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Show me that || Gwendoline.

Abigail T. McDowell el Lun Feb 12, 2018 11:19 pm


Londres, 12 de febrero del 2017 || Ministerio de Magia, departamento de accidentes mágicos || 10:32 am

Señorita McDowell —dijo Bryne, su asistente. No era una persona que agradase en demasía a la pelirroja, ya que desde siempre exigió en ese puesto tanta o más profesionalidad como la que tenía ella antes de ser Ministra de Magia y, por el año que llevaba de experiencia en el cargo, parecía que nadie iba a estar nunca a su altura. —¿Ha llegado información del Caso Picadilly? Debería haber llegado ayer, pero sigo sin tener nada en mi mesa. Es probable que el departamento de accidentes mágicos haya tenido problemas o a la hora de solucionarlo, o a la hora de administrarlo... —Él mismo hizo una pausa, mientras Abigail le miraba con rostro inmutable desde su mesa. —Seguramente se habrá traspapelado el informe de resolución, ¿quiere que vaya a comprobarlo?

Bryne, el tipo moreno de pelo rizado, era de esas personas capaces de hacer sólo una cosa a la vez, de ahí que fuese una persona considerablemente lenta en las tareas que se le mandaban. Aún esperaba impaciente ese contacto de Estados Unidos que se suponía que ejercería de manera impoluta ese cargo que tanto le hacía falta a su lado si no quería terminar estresada al final de todos los días.

No —respondió, levantándose de la mesa, cerrando un expediente. —Sigue con lo que estabas haciendo, que eso debe de salir hoy como muy tarde. Ya me encargo yo de esto.

Salió por la puerta de su despacho, haciendo que su propio ayudante saliese primero para poder cerrar la puerta  tras de ella. Él caminó hacia su mesa por delante y ella siguió de largo. Vestía tacón alto, además de un elegante traje de pantalón ancho y americana de color negro, por lo que su paso por los pasillos del Ministerio resonaba por el eco de sus zapatos. Era el pan de cada día que cada uno de los trabajadores con los que se encontraban le diesen los buenos días, además de que lo más valientes solían incluso preguntar que cómo estaba... Ella se limitaba a sonreír y obviar la pregunta. Muy pocas personas allí dentro solían tener ventaja frente a la actitud de Abigail, menos aún ahora que ella estaba por encima de todos.

No solía encargarse de estas tareas, pero su mentor siempre le decía lo mismo: "Si quieres que algo se haga bien, hazlo tú misma" y estaba claro que Bryne era todo lo contrario a que algo se hiciera con eficiencia. Además, era un tema que urgía y prefería cerrar cuánto antes el tema; y qué mejor que ser ella quién fuese en persona a preguntar por ello.

Y ahora, más que nunca, el departamento de accidentes mágicos estaba cargado de trabajo. Antes los mortífagos poseían cierta predisposición a romper algunas cosas, matar otras tantas y estallar otras pocas, ¿pero ahora? Ahora los mortífagos eran los que perseguían y eso era todavía más caótico todo lo que hacían, pues no había filtro ninguno: tenían las de ganar. Entre eso y que los fugitivos se escondían en su mayoría en paradero no-mágico para protegerse de la magia, los desastres frente a muggles eran cada vez más continuos. El famoso Caso Picadilly había sido todo un despropósito: un persecución en mitad de la noche en Picadilly Circus, básicamente en el centro de Londres. Edificios destrozados y muchos muggles a los que desmemorizar, además de tener que influir en la prensa muggle para que las noticias con respecto a eso sean del agrado del Ministerio Mágico. Y, obviamente, del agrado de Abigail. Todavía no estaba en los planes demostrar de esa manera a los muggles su existencia.

Por suerte, tres de los cuatros fugitivos que perseguían las autoridades mágicas habían sido retenidos y mañana se presentarían a juicio para ver su sentencia. Aunque todo el mundo ya sabía cual iba a ser la sentencia de tres fugitivos en contra de la ley.

Llegó al departamento de accidentes y catástrofes mágicas y, obviamente, no se complicó la vida. Se acercó al primer empleado, el cual se puso firme y nervioso al ver que Abigail le dirigía personalmente la palabra.

¿Quién está al cargo del Caso Picadilly? —preguntó directamente.

Gwendoline Edevane —dijo con cierto temor, posiblemente temiendo por lo que le podría caer encima. Nunca ha sido de muy buen augurio que la Ministra de Magia atienda ese tipo de cosas en persona. —Se sienta allí, en la mesa del fondo.

La pelirroja asintió sin decir mucho más y continuó su camino hasta la mesa del fondo, la cual en ese momento estaba vacía. Frunció el ceño y miró a ambos lados, por si había alguna mujer fuera de su puesto de trabajo que pudiera ser la tal Edevane, pero no vio nada. Sólo vio como un tipo de la mesa contigua se encogía de hombros. Se apoyó en la mesa, elevando la mano lo suficiente para que la manga de la americana se hiciese hacia atrás y poder mirar la hora en su reloj de muñeca.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Gwendoline Edevane el Mar Feb 13, 2018 3:35 pm

Febrero.
Algunos lo llaman el mes del amor. Otros lo llaman... bueno, febrero, segundo mes del año. Nada especial. Otros lo recuerdan por los ansiados carnavales, una festividad en la que este año, de alguna manera, yo había logrado empaparme. Seguro que el hecho de que Sam hubiese regresado a mi vida había tenido algo que ver, y me había dado el impulso necesario para hacer algo divertido, para variar.
Pero no nos desviemos del tema. Febrero. Había muchas formas de llamar a ese mes, sí. Pero, en concreto, febrero de 2018 estaba siendo, en pocas palabras, una locura.
La mañana del día 12 llevaba precisamente esa idea en la cabeza. Recientemente, mi departamento había dado con lo que ya se denominaba "Caso Picadilly", ¿y os imagináis a quién le tocó hacerse cargo de ello?
Efectivamente, a Gwendoline Edevane, empleada servicial, profesional hasta la médula... La idiota de las horas extra.
El caso había sido lo que llevaba siendo febrero en sus doce primeros días de vida: una locura. Una persecución masiva por las calles de Picadilly Circus, destrozos a mansalva, magia por aquí y magia por allá, tres fugitivos muertos y uno fugado. El Ministerio tuvo que tomar cartas en el asunto de inmediato.
Esa mañana, llegué a mi hora habitual y me puse a elaborar el informe. Sabía que debía estar antes, pero el asunto se había complicado mucho. Sin apenas decir buenos días a nadie, me senté en mi escritorio y me puse a redactar el informe. Apenas había dormido la noche anterior, y tras cerca de una hora y cuarto sentada en aquella silla, decidí que necesitaba algo para el dolor de cabeza.
Me excusé con mis compañeros, mas ninguno de ellos pareció prestarme atención. Insisto: febrero, el mes de la locura. Todos estaban ocupados haciendo algo. Salí del despacho y, además de aprovisionarme con una poción milagrosa para el dolor de cabeza de la enfermería, también hice acopio de una botella de agua.
Regresé al despacho, y mientras abría la puerta, estaba bebiendo un poco de agua. Casi se me sale por la nariz al ver quién estaba esperando delante de mi escritorio.

¡Eh, Edevane! —Me dijo en voz baja uno de mis compañeros, que para mi gusto parecía un poco pálido y sudoroso. No hacía calor, y no parecía enfermo cuando llegó.—La Ministra quiere hablar contigo.

