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I need to know you're fine || Max.

Abigail T. McDowell el Miér Feb 28, 2018 2:41 pm


Londres, 27 de febrero del 2018 || En los pasillos de la Universidad Magia || 14:36 am

Hacerse Ministra de Magia bajo las circunstancias en las que lo había hecho, no sólo acarrearía odio, sino también rencor, violencia y venganza. Y eso ella lo sabía. Abigail podía parecer muy impulsiva, de esas personas inconscientes que no saben las consecuencias de sus actos atroces y despiadados, pero no era así. Aunque sus acciones, efectivamente cuestionables, era un poco feas y propias de monstruos, ella era de esos monstruos que saben lo que hacen y por qué lo hacen. Ella era bien consciente de lo que sucedería después del diecinueve de diciembre del dos mil dieciséis y, pese a eso, había actuado igualmente. Siempre le caracterizaron dos frases que jamás olvidaría: «sin riesgo no hay diversión» y «el fin justifica los medios». Y rara vez solía salirse de esos límites.

No había recibido nunca ningún tipo de aviso o amenaza, ni contra su persona ni contra ningún ser querido, no al menos en su cargo como Ministra. Era totalmente consciente de que muchas personas querían atentar contra ella, pero jamás había recibido nada que lo cerciorase y la pusiese bajo aviso. Sin embargo, a ella no le preocupaba su integridad física, pues se veía perfectamente capaz de defenderse bajo cualquier situación e incluso salir airosa sin ningún tipo de apuro, sino que le preocupaba su hermano menor. Cualquiera con dos dedos de frente averiguaría que Maximillian McDowell no comparte por casualidad el apellido con la actual Ministra de Magia, mucho menos después del drama que hubo en la prensa con el hecho de que Abigail hubiese metido en Azkaban a su propia madre por traición al nuevo gobierno. Eso había dado mucho de qué hablar y el hecho de evidenciar tanto a Max fue lo que más le jodió de toda esa noticia.

Y tal como estaban las cosas, cada vez más calientes y con esa acción tan violenta por parte de los radicales... temía por la vida de su hermano, de estar poniéndolo en peligro. Al fin y al cabo, era el único familiar de Abigail, además del único con el que mantenía relación, pese a que hace más de un año que la relación entre ambos se ha disminuido considerablemente. Y no lo iba a culpar: meter a Ariadne en prisión no fue su mejor acción como hermana mayor, eso está claro. Pero era eso o matarla, y eso último probablemente tuviese mayor repercusiones en su relación fraternal. Además de que Abigail consideraba que matar a su madre era ir por el camino fácil; Azkaban iba más con ella.

Habían pocas cosas que preocupaban a Abigail cuando se referían a terceras personas, pero Max era una de ellas. Es por eso que, tragándose el orgullo que no tenía con su hermano y movida por un caso de «venganza» que ahora mismo era portada en el Profeta, salió antes del trabajo para ir a visitar a su hermano. En realidad había ido a visitarle a la habitación de la residencia universitaria, pero la puerta se la abrió su compañero de piso, el cual le informó del horario en el que salía de clases su hermano.

Es por eso que a la hora punta en donde los alumnos de segundo año de Medimagia salían de su última clase, la Ministra de Magia se encontraba apoyada de brazos cruzados en una de las columnas del pasillo, de esas que delimitan en pasillo interior del patio central. Vestía como de costumbre: unos tacones altos, unos pantalones de traje ajustados que cortaban justo por encima de sus zapatos y una americana que estaba abierta, dejando entrever una camisa translúcida y holgada. La gran mayoría de las personas que se paseaban por ese pasillo le miraban: la gran mayoría sorprendidos de que Abigail McDowell estuviese en la facultad de medimagia. Cabe añadir que la pelirroja no solía dejarse ver, sola, en ese tipo de sitios de manera ocasional, por lo que raro era, tanto para ella como para todos.  

Cuando la puerta de la clase en la que se encontraba Max se abrió, la mirada de la chica se dirigió hacia allí en su busca. No iba a interrumpir ninguna conversación ni nada que tuviese. Esperaba que si su hermano la veía, saliese de él acercarse asumiendo que él era el único motivo de que Abi pudiese estar ahí. Si le veía y pese a eso prefería seguir de largo, no iba a ser ella quién le persiguiera para convencerlo de lo contrario.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Maximillian McDowell el Miér Feb 28, 2018 11:33 pm

Las clases del martes llevaban siendo para Max las más anodinas de todo el temario de su carrera... desde siempre. Era cómo si los astros, los profesores y todos los enemigos que podía tener Max se hubiesen puesto de acuerdo para concentrar toda la maldita teoría del curso en ese día concreto.
A veces se había molestado en preguntarse el motivo de este fenómeno. Había descubierto que, pese a que no existía un patrón claro a la hora de establecer las clases—y casi con seguridad se armaban los horarios en función a las necesidades de los profesores—sí se había encontrado con que esto se daba con frecuencia en algunas instituciones muggles. Max había teorizado acerca de esto, y había acabado concluyendo que los horarios se armaban así porque, de incluir la mayor parte de la teoría el lunes, lo más seguro sería que los estudiantes se durmiesen y nadie prestase atención a nada. No podía ser coincidencia que el lunes empezase con gran cantidad de horas prácticas y casi nada de teoría.
Fuese lo que fuese, el discurso del profesor se estaba volviendo aburrido, monótono hasta decir basta. Un sopor empezaba a adueñarse de Max, y en días cómo esos se arrepentía de utilizar una pluma a vuelapluma para que tomase notas con él.
Bueno, eso y que a veces no había quién entendiese la letra de esa pluma. Estaba convencido de que quién se la había vendido le había dado, a propósito, una pluma defectuosa.
Cómo fuese, quedaba poco para que terminase la última hora, y Max estaba tan aburrido que empezaban a cerrársele los ojos. Logró mantenerse consciente en todo momento, mientras la pluma a vuelapluma rasgueaba el pergamino a medida que tomaba notas. Ese sonido, más que ayudarle a mantenerse despierto, conseguía básicamente el efecto opuesto.
No pudo evitarlo. Finalmente se le escapó un sonoro bostezo. Se puso la mano delante de la boca, pero eso no impidió que media clase se diese la vuelta.
Inclusive el profesor, quién detuvo su discurso. La tiza mágica que escribía en la pizarra a medida que él hablaba se detuvo también.

—Disculpe, señor McDowell. ¿Le aburre la clase?—Preguntó el profesor, y entonces ocurrió algo que Max encontró tremendamente divertido: su tiza mágica, a la cual debió olvidar decir que dejase de dictar, escribió en la pizarra lo mismo que el profesor le dijo al joven McDowell. Max hizo todo lo posible por no reírse, y al ver que a su pluma a vuelapluma le ocurría lo mismo que a la tiza del profesor, le echó la mano y la retuvo cómo si de un animal salvaje se tratase.—¿He dicho algo gracioso, señor McDowell?

Lo gracioso no era lo que estaba diciendo el profesor, si no cómo la tiza seguía tomando nota de sus palabras. Max casi no podía aguantarse la risa, pero hizo un esfuerzo titánico.

—¡No, no! Usted no.—Su pluma se agitaba en su mano, ansiosa por salir disparada de vuelta al pergamino.—Pero, ya que lo pregunta, podría hacer un poco más divertidas las clases. ¿No cree? ¡Venga, tío! ¡Estamos todos aquí durmiéndonos!

Hubo una risa generalizada en la clase ante el comentario de Max; al profesor no le hizo la más mínima gracia. Y es que Max, pese a que encontraba de lo más interesante la rama profesional que había escogido, era bastante propenso a ese tipo de comportamientos. A veces se preguntaba a sí mismo si no haría eso consciente de que los profesores le tenían miedo a su hermana, y que por ello evitaban castigarle.
¡Oh, si ellos supieran! Abigail sería la primera en darle un coscorrón si le viese comportándose así en clase. Su hermana podía ser muchas cosas malas, pero algo en lo que jamás había sido mala eran los estudios. Una estudiante modelo, dónde las hubiese.

—¿A lo mejor le apetece dar la clase a usted?—Dijo el profesor, y la tiza tomó buena nota de ello. Max seguía luchando por contener la risa.

—¡Me parece bien! ¿Tiene un chaleco cómo ese que lleva que sea de mi talla?—Hubo más risas entre los alumnos. El chaleco en cuestión era uno de esos hechos de lana, cómo un suéter de cuello en pico, pero sin mangas. Tenía un feo estampado de triángulos de colores cálidos, marrones y violetas principalmente. Y entonces, sonó el timbre. El profesor, indignado, negó con la cabeza.

—Salvado por la campana, McDowell. ¡Pueden ir saliendo! Y recuerden traer memorizados los temas 7 y 8...—Max perdió el hilo de lo que estaba diciendo el profesor.

Empezó a levantarse de su mesa, guardándolo todo en su mochila, pero en lugar de salir de clase, se quedó mirando al profesor con una sonrisa expectante en la cara. Y cuando este se dio la vuelta, vio exasperado todo lo que su tiza mágica había escrito, literalmente, a sus espaldas. Y ahí ya no pudo contener más la risa, mientras el profesor luchaba por detener a su tiza mágica en pleno vuelo.
Max salió de clase, manteniendo conversaciones insustanciales con algunos compañeros. Le felicitaban, más que nada, por su actuación en clase. Parece ser que Max McDowell, el payaso de la clase, había conseguido amenizar la velada una vez más.
Al encontrarse en el pasillo, en cambio, el rostro de Max cambió: no esperaba encontrarse a la persona que estaba fuera.
Su hermana parecía totalmente fuera de lugar, vestida de manera casi elegante. En comparación, los pantalones vaqueros rasgados, la chaqueta de polipiel y las deportivas de Max parecían indignas de ser vestidas.
Se despidió de los compañeros con los que estaba hablando, todavía sorprendido por la presencia de Abigail allí. Les chocó el puño cómo saludo de despedida, y esperó a que el pasillo se hubiese despejado para acercarse a su hermana. No se sentía especialmente cómodo con ella, pero la había "perdonado" de alguna manera con aquella felicitación de cumpleaños.
Aunque hubiese cosas que jamás podría perdonar.

—Hola, Abigail.—Le dijo, un poco soso, tenía que reconocerlo. Intentó incluso sonreír... pero no, no hubo nada. Sus músculos faciales se negaron a responder a la orden.—¿Qué haces tú por aquí?—Puede que las palabras sonasen un poco duras, pero Max intentó por todos los medios que su tono de voz no lo fuese. Y es que, pese a todo, Abigail era su hermana mayor.

