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The face of evil PT. I - Hello, Mr. Kant // [PRIV.] Sam J. Lehmann

Gwendoline Edevane el Jue Feb 15, 2018 8:38 pm


Jueves 15 de febrero, 2018 || Kennington Lane Café, cerca de la residencia de Ulises Kant || 20:30 horas

Las calles de Londres mostraban su aspecto más apacible esa tarde que ya empezaba a convertirse en noche. La gente corriente volvía a sus casas, terminada la rutina diaria. Seguramente cenarían viendo algún programa de televisión, y se irían a dormir temprano a fin de rendir al máximo posible al día siguiente.
Yo no tenía pensado acostarme temprano. No aquella noche. Me había citado con Sam, la primera vez que la veía después de aquella locura de fiesta de carnaval en la discoteca Babylon. Aquella fiesta que tan borrosa—creo que por suerte—estaba en mi mente. Y mentiría si dijese que no me hacía horriblemente feliz volver a verla, volver a estar con ella.
Pero el motivo de la cita no era una reunión de amigas. No. Había llegado la hora de entregarle toda la información que había logrado recabar acerca de Ulises Kant, su actual problema número uno. Me gustaría decir que también había obtenido algo de información acerca de la tal "Grulla", pero no: ese personaje misterioso era, en pocas palabras, un fantasma. Nadie parecía saber nada de ella, y con solo ese mote no podía encontrar nada.
¿Cual era el resumen de todo esto? Que la única forma de saber algo sobre Grulla era preguntar directamente al señor Kant. De él sí tenía mucha información, a decir verdad, y no había escogido al azar aquella cafetería para citar a Sam: se encontraba muy cerca de la casa del hombre que las ponía en peligro a ella y a Caroline.
Llegué caminando cerca de las ocho y media, bajo una lluvia fina. Llevaba puesta la misma ropa que durante mi encuentro con la Ministra hacía apenas tres días, a excepción del gorro de lana y la bufanda que había añadido para protegerme del frío... y para ocultar un poco mi identidad. Me protegía bajo un paraguas azul.
Al llegar a la cafetería, dejé el paraguas en el paragüero de la entrada y escogí la mesa más retirada de la amplia cristalera que pude encontrar. Resultó ser, por fortuna, la de la misma esquina, cerca de una máquina expendedora de tabaco. Tomé asiento en el lado más próximo a la cristalera, dejándole libre a Sam la silla del rincón para una mayor privacidad.
Me aflojé un poco la bufanda, que hasta entonces cubría la mitad inferior de mi rostro, y mientras me acomodaba. una camarera muggle de cabellos rubios y una edad cercana a la de Dorcas Medowes se me acercó. Con una sonrisa me preguntó qué deseaba tomar.

—Buenas noches.—La saludé con educación y una leve sonrisa.—Me tomaré un café solo. ¿Y puede preparar también un chocolate caliente? El más grande que tenga.

Por supuesto, el chocolate era para Sam. Ella no llegaría tarde, y lo sabía. Es más, pondría la mano en el fuego por su puntualidad, y estoy segura de que no me quemaría. Las bebidas no iban a tener tiempo de enfriarse.
Mientras esperaba, saqué del interior de mi chaqueta el motivo de aquella reunión: una carpeta llena cosas acerca del señor Kant. Había querido ser exhaustiva en aquella investigación. De hecho, todavía me sentía mal por no haber sido capaz de encontrar nada referente a Grulla.
Me convencí de que no importaba. De que todas las respuestas estarían, si no en el apartamento, en la cabeza del señor Kant. Y Sam tendría formas de extraer dicha información.
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Gwendoline EdevaneTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Vie Feb 16, 2018 3:32 am


No le hacía especial gracia quedar con Gwen fuera de su casa... y mucho menos en prácticamente el centro de Londres. Era poner todavía más en evidencia la relación entre ambas y eso, en ojos de cualquier mago interesado, podría meter a la morena en un gran problema. Pero bueno, ella había insistido y tampoco iba a encerrarse de por vida dentro de cuatro paredes, por lo que se vistió casi una hora antes de quedar, asegurándose de coger una gran bufanda que tapase al menos la mitad de su rostro. Y no, todavía no se acostumbraría a eso de no tener varita con la que poder hacerlo todo... ¿os acordáis de aquella conversación de la varito-dependencia? ¡Madre mía, Sam tenía ahora mismo el síndrome de abstinencia! No podía hacer nada, por miedo, claro. No quería acercar el mando de la televisión con esa varita, no fuese a romper la ventana de la casa de un tirón inesperado. O cerrar la puerta del armario, no fuese a prenderse fuego repentinamente. Por poder, no podía ni aparecerse con seguridad con aquella desgracia de varita, por lo que tenía que ir caminando a todos lados, congelándose los deditos de las manos con el gélido frío que había actualmente en Londres.

La legeremante se había limitado a salir lo justo y necesario y nada más. Después del susto que se llevó a final de año con los hermanos Crowley por visitar su tienda de campaña y de lo cual se había salvado por misericordia del universo y el gasto total de suerte del año que estaba por entrar... había dejado ese 'segundo lugar' al que una vez llamó hogar un poco apartado. De hecho, ahora le ofrecía inseguridad y todos sabemos que no se le puede llamar hogar a un sitio en dónde no hay calma. Entre eso, que había perdido su varita—probablemente la segunda mayor pérdida de toda su vida, sin exagerar—y que los dos cazarrecompensas le habían estado siguiendo la pista desde bastante cerca... Sam no se sentía para nada segura saliendo de las cuatro paredes de casa de Caroline. Y claro, eso la volvía loca. Quizás por eso tampoco insistió demasiado con lo de no quedar fuera de casa ese día, pese a que había una pequeña posibilidad de que hacer eso fuese un poco suicida.

Sobre las ocho y treinta y poco, Sam entró en aquella cafetería rápidamente, huyendo de la lluvia que, repentinamente, había comenzado a ser bastante fuerte. Y claro, tontería era sacar el paraguas para la última recta que le quedaba... Y así le fue, que ahora se había mojado y tenía frío. Aunque ella siempre tenía frío. La rubia era de esas personas que siempre tiene las manos frías, haga calor o no, por lo que en tiempos de frío lo pasaba realmente mal. Echó una ojeada por encima al local, hasta ver a Gwen en una esquina. Le saludó desde allí con una sonrisa, acercándose a ella. —¡Hola! —saludó esta vez verbalmente, con una sonrisa risueña. —Qué frío, mira. —Y estiró una de sus manos hacia la cara de Gwen, para demostrarle que ahora mismo sus dedos podían ser utilizado como cubitos de hielo para un cubata. Sí, Samantha era de esas personas que solían molestar poniendo las manos frías en lugares más comprometidos sin avisar para ver saltar a la gente del susto. Sitios comprometidos como la espalda o barriga, malpensados. Aprovechó el movimiento para inclinarse y darle un beso en la mejilla amistosamente—notándose que también tenía la nariz super fría—, para entonces retroceder, quitarse la pequeña mochila de cuero y sentarse en la silla libre. —Pufff... —Soltó aire, cansada, soltándose un poco la bufanda. —Esto de no tener varita me está costando, ¿eh? ¡He tenido que venir en metro! ¡Hacía años que no cogía el metro! He pasado un miedo terrible. Entré al vagón y solo podía pensar en la posibilidad de que dentro hubiera algún mago malvado. Y claro, me estresé pensando que no podría hacer nada para irme. Más nunca cojo el metro, lo he decidido. —El trauma había sido real, pero lo estaba contando con tanta jovialidad que parecía más una anécdota graciosa que otra cosa. Qué menos que tomarse las cosas con humor. —¿Cómo estás?

Sí, era evidente que habían quedado allí con un motivo especial, pero nada era más importante que el bienestar de sus seres queridos, por lo que marcó sus prioridades; lo primero era ver si Gwen estaba bien. Tiritó momentáneamente por adaptarse el cambio de temperatura y, justo en ese momento, llegó una camarera bastante joven con dos tazas. Sam la miró con curiosidad, ya que obviamente ella no había pedido nada.

Supongo que el chocolate es para ti —dijo la camarera, mirando a Sam.

Cuando colocó aquella taza de chocolate frente a la rubia, esbozó una dulce sonrisa, mirando a Gwen agradecida. ¿Lo primero que hizo? Abrazar aquella taza con sus manos congeladas para que fuesen entrando en calor.

Cuidado, quema.

Con lo fría que tengo las manos, voy a ser yo quién congele la taza, créeme —le respondió a la camarera, la cual rió y se fue. Y en verdad tenía razón, quemaba bastante, por lo que cuando sus manos se adaptaron y sintieron el calor repentino, retiró las manos y simplemente las mantuvo cerca. —Qué bien me conoces —dijo en relación al chocolate. Bueno, en realidad la conocía bien en general, pero ahora mismo sólo se refería al chocolate.
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Gwendoline Edevane el Vie Feb 16, 2018 2:48 pm

No podía mentir: estaba nerviosa. Tan nerviosa como podría estarlo cualquiera ante una importante actuación frente a cientos de personas. Lo que iba a ocurrir no era muy distinto, con el añadido de que además era muy peligroso. Sé que le había prometido a Sam que no intervendría, que le dejaría manejarlo a ella, pero no iba a hacer honor a aquella promesa.
No solo estaba el hecho de que había perdido su varita y que lo único que tenía para sustituirla era un cacharro que había pertenecido a saber a quién y que le obedecía más bien poco. Estaba el hecho de que habían pasado más de dos meses desde que aquello había empezado. Dos meses en los cuales habían ocurrido muchas cosas: había conocido a Caroline, me había unido a la Orden del Fénix, había entrenado hasta convertirme en lo que, creía, era una duelista decente...
Pero sobre todo, estaba ella. Sam. La sola idea de imaginarla en peligro me provocaba un nudo en el estómago. Y sí, sabía que la mayoría del tiempo tenía a Caroline para velar por ella, pero había insistido una y otra vez en que iba a manejar ella sola el tema de Kant y Grulla. ¿Cómo podía pretender que la dejase sola?
Cuando quise darme cuenta, enfrascada en estos pensamientos, estaba mordisqueándome las uñas. Me maldije a mí misma por dejar que algo así sucediese sin darme cuenta. Llevaba años trabajando para suprimir esos impulsos involuntarios fruto de los nervios. Es lo que me había mantenido viva con el cambio de gobierno. No podía permitirme volver a cae en esas cosas.
Pero... era Sam. Tenía que reconocerme a mí misma que, en lo que a Sam se refería, tenía tendencia a tirar la racionalidad a la basura. Quizás llevaba tanto tiempo viviendo para mí misma que me había olvidado de lo que se sentía al querer a alguien.
No tuve mucho tiempo para seguir pensando en estas cosas. El sonido de la campanilla de la puerta me sacó de mi ensoñación, y cuando volví la mirada en esa dirección, allí estaba Sam, saludándome con la mano. Le devolví el saludo con una sonrisa que, aunque yo no lo vi por evidentes razones, a ojos de todos era radiante. La miré mientras se acercaba, sin dejar de sonreirle.

—Hola.—Le respondí, y entonces ella me puso las manos en la cara, heladas cómo si las hubiese metido en hielo. Sentí un pequeño escalofrío y cerré los ojos a consecuencia.—Sí, no te vendrían mal unos buenos guantes.—Bromeé, y cuando se inclinó para besarme en la mejilla, de una forma más natural y menos torpe que en nuestro reencuentro antes de Navidad, la rodeé con mis brazos y le devolví el beso. Su cara también estaba fría en comparación con mis labios.

Sam tomó asiento en el lugar que le había dejado libre, mientras yo la observaba sin abandonar nunca una leve sonrisa. Era cómo si tuviese a dos pequeños duendecillos tirando en todo momento de mis labios hacia arriba, a veces con más fuerza, a veces con menos, pero siempre tirando con intención de mantenerlos curvados.

—Lo siento, es culpa mía que hayas pasado por ese mal trago.—Me disculpé con sinceridad. A todas luces, podía parecer una absoluta locura citarla en un lugar público cómo este, pero también había sido una locura que Dumbledore nos enviase a Dorcas y a mí a aquel evento en Hogsmeade. Últimamente me estaba volviendo más osada a la hora de actuar. Había acabado por comprender que las cosas a medio gas no funcionan: si te comprometes con una causa, debes actuar cuando sea necesario.—¿La verdad? Estoy bien. Muy bien, en realidad.—Y lo decía en serio. Pensé que unirme a la Orden del Fénix supondría una fuente constante de nerviosismo para mí, pero no. Había supuesto todo lo contrario: me sentía bien conmigo misma. El peso de la ausencia de mi madre era menor al saber que, quizás, con lo que estaba haciendo, algún día lograría sacarla de Azkaban. Y devolverle a mis amigas la vida que les había sido arrebatada.—Ha sido una semana de locos en el Ministerio, eso sí.—Dije, recordando el maldito caso Picadilly y la visita de la Ministra a mi despacho.—¿Sabes que McDowell vino a hablar conmigo?

Podía parecer una tontería mencionarlo, pero había sido un evento único. Jamás había hablado con ella en persona. Y seguía descolocándome que fuese tan... humana. Odiaba que los malos hiciesen eso, la verdad. Odiaba que pareciesen humanos, gente normal con sus vidas. Era más fácil no sentir simpatía por ellos si se mostraban como monstruos.
Llegó entonces la joven camarera con nuestras bebidas y una sonrisa radiante en su joven rostro. Parecía feliz con su trabajo, desde luego, e incluso intercambió unas palabras con Sam. Yo permanecí en silencio, divertida ante la respuesta que Sam le dio a la camarera.