Tragué saliva, y sentí cómo se me aceleraba el corazón. Habían pasado nueve días desde el incidente en Hogsmeade. Temía que el motivo del interés de la Ministra McDowell por mí se debiese precisamente a ese incidente.
Además, vamos a ser sinceros: esa mujer era quién aparecía en mi mente cuando recordaba los juicios, que inevitablemente habían llevado a mi madre a Azkaban. ¿Simpatía por ella? No demasiada.
Una vez más, hice el esfuerzo consciente de recordarme una sencilla cosa: esa mujer era un ser humano, y mi superior, y cómo tal debía tratarla. Así que desoí a mi desbocado corazón y compuse una expresión neutra, antes de acercarme a ella.

—Buenos días, señorita Ministra. Soy Gwendoline Edevane.—Dije con suavidad una vez me acerqué a ella, componiendo una leve sonrisa en mi rostro y ofreciéndole mi mano.—Disculpe mi ausencia.—Pensé en ofrecerle una explicación a dicha ausencia, pero decidí que no. Quería ser educada, no hacerle la pelota.—¿Quería hablar commigo?

Me quedé de pie dónde estaba. No me pasó por alto su aspecto, elegante pero discreto. En comparación, mi atuendo de repente parecía demasiado informal. Ni siquiera había tenido tiempo de ponerme la túnica de trabajo, pero tampoco creo que importase: si se había molestado por mi ausencia en mi puesto de trabajo, daría igual cómo fuese vestida.
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Abigail T. McDowell el Miér Feb 14, 2018 1:21 pm

La pelirroja podía ser muchas cosas, pero el trabajo se lo tomaba verdaderamente en serio. No iba a ser tan hipócrita de enfadarse porque un empleado no estuviese en su puesto de trabajo justo en el momento en el que ella lo requiere. Todo el mundo tiene derecho a tomarse un descanso o ir al maldito baño. Eso sí, tenía poca paciencia con esas cosas y no se iba a quedar esperando infinitamente mientras cualquiera se toma el desayuno, por lo que esperaría unos pocos minutos y luego se iría, dejándole una citación en su despacho. Por suerte, apenas pasaron dos minutos y la chica apareció en el departamento, con una botella de agua en la mano que bien reflejaba lo que sea que hubiese ido a hacer, que en realidad no le importaba lo más mínimo.

Se presentó una vez llegó a ella y se separó de su mesa, dejando de estar apoyada. Abigail tenía muy claro que todo el mundo en el Ministerio era consciente de quién era ella, pero las formalidades y la educación era algo que igualmente siempre había tenido muy presente, fuese becaria, fuese Asistente del Ministro o fuese la mismísima Ministra de Magia. Fuera del Ministerio puede llegar a ser terriblemente diferente, pero no cuando se trata de trabajo.

Abigail McDowell —respondió, aceptando su mano en un saludo profesional.

Dio un paso hacia atrás para darle espacio por si quería acceder a su mesa, para entonces meter una de sus manos en el interior del bolsillo de su pantalón y posar la mirada en la de ella.

Sí, por el Caso Picadilly, me han dicho que estás a cargo de él.

Pese a lo que todo el mundo hubiera pensado en un principio: no, Abigail no estaba allí para echar la bronca por un mal asesoramiento del caso ni mucho menos por tardar en resolverlo. Ella era estricta, le gustaba que las cosas se hiciera bien, pero también era consciente de las dificultades de lo que se presentaba. Antes de volcarse en la rama política, la pelirroja estuvo como becaria precisamente en el departamento de desmemorizadores, por lo que era bien consciente de lo complicado que era de limpiar el rastro de magia, más todavía cuando se trataba de un desastre tan grande como el que había pasado recientemente en medio de Londres.

Si estaba allí era para ver qué habían conseguido y cuáles eran los problemas. Ser Ministra de Magia era más que simplemente calcular tiempos y quejarse a los que no los cumpliesen; era encontrar soluciones efectivas a los problemas que se presentasen, en cualquier ámbito. Y seguramente por eso terminaba tan estresada al final del día.

Debería de haber llegado ayer a mi mesa un informe sobre ello, pero no lo ha hecho. Me hubiera gustado pensar que simplemente se ha traspapelado y todo está bien, pero sé lo caótico que es este departamento y que sacar las cosas a tiempos a veces es imposible, básicamente porque es raro que un caso no se presente con dificultades inesperadas, sobre todo cuando el caso a estudiar es tan... complicado. —Observó, con un tono bastante serio y directo. —Y como es evidente me interesa saber que todo está en orden o al menos lo estará a corto plazo, ya que de no estarlo podría ser un gran problema. ¿El tema de la prensa mágica está totalmente controlado? ¿Ningún medio ha hablado o hablará sobre el incidente? —Porque ahora mismo la prensa era lo peor, eso y los malditos vídeos hechos por móviles sobre sucesos mágicos, pero al menos esas cosas solían tener menos credibilidad. Lo de la prensa, sin embargo, se lo cree todo el mundo, pongas lo que pongas. Eso sí, el Ministerio de Magia debe de ser el máximo enemigo de los Smartphone ahora mismo, destrozándolos a diestro y siniestro cada vez que ven a algún muggle apuntando hacia ellos. —Supongo que la parte de terreno y el arreglo de la escena habrá sido lo primero que habéis hecho, ¿pero y los muggles involucrados? ¿Han sido todos desmemorizados o todavía hay alguno extraviado? Porque entre la cantidad de personas que viven por allí y los transeúntes afortunados... —Lo dejó en el aire, dándole la oportunidad de hablar.

Luego simplemente esperó. Claro que tenía más preguntas, pero se limitó a preguntar por los tres pilares que ella consideraba más importantes: la zona de los destrozos arreglada, los muggles involucrados y cualquier tipo de información que pudiera caer en manos de la prensa y pudiera relacionar la desgracia con 'sucesos extraños y mágicos'.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Gwendoline Edevane el Miér Feb 14, 2018 7:36 pm

No sé qué esperaba que ocurriese, sinceramente. No había tratado lo suficiente con ella cómo para imaginarme cómo podría desarrollarse aquel encuentro. ¿Le tenía miedo? Desde luego. Sería estúpido no tenerle miedo, pues su reputación la precedía. ¿Estaba preocupada por el motivo de su visita? Desde luego.
Sin embargo, había un detalle que había pasado por alto, al menos en principio: estaba sola. De haber acudido a mí con motivo de mi primera misión para la Orden del Fénix, con pruebas de mi implicación en el suceso, habría venido al menos con un par de Aurores. Y solo estaba ella. Así que era bastante acertado pensar que aquel no era el motivo de su visita.
Cuando me estrechó la mano, todo asomo de duda quedó despejado; la mención del Caso Picadilly fue una mera confirmación.
Asentí con la cabeza.

—En efecto.—Le respondí, y esperé a que me hiciese las preguntas pertinentes al respecto. Algo que aprendías trabajando bajo el radar de los mortífagos era a no hablar fuera de tiempo.

Caminé hacia mi mesa con intención de echarle mano a mi informe a medio redactar. Antes de ponerme a leerlo, me volví hacia mi compañero, que poco a poco recuperaba un poco su color natural.

—Salleens.—Le nombré por su apellido, y él volvió la mirada en mi dirección.—¿Serías tan amable de traerle una silla a la Ministra, por favor?—Mi compañero asintió, y yo desvié mi atención en dirección a la Ministra.

