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How to save a life — Maximillian McDowell

S. Rox Jensen el Miér Mar 07, 2018 9:30 pm

Viernes 2 de marzo del 2018.
18:47 pm.
10º - Lluvioso.

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Rox estaba agotada, realmente agotada. Las últimas 22 horas las había pasado trabajando, tenía un paciente en un estado bastante crítico y no se había querido ir a casa hasta que estuviera más estable. Había echado algunas cabezadas en la sala para el personal en el hospital, pero aun así sentía el cansancio en cada fibra de su ser.

Bien, entonces, ¿por qué estaba en el Caldero Chorreante en vez de su mullida y calentita cama? Bueno, pues porque su paciente no se había estabilizado, sino que había fallecido. Siempre era duro perder a un paciente, daba igual cuantas veces lo hubiese vivido, el sentimiento de no haber podido ayudar, el ver el dolor de las familias que dejaban atrás, sentir como una vida con infinitas posibilidades se perdía, todo aquello era un mazazo emocional.

Llegó con aspecto derrotado al local, donde se sentó en un taburete de la barra, y pidió una cerveza de mantequilla. Necesitaba distraerse, despejar un poco la cabeza, aunque solo fuese un poco, Rox sabía que si se iba a casa en ese estado no podría descansar, o lo que es peor, aquel terrible sentimiento la acompañaría en sus sueños.

¿Un día duro? —preguntó el camarero mostrándole una sonrisa afable mientras le servía su pedido.

Roxanne se imaginaba el tipo de cara que debía de tener en aquellos momentos para que el camarero del Caldero Chorreante le preguntase algo como aquello. Era fácil intuir que aquella había sido más bien una pregunta por compromiso que por real interés, aun así la francesa no era alguien que se pusiera a contarle sus penas a cualquiera, hasta le costaba hacerlo con sus más allegados.

Ni te lo imaginas —respondió sin dar más detalles mientras tomaba un primer trago de aquella jarra rebosante de cerveza de mantequilla.

Definitivamente el ser sanadora era un trabajo difícil, jamás se arrepentiría del camino que había tomado, le encantaba su trabajo y sentía que era lo único que la mantenía unida a su desaparecido tío, también sanador, pero muchas veces era un peso demasiado grande para llevarlo sola. La mayor parte del tiempo era muy gratificante, muy complicado y estresante también, pero bien lo valía cuando veías las miradas y sonrisa agradecidas de pacientes y familiares, pero en momentos como aquel todo eso se esfumaba para dejar paso a la impotencia y la tristeza.

Se secó una lágrima solitaria cuando la notó bajando, traicionera, por su mejilla. Aquellos pensamientos no estaban ayudándola en absoluto. Con un suspiro desganado sacó aquel aparatito muggle que Bee había estado intentando enseñarle a usar, un teléfono móvil. Intentó revisar sus mensajes pero no supo bien que botón tocó para que de repente empezara a reproducirse una melodía muy estridente y no muy agradable.

Maldito cacharro, ¿pero qué te pasa? —murmuró mientras notaba como las miradas de los demás clientes se posaban en ella. Toqueteó con mucho apuro el móvil, esperando detener aquel sonido, pero solo consiguió que cambiase por uno un poco menos ruidoso. — Vamos, joder. ¿Por qué me odias?
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S. Rox JensenSan Mungo

Maximillian McDowell el Vie Mar 09, 2018 5:38 pm

El reciente encuentro con su hermana había trastocado el mundo de Max, en cierto modo. Nunca había sido idiota, y sabía que tarde o temprano se produciría dicho encuentro. Él mismo había propiciado el encuentro, tentando a la suerte, al escribirle a Abigail el día de su cumpleaños.
Hasta ese momento, había creído estar preparado para cualquier cosa. Creía haber hecho frente a aquel encuentro con cierta entereza, al menos la suficiente cómo para no demostrar todo lo que aquello realmente le afectaba. Sin embargo, el encuentro había sacado a la superficie sentimientos que el más joven de los hermanos McDowell creía profundamente enterrados.
Tenía mucho en qué pensar. No era de los que se recluían solos en su cuarto a pensar, agarrando una pelota de béisbol y tirándola una y otra vez contra la pared cómo el tío de aquella película antigua... ¿Cómo se llamaba? ¿La Maldición? No parecía el título correcto, pero daba igual. Lo único que recordaba es que el tío acababa volviéndose loco y cogiendo un hacha para intentar matar a toda su familia.
Por supuesto, aquel no era el motivo por el cual Max no se encerraba en su cuarto a pensar. No, él más bien era de los que preferían esparcirse un poco, ya fuese en soledad o en compañía de amigos. Le gustaba tomar unas cervezas en algún bar con billar, y echar unas partidas en las que se apostaban pagar la cuenta. ¿Y hablar de lo que se le pasaba por la cabeza? No, él no hacía eso. Prefería espantar a sus demonios internos, dejarlos ir en paz mientras él se divertía.
Aquella tarde la pasó estudiando, alejando sus pensamientos y llenando su cabeza con datos sobre medimagia. Tenía una memoria muy buena, por lo cual sus sesiones de estudio se reducían básicamente a leer y releer varias veces sus apuntes. Cuando tuvo suficiente, echó a un lado los apuntes, suspirando profundamente, y se volvió en dirección a Ryan, su compañero de cuarto.

