Situación Actual
19º-25º // 26 agosto -> luna llena
Entrevista
Administración
Moderadores
Últimos Mensajes
Awards
Laith G.Mejor PJ ♂
Vanessa C.Mejor PJ ♀
Freya H.Mejor User
Gwendoline E.Mejor roler
Sam & GwenMejor dúo
Stella T.Especial I
Egon A.Especial II.
Bianca V.Premio Admin
Redes Sociales
2añosonline

The face of evil PT. I - Hello, Mr. Kant // [PRIV.] Sam J. Lehmann

Gwendoline Edevane el Jue Feb 15, 2018 8:38 pm

Recuerdo del primer mensaje :


Jueves 15 de febrero, 2018 || Kennington Lane Café, cerca de la residencia de Ulises Kant || 20:30 horas

Las calles de Londres mostraban su aspecto más apacible esa tarde que ya empezaba a convertirse en noche. La gente corriente volvía a sus casas, terminada la rutina diaria. Seguramente cenarían viendo algún programa de televisión, y se irían a dormir temprano a fin de rendir al máximo posible al día siguiente.
Yo no tenía pensado acostarme temprano. No aquella noche. Me había citado con Sam, la primera vez que la veía después de aquella locura de fiesta de carnaval en la discoteca Babylon. Aquella fiesta que tan borrosa—creo que por suerte—estaba en mi mente. Y mentiría si dijese que no me hacía horriblemente feliz volver a verla, volver a estar con ella.
Pero el motivo de la cita no era una reunión de amigas. No. Había llegado la hora de entregarle toda la información que había logrado recabar acerca de Ulises Kant, su actual problema número uno. Me gustaría decir que también había obtenido algo de información acerca de la tal "Grulla", pero no: ese personaje misterioso era, en pocas palabras, un fantasma. Nadie parecía saber nada de ella, y con solo ese mote no podía encontrar nada.
¿Cual era el resumen de todo esto? Que la única forma de saber algo sobre Grulla era preguntar directamente al señor Kant. De él sí tenía mucha información, a decir verdad, y no había escogido al azar aquella cafetería para citar a Sam: se encontraba muy cerca de la casa del hombre que las ponía en peligro a ella y a Caroline.
Llegué caminando cerca de las ocho y media, bajo una lluvia fina. Llevaba puesta la misma ropa que durante mi encuentro con la Ministra hacía apenas tres días, a excepción del gorro de lana y la bufanda que había añadido para protegerme del frío... y para ocultar un poco mi identidad. Me protegía bajo un paraguas azul.
Al llegar a la cafetería, dejé el paraguas en el paragüero de la entrada y escogí la mesa más retirada de la amplia cristalera que pude encontrar. Resultó ser, por fortuna, la de la misma esquina, cerca de una máquina expendedora de tabaco. Tomé asiento en el lado más próximo a la cristalera, dejándole libre a Sam la silla del rincón para una mayor privacidad.
Me aflojé un poco la bufanda, que hasta entonces cubría la mitad inferior de mi rostro, y mientras me acomodaba. una camarera muggle de cabellos rubios y una edad cercana a la de Dorcas Medowes se me acercó. Con una sonrisa me preguntó qué deseaba tomar.

—Buenas noches.—La saludé con educación y una leve sonrisa.—Me tomaré un café solo. ¿Y puede preparar también un chocolate caliente? El más grande que tenga.

Por supuesto, el chocolate era para Sam. Ella no llegaría tarde, y lo sabía. Es más, pondría la mano en el fuego por su puntualidad, y estoy segura de que no me quemaría. Las bebidas no iban a tener tiempo de enfriarse.
Mientras esperaba, saqué del interior de mi chaqueta el motivo de aquella reunión: una carpeta llena cosas acerca del señor Kant. Había querido ser exhaustiva en aquella investigación. De hecho, todavía me sentía mal por no haber sido capaz de encontrar nada referente a Grulla.
Me convencí de que no importaba. De que todas las respuestas estarían, si no en el apartamento, en la cabeza del señor Kant. Y Sam tendría formas de extraer dicha información.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Elizabeth Olsen
Edad del pj : 29
Ocupación : Desmemorizadora
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 2.867
Lealtad : Orden del Fénix
Patronus : Tortuga marina
RP Adicional : ---
Mensajes : 699
Puntos : 336
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t5349-gwendoline-edevane http://www.expectopatronum-rpg.com/t5353-relaciones-de-gwendoline http://www.expectopatronum-rpg.com/t5368-cronologia-de-gwendoline http://www.expectopatronum-rpg.com/t5354-correspondencia-de-gwendoline
Gwendoline EdevaneTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Vie Mar 02, 2018 1:23 am

Pues claro que lo sentía, madre mía, ¿cómo no iba a hacerlo? ¡Llevaba todos estos meses negándose rotundamente a que le acompañase por miedo a que le hiciesen daño! Y, para colmo, es víctima de la maldición que más daño puede provocar en una persona sin apenas esfuerzo, ¿cómo iba a sentirse al respecto? De verdad, de verdad que no quería ni pensar en la cagada que había hecho dejando que Gwen le acompañase. Sam había vivido eso; había vivido lo que era enfrentarse a una persona y no ser capaz de vencerla, había vivido lo que se siente al ser inferior en un duelo, había vivido mucho, mucho dolor y, como es evidente, no quería bajo ningún concepto que sus seres queridos pasasen también por eso. Mucho menos si encima es por su maldita culpa. Nunca mejor dicho lo de maldita, pues parece que quién se junta a ella, al final tiene que salir mal parado y sufrir. Y le daba rabia; le daba coraje. Ellas, sus amigas, querrían protegerla del mal que ya estaba en su vida; mal que ya había experimentado. ¿No era más lógico que fuese ella quién quisiera mantenerlas alejadas, antes de que este mal se expandiese todavía más y las metiese a todas en el pozo?

La observó preocupada frente a sus palabras, ofreciéndole sus manos para que se levantase cuando ella quisiera. —¿Cómo que por qué lo siento? Te ha hecho esto el señor que se supone que me quiere a mí para mandarme a Azkaban. Te lo ha hecho por mi culpa. Si no hubieras venido, esto no hubiera pasado y tú estarías tranquila en casa sin haber pasado por esto —explicó el por qué de sentirlo. Sentía haberse dejado convencer, pero dicho así sonaba muchísimo más feo. Dijo que estaba bien, intentando mostrar un sonrisa convincente, pero vamos... Sam la conocía muy bien para saber que eso no era una sonrisa convincente. Además, nadie está bien después de un cruciatus, eso era un sentimiento universal.

Se fijó en Kant atado en el suelo, a lo que sonrió frente a su comentario, ¿de verdad se creía que Sam podía llegar a matar a alguien? A ver, sí. Había límites en su paciencia; incluso en sus emociones. Pero tenía una férrea moral y una conciencia muy débil y era muy consciente de que como matase a alguien que realmente no lo mereciese, iba a ser un golpe durísimo para ella. —¿En serio? ¿El crucio te ha fundido la neurona y ya no me conoces? —Se metió con ella cariñosamente, sonriendo risueña. —Sólo quería asustarle un poquito, aunque estuve muy tentada de hacerle mucho daño porque nadie toca a mi Gwen. Créeme que me encantaría poder hacerles a ellos los que nos hacen a nosotros, pero tengo la certeza de que como yo intente hacer un cruciatus, sólo le haría cosquillas —añadió, encogiéndose de hombros con resignación. Y cuando dijo que lo sentía... Sam la miró, suspirando con cierta... diversión. Madre mía, es que eran idiotas, las dos. Y tercas, muy tercas. ¡Y mira lo que pasaba cuando terminabas por ser tú quién torciese el brazo! —Pero Gwendoline... —dijo su nombre de la manera más tierna posible. —¿No te das cuenta de que soy yo quién ya está metida en todo esto? Y es horrible, esto es horrible. Debería ser yo quién te protegiese a ti de todo esto y no me dejas, ¿cómo crees que me siento yo al ver que te han hecho daño por mi culpa? —Era una pregunta retórica, pues no pretendía esperar a que Gwen la contestase. Hizo una pausa, dejó ese tema de lado—pues era un tema sin fin—y golpeó con la yema de su dedo dulcemente la punta de su nariz. Por mucho que dijese y el pánico que sintió antes, volver a mirarla a los ojos y ver que estaba bien le daba un tremendo alivio. —Menos mal que estás bien. O todo lo bien que se puede estar después de un crucio.

En realidad no tenía nada de ganas de tratar con Kant, sólo buscar en su mente todo lo posible, borrar a Gwen de su mente y modificar los recuerdos con respecto a Sam. E irse de allí antes de que las cosas se torciesen, que con la suerte que tenía Sam... era altamente probable que las cosas siempre se torciesen más y más. Se puso lentamente en pie y caminó hacia la habitación cuya puerta estaba hecha trocitos, asomándose al interior pues repentinamente se acordó de la maleta que estaba allí y en cuyo interior había otra persona. Y claro, ¿y si esa persona salía? Sin embargo, fue asomarse y no ver nada en medio de la habitación. La maleta había desaparecido. Le dio mucho mal rollo, ya que no le gustaba nada que las cosas desapareciesen repentinamente. Miró a todos lados moviendo los ojos y, confundida, volvió a donde Gwen. —La maleta ha desaparecido, ¿deberíamos preocuparnos? —preguntó sin mucha idea de qué sentir al respecto. —No... no tengo ni idea de cuándo lo hizo o por qué, pero no me da muy buena espina —dijo desconfiada. —Voy a meterme en la mente de Kant para irnos cuánto antes, ¿me prestas tu varita? —preguntó por cortesía, ahora que estaba consciente y esas cosas. Antes la había cogido por necesidad. —No quiero dejarlo tocado de la cabeza y mi idea era usar la suya pero... me fío más de la tuya. Que eso es otra cosa... Yo me quejo mucho pero... si no llegas a estar tú y no llego a coger tu varita, estaba claro que no hubiese tenido oportunidad contra él. Era un poco suicida venir con esa maldita varita, ¿por qué no me la quitaste de las manos y me la rompiste? —dijo divertida, mirando a la causante que le provocaría un chichón en la parte trasera de la cabeza, si es que no se había hecho una herida de verdad, pues la varita de Vladimir Crowley estaba a unos dos metros de Gwendoline, bajo una mesita. —No me dejes volver a cogerla, prefiero la de Kant hasta sin haberla probado.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Taylor Swift
Edad del pj : 28
Ocupación : Camarera
Pureza de sangre : Sucia
Galeones : 13.067
Lealtad : Neutral
Patronus : No tiene
RP Adicional : 000
Mensajes : 760
Puntos : 526
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t2138-sam-j-lehmann http://www.expectopatronum-rpg.com/t2143-sam-j-lehmann-relaciones http://www.expectopatronum-rpg.com/t2182-cronologia-de-sam-j-lehmann http://www.expectopatronum-rpg.com/t2181-buzon-de-sam-j-lehmann#39778

Gwendoline Edevane el Vie Mar 02, 2018 2:20 pm

Mi mente todavía no pensaba con toda su claridad, igual que mi cuerpo todavía no respondía del todo. Supuse que era algo normal, teniendo en cuenta el dolor que acababa de sufrir hacía escasos minutos. No sabía cuanto tiempo había estado expuesta a la maldición de la tortura, pero no podía haber sido mucho tiempo gracias a Sam. Así que, si en tan poco tiempo, las consecuencias eran las que yo estaba sufriendo, no quería ni imaginarme cómo podría terminar una persona sometida a semejante suplicio durante minutos enteros... Y ya no hablemos de horas. Aquel dolor, aquel estrés físico y mental, estaba segura de que podrían volver loca a cualquier persona.
Así que no pensaba todavía con demasiada claridad. Mi amiga estaba allí, delante de mí, preocupada y culpándose a sí misma por algo de lo que, en mi opinión, no tenía ninguna culpa. Yo había decidido venir, había apelado a los sentimientos de Sam para conseguirlo. Y aunque ese no fuese el caso, aunque fuese Sam quién me hubiese arrastrado a aquello, o muy trastornada me había dejado la maldición Cruciatus, o había visto claramente que el artífice de esta había sido Ulises Kant.

—Perdona, pero...—Me esforcé para intentar ponerme en pie, y mi cuerpo me dijo un clarísimo "Todavía no, dame un respiro", así que le hice caso.—...¿le has puesto una pistola en la cabeza a Kant para obligarle a que me hiciese esto?—Y, pese a mi estado actual, logré sonreír para intentar quitarle hierro al asunto. Levanté entonces mi mano izquierda con intención de acariciar la mejilla de Sam, pero me encontré con que tenía los dedos manchados de sangre. Así que aborté la misión y cambié de mano. Deposité mi derecha sobre su mejilla izquierda.—Lo ha hecho él, no tú. Y tú no me has pedido venir. De hecho, recuerdo que te negaste con vehemencia... Así que no quiero que sigas culpándote, ¿vale?

Y es que así estaban las cosas. Sam, objetivamente, no tenía la culpa de nada de lo que había ocurrido. Bueno, sí, quizás sí tenía la culpa de algunos de los destrozos sufridos por el apartamento de Kant, aunque si Sam y él se ponían a discutir por eso, no me quedaba claro quién de los dos había destrozado más cosas.
Una cosa buena que yo tengo—creo que es una cosa buena, al menos—es que intento evitar sentirme culpable de cosas que no he hecho. Y por supuesto, intento aplicar la misma máxima a todos los que me rodean. Y en este caso, Sam no tenía la culpa. Si estaba allí era porque yo había querido estar, no porque ella me hubiese traido. Estaba segura de que, si Sam me hubiese dicho que no, habría acabado viniendo igual, a sus espaldas, y el resultado no habría sido muy distinto.
Bueno, sí. Quizás de haber hecho eso, Sam se habría enfadado conmigo por mentirle. Así que había optado por la honestidad.
Y sí, de verdad, había tenido miedo por un momento. Miedo de que Sam hubiese entrado en tal estado de rabia que hubiese decidido acabar con la vida de Kant. No quería que pesase sobre su conciencia el quitar una vida, y mucho menos si lo hacía por mí. Tampoco creía que el asesinato fuese una solución en este caso.

—No hace falta que hagas eso por mí.—Le comenté, sonriendo, sintiéndome visiblemente mejor, recuperando por fin algunas de mis facultades mentales. En concreto, esas que me permitían bromear. Sin embargo, lo siguiente que dije no fue exactamente una broma.—Aunque no sé lo que yo haría si alguien te hiciese eso a ti. No creo que me hiciese ninguna gracia...

No sé en qué momento me di cuenta de que, mientras la miraba a los ojos, estaba apartándole el pelo de delante de los ojos, y acariciándole levemente la mejilla con el dorso de mi mano. Cuando me di cuenta, sentí que me invadía una vergüenza extrema, dejé de mirarla a los ojos y aparté la mano de ella de la misma manera que lo haría un niño que ha sido pillado por su madre intentando robar galletas del tarro de la cocina.
¿Qué me estaba pasando? ¿Era aquello un residuo de la maldición Cruciatus? Sí, claro, Gwendoline... Ahora vas a echarle la culpa de todo a la maldición Cruciatus. O al café. No es cómo si ya te estuvieses comportando cómo una estúpida de antes. No es cómo si llevases una foto de Sam y tú cómo fondo de pantalla en tu Smartphone y... Por algún milagro logré apartar esos pensamientos. No los entendía, pero estaban diciendo demasiadas verdades cómo para sentirme cómoda con ellos.
Mi amiga, lo sabía, no iba a renunciar a su culpa solamente porque yo dijese cuatro palabras. La culpa arraigaba muy dentro de uno, y a veces es mejor que te culpen terceros a culparte tú misma. Con la culpa de terceros puedes vivir; con la tuya propia, no.
No pude evitar sonreírle y bajar la mirada cuando me tocó la punta de la nariz con el dedo, y podría haber dejado estar el tema así, ahora que Sam parecía más animada. Pero simplemente me negaba a que ella siguiese sintiéndose culpable de aquello.

—Sam...—Empecé a decir, volviendo a levantar la mirada.—Te lo digo otra vez: no ha sido culpa tuya. Ha sido culpa suya.—Señalé al hombre desmayado a no más de un metro de nosotras, atado con cuerdas mágicas.—Y estoy bien, no me ha matado, ¿vale? Ni tengo nada que no se cure con un poco de descanso. ¿Crees que si te lo pido serás capaz de dejar de sentirte culpable? Porque lo de sentirte culpable te pone unas arrugas aquí...—Le toqué con el dedo en medio de la frente.—...y aquí...—Le toqué las comisuras de los labios.—...y aún eres demasiado joven cómo para tener arrugas.—Y para terminar con aquello, en un intento sincero de verdad de quitarle hierro a todo, sonreí manteniéndole la mirada a mi amiga. ¡Por favor, no quería que siguiese sintiéndose culpable! Solo quería que sonriese, aunque fuese difícil dadas las circunstancias.

