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Priv. || Nothing Wrong With Me ||

Evans Mitchell el Vie Mar 02, 2018 1:22 am

Recuerdo del primer mensaje :

¡Auuuu!, ¡au!, ¡au!, ¡auuuu!

Era ya molesto. ¿Lo hacían a propósito?, ¿qué era a eso de aullarle a la luna a plena luz del día?, ¿un circo de gorilas soñando con el hocico y la cola? Bastaba comprobar las miraditas que les lanzaban a través del pasillo para adivinar que tramaban algo. Se reían como idiotas. Evans Mitchell entre ellos, y él nunca aventuraba nada bueno. Juntaban las cabezas, murmuraban, ¡YA ESTÁ!

—¡Sólo un segundo!

Becky, la prefecta de Gryffindor, se adelantó y les echó la bronca. Había detenido a Joshua Eckhart en el camino, pensando que iba a tener una conversación civilizada con alguien civilizado, pero las sorpresitas estaban a flor de piel ese día.

—¿Qué es lo que pasa?, ¿¡están tarados!? ¡Si tienes algo que decirme Evans, me lo dices a la cara!

Los muy bestias estallaron en carcajadas, provocándola con sus bufidos. Becky podía ser muy complaciente con los que le caían en gracia y una furia con los que la sacaban de quicio. Buena en el fondo, pero un poquito temperamental.

—¡No, Becky!, ¡Becky!—
Reaccionó Evans, conciliador. Se acercó, muy zalamero. Y riéndosele en la cara. Ella, los brazos en jarras, puso los ojos en blanco—¿Por qué?

La prefecta de Gryffindor era una chica de complexión firme y muy segura de sí misma. Una larga coleta rubia le caía hasta más allá de la cintura. Si no tenías cuidado, podía sacarte un ojo con ella cada vez que se volteaba, tan de repente y con esa energía tan suya, cortando el aire con su pelo lacio.  

No era especialmente bonita, pero tenía una expresión franca y simpática que infundía su encanto sobre los demás, y hacía que quisieras acercarte. Era también popular, por ser jugadora del equipo de quiddicth de su casa.

—¿Quién querría meterse contigo?¡Ey, Gorras!¿Qué haces?¿Tú sabes? Justo estábamos comentando con los chicos...


Le guiñó un ojo, al llegar hasta él, con las manos en los bolsillos. Sonreía de una forma que alertaba peligro.

¡Auuuuuu!

—¡Pero qué molestos!—Becky se exasperó, mirando en dirección al grupito de tarados, que seguían en su numerito de zoológico—¡Subnormales, paren ya!

—¿Es que no lo sabías?—
inquirió Evans, fingiendo sorpresa.

—¿Qué, Evans? ¿Que eres subnormal?

—Shhh, estoy intentando tener una conversación civilizada aquí. ¿Por qué me atacas? Calmate, mujer. Desde que Vane te dejó estás como una cabr…

Ay, supo enseguida que no debió decir eso. ¡Mierda!

—Oh, ¿de esto va todo?—Roja de ira, ¡se había puesto roja de ira!—, ¿tomarle el pelo a la despechada? ¿Pues sabes qué?...

—No, no, me has entendido mal…


No se supo qué sucedería con él, porque en eso sonó el timbre, y una cantidad informe de alumnos inundó los pasillos, a modo de avalancha humana, y todo rastro de Evans Mitchell se perdió entre la multitud…, ¿habría que buscarlo por partes?

***

El día, la semana, había sucedido de esa manera. Joshua pasaba y el grupito de idiotas lo señalaban y se reían por lo bajo, con risas asquerosas. Evans actuaba con un exceso de confianza, de esos que te hacían querer desfigurarle la cara de tunante que tenía, ¿pero de qué iba? Por un lado, se mofaba de él a sus espaldas; por el otro, se acercaba como si quisiera iniciar una tregua, ir por el camino de la amistad, hacer buenas migas. Sólo cuando lo encontró a solas, le confesó que había iniciado un rumor idiota (cuyos detalles, decía, no era necesario conocer, pero que involucraba una fobia muy rara que Joshua, aparentemente, padecía desde que estaba en pañales: lupolipafobia), y que lo había hecho sólo por picarlo.