—Bueno, tendría delito no conocerte después de tanto tiempo, ¿no?—Respondí sin perder detalle de como Sam intentaba calentarse las manos con la taza para acto seguido darse cuenta de que el chocolate estaba demasiado caliente como para resistirlo.—¿Y tú cómo estás? ¿Qué tal se encuentra Caroline? Esta semana no he podido hablar con ella en el Ministerio.

Alcancé mi taza de café, pensando que en mi actual estado lo que menos falta me hacía era cafeína. Pero bebí un sorbo igualmente. La cafeína no era solo una fuente de nerviosismo, si no también una fuente de concentración, algo que iba a necesitar esta noche.
Dejé descansar una mano sobre la carpeta, el archivo sobre Kant.


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Además de una bufanda y un gorro de lana.
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Sam J. Lehmann el Sáb Feb 17, 2018 4:44 am

La miró con una mezcla de curiosidad y diversión cuando le dijo que estaba tan bien, pues casi parecía sorprendida por ello. ¿Qué estafa, verdad? Estar uno mismo sorprendido de estar bien, cuando se supone que 'estar bien' debía de ser el día a día de cada persona. Obviamente no lo iba a dejar pasar. De todo lo que tendría que decirle hoy, probablemente los motivos de su felicidad fuese lo que más llamase la atención de Sam ahora mismo, pese a que le iba a decir cosas sobre el tal Kant, el tipo que le había estado persiguiendo hace ya un mes y poco. Pero mira tú lo que le importa ese señor en relación. —¿Y eso? ¿Cuál es el motivo de tu bienestar? Lo dices tan en serio que parece que has tomado algún remedio milagroso. Y yo también lo quiero. —Le intentó sonsacar con jovialidad. No se esperó lo más mínimo que le dijera que la Ministra de Magia había ido a hablar personalmente con ella después de decirle que estaba, literalmente, muy bien, por lo que abrió los ojos ampliamente, impresionada por la unión de esos dos acontecimientos. —Yo también estaría tremendamente feliz si sobreviviese a un encuentro con McDowell, la verdad —bromeó, para entonces continuar: —Ahora en serio, ¿qué quería? —preguntó algo más seria. Pero tampoco tanto. Ella también estaba de buen humor y Gwen estaba viva, así que la visita de McDowell no pudo haber sido para tanto. Por un momento temió que pudiese haber sido porque la pillaron buscando información sobre Kant o algo así... pero si estaba tan tranquila era evidente que no había sido por eso.

Pero piénsalo, ahora el cuento de terror de los niños no es 'que viene el coco', sino el 'que viene McDowell'. Será el cuento que Sam le cuente a sus hijos, claramente. Quedaba mucho más épico y así de adultos se alejan de las pelirrojas, que a excepción de Caroline—que era un ser divino—, todas son malas pécoras.

Con el chocolate delante y notando como las manos se le iban calentando progresivamente, su amiga le devolvió la pregunta. Era una pregunta complicada, ¿eh? O sea, si profundizamos en plan hasta lo más hondo y sacamos hacia afuera la realidad de sus verdaderos sentimientos. Ella siempre decía que estaba bien, pero simplemente porque no estaba mal. Pero en realidad su auténtico estado de ánimo sería 'méh', un estado neutro. Paralizado. Pero claro, los pequeños detalles hacían que esa parálisis desapareciese momentáneamente hasta hacerla sentir como si estuviese pletórica. Pero claro, era sólo gracias a una comparativa. —Genial, aunque creo que me estoy poniendo mala. Y no entiendo cómo, si es que no salgo de casa nunca. —Puso los ojos ligeramente en blanco. Si es que se pasaba la vida en casa, encerrada todo el rato. —Caroline también está muy bien, creo que ahora está trabajando. O al menos no ha vuelto del Ministerio en todo el día, así que supongo que estará liada con algo. —O se había ido a tomar algo con alguien, que también era altamente probable. —Orgullosa me hallo, por cierto, de que hayáis quedado haciendo caso a la mami Sam, ¿qué tal con ella? —Caroline le había contado un poco, pero por ver la opinión de Gwen.

Por su parte, aprovechó que un chocolate a temperatura ambiente se enfriaba relativamente rápido y bebió de él. Fue precavida e inteligente, siendo consciente de que se le quedaría un bigote, por lo que se pasó la lengua por el labio superior para quitárselo. Sin embargo, la taza era más ancha de lo normal y se le quedaron dos pequeñas manchas a los lados, como Cantinflas. Había gente que estudiaba para ser idiota; luego estaba Sam, que lo hacía inconscientemente.

Pero no importó, porque Sam ni se dio cuenta y reparó en la carpeta que Gwen tenía bajo su mano. No le fue difícil asumir lo que era. —¿Conseguiste mucha información sobre el tal Kant? Últimamente apenas he salido de casa, así que no sé mucho de ellos porque, por decirlo de alguna manera, los he perdido de vista. Hace poco recibí una carta en donde me decían que seguían buscando y dudo que se den por vencidos, pero normalmente quién me decía algo más en claro sobre ellos y me mantenían al tanto eran mis contactos a los que solía acudir, pero este año... —Hizo una pausa, mirando a Gwen con cara de circunstancia. —...me he quedado bastante encerrada en casa de Caroline, la verdad. Entre lo de la varita y tal... cómo para arriesgarme a salir más de la cuenta.

Y la verdad era que estaba acojonadísima después de lo de los Crowley apenas dos días antes de que acabase el año. Y más lo estaba todavía sin varita, que era una especie de 'seguro de vida' siempre que se encontraba en apuros, con la que hacer cualquier cosa como para salvarse la vida. Ahora parecía que... iba desnuda por la vida, sin sentirse segura. Lo cual era una mierda. Al final lo de la varito-dependencia era real, incluso para sentirte segura en la vida misma; en la maldita calle. Menos mal que Caroline se había ofrecido a enseñarle un poco de defensa personal, porque qué menos que saber pegar un puñetazos sin partirse la mano ya que no tiene varita. Mira que llevaba ya un año siendo fugitiva y, ahora que ya no tenía el peso de Crowley a su espalda, era, irónicamente, cuando más vulnerable se sentía: más apegada que nunca a sus amigas y sin varita. ¿Acaso podía ser más inconsciente teniendo en cuenta que le persigue la ley?
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Gwendoline Edevane el Sáb Feb 17, 2018 4:47 pm

Resultaba curioso decir en voz alta que estaba bien. O bueno, matizo: más que el hecho de decirlo en sí, lo curioso era sentirlo de verdad. Siempre he sido de esas personas que contestan "Bien" cuando les preguntan "¿Qué tal?" incluso estando en la cama con cuarenta de fiebre. Y es que generalmente, cuando la gente pregunta "¿Qué tal?" no espera una respuesta sincera, si no un discreto "Bien" que no implique empezar una conversación. El ser humano prefiere que los demás miembros de su especie le ahorren contarle la miseria de sus vidas y que se la guarden para ellos mismos.
Claro que, después, había gente a la que querías tanto que no querías que te dijesen que estaban bien. A esa gente querías escucharle decir, si es necesario, que estaban fatal. Que te contasen lo que les preocupaba para poder ofrecerles algún tipo de consejo o consuelo.
Sam era una de esas personas de las que yo quería escuchar la verdad, y sabía que ella también quería escuchar la verdad de mis labios. Y se la di, por supuesto.

—Es algo complicado de entender, creo...—Empecé a decir. De alguna manera, los últimos acontecimientos me habían hecho adquirir una visión más positiva del mundo que me rodeaba.—Es un cúmulo de cosas. Tú has vuelto, Caroline, he conocido a gente interesante... Me siento mucho más positiva que en Navidad.—Omití hablarle de la "gente interesante". No tenía pensado mentirle a Sam acerca de la Orden del Fénix, ni mucho menos, pero todavía debía buscar la manera de contárselo y que no me matase en el proceso. Y es que podía decirse que había hecho todo lo contrario a lo que ella me había pedido antes de Navidad.—McDowell no me ha tratado mal, ni mucho menos.—Señalé con toda sinceridad.—Vino a verme por motivo de un trabajo, algo que llamamos "el caso Picadilly". Supongo que te habrás enterado del asunto: una persecución a cuatro fugitivos, varios muertos... Lleva en boca de todos desde que ocurrió. McDowell solo quería asegurarse de que el asunto se estaba manejando como es debido.—Me encogí de hombros. Al final, no había sido para tanto, una anécdota cómo otra cualquiera.—Te juro que esa mujer sería digna de admirar de no ser por todos esos defectos que tiene y de los que tan orgullosa está.—Y por defectos me refería, evidentemente, a su participación en la tiranía que asolaba el mundo mágico, su alianza con el peor ser humano—si es que Voldemort era siquiera humano—existente sobre la faz de la Tierra, el asesinato de Milkovich, la persecución a los hijos de muggles... Y un sinfín de cosas de las que no quería acordarme.

Mi amiga—mi mejor amiga, podía decir con toda seguridad—confesó que pese a estar genial, estaba poniéndose enferma. Me sentí un poco culpable por haberla sacado de casa en ese estado. Sin embargo, ese fue otro motivo para añadir algo más a la lista de pros a mi plan de hacer frente a Kant: en un estado de salud delicado, Sam estaba más en peligro. Aunque fuese una mínima debilidad, era peligroso dejarla hacerlo sola.

—Perdóname por sacarte de casa, de verdad.—Me incliné hacia delante sobre la mesa y cerré mi mano derecha sobre el asa de la taza de café.—Te prometo que volverás lo antes posible. No quiero que te resfríes. Con una varita defectuosa y estornudando cada dos segundos, estoy segura de que no ibas a imponerles demasiado a los malos.—Bromeé para quitarle hierro al asunto, sonriendo divertida. Me alegré mucho de saber que Caroline estaba bien. Que no estuviese en casa en estos momentos explicaba por qué Sam había podido quedar conmigo. Caroline era algo menor que yo, pero en muchos sentidos me sentía cómo una niña a su lado. Y protegida. Sabía que, en el caso de Sam, sería aún más protectora, y no la iba a dejar moverse de casa bajo ningún concepto con este día de perros y un virus sobrevolándola.—Caroline es genial.—Confesé en respuesta a su pregunta.—Ya la tenía en un pedestal por todo lo que me habías contado de ella, pero... ¡Madre mía! Hace honor a todo lo que dijiste. Creo que nadie se había preocupado tanto de mí, aparte de ti, en mucho tiempo.

Seguro que todo se debía a mi cercanía con Sam. Creo que Caroline podía ver en mí cosas que ni yo misma veía, cosas respecto a Sam. Hasta yo sabía hasta cierto punto que mi relación con Sam no era la típica de dos amigas que se ven ocasionalmente. Quizás se debiese a que la veía cómo a un miembro más de mi disfuncional familia, compuesta por Duncan Edevane, el peor padre del mundo, Lamia Edevane, una gran madre a la que no podía ver, y Samantha Lehmann, mi hermana de otra madre en la que no podía dejar de pensar.
Fuese como fuese, no pude dedicarle demasiado tiempo a estas tribulaciones. Sam me hizo volver de ese otro mundo en el que, irónicamente, estaba también Sam. Y lo hizo al preguntarme por Kant. También me ofreció una breve explicación respecto a su parte del asunto. Al parecer, seguían buscándola, pero la tranquilidad de la casa de Caroline le había ofrecido protección suficiente para que no pasase nada.
Bendita sea la pérdida de su varita. Casi empezaba a replantearme la "solución" que quería ofrecerle a esa vicisitud. Lo pensaría, pues de momento todavía necesitaba mi varita.

—Lo cierto es que sí. Sobre el señor Kant tengo un montón de información. Permíteme que te lo presente.—Le dije con un tono un poco misterioso. Le di la vuelta a la carpeta sobre la mesa, de manera que los documentos que contenía estarían orientados para que ella pudiese leerlos. Antes de abrirla, miré alrededor para cerciorarme de que nadie en la cafetería estaba mirando. Había un par de clientes sentados a las mesas que había ante la cristalera, y luego estaba la camarera, sentada en un taburete detrás de la barra con su smartphone, seguramente revisando sus mensajes de texto.

Cuando estuve segura de que a nadie le importaba nada de lo que estuviésemos haciendo, abrí la carpeta. Lo primero que reveló el archivo fue una fotografía.


Mr. Kant:


La primera hoja contenía una recopilación de datos importantes sobre él: nombre completo, nacionalidad, residencia... Incluso había conseguido recabar datos tan nimios como su número de licencia de conducir y de su tarjeta de identificación. Detalles que no necesitábamos para nada, pero que había preferido incluir.


Información sobre Kant:
Nombre completo: Ulises Phinneas Kant.
Fecha de nacimiento: 4 de noviembre de 1969.
Lugar de nacimiento: Edimburgo, Escocia.
Nacionalidad: Escocés/Inglés.
Empleo: Trabajador del banco mágico Gringotts.
Número de identificación: xxxxxxxxxxxx
Licencia de conducir: xxxxxxxxxxx

Ulises Phinneas Kant parece ser un hombre meticuloso como pocos, obsesionado con el dinero y con dar caza a fugitivos. Sus métodos son brutales, no importándole lo más mínimo el uso de la fuerza letal o causar dolor innecesario a sus "presas". Ha dado caza al menos a una docena de fugitivos. Es sin duda purista, aunque mis investigaciones me han llevado a pensar que no es el cerebro del equipo. Tal mérito debe corresponder a Grulla...