—¡Eh, tío! ¿Vamos a tomar algo? Me duele la cabeza de tanto apunte...—Dijo el joven McDowell.

—¡Qué va, joder! Esta mierda no se me queda en la cabeza.—Respondió un frustrado Ryan, a lo cual Max respondió con un bufido.

—Te van a dar una matrícula de honor, macho... ¡Yo me piro!—Anunció Max, levantándose de un salto de su silla.

—¡Pero si está lloviendo, tío! ¿A dónde vas?—Exclamó Ryan, de tal forma que casi parecía escandalizado por la repentina ocurrencia de su compañero de habitación.

—¡A quitarme la cara de libro que tengo! ¡Que te den!—Respondió Max mientras se echaba la chaqueta por encima de los hombros y salía por la puerta. Ryan no le respondió con palabras, pero cuando Max volvió la vista atrás pudo verle dedicándole un cariñoso gesto con el dedo medio de su mano izquierda levantado. Un gesto que al joven McDowell le hizo mucha gracia.

Por algún motivo que no alcanzó a entender, Max deambuló por las calles hasta que llegó al Caldero Chorreante. No era el sitio que llevaba en mente cuando salió de casa, pero con un encogimiento de hombros decidió que serviría. Y teniendo en cuenta que no había logrado quedar con nadie, quizás pudiese socializar con otros magos que hubiese en el local. Así que entró.
La clientela estaba tranquila, enfrascada en sus quehaceres, que básicamente se resumían a charlar y beber. Un buen ambiente, a pesar de ser tan temprano. Se aproximó a la barra y el camarero le recibió con una expresión de "¿Qué va a ser?" en la cara. El joven McDowell pidió una cerveza.
Cómo todo joven en el siglo XXI, el tiempo que tardó el camarero en servirle su bebida fue más que suficiente para que sacase su smartphone y se pusiese a revisar las notificaciones, casi todas ellas de Tweets y cosas por el estilo. Nada que le importase.
Su cerveza llegó, y entonces también llegó otra cosa: una estridente música que llamó su atención, procedente de su derecha.
Al mirar en esa dirección, Max se encontró con una mujer que le echaba un pulso a su propio smartphone, y por lo que podía apreciarse, el smartphone iba ganando la contienda por goleada. No pudo evitar escuchar sus quejidos frustrados, y cómo buena persona que siempre había sido, decidió echarle un cable a la mujer.

—Has puesto una canción en el reproductor de música.—Informó Max a la mujer, que no parecía entender en absoluto el dispositivo que tenía en su mano.—Y luego has pulsado el botón de "Home" y lo has puesto en segundo plano.—Se sintió cómo si se estuviese metiéndose dónde nadie le llamaba, pero al verla tan frustrada, no pudo evitar sentirse mal por ella.—Espera, te ayudo...

Max acercó un dedo a la pantalla del dispositivo, y tras un par de toques, la música enmudeció. Cuando esto sucedió, las miradas curiosas de los clientes del Caldero volvieron a meter las narices en sus propios asuntos.
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S. Rox Jensen el Jue Mar 22, 2018 5:06 pm

Lo que le faltaba para que aquel día terminase por todo lo alto, la guinda del pastel, era sin duda que su teléfono se volviera loco e hiciese lo que le daba la real gana. Todavía no sabía porque insistía con aquel cacharro, estaba visto que no se entendían, la tecnología muggle y ella no habían nacido para ser amigas. Estaba pasando un momento realmente bochornoso, no levantaba la vista de la dichosa pantalla pero no era necesario para saber que todo el mundo la estaba mirando, incluso escuchaba algunos murmullos. Genial.

