por otro lado, no había estudiante que no cuidara el refrigerio que llevaba en la mano cuando veía planear por encima de su cabeza a esta ave de intimidante tamaño, y eso si la veías, antes de que se arrojara sobre ti y te robara el emparedado. ¿Y qué hay de la lechucería? Pues fíjate que Gorrón no entraba allí ni por asomo, y si lo hacía, era para ir a picotear al resto, como el paria pendenciero que era. Hasta dirías que se mofaba de ellas, dedicándoles cabriolas, seguramente porque eran ‘lechuzas’. La única ave con la que se llevaba bien era con Horus, pero esa era otra historia. Por lo demás, vivía como un salvaje, a no ser que Evans lo necesitara para un envío, en cuyo caso, y mira tú que extraño, aparecía enseguida a su lado, llegando desde donde fuera y hacia donde hiciera falta, llamada por la urgencia de su dueño. Porque tú sabes, el perro es el mejor amigo del hombre.



Allí, en el cielo, ¿qué era eso? ¡Sí!, ¡una lechuza! Esta llegó volando y planeó hasta el interior, soltando una carta. No era la primera vez que estaba allí y hacía buenas migas con el cerdo vietnamita. Mira tú que eso de comunicarse a ladridos parecía insólito, pero le funcionaba. ¡Cuidado con las sobras! Porque fueran del cerdo, del plato, o con que estuvieran la vista, irían a parar a ese pico de ave gorrona que tenía. Pero habrase visto, ¿por qué tanta prisa en entregar la carta?


¡Ey!,
    Te escribo esta nota rápida, porque me he demorado en este puestito de perritos calientes. Sólo le quedan salchichas vegetarianas. Lo sé, lo sé, ¿¡qué le pasa al mundo que funciona tan mal!? ¡Pero me sienta mal llegar con las manos vacías! Pensar que tu estómago de paria no habrá probado un bocado decente desde vaya a saber cuánto, ¡me parte el alma! Y sí, hoy me siento especialmente compasivo porque, ¡me siento un tipo tan afortunado!, ¡tan por encima de la miseria del resto!

¿Ya estás preparada? ¡Espero que lo estés! Porque me darás clases de oclumancia. Lo sé, lo sé, que puede ser un poco inesperado, pero es que hoy me he levantado y me he dicho a mí mismo: ¡¡¡AAAAAAA, LA VIDA ME DICE QUE ME ENCONTRARÉ A JOTA LEHMANN!!! No mueras de la alegría al verme. Mis motivos son auténticamente nobles, te lo prometo. Una salchicha, por una clase. ¿Qué no haría yo para que tengas el estómago caliente?

Sinceramente (cerca que te cagas),

Felix Felicis.


Pd: Cuidado con el suelo, que está patinoso.



©️ HARDROCK






***

—¡Ey!, ¡Jota!—DE VÉRTIGO, ¿has tenido esa sensación que te trepa por la columna?, ¿cómo un frío repentino? ESTA SUCEDIENDO, ES REAL, WINTER IS HERE—Así que, esto es…

Evans Mitchell venía campante, hasta que se topó con el escenario general de lo lamentable que era la vida indigente. Sí, él venía, caminando, como si tal cosa, asaltando a la gente decente por la espalda.

—Oh, ok, no haré comentarios. Ya te lo habrán dicho todo. Digo, ¿hablas con gente?—Se oyó el chillido alegre de un cerdo en la distancia y Evans hizo una mueca y agregó—: ¿gente de verdad? Porque esto del aislamiento bajo un puente, podría dejarte secuelas… ¿Qué? Te llegó mi lechuza, ¿verdad? Vi tu cartel de SE BUSCA, y sentí que tenía que ser ESTE el día. No lo sé. Sólo lo sé. O lo sabía. Ya ni sé cuánto tiempo ha pasado desde que me tomé la botellita. Pero hay algo que sí tengo claro, te he encontrado. Y es de buena suerte. ¿Quieres saber por qué?




psss:
¡Ah! ¡Sobre el cerdo! Entendí que Sam tenía un cerdito, y lo metí. Cualquier cosa que sea incoherente, me decís y lo edito :pika:

¡Beso! :3

:hug:


Última edición por Evans Mitchell el Miér Abr 04, 2018 12:20 am, editado 1 vez
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Evans MitchellUniversitarios

Evans Mitchell el Jue Mar 22, 2018 8:59 am

¿Confiar? Asaltado por la pregunta, así es como reaccionó. Es que, esa mujer era tan emocional, y estaba siempre poniendo el acento sobre cuestiones que a él, bueno, a él lo ponían ciertamente incómodo. Por empezar, ¿por qué tenía que mencionar el engorroso inconveniente de que él había depositado su total y absoluta confianza en Jota Lenhman? Ese era un detalle al que a él le gustaba pasar por alto, y estaba bien con esto, guardando silencio al respecto, ¿así que porque no ella? Le había explicado ya que era porque no la consideraba ‘persona’, aunque quizá con otras palabras, que consideró inoportuno repetir, no fuera a ser que se le diera por ponerse sensible, toda atacada por los razonamientos mitchellianos.

No le dio tiempo a responder, de todos modos —a lo sumo, a asentir, por inercia, como le asientes a un loco—, sino que se contestó a sí misma, dejándolo plantado en el sitio con cara de “con qué saldrá ésta ahora”, y la boca abierta, boca tonta, boca que frunció en una mueca de desconfianza porque, ¿ayuda?, ¿dijo ayudar? Mira que él sólo le había hecho una pregunta muy sencilla, sin compromisos, y ella iba y lo ponía a solucionar problemas, sus problemas. Era tal cual como decía el refrán: “Dales la mano y te tomarán el brazo”. Sin embargo, así como no pudo rebatir el argumento de ella sobre la “confianza”, tampoco pudo rechazar meter la nariz en sus asuntos, porque se sentía en verdad intrigado sobre todo ese teatrito de nervios y secretismo. Era más fuerte que él, hurgar en lo que no era de su incumbencia.

La siguió, naturalmente, desbordando una aplastante seguridad a la hora de andar, como si no hubiera necesidad alguna de inquietarse, porque ¡ey!, él tenía los nervios de acero de un adulto hecho y derecho, era el hombre de las soluciones, alguien a quien  tu podías recurrir, alguien en quien apoyarte en los momentos de dificultad. Hasta se rió entre dientes del nerviosismo de ella, ¡porque vamos!, era cuestión de poner al tipo indicado sobre el asunto, y no todos lo eran, lo entendía. Mírala a ella, todo un manojo de nervios. ¿Pero qué es lo que podría ir tan mal como para…?

—¿¡Quién carajo es éste!?—
exclamó, saltando al verlo, ¡auténticamente desencajado! Y es que, ¿¡había secuestrado a un sujeto!?, ¿¡se daba cuenta de lo que grave que era eso!? Pero habiendo escupido su sorpresa inicial, se limitó a escuchar, intercambiando miradas con ella, miradas que iban de ella al raro sujeto, y del raro sujeto a ella, y así, con evidente pasmo.

Al final, recobró la seriedad y cruzó los brazos sobre el pecho, cubriéndose la boca con una mano, pensativo, muy pensativo. El sujeto era raro que te cagas, eso dedujo de su primera inspección seria. No hablaba, ella decía. Pero sabía su nombre, y lo había estado gritando como loco, a voces, apareciendo en el lago sobre una barca. Y él, que pensaba que Jota se aburría debajo de ese puente, sin nada que hacer.

Dos minutos después, dos introspectivos y serios minutos después.

—¿Cómo que “qué hago”?—preguntó Evans, muy educado, moderado el tono, ladeando hacia ella un rostro de lo más calmo—Eres una legeremante. Digo, he acudido a ti, literalmente porque entras en la mente de las personas y hurgas en sus cosas. No te habla, ok. Entra en su mente—solucionó, con un acento de obviedad que calaba en lo hondo de la vergüencita, o que tenía la intención de—. ¿Has pensado que quizá—agregó, regresando su atención al rubio muchacho, con aire bobo y perdido—este chico no sepa decir otra cosa que tu nombre? ¡Ey!—Lo llamó, chasqueando los dedos. Se acercó—, ¿quién ere…

El chico se le lanzó y le mordió la mano.

—¡Ah!—
Evans lo apartó y saltó, sujetándose la mano diestra. Indignado, era poco decir—¡Me mordió!, ¡este loco me mordió!

Contraatacó y lo asaltó, sujetándolo del cuello de la ropa, salido de la ira. Los dos se enzarzaron en un forcejeo, a riesgo de montarse un numerito. Vaya, menos mal que Evans Mitchell estaba ahí, para ofrecer soluciones. Y el chico “problema” gritaba el nombre de Sam, una y otra vez, como un loco: Samantha, Samantha…

—¡Ha sido tu perico el que me ha atacado!—
gritó.

Y la verdad es que parecía eso, un animalito asustado.

—¡Veamos esa varita!—
exigió o propuso, pero no se sabía, porque hablaba en un tono enfadado con una autoridad que le salía del enojo. Se acomodaba las ropas, sin quitarle el ojo de encima, resentido—Veamos en qué anduvo este… Bueno, está el “prior incantato”. ¿Y seguro que no es un amigo tuyo? ¡Porque tiene algo contigo! Vaya amigos que te haces. ¿Este no tendrá la rabia?

Lo último, lo preguntaba con preocupación, y se frotó la mano, con tremenda marca de mordedura en ella.
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Evans MitchellUniversitarios

Sam J. Lehmann el Sáb Mar 24, 2018 4:42 am

¡Y yo que sé! —respondió inmediatamente a su alumno cuando preguntó con tanta sorpresa que quién era ese tipo, asustando a Sam.

Madre mía, que Sam estaba en alerta todo el rato, ¿vale? Eso de que un tipo que no hablaba y no tenía recuerdos hubiese aparecido en una barca por el lago... que piénsalo, no era un lago tan grande. ¿Qué idiota con el don de la magia y una varita en la mano coge una barquita para cruzar el lago en vez de aparecerse? Lo peor de todo es que era tan aparentemente idiota que Sam se imaginaba al líder de la operación 'capturar a Lehmann' subiendo a ese bobo a la barquita y empujándole hacia aquí con tal de que resultase todo más natural.

Pero no, Sam se había preocupado de asegurarse de que no había nadie más por lo menos a un kilómetro a la redonda.

La rubia miró a Evans con cara de pocos amigos cuando empezó a decirle con tanta altanería que lo lógico para una legeremante era leerle la mente. Vaya por Dios, ha descubierto la pólvora. —Ya lo he intentado, listo, que eres un listo. Fue lo primero que hice —le respondió con retintín. —Y, tal cual como suena, no puedo entrar a su mente. Es una sensación extraña. Es casi como un muro, un muro inquebrantable que parece incluso más fuerte que la oclumancia más experta. Para mí su mente está totalmente vacía; no hay nada, o parece no haber nada —le aclaré al sabiondo de mi alumno, para que supiese que ahí no sólo había gato, sino lechuza, oso panda y koala encerrado. —¿Qué clase de ser humano con esa edad no sabe decir nada más que un nombre? No sé, esto es muy raro... ¿le habrán lavado el cerebro y hecho un Imperio con él o algo? —Tenía experiencia con eso del lavado de memoria y... había situaciones en donde algo de eso, mal hecho, llegaba a tener unos resultados desastrosos.