—Oh, vamos, sólo quería ponerte un poco nervioso—reconoció, tomando asiento. El aula estaba vacía—. Es que, sé que tú quieres. Veo la maldad en tus ojos. Becky está muy pesada con saber qué pasó con su conejo, y no es tonta. Y tú mueres por dentro por decírselo, ¿a que sí? Me jugarías una mala pasada, ¿de verdad no te da ni pena perderte esa oportunidad? Pero yo, no tengo muchas ganas de lidiar con ella, ¿sabes? Contigo, es todo un encanto. Con el resto de la gente normal, es una auténtica pesadilla.

Sonrió.

»¿No dije que te dejaría en paz? Yo cumplo mis promesas—
aburrido, jugueteó con una pluma que no le pertenecía— ¿Qué haces ahora?—Ey, estaba de broma, ¿verdad? Si quería cumplir sus promesas, que se fuera derechito por donde había venido. Pero no. Ensanchó la sonrisa con el rostro gacho, entre que tramaba vaya a saber qué maldad—. Joshua—dijo, muy tranquilo. No lo miraba. Más interesado estaba en lo que tenía entre manos, que en el feo de Joshua Eckhart. De en serio, ¿qué le había visto su hermano?—Eres un mal nacido, ¿sabes? La otra vez tú, irrumpiste en mi dormitorio. Y no dijiste “lo siento” ni una sola vez—Evans negó ligeramente con la cabeza, chasqueando la lengua—Mal, Gorras, muy mal. Quedé traumatizado—Lo miró. De traumatizado un cuerno, mira la cara de tunante que tenía—Un hombre lobo me atacó. ¿No crees que eso es estresante? Tuve unas semanas de mierda. ¿Y tú qué?, ¿te has disculpado? No, no. Pero vas, me avergüenzas en frente de mis amigos. Me exiges que te guarde un secreto, ¿y tú qué me das a cambio? Mira, siempre supe que eras un mimado y que no valías nada, como persona. Pero tú sabes, ¿no crees que tu frialdad ha pasado los límites? ¡Hablamos de una vida humana! ¡Casi me despedazas! ¿Dices que te hubiera gustado MATARME? Al gemelo de mi hermano, ¿su familia?

Si lo mirabas bien, dirías que hasta había amanecido de un humor  de perlas. ¿Qué era todo ese drama, entonces? No era la primera vez que se lo sugería, pero vamos, qué manera de tocar los cojones. Y sí, que puede que el aula estuviera vacía, ¿pero iba a ponerse gritar que Joshua era un hombre lobo a cada oportunidad?

Lo cierto era que, luego de lo que fue una temporada sin Evans Mitchell, de pronto veías su cara por todas partes, hasta en los cromos de las ranas de chocolate. Era como si hubiera vuelto de un viaje hacia el centro de la Tierra, y ahora respirara más ruidosamente que nunca. Se las arreglaba para cruzarse con Joshua aquí y allá, lo más natural. Y por alguna razón, se creía con el derecho de aparecérsele por sorpresa. Si le rehuías, aullaba. Se quedaba calladito, sin embargo, si le seguías el juego. Casi domesticado, dirías.

¿Evans quería acercársete cual compinche, ahorcándote en un abrazo? Apártalo. Aullaba. ¿Quería ser parte de tu grupito de proyecto (por las notas, se entiende)? Molestaría a todo el mundo, sí, pero al menos, no gemiría por lo bajo cual perro. Que lo haría por mosquear, seguro. Pero su actitud, si bien molesta, no pasaba de eso, molesta. De ahí a oler peligro, era todo un trecho. Mientras pudieras esquivarlo… Sólo que no podías.  
AKAJSHDASGFLAKGF:

Eeeeh, jeje el título es el de la canción que estaba escuchando (!!)  xDDDD


Sí, yo también te quiero :pika:


(?)