Y la quería. Y pese a que todo el mundo supiese lo que había hecho, de quién era seguidora... seguía siendo su hermana. Eso jamás cambiaría.
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Abigail T. McDowell el Dom Mar 04, 2018 8:19 pm

Desde bien pequeña había odiado su nombre completo. No porque fuese feo, ni siquiera porque le disgustase como sonaba... simplemente porque lo relacionaba con su madre, la cual siempre le llamó así con un tono tan repipi, autoritario y soberbio que terminó por hacer que le cogiese tirria. Además, era la única que la llamaba de esa manera. Era propio de la Abigail adolescente, e incluso ya adulta, corregir a todo el mundo para que simplemente la llamasen Abi, un diminutivo que podría considerarse incluso dulce para alguien como ella. Es por eso que escucharle a Max llamarla por su nombre completo denotaba claramente que la cosa entre los hermanos no estaban en su mejor momento. De hecho, se atrevería a decir que estaban en su peor.

Cuando su hermano comenzó a acortar la distancia entre ellos, ella también lo hizo, relajando sus brazos hasta quedar frente a él. La pelirroja solía destacar por tener continuamente cara de pocos amigos y es que sacar una sonrisa sincera de Abigail era más complicado que criar a un basilisco, no obstante, frente a Max el único rostro que tenía era relajado y natural y, en ocasiones, preocupado, como era este caso.

Sujetar la columna —bromeó sarcásticamente a su pregunta, alzando una ceja, haciendo un ademán con los ojos en referencia a la columna en la que hace un momento estaba apoyada. —He venido a ver cómo estabas e invitarte a almorzar, ¿te apetece o te pillo en mal momento? —preguntó, llevando una de sus manos al cuello de su chaqueta y sacudiendo una porquería.

Le pareció curioso el contraste entre la ropa de ambos, la cual era perfectamente normal. Ella también había sido adolescente y jamás se olvidaría de lo hortera que solía vestir, al menos para su gusto de ahora, porque la pelirroja bien que iba orgullosa por ahí con sus pantalones de leopardo con diecinueve años. Ahora, sin embargo, la elegancia se había apoderado de prácticamente todo su armario, al igual que el cuero y el color negro.

Había ido sin previo aviso, movida un poco por el impulso temeroso de que algo pudiese ocurrirle, o más bien de que algo pudiese ocurrir y ambos estuviesen enfadados y sin apenas dirigirse la palabra. Que en realidad eran solo paranoias, ¿pero y si...? De todas maneras, ahora que estaba en frente de él, se sentía un poco vulnerable, ya que sería perfectamente comprensible que prefiriese ir a comer con sus amigos en vez de con la hermana con la que tanto contacto ha perdido y con la que ha tenido sus claras diferencias este año. Pero sinceramente, si con alguien Abigail no tenía orgullo era con él. Y era lo suficientemente inteligente como para tener bien claro que la culpa de toda esa situación era cien por cien de ella.  

Te dejo elegir lugar al que ir —añadió con un pequeño guiño, en un intento de relajar tensiones y suavizar un poco el terreno.

Y es que había tantas cosas que habían quedado atrás... por saber, no sabía nada ni de cómo le había ido en la residencia universitaria, o como le iba la carrera... Todo sucedió tan rápido, que incluso esa separación entre Max y ella fue casi instantánea, dejando todo a medias. Sólo quería hablar y saber cómo le iba, sin ideologías de por medio, sin puestos de trabajo y sin nada. Sólo los hermanos McDowell.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Maximillian McDowell el Lun Mar 05, 2018 7:13 pm

La visita de su hermana sorprendió mucho a Max. ¿Cuánto hacía desde que se habían visto por última vez?
Bueno, se dijo Max, posiblemente la última vez fuese durante los juicios, cuando Abigail había metido a su propia madre en Azkaban. Y es que aquel había sido el punto de inflexión en la relación de los dos hermanos, el momento en el cual Max había dicho "Hasta aquí".
Max había estado dispuesto a comprender los motivos que habían llevado a su hermana a, figuradamente, apuñalar por la espalda a Milkovich. Había estado dispuesto a mantener la mente abierta frente a dicha acción que, sin dejar de ser algo horrible, no le tocaba directamente. Y su hermana era su hermana. Solo quién tiene una hermana a la que quiere tanto cómo Max quería entonces a Abigail entendería esa sensación: la necesidad desesperada de excusar todo acto horrible de un ser querido, incluso aunque este acto pueda parecer inexcusable.
Pero con su madre no. Max no había podido lidiar con eso.
Pero... ¿sabéis lo peor de todo? Aún con todas, sintiéndose cómo se sentía al respecto, había intentado comprender los motivos de Abigail. Y no tuvo más que echar un vistazo a los recuerdos de su niñez para darse cuenta de que motivos tenía su hermana para obrar cómo lo hizo, de sobra.
Por eso le había escrito el día de su cumpleaños. Por eso le había enviado esa fotografía. Porque Max quería creer que, muy en el fondo, seguía estando allí la hermana adorable que él había conocido.
¿Habría sido ese el motivo que la llevaba a estar allí, de pie ante él, en la universidad?
Max la observó cómo quién observa algo insólito, aunque su rostro solamente mostraba una expresión neutra. La tenía frente a él otra vez, después de mucho tiempo. Se imaginó cómo sería aquello cientos de veces: se imaginó gritos, se imaginó conversaciones sinceras, se imaginó abrazos y reconciliaciones...
Pero jamás se imaginó que se comportaría cómo lo hizo. Se sorprendió a sí mismo inclinando levemente la cabeza en dirección al final del pasillo, dónde se encontraba la salida del edificio. Una forma tosca de aceptar su invitación.

—Se te ve bien.—Empezó a decir Max mientras ambos caminaban por el pasillo vacío. Todos los estudiantes estaban ya o bien en sus habitaciones, o bien peleándose por un sitio en la cafetería.—¿Esa ropa venía con el puesto de Ministra? ¿La has pagado tú? ¿O la han financiado los buenos y contribuyentes ciudadanos del mundo mágico?—La voz de Max podía sonar un poco brusca, pero no era su intención que aquello sonase cómo una acusación; para demostrarlo, esbozó una leve sonrisa de medio lado, una sonrisa burlona.—¿Sabes? Podrías haber llamado. ¿No tienes uno de estos?—Max sacó de su bolsillo su smartphone, enseñándoselo a su hermana.—¿O ahora están prohibidos, cómo muchas cosas muggles?

Pese a la tensión inicial del encuentro, Max en todo momento quiso sonar afable. Pese a todo lo ocurrido entre ambos, no tenía ganas de odiar a su hermana en el que era su primer encuentro entre ambos. Había muchas cosas de las que era mejor no hablar, sin duda, pero Max no disfrutaba metiéndose en peleas.
Bueno, hay que corregir: Max no disfrutaba dando el primer puñetazo.
Así que no quería empezar una discusión con ella, pues sabía que una discusión con su hermana no iba a ser una de la que disfrutase. Discutir con ella supondría sacar a la luz muchas cosas que estaban mejor enterradas.
Además, no podía negar que sentía curiosidad. ¿Después de tanto tiempo sin verse, Abigail se presentaba en su universidad para invitarle a comer? ¿Solo para eso?
Sí, y quizás cuando mirase por la ventana vería a Voldemort bailando una jota con un unicornio.
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Abigail T. McDowell el Jue Mar 08, 2018 11:17 pm

Metió sus manos en los bolsillos de su pantalón de pinzas cuando empezaron a caminar en dirección al final del pasillo. La verdad es que era una grata sorpresa que aceptase, sobre todo cuando llevaban tanto tiempo sin apenas dirigirse la palabra. Las cosas habían cambiado: eso era un hecho. Pero la mayor esperaba que todo lo malo que había pasado entre ellos, que era poco, pero intenso, pudiese arreglarse. Al menos aceptando ir a almorzar juntos era un pequeño paso que denotaba que por su parte también había un pequeño empujoncito a intentarlo. Aunque bueno, para ser sinceros, la carta que le envió por su cumpleaños fue también un detonante de sus intenciones. Otro año más, el regalo de su hermano había sido TOP en ese día que tan poco valoraba la pelirroja.

A ti tampoco se te ve nada mal, te sienta bien la vida de universitario —respondió, echándole una ojeada de arriba abajo que lejos de ser de crítica, era más bien complaciente por lo que veía.

Porque sí, Abigail había vivido una vida secreta más allá de lo que mostraba frente a su hermano, pero mentiría si dijese que en algún momento deseó que Max siguiese sus pasos. De verdad, de verdad de la buena que se enorgullecía de él: de que fuera capaz de ser él mismo pese a lo zorra que era su abuela, su madre y, aunque él no lo supiese, también su propia hermana. Probablemente ésta última fuese la que más lo fuese, pero también la que más le quería, sin duda alguna. ¿Eso compensaba? El pobre Max no paraba de rodearse de mujeres horribles.

¿No te gusta? —preguntó tras su ataque por la vestimenta, mirándose ella de arriba abajo. Abigail estaba buenísima y esa elegancia le hacía todavía más atractiva; ella lo sabía perfectamente. Rara vez cualquier comentario de ese estilo solía molestarle de verdad. El ego y el narcisismo eran muy reales en ella.  —Quedaría un poco raro ir a mi puesto de trabajo con vaqueros rotos y chaquetas de piel desgastadas, ¿no crees? —En realidad llevaba ya varios años vistiendo así, pero ahora más que nunca por evidentes razones. A Abigail le encantaba la moda, podría decirse que todo el dinero que tiene se lo gasta en eso. —Acabo de salir del Ministerio y venía justa de tiempo, no me daba tiempo a adaptarme a tu estilo... urbano de señor que se ha peleado con un guepardo. —Miró de manera sugerente sus vaqueros rasgados. —No quería que te me escaparas.

Observó el móvil que sacó de su bolsillo sin inmutarse demasiado, aunque cuando soltó la pulla de la prohibición de cosas muggles, sí que se mojó los labios sin querer entrar mucho en detalle. Era perfectamente razonable que Abigail, como cara pública más poderosa ahora mismo en el gobierno mágico, fuese el foco principal de odio por todos los derechos que ha quitado y todas las leyes que ha añadido, sin embargo, nadie se daba cuenta de que detrás de ella estaba el mago más poderoso, radical, purista y cargado de odio de todos los tiempos. Y, sinceramente, no quería hablar de ese tipo de decisiones precisamente con su hermano. Ya debía de tener una imagen horrible de ella como para encima tener que meter a ese señor de por medio y dar explicaciones a esas decisiones.