Mira que Sam había tenido cierta precaución a la hora de acercarse al rubio pero no precisamente porque creyese que había riesgo de ser atacada ferozmente por él. Observó ese ataque gratuito con sorpresa y cierta diversión, pese a que por un momento la reacción dramática de Evans le hiciese mirar con detenimiento sus dedos por si se había quedado sin. ¿La verdad? No hizo nada. Se mantuvo de pie, viendo como Evans atacaba a un pobre cervatillo tonto, agresivo y amarrado. Eso no era justo, ¿lo sabías, Evs? Eso es jugar con ventaja, no solo porque estaba amarrado, sino también porque se notaba que tenía cierto retraso. Pese a eso, dejó que su alumno consiguiese la venganza que anhelaba por el mordisco.

Lo miró ofendida. —¿Cómo que si es mi amigo? ¿Qué insinúas? —Porque por lo que estaba pasando ahora mismo frente a ellos, una cosa estaba clara: aquel tipo rubio estaba mal de la cabeza. Y llamar 'mal de la cabeza'—o en su defecto, loca—a una mujer, no era muy inteligente viniendo de un hombre. —Claro que no tiene la rabia... —respondió, haciendo una pausa. —Pero a lo mejor te pega la lepra. Cuida que en los próximos cinco minutos no se te caiga ningún trocito de piel. —Obviamente estaba de broma, pero bromear de esa manera cuando Evans estaba estresado era todo un placer para la vista por ver cómo aumentaba su estrés. —¿Se te está despegando el ojo? —añadió con gesto dramático, fijándose profundamente en su ojo izquierdo.

Inesperadamente, el chico rubio rió ante el trato entre el alumno y la profesora. Sam miró a Evans, extrañada. —Vale, ahora en serio, ¿alguna idea? Tenía pensado abandonarlo en algún lugar inhóspito de Londres... e irme de este sitio rápido. Ya le había echado el ojo a otro lugar en el que asentarme un tiempo y después de esto creo que es urgente que vaya moviéndome de sit...

Se oyó un 'crack', la típica rotura de palito por mal pisada.

¡Corre! —Se suponía que era un susurro pero... se escuchó perfectamente desde dentro de la cabaña, proveniente del exterior. Sam se puso alerta.

Evans, ponte detrás de mí. —Le ordenó en voz baja, dejándose de tonterías y sacando la varita para apuntar a la puerta de su tienda de campaña.

¡SAMANTHA LEHM...! —Gritó el imbécil rabioso, a lo que Sam le lanzó un 'silencius' casi instantáneo que hizo que el silencio reinase en la caseta.

Parecen ser dos... —añadió en un susurro a Evans; su ahora aliado.
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Evans Mitchell el Dom Abr 01, 2018 9:29 pm

¿Qué?, ¿dijo “lepra”? La miró con desconfianza y torció su boca en una mueca despectiva, al tiempo que soltaba un “JA JA”, muy irónico. No porque le hiciera ninguna gracia la idea, se entiende. Estuvo a punto de hacerle un comentario a lo Evans, cuando la pregunta: “¿Se te está despegando el ojo?” y el dramático interés de Sam, presionaron en él ese nervio que actúa por acto reflejo a través de la sugestión, y se llevó una mano al ojo izquierdo, cual acto fallido. ¡Si hasta juraba que había sentido un “algo” colarse por su ojo!, ¡tsk!

El retrasado ahí atrás se carcajeó de lo lindo con la escenita, y Evans lo miró de la mala gana. Hasta que se dio cuenta que seguía con el ojo tapado, y deshizo el gesto resoplando y actuando indiferente, aunque se lo notara picado, todo enervado como un gallito orgulloso por dentro. Moviendo el cuello de un lado al otro y adecentándose la ropa, como diciendo “aquí no pasó nada”, como para mantener la dignidad intacta (¡aunque juraba que el ojo le hormigueaba ahora!), soltó:

—Olvídalo. Han de ser familia. ¿Algún primo segundo, quizá?—
inquirió, por último, haciéndose el “gracioso” y parpadeando más de lo normal.

¿Qué hacer, preguntaba? Ya mismo Evans se estaba ofreciendo para deshacerse del amiguito, y por la expresión que le lanzó al muy sonrisitas —es que vamos, todavía seguía partiéndose las costillas—, diría que pensaba tirarlo por las cloacas de Londres, total.

—Primero debajo de un puente, ¿qué vendrá después?—dijo, como si estuviera indignado con la idea (cuando ella ni siquiera había terminado de hablar). Es que, él daba por hecho que la seguiría hasta el próximo puente, pocilga o antro animal, y le molestaba que ella no prestara atención a su comodidad personal, la comodidad de Evans, porque mira que él era un tipo decente que, lógicamente, no estaría en esa tierra de decadencia pisando la mugre con sus zapatos si no fuera por ella, y tratándose de jota Lenhman, ya se la veía acabando en un sitio de mala muerte, ¡de lo peorcito! (cuando él ya se había acostumbrado a ese). Eso era como mínimo, desconsiderado (a que sí). Sí, él sólo se preocupaba por sí mismo.

No, no podía dejarle a esa mujer una decisión tan delicada como la vivienda. Además, había que pensar en el cerdo (¡alguien tenía que pensar en el cerdo!). Eran muchas cosas juntas para ella y su cabeza de fugitiva, no podía dejar que se lanzara a la tremenda, no sin aclararle qué tenía que hacer, cuándo y cómo, porque de la nada Evans Mitchell se había doctorado en “cómo llevar una vida de fugitivo y sobrevivir al intento”. Y bueno, es que, siendo honestos. Se suponía que él tenía que pensar como uno, para cazarlos. En un futuro, ¿muy cercano? Eso podía tener sus pros y sus contras.  

—No, tú deja que yo te diga dónde. Hay un…—
empezó a decir, en lo que parecía que sería información útil, ¡por primera vez, algo de información útil, para variar!, ¡de Evans Mitchell!, cuando le cortaron el rollo, con lo bien que venía…

“Evans, ponte detrás de mí”, “corre”, “crack”, “SAMANTHA LEH…”, “parecen ser dos”, ¡ah!, a Evans le entró el pánico. No tenía ningún problema es ser escudado y ponerse detrás de una mujer o un niño para el caso, pero. Lo que estaba en juego, era otra cosa más importante: su conexión con Jota Lehman. ¿Y si eran carroñeros?, ¿cazarecompensas?, ¿mortífagos? No, ese idiota de ahí no era un mortífago.

¿Pero y si era como él?, ¿un aspirante?

De pronto, en un intenso remolino de segundos en los que juraría que el sudor se le había agolpado en la frente, como si se hubiera mandado un trago bien fuerte directo a la cabeza, Evans cayó en la cuenta de que se había metido en problemas, ¿y cómo salir “de esta” cuando no sabía ni a qué enfrentarse?

Usan un señuelo.
Atacan cuando estás distraído con el señuelo.
No sirve de nada utilizar al señuelo como rehén, porque a nadie le importa.
Sales corriendo.
Error garrafal.
Te dejan sólo una vía de escape en esos casos: el enfrentamiento.

Un pensamiento fugaz cruzó por su cabeza: tomar a Jota como rehén, confundirlos y atacar; entonces, se oyó a alguien blasfemar por todo lo alto (como si se hubiera dado un buen traspiés) al mismo tiempo que el “¡¡¡OINK, HUNK, GRUNZ!!!” del cerdo, más confiable que cualquier alarma anti-intrusos, aparentemente, ¡y Evans sujetó la mano con que ella blandía la varita! Pero no hizo nada de eso, sólo la miró y susurró: Salvio Hexia. Y arqueó una ceja, en una forma muy suya de picarla con una imperativa: “Tú haz lo que te digo”. Es que, tenía un plan. Era un buen alumno, y tenía un plan: ocultarse de la mirada de los atacantes en un rincón y tomarlos por sorpresa, ¡antes de que invadieran la tienda!


***


—¡Ha escapado!—
escupió enfadado uno de los hombres, apuntando aleatoriamente en cada rincón con la varita. Habían entrado como una tromba, justamente temiendo que el chillido la alarmaría, desbaratándose así sus planes de “acorralar y atacar por sorpresa”, en una carrerita algo tonta y alocada. Y es que, ¡lo habían preparado todo tan cuidadosamente! Y no va, que un cerdo se les pone en medio. Eso sacaba de quicio a cualquiera—¡Porque eres más imbécil que ÉSTE!—acusó a su compañero, señalando al rubio, que se sacudía haciendo señales con la cabeza y gritando… sin voz. En suma, una imagen patética de un loquillo—. ¡Tropezarte con un CERDO!

—Es que, ¿tú lo viste? Salió de la nada chillando y con las orejas echando humo, ¡tú no te esperas que algo así te vaya a pasar!

—¡Mierda!, ¡Mierda!, ¡Mierda!

—Y éste… ¿no te habrás pasado un poco con esa poción? No sólo parece que nadie pueda entrar a su mente, sino que ya no la volverá a usar…

—¡Como si me importara!

—Es como si intentara decirnos algo, mira.

—¡Sólo déjalo!, ¡está tarado!




Spoiler:

¡Buh! :pika:

Jaja Es así: Evans no es adulto como para poder realizar ese conjuro, así que le deja a Sam la tarea de lelvarlo a cabo y con éxito (?) Pero tampoco quería dar por hecho lo que iba a hacer o dejar de hacer tu pj, así que, si te parece: podés pasar por alto la escena después de los puntitos (que nos hace entender que ella le hizo caso a su alumno) y recrear la situación, si acaso tu chica prefiere hacer otra cosa. Beso :3

Me sacan sonrisas esos dos pj's nuestros  :pika:


:hug:
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Evans MitchellUniversitarios

Sam J. Lehmann el Mar Abr 03, 2018 4:24 am

Estaba claro que la aparición de aquel tipo en su 'hogar provisional' no había sido tontería. Ni un hecho aislado. Justo parecía lo que era: un problema; una trampa. Algo malo, muy malo. ¡Malísimo! Pero claro, ¿qué narices debía de hacer? ¿Ahogarlo en el lago? ¿Hacerle un inflatus y mandarlo a volar por el cielo para deshacerse de él? Bueno, quizás no fue tampoco lo más inteligente meterlo en su propia tienda para intentar interrogarlo y meterse en su mente pero... no sé, en su momento pensó que era lo más lógico. Pero claro... cuando de repente escuchó cosas en el exterior ya se dio cuenta de que había cometido una tremenda cagada.