Lupolipafobia: fobia a que te persiga un hombre lobo con las medias puestas :3


Pd: Dejate llevar, dejate llevar, que la espontaneidad te puede, yo sé. Y que las musas sean tu guía (??)

Escena eliminada (?):


—¡Joshua!—Lo llamaban. Becky sonrió. Era muy atenta con él. Le gustaba, porque era un chico tranquilo. No la panda de imbéciles con los que acostumbraba atratar.

La prefecta de Gryffindor era una chica de complexión firme y muy segura de sí misma. Una larga coleta rubia le caía hasta más allá de la cintura. Si no tenías cuidado, podía sacarte un ojo con ella cada vez que se volteaba, tan de repente y con esa energía tan suya, cortando el aire con su pelo lacio.  

No era especialmente bonita, pero tenía una expresión franca y simpática que infundía su encanto sobre los demás, y hacía que quisieras acercarte. Era también popular, por ser jugadora del equipo de quiddicth de su casa.

Un poco temperamental, pero bondadosa en el fondo. Podía ser muy complaciente con los que le que caían en gracia, y una furia con los que la sacaban de quicio.

—¿Cómo estás? Quería felicitarte por tu proyecto de Herbología, ¡estuvo guaaay! Con las prácticas y eso, sé que es difícil. Y eso. Voy a ir a la biblioteca ahora, por si quieres sumarte. Somos cuatro estudiantes con los pelos parados, ¡con lo cerca que están los exámenes!—Si lo decía por los pelos, ella no tenía ninguno fuera de lugar. Recordando algo de repente, soltó—: ¡Ah! Sé que la otra vez estuviste en el dormitorio de Mitchell y compañía—Oh, los rumores vuelan—, ¿todo bien con los chicos? Y por casualidad, ¿tú no sabrás nada sobre un conejo que….?  
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Evans MitchellUniversitarios

Joshua Eckhart el Mar Abr 03, 2018 9:00 am

No había forma de saber con precisión cómo es que habían llegado ahí, más allá de aquel extraño sueño digno de ser montado como un libro que, quizá, Joshua se animaría a desarrollar en el futuro. El punto fundamental era no otro que lo evidente: estaban ahí, en medio del bosque, heridos por causa del otro. Evans sangraba de su brazo, pero la pierna de Joshua no estaba mejor con alguna herida interna que le impedía caminar correctamente, ahora metidos entre puñetazos mientras Rangi intentaba de alguna manera mediar o intervenir en aquel intercambio de golpes y reclamos.

¡¿Yo?! ¡Nada de esto hubiese sucedido si tú no hubieses robado mi mascota! —exclamó, recibiéndolo al lanzársele encima con el intento de golpe a la altura del vientre, con el fin de sacarle el aire y, si había suerte, mermar sus ganas de pelear. — ¡Venga ya! ¡¿Ahora me vienes con que el que está mal de la cabeza soy yo?! ¡Mírate al espejo, Mitchell! —se quejaba con él, forcejeando mientras intentaba golpearle. Joshua había dejado bien detrás su actitud pasiva y permisiva para enfrentarse a puños e insultos si se ameritaba, ¿quizá a causa de su naturaleza más agresiva?

Sus golpes de pronto se detuvieron cuando sintieron algo siniestro y misterioso rondándolos, como un cazador que acecha en las sombras. Joshua soltó a Evans y se puso de pie, buscando su varita en su ropa donde siempre la guardaba y apuntando hacia el peligro inminente con ésta, aunque no estaba seguro todavía de dónde estaba. Y gruñía ligeramente, mostrando el colmillo izquierdo, pues una única comisura se estiraba. Le había visto ya en otras ocasiones, y en más de una habían tenido un choque de ideas importante, que ahora parecía imposible para Joshua pensar que venía en son de paz.