La descripción psicológica de Kant, que había hecho yo como un resumen de todo lo demás, seguía hasta completar la primera página. Después, la carpeta contenía copias de documentos oficiales de Kant, una copia de la escritura de propiedad de su vivienda, algunas fotografías y artículos de prensa referentes a él... Un poco todo lo que cabría esperar de un informe detallado.
Dejé la carpeta delante de Sam, y entonces le hablé.

—Hay un par de detalles que tengo que matizar, eso sí.—Empecé.—El primero es que no tengo absolutamente nada, y cuando digo nada, es NADA, sobre Grulla. No sé quién es, no la he visto nunca. Ni siquiera sé si aparece en alguna de las fotografías que le han hecho a Kant para la prensa.—Tragué saliva antes de hablar del segundo detalle a matizar.—Y no voy a dejar que hagas esto tú sola. Sé que te lo prometí, pero...—Levanté poco a poco la mirada, que hasta entonces estaba perdida en algún punto de la pared del fondo, por detrás de Sam, para mirarla a los ojos. Negué varias veces con la cabeza.—...no puedo dejar que hagas esto sola. No solo es que no quiero dejarte hacerlo sola.—Una mentira: ese era el motivo principal. Me ponía enferma la idea de que pudiese sufrir daño. Sin embargo, por algún motivo, necesité buscar otro motivo.—También porque si dejo que te ocurra algo, Caroline me mataría.—No me preocupaba en absoluto que Caroline me matase. Solo me preocupaba Sam. En estos momentos, no podía pensar en otra persona que no fuese ella.
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Sam J. Lehmann el Mar Feb 20, 2018 3:36 am

A ver, que Sam era muy inocente, ¿vale? Y jamás iba a pensar mal de ninguna de sus amigas porque evidentemente confiaba en ellas casi más que en sí misma, pues hay que decir que últimamente muchas de sus decisiones habían sido un poco cuestionables y ya ni se fiaba de su poco raciocinio. Es por eso que cuando le dijo que había conocido a 'gente interesante' lo que menos se esperaba es que fuese sinónimo de 'organización secreta de fugitivos que tiene como única intención derrocar al nuevo gobierno', ¿sabes? La verdad es que la rubia tenía bastante claro que Gwen era lo suficientemente precavida como para no meterse en semejantes líos, sobre todo gozando de la libertad de la que gozaba. Pero bueno... el caso es que, en base a eso, la 'gente interesante' sólo podía significar una cosa para la legeremante. —¿Gente interesante? —Alzó las cejas varias veces, pues asumió que se trataba de personas que habían conseguido traspasar esa primera impresión de Gwen y, bueno, se habían hecho sus amigos o lo que sea. —¿Qué tipo de gente interesante? ¿Has salido a conocer gente o qué? ¡Y no me invitas! ¡Me invitas a una cafetería en mitad de Londres a pleno luz del día y no me invitas a ir de fiesta contigo! —Exclamaba en voz baja, aguantándose la risa. —¡Te parecerá bonito, Edevane! —Añadió igual de susurrante, notando como sus propios ojos se achinaban de la risa. Vale, ya, con lo fácil y divertido que era inventarse drama, de verdad... La gente debería tomarse la vida con más filosofía y diversión. —Sí, me he enterado, Caroline me contó que el Ministerio estaba patas arriba con eso. —Y se sorprendió, claro, cuando le dijo lo último sobre ella. No podía siquiera pensar por un poquito en la posibilidad de admirar a una persona como McDowell. Al menos para Sam, la palabra 'admirar' conllevaba muchísimas cosas de las que estaba segura la Ministra no cumpliría con la mitad. Soltó un bufido, encogiéndose de hombros. —Bueno, es fácil admirar a una persona si le quitas todas las cosas malas —respondió divertida. —Pero creo que entiendo a lo que te refieres. Yo de las pocas veces que me la encontré en el Ministerio también me trató bien. Supongo que hablas de trabajo, no como persona.

Le pareció adorable que se disculpase por haberla sacado de casa, cuando en realidad estaba deseando tener algún motivo sólido para salir, estuviese mala o no. Eso era simplemente un añadido. En verdad lo único que le pasaba era que le dolía la cabeza y le dolía un poco la garganta, pero ya. —No te preocupes tía —le dijo con sinceridad. —No estoy tan mal. Lo de la varita si es un punto a favor, pero el resto... te juro que me da algo encerrada en casa si no salgo. —Que Samantha antes de que todo esto cambiase, tenía una vida super exterior. Para empezar, todas las mañanas salía a correr, ¿y ahora? O se aparecía en el campo, allá oculta entre los árboles con el frío gélido de la montaña o ni se podía permitir mantener una monotonía, por pequeña que fuera. —Te lo dije... —Contestó, mordiéndose el labio inferior contenta por lo que le contaba la morena. Ya no solo porque coincidía en que Caroline era sencillamente maravillosa, sino porque de verdad que le hacía muchísima ilusión—y también se sentía mucho más tranquila—sabiendo que se tenían la una a la otra ahí fuera, en donde poder apoyarse. Porque vamos, Sam ahora mismo era sólo un lastre y ella lo sabía. —Me alegro mucho de que os llevéis bien, más que nada para que os tengáis ahí fuera, la una a la otra, cuando les haga falta un apoyo que no esté siendo buscado por la ley y eso. —Sonrió.

Como era evidente, Sam no se sentía demasiado bien con el hecho de que Gwendoline le recabase información sobre esas dos personas, ya que eso ponía en entredicho su lealtad al nuevo gobierno y lo último que quería era meterle en ese compromiso. Por no pensar en nada más grave, claro. No obstante... ya lo había hecho. Es decir, si no fuera por ella, probablemente no tendría ningún tipo de información sobre esa gente y, ellos, sin embargo, podrían estar por todo el mundo mágico intentando unir pieza tras pieza hasta acortar distancias con la rubia. Ya después de tanto tiempo era consciente de que los cazarrecompensas no se daban por vencidos nunca.

Bebió un poco de chocolate de nuevo mientras veía como le tendía aquella carpeta y la abría frente a ella, dejando ver una fotografía de Kant. Mientras sujetaba con una de sus manos, con los dedos entrelazados por el asa, la taza de chocolate, con la otra pasó las páginas que tenía aquel documento, observándolo con detenimiento durante unos largos segundos. Incluso unos pocos minutos, diría. Tuvo especial interés en el lugar en donde vivía, evidentemente, ya que ahora mismo era la información que más apreciaba. Teniendo en cuenta cómo tenía que actuar, lo mejor era coger por sorpresa al enemigo en su propia zona de confort, lugar en donde no se lo esperará lo más mínimo. Eso sí, llevaba ya semanas dándole a la cabeza... y es que sencillamente no podía ejercer como legeremante competente con una varita así. La última vez—y la única—que lo había intentado, había dejado al otro tipo con un severo retraso mental, por lo que evidentemente no quería arriesgarse. Una cosa era cambiar la vida a una aparentemente mejor y otra muy diferente era destrozársela por completo. Antes de poder decir nada, Gwen habló, captando toda la atención de la rubia.

El tema de Grulla era normal. Si no tenías una referencia gráfica o un nombre era terriblemente complicado encontrar información. Por no decir imposible. —Ya, es normal. El pseudónimo, al fin y al cabo, será justo para eso. Pasar desapercibido. Habrá que buscarlo a partir de Kant —respondió, aún ojeando. No fue hasta que Gwen saltó con lo de que no iba a dejarla hacerlo sola, que la rubia no levantó la mirada, desentendió lo que leía y dejó la taza sobre la mesa, mirándola a los ojos seriamente. —Tía, ya hablamos de esto... —No sonaba enfadada, más bien... preocupada, porque cuando a sus amigas se le metía algo entre ceja y ceja, podían ser tozudas hasta decir basta. Y no, no quería inmiscuir a Gwendoline en aquello; era arriesgado y no quería verla en peligro. —No te puedes hacer una idea de todo lo que aprecio lo que Caroline y tú hacéis por mí, en serio te lo digo. Y si fuera al revés, yo insistiría, como hacéis vosotras. Pero yo no quiero. ¿Sabes cómo se destrozaría tu vida si ahora mismo te ven aquí hablando conmigo? ¿Sabes la probabilidad que hay de encontrarnos con Kant y que éste se vaya tranquilamente, habiéndote visto ayudándome, a mi lado? —preguntó retóricamente, haciéndose hacia adelante en la silla. —Que no te engañe que yo parezca alegre y feliz, ¿vale? Vivir como una fugitiva esa una... —Iba a decir un taco muy feo acompañado de otro aún peor y, por la cara que se le quedó, Gwen debería de darlo por hecho. Sam no era de esas personas que soltasen tacos muy a menudo. —Y no quiero que tú lo seas. Porque lo mejor que te puede pasar es que termines como yo, pero las dos sabemos que hay muchas opciones peores que no me quiero ni imaginar.

Pero a ver, ¿nadie pensaba en Sam? O sea. Imagínate que una de sus mejores amigas termina convirtiéndose en fugitiva, perdiendo su vida, por culpa de meterse de cabeza en los problemas de Sam. Madre mía, es que se sentiría peor por eso que por cualquier otra cosa. O imagínate que sale mal herida, o muere... ¡por su maldita culpa! Sam se baja de la vida y no vuelve a subir más nunca. —Así que no. —Se negó, apoyándose en un movimiento de cabeza. —No quiero —recalcó. —Obviamente estamos frente a un conflicto de intereses. Tú no quieres que vaya sola, pero yo no quiero que tú vengas.  —Hizo una pausa, para entonces mirarla a los ojos de nuevo.—Gwendoline —le llamó por su nombre completo para parecer más autoritaria, haciendo una pausa dramática—, estamos frente a nuestra primera crisis. Nuestra amistad se rompe. —Obvio estaba de broma con eso último y se notó en su tono de voz, pese a que tenía bien claro su punto de vista con todo aquello.

Y sí, obviamente habían maneras de convencer a Sam de lo contrario, pero ni ella misma quería pensarlas.
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Gwendoline Edevane el Mar Feb 20, 2018 1:10 pm

Esperaba que la mención a la gente interesante despertase cierto interés por parte de de Sam. Es natural, supongo. Si una amiga te dice que ha conocido gente interesante, tu interés se dispara. ¿Qué clase de gente interesante? ¿Buena o mala? ¿Tratan bien a tu amiga o hay que ir, metafóricamente, a patearles el culo por ser crueles con ella?
Sin embargo, no, no me refería a ese tipo de gente. No me refería a la intepretación de gente interesante, la intepretación lógica, que hizo Sam. No pude evitar componer una expresión divertida frente al fingido enfado de Sam. De hecho, cuando quise darme cuenta, mis labios estaban librando una dura batalla contra el impulso de reír.
No la ganaron, por supuesto. Me reí, poniéndome una mano delante de la boca, cómo si me diese vergüenza que alguien pudiese verme reír en público. Fue un gesto involuntario, realmente, una costumbre adquirida con los años. La discreción de Edevane, le llamaba.

—Nada de eso.—Negué cuando por fin pude controlar un poco la risa.—No he ampliado mi círculo social en los últimos meses.—Me encogí de hombros, y cómo sabía que Sam no aceptaría quedarse con la intriga, dije algo que era parte de verdad, pero no la verdad completa.—En diciembre, conocí a una estudiante brillante que se llama Juliette Howells. Me entrevistó para un trabajo de la universidad. Las nuevas generaciones no están tan perdidas cómo creía.—Omití decir que me había encontrado de nuevo a esa misma chica en la reunión de la Orden del Fénix, en enero.—También solicitó mi presencia en su despacho un auror, Phillip Mcfly. A día de hoy, todavía no tengo demasiado claro lo que quería. Creo que flirteó un poquito conmigo...—Todavía no estaba segura de aquello, pero si había sido así, decidí que "un poquito" era quedarse corta. Aunque, sinceramente, los auténticos motivos de aquel encuentro todavía no me habían quedado claros.

Hablar de la Ministra no era plato del gusto de nadie que conservase al cordura en el mundo mágico. Pese a todo, era un hecho notable en mi vida, y era normal compartirlo, ¿no Temía que Sam me hubiese malinterpretado al decir que era una persona digna de admirar, así que decidí enmendar mis palabras.

—Sí, no he querido decir que sea buena persona ni nada por el estilo. Sé lo que ha hecho, sé que es la responsable de tu situación y la de muchos otros, y que tiene las manos tan manchadas de sangre que no creo que pueda lavárselas del todo jamás. No creas que he cambiado de bando por simpatía hacia ella.—Hice una pausa, añadiendo a continuación.—Sigo despreciándola por la situación en la que ha puesto el mundo mágico.—Y eso era cierto. Pero, al mismo tiempo, yo era una persona empática, muy a mi pesar. Y era capaz de hacer un pequeño ejercicio de comprensión ajena.

Igual que era normal que Sam se preocupase por la "gente interesante" que yo había conocido, era normal que yo me preocupase por su estado de salud. Igual había escogido una mala noche para lo de Kant, después de todo. Y por mucho que Sam intentó calmar mi preocupación... pues no lo consiguió.

—Si estás mala... A lo mejor no es un buen momento para...—Ella insitía en que no estaba tan mal, cosa que me dejó un poco más tranquila... pero no del todo. ¿Qué te está pasando últimamente, Edevane? Pareces un maldito flan...