Por un instinto protector, le dijo a Evans que se pusiese detrás de ella, como si ella supiese mucho de defensa mágica o algo, cuando en realidad no tenía ni idea de defenderse demasiado bien, mucho menos de dos enemigos. Sin embargo, por mucho que el tono de Evans ante aquella proposición fuese un tanto altanero, Sam no dudó en hacerle caso. Sin duda alguna su plan era mejor que el de Sam, que básicamente consistía en quedarse quieta y esperar a ver qué pasa, intentando ser más rápida que ellos pese a no tener nada a su favor. Vamos, un plan de puta mierda. Así que hizo caso a la idea de Evs, conjurando un Salvo Hexia que hizo que repentinamente a su alrededor se crease una barrera invisible que si bien ellos seguían apreciándolo todo con normalidad, desde fuera ellos serían invisible para cualquiera.

Pese a eso, se asustó cuando los dos tipos se metieron en su tienda así, tan repentinamente, tras haber tropezado con su cerdo. Bendito Don Cerdito, tan oportuno como siempre, ralentizando la entrada de los tipos y confundiéndolos. Nadie se espera que nadie tenga un cerdo tan hiperactivo. Era mejor la entrada del cerdo que cualquier confundus habido y por haber.

Retrocedió unos pasos, junto a Evs, aún con la varita en la mano apuntando a los tipos que habían entrado con toda la confianza por ahí para adentro. El tipo mudo intentó avisarles de que Sam seguía ahí, pero debido a lo inútil que parecía sin poder proferir nada más que el nombre de Samantha, éstos lo tomaron como que estaba haciendo el subnormal—como de costumbre—y no revelándole información especialmente útil.

Comenzó a moverse estrátegicamente—eso pensaba ella—para posicionarse en la entrada de la tienda sin chocarse con nada ni nadie. Sería mucho mejor tenerlos a ellos en el interior, básicamente porque nadie se esperaría recibir un ataque por donde se supone que acabas de entrar y, lógicamente, está libre de enemigos. Los tuvo de espaldas y... en realidad era fácil, ¿no? Los tenía a ambos de espaldas a ella, pero aún así miró a Evans, como esperando una confirmación por su parte. Sam ya había tenido experiencias con enemigos, pero algo era inevitable: ella siempre se ponía nerviosa en este tipo de situaciones.

Samantha Lehmann... Samantha Lehmann... ¡Samantha Lehmann! ¡Uh, uh, uh! —El tipo seguía moviendo la cabeza de un lado para otro, intentando comunicarse con sus compañeros de equipo y decirles que Samantha Lehmann estaba por ahí, oculta con un hechizo. —¡Uh, uh, uh! —Dijo, estirando el cuello y moviéndolo de un lado a otro.

¿Por qué exactamente trabajamos con este tío?

A ver, respeta, es mi primo. Mi primo lejano, pero mi primo.

Pues es idiota, ¿a tus tíos le pagan por él, no? Tienen que estar forrados.

He dicho que respetes.

Está claro que en tu familia los genes no son muy buenos. ¿Hay alguien que no sea imbécil en tu familia?

¡Eh, tío!

Y, con una sonrisa de lo más altanera, el tipo que le hacía bullying a los dos más idiotas, recibió un 'desmaius' por detrás de Samantha, haciendo que el Salvo Hexia desapareciera. Cayó al suelo instantáneamente y, para cuando el otro se dio la vuelta, no la apuntó con la varita, sino que, miedoso, soltó la de él y alzó las dos manos, en son de paz.

¡No me mates!

Porque claro, él no había visto qué hechizo impactó por la espalda de su amigo y era tan cobarde que asumió que era una maldición asesina. ¡Já! ¡Samantha Lehmann haciendo una maldición asesina! ¿En qué mundo? Menos mal que ahora mismo todo el mundo se creía que los fugitivos tenían unos corazones horribles y despiadados.

Pues dime cómo narices me habéis encontrado —le dijo al tipo, como contra-oferta a no matarlo, como si tuviese intención de hacerlo de alguna manera. —¿Quiénes sois?

Tenía que aprovecharse, ¿no? Miró de reojo a Evans. Quería encontrar las respuestas a sus preguntas, pero no tenía pensado que nadie allí dentro saliese con recuerdos de Sam. Ni mucho menos de Evans. Podría ser fatal para él.
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Evans Mitchell el Lun Abr 09, 2018 7:00 am


Evans se arremangó y estaba llevando silenciosamente la cuenta: 3, 2, 1…, para indicarle a su mentora en qué momento atacar —de forma que fuera a la vez— entre que la miraba a los ojos (con esa cautela del que sabe que trata una situación delicada y se espera el peor resultado por parte de su compañía, porque así de desconfiado era, porque nunca fueras a achacarle la culpa de nada a Evans Mitchell), cuando a la cuenta de ¡dos! ella se lanzó, solita, solita, sin reparar en que le desbarató los planes a su estudiante. Y es que, en su defensa, Evans siempre usaba los gestos de las manos en demasía, hasta el punto que sobraban. Así que, aunque a él le parecía que era evidente que sólo acompañaba el conteo con un movimiento de la mano, lo cierto es que era como si la invitara a actuar, en el momento, YA, YA, YA.

Mira tú, como sería de terrible la fama de Sam Jota Lehmann (quizá hasta Evans tendría que replantearse con QUIÉN estaba tratando… ¿Sí? Naah. ¿Jota Lenhmann?), que el carroñero que quedó en pie alzó las manos suplicando por su vida antes siquiera de que Evans se decidiera por un hechizo (ella solita, solita, se había hecho cargo de todo, en un abrir y cerrar de ojos. Bien, bien. A veces, la gente podía sorprenderte). Fue cuando Sam le dio a entender de una u otra forma que de momento no atacaría, que Evans, cómo no, atacó a traición, haciendo que tipo gritara (aunque de cobarde, nada más): hizo aparecer unas cuerdas, con las que apresó a los dos, al que roncaba en el suelo y al le sudaba la frente de puro nervio, haciendo que este último se sobresaltara de tal forma que Evans miró a Sam y se encogió de hombros, como diciendo: “No los ibas a tener sueltos por ahí, ¿no?”. Y siguiendo el hilo de la conversación, o más bien “interrogatorio”, agregó:

—¿Y por qué mandan a un subnormal en una barca?

Claro, porque eso era algo así como “clave”, Evans. Sin embargo, continuó (hablando más para Sam), yendo al grano:

—A mí me interesa saber, porque ése no te abre la mente—
señaló.

Y además, le tenía tirria al rubio desde que le hincara el diente. Que un menso que balbuceaba incoherencias fuera mejor oclumante que él, debía morderle el orgullo de alguna manera. Pero la pregunta de Sam sí que era clave.

¿Quiénes eran?

Samuel Leman, esta historia comienza con Samuel Leman, con un “había una vez” un pobre muchacho, acosado por su madrastra y sus hermanastros, quien nunca, nunca, pudo levantar la cabeza sin que lo insultaran la más mínima cosa (discriminado por ser, según ellos un “hijo bastardo”, hijo de una muggle), y que hubo de guardar las apariencias en una familia de la que nunca se había sentido realmente parte. Este chico, pobre, pobre chico, intentaba por todos los medios ganarse la estima y el cariño y la aprobación de cuantos se le acercaban, pero siempre con los más desafortunados resultados.

En su afán por complacer a todo el mundo y satisfacer las expectativas de gente prejuiciosa y malintencionada (en una familia de clara mentalidad purista), el pobre ceniciento no hacía más que meter la pata, y alejando a esas personas a las que en realidad hubiera querido acercarse.

Siempre había sido así con el pobre, pobrecito Samuel, a quien las cosas parecían costarle el doble de esfuerzo que a los demás, pero que así y todo, se empecinaba en sus propósitos sin perder de vista sus metas. Al sobrevenir el gobierno de Lord Voldemort, ¿dejó que su desencanto por tales ideas puristas lo desanimara? No, no señor.

Él, se convertiría en alguien que los demás respetaran. Sí, quizá un poco por cobardía—porque, ¿quién iría a contradecir a ese gobierno? O en todo caso, ¿dónde encontraría él el coraje o el modelo ejemplar de carácter a imitar para hallar un propósito más grande que sí mismo?—, se dejó arrastrar a las filas de los carroñeros, de forma que quedara demostrado que a pesar de sus orígenes, él no era ningún reo o fugitivo, y sí, definitivamente se dejó arrastrar por lo que otros querían (su familia, que no dejaba de achacarle que era un inútil), ¡pero!, ¡aun así!, ¡les demostraría que había algo que él SÍ PODÍA hacer!

Y para que quedara demostrado, se había metido en ese grupo de tres (declarados como cazarecompensas), decididos a obtener una recompensa por Samantha Lenmann y repartirse una buena tajada. Sólo que no previó que lo estaban utilizando de la peor manera: sebo humano. Pero antes de llegar a los detalles de su plan, ¿cómo es que se habían encontrado con una villana de ese calibre? Muy sencillo: PURA Y SIMPLE CASUALIDAD.

Tú sabes, la “suerte” suele actuar de formas muy insospechadas. Un día, te cruzas una moneda en la calle. Otro día, te cruzas con una fugitiva con una recompensa por su cabeza escurriéndose debajo de un puente, justo cuando te inclinas a mirar, justo cuando de un estornudo tus ojos caen, ¡sobre esa increíble, provechosa, casualidad! Porque no va que justo ese día habías visto su cartel, y te había llamado la atención LO VIL que salía en el cartel, y no va que EN EL MISMO DÍA, te la cruzas, tal cual le había pasado a Samuel Lenman, quien no dudó en comentarle la anécdota a sus compañeros —quienes ya estaban pensando en echarlo del grupo porque no servía para nada—, sintiéndose increíblemente afortunado.

Era como si la vida te dijera: “Hoy me encontraré a Sam”.

Y no va que, bajabas la mirada, y allí estaba. Enseguida, el grupete (guardándose la información, no fuer a ser que otros se les adelantaran), armó “el plan perfecto” (no había que olvidar que el que llevaba la voz cantante se creía perfecto, con toda la asquerosa arrogancia del más bruto ignorante), y se lanzaron a la búsqueda de su botín.

***

3, 2, 1… , ¡abracadabra!

Sólo un rato después, luego de una serie de eventos desafortunados.

—¡ALTO, O LO MATO!—escupió el hombre que se había recuperado del desmaius, apuntando a su víctima directo al cuello, amenazando su vida. Las circunstancias se habían torcido de tal manera, que del revuelo acabaron en un enredo de maravilla.

La tensión se palpaba en el lugar. Cuando amenazan la vida de una persona, algo te frena en el pecho, ¿tu responsabilidad para con un futuro del que puedes ser el verdugo?

—¡¿Pero qué caraj…!?—exclamó Evans, atacado por una mueca de incredulidad, pero fue interrumpido.

—¡Ese es mi primo!—
soltó el cazarecompensas a su compañero, todavía más desencajado por la sorpresa.