Sam entonces se puso en pie, y yo hice un esfuerzo para hacer lo mismo. Esta vez lo conseguí, y parece ser que ya no me dolía nada. Bueno, eso no era del todo verdad, pues el corte de la cara me dolía. Pero eso era normal: tener un corte de unos cinco centímetros de largo en la mejilla izquierda dolía, escocía, y en general era una molestia. Y más cuando los cortes en la cara sangraban tanto. No sabía el aspecto que tenía, y para comprobarlo saqué mi Smartphone del bolsillo de mi chaqueta. Active la aplicación de la cámara, que me mostró una imagen del suelo del piso de Kant y mis propios pies, cambié a la cámara frontal... ¡Y madre mia, el susto que me llevé al ver el aspecto de mi cara!
El corte no era grave, una herida menor en comparación de lo que un Sectum podía llegar a hacer—por ejemplo, si me hubiese acertado en el cuello, la cosa habría ido mucho peor—, pero había tanta sangre manchando mi mejilla que parecía mucho peor. De hecho, la sangre me había llegado hasta el cuello.
Entonces Sam me dijo que la maleta había desaparecido, lo que inmediatamente me hizo restarle importancia a mi estado físico y devolverle la atención a la realidad.

—Pues quizás sí deberíamos.—Respondí, aunque era una obviedad. Las maletas mágicas, por muy mágicas que fuesen, no deberían marcharse caminando ellas solitas. Alguien tenía que habérsela llevado. Y ese alguien... sabía que estábamos las dos allí. Sabía cosas de nosotras.—Seguramente, la otra persona, esa tal... ¿Savannah? Creo que ese era su nombre. Seguramente ella habrá aprovechado el momento en que Kant estaba luchando con nosotras para escapar. Quizás él mismo nos distrajo...—Le eché una mirada de reojo. Seguía tumbado y apartentemente inconsciente, y tenía en la cara una expresión tal que parecía estar durmiendo cómo un angelito. Un angelito incapaz de lanzarle a nadie una maldición de tortura.—¿Qué? Ah, por supuesto.—La pregunta de Sam me pilló sumergida en pensamientos sobre la identidad de quién fuese que hablaba con Kant cuando nos escondimos en el armario. Cuando Sam mencionó entonces que mi varita nos había salvado la vida, a ella y a mí, sonreí divertida. Y no solo por eso.—¿Sinceramente? Pensé que exagerabas. No creí que una varita pudiese tener un temperamento tan grande. Más que una varita, parece una fiera salvaje.—No tenía más que mirar a mi alrededor para ver que había causado más destrozos todavía, y la puerta del cuarto de Kant no había sido su única víctima.

Avancé un par de pasos hacia dónde estaba la varita furiosa de Sam. La recogí del suelo con cuidado y la miré cómo quién observa la prueba de un delito. Sin darme la vuelta, y pensativa, seguí hablándole a Sam.

—¿Puedo quedármela? No es para usarla, pero quizás Ollivander me acepte un trato.—Me di la vuelta mientras decía eso.—Es decir, me acabo de quedar sin varita, y seguro que él sabe cómo manejar a esta bestia parda. Quizás me la cambie por una nueva.—Y al ver que Sam parecía no comprender a qué me refería con lo de "me acabo de quedar sin varita", le sonreí.—Madera de aliso. Núcleo de pelo de unicornio. Veintisiete centímetros. Flexible. Creo que esta varita encaja a la perfección con la imagen de Sam Lehmann que tengo en mi mente.—Me detuve delante de ella, mirando aquella varita que llevaba conmigo desde los once años, cargada de buenos recuerdos, incluidos recuerdos de mi madre... y estaba claro que era perfecta para Sam.—Es tuya. Te ha obedecido, supongo que porque su anterior propietaria te quiere muchísimo.

Y concluí aquellas bonitas palabras mirándola a los ojos. Tenía el corazón acelerado, el momento era precioso, casi de película, y entonces...

¿Habéis terminado de cacarear ya? Por dios, Lehmann, mátame ya. Escucharos tontear la una con la otra es una tortura peor que lo que le he hecho yo a esa...—Dijo Kant, quién en algún momento había recuperado la consciencia... y aparentemente el sentido del humor. Le fulminé con la mirada, y no me digné a responderle. Él rió divertido al ver mi mirada.—¿Qué tal te ha sentado, falditas? La verdad es que hacía tiempo que no podía torturar a alguien cómo es debido y... ¡Uff! ¡Qué cosquilleo me ha recorrido todo el cuerpo!

Le seguí mirando con rabia, apretando los dientes dentro de la boca, pero no dije nada. En su lugar, me aparté de él y de Sam, decidiendo dejarle a mi amiga espacio para trabajar, y lamentando que Kant no hubiese tenido la consideración de dejar al menos parte del mobiliario intacto.
Quería sentarme, y el suelo estaba hecho un asco.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Elizabeth Olsen
Edad del pj : 29
Ocupación : Desmemorizadora
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 2.867
Lealtad : Orden del Fénix
Patronus : Tortuga marina
RP Adicional : ---
Mensajes : 699
Puntos : 336
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t5349-gwendoline-edevane http://www.expectopatronum-rpg.com/t5353-relaciones-de-gwendoline http://www.expectopatronum-rpg.com/t5368-cronologia-de-gwendoline http://www.expectopatronum-rpg.com/t5354-correspondencia-de-gwendoline
Gwendoline EdevaneTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Sáb Mar 03, 2018 3:50 am

¿Sabéis ese sentimiento de derrota? Pero no de derrota de cansancio, ni tampoco por haber fallado estrepitosamente en algo, sino más bien... ese sentimiento en el que alguien te echa un poco la bronca y tú no tienes manera de contradecirlo, por lo que no tienes otra que aceptarlo, resignada. Y ahora mismo se sentía así escuchando a Gwen, mirándola con lo que parecía una mirada de perrito que te mira mientras comes. No podía refutarla. Bueno, sí que podía, hasta la necedad, pero llegado ese momento ya no quería. Bajó un poco la mirada, sin muchas ganas de seguir con esa conversación. Y le daba mucha rabia, pero en fin... no era el momento para andarse con qué es correcto o quién tiene razón.

Se mantuvo callada sintiendo el cariñoso gesto de su amiga, hasta que dijo una obviedad. —A mí tampoco me hace gracia —recalcó. —Ni un poquito, ¿por qué te crees que estoy tan enfadada? —Gwen apartó la mano de su mejilla y pese a que notó el impulso, ni se dio cuenta de la incomodidad que podría haber sentido; a Sam le parecía adorable, pero también es cierto que Sam es de lo más cariñoso que hay en este mundo y también aprecia mucho el cariño que se le da. —Y como soy incapaz de vengarme en condiciones porque soy una cobarde, es mejor evitar que haya personas que quiero en zonas de peligro junto a mí.

Iba a ser muy difícil que Sam dejase de sentirse culpable. Habían dos tipos de culpas: la directa y la indirecta. Y era evidente que la rubia había sido totalmente la causante principal de la indirecta. ¡Y sí, quizás estaba enrevesando mucho todo el asunto, pero se sentía muy mal! Sólo imagináos por un momento que la maldición imperdonable hubiese sido la asesina. Y el miedo que se le había creado en el cuerpo ya no se lo quitaba nadie. Sin embargo... no dijo nada al respecto, ni como queja ni como nada. Abogó por preocuparse por el presente y el futuro y dejar atrás lo que había pasado, porque quejarse y enfadarse no iba a servir de nada. Además, era incapaz de mantener la seriedad cuando le tocó cariñosamente el lugar dónde le iban a salir las arrugas por estar tanto tiempo preocupada. Y sonrió. No fue la sonrisa más amplia, pero sí fue una pequeña sonrisa en la que desvió la mirada. —Tú tienes que dejar de ser tan adorable en momentos en donde hay que ponerse serias, madre mía, así no se puede... —Se quejó divertida. O todo lo divertida que podía estar.

Tras asegurarse de que Gwen estaba mejor se levantó de allí, yendo por instinto a mirar si seguía allí la maleta, cosa negativa. Aunque en realidad mejor... ¿y si seguía allí qué iban a hacer? ¿Hacerla explotar? ¿Llevársela? Era otra decisión peligrosa que tomar y, sinceramente, bastantes decisiones tensas habían tenido ya. Así que volvió a donde su amiga, escuchando lo que opinaba al respecto. —No sabes tú la de jugarretas que me ha hecho esa varita... de verdad que merecía la pena más no tener, que tener eso. —Y entonces se sorprendió cuando dijo que si podía quedársela, sin saber muy bien para qué querría esa bomba de relojería. Cuando se lo explicó, Sam la miró incrédula. Sonrió por el final de su explicación, pero no se lo tomó en serio. Esa varita era su varita, la que consigues con once años porque te elige. Eso no se regala. —Yo también te quiero mucho, pero no me voy a quedar con tu varit...

Pero el entrometido de Kant habló, sólo para decir idioteces, como siempre. Esta gente no hacía más que decir idioteces, una detrás de otra. Cuando se metió de nuevo con Gwen, Sam movió el frutero de plástico que estaba sobre la encimera de la cocina hacia la cabeza de Kant, dándole un fuerte golpe. —Cállate un rato si no vas a decir nada útil. —Y volvió a mover la varita, colocando un sillón de una plaza al derecho, moviendo a Kant hacia allí sin mucho cuidado y sentándose justo en frente de él, sobre la mesa que estaba rota.

Já, ¿vas a hacer de tus trucos mentales? No pierdas el tiempo y mátame ya si de verdad quieres que deje de perseguirte. Es la única manera. ¿O no tienes lo que hay que tener para matarme? No, claro que no... —Sonrió perversamente. —Al final será: morir o matar. Y entre más tarde, más dudarás. Y entre más dudes, antes serás tú el fiambre.

Habló mirando directamente a los ojos de Sam y... tenía razón. No obstante, no estaba allí para mantener una conversación sobre eso con él, no cuando dentro de un rato iba a olvidarlo absolutamente todo. Así que le apuntó con la varita y no tardó ni dos segundos en conjurar primero un confundus y luego un legeremens. El primero para que no fuese capaz de hacer demasiada oposición a la intromisión de Sam en su mente, cosa que funcionó de maravilla, pues tuvo total libertad a la hora entrar en lo más profundo. ¿Lo primero que hizo? Buscar información sobre Grulla. No la encontró tan fácilmente, sino que cuando Kant volvió a la conciencia, inconscientemente lo primero que llegó a su mente fue probablemente lo que más quería guardar, asustado por si Sam ya lo habría encontrado. Es lo peor que podría hacer alguien siendo atacado por un legeremens: agobiarse por querer guardar ciertos recuerdos pues al final siempre llegan a zonas muy fáciles a las que acceder.

Papá, ¿a dónde vas? —dijo una niña rubia de preciosos rulos dorados.
Tengo que volver a Londres, el trabajo me llama —decía Ulises, agachado frente a ella mientras le daba un fuerte abrazo.

Un niño, de pelo castaño, ojos claros y de aproximadamente dos o tres años, también corrió hacia allí, uniéndose al abrazo familiar. Una mujer morena permanecía a un metro, observando preocupada la situación.

¿Cuándo volverás? ¿Vas a tener que estar allí mucho tiempo haciendo...? —Kant la miró y ella dejó de hablar. Los niños se fueron tras unas indicaciones de los padres y éstos se quedaron hablando. —No quiero que vuelvas as marcharte, no merece la pena. Podemos encontrar un nuevo lugar en donde estar seguros... todos, todos nosotros.
Katherine... ya sabes que no puedo. Tengo una deuda que pagar, lo sabes muy bien. Ojalá pudiese irme con mi familia a algún lugar alejado de esa horrible dictadura que nos tiene a todos cogidos por los huevos...
Esa lengua...
Perdón, es que... —Se pasó las manos por la cabeza, haciéndose el pelo hacia atrás. —Estoy harto. Lo siento, de verdad. Pero estáis a salvo, os mandaré todo lo que consiga para que no os falte de nada, ¿vale? Nada. Y cualquier cosa, me mandas una carta urgente. Lo que sea que necesites. Y... si me pasa algo, ella te avisará, ¿vale? Le hizo prometer que os protegería.

...

¡SAL DE MI CABEZA, ASQUEROSA SANGRE SUCIA! —Gritó, haciendo que la imagen del recuerdo desapareciese, moviéndose en el lugar en donde estaba atado como si intentase desatarse.

¿Quién es ella? ¿Es Grulla? —preguntó.

Él ya estaba serio, sin un ápice de ironía. Haber visto a su familia no le hacía demasiada gracia. Saber que Lehmann había visto a su familia era lo que no le hacía gracia.

Lehmann, más te vale que me mates ahora mismo o te juro que te voy a hacer pagar por esto.

Dime quién es Grulla y te prometo que tu familia no sufrirá ningún daño. —¡Já! Cómo si hubiese sopesado la idea, siquiera por un momento, de hacer daño a esa pobre mujer y a esos dos adorables niños. Jamás. Pero era bien consciente de que era eso lo que le preocupaba a Kant, por lo que qué menos que aprovecharse un poquito de su miedo...

Lehmann... —dijo con rabia.

¡Kant! ¡Lo único que yo quiero es poder vivir tranquila, al igual que tú con tu familia! —Le gritó ahora ella a él. —No tenemos por qué ser enemigos. Sólo necesito deshacerme de tu amiga.

Él miró con seriedad, como si en alguna parte de él de verdad estuviese sopesando la idea de aceptar un trato con una traidora sangre sucia. No obstante, algo le decía a Sam—que ya no estaba metida en su mente—que eso era altamente improbable. Nadie que estuviese endeudado con el nuevo orden, fuese de la manera que fuese, se arriesgaría con una familia oculta a confiar en una fugitiva. Así que como buen idiota, escupió a un lado, despreciando no solo la oferta de Sam, sino incluso a la propia Sam como persona, bruja y... humana, vamos.

Jamás haría un trato contigo, sangre sucia. Eres débil. Caerás tarde o temprano. Tú y todos los tuyos. —Miró a Gwen, pero lejos de tener un rostro de odio, agresivo o cargado de ira, se mostraba preocupado y temeroso. No parecía que esas palabras fuesen acorde con su repentina actitud.

Sam volvió a confundirle sin ganas de tratar con él, mirando de reojo a Gwen antes de volver a entrar en su mente. Le costó dar un recuerdo en el que estuviese Grulla, más que nada porque no sabía ni cómo era, ni cómo se llamaba, así que terminó accediendo al recuerdo de la maleta justo antes de que Kant saliese hacia la casa hace un rato, más que nada para ver quién era esa Savannah. En ningún momento Sam identificó a esa chica como Grulla pero... discutían. Discutían por temas de dinero y de trabajo y, pese a que la conversación era claramente propia de dos personas que se conocen muy bien y saben de lo que hablan, Sam no terminaba de pisparse de mucho. Parecían que hablaba en código, como no terminando las frases. Qué asco que da la confianza.

Como diez minutos después, dejó al grogui de Kant inconsciente y borró cualquier rastro de Gwen, así como modificó todo el recuerdo de ese día, en el cual recordaría que un fugitivo de nombre Osbaldo McKinn fue quién le atacó, amenazando a su familia, diciéndole en donde vivía con absoluta certeza y los que le haría si no dejaba de perseguir a todos los fugitivos y de trabajar para el gobierno. En el recuerdo implantado el fugitivo le salvaba la vida, por lo que quizás sirviese de aprendizaje.

No sabría qué pasaría después de eso, pero se limitó a dejarlo ahí acostado y levantarse lentamente. Se giró y miró a Gwendoline. —¿Nos vamos y hablamos en casa? Mejor no estar aquí cuando despierte. —Tenía mucho que contarle, pero no ahí. Que ya se esperaba cualquier cosa. Se acercó a ella con la varita por delante para devolvérsela y que ella las desapareciese, asumiendo que lo que había dicho antes no iba en serio y, obviamente, porque Sam nunca se había aparecido con ella.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Taylor Swift
Edad del pj : 28
Ocupación : Camarera
Pureza de sangre : Sucia
Galeones : 13.067
Lealtad : Neutral
Patronus : No tiene
RP Adicional : 000
Mensajes : 760
Puntos : 526
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t2138-sam-j-lehmann http://www.expectopatronum-rpg.com/t2143-sam-j-lehmann-relaciones http://www.expectopatronum-rpg.com/t2182-cronologia-de-sam-j-lehmann http://www.expectopatronum-rpg.com/t2181-buzon-de-sam-j-lehmann#39778

Gwendoline Edevane el Sáb Mar 03, 2018 11:35 pm

Comprendía cómo se sentía, y estaba segura de que, de invertirse los papeles, estaría igual que Sam. De hecho, había estado muerta de preocupación y nervios al comienzo de esa misma noche, sentadas en una cafetería delante de sendas tazas de bebida caliente, y entonces ni siquiera corríamos peligro. Viendo las consecuencias de aquella "misión", casi deseaba haberle pedido a mi amiga que reconsiderase aquello, que simplemente siguiese escondida, en lugar de ir a buscar a Kant. Yo me habría ahorrado mi herida y sufrir la maldición Cruciatus, y ella se habría ahorrado el estado en que se encontraba.
Así que la comprendía, aunque no me gustase lo más mínimo verla en ese estado. Mi reciente "preocupación excesiva y extraña" hacia ella, ese estado que no entendía, me llevaba a querer verla únicamente sonriendo. Y es que Sam tenía una de esas sonrisas que parecía iluminar el mundo entero. ¿Desde cuando me había vuelto tan... poética?

—No te enfades, de verdad. No quiero verte enfadada. Lo malo ya ha pasado.—Insistí una vez más, aunque tenía la impresión de que no se iba a olvidar de ello tan fácilmente. Y tenía esa impresión porque en caso contrario yo no lo olvidaría tan fácilmente.

