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A little training // [Priv.] Leonardo Lezzo & Gwendoline Edevane

Gwendoline Edevane el Mar Mar 06, 2018 9:33 pm


Domingo 4 de marzo, 2018 || Sala de entrenamiento de la Sede de la Orden del Fénix || 19:07 horas

Después del fiasco que había supuesto mi enfrentamiento con Ulises Kant durante aquella peligrosa misión junto a Sam, me había puesto las pilas. No solo porque me parecía inaceptable que mi amiga hubiese tenido que defenderme mientras yo me retorcía de dolor tirada en el suelo, motivo que siempre sería el principal, si no también porque, cómo miembro de la Orden del Fénix, debía ser también una duelista competente. No podía esperar que siempre hubiese alguien para salvarme el pellejo, y tarde o temprano tendría que aprender a arreglármelas sola.
A fin de progresar un poco en dicho campo, decidí invertir la tarde del domingo entrenando. Mi vida social no se iba a resentir demasiado, teniendo en cuenta que en los últimos meses se resumía a verme de cuando en cuando con Sam y Caroline. Especialmente con Sam.
Llegué a la zona segura para fugitivos a través de una de las entradas secretas, y de allí me encaminé a la sede de la Orden. La sala de entrenamiento estaba repleta de cosas que podían utilizarse para mejorar las aptitudes, tanto mágicas cómo físicas, y en aquel momento me la encontré vacía, cosa que me alegró. Dejé mi pequeña mochila sobre uno de los bancos cercanos y me quité el abrigo que llevaba para protegerme del frío. Por debajo llevaba ropa vieja, y por suerte, la temperatura del cuarto de entrenamiento era muy buena.
Saqué del bolsillo de mi abrigo mi varita y me dispuse a empezar el entrenamiento. Por los alrededores había de todo: maniquíes de prácticas que podían ser animados para actuar cómo si fuesen magos, sacos de sparring, blancos de práctica, espejos que colgaban del techo y rebotaban los hechizos que se les lanzase... Estos últimos eran los que me interesaban para empezar, pues podía decirse que representaban lo más parecido que podía encontrarse allí con un duelo real. Bueno, a excepción de los duelos con otros magos, claro.
Hice algunos estiramientos antes de empezar, y una vez estuve lista, asumí mi pose de duelo favorita, muy similar a la posición de guardia de la esgrima muggle: piernas ligeramente flexionadas, el brazo izquierdo flexionado a la espalda, el brazo derecho empuñando la varita hacia el frente.

—¡Vamos allá!—Dije, y entonces uno de los espejos se descolgó del techo. No era muy grande, pero a la distancia que estaba de él, no iba a ser difícil acertarle.¡Expelliarmus!Exclamé con una floritura de varita, apuntando al espejo. La luz emergió de mi varita e impactó sobre el cristal, volviendo en mi dirección más rápido de lo que yo lo había conjurado. Alcé la varita ante mí y conjuré un hechizo Protego no verbal, defendiéndome con éxito de mi propio hechizo.

Al principio era fácil, sí. La dificultad radicaba en hacerlo rápido, un hechizo tras otro, cómo si de un duelo real se tratase, alternando maleficios y protecciones a gran velocidad. Era una forma de aumentar los reflejos. Así lo hice, y creo que logré protegerme de unos cuatro hechizos más, antes de que mi propio hechizo de desarme me arrancase la varita de las manos.
Maldije en silencio, agachándome para recoger la varita y volver a empezar. No iba a darme por satisfecha con tan poco. En un duelo real, estaría muerta.


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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Leonardo Lezzo el Vie Mar 09, 2018 1:38 am

Los días no tenían mucho sentido para Leo, y más ahora que había perdido el trabajo. Finalmente se había instalado en el refugio, y vivía con el resto de fugitivos. No era muy diferente su rutina, pues solía pasar más tiempo en la zona segura que en ningún otro sitio, pero echaba de menos trabajar en algo. En el refugio siempre había cosas que hacer, al menos estaba entretenido. Ahora, cuando tenía que salir, siempre había alguien dispuesto a hacerse cargo de Nico. El chico solía dejarlo con los más pequeños. Los niños se divertían con el perro, y el pastor alemán estaba más que encantado con ellos. Casi los cuidaba. También cuidaba de Leo. Hoy lo había dejado en el patio, con los niños. Jugaban al pilla-pilla con el pobre animal. Al final de la jornada, Nico se echaba al lado de la cama de su dueño y dormía profundamente, agotado. Leo no tenía esa suerte. Había muchos problemas en el mundo sin solucionar que no le dejaban dormir.

El chico había estado haciendo ejercicio por la mañana. Mantenerse en forma era una de las mejores maneras de entretenerse. Además, le venía bien. En los duelos no siempre puedes contar con la magia. Es bueno tener nociones básicas para luchar cuerpo a cuerpo. Leo jamás había asistido a clases de artes marciales ni nada parecido, pero conocía algunos puntos débiles y tenía la fuerza suficiente como para tumbar a un elefante. Aunque sería incapaz de usar toda su fuerza a menos que fuera totalmente imprescindible. Todo lo que sabía lo había aprendido en el refugio. Había un chico experto en artes marciales, y estaba dispuesto a enseñar a todo el que quisiera aprender. Leo no se lo pensó dos veces.