—¡Lo sé!, ¡y lo mato!, ¡te juro que mato a este imbécil!, ¡todos, abajo las varitas!
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Sam J. Lehmann el Jue Abr 12, 2018 2:03 am

Eso había sido muy... muy aleatorio. Y mira que la vida de Sam era aleatoria, ¿eh? Con cerditos de por medio, localizaciones muy extrañas en las que vivir, o alumnos de Hogwarts que usan un Felix Felicis para dar contigo. Pero claro... ¿os habéis puesto a analizar la situación? Primero llega un señor gritando su nombre en una barca, al cual es imposible meterse en su cabeza. Luego aparece Evans. Y luego aparecen los dos amigos del hombre extraño, los cuales no parecen tener las prioridades muy bien marcadas, ya que el que quedó consciente, no tardó en tirar la varita, declarando su inocencia. No sabía qué clase de inocencia, vamos, si es que acababa de hacer un clarísimo ejemplo de 'allanamiento de morada' para buscar a Sam y a saber qué cosas hacerle. Pero claro, ahí los ve, cuando las cosas no salen como esperan, se viene abajo y sale su auténtico espíritu cobarde.

No es un subnormal, es mi primo... Lo utilizamos como cebo humano para intentar despistarte... —contestó, agachándose para ponerse de rodillas frente a su amigo, en un gesto sumiso y tranquilo. Pero vamos, no hacía falta ser legeremante para ver que estaba cagadito de miedo.

Y entonces la ayuda de Evans, en medio del interrogatorio, ayudó bastante a Sam. ¿Os he dicho ya que la pobre rubia se pone muy nerviosa cuando las cosas de repente se salen de madre y nada tiene sentido? No funciona, como que se rompe un poco y demasiadas ideas agolpan su cabeza intentando salir todas a la vez. Y claro, eso atosiga a cualquiera.

¿Y por qué no puedo leerle la mente a tu primo? —preguntó. —Asumo que sabíais que era legeremante, lo ponen incluso más grande que el dinero en el cartel de 'Se Busca', ¿pero cómo lo habéis hecho? No tiene la edad como para ser tan buen oclumante. —Y por mucho que tuviera edad, jamás había visto un oclumante que fuese tan impenetrable.

Es... extraño. No sabría decirte que es. Lo ha hecho un amigo nuestro, dice que es una poción que consigue repeler cualquier intrusión mental pero... yo creo que lo ha roto para siempre. Lleva así dos días... —confesó, preocupado por la salud mental de su primo, el cual al menos parecía cumplir órdenes, aunque fuese un saco inútil de información.

¿Seguro que fue una poción? Tiene pinta de que fue más una intrusión mental mal hecha que terminó por joderle la mente —cuestionó, mirando la cara de su primo, el cual parecía no enterarse de nada.

No lo sé, ¿tiene arreglo?

Espera, espera, ¿en qué momento Samantha y ese señor se habían hecho amigos, alguien me lo explicaba? De repente parecía que estaban teniendo una bonita charla desinteresada en donde Sam intentaba encontrar el por qué del estado del idiota mientras que su primo, preocupado, se aprovechaba de sus conocimientos legeremanticos. ¿Lo peor de todo? Que Sam continuó.

—Pues depende...
—Hizo una pausa. —Depende de lo que le haya hecho. Si es lo que intuyo que es, lo dudo mucho. Suele ser daño irreversible...

Voy a matar a ese imbécil —dijo entonces, refunfuñando.

Pero poco más pudieron hablar, pues de repente el tipo que había caído inconsciente, se levantó de golpe, apuntando al chico que yacía amarrado contra el poste y que parecía tener solo el nombre de 'Samantha Lehmann' en su registro de vocabulario, amenazando con matarle. Sam lo apuntó de repente, sin entender muy bien esa estrategia amenazante en donde amenazaba a un tipo que ni siquiera empatizaba con Sam. De hecho, miró a su compañero, a ver si él entendía algo y para que le dijese qué narices hacer, pues Evans había resultado ser el de las ideas lúcidas ese día, no lo iba a negar. Obviamente Sam no quería que matasen a ese pobre desgraciado que, por lo que parecía, ya parecía lo suficientemente jodido como para encima quitarle la vida... y porque no quería tener un muerto en su tienda, pero claro, ¿qué debía hacer? ¿Bajar la varita? No, gracias.

Sam conjuró un expelliarmus no verbal al tipo, sin embargo, él estuvo atento a protegerse de él a tiempo, mirando a la legeremante con enfado en sus ojos.

¡Lehmann! —Y él conjuró un expelliarmus hacia ella, el cual también fue protegido a tiempo, eso sí, le tiró uno  tras otro, atosigando a Sam mientras caminaba unos pasos hacia adelante, viendo la oportunidad perfecta. Hasta que llegó un momento igual de aleatorio que el resto de cosas que había pasado ese día; hasta que su propio amigo le hizo un traspié y cayó de bruces al suelo.

¡Tú no vas a matar a mi primo, idiota! ¡Siempre igual, te crees que puedes hacer lo que te sale de los cojones! ¡Pues no! —Y se abalanzó sobre él, pegándole un cabezazo, pues tenía las manos atadas. A falta de manos, buenas son cabezas.

Y, mientras ellos peleaba, Sam solo pudo mirar a Evans. —Amigo mío, no entiendo nada.
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Evans Mitchell el Jue Abr 12, 2018 5:02 am

Entre que se comentaban sobre las peculiaridades del bodoque allí presente, atado a un poste, Evans se toqueteaba la mano injuriada por aquel tremendo mordisco, inconfesablemente incómodo. Es que mira, quizá le daba algo. Pero más que nada, se trató de un gesto inconsciente, movida por una vaga preocupación de esas que de expresar en voz alta sólo te harán quedar como un memo y que prefieres guardar en tu corazón, en forma de angustia e inquietud, antes que mostrarle tu verdadera cara al mundo (metafóricamente hablando, para constar que Evans Mitchell también tiene sentimientos, y que puede ser un hipocondríaco con el alma. Y un memo, por supuesto).

No lo sé, ¿tiene arreglo?

Espera, espera, ¿en qué momento Jota y ése se habían hecho amigos? Evans se sonrió, descarado, y cuando fue a lanzarle una mirada a Sam, de esas muy elocuentes y que diría algo del tipo: “Y él realmente piensa que tú le vas a contestar a eso… ¡increíble!”, justo entonces, ¡ella va y le contesta!

#FACEPALM

Evans escondió el rostro, negando ligeramente con la cabeza. Pero mientras él pensaba en las 50 sombras de Samantha Jota Lenhmann y su inexplicable misterio de mujer que va de fugitiva por la vida “empatizando” con sus perseguidores (porque sí, a él no lo engañaba. ¿Sentirse inclinada a responderle cuando lo mejor hubiera sido darle de hostias? Ella sólo quería sacar a brillar su buen corazón, ¿acaso no era eso? Mira que se lo tenía dicho…), mientras él, en fin, criticaba internamente las virtudes de Samantha Jota Lehmann, aquel otro cazarecompensas alcanzado antes por el “Desmaius” reacciona, ¡y saca una varita con la que apunta a…! Sí, no sólo que la situación era irrisoria —si acaso Evans hubiera optado por echar a reír y no torcer su cara en una mueca de una incredulidad horripilante, caído el mentón. Hasta indignado, diríase, de que la varita no lo estuviera apuntando a él (lo que hubiera sido mucho más comprensible)—, no sólo eso, sino que, de prestar atención al cómo ese desenlace fue posible, se hacía evidente que Evans Mitchell había metido la pata: porque sí, en algún momento había desarmado a los dos cazarecompensas, pero no había chequeado al otro para ver qué llevaba encima, que en ese caso, era una segunda varita, un recurso que utilizó contra ellos, y que de no ser por LA LOCURA que reinaba en esa carpa (más visible entonces que nunca), les hubiera jugado en contra, a mentor y alumno, de la peor manera. Pero que no se dijera que Evans había hecho algo MAL. Era sólo que todo lo que rodeaba a Samantha Jota Lenhmann parecía suceder de formas curiosas, ¿verdad? Sí, era por esa rara fortuna que tenía ella, no por algo que Evans Mitchell hubiera hecho o dejado de hacer, desde ya. Estaba todo muy claro, evidentemente.

¡Lehmann!


Evans se tensó y atacó con un conjuro por acto reflejo, pero este conjuro no dio en el blanco porque, ¡vaya con tanta locura!, los que fueran antes aliados, ahora se odiaban a muerte, y lo demostraban como dos gallitos picoteándose en el suelo. Evans soltó un: “Accio varita” para tomar aquella segunda varita que pudo haberlos matado, de quererlo, arruinándolo todo, y aun así, ninguno de los dos pareció querer ponerle a un freno a ese duelo de actitud y cabezazos, aunque fueran dos magos sin varita, y por tanto, dos magos inútiles.


Amigo mío, no entiendo nada.

—¿Y tú me preguntas a mí?—soltó Evans, humorístico el acento. Diríase que iba a echarse a reír por tanta suerte. O más bien, de toda esa rara fortuna que rodeaba a Samantha Jota Lehman. Es que bastante movidita estaba la cosa, y todo tirado de los pelos de un loco—. ¡Jaulio!

No sólo los inmovilizó, apresándolos, sino que les lanzó un conjuro silenciador, de forma de no escuchar sus imprecaciones y juramentos, con los que todavía se atacaban entre ellos. De hecho, seguían dándose con la cabeza (atados de las muñecas como estaban), forcejeando en una lucha de película muda, de esas dirigidas por un Chaplin muy caricaturesco y con muchos gags.

—Yo les haría beber a esos—
comentó luego, señalando a los dos gallitos y luego al pobre Samuel al tiempo que aclaraba—: lo que le dieron a ése. ¿Qué? No puede ser tan malo. A lo sumo, tendrá un sabor que da asco. O tú les borras la memoria. Lo haría yo, pero no prometo no quemarles los sesos con mi “obliviate”.—Y le soltó, a la tremenda y con humor—: ¿Podrás vivir con ello?

En ese momento, fue en ese preciso momento, que al chico idiota pareció darle algo, ¿un ataque? El primo, se desesperó, y pidió a gritos que lo ayudaran. Evans, sin alterarse demasiado, soltó un “Tsk” y se acercó al rubio, que aparentemente sufría un ataque. Le cacheteó las mejillas, a lo bruto, ¿queriendo reanimarlo o sólo desquitarse por la mordida?, con la cara pálida entre sus manos, y lo ojeó volteando hacia un lado, luego el otro, y soltó un largo, profético silbido antes de soltar, ligeramente preocupado, sólo ligeramente:

—¡Ey!, éste se me murió—
avisó, con mala cara.

¿¡Qué!?

—¡Será posible que sean tres idiotas detrás de una fugitiva que no saben cuidarse de sí mismos!—gritó, enfadado. Había que decirlo, se expresaba como si lo hubieran insultado hasta lo más profundo de sí mismo—¡No quiero este fardo en mi expediente! Al río, ¡yo digo que los tiremos al río!, ¡a los gallos esos y al muerto!—concluyó, fuera de sí. ¿Pero es que acaso tenía idea de lo que estaba hablando?, ¿muerto decía?

