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Addicts with a pen —Valarr. || FB

Danielle J. Maxwell el Vie Ene 26, 2018 1:22 pm


Rol ambientado en el 23 de diciembre del 2017.

Mi abuela tenía un montón de años, pero si te digo la verdad, soy una nieta pésima porque no sé si es octogenaria o todavía está en la juventud de los setenta y largos. Pero eso ahora no es importante. Lo importante es que era de esas abuelas que te regalan muchas cosas para navidad, pero cosas que en realidad ni te hacen falta ni te hacen especial ilusión. Es por eso que ese año se lo quiso currar más —a su manera—, dándome dinero previamente para que me fuese a comprar lo que yo quisiera y luego lo pusiese debajo del árbol para abrir mi propio regalo el día de navidad. Sí, no tenía mucha lógica. El caso es que ella nunca me daría dinero para comprarme una nueva tabla de skate, por lo que cuando me lo dio para que me comprase un regalo, ni se lo mencioné para que no me pusiera condiciones. Y vamos, con el dinero que me dio me daría para una nueva tabla, nuevas ruedas e incluso nuevo cojinetes. Yo iba a amortizar el dinero este año, pero para el año que viene seguro que no vuelve a hacer el mismo movimiento por miedo a que siga comprándome, según ella, cachivaches peligrosos del diablo. Y es ella quién en sus tiempos mozos se subía a una escoba voladora, que ya me dirás que seguro anti-muerte tiene eso.

Iba a ir el día veinte y tres al barrio de Camden a buscarme una nueva tabla y, en principio, iba a ir sola o avisaría a Theo—un amigo de la uni muggle—para que me acompañase. Sin embargo, dos días antes me había llegado una carta de Valarr, diciéndome que había tenido cambio de planes de última hora y que no pasaría las navidades en Noruega, sino en Londres con sus abuelos maternos. O algo así. El caso es que... tras ese aviso, me sentí con el deber moral de quedar al menos algún día con él, ¿no? O sea... no es que hubiésemos tenido nuestra mejor relación en Hogwarts, de hecho si nos poníamos tiquismiquis podía decir con absoluta certeza de que la relación que tuvimos en Hogwarts no llegó ni a traspasar la línea de la amistad. No obstante, después de todo, todo el contacto que habíamos tenido—inesperadamente—mediante tinta y papel, había hecho que hasta lo viese con otros ojos. En plan, antes lo veía como 'el Slytherin con el que no hablo nunca, pero me cae bien' y ahora lo veía como 'el Slytherin que me cae muy bien y hablo mucho por carta'. Que oye, había evolución. Y si lo pensábamos fríamente... en realidad a este señor le he contado la tira de cosas que ni le cuento a mis amigos de carne y hueso.

Así que le dije de quedar porque me parecía lo correcto, aunque a decir verdad no tenía yo muchas esperanzas en que me dijese que sí, ya que por lo que habíamos coincidido en Hogwarts me quedó bastante claro que era un tipo tímido y bastante retraído. No sé, a mi me daba la sensación de que dentro de su cabeza había otro universo demasiado interesante como para prestarle mayor atención a éste.

Pero, contra todo pronóstico, me dijo que sí. Así que aprovechando mi salida solitaria, le dije que me acompañase a Camden que tenía que hacer unas compras y así de paso se lo enseñaba, ya que me había dicho que jamás había visto Londres y, para mí, lo más bonito de esa ciudad era ese barrio tan extravagante y cargado de vida. Bueno, quizás en época navideña estaba un poco petado de gente pero... bueno, tampoco iba yo con ánimos de estresarme por overbucking de personas en época navideña, ya que eso pasaría en el noventa por ciento de lugares al que fuésemos en estas fechas.

Por lo que llegado el día... yo ya me encontraba en la entrada de metros principal de Candem, sentada en uno de sus muros mientras escuchaba con los auriculares una canción y stalkeaba los respectivos instagram de mis amigos. Había menos gente de la que me esperaba, pero aún así había bastante. No obstante, tenía bien claro que Valarr me encontraría rápidamente, ya que me había vestido de un color que no pasa desapercibido, además de que mi sudadera tampoco lo hacía. Así que simplemente esperé, dando por hecho que era altamente probable que llegase tarde al no vivir aquí y perderse. De hecho en la carta le dije claramente que quedábamos a las seis de la tarde en la entrada principal del metro de Candem, frente a la tienda con un dragón chino en su pared.

Sólo esperaba que no se echase para atrás en el último momento, porque sería una tremenda putada que no pudiera avisarme y yo me pegase la vida ahí esperando, porque yo soy muy buena y hasta que no me avisan, yo espero hasta el infinito y más allá. Y sinceramente, no creo que una lechuza aparezca ahora en medio de la nada entre tanto muggle para entregarme una carta.
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Valarr Knutsen el Dom Feb 04, 2018 6:52 pm

Navidad. ¿Dulce Navidad?

Las campanillas resonaban inquietas en su cabeza durante todas las festividades. El espíritu navideño inundaba cada rincón de la humilde morada de los Tatum, ubicada a las afueras del pequeño barrio de Inslington... Aquél ambiente era totalmente distinto al que había vivido durante sus últimas vacaciones en Noruega e incluso difería de lo que podía vivirse en el colegio (por más que el antiguo director se obcecase con hacerles vivir por todo lo alto el espírituo navideño cada diciembre en Hogwarts). Alfred y Diana Tatum, convivían en una atmósfera cálida y familiar que tan extaña le resultaba a su único nieto, Valarr. Siendo un niño había pasado muchos días y noches allí, pero desde que fuera ingresado en San Mungo apenas había vuelto a saber de sus abuelos maternos, a pesar de que en la actualidad se apreciase - no por él, obviamente - que le profesaban un profundo afecto.

- ¿Qué le ha pedido mi pequeño este año a Santa Claus? - empezó su abuela Diana, sonriréndole. Parecía dispuesta a pellizcar sus mofletes pero por suerte, la anciana estaba al tanto de los problemas de su nieto con los gestos de cariño. - Me dijo un pajarito que el año pasado te trajo una Saeta de Fuego, pero ya no hay un modelo mejor en el mercado para alumnos... ¿Un nuevo kit de pociones, tal vez? Se dice que tienes talento...

Valarr seguía en silencio durante el desayuno. Había acudido ese año solo a Londres, pese a no estar habituado en absoluto a viajar sin compañía. Sus padres habían tenido que acudir a un congreso de varios días sobre lo acaecido durante las últimas finales del mundial de Quidditch (tras la retirada, su padre había ocupado un importante cargo en la federación de Quidditch nórdica) y por tanto, un año más, no podrían pasar las navidades con su hijo. Le plantearon la posibilidad de quedarse en el colegio, pero, por una vez, el muchacho prefirió escapar de la rutina y reencontrarse con esa ciudad muggle de la que apenas guardaba recuerdos.

- El chico es ya mayor para seguir esperando cachivaches de cocina cada navidad, Diana. - repuso su abuelo, antes de llevarse una rebanada de pan con mantequilla a la boca. - ¿Sabes que me regalaron mis padres por navidad a tu edad, muchacho? Una taza de té. ¡Vaya mierda de regalo!, pensó tu abuelo, antes de darse cuenta de que la taza era un traslador. ¡Un traslador que me llevó hasta las Islas Canarias! Deberías visitar ese paraíso algún día, nieto. Menuda juerga me pegué esas navidades. Por entonces aún no conocía a tu abuela Diana y... JE JE JE! - empezó a reír entre dientes, por más que Valarr, como era común, no pillase la gracia al chiste.

- ¡ALFRED! - le increpó su abuela, notablemente molesta con lo que acababa de decir. Su abuelo siguió riendo, pero no dijo nada más al respecto de sus batallitas canarias de la juventud. Fue entonces cuando Valarr rompió el silencio que llevaba guardando prácticamente toda la mañana.

- ¿Qué es Camden Town? - preguntó directamente, sin mediar explicaciones. Su abuela le miró, alzando una ceja.

- Es un mercadillo alternativo muggle en el que puedes encontrar prácticamente cualquier cosa. Una zona bastante concurrida entre ellos y un punto de la ciudad imprescindible para los muchos turistas que vienen a visitar Londres. ¿Te gustaría que te llevásemos? Hace tiempo que no me compras ningún detalle en los mercados artesanales, Alfred. - contestó su abuela, con una sonrisilla. Valga decir que los Tatum, pese a ser una familia de sangre limpia afincada en la capital de Reino Unido, no eran la clase de magos purisas al uso. Habían aprendido a convivir con los muggles con el paso del tiempo.

- He quedado con una chica. - repuso Valarr, antes de que su abuelo volviese a estallar en ligeras carjadas y soltar un "ESE ES MI NIETO".