No hubo mucho tiempo de preocuparse por el estado de salud de Sam, pues la conversación dejó paso a Caroline. Sí, ella se encontraba entre esas personas interesantes que había conocido recientemente. Y lo cierto es que me gustaba tener gente en mi vida cómo ella. No era hasta hacía poco que me había dado cuenta de lo sola que había estado durante el último año. Había perdido amigos y familiares, y me había aislado hasta de mi propio padre. Tener de repente a Sam de vuelta, y a Caroline—por no mencionar que el día siguiente recibiría una noticia que, literalmente, me haría llorar de felicidad por primera vez en mucho tiempo—me había sentado bien. Mejor que cualquier otra cosa.

—La aprecio muchísimo. Y no puedo entender cómo es capaz de mostrarse tan positiva con la que está cayendo.—Me di cuenta al decir esto que yo misma me había empapado un poco de la positividad que me rodeaba en los últimos meses. Y no pude evitar encontrarlo terriblemente divertido.

Entonces, pasamos a temas más serios. Al tema que nos atañe. Al tema Kant/Grulla. Descubrí ante Sam la información que había recopilado acerca de aquel sujeto, un tipo tan común que resultaba difícil creer que pudiese estar poniendo en jaque a tantos fugitivos. Me había formado la hipótesis de que Kant solo fuese un títere, y que Grulla fuese realmente el cerebro de todo. Esa hipótesis había cobrado cada vez más sentido a medida que había continuado mi investigación. Nada en el perfil de Kant indicaba que pudiese suponer semejante amenaza para los fugitivos.
El hecho de no haber podido encontrar nada, absolutamente NADA, de Grulla, apoyaba esta teoría. Grulla se empezaba a dibujar en mi mente cómo alguien tan inteligente que era capaz de ser invisible. Muchos fugitiviso pagarían por sus consejos... si no fuese por el hecho de que Grulla posiblemente les asesinaría nada más verlos para entregar sus cadáveres a la Ministra y cobrar una buena suma de dinero.
Y entonces, solté la bomba. Sabía que Sam no iba a aceptarlo bien... y así fue. Y ahí empezó todo. Hice acopio de todas mi fuerza de voluntad para combatir esos nervios, ese reciente estado de preocupación constante por la seguridad de Sam en que me encontraba. Ese estado que me hacía pensar en ella a todas horas.
La dejé terminar de hablar. La dejé decirme lo que pensaba de mi intromisión en su plan. No me gustaba interrumpir. Aproveché ese tiempo para recuperar un poco el control sobre mí misma. Tuve que cruzarme de brazos, sujetar fuertemente mi mano derecha entre mi brazo izquierdo y mi cuerpo, o de lo contrario habría empezado otra vez a mordisquearme las uñas.

—Más se rompería nuestra amistad si tuviese que ver en El Profeta una noticia sobre tu defunción.—Empecé a decir, hablando con suavidad, la mirada clavada en la mesa delante de mí, dónde descansaba mi taza a medio vaciar y la carpeta con información sobre Kant. Estaba visiblemente nerviosa, pese a todos mis esfuerzos.—Yo no quiero eso.—Seguí hablando, sintiéndome repentinamente tan indefensa cómo una niña pequeña.

Me puse repentinamente en pie, incapaz de seguir sentada durante más tiempo. Y pese a que seguía de brazos cruzados, fui incapaz de seguir reteniendo la mano derecha bajo el brazo izquierdo. Me di la vuelta para evitar la mirada de Sam y caminé un par de pasos vacilantes. Empecé a mordisquearme las uñas de nuevo.
¡¿Qué demonios me estaba pasando?!
Hice acopio de toda mi fuerza de voluntad para apartar las uñas de mi boca y volver a la mesa. En esta ocasión, en lugar de sentarme en mi sitio, escogí el otro lado de la mesa, la silla junto a Sam. También hice acopio de toda mi fuerza de voluntad para mirarla a los ojos... No pude hacerlo durante mucho tiempo, por desgracia.

—Te preocupas por mí. Lo sé.—Sobre todo si te preocupas por mí aunque sea la mitad de lo que me preocupo yo por ti, pensé, aunque no lo puse en palabras.—Y agradezco esa preocupación.—Hice otra pausa, y esta vez, conseguí mantenerle la mirada. Y no solo eso: alcancé una de sus manos con la mía, estrechándola.—Yo no quiero que tú mueras. Ni quiero que te capturen. Ni quiero que te ocurra nada malo.—¡Por favor, no quería ni que le tocasen un pelo de su rubia cabeza!—No tienes varita, no una de la que puedas fiarte. Y ese hombre ha dado caza a más fugitivos de los que puedes contar con los dedos de tus manos y tus pies juntos.—Hice otra pausa, luchando contra todos los malditos ataques de nervios que había sido capaz de reprimir durante el último año y pico, que parecían haberse puesto de acuerdo para atacarme ahora, todos a la vez.—La sola idea de que te pase algo me pone nerviosa. Hace que se me forme un nudo en el estómago. Que no piense con claridad y... y yo te...—Me detuve ahí, preguntándome a mí misma qué estaba a punto de decir. Mis ojos clavados en los suyos. No sé cuánto tiempo me quedé así... pero finalmente volví al mundo de los vivos.—...tengo que ayudarte.—Concluí.

Dicho eso, me levanté de nuevo de la silla. Cerré los ojos mientras me frotaba la sién con las yemas de mis dedos. No sabía qué acababa de pasarme. No sabía qué estaba pasándome, en general.
Logré serenarme un poco, volviendo a la mesa. Recordé las palabras de Maverick O'Connor durante la reunión, que habían supuesto un latigazo de verdad en mi espalda desnuda. También recordé el aspecto que tenía la pobre Agnes Rue, a quién los malditos cazarrecompensas habían hecho saltar por los aires mientras huía de ellos.
Volví finalmente a sentarme, recuperando un poco la calma.

—Voy a ir contigo porque eres mi amiga. Porque confío en que todo va a salir bien. Y todo saldrá bien porque lo haremos juntas... ¿vale?—Concluí, mirándola a los ojos. La cantidad de veces que había conseguido mantenerle la mirada hoy debía haber batido un record en mi historial personal.
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Gwendoline EdevaneTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Miér Feb 21, 2018 5:29 pm

¿Sabes que es lo que echaba de menos? Reír hasta que te doliese el estómago y las mejillas. Reír por tonterías, por cotilleos, por filosofías inventadas, por historias que nunca ocurrirían, por un futuro incierto, por un chiste malo, por un comentario inoportuno, por una contestación ingeniosa... pero reír de verdad. Una carcajada tras otra. Antes no valoraba esos días en donde te pasabas horas y horas en el sofá con una amiga, riéndote hasta el punto de terminar con agujetas en el vientre, de esos días que recuerdas tiempo después y todavía te hacen esbozar una sonrisa. Y lo recordó al ver a Gwendoline taparse la boca mientras se reía, de esa manera tan adorable en la que siempre lo hacía. Debería de quitarse esa manía, con lo bonito que le quedaba sonreír. La observó mientras le contaba sobre las personas interesantes, sorprendiéndose sobre todo por el último. —¿Un auror te citó en su despacho para flirtear contigo? Madre mía, Gwendoline rompiendo los corazones de la gente del ministerio... ¿era guapo? —le preguntó con una sonrisa de lo más traviesa, consciente de que esas preguntas dejaban a su amiga con un rostro de lo más gracioso. ¿Tenía que inventarse drama, vale?

Estaba claro que no le hacía falta la matización por parte de su amiga explicándole que no se había cambiado de bando, ni mucho menos ablandarse por el trato que le hubiera dado la Ministra de Magia. Era sólo que... le parecía fascinante que pudiese tener la capacidad como para siquiera pensar en las pocas virtudes que podría tener esa mujer, cuando está claro que por culpa de ella medio mundo mágico está viviendo en una situación muy por debajo de cualquier trato humano. Pero bueno, en realidad era algo bueno, después de todo ella podía seguir viendo cosas buenas en monstruos tan horribles. Pocas personas quedaban así.

Le devolvió la mirada con cierto reproche cuando insistió en lo de estar enferma, cuando estaba claro que no lo estaba tanto y podría perfectamente hacer vida normal, entre ello ir a visitar a un enemigo que podría matarla por intentar investigarle. Eso era el pan de cada día de Sam, ¿vale? Bueno, quizás no de cada día, pero estaba bastante acostumbrada a ello, tuviese un resfriado o no. Eso sí, no le dijo más nada al respecto pues supuso que su cara de circunstancia fue suficiente. —¿Sí, verdad? Siempre lo ha sido y... yo tampoco lo he entendido nunca. Pero no me voy a quejar, sobre todo ahora... ahora más que nunca ser positivo y tener esperanza es lo que nos hace seguir hacia adelante. —Porque sí, Caroline había aparecido en la vida de Sam no solo siendo esa chispita que aporta esperanza y la mantiene viva. Con el optimismo de ella y la capacidad de Gwendoline de ver las cosas buenas de la gente, de repente Sam se sentía pesimista y super radical.

Ay, madre mía. Tener este tipo de conversaciones con un ser querido era muy complicado, muy complicado. No... no se podía llegar a un consenso en el que ambas estuviesen de acuerdo y estaba clarísimo que desde que una aceptase, iba a estar actuando en contra de sus intereses y eso, quieras que no, termina por influir en la manera de actuar frente a las adversidades. Y es que simplemente era injusto para ambas porque vivían una situación de mierda en donde sobrevivir era primordial y estaba claro que morir era una opción altamente plausible. Eso o terminar en el Área-M que, para ojos de Sam, era terriblemente peor. Era una situación terriblemente injusta, pero ya Jota se había acostumbrado a vivir entre injusticias, por mucho que le pesase.

Gwendoline se levantó de su asiento repentinamente, a lo que Sam la miró preocupada. ¡Y la entendía! De estar en una situación contraria ella también estaría nerviosa porque su amiga quisiera enfrentarse a un tipo terrible con una varita rota. De hecho, de estar en una situación inversa, Sam hubiera optado en ese caso por aceptar la decisión de Gwen y luego simplemente perseguirla sin respetar su decisión, sólo por si acaso. Sí, amigas para esto. Sí, quizás era un poco más feo, pero al menos Gwen tendría la creencia de que estaría sola, arriesgándose sólo ella, cuando está claro que siempre tendría un apoyo.

Suspiró, siguiéndola con la mirada y notando perfectamente el nerviosismo que sentía repentinamente. Tanto que hasta ella misma se puso nerviosa cuando se acercó, sentándose justo a su lado y hablándole con esa seriedad cargada de sinceridad, con los ojos clavado en los suyos. Le habló con tanta... verdad y sentimiento, que hasta se sintió un poco mal de haberse negado tan rotundamente a recibir su ayuda. Continuó escuchándola sin apartar la mirada, ya que era una de esas situaciones en donde los ojos contrarios atrapan a los tuyos con intensidad, sin dejarte desviar la mirada. No fue hasta que dejó esa frase en el aire, que Sam no se percató de ello. Inconscientemente fue ella la primera en bajar lentamente la mirada por todo su rostro hasta que la curva de su barbilla hizo que su mirada se perdiese en un punto lejano del suelo. Se mojó los labios, tragó saliva y se sintió un poco incómoda.

Se sentía incómoda por la situación, en general. El hecho de ser la causante de que Gwen se hubiese puesto tan nerviosa con respecto al tema, de haberse negado a su ayuda cuando ella se estaba arriesgando totalmente por su bienestar... y se sentía incómoda por haberse sentido incómoda con esa mirada tan intensa que al final ella perdió. Madre mía.

Cuando Gwen volvió a sentarse, Sam se rascó el puente de la nariz, volviendo a mirar a su amiga. —Está bien —le respondió. ¡Si no le respondía eso, se iba a sentir mal todo el día, toda la semana y toda la vida! Y la verdad es que desde que le dijeras algo bonito a Sam, le derretías el corazón con una facilidad horrible. Y Gwen le había dicho cosas muy bonitas. —Pero lo haremos a mí manera. No es la primera vez que lo hago y tengo experiencia con gente tan despreciable como él. No veas la de experiencia que tenía... Aprovecharemos la noche para colarnos en su casa, lo dejaremos inconsciente por la espalda y nos aseguraremos de que todo es seguro antes de buscar nada por ningún lado. Yo buscaré en su mente y tú buscarás por la casa, ¿vale? Y si la cosa se tuerce, te vas. —Hizo una pausa. —Pero me lo tienes que prometer, que si se tuerce, estamos en peligro y tú puedes irte, te irás. Y te lo digo en serio, ni se te ocurra suicidarte por un caso imposible, ¿queda claro? —Sonó seria y severa. No se refería a cualquier tontería, se estaba refiriendo a un hecho concreto en el que la cosa fuese irreversible, lo cual podría pasar. Y, en el supuesto caso de que pasase, quería asegurarse de que ella era lo suficientemente inteligente y fría como para hacer lo correcto.

Miró la hora en el reloj de su muñeca. Eran casi las nueve, la noche estaba caída y estaba cien por cien segura de que Kant no se esperaría que la fugitiva que tiene en el punto de mira se le aparezca en su casa. Mucho menos acompañada de otra persona. Nadie lo espera. Cogió de nuevo su taza y bebió lo que le quedaba de chocolate. Cuando terminó, volvió a mirarla. —¡Y no puedes convencerme diciéndome cosas tan bonitas! ¡Eso es trampa, Edevane! —Repitió, medio en broma, medio en serio. En realidad era tres cuartos en serio y sólo un cuarto de broma. —No hay quién pueda mantenerse seria si me dices esas cosas. En fin... —Volvió a mirar el reloj. —Terminamos esto y vamos, ¿vale?