No dije nada respecto a lo de evitar traerse a seres queridos consigo a misiones cómo estas. No quería hablar todavía acerca de ese tema, pues tenía mucho en lo que pensar. Estaba confundida, y mentiría si dijese que la perspectiva de volver a ponerme en peligro me apetecía cuando recordaba el intenso dolor que podía causar un mago utilizando una simple maldición, sin apenas esfuerzo. No iba a olvidarme de aquel dolor tan fácilmente, y estaba segura de que se convertiría en una pesadilla recurrente para mí.
Sin embargo, tampoco quería dejar sola ante el peligro a mi amiga, y mucho menos cuando ahora yo era parte de la Orden del Fénix. También tenía que decírselo, y no sabía cómo. Temía que se enfadase conmigo si lo hacía, y por eso tenía que encontrar la manera de hacerlo. No creía que fuese a odiarme, pero... si había hecho algo ella hasta ahora, había sido esforzarse por mantenerme fuera de peligro. Y yo iba y hacía eso.
Pero por suerte, en medio de aquel momento tenso, aún nos quedaban momentos divertidos. La broma sobre las arrugas me salió natural, y pude ver cómo el ambiente se rebajaba un poco. La observé con una sonrisa, y pensé que si yo tenía que dejar de ser tan adorable en momentos cómo aquel, ella tenía que dejar de ser algo tan hermoso en el mundo en el que vivíamos.

—Tanta seridad acabará matándote, Lehmann.—Respondí, enseñando un poco mis dientes en una sonrisa más divertida, más relajada. No tan relajada cómo si estuviésemos en casa con una copa de vino en la mano cada una, pero sí más relajada, dadas las circunstancias.—Y te lo digo yo, ¿sabes?—Y me llevé una mano a la boca para reírme un poco, francamente divertida. Después de todo... la Señorita Seriedad venía a decirle a ella que no fuese tan seria.

Cuando finalmente fui capaz de ponerme en pie, y tras examinar el espanto en que se había convertido la mitad izquierda de mi cara, pasamos al tema de las varitas. Tenía en mis manos la varita que Sam había traido con ella, que no la suya, y ella portaba la mía. Y verla con ella, hacerlo todo con tal naturalidad, me dio esa idea repentina: que Sam debía quedarse con ella. No podía acercarse libremente al Callejón Diagón para hablar con Ollivander y comprar una nueva, cosa que yo sí podía hacer.
Y no había persona a la que estuviese más dispuesta a ceder mi varita que ella. Sabía que no aceptaría de buenas a primeras, pues desde que nos conocíamos, había llevado conmigo esa varita. Estaba con mi madre, a mis once años, cuando la recibí. Cuando Ollivander había dicho que era bonita cómo un unicornio, cosa que nunca llegué a creerme del todo y que seguía sin creerme. No me sorprendió que protestase.
Y entonces, Kant nos interrumpió, impidiendo cualquier tipo de réplica por mi parte.
Ignoré la provocación de Kant. No era la primera vez que alguien me provocaba. En el Ministerio, cuando eras hija de una "sangre sucia" y McDowell ostentaba el cargo de Ministra, era habitual que intentasen buscarte las cosquillas. No era de las que respondían a provocaciones. Así que simplemente me retiré.
Sam, en cambio, sí respondió a la provocación. Me di la vuelta rápidamente al escuchar el sonido del objeto que recorrió la estancia al vuelo, y me encontré con que un frutero golpeaba a Kant en la cabeza. La miré con un poco de reproche, y aunque entendía por qué lo había hecho, no quería que le hiciese más daño del necesario.

—Sam, está bien. No le hagas caso.—Le pedí con voz suave. No quería que se rebajase al nivel de Kant. Nos había acusado de cacarear, pero el que cacareaba era él. Se sabía en peligro real, y trataba de amedrentarnos. No lo estaba consiguiendo, atado cómo estaba.

Kant siguio hablando, pero si soy sincera, desconecté por completo. En su lugar, decidí dejar trabajar a Sam y me fui en dirección a la cocina. Sabía que no habría agua en las tuberías, pero podía usar la pila del fregadero para lo que tenía en mente.
Observé con recelo la varita que Sam había traido consigo, esperando que no decidiese hacerme saltar por los aires en cuanto intentase usarla. Coloqué el tapón a la pila, y entonces, con cierto respeto hacia la maldita varita con complejo de bomba nuclear, apunté al interior.

—Venga. No sé quién era tu dueño, y no quiero ofenderte. Solo te pido un pequeño favor...—Suspiré profundamente, esperando el momento en que la pila explotaría y me haría salir disparada en la dirección opuesta, cómo propulsada por la explosión de una bomba, y pronuncié.Aguamenti.Para mi sorpresa no ocurrió nada. Literalmente, no ocurrió nada, y fue así durante al menos cinco segundos. Tanto tiempo que creí que la varita no iba a hacer absolutamente nada... y entonces, casi con pereza, empezaron a caer gotas de agua de la punta de la varita.—¿De verdad? ¿Esas tenemos? ¿Con ella te pasas de potencia, conmigo te quedas corta? En fin... gracias, supongo.—Sé que resultaba ridículo tratar a una varita cómo a un ser vivo, pero aquella cosa había demostrado tener mucho temperamento. No quería jugármela.

Cuando la pila tuvo suficiente agua, aparté la varita y la dejé sobre la encimera. Me quité el gorro y la bufanda, dejándolos cerca de la varita, y empecé a limpiarme la sangre seca de la cara con el agua. Me sentí mucho mejor, especialmente cuando pude limpiar un poco la herida. Ya no sangraba, por suerte, y podría cubrírmela con la bufanda para no llamar la atención por la calle.
Mientras tanto, Sam seguía a lo suyo... y de repente escuché a Kant gritar, llamando "sangre sucia" a mi amiga. No era la primera vez que alguien le decía algo así delante de mí. Los días de Hogwarts en que las serpientes se metían con los alumnos que no eran hijos de magos volvieron a mi memoria. Y agarré la varita que Sam había traido con ella en un impulso, recorriendo a zancadas la distancia que me separaba de ellos dos.
Me detuve en seco, entonces, cuando escuché el contenido de aquella conversación. ¿Familia? Mis dedos, que estaban cerrados firmemente en torno a la empuñadura de la varita, se relajaron un poco. Sam quería ofrecerle algún tipo de trato, mencionándole a su familia, cosa que Kant no aceptó...
...y entonces me miró con esa cara, y lo vi todo: miedo, miedo de verdad. Y no parecía que tuviese miedo por sí mismo. Entreabrí la boca para decir algo, pero entonces Sam le lanzó un hechizo, dejándole aturdido.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué has visto?—Pero Sam estaba muy ocupada urgando de nuevo en la mente de Kant cómo para responderme, así que la dejé terminar. Había estado practicando la legremancia con ella en repetidas ocasiones, pero estaba segura de que jamás la dominaría cómo lo hacía ella. Cuando finalmente terminó, no respondió a mis preguntas, si no que en su lugar me instó a que nos marchásemos de allí. Estaba confundia, así que no pude hacer otra cosa que asentir.—Tienes que contarme que acaba de pasar aquí, por favor...—Dije, sin dejar de asentir con la cabeza.

Volví a la cocina para recoger mi gorro y mi bufanda. Me disponía a salir con Sam, cuando reparé en que en el suelo del cuarto de estar seguía tirado el gorro de mi amiga. Lo recogí también y se lo di. Me guardé en la manga de mi chaqueta la varita que Sam había traido consigo, y antes de que nos marchásemos, le puse una mano en el brazo.

—Los vecinos. Pueden haber oído algo... Especialmente los del piso inferior a este. Hay que desmemorizarlos. ¿Puedes hacerlo?—Por supuesto, pensaba ayudarla a inventarme una excusa para que entrásemos por las buenas en su casa. Realmente, tampoco nos hacía falta ninguna excusa: Alohomora a la cerradura, irrupción caótica, y borrado de memoria rápido. No es que tuviésemos todo el tiempo del mundo para hacerlo, pero no hacerlo sería irresponsable.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Elizabeth Olsen
Edad del pj : 29
Ocupación : Desmemorizadora
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 2.867
Lealtad : Orden del Fénix
Patronus : Tortuga marina
RP Adicional : ---
Mensajes : 699
Puntos : 336
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t5349-gwendoline-edevane http://www.expectopatronum-rpg.com/t5353-relaciones-de-gwendoline http://www.expectopatronum-rpg.com/t5368-cronologia-de-gwendoline http://www.expectopatronum-rpg.com/t5354-correspondencia-de-gwendoline
Gwendoline EdevaneTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Mar Mar 06, 2018 3:34 am

Tirarle el frutero en la cabeza no había sido ningún acto violento o rencoroso por parte de Sam, simplemente un aviso. Ese frutero de plástico no tenía suficiente peso como para que siquiera Kant pudiera haber sentido dolor, era solo una manera de dejarle claro que si quería, ahora mismo Sam podía tirarle un puntiagudo y doloroso objeto en la cabeza que realmente le pudiese hacer daño si se le iba de la lengua y decía cosas que no debía decir. Y tenía ganas de tirarle algo a la cabeza, ¿vale? Estaba enfadada y nerviosa. Y él era un imbécil asqueroso, así que se merecía eso y objetivamente mucho más. Tenía suerte de que la única fugitiva que tuviese el coraje de ir a por él fuese demasiado buena.

Se pegó su tiempo intentando sacar información suficiente de la cabeza de Kant y, pese a que podría haber encontrado mucho más, se conformó con lo que tenía porque le daba muy mala espina estar ahí cuando la maleta que recién estaba en la habitación contigua había desaparecido por arte de magia. Que sí, que vivían en el mundo mágico y era normal que las cosas desapareciesen por arte de magia, pero eso no quitaba que siguieran dando mal rollo.

Al ponerse de pie, decidida a irse, Gwendoline mostró interés en saber qué narices había pasado, sobre todo por la conversación intermedia que tuvieron ambos y que, fuera de contexto, obviamente carecía de mucho sentido. Sam asintió con la cabeza. —Te lo voy a contar todo, en casa —Hizo una pausa. —No me da nada de buen rollo el suceso de maleta y cómo éste tío se despierte y nos vea, después de lo que le he modificado, se va a volver un poco loco. —Pero, como buena trabajadora del Ministerio del departamento de desmemorizadores... Gwen estaba en lo cierto. Podrían dejar a los muggles del piso inferior con los recuerdos de que algo escandaloso pasó allí y eso estaría a favor de los recuerdos que Kant tendría, pero mejor librarse de posibles daños colaterales y hacer que los muggles sigan siendo muggles bien alejados de cualquier tipo de magia. No sería la primera vez que alguien como Kant mata a un muggle sólo por no desmemorizarlo. Y nadie se merecía eso por la imprudencia de una fugitiva a la que le da pereza hacerlo. Asintió a la pregunta de Gwendoline. —Sí, claro, vamos.

Pese a que Sam se hubiese especializado totalmente en la rama de la legeremancia, su auténtica pasión desde bien joven había sido en general todo lo relacionado con la mente, los recuerdos y la capacidad de borrarlos, modificarlos y visitarlos como si fuesen tuyos propios. Habían hechizos básicos de modificación de la memoria que, pese a que no estaban en su carrera, los aprendió más por necesidad y hobbie que por otra cosa.

Veinte minutos después

Habían desmemorizado a los dos vecinos de la planta baja. Fue relativamente fácil: uno de ellos les abrió la puerta y, tras apuntarlo con la varita, cayó redondo al suelo (aunque Sam lo hizo levitar antes de caer al suelo para que no se hiciese daño). Vale, Gwen iba a ir por la vía pacífica y dialogada, ¿pero no era mucho más práctico ir a lo importante? Poner a todos a dormir en el salón, borrarles los sucesos de la última media hora y ya está, que se despierten cuando tenga que ser acurrucaditos en el salón. En el plan de Sam había un pro y un contra: el pro era que si esa pareja desmemorizada estaba pasando una crisis de pareja, se despertarían todos monos abrazados y seguro que volvían a amarse. Y el contra... bueno, para la hora que era y el día que era, una siestecita a esta hora a más de uno le rompería los horarios de sueño, pero bueno, tampoco era para tanto. El otro vecino fue un poco más complicado, ya que les abrió la puerta una pequeña niña y, obviamente, a Sam le daba mucho reparo hacerle la misma jugarreta a ella. Así que preguntaron por su padre y... bueno, un poco lo mismo. Aunque ahí el alma de Sam sí que se vio un tanto quebrada por la pobre niña, ¿pero qué iba a hacer? ¡Mejor eso que dejarles con el recuerdo de que ahí arriba hubieron explosiones y cosas feas!

Una vez hubieron terminado, se aparecieron directamente en el salón de casa de Gwen, donde Sam se quitó el gorrito de lana otra vez—pues se lo había vuelto a poner—y lo dejó sobre la mesa central. —Sí, lo sé, mi manera de borrar memorias es un poco tosca, pero te juro que ese edificio ya me daba un poco de repelús y quería irme. Tía, lo de la maleta, ¿cómo narices va a desaparecer así porque sí? No sé, eso me puso en alerta y desde entonces ya estaba super incómoda. —Se quitó el chaquetón, ya que en casa de su amiga hacía una temperatura super cálida y acogedora, quedándose con un suéter medio holgado. —¿Tú estás bien? Pero de verdad, ¿cómo te sientes? Siéntate un rato, como si estuvieses en tu casa... —Se rió de su propio chiste, achinando un poco los ojos mientras le señalaba el sofá y ponía una de sus manos en su cadera, apoyando todo su peso en un pie. —¿Te hago un té? —Le estaba pidiendo permiso para hacerle un té en su propia casa mientras ella se queda ahí, tranquila, pero luego se dio cuenta de que en verdad tampoco tenía que pedir permiso: la confianza estaba para que diese asco con propiedad. Eso de pedir permiso estaba muy sobrevalorado en una amistad como la de Gwendoline y Sam. —Te voy a hacer el té, tu quédate ahí. Ahora te lo cuento todo.

Se dio cuenta de que todavía tenía la varita de Gwendoline en su mano, por lo que antes de irse a la cocina, se agachó para dejarle la varita delante de ella, en la mesa. —Me había olvidado de lo cómodo que era tener una varita que te hiciera caso. Gracias por prestármela. —Y con una sonrisa, se giró para irse a hacer el famoso té británico y honrar a su amiga. Ahora se daría cuenta de que Sam no era nada amante de los té y que sus buenas raíces austriacas no le dieron habilidad para hacer buen té. Ni ahora, ni nunca. Sam, en general, tenía mala mano para cualquier cosa que tuviera que ver con hacer comidas o bebidas. Si algo le salía bien, era porque los planetas se alinearon o porque había recibido ayuda de terceros. —¿¡De qué lo quieres!? —preguntó en voz alta desde la cocina al ver que tenía miles en la despensa. Vaya por Dios. Sam tenía uno en casa normalmente y luego mil botes para hacer chocolate o batidos, como buena gordi que era. ¿Pero tés? Ella no era mucho de tés. Le parecían sosos.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Taylor Swift
Edad del pj : 28
Ocupación : Camarera
Pureza de sangre : Sucia
Galeones : 13.067
Lealtad : Neutral
Patronus : No tiene
RP Adicional : 000
Mensajes : 760
Puntos : 526
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t2138-sam-j-lehmann http://www.expectopatronum-rpg.com/t2143-sam-j-lehmann-relaciones http://www.expectopatronum-rpg.com/t2182-cronologia-de-sam-j-lehmann http://www.expectopatronum-rpg.com/t2181-buzon-de-sam-j-lehmann#39778

Gwendoline Edevane el Mar Mar 06, 2018 2:47 pm

No sería yo quién cuestionase la forma de actuar de Sam. Jamás me atrevería a pretender saber las cosas por las que había pasado durante el último año cómo fugitiva, las cosa que habría tenido que verse obligada a hacer en favor de preservar su libertad. Y no iba a quererla menos, por muchas cosas horribles que me contase.
Pero, las cosas cómo son, el proceso de desmemorización de los vecinos llevado a cabo por Sam—yo solo fui mera testigo, ofreciendo disculpas a los pobre y asustado muggles que nos encontrábamos en las viviendas—fue el equivalente de un elefante entrando en una cacharrería. Bueno, quizás no tanto, pero debo decir que me alegra pensar que ninguno de los muggles recordará jamás la forma en que dos extrañas entraron en sus casas por las buenas en medio de la noche para apuntarles con una varita y mandarlos a la habitación del sueño. Y no de la forma más delicada posible.
Pero bueno, cómo he dicho, no juzgaría a mi amiga. No sabía lo que era trabajar con la presión de que te estuviesen pisando los talones. Seguramente, en algún punto, se perdían la delicadeza y las formas, pues la supervivencia siempre iría por delante. Y lo cierto es que me alegraba: gracias a su instinto de supervivencia, ahora podía estar con ella. Y eso, por algún motivo que no alcanzaba a entender del todo, me hacía más feliz que nada en el mundo.
Desde el momento en que Sam puso sus dedos alrededor de la empuñadura de mi varita, esta pareció convertirse en una extensión de sí misma, en la parte que le faltaba. Me gustaría poder decir lo mismo de la varita "prestada" que llevaba yo ahora conmigo, pero lejos de darme esa sensación, lo que me parecía era que no estaba tampoco demasiado a gusto conmigo. Cómo si dijese "A no ser que sea indispensable, déjame en paz".
Pero me gustaba ver a Sam tan desenvuelta, y de hecho llegué a olvidarme de que la varita que llevaba era la que yo había recibido con once años de manos del señor Ollivander. ¿Cómo no hacerlo? Sam y esa varita parecían en comunión. Y lo demostró una vez más cuando nos desaparecimos a la perfección, sin incidentes, para aparecernos en mi casa. Si una bruja podía llevar a cabo una aparición perfecta, sin que se produzca una despartición, quería decir que dominaba a la perfección sus poderes mágicos.