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Sam J. Lehmann el Vie Abr 13, 2018 2:13 am

A ver, a ver... que sí, que Sam era muy buena, ¿cómo se iba a permitir tener una conversación normal con un tipo que había querido cazarla? Pero se preocupaba. El pobre rubio no parecía enterarse de nada y, de verdad, que parecía estar en un estado de decadencia mental muy preocupante y ella—como legeremante que era—pues se preocupaba, con toda la curiosidad metodológica, ¿eh? Todo sea por aprender; aprender de los errores de otros, claro. Pero claro, es que ese hombre parecía simpático. Idiota y simpático. Estaba claro que eran de esos idiota sin muchas luces y mucha suerte que terminan encontrando cosas muy ambiciosas, pero para las cuales no están a la altura. Que oye, por mucho que Sam pudiera parecer débil y delicada, por desgracia estaba bastante curtida. Y es 'por desgracia' porque por ella hubiera preferido quedarse en su salón, tranquila, débil, viendo comedias románticas durante el resto de su vida y no huyendo por su vida.

Y ya cuando se pusieron a pelear entre ellos... ¿pero de dónde habían salido esos dos idiotas? Sam miró a Evans, el cual parecía divertido por la situación. Vale que era surrealista, pero sonar divertido ya. —Pues claro, ¿a quién le voy a preguntar? —preguntó, sin tener muy claro a qué se refería. Ella veía muy lógico y comprensible que le hubiera contestado al idiota de las preguntas.

Miró a su compañero de mala suerte a la cara cuando sugirió darle a los idiotas lo mismo que había bebido el retrasado y, no sé, pero eso parecía mala idea. Además de imposible, si es que no tenían lo que sea que le dieron. Le echó una mirada de reproche cuando le retó, cuando ella tenía muy claro desde un principio que esos dos idiotas no se iban a ir de su tienda de campaña con recuerdos de ningún tipo. —Yo les borraré la memoria mejor, déjate de líos... —Y no se fiaba de su obliviate. Bueno, en sí Evans era demasiado espontáneo e imprevisible como para fiarse de él en ninguna cosa de ese estilo. Prefería, siempre, ser ella misma quién se asegurase de que todo salía bien y las personas olvidaban lo que tenían que olvidar.

Así que mientras Evans iba a ver qué le pasaba al chico rubio, Sam se acercó a los tipos que se estaban peleando, con intención de dejarlos inconscientes para poder modificar sus recuerdos. Sin embargo, antes de poder dejarlos inconscientes, Evans soltó una bomba, a lo que Sam le miró con el rostro desencajado—metafóricamente hablando—, rodeando la jaula que había aparecido para ir a dónde estaba Evans y corroborar eso que decía. —Qué dices... No puede ser... —Y se agachó a su lado, poniendo sus dedos bajo la garganta del rubio, buscando sus constantes vitales.

NO. HABÍA. CONSTANTES. VITALES.

Buscó también en la zona de la muñeca, pero nada. Hasta puso la mano en su pecho para asegurarse de verdad que su corazón no latía. O quizás sí, pero muy débilmente. Eso sí, Sam estaba tan nerviosa que no notaba nada. NADA.

No, no, no. ¿Y AHORA QUÉ? ¡Borrar la memoria y dejar a estos tres tontos en un sitio aleatorio de Londres era fácil! ¿Pero qué narices iban a hacer con un muerto? Sam se levantó y retrocedió un par de pasos. ¡No se podía creer que le atacasen y fuesen tan inútiles de morirse sin que Sam siquiera se defendiese! ¿Qué narices estaba pasando hoy? ¿Les tocó hoy a los cazarrecompensas más inútiles del maldito universo? No se podía creer que, de esa manera tan gratuita, tuviese que encargarse de un maldito cadáver. ¿Karma, qué te he hecho? ¿Te he ofendido alguna vez? He dejado de comer carne para no ofender a mi cerdo, ¿cómo es posible que pienses que puedo ofenderte a ti, si no ofendo ni a mi cerdo? Dame un maldito respiro...

Y Evans le estaba poniendo de los nervios con sus nervios, por no contar al primo del tonto, que obviamente también golpeaba preocupado la jaula después de haber dejado al otro medio tonto de un cabezazo. —¡A ver, no vamos a tirar a nadie al río! —Le contestó a Evans, para entonces mirar al otro. —¡Tú, estate quieto ahora mismo! —Y, tras poner un poco de orden, miró al Gryffindor. —Tú no te preocupes. Podemos... dejarlos en algún lugar de Londres a los tres después de borrarles las memorias y... —Hizo una pausa. —No, no puedo desaparecerme con un muerto, me da mucho palo... —dijo finalmente, mordiéndose la uña de su dedo gordo mientras caminaba de manera nerviosa por todo el hueco libre que había. —Evans, ¿qué hacemos? ¿Les dejamos el muerto a ellos, no? —¡No quería decirlo así...! —Es decir, el marrón, el problema... Nosotros no hemos hecho nada. Se ha muerto solo. ¿Y si los dejamos aquí con la memoria borrada y nos vamos nosotros? Los sacamos de la tienda y ya está... —Y el señor, mudo, dentro de la jaula, negaba con la cabeza continuamente. Sam lo miró y le dio pena. —¿O tienes una idea mejor?

Y volvió a mirar al recién fallecido. No entendía nada. En serio, mundo cruel, ¿qué es lo siguiente, eh? Karma, te odio. Mala suerte, a ti más.
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Evans Mitchell el Dom Abr 15, 2018 9:16 pm

¡Esa mujer!, ¡lo estaba poniendo de los nervios! En eso pensaba entre que iba de un lado al otro, cruzándose con la fuente de su creciente inquietud —las féminas, siempre tan histéricas—, cavilando de fu a fa sobre qué se supone que haces en esas situaciones, de por sí, descabelladas.

Más que nada, se sentía CABREADO, por eso movía los brazos en gestos que cortaban el aire, se llevaba las manos a la cabeza, se mordía los labios. ¿Cabreado por qué? Es que, por empezar, él a ‘'‘mordisquitos' no lo conocía de nada, pero no va que elige ESE DÍA para morirse, justo allí, donde estorbaba a la vista. FALTA DE RESPETO.

Y ahora, había que hacerse cargo del cadáver, ALGUIEN debía, y aquellos compañeritos de juerga que había tenido en vida no servían ni para apañárselos solos, imagínate con un cadáver.

—Bueno, ¡es SU muerto!—
razonó, no muy razonablemente, entre que la miraba a Sam y de Sam a la jaula de idiotas. Por descarte, preguntarle a alguien como él, sólo podía acabar en algo que rimara con “mi culo primero, y al prójimo cuando le toque”. Y en efecto—: Nos largamos, y que…

¡Reaccionó!, con un ruidoso hipido, estremecido por una sacudida. No parecía que volviera en sí, pero esa señal de vida le bastó a Evans para que se arrojara sobre el cuerpo y lo zarandeara, a lo bruto, como si quisiera sacarle lo poco de aliento que le quedaba, y todo en pos de reanimarlo. La ironía.

—¡Tú!, ¿¡pero qué manía tienes con morirte, eh!?—
recriminó. Le palmeaba las mejillas hasta enrojecérselas, pero nada. A veces volvía, a punto de un ataque convulsivo, y enseguida desfallecía de nuevo. Mira que lo de ser subnormal hasta para morirse, eso no lo había visto nunca, a no ser en una peli.

El dilema de qué hacer con ¿el cadáver? incrementó a la hora de plantearse si tomarse en serio o no el reclamo de su primo de que lo llevaran al hospital, o a alguien, quien fuera, pero que pudiera ayudarlo. Realmente ayudarlo. Que no era por ofender el noble empecinamiento de Mitchell con la causa “paremos la muerte a golpes”, pero a las claras, algo había que hacerse, es decir, otra cosa que no fuera rematar al muerto.

—No, de eso nada, ¿me oyes? Hacen control de quién entra y quién sale, por qué y cómo se llama tu tía. No.


Lo que resolvió por su cuenta fue revolver la cocina, las estanterías de Sam, su carpa entera, buscando, ¿qué? Lo que los muggles dirían “una jeringuilla”, la de la resurrección, una que te pusiera a tope de adrenalina, si no te morías de un shock profiláctico.

—¡…algo!—Lo que fuera, lo que dé. Tan fuerte como infusión de mandrágora—¡Tienes que tener ALGO!—acusó, volviéndose hacia ella, reclamándole su falta de preparación frente a situaciones de P.P.P (Perfecta Putada de Pesadilla).

—¡SAMANTHA LENHMAN!—soltó abruptamente el moribundo, en un arrebato, ¿el último?, antes de perder el sentido, de nuevo.

—¡Ahí lo tienes!—
exclamó Evans, como cirujano ebrio dando malas noticias, a la tremenda. Pero que constara, que él había hecho todo cuanto había podido (¡hip!)—, ¡has sido el último pensamiento de ese chico!


Horas Después

En el hospital de San Mungo, les daban gelatina gratis a los internos. Evans Mitchell aprovechó la oferta y se despatarró en el sillón de las visitas, pote y cucharita en mano, degustando sólo por el afán de no desaprovechar una ganga.

Total, que el rubio en la camilla, estaba en el quinto sueño y ni le importaba. Al final, Evans había accedido a llevarlo, de muy mala gana, y se quedó con él hasta cerciorarse, al despertar, que seguía igual de desenterado de la vida que al principio de su odisea en barquito.

Entre que regresaba al punto que había acordado con Jota Lehman para comentarle cómo había ido todo, se dijo a sí mismo que tal comparación tenía gracia: el chico rubio había sido un desafortunado Ulises; Samantha la Circe malvada que transformaba a los náufragos en cerditos, ¿y él?, ¿qué lugar tenía él en esa historia?

—Aquí—Evans apareció por fin, trayendo las nuevas. Aunque lo primero, fue tenderle a Sam un potecito de gelatina, uno que había hurtado especialmente. Miro en derredor, el ceño fruncido—. ¿Y qué es este lugar?
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Sam J. Lehmann el Miér Abr 18, 2018 6:59 pm

Al final Sam se rindió. ¿A dónde había que ir para darse de baja de la vida? ¿Al Ministerio y te lo ponen fácil metiéndote en Azkaban para que un dementor te chupe el alma? ¿O había que hacer papeleo? En serio, que se pare el tren, que ella se baja.

Aquella situación tan surrealista había terminado por cansar a su cerebro. ¿No se dan cuenta que la vida de una fugitiva es demasiado estresante cuando las cosas se van de madres? Desde que algo se sale de lo planeado, el estrés llega a límites insospechables. Ella ya se había cansado. Y entre eso y que dentro de su tienda había dos tontos muy tontos, y un idiota muerto, ya no sabía qué hacer. Que ya le valía a la vida, ¿vale? Sam ahí haciendo voto de no violencia para no matar a nadie y vienen los muertos a ella. ¿Qué será lo siguiente, eh? Dímelo.