***


Caída la tarde, Alfred tomó su abrigo muggle - muy diferente a la bata de estrellas plateadas que usaba para ir por casa - y se dispuso a acompañar a su nieto a la particular cita que le esperaba en Camden Town. Recorrieron toda la calle principal del barrio hasta llegar a la entrada del metro, camino que Valarr se pasó observando el desconocido entorno, repleto de cuestiones pero sin llegar a planteárselas a su antecesor. No por que les faltase confianza, si no por que bueno... Ya es sabido como es el noruego que protagoniza estas líneas.

Su periplo por el metro fue cuanto menos curioso. ¿Por qué montaban en esa especie de basilisco rojo y mecánico para atravesar el túnel? ¿No era mucho más rápido viajar en escoba? ¿Aparecerse? Se planteó en ese momento por qué tanta gente le tachaba de majareta, si en infinidad de ocasiones se limitaba a usar el pensamiento más lógico. Y en medio de esa marabunta de pensamientos, su abuelo se decidió a interactuar con su más pequeño descendiente. No habían dicho palabra alguna durante más de media hora.

- ¿Y es guapa esa chica? A tu edad, yo solía tener muchas citas como esta, Valarr. Para ser sinceros, antes de conocer a tu abuela podría decirse que era un poco cabra loca. - Alfred Tatum tenía un humor bastante peculiar que para nada era seguido por su nieto, no obstante, seguía recurriendo a él. - Sé amable con ella. Recuérdale lo bien que le sienta ese peinado, o lo bien que huele su perfume... ¡Lo que sea! Interesate por su vida y sobretodo, hazla reír. Luego te la llevas a cenar a algún sitio bonito y... - el metro llegó a su destino, momento que aprovechó el hombre para hacer una pausa. Sacó del bolsillo una tarjetita y se la dio. - Aquí tienes la dirección de casa. Los viejos huesos de tu abuelo ya no aguantan la humedad nocturna de Londres, así que será mejor que te acompañe esa chica. O tomas un taxi. - le dio una bolsita que contenía dinero muggle, aunque él no tuviese menor idea de ello, obviamente. Le revolvió el pelo rubio, haciéndole muecas para que se bajase. - Ya me contarás mañana.

Valarr se bajó de la gigante serpiente roja y se escabulló entre la muchedumbre, más preocupado de no rozarse con nadie que de cualquier otra cosa. Encontró la salida del metro pasados unos minutos simplemente siguiendo al ganado, que también parecía dirigirse hasta ese mercadillo de Camden. ¿Como iba a reconocer a Danny entre tanta gente? Se detuvo en la entrada de la calle, justo frente al cartel gigante de "CAMDEN LOCK", notablemente confuso y desubicado. ¿Por qué no tendría un telefóno en sus manos en aquél momento? Reparó entonces en un muggle que usaba un aparato de esos. Pero no le parecía funcionar, y se metió en una cabina roja. Se acercó a observarle más de cerca. ¿Estaba hablando? ¡Sí, había marcado unas teclas y estaba hablando en tiempo real! Esperó a que el señor bajito con sombrero de lana terminase su charleta e inmediatamente, entró en la cabina. Y, simulando lo que este había hecho, cogió el telefóno. Y palpó teclas, aleatoriamente.

- ¿Danielle? ¿Danny? ¿Danny Maxwell? - preguntó en repetidas ocasiones, hablando solo.

- Saldo insuficiente. Introduzca crédito y repita la marcación, gracias. - contestó una voz, que sin duda no sonaba a humana.

¿Crédito? Eso le dejó todavía más confuso. Dejó el teléfono colgando, llevándose una mano a la barbilla mientras reflexionaba. Fuera, un pequeño grupo de muggles parecían divertirse con su desconcierto.
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Danielle J. Maxwell el Mar Feb 06, 2018 2:06 pm

Bajando por mi instagram no sólo me di cuenta de que Hayley—mi mejor amiga de la uni muggle—estaba estudiando sin mí, sino que Theo—mi mejor amigo de la uni muggle—había ido a una conferencia de Robótica y 3D sin mí. Y eso no era amistad, eso era traición. Era cierto que había ido con su novia y probablemente no querrían a una lumiere, pero oye, en esas ocasiones no me importa hacer de sujetavelas, que hay cosas interesantes que ver y tal. Y luego van y me invitan a otras cosas más cutres siendo sólo nosotros tres. Miré sus historias con resignación, negando con la cabeza a medida que veía como iban pasando. Luego, cuando las historias de mis mierder-amigos terminaron, comenzaron a aparecer todas las historias de gente famosa que sigo o porque los amo, o porque son muy guapos o porque estoy enamorada de ellos. Como al actor de Anakin Skywalker, o la actriz de Hit Girl, Rihanna o el sexy de los Arctics Monkeys. Porque el señor de los Arctics Monkeys estaba a otro nivel de atractivo.

Me puse a stalkear tranquilamente a todo el mundo en instagram, hasta que en una de esas, empecé a cambiar de canción en Spotify mientras miraba a mi alrededor, desperezándome. No vi nada especialmente relevante, a excepción de un grupo de chicos riéndose junto a una cabina. Iba a pasar de ello, pues, literalmente, no me interesaba lo más mínimo. No obstante vi algo que sí fue más interesante dentro de tanta indiferencia: unos rulos rubios bastante característicos en el interior de aquella cabina. Conocía esos rulos. Cuando me tiró por aquella ladera en Hogwarts los identifiqué bastante rápido.

Al principio pensé: 'no puede ser, ¿qué narices hace Valarr en una cabina?', pero luego me di cuenta de que era muy probable de que estuviese perdido con la vida y una cabina fuese lo más parecido a un aislamiento social. Porque claro, lo menos que me pensaba yo es que supiese para lo que servía una cabina y se hubiese metido ahí para intentar llamarme gratuitamente, ¿sabes? A decir verdad, fue lo último que se me pasó por la cabeza. Lo del aislamiento social parecía más probable.

Me bajé de un saltito para caminar hasta allí y corroborar que la persona que estaba dentro la conocía o no y, efectivamente, era Valarr, mirando al teléfono con un rostro que denotaba lo decepcionado que estaba con la tecnología muggle, intentando descifrar el por qué de que aquello no funcionase con él. Teniendo en cuenta su desconocimiento con la magia, no me extrañaría que pensase que era porque él era mago y seguro había cosas muggles que no funcionaban con ellos, así como la mayoría de artefactos mágicos no servían en manos de muggles. Bufé divertida mientras me acercaba, sujetando la puerta de la cabina, abriéndola y asomando la cabeza.

Hola —lo saludé sonriente. —¿Familiarizándote con lo muggle, tan pronto? Se te nota un poco perdido, ¿necesitas ayuda?

Detrás de mí todavía seguían escuchándose al grupito de chicos que se reían, por lo que entré al interior para poder hablar tranquilamente. Éstos muggles no eran conscientes de que si se reían de nosotros, nosotros podíamos convertirlos en pollos. Si ellos supieran... yo ya tenía bien claro que mi defensa automática para cualquier ataque es convertir a mi enemigo en pollo y huir. Infalible. Lo patentaré. Seré la justiciera del Pollo y tendré mi propio cartel de 'se busca' en donde saldré con una máscara de pollo super siniestra.

Sujeté el  teléfono de la cabina y lo colgué en su lugar.

Es un teléfono público, así que para que funcione y poder usarlo tienes que meter dinero primero. —Luego saqué mi móvil del bolsillo y se lo enseñé. —Este es privado y móvil, así que lo puedo llevar a donde yo quiera y usarlo siempre que yo quiera —le dije la diferencia, mirándolo divertida mientras me lo volvía a guardar. Luego señalé a través del cristal de la cabina en donde estaba sentada hace un momento, justo en el muro de la salida de metro. —Estaba ahí sentada, ¿hace mucho que estás aquí intentando hacer que esto funcione con tu mirada? —le pregunté, quitándome los auriculares para guardarlos en el bolsillo de mi pantalón.
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Valarr Knutsen el Jue Feb 08, 2018 2:47 pm

Siguió contemplando a aquél cachivache de tecnología muggle con cara de cada vez más pocos amigos. Quedaba claro que ese telefóno le estaba vacilando y por eso la voz de la operadora – aunque él no tuviese la menor idea del significado de dicha palabra – seguía recordándole la falta de crédito. ¿Cómo no iba a tener él crédito? Si su palabra tenía más credibilidad que cualquier muggle de tres al cuarto que pudiera colarse en aquél habitáculo rojo para tratar de hacer lo mismo que él. No era una persona que soliese enfadarse pero, en dicho momento, parecía vérsele visiblemente molesto con su nula adaptación a la sociedad no-mágica.

Pero si había algo que se pasase rápido en su vida, eran esas emociones a las que para nada estaba acostumbrado. Y su mosqueo desapareció instantáneamente al darse cuenta de que alguien más pretendía entrar en la cabina.