No suelo usarlo demasiado. —Claro que tenía, ¿qué persona de treinta años en este mundo tecnológico no poseía un smartphone? Da igual lo mago que fueses, era un artefacto indispensable. Eso sí, dado lo pequeño que era su círculo de conocidos y que la gran mayoría sí que no tenían, lo había dejado de usar y ahora cogía polvo en el cajón de su mesita de noche. —La próxima vez te avisaré por ahí por si estás ocupado.

Notaba muchísimo la distancia entre ambos, pero tampoco podía hacer más que reconstruir la confianza de antes, por lo que una vez llegaron al final del pasillo, justo a la calle principal fuera de la universidad, la cual todavía pertenecía a terreno mágico, por decirlo de alguna manera, se paró y se giró hacia él.

¿Algún lugar en especial en el que quieras arruinarme mientras te llenas la panza? —Estiró la comisura de sus labios en una especie de sonrisa. —Ya que no creo que quieras ir a uno de mis nuevos restaurantes pijos a la altura de mi ropa nueva repipi. Así que sorpréndeme tú.

¿Lo peor del trabajo de Abigail? Ir a comer con gente importante pero que personalmente le importan una mierda. No había nada más aburrido que comer mientras hablas de política y negocios. Lo único bueno era la cantidad de sitios de calidad que había conocido; aunque ella siempre disfrutaba más con una buena hamburguesa, de esas cargadas de queso, bacon y grasa. No vamos a engañar a nadie.
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Maximillian McDowell el Vie Mar 09, 2018 8:48 pm

Max se sentía bastante aliviado. Se habían reencontrado sin que ninguno de los dos alzase la voz. No es que hubiese precedentes de tal cosa, pues hasta hacía relativamente poco, Max y Abi eran la definición perfecta de hermanos. Hermanos de esos que darían un riñón o parte de un órgano al otro de ser necesario. Pero con todo lo que estaba pasando en sus vidas últimamente, los cambios por los que había pasado su relación, todo era posible.
Pero no, todo estaba siendo pacífico. Ninguno había desenfundado la varita ni se había puesto en guardia, ni habían empezado a tirarse de los pelos. ¿Las pullas mutuas? Nada que fuese intolerable, desde luego. Max imaginaba que su hermana se las tomaría tan en serio cómo se las estaba tomando él.
¿Quién podía tomarse en serio comentarios así? Seguro que algún amargado habría por el mundo.

—No, no, si te queda bien.—Respondió Max, echando una nueva mirada de reojo a su hermana. No es que fuese la primera vez que la veía así vestida, pero no dejaría de sorprenderle.—Pero vamos, no se te ocurra pasarte así vestida por alguno de los barrios chungos de Londres.—Max no creía que hubiese demasiados "barrios chungos" en Londres, a decir verdad. Los británicos eran seres humanos civilizados, no cómo los americanos.—Si te estuvieses paseando por uno de estos, ya verías cómo agradecías llevar mi elegante vestimenta.

Max seguía intentando mostrarse relajado, distendido, cómo si no ocurriese nada. ¿Ariadne McDowell? ¿Quién era esa? Nadie relevante en este momento... si no queremos empezar una discusión, claro. Porque en caso de querer discutir, Ariadne McDowell sería de lo más relevante.
Vale, tenía que reconocerlo. En su comentario sobre el teléfono móvil, Max había metido una pequeña pulla hacia su hermana. Atreviéndose a mirarla de reojo una vez más, observó una cierta incomodidad. Y, molesto cómo seguía con ella, no pudo evitar sentir una punzada de culpabilidad. Sabía que los teléfonos móviles no estaba prohibidos, aunque estaba claro que jamás vería al tal Voldemort con uno en la mano. ¿Y qué iba a hacer con él, de todas formas? ¿Enviar un whatsapp a sus mortífagos para ponerles al corriente del siguiente atentado contra los muggles?
Fuese cómo fuese, Max se sintió un poco mal por su comentario. No podía evitarlo. Él era en su mayor parte fachada. Le gustaba esconder su preocupación hacia su hermana y hacia otros bajo la chulería. Así que se prometió a sí mismo suavizar un poquito el tono. Después de todo, estaba claro que no estaba consiguiendo el efecto que quería con sus bromas.

—¡Pues te estás perdiendo cosas interesantes!—Dijo, alzando las cejas y volviendo a mirar a su hermana de reojo mientras caminaba.—¿Sabes lo entretenido que es ignorar a alguien que te está aburriendo mirando este trasto? ¿O jugando al Candy Crush? ¿Has oído hablar de Pokémon GO?—Y se atrevió entonces a girar no solo los ojos, si no toda la cara en dirección a Abigail.—Te aseguro que tus interminables reuniones en el Ministerio serían mucho menos interminables jugando una partida de cuando en cuando.

Aquello parecía tan improbable cómo el ver a Voldemort enviando mensajes de whatsapp. ¿Os podéis imaginar a la mismísima Ministra de Magia, sentada detrás de su escritorio, escuchando un montón de tontería burocrática, mientras jugaba a Candy Crush? Max no podía imaginárselo, y eso que creía que en el pasado, una Abigail que ya había desaparecido arrastrada por la marea de la madurez habría sido capaz de algo así.
Se detuvieron un momento en el umbral de la puerta, observando la calle, y planificando la estrategia a seguir desde aquel momento: ¿Dónde comerían?
Max tenía hambre, no lo negaría, y aunque generalmente era de los que corría a pillar sitio a la cafetería de la universidad, no le parecía un lugar apropiado para hablar con su hermana. Reunirse con ella después de tanto tiempo y llevarla a comer un triste sandwich o un bocadillo duro de la cafetería parecía casi una ofensa.

—¡Pobrecita!—Dijo Max, y lo decía medio de broma, medio en serio.—A saber qué cosas te metes al estómago en esos restaurantes finolis: tripas de esto, huevas de lo otro... ¿No es eso lo que comen los ricos? ¡Con lo buena que está una hamburguesa con queso!—Y si las servían en los restaurantes a los que su hermana acudía ahora, seguro que las servían con cuchillo y tenedor. Ya se imaginaba a un par de estirados bien vestidos cortando pedacitos de una hamburguesa completa con un cuchillo de plata y llevándoselos a la boca con un tenedor de plata. Todo ello a la luz de las velas, o de una de esas lámparas de araña que matarían a cualquiera que tuviese la mala suerte de que se le cayesen en la cabeza.—Pues mira, hay una hamburguesería bastante buena por aquí cerca. ¿Te apetece una hamburguesa con unas patatas?

Empezaron a caminar, esta vez por la calle, y el aire frío de Londres les golpeó en la cara. ¡Qué bonito era Londres, con sus temperaturas tan agradables! El trayecto hacia la hamburguesería no duraría más de diez minutos, pero diez minutos de silencio eran muchos.
Así que Max prefirió romperlos de inmediato.

—Bueno, ¿y cómo te van las cosas? ¿Ha pasado algo interesante en tu vida últimamente?—Aquello era el equivalente de preguntar cómo iban las cosas por el mundo mágico, y los asuntos del mundo mágico relacionados con su hermana siempre tenían que ver con lo mismo: muggles, radicales, atentados, persecuciones de fugitivos... Esperaba que su hermana simplemente le hablase de su vida. No sabía si le apetecía hablar de otras cosas.
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Abigail T. McDowell el Mar Mar 13, 2018 2:34 pm

No pudo evitar divertirse por el comentario de Max y los barrios chungos de Londres. Antes quizás frecuentase más esos barrios chungos de los que hablaba, pero ahora ya había quedado en el pasado, por no hablar de la clara evidencia: si Abigail iba por un barrio chungo, vestida cómo sea, nadie sería capaz de tocarle un pelo. Ya no era por subestimar a los muggles, simplemente a la carroña inútil que solía creerse alguien y que solía amontonarse en ese tipo de lugares. Eran más simples y tontos que el mecanismo de un chupete.

Oh, por favor, yo le daría clase a los barrios chungos de Londres. —Subió sendas cejas a la vez, en un gesto un tanto narcisista y egocéntrico. —Pero tienes razón, recuerdo cuando tenía tu edad y me pasaba día sí y día también de fiesta, que los barrios bajos de Londres eran un poco perturbadores. Yo por aquella época tenía tu mismo estilo, tan elegante y desaliñado, así que podía infiltrarme entre esos seres y pasar desapercibida. —Eso lo dijo con tono jocoso, en referencia a las personas chungas, no en sí a los muggles, pese a que pudiera sonar lo contrario. —Ahora, sin embargo, apenas paseo por la ciudad. Y eso que vivo en pleno centro.

Y es que muchos días de Abigail eran: ir a trabajar, atender reuniones de negocios bien en Inglaterra o en otro país y luego volver a casa. Su tiempo libre se había limitado a prácticamente nada. Si quería tener este tipo de momentos de relax para hacer lo que quisiera, como quedar con su hermano, parecía que tenía que apuntarlo en su agenda para que todo tuviese un orden natural.

Sí he oído hablar de esos juegos pero... no sé, ¿qué gracia tiene reventar caramelos iguales y que vayan desapareciendo? No lo pillo —dijo con un gesto realmente confuso, sin encontrarle diversión. Y es que Abigail, pese a que sabía de tecnología, nunca se había interesado especialmente por ella en ninguno de sus ámbitos. Y ya lo del Pokemon ese... me parece fascinante que hayan conseguido que la gente persiga físicamente cosas que no existen, pero me sigue pareciendo una mierda. —Quién viese a Abigail persiguiendo Pokemon por Londres, en serio. Eso sería portada de El Profeta, segurísimo, ahora que su vida privada le importa tanto a la prensa. —De todas maneras, es que nunca he usado el móvil para nada más que no sea comunicarme y prefiero que siga siendo así. Tú solo imagíname así vestida, aparentando seriedad en medio de una reunión con el Ministro francés respecto a temas económicos, mientras le ignoro en su cara porque estoy reventando caramelos. —Enarcó una ceja, mirando a su hermano con jovialidad. —Que tengo una imagen que mantener, Max —agregó, fingiendo seriedad.