¡Evans! —exclamó cuando apresó al aludido con raíces al suelo. — ¡Fulmen…! —intentó atacarlo sin éxito, pues su varita salió volando en otra dirección, su diestra quedó adolorida por el movimiento. Esto estaba mal, verdaderamente mal. — Lárgate de aquí —a pesar de encontrarse desarmado, y ser notoriamente menos peligroso que aquel otro licántropo, quería sentir que no era completamente indefenso. — Ya hemos discutido esto, tú no eres un amigo —se había erguido en toda su altura, con el pecho fuera. Era inconsciente, una especie de lucha de poder silenciosa que sólo se veía en el comportamiento.

El salvaje hombre soltó una carcajada, nacida de lo profundo de su estómago y plagada en burla. — ¡Qué obstinado! —se mofó, como si le diese muchísima risa que Joshua pensase que podría negarse. Nunca fue una opción. — Es estúpido que intentes controlar tu verdadera naturaleza, cachorro —enseñaba los dientes en una mueca bestial y agresiva, respondiendo muy sutilmente a las provocaciones físicas del muchacho. — Serás libre junto con otros con quienes te una un lazo de sangre —avanzaba hacia los dos jóvenes, los ojos le brillaban con intensidad conforme el sol le daba paso a la noche. — Tu estirpe es la del mayor depredador.

Era muy testarudo, queriendo incluirlo dentro de su manada. A veces Joshua se preguntaba si era ese el mismo licántropo que lo había mordido en primer lugar. Rangi intentaba romper con sus manitas las raíces con que Evans estaba siendo apresado, aunque evidentemente eso no iba a funcionar. Joshua tenía que ser inteligente y alejar a Mason del Gryffindor si no quería que aquello terminase en una horrible tragedia. Evans le disgustaba, eso era claro, pero de ahí a desearle la muerte por destrozo de un licántropo había un trecho gigantesco.

Escucha, Mason, no tenemos por qué discutir esto aquí, ni tampoco discutirlo  ahora —trataba de razonar, abandonando un poco la agresión. Tenían que alejarse a toda costa. La luna aproximándose hacía hervir su sangre, sentía cómo quemaba entre sus venas provocando angustia y robándole el autocontrol. — Lo discutiremos en otra ocasión, no involucres gente que no tiene nada que ver en esto —jadeó. La mirada se le perdió en el cielo, donde la luna llena los invitaba a abandonarse a sus más bajos instintos.

¡Pero qué me estás contando! ¡Si este es tu regalo de iniciación! —apuntó al humano, largándose a reír mostrando los dientes. La luna llena lo fortalecía y sentía cómo estaba llegando al punto más alto de su fuerza. — ¡Siéntelo, cachorro, siente cómo la luna nos bendice con su fuerza! —abrió sus manos, aceptando el regalo que la licantropía ofrecía, su cuerpo deformándose igual que el cuerpo de Joshua.

Eran reacciones totalmente distintas. Mientras que Mason lo disfrutaba profundamente, cada dolor que le daba la transformación, Joshua lo sufría desesperado, perdiendo una parte de su raciocinio humano. El Ravenclaw era más alto, más corpulento y salvaje, pero no tanto como lo era Mason, la diferencia en tamaños y grado de peligrosidad era muy evidente. Era la noche del lobo. Mason corrió sobre la hierba fresca y de un zarpazo destruyó las raíces que apresaban a Evans, abriendo el hocico lo suficiente para asestarle un bocado.

Ninguno de los dos, siquiera el propio Rangi, habrían adivinado lo que iba a ocurrir. Joshua reaccionó atacando también, pero no al mismo objetivo. Sujetó con las garras los hombros de Mason y le mordió con violencia el cuello, rodando en el suelo y siendo aplastado por el licántropo más grande. Se sacudió, con el pelaje de la espalda ahora al desnudo por la ropa rota erizado, frente a Evans, encarando a Mason en una guerra de gruñidos mostrando los dientes, dos lobos dispuestos a matarse si la noche les bastaba. Y corrieron hacia el otro, la sangre brotando de los araños y mordidas, atacándose sin compasión.
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Evans Mitchell el Jue Abr 12, 2018 7:11 am


—¡Dem...!—Evans se quedó boquiabierto, mirando atónito. El chucho había intercedido por él.