Su instinto de supervivencia le hizo dar un paso atrás mientras se giraba para ver quién era, dándose con la espalda contra el cachivache de teclas muggle. En circunstancias normales, dicha situación le habría puesto completamente de los nervios, habiendo hecho lo imposible para salir disparado de allí… ¿Qué clase de individuo se sentiría cómodo con compañía en menos de dos metros cuadrados? Sin embargo, en vez de eso, ladeó la cabeza, frunciendo los labios en lo que pretendía ser una ladina sonrisa. Pretendía, por que tampoco es que sus facciones estuviesen habituadas a gesticular de ningún modo. – Te estaba llamando, Danny Maxwell. – le dijo a modo de saludo, como si no fuese rematadamente obvio lo que estaba haciendo. Levantó los hombros ante su pregunta sin querer admitir que no tenía la menor idea de lo que había estado intentando hacer.

Se llevó un dedo a los labios, atento a sus explicaciones. ¿Así que eso significaba crédito? Dinero. Sacó un par de knuts de su bolsillo, esas monedas de cobre con forma hexagonal, y trató de introducirlas en la ranura que la rubia le había indicado. El noruego pensó que la moneda había caído pero en vez de eso, lo que en realidad había hecho era atascar la rendija para introducir crédito. Bufó, realmente desesperado. – No me gustan los telefónos públicos. ¿Venden telefónos privados cerca de aquí? Mi abuela me dijo que habíamos quedado en un mercado alternativo. ¿Son telefónos alternativos? – Valarr no era un muchacho precisamente lenguaraz, pero por lo menos con la rubia que le acompañaba en dicha cabina, había creado por lo menos la suficiente confianza para realizarle sus asbsurdas preguntas sin pudor alguno. No es que tuviese tampoco vergüenza de dirigirse a nadie en absoluto, de hecho, durante el último curso había llegado a encararse incluso con el profesor de Cuidado contra las Criaturas Mágicas, pero… Hablar en voz alta no era lo suyo, sencillamente.

Hizo ademán de salir de la cabina, lo cual era físicamente imposible sin establecer contacto físico (valga la redundancia) con la chica que había quedado. Arqueó una ceja, mirando a ese grupo de muggles que les observaban riéndose entre dientes desde fuera del habitáculo. ¿Es que la gilipollez de los miembros del equipo de Slytherin les seguía allá donde iban? – Parece que el espíritu de Argus está dispuesto a perseguirte allá donde vayas, Danny Maxwell. – señaló a uno de los muggles, uno que tenía el peinado igual de grasiento que su excompañero de equipo. El muchacho se le quedó mirando serio. Ya no se reía. - ¿Crees que guardará tulipanes en ese bolso que lleva? – le preguntó a la rubia, mientras el joven parecía dispuesto a avanzar hasta él con cara de pocos amigos.

- ¿Tienes algún problema, ricitos? – le espetó el chico, que probablemente rondaría su misma edad. No tenía una voz tan desagradable como la de Argus, ni unos dientes tan mal alineados, pero el parecido era palpable.

- Te pareces mucho a un antiguo compañero de Hog… La escuela. Se lo estaba diciendo. – hizo un gesto con la cabeza, como refiriéndose a Danny. – La forma abollada de vuestro cráneo es tan rematadamente idéntica que… ¿No te habrás sometido a una intervención mágica para arreglarte los dientes al fin, verdad?

Al muchacho no parecía hacerle pizca de gracia lo que el desconocido le estaba diciendo. Pero, a decir verdad, Valarr tampoco lo estaba diciendo para hacerle reír.

- A ti sí que te voy a arreglar los dientes… - contestó, adelantándose para tratar de propinarle una mezcla entre empujón y puñetazo.

Con lo que no contaba el chaval era con los reflejos de ninja de Valarr, fraguados durante años esquivando todo el posible contacto físico que pudiese tener con todo aquél que le rodeaba. Retrocedió, volviéndose a entrar en la cabina, chocándose con Danny pero sin hacerla caer croqueteando por la ladera aquella vez. Lo cual no le generó tanta incomodidad como pudiera ocurrirle normalmente. Levantó sus manos, sin explicarse lo que estaba ocurriendo, antes de soltar una última reflexión en voz alta.

- No lo entiendo. Si yo tengo una dentadura perfecta. – argumentó, obviamente sin ser consciente de las violentas intenciones que tenía el chico ese que se parecía a Argus.

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Danielle J. Maxwell el Sáb Feb 10, 2018 12:19 am

Y seguía llamándome Danny Maxwell. ¿Lo haría porque mi apellido es la hostia de bonito y le gusta pronunciarlo? ¿O porque de verdad se veía en la necesidad de llamarme por mi apellido? Que oye, yo jamás he llamado a nadie por su nombre y apellido, todo junto, con tanta naturalidad. Como mucho sólo el apellido y para sentirme así como importante y resaltar la poca confianza que tengo con esa persona. Pero no sé, llamarle todo el rato Valarr Knutsen a él era como super extraño. Parecía que estaba enfadada con él o algo.

Sabes que puedes llamarme solo Danny, ¿verdad? —le pregunté por si acaso.

Su pregunta fue de esas que a priori suenan como una tontería, pero luego te pones a pensar en la lógica y... vaya por Dios, tenía lógica. De hecho, es que refutar algo con lógica era complicado, por lo que tenías que tirar por otro camino diferente.

A ver, todos los teléfonos son alternativos. No tienes por qué tener uno. Lo que no se le llaman alternativos, se le llaman sólo teléfonos móviles porque... te los puedes llevar a dónde quieras... —Era más fácil explicar estas cosas por cartas porque tenías más tiempo de pensar en las palabras correctas para no quedar como una imbécil. —Pero sí se venden teléfonos por aquí, seguro, ¿te vas a comprar uno? —Que quizás parecía una pregunta un poco idiota, pero había gente que preguntaba por un McDonalds y luego no se iba a comprar nada en el McDonalds, ¿vale? Sólo van a robar wifi.

Fue a salir por la puerta—obvio, no iba a salir dándose cabezazos contra el teléfono—, pero se frenó en seco para hablar del idiota que estaba afuera, relacionándolo con el famoso Argus de Slytherin que me había dejado manca durante una noche entera. Como para no acordarse de él. Sonreí cuando nombró a los tulipanes, pues recordaba perfectamente a la estúpida serpiente prometiéndome tulipanes, como si fuese especial o me importase una mierda. Qué rabia me daba que se creyesen tan importantes.

Me preocupé—un poquito, no dramaticemos—, cuando el muggle se puso gallito con Valarr, más que nada porque dudaba mucho que el Slytherin estuviese familiarizado con la jerga y el comportamiento cani, típico de muggles. Y ahora se daría cuenta de que es un comportamiento terrible cargado de involución humana. Menos mal que Valarr tenía una capacidad extraordinaria en dar un paso atrás, lo cual él llamaría reflejos, pero yo creía que era más miedo por el hecho de que el retraso humano no se le contagiase por el contacto físico. Se chocó de nuevo contra mí, pero yo puse las manos por delante para sujetarle y también di un paso atrás, metiéndome de nuevo en la cabina.

Como era bien consciente de que meternos en un lío tan pronto no era sano para nadie, tomé un poco las riendas de la situación ya que llevaba toda mi vida tratando con subnormales como ese Argus muggle. Así que pese al poco hueco de la cabina, pasé por un lado de Valarr y lo dejé a él dentro, asomándome yo por la puerta.

Eh, ya está bien —le dije, autoritaria. Hace poco me había dado cuenta de que no valía de nada rebajarte al nivel de la otra persona y seguirle el rollo. Era mejor optar por el respeto y la tranquilidad. —Como sigas dando la nota, va a venir la policía, ¿qué tienes, doce años? —¿Respeto? Bueno, la tranquilidad la tenía.

Me ha dicho que tenía el cráneo abollado. —Se quejó el muggle, más tranquilo pues no quería que la policía se acercase a ellos.

¿Y lo tienes?

No...

Pues ya está. —Di una palmadita al aire, como si el orden del universo hubiera sido restablecido. Salí de la cabina lentamente, haciéndole un gesto a Valarr para que me siguiese, en son de paz y calladito. Cuando estuvimos en posición favorable para mi siguiente movimiento, hablé: —Me disculpo en nombre de mi amigo por sus modales, pero... pegarle un puñetazo no va a hacer que tu cráneo deje de estar abollado. —Reí divertida y sujeté la mano de Valarr para tirar de él y comenzar a correr.

No iba a sujetarle la mano porque creía fervientemente que no habíamos llegado a ese nivel de confianza, no obstante, sabía lo suficiente de él como para saber que era una ameba con patas y si no le sujetaba se iba a quedar mirando, de pie, como yo corría sola. Y claro, así era altamente probable que se llevase el puñetazo igual. Así que bueno, de perdidos al río, oye. Perderse por Candem Town era tan fácil como hacer explotar una poción en tu primer año en Hogwarts, por lo que tras sortear a las personas del camino y pasar la primera esquina, me metí en una tienda cualquiera que parecía ser de ropa de grupos muggles. Solté a Valarr escondiéndome detrás de un largo perchero lleno de camisetas de grupos.