La mujer empezó a hablar con toda tranquilidad. Muchas cosas, pero sin perder la calma. Y juro que estaba más sorprendida por esto que por cualquier cosa en toda mi vida. Parecía tan profesional, tan... "humana"... Escuchándola hablar resultaba fácil olvidarse de que ostentaba el cargo únicamente porque su señor, Lord Voldemort, había dado un golpe de estado, y ella le había quitado la vida a la Ministra Milkovich.
No la interrumpí en ningún momento. Preferí dejarla hablar hasta el final, tomando nota mental de todo lo que decía. Me constó bastante esfuerzo mantenerle la mirada, pero lo conseguí a pesar de todo. El infalible truco de mirar a las cejas en lugar de a los ojos me ayudó bastante, no lo voy a negar.
Salleens, a quién le llevó un tiempo horriblemente largo encontrar una silla para la Ministra, llegó con ella, pero tampoco la interrumpió. No fue hasta que hubo silencio de nuevo que le acercó su asiento, casi cómo si se estuviese acercando a una bomba a punto de estallar. Yo no conocía demasiado a esa mujer, pero algo me decía que en esta situación, en este momento, no hacía falta semejante precaución. Dudaba que McDowell fuese a morderle por traerle una silla.
Me aclaré la voz antes empezar a hablar.

—El informe, en efecto, no está terminado.—Empecé a decir. No hubo nudo alguno en mi garganta, pues a diferencia de otras veces en que había tenido que falsear algunos informes, en este caso no había sido necesario: los causantes eran miembros del bando de la Ministra, y antes me moriría que hacerles algún tipo de favor. El informe que estaba redactando era cien por cien legítimo, nada adornado.—Estaba trabajando en él hasta escasos minutos antes de que usted llegase, y mi intención es que esté listo como muy tarde a las 11:30.—Y lo estaría. Cuando yo me proponía hacer algo que no fuese imposible, lo hacía. La profesionalidad era algo que respetaba.—Ha sido un trabajo bastante laborioso, sí, y ha requerido de la colaboración de varios miembros del Departamento de Accidentes y Catástrofes, así cómo del Departamento de Seguridad. Sus nombres figuran en el informe.—No necesité repasar el informe; yo misma lo había elaborado, y literalmente no había pensado en otra maldita cosa durante la noche anterior.—La prensa mágica acudió al lugar del suceso casi inmediatamente. El señor Gaynes, del Comité de Disculpas Muggles, se encargó de hablar con los reporteros. Dada la gravedad del incidente, el señor Gaynes estimó oportuno presentarlo cómo un suceso aislado, sin relación con el Ministerio de Magia.—Y con razón: nadie en su sano juicio querría que le relacionasen con semejante locura.—Respecto a los medios de comunicación muggles, se personaron en el lugar del suceso reporteros del diario The Sun y de la cadena de televisión BBC News. El señor Gaynes habló con ellos también, ofreciendo la versión de que se había tratado de una explosión de gas. La mayor parte de los daños se localizó en Regent Street. El tejado de uno de los edificios presentaba un enorme agujero que, según el Departamento de Seguridad Mágica, pudo ser causado por la misma explosión que acabó con la vida de Agnes Rue, de veintidós años, fugitiva acusada de posesión ilegal de varita, robo de magia y asesinato múltiple.—Hice una pequeña pausa, y me esforcé por no pensar en la pobre Agnes Rue, cuyo cuerpo... bueno, mejor no hablar del aspecto que presentaba cuando lo encontramos.—Se desmemorizó a una docena de testigos presenciales y se incautaron todos los aparatos tecnológicos capaces de tomar imágenes que llevaban encima. Ambos departamentos, Accidentes y Catástrofes, y Seguridad, están trabajando actualmente para averiguar si todavía quedan muggles a los que desmemorizar. Las posibilidades son bajas debido a la hora en que tuvo lugar el suceso, y la mayor preocupación del Departamento de Seguridad son las imágenes que hayan podido captar con sus smartphones o cámaras de vídeo.—Y ni siquiera eso sería un problema demasiado grande: vivíamos en la era de la incredulidad. Si imágenes comprometidas sobre el mundo mágico salían a la luz, una docena de esos llamados "YouTubers" aficionados a desmontar mitos modernos saldrían a tachar de patraña estas imágenes.

De hecho, había que dejar las cosas claras: algunos de esos "YouTubers" eran, de hecho, empleados del Ministerio de Magia, dedicándose en cuerpo y alma a cuestionar la veracidad de cualquier imagen que apareciese en Internet y supusiese una amenaza para el mundo mágico.
Me tomé un respiro. Había hablado tanto o más que ella. No tenía costumbre de hacerlo, pero me gustaba ser meticulosa. Todos estos datos figurarían en el informe que recibiría esa misma mañana en su mesa. Pero, imagino que cómo todo el mundo en su trabajo, quería quedarse tranquila.
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Abigail T. McDowell el Vie Feb 16, 2018 1:01 pm

Tras terminar de hablar, se sentó en la silla que le había facilitado el tal Salleens, sin prestar menor interés al mismo. Se cruzó de piernas y obviamente prestó atención a Gwendoline cuando ésta empezó a hablar. Le gustó que hablase clara y directa; sin rodeos, diciendo solamente lo que Abigail quería escuchar y no parafernalia innecesaria que aburría a la pelirroja. De verdad que no soportaba los pelotas, ni mucho menos a aquellas personas que intentan dárselas de más de lo que son cuando hablan directamente con la Ministra. Era molesto y le daba la sensación de que estaba perdiendo el tiempo con alguien que sólo intenta sorprenderla, cuando está claro que eso es imposible. No estaba de más un poco de profesionalidad entre los empleados y que dejasen de intentar impresionar a nadie; simplemente hacer su trabajo.

El señor Gaynes le caía fatal, pero se limitó a asentir y a evitar poner una mueca de desagrado cuando lo mencionó. Era el mayor lameculos que jamás había conocido, motivo principal de su desagrado. El segundo motivo es que en todos los eventos sociales a gran escala solía intentar acercarse de más a la Ministra, provocando solo desagrado y asco por parte de ella. Ni le seguía el rollo estando en una relación, ni lo haría jamás estando soltera.

¿Y qué dijo al respecto para desentendernos del asunto? Porque con la muerte de una fugitiva y tres detenidos fugitivos... la cosa se inclina bastante a favor del Ministerio —preguntó por mera curiosidad. Suponía que estaría en el documento que le entregaría en un rato, todo detallado, pero puesto que estaban manteniendo una conversación y la chica se veía tan entendida, decidió aprovechar.

La parte de la prensa muggle sí le convencía bastante más, aunque también era muchísimo más fácil de tapar. La prensa solía hacer acopio de cualquier tontería que le dijeras que resultase tener un poco de lógica, ya que ellos no podían llegar a entender nada con las pruebas que los magos les dejaban y era infinitamente más fácil optar por lo primero que le llegaba como información fiable. A fin de cuentas, los medios muggles viven de eso: de ser los primeros en contar la noticia y en cómo contarla, sea mentira o no, ¿eso a quién le importa?

Cuando llegó el momento de mencionar a Agnes Rue, la cara de Abigail continuó impasible. Ni gusto, ni desagrado, ni tristeza, ni pesar. Esa chica, fuera quién fuese, le daba tan igual que no significaba nada su muerte. De hecho, en su interior sentía incluso cierta satisfacción sólo por pensar que esa persona fue una de las partícipes activas de lo que le pasó en el mundial de quidditch. Desde entonces, la pelirroja había adoptado una actitud mucho más férrea y agresiva contra los fugitivos, pues obviamente quería venganza. Era la primera vez en su vida que de verdad se había enfrentado a la muerte y había tenido que pasar semanas en San Mungo. No, no iba a sentir pena por un fugitivo.

Es una zona concurrida Regent Street y tremendamente residencial, ¿habéis tenido en cuenta todas las casas del perímetro? Desconocemos cómo pasaron los hechos esa noche, a menos a ciencia cierta, porque las dos sabemos que los implicados dicen lo que les conviene decir... —porque algunos dirán lo que sea para minimizar daños y con ello consecuencias. —Y por lo que a mí respecta, un duelo mágico puede llegar a producir desde explosiones en el suelo, hasta en el aire, pasando por cualquier otro tipo de llamada de atención ante muggles. No sería la primera vez que el verdadero foco de preocupación reside en una casa que aparentemente nada tiene que ocultar. —Hizo una pausa, colocando sus manos sobre su pierna cruzada. —En base a mi experiencia, un golpe de ese tamaño... trae más consecuencias que doce muggles. Deberías hablar con la Sede de Desmemorizadores, para asegurarnos de que todo está bajo control, cubriendo toda esa calle y la contigua.