***

Ninguno de los dos habría adivinado lo que iba a ocurrir.

Ni nada los hubiera preparado para ese momento de verdad, en que Evans se quedó sin palabras. Fue sólo por un segundo, pero que duró, ¿has tenido esos momentos en que un lapsus ensordece tus oídos, y no eres más que un pálpito aletargado sintiendo que el mundo se aleja de ti? Y tú quieres asirte a este mundo, salvaje y ruidoso; y sin embargo; ha ido a instalarse en ti una inacción para la que no estabas preparado, y que socava tu desesperada, silenciosa lucha entre el vacío del tiempo y la vida, allí fuera, fuera de ti, ¡pero tan irredenta, tan grotesca!, que te inunda como una lejana percepción de algo tangible, en todas sus descomunales proporciones. Sí, sólo un poco más, un poco más y la tendrás, cayendo muy hacia dentro de tus sentidos, con la presión de un río, como el pulso de algo vivo e inquieto que profiere un grito de guerra, de espanto, de júbilo, emociones tan rabiosas y contradictorias, tanto como el corazón de un hombre en sí mismo, palpitando al ritmo de la sangre corriendo furiosa, violenta a través de las venas, ¡pálpitos que hacían eco en el alma!

Duró sólo por aquellos instantes de presión, en los que, muy contrariamente a lo que Evans hubiera esperado —un ataque letal, con garras y dientes—, se dio delante de él un choque brutal, impactante en su naturaleza, de dos fauces, dos corazones, y él en el medio, él, el hombre, entre bestias, ¿pero era Joshua Eckhart una bestia en ese momento? Oh, Evans no iba a averiguarlo. Por él, podía joderse su humanidad si quería, el valiente gryffindor se limitaría a correr, huir por patas, y eso fue lo que hizo: se arrastró retrocediendo, determinado a tomar distancia, a ponerse a salvo por sobre.

¡La vio!, su varita, al pie de un árbol, justo cuando un alarido lo atravesaba hasta el hueso, sin saber realmente distinguir de cuál de los hombres lobo entre tanto gruñido confuso y ramas que se quebraban y aire desgarrado.  

Johnny también lo vio, sobre el hombro de Evans: la fiera mirada de un predador que se ha apercibido de una presa desesperada a lo lejos, y que está dispuesta a arremeter sin piedad, abalanzándose para hincarle el diente, abrirle la piel y hacer florecer en ella la sangre; para derramar la agonía y manchar la hierba con el último aliento del mago; matar.

Sin pensarlo demasiado, Evans echó a correr al mismo tiempo que Mason lo hacía —impelido por su ansia, su brutalidad—, y se arrojó a medio camino de su varita al pie del árbol, derrapando en la tierra y volteándose a tiempo para conjurar el lacio sagittas, que atravesaría a su blanco con un disparo de flechas, puntiagudas y de regio impacto. Sólo que no pudo, en ese primer momento en que su indecisión lo tomó desprevenido.

Porque, ¿cuál era su blanco?

—¡Lacio sagittas!
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Joshua Eckhart el Jue Abr 12, 2018 11:07 pm

El ardor en el corazón los hacía enfrentarse por causas totalmente diferentes, Mason atacando ciegamente todo lo que se interpusiera en su camino contra el humano. Joshua, por otro lado, ¿estaba siendo impulsado por el deseo de proteger a Evans? ¿O era meramente un efecto secundario de su desesperada necesidad de imponerse contra sus más bajos instintos? Frente a frente con el peligro, se descubría valiente, con una fuerza que antes no conocía. ¿Era, acaso, que Mason tenía razón? No, no podía permitirse pensar en ello, la vida se volvía contra uno mismo en cuanto se confundiese.