La tarde del domingo estaba siendo aburrida para Leo, pues siempre ha sido un chico muy activo. El refugio estaba tranquilo, no había avisos de nada. De modo que el chico buscó sus cosas, y se fue directo a la sala de entrenamiento, otra vez. Por la mañana había sido todo más físico. No sabía entrenar solo mágicamente, le costaba mucho trabajo. Siempre era divertido practicar con alguien más. Le hubiese gustado, por ejemplo, toparse con Eva. Pero, aunque la sala no estaba vacía, no era la periodista quien la ocupaba. Se trataba de Gwedoline Edevane, la mujer que estaba al lado de Leo en la última reunión de la Orden. - Lo siento, no sabía que había alguien. - Había cierto desorden normal en la sala cuando alguien está entrenando. Leo no quería molestar, pero no podía dejar escapar la oportunidad de poder entrenar con alguien más. - ¿Te importa si me uno? Se me da bastante mal practicar hechizos yo solo. - Después de que la mujer le diese permiso, Leo entró. Dejó sus cosas a un lado. Traía una bolsa con una toalla, agua y un botiquín. Era su kit de entrenamiento. Se quitó la chaqueta, dejando ver sus musculados brazos sin ningún tipo de arrogancia. Simplemente se estaba poniendo cómodo. - Me llamo Leo. Te vi en la reunión. ¿Eres nueva? - Aquella no era la pregunta más afortunada, pero la inocencia de Leo se juntó con su curiosidad.


Así entrena Leo:
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Gwendoline Edevane el Sáb Mar 10, 2018 10:52 pm

Mi nueva varita, cuyo núcleo era la pluma de un Augurey, me respondía a la perfección. No notaba ningún tipo de resistencia por su parte. Mi magia fluía a través de mis dedos para pasar a la varita de la misma manera que lo hacía el agua. Era algo natural, casi simbiótico, la misma sensación que había experimentado a lo largo de todos aquellos años, desde que Ollivander pusiese en mi mano mi primera varita, esa que ahora pertenecía a Sam. Cierto es que la forma de la varita era ligeramente distinta: era más larga, y la empuñadura estaba ligeramente curvada, por no mencionar que esta nueva varita no tenía tantos relieves cómo la anterior. Pero aquellos cambios no habían supuesto diferencia alguna: me sentía en comunión con esa cosa, cómo si llevásemos juntas toda la vida.
Sin embargo, por muy bien que se me diese la magia, aquí el problema no era mágico; aquí el problema eran mis reflejos. Lanzaba un hechizo tras otro contra el espejo, y mayormente conseguía defenderme de ellos cuando volvían, pero siempre llegaba un punto en que no podía conjurar hechizo protectores a tiempo y mi propio maleficio desarmador me arrancaba la varita de las manos.
Tras recoger del suelo por cuarta vez la varita, empezaba a sentirme francamente frustrada y algo acalorada. Quién dijese que practicar con la varita no suponía ningún esfuerzo físico, se equivocaba. Los movimientos eran importantes, y la agilidad en un duelo mágico era tan importante cómo lo podría ser en una pelea cuerpo a cuerpo. Tenía muchas cosas que corregir si quería, la próxima vez que Sam estuviese metida en un lío, ser capaz de protegerla. La última vez había fallado, y no quería que se repitiese.
Y entonces me sorprendió una voz a mis espaldas. Una disculpa procedente de una voz masculina, y al darme la vuelta, me encontré con Leonardo Lezzo. No solo le conocía de aquella reunión en que Dumbledore nos había asignado a Dorcas y a mí la misión de impedir el atentado en Hogsmeade, si no también por la cantidad de carteles de "Se busca" con su fotografía que habían aparecido en El Profeta.

—¡No, no pasa nada!—Asumí una actitud un tanto reservada, la que siempre asumía en presencia de gente con la que no tenía confianza. Podía haber madurado mucho a lo largo de los años, pero tenía la sensación de que la timidez no me abandonaría nunca.

El muchacho, que más que un muchacho era un hombretón bastante fornido, me sorprendió al preguntarme si podía entrenarse conmigo. Me preguntó aquello justo a tiempo, pues en mi infinita forma de ser reservada, estaba a punto de ofrecerle la sala de entrenamiento para que se pusiese en forma.
Dudé un momento, y tardé un par de segundos en responderle. Lo cierto es que no le conocía, pero tampoco estaría mal entablar algunas relaciones allí dentro. Aparte de Juliette Howells, Dorcas y Drake, apenas había hablado con nadie allí dentro.
Así que asentí.

—Claro. Aunque te advierto que no soy lo que se dice muy diestra en los duelos mágicos.—Prefería ser sincera, sin ponerme en evidencia. No iba a reconocer que hacía cosa de medio mes me habían acertado con una maldición Cruciatus por haberme confiado durante un duelo contra un cazarrecompensas. Bueno, por confiarme, o por no tener habilidad suficiente. Lo que fuese.—Me llamo Gwendoline. Aunque todos me llaman Gwen.—Le respondí con una leve sonrisa, un poquito tensa debido a los nervios. Le ofrecí a Leo mi mano derecha a modo de presentación.—Y sí, soy toda una novata. ¿Se nota mucho?—Intenté mantener un tono amable, distendido, en todo momento.—¿Y tú? ¿Llevas mucho en la Orden? Te recuerdo de la reunión.

Sabía que llevaba un tiempo cómo fugitivo, eso sí lo sabía, pero no sabía cuando se habían cruzado sus caminos con los de los partidarios de Dumbledore. El chico seguramente podría darme una lección o dos sobre hacer frente a mortífagos, puristas y cazarrecompensas. Tenía bastante que aprender de él, creía yo.
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Leonardo Lezzo el Miér Mar 14, 2018 12:28 am

Hay gente que prefiere entrenar sola. Es una decisión totalmente respetable. Pero Leo prefería estar con alguien más. Le resultaba tedioso entrenarse solo. Así que cuando entró en la sala de entrenamientos y vio que había una mujer, no dudó en preguntarle si podía unirse a su entrenamiento. La mayoría de gente suele contestar afirmativamente. Es lo mejor que tiene la comunidad de fugitivos, que son buena gente. Normalmente todos están dispuestos a ayudarse entre sí. La mujer, algunos años mayor que Leo, parecía reservada. No es que el chico fuese la alegría de la huerta, pero ahí dentro intentaba llevarse bien con todo el mundo. Ya tiene demasiados enemigos, es tiempo de encontrar amigos. Como la vio tan decidida en la reunión de la Orden, el chico dio por supuesto que era una mujer experta en duelos mágicos. Cosa que ella no tardó en negar. - Yo intento ser bueno en hechizos de defensa. De momento no me ha ido tan mal. - Dijo bromeando. Leo no solía bromear, se le notaba, estaba tenso. Quizás por eso bromeaba, por puros nervios.