Vas a tener que portarte mejor con la gente. No puedes ir por ahí llamando 'cráneo abollado' a todo el mundo, que la gente tiene sentimientos y se ofende con terrible facilidad. Los muggles son todos unos dramáticos —añadí divertida, apoyándome en el perchero de la tienda, en donde sonaba una canción que yo conocía muy bien: Take the long way home, de Supertramp. Me puse a tararear, contenta y nostálgica por reconocerla, pues me recordaba a los viajes a la montaña en coche junto a mis padres cuando era más pequeña. —¿Quieres ir a algún sitio en especial hoy o te da igual? Mi abuela me ha dado dinero para que me compre mi propio regalo de navidad, así que tenía pensado ir a una tienda de skates que hay cerca. Pero de camino podemos ver lo que quieras y así te familiarizas más con todo... ¿algo que te llame especialmente la atención...?
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Valarr Knutsen el Mar Feb 13, 2018 1:55 pm

En medio de la confusión del noruego, lo mejor que podría haberle pasado fue lo que pasó: Que Danny interviniese haciendo uso de su autoritario dedo persuasivo para dejarle las cosas claras a aquél muggle agresivo que quería estropear su bonita sonrisa. Algo que él no hubiese permitido bajo ningún concepto… Antes habría hecho uso de la magia para mandar al Argus muggle por los aires delante de la muchedumbre de gente-no-mágica que abarrotaba la calle que dejar que nadie le pusiera un dedo encima. Una mueca se dibujó en su rostro, contrariado cuando la chica empezó a disculparse en su nombre. ¡NO! No tenía intención alguna de pedir perdón al cabeza abollada. De hecho, en ese mismo momento empezó a dudar sobre si se había disculpado en alguna ocasión con alguien a lo largo de sus diecisiete primaveras…

Pero las reflexiones aleatorias quedaron a un lado cuando de repente, se vio corriendo por el barrio llamado Camden Town ¡de la mano! de la rubia. Apenas un instante antes había asegurado con rotundidad en sus pensamientos que no permitiría que nadie le pusiese un dedo encima y ahora ella le había cogido de la mano… ¿Pero qué era aquello comparado con rodar juntos en modo croqueta por la ladera de los terrenos? Por tanto, rectificó en sus propias cábalas mentales: No permitiría que nadie que no fuera Danny Maxwell le pusiese un dedo encima.

Tuvieron que sortear a una gran cantidad de muggles por el camino antes de dar esquinazo al matón de cráneo abollado y sus colegas los risitas - ¿de qué se estarían riendo? A veces Valarr se preguntaba tantas cosas que su cabeza era incapaz de seguir el ritmo de sus dudas sobre la vida – antes de meterse en un local plagado de camisetas. No era el noruego esa clase de persona que hubiese ido alguna vez de tiendas más allá de las rutinarias compras de cada año en el Callejón Diagon, por lo que hasta ese lugar plagado de camisetas con nombres y palabras aleatorias, a su parecer, se le antojaba extraño.

- Tenía la misma cabeza de huevo que Argus. ¡Tú lo viste! – dijo, levantando los hombros, justificándose con aquellas palabras de lo que acababa de pasar. Tal vez uno de sus defectos fuera el no pararse a pensar lo que decía antes de abrir la boca pero… ¡no iba a empezar a rectificar ahora en presencia de un muggle! Se entretuvo mirando camisetas entre las perchas, sin prestar demasiada atención a sus siguientes preguntas. A sus múltiples pegas había que añadir que de vez en cuando se abstraía en su burbuja, como si no tuviese a nadie más a su alrededor. Cogió una de las camisas, se quedó mirándola durante unos segundos, alzó una ceja y a continuación, volvió a volcar su atención en Danny. - ¿Chiles rojos picantes? ¿Y por qué un asteris…? Oh. – su conclusión al respecto había llegado incluso antes de que terminase de formular la pregunta y sin lugar a dudas, su abuela le hubiese echado la bronca de haber formulado su hipótesis frente a una señorita en voz alta.

Dejó la camiseta donde la había cogido, quedándose por momentos en standby. Esa postura que adoptas cuando te quedas mirando a la nada y pensando en todo ¡Y que más da que te pasen una mano por la cara repetidas veces! Tú sigues a tu bola, con la mirada fija en ese pequeño mono que corretea entre las piernas de los muggles ahí fuera, en la calle… Parpadeó varias veces, como volviendo de pronto al mundo real. – Quiero un telefóno alternativo. No puedo mandarte lechuzas localizadoras si quedamos en el mundo de los muggles. O, espera… ¿Tal vez un snidget? – en realidad era una absoluta idiotez eso que acababa de plantear: ese pequeño pájaro dorado en forma de pelota tan solo era escurridizo como su representación en el deporte mágico. Pero al ser ella una buscadora, y él un buscador, tenía sentido. Ambos acabarían persiguiendo al pajarillo para encontrarse, finalmente, en el mismo punto. TENÍA MUCHO SENTIDO.

Su tripa rugió, ostensiblemente. De tal forma, que no habría sido él el único en darse cuenta. Por lo que se quedó mirando a Danny fijamente durante unos segundos. Diez, para ser más exactos. Sabía que ella podía leer en la expresión de su cara su sentir antes incluso de llegar a decir nada en voz alta. Pero lo dijo. – Tengo hambre. aliméntame.

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Danielle J. Maxwell el Jue Feb 15, 2018 12:06 am

Solté aire por la nariz, con diversión. Un teléfono alternativo, madre mía. Es que me ponía a pensarlo y me imaginaba  el típico nokia 3310 que cada familia tiene guardado en un cajón de su casa bien para cuando se te rompe tu móvil tener uno de repuesto, o bien como arma infalible frente a cualquier tipo de ladrón. Tú metes eso dentro de un calcetín y ya está, un arma blanca capaz de crear abolladuras de cabezas similares a las de Argus o el muggle de hace un momento. Y está claro que no voy a dejar que Valarr se compre un nokia 3310 por mucho que tenga el mejor juego de la serpiente de la historia de los móviles, básicamente porque no pienso mandar mensajes teniendo WhatsApp. ¡Había que ir a favor de la evolución! Bastante teníamos con los canis y los políticos que nos involucionaban como ser humano como para apoyarlo también nosotros comprando una piedra como obra tecnológica alternativa. No.

Te llevaré a comprar un teléfono móvil, que no alternativo. —Le repetí, pero no sabía por qué pero me daba a la nariz de que iba a ser tan inútil recalcar eso como el hecho de que me llamase sólo Danny. Es decir, me iba a pegar tremenda ignorada de las grandes e iba a seguir diciéndole como su cerebro lo asumió por primera vez. —¿Un snidget? ¿Tú quieres que los muggles lo atrapen sin querer, estudien a ese pobre animalito y sea preso de un laboratorio a la espera de ver a qué especie pertenece? —Lo mencioné así para crear más drama. Era curioso, ¿a que daba pena si lo decíamos de un snidget? Pues nadie pensaba en las personas humanas que estaba recibiendo el mismo trato en el Área-M. —Mejor dejar a los snidget en dónde sea que viven los snidget. El teléfono es más inmediato. Y verás la de cosas que puedes hacer con él.

Y no sé, pero con lo regordete y pequeñito que era el snidget, no me lo imaginaba mandando cartas. Y al final era como una lechuza: un ser volador no identificado por muggles que llevaba algo en la boca. Porque claro, mi mente fue incapaz de percibir ni siquiera por un poquito la idea que le había pasado a Valarr por la cabeza de perseguir a ese bichito hasta reencontrarnos en un punto. No, eso no. Cualquier idea que implicase correr jamás pasaba como primera, segunda o tercera opción por mi mente, debes saber eso.

Le ofrecí ir a CUALQUIER SITIO que le pareciese interesante, con tal de que conociese un poquito más todo esto, sin embargo, él se mantuvo callado. Yo creí—ilusamente—que estaba pensando un lugar a dónde quería que lo llevase, pero de repente me dijo que tenía hambre. Que oye, si lo pensábamos fríamente, me estaba diciendo indirectamente que lo llevase a un sitio en donde pudiésemos comer, ¡qué ya era un paso! ¿Por qué me resultaba tan complicado tener una conversación normal con él? Era él el raro, ¿verdad? ¿O lo estaba siendo yo? Seguro que en su mundo, la rara soy yo, pero creo que estoy siendo objetiva al decir que en verdad el raro es él. Míralo ahí, con cara de ameba. ¡Estaba claro que el raro era él y no yo!