Por cómo lo decía sonaba autoritaria, seria y daba la sensación de que estaba imponiendo su decisión. Y bueno, probablemente por ser la Ministra de Magia, esa fuera la sensación que le diera a todo el mundo. Sin embargo, Abigail echaba de menos ese trabajo, no porque fuese "mejor", que no lo era, sino simplemente porque era diferente: menos administrativo y más de campo. Al fin y al cabo, su primera carrera fue la Academia de Desmemorizadores, pese a que luego se metiese en política.
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Gwendoline Edevane el Vie Feb 16, 2018 8:24 pm

No me senté en mi propia silla hasta que la Ministra estuvo sentada en la suya. No fue por otro motivo que educación, ni más ni menos, pues siempre me había parecido de mal gusto sentarme mientras otra persona permanecía de pie.
Debo señalar que agradecí bastante su forma de comportarse. Y si bien su reputación la precedía, de repente encontré terriblemente injusto el comportamiento de algunos hacia ella. Es decir, ¿me había mordido? ¿Había levantado siquiera la voz en algún momento? No. Sí, era sierva de confianza de Lord Voldemort. Sí, había asesinado a Milkovich y a saber cuantos más. Y sí, había encerrado a muchos inocentes por no ser cómo ella.
Pero... ¿había entrado lanzando chispas por los ojos y reduciendo a cenizas al primero que pilló por banda? No. Así que podía entender que, si no compartías sus ideales, te disgustase cómo persona. Pero no ese miedo irracional que parecía adueñarse de cualquiera a su paso.
Me dejó terminar de hablar, y puedo asegurar que no vi en ningún momento nada en su expresión facial que me indicase que estaba enfadada o insatisfecha con las respuestas. Sin embargo, hubo partes que quiso aclarar, y partes que no le gustaron.

—El señor Gaynes optó por decir que se trataba de una cacería de fugitivos ajena al Ministerio. Entusiastas con deseos de unirse a las filas del Señor Tenebroso.—Escogí con cuidado esas dos palabras, "Señor Tenebroso", pues estaba bastante segura de que algunos considerarían el referirse a él por su nombre, o su seudónimo, aún cuando este fuese precedido de "Lord", un insulto hacia su señor.—El señor Gaynes matizó en todo momento que no se trataba de algo necesariamente malo, que siempre es bueno conseguir nuevos aliados. Simplemente, señaló que el Ministerio de Magia jamás autorizaría algo tan irresponsable.—Maticé, revisando un segundo esa parte del informe.—¡Ah, sí! El señor Gaynes ha sugerido que el Ministerio de Magia pase una nota de prensa al diario El Profeta cuando se dictamine la sanción que recibirán los implicados.—Esta parte no era mi favorita. De hecho, nada relacionado con Gaynes era plato de mi gusto. No solo había señalado en su parte del informe que los adeptos a Lord Voldemort cometían ese tipo de locuras para impresionar a su señor, si no que además se atrevía a decirle indirectamente a la Ministra cómo hacer su trabajo.

Llegamos entonces a la parte peliaguda. La parte en la que había tomado mayor parte yo: decidir qué muggles debían ser desmemorizados que qué muggles no disponían de información relevante. Generalmente, yo hacía un proceso de criba para evitar modificar en exceso los recuerdos de... bueno, de cualquiera. Era fácil que a los desmemorizadores se les fuese un poco la mano y se cargasen cosas importantes de la cabeza de los implicados.
Según mi evaluación, solo doce habían sido testigos directos de los sucesos. Otros no sabían ni siquiera qué habían visto, si es que habían visto algo.

—Una docena fueron desmemorizados, sí.—Confirmé. Retractarse de algo que has dicho en tu puesto de trabajo es siempre una mala señal: denota debilidad, un cierto miedo hacia tus superiores. Así que, hagas lo que hagas, defiende siempre tu posición. Si a tu jefe no le gusta... haz lo que te diga sin rechistar.—Esta docena de muggles, cuyos nombres y direcciones tengo aquí—le alcancé a la ministra una hoja de mis propias notas, tomadas en el lugar de los hechos—presenciaron directamente el suceso. Estos otros...—le alcancé otra hoja de mis notas, que contenía muchos más nombres—...son todos los residentes del vecindario y la zona colindante. O bien por encontrarse durmiendo, o bien por haber escuchado simplemente el sonido de la explosión, no llegaron a presenciar nada. Los hechos tuvieron lugar principalmente en interiores.—Hice una pausa para aclararme la garganta y tomar un sorbo de agua.—Una nota del cuerpo de Aurores sugiere que los fugitivos "buscaron la protección de los edificios, lo cual llevó a sus perseguidores a provocar la explosión". Mire.—Le alcancé en esta ocasión un mapa animado de la zona. En él, el cuerpo de Aurores había trazado el recorrido que habían realizado los dos grupos. Se veía un pequeño marcador que representaba al grupo de fugitivos y otro marcador que representaba el grupo de puristas. Se movían por el mapa formando una línea irregular que atravesaba los edificios. El recorrido era un bucle que se repetía una y otra vez, sin cesar.—En relación a esta información, el departamento decidió desmemorizar a esa docena de muggles. Pero, si usted lo considera oportuno, yo misma puedo personarme en la zona, hablar con posibles testigos, y asegurarme de que nadie sepa nada que no debe.—De hecho, el Departamento de Seguridad Mágica estaba haciendo eso mismo en estos momentos, pero seguramente se limitarían a identificar a los muggles "problemáticos", traerme una lista con ellos, y dejarme el trabajo sucio a mí.

Guardé entonces silencio y esperé a que la Ministra me plantease más dudas. Seguía pensando que, para lo que me había imaginado que sería un encuentro con ella, todo estaba yendo bien. No parecía que fuese a caerme mucho más allá de un rapapolvo. Porque, tenía que reconocerlo: a veces, casi siempre, tomaba decisiones en base a la política de Milkovich y sus predecesores.
Y la Ministra, seguramente, no estaría tan preocupada por los posibles efectos secundarios de un borrado de memoria irresponsable en un cerebro muggle. Ese había sido mi error en todo el asunto: pensar con ideas que no correspondían a los tiempos que corrían.
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Abigail T. McDowell el Mar Feb 20, 2018 2:57 pm

Entusiastas con deseos de unirse a las filas del Señor Tenebroso... Ella sabía muy bien que ese tipo lo único que quería era conseguir la aprobación de Lord Voldemort, no sólo venerando su ideología y gobierno, sino también aludiendo al hecho de que su nueva forma de dictaminar había hecho que muchos magos cambiasen el chip de su mente, volviéndose fanáticos de una nueva ley. A veces le sorprendía la capacidad que tenían algunas personas de meter tan a dentro la lengua en el culo ajeno.

Eso sí, la Ministra no pudo evitar alzar una ceja, algo incrédula, cuando la castaña le dijo lo que había sugerido Gaynes; como si eso fuese algo novedoso que ha salido de su estúpida cabeza de chorlito. Normalmente una rueda de prensa estaba a cargo del Jefe de Departamento de Seguridad Mágica o de la misma Ministra de Magia, si no es que por alguna casual ambos han de estar presentes para asegurarse de convencer de la seguridad de todos, es por eso que no se hacía a menos que fuese estrictamente necesario. ¿Y ese imbécil pretendía decirle a ella lo que tenía que hacer? Era evidente que después de lo que ha dado que hablar el Caso Picadilly habrá una noticia en el Profeta que resuelva las dudas de todos los ciudadanos, pero no gracias a la ilusa idea especial de Gaynes.