Vio el pelo de Mason caer desgarrado con el zarpazo directo a su rostro, abriendo cortes de sangre que describían la forma de sus garras. Las mordidas, arañazos y golpes estaban viciando el ambiente a sangre, el aire ahogado de excitación y desesperación, la piedad no tenía cabida en aquella noche de crueldad y violencia. El tamaño de ambas criaturas y su odio interno pronto se batieron en una contienda de la que sólo uno quedaría en pie, y era evidente cuál de los dos iba a perder. Las fauces del líder de la manada se cerraron con fuerza contra la carne de su muslo, desgarrándola con los colmillos, arrancándole un alarido de dolor.

Tan sólo un segundo hizo falta para que Mason echara a correr en contra de Evans. El cachorro intentó ponerse de pie, resentido por las heridas cayó al suelo, jadeando. Iba a devorarlo si no hacía nada al respecto, y casi se decantó por esa idea oscura. Unirse a la manada de Mason no pareció, en ese momento de taciturnos pensamientos, una mala idea. Finalmente encontrar un sitio donde, de algún modo, encajase, le hacía cuestionar sus actuales decisiones. Lleva una vida entera volver a empezar de cero, como sentía que había sido forzado a hacer desde aquella mordida.

No. Tenía que hacer todo lo que pudiese con todo lo que él era, es todo lo que tenía claro. No podía cambiar lo que ya había sido escrito, tenía que seguir buscando el sol. Se levantó con la debilidad de sus patas y sacudió su cabeza, con una renovada adrenalina latiéndole en el corazón y ayudándolo a ignorar el dolor de sus extremidades, de la sangre que manaban sus heridas, hasta el grado de llegar a correr detrás de Mason. Tenía que detenerlo. Hacer cualquier cosa para conseguir evitar que asesinase a Evans Mitchell, ¿por un sentido abstracto de honor?

Mason estaba a tan sólo un bocado de destrozarle el rostro cuando se lanzó en su ataque, ignorante del intento de ataque que resultó en dos lamentos a la par. La flecha tuvo dos heridos, cada cual con su correspondiente gravedad. Mientras que la punta había atravesado el torso del salvaje hombre lobo, del cachorro había acabado clavándose cerca del estómago en el costado, seguramente un pinchazo inofensivo que dejaría una marca y más nada una vez que sanara del todo. Como un lobo rabioso dentro de su pecho, sintió sus entrañas ser desgarradas por una ansia de venganza, ¿cómo se atrevía, aquel malagradecido?

Prácticamente se arrancó del cuerpo de Mason, aún atravesado por aquella flecha, y con las pupilas encogidas encaró al Gryffindor. Enseñando los colmillos en un gruñido, avanzó un paso. Y sólo un paso pudo dar antes de que fuese víctima de sus heridas y cayese al suelo agotado, resentido por la sangre perdida. Rangi tuvo intenciones de aproximarse en su dirección para cuidarlo, pero una parte de él un poco más cobarde sólo le permitió inclinarse hacia él, sin abandonar el hombro de Evans.
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Evans Mitchell el Sáb Abr 14, 2018 1:32 am


La noche mojada, que lo empapaba. El bramido de la oscuridad, que lo atravesaba. Y la mirada del lobo, en la que se reflejaba: era en el reflejo especular entre ellos, que Evans se descubrió aterrado, con esa fascinación tan peculiar que tenía ese momento para él, al hallarse de cara con. Una situación de puta madre, por sus cojones.

Evans había apuntado al hombre lobo con la varita, el brazo mejor del mago, y tenía habilidad en los conjuros silenciosos, sólo que, por un motivo que no podría explicarse ni en ese momento ni luego pero que le haría romperse la cabeza en cavilaciones, no le funcionó. ¿Su varita se rebeló?, ¿le falló su magia? Le faltó el nervio. Lo que fuera, hizo que se sintiera impotente en ese instante, en que el mago enmudeció, con una varita inútil en la mano, que no había respondido a su conjuro, algo impensable. Puede que inconscientemente, no hubiera querido dañarlo. Sólo que, en esa situación, lo único que deseaba ese animal, con todo el ardor de su hambre era matarlo, eso era fácil de adivinar.