Te voy a enseñar la comida muggle por excelencia —le dije con una sonrisa orgullosa, notando como se me hacía la boca agua sólo de pensar en lo que me iba a pedir. Ay, y me odio por ello. ¿Por qué soy tan gorda? ¿Por qué no puedo llevarle al puesto de perritos de la esquina y que se coma una salchicha con pan seco? No. Yo tenía que llevarle al McDonalds para que comiese como un gordo y, de paso, yo también como como una cerdi. Ay... —Está a varias calles, pero merece la pena caminar hasta allí. —Salí entonces de la tienda, ya que en verdad no me iba a comprar nada ahí dentro y dudaba mucho que Valarr sí, haciéndole una señal con la cabeza para que me persiguiese. —¿Alguna vez te has comido una hamburguesa? —Que oye, a lo mejor me estoy pasando con la pregunta, pero a lo mejor la gente demasiado purista también come cosas raras, ¿vale? Yo que sé como viven. Para mí son especímenes muy raros. Todavía no entendía como podían vivir sin televisión o juguetes muggles y entretenerse sólo a base de libros. Lo cual era estúpido: la gente que lee es inteligente y la gran mayoría de puristas que había conocido eran todos imbéciles, por lo que algo ahí no cuadraba nada.
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Valarr Knutsen el Dom Feb 18, 2018 1:02 am

El rugido de sus tripas tranquilamente podría haber sido detectado por cualquier individuo muggle en los alrededores de la tienda de camisetas musicales. Probablemente, la gente que caminaba fuera de la misma también se hubiese enterado. Hasta el diminuto mono habría huido despavorido ante tal temible sonido. Pero lo mejor de todo, a su parecer, es que Danny Maxwell le había entendido con tal solo una mirada y dos palabras. El ruido que pudiera haber llegado a hacer su estómago era algo totalmente secundario en aquél caso cuando al fin parecía tener a alguien a su lado que parecía entender como funcionaban las cosas dentro del coco del peculiar noruego. O por lo menos, un instinto tan básico como su incipiente apetito.

Aprovechó para relamerse los labios en lo que abandonaban la mentada tienda y esta comentaba que iba a descubrirle el mejor manjar que guardaban los muggles en sus cocinas. Era tan sólo la segunda vez que visitaba Londres para hacer algo más que tomar el Expreso de Hogwarts y sinceramente, su conocimiento sobre la cultura muggle – pese a los esfuerzos de su abuelo durante esa semana – seguía siendo absolutamente nula. Y sin duda la tradición culinaria en Noruega, así como en el colegio, distaba bastante de cualquier plato que pudiese ver anunciado en esos carteles que solía colocar como reclamo la gente no-mágica fuera de sus locales. Si tan buena era realmente la comida local… ¿Por qué tanta necesidad de bombardearle a imágenes en dos de cada tres restaurantes que se cruzaban? Todo se veía apetitoso, sin duda, pero Valarr se sentía saturado de información conforme avanzaban por la avenida de Camden Town.

- ¿Hamburguesa? – preguntó en su ya habitual tono de No tengo ni la menor idea de nada de lo que me rodea, por favor, ayúdame, que solía acompañar arqueando una ceja o mostrando alguna gesticulación confusa en su fantasmal rostro. - ¿Con qué estás hechas las hamburguesas, Danny Maxwell? En mi país, es tradición comer carne de ballena por navidades. Tiene un sabor fuerte y puede resultar incluso seco, pero en salazón es considerado el mejor manjar para tan señaladas fechas… - comentó con auténtica convicción, como si fuese todo un experto en tradición culinaria nórdica. – Claro está que no se puede comer ballena todos los días. Por eso, el resto de los días comemos carne de alce. O reno. Eso los días que no prepara la cocina mamá, que gusta mucho del marisco. A mí no me gusta. ¿Sabías que tengo alergia al marisco, Danny Maxwell? Se me hincha toda la cara si me acercas una pata de cangrejo. – hizo una mini pausa, preguntándose si de verdad debería haber dicho eso. – Nunca me acerques una pata de cangrejo.

Estaba realmente intrigado – y su estómago, todavía más – por el nuevo sabor que descubriría en breves instantes probando aquellas hamburguesas de las que tan bien le había hablado. Bueno, en realidad tan sólo le había preguntado si las había probado alguna vez, pero su mente ya había elevado el alimento a la máxima exquisitez. No obstante, se detuvo en seco en su camino al lugar de las delicias frente a una tienda que rompía totalmente con la estética del barrio en general. La luminosa manzanita logró dejarle durante unos momentos observándola con cierta fascinación… ¿Qué tenía ese fruto mordido que lograba atraerle tanto? Se acercó a los cristales de la tienda, y posó ambas manos sobre este, observando cada detalle de la… Inexistente tienda, pues desde allí solo podía contemplar unas escaleras que bajaban hasta un local subterráneo. Se giró de reojo tan sólo durante un segundo para ver si Danny seguía allí o había continuado el rumbo hasta el McDonalds antes de atravesar las puertas de cristal y bajar las escaleras…

Hacia el paraíso de la tecnología muggle (?). Se quedó parado en el último escalón, mirando a todos lados y a nada en particular, fascinado por la luz blanca que provenía de todos lados, que iluminaba el piso y cada uno de los cachivaches dándoles a cada uno un aura especial. – Guaaaaaaaaaaaao... – expresó en voz alta finalmente, parpadeando al fin. Entonces un señor se le acercó, tratando de captar su atención… Algo que sin duda, en aquel momento, resultaba complicado.

- ¿Podemos ayudarle en algo? – preguntó el empleado, para los oídos sordos de Valarr Knutsen.
Este bajó el último escalón, dando unos pasos por la tienda. Y entonces lo vio. En el cartel rezaba su nombre. IPohnoe X, desde… ¿978 £?

- ¡TELEFÓNOS ALTERNATIVOS! – exclamó, pasando completamente del hombre de atención al cliente y avanzando por la curiosa tienda hasta alcanzar el cachivache muggle. Lo empezó a toquetear, familiarizándose con el dispositivo.
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Danielle J. Maxwell el Mar Feb 20, 2018 9:19 pm

Me parecía fascinante tener que explicarle a una persona de qué estaba hecha una hamburguesa. Para mí era tan... de la vida misma como el hecho de que te crecían las uñas un poquito cada día por mucho que te las cortases, o que los gatos eran malvados por naturaleza, o que cualquier político era corrupto menos nuestra querida Tita Isa. La Tita Isa era la mejor reina del mundo, aunque seguro que los cisnes de Hyde Park eran robados, pero nada. Un detalle nimio y sin importancia. Y vamos, que si nos poníamos un poco quisquillosos... era lógico pensar que podía haber cierta duda con saber qué era una hamburguesa o de qué estaba hecha, sobre todo ahora con la moda vegetariana y vegana—la cual jamás podría ser parte de mi vida—, en donde han creado hamburguesas falsas hechas de restos de lentejas y cosas así. ¡Qué porquería! ¡Lentejas en una hamburguesa, pero qué sacrilegio!

Están hechas de carne normalmente... o de ternera o de pollo... —respondí, iba a añadir que también habían otras que se hacían con cosas que no eran carne para los raritos alrededor del mundo que habían decidido no comer carne, pero no porque lo considerase necesario, sino porque a lo mejor es típico entre purista ser vegetariano. Aunque lo dudaba: si mataban personas, ¿qué más le darían matar animalitos para comérselos? Y cuando me habló de las ballenas ya me quedó claro. —Nunca he probado carne de ballena... —Y continuó hablando, haciendo que lo mirase cada vez con más sorpresa por la semejante dieta de los noruegos, ¿a base de carne de animales super aleatorios es cómo conseguían el brillo tan mono de sus pelos rubios? Debía de ser eso, porque el mío parece una esponja. —Tampoco de reno o de alce. —Y reírme a continuación no fue algo de lo que me di ni cuenta, simplemente pasó. Inevitablemente me imaginé amenazando a Valarr con una pata de cangrejo y su cara aumentando en tamaños psicodélicos por la cercanía de ello. —Me has dicho tu punto débil, ahora podré amenazarte con una pata de cangrejo si dejamos de ser amigos —bromeé divertida, con una sonrisa de lo más amistosa. —Qué costumbres más raras tenéis en Noruega, ¿es cosa de tu familia o todos los noruegos suelen comer ese tipo de carne?

Continuaron caminando con tranquilidad por las calles, pasando por delante de una de las tiendas de Apple más bonitas del mundo, más que nada porque cumplía con su función de escaparate: llamar la atención de todos los transeúntes de esa calle. Y vamos que si la llamó... Valarr parecía que había visto el diamante en bruto de la Cueva de las Maravillas de Aladdin. Eso o a Angelina Jolie. Que más o menos tiene así como el mismo efecto en los hombres. Se acercó a la tienda como Abú embrujado y yo evidentemente le perseguí, no fuese a pedirle matrimonio a un objeto inerte.

Le perseguí escaleras abajo y, para lo que a mí era una tienda de lujo tecnológico—he de decir que yo tengo un Huawei P9 Lite de los chinos y un iPhone quedaba muy lejos de mis posibilidades como ciudadana de clase baja en el mundo muggle—, para él parecía el mismísimo paraíso de, probablemente, cosas que no entendía. ¡Que oye! Le entendía. Yo cuando con once años entré por primera vez en el mundo mágico... para mí el Callejón Diagón fue otro mundo bien distinto del que disfrutar con fascinación. Pero tenía once años.