—No digo que seas tosca ni que lo hagas mal.—Respondí a lo que decía Sam mientras escuchaba un maullido y me agachaba para acariciar a Chess, mi gato negro. Ese mismo gato callejero del que había hablado a Sam en Navidad y que se había convertido en un gordo y orgulloso gato negro casero. Le acaricié un poco la cabeza mientras él ronroneaba y se estiraba, y entonces le cogí en brazos.—Solo digo que no hacía falta lanzarles un Desmaius. ¿Sabes que existe el Leniendo? Humo rosado y... a dormir.—Y pese a lo que pareciese aquello, no estaba reprochándole nada a Sam. Se había asegurado de evitarles males mayores y daños físicos a los muggles. Así que sonreía divertida.

Sam estaba hiperactiva y preocupada por la maleta. Entendía su preocupación, desde luego. Yo misma me había visto salpicada por el incidente. Quizás no me hubiese visto bien la cara quien fuese que se había llevado la maleta, pues yo estaba segura de que alguien se la había llevado. No podía haberse ido por patitas, a no ser que estuviese más encantada de lo que parecía a simple vista.
Pero Sam, de nuevo, estaba preocupada por mi estado de salud. Y pese al dolor que había sentido cuando Kant había usado la maldición Cruciatus conmigo y el corte en mi mejilla, me sentía bien. Mientras me desembarazaba de mi bufanda—que había servido para cubrirme el corte de camino a casa—, de mi gorro y de mi chaqueta, volví a asegurarle que estaba bien.

—Estoy bien, de verdad. Lo único que quiero ahora mismo es sentarme un rato en el sofá con mi gato y mi mejor amiga, y charlar un rato.—Era sincera, y por un momento juro que me olvidé por completo de la conversación entre Sam y Kant, esa sobre la que quería algunas explicaciones antes de salir de su apartamento.—Gracias por ser tan buena anfitriona.—Le dije con una sonrisa ante su broma, y haciendo caso de su consejo, me senté en el tresillo. El gato, a quién había dejado de nuevo en el suelo para poder desembarazarme de mis prendas de calle, se acercó al sofá con intención de que volviese a cogerle, y lo hice, dejándole sobre mi regazo. Allí se hizo un ovillo.

Sam anunció que iba a prepararme un té, y sentí el tremendo impulso de ponerme en pie para ayudarla. Ese impulso me duró hasta que mi amiga dejó sobre la mesa la varita que, para mí, ya era suya. Me traía muchos recuerdos, estaba claro. Estaba con mi madre cuando el señor Ollivander me la puso en las manos. Con ella había conjurado mi primer Patronus evocando un feliz recuerdo de mi niñez junto a mi madre. La llevaba en las manos cuando Bea y yo vimos a todos aquellos unicornios en el bosque prohibido.
Y, por supuesto, la llevaba conmigo cuando, en mi segundo año en Hogwarts, conocí a Samantha Lehmann.
Me puse de pie, dejando al gato descansar sobre tresillo. El animal me miró con curiosidad cuando cogí la varita de la mesita y caminé hacia la cocina.

—¿Sabes? Iba en serio lo que dije antes. Quiero que te la quedes.—Dije, apoyándome en la encimera, junto a mi amiga, que revolvía entre las bolsitas de té. Le señalé una de tila y otra de menta poleo, lo que tomaba cuando quería relajar un poco los nervios.—¿Y sabes por qué te ofrezco algo que es tan valioso para mí?—Porque tú eres lo más valioso de mi vida actualmente, y te quiero más de lo que yo misma alcanzo a comprender. Porque...—Porque tú eres muy valiosa para mí. Esto solo es una varita, madera con un núcleo de pelo de unicornio. Nadie me va a quitar de la memoria los recuerdos vividos con ella... y a ti te hace falta.—Hice una pausa, mirando la varita, dándole vueltas entre mis dedos.—La próxima vez que te encuentres en una situación de peligro, quiero que puedas defenderte. Y sé que la vas a cuidar bien.

Cierto es que había precedentes de Sam perdiendo varitas. Pero, ¿sabéis qué? ¡Al diablo! Mi amiga necesitaba algo con lo que defenderse, y evidentemente no podía presentarse en la tienda de Ollivander a comprar otra. Tampoco podía solicitar que viniesen a su casa con un muestrario de varitas, al estilo Tupperware, ni elegir una varita nueva por medio de un catálogo. Una varita tenía que elegir al mago.
Y, que me aspen, pero esta varita había reconocido a Sam de la misma manera que en su día me había reconocido a mí. ¡No cabía duda!

—Además, mira esto.—Saqué de la manga la varita peligrosa, esa a la que habría que poner bozal si queríamos evitar que nos mordiese, y señalé con ella una de las bolsitas de té.Wingardium Leviosa.Igual que había pasado con el Aguamenti, al principio no pasó nada, cómo si la varita dijese "Déjame en paz"; a eso de unos cinco segundos, la bolsita de té en cuestión empezó a levitar perezosamente, elevándose unos cuantos centímetros por encima de la encimera. No presioné demasiado a la varita, no fuese a hacer saltar por los aires la bolsita en un arranque de furia homicida.—Es mejor que nada, ¿no?—Dije, mirando con diversión a Sam y encogiéndome de hombros. Definitivamente, aquella varita era un caso. Su anterior dueño había debido ser un personaje de cuidado.

Entonces, apoyé la cabeza en el hombro de mi amiga, ofreciéndole la que había sido mi varita por la empuñadura. Puse morritos, una forma de decirle sin palabras "Por favor, acéptamela, no seas cruel". Total, ¿qué más daba? Mañana me pasaría por Ollivander's y tendría una bonita varita nueva.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Elizabeth Olsen
Edad del pj : 29
Ocupación : Desmemorizadora
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 2.867
Lealtad : Orden del Fénix
Patronus : Tortuga marina
RP Adicional : ---
Mensajes : 699
Puntos : 336
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t5349-gwendoline-edevane http://www.expectopatronum-rpg.com/t5353-relaciones-de-gwendoline http://www.expectopatronum-rpg.com/t5368-cronologia-de-gwendoline http://www.expectopatronum-rpg.com/t5354-correspondencia-de-gwendoline
Gwendoline EdevaneTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Jue Mar 08, 2018 4:14 am

Pero si es lo mismo —respondió con testarudez cuando le dijo lo del hechizo leniendo, ya que aparentemente era un hechizo mucho menos invasivo y aparentemente más friendly. —Bueno, quizás el desmaius es un poco más agresivo por el simple hecho de que puede llegar a aturdir o es mucho más inmediato pero... a grandes rasgos, es lo mismo. Además, los traté a todos con amor —añadió al final, esbozando una dulce sonrisa. ¡Y era verdad! A la niña a la que más. Se había sentido tan mal echándole ese hechizo y desmemorizándola que había terminado por meterla en la cama e incluso taparla con las mantas, no fuese a resfriarse. Sabía que su amiga no estaba hablándole en serio, ni mucho menos cuestionándole cómo hacer las cosas, pero era divertido insistir en defender tu punto de vista cuando hasta tú mismo no lo veías del todo el bien y te sentías un poquito mal. Solo un poquito. Pero bueno, pese a lo que fuera correcto o no, ya Sam había tenido muchas experiencias de ese estilo, como ella solía llamarlo: a contrareloj y lo mejor era apostar por lo más rápido y efectivo.

Como buena anfitriona de la casa que no era, no tardó en decirle a Gwen que se sentase tranquila en el sillón mientras ella iba a prepararle un té. Pero seamos sinceros: Sam no acostumbraba demasiado a hacer té. Y sí, era fácil: hervir agua y poner una bolsita en el interior cuando ésta estuviese hirviendo, pero... ¿habría alguna técnica secreta? Había gente que lo mezclaba con leche, otros les echaban azúcar, otros sacarina, otros un poco de miel... y ya ahí no entraba el entendimiento de Sam en hacer un buen té. Ella sería la típica que pondría la bolsita en el agua hirviendo y daría por finalizado su trabajo.

Ante el buen grito confuso de Sam, Gwen apareció en la cocina, colocándose a su lado y repitiéndole que le iba a dar su varita. No la miró, sino que contestó casi con la inercia. —Gwen, no me vas a dar tu varita —dijo ella, sacando la tila y la menta poleo que le había señalado la morena. A ver, que era su varita. Y una varita tenía un nivel de importancia en un mago que era demasiado grande como para estar cediéndolo sin más, sobre todo si todavía no se tiene otra varita competente con la que sustituir la primera. Era una locura deshacerse de ella así como así. Al final la sentirías como un miembro fantasma. La explicación de Gwen hizo que Jota dejase sus quehaceres a medias, parándose mientras la miraba y apoyándose en la encimera. —Pero es tu varita. Te eligió a ti. No vas a ser la misma bruja sin ella y yo ya me las arreglaré para...

Pero insistió en que mirase algo, sacando la varita de Vladimir Crowley con la que tan malos tragos había tenido Sam, la causante de más de un destrozo y también del chichón que tenía ahora mismo en la cabeza. —Espera... —Murmuró a darse cuenta de lo que estaba a punto de hacer. Y, cuando conjuró un inofensivo hechizo para hacer levitar, Sam de manera totalmente inmediata e inconsciente retrocedió un paso, alzando las manos para colocarlas delante de su rostro para protegerse de la inminente explosión. Pero no hubo nada. Sam miró curiosa entonces, tranquila. Sin embargo, cuando la bolsita comenzó unos segundos después a levitar, Sam volvió a retroceder haciendo el mismo gesto defensivo y repentino, por si la explosión venía con efecto retardado. Pero de nuevo, no hubo nada. La rubia miró con desconfianza a Gwendoline y la bolsita de té, intercambiando la mirada entre el objeto inerte y su amiga. —Definitivamente es mucho mejor de cómo me trataba a mí esa varita. —Lo comentó. Pero no se iba a quejar: Sam había convertido a su antiguo dueño en pollo y había terminado de manera totalmente desafortunada siendo comida para muggles. Era comprensible que el corazón de esa varita estuviese un poco molesto con la rubia, una chica que para colmo no acostumbrada nada a mimarla tanto a base de torturas y sangre como hacía su antiguo dueño.

Una vez confió en la varita bipolar, al menos un poquito, volvió a acercarse a donde estaba Gwendoline, volviendo a enfrascarse en la misiín 'crear un té para Gwen' sin darle mucha más importancia a la locura de idea de su amiga de regalarle su varita. Pero ahí se había puesto: apoyada en su hombro, poniendo morritos y echándole esa mirada de persona inocente y francamente buena. Y ser simplemente 'buena' se quedaba corto, teniendo en cuenta que le estaba ofreciendo su varita: su única manera de poder hacer magia bien, la varita con la que había aprendido todo. La miró con cara de circunstancia, sin saber muy bien qué decir. —¡Deja de ponerme esa cara! —Resopló. —No puedo aceptar tu varita mientras tengas como sustituto esa otra. Vale que yo necesito algo con lo que defenderme que no haga explotarlo todo a su camino, pero tú también y esa no te responde bien... —le contestó, estirándose en dirección a Gwen para coger la tetera y comenzar a llenarla de agua. —Si tienes una buena sustituta, acepto, pero mientras no te voy a dejar sin nada. ¡Y no insistas! —La miró a los ojos tras colocar la tetera delante de ella, aguantándose un poco la risa. —¿Quieres dejar de mirarme así? ¿Qué intentas, derretirme el corazón como hace un rato para que acepte? Ya vale con la manipulación sentimental, ¿eh? Estás abusando de mí debilidad emocional. —Bromeó divertida, consciente de que no era la intención de su amiga ni de lejos, pero bromear era gratis y la situación se lo había dejado demasiado fácil. —Intenta hacer hervir el agua con tu supuesta varita nueva, a ver cuánto tarda. Normalmente es instantáneo, quizás tarda un segundo. Si tarda más de siete segundos no acepto el trato porque esa varita es una mierda y no te vas a quedar con ella como única opción, además de que no me fío nada de ella —le propuso como trato, estirando la palma de su mano libre—pues la otra sujetaba la tetera—para hacer 'profesionalmente' un acuerdo.

Y a ver... que no malinterpretéis la negativa de Sam: ¡claro que quería la varita! Pero era egoísta quedársela. Se había sentido super cómoda teniéndola entre sus manos y de verdad que echaba muchísimo de menos poder tener una varita en la que confiar. Que sonará extraño: 'necesitar una varita en la que confiar', como si ésta tuviese algún tipo de sentimiento siendo un trozo de madera. Pero de verdad, sólo un mago entendería el poder de una varita y lo que se siente al empuñar una en la que confías y una en la que no. Y se había sentido super cómoda con la varita de Gwen; pero seguía siendo suya.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Taylor Swift
Edad del pj : 28
Ocupación : Camarera
Pureza de sangre : Sucia
Galeones : 13.067
Lealtad : Neutral
Patronus : No tiene
RP Adicional : 000
Mensajes : 760
Puntos : 526
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t2138-sam-j-lehmann http://www.expectopatronum-rpg.com/t2143-sam-j-lehmann-relaciones http://www.expectopatronum-rpg.com/t2182-cronologia-de-sam-j-lehmann http://www.expectopatronum-rpg.com/t2181-buzon-de-sam-j-lehmann#39778

Gwendoline Edevane el Jue Mar 08, 2018 9:21 pm

Cierto era que no había demasiada diferencia entre utilizar el hechizo Desmaius y el hechizo Leniendo, pero por algún motivo, en mi cabeza seguía teniendo al primero cómo algo más "agresivo" que el segundo. Quizás se debiese al hecho de que Leniendo implicaba proximidad con el adversario, y que Desmaius era un hechizo defensivo empleado en duelos. O quizás fuesen simplemente manías mías, lo cual también era bastante probable.
Fuese cómo fuese, tampoco es que la cosa fuese para tanto. Sam, pese a las prisas, se había asegurado de no hacer daño innecesario a ninguno de los muggles. Se había portado bien, y eso era lo que importaba. Tampoco iba a discutir con ella por algo así. Lo más agresivo que había hecho en toda la noche había sido lanzarle un frutero de plástico a la cabeza a Kant.

—Bueno, lo importante es que se hizo.—Y cuando mencionó cómo había tratado a los muggles con amor, no pude evitar sonreír. Lo cierto es que sí, había tratado bien a todos, incluida a la niña pequeña. De hecho, no creo que su hechizo fuese lo peor que le había pasado esa noche. Seguro que ver a dos extrañas llamando a su puerta a las tantas de la madrugada fue bastante peor.—Y bueno, tienes razón, fuiste muy simpática a pesar de las prisas. Ya me gustaría a mí, si me tuviesen que borrar con la memoria, que fueses tú quién apareciese en mi puerta...—Dejé la frase en el aire, sonriendo ante una imagen similar. Vamos, es que si ella apareciese en mi puerta, fuese la hora que fuese, pidiéndome permiso para pasar... le diría que pasase corriendo hasta la cocina, si quería.

El tema de la varita estaba siendo complicado. Sam era... ¿sabéis esas paredes de hormigón armado, esas que llevan cables de acero por dentro para reforzar el cemento? Bueno, pues intentar hacer que Sam cambiase de idea con algo era casi tan difícil cómo podría serlo abrir un agujero con la cabeza en una de esas paredes. Y yo la respetaba por ello, ojo, pues indicaba que era una persona con las ideas claras.
De hecho, si nos poníamos a compararnos a ambas con una pared de hormigón armado, no tengo muy claro cual de las dos se parecería más. Porque yo también era cabezota hasta decir basta.
Así que imaginaos la situación: una pared de hormigón armado contra otra pared de hormigón armado. El "toma mi varita" contra el "no voy a dejarte sin varita". Quizás comparar nuestra firmeza de ideas con una pared de hormigón armado no fuese lo más adecuado, siendo evidentemente una exageración, pero supongo que entenderéis por dónde voy con esto.
A fin de convencerla, quise hacerle una demostración de lo que "podía hacer" con esa varita, esa cuyo origen desconocía, que Sam había traído consigo. La demostración pudo haber sido mucho mejor. Pudo haber sido infinitamente mejor, teniendo en cuenta que conseguí levantar de la encimera a duras penas una bolsita de té, pero Sam pareció gratamente sorprendida de que ninguna de las dos saltase por los aires.
Cosa normal, desde luego.
Sin embargo, no conseguí convencerla con tan exquisito dominio del Wingardium Leviosa, y saqué todo mi arsenal. Los morritos ejercieron cierta influencia en ella.