Ya se había puesto nerviosa y todavía ni habían empezado.
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Gwendoline Edevane el Jue Feb 22, 2018 12:55 pm

El asunto de Mcfly todavía resultaba un poco confuso para mí, a decir verdad. En principio, no había pensado, ni mucho menos, que visitar su despacho tuviese otro fin que ayudarle en cualquier investigación que estuviese llevando a cabo. Siempre he sido una persona ciega a los intentos de otros seres humanos por interactuar conmigo de manera romántica.
Como aquella vez, en Hogwarts, cuando Beatrice había insistido en que John, el muchacho del libro del revés, me estaba mirando cómo si fuese una veela. No lo había creído entonces, pero con los años me fui dando cuenta de que tal vez fuese posible. Mi visión del mundo, entonces, era demasiado inocente. Demasiado inocente, incluso, para una chica de quince años.
Me alegraba poder decir que había madurado con respecto a esa muchacha... pero emocionalmente seguía siendo igual de inepta que entonces, o peor. Así que es posible que hubiese exagerado terriblemente la actitud de Mcfly. Quizás el hombre siempre fuese así, y a mí simplemente me había pillado de nuevas.
No obstante, si Sam quería que nos inventásemos un poco de drama, ¿por qué no? Todo estaba permitido.

—Oh, bueno. No soy de piedra, ¿sabes?—De piedra no, aunque empezaba a pensar que quizás sí era de hielo.—Era guapo.—Convine, pues era objetivamente cierto. El problema conmigo es, precisamente, que aunque alguien fuese objetivamente atractivo, podía no decirme absolutamente nada. Otra en mi situación estaría más que dispuesta... pero yo no.—Su despacho estaba lleno de cosas mágicas: un ajedrez viviente, una snitch dorada que se puso a revolotear por ahí... Y en un momento dado, sacó de un cajón una recordadora, me la puso delante, y me dijo: "Eso le recordará que me debe un café y un encuentro informal."—Reí divertida, esta vez sin taparme la boca.—Si te soy sincera, no entiendo el motivo real de ese encuentro. Me habló de sabotajes, me pidió que estuviese atenta, en un momento dado me dijo algo de "revisar mi perfil", y luego... todo eso.—Volví a reír divertida, negando con la cabeza.—Y pensaba que la rara era yo... ¡No entiendo a los hombres!

Eso era objetivamente cierto, pero mi argumento no era demasiado válido: yo misma era una persona demasiado rara en muchos aspectos. Quería pensar en ello cómo en una virtud, pero no podía.
Pero una persona llena de virtudes, desde luego, era Caroline. Habiendo dejado atrás el tema de una Sam potencialmente enferma, y el de una Abigail McDowell potencialmente humana pero igualmente despreciable, pudimos centrar nuestra atención en la pelirroja que se aseguraba de que Sam tuviese una existencia lo más normal posible en las circunstancias en las que se encontraba.
Si bien idolatré a Caroline desde el minuto uno en que supe que había hecho tanto por Sam, conocerla no hizo si no mejorar las cosas. Su madurez y su positividad eran envidiables.

—De verdad, no sabes cómo me alegro de haber tenido ocasión de conocerla un poco mejor. ¿Quién sabe? Si yo hubiese sido un poquito más abierta en Hogwarts, quizás... ¡Bah, olvida eso!—Desestimé esa suposición con un gesto de la mano.—Nunca me he arrepentido de cómo me comporté en Hogwarts, no voy a empezar ahora.—Sonreí divertida. Solo me arrepentía de una etapa en mi vida, y esa era el año anterior a volver a ver a Sam.—¡Cuidaos la una a la otra!—Advertí con una falsa expresión severa en mi rostro. No duró mucho, pues terminé volviendo a reírme.

Pero, por supuesto, en un encuentro cómo aquel, no todo podían ser risas. Si había conseguido calmar un poco mis nervios, fue una ilusión más que otra cosa. La perspectiva de Sam en peligro me puso al límite, y trazas de la antigua Gwen, ocultas bajo la superficie, salieron a la luz.
Hacía años, literalmente años, que no me mordía las uñas. Había hecho un esfuerzo sobrehumano para suprimir todos esos indicios de nerviosismo, y no solo por el cambio de gobierno. Ya antes, mucho antes, cuando empecé a trabajar en el Ministerio, hice el esfuerzo consciente de abandonar ese tipo de comportamientos. Cierto es que la timidez nunca me había abandonado, ni los nervios... pero al menos había sido capaz de mantener las uñas alejadas de mi boca.
Y esa noche... no. Todo se había desmoronado. ¿Y cual era la causa? Que mi amiga quería ponerse en peligro ella sola, y la sola idea hacía que se me acelerase el corazón y que me costase respirar con normalidad. Un amago de ataque de pánico, en resumen.
Creo que mi comportamiento la austó. Me sentí culpable por ello, sobre todo por todo el tiempo invertido en contener estas reacciones tan innecesarias y tan poco productivas. Así que guardé silencio, la mirada baja. Y pretendía seguir así... pero entonces Sam habló, y poco a poco volví a mirarla a la cara.
La escuché hasta el final. Si yo había tenido derecho a soltar todo lo que había soltado, ella también lo tenía. Aceptó, aunque supuse que no estaba lo que se dice convencida del todo, pero aceptó.

—De acuerdo.—Respondí cuando terminó de hablar, y si bien había un punto concreto en el cual no iba a ser sincera, decidí aceptar las condiciones que me ponía.—No esperaba que fuese de otra manera. Simplemente... no me podía quedar de brazos cruzados. Comprendeme.—Intenté sonreír, pero seguía demasiado tensa. No sé qué resultado tuvo ese amago de sonrisa.—Pero tú eres la experta, tú sabes cómo manejar estas cosas. Te prometo que te haré caso.—No maticé que jamás iba a dejarla abandonada, aunque tuviese que morir a su lado. Sabía que si lo hacía, muy posiblemente se levantaría y se marcharía. No estaba preparada para algo así.

Sam se bebió el resto de su chocolate, y yo le eché una mirada recelosa a mi taza de café. Iba por la mitad, y decidí dejarla así. Suficiente café para mí. Si no quería volverme loca por los nervios, lo mejor que podía hacer era no beber una gota más.
Entonces, Sam dijo algo que consiguió rebajar mis nervios. Pensaba que se había enfadado conmigo, y por eso estaba tan intranquila. La posibilidad de que Sam se enfadase conmigo se me antojaba parecida al fin del mundo. Quizás fuese demasiado dramática, pero así es cómo lo sentía.
Pero ella consiguió encontrar la manera de hacerme sonreír. Como si no lo consiguiese ya normalmente...

—Perdóname.—Empecé, sonriendo e intentando parecer divertida.—No suelo utilizar mis superpoderes de esta manera, pero era una situación de fuerza mayor. Pero hagamos un trato: la próxima vez que a mí se me ocurra una locura, puedes jugar la carta de apelar a mis sentimientos. ¡No me quejaré!—Y, ahora sí, conseguí reír un poco. Me volvía a encontrar más o menos bien.—Y no hay más café para mí. No, gracias.—Y miré al café con tal expresión que parecía culparle de toda la situación anterior. Ojalá.

Nos levantamos de la mesa, no sin que antes Sam guardase el archivo sobre Kant en su mochila. Me acerqué a la barra de la cafetería a pagar nuestras consumiciones. La joven camarera me miró con una expresión rara, y después desvió un momento la mirada hacia Sam.
Me detuve un segundo, antes de pagarle, y miré a mi alrededor. Los pocos clientes que había en el café no nos prestaban atención, ni a Sam ni a mí. Pero la camarera sí. Ella sí había prestado atención.
Le entregué el billete con una sonrisa, y en lo que se daba la vuelta para meterlo en la caja registradora y darme el cambio, saqué mi varita de la manga de mi chaqueta y conjuré sobre ella un hechizo Obliviate no verbal. Uno leve, solo afectaría a los recuerdos de la última media hora. De haber tenido más tiempo, y menos testigos, habría modificado sus recuerdos... pero en aquel momento no tenía más remedio que causarle una pequeña laguna de memoria.
Solo por seguridad, y aprovechando la confusión que seguía a cualquier hechizo desmemorizador, repetí el proceso con lo pocos clientes que había allí. Que me hubiesen visto a mí me preocupaba poco; que hubiesen visto a Sam, mucho. Porque Kant vivía muy cerca de allí, y cabía la posibilidad de que tomase café por las mañanas en el Kennington Lane. Si la cosa salía mal esta noche, al menos ya no podría averiguar cosas de Sam por medio de estos muggles.

—Perdona. Una simple precaución.—Le dije a Sam mientras volvía a su lado, guardándome nuevamente la varita dentro de la manga izquierda de mi chaqueta.—¿Vamos?

Dejamos atrás Kennington Lane Café, un lugar en el cual ahora mismo una camarera miraba extrañada un billete que sostenía en la mano, delante de una caja registradora abierta, y dónde un par de clientes se preguntaban cuando se habían terminado sus consumiciones. Quizás hablasen entre ellos del suceso, pero lo más probable es que no; simplemente, le darían carpetazo al asunto y seguirían con sus vidas.
Por nuestra parte, Sam y yo recorrimos las lluviosas calles bajo mi paraguas azul en dirección a la casa de Kant. Vivía en un apartamento cerca del Támesis. Por sugerencia de Sam, no nos aproximamos directamente a la casa, si no que tomamos un rodeo de tal manera que pudimos acercarnos a la vivienda desde atrás, a través de un pequeño callejón. Si Kant estaba en casa, lo único que vería desde su ventana sería un paraguas azul pasando por el callejón, nada sospechoso.
Nos acercamos entonces a la entrada del bloque de apartamentos, y ahí, por mucho que le pesase a Sam, tuve que actuar yo: saqué mi varita una vez más y abrí la cerradura con un Alohomora no verbal. El chasquido de la cerradura me indicó que el portal se había abierto.
Kant vivía en el cuarto piso, el más alto del edificio. Subimos por las escaleras, intentando no hacer ningún ruido. Una vez ante su puerta, dejé el paraguas azul a un lado y repetí el proceso de abrir la cerradura mágicamente. Un nuevo chasquido me indicó que estaba abierta.
Miré a Sam a los ojos, asintiendo, y me hice a un lado para dejarla pasar.

—Después de ti.—Le susurré, sintiendo una creciente tensión. Kant podía estar detrás de esa puerta... y si estaba, habría que luchar. Cerré firmemente mis dedos alrededor de la empuñadura de la varita, sintiéndome nerviosa esta vez por motivos distintos. Nerviosa igual que en las horas previas a mi primera misión con la Orden del Fénix.
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Gwendoline EdevaneTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Sáb Feb 24, 2018 4:42 am

Como dicen muchos sabios en este mundo: después de la calma, llega la tormenta, ¿o era al revés? Lo que sí que tenía claro es que después de reír, tenía que venir algún momento más intenso que les hiciese a ambas no sólo coger nervios, sino también ponerse mucho más serias. Dejaron de hablar de chicos guapos en el Ministerio, o de la pelirroja con un corazón que no le cabía en el pecho, para enzarzarse en una conversación en donde ambas tenían un punto de vista muy diferente. Diferían, sí, pero era incuestionable el hecho de que ambas tenían su parte de razón y lógica, aunque la otra no lo compartiese en absoluto. Podría decirse que era más una cuestión moral que otra cosa y, dada la posición de cada una, la moralidad estaba en un punto muy diferente.

'De acuerdo', dijo. A la legeremante no le hizo falta hacer uso de su habilidad para saber que en esas palabras no había de todo la sinceridad que le hubiera gustado que hubiese. Se conocían demasiado bien como para aceptar de buen grado la muerte de la otra y tener la frialdad que se necesita como para salvarse a uno mismo. Y Sam era bien consciente de que ni ella misma podría cumplir con la exigencia que le acababa de pedir si estuviesen en la situación inversa. Eran demasiado buenas, ambas. Y muy poco egoístas. Quizás con otra persona pudiesen tomar esa decisión en una situación desesperada, ¿pero con la otra? Madre mía, casi que parecía más llamativo morir junto a la otra que vivir habiendo vivido esa horrible experiencia. Quita, quita. Sólo de pensarlo se le caía el mundo encima. —¿Colarme en casa ajenas para modificar recuerdos? Tienes delante a la experta en allanamiento de morada, lo llevo haciendo hasta antes de convertirme en fugitiva. —Y eso era un dato que probablemente no supiese. A fin de cuentas, ¿por qué narices iba a necesitar Sam hacer eso cuando era una ciudadana ejemplar que no tenía nada por lo que luchar? Pues porque sí que había algo por lo que luchar. Eso sí, no matizó nada porque tampoco era el momento, pero ya se lo contaría en un futuro, cuando hubiese tiempo de meter en situación y explicarlo todo.