El Profeta recibirá el mismo parte informativo que recibe siempre. Esto no será un caso especial, ni se organizará nada por ello. Bastante importancia está teniendo ya como para seguir dándole bombo al asunto de los fugitivos... —dijo finalmente, llevándose uno de sus dedos a la sien.

Al final era lo que ellos querían: crear polémica, que se notase la lucha y que había gente ahí fuera, todavía haciendo lo necesario y muriendo por un cambio. Y no. Había una criba: gente que opinaba que lo necesario y oportuno era evidenciar el castigo a los que se impusieran al gobierno, mientras que otros pensaba que lo mejor era dejar de dar bola a esos asuntos de manera tan... apoteósica. Había ya pasado un año. Había que dejarlos a un lado y empezar a enterrarlos.

La explicación que le dio a continuación era bastante convincente, pero en base a la experiencia que tenía pelirroja tanto en su cargo como en los anteriores... qué menos que asegurarse. No perdían nada, solo tiempo. Y todos cobraban por tiempo.

Hágalo, sí —respondió ante su ofrecimiento.

Le daba un poco igual que lo hiciera ella u otro, sólo quería que se hiciera. Aunque a decir verdad, ella parecía tener mucha más cabeza que muchos de los trabajadores de ese departamento. Al menos no balbucea ni tartamudea cuando está intentando explicar algo, lo cual era un punto muy grande a su favor.

Búsquese a un equipo competente con el que ser lo más eficiente posible para terminar lo más pronto que puedan, ya que han pasado dos días y la gente espera noticias y respuestas. Y hay que dárselas, a ser posible con la mayor veracidad de los hechos y sin dejar nada en el tintero —exhortó, para entonces hacerse hacia adelante y mirar parte del informe que le enseñaba. Sujetó sin pedir permiso el documento en donde ponían con claridad quiénes habían sido los cazarrecompensas que habían participado en esa persecución. Se sorprendió al leer el breve resumen que se decía de ellos bajo las caras que los identificaban. —Estos tipos... ¿de dónde han salido? ¿Son aurores del Ministerio? —preguntó, incrédula. —Cada día me sorprende más la ineptitud de ese departamento. —Jamás había sido fan de la Oficina de Aurores, menos todavía cuando su madre había pertenecido toda su vida a ellos. —Ya me dirás qué clase de formación como profesionales pueden llegar a tener cuándo hacen tales destrozos en mitad de la ciudad muggle. Eso solo lo hace un chapuzas.

Suspiró, cansada, pues todo le parecía que estaba hecho por personas que hacen sólo chapuzas para uqe luego . La imagen que ella tenía de un auror era muy diferente a la que normalmente había tenido de ellos.

Supongo que tienes una mayor relación con el encargado del departamento del seguridad mágica, ¿serías tan amable de encontrarle y mandarlo a mi despacho? —Sonó bastante tranquila, pese a que se notaba que no estaba teniendo precisamente demasiada paciencia.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Gwendoline Edevane el Miér Feb 21, 2018 1:50 pm

Estaba claro que la parte de Gaynes era sin duda la peor de todo el informe. Aquel hombre era igual que mi padre: arrimándose al sol que más caliente. Si Milkovich estuviese al frente del Ministerio, Gaynes habría condenado un acto como aquel, tachando de inhumanos a los perseguidores, condenando todo tipo de violencia, para acto seguido enaltecer la labor de Milkovich como Ministra.
Tampoco tendría ningún problema, cómo había hecho ahora con McDowell, en indicarle a la difunta Milkovich cómo tenía que hacer mejor su trabajo. Y ese era un punto positivo que tenía que darle a mi padre con respecto a Gaynes: por lo menos él no se dedicaba a decirle a los demás cómo debían hacer su trabajo.
Por eso no me gustaba Gaynes. No porque su parte del informe sugiriese que el bando de Lord Voldemort estaba plagado de locos e incompetentes. Eso me daba francamente igual, pues roda publicidad negativa hacia Voldemort era beneficiosa para la Orden y demás opositores. Lo que no me gustaba era esa actitud, ese orgullo por ser tan oportunista. Algunas, al menos, habíamos tenido la decencia de callarnos y dedicarnos a nuestro trabajo, sin hacerle la pelota a nadie.
Asentí con un movimiento de cabeza cuando McDowell me dijo qué se haría respecto a la nota de prensa que recibiría El Profeta. Podría haber tomado nota de ello en el informe, ¿pero para qué? Presentarle a la Ministra un informe con cosas que ella misma había dicho era mi definición de la redundancia burocrática. Y a poca gente le gusta la redundancia burocrática.
También asentí cuando llegamos a la parte de los muggles desmemorizados. Mi explicación pareció convencerla, pues supongo que entendió la lógica tras mis acciones. Seguramente, ella también había tenido que trabajar según el baremo de la anterior Ministra.

—En cuanto el informe esté listo, reuniré a algunos empleados y nos pondremos en marcha.—Le dediqué una breve mirada a Salleens, quién según mi opinión y mi capacidad de observación llevaba ya demasiado tiempo metiendo y sacando carpetas de archivos de su estantería, y decidí que Salleens no formaría parte de mi equipo. Estaría demasiado ocupado preocupándose por saltar en llamas cómo para ser útil.

¿Acaso Salleens no era purista? Creía que lo era. Había sido el que más me había machacado las primeras semanas tras el cambio de gobierno acerca de mis ideales. Había tenido también la cortesía de preguntarme cómo me sentía acerca del encierro de mi madre, la "sangre sucia". Y lo había hecho con esa sonrisa petulante que ponía a veces, siempre que no había ningún superior a la vista.
Me permití a mí misma disfrutar la incomodidad de Salleens. No me caía bien, ni me caería bien nunca, pero había quedado claro que el dicho "perro ladrador, poco mordedor" con él se cumplía. Sigue poniéndote nervioso, Salleens... Por mi perfecto.
La Ministra examinó los documentos que le fui entregando, y por lo que pude comprobar, no estaba demasiado satisfecha con la labor de los perseguidores. Tampoco estaba satisfecha con el trabajo del cuerpo de Aurores, pero lo cierto es que la responsabilidad no era enteramente del cuerpo de Aurores.

—Dos de ellos, sí, son aurores.—Repasé brevemente los datos.—Johanne Malkin, de 23 años, y Clyde Kurtz, de 27 años. Les entrevisté con motivo de su actuación para saber qué les había llevado a actuar así. Según su versión, recibieron un chivatazo anónimo sobre un grupo de fugitivos especialmente peligroso asentado en un bar situado en Picadilly. La dirección figura en el informe. Según el chivatazo, estos fugitivos les superaban en número y estaban dispuestos a atentar contra el Ministerio.—Esta parte de la versión oficial de esos dos aurores no me parecía demasiado fidedigna, que digamos. En todo momento tuve la sensación de que se estaban excusando por su comportamiento irresponsable, pero no era mi trabajo juzgar eso.—Al verse superados en número, recurrieron a la ayuda de dos cazarrecompensas que ya habían trabajado anteriormente con el Ministerio: Henrik Krauss, de 32 años, y Thomas Grupper, de 29 años. Acudieron juntos a la dirección indicada en el chivatazo, y una vez allí intentaron solucionar la situación por las buenas. Dialogando con los fugitivos.—Durante esta parte del interrogatorio a Malkin y Kurtz casi había tenido que reírme. No me podía imaginar a ese par, y mucho menos a Krauss y Grupper, dialogando con un grupo de fugitivos. Seguramente, entraron en el local, varitas en ristre, lanzando maldiciones a diestro y siniestro, provocando la persecución.—Los fugitivos se pusieron violentos y fue entonces cuando dio comienzo la persecución.—Hice una pequeña pausa y entonces añadí.—En el bar en cuestión, Haven, no había ningún muggle. Es un establecimiento mágico ilegal que el Departamento de Seguridad Mágica lleva queriendo cerrar hace ya un tiempo. Ahora que se sabe que servía de refugio a fugitivos, el Ministerio no necesita más pruebas.—Aquello constituía una buena noticia para el Ministerio, una muy mala para la causa. Por lo que sabía, Haven era uno de esos lugares dónde personas cómo Sam podían buscar refugio en caso de ser perseguidos. Habiendo desaparecido... un lugar menos dónde mi amiga estaría segura.