Pero eso era verdad: Abigail tenía una imagen que mantener. Cualquier cosa que saliese de «lo que se esperaba» de ella, iba a ser tergiversado hasta el punto de inventarse algo totalmente nuevo. No sería la primera vez. Si no mirad el maldito Corazón de Bruja en donde ya averiguaron las vacaciones obligadas que tuvo con el doctor Gudjohnsen. Menos mal que ella no leía prensa rosa y no se había enterado, o ese tal Pedro Ramirez lo iba a pasar mal.

Te sorprendería lo buena que están las huevas, fuera de coñas —le dijo en un atisbo de seriedad repentino, ya que Abigail desde siempre había sido de esas personas que comen comida rápida y precocinada, motivo principal de que de repente se sorprendiese por el hecho de que la comida «finolis» estaba tan buena. —Pero sí, obviamente prefiero una hamburguesa con patatas. Con queso y bacon. —Cerró los ojos y su estómago se hizo una imagen mental de lo que estaba por venir. —Qué hambre me acaba de entrar.

Y es que por mucho que Abigail adoptase con el noventa y nueve por ciento de la población una actitud muy diferente, con Max era otra cosa. No tenía la necesidad de ser cortante o cruel, o de fingir interés pues ya lo tenía, ni tampoco de acudir a su comportamiento hostil con tal de quitarse a nadie de encima. Podría decirse que pese a la incomodidad después de estar tanto tiempo sin verse, seguía siendo de lejos con quién más natural se mostraba. Quizás Caleb también vivió a esa Abigail, pero ya eso había quedado enterrado. De hecho, cuando su hermano le preguntó por su vida... todo se había reducido tanto a las labores profesionales que su vida personal ahora mismo era bastante vacía. O sea, vacía para contársela a tu hermano pequeño, claro, porque Abigail seguía teniendo sus vicios.

Encogió sus hombros antes de comenzar a hablar, mirando al frente.

Pues... bien, en general. —Hizo una pausa, mirando entonces a Max. —Lo dejé con Caleb hará... tres o cuatro meses, por noviembre, creo. —Y Max debía de saber que Caleb había sido, en toda la vida de Abigail, la única pareja estable con la que había estado. Jamás se le solía ver a la pelirroja dos veces con el mismo hombre, a excepción de él. —Y yendo con cierto miedo a todos los eventos a los que tengo que asistir por obligación o protocolo. Después de lo que pasó en los mundiales de Quidditch, una ya se espera cualquier cosa. —Eso lo dijo con tanto sosiego que casi parecía que daba igual, pero Abigail casi muere, pasó un miedo horrible y encima tres semanas en San Mungo en donde por casi no pierde la poca cordura que le quedaba. Esa experiencia no había pasado desapercibida para ella. —Tú estabas allí, ¿verdad? —Abigail podría haberle conseguido las entradas, pero por aquel entonces la relación estaba tan fría que no estaba segura de si había ido o no, aunque con lo forofo que era su hermano del Quidditch, asumía que sí. —¿Cómo viviste toda aquella locura? ¿Saliste herido? —Ella recordaba haber preguntado por su hermano cuando despertó tres días después y recibir una respuesta de tranquilidad, pero aún así, nunca había hablado con él de eso.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Maximillian McDowell el Jue Mar 15, 2018 2:32 pm

Max no pudo evitar esbozar una sonrisa cuando su hermana empezó a hablarle de épocas pasadas. ¿Cómo no acordarse de la Abigail desaliñada que vestía con ropa parecida a la suya? Pese a que entonces era un retaco, un enano, aquellos recuerdos eran muy felices. Iba a ser muy complicado que se le olvidase una época que claramente era mejor que la actual.
Se sorprendió sonriendo, y poco a poco fue relajando sus músculos hasta que su rostro adquirió una expresión neutra. El orgullo de Max todavía era demasiado grande cómo para demostrar auténtico afecto, pero no podía controlar esas pequeñas reacciones sinceras.

—¡Buena época esa!—Exclamó Max, refiriéndose a esa época en que su hermana se pasaba de fiesta todo el día. Cuando iba a la universidad, por supuesto. Todos los universitarios hacían lo mismo: pasarse el día de fiesta.—Por suerte, somos un par de mentes privilegiadas, o no aprobaríamos una.—Max a veces se preguntaba cómo era capaz de aprobar los exámenes. Y no con notas raspadas, ni mucho menos; con muy buenas calificaciones. Suponía que debía agradecérselo todo a su buena memoria.—Pero bueno, es recomendable que salgas de cuando en cuando de esa oficina. ¿No te gusta respirar el aire contaminado de Londres? No hay nada más sano.—O quizás sí lo hubiese. De hecho, tenía que haberlo. Max a veces se preguntaba cómo sería vivir en una de esas ciudades en que todo el mundo iba en bicicleta. En Berlín, por lo que sabía, era de lo más común que los estudiantes fuesen y viniesen en bicicleta.

Max debía reconocerlo: buscaba relajar el ambiente después de su primera metida de pata. Resultaba imposible no picar un poco a su hermana, y suponía que nadie podría reprochárselo. Ni siquiera la propia Abigail. Pero, por mucho que intentase ser un borde redomado, no se soportaba mucho tiempo a sí mismo con esa actitud. No iba con él. Ser chulesco y pasota era una cosa; ser un borde ya era demasiado.
Así que propuso una situación de lo más inverosímil: a su hermana jugando con su teléfono móvil en plena reunión, ignorando a sus compañeros de trabajo y subordinados. ¿Y la sugerencia de Pokémon GO? Max simplemente era incapaz de imaginar a su hermana en plena reunión, notando que su móvil vibraba, y diciendo: "Disculpen, caballeros, pero hay un Charizard en medio de la calle. ¡Vuelvo en seguida!"
No, aquello era imposible. Abigail McDowell jamás tendría un comportamiento cómo ese.

—La verdad es que yo tampoco de he visto nunca la gracia al Candy Crush.—Tuvo que reconocer Max. Y, ya puestos, tampoco se la entraba a Pokémon GO.—Fomenta el ejercicio físico, Abigail. Buena publicidad para la empresa.—Respondió el joven McDowell, pero tenía claro que el mejor ejercicio físico era ponerse un chándal y correr por Londres. Y no, no para perseguir a un maldito Pokémon.—Tienes razón, no te pegaría nada. Pero no sé, hay aplicaciones con las que se pueden enviar mensajes... ¿Y has visto esos emoticonos?—Max no puso en palabras lo que quería decir en realidad: que sería agradable recibir de cuándo en cuándo noticias de su hermana. Por supuesto, había que señalar un pequeño e ínfimo detalle: que no es que Max hubiese dejado a Abi la puerta abierta, precisamente, a que se comunicase con él. Y si bien su hermana podía ser bastante descarada si se lo proponía, había sido siempre muy respetuosa con Max. Y ese respeto había incluido dejarle tiempo para procesar lo ocurrido entre ambos.

Ya fuera, hubo que concretar un poco los planes de almuerzo. Londres contaba con infinitas posibilidades: comida china, comida hindú, comida japonesa, comida griega, comida... ¡Bueno, ya veis por donde voy! Sin embargo, al final terminó ganando la vieja confiable: la hamburguesa acompañada de sus retoños, las patatas fritas.

—¡Ahora sí que estamos hablando mi idioma!—Dijo Max, que jamás en su vida había probado, ni pretendía, comida tan "exquisita" como las huevas y las tripas de los animales.—¿En serio te gustan esas cosas?—Max no pudo evitar poner cierta cara de asco, y preguntarse una vez más por qué la gente se metía al estómago esas cosas. Ni cómo eran capaces de pagar tanto dinero por ellas.

Por el camino a la hamburguesería, los dos hermanos poco pudieron hacer más que caminar y evitar que se formase un silencio incómodo entre ellos conversando. Max decidió romper el hielo, preguntando a su hermana cómo le iban las cosas. Sin sarcasmo, ni mucho menos; con verdadero interés.
Le prestó atención, mirando al frente, mientras ella le contaba un poco lo que le había ocurrido. Había roto con Caleb, lo cual quería decir que se había convertido en una de esas codiciadas solteras del mundo mágico. Seguro que más de uno querría ligarse a la mismísima Ministra. Siempre y cuando no tuviese miedo al peligroso carácter de su hermana.

—Lo siento. ¿Culpa suya o culpa tuya?—Preguntó Max, dedicando una mirada a su hermana para demostrar un poco más del interés que había demostrado hasta el momento. No había tratado demasiado con Caleb, pero tampoco es que le hiciesen demasiada gracia la mayoría de empleados del Ministerio.

Abigail mencionó entonces el cierto miedo que tenía a ir a algunos eventos, cosa que sorprendió tanto a Max cómo para hacerle girar el cuello en dirección a ella con tal fuerza que se hizo daño. ¿Abigail McDowell, asustada? Sin duda, tenía que ser cosa de la madurez.
Aunque sí, Max había estado presente en los mundiales de Quidditch, y entendía a qué se refería Abi. Los radicales que habían atacado no buscaban precisamente revindicar nada: lo suyo había sido una exhibición de violencia y ataques indiscriminados a todos los presentes.

—Estuve, pero no sufrí ningún daño importante.—Daños colaterales, eso sí lo había sufrido. Pequeñas heridas fruto de hechizos que habían impactado cerca de él.—Intenté ayudar a todos los que pude. Había mucha gente herida cuando todo terminó, y por suerte yo estaba lo bastante entero cómo para prestar ayuda con mis pocos conocimientos de medimagia.—Max hizo una pequeña pausa, y entonces volvió la mirada en dirección a su hermana.—¿Cómo fue para ti?

Sabía algunos datos por la prensa, pero el joven McDowell prefería preguntarle directamente a la mayor, que se lo dijese ella misma. Max jamás comprendería el purismo, jamás comprendería las intenciones de su hermana al tomar el Ministerio, pero tampoco comprendía qué podía llevar a personas que supuestamente luchaban para derrocar a un gobierno tirano a actuar con la misma violencia que sus opresores.
Para Max, aquella era la definición misma de la contradicción. Y no porque su hermana estuviese metida en todo aquello, que también. Le preocupaba la idea de despertarse algún día y leer en El Profeta que un atentado se había cobrado la vida de su hermana. ¡Que era su hermana, no el Diablo!
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Abigail T. McDowell el Dom Mar 18, 2018 5:44 pm

Ella estaba segurísima que de no haber caído en Slytherin, su casa predilecta hubiera sido Ravenclaw. No había más que ver las notas que sacaba y lo aplicada que era, pese a su actitud pasota en la mayoría del tiempo que pasó en el castillo. Además, estaba claro que las ambiciones que había tenido desde bien joven iban muy a favor de la casa de Rowena. Pero pese a todo, si cayó en Slytherin era porque los atributos de esa casa eran los que mejor la definían, tanto antaño como ahora.