—¡Esta vez soy inocente!—Levanté las manos cómo si tuviese a un agente de la policía muggle con una de esas infernales pistolas apuntándome a la cara, aunque tenía una mueca divertida en la cara.—Esta vez no estoy intentando que me dejes acompañarte a una misión suicida. Esta vez quiero que tengas algo con lo que defenderte cuando se te ocurra ir a otra de esas misiones suicidas tú sola.—Me quedé pensando un momento, mirando hacia la derecha un segundo, para volver a hablar al momento.—¡Pero ni se te ocurra hacer eso!—Advertí, y al darme cuenta de que en lugar de señalarla con el dedo índice le estaba apuntando a la cara con la varita loca que tan poco la quería, la bajé rápidamente.—¡Nada de locuras suicidas! Hemos tenido suficiente... para el resto de nuestras vidas.

Sam propuso entonces un trato en el cual, si me alzaba ganadora, conseguiría mi propósito de que mi amiga se llevase la que había sido mi varita hasta ese momento. La única pega: tenía que hacer hervir el agua de la tetera que acababa de llenar mi amiga.
Maldita sea..., pensé mientras miraba la tetera con recelo. Sabía que no había forma para mí de salir victoriosa de semejante record. Aquella varita obedecía a medias y en el momento en que le daba la gana. También hacía las cosas cómo le daba la gana.

—¿Para qué necesito hervir agua con la varita cuando tengo ahí al Chef Mike?—Señalé el objeto que toda persona soltera adora en su piso, y que junto a los precocinados del supermercado, le permite sobrevivir mes a mes: el microondas. Era una burda manera de ganar tiempo, y sabía que no funcionaría. Así que me encogí de hombros.—Está bien, está bien.—A regañadientes, estreché la mano de Sam, aceptando así el trato. Hice entonces unos ejercicios de calentamiento bastante cómicos, estirando mis brazos.—Deja paso a la experta. ¡Ya verás cómo caliento esa agua!

Pero si había una cosa que Sam no era, esa cosa era idiota. Cómo buena Ravenclaw observadora que era, no le pasó por alto el detalle de que no solo tenía en mi mano derecha la varita asesina, si no que en mi mano izquierda también tenía la mía propia. Me la pidió extendiendo la mano derecha en mi dirección, y tras poner los ojos en blanco, se la di para que la custodiase. Adiós a mi plan de hacer trampas.
Apunté con la varita en dirección a la tetera, y cómo era de esperar, al principio no sucedió nada. Aún a pesar de estar concentrándome para que ocurriese. Desvié un segundo la mirada hacia Sam para ver qué hacía, y solté un bufido.

—¡Va con lag, ¿vale?!—Dije, y de nuevo volví a concentrar mi atención en el agua. A duras penas, conseguí que la varita me obedeciese. El agua empezó a burbujear muy tenuemente, casi a regañadientes. Apreté los dientes dentro de mi boca cerrada, cómo intentando imprimirle más fuerza a la varita... y entonces sucedió lo que ambas temíamos. ¡El agua de la tetera se convirtió en un géiser de agua hirviendo que impactó en el techo! Del susto, retrocedí un par de pasos, ojiplática. Miré a mi amiga con gesto de consternación.—Me parece que no le gusta que le metan presión.—Suspiré, derrotada.—¡Vale, vale, he perdido! Pero no sé por qué te preocupas tanto, Sam. Puedo pasar una noche sin varita, ¿sabes? Mañana mismo tenía pensado pasarme por Ollivander's antes del trabajo. Porque, hasta dónde yo sé, para trabajar en el Ministerio hace falta una varita... Así que, venga, por favor, acéptala.

La miré con los brazos caídos a ambos lados de mi cuerpo, y una sensación de derrota sobre mi conciencia. Sabía que mi amiga la necesitaba más que yo. Ella sabía que la necesitaba más que yo. Pero por orgullo, y por no "quitarme" algo que llevaba conmigo tanto tiempo, estaba dispuesta a volver ahí fuera con el pequeño monstruo que yo tenía en la mano en ese momento. ¿Por qué me lo ponía tan difícil?
¿Y sabéis lo peor de todo? Que, tal y cómo estaba en ese momento, tan extraña cómo me sentía hacia ella, estaba segura de que sería totalmente capaz de aceptar cualquier respuesta suya. ¿Cómo no hacerlo? Si me miraba con aquellos ojos azules tan bonitos que tenía...
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Elizabeth Olsen
Edad del pj : 29
Ocupación : Desmemorizadora
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 2.867
Lealtad : Orden del Fénix
Patronus : Tortuga marina
RP Adicional : ---
Mensajes : 699
Puntos : 336
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t5349-gwendoline-edevane http://www.expectopatronum-rpg.com/t5353-relaciones-de-gwendoline http://www.expectopatronum-rpg.com/t5368-cronologia-de-gwendoline http://www.expectopatronum-rpg.com/t5354-correspondencia-de-gwendoline
Gwendoline EdevaneTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Sáb Mar 10, 2018 4:30 am

Ya claro, inocente. Nadie era inocente cuando ponía morritos: eso era una técnica milenaria creada por y para conseguir algo pese a no ser inocente, aparentando serlo. ¡Es técnica secreta no funcionaba con Sam! Bueno, sí funciona, pero intentaba que no fuese una técnica tan infalible, como solía ser siempre que la utilizaba alguien tan adorable como Gwendoline contra ella. La miró un tanto confusa, alzando una ceja divertida cuando dijo que le estaba dejando la varita para cuando Sam decidiese ir sola a una misión suicida. ¡Qué bien la conocía! Rió al escucharla modificar sus propias palabras. —Ah no, no, no. Ya me has dado permiso para ir yo sola a una misión suicida, ahora no vale echarse atrás. —Le siguió la broma, intentando defender sus derechos como ciudadana idiota al querer suicidarse en una misión suicida si quería. No pudo evitar sentirse suicida cuando su amiga le recordó indirectamente en los fregados en los que se solía meter. —Buah, Gwen... —La miró de reojo, mordiéndose el labio inferior. —Si yo te contara la cantidad de locuras suicidas en las que me meto... ni se te ocurriría darme esa varita para incentivarme a ello. No estarías orgullosa de mí, no, no. —Negó con la cabeza lentamente, metiéndole curiosidad en el cuerpo. —Ya te las contaré algún día en el que me prometas no enfadarte, aunque en mi defensa diré que muchas no las busco, sino que me encuentran. Mi mala suerte es real.

El trato era un poco sucio, sobre todo después de haber visto como reaccionaba la varita ante ella, bastante diferente a cómo lo hacía con Sam. Pero vamos, la rubia desconocía el hecho de que tenía intención de ir al día siguiente a Ollivander a comprarse una nueva, cosa que hubiese cambiado bastante su rotunda negativa. ¡Ella pensaba que tenía intención de quedarse con esa varita rota, propia de un mercenario sádico! Y claro, eso era una locura, algo que ella no iba a aceptar. —El Chef Mike hoy no está disponible —le dijo, sonriente. —Venga, venga listilla. Pero dame eso. —Le señaló su varita buena, porque ya se la imaginaba haciendo trampas sólo para salirse con la suya.

Y obviamente no funcionó. ¡Si es que estaba claro! Sam la observó con diversión, sin poder evitar esbozar una pequeña sonrisa de victoria en el rostro, cuando no ocurrió absolutamente nada ante ellas. Estuvo a punto de decir algo que denotase abiertamente que el trato había ido a su favor, cuando aquello de repente estalló en un chorro de agua caliente hacia arriba. Imitó a su amiga en retroceder y es que, con aquella varita en sus vidas, lo difícil era no estar alerta en cualquier momento. —Yo creo que no le gustamos nosotras, en general. A este paso terminará explotando por sí sola con tal de buscar nuestra muerte en el camino. Deberíamos sacrificarla —dijo, sonando tan dramática que parecía el verdugo de una película de asesinatos muy profunda.

¿Una noche sin varita? La rubia atendió a sus palabras mirándola directamente a los ojos, sin poder evitar sonreír de nuevo y conservarla durante todas sus palabras. Regalar la varita no era algo tan fácil, pese a lo fácil que parecía viniendo de Gwen, ¿pero y si no encontrabas una varita con la que te sintieses tan cómoda como la tuya de toda la vida? Pese a eso, la simple intención de su amiga en querer devolverle ese pedacito de magia que había perdido, sin duda alguna le había hecho ilusionarse. Conseguir una varita de nuevo y, encima, con un significado tan importante pues... ¿a quién no le emociona? Negó por última vez con la cabeza, pero esta vez 'derrotada' pese a haber salido victoriosa. —¿Vas a dejar de ser tan buena conmigo en algún momento? —preguntó retóricamente, sabiendo que ella diría que no con toda su tranquilidad. ¡Y no podía ser! Sam había sido una amiga cuestionable y Gwen desde que se reencontraron estaba al pie del cañón junto a ella. Y la legeremante lo agradecía infinitamente, pero se sentía mal porque tenía la sensación de que no podía devolver ni la mitad de lo que le daban. —La acepto, pero porque sé que eres tan terca—le dio un suavecito golpe en la frente—que por mucho que diga que no vas a seguir insistiendo. Pero sé sincera conmigo cuando tengas una varita nueva: si prefieres la antigua por lo que sea, me lo dices, ¿vale? Por favor. No quiero tu varita si es con diferencia la que mejor te va a venir a ti. Si no encuentras nada mejor, te la devuelvo. —Seguía con un gesto afable, pero se había puesto un poquito—todo lo poquito que podía en ese momento—para dejar ese punto claro.

Se volvió a fijar en la herida que todavía tenía en la mejilla y le señaló la puerta. —Vete a tirarte un rato en el sofá en lo que te hago el té. Ahora voy, te curo eso y te cuento lo que vi en Kant. —Parecía que le iba a contar lo que veía en el hombre que se había enamorado o algo así. —O sea, en su mente. Tú me entiendes.

Entre cinco y diez minutos más tarde

La rubia apareció en el salón con una bandejita en donde llevaba una taza con el té, unas galletitas que encontró en la despensa y un ungüento. Era un ungüento milagroso—aka mágico—que Sam había aprendido a hacer gracias a una de sus excompañeras del Ministerio con la que se llevaba especialmente bien, el cual servía para evitar que heridas abiertas dejasen cicatrices, lo que ayudaba a que cicatrizasen mucho más rápido de lo normal y prácticamente desapareciese cualquier marca que pudiera quedar, además, tenía ingredientes desinfectantes que impedían, obviamente, que la heridas cerrase con una infección en el interior. Magia, era magia hecha crema. A ella le había venido super bien siempre y, una vez empezó a hacérselo bien, siempre lo llevaba en la mochila, en compañía de un bezoar y unas pastillitas para el picor de garganta. Que nunca se sabe. Y lo del bezoar... tiene historia detrás. Nunca te esperas en qué momento te pueden envenenar hasta el punto de ver pasar tu vida por tus ojos. Ella lo sabía. ¡El bezoar era muy importante en la vida de la gente y las personas no lo tenían en consideración!

Le tendió la taza de té para que la cogiese y puso las galletitas en la mesa frente a ella, luego cogió el ungüento y su nueva varita y se dejó caer al lado de Gwen, con una de sus piernas prácticamente sobre el sofá, ya que estaba girada hacia ella. Sujetó delicadamente su mentón y se acercó a mirar la herida, inspeccionándola cual médico inexperto. Ya Gwen se la había lavado en casa de Kant, por lo que estaba limpia, bastante limpia como para darse cuenta de que era más profunda de lo que parecía. —¿No te duele? Parece que duele. —Con la varita conjuró posiblemente el único hechizo de sanación que sabía hacer decentemente, el que servía para cerrar heridas. La herida se fue cerrando lentamente, pero no del todo. Dejó la varita sobre la mesa y comenzó a abrir la pomada, la cual estaba en un botecito que, para variar, tenía la tapa dura. Mientras lo intentaba abrir, comenzó a hablar: —Pues Kant tiene familia: una mujer y dos hijos. No pude ver exactamente en donde viven, pero seguro que en otro país, o al menos en otra ciudad. Vi el momento en el que Ulises se despedía de ellos, supongo que por última vez y, si te digo la verdad, parecía un hombre totalmente diferente al que vimos hace un rato... —Siguió haciendo fuerza, esta vez con la otra mano, para abrir la dichosa tapita. —Parecía... preocupado y desesperado. No creo que busque fugitivos por vocación, sino que lo hace por obligación. Me dio la sensación de que sólo quería deshacerse de sus problemas para poder vivir con su familia. Y luego salgo de su mente y veo a ese imbécil... PLOP. La tapita se abrió. Sam puso una mueca complaciente, alzando levemente una ceja por casi perder la paciencia por un botecito mal cerrado. Cogió un poquito con el dedo índice y volvió a acercarse a Gwen, aplicándolo a lo largo de la herida con suavidad. —Usé a su familia a la hora de modificar la memoria. Es decir... nos borré a ambas y puse en nuestro lugar a un fugitivo que sé que se ha ido bien lejos de Inglaterra, el cual lo amenazó con ir a por su familia si no dejaba de venir a por nosotros. Por cómo se puso cuando vi el recuerdo de su familia, tendría miedo a que yo fuese a por ellos al haberlos visto en su mente... pero de verdad, no entiendo cómo son capaces de pensar eso. Yo sería incapaz de hacerle nada a nadie inocente, mucho menos a unos críos que no llegarían ni a los ocho años. —Una vez terminó de aplicarle la crema, dejó de mirar a la herida y la miró a ella a los ojos. —Ahí te das cuenta de lo mal que está el mundo. Él habrá dado por sentado que nosotros podemos ser tan ruines como ellos, yendo a por los seres queridos de nuestros enemigos. De verdad... —Puso los ojos ligeramente en blanco, para finalmente encogerse de hombros. La miró entonces a ella, dejando el tema Kant en pause momentáneamente. —Ya estás lista. ¿Estás bien de verdad? ¿Necesitas algo más? Aprovéchame, que hoy te estoy eternamente agradecida y quiero cuidarte. —Porque a personas así había que cuidarlas todos los días.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Taylor Swift
Edad del pj : 28
Ocupación : Camarera
Pureza de sangre : Sucia
Galeones : 13.067
Lealtad : Neutral
Patronus : No tiene
RP Adicional : 000
Mensajes : 760
Puntos : 526
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t2138-sam-j-lehmann http://www.expectopatronum-rpg.com/t2143-sam-j-lehmann-relaciones http://www.expectopatronum-rpg.com/t2182-cronologia-de-sam-j-lehmann http://www.expectopatronum-rpg.com/t2181-buzon-de-sam-j-lehmann#39778

Gwendoline Edevane el Sáb Mar 10, 2018 10:20 pm

¿Alguien esperaba, de verdad, que fuese a salirme bien un hechizo realizado con aquella varita negra tan temperamental? Lo raro de todo aquello no fue el géiser de agua hirviendo que regó el techo de mi cocina, si no que no hubiese ocurrido algo parecido antes. Viendo aquel resultado, no pude evitar pensar en que podría haber ocurrido cuando había utilizado la varita con anterioridad, en el apartamento de Kant, para conjurar un sencillo Aguamenti. ¿Quizás un chorro de agua a presión con la potencia de una manguera de bomberos que me enviase contra la pared opuesta? O lo que podría haber ocurrido cuando había hecho levitar la bolsita de té. ¿Tal vez que la bolsa se agrandase tanto que nos aplastase contra las paredes?
Aquella varita estaba diciéndonos a Sam y a mí con toda claridad "No quiero saber nada de vosotras, y espero acabar matándoos de alguna manera". Preferí que sería mejor dejar de tentar a la suerte después de aquello.
Entonces, para mi sorpresa, al reconocer mis intenciones de ir a comprar una varita nueva a primera hora de la mañana, Sam pareció cambiar de opinión con respecto a mi varita. Suspiré profundamente, aliviada, y aunque me hizo prometer que le reclamaría la varita en caso de ser incapaz de adaptarme a ella, sabía que no lo haría. Para que algo así sucediese, el señor Ollivander tendría que ser incapaz de encontrarme una varita adecuada. Y dudaba que ocurriese algo así. Ya tenía que ser mala suerte...

—Dejaré de ser "buena contigo"—hice el gesto de comillas con los dedos—cuando sepa que no estás en peligro. Tenemos que ser prácticas con esto.—Hice una pausa, volviendo a un punto anterior de la conversación. No había respondido por evidentes razones, estando cómo estaba concentrada en hacer funcionar aquella cosa asesina.—¡Y no te estaba dando permiso para meterte en misiones suicidas! Imagino que has vivido cosas peores, pero lo de hoy... No te voy a mentir, he pasado bastante miedo. Por un momento pensé que no íbamos a salir vivas.—Me acerqué a ella un par de pasos, bajando la mirada en dirección a la varita, que sostenía en su mano.—En un mundo perfecto, me harías caso.—Esbocé una leve sonrisa, resignada.—¡Qué narices! En un mundo perfecto ni siquiera tendrías que hacerme caso porque no tendrías que jugarte la vida de esta manera.—Hice una pausa, colocando entonces mi mano izquierda sobre la suya con delicadeza.—Sé que no puedes evitar los problemas eternamente. Quiero saber, al menos, que cuando los problemas vengan a buscarte, podrás defenderte de ellos.—Y finalmente levanté la vista para mirarla a los ojos. ¡Dios! ¿Siempre había tenido unos ojos tan bonitos? ¿Por qué eran tan bonitos?—Y no te preocupes, de verdad. Con la buena mano que tiene el señor Ollivander para las varitas, seguro que la que me venda me servirá tan bien cómo esta. Cuídala bien, ¿vale?—Le sonreí. Y, llamadme estúpida, pero me sentía bien al compartir con ella algo que significaba tanto para mí. Una parte de mí deseaba que, cuando Sam y yo llegásemos a viejas, siguiese teniendo consigo aquella varita. Quizás les contase a sus hijos, o a sus nietos, la historia de cómo aquella varita había pasado de mí a ella... ¡No me hagáis caso, soy un poco estúpida!