Pero claro, de repente la esperanza de la vida volvió cuando aquel idiota pareció volver a la vida. Sólo entonces, volvió a prestarle atención a Evans, pues se había evadido por completo. —¡Dale más fuerte! —le animó frente a las cachetadas. Nunca se sabía; quizás entre más fuerte, más probabilidades había de que volviese a la vida. Se acercó a él, poniéndose de cuclillas a su lado. —Oye, está vivo. Deberías llevarlo a San Mungo.

Sí, él. No iba a ir la fugitiva, ¿no? Ni tampoco los dos tontos muy tontos. Esos, de hecho, antes de moverse de la tienda serían partícipes de un lavado de memoria bien bonito que dejase su mente lo suficientemente limpia de información con respecto a Evs y Sam. —No me mires así, hablo en serio. El tipo está vivo y...

SAMANTHA LEHMANN.  

Madre mía, el susto. Sam se cayó hacia atrás de culo, pues al estar de cuclillas simplemente perdió el equilibrio. Escuchó sus palabras y rápidamente continuó con su idea. —En serio, llévalo. Está vivo, lo único que imbécil perdido. Seguro que son los efectos secundarios de lo que sea que le han dado para dejarlo así de idiota. Y hay muchas probabilidades de que no salga de esta si no recibe ayuda médica. No sé qué pasará si le ayudan, pero lo importante es que seguirá con vida. —Lo miró, con desconfianza. —Estaría la posibilidad de que pudiera recordar todo esto, pero por mis conocimientos de legeremancia... y tal y cómo están sus recuerdos ahora, desde que salga del trance, dudo mucho que recuerde nada de lo que ha vivido —añadió, intentando parecer serena.

Más tarde

Y lo convenció. Claro que sí. Sam desarrollaba una habilidad altamente persuasiva en situaciones de estrés, al parecer. O Evans se hacía tanta caquita encima que se volvía muy persuasible—palabra inventada de gratis, sí—y aceptaba el plan más lógico, aunque complicado.

En esas horas, Sam había eliminado los recuerdos de la mente de los dos tontos muy tontos, los había dejado en un sitio de Londres muy aleatorio en el que había incluso modificado ciertos de sus recuerdos para que tuviera sentido que estuviesen ahí y había recogido todo para moverse, de nuevo, con su tienda de campaña y sus animales. Que Evans era muy fan del cerdito—porque obviamente era el mejor animal del mundo mundial, cariñoso, gordito y calentito, además de apto para un apocalipsis zombies porque te lo puedes comer llegado el momento en el que falte alimentos—, pero también tenía un gato, ¿vale? Don Gato, se llamaba, lo que los gatos están muy vistos, al parecer. Por no contar de que el gato de Sam era inversamente proporcional a su dueña: si la rubia era cariñosa a niveles estratosféricos, el gato era soso al nivel submundo. Nivel infierno. Soso nivel núcleo de la tierra.

Como obviamente no quería dejar a Evans cargando con el muerto—literalmente—le dijo en dónde se encontraría para que, una vez terminase, fuese a contarle todo. Estaba en un polígono industrial bastante abandonado, en una de las fábricas. Había puesto su tiendita a la punta de arriba, lugar inaccesible a pie. No tenía pensado quedarse mucho tiempo ahí, pero estaría bien por el momento. Estaba fuera, junto al cerdito, sentada en el suelo con las piernas cruzadas mientras leía un libro. Se asustó al ver aparecer a Evans, pero porque Sam ya se asustaba con todo en esta vida. —Oh, gracias —dijo antes que nada al recibir el botecito de gelatina. Qué lindo. No era la gelatina más sabrosa, pero era gelatina. En realidad, como vegetariana que era no sabía hasta qué punto la gelatina entraba en su dieta pero... Bueno, se arriesgó. El antojo. Su cerdito no tenía por qué saber de dónde viene la gelatina. —¿Cómo fue eso? ¿Recuperó la consciencia o dijo algo coherente además de mi nombre? ¿Te hicieron muchas preguntas? ¿Recordó algo de lo sucedido? Espero que no haya gritado mi nombre ahí o quizás la cosa se hubiese complicado más de lo normal, más que nada por las preguntas que te hubiesen hecho —dijo, expectante.

Sabiendo como era Evans y las locuras que solía traer con él, se esperaba cualquier cosa de esa visita a San Mungo. Entonces miró al sitio en el que se encontraba. —Y yo qué sé, tengo que improvisar —dijo, divertida, asumiendo que no tenía hogar fijo, ¿vale? Tenía que ir buscando lugares aptos, poco a poco. —Pero aquí no se me ve a menos que vengas desde el cielo, no hay acceso a pie y esto alejada de la civilización, ¿qué más puedo pedir? —¿Amigos? Vale. ¿Comida decente? Vale. ¿Que no le persiga la gente para matarla? Vale. Podía pedir muchas cosas. —Bueno, no contestes a mi pregunta. Ya sé que podría pedir muchas cosas y he sonado tremendamente conformista. No lo soy. —Y le señaló con la gelatina. ¿Seguro que no lo eras, Jota?
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Evans Mitchell el Jue Abr 26, 2018 10:45 am

¡Dale más fuerte!, ¡dale! ¡Sí, ya te escucho, mujer!, ¿pero qué se creía que estaba haciendo, eh? Que le iba a dar hasta que, o revivía o la palmaba de los golpes, eso lo tenía pero requeté entendido. A ninguno de los dos se le ocurrió, claro, que quizá esa no fuera la manera medicamente certificada de atender una urgencia de esas características, en tales circunstancias. Pero es que, a falta de recursos. A Evans no le ibas a decir que se ahogara en un vaso de agua, no. Y mira, juraría que hasta si le daba un poquito más, te curaba hasta la gripe.

Fue al grito de SAMANTHA LENMANN, que su amiga allí decidió tumbarse de culo, como si hubiera tiempo para tomar el sol, mira. Como que le dio algo a la mujer, joder (él preocupándose por sus muertos, y la otra desertando en un ataque de nervios, habrase visto. Él no, él mantenía los nervios, desquitándose con el idioto, a golpes desesperados. Porque situaciones desesperadas, medidas desesperadas). Y seguro que ella pensaba que lo que decía tenía toda la lógica del mundo, pero Evans miraba a un lado y otro —al idioto y a Jota, sucesivamente—, sin acabar de entender si acaso no se habían puesto de acuerdo en hablar el mismo dialecto: un balbuceo incomprensible, del que oías fragmentos cortados que eran pura tontería como “Evans, tú tienes que hacerlo”. Sí, eso a él le sonaba a delirio post-trauma. Hasta que su vanidad egoísta le ganó por goleada: ¡Porque si no lo hacía él…! ¡Si no fuera por él…!, ¡Si no era gracias a Evans! Es que mira, si no hacías las cosas por tu cuenta, todo salía mal, ¿verdad? Y él no quería saber cómo podía empeorar la situación, ya bastante mala. Pero que después, se supiera, que si se habían solucionado, había sido por él. Y sino, nadie tenía por qué enterarse de nada. De su propia histeria, ni palabra, eh.

*

Vuelto de San Mungo, fresquito como quien siempre ha sabido mantener los nervios sin importar las desopilantes circunstancias, cargado de novedades sobre su trasero y quizá, sí, “el tal Sally”.


—… ni me preguntaron cómo es que llegó así, todo idiota, al hospital, ¿puedes creerlo? (gente inútil la de San Mungo, la verdad)—comentaba, habiendo tomado el libro que Sam estuviera leyendo y ojeándolo, sin pedir permiso, como si necesitara tener algo que hacer, que tocar con las manos, distraído— Es que, ¿sabes? Resulta que ya conocían al tipo de algo. La enfermera me vio y lo reconoció enseguida—Intercambiaba con ella miradas muy propias de un relator consumado, expresivo como era (¡con todas esas muecas!), y exagerado, especialmente lo de exagerado. Y colocándose el libro bajo la axila, acompañó su cháchara con la pantomima de sus manos. A medida que hablaba, diríase que las personas y sucesos que nombraba estaban ocurriendo allí, en tiempo real —Casi me da un infarto, esa vieja (porque yo creía que nos iba a echar encima a seguridad, ¿sabes?). Dijo: “Oh, pero si es el pobre Sam”, o Sally o algo, ya me olvidé el nombre, ¿y a quién le importa? Y se puso a hablar sin que nadie se lo pidiera—¿Te das cuenta Sam?, ¿te das cuenta de que existen de esas personas que te encajan un pedazo de conversación sin que tú se los pidas? Que gente latosa, ¿verdad?— sobre la vida del infeliz. Un disparate. Que era como la enésima vez que acababa en sala de urgencias, porque siempre estaba topándose con baches en el camino, siempre una mala pasada. Hay gente así de accidentada, ¿te lo crees? Como si el karma la tuviera contra ellos o algo y les arrojara maldiciones del cielo con nombre y apellido. Pero ya te digo, mandarme a mí fue una mala idea—Claro porque, ahora que lo recapacitaba con las neuronas frías, mandar a la fugitiva hubiera sido una idea genial, mira—. ¿Qué hubiera pasado si me hacían muchas preguntas, eh? Además… ¡odio ese lugar! Me da escalofríos—confesó, mostrándose disgustado sólo con recordarlo. Diríase que lo suyo era el terror infantil de abrirle la boca al dentista (¿infantil?)—. Veía a toda esa gente con esos delantales y esas habitaciones, ¡tan blancas!, ¡tan depresivas!, que yo sólo quería largarme. Y había un tipo, tú sabes “esa clase de tipos”, que me crucé… ¿el tipo gay? Era espeluznante, te digo. ¿Quién deja que un tipo lleno de tatuajes y aretes (te digo, tenía literalmente un agujero en la oreja, ¿qué carajo haces, tipo, con un agujero en la oreja? Te juro, podías entrarle con el palo de una escoba por allí)… quién deja que lo atienda en una camilla? Digo, si a mí me atiende un tipo así, exijo que me traigan a alguien “normal”, ¿sabes? ¡Oh, y eso no fue todo! El tipo QUISO HACER que me conocía de algún lado, ¿te lo crees? Me vio y enseguida fue a abrir la boca, como para saludarme, y tuve que detenerme y decirle: “Ey tipo, no soy de los tuyos, ¿ok? Sólo déjame en paz”—contó, haciendo un gesto evasivo con las manos alzadas, reviviendo el momento. Definitivamente, Evans Mitchell debía ser un poco paranoico con el tema. A lo sumo, sólo habían querido decirle que se le había caído algo, mientras que él se armaba solito toda la historia de siniestros motivos que acompañaban a esa buena intención—.  Y estoy seguro que me vio el trasero—aseguró, sombrío. O era verdad, o se hacía mucho los humos con ese culo flaco que tenía—. Digo, podrías ser un poco disimulado aunque sea, ¿verdad? No es cómodo. Imagino que debe ser uno de esos aprovechados, ¿sabes? Que se te acercan como si fueras el amigo y… —Miró en derredor—… ¿Y qué es esto?