Iba a hablar yo cuando el señor de la tienda nos vino a atender, pero el grito de Valarr de pura emoción hizo que tanto él como yo nos quedásemos mirándonos con unos rostros que estaban a punto de estallar de risa. Bueno, yo estallé de risa.

No es de por aquí, ¿sabe? —Me excusé ante el vendedor. —Viene de Jupiter y no entiende nuestra tecnología barata... ¡Valarr! —Me acerqué a él al ver cómo agitaba el móvil como si intentase hacer que funcionase o algo.

Madre mía, parecía mi madre cuando me volvía hiperactiva en el supermercado y me ponía a llevarme los pimientos por la tienda mientras me los comía escondida entre la comida de perro. Cuando llegué a su lado, sujeté el móvil que tenía entre sus manos y lo coloqué en su sitio.

A ver, se dice telÉfono, no telefÓno. Repite conmigo: telÉfono. —Le di un tiempo para que lo repitiese y no volviese a ir por la vida pareciendo de otra galaxia. —Y este teléfono es el más caro que hay en el mercado ahora mismo, ¿vale? Y lo estás tratando como una piedra cuando vale casi mil libras. ¿Tienes mil libras? No creo que tengas mil libras, ¿acaso sabes cómo van las libras? Un galeón equivale a cinco libras, así que has cuentas. Sí, aproximadamente ese móvil costaría cinco mil galeones. ¡Y con eso te da hasta para comprarte un hipogrifo! —Exageré para que se diese cuenta del valor de un trocito de tecnología que ni iba a usar. Y no sé, dudaba mucho que Valarr tuviese en posición dinero muggle y, si lo tenía, no creo que llegase a tanto si sólo iba a venir a Camden Town. Que Camden era caro, pero no tanto. Saqué mi móvil y se lo enseñé. —Mira, es casi igual, sólo un poco más gordito y hace exactamente lo mismo y cuenta como cinco veces más barato.

Me iban a echar de la tienda por hacerle publicidad negativa al que parecía fascinado por la imagen que daba Apple, pero bueno... bastante hacían ya estafando muggles como para encima que ahora empezasen a estafar magos.

De todas maneras no te lo vas a comprar hoy, ¿no? Supongo que vendrás con tus padres o tus abuelos o no sé... Yo te puedo aconsejar si no sabes. Pero este no, por muy embelesado que te hayas quedado. Incluso yo tengo algunos en casa que ya no uso y te puedo dar. Y total, para lo que lo vas a usar tú...

Tenemos otros móviles más asequibles que... —Estiró el cuello cual suricato detrás mía, intentando llamar la atención de Valarr.

No, señor. —Me giré, elevando el dedo índice para mirando al señor. Ese era mi dedo, ¿vale? El dedo de las amenazas persuasibles. ¿He dicho ya que tengo una lucha entre PC y Mac que me da la vida? En mi carrera muggle era probablemente la mayor discusión habida y por haber. —Vayámonos, Valarr. —Esperé a que él tomase la decisión de persona inteligente.

¿Te imaginas que ahora saca mil libras del bolsillo y se lo compra? Valarr era tan impredecible que hasta si sacaba un huevo de Erumpent de su bolsillo, yo lo podría asumir como algo lógico.
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Valarr Knutsen el Jue Feb 22, 2018 9:31 pm

Resulta complicado describir la emoción que sentía el noruego al tener uno de esos cachivaches de la manzana mordida en sus manos. A la vista quedaba que no tenía la menor idea de como hacerlo funcionar pero… ¿Y qué? ¿Acaso creéis que eso restaba el menor ápice de ilusión a ese joven que no había simpatizado – o más bien, conocido – la tecnología muggle? En absoluto. Valarr Knutsen estaba como un niño con unos zapatos nuevos. O más bien, un juguete nuevo. Un juguete nuevo de más de mil libras, o según Danny Maxwell, cinco mil galeones. Lo que equiparaba al precio de un hipogrifo bebé. Por ende… ¿Tenía un hipogrifo en su manos? Se rascó la cabeza, mientras trataba de asimilar tal cantidad de información. Miró suplicante a la pantalla del telefóno alternativo, esperando que un hipogrifo le devolviese la mirada. Pero… no.

- Yo ya tengo un hipogrifo, Danny Maxwell. – le contestó con toda la naturalidad, como si fuese lo más común del mundo tener un híbrido de grifo e hipocampo como mascota. Noruega no era el mejor paraje quizá para cuidar de un hipogrifo bebé, pero Meraxes se había aclimatado al frío de su país natal desde que él volviese a casa a los diez años. No había reparado en él en el breve periodo de tiempo que llevaba de vacaciones, pero la mención le hizo añorarle por un instante. No es que fuese un gran amante de las criaturas mágicas pero con el hipogrifo de plumaje níveo había establecido una conexión bastante especial.

No pensó mucho más en él, ni volvió a hacer referencia pues la rubia se encargó de remarcarle su equivocada pronunciación ante los telefónos alternativos. Como profesor que corrige una y otra vez la pronunciación de un complicado hechizo, Danny le hacía énfasis destacando la importancia del acento. – Telefóno. Teleeeeeeeeeffffono. TELÉEEFONO.– repitió siguiendo sus indicaciones, ante la incrédula mirada del señor que parecía perseguirles por la tienda. Vale que Valarr tuviese un comportamiento peculiarmente peculiar pero de verdad… ¿Era necesario semejante acoso?

Danny Maxwell siguió obcecada en convencerle de que allí tan sólo le pretendían vender gato por liebre, que su teLÉfono era infinitamente mejor, más gordo, más barato, más alternativo… Hasta que sacó a pasear su emblemático dedo persuasivo, dispuesta a despachar al vendedor de terminales móviles con su habilidad innata. En vez de prestar atención a las sugerencias del hombre o a las indicaciones de su compañera de aventuras por Camden Town lo que hizo fue sacar el monedero que le habían dado sus abuelos para que se moviese por el mundo muggle. Era un monedero de esos hechizados, cuya cabida no tiene fin… Por lo que empezó a sacar billetes de cincuenta libras mientras la rubia todavía discutía con el empleado. En cuanto quiso darse cuenta, tenía un fajo con más de dos mil libras en sus manos e interrumpió la sugerencia de Danny sobre que se fuesen de la tienda de la brillante manzana. Levantó su dedo índice, imitándola y sin dejarle opción a réplica.

- Deme dos. – ordenó al encargado, al que en seguida la brillaron los ojos y fue raudo y veloz al almacén para volver en seguida hasta el mostrador con dos cajas en las que suponía que estarían sus nuevos teLÉfonos alternativos. ¡Ya no tendría que esperar durante días o semanas las respuestas de Danny Maxwell! ¡Podrían hablar en tiempo real en cualquier momento! Menos cuando estuviese en el colegio, claro. Lo cual, le restaba una abismal parte del tiempo hasta que se graduase en junio… Pero no se detuvo a pensar en aquello, precisamente.

- ¿Han tenido alguna vez algún otro artículo de Apple? Si quieren, puedo enseñarles como registrarse en el servidor y ayudarles a configurar sus nuevos iPhone X… ¿Desean activar el reconocimiento de voz? Tenemos los MyPods en oferta para todos los compradores de nuestro nuevo modelo de móv…

- Denos los teLÉfonos. Yo le daré el crédito. – le cortó, zarandeando el fajo de billetes ante sus ojos. - ¿Es correcto, no? Así funcionan las cosas en este mundo.

El vendedor dejó ambas cajas sobre el mostrador, a pesar de que todavía tenía ambas manos posadas en ellas. Valarr dejó los billetes justo al lado, antes de hacer el intercambio y cogiendo las cajas rápidamente. Como quién hace un trueque y no se fía de la persona con la que va a hacer el intercambio.

Presentía, en el fondo, aunque fuese un patán presintiendo cosas y empatizando con el resto de humanidad que le rodeaba, que Danny no estaría muy contenta con el desenlace en la tienda de manzanas y teLÉfonos alternativos. Valarr se encogió de hombros y sonrió un tanto inocente mientras ambos abandonaban la tienda, tendiéndole la lujosa caja del cachivache que acababa de adquirir. – Feliz Navidad, Danny Maxwell. – susurró, mientras seguían caminando por la interminable calle de Camden Town.

- ¿Está muy lejos ese puesto de hamburguesas? No creo que esta manzana vaya a saciarme. - ¿Pretendía aquello ser un chiste? ¿Estaba haciendo Valarr uso del humor? ¿Acaso había hecho un chiste en toda su vida? ¿Terminaría comiéndose su telefóno alternativo si no encontraban pronto un lugar en el que comer? La única pregunta que podía responder con franqueza era esa última: Y sí.
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Danielle J. Maxwell el Mar Feb 27, 2018 12:44 am

¿Sabes esas veces en tu vida cuando exageras mientras hablas para darle el punto a tu opinión y, de repente, esa exageración no queda más que en el espejismo de una realidad de personas millonarias, a cuyo colectivo tu NO perteneces? Pues vaya, me ha pasado. Así, repentinamente. Me dice con toda la tranquilidad que tiene un hipogrifo, ¿pero eso no es peligroso? ¿Que lo tiene, en el jardín de miles de hectárias de su mansión en Noruega? ¿O tendrá un establo especial para hipogrifos? Que oye, a lo mejor yo no me he enterado y los magos en Noruega coleccionan hipogrifos y se trasladan sobre ellos. Allí los caballos son demasiado mainstream.