En las últimas ocasiones que había tenido que lidiar con mortifagos pudo salvar el pellejo, de modo que no era un absoluto desastre. Su cabeza tenía un alto precio, eso hace espabilar a cualquiera. Después de la primera presentación, en la que ambos dejaron claros sus buenas artes, llegó la presentación de verdad. Gwendoline, o Gwen, le tendió la mano a Leo, y este no dudó en acercarse a estrechársela con entusiasmo. Aquello significaba que podían entrenar juntos, y su tarde sería mucho más productiva. - Encantado, Gwen. - Ella confesó ser una novata, cosa que el chico no creyó. No la había visto en el refugio hasta el día de la reunión, pero eso no significaba nada. Había gente de la Orden por todo el mundo, existían otros refugios, no tenía porqué ser nueva. - Yo tampoco soy ningún experto. Me he mudado aquí hace poco, pero soy fugitivo desde hace más de un año. Hay carteles con mi foto en muchos sitios. - Leo no solía explicar su vida personal a cualquiera, pero entendía que en ese momento podía hacerlo. Aunque si tenía cierta tendencia a presumir de que su cara salía en muchos carteles, y que su cabeza tenía un alto precio. Era su forma de quitar hierro al asunto. Gwen parecía de total confianza, y Dumbledore confiaba en ella. Así que el chico decidió contarle el resto de la historia, para ponerla en situación. - Cuando todo cambio yo estaba en la universidad. Quería ser auror. Pero las clases se volvieron extrañas. No nos enseñaban a defendernos contra el mal, más bien nos querían enseñar a cazar gente. Solían darme algunas palizas en clase porque sabían de sobra que yo pensaba diferente. Pero no pensé en escapar hasta qué... Finalmente tuve un desagradable encuentro con dos mortifagos. Logré escapar, pero tuve que desaparecer del mundo mágico. Así que la Orden es mi vida ahora. Pero soy un novato, tengo muchas cosas todavía por aprender. Seguro que tienes mejor nivel que yo en Encantamientos. - Intentó halagarla para aliviar el momento triste de su historia.

El chico no pretendía asustarla, y menos siendo la primera vez que hablaba con ella, pero él siempre era sincero y dejaba las cosas claras desde un principio. Es más, le gustaba conocer los casos de los demás. No todo el mundo está en la Orden en calidad de fugitivo. Hay mucha gente que ayuda, desde dentro y desde fuera, a que el refugio siga siendo un lugar seguro para los fugitivos. También ayudan con las misiones, y algunos incluso llevan una especie de doble vida. El chico quería preguntar sin ofenderla. - ¿También has tenido que huir? - Fue la forma más suave de preguntar que se le ocurrió.


Última edición por Leonardo Lezzo el Jue Mar 15, 2018 11:09 pm, editado 1 vez
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Gwendoline Edevane el Jue Mar 15, 2018 3:06 pm

Una cosa estaba clara: los carteles de "Se busca" no hacían la más mínima justicia a los fugitivos. Con Leo, allí presente, me di cuenta más que nunca: era un muchacho alto, más alto que yo, y fornido. No podría haber intuido eso, ni en un millón de años, viendo su fotografía en el cartel de "Se busca".
Sí, podría haberme fijado más en él durante la reunión, es cierto, pero estaba de los nervios. Demasiado concentrada en el tema que nos ocupaba, cómo para dar mayor importancia a los presentes que el reconocerles por sus rostros. Ahora me daba cuenta de esos detalles que había pasado por alto entonces.
Confesé al joven que mi estilo de duelo no era ni mucho menos el mejor, cosa que intentaba mejorar día a día. Y es que los duelos mágicos no se limitaban a conocer hechizos, maleficios y encantamientos; tenían también un componente físico. Había que protegerse, había que esquivar, había que saber moverse y tener reflejos. De poco servía conjurar a la perfección un Desmaius si eras incapaz de ver en qué momento debías lanzárselo a tu enemigo. Dada mi limitada cuenta de duelos mágicos—un duelo contra Kant que había terminado muy mal para mí, el encontronazo con Cameron Becher en Hogsmeade, y cuando Caroline y yo habíamos tenido una batalla submarina con algunos Grindylow en Coniston Waters—no podía decir mucho en favor de mis habilidades.
Leonardo me estrechó la mano, y yo le dediqué la sonrisa más cálida que pude encontrándome cómo me encontraba en una situación nueva.
Me explicó entonces un poco por qué se había unido a la Orden del Fénix, y le escuché. Si bien conocía la parte pública de la historia—todo el mundo podía ver su cara en los carteles—, la parte privada, los motivos de verdad que le habían llevado allí, no los conocía. Así que le escuché en silencio y con toda mi atención.

—No has tenido una época universitaria fácil.—Le respondí con una sonrisa resignada. Estaba claro que su vida no había tenido que ser sencilla... aunque por lo menos Leo era un adulto, no cómo otras personas que conocía. Kyle, por ejemplo. O Dorcas. Niños que habían tenido que escapar de Hogwarts. Leo no debía ser mucho mayor que Dorcas, pero era difícil imaginárselo cómo un niño, dado su aspecto físico.—Por fortuna o por desgracia, yo no he tenido que huir.—Respondí a su pregunta.

Caminé hacia uno de los bancos que había en el lateral, dónde tenía mis cosas. Había traído agua y una toalla. Tomé la botella de agua y bebí un pequeño trago, sentándome en el banco. Llegué a pensarme el no decir nada más respecto a mí... pero el chico me había contado muchas cosas. Así que me armé de fuerzas, y decidí hablar de mí misma. No iba a ser fácil, pues no estaba para nada acostumbrada.

—Trabajo en el Ministerio de Magia.—Comencé con rotundidad, dejando claro ese detalle tan importante de buenas a primeras.—Cuando McDowell asesinó a Milkovich, fui sometida a juicio junto con mis padres, cómo todos los demás.—Hice una pequeña pausa, recordando aquellos días que tan poco me gustaba recordar.—Mi madre era hija de muggles. Su caso estuvo sentenciado desde el primer momento. Mi padre me prometió que haría todo lo que estuviese en su mano, me pidió que jurase lealtad al nuevo gobierno, y me aseguró que ayudaría a mi madre. Lo hice, y me libré de toda sospecha.—Suspiré profundamente.—Mi padre no cumplió con su parte del trato. Mi madre terminó en Azkaban, supongo que en el Área-M, y desde entonces...—No supe continuar aquella frase, la verdad, pero creía que no hacía falta.—Perdí la pista a todas mis mejores amigas cuando todo empezó. En su mayoría eran hijas de muggles y tuvieron que huir. Hace unos meses me reencontré con Sam, y...—Esbocé una sonrisa tierna ante el recuerdo de mi amiga, mi "persona especial".—...sabiendo que mis amigas están ahí fuera luchando día a día, y mi madre está encerrada, simplemente no pude quedarme más tiempo sentada sin hacer nada.—Concluí.

Podría entrar en más detalles, pero tampoco quería ponerme a aburrir a Leo. Acabábamos de presentarnos, y no iba a recitarle toda mi vida en verso. Además, suficientes eran las tragedias, cómo para entrar en detalles sobre lo ocurrido. Por no mencionar el hecho de que no me gustaba demasiado indagar en el tema de mi madre.
Y es que era plenamente consciente de las pocas probabilidades que tenía mi madre de salir de allí con vida. Y si alguna vez ponían a Sam las manos encima... No quería ni pensarlo, pues mi corazón se ponía a latir desbocado y me temblaban las manos.

—Perdona, no quería ponerme tan dramática y seria.—Dije con una sonrisa, intentando quitarle hierro a aquel asunto.—¿Te gustaría empezar a entrenar? Yo no estoy teniendo demasiada suerte con ese.—Señalé al espejo con el que había estado haciendo sparring, y que me había desarmado varias veces ya. ¡Qué triste, que te desarme un espejo!
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Leonardo Lezzo el Lun Mar 19, 2018 10:57 pm

Dentro del refugio todos habían aprendido a sentirse seguros y confiados. Era imposible conocer las vidas de todo el mundo, pero estar allí era como vivir en un pequeño pueblo. Todos se conocían, se saludaban, se ayudaban y de vez en cuando, ¿por qué no?, se contaban las penas. Era una buena forma de conocerse mejor, y confiar los unos en los otros. Al fin y al cabo, todos son compañeros. Y cuando ocurren cosas malas, dependes de ellos. Sus vidas dependen de la confianza que tengan entre ellos. Si no fuese por esa confianza, nadie querría salir nunca del refugio para nada. Hay veces en las que es irremediable. Cuando se enteran de qué están atacando a un grupo de muggles, o a fugitivos que no conocen la Orden. La misión de los que viven aquí es ayudar a los demás que se encuentran en la misma situación. Por eso Leo no tuvo ningún reparo en presentarse y resumir un poco su historia. Por lo poco que conocía a Gwen, la vio muy segura en la reunión y al chico le pareció de fiar. Omitió su vida anterior. Los traumas infantiles no tenían cabida aquí. Leo jamás hablaba de aquello. Solamente su vida en Hogwarts y después de ella. Lo que había cambiado su vida la magia...

Por suerte Gwen no era un fugitiva. A Leo le impresionaba que la gente como ella llevasen una doble vida. Trabajaba en el Ministerio, como si nada. Incluso fue sometida a juicio por su sangre. Su historia era muy triste. El rostro del chico se puso tenso. Se imaginaba estar en su lugar, y se le cerraba el estómago. En ese momento supo que podía confiar en Gwen, pues ella haría todo lo posible para ayudar a cambiar de gobierno y sacar a su madre de Azkaban. Es más, Leo se prometió a si mismo que de ahora en adelante se tomaba aquella lucha como si fuese su propia lucha. Nadie merece tener a su madre presa, y más siendo inocente. - Lo siento mucho.  - Enfatizo. -  Mucho. No pretendía incomodarte. Eres muy valiente. Yo no podría continuar con mi vida como si nada. Con mi temperamento, ya estaría encerrado también en Azkaban. O algo peor. Espero que pronto podamos recuperar el control del gobierno. Y espero y deseo que tu madre se encuentre en perfecto estado de salud. - Dijo Leo con total empatía. Ella habló de una tal Sam, y de algunas amigas qué también están del bando de la Orden. Gracias a ellas, Gwen se había unido a la causa justa.

Lo cierto es que el ambiente en la sala estaba serio. La historia de Gwen había conmovido tanto a Leo que había olvidado el propósito de entrenar juntos. No quería incomodarla, y tampoco sabía como hacerla sentir mejor. Por suerte, ella habló primero para recordarle el entrenamiento. - Aam, si, si. - El chico se fijó en que ella había estado usando un espejo para entrenar, con no muy buenos resultados. - Bien. - Leo se puso enfrente de Gwen, serio, a una distancia prudencial y sacando la varita sin apuntar todavía a la mujer. - ¿Cómo quieres que lo hagamos? Aquí solemos usar hechizos desarmantes, para poder entrenar la defensa. Pero si lo prefieres, podemos emular un duelo real. Eso si, no usemos hechizos muy crueles. Que el mejor sanador que conozco me pilla un poco lejos, y debe estar ya harto de mí. - Leo sonrió, intentaba bromear. Los entrenamientos no suelen causar bajas importantes. Aunque puedes tener una mala caída y romperte algo. Siempre hay sanadores en el refugio, pero Leo ahora solamente se podía fiar de Laith. Sentía pánico con todos los médicos. Laith le hizo sentir seguro un par de veces, se fiaba de él pero no podía ir a buscarlo a San Mungo sin ponerse en peligro. Así que prefería no hacerse daño. Tampoco pretendía causarle daño a Gwen. Por eso usaría solamente hechizos de desarme contra ella. Sería lo más sensato y seguro.
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Gwendoline Edevane el Mar Mar 20, 2018 3:24 pm

Reconozcámoslo: el ambiente se volvió un poquito tenso por mi culpa. Contar mi historia estaba bien, sin duda, siempre y cuando hubiese alguien que quisiese escucharte. Leo se había ofrecido, y lo cierto es que debí pensar que tal vez era una mera cortesía, no que realmente qusiese escucharme. Es decir, ¿quién quiere escuchar la historia de una desconocida? Leo me conocía de vista, de la reunión, y tampoco es que entonces hubiésemos hablado mucho.
Pero en el muchacho—un muchacho más grande que yo, había que decir—había genuina preocupación. O eso me parecía a mí. Se lamentó por incomodarme, y de alguna forma, me di cuenta de una cosa: se parecía a mí. Tenía ese "algo", ese que nos caracteriza a las personas tímidas. Ese algo que nos lleva a disculparnos incluso cuando es necesario. En mi caso, denotaba mi torpeza, mi ineptitud emocional.
Sabiendo lo que suponía normalmente para mí el sentirme así, no pude evitar empatizar con Leo y apresurarme a responderle.

—No me has incomodado. De verdad, no te preocupes.—Me puse en pie de nuevo, dejando la botella de agua sobre el banco.—Todos tenemos un pasado trágico aquí, o no estaríamos aquí.—Todo esto lo hice sonriendo, esforzándome por mantener esa sonrisa para que el ambiente se relajase.—Yo también espero que algún día caiga esto que algunos llaman "gobierno", pero que no es más que una patraña. ¿Y sabes lo que creo? Que les tienen miedo a los hijos de muggles. ¿No les tendrías miedo tú, de estar en su lugar? La mera existencia de gente mágica en familias no mágicas tira por tierra todas sus ideas sobre la pureza de sangre. Les ofende personalmente que puedan existir hijos de muggles más poderosos que ellos.—No había más que recordar cómo Sam había sido capaz de vencer a un purista cómo Ulises Kant. Sentí una punzada de orgullo en mi corazón hacia mi chica.

No es que no quisiese seguir hablando, ni mucho menos. No me preocupaba hablar, y de hecho, podía resultar incluso liberador hablar con alguien con quién podía ser sincera. Con quién podía ser la yo que no le dejaba ver al mundo. Quizás habría tiempo de seguir hablando más tarde... pero ahora, necesitaba entrenar. Quería evitar que la situación con Kant se repitiese.
No quería volver a sentirme inútil, incapaz de proteger a la persona más importante del mundo para mí en aquellos momentos. ¿Qué clase de persona quería eso?
Con un movimiento de varita, hice que el espejo que había estado usando para entrenar yo sola se retirase. No lo quería por en medio. Un hechizo perdido que rebotase sobre él y podíamos causar un pequeño desastre. Bueno, o un desastre de proporciones épicas.

—Me parece bien empezar con los desarmes.—Respondí a lo que Leo decía.—Está bien que empecemos por ahí, que nos tanteemos un poco primero, y después si quieres adiestrarte en algún hechizo concreto, podemos intentarlo.—De hecho, había un hechizo en concreto que yo quería practicar: Cave inimicum, un hechizo que protege contra las maldiciones imperdonables. Sin embargo, para practicar ese hechizo, o Leo o yo tendríamos que realizar la maldición Imperius, la única maldición imperdonable que no causaba daño. Quizás fuese demasiado pronto para ponerse a practicar algo así.—¿Te parece bien si empiezas tú y yo me protejo? Estoy lista, cuando quieras.

Diciendo aquello, me puse en posición de guardia, frente a Leo. Nos separaban unos veinte pasos, una distancia de seguridad apropiada a la hora de mantener un suelo mágico de entrenamiento. Cierto es que en la vida real no siempre disponías de dicha distancia. No la habíamos tenido Sam y yo en casa de Kant... pero bueno, había que empezar flojito.


Off rol:
¡Que comience el entrenamiento! Leo, te dejo la primera tirada de ataque, a ver qué tal nos va. ¡No me saques un 20, que me deprimo! xDDD
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Leonardo Lezzo el Vie Mar 23, 2018 12:37 am

Como ambos contaron sus historias, el ambiente estaba enrarecido. Al ser dos personas tímidas, ambos se disculpaban por haberse puesto tristes. Leo, un chico joven, alto y musculado, es como un cachorro de pastor alemán que ha crecido demasiado deprisa, y no se ha dado cuenta de que ya no cabe en el sofá. Desde fuera, lo ven grande, como un hombre, fuerte y seguro de sí mismo. Pero no es más que un cachorro, que está adaptándose a su nueva vida. Él y Gwen hablaron del gobierno actual. Las palabras de ella hicieron asentir al chico. El gobierno ve a todos los hijos de muggles como amenazas, porque echan a perder su modo de vida. - Son unos hipócritas. Están mal de la cabeza. Son como los nazis, queriendo exterminar a todos los judíos. Y nos toca ser los judíos. Así que todo saldrá bien. Con suerte, antes de que maten a más gente. - Sabiendo que había personas como Gwen en la Orden, Leo se sentía más respaldado.

Aquella guerra entre gente con sangre pura y gente con sangre no pura a Leo le pilló de nuevas. Cuando entró en Hogwarts vio que alguna gente daba importancia al hecho de tener familia muggle. El caso es que los primeros años, el chico hizo amistades con ideales muy puristas. ¿La razón? Odiaba profundamente a su padre, que era muggle y mala persona. La magia era algo novedoso, y se sentía poderoso. Entonces empezaron las malas pasadas. Ciertos grupos de gente se creían superiores a otros solamente por su tipo de sangre. Se sentían con derechos para humillarles o dañarles. Aquella violencia gratuita fue lo que hizo cambiar a Leo de amigos. Ya había tenido suficiente violencia en su infancia, no necesitaba más. No quería ser él el que la propiciase. Desde entonces se dedicó a neutralizar la violencia, y decidió estudiar para auror. Hizo grandes amigos en Hogwarts gracias a ese cambio. Ahora se alegraba de haber visto el camino.

Cambiaron totalmente de tema. Estaban allí para entrenar, y ambos estaban dispuestos a aprender cosas nuevas. El chico le explicó que solían usar desarmes. Lo más importante es la defensa. Luego, la gente más experimentada se duelaba normalmente. A Gwen le parecía bien empezar por ahí, y le daba la opción a Leo de poder entrenar algún hechizo en concreto. - Seguro que tu conoces hechizos muy prácticos. Me iría bien conocer algunos finalizadores. Siempre me centro en la Defensa, y a la hora de atacar me quedo en blanco. - Confesó sin ninguna vergüenza. En los duelos que había tenido, se había librado de una muerte segura usando hechizos muy básicos. No le iría mal aprender algo potente. Un hechizo que dejase al enemigo desmayado medio día por lo menos. Como había estudiado durante casi tres años en la universidad, un auror no mata. Solo aturde o hiere en sitios clave.

Leo quería dejar que Gwen atacase primero, pero ella le cedió el turno amablemente. Por no discutir, el chico se posicionó enfrente de Gwen. Un tanto lejos, para no desatar una guerra demasiado próxima. La distancia es ventaja, pues te da más tiempo a que el hechizo llegue para poderte defender. No es que le intentase dar ventaja a la mujer, más bien buscaba ser justo. - ¿Lista? - Un solo hechizo pasaba por la mente de Leo. No podía atacar a alguien tan simpática con algo duro. Así que simplemente conjuró un Depulso no verbal.
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Maestro de Dados el Vie Mar 23, 2018 12:37 am

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Gwendoline Edevane el Sáb Mar 24, 2018 2:40 pm

La comparación que Leonardo hizo con los nazis me pareció sorprendentemente acertada. De hecho, el mundo mágico lo tenía todo aquellos días: la figura de Hitler personificada en Voldemort, una Eva Braun que podía ser perfectamente Abigail McDowell, los puristas encarnando a los nazis, y hasta teníamos nuestro propio Auschwitz con el Área-M, lleno de Mengeles que disfrutaban demasiado de sus "experimentos". Resultaba deprimente pensar que en pleno siglo XXI siguiésemos teniendo una mentalidad tan retrógrada cómo especie, ya fuesemos magos o no.
Por suerte, seguía habiendo gente para hacer frente a este tipo de injusticias. Quizás el mundo simplemente terminase en llamas a consecuencia de esta guerra, y al final hubiese que lamentar más pérdidas que ganancias... pero yo había tenido suficiente. Había pasado dos años, desde mucho antes de que todo se fuese al cuerno, lamentando la pérdida de más y más amigos. Sam había sido la primera en marcharse, y aunque hubiese sido también la primera en regresar, seguía doliendo todo lo que había sucedido desde entonces.
¿Y qué haces cuando algo duele? Pues tienes dos opciones: o lo aceptas y sigues gimoteando, asegurando que no tienes nada que hacer al respecto, o te levantas y devuelves el golpe.

—No sé cuanto va a durar esto, pero lo has definido bastante bien.—Le respondí a Leo, asintiendo con la cabeza.—Y los nazis también acabaron cayendo. Eso es algo que nos ha venido enseñando la historia.—Y cómo para imprimir un poco más de fuerza a mis palabras, algo de confianza, esbocé una leve sonrisa. Estaba claro que Voldemort no caería si no luchábamos contra él.

Tras poner en claro cómo iba a transcurrir el entrenamiento, y quitar de en medio un peligro que podía ser aquel espejo reflector de hechizos, Leo y yo nos dispusimos a empezar. El muchacho me confesó cual era su interés principal: conocer hechizos que permitiesen finalizar un duelo. Sí, sin duda eran los más útiles y necesarios para cualquier fugitivo que se preciase. O para cualquiera, realmente: a nadie le convenía que un duelo mágico durase demasiado. Cómo todo duelo, tenía un desgaste, suponía un estrés para cuerpo y mente. Cuanto más durase un duelo, mayores eran estos efectos indeseados, y mayor era la posibilidad de cometer un error.
Asentí con la cabeza a Leo.

—Haces bien en interesarte por ese tipo concreto de hechizos.—Confirmé.—No me he visto envuelta en demasiados duelos mágicos, la verdad, pero hay un denominante común en ellos: el estrés. El cansancio. Cuando estás batiéndote en duelo, y el duelo dura mucho tiempo, es posible que empieces a frustrarte, que veas que la cosa no va hacia ningún sitio. ¿Y qué ocurre entonces? Que te frustras. Que empiezas a estresarte... y puedes cometer errores. Y eso sin mencionar el gasto de energía.—Utilicé un tono extremadamente profesional, semejante al que utilizaba oficialmente en el Ministerio de Magia, para esta parte de la conversación con Leo.—Así que mi consejo es acabar un duelo mágico lo más rápido posible. Te enseñaré algún hechizo para que puedas hacerlo.

Pero primero tocaba tantearnos, ver de qué éramos capaces. Nos pusimos en guardia, a una distancia prudencial, y Leonardo me preguntó si estaba lista. Se lo confirmé con un asentimiento de cabeza, y el muchacho conjuró un maleficio en mi dirección que venía con bastante fuerza,
Al tratarse de un maleficio no verbal, no tenía claro de qué se trataba. Así que fui sobre seguro: empecé a mover la varita con intención de conjurar un Aura no verbal. La barrera me protegería contra cualquier cosa.
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Leonardo Lezzo el Miér Mar 28, 2018 8:02 pm

No la conocía de antes, pero Leo empezaba a hacerse una idea de como era Gwen. Con ideas claras, valiente, y luchadora. A la Orden le vienen genial las personas así, y que además tengan ánimo. En la reunión general de la Orden quedó claro que son gente de paz, pero no hay forma de vencer el poder de Volvemort sin luchar. Por eso entrenaba Leo, quería estar listo para presentar una batalla decente si algún día se producía dicha batalla. Por el momento, entrenaba el cuerpo. Sobre todo se centraba en la defensa, y así se lo hizo saber a Gwen. Le pidió que le enseñase algunos hechizos finalizadores. Algo contundente que le permitiese salir airoso de un duelo. Según ella, no había participado en muchos duelos, pero los describía perfectamente. Cuando un duelo se alarga, llega en cansancio. A veces también la rabia de no poder hacer nada para salvarte. Incluso tristeza, creyendo que vas a morir a manos de esos seres irracionales. La frustración en ese momento te puede hacer cometer errores fatales. - Lo estás describiendo a la perfección. Creo que todos aquí nos hemos sentido así alguna vez. Cansancio, frustración, y finalmente un abismo, en el que puedes llegar a pensar que no vas a poder salir airoso de la situación. - Gwen prometió enseñarle algún hechizo que le permitiese terminar el duelo más rápidamente. - Te lo agradezco. - Dijo sinceramente.

Lo que les esperaba era un enfrentamiento controlado. Tanto Leo como Gwen estaban de acuerdo en entrenar su defensa. La mayor cedió el turno al chico, que no protestó. Cuando ambos estuvieron listos, el chico atacó. Lanzó un hechizo no muy grave, algo que en caso de acertar en el blanco no ocasionase daños mayores a Gwen. No pretendía herirla, solamente practicar. O bien ella realizó tarde su defensa, cosa muy probable, o bien el hechizo de Leo fue muy duro, cosa menos probable. La cuestión es qué el hechizo impactó en la mujer, tumbándola al suelo. Por suerte, el suelo no era duro, más bien acolchado. Además, detrás de ellos habían colchonetas gruesas. Por suerte, Gwen cayó sobre una de esas colchonetas. - Lo siento, lo siento, vaya, no esperaba eso. ¿Estás bien? - El chico se acercó con preocupación. ¿Cómo podía ser tan patoso? Era incapaz de defenderse en un duelo real, y a al pobre mujer la había tumbado al suelo. Le tendió la mano para ayudarla a incorporarse. - ¿Debería haber usado hechizos verbales? Creí que estabas familiarizada. De verdad que lo siento.

Leo se sentía el hombre más torpe del mundo. Había tumbado a una mujer que estaba siendo simpática con él, alguien que peleaba de parte de los buenos con la Orden, la había hechizado. Se sentía culpable. No estaba acostumbrado a duelarse con gente del refugio y hechizarlos. Más bien, estaba acostumbrado a terminar él en el suelo o estampado en la pared. Le daba igual ganar en un entrenamiento, lo importante era ganar fuera. Esto había sido demasiado malo. Su nivel no era tan bueno, había pillado desprevenida a la mujer. - Ahora ataca tu. Veamos de qué eres capaz. - Le costó mucho no disculparse de nuevo. Se estaba disculpando demasiado, pero de verdad sentía el haberla tirado al suelo. En ese momento, ambos volvieron a sus puestos. Y en este caso, ella atacaría y Leo debía estar preparado.
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Gwendoline Edevane el Vie Mar 30, 2018 6:14 pm

Hablé desde la poca experiencia en duelo mágico que tenía. Cuando me había enfrentado con Ulises Kant en su apartamento, tuve que actuar rápido, sin pensar demasiado. El hombre intentaba ya no matarnos, si no borrarnos de la existencia con los hechizos Bombarda Maxima que lanzó contra Sam, contra mí, y contra casi cualquier elemento que pudiese explotar en su pequeño piso.
Cuando estaba cara a cara con él, había tenido que buscar el momento para atacarle, pues era diestro y lograba defenderse de cualquier hechizo que yo le lanzaba. Y cuando finalmente conseguí abrir un agujero en su defensa, me encontré con un problema que no había previsto: su capacidad para recuperarse de un hechizo Desmaius del que solo había logrado protegerse a medias.
¡Oh, sí! Y su capacidad para lanzarle a una mujer, a bocajarro, una maldición Cruciatus. Tampoco había previsto recibir semejante ataque directamente en el pecho. Todavía sentía escalofríos al recordar semejante dolor. Jamás había padecido algo así en toda mi vida...

—Puede llegar más rápido de lo que esperas, de hecho.—Confirmé. Y me di cuenta de que necesitaba ser más fuerte, más rápida, si quería evitar que algo así ocurriese la próxima vez.

Así que íbamos a entrenar. De forma educada, le cedí al muchacho el turno de ataque. Llevaba tiempo queriendo entrenarme en mi defensa. Me parecía mucho más interesante saber defenderme que saber atacar. Aplicaba la lógica de que quién sería atacada en un duelo de esas características sería yo, no mi hipotético rival. Así que más me valía entrenar bien mi defensa.
Cuando Leo se puso en guardia y lanzó su hechizo, mi intención era protegerme con el hechizo Aura, el mismo que nos había protegido a Sam y a mí durante el duelo con Kant, cuando hizo explotar el sofá tras el que nos estábamos escondiendo. El problema es que debí ser muy lenta, o algo por el estilo. O directamente, mi trasero tiene algún tipo de imán que se siente atraído por el suelo. Fuese cual fuese el problema, ¿cual fue el resultado? Mi hechizo defensivo no fue eficaz, y acabé en el suelo.
Por suerte, en esta ocasión había una colchoneta para frenarme. Aún así, el impulso del hechizo me hizo dar una vuelta sobre mí misma antes de quedar boca abajo. Suspiré profundamente, incorporándome hasta quedar a gatas. Cuando Leo me ofreció su mano para levantarme, se la acepté y me puse en pie con su ayuda.

—Estoy bien, no te preocupes.—Comenté con una sonrisa, restándole importancia al asunto. Era un entrenamiento, no un paseo por el campo. Me sacudí el polvo de las perneras de los pantalones a manotazos.—No te preocupes. Reconocí el hechizo, el problema no fue ese. El problema es que me he movido muy lenta. ¡Todo bien por aquí!—Y le dediqué una sonrisa un poco más tranquilizadora al muchacho.

Me tocaba atacar a mí. Volvimos a nuestras posiciones, adoptando de nuevo la pose de duelo. Pensé rápidamente en algo que poder enseñarle al chico, algo de lo que me había pedido: un hechizo que pudiese finalizar un duelo. Necesitaba uno que no fuese dañino ni incómodo. Y se me ocurrió uno perfecto. Era muy básico, de quinto curso, pero podía ser muy útil.

—¿Listo? ¡Vamos allá!—Hice la floritura con la varita, conjurando un Incarcerous no verbal en dirección a Leonardo. De la varita emergieron varias cuerdas cuyo único objetivo era envolver el cuerpo del chico. Un hechizo que le interesaba conocer.


Última edición por Gwendoline Edevane el Vie Abr 06, 2018 12:35 am, editado 1 vez
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Leonardo Lezzo el Miér Abr 04, 2018 12:44 am

Nada había salido como él había previsto. Sabía que la mujer podía defenderse de sobra, y eso es lo que esperaba. Pero ella se movió con lentitud, y el hechizo de Leo le dio de lleno. La hizo caer atrás, por suerte estaba la colchoneta, pero seguro que recibió un buen golpe. El chico no lo esperaba. Se quedó petrificado, y no hizo más que disculparse. Luego se acercó para ayudar a Gwen a incorporarse, y se disculpó de nuevo. Había atacado demasiado rápido, había usado la magia no verbal, y la había pillado desprevenida. Hubiese podido hacerle daño de verdad. Pero la mujer no parecía sorprendida, ni enfadada, ni desilusionada, ni enfadada. Simplemente se levantó, se sacudió el polvo, y se preparó para el siguiente turno. Chica dura. Los posibles moratones que les saldrían mañana ya eran cosas privadas. Leo estaba más bien avergonzado. Pretendía practicar magia, pero no quería dañar a nadie de los de su parte. Para prender, hay que caer algunas veces. O eso dicen las frases bonitas que la gente suele poner en sus muros de Facebook. A él le quedaban muchas caídas, pues tan solo era un chico de veinte años que había estado solamente dos años en la universidad. Lo bueno de Leo es que tenía ánimos para levantarse una y otra vez.

Esta vez era Gwen la que iba a atacar. Leo estaba listo. Listo para darse de bruces contra el suelo, al igual que le había pasado a ella. Solía presumir de ser bueno en Defensa, porque era su obsesión. Saber defenderse es lo primero que hay que aprender. Con suerte ella usaría hechizos buenos, algo que Leo recordaría en futuros duelos y podría usarlo para salir indemne de las peleas. No es que él vaya en busca de pelea, pero siempre llegan de imprevisto. Lo mejor es estar preparado. Gwen se puso de nuevo en posición, pero esta vez atacaba ella. Tal y como había hecho Leo, ella preguntó a su contrincante si estaba listo. - Listo, para lo que sea. - Soltó una risa nerviosa, muy propia de él.

Leo sostenía su varita con fuerza, atento a los movimientos de Gwen. La anticipación es algo práctico. Como cuando solía jugar de portero de fútbol con sus amigos en Florencia. Cuando se le acercaba el delantero regateando a toda la defensa del equipo contrario, tenía que anticipar el tiro. Por más fuerte que fuese el chute de balón, lo importante era prever por que lado de la portería llegaría. Por el movimiento de varita supo que el hechizo estaba en camino, también usando magia no verbal, y Leo conjuro un Protego que debería frenar el ataque.  


Última edición por Leonardo Lezzo el Miér Abr 04, 2018 12:45 am, editado 1 vez
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