No estaba especialmente interesada en contarle a su hermano los rollos burocráticos y los problemas que había en el Ministerio, así como el atosigamiento político con el resto de países. De hecho, hablar de temas del Ministerio de Magia o cualquier cosa relacionada con eso, al menos por parte de la pelirroja, quedaba totalmente descartado. Había ido allí para hablar con su hermano; de él. Al fin y al cabo, para saber cosas de Abigail sólo tienes que leer la prensa, pues parece que ahora su vida es un maldito libro abierto de mentiras una tras otra.

Oh sí, me encanta llenar mis pulmones de la mierda que hay en el aire —respondió. —Salgo todos los días a por mi dosis diaria. De algo hay que morir, dicen —agregó, con evidente ironía, divertida.

¿Usar el móvil para contactar con su hermano? Podría hacerlo. No, de hecho, iba a hacerlo. Había dejado ese artefacto apartado hace mucho tiempo, puesto que la gran mayoría de su círculo había sido reducido a personas enteramente puristas, llegado hasta el punto en el que un móvil no es más que un sujetapapeles en medio de tu mesa. Pero sinceramente: Abigail siempre había tenido sus prioridades claras desde siempre y Max estaba en el top principal.

No suelo usar emoticonos. —Seamos sinceros, ¿de verdad veías a Abigail mandándote un WhatsApp en el que te saludase en compañía de una carita sonriente? Eso sí que sería divertido de ver. —A ver, sé lo que es el WhatsApp, ¿vale? No vivo en la prehistoria ni ando metida en el culo de un retrógrado anti-tecnológico. Soy bruja y ando un poco despistada con las tecnologías muggles actuales, sí, pero Max, que sólo tengo treinta años —le dijo, sintiéndose demasiado adulta por momentos. Entre los treinta años y que su hermano pequeño le estaba intentando explicar lo que era el WhatsApp, parecía que había nacido en otro milenio. —Lo sacaré del cajón, a ver si eso sigue funcionando.

Pero vamos, era cierto que Abi ya se había acostumbrado al método mágico de correspondencia, por lo que eso de chatear a través de una pantalla táctil a tiempo real era como... extraño. Era extraño, simplemente, pertenecer a un mundo tan diferente y no estar tan familiarizada con esas cosas. Pero vamos, desde nunca Abigail necesitó un móvil. Si un día se hizo con uno fue casi más por curiosidad que por necesidad.

Con lo que te gusta a ti la comida seguro que también te gustarían. Yo también iba con esa cara de asco a mis primeras reuniones en restaurantes finolis, créeme... —Asintió con la cabeza, convencidísima de que su hermano se sorprendería al probarlo. Que oye, quizás no le gusta, pero dudaba mucho que realmente le disgustase.

Ella tenía bien claro de quién había sido la culpa de la ruptura: de ella. Literalmente, en todos los sentidos, Caleb Dankworth no había hecho absolutamente nada. Cero. Casi que había hecho cosas en negativo de lo poco que hizo. Las cosas directamente se enfriaron y, desde que pasó todo lo del mundial de Quidditch, Abigail adoptó una posición muchísimo más fría que de costumbre que sólo contribuyó a que las cosas siguiesen enfriándose. Y, sinceramente, la pelirroja no estaba como para perder el tiempo en una relación que no le aportaba nada. Ni siquiera sexo, que era lo que mejor se le daba al Dankworth.

Yo corté con la relación, así que supongo que mía —dijo, sin tener muy claro como iban esas cosas. Sólo había tenido de pareja formal a Caleb en toda su vida, por lo que también era la primera vez que cortaba con alguien. —De todas maneras fue raro, ya llevábamos tiempo con las cosas extrañas. —Corrijo: ya llevaba tiempo extraña, ella sola. —No sé, ya sabes que estas cosas se escapan de mi conocimiento —bromeó, pues Abi nunca había tenido fama ni de ser muy romántica ni tampoco de tener muchos novios.

Una chispita de orgullo apareció en su interior cuando escuchó a su hermano decir lo que había hecho durante el mundial de Quidditch. Era paradójico que ella hubiera destruido tanto en su momento y ahora él intentase reconstruirlo poco a poco con lo que estaba aprendiendo. Aunque ahora, después de todo, el karma se estaba cobrando la parte que le tocaba a Abigail. Cuando le devolvió la pregunta, la mayor lo miró. Se había pegado tres semanas en San Mungo, siendo la primera semana bastante crítica hasta el punto de que estuvo aproximadamente sólo dos días consciente. La prensa lo había notificado, aunque ella misma se había encargado de intentar que no diesen tanta importancia a su estado porque al final iba a ser peor, llamando la atención y dándosela toda a esos fugitivos. Pero eso ya era agua pasada y tampoco tenía ganas de recordar que había pasado tres semanas allí metida sintiéndose inútil y dependiente.

La explosión que hubo en el palco podría decirse que me explotó en toda la cara. —Intentó buscar humor en donde obviamente no lo había. —Pasé tiempo en San Mungo recuperándome, pero todo salió bien. "Bien", claro... Y no gracias a ella. Nada más explotar, Abigail quedó gravemente herida e inconsciente en el suelo. Si estaba viva era gracias a que, aunque no lo pareciese, tenía amigos que se preocupaban por ella. Porque de haber sido más rápidos, estaba segurísima de que los fugitivos o la hubiesen rematado o se la hubieran llevado a saber a dónde.

No era difícil saber cómo actuarían, sobre todo porque Abi, en un principio, actuaba como ellos y siempre se le había dado muy bien ponerse en la mente del adversario.

Ten cuidado si vas a algún evento social grande... Sé que sueno un poco paranoica, pero ya han habido dos ataques y no quiero que te coja a ti de por medio en ninguno —le dijo con claridad. En realidad no sonaba paranoica: ella sabía lo que había detrás de todo.

Dentro de la lista de prioridades que hace un momento se nombró también se encontraban en un lugar bastante top a los fugitivos radicales que casi acaban con su vida. No era exactamente miedo lo que sentía, sino más bien... inseguridad. Y la única manera de traspasar esa barrera de incomodidad, pues rara vez en su vida Abigail McDowell estaba insegura, era buscando la manera de hacerse a ellos. Llevaba meses siguiendo su pista, tanto como Ministra de Magia como individual y lo cierto es que había tenido más logros que decepciones. Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío; bien, ella iría poco a poco, dejando que repose bien.

¿Ese de ahí? —Señaló a una hamburguesería que estaba cruzando la calle, cuyo cartel tenía unas luces de neón que llamaban bastante la atención. Parecía el típico bar con aspecto ochentero.
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Maximillian McDowell el Lun Mar 19, 2018 2:00 pm

Podía parecer que el aire de Londres era una mierda, la peor que podías meterte en los pulmones si tu intención era vivir más allá de los cuarenta y tantos, sin que te llevase por delante un cáncer de pulmón. Max suponía que aquello no era exclusivo de Londres, y que incluso había sitios peores. Pero una cosa estaba clara: si habías olido el aire que se respiraba en una residencia estudiantil masculina, salir al exterior y respirar un aire lleno de humo de tubo de escape era una bendición.
Su hermana escogió el sarcasmo, táctica habitual en ella, para responder a sus preguntas. Y una cosa estaba clara sobre Abigail McDowell: ella era, por lo general, sarcástica. Pero existían dos tipos de sarcasmo, uno bueno y uno malo. Max sabía que su hermana mayor le reservaba el sarcasmo bueno, y que ambos podían tocarse la moral mutuamente, que no llegarían a enfadarse.
Ahora bien, si eras destinatario del "sarcasmo malo" de Abigail McDowel... bueno, cuidado. Abigail no era una persona a la que quisieras tocarle las narices si no le caías bien.

—¡Por supuesto! Si esto es salud.—Respondió Max, llenando sus pulmones con el aire frío de Londres, para a continuación fingir que sufría un ataque de tos. ¡Una broma! Incluso Max se sorprendió de que el ambiente fuese tan distendido. Hablar de cosas banales estaba dando resultado.

Cierto es que Max quizás se divirtiese un poco demasiado con la torpeza de su hermana—una torpeza que ella misma había escogido, de hecho—para las nuevas tecnologías. Max era bien consciente de que ella no las necesitaba en su vida, y seguro que en un futuro, los suyos y ella planeaban que la tecnología muggle fuese todavía menos necesaria.
Sin embargo, una parte de Max se sintió feliz de que su hermana optase por hacerle caso respecto a su teléfono móvil. Después de todo, estaba bien seguir enviando cartas por medio de aves mensajeras, muy moderno y todo eso, pero no había mejor cosa que enviar un mensaje que su destinatario lo recibiese casi al momento. Y todo ello sin que se te acumulase un montón de papel en casa. Porque, ¿qué pasaba si querías conservar toda la correspondencia que te enviaba una persona en concreto? Que acabarías viviendo envuelto en papeles, no necesitarías colchón, pues podrías dormir sobre todas esas cartas.

—Intentaremos que no se convierta en un ladrillo en tus manos...—Respondió Max, una forma de decirle, sin decírselo, que se iba a asegurar de enviarle mensajes de cuando en cuando. Una forma de reconocer que mantendría la comunicación con ella, a pesar de las circunstancias.—Por cierto, si en algún momento deja de funcionarte algo en el móvil, intenta contener las ganas de reventarlo con una Bombarda, ¿vale? Te habla la voz de la experiencia...—Max recordó aquella ocasión en que su móvil le había sacado tanto de quicio que lo había lanzado al aire y en pleno vuelo lo había reventado con un hechizo.—Y aunque intentes arreglarlo mágicamente, no funcionará... Por mucho que lo intentes.—O al menos no le había funcionado a él. Quizás su hermana sí lo consiguiese...

Max dudaba francamente que le fuese a gustar la comida de los ricos. Había visto fotografías de eso, y sinceramente, se preguntaba por qué la gente se lo llevaría a la boca si tenía más pinta de decoración que de otra cosa. ¿Habéis visto huevas de pescado alguna vez? ¡Si hasta tienen colorines! Las metes en botellitas, las pones en una estantería, y tienes decoración moderna de esa que se lleva hoy en día.
Eso sí, seguro que en algún momento se pudren y empiezan a apestar, pero... y eso por no mencionar que te gastarás un dineral en decoración.