En un primer momento, incluso, hubiese pensado que Valarr me estaba haciendo una broma, tomándome el pelo con que tenía un hipogrifo. Sin embargo, luego pensé: "es Valarr", qué cojones va a estar tomándome el pelo si este niño no sabe hacer bromas.

Se me olvidó preguntar. O sea, no tengo alzheimer. Simplemente no tuve tiempo de preguntarle nada de eso porque llegó a nuestras vidas el drama de los móviles o, según Valarr, los telefónos alternativos. Y claro, con tremenda visión delante de mí, como para estarme preocupando por el pollo volador que Valarr tendría en casa. Me sentí bastante complacida cuando fue capaz de decir correctamente la palabra teléfono, pero no tanto cuando, haciendo gala de su cara de patata inexpresiva—la que tenía siempre, vamos—, ignoró todas mis recomendaciones y pidió dos iPhone X. Me giré, demostrando con evidencia mi incredulidad.

Pero tío.

Pero en verdad no sabía qué decirle. Si tenía para comprarse un hipogrifo y dos iPhone X, quién era yo más que una pobre muerta de hambre, como para decirle que no lo hiciera sabes. El vendedor me miró con un rostro cargado de victoria y orgullo antes de irse, a lo que le miré con cara de pocos amigos antes de dirigirme al mostrador con "MI AMIGO QUE IGNORA MIS RECOMENDACIONES" y el idiota vendedor que se creía más listo que yo.

Bufé divertida cuando dijo que en este mundo las cosas funcionaban con el trueque de dinero por el producto.

Así funcionan todos los mundos, Valarr —le respondí divertida. —¿O tú que le das al vendedor cuando te compraste la Saeta de Fuego? ¿Una mandarina? —Reí, consciente de que había usado jerga mágica pero era bien consciente de que ese vendedor no sería TAN LISTO como para saber que una Saeta de Fuego era una escoba voladora mágica.

Cuando Valarr se dejó un riñón y medio en forma de billetes en la tienda de Apple, ambos volvimos a subir las escaleras para salir. Nunca jamás nadie se había comprado un móvil con tanta decisión y rapidez. ¿Lo gracioso? Nunca nadie jamás se había comprado DOS móviles con tanta decisión y rapidez. Suponía que uno era para sus abuelos, o algo. Obviamente subí las escaleras sintiéndome un poco mal porque hablé para una pared, que sí, que yo ya sabía que Valarr era un poco pared... ¿pero tanto? Madre mía. Obviamente, mientras pensaba que mi amigo era algo así como una maceta seca y desgastada, no me esperaba que me tendiese una de las cajas de uno de los iPhone X. De hecho, estaba tan perdida con lo que estaba pasando que miré a la caja y a Valarr de manera intermitente durante unos cuántos segundos.

¿Qué? ¿En serio? —pregunté, alucinando. ¿Me está regalando un iPhone de mil libras? ¿Hola? Yo a mis amigos le regalos bufandas de cinco libras del mercadillo, ¿vale? Inevitablemente, mi odio por apple como que se fue un poco a la mierda e inconscientemente se me iluminó el rostro con una sonrisa un tanto... nerviosilla y feliz. Menudo idiota. Me hace creer que me ignora hasta límites insospechados y luego me regala oro. Porque esto es oro. —Tío, necesito darte una clase magistral sobre el valor de las libras y el límite intermedio de cuánto gastarse en un regalo para un amigo, ¿vale? Tus abuelos van a pensar que te meto ideas derrochadoras en la mente o algo así. ¡No puedes ir regalando estas cosas a la gente, que son muy caras! —Me quejé, en un intento de echarle la bronca, aunque estaba tan alegre que evidentemente ni sonó a bronca. —Ay... —Suspiré, haciendo una pausa. —Muchísimas gracias, en serio.

Estaba tan fascinada mirando mi cajita, que no el móvil, que asumí con retraso lo que dijo del McDonalds. Que oye, lo retuve porque el McDonalds es lo suficientemente importante en mi vida como para ir incluso por delante de un iPhone X. Bueno, en este momento el hype era muy alto, pero en otro momento seguro que sí.

Está aquí al lado, vamos. —Y comencé a caminar, retomando el camino que antes se vio invadido por la tienda de Apple. —Ahora voy a parecer la típica que pone algo a parir y luego lo usa porque se lo regalan. En mi defensa diré que lo que más odio son sus ordenadores, pero nunca he tenido el placer de tener un móvil de esta marca.

Y, hablando un poco de eso, apenas en cinco minutos caminando por las calles de Camden Town, llegaron al McDonalds que estaba en mitad de una larga calle. Nada más estar en frente, el característico olor a McDonalds inundó mi nariz y también mi alma. Mi cuerpo ya relacionaba ese olor con una experiencia buena.

Es esto, ven. —Empujé la puerta y... me comí la puerta. —Vaya por Dios... —Entonces tiré de la puerta, sonreí a Valarr como si nada hubiera pasado y, entonces sí, entré al interior. —Mira, ¿ves eso al fondo? Son todas las hamburguesas que hay. Vienen por menú, acompañados de patatas fritas o deluxe, así como de una bebida. Además, se pueden pedir complementos aparte o más hamburguesas. Todo lo que tú quieras. Por ejemplo... —Le iba a meter en situación para que se diese cuenta de lo que se pide una persona normal. —Yo casi siempre me pido el Menú Deluxe porque la hamburguesa tiene una salsa especial que me encanta, luego le añado unas patatas deluxe, que son como más gorditas que las fritas y una fanta, ¿sabes que es una fanta? Es una bebida con gas con sabor a naranja. —A veces me sentía idiota porque no sabía hasta qué punto eran ignorantes las personas como Valarr y me daba apuro explicarle para tontos algo que en realidad ya sabe. —Y si tengo mucha hambre, suelo pedirme una hamburguesa de una libra, o nuggets que son trocitos de pollos, o un helado al final... ¡Hay tantas cosas! —Con emoción, me puse en la cola. —Mira a ver qué te gusta más y pídete lo que quieras.

Me puse la mochila por delante, la abrí y metí la cajita del móvil en el interior, sacando de paso la cartera. Me había regalado un maldito iPhone X, así que por mis narices que yo pagaba el McDonalds.
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Danielle J. MaxwellUniversitarios

Valarr Knutsen el Miér Mar 07, 2018 4:00 pm

Guardó la caja con el dibujo de la manzana y la X que abarcaba toda ella en aquél particular monedero sin fondo que le había legado su abuelo. Danny Maxwell no había parecido muy conforme con su decisión con adquirir con dinero muggle ambos teLÉfonos alternativos, pero su expresión disgustada había cambiado tan pronto como Valarr cambiando acentos a su palabra muggle del momento. No, no tenía la menor idea sobre la valía del dinero muggle y mucho menos sobre el regalo que acababa de hacerle, pero no era este una persona que precisamente se preocupase en reparar en esas cosas. Simplemente había querido hacerle ese obsequio y, por una vez, no se dejó convencer por el persuasible dedo índice de la rubia.

Sonreía cabizbajo mientras seguían recorriendo la larga avenida de Camden Town. Nuevamente, se veía confundido ante el dialecto muggle y naturalmente, no iba a dejar sin saciar sus ansias de conocimiento. - ¿Ordenadores? ¿Por qué ibas a necesitar un objeto que te ordene cosas? ¿Recuerdas que podemos hacer magia incluso fuera de la escuela? – lo dijo como si Danny siguiese yendo a la escuela. Tampoco es que interaccionasen TANTO durante su estancia en el colegio, pero, teniendo en cuenta que Valarr Knutsen no interaccionaba absolutamente con nadie a lo largo de cada curso… La ausencia de la finesa entre los muros de Hogwarts podía considerarse absolutamente notable desde su inexistente añoranza por la enorme cantidad de gente que le rodeaba.

Al fin y tras un buen rato recorriendo el barrio de uno de los mercadillos más famosos del mundo muggle según tenía entendido llegaron al famoso templo de las hamburguesas. Miró raro a Danny, arquenado una ceja cuando esta se estampó contra la puerta mientras le sonreía con toda la emoción del mundo. Lo lógico habría sido haberse reído. Pero, claro… Lo lógico nunca entraba en el modus operandis del buscador de Slytherin. Casi resulta obvio y demasiado recurrente repetirlo.