Cuando escuchó la voz de un chico dirigirse a ella pensó que le iba a llamar la atención por el escándalo que estaba armando, pero no, al parecer las buenas personas todavía existían. Aun había esperanza para la humanidad.

Le costó un poco entender sus palabras, quizá por lo embotada que tenía la cabeza debido a la falta de sueño, pero probablemente aunque hubiera dormido doce horas seguidas habría seguido sin entender aquellas palabras.

¿Qué lo he puesto donde? — repitió en forma de pregunta, aquello sonaba mucho más complicado que cualquier hechizo que conociera. Cualquiera diría que acababa de llegar de Francia y apenas entendía el inglés.

Ni se le ocurrió oponerse cuando el muchacho se ofreció a ayudarla. Roxanne lo miraba en silencio mientras él toqueteaba la pantalla, hasta que, de pronto, el ruido cesó. ¿Ya? ¿Por qué parecía tan sencillo cuando lo hacían otros y cuando lo hacía ella era misión imposible?

Esto… Yo… Vaya —musitó impresionada mirando al móvil con recelo antes de volverlo a guardar en su bolsa. — Muchas gracias. Todavía estoy intentando procesar qué has tocado para que pare, lo has hecho parecer sencillo.

Sonrió realmente agradecida al joven, parecía tener algunos años menos que ella, al menos a simple vista. Quizá era eso, constantemente escuchaba eso de que las nuevas generaciones se adaptan mejor a las nuevas tecnologías, pero no parecían llevarse demasiados años, aunque la vista puede engañar, además… Ella no era tan vieja, ¿no? No, tenía que ser otra cosa, ella todavía estaba en la flor de la vida.

Deja que te pague yo la cerveza que te estás tomando, por las molestias —se ofreció amablemente, en su cabeza era lo mínimo que podía hacer. — Puede que no lo aparente pero yo habría sido completamente incapaz de hacer que parase —bromeó, obviamente era eso lo que debía de haber parecido. — Además estoy segura de que unos minutos más y la señora de la bufanda de piel de zorro habría pedido mi cabeza —murmuró señalando a dicha señora con la cabeza.

Por unos momentos casi se olvidó del cansancio, sobre todo del mental. Aquel chico era la primera persona con la que hablaba que no fuera algún compañero del hospital o familiar de un paciente, aunque fuese una conversación tan tonta como esa era algo reparador.
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S. Rox JensenSan Mungo

Maximillian McDowell el Lun Mar 26, 2018 10:15 pm

Lo menos que Maximillian McDowell esperaba cuando entró en el Caldero Chorreante era encontrarse con una mujer en apuros. Bueno, tampoco podía decirse que fuese una mujer en apuros, siendo sinceros; no podía decirse lo mismo del teléfono móvil de la mujer, que corría dos claros peligros: que su propietaria lo lanzase contra la pared, o que fuese estampado contra dicha pared por alguno de los otros clientes, que empezaban a perder claramente la paciencia ante la música a todo volumen que sonaba.
Sintió que era su deber hacer algo al respecto, en honor a la convivencia. No quería que la sangre llegase al río—aunque no lo creía posible, no por semejante tontería—, así que le echó una mano. Se sintió un poquito invasivo al hacerlo, cómo metiendo las narices dónde nadie le llamaba.
Pero la mujer, confusa ante el suceso paranormal que se había adueñado de su teléfono, agradeció la ayuda del joven McDowell.

—El reproductor de música.—Repitió ante la pregunta de la mujer, que no parecía demasiado diestra en el arte de controlar nuevas tecnologías.—No hay de qué. Simplemente he puesto la pausa, cerrado la aplicación del reproductor, y listo. Es una tontería, realmente.—Respondió el joven McDowell, restándole importancia a su intervención. Estaba seguro de que en algún momento la mujer hubiese encontrado la respuesta por sí sola.

Sin embargo, lo que dijo a continuación la mujer dio a entender a Max que quizás no fuese así. La tecnología muggle parecía ser un campo nuevo para ella. Estaba claro que era una bruja, detalle que quedaba claro también por el hecho de que estuviese en el Caldero Chorreante. En caso de ser muggle, al no parecerle a Max mucho mayor que él, seguramente no habría tenido ningún problema con el teléfono. La gente en estos tiempos se consideraba joven hasta los treinta años.
La mujer se ofreció a pagar su cerveza cómo agradecimiento. Max estaba a punto de negarse en rotundo... pero decidió que no. Lo que haría sería invitarla después a otra ronda, y así quedarían en paz. No sentía que hubiese hecho tanto como para merecer una invitación, pero asintió.