—¡Por favor! Mírame.—Max se señaló de pies a cabeza, cómo intentando abarcar todo el desastre que era, ya a simple vista.—Si voy a un sitio de esos, lo único a lo que puedo aspirar es a que un tipo trajeado se me acerque y me diga: "¡Buenos días, caballero! ¿Le importaría abandonar el local sin armar
escándalo?"—
Max cambió su tono de voz a uno más grave, más británico, más afectado, para simular la voz de aquel hipotético tipo trajeado.

Max prestó atención a lo que su hermana le contaba acerca de su relación con Caleb. Si no recordaba muy mal, ese tío tenía un apellido raro. Dancroft, Dankorft, o algo semejante. La verdad, al joven McDowell ni le iba ni le venía, era un tío al que no había conocido demasiado, ni le interesaba conocerlo.
Cualquier otra persona en la situación de su hermana estaría echándole la culpa al otro. Llamándole capullo, asegurando que le había puesto los cuernos, que ya no era el mismo hombre que cuando lo conoció... pero no, su hermana asumía su responsabilidad en la ruptura. Y su hermano pequeño no pudo evitar sentirse un poco mal por ella. Sabía que la relación con ese tal Caleb era un paso de gigante para ella.

—¡Bah, tranquila! Hay más peces en el mar.—Aseguró Max, intentando restarle importancia a todo aquello.—Y no creo que a ti te vaya a costar pescar otro... o a otros cuantos.—Aquella era la forma de Max, tosca y quizás un poco desagradable, de decirle a su hermana que era un buen partido, que algo mejor podría conseguir. ¿Cómo no iba a ser así? En la sociedad mágica actual, Abigail McDowell era lo mejorcito. También es cierto que cualquier hombre que se arriesgase a empezar una relación con ella debía tener un temple especial.

Había leído las noticias de los ataques durante los mundiales, por supuesto. También había presenciado la explosión del palco, y sentido cómo se le encogía el corazón al pensar que quizás su hermana había muerto. De hecho, los días siguientes al ataque los había pasado intentando saber algo de ella, algo de su estado. Había incluso acudido a San Mungo, encontrándose con evasivas y negativas a responder sus preguntas.
Max había perdido los nervios hasta el punto de gritarle a la recepcionista quién era, cual era su apellido, y amenazándola con que tendría serios problemas si no le decía algo acerca del estado de su hermana. No se sentía orgulloso de ello, ni mucho menos, pero fue eficaz: la mujer, pálida cómo la nieve, le dijo hasta el número de habitación de su hermana.
Y, con todo eso, con el arranque inicial de furia que sintió, al final no había entrado en la habitación. Se limitó a preguntar a sus médicos acerca de su estado... y se marchó.

—Me alegro de que al final todo saliese bien.—Respondió Max, de manera un tanto seca. Sabía que no quería a su hermana en la posición que se encontraba, pero también sabía que no quería que nadie la matase o le hiciese daño. ¿Cómo podría desearle mal a alguien que había sido tan importante para él, y seguía siéndolo? Y entonces, ella le sorprendió con aquella advertencia. Max frunció el ceño.—Siempre tengo cuidado... O bueno, todo el cuidado que puedo tener.—Max estaba en esa edad en que todavía te sientes inmortal, en la que crees que no te puede ocurrir absolutamente nada malo, porque eres indestructible. Cierto, había pasado miedo durante los mundiales. ¿Quién no? Pero todavía no había llegado a temer por su vida.

Max asintió con la cabeza ante la pregunta de su hermana. Efectivamente habían llegado a la hamburguesería dónde comerían. Y la verdad es que ya iba teniendo hambre. Cruzaron las puertas y una vez dentro, Max se quedó mirando el enorme vinilo que cubría el espacio encima del mostrador, que mostraba la carta de la hamburguesería junto con los precios.

—¿Qué comemos? ¿En plan normal, o en plan cómo cerdos?—Max claramente se refería a si comerían una cosa normal... o empezarían a pedir cosas hasta que les reventasen los estómagos allí mismo. La segunda opción era apetecible...
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Abigail T. McDowell el Mar Mar 20, 2018 4:20 am

¿Malas experiencias con la tecnología muggle? ¿Tú? Y yo que pensaba que eras un erudito en el tema, qué decepción —dijo con jovialidad cuando empezó a relatar las posibles vivencia en compañía de un teléfono móvil. Ya la pelirroja había tenido sus más y sus menos con su móvil hacía tiempo, así que más o menos sabía a lo que se refería. Eso de que te pidiera actualizar pero a la vez te dijera que no había espacio suficiente... no, eso era contradictorio y había sido capaz de hacer que se le hinchase la maldita vena de la frente y guardase el móvil en el cajón hasta nuevo aviso. —Ya he tenido mis malas experiencias con los móviles, así que me imagino a lo que te refieres. Si algún día no te contesto, es que misteriosamente explotó.

Cundo su hermano le instó a que le mirase de arriba abajo, ella no se cortó ni un pelo en hacerlo, poniendo un gesto de desaprobación un tanto exagerado. Su imitación de un gerente repipi fue bastante acertada, pero había ido a demasiados sitios de ese estilo como para saber que eso no sería tan real.

Yo creo que más que invitarte amablemente a que te vayas, te darían las bolsas de las basuras y te señalarían qué baño está atascado para que vayas a hacer tu trabajo. —Se metió exageradamente con él, ya que obviamente tampoco estaba tan mal vestido, pero puestos a exagerar situaciones, eso era lo más probable que ocurriese si algún imbécil considera que una persona no puede comer en su restaurante por llevar unos pantalones rasgados, la maldita moda del siglo veintiuno. —No seas idiota, los restaurantes de comida pija son famosos porque son caros por unos platos prácticamente vacíos, pero mientras tengas dinero, como si entras en camisón a comerte un solomillo —le dijo con total sinceridad.

Eso de que habían más peces en el mar... ya lo sabía. Vamos que si lo sabía. Lo raro en la vida de Abigail es que decidiese tener un pez en su pecera y no aprovecharse de todos los que había en el mar. Sin embargo, el hecho de que su hermano lo supiese, le hizo mirarle con cierto brillo travieso en los ojos.

No voy a generalizar, pero es muy fácil pescaros a los hombres —confesó mientras seguía caminando a su lado, para entonces mirarlo de reojo. —No seas tan fácil.

Por triste que sonase, la ruptura con Caleb fue de lo más normalizado, por lo que apenas afectó en ella lo más mínimo y pudo rehacer su vida con extrema facilidad sin apenas darse cuenta de que llevaba casi un año con un hombre. Estaba claro que algo raro había pasado ahí, cuando hace un año estaba tan segura de algunas cosas y ahora sencillamente no. Y era altamente probable que fuese de nuevo su miedo al compromiso haciendo de las suyas, pero ahora mismo no tenía muchas ganas de darle vueltas a ese asunto. Después de todo, ese miedo había hecho que todo fuese tan fácil.

No iba a insistir, pero Abigail también tuvo diecinueve años y estaba más loca que nunca, creyéndose no solo inmortal, sino también letal. Y claro, ni una ni otra, lo único que eras con diecinueve años es un imbécil con muchos humos. Pero vamos, ella no le iba a decir más nada. No iba a ejercer de madre y sabía perfectamente de que al menos Max tenía más cabeza con su edad de la que Abi podría haber tenido a su misma edad. Y eso le tranquilizaba. Bueno, eso y que no iba por ahí instruyéndose en las artes oscuras con asesinos en serie. Eso también ayudaba a que la confianza en él fuese in crescendo, por irónico que pareciese teniendo en cuenta su ideología y su experiencia.

Ojeó la carta de aquel restaurante y mentiría si dijese que no sintió como el estómago vibraba emocionado por comer comida basura al fin y dejarse de cosas finas. Podía notar la nostalgia en su interior. Se acercó a la puerta y tiró de ella para dejar que su hermano entrase primero.

¿Y tú qué crees? —preguntó retóricamente, haciendo una pausa: —Tú pide lo que quieras como el buen cerdo que siempre has sido, que yo invito. Yo no me voy a quedar atrás, pero sabes que nunca estaré a tu altura. —Y eso era un hecho universal, ¿habías visto a Abigail? Medía un metro sesenta a lo sumo y pesaba entre los cuarenta y cinco y cincuenta kilos, así que podrías hacerte una idea de la cantidad de comida que entraba ahí. Que era más de la que te esperaba, pero sin duda no tanta como la que era capaz de ingerir su hermano en tiempo récord.

Se fueron a sentar en una mesa libre cuyos sillones eran dos bancos de cuero rojo, la cual estaba siendo limpiada por una camarero delgado, pelirrojo de pelo rizado, de aproximadamente veinte años y muchas pecas.

¡Bienvenidos! —dijo con extrema felicidad. A Abi no le caían bien la gente tan feliz, no las comprendía lo más mínimo. —Sentaros, que ya he terminado, ahora vengo a tomaros nota, pero ya que estoy... ¿qué os pongo de beber? Tenemos batidos de frutas que están muy buenos.

Una coca-cola —contestó la pelirroja bastante seca, volviendo a coger la carta que estaba sobre la mesa para mirar mejor lo que pedir ahora que el  tipo iba a volver con las bebidas.

Para la señorita besada por el fuego una coca-cola, ¿y para ti, señor? —Añadió con la misma sonrisa de panoli. Abigail solo pudo abrir los ojos, sorprendida por esa referencia que le había hecho tan gratuitamente. Cuando su hermano pidió, añadió: —Vengo en un santiamén. Que a mis iguales debo de tratarlos con prioridad —dijo mirando a Abi, echándose a sí mismo una mirada hacia arriba para soplar y que se moviese unos de sus mechones rizados.  

Cuando el tipo se hubo ido, la bruja bajó lentamente el tríptico de la carta para dejar sus ojos a la altura de los de su hermano y lo miró con una mirada cómplice. No había dicho nada, pero estaba bastante segura de que su hermano sabría interpretar su mirada. Era evidente que Abigail no reconocía la expresión “besada por el fuego” que, en el mundo muggle hasta puede sonar romántica si te lo dice alguien y como una frase perfectamente bonita para ligar con educación y cierto toque friki, pero la pelirroja no veía Juego de Tronos y la magia había quedado totalmente eclipsada por el hecho de que un camarero friki y aparentemente nerd le acababa de soltar una mierda sin sentido en relación con su pelo.