No podía decidirse que tuviese mucho trato con el jefe del Departamento de Seguridad Mágica, pero sí había tratado con él en varias ocasiones. Era inevitable: nuestros departamentos tenían que trabajar en colaboración muy a menudo. Así que asentí con la cabeza.

—Por supuesto.—Seguramente le caería un buen rapapolvo. O bien se llevaba un buen rapapolvo por haber permitido aquella operación, o bien se lo llevaba por no tener ni idea de que aquella operación se realizaba. Ninguno de los dos aurores me había dicho si su jefe de departamento había autorizado la operación, o siquiera si tenía conocimiento de ella. Yo imaginaba que no: se habrían entusiasmado, deseosos de impresionar a Lord Voldemort y la Ministra... y habían causado un desastre de proporciones épicas.

La Ministra se me antojaba cansada, aunque me daba la impresión de que no estaba físicamente cansada. Como yo, que aunque estaba físicamente cansada, más lo estaba mentalmente. También a mí me ponía de los nervios una actuación tan irresponsable. Algunos pensaban que los Desmemorizadores podían hacer milagros y no pensaban en las consecuencias que tenían sus acciones.

—¿Se encuentra bien?—Me atreví a preguntarle. Ya antes la había visto llevarse los dedos a la sien, y eso podría ser un indicativo un incipiente dolor de cabeza. Como el que tenía yo al llegar.—Puedo pedir que le traigan algo... Un café, agua... Lo que quiera.—No lo dije con tono adulador ni nada por el estilo. Era una mera cortesía, amabilidad. Había recibido una buena educación por parte de mi madre, y no iba a abandonar mis buenos modales.
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Abigail T. McDowell el Jue Feb 22, 2018 9:45 pm

El problema de los Aurores es que todos se lo tenían demasiado creído. Le das una posición de seguridad y cierto prestigio dentro del Ministerio de Magia y solían pecar de prepotencia a la mínima de cambio con tal de demostrar que son los mejores, cuando lo único que demuestran es el grado de deficiencia mental que tienen, además de su poca profesionalidad. Pocas personas en ese departamento valían de verdad la pena como aurores, teniendo como verdadera vocación ayudar y ser útil, no simplemente abusar de su poder como ley mágica.

Mientras Edevane hablaba, la pelirroja se limitaba a negar con la cabeza. No negaba porque le pareciese una tontería lo que estaba diciendo, sino más bien porque le parecía una tontería lo que estaba escrito en ese informe. En serio, ni ella, persona capaz de hacer destrozos horribles por capturar a otra persona, capaz de hacer lo imposible por dar con alguien; una chica sin pudor que podía llegar a hacer verdaderas catástrofes y monstruosidades, no era tan imbécil como para dejar al Ministerio de Magia en esa situación tan comprometida. A veces pensaba que a la gente de verdad le faltaba un hervor. Si llega a ser ella quién está leyendo el informe, hubiera cogido la pluma y hubiera tachado toda esa declaración, porque tenerla en cuenta y no iba a ser exactamente lo mismo, ya que era una absoluta mentira.

Dialogando con los fugitivos... —Curvó una sonrisa irónica y alzó las cejas. Podría haber expresado el por qué de su incredulidad con palabras más reales y sinceras, la verdad, pero optó por acudir a lo que realmente concernía a la Ministra de Magia. —Después de los violentos que se han presentado no solo en el Mundial de Quidditch... sino incluso en la fiesta de Fin de Año... creo yo que dialogar no es precisamente la mejor forma de tratar con ellos. Pero bueno, habrá que darles un punto de valentía y dos de estupidez a esos Aurores con ansias de verborrea —apuntó con evidente ironía, tanta ironía que si ésta pudiese palparse, ahora mismo podría apretarse con el puño.

El resto que dijo había sido mucho más útil. Aunque no nos equivoquemos, que le haya leído la declaración de esos dos aurores había hecho que tuviese más motivos todavía para hablar no solo con el jefe de ese departamento, sino también con los dos implicados.

Encárgate de que Malkin y Kurtz estén también en la reunión con el Jefe de la Oficina de Aurores.

Y luego se sorprendió, de que una empleada le preguntase que si estaba bien. ¿Tanto se notaba el mal humor que traía consigo esa mañana? Bueno, "esa mañana", como si fuese algo especial de ese día. El caso es que era evidente que no estaba bien; llevaba ya sin estarlo mucho tiempo. Y la ineptitud de la gente no ayudaba en absoluto al estrés que tenía en el trabajo normalmente. Tener que atender este tipo se casos y encontrarse con semejante desfachatez... Tenía delito. Y no iba a permitir que personas como esas, muy implicadas en la Causa Mortífaga pero muy estúpidos para trabajar para un gobierno, estuviesen todo el rato amenazando la seguridad o la credibilidad del Ministerio de Magia. Hacía ya tiempo que Abigail había dejado de ver ambas cosas como una cosa sola: una cosa era la violencia de la Causa Mortífaga, útil para conseguir el poder y otra muy diferente era mantener un gobierno. Y para eso había que ser más sutil que simplemente lanzarse a la borda con la varita por delante. Por mucho que McDowell siguiese siendo mortífaga, ahora su auténtica prioridad era ser Ministra de Magia. Y unir ambas cosas solo llevaría a esta sociedad al derrumbe total. Voldemort había hecho bien poniéndola a ella ahí, que al menos tenía suficiente inteligencia como para poder diferenciar las cosas y no mandarlo todo a la mierda.

Pese a que era evidente que no estaba bien, Edevane no era nadie. Probablemente fuese tan recíproca la indiferencia que Abigail no iba a andarse con ningún tipo de farsa. Ya era bastante antisocial como para contar sus problemas a sus seres queridos, como para estárselos contando a alguien de quién acaba de aprenderse el nombre.

Estoy bien, es sólo un dolor de cabeza producido por la incompetencia de la gente. Suele darme bastante a menudo en estos casos. —Parecía que había sido jovial y bromista, pero en realidad sólo estaba siendo irónica. McDowell entonces se hizo con el informe, llegando a la página final tras ojear por encima que todo por lo que iba a preguntar estaba allí. Era bobería estar preguntando cuando podía mirarlo por sí misma y ahorrarse el tiempo. Eso sí, cuando llegó al apartado final, lugar en dónde normalmente se estima el coste de lo sucedido y se hace el presupuesto final, estaba sin finalizar. Iba a ser una pasta, seguro, por lo que tampoco le dio mucha importancia en ese momento, además de que era normal que todavía no estuviese, pues el caso no estaba cerrado todavía. Cerró el informe. —Cuando el presupuesto final esté claro, mándame el informe al despacho. Antes no. Ahora que he venido a informarme de que todo va bien, no corre prisa.