Sonreí divertida ante el comentario de Sam, No la había malinterpretado, ni mucho menos, pero ella parecía considerar necesaria una explicación al respecto. No le protesté ante su sugerencia, y volví al sofá. Para prevenir futuros problemas, dejé la varita negra sobre la mesa. Ahí estaría bien.
Me senté y cogí de nuevo en brazos a Chess, quién se aseguró de pedírmelo antes con un sonoro maullido. Acaricié su cabeza de manera distraida, mientras Sam se entretenía preparando el té en la cocina.


Algo más tarde...


Sam llegó al salón unos minutos más tarde con una bandeja con té y galletas. Toda una anfitriona, y ni había tenido que preguntarme dónde guardaba las cosas. ¿Y sabéis qué? Me gustaba que supiese dónde estaba todo. Es casi cómo si aquella casa empezase a ser suya. Me gustaba que se sintiese a gusto, que se sintiese acogida. Pues yo la acogía, sin lugar a dudas.
Tras ofrecerme mi infusión, Sam se sentó a mi lado y empezó a examinar la herida de mi cara, preguntándome si dolía. Lo cierto es que me había olvidado un poco de ella, y cómo suele pasarle a toda herida leve a la que dejas de prestar atención, esta había dejado de doler.
Pero claro, fue volver a prestarle atención, y empezó a escocerme.

—Después de haber estado retorciéndome de dolor en el suelo del apartamento de Kant, creo que esta cosa es un paseo por el campo.—Comenté con una sonrisa, más no pude evitar contraer la cara de dolor cuando mi amiga empezó a trabajar en ella, primero con la varita, después con ese ungüento que no sabía exactamente para qué servía.

Sam me reveló entonces qué había visto dentro de la mente de Kant. Me esperaba cualquier cosa, cualquier tipo de locura purista y sádica, el equivalente a un infierno para la pobre Sam, que había tenido que asomarse a echar un vistazo a ese nido de maldad. Pero lo que Sam me contó no se correspondía lo más mínimo con lo que me había venido a la mente.
Sí se correspondía, en cambio, con aquella mirada desesperada que Kant me había dedicado antes de que Sam lo noquease de nuevo. Si tenía una familia de la que preocuparse, una familia de la cual yo no había averiguado absolutamente nada a pesar de haber escarbado y bien en la vida de Kant con los medios de los que disponía, eso quería decir que los había ocultado a todos, incluso al Ministerio.
Suspiré profundamente cuando Sam terminó de relatarme aquello.

—¿Por qué no pueden ser unos monstruos?—Negué con la cabeza. Aquello, ciertamente, haría que no me sintiese culpable en absoluto por urgar en sus recuerdos y modificarlos a nuestro antojo.—¿Estará bien Kant?—Pregunté con cautela. Sí, es verdad, Kant había usado sobre mí una maldición imperdonable, me había torturado, pero quizás a su retorcida manera solo estuviese defendiéndose.—Y más importante aún... ¿dejará de perseguirte?

Sam terminó de curarme la herida, preguntándome por enésima vez si estaba bien. También me preguntó si necesitaba algo más, asegurándome que me iba a conceder todos mis caprichos. Sonreí divertida, y lo cierto es que sí había algo que quería en ese momento.

—¿Te quedas un rato? Te prometo que no tanto cómo en Navidad, que acabamos cenando y todo. Es que... quiero estar un rato contigo.—Lo dije con total timidez, y esperaba que a Caroline no le importaba. Quería estar con Sam un poquito más. Bueno, la verdad es que quería estar con ella a todas horas, pero sabía que no era quién de exigir algo así. Me conformaba con un ratito más.

Entonces, me vino a la cabeza otra pregunta importante, una que no había hecho antes. De hecho, era la más importante de todas las preguntas, el motivo por el cual habíamos entrado como dos delincuentes en la casa de Kant, el motivo por el cual nos habíamos enfrentado con él: Grulla.

—¿Y qué hay de Grulla? ¿Has averiguado algo sobre ella?—Miré a mi amiga con cautela, de reojo, pues este era un punto bastante crítico. Sam tenía que haber visto algo, algo referente a esa mujer. Aunque fuese su cara. Había penetrado en la mente y los recuerdos de Kant, y si habían trabajado juntos, cómo mínimo tenía que haber visto su cara. ¿Se llamaría Savannah? ¿Sería la persona que había huido, llevándose la maleta mágica?
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Elizabeth Olsen
Edad del pj : 29
Ocupación : Desmemorizadora
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 2.867
Lealtad : Orden del Fénix
Patronus : Tortuga marina
RP Adicional : ---
Mensajes : 699
Puntos : 336
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t5349-gwendoline-edevane http://www.expectopatronum-rpg.com/t5353-relaciones-de-gwendoline http://www.expectopatronum-rpg.com/t5368-cronologia-de-gwendoline http://www.expectopatronum-rpg.com/t5354-correspondencia-de-gwendoline
Gwendoline EdevaneTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Lun Mar 12, 2018 3:41 am

'Dejaré de ser buena contigo cuando sepa que no estás en peligro', vamos, nunca. A este paso, nunca. Ser fugitivo te ponía en la frente un sello de neón de 'estar en peligro constantemente' que no te lo quitaba nadie, sello que terminaba creciendo hasta el punto de englobar a otras personas cercanas. Era cierto lo que decía Gwen: Sam había pasado por cosas horribles, muy horribles, pero pese a ello no había perdido el miedo. Seguía poniéndose igual de nerviosa y pasando el mismo miedo que la primera vez que se enfrentó a un enemigo que quería cobrar por su cabeza. Y seguiría teniéndolo de ahí en adelante, porque por mucho que hubiera sufrido y experimentado, seguía sintiendo que todo le superaba. Esa no era su vida. Y el día que comenzase a normalizar lo que le pasaba, sería cuando realmente aceptaría que esa era su vida. ¡Y no lo era! —¿Sabes? Muchas veces sabes que los problemas te van a alcanzar tarde o temprano, como era hoy Kant. Y es por eso que muchas de esas veces, decido adelantarme a ellos. Sé que en ocasiones es un error, pero otras veces es necesario aprovechar las oportunidades. Te juro que no suelo hacer misiones suicidas, ni nada que realmente dañe a nadie... —Aunque en algunas ocasiones las consecuencias hayan sido un poco desastrosas y sí que haya habido algún que otro... desafortunado. —Y sé que os pongo de mala leche cuando voy por ahí yo sola porque no os quiero involucrar... pero Gwen, ¡entiéndeme! —La miró a los ojos. —Imagínate que tú y yo nos cambiamos los roles, ¿cómo te sentirías si intento ayudarte, salgo herida y me ves gritando por un cruciatus por el que no has podido hacer nada? —Soltó aire por la nariz, mirándola sin esperar contestación, mirando entonces la varita que le había dado. —La voy a cuidar muy bien, te lo prometo. Y a ti también. No voy a dejar que te pase lo de hoy otra vez.


Comenzó a relatarle todo lo que sabía—o al menos la primera parte—mientras le curaba la herida de la mejilla. No descubrió mucho sobre Grulla, pero sí sobre la vida personal de Kant, algo que por medio de la información del Ministerio no habían tenido apenas nada con lo que jugar. De hecho, ellas hubieran apostado de que Ulises no era más que otro estúpido eslabón de una maquinaria de matar y nada más. Pero no. Era una persona aparentemente rota y bajo el yugo de a saber qué persona, qué ideal o qué trato, algo que había quedado evidenciado por la conversación que Sam pudo ver con su mujer. —Kant estará bien... al menos ahora. No sé cómo estará después de hablar con sus compañeros sobre lo que le ha sucedido hoy. Yo espero que deje de perseguir fugitivos, en general... no creo que yo haya sido la única acosada por ellos... —Tragó saliva, acomodándose en el sillón. —Le he dado un motivo para que deje de hacer lo que está haciendo, no sé... de todas maneras no me dio tiempo de mirar más allá. Entre que se notaba que sabía oclumancia y que yo no estaba tampoco en la situación más cómoda, no pude indagar demasiado por su mente —confesó. —Pero vamos, tal y cómo lo vi con su familia... creo que se haría un favor a sí mismo arriesgándose por ellos. Ya veremos como se desarrollan las cosas. De todas maneras le borré nuestro recuerdo del día de hoy, pero no hice nada con respecto al recuerdo que tiene de Samantha Lehmann. Hubiera sido muy cantoso si luego habla con Grulla sobre mí y no tiene ningún recuerdo sobre ello. Ellos saben que soy legeremante, así que sería delatarme muy rápido. —Perdió momentáneamente la mirada en la tela del sofá. —¿La verdad? No sé si hice bien o no, pero en su momento pensé que era lo más inteligente. ¿Que sabes que te digo? Mucho alardear de ser Ravenclaw pero esto de trabajar bajo presión me hace darme cuenta de que tan lista no soy —confesó, mordiéndose el labio inferior y riéndose.

Le preguntó con total confianza que si necesitaba algo más, totalmente dispuesta a hacer lo que necesitase o quisiera, pero su amiga solo le pidió que si se podía quedar un rato más. Y para ser sinceros, Sam ni se había planteado irse para casa todavía. Estaba muy cómoda en casa de Gwen y en su compañía, casi tanto como en su propia casa hace años o ahora en la que compartía con Caroline. Siempre había escuchado que un lugar no es hogar si no sientes calma en él y, al menos Sam, ya tenía dos lugares en donde prácticamente se sentía como si fuese su propia casa. —Claro, no pensaba irme hasta asegurarme de que te metes en la camita y te duermes. Bueno, vale, tanto no, que suena un poco creepy —esbozó una pequeña sonrisa. —Me quedo un rato más, hasta que te quieras ir a dormir.

Y ya por Grulla... no sabía. ¿Debería de haberse implicado más en buscar en la mente de Kant, aunque estuviese super nerviosa de que algo pudiera ocurrir? Ahora, pensándolo en frío, se arrepentía de haberse asustado tanto y hacer las cosas con prisas. Se descalzó de las playeras que tenía, subiendo los pies al sofá con confianza. A decir verdad, no sabía ni por dónde coger el tema de Grulla. —Pues poco... lo intenté, pero es difícil. No sé que cara tiene Grulla y lo peor de todo es que es lógico pensar que Kant no la llamará Grulla, sino que lo hará por su nombre. Que si te pones a pensar, puede ser hasta un hombre, ¿sabes? Y claro, con eso en mente... dar con ella era complicado. Tenía que haber buscado algún momento de Kant trabajando o buscando a alguien, pero no lo hice... —Frunció los labios y se encogió de hombros. —¿Pero sabes la chica con la que hablaba en la maleta? La tal Savannah. En un principio pensé que era, yo qué sé, alguna novia o algo. Pero luego cuando descubrí que su mujer era otra y se llamaba Elizabeth... busqué a consciencia el recuerdo de la maleta de hacía un rato para ver de quién se trataba. Y la chica que vi... no me suena de nada, pero parecían discutir por estar en desacuerdo con algo. Pero no sé en qué, ya que sólo discutían echándose la culpa uno al otro —Le informó. —Te puedo enseñar el recuerdo mañana en el pensadero, por si tú sabes quién es. Es la única pista que tenemos.

Y claro... ahora sólo quedaba dejarse guiar o bien por esa chica de nombre Savannah para ver qué descubrían de ella, o tirar más por la familia de Kant por si ellos sabían algo. No obstante, Sam no quería meter a esas personas inocentes en ningún otro problema, pues tal y cómo vio en el recuerdo, ya parecían tener bastantes problemas. —No sé, ¿tú qué harías?
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Taylor Swift
Edad del pj : 28
Ocupación : Camarera
Pureza de sangre : Sucia
Galeones : 13.067
Lealtad : Neutral
Patronus : No tiene
RP Adicional : 000
Mensajes : 760
Puntos : 526
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t2138-sam-j-lehmann http://www.expectopatronum-rpg.com/t2143-sam-j-lehmann-relaciones http://www.expectopatronum-rpg.com/t2182-cronologia-de-sam-j-lehmann http://www.expectopatronum-rpg.com/t2181-buzon-de-sam-j-lehmann#39778

Gwendoline Edevane el Lun Mar 12, 2018 2:35 pm

No podía ni siquiera pretender saber, o siquiera imaginar, las cosas por las que Sam habría tenido que pasar en el último año y medio. Tampoco tenía manera de saber las barbaridades que el propietario de la varita negra que me acompañaría hasta la mañana siguiente había hecho a mi amiga, ni el rol que había jugado dicha varita en todo aquel suplicio. ¿Pero habéis escuchado eso de que es peor imaginarse, no saber, que saber a ciencia cierta? Lo que yo había sufrido aquella noche a manos de Kant no era más que una parte ínfima, un preludio, de lo que mi amiga había sufrido. Y si bien no tenía ni la más mínima idea de esto, mi propio sufrimiento de aquella noche era el caldo de cultivo perfecto para un sinfín de pensamientos terribles.
La sola idea de que Sam hubiese pasado aunque solo fuese por lo que había pasado yo aquella noche me hacía querer encogerme sobre mí misma hasta formar una pelota. Y eso que no tenía ni idea... de nada, prácticamente. Todavía no sabía quienes eran los Crowley. Pero no lo necesitaba para que mi imaginación se pusiese a trabajar. Entendía que mi amiga quisiese protegernos, y sabía que ella entendía que Caroline y yo quisiésemos protegerla a ella. Pero claro, había algo que no le estaba contando.
Había acudido a la gente de Dumbledore con un único y claro motivo: proteger a aquellos que quería.
Mi madre me había educado bajo dos máximas muy simples: toda vida es sagrada, y proteger siempre aquello que amase. Samantha Lehmann era aquello que amaba, igual que Beatrice Bennington, igual que Caroline Shepard... En ausencia de mi propia madre, y no queriendo saber nada de mi padre, ellas eran mi familia. Ellas eran y serían siempre lo más importante para mí. Y había aprendido que si no luchas tú para proteger lo que quieres, nadie lo hará por ti.

—Sé que no buscas los problemas.—Dije al fin, subiendo mis pies al sofá y rodeándome las rodillas con los brazos, cómo si efectivamente quisiese convertirme en una bolita.—Tú no, nunca los has buscado. No has pedido estar en la situación que estás. Y no es justo.—La miré a los ojos con seriedad y una expresión resignada.—Y te entiendo. Sabes que te entiendo. ¿Pero sabes qué creo? Que no deberíamos estar compitiendo.—Volví a apartar la mirada, fijándola en algún punto al frente.—Deberíamos protegernos la una a la otra, sin más.—Hice una pequeña pausa, escuchando como Sam decía que nos cuidaría tanto a mí cómo a la varita, y tras mirar al suelo unos segundos, sonreí. Las palabras que dije a continuación me costaron un poco.—¿Sabes? Eres... eres lo mejor que me ha pasado en el último año. Me he dado cuenta de que mi vida era... una mierda—sí, Gwendoline Edevane utilizando la palabra "mierda" en una frase—sin ti a mi lado. Y no quiero que eso vuelva a pasar.—Quizás sonase egoísta, pero era sincero. Era la verdad, pura y dura. Me sentí un poco avergonzada tras decirlo... pero no me arrepentí. Eso sí, de la misma manera que un tigre no puede cambiar sus rallas, Gwendoline Edevane no puede decir algo así sin sonrojarse y mirar al suelo. Y hacia allí que fue mi mirada mientras me ponía roja cómo un tomate maduro.

Quizás fuese una imbécil total por preocuparme por Kant después de lo que me había hecho. Soy consciente de ello, pero de alguna manera era incapaz de olvidar esa mirada en sus ojos después de que Sam entrase en su mente. Antes de aquello, casi parecía darle igual la posibilidad de morir. No del todo, pero casi. Sin embargo, todo cambió cuando Sam entró en su mente.
Al saber el motivo de aquello, lo que Sam había visto, lo comprendí todo. La preocupación de Kant era su familia, no él mismo. Quizás, a su retorcida manera, y antes de que Sam se metiese en su cabeza, pensó que su muerte supondría la libertad para su familia. Moriría sin delatarles... y estarían a salvo. Había algo de noble en su comportamiento, a pesar de todo. O al menos, yo quería verlo así.
Me tranquilizó saber que estaría bien, al menos por el momento. No podía odiarle, ¿vale? Y no me arrepiento por ello. El odio no llevaba hacia ninguna otra parte que no fuese la violencia. Si me había hecho aquello para proteger a su familia, le "perdonaba".

—Si has hecho todo eso que dices, y está bien hecho, creo que no has trabajado tan mal bajo presión. Y de verdad, espero que se vaya a dónde quiera que esté su familia y lleve una vida plena y normal a partir de ahora. Sé que suena estúpido, pero... simplemente no puedo odiar a una persona que solo intentaba cuidar de su familia. ¿No es eso lo que estamos haciendo nosotras?—Acaricié distraídamente la cabeza de Chess, ronroneaba a mi lado en el sofá, hecho un ovillo.—¿Por casualidad has visto alguna cosa más? No sé, algún atisbo de otros fugitivos tras los que pueda ir...—Principalmente me preocupaba Beatrice, pero estaba segura de que, de haber visto algo respecto a ella, Sam me lo habría dicho ya.