Movió la cabeza a ambos lados, negando cuando su amiga le pidió perdón. Qué jugada más sucia había hecho, jugando con los sentimientos. Eso no se hace. Eso estaba prohibido en el código de amigas frente a discusiones, ¿vale? Ya le valía ya, acudir a tremendo caso. Ay... en fin, lo único que podía hacer ahora mismo Sam era... dejarlo estar y hacer que la 'misión Kant' fuese lo más fácil, sencilla y rápida del mundo. Nada de complicaciones. Porque tenía claro que tantas promesas iban a ser en vano y, ni en broma, iba a arriesgar a Gwendoline más de la cuenta. Pero ni en broma. —Ya verás tú cuando se te ocurra alguna locura, la capacidad amorosa que seré capaz de sacar para convencerte de lo contrario te hará vomitar arco iris, recuérdalo. —Le 'amenazó', si es que se podía amenazar de esa forma tan dulce.

Después de eso, Sam se limitó a terminarse el chocolate mientras Gwendoline pagaba, lo cual estaba muy bien. No iba a fingir que tenía demasiado dinero, así que si le invitaba a un chocolate casi que mejor. Ya se sentía bastante apurada pidiendo—aunque normalmente simplemente aceptando—dinero de Caroline para poder hacer vida de persona normal.

Se quedó bebiendo en silencio, pensando detenidamente cómo hacerlo todo. Habían dos opciones: que las cosas salieran bien, que debido a la experiencia de ambas y que le superaban el número era la más probable, pero también estaba la opción de que todo saliese fatal, por inconvenientes y sorpresas que no se esperasen en ningún momento. Por un momento sopesó hasta la idea de simplemente cancelarlo todo y no hacerlo, echarse hacia atrás en el último momento e irse a casa... Total, podría hacerlo en cualquier otro momento, sola, sin avisarla a ella. Pero no lo hizo. Se giró en su asiento para mirar a Gwen en la barra pagando y... eso sí que sería ser una amiga horrible, cuando ella se está arriesgando por ti. Suspiró, para entonces coger momentáneamente el móvil para asegurarse de que no tenía nada pendiente antes de enfrascarse en esa misión. Sin embargo, antes de desbloquearlo, en el reflejo del mismo se vio su cara, viendo que tenía un bigote de chocolate. —Madre mía —murmuró en voz baja, cogiendo una servilleta para limpiarse antes de ir a ningún sitio. Ya me dirás qué clase de respeto infunde una fugitiva con bigote de chocolate.

Salieron del café y en cuestión de quince minutos, quizás un poquito más, ya se encontraban abriendo la puerta de Kant. Como siempre—pues la experiencia no te hace ser menos temerosa—tenía las pulsaciones a mil, pero con la varita en mano, empujó suavemente la puerta hasta dejar ver el interior del piso. Ambas se mantuvieron calladas, por lo que Sam dio un paso al interior para ver si escuchaba algo. En otro momento hubiera conjurado un 'echoes' no verbal para asegurarse de cuántas personas habrían en la casa, pero tal y cómo era su varita... no quería arriesgarse a explotar como un globito de agua o algo así. Así que se limitó a deducir por la lógica de lo evidente: las luces estaban apagadas, no se escuchaba absolutamente nada y, por el calor que hacía allí, estaba claro que no había ninguna ventana abierta. El piso parecía estar desierto.

Comenzó a entrar lentamente sin hacer ruido, mirando en todas las habitaciones sólo para asegurarse. Era un piso pequeño, el típico piso de estudiante que tenía la cocina, el salón y el comedor todo comprimido en el mismo sitio, dejando hueco para dos puertas que daban lugar a la habitación y el baño, todo bastante pequeño y comprimido. Y le pareció sorprendente, que un hombre adulto viviese en ese tipo de casa tan poco... familiar o funcional. Cuando se aseguró de que no había nadie, fue cuando se giró hacia Gwen. —Pues no está —informó, bastante aliviada. ¿Podría decirse que lo había estado deseando inconscientemente? Pues es altamente probable. Miró a todos lados, intentando buscar una especie de 'despacho' o mesa que hiciese de despacho, pero no tenía nada. —¿Dónde narices guardará este señor las cosas? —preguntó en bajito, pese a que no había nadie en la casa. Ella en esas situaciones necesitaba hablar bajito. —Voy a mirar en el cuarto.

Porque a falta de una mesa de despacho, quería pensar que una caja fuerte o la misma cama eran los lugares más lógicos en donde buscar 'algo'. O en el cajón de los calcetines. Dudaba mucho que para ser el cazarrecompensas que era viviese en un lugar tan modesto y, encima, aparentemente hubiese tanta poca cosa al respecto de su trabajo. Algo escondía.
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Gwendoline Edevane el Dom Feb 25, 2018 9:45 pm

Había sido una jugada cuestionable apelar a sus sentimientos. Es verdad. Pero tengo una excusa: en el momento en que dije todas esas cosas, no estaba pensando en ablandar a mi amiga. Estaba auténtica y sinceramente nerviosa, preocupada, con miedo de que a Sam le ocurriese algo. Y es que no podía negarme a mí misma que, desde que habíamos recuperado el contacto, me sorprendía a mí misma pensando en ella. Y lo que es más: me sorprendía a mí misma pensando en ella con una sonrisa en la cara, una sonrisa sin demasiada lógica. Podía estar haciendo cualquier cosa que, si la imagen de Sam acudía a mi mente, o cualquier recuerdo bonito sobre ella, se me ponía una sonrisa en los labios.
Así que mi miedo era sincero cuando hablé. Un miedo atenazante, de estos que te hacen un nudo en la garganta, que hacen que respires con dificultad. Quería culpar al café de ese estado—no había sido la primera taza que me tomaba, la verdad—, pero una pequeña parte de mí sospechaba que había algo más.
Pero no sabía qué era ese algo.
Así que la opción más lógica era decir que lo había hecho a propósito, pedirle perdón por ello. No había sido la mejor de las disculpas, y pensaba ofrecerle alguna mejor en algún momento.

—Me lo he ganado... No tengo derecho a protestar.—Dije, levantando la mano, cómo si estuviese jurando decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad antes un juez.

Y hacia allí que nos fuimos. Londres mostraba esa noche su cara más fría y lluviosa. Dos chicas bajo un paraguas azul caminaban en dirección a la casa de un hombre potencialmente peligroso que quería capturar a una de ellas—o matarla, que también le servía, y por extensión a su acompañante—, y la situación parecía prometedora.
No sabía lo que íbamos a encontrarnos al abrir la puerta. Y, las cosas cómo son, lo que nos encontramos fue anticlimático. Y es que nos encontramos con un enorme y gigantesco montón de... nada.
Nadie, para ser más exactos. Ni Kant ni esbirros suyos teniendo una reunión secreta entorno a un altar de sacrificio a un dios pagano.
Nada. Solo un apartamento vacío y a oscuras.
Había entrado en guardia, tensa, sujetando mi varita cómo lo que tenía que ser en caso de encontrarnos con Kant: un arma. No sabía si estaría preparada para un duelo mágico... pero no tuve que comprobarlo, por fortuna. Y mis músculos se relajaron inmediatamente.
Sam me informó de que iba a buscar en su cuarto, a lo cual asentí.

—Si está ahí, o ves cualquier cosa sospechosa...—Le hice una señal con el pulgar en dirección a la puerta principal. Quería que saliese corriendo, no que intentase hacer magia con su varita. Y mi mirada era seria: estaba segura de que si Kant salía de la habitación corriendo detrás de Sam, podría interceptarle con algún hechizo aturdidor sin ponernos en peligro ni a Sam ni a mí. Mi señal para hacerlo sería la mejor de todas: ver a Sam corriendo por su vida. ¿O existía una señal de peligro más clara que esa? No lo creía.

Mientras Sam se internaba en el dormitorio de Kant, por mi parte yo decidí rebuscar en el resto del apartamento. Aquel lugar era pequeño, diminuto. Y había algo más: a excepción de un sillón y un tresillo, y la cocina, no había absolutamente nada. Parecía un piso deshabitado.
Una teoría se pasó por mi mente de inmediato, y fui a comprobarla. Utilizando un hechizo Lumos para iluminar mi camino, busqué el interruptor de la luz del salón. La encontré junto a la puerta de entrada, y me acerqué con un par de zancadas para encenderlo. Accioné el interruptor, y no me sorprendió lo que me encontré: la luz no se encendió.
Al apuntar la luz de mi varita hacia el techo, dónde debía estar la bombilla me encontré con que lo único que había era un cable pelado. Curioso, cuanto menos. Estaba segura de que si giraba la manivela del grifo del fregadero, no saldría ni una sola gota de agua.
Estaba clarísimo que aquella vivienda era una tapadera. Kant y Grulla estaban resultando ser unos genios.
Solo por curiosidad, revisé las alacenas de la cocina, así cómo debajo del tresillo y el sillón. Las alacenas estaban vacías, totalmente vacías, y debajo de los sofás no había más que un montón de polvo que indicaba la deficiente limpieza del lugar.

—Está clarísimo...—Me dije a mí misma, incorporándome hasta quedar de rodillas tras el sillón.—Aquí no vive nadie. No realmente.—Me puse en pie y caminé, intentando no hacer ruido, en dirección al dormitorio. Empujé suavemente la puerta, iluminando el interior con mi varita.—Sam, creo que Kant no vive aquí. ¿Tú has encontrado algo?

Cualquier cosa fuera de lugar podía suponer una pista. Pero estaba claro que nadie podría vivir en un piso cómo este. Por no haber, no había ni basura en el cubo... Bueno, es que no había ni cubo de basura. Aquel lugar estaban en un estado de abandono que sugería que nadie había vivido allí en mucho tiempo.
Pero, entonces... ¿dónde vivía realmente Kant?
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Sam J. Lehmann el Mar Feb 27, 2018 3:52 am

No iba a irse corriendo hacia la puerta si veía algo sospechoso. Con lo miedica que era Sam, el noventa por ciento de las cosas que habían dentro de aquella casa eran sospechosas, por lo que sería un poco contraproducente. Sin embargo, entendía el punto de su amiga, pese a que no creía que le hiciera mucho caso. No había ido allí para irse corriendo a la mínima de cambio, sino para averiguar cosas y parar con esa persecución incesante que había hecho que cualquier resquicio de libertad por parte de la rubia se viese todavía más limitado. Y no quería eso.

Se metió en la habitación pero era la habitación más triste que hacía mucho tiempo que veía. Era perfectamente cuadrada, tenía en el centro una cama de matrimonio sin hacer, justo en frente una cómoda con un espejo, a la derecha un gran armario empotrado y a la izquierda una ventana. Tenía dos mesitas de noches, pero sobre ellas solo había una vela. O más bien la cera que quedaba de una vela.

Se acercó a la cómoda, abriendo los cajones. Apenas había ropa en el interior, sólo un par de juegos de calcetines viejos y poco más. El resto de cajones estaba totalmente vacío y, por lo que parecía, no había ningún falso fondo del que poder conseguir nada. Se acercó entonces al armario y abrió las puertas, pero lo más interesante que encontró fue una camiseta hawaiana colgando de una percha en la inmensidad de aquel armario vacío. Revisó que no hubiera ningún falso fondo y... nada. No había absolutamente nada. Repitió el proceso con las mesitas de noches y, para cuando acabó, fue cuando Gwen apareció por la puerta con la varita iluminando. Qué bien le vendría un sencillo Lumos ahora mismo para facilitarse la tarea, pero ni a eso se atrevía. —Yo también dudo mucho que viva aquí... —Cerró la puerta de la mesita de noche. —No hay absolutamente nada. Bueno, sí, hay una preciosa camisa hawaiana que no sé siquiera si será de él. Me lo imagino con eso puesto y pierde toda la seriedad. —Se acercó de nuevo al armario, lo abrió y le mostró aquella cosa tan fea a su amiga.  

Entonces se sentó sobre la cama, mirando a todos lados de la habitación y tomándose unos segundos en pensar. No sabía qué pensar realmente, más que el hecho de que aquel piso estaba totalmente muerto y nadie vivía en él. Lo único que había encontrado había sido polvo y ninguna señal de vida. —Pues... —Murmuró. —No sé, ¿será esto algún tipo de lugar en donde se reúne con Grulla o algo? O quizás simplemente se haya ido a otro lado y el archivo del Ministerio esté totalmente desactualizado. Tal y como están las cosas, no es de extrañar que los cazarrecompensas tengan cierta ventaja ocultando información... —Miró a Gwen, aún sentada desde la cama. —No sé, ¿y qué hacemos? —Ya se había quedado sin plan B, ni C, ni D. Si ni información del Ministerio le servía para dar con ellos... ¿qué le quedaba?

Le dio al coco un poco más, pero no duró mucho ese momento de evadirse, ya que repentinamente escuchó—y notó—un golpe bajo la cama que hizo que el corazón se le saliese por la boca. Se levantó del susto, viendo como la cama comenzaba a dar golpes hacia arriba. Sam hizo una señal con la mano un tanto desesperada a Gwen para que se acercase a ella y, mientras la cama convulsionaba en golpes que parecían llegar desde el suelo, Sam se metió en el armario—irónicamente—y metió a Gwen con ella, cerrando las puertas y observando desde ahí. —No miré bajo la cama... —Le susurró a Gwen muy bajito, mirándola con cierta... preocupación.

Volvieron a volcar su atención a lo que ocurría, viendo como la cama se giraba hacia un lado, quedándose apoyada contra la ventana, para entonces dejar a la vista una maleta que estaba en el suelo y cuya parte superior parecía estar siendo golpeada desde dentro. Se mantuvo con la mano sujetada a Gwen, ya que cuando la metió en el armario, no la soltó. De hecho, la apretó un poco más de lo normal cuando la tapa de la maleta se abrió por completo, dejando entrever desde su posición el final de unas escaleras.