Iba a irse ya, pero para ser sinceros, una persona tan profesional como la chica que le estaba atendiendo debía de tener unas ideas muy contrarias a lo sucedido en el informe. Lo cual era curioso, pues muchos empleados adorarían los actos de Malkin y Kurtz solo porque han dado caza a enemigos del gobierno y del Señor Tenebroso. Sin embargo, ella parecía ser inteligente, al contrario que la mitad de los trabajadores del Ministerio. Y, aunque pareciese paradójico, las personas inteligentes pese a lo tranquilas que puedan parecer, suelen ser siempre las más peligrosas. Abigail no sospechaba nada, ojo, simplemente le resultaba curioso encontrar a alguien útil por esos lares que no fuese ella misma al verse en el espejo. Quizás, a ojos del populacho, tremendo destrozo estaba bien visto siempre y cuando fuese por una buena causa.

Dime, Edevane... —Hizo una pausa, mirándola a los ojos. —¿Tú qué opinas de todo esto del caso Picadilly? ¿Crees que han hecho bien? ¿Qué han hecho lo que debían hacer?

Se cruzó de brazos, fingidamente expectante. Se esperaba la respuesta, pero lo que a Abigail le interesaba no era lo que dijera, sino cómo lo dijera.
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Gwendoline Edevane el Sáb Feb 24, 2018 1:24 pm

Podía ver lo poco que le gustaba el informe a la Ministra, y no me sorprendía lo más mínimo: la sarta de mentiras que habían soltado los dos aurores durante nuestro encuentro había sido impresionante. No porque yo tuviese algún tipo de intuición que me permitiese saber cuando alguien mentía y cuando alguien decía la verdad, ni mucho menos. No, la cosa era mucho más sencilla: simplemente, había cosas que no podían ser verdad de tan inverosímiles que resultaban.
Pongámonos en situación: dos aurores, puristas, relativamente jóvenes, piden ayuda a un par de cazarrecompensas, también puristas, y acuden a un bar que da cobijo a fugitivos, ¿y se les ocurre decir que llegaron con intención de dialogar? ¿Que los fugitivos atacaron primero? Por supuesto. Y justo después de eso, aparecieron en el cielo un montón de cerdos volando, acompañados por ese molesto gatito de los vídeos de YouTube que va dejando tras de sí una estela de arco iris.
Lo más plausible es que llegasen al lugar muy seguros de sí mismos, entrasen varitas por delante, lanzando hechizos a diestro y siniestro, en un estúpido intento por recibir la aprobación del Ministerio y de Lord Voldemort, y quizás una palmadita en la cabeza por parte de la Ministra, como buenos perros que eran, y en el proceso habían conseguido montar un desbarajuste de proporciones épicas.
Y luego, que lo limpie el Departamento de Accidentes y Catástrofes, por supuesto.

—Es cierto.—Convine con un asentimiento de cabeza a lo que dijo la Ministra.—Cómo mínimo, pusieron en peligro sus propias vidas. Es una suerte que hayan salido ilesos.—Dije con una franqueza muy simple. No me iba a poner a señalar todos los defectos de esos aurores, ni mucho menos. Después de todo, jamás había sido persona de echar tierra sobre el trabajo ajeno, y no iba a empezar ahora. A mí me pegaba más, en cualquiera de mis facetas, ser la persona que se preocupa por la integridad de los demás. En base a eso había construido mi fachada dentro del Ministerio.—Se lo comunicaré a ambos cuando informe al jefe de departamento.—Asentí nuevamente ante la petición de la Ministra.

La conversación siguió, y en un momento dado, supongo que por mi propia vulnerabilidad humana, ese algo que era incapaz de hacer desaparecer y que me llevaba a preocuparme por los demás, me llevó a preguntarle a la Ministra si se encontraba bien.
De todos los escenarios posibles que había planteado en mi cabeza sobre cómo iría un hipotético encuentro con ella, el preocuparme por su estado de salud o de ánimo no entraba ni en los diez primeros... ni en los veinte primeros. Me recordaba a mí misma en cada momento que esa mujer había metido a mi madre en Azkaban, que había convertido a mis amigas en fugitivas, y que había asesinado a la Ministra Milkovich, hacia la cual yo sentía un gran respeto.
Pero no podía evitarlo... Era un ser humano, al fin y al cabo. Y mi superior.
Tampoco esperaba que entrase en detalles conmigo. No parecía el tipo de persona que hiciese algo así con una empleada a la que acababa de conocer. Optó por una respuesta sarcástica, y a fin de intentar mantener mi fachada de empleada leal, la acompañé con lo que pretendí que fuese una sonrisa divertida. No hice comentario alguno acerca de la incompetencia del cuerpo de aurores. De nuevo: yo no echaba tierra sobre el trabajo ajeno y no me atrevía a juzgar un trabajo en el que jamás había participado.
La Ministra revisó entonces el informe incompleto. Solo faltaba la parte peliaguda, la estimación de gastos. Estaba segura que habría algún tipo de penalización salarial para los implicados en el altercado, pero incluso con eso, el Ministerio iba a tener que aflojarse el bolsillo.
Otra virtud de McDowell: no escatimaba en gastos a la hora de controlar estas situaciones.

—Por supuesto. Todavía no me he puesto a hacer cálculos, pero ya puedo decirle que va a salir bastante caro.—Comenté con resignación. Nunca salía barato montar una escena como la que se había montado hacía dos noches.

La reunión parecía a punto de llegar a su fin, y sinceramente, me sentía aliviada. No era lo mismo mantener una fachada indiferente y neutral delante de mis compañeros de trabajo que delante de la Ministra. Cuanto más lejos tuviese a McDowell, más tanquilos serían mis días en el Ministerio.
Sin embargo, creo que canté victoria demasiado pronto. La pregunta que me llegó por parte de ella me pilló totalmente por sorpresa. Un asomo de esta sorpresa fue visible en mi expresión facial. Tampoco pasaba nada: podía sorprenderme, perfectamente, de que la Ministra me pidiese mi opinión en un asunto cómo ese.
El silencio aquí no era una opción válida. Tenía que decir algo. Y debía adoptar el papel de una empleada modélica y preocupada por su trabajo.

—¿Si han hecho lo que debían? Desde luego.—Empecé. Esa era la respuesta adecuada.—El problema no es lo que hayan hecho, si no el cómo. Como ya dije antes, lo primero que hicieron fue poner en peligro sus propias vidas, y por extensión la de los señores Krauss y Grupper. Tienen suerte de haber salido ilesos.—Hice una pequeña pausa, llevándome la mano a la frente. Me la froté cómo si, en efecto, me hubiese vuelto el dolor de cabeza, antes de proseguir.—Y eso sin mencionar todo el escándalo que se ha formado. El mundo mágico podría haber quedado expuesto. ¡Pero claro, ya tenemos al Departamento de Accidentes y Catástrofes para que limpien el entuerto! ¡No pasa nada!—No perdí el control de mí misma, ni mucho menos; aquello fue una actuación. Me sentía verdaderamente molesta con la actitud de los dos aurores y los cazarrecompensas, pero no lo suficiente cómo para perder el temple.—Disculpe, eso ha estado fuera de lugar.—Añadí, antes de proseguir.—A lo que me refería es a que compendo la necesidad de actuar así, la necesidad de evitar que los fugitivos huyan de la justicia. Sin embargo, y aunque no esté en mi mano decirles cómo deben hacer su trabajo, si me gustaría que tuviesen en consideración que este departamento no puede obrar milagros.—Terminé mi exposición con un suspiro, y devolviendo la mirada a mi interlocutora.