Entre que Evans “admiraba” la nueva parada de la fugitiva, se guardó muy disimuladamente el libro de Sam debajo del abrigo. Dirías, que de distraído. Y fue a recorrer el lugar, mientras ella le explicaba la de ventajas que tenía instalarse en un polígono industrial, como si fuera alguna especie de promesa idílica para almas errantes con ganas de exprimirle lo mejor a la vida. Porque mira cómo te lo vendía: como un techo para suicidas o una especie de retiro espiritual al que te ibas con tu cerdo dándole la espalda a todos los carnívoros de la civilización y… No, no se vía a ese sitio de ensueño saliendo en los comerciales, la verdad.

Fue cuando Sam lo apuntó TAN AMENZADORAMENTE QUE TE RÍES con su cucharita de yogur que; y no le hubiera salido mejor ni apuntándolo con la varita; que a Evans Mitchell “se lo tragó la tierra”: el techo desgastado literalmente se abrió, y se lo tragó, LO TRAGÓ, haciendo que todo el mundo olvidara quién había sido Evans Mitchell por y para siempre. Es que tú sabes, nunca te fíes de una fábrica abandonada.
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Evans MitchellUniversitarios

Sam J. Lehmann el Miér Mayo 02, 2018 3:19 pm

Escuchar y ver a Evans relatar una historia era como estar frente a un monólogo, de manos de un cómico extrovertido, experimentado y con una gracia incuestionable y natural. ¿Que no estaba diciendo nada gracioso? Eso no importaba: él tenía un arte para expresarse, tanto con las palabras, como con las muecas de su cara, como con el movimiento que acompañaba a su cuerpo, que era suficiente como para darle ese toque divertido que hacía que al menos Sam, sonriese mientras lo escuchaba. Tenía la sensación de que ese chico podía hablar de cualquier cosa que podría hacer de cualquier conversación una aventura diferente. Política, el tiempo, las constelaciones, la vida más allá de la muerte, los extraterrestres y hasta las croquetas de la abuela; cualquier tema parecía poder hilar perfectamente con Mitchell que daba la sensación de defenderlo a muerte y, contra todo pronóstico, hacerte mirar su opinión con otros ojos. ¡Que ojo! No es que lo que dijera fuera algo especialmente revelador, pero sólo por cómo lo decía, lo parecía.

Lo miró con cierta disconformidad cuando le reprochó que mandarlo a él a San Mungo había sido una mala idea. —¿Y qué querías, que fuera yo? —preguntó con retórica, sin mucha intención de esperar respuesta. —¡Pues mientes, Evans, mientes! Que eso se te da genial, ¿no? Tienes una labia exquisita, no me creo que no sepas mentir a un sanador al que en realidad le va a importar poco lo que le digas —le respondió, para entonces esbozar una amplia sonrisa cuando Evs comenzó a quejarse del sanador con tatuajes, dilataciones y que al parecer era gay. Como era evidente, Sam no tenía ni pajolera idea de quién se trataba, pero podía hacerse una idea del aspecto por cómo hablaba de él. —¿Has pensado que simplemente estaba siendo simpático y agradable porque pensaba que eras una persona preocupada en San Mungo por algún familiar? —Le hizo ver, haciendo una pausa. —¿Porque sabes? Aunque el mundo mágico se haya convertido en una mierda, misteriosamente todavía quedan personas buenas por ahí, ocultas, quizás, detrás de un aspecto joven, con orejas con grandes agujeros y tatuajes por todo el cuerpo. ¿Sabías que es muy feo juzgar por las apariencia, Evans? ¿Además de ayudarte con la oclumancia te voy a tener que hacer de profesora de ética? —Lo picó, mirándolo con una mirada risueña.

Que a ver, seamos sinceros: ella también juzgaba por el aspecto físico, ¿vale? ¡Era imposible no hacerlo! Era como una especie de respuesta automática que te daba el cuerpo; crear una idea preconcebida de alguien cuyo aspecto sale de los normal. O de lo 'aburrido', porque lo normal es totalmente subjetivo. Pero vosotros me entendéis. Las únicas personas con tatuajes que podían ser juzgados previamente sin miedo a equivocarse eran los que tenían ese tatuaje—marca, para los más finos—tenebrosa en el antebrazo izquierdo. Todos esos eran personas horribles cuya desaparición en el mundo no sería nada malo.

Pero vamos, poco pudieron hablar de la ética o de lo feo que era juzgar a la gente sin conocerlos, ya que a Evans se lo tragó la tierra. Literalmente. ¿Lo primero que pensó? Que ojalá la Tierra fuese tan efectiva frente al pensamiento de: "Por favor, Tierra trágame", aunque ese pensamiento se esmufó tan rápido como llegó, haciendo que se levantase y se asomase por el hueco que acababa de quedar en el sitio en donde hace un momentito estaba su alumno. Se puso de rodillas en el borde del agujero y miró hacia abajo, con la varita en la mano. —¿¡Evans!? ¿¡Estás bien!? —Y se tiró detrás de él, con la diferencia de que Sam usó un hechizo para frenar su caída y caer, lentamente, a su lado, quitándole de encima los escombros. —Nadie dijo que esto fuese un lugar seguro, ¿vale? —Y le tendió la mano, para ayudarle a levantar. —¿Quieres acabar tú en San Mungo ahora para que ese sanador tatuado, guapo y de grandes orificios en las orejas te atienda? Ahí si podrá verte el culo bien. ¿Sabías que las batas de los pacientes tienen la parte de atrás abierta? Tendría un primerísimo primer plano de tu trasero. —Y rió, al ver que estaba mejor de lo que se esperaba, aunque pensase subirlo a su tienda y ayudarle con lo que le hiciese falta.

Una semana después

Pero Evans, que te lo estoy viendo todo.

Y sí, dicho así... podría ser un poco turbio, ¿no? Cualquiera se pensaría que están en el campo y Sam le ha pillado detrás de un árbol, agazapado, haciendo sus necesidades. O que están en un sitio más íntimo, con algunas prendas bastante lejos de su cuerpo. ¡Pero no, no se refería a eso! ¡Por Merlín! No solo Evans era un crío para ella, sino que encima tenía algo colgando entre sus piernas. ¡Ya eran dos cosas totalmente incompatibles con Sam! Lo que sí que le estaba viendo era todo aquello que le había pedido que ocultase de la intromisión de Sam en su mente. A eso se refería, ¿vale? Memorias, recuerdos... y todo eso.

Esta vez se encontraban en una playa, de piedra, con un viento horrible y unas nubes tan grises que amenazaban con amargarte el día cargándote de una visión de pura tristeza. El mar estaba super picado, con unas olas horribles y... bueno, eso de playa paradisíaca tenía lo que Sam de heterosexual. Dicha playa estaba bien lejos del centro de Londres, a la cual habían accedido por aparición de Sam. Ahora mismo la chica ya se quedaba con Caroline, por lo que optó por irse bien lejos a continuar con las clases de Evans y dejar cualquier dato sobre su amiga y su nueva residencia en secreto. No es que no se fiase de Evans, es que... no se fiaba de nadie, directamente. Y por mucho que Evs le hubiese demostrado su pequeña lealtad, había que tener claro que eso podía ser simplemente porque le convenía, ¿pero cuánto quedaba para que volviese a Hogwarts y perdiesen totalmente todo el contacto? ¿Una semana? No quería arriesgarse, definitivamente. Si la vendía, que sólo la vendiese a ella y nada más.

Has mejorado bastante después de lo desastre que eras el primer día, pero hoy no estás en lo que estás. ¿Estás bien? —Que podría averiguarlo por sí misma entrando en la mente de su alumno y viendo qué era lo que le preocupaba, pero Sam nunca se había sentido especialmente cómoda violando la intimidad de esa manera. —Porque no me hace falta leerte la memoria como para sentir que algo no cuadra. Cuéntale a la tita Sam, venga. —Y sonrió, risueña, mirándole divertida. —Cuando intentas usar la oclumancia, lo peor que puedes hacer es que sentimientos o preocupaciones se te metan de por medio. Te destrozan cualquier defensa en cuestión de segundos.
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Evans Mitchell el Jue Mayo 17, 2018 5:13 am

¿Quieres acabar tú en San Mungo ahora para que ese sanador tatuado, guapo y de grandes orificios en las orejas te atienda? Ahí si podrá verte el culo bien. ¿Sabías que las batas de los pacientes tienen la parte de atrás abierta? Tendría un primerísimo primer plano de tu trasero.

Evans se sacudió levantando polvo, baqueteado por el golpe, surgiendo de un montón de cajas y cachivaches, con la ayuda de Sam. Gruñía por lo bajo y no tan bajo en indirectas muy directas sobre el estilo de vida que llevaba esa fugitiva (como si ella tuviera la culpa, además, de que el techo decidiera partirse a pedazos), y todo su cuerpo tembló de un respingo con su comentario, tan risueña ella, sobre  San Mungo, ¡San Mungo, además!, con la de escalofríos que le daba ese lugar, terrible sitio. Pero sonrió, luego de escupir una bocanada de polvo, que además, lo hizo estornudar.

—¿Y qué hay de tu trasero? ¿Te reirías tanto si fuera el tuyo al que le pusieran el ojo? ¡Pudiste ser tú!, ¿sabes?—soltó, y algo en ese tonito te daba a entender que NO, FUE ÉL, EL SACRIFICADO EVANS MITCHELL, tan preocupado por la seguridad del prójimo, y dispuesto a tragarse los baches en su lugar. Era increíble que inconscientemente quisiera engrandecer ese accidente como un acto de generosidad. Pero más seriedad, ey, que el hombre estaba intentando hacerla recapacitar sobre la gravedad del asunto—Pero no, esta vez fui yo. ¿Y qué hay de la próxima vez? Ya verás lo incómodo que es que un tipo agujereado te ponga los ojos de encima. Ay, ay—exclamó de repente, adolorido, sujetándose la muñeca—. ¡Y no, no volveré a ese lugar!  

*

Pero Evans, que te lo estoy viendo todo.


Sí, lo sabía. No podía concentrarse y las imágenes saltaban en su mente, antes de que tuviera control sobre ellas. En esa oportunidad, fue la expresión de cascarrabias de la Sra. McGinty lo último que vio, de esos días en los que solía discutir con su vecina de barrio como el niño revoltoso que era, en esos días que de no ser por ella, esa vieja gruñona, su corazón intranquilo no hubiera hallado reposo, entre tantos problemas. Recordaba pasar tardes enteras en su casa, o tocarle la puerta a horas de la noche, cuando en su casa surgían peleas. Ella lo invitaba a pasar con el pijama todavía puesto y le servía una chocolatada caliente, riñéndole por alguna tontería, y haciéndolo rabiar y reír al mismo tiempo.