Sam me prometió que cumpliría todos mis deseos, y el único deseo que yo tenía era... estar con ella. Tan simple cómo eso. No quería estar con nadie más en estos momentos. Y ella no tuvo problema en cumplir con ello. Reí divertida, una risa pequeña pero plena, cuando dijo que se aseguraría de que estuviese dormida antes de marcharse a casa. Por mí cómo si quieres quedarte a dormir...
El tema más preocupante de todos, la incógnita que todavía teníamos que despejar, era Grulla. Al preguntar a mi amiga, vi que no sabía mucho más. No vi en ella indicio alguno de que no me estuviese contando la verdad. Verdaderamente, Kant debía ser un buen oclumante para haber impedido que Sam obtuviese esa información. Mientras practicábamos oclumancia y legremancia juntas, lo único que yo podía hacer para evitar que accediese a mis recuerdos era enviar lo importante a la parte "posterior" de mi mente, y dejar al frente aquello que no tenía importancia. Sam decía que eso en sí era bueno, pero a mí no me parecía suficiente.

—Así que volvemos a la casilla de salida.—Bufé, insatisfecha con aquello.—No me malinterpretes, no lo digo porque crea que lo has hecho mal.—Me apresuré a añadir.—Es solo que es un poco frustrante... No sé, esperaba que hubiese algo interesante, algo jugoso ahí dentro.—¿Sabéis lo peor de todo esto? Que mi parte curiosa, la parte que más me identificaba con la casa Ravenclaw, estaba empezando a disfrutar aquel misterio. Me picaba la curiosidad, quería saber qué se escondía al final de todo. ¿Quién era Grulla? En mi cabeza, se postulaba cómo ese villano de película, ese tan inteligente que siempre va dos, o tres, o cien pasos por delante del héroe. El malo que le pone a prueba a cada paso que da. Quizás exagerase... pero hasta ahora, Grulla había demostrado que no era ni mucho menos estúpida, y sabía cubrir sus huellas.—Sí, me serviría ver ese recuerdo. Un nombre y una cara pueden ayudarme. Ya sabes, siempre puedo ponerme a buscar entre todos los archivos del Ministerio, uno a uno, a ver qué encuentro.—Sonaba tan poco apasionante ponerme a revisar fichas de identidad cómo ponerme a rellenar informes de incidentes falsos reportados por error, pero era lo que había. A veces había que sufrir para llegar a la verdad. Qué profundo.

Además, no solo tenía el Ministerio cómo fuente de información. Tenía también a la Orden del Fénix. Drake o Dorcas podrían saber algo de los cazarrecompensas. Seguro que habían tenido que verse las caras con ellos en más de una ocasión. Podía empezar a preguntar aquí y allá, a ver qué iba consiguiendo.
Así se lo dije a Sam cuando preguntó... bueno, no con estas mismas palabras, pues todavía no estaba preparada para contarle que me había unido a la Orden del Fénix.

—Lo que yo haría, y voy a hacer, es meter la cabeza en los archivos del Ministerio. Teniendo en cuenta que los pagos a cazarrecompensas se realizan de forma legal, tiene que haber un registro. Seguro que puedo conseguir que me dejen echarle un ojo.—Pensaba hacer aquello, desde luego, y quizás tendría que "tontear" con alguien. Quizás un escote ayudaría. Nunca había hecho tal cosa, pero... suponía que podía hacerlo.—Quizás no lleve a ningún sitio. Quizás, cómo Kant y Grulla trabajan juntos, Kant haya sido el encargado de cobrar las recompensas. Sin embargo, esa lista de nombres será mejor que nada.—Hice una pausa, y a continuación añadí, cambiando las palabras, la parte en que preguntaría a los miembros de la Orden del Fénix.—En el Departamento de Seguridad, además, existen registros de "puntos calientes" en los que puede obtenerse información sobre fugitivos. Ya sean locales no del todo legales que sirven de tapadera a refugios para hijos de muggles, así cómo otros hilos de los que tirar. Se rumorea que algunos de esos negocios siguen funcionando porque pasan información al Ministerio. No sería un mal lugar para buscar información nosotras mismas.—Realmente, aquello era mentira. Que yo supiese, el Ministerio cerraba estos locales de inmediato, en cuanto había pruebas, y todos los implicados eran o bien juzgados, o bien ejecutados en el acto. Así que el Ministerio no tenía tal información. La Orden, quizás sí.—¿Qué te parece? ¿Puede salir algo bueno de esto?—Pregunté a mi amiga tras soltar un leve suspiro.

No me gustaba ocultarle la verdad, pero no creía que fuese el momento. No me sentía preparada para contárselo. Y mucho menos después de mi bochornoso primer intento de duelo. Si le decía ahora a Sam que me había unido a un grupo que técnicamente hacía frente al gobierno opresor de Voldemort, seguramente me diría algo tipo: "Gwendoline, si lo que quieres es suicidarte, hay formas más sencillas y menos dolorosas."
Además, me sentía fatal, ¿vale? Ella intentando protegerme, mantenerme en el anonimato de mi apacible y falsa vida, y lo primero que hacía yo a sus espaldas era... mandar al traste todo lo que ella estaba intentando hacer. Y a pesar de tener la firme convicción de que estaba haciendo lo correcto, me sentía cómo una persona horrible por "invalidar" los intentos de Sam por protegerme.
Igual que me sentía por no ser sincera con ella. Eso lo enmendaría en algún momento.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Elizabeth Olsen
Edad del pj : 29
Ocupación : Desmemorizadora
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 2.867
Lealtad : Orden del Fénix
Patronus : Tortuga marina
RP Adicional : ---
Mensajes : 699
Puntos : 336
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t5349-gwendoline-edevane http://www.expectopatronum-rpg.com/t5353-relaciones-de-gwendoline http://www.expectopatronum-rpg.com/t5368-cronologia-de-gwendoline http://www.expectopatronum-rpg.com/t5354-correspondencia-de-gwendoline
Gwendoline EdevaneTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Mar Mar 13, 2018 4:53 am

¿Estaban compitiendo? Ella no lo veía así, pero si lo pensábamos fríamente... quizás sí que el comportamiento de ambas estaba haciendo que cada una tirase para un lado diferente, a ver quién terminaba por arrastrar a la otra o terminaba por romper la cuerda imaginaría que ahora mismo las unía, porque al final ese comportamiento terminaba cansando. Y la verdad, ya pasó por eso con Caroline: dejar claro que una no podía tirarse al hombro todas las presiones y los problemas, sino que debía dejar que el resto le prestase su ayuda. Lo único malo es que Samantha era testaruda hasta decir basta y, de nuevo, no quería que siguiesen inmiscuyéndose en asuntos tan peligrosos. ¡Ella las quería en su vida, pero no tanto! Pero vamos, a quién iba a engañar... había quedado claro en múltiples ocasiones que Samantha era incapaz de sacarse las castaña del fuego y sí que necesitaba a personas como ellas en su vida. —Ya, lo sé... —contestó un tanto resignada, pese a que seguía empecinada en no querer involucrarlas. Era un amor-odio, ¿vale? —Pero sabes perfectamente que esa premisa tan simple de 'sólo deberíamos protegernos la una a la otra, sin más' es mucho más complicada de lo que parece. —Porque sonará a acertijo japonés chungo, pero si ella intentaba proteger a Sam, en realidad Sam la estaría poniendo en peligro. Y eso ya hacía conflicto. Y después de lo de hoy, pues cada vez lo veía más claro. Hoy pudo haber sido solo un 'cruciatus' en el que por suerte no fue a más, ¿pero y sí...? Ni en broma quería imaginárselo.

Ante el '¿sabes?' de Gwendoline, captó toda la atención de la rubia. Y se sorprendió por sus palabras, pues ni de lejos se esperaba que su simple presencia, siendo tan... vacía como podía ser su vida ahora mismo, pudiese cambiar tanto la vida de otra. Sin embargo, si lo pensábamos fríamente... Gwen había perdido a su madre, a su padre, a sus amigas y... se había quedado con un trabajo que si bien era el mismo, estaba claro que todo lo que le rodeaba no lo era. Sam había decidido en su momento alejarse por salvaguardar la seguridad de sus seres queridos, sin en realidad pensar en cómo lo estarían pasado ellos. ¿Había sido justo? No había sido nada justo. No obstante, pese a sus pensamientos sonrió al ver como Gwendoline apoyaba su mirada en el suelo con tal de intentar ocultar que se sonrojó. ¡Como si no la conociese! ¡Era tan linda! —Eh, a mí me dices esas cosas tan bonitas mirándome a los ojos, ¿pero a ti que te pasa? ¿Le estás diciendo las cosas bonitas al suelo o qué? —preguntó divertida, fingiendo molestia mientras le daba un delicado golpecito con el dedo índice en el costado. —Yo me alegro muchísimo de haberte mandado aquel e-mail y volver a estar en tu vida. Aunque... la verdad es que debería pedirte perdón por haber desaparecido repentinamente sin decirte nada. —Apoyó el lateral de su cabeza sobre el respaldar, mirando directamente a Gwen. —O sea, yo sé que entiendes que yo simplemente me escondiese debajo de las piedras después de todo lo que pasó con los hijos de muggles, pero ahora lo pienso... ¿qué me costaba avisarte de que estaba bien? Un maldito e-mail que podrías haber borrado, o una carta con algún seudónimo que entendieras. Y claro... no pensé en cómo lo estarías pasando tú... —Reflexionó básicamente en voz alta. —Y lo siento. Aparecí en un arrebato en donde necesitaba tu ayuda y apoyo y... mírame, ahora no me imagino qué sería de mí si no llegas a estar otra vez a mi lado. —Sonrió, y ella sí que le mantuvo la mirada a los ojos, un tanto risueña y cariñosa.

Comenzó a contarle todo lo que había descubierto de Kant, lo cual era poco. Y todo lo de Grulla, lo cual era todavía más poco, por no decir nada. Pese a ello ambas pudieron sacar información de todo y... al final eso era lo importante, poder hablar tranquilamente, sacar conclusiones y buscar la siguiente pieza clave que utilizar a su favor. —La verdad es que no... —respondió, un tanto cabizbaja. No pudo averiguar demasiado sobre Kant, mucho menos sobre los fugitivos a los que tenía en el punto de mira. —¿Pero sabes qué? Estoy segura de que dentro de esa maleta que se nos desapareció podríamos haber encontrado todo eso y más. No sé que era exactamente pero... si damos con la otra chica que estaba en el interior, quizás podamos dar con lo que guardaban allí. —Chasqueó la lengua, un tanto molesta. —Mira que olvidarnos de la maleta... deberíamos de haberla tenido más en cuenta... —Pero claro, en aquel momento... ¿a quién narices le importaba?

En ningún momento sintió que Gwen le estaba diciendo nada malo con respecto a lo que había descubierto, ya que ella misma era bien consciente de que podía haber descubierto mucho más si llegar a estar en unas condiciones más tranquilas. Y vamos, no es que la morena 'se esperase que hubiese algo más jugoso ahí dentro', sino que segurísimo, cien por cien, que había algo más jugoso ahí dentro. Pero sin duda alguna. —Seguro que había algo ahí dentro muy jugoso y revelador, no me cabe duda. Pero ese tipo sabía muy bien como ocultar lo que quería mantener bajo llave y... ya te digo, no estaba yo tampoco en mi mejor momento. —Se encogió de hombros, con cierto pesar. —Además, hace ya un mes y medio por lo menos que no me metía en la mente de nadie a la fuerza. Y estoy desentrenada. —Que había estado ayudando a Gwen y un poco a Carol, pero desde aquel percance con los Crowley... prácticamente no había vuelto a intentar nada así hasta ahora. —Pero igualmente creo que podremos conseguir cosas, mañana cuando te enseñe el recuerdo. Si conseguiste oro con solo un nombre con Kant, con la imagen y el nombre de una persona conseguirás todo lo que quieras.

La verdad es que pese a las posibilidades que se le presentaban delante, había que saber elegir bien por cual tirar antes de lanzarse a nada. Teniendo en cuenta el éxito que tuvo buscando información sobre Kant, pese a que ésta en un principio pudiese creerse falsa; no lo era. Así que buscar información sobre esa tal Savannah, fuese o no Grulla, podría darnos muchísima información: su relación con Kant, su posible relación con Grulla al tener relación con Kant, o bien lo que escondían en el interior de la maleta que, por lo que quería imaginarse Sam, sería un lugar en donde mantener a buen recaudo todo lo relacionado con el trabajo tan sucio y asqueroso que tiene: quizás información sobre fugitivos, sus posibles localizaciones, fotos de cada uno de ellos, un estudio de cómo poder cazarlos, etc...

La idea de Gwen no era para nada mala, pero ya sabréis la gracia que le haría a Sam que Gwendoline se mezclase en esos 'puntos calientes'. Cualquiera que la viera ahí preguntando por ciertas personas sabría sumar dos más dos y señalarla con el dedo. —¿Sabes lo peligroso que es eso? —Su tono de voz fue enteramente confuso y suave. —Ese tipo de locales está plagado de trampas y la gran mayoría son conocidos por el Ministerio. Los pocos que quedan abiertos son porque están siendo vigilados para que caiga gente como nosotras, no porque sean lugares seguros. —No alzó la voz en ningún momento, sino todo lo contrario, había hablado con tranquilidad, como quién contase los hechos de algo obvio. —Y obvio, que vaya yo tendría más sentido, porque esperan verme y atraparme, ¿pero que te vean a ti? Te meterías en la ruina sólo apareciendo. Ya sólo con aparecer, apuesto que tienen motivos suficientes para hacerte hacer declaración de por qué narices visitabas ese tipo de local ilegal —añadió finalmente. —Y ojo, no digo que sea mala idea, porque al final preguntar en esos lugares es donde mejor nos van a decir lo que necesitamos saber pero... eso sí que es una misión suicida —dijo finalmente, negando con la cabeza de un lado hacia otro sin darse cuenta de que lo estaba haciendo.

Bostezó más por cansancio que por sueño y, de manera totalmente inconsciente, miró la hora en el reloj de su muñeca. Eran las 00:08 y ni se había dado cuenta de cómo había pasado el tiemp... —¡Gwendoline! —Dijo repentinamente, poniendo la mano en la rodilla como quién está a punto de decir algo realmente fuerte. Porque todos sabemos que sujetar la rodilla de la otra persona es claro indicio de que vas a decir algo tremendamente fuerte. —¡Felicidades! ¡Es tu cumpleaños! —Con una sonrisa en el rostro infantil y risueña, se acercó a ella, dándole un fuerte, sonoro y cariñoso beso en su mejilla buena. —Mañana vengo otra vez. Con una tarta con las veintinueve velas, que tal y cómo están las cosas, te dejo pedir los veintinueve deseos que tú quieras —añadió sonriente. —¿Alguna demanda de la cumpleañera en su día? ¿Que la tarta sea de chocolate, quizás? ¿O mejor picante? —Bromeó divertida. Adoraba los cumpleaños. De hecho, el tema anterior se vio eclipsado por su emoción por el cumpleaños de su amiga, ya que eso significaba un día especial y, sobre todo, normal.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Taylor Swift
Edad del pj : 28
Ocupación : Camarera
Pureza de sangre : Sucia
Galeones : 13.067
Lealtad : Neutral
Patronus : No tiene
RP Adicional : 000
Mensajes : 760
Puntos : 526
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t2138-sam-j-lehmann http://www.expectopatronum-rpg.com/t2143-sam-j-lehmann-relaciones http://www.expectopatronum-rpg.com/t2182-cronologia-de-sam-j-lehmann http://www.expectopatronum-rpg.com/t2181-buzon-de-sam-j-lehmann#39778

Gwendoline Edevane el Mar Mar 13, 2018 9:34 pm

Llevaba con aquello dentro desde hacía mucho tiempo, y que yo supiese, nunca había tenido fuerzas para decírselo. Ese era mi problema: cuando tenía que hacer frente a ciertas cosas, simplemente no sabía cómo. Me entraba el pánico y me retraía dentro de mi caparazón, cómo si fuese una tortuga. ¿Sería ese el auténtico motivo por el cual me fascinaban las tortugas? ¿Me identificaba con ellas? ¿Suponían una metáfora perfecta para describirme? Gwendoline Edevane, la tortuga... No sonaba del todo mal.
Pero lo que ocurre con estas cosas es que, cuando las sueltas, te sientes bien. Y tras decirle a mi amiga que simplemente deberíamos colaborar, en lugar de intentar ir siempre por delante, cómo escudos humanos, para recibir golpes la una por la otra, tuve que decir todo aquello. Y no puedo decir que me arrepienta.
Pero sí me sentía avergonzada. No estaba acostumbrada a decirle cosas así a nadie. Ni siquiera a Sam.
Me sentí aliviada al comprobar que ella no se arrepentía de haberme enviado aquel e-mail. Sí, es cierto, de aquel e-mail había derivado nuestra pequeña aventura de esta noche, una que no había salido todo lo bien que cabría esperar, y seguro que una pequeñísima parte de Sam siempre se recriminaría el haber propiciado dicha situación. Pero al menos, ahora, se alegraba de haber recuperado el contacto. Y yo no pude evitar sonreír, todavía sin mirarla directamente a ella.