—Gracias. ¿Me puedo sentar?—Max señaló el taburete junto a la mujer. Estaría bien tener algo de compañía esa tarde.—¿Teléfono nuevo? Porque no hay peor cosa que estar acostumbrado a un teléfono y tener que cambiar a otro modelo. Es un rollo.—Me encogí de hombros, sonriendo divertido ante la mención a la mujer con la bufanda hortera de piel de zorro que, hasta hacía un par de minutos, miraba a la mujer a la que Max hacía compañía en esos momentos.—Me alegro de haber ayudado, pero no es que haya hecho gran cosa. Soy Max, por cierto.

El joven McDowell ofreció a la mujer su mano a modo de presentación. No había esperado al salir de la residencia universitaria conocer a alguien... pero allí estaban. Podían entablar una conversación agradable y hacerse compañía mutuamente. Desde luego, había muchas compañías peores en aquellos días. A no ser que estemos ante una purista, claro...
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S. Rox Jensen el Lun Mayo 14, 2018 11:40 pm

Roxanne prestó verdadera atención a lo que el chico le contaba que había hecho, pero nada oye, que era como si le hablasen en chino. ¿Aplicación? La palabra le quería sonar, probablemente ya se la habrían mencionado antes, pero parecía que la mente de Rox no era capaz de retener nada que tuviera que ver con aquel pequeño aparato muggle. ¿Sacarse la carrera de medimagia? Sin problema. ¿Aprender a usar un pequeño artefacto muggle que todo el mundo era capaz de utilizar sin mayor problema? Misión imposible.

La francesa simplemente asintió cuando le dijo que había sido una tontería, no quería dejarse más evidencia todavía, pero vamos, que seguía sin entender qué demonios había pasado allí. Siempre le habían dicho que si no entendía algo preguntase hasta que le quedase claro, pero después de preguntar un millón de veces a personas distintas una se harta de quedar como una tonta todo el rato. Asentir y sonreír, mejor callar y parecer tonta que hablar y demostrarlo.

Por supuesto —asintió la castaña cuando el chico le preguntó si podía sentarse. Habría sido de muy borde decirle que no, sobre todo después de ayudarla, además de que la compañía le haría bien y parecía un chico majo. — Que va —negó con la cabeza mientras sonreía algo avergonzada. — Lo que pasa es que no soy capaz de entenderlo. Ese pequeño trasto le está dando una paliza tras otra a mi inteligencia. Lo vendería por internet si supiera como se hace —dijo a modo de broma, aunque iba muy en serio. Hacía poco que había medio entendido de que iba eso de internet, complicado pero útil había sido el pensamiento de Rox sobre el tema.

Aceptó la mano que le tendía le chico, normalmente no era tan agradable con los desconocidos pero aquel chico la había ayudado mucho aunque para él pensase que había sido una tontería, y Roxanne podía ser un poco borde a veces pero desde luego no era una desagradecida.

Encantada Max, yo soy Roxanne —se presentó también. Lo cierto era que la francesa no era especialmente buena hablando con desconocidos, pero después de todo podía hacer el esfuerzo y esperar no caer en algún silencio incómodo de esos que ella tanto odiaba. No le había pasado desapercibido que el joven estaba solo, no sabía si estaría esperando a alguien, en cuyo caso no quería molestar, aunque había sido él quien le había dicho de sentarse. — Bueno, y qué hac… —había decido preguntarle para salir de dudas, pero no llegó a terminar la frase pues se escuchó un gran estruendo proveniente de fuera del Caldero Chorreante.

Esta vez no he sido yo, lo juro —le salió del alma decir aquello después de que su cuerpo hubiese pegado un pequeño bote en el taburete, a causa del inesperado susto.

Se escuchaba jaleo en la calle, de donde había venido aquel ruido. Roxanne estaba a punto de levantarse para salir a ver qué había ocurrido, los seres humanos tenían esa vena morbosa que les impedía apartar la mirada cuando había jaleo cerca, pero se quedó sentada en aquel taburete pues una mujer entró histérica en el establecimiento.

¡Ayuda! ¡Ha habido un accidente!
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