¿La realidad? Volvía a sentirse intranquilo, como entonces. Hogwarts comenzaría, bajo una nueva dirección, y ni siquiera estaba seguro de qué papel jugaba él en ese sistema de víctimas y victimarios. Ya era difícil ser adolescente, y si a eso le agregabas un Voldemort chiflado andando por los pasillos del castillo, poco podías esperar de ese nuevo año, poco que fuera bueno. No es que Evans Mitchell tuviera un carácter derrotista, pero estaba cansado. El estrés que le provocaba la sola idea de volver a comenzar el año, y cómo hacerlo sin sufrir desafortunados accidentes, agotaba sus energías. Y Sam quería saber qué le pasaba.

Cuéntale a la tita Sam, venga

Sonrió de medio lado, mirándola desde abajo. Había ido a poner el culo en una roca grande en el camino, dejándose caer. Qué fácil que lo tenía ella, yendo de fugitiva por la vida. Bueno, que no. Pero él tenía que ir a encerrarse en un sitio en el que sería el posible blanco de cualquier capricho de la fortuna, cuando estaba de malas y se las tomaba contigo, como el karma.

—Pudiste haber sido más blanda conmigo, en esta última vuelta, ¿no?—soltó, quejándose. Es que nada le venía bien, vaya. Suspiró, con las manos en la cara y tallándose los párpados—. ¿Y cómo carajo haces eso?—escupió, en un murmullo de cabezota. Aunque había que decirlo, lo de “pon en blanco tu mente” era algo bonito de decir, ¿pero cómo lo hacías?—. Tienes que dejar de ser humano o algo—musitó, mirando hacia adelante, al mar que chocaba contra las rocas, y perdiéndose por un momento en esa visión, de absoluta tormenta, y tan relajante—. Pero no quiero que…—dejó escapar, y sorprendiéndose en el acto, arqueadas las cejas como si se interrogara a sí mismo. Sonrió, de nuevo—Tita Sam, eh.

Se preguntó si se sentiría tan predispuesta con él luego, si cabrían las sonrisas en el momento que le confesara qué le pasaba. Evans se incorporó y tomó una roca del suelo, con la que jugó entre sus manos dedicándole a Sam un par de miradas pensativas como si meditara qué hacer o qué decir y antes de arrojarla en dirección al mar, con un amplio movimiento del brazo, y finalmente habló.

—¿Sabes qué? Te equivocas. Lo he estado haciendo bien, especialmente hoy. Es sólo que. Es mucho peso, ¿sabes? Guardármelo—¿Qué?, ¿guardarse el qué?—Me siento agotado del esfuerzo, más de lo habitual—Y repitió—: agotado.

El rededor llegaba hasta ellos, inundándolos con un murmullo de agua mezclada con el viento, olas de fría sensación contra la piel, que podía ponerte la piel de gallina. Evans se hizo con otra roca en la mano, y se volteó hacia Sam con un tibio brillo en la mirada, decidido. Bien que podía ser bastante escueto cuando quería, y había una idea que le pesaba tanto en el pensamiento, que hasta despertaba la alarma, que él pensara tanto, que se tomara todo ese tiempo para una cavilación profunda. Y de repente, dijo:

—Allanaron mi casa, y se llevaron a mi familia, por traidores a la sangre. Bueno, ellos no lo hicieron. Mi padre, Benett Mitchell. Él escapó. Mi madre—Se interrumpió, contemplando esa roca que daba vuelta entre sus dedos con una suavidad inusual en los ojos, que le esquivaba. Y no aclaró qué sucedió con su madre, pero continuó—: Ella era una squib, la tenían fichada desde que asumió el nuevo gobierno. Mi hermana pequeña es una fugitiva, sólo como tú. La entregué a otra familia que huía, conocidos. ¿Lo entiendes?—Hizo una pausa, antes de añadir (y las olas dieron contra la costa, y las rocas parecieron quebrarse). Sonrió, con un dejo de sarcasmo, sin alegría—Yo los denuncié.

De nuevo, arrojó la roca al mar.

—Si la gente con la que me he metido se entera de que he ocultado a mi hermana, estaré en problemas. Por eso es que estoy tan desesperado por… cerrar mi mente. Me aterra lo que podrían hacerme.
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Evans MitchellUniversitarios

Sam J. Lehmann el Vie Mayo 18, 2018 4:22 am

Asumir que le pasaba algo, cuando llevaba ya bastante tiempo metiéndose en su mente, había sido pan comido. Comprobarlo cuando se ofendió fue casi como verte reflejado en el agua cristalina. Apartó la varita de su cabeza y se acomodó en la piedra en la que estaba sentada, escuchando a Evans con cierta preocupación. La legeremante era demasiado empática, ya sólo por su propia naturaleza desde bien pequeñita, pero inconscientemente la legeremancia te hacía empatizar muchísimo más con la gente con la que terminabas conectándote, por lo que al ver la preocupación en los ojos de Evs, ella no fue menos en prestarle atención y compartirla. —Lo siento... pero no vas a mejorar si soy blanda contigo, Evs... —Le respondió, callándose entonces al verle reflexionar.

Sonrió de manera totalmente inconsciente cuando la llamó Tita Sam. Era una muestra de cariño, ¿vale? ¿Sabéis hace cuánto tiempo que no tenía una muestra de cariño? Más de un año y medio. ¿Cómo podía echar tanto de menos a sus amigas? ¿A sus padres, que apenas los veía? Ahora mismo echaba de menos todo, hasta lo que nunca valoró de su vida normal.

Atendiendo a todo lo que tenía que decir. Al principio no tenía muy claro a qué se refería y es que le daba la sensación de que no sabía ni por dónde empezar. Sin embargo, cuando empezó, no paró de hablar.

Y lo entendía. Claro que entendía ese agotamiento. Ella lo vivía cada día de su vida, intentando no caer en su propio pozo de angustia y decadencia, alzándose a sí misma y buscando motivos pequeños por los que vivir que no fuesen todos alrededor de Crowley, su ego y sus órdenes. Era un agotamiento... seco; como esa sensación de sequedad en la boca que recorre toda tu garganta e implora por un poco de agua, pero ese agua nunca viene. Sam bajó la mirada, sin dejar de prestar atención. Al contarle la historia de su familia... supo su verdadera preocupación, sobre todo por su hermana pequeña. Que ella no podía saber lo que era tener una hermana pequeña, pero consideraba a sus amigas tan cercanas que podía jurar que mantenía con ellas una relación casi tan cercana como una fraternal y, por desgracia, había tenido que abandonarlas hace ya un año sólo para no ponerlas en peligro. No era lo mismo, pero los sentimientos de Evans no eran desconocidos para la rubia.

Y es que... tal y como está el mundo, lo raro era que hubiera una persona en el mundo mágico que no hubiera sufrido.

Sam se levantó de la piedra, caminando hacia él mientras se cerraba la rebeca que tenía, cruzándose de brazos. La vida de Sam era una mierda absoluta y, por como iba, seguramente no llegase ni a final de año. Y lo peor de todo es que lo sabía y tenía que seguir sonriéndole a la vida. ¿Pero Evans? Él había tenido la suerte de no estar en el punto de mira. Había tenido otra oportunidad en la que hacerlo bien. Y no podía desaprovecharla.

Cuando tiró la piedra, Sam se agachó a coger una, bien redondeada y pulida. —Evans... eres joven. Muy joven. Yo llevo años estudiando legeremancia y todavía soy incapaz de cerrar la mente si alguien con mi nivel decidiera entrar en mi cabeza. Yo... te he enseñado cosas muy básicas porque ni siquiera la oclumancia es mi campo. Pero has tenido muchísima evolución desde la primera vez, lo único es que no quiero que tus propias inseguridades terminen por hacer que todo esto sea en vano si alguien intenta leerte —le explicó. —Créeme que sé lo duro que es guardar un secreto... y la de cosas horribles que podrían pasarte si lo desvelas... —Ella, más que nadie. Un secreto guardado bajo un juramento inquebrantable. —Pero... se puede, ¿sabes? No pondrías en peligro a tu hermana, ni a nadie de los que quieres. Y, llegado el momento, si alguien considerase que tú tuviste algo que ver, lo cual ya me parece poco probable teniendo en cuenta la capacidad que tienes para mentir y convencer, estoy segura de que conseguirás ocultarlo, aunque sea un poco. Lo suficiente para que confíen en ti.

Tiró la piedra al mar, pero esta no rebotó varias veces, simplemente hizo PUF al agua, de dónde salieron varias gotas. —¿Sabes qué es lo importante? Sí, estudiar oclumancia, cerrar tu mente, ocultar información... ¿pero y si te dan veritaserum, cuál es tu plan? ¿Y si te hacen un Imperius en el que te obliguen a decir la verdad? Todo eso está permitido ahora. Ahora ya no hay moral, ni ética, ni nada que prohíba eso. —Apuntó, como otras opciones, sin intención de meterle miedo, sino más bien de animarlo y se diera cuenta de que la oclumancia no era la única solución a sus problemas. —No te obceques en aprender algo que te pueda ayudar sólo un poco, preocúpate en no resultar sospechoso. Pasa desapercibido. Promételes lo que ellos quieren que les prometas. ¿Qué vas a hacer si no? ¿Huir? ¿Esconderte? ¿Luchar por una causa cuando no has terminado ni tu educación obligatoria? Ser fugitivo es una mierda, Evs. Una auténtica mierda. Tú me ves sonreír porque me obligan a hacerlo, pero mi vida es una mierda. —Y él estará pensando: "¡Já, qué exagerada, qué te obligan, dices!", pero no. Era tristemente real. —No lo quiero para nadie. Y si de verdad quieres proteger lo que quieres, asegúrate de estar en una buena posición y, cuando seas libre, hazlo. Porque tu hermana te va a necesitar ahí fuera. Ella, yo y todos los que estamos en esta mierda de situación.

Vaya, qué intensa se había puesto. Se calló, de repente. Ahora ella también se había preocupado y se había dado cuenta de lo horrible que era su vida. Una mierda. Odiaba esos momentos, sobre todo cuando por fin conseguía un soplo de aire fresco, modificando su monotonía con algo nuevo que, en este caso, habían sido las clases de Evans. ¿Ahora...? Bueno, ahora volvería a su monotonía aburrida y pésima de siempre. Lo que ella no sabía, todavía, es que dentro de muy poquito la vida le iba a sonreír. Pero vamos, ahora mismo estaba pateando una piedra con tanta rabia que se había imaginado que era la cabeza de Sebastian Crowley. Ojalá pudiera. —Siento la efusividad. Pero... yo creo que tienes futuro, que no tienes que preocuparte. Demostraste tu lealtad denunciando a unos fugitivos, puedes seguir demostrándola y nadie desconfiará de ti. Pero por favor... —Hizo una pausa. —No te conviertas en uno de ellos por comodidad.
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