Contempló con cierta fascinación el surtido de comida, hamburguesas y demás que tenía ante sus ojos. Tuvo que achinar los ojos hasta cierto punto para leer la letra pequeña de cada artículo que estaba expuesto en el cartelón gigante… Centrando su atención principalmente en eso que Danny Maxwell había denominado como complementos ¡Había tanto para elegir! La cola fue avanzando en lo que él se preguntaba que serían los Chicken McBites, o si las Bacon Fries tendrían tan buena pinta como aparentaban en la imagen estática expuesta en el mostrador. Imágenes estáticas. Eso era algo nuevo para él. Pero claro… ¿Por qué iban a enseñarle comida en movimiento? Puede que una deconstrucción de cada hamburguesa no estuviese de más… Mucho pedía, en el mundo muggle.

Y desde luego, mucho iba a pedir una vez llegaron al mostrador. No aguardó a que Danny estableciese conversación con el chico pelirrojo repleto de granos que les atendió si no que directamente, empezó a señalar artículos del expositor.

- Quiero un menú de esos. – señaló la McRoyal Deluxe de la que le había hablado la rubia. Si le había llevado hasta allí asegurándole que iba a probar manjares, QUE MENOS que fiarse de sus predilecciones.

- ¿Patatas normales y coca-cola? – preguntó el chico al acto, con absoluta normalidad.

En ese instante, Valarr cortocircuitó. En su cara podía apreciarse. Cortocircuitó de tal manera que ni siquiera fue capaz de preguntar qué demonios era un coca-cola, o a qué sabían las patatas gorditas. En vez de eso, se limitó a asentir y seguir señalando comida con su dedo índice. Había logrado comprobar el poder que uno podía tener con el dedo índice y es que, había tenido una buena maestra.

- También quiero eso. – señaló un paquete de nuggets. No tenía idea de qué eran nuggets, pero se veían apetitosos. – Eso.– se refirió en aquella ocasión a las bacon fries, y y y justo al lado habían otras bolitas rellenas de carne. O queso. O ambas cosas. – También tomaré eso. – Entonces reparó en el compañero del chico pelirrojo, que estaba sirviendo justo a la pareja de al lado un helado. De nata y chocolate. – TAMBIÉN TOMARÉ UN HELADO. ¿Tienen vainilla? Me gusta la vainilla.

Tuvieron que esperar más de lo que cabía esperar (valga la redundancia, je) en un restaurante de comida rápida a que les sirviesen todo su pedido. Fue en busca de una mesa vacía mientras Danny Maxwell esperaba a que les sirviesen el repertorio de comida que había pedido él. Cuando apareció, con una bandeja bamboleante en la que por suerte no se habían derramado las bebidas, apenas esperó para empezar a zampar. Y entonces... Un millar de sensaciones empezaron a danzar por su paladar. Si fuese muggle, en aquél momento seguro que estaba escuchando alguna clase de sinfonía clásica mientras degustaba tales manjares por primera vez.

Devoró con rapidez su McMenú y sus complementos. Frunció los labios, mirando primero a la ex-hufflepuff, luego a su comida, y de nuevo a los ojos de Danielle.

- Oye, ¿crees que vayas a terminarte eso?- preguntó, con toda la maldita confianza del mundo. Si alguien la tenía, era Danny Maxwell.

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Valarr KnutsenUniversitarios

Danielle J. Maxwell el Mar Mar 13, 2018 5:06 am

Madre mía, lo literal. La mirada que le eché a Valarr cuando relacionó a los ordenadores con un objeto que te da órdenes fue una mirada cargada no solo de sorpresa por lo estúpido, sino también de muchísima diversión, ya que no tardé ni dos segundos en soltar una carcajada. Es que esas cosas solo se le pueden ocurrir a una mente tan extraordinaria como la de él: tan ignorante y creativo a la vez. Ahora en serio, ¿quién narices puede creer de verdad que hay objetos por ahí capaces de darle órdenes a humanos? Que a ver, si nos ponemos tiquismiquis, los teléfonos móviles podían a llegar a ser un tanto de ese estilo, pero no tanto como ordenar cosas. Negué con la cabeza.

Un día en el que te apetezca descubrir algo fascinante en relación con la tecnología muggle... volvemos a quedar, ¿vale? Supongo que ya será para cuando te gradúes, pero tengo que enseñarte lo que es un ordenador para que alucines. Y no, no es un objeto que te da órdenes. Es... un arma superpoderosa con la que puedes hacer CUALQUIER COSA —resalté eso con énfasis, para dejarle con el hype. —Pero no te diré más nada, ¿eh? Algún día tendrás que quedar conmigo para que te lo enseñe y saciar tu curiosidad. —Alcé ambas cejas, con la intención de que le entrase curiosidad por lo que le había dicho y que así otro día se animase a quedar, fuese cuando fuera. Tal y cómo era nuestra relación... yo al menos esperaba que después de eso, siguiésemos con las cartas. Y... no sé, después de mis pocas expectativas, lo retiro: quedar con Valarr fue una idea genial.

La cara de Valarr frente al mostrador del McDonalds fue similar a la de un pingüino esperando con ansias a que su cuidador le tire un pescadito. O la de un patito esperando a que un niño le tire un trocito de pan. O la de un perrito admirando con la baba por fuera como su dueño se come un buen solomillo. Pues más o menos así, una mezcla de todo a excepción de la babilla, pues estaba pidiendo tantas cosas que lo difícil es que no se quedase sin aliento. Yo estaba a su lado, ya que había altas probabilidades de que el rubio volviese a romperse frente a alguna pregunta inesperada del señor del McDonalds. Cuando Valarr pareció quedar satisfecho con todo lo pedido—que madre mía, menos mal que tenía dinero de sobra—, yo pedí lo mío, aprovechándome del derroche de dinero inesperado y también pidiéndome cosas como una gorda de verdad. Pagué y... bueno, entonces vino el momento divino de verdad.

Quince minutos después

Y después del momento divino de verdad, viene el momento de arrepentimiento tal que: 'soy una foca de mierda, voy a terminar siendo una bolita y desarrollaré la capacidad de movimiento en la que rodaré para llegar a los sitios y me van a estallas las venas del colesterol que corren por ellas, por favor, matenme.'. Ese momento. ¿Lo más gracioso? Que pese al arrepentimiento, una no podía cometer la DESFACHATEZ de dejar comida del McDonalds, ¿sabes? Eso era algo que en mi lista de mandamientos se alzaba como el tercer pecado más chungo que podrías cometer. El primero era dejar que una croqueta de la abuela se cayese al suelo y no aplicases la ley de los cinco segundos. Y el segundo era elegir cualquier lugar de comida por encima del McDonalds. Pero el tercero ya sabéis cual es.

¿Lo gracioso? Valarr tuvo la osadía de preguntarme A MÍ, la gorda de Danny Maxwell, que si iba a terminarme mi segunda hamburguesa y mis últimas papas. Por no hablar que me quedaba todavía el helado, pero para el helado siempre había hueco.

Pues claro —le contesté con toda la tranquilidad del mundo, como si fuese lo más evidente. —¿Tú crees que voy a dejar tremendo manjar de los dioses a mitad? No, no, no. —Sonreí divertida, para entonces señalarle de nuevo al mostrador. —Si te has quedado con hambre puedes pedirte lo que quieras, ¿eh? Yo te lo pago. Aunque yo creo que con todo lo que te has comido, vas a necesitar una grúa para levantarte de ese asiento —le dije divertida—, o mira el lado bueno, quizás si te tiras al suelo puedo llevarte rodando —continué bromeando, para entonces llevarme a la boca el último trocito de mi hamburguesa.

Todavía me quedaban algunas patatas de esas con bacon y queso, pero yo ya le estaba hincando la mano al cartucho que teníamos con los helados en el interior. Llevaba a un lado de la mesa doble, a lo lejos, un buen rato, tanto que ninguno de los dos le habíamos prestado demasiada atención. Y claro, como es evidente, estaba demasiado enfocada—como buena cerdi—comiéndome la cosas, que no me fijé en si algo entraba o salía de mi cartucho de helados. Así que cuando lo tuve delante de mí y lo abrí—y estaba entreabierto—, por casi no me da un infarto cuando algo PELUDO se movió en el interior.

¡¡AHH!! —Grito agudo y repentino, mientras tiraba el cartucho hacia Valarr inconscientemente. Quizás eso era un bicho asesino y yo se lo tiré en la cara a mi amigo, pero fue el auto-reflejo, ¿vale? —¡Hay algo ahí dentro, me cago en...! —Me levanté rápido de la mesa y empecé a zarandearme, pues tenía la sensación de que esa cosa rara me había tocado. Y claro, lo único que a mí se me ocurría que podía ser era una rata asquerosa que quería moderme y contagiarme la rabia. —¿Qué es? ¡Ten cuidado, que puede morder!

Esto era denunciable, ¿verdad? En realidad estábamos en las mesas de la calle y habíamos desatendido nuestras bolsas que pedimos para llevar. Por suerte apenas había nadie a nuestro alrededor, por lo que nadie se dio cuenta ni de mi grito ni de que había un ser peludo dentro de mi bolsa del McDonalds.
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