No comentes nada al respecto de lo que acaba de suceder —le advirtió, señalándole con el dedo índice en una amenaza que esperaba ser divertida, pese a que su cara, como siempre, era bastante seria. Aunque con él siempre se dejaba ver un brillo mucho más jovial. —¿A qué sitios me traes? ¿Este es el nuevo método revolucionario de ligue de los adolescentes? ¿Inventar metáforas en relación con el cabello ajeno y buscar similitudes absurdas?
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Maximillian McDowell el Mar Mar 20, 2018 3:22 pm

Max soltó un bufido al recordar todas las veces que había tenido que pelearse con la tecnología muggle. Lo suyo venía de largo: todos los aparatos tecnológicos que tenía en algún momento se habían rebelado contra él. Aparatos de DVD, televisores, teléfonos móviles... La tecnología, tarde o temprano, siempre empezaba a dar problemas que ni siquiera sus creadores comprendían del todo.

—¿Erudito, yo? ¡Qué va! Solo sé mirar en Google. Ahí está la respuesta a todo...—Max se detuvo a pensar un momento, y entonces añadió.—Bueno, todo no. Si buscas en Google cómo reparar un teléfono móvil que ha explotado "misteriosamente", no hay una respuesta clara. Y siempre llegas a algún foro con el típico listo que dice "¿Tienes garantía? Ve a ver si te lo arreglan".—Max no era persona de desprestigiar la ayuda de otros, pero había gente muy iluminada en Internet que suponía que los demás no habían probado, antes de preguntar, la opción más lógica. "¿Has probado a reiniciar el PC?" era una pregunta que a Max, personalmente, lo sacaba de sus casillas. ¡No, imbécil, si te parece llevo desde hace tres días con el PC fallando y no lo he reiniciado ni una sola vez, aunque fuese para probar!

Mi hermana tenía una forma distinta de ver la situación hipotética con que me encontraría si, de buenas a primeras, decidiese entrar en un restaurante finolis. Max votaba porque sería invitado a salir de allí sin montar un espectáculo; Abigail, por su parte, creía que le invitarían a dejar los retretes cómo los chorros del oro.
Max pensó que ese trabajo no sería muy duro, siempre y cuando un mago lo llevase a cabo en un restaurante muggle. Un golpe de varita, todo limpio, y rascarse la barriga el resto del día. ¿Cómo no se le había ocurrido a nadie semejante genialidad?

—¿Crees que eso es mucho mejor? ¿Limpiar los retretes de muggles alimentados con comida de ricos? Casi que prefiero que me echen en cuanto me vean.—Tampoco es que se imaginase entrando en un restaurante finolis con el bolsillo lleno de billetes. ¿Os imagináis a Max McDowell, quién intentaba llevar una vida humilde y tranquila, sacándose del bolsillo y fajo de billetes y abanicándolo delante del tipo trajeado antes mencionado? Él, desde luego, no se lo imaginaba.—Bueno, tampoco creo que vayamos a tener que averiguarlo en breves.

Max aceptó buenamente el consejo de su hermana sobre no ser tan fácil cómo el resto de hombres. Bueno, él no sabía nada de los otros tíos del mundo, pero sí sabía cómo era él: le gustaba tontear con chicas, pero ir más allá no le parecía bien. Su mejor amiga, Juliette Howells, no lo aprobaría. Y él, por respeto a Juls y a su propia hermana, intentaba evitar ser lo que se conoce cómo "un cerdo". Sí, en su adolescencia había hecho alguna que otra tontería, pero desde entonces había madurado mucho.
Ese tema murió, de la misma manera que murió el tema de los mundiales de Quidditch, y para entonces ambos hermanos estaban ya en la hamburguesería. Tras hojear un rato la carta enorme que había sobre el mostrador, tomaron asiento, el uno frente al otro, en una pequeña mesa con bancos tapizados de cuero rojo. Todo muy ochentero, y muy americano. Era increíble cómo la cultura yankee conseguía expandirse incluso más allá de sus fronteras.
Un joven y pelirrojísimo camarero se acercó a la mesa de los dos hermanos, y Max observó la situación. Todo fue muy cómico. Su hermana, toda digna ella, no le dedicó la mayor atención al camarero, pero él llegó a llamarla "besada por el fuego". ¡Enhorabuena, colega, creo que acabas de llevarte la palma al camarero más friki que conozco!, pensó Max con diversión. Para entonces, el joven McDowell ya estaba luchando por contener la risa, así que le costó muchísimo responder al joven camarero sin romper a reír.

—Lo mismo que ella, por favor. Y gracias.—Su hermana, que hojeaba la carta, asomó poco a poco desde detrás de esta, mientras el camarero se alejaba, solícito, para traerles lo que habían pedido. Max no lo aguantó más y rompió a reír. Por un momento, se olvidó de todo: de su madre, de Azkaban, de todo lo malo que les rodeaba. Por un momento, volvieron a ser dos hermanos, los mejores hermanos del mundo.—De verdad, tienes que verte la cara, porque... ¡Es un poema!—Y volvió a reírse. Le costó un par de segundos recuperar la compostura.—No estaba ligando contigo, creo. ¿No ves Juego de Tronos? Es una referencia a esa serie. Y oye, que es todo un cumplido: te ha comparado con Ygritte, la mujer más guay de esa serie.
Es pelirroja, y en una ocasión le clavó varias flechas por la espalda a un hombre por traicionarla.—
Max, pese a que su hermana se mostraba igual de inexpresiva que hacía unos segundos, encontró necesario explicarle esto. ¡El camarero se lo había currado!—Mira, hagamos una cosa. Ya sé que eres Doña Seriedad, y que tienes unas apariencias que conservar. Pero te pido que ahora, cuando nos traiga la bebida, le des las gracias con una sonrisa, y le digas que es muy amable. ¡No te hará daño!—Levanté las cejas en un gesto muy típico de los McDowell.—Me debes algo por ese pedazo regalo de cumpleaños que te hice... Esto es lo único que te pido. Una sonrisita para ese muchacho, nada más.—Max compuso una exagerada sonrisa en sus labios, una que evidentemente su hermana jamás sería capaz de emular.

¿Le complacería su hermana? No había pedido mucho. Y, ¿quién sabe? Quizás el muchacho sí que intentaría ligar con ella, después de todo. Y si eso sucedía, Max, muy perversamente, pensaba partirse de risa.
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Abigail T. McDowell el Lun Mar 26, 2018 2:53 pm

Claro que no, es peor. Por eso digo que con tu elegante estilo para vestirte, es casi más probable que piensen que es tu ropa de trabajo que no te importa ensuciar con mierda ajena —exageró divertida, metiéndose con él a la par que le miraba de arriba abajo, nuevamente, con un gesto no muy conforme por lo que veía.

Pero estaba de broma. Por mucho que vistiese a la moda, siendo 'la moda' ese estilo para llevar cosas rotas y que parecen recién salidas de la guerra de los mil años en Tombuctú, Max tenía un estilazo. Jamás lo confundirían con el limpiador de retretes. Quizás como un pobre adolescente con ganas de probar las huevas y no tener dinero para pagarlas sí, pero como limpiador de retretes podía estar tranquilo.

Fue efímero el momento en el que Abigail se mostró preocupada por su hermano, pero seamos sinceros: ver a Abigail verdaderamente preocupada por alguien era complicado, pese a que la simple recomendación que le había hecho a él no se la daría a más nadie. Con todo lo que ha pasado, la peligrosidad de los eventos aumentaba y, tal y como hacían los mortífagos en su momento, los fugitivos encontraban la manera de colarse en ellos y buscar su objetivo con rapidez. Y la probabilidad de que eso pasara iba cada vez aumentando con nada nuevo evento. Pero claro, el Ministerio no podía simplemente quedarse en stand by, simplemente cubrirse mejor. Y, a ser posible, erradicar de una vez por todas a esas piedras molestas en el interior de tu zapato.

Pero ese tema quedó de lado, sobre todo cuando llegaron a la hamburguesería y fueron rápidamente atendidos por ese tipo que... vamos, con verle la cara ya uno podía hacerse una idea de qué palo estaba hecho, claro que Abigail no era muy dada a la cultura muggle de hoy en día, por lo que no supo identificar lo más mínimo la referencia que le había hecho, pese a que probablemente viniese de una de las series más famosas y conocidas mundialmente. Fue su hermano el encargado de recordarle lo estúpido que había sido ese momento. Luego os quejáis, pero había que tener paciencia de acero para que un imbécil te diga eso y no mandarlo a la mierda con la misma. Y si no lo había hecho era para no parecer demasiado agresiva con su hermano delante. Bastante mierda circulaba por ahí de su odio por los muggles como para encima evidenciarlo con el mal trato, cuando está claro que sólo le dan igual. Bastante tenían esos pobres infelices con ser muggles.

Pero pese a todo, el resumen de su hermano fue necesario, además de complaciente. Abi sería de esas que lanzan flechas a cualquiera si hay traición de por medio, así que el muggle no había ido muy desencaminado.

Su hermano sí que iba muy desencaminado. ¿Que le sonriese al tipo de rulos anaranjados y mirada ilusionada? ¿Qué se creía que era? Ni de coña, vamos. Enarcó, incrédula, una ceja mientras le escuchaba. No le sonreía a su propio hermano y le iba a sonreír a un idiota muggle.

Vas a tener que pedirme otra cosa, no pienso hacer eso —respondió, tan terca y sosa como siempre. Que sí, que su regalo de cumpleaños quizás se merecía una sonrisa a un idiota, pero no. Con lo poco habituada a sonreír que estaba Abigail, probablemente hasta fuese más una especie de gruñido que una sonrisa. —No me mires así, no voy a sonreírle por una gracia que ni entiendo, ni me hace gracia. —Tener que dar explicaciones, sólo a él.

¡Aquí viene, cuidado! —El tipo apareció de nuevo con una bandeja y medio tambaleándose, apoyándose de manera segura sobre la mesa y dejando ambas coca-colas con sus respectivas jarras y hielo. —¿Ya sabéis que pedir? —añadió, sacando la libreta en la que apuntar, mirando a Abi con una sonrisa ilusionada.

La pelirroja miró a Max, para luego mirar al camarero. Santa Paciencia.

Una hamburguesa mexicana con patatas fritas. Traiga también una de nachos y otra de aros de cebollas. —Le tendió entonces la carta, mirando a Max con conformidad.