Creía que había sido lo bastante convincente. Sin embargo, había tenido que romper mi política de no echar tierra sobre el trabajo ajeno. ¿Qué otra opción tenía, después de todo? La Ministra me estaba preguntando, y no iba a decirle la verdad: que lo que más me había dolido de aquello había sido tener que ver con mis propios ojos el cuerpo de Agnes Rue, destrozado por una explosión mágica. ¿Los destrozos? No me suponían un problema, todo podía arreglarse. ¿La exposición del mundo mágico? Estábamos trabajando en evitarla.
No podía evitar pensar que algún día, uno de esos fugitivos perseguidos sería Sam, o Beatrice, o Dorcas, o Drake Ulrich... o cualquiera de las personas que conocía, admiraba o amaba de alguna manera.
¿Sería yo capaz de mantener mi fachada profesional si un día, durante un trabajo, me encontraba con que la fugitiva abatida no era otra que Sam? No quería ni pensarlo... pues seguramente no. Seguramente ese sería mi límite...
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Abigail T. McDowell el Lun Feb 26, 2018 12:34 pm

Claro que iba a salir caro, como todos los desastres que se realizaban últimamente a manos de los que supuestamente deben de llevar el orden en el mundo mágico. El Ministerio de Magia Británico no tenía problemas económicos, menos todavía gracias al apoyo que había tenido de los gobiernos de otros países, pero ese no era motivo como para ir derrochando el dinero en el mal uso de la magia y el comportamiento no cualificado de las personas que obran para el Ministerio. Y daba igual la ideología que tuvieran las personas, su moral e incluso su opinión: era lógico pensar que para que un gobierno saliese hacia adelante, los cimientos de éste debían de ser sólidos o no tardaría en desmoronarse. No podían andar con semejantes imbéciles al mando de patrullas con tanta relevancia. Ya Abigail había estado trabajando en un plan de formación para magos, pero visto lo visto, debió de darle prioridad a esos cursos. Al fin y al cabo, quién no se forma y quién no estudia, es sólo una persona que arrastra sus errores. Y ella no quería errores ni fisuras en su gobierno. Y pensaba conseguirlo, por las buenas o por las malas.

Sí, lo sé, los destrozos en ubicaciones muggles suelen ser siempre los más desproporcionados. Ya venía con la mentalidad de que no iba a ser precisamente barato —comentó al respecto.

Como era evidente, no era su intención quedarse hablando con Edevane durante mucho más tiempo. Ambas tenían cosas que hacer y ese pequeño inciso había sido sólo por la falta de información de la Ministra con respecto a ese caso tan... caótico.

Iba simplemente a levantarse, agradecer sus servicios e irse, pero antes de nada, decidió preguntar algo más informal. Una pregunta que revelaba una opinión personal, no un hecho profesional. Y teniendo en cuenta lo profesional que había sido informándole de todo, ya Abigail se hizo una idea de lo que podría contestarle: algo sin demasiado gancho, insípido y típico. Algo que simplemente dejase a la pelirroja saciada pero que en realidad no revelase nada. Era la mejor manera de quitarse a personas de encima, quitándole importancia a las cosas. Por desgracia para todos, McDowell sólo hacía preguntas de las que quería conocer la respuesta por lo que nada pasaba desapercibido. Fingió un rostro comprensivo cuando asumió su posición como trabajadora insatisfecha del departamento de catástrofes mágicas y nada más. En realidad era una pregunta personal, no como trabajadora del departamento, pero era mucho más fácil posicionarse desde la postura que te otorga estabilidad y una respuesta rápida.

Hay que entender la necesidad de evitar que los fugitivos huyan de la justicia, en eso estamos de acuerdo. —Hizo una pausa, mirándola a los ojos. —Pero hay que saber qué acciones favorecen al gobierno y cuales favorecen a los fugitivos. Y mucha gente, todavía, no parece tener claro eso —añadió finalmente sin apartar la mirada de ella, con su tono de voz natural: frío y bastante serio.

Se descruzó de piernas y se puso de pie.

Mándeme un aviso cuando hayas concertado la reunión con el jefe del departamento y los dos supuestos aurores. —Era mucho más profesional decir «aviso», que decir con toda la seriedad «mándame un avión de papel». Que sí, que todo el mundo era consciente de que en el Ministerio la gran mayoría de comunicados menores se trasladaban mediante esos aviones voladores de papel, pero a Abigail pese a que era un método sin duda útil, le parecía de lo más poco serio. —Muchas gracias por su eficiencia. Cualquier cosa que necesite con tal de resolver este caso, no dude en contactar conmigo. Y venga directamente a mí, porque como tengamos que esperar a que todo siga su curso normal, esto no se soluciona ni el mes que viene. —Le tendió entonces la mano, como despedida.
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Gwendoline Edevane el Mar Feb 27, 2018 12:47 pm

Parecía ser que había logrado capear aquel pequeño temporal con éxito. Y no las tenía todas conmigo cuando Salleens me informó de que la Ministra en persona quería hablar conmigo. Después de todo, algo muy grave tenía que pasar para que McDowell se presentase en aquel departamento. Y grave era, desde luego, eso estaba fuera de toda discusión.
Pero esperaba algo peor. Esperaba más... furia, por decirlo de alguna manera.
Y sin embargo, todo parecía haber salido bastante bien. Incluso cuando hablamos de gastos, la Ministra no pareció inmutarse. Aceptó que aquellos incidentes eran el equivalente de arrojar los galeones a un pozo sin fondo. Una parte de mí pensó que no se había inmutado principalmente porque yo no era la responsable directa de lo ocurrido, y que de nada serviría volcar su ira contra mí. Era lo lógico, desde luego, lo que haría cualquier jefe.
Ahora, pensando en los implicados en el incidente... no estaba tan segura de que fuesen a salir tan airosos cómo yo. Tampoco es que me diesen pena, pero bueno...
Y entonces, llegó la pregunta. Mi opinión. A cualquier otra persona, o bien no le habría respondido, o bien habría dicho que mi opinión no era relevante. Y es que no lo era. Pero si la Ministra de Magia, reconocida mortífaga, aliada de confianza de Lord Voldemort, y asesina a sangre fría, te hacía una pregunta... más te valía no poner a prueba su paciencia y responderla.
Quizás se esperase una opinión más personal del caso, y todo lo personal que podía aportar lo había aportado: no me gustaba la idea de que nadie pusiese su vida en peligro. Fuesen mortífagos, fuesen fugitivos, no me gustaba que nadie muriese. ¿Era una idea ingenua? Quizás, pero pensaba mantenerme fiel a ella.

—Estoy de acuerdo con usted.—Asentí, sin apartar la mirada de ella, a pesar de lo mucho que me costaba mirar a cualquiera durante mucho tiempo directamente a la cara.

Me puse en pie acompañando el movimiento de la Ministra, como gesto de cortesía. Si no era de buena educación sentarse mientras tu interlocutor tenía que permanecer de pie, mucho menos educado era seguir sentada mientras dicho interlocutor se ponía de pie.
Estreché su mano cuando me la ofreció, componiendo una leve sonrisa.

—Lamento que el caso se haya gestionado tan mal.—Le ofrecí a modo de disculpa sincera.—Si surgiese cualquier inconveniente, se lo haré saber.—Asentí a modo de confirmación a lo que me había pedido, y a su oferta de ayudarme a resolver el caso.—Un placer haber hablado con usted. Lo mismo puedo decirle: si necesita cualquier cosa, ya sabe dónde estoy.

Mi rostro mostraba una expresión lo más sincera posible, aunque por dentro estaba deseando que, por favor, esa mujer no me pidiese ayuda con nada. Cualquier cosa que pudiese pedirme entraría en conflicto con mis principios. Ahora, si estábamos hablando del ámbito laboral, estaría encantada de ayudarla.
Después de todo, mientras las cosas estuvieran cómo estaban, me convenía más tenerla de mi lado que indagando en mis asuntos.
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