¡Estoy harto, Savannah! —Gritó un señor de voz grave desde el interior de la maleta. —Siempre igual, con las mismas excusas.

¡Huye, como siempre haces! Vamos, corre, vete. ¡Es lo único que sabes hacer! —Gritó una voz femenina en el interior de la maleta.

¡Yo tengo responsabilidades! ¡No como tú... maldita... —Y se quedó callado. Fue entonces cuando una cabecita comenzó a salir por la maleta, subiendo las escaleras.

¿¡Qué has dicho!? —Se escuchó de fondo.

¡NADA! —Y, una vez fuera, cerró con fuerza la tapa de la maleta.

Sam estaba estática, sin mover un ápice. Sólo podía alucinar. Tenían delante a Ulises Kant resoplando, visiblemente agotado por haber tenido una discusión con lo que parecía su amante, mujer o novia. Y fue todo tan repentino que ahora mismo no sabía qué hacer: ¿salir haciendo una aparición épica y conjurar un hechizo que lo dejase K.O? No, en lo que abrían el armario, con lo torpe que era, seguro que Ulises reaccionaba. Lo que debería hacer era mirar a Gwen y hacerle una señal con los ojos lo suficientemente técnica y precisa para que ella supiese que debía de ser ella quién hiciese la aparición épica, pues seguramente sería mucho más productiva.

Sin embargo, Ulises dejó de suspirar y se dio la vuelta para salir por la puerta de la habitación. Y claro, Sam se puso nerviosa por el pensamiento de: '¡se está escapando!' y actuó sin pensar. Soltó a Gwen, abrió la puerta del armario y le lanzó un Desmaius. Y de verdad que quiso lanzarle algo fácil para no arriesgarse, pero... lo único que ocurrió es que una especie de haz eléctrico salió de su varita e impactó contra la parte de arriba de la puerta, haciendo que Kant saliese corriendo de allí mientras le caían trozos de pared encima. La legeremante fue detrás de él.
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Gwendoline Edevane el Mar Feb 27, 2018 2:45 pm

El dormitorio mostraba un aspecto ligeramente mejor que el resto del apartamento—bueno, obviando el cuarto de baño en el cual no había entrado cómo para conocer su estado—, y eso ya era mucho decir, teniendo en cuenta que el dormitorio tampoco era para tirar cohetes.
Lo observé todo unos segundos iluminándolo con la luz de mi varita. Paredes desnudas, sin cuadros de ningún tipo. Una cama de matrimonio deshecha, una capa de polvo cubriéndolo todo... Definitivamente, no era el lugar dónde uno viviría. Aquello me tenía un tanto desconcertada.

—¿Una camisa hawaiana?—Fue lo único que se me ocurrió responder, o preguntar más bien, cuando Sam me informó de sus hallazgos. En mi mente apareció la imagen de Kant, cazarrecompensas rudo y curtido en el arte de asesinar gente, vestido con una camisa hawaiana. Y paseándose por un Londres más frío que el Polo Norte llevando semejante horterada puesta. Muy apropiado.—Creo que tienes toda la razón: no puede ser suya.

Seguía sin comprender por qué aquella vivienda parecía deshabitada. Estaba segura de que no me había equivocado, de que esta era la dirección buena. Lo había comprobado unas ocho o nueve veces, pues quería evitar a toda costa que hubiese datos erróneos en el archivo que había recopilado para mi amiga.
Sam propuso varias teorías al respecto. Todas tenían sentido. También cabía la posibilidad de que Kant hubiese dado una dirección falsa al Ministerio, que tuviese en propiedad aquel piso simplemente por motivos administrativos.

—Puede ser...—Dije dubidativa.—Supongo que debe tener su residencia en otro sitio, pero... ¿Por qué tener registrado este cuchitril y no su otra residencia?—Cabía otra posibilidad, por supuesto: que Kant fuese uno de esos pirados que viven en la inmundicia aún a pesar de poder permitirse vivir mejor. Con la cantidad de fugitivos a los que había dado caza, Kant debía tener dinero suficiente para vivir en un lugar mejor.—Es que no tiene sentido, cuando lo pienso. Aún repartiendo a partes iguales con Grulla, tendría que tener mucho dinero. Mucho más dinero del necesario para vivir en un sitio cómo este. Bueno, si el sitio fuese funcional, quiero decir...—Y para muestra, accioné el interruptor de la luz, obteniendo el mismo resultado que en la estancia principal.—Por no haber, no hay ni basura en ningún sitio...—Y finalmente, acabé encogiéndome de hombros. No sabía lo que podíamos hacer a continuación.—Podría volver a revisar el archivo mañana y...

Y aquella frase murió en mis labios. Y es que tuvo lugar lo que a todas luces era un episodio de fenómenos paranormales delante de nosotras. Instintivamente, di un paso atrás cuando la cama, sobre la que estaba sentada Sam, empezó a moverse cómo si la estuviesen golpeando.
Aquello—según los principios científicos muggles, por supuesto—era físicamente imposible. Y es que si había algo golpeando la cama, había tres opciones: una persona debajo de la cama, un objeto mágico o un fantasma.
El objeto mágico, algún tipo de alarma, podía ser plausible; el fantasma, no lo creía, o ya habríamos tenido indicios de su presencia en el piso; la idea de que una persona estuviese golpeando el colchón desde abajo simplemente me produjo escalofríos. ¿Cuánto tiempo podía llevar ahí metido... quién quiera que fuese?
Me quedé un poco paralizada en el sitio, lo reconozco. No sabía cómo actuar. Por suerte, Sam actuó por las dos, tirando de mí en dirección al armario, mientras la cama continuaba efectuando su extraña y convulsa danza, cómo si la hubiese poseído el mismo demonio que a la pobre Reagan MacNeil.
Sam me confesó entonces que no había mirado bajo la cama, y fue entonces cuando volví en mí.

Nox.Susurré, incapaz en ese momento de aclarar lo suficiente mi mente cómo para usar magia no verbal. La luz de la varita se apagó en el mismo momento en que el colchón de la cama de matrimonio, igual que una escotilla, giraba sobre unas bisagras que evidentemente no tenía y terminaba apoyado en la pared, revelando una maleta en el suelo, bajo la cama.—¿Qué narices...?—Susurré con incredulidad. Aquella noche, la realidad estaba perdiendo todo su sentido.

Y entonces, la maleta también se abrió. Fueron varios los intentos de "algo" en su interior de abrir, pero finalmente lo consiguió. Entonces vinieron las voces, un hombre y una mujer aparentemente enfrascados en una discusión. Instintivamente, aferré con más fuerza el brazo de Sam, quién seguía aferrada a mí de la misma manera, y me encogí instintivamente de manera defensiva.
El hombre que emergió de la maleta—esto ya me parecía un poco más normal, mucho más normal que lo que me había estado imaginando hasta ahora—no era otro que Ulises Kant. Resultaba difícil distinguirle en la penumbra, pero sus facciones y su estilo de pelo eran inconfundibles. Bueno, inconfundibles no, pero estábamos en su supuesta vivienda, y sería mucha coincidencia encontrarnos allí a alguien con su mismo peinado y sus mismas facciones, ¿no?
Sea cómo sea... la cosa estaba a punto de ponerse seria. Y lo supe en el mismo momento en que Sam me soltó el brazo. ¡Oh, oh!, pensé mientras veía a mi amiga abrir las puertas del armario y salir corriendo como alma que lleva el diablo.
Salí del armario tras ella, justo a tiempo de ver cómo alzaba su varita y lanzaba algún tipo de hechizo desconocido. El efecto fue que parte del marco de la puerta saltó por los aires, haciendo que Kant se cubriese instintivamente la cabeza con ambos brazos, mientras una lluvia de pequeños escombros caía sobre él.
El mago reaccionó al momento. Vi cómo se llevaba la mano al interior de su chaqueta, y supe lo que eso significaba. Así que no pensé y avancé el par de pasos que me separaban de Sam a la carrera. Me pegué a su espalda, rodeando sus hombros con mi brazo izquierdo.
Kant alzó su varita y lanzó un hechizo.

¡Sectum!—Le escuché gritar, justo en el momento en que me desaparecía de la habitación con Sam. No tuve mucho tiempo a pensar, y el lugar más seguro que encontré para aparecerme con ella fue detrás del sofá, dónde ambas nos agazapamos.

Sentía un dolor ardiente en la mejilla izquierda, y cuando me llevé la mano allí, al retirarla mis dedos estaban manchados de sangre. Kant me había alcanzado con el hechizo, a pesar de que me había movido rápido. Y dolía cómo mil demonios.

—Tenemos que...—Empecé a decir, en voz baja, pero entonces Kant empezó a atacar con su varita en todas direcciones. No sé qué hechizos estaba haciendo, pero sonaban cómo las detonaciones de una pistola. ¿Bombardas, quizás? ¡El muy loco quería hacernos saltar por los aires!

La primera detonación hizo saltar por los aires un pedazo de pared, arrojando una lluvia de polvo en nuestra dirección; la siguiente impactó en el sillón, cerca de dónde estábamos, y lo redujo a un montón de restos ennegrecidos.
El siguiente objetivo, por lógica, era el sofá que nos servía de escondite. Le eché el brazo por encima de los hombros a Sam a fin de cubrirla y conjuré un hechizo Aura. Cuando la Bombarda hizo saltar por los aires el tresillo, la barrera nos protegió de todo daño... pero quedamos expuestas.

¿Eres Lehmann? ¡Joder, qué suerte tengo! ¡Me lo estabas poniendo muy difícil para cazarte!—Exclamó Kant, y acto seguido empezó a reírse cómo un maníaco.

Le vi empezar a agitar su varita. Se disponía a atacarnos otra vez. Dejé de pensar... y pasé a la acción. Si quería a mi amiga, pasaría primero por encima de mí.
Kant lanzó su hechizo y yo conjuré en seguida un hechizo protector. Su magia impactó contra la mía, provocando un destello plateado y un sonido semejante al de las chispas eléctricas en un cable de alta tensión dañado. Lanzó un segundo hechizo, pero la distancia entre ambos me permitió bloquearlo de la misma manera. Tuvo lugar un tercero, que también logré bloquear... y entonces vi mi momento para atacar.
Kant echó el brazo de la varita atrás para conjurar un nuevo hechizo, pero yo me moví más rápido que él. Conjuré un Expelliarmus no verbal a tal velocidad que le obligué a cancelar su ataque y sustituirlo por un hechizo defensivo.
Di un paso adelante, lanzándole un nuevo hechizo para desarmarle. Logró protegerse, pero yo pude dar un paso más adelante. No le dejé tregua y ataqué una vez más.
Podía ver que cada vez le costaba más protegerse. La distancia entre ambos se había acortado.

¡Desmaius!Conjuré en voz alta, con energía, adelantando mi varita para atacarle. Kant intentó alzar su varita para defenderse, y lo consiguió solo a medias: mi magia fue parcialmente detenida por un hechizo defensivo que no pudo realizar del todo, y el resultado fue que se quedó aturdido un par de valiosos segundos.

Creí que era mi oportunidad, que podía acabar con aquel duelo de inmediato, y me dispuse a hacerlo. Alcé la varita para conjurar un nuevo Desmaius, pero la suerte me jugó una mala pasada. Kant se movió demasiado rápido, y no tuve tiempo de atacar.

¡Crucio!—Le escuché gritar... y entonces llegó el dolor.

Había escuchado hablar de las maldiciones imperdonables antes. Imperius, Cruciatus, Avada Kedavra, las tres maldiciones cuyo uso suponía la entrada directa en Azkaban. Sin embargo, jamás había sufrido ninguna en mis propias carnes.
¿Habéis conocido alguna vez el dolor de verdad? Seguro que muchos creéis que sí... pero no.
La maldición imperdonable me golpeó en el pecho con la potencia de una bola de demolición, y al momento empecé a sentir ese atroz dolor. Cada punto de mi cuerpo dolía y gritaba de dolor. Primero me doblé de rodillas, y acto seguido caí de espaldas. Perdí mi varita, la cual se alejó girando, deslizándose por el suelo, en dirección a Sam. Me retorcí en el suelo, intentando combatir de alguna manera aquel dolor atroz. No sé si grité, creo que sí, pero no pude evitarlo.
El mundo se desvanecía, dejando paso únicamente al dolor. ¿Quién había sido capaz de inventar semejante uso para la magia? ¿Era esto lo que padecían a diario los presos del Área-M y Azkaban?
En algún punto lejano, escuchaba a Kant riéndose cómo un maníaco. La parte de mí que permanecía consciente se alegró de esto: entretenido conmigo, no podría hacerle daño a Sam...


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Por favor, Sam, no me odies demasiado por el resultado de este duelo con Kant  :pp:  ¡Véngame!
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Gwendoline EdevaneTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Miér Feb 28, 2018 3:03 am

Quizás no había sido lo más inteligente salir de allí sin pensar demasiado en un plan, pero seamos sinceros: Sam y Gwen no iban a trazar un plan infalible dentro del armario mientras murmuraban y esperaban. Lo único que iban a conseguir quedándose ahí dentro un segundo más, es que Kant quedase fuera de sus vistas y escapase. Y tal y cómo estaban las cosas... no había tiempo que perder, ni oportunidades que desperdiciar. En serio, ahora mismo las oportunidades era oro y había que aprovecharlas todas, fuesen cuales fuesen y surgieran cuando surgieran, pues sólo iban a surgir una vez. Llevaba ya mucho tiempo utilizando una filosofía que en tiempos más tranquilos no hubiese adoptado nunca. ¿Un Ravenclaw haciendo uso de la impulsividad y no de la lógica? Rowena Ravenclaw se estaría tirando de los pelos en la tumba. Pero cuando tienes a un enemigo en frente, no puedes usar la lógica; él no va a usarla y va a ser más rápido en derrotarte sólo usando su experiencia en batalla. Así que tú tienes que hacer lo mismo. Eso sí, con una varita sana. Eso es un dato muy importante.