—Este suelo sin duda se merece algunas palabras bonitas, pero no.—Negué con la cabeza, todavía roja.—Todo eso era única y exclusivamente para ti. Porque...—Porque eres y siempre serás la parte más especial de mi vida. No entiendo cómo pudo ocurrir algo así, pero así es.—...te mereces todas esas palabras, y más.—Y ojalá fuese capaz de decirte todas esas palabras y conseguir que me comprendieses. Pero ni yo me comprendo. Alargué entonces mi mano izquierda hacia Sam, cogiendo su mano derecha con suavidad, mientras se disculpaba por no haber dado señales de vida. Fui capaz de mirarla otra vez.—Ya está. El pasado, pasado es. Hiciste lo que creías correcto, y pese a todo lo que ha pasado, aquí estamos. Es lo único que importa.—Y rematé aquellas palabras con una sonrisa, apartando la mirada otra vez después de mirarla a los ojos unos instantes.

La maleta seguía siendo un problema. Y no porque las maletas no tuviesen costumbre de marcharse caminando—que también, no vamos a engañarnos—, si no porque lo que contenía aquel lugar podía ser grande. No solo es que pudiese ser grande, si no que tenía que ser del tamaño suficiente para que dos personas viviesen o tuviesen reuniones en su interior. Lo cual la convertía en la auténtica residencia de Kant, y posiblemente el lugar dónde guardaba aquellas cosas que Sam no había encontrado dentro de su cabeza.
Así que, para hacerlo simple, necesitábamos aquella cosa. Y para hacerlo simple también, iba a ser muy complicado que diésemos con ella.

—Bueno, no podemos pensar en todo. Y mucho menos cuando alguien está intentando hacernos saltar por los aires a base de Bombardas. Solo tenemos uno de estos cada una.—Me puse el dedo índice en la sien, señalándome, evidentemente, el cerebro.—Si hubiesemos sabido a qué nos enfrentábamos de verdad, habríamos podido hacer un plan algo más decente.—Y eso era cierto. Mi información, la cual creía exaustiva, había demostrado ser escasa. Kant había demostrado ser inteligente. Al menos, lo suficientemente inteligente cómo para esconderle muchas cosas al Ministerio.

Sam confesó que no estaba en su mejor momento cuando entró en la mente de Kant. Podía imaginarme que, pese a que mi varita le obedecía bien, no era lo mismo que usar la suya propia. Y mucho menos si sumábamos el miedo de que mi varita pudiese reaccionar de la misma forma que la varita negra que llevaba consigo desde que perdió la suya.
Pero aquello no parecía ser lo único que ocurría. De hecho, nunca había querido indagar en lo sucedido con la varita de Sam. Bueno, sí, había querido hacerlo, pero me daba la sensación de que, cada vez que se mencionaba la varita perdida, Sam se comportaba de forma extraña. Quizás fuesen imaginaciones mías, o quizás no.
De nuevo, puse mi mano sobre la suya, mirándola a los ojos.

—No... no me contaste nunca lo que pasó con tu varita.—Empecé a decir, y dándome cuenta tarde de que quizás me estaba metiendo en terreno pantanoso, di un paso atrás.—Y si no quieres hablar de ello, no pasa nada... No hace falta.—Aquella noche no hablaríamos de ello, por supuesto; lo único que sabría de los Crowley en las siguientes horas lo averiguaría por medio de Ollivander, quién reconocería a Vladimir Crowley cómo propietario de la varita negra la mañana siguiente.

Cuando le conté mi plan a Sam, un plan bastante sólido que si bien no era del todo sincero, estaba segura de que me brindaría mucha información muy útil, se preocupó. No alzó la voz, pero se la notaba preocupada. Asentí suavemente mientras hablaba. Seguro que mi amiga estaba esperando a que yo le dijese: "¡Sam! ¡No te voy a dejar meterte sola en semejantes problemas! ¡Voy contigo!" Pero en este caso no lo hice.
Había que ser inteligentes. Había que entender cuando dar un paso atrás. Y me tocaba hacerlo a mí. Mi tapadera cómo empleada del Ministerio era demasiado valiosa cómo para echarla a perder.

—Sam, Sam. Tranquila. Tienes razón.—Dije cuando mi amiga terminó de hablar, aunque en un intento de evitar que siguiese tratando de convencerme de lo peligroso de la misión, mis palabras se solaparon un poco con el final de su discurso.—Perdona. No quería interrumpirte. Pero es que tienes razón: yo no puedo ir a esos sitios.—Hice una pausa, tragando saliva.—Mi aninimato actual es importante, tanto para ti como para mí. Incluso para Caroline, pues si fuese descubierta, ella se vería salpicada. La cosa es que puedo obtener esa información. Lo sé. Y cuando lo haga...—Estiré un dedo índice en dirección a ella.—...tendrás que ser tú quién busque la información. ¡Pero no tan deprisa!—Me apresuré a añadir esto, antes de dejar que Sam hablase.—Quiero que me prometas que vas a tener muchísimo cuidado. Que harás un uso responsable de la información que te consiga. Porque te juro que si estás en peligro me va a dar exactamente igual mi tapadera.—Y dicho esto, suavicé un poco el tono, adelantando mi mano y poniéndola sobre la mejilla de Sam.—¿Me puedes prometer eso?

No sabía qué hora era, pero sí sabía que era tarde. Tarde para un día entre semana, por lo menos. ¿Estaba cansada? Sí. ¿Somnolienta? No del todo, pero empezaba a notar el fantasma del sueño sobrevolándome, acechándome cómo si fuese un depredador.
Por suerte, estaba Sam a mi lado para romper ese extraño sopor que de repente quería adueñarse de mí. Primero exclamó mi nombre, haciéndome abrir los ojos como platos, y acto seguido me felicitó por mi cumpleaños. Mi mirada se volvió en dirección al reloj de la cocina, que no podía ver de ninguna manera desde dónde me encontraba, y acto seguido sentí cómo Sam me besaba en la mejilla.
Me quedé un poco en shock, pero sin dejar de sonreír. Sam ya estaba haciendo planes para el día de mañana, y yo me di cuenta de que el año pasado no había celebrado mi cumpleaños. ¿Cómo hacerlo? Estaba totalmente sola, gracias a la buena obra de Voldemort y McDowell.

—Gracias...—Dije, sonrojada de nuevo. Un año más vieja.—Si te digo la verdad, ni me acordaba. Pero... ¡Me parece bien! ¡Tráete a Caroline, y a todas tus mascotas! Aunque esto parezca el Arca de Noé, no veo manera más feliz de celebrar mi cumpleaños.—Y dicho aquello, me acerqué a mi amiga y la rodeé con mis brazos en un abrazo cariñoso.—Pero que sepas que ya me has dado este año el mejor regalo del mundo al volver a mi vida.—Y dicho eso, me separé un poco de ella para darle un beso en la mejilla.—Pero bueno, ya que me has concedido deseos, quiero canjear uno ahora mismo...—Dije mientras ocupaba de nuevo mi sitio en el sofá, llevándome el dedo índice derecho a la mejilla y fingiendo, con una expresión exagerada, que estaba meditando acerca del deseo.—Mi primer deseo es... ¡Manta y televisión!—Exclamé con una risita.—Acurrucarnos en el sofá y ver la tele. Seguro que ponen alguna reposición de algo. ¡Quizás pongan Mr. Bean!—Dije entusiasmada. Cuando era pequeña, adoraba a Mr. Bean. Y lo cierto es que mentiría si dijese que no tenía una colección de DVD's de Rowan Atkinson guardados en el mueble de la televisión. Mi "placer culpable".—O a lo mejor ponen alguna peli antigua, alguna romántica...—Sugerí, cómo quién no quiere la cosa, para tentar a mi amiga. Sabía que le gustaban.—¿Qué me dices, Samantha? ¿Te acurrucas conmigo un rato?

Le dije aquello de una forma un tanto "sugerente", mordiéndome el labio inferior. Sí, había sido totalmente intencionado que sonase un poco "mal". ¿Y la verdad? No me apetecía otra cosa en el mundo que acurrucarme un rato con ella, bajo una manta, viendo cualquier cosa que pusiesen en la tele. No era la primera vez que teníamos un plan cómo aquel, y a veces era más divertido que cualquier cosa.
Sobre todo si llovía tanto cómo estaba lloviendo. Noche perfecta para pasarla bajo las mantas.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Elizabeth Olsen
Edad del pj : 29
Ocupación : Desmemorizadora
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 2.867
Lealtad : Orden del Fénix
Patronus : Tortuga marina
RP Adicional : ---
Mensajes : 699
Puntos : 336
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t5349-gwendoline-edevane http://www.expectopatronum-rpg.com/t5353-relaciones-de-gwendoline http://www.expectopatronum-rpg.com/t5368-cronologia-de-gwendoline http://www.expectopatronum-rpg.com/t5354-correspondencia-de-gwendoline
Gwendoline EdevaneTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Miér Mar 14, 2018 7:11 pm

Gwendoline Edevane, experta en decirle cosas preciosas a los suelos de las habitaciones. Tan linda ella, siempre pensando en todos esos objetos inertes a los que todo el mundo pisa y nadie tiene en consideración. Si la mitad de los magos profesasen ese amor y delicadeza por el resto de humanos del mundo, esta sociedad sería idílica, no cabía ninguna duda.

La legeremante se limitó a sonreír como una idiota mientras miraba a Gwen, ya que le parecía adorable su vergonzosa manera de abrirse, pese al tiempo que se conocían. ¡Como si no se conociesen ya lo suficiente y se hubiesen dicho esas cosas ya anteriormente! Siempre había sido así, la verdad. Al contrario que Sam que, aunque cuando era pequeña era algo más tímida, desde que le cogió confianza a la morena ya había descubierto lo cariñosa, cálida y cercana que podía a llegar a ser Jota. Y aunque se quejase, en verdad le encantaba ver cómo se ruborizaba sólo por decir cosas bonitas. —Ya, en eso te doy toda la razón. —Y sin dudar ni un poquito. Al final este último año había sido tan caótico para la vida de ambas que... al final no importaban las decisiones que se habían tomado prácticamente a contrarreloj, sino aquellas que habían sido determinantes para llegar a dónde se encontraban ahora.

Contarle lo de su varita era... complicado. Le había dicho que la había perdido, pero vamos, Sam era bien consciente de que Gwendoline era demasiado inteligente como para creerse eso. Eso sí, ella también conocía lo suficiente a Sam como para asumir que no quería hablar de eso y era lo suficientemente respetuosa como para no preguntar al respecto. El tema Crowley, tanto en referencia a Sebastian como a Vladimir y Zed... era un tema muy complicado para Samantha del que le costaba hablar. Lo de Sebastian había sido como vivir constantemente bajo una nube gris cargada de presiones que van más allá de tus propias decisiones; había sido el desencadenante de una depresión muy horrible en Sam que ni el mismo Crowley le dejaba tener. Y lo de Vladimir y Zed había sido, simple y llanamente, la peor experiencia de su vida. Los Crowley, expertos en hacer que Sam desee morirse cada vez que se meten en su vida. —Es... complicado. —Claro que quería contárselo, pero decirlo en voz alta era complicado. Y no le apetecía entrar en esos dramas ahora. Bueno, y a ser posible nunca. —Obviamente no la perdí, pero ya te contaré en otro momento. —Y lo volvió a posponer, como siempre.

Le pareció sorprendente que ante la idea suicida que había dado su amiga y el reproche de la rubia, ésta dijese con tanta convicción que sí, que tenía razón. Y es que vamos... Gwen no podía ir a esos sitios o su vida, tal cual la conoce, desaparecerá por siempre. Lo que no se esperaba es que las tornas cambiasen tanto, accediendo por su parte a que fuese Sam, en solitario, quien visitase ese tipo de lugares. Que ojo, tampoco es que fuese una idea mucho menos suicida teniendo en cuenta que la gran mayoría de esos puntos calientes estaban vigilados por el Ministerio. No obstante, de haber alguno relativamente libre, estaba claro que la que más podía pasar desapercibido—por irónico que sonase—era la propia fugitiva. —¿Es una broma? —preguntó divertida, llevando su propia mano a su mejilla para sujetar la de ella. —¿Me estás dando permiso para meterme en la boca del lobo a descubrir información siempre y cuando tenga 'muchísimo cuidado'? —Se hizo ligeramente hacia adelante para tocar la frente de su amiga. —¿Estás bien? ¿Te frió la neurona el cruciatus, Edevane? —Bromeó con una sonrisa risueña, para entonces volver a retroceder y mantener su mano entre la suya. —Pero sí, te lo prometo. Será peligroso igual, pero es mucho más lógico que vaya yo sola y tu te mantengas al margen. Lo único es asegurarse bien de que sea un lugar que el Ministerio no tenga en el punto de mira, porque si no sigue siendo una misión suicida, pero individual. —Se encogió de hombros.

Acordarse del cumpleaños de Gwen fue inmediato. No había ido ese día con ella con el pensamiento de felicitarla a las doce de la noche, básicamente porque ni se había puesto a pensar que por esa hora todavía estaría con ella. Sin embargo, ahí estaba, su poder como mujer y amiga en recordar perfectamente todos los cumpleaños de sus seres queridos sin fallar. Eso era una habilidad secreta que muy pocas personas tienen. La felicitó con muchísima alegría y es que los cumpleaños siempre habían sido un evento que Samantha adoraba. Le encantaba el hecho de soplar las velas, pedir deseos, regalar cosas que realmente le hicieran ilusión a la otra persona, ver su cara sonreír de emoción... No sé, eran días super bonitos y que pasar en familia.

Le gustaba que Gwen y Carol hubieran congeniado tan bien, así que desde que la nombró, ya le pareció un plan perfecto para el viernes que recién acababa de entrar. ¿Acaso podía ser mejor? Un cumpleaños en compañía de Gwendoline y Caroline. Bueno, sí, faltaría Henry Kerr en versión original y no roto, además de Beatrice Bennington, la fugitiva rebelde con la que Sam había soñado hace poco como que se la reencontraba. Bee, tía, ¿en dónde estás metida? ¡Por tu culpa tenemos que pasar cumpleaños incompletos!

El deseo que pidió Gwendoline la hizo sonreír, ya que no le podía parecer mejor plan para esa noche. Aunque ha de admitir que mejoró considerablemente cuando nombró lo de la película romántica por encima de Mr. Bean. ¡Que no tenía nada en contra de Mr. Bean! Pero las películas románticas... ay. Eran su debilidad: llorar, enamorarse de una historia perfecta y platónica de amor... ¿he dicho ya que Sam sueña con eso? Una historia de amor tan perfecta como la de las películas. Aunque no ahora, claro, el Ministerio de Magia se había encargado de hacer que absolutamente todos sus sueños se frustrasen. No tuvo tiempo de apoyar la idea de la película romántica, ya que su amiga le soltó una última pregunta de una forma muy divertida. Enarcó una ceja. —¿Eso es una proposición indecente, Edevane? ¿Porque sabes qué? —Las preguntas sonaron igual de 'sugerentes', fingiendo seriedad. —Acepto, obviamente. —Y puso un rostro emocionado. —Sabes ofrecerme cosas a las que no puedo decir que no.

Se levantó del sillón de un saltito y se estiró hacia el sofá individual donde había una manta perfectamente doblada. La sujetó y la arrastró hacia donde estaban ellas, volviéndose a sentar lado de la morena, tapándose ambas. Luego se estiró hacia la mesa y cogió el mando de la televisión, así como su pequeña mochila. —Busca a nuestra víctima —le dijo a la morena, pasándole el mando, mientras ella sacaba el móvil para avisar a Caroline de que llegaría tarde. Más tarde, claro, porque no es que fuese precisamente pronto.


Para cuando terminó de escribir, guardó el móvil en la mochila y sacó sus gafas, para poder ver la televisión en HD y no como manchas psicodélicas de colores, viendo como Gwen iba pasando entre película y película. Hubo una que Gwen se pasó de largo, pero que a Sam le entró por los ojos, tanto por el nombre como por los actores de la portada, ya que no tenía ni idea de qué película era. —¡Esa, esa! ¡Gwen, esa! Sube, sube. —Le instó divertida, señalando pese a que era imposible seguir la dirección de su dedo que ni estaba apuntando bien. —Dos a la derecha. Esa. Love, Rosie. Pone 'Love', así que seguro que es bonita. ¿Te vale? ¿Tienes palomitas? ¿Quieres que haga palomitas? O chocolate. ¿Traigo chocolate? O las dos cosas.

Todo el mundo sabía que el chocolate era bueno para recuperarse de maldiciones y esas cosas. Quizás no era exactamente eso, pero la excusa era buena igual para comer chocolate.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Taylor Swift
Edad del pj : 28
Ocupación : Camarera
Pureza de sangre : Sucia
Galeones : 13.067
Lealtad : Neutral
Patronus : No tiene
RP Adicional : 000
Mensajes : 760
Puntos : 526
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t2138-sam-j-lehmann http://www.expectopatronum-rpg.com/t2143-sam-j-lehmann-relaciones http://www.expectopatronum-rpg.com/t2182-cronologia-de-sam-j-lehmann http://www.expectopatronum-rpg.com/t2181-buzon-de-sam-j-lehmann#39778

Contenido patrocinado

Contenido patrocinado

Página 2 de 3. Precedente  1, 2, 3  Siguiente

Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.