En su subconsciente, justo en ese momento en el que entregaba la carta al camarero, esa mirada fue acompañada de una sonrisa fingidamente complacida y agradecida. Claro que no fue así, pues no sonrió ni un ápice. Ni un poco. Las comisuras de sus labios ahora mismo podrían asemejarse a la dureza de un metal. Y es que... no. Abigail McDowell no sonreía a muggles feos que utilizan frases frikis de una serie de televisión. Bueno, ni a esa gente ni a la gran mayoría del planeta.

Cuando el pelirrojo se fue, Abi miró a su hermano.

Lo intenté. —Mintió descaradamente con toda la seriedad.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Maximillian McDowell el Mar Mar 27, 2018 2:27 pm

En algún momento, aquel encuentro de intenciones no del todo claras se convirtió en un verdadero momento de hermanos. Max McDowell, concretamente, lo achacó al hecho de llegar a la hamburguesería y que aquello, evidentemente, hubiese pasado a convertirse en una comida en un día cualquiera. ¿Lo agradeció el joven McDowell? Muchísimo. Hasta el día anterior, no podía imaginarse un reencuentro con su hermana que no terminase en algún tipo de discusión. Él tirándole mierda encima a ella, ella respondiendo, los dos tirándose los trastos a la cabeza... y quizás volviesen a separarse para ir cada uno por su lado.
Pero Chernobyl no explotó ese día, contra todo pronóstico. Y aquello se convirtió en un agradable recordatorio de cómo habían sido los buenos tiempos. Los buenos tiempos sin Voldemort, sin el asesinato de Milkovich, sin Ariadne McDowell entre rejas... Los tiempos en que su hermana no era la Ministra ni el objetivo de todos los radicales del mundo mágico... A los cuales, por otro lado, tampoco es que les faltasen motivos para hacer semejante cosa.
Max estaba divirtiéndose, no iba a negarlo. Siempre disfrutaría con esos momentos en que daba clases a su hermana acerca del mundo muggle y ella se quedaba con cara de poker, entendiendo la mitad o menos de lo que le decía. Aunque... ¿había sido esa leve mueca ante la referencia a Ygritte una señal de orgullo? Bueno, de estar en su pellejo, Max también se sentiría honrado de ser comparado con alguien cómo Ygritte, aunque Max no le había contado ni la mitad de la película.
Seguramente habría partes que no le gustasen tanto, cómo que la pobre Ygritte acababa muerta. Y en la serie aquello era peor: la mataba el niño más odioso existente sobre la faz de Poniente.
Y aquello desembocó en la situación que ocupaba a ambos hermanos e involucraba al camarero "besado por el fuego": Max le pedía a su hermana que le sonriese de forma encantadora, algo tan impropio de ella cómo ponerse un tutú y empezar a bailar ballet.

—¡Oh, venga! ¡No te hará daño sonreirle! Creo...—Max fingió quedarse pensativo, cómo si de verdad considerase la posibilidad de que sonreír le fuese a causar a su hermana una reacción alérgica que la obligase a ir corriendo a San Mungo.—Le vas a alegrar el día al muchacho. Seguro que está siendo muy duro, todo el día de pie y...—Max, todavía sonriente, se dio cuenta de que apelar a ese sentimiento por parte de su hermana posiblemente fuese una pérdida de tiempo, así que no dijo más.

Y esperó. Esperó a ver cómo se desarrollaba la situación. El muchacho, que anunció su regreso a la mesa cómo si en lugar de dos bebidas con hielo trajese consigo lava incandescente que podía abrasarnos si se nos caía encima, volvió a la mesa y nos sirvió. Max estaba expectante.
¡Pero no ocurrió nada! Si aquello fuese un programa de la tele, estaría sonando una fanfarria de derrota de fondo. Max intentó esconder su decepción hasta, por lo menos, el momento en que el camarero se retirase. Cuando su hermana pidió la comida, el chico se volvió hacia Max, quién le entregó la carta.

—Para mí una hamburguesa doble con extra de queso, una ración grande de patatas fritas y uno de esos perritos calientes completos. Gracias.—El muchacho, servicial y aparentemente feliz, se retiró con la comanda en dirección a la cocina. Cuando estuvo fuera de vista, Max se volvió en dirección a su hermana y rió, divertido, mientras negaba con la cabeza.—Bueno, está bien. Te llevas puntos por intentarlo. Sé que has hecho todo lo que has podido.

Max se acomodó en el banco, apoyando los brazos sobre la mesa, y mientras esperaban la comida, pensó que quizás podrían ponerse un poco al día. Sobre todo, Max estaba interesado en saber algo más acerca de la preocupación de su hermana. Había pasado por alto el tema, pero era más que evidente que su hermana no se molestaría en personarse en la universidad mágica de no tener un motivo de peso más allá de que las cosas en el mundo mágico se estaban poniendo peligrosas.
Es decir, Max no estaba ciego, podía verlo por sí mismo, ¿no? Los eventos eran cada vez más peligrosos.
No... tenía que haber algo más rondando esa cabeza pelirroja suya.

—No es que no disfrute con tu compañía, ni nada de eso, pero... ¿por qué has venido a verme de verdad, Abi? ¿Qué ha pasado?—Pese a la mirada inquisitiva que dedicó a su hermana, Max no se mostró duro ni desagradable con ella. Preguntaba con una curiosidad sincera. Y sí, por supuesto, cabía la posibilidad de que Abigail hubiese decidido que ya echaba demasiado de menos a su hermano cómo para no hacerle una visita, pero aquello podría aplicarse a todos los meses anteriores. Así que tenía que haber algo más...
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Abigail T. McDowell el Mar Abr 03, 2018 5:11 am

Estás tentando a la suerte —le respondió cuando dijo que no le iba a hacer daño sonreír. Teniendo en cuenta el poco uso que tenían esos músculos en el rostro de Abigail, era altamente probable que por atrofia ya no funcionasen del todo bien.

Obviamente estaba exagerando, pero recibir una sonrisa sincera de la pelirroja era muy difícil. Por norma general no tenía ni ganas de hacerlo. ¿Sabéis esa leyenda urbana de que las personas con la marca tenebrosa son incapaces de hacer un patronus porque sus vivencias, por norma general, están cargadas de odio? Bien. En el caso de Abigail, eso daba totalmente igual. Ella, de por sí, jamás podría conjurar un patronus por cómo era ella y, en general, su vida. Lo vivido en las filas de los mortífagos era un añadido que no influía para nada. Y no, no iba a sonreirle a un idiota. Aunque no lo pareciese, era mucho trabajo.

Fingió el intento de sonreír, mirando a su hermano como si lo hubiera hecho, cuando en realidad no movió absolutamente nada. Le pareció gracioso que su hermano dijera que había hecho todo lo que había podido, ya que parecía más irónico que nada.

Pero vamos, si de algo podía presumir el pequeño de los McDowell es que no tenía ni un pelo de tonto. Y era obvio: ¿por qué su hermana mayor, después de más de un año sin contactar con él, de repente lo hace sin motivos aparentes? No, estaba claro que no le había entrado un ataque de nostalgia. Y si había estado tanto tiempo sin hablar ni contactar con él es porque respetaba su decisión de no querer tener relación con la persona que encerró a su madre en Azkaban. Pero la cosa había cambiado.

He venido a verte para ver si estabas bien —contestó con sinceridad, sin tampoco complicarse mucho con la respuesta. Sí, había cosas que le ocultaba a su hermano, más por su bien que por el de ella, pero por norma general siempre habían ido con la verdad por delante. —¿Y por qué no ibas a estar bien ahora, si te las has arreglado sin mi ayuda durante todo este año? Supongo que te estarás preguntando. —Y ahora esbozó una sonrisa irónica. —No es un secreto para nadie que estamos en guerra. El mundo mágico siempre lo estará porque los ideales, desgraciadamente, son indestructibles. Y ya no hablo de bandos. —Miró a su hermano, haciendo una pausa, aclarando con la mirada que no era su intención meterse con el ideal de nadie, ni mucho menos discutir nada de eso. —Las opiniones son como los agujeros del culo, Max, todos tenemos uno y creemos que el de los demás apesta.

Porque si Max le preguntaba o criticaba lo que hacía, Abigail por lealtad tenía que perjurar su apoyo incondicional por un ideal que en realidad... le da bastante igual. Si ella tenía la marca tenebrosa en su antebrazo y apoyaba a Lord Voldemort, no era precisamente porque tuviese como deseo eterno ver a los hijos de muggles alejados del mundo mágico y enterrados bajo la supremacía de la raza pura, sino más bien porque vio una oportunidad inequívoca de conseguir un propósito. Un ideal en auge, el mago más poderoso y temido de todos los tiempos... Vio la oportunidad y la aprovechó, tomando un camino que si bien es enfermizo, violento y corrompe a cualquiera... a ella le gustaba y le terminó por atrapar. Y, por enfermo que suene, arrebatar vidas irónicamente le hacía sentir viva.

Y claro, con personas así en el bando de Lord Voldemort, era objetivamente correcto pensar que el otro bando era mejor. Y vamos, no se lo iba a reprochar.

El caso es que ahora mismo es lógico pensar que como soy la Ministra de Magia, todos aquellos que quieren derrotar al gobierno, piensen que matándome a mí, van a conseguir algún cambio. Lo cual es estúpido, si lo piensas. —Hablaba tranquila y en voz baja, aunque ahora mismo no tenían a nadie sentado especialmente cerca. —Cualquiera con dos dedos de frente entendería que detrás de mí y detrás de todo, hay alguien mucho más poderoso que lo lleva todo y coloca a quién le interesa en donde le interesa. Quiera o no. No es una cuestión de poder elegir. —Añadió, para entonces golpear con suavidad la mesa con sus dedos. —Así que en vista de que aparentemente soy la opción más fácil, buscan matarme y, en el mejor de los casos, capturarme. No sé muy bien con qué fin.

Porque ya se imaginaba la carcajada de Lord Voldemort como alguien intentase hacer un trato con Abigail. ¿Qué cojones le iba a importar a Lord Voldemort alguien como Abigail? Sí, era de las más—por no decir la que más—cualificadas para ser Ministra, pero a él no le importaba poner a otro imbécil en el poder aunque el Ministerio cayese y se hundiese por su propia mierda.

No es la primera vez que recibo amenazas, ni que intentan matarme. Siempre a mí. Pero al parecer a alguno de mis enemigos se le ha encendido la bombilla y ha metido en juego a lo único que me importa. —Lo miró, haciendo una pausa. —Tú. Y sé que puedes defenderte y no quiero cambiar tu vida, pero quiero asegurarme de que... si te pasara cualquier cosa, por pequeña que fuera, me lo dirás. Por favor.
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