A Evans se le escapaba el aliento por la boca, y se sintió dentro de una encrucijada, a la que reaccionó y quizá muy estúpidamente levantando los brazos en un gesto de indefensión, y hubiera sido devorado, con toda certeza, porque esas fauces no perdonaban, lo había visto en la contienda que aquellos dos aulladores habían librado entre ellos. Cualquiera fuera la razón que tuviera ese hombre lobo que ahora perfilaba hacia él su ansia asesina para, en apariencia, interponerse entre Evans y la muerte, no había tenido nada que ver con proteger al mago. Era una bestia, eso que lo amenazaba. En su naturaleza estaba ir al ataque, morder, despedazar. Evans Mitchell no pensaba que aquel fuera Joshua Eckhart, el avechucho al que siempre había fastidiado por los pasillos de Hogwarts. Y sin embargo, se traicionó a sí mismo, por segunda vez en esa noche de auténtico terror, desesperado el pálpito en su pecho, exigiéndole un atisbo de razón a la bestia, cuando era imposible.  

—¡Josh…!


Joshua, por favor…

Johnny estaba alterado sin saber cómo reaccionar, y hasta le entró la cobardía cuando, pasado el peligro, su Joshua —esa cosa peluda con dientes muy malhumorada (que a veces su dueño podía tener días malos, pero él lo quería igual)— desfalleció contra la tierra húmeda.

Por tu puta, gorras
.

Pasado el instante de terror, Evans soltó un suspiro, arrastrándose para recargar su espalda contra el tronco del árbol que tenía más cerca. ¡Mierda! Estuvo así, con el pecho palpitándole con toda la furia, esperando a que ese mal trago de amargura se le pasara. Sólo que no se iba. Esa sensación, esa rara sensación no se iba. Y de a ratos le lanzaba una mirada aprensiva al lobo, que ahora un felpudo sobre la tierra. Mierda. Eso había estado cerca.

***

Evans abrió los ojos, desperezándose, cuando ¡BUM!, abrieron la puerta de la enfermería, y lo heló el mal presentimiento de algo, algo que tenía que ver con él, con su precioso nombre refregado por todo lo alto en el cielo, algo que le caía como una hecatombe. Sí, era la voz de.

—¡Evans!—Becky, esa era Becky, tan feota como siempre, resentida de la vida—¡TÚ!

No era más horrible que despertar en la camilla junto al gorras. Si hasta al verlo, le dio un escalofrío, inconfesable escalofrío. Johnny, contento de verlo abrir los ojos, le saltó amorosamente a la cara. Sólo que tuvo que hacerse a un lado, despavorido, porque Becky fue a plantarle cara, queriendo sujetarlo de la pechera y zarandearlo a lo bruto. Sólo que. Evans no tenía modales, ni con las damas. De hecho, las damas eran las más peligrosas. Así que, los dos se ensañaron en un forcejeo. Él, con una cara de los mil demonios, y ella… Que daba terror, pero en el fondo de sus ojos, podía contemplársela preocupada. No por Evans, eso estaba claro, por cómo se empecinaba en ahorcarlo, desencajada de los nervios. ¡Pero esa mujer!, ¡era un tiro al aire! La enfermera protestó, pero fue acallada por el reclamo de una prefecta en toda su furia disciplinaria.

—…Bosque Prohibido!, ¡SÉ QUE FUE TU CULPA!, ¡lo que sea que los haya atacado, TÚ LO PROVOCASTE!, ¡MIRA CÓMO ESTÁ!, ¡le tendiste una trampa y…!, ¡todos hablan de que lo arrastraste al bosque!

—¿¡Pero qué coño, MUJER!?, ¡NO LE HICE NADA A TU NOVIO!, ¡él solito se metió drogado en una cueva de Gystrash!, ¡si acabó mordido es por su culpa!

—¡MIENTES!, ¡tú se lo hiciste a él!


—¡Cabra loca!