Así que Samantha salió de allí, atacó a su enemigo y, como era evidente, formó más caos que orden. Esa maldita varita era lo más horrible que había conseguido en su vida. ¡Y todavía no le entraba en la cabeza que era mucho más útil no tenerla, que tenerla! ¿Qué esperaba? ¿Que algún día por arte de magia esa varita decidiese hacer un hechizo bien? ¿Que de repente la varita decidiese jurarle lealtad después de haber convertido a su antiguo dueño en pollo y dárselo de comer a los muggles de un hotel? ¡No iba a pasar! Ante la explosión de la puerta, Sam también se cubrió para que ninguna gravilla le diese. Lo siguiente que sintió fue un tirón en el estómago y, para cuando abrió los ojos, se encontraba agachada frente a Gwen detrás del sofá del salón. Miró con preocupación la herida del rostro y llevó su mano allí para ver cuánto grave era. Ni tiempo le dio a decir o hacer nada, pues de repente el sofá que usaban como escudo salió volando por la habitación, rompiendo una ventana.

Ambas se pusieron de pie con decisión y, pese a que era bien consciente de que usando esa varita podía no solo poner en peligro su integridad física, sino también la de Gwen y el resto de habitantes el edificio, ella la alzó por puro instinto defensivo. Eso sí, no la usó, ya que Gwen se puso por delante para batirse en duelo con Kant. Sam quería ayudar, claro que quería ayudar, pero ahora mismo se sentía más un lastre que otra cosa y era altamente probable que cualquier cosa que saliese de su varita fuese más un problema que una solución, así que se mantuvo detrás de Gwen, viendo como poco a poco iba ganando lugar en esa pelea hasta el punto de conseguir acertarle un desmaius a Kant. No fue el hechizo más efectivo, pero si lo suficiente como para estar por delante y conseguir dejarlo totalmente fuera de combate. Sin embargo, algo pasó. Sam no supo identificar el qué: si Gwen había dudado, si Kant había conseguido burlar la evidencia, si había sido un golpe de suerte... No supo. Lo único que supo es que cuando escuchó de los labios de Kant esa maldición y vio caer a Gwen al suelo, Sam entró en un ataque de pánico al escucharla gritar. Quiso acercarse a ella para ayudarla, pero no lo hizo. Eso era lo que más temía: escuchar el dolor saliendo de los labios de sus seres queridos. ¡No debería haber dejado que viniese!

Fue escuchar aquella carcajada perversa por parte de Ulises lo que le hizo alzar esa varita potencialmente peligrosa y conjurar un Expulso en dirección a Kant inmediatamente. No fue precisamente un Expulso lo que salió de su varita, sino más bien una especie de onda invisible que hizo que todo lo que estaba por delante de ella—incluido objetos inertes—saliesen volando hacia atrás fuertemente, por lo que Ulises voló hacia atrás y una lámpara también, cayéndole en la frente cuando éste cayó al suelo primero. Eso sí, todo lo que estaba por detrás de ella también salió volando, por lo que ella se chocó contra la pared que tenía detrás, dándose tremendo golpe en la cabeza que, harta, tiró su varita al suelo. Lo único bueno: Gwen ya no estaba bajo los efectos del crucio, aunque dudaba mucho que pudiese levantarse después de eso. Sam gateó rápidamente hasta ella, acariciándole suavemente el rostro para ver su reacción y asegurarse de que estaba consciente, acercándose para comprobar que estaba respirando aunque con bastante debilidad.

Lehmann, ¿qué clase de persona va a la casa de aquel que la está buscando? Te creía más inteligente después de todo los quebraderos de cabezas que me has hecho tener estos meses —decía, apoyándose en la encimera de la cocina para ponerse en pie después del golpe que se había llevado. —Y encima traes contigo a una amiga. No sé quién de las dos es más idiota. —Sonrió con altivez.

Sam buscó entonces su varita rota, pero no la encontró, sino que encontró la de Gwendoline prácticamente a su lado. La cogió sin pensárselo dos veces y volvió a ponerse en pie, apuntando a Kant.

Te prometo que esto será rápido. Ya se encargarán de torturarte hasta la saciedad en el Área-M después de que me paguen —le amenazó, lanzándole un hechizo que ella se defendió exitosamente. Después del golpe que se había dado y la inseguridad de usar una varita que no era la suya, se limitó a defenderse todos los hechizos de su enemigo, siendo consciente de que esa manera no conseguiría darle la vuelta a la tortilla. Estaba arrinconada. Así que, arriesgándose por completo, en uno de los ataques por parte de Kant, no se lo defendió, sino que se lo esquivó físicamente, utilizando ese tiempo que había ganado en atacarlo. Obviamente el hechizo no pasó de largo, sino que le dio en una pierna, por lo que unas cadenas comenzaron a aferrarse fuertemente a su pierna mientras iban subiendo por todo su cuerpo. Sin embargo, antes de que eso le limitase el movimiento, consiguió lanzar un expelliarmus a Kant que hizo que su varita saliese volando. Se tomó unos segundos en quitarse esas cadenas y atraer la varita de Kant hacia ella antes de que pudiese recuperarla. El tipo quedó prácticamente delante de Sam, aunque era ella quien tenía la varita apuntando directamente a su cuello. Se miraron durante unos largos segundos, hasta que él rompió el silencio. —¿Vas a matarme? —preguntó, con una sonrisa falsa que intentaba no evidenciar su temor.

Qué ganas tenía Sam de pegarle un puñetazo para que se quedase inconsciente del golpe. Pero no quería romperse la mano, así que descartó tremenda idea violenta. Qué ganas tenía, simplemente, de hacerle sufrir como había hecho sufrir a Gwen. Pero cogió aire, se tranquilizó y...

Sí, voy a matarte. —Esperó ese segundo en el que vería su rostro de pánico y conjuró un desmaius que lo hizo desplomarse al suelo delante de ella. Sí, Sam también podía ser malvada a su manera, ¿vale? Sólo imagináos la cara y la angustia de ese señor durante ese segundo.

Ahora soltó aire, como si se hubiese quitado un peso enorme de encima cuando en realidad, ¿cuánto llevarían peleando? ¿Dos minutos? Y a ella le parecía una eternidad. Le ató con cuerdas mágicas por si acaso despertase y volvió a donde estaba su amiga rápidamente, agachándose a su lado. Ser víctima de una maldición cruciatus no era algo del montón. Era probablemente la maldición que más dolor podía hacerte sentir de la nada y no podías hacer nada por evitarlo. Un religio podía atraparte, podía romperte los huesos con las cadenas que te aferraban, pero siempre podías llegar a quitártelas, sentir de dónde venía el dolor y qué era lo que te dañaba. El fuego que te quemaba podía verse y sentir el alivio al disiparlo con agua. Los golpes físicos podían notarse y evitarse, ¿pero un cruccio? Eso era... un dolor interior tan fuerte que parecía que cada órgano, hueso y músculo estaba siendo víctima de cristales incandescentes que inundaban tu interior, presionando cada vez más y más. Y eso... ¿y eso cómo podías siquiera entenderse? A veces ya no es solo el dolor, si no el miedo, el no poder hacer nada. Había veces que lo único que pasaba por tu mente cuando te alcanzaba un crucio era sencillamente que preferías morir. Era más fácil pensar que todo acabase, a simplemente soportar eso. —¿Gwen...? —Apartó un mechón de pelo de su frente con suavidad. Sam se quitó el gorrito de lana y lo puso debajo de la cabeza de su amiga con cuidado. —¿Estás por ahí? —preguntó en voz baja, preocupada. Sabía que estaba ahí, claro que lo estaría, Gwen era terriblemente fuerte y podía con eso y más, pero cualquiera querría levantarse después de eso. O más bien, cualquiera podría levantarse después de eso. —Lo siento...

Y por eso no soportaba ir con gente a la que quería a ese tipo de cosas. El simple hecho de pensar que estaba así por su culpa le hacía sentir fatal.
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Gwendoline Edevane el Miér Feb 28, 2018 4:43 pm

Había dedicado gran parte de los últimos meses a entrenar. A mejorar mis aptitudes en lo que al duelo mágico se refería. Largas horas invertidas en la sede de la Orden del Fénix, a fin de convertirme, por lo menos, en una duelista competente. Había hecho muchos progresos, era cierto, pero a veces, ni todos tus progresos son suficientes.
Estaba cegada, lo reconozco. Cegada por mi necesidad de proteger a Sam, de evitarle daño alguno. Quizás estuviese demasiado nerviosa, demasiado enfadada, y no pensé con claridad antes de lanzarme al ataque. Me parecía injusto que gente tan horrible cómo Kant persiguiese a una persona tan dulce, tan buena, cómo era Sam. Y la posibilidad de verla herida simplemente resultaba inconcebible.
Pero todo salió mal para mí. En un momento estaba de pie, y al siguiente estaba en el suelo, retorciéndome de dolor a causa de la más brutal de las maldiciones imperdonables. ¿Que la maldición asesina Avada Kedavra era peor? Bueno, quizás, pues segaba vidas... pero algo me decía que no podría compararse con la sensación tan horrible que experimenté durante los siguientes... ¿minutos?
Perdí la noción de todo aquello que me rodeaba. El mundo fue haciéndose cada vez más lejano a medida que me sumergía en aquel dolor. Grité, ahora sé que grité, y también sé que cerré los ojos. Los propios ojos parecian a punto de ser arrancados de mis cuencas. Me dolía todo, hasta la más pequeña fibra de mi ser. Creía que iba a volverme loca, y si aquello no paraba, posiblemente fuese así.
Pero algo sucedió. Algo ocurrió que hizo detenerse el dolor. Me quedé exausta, tendida en el suelo, mientras el mundo recuperaba alrededor de mí su corporeidad, su tangibilidad. Abrí un poco los ojos, sintiendo todavía el fantasma de aquel horrible dolor en todo mi cuerpo.
Hubo algunos destellos en algún lugar por encima de mí. Magia, supuse. Supuse también que era Sam quién estaba realizando aquella magia, batiéndose en duelo con Kant. Pero... ¿cómo? Su varita...
Me di cuenta entonces de que mi mano ya no sostenía varita alguna, y mi mente, pese al dolor que acababa de sentir y que aún temía que volviese repentinamente, logró ordenar aquellos factores: no tenía varita, Sam estaba luchando... Tenía que haber cogido la mía, era la única explicación.
Logré incorporarme apenas un poco, levantar la cabeza del suelo lo justo para girarla y ver lo que estaba ocurriendo.
Sam estaba frente a frente con Kant, quién había perdido su varita. Mi amiga le apuntaba al cuello, y efectivamente, la varita que empuñaba era la mía. Temí las palabras que Sam dijo, pues no quería que se convirtiese en una asesina, y mucho menos en un acto de rabia, para vengarme a mí.
Kant cayó desmadejado en el suelo, y yo cerré los ojos de nuevo, demasiado débil todavía cómo para moverme. No volví a abrirlos hasta que escuché la voz de mi amiga, y sentí el cálido contacto de sus manos en mi cara. Sus ojos azules, su preciosos ojos azules, mostraban preocupación.

—Sam...—Dije a duras penas, notando la garganta horriblemente seca y dolorida. Mi voz sonó ronca, quizás por los gritos que había proferido hacía unos momentos.—Estoy bien.—Acerté a decir, y creo que logré sonreír. Ella me dijo que lo sentía.—¿Qué es lo que sientes? Me has salvado la vida, y yo... no he podido con él.

No me sentí lo bastante segura cómo para intentar incorporarme hasta que el recuerdo del dolor que acababa de sentir fue algo lejano. De todas formas, me sujeté a las manos de Sam, y al principio lo único que hice fue sentarme. Empecé a notar entonces otras cosas: la sangre pegajosa en mi mejilla izquierda, el tacto del suelo polvoriento bajo mis manos, el sudor que me perlaba la frente... La maldición cruciatus, por fin, se había empezado a desvanecer.
Busqué a Kant con la mirada. Sam había prometido matarle, pero en lugar de eso le vi atado, tirado en el suelo. Sam sostenía todavía mi varita en su mano.

—Tenía miedo de que le hubieras matado de verdad.—Dije, mi voz todavía algo ronca, pero recuperando por fin mis fuerzas. Volví la mirada hacia ella, y pese a las circunstancias, logré sonreírle. ¿Cómo no iba a hacerlo? ¿Acaso no era ella lo más bonito que había visto en mi vida? No sabía de dónde había salido ese pensamiento.—Yo soy quién lo siente... Quería protegerte y...—Bajé la mirada, incapaz de continuar.

Lo único que quería era asegurarme de que ella estaba bien, por eso había venido con ella. Mi intención era cuidar de ella... y al final había sido ella quién había cuidado de mí. ¿Es que no era capaz de proteger a nadie?
Me sentía horriblemente mal, derrotada. Sí, también estaba lidiando con el fantasma del dolor intenso que había sufrido, y su mero recuerdo me producía escalofríos y sudor frío... pero no era nada comparado con la impotencia que sentía.
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