—¡Hablaré de esto con…!

—¡Jo!, ¿de verdad? ¿Y qué piensas que me van a hacer? ¿Piensas que a algunos de nuestros amorosos mortífagos que nos enseñan les va a importar…?

—¡PORQUE ERES EL SUCIO HIJO DE UNA SQUIBB!, ¡ah!


Becky retrocedió, injuriada en una mano. Hubo distanciada entre ellos, hendido el aire por un cuchillo. Esa acusación había quebrado el ambiente, y Evans no se tomaba a broma ese comentario. Ella lo sabía, ahí estaba su poder.
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Joshua Eckhart el Mar Abr 17, 2018 7:47 am

Lo único que vio segundos antes de caer al suelo fue aquella mirada despavorida, provista de terror puro que sólo pudo disfrutar un solo vistazo antes de que dejase de saber cualquier cosa de él. No era la primera vez y, se temía, no iba a ser la última. Ahogándose en medio de aquellas pesadillas que no le permitían despertar, víctima del veneno que no sólo infectaba su sangre sino también sus pensamientos, se quejaba ligeramente una vez que su cuerpo regresó a ser humano, la tez pálida y enferma y la debilidad en los músculos que no le dejaría ni siquiera soportar su propio peso dignamente.

Qué difícil es la vida del licántropo, una noche al mes vuelto una bestia asesina sucedida de días de enfermedad y dolor, sin mencionar el tremendo mal humor que cargaban con ellos debido a la incomodidad y el cansancio. Algo así como la menstruación femenina. Dos pesados ojos grises se abrieron casi sin poder lograrlo, rojos del cansancio y el sueño, y las cejas crispadas en un ceño fruncido. Oír aquellos gritos cuando le dolía tanto la cabeza, sólo quería mandar al demonio a las dos personas que perturbaban su sueño, chasqueando los dientes y gruñendo suavemente.

¿Pueden callarse? —se quejó, incorporándose dolorosamente. Notó una de sus piernas, vendadas, un dolor infernal que lo hizo sesear. La noche anterior eran recuerdos vagos y llenos de humo que no alcanzaba a ver con claridad. — —se dirigió a Becky, — nos atacó una manada de gystrash, supéralo, todos saben que hay una en el Bosque Prohibido —sólo lo mencionaba porque entre sueños y los gritos lo había escuchado. — No es nada del otro mundo, ¡estábamos entrenando! —era lo primero que tuvo en la cabeza, y luego se dirigió a Evans. — Y tú eres un imbécil —porque los insultos gratuitos siempre venían bien, en especial cuando ese idiota lo había herido en el estómago con una flecha. — Si van a seguir gritando, fuera de la enfermería.

Espetó bruscamente, volviendo a acostarse y tapándose con la manta la cabeza, hasta el sol entrando por las ventanas era una molestia para él en ese momento. Creyó que Becky sacaría con él esa intransigencia con la que actuaba con casi todos los estudiantes pero ella, muy preocupada, se aproximó hasta él, ignorando sólo por un segundo el feo rostro de Evans mientras se angustiaba con el deplorable estado en el que su compañero prefecto se encontraba, diciendo que no debían haberse quedado fuera hasta tarde, que mirase cómo había quedado, que tendría que pasar días en recuperación.

Rangi era mejor que ella leyendo el ambiente y, muy valiente él, tan heroico, se lanzó contra la prefecta tirándole de los pelos hasta que consiguió sacarla de la enfermería, no sin antes dirigirle una furiosa mirada a Evans Mitchell. El bowtruckle justo luego regresó a donde su dueño se encontraba, dándole palmaditas en la cabeza por encima de las mantas, como si dijese: “Ya, ya, la monstruo se ha ido”. — Bien hecho, Rangi —masculló, sin gana alguna de seguir hablando sino de volverse a quedar dormido. La criaturita palito se enorgulleció de sí misma, hinchando el pechito antes de volver a con el Gryffindor para pasar el rato, preguntándose si debía encontrar cochinillas para